474- Una visión que se pierde en un arrobo de amor

Como hacen a menudo mientras andan, quizás para aligerar con esa distracción la monotonía de la marcha continua, los apóstoles hablan entre sí, recapitulando y comentando los últimos acontecimientos, preguntándole algo de vez en cuando al Maestro, que generalmente habla poco -lo necesario para no ser descortés-y reserva este esfuerzo sólo para cuando llega la ocasión de adoctrinar a la gente o a sus apóstoles, corrigiendo ideas equivocadas, consolando a personas infelices.

¡Jesús era la "Palabra", pero no era la "charla"! Está claro. Era paciente y amable como nadie. Nunca mostraba fastidio por tener que repetir un concepto una, dos, diez, cien veces, para hacerlo entrar en las cabezas acorazadas con los preceptos farisaicos y rabínicos. Se despreocupaba de su cansancio, que a veces era tanto que constituía ya sufrimiento, con tal de quitar a una criatura el sufrimiento moral o físico.

Pero es evidente que prefiere callar, aislarse en un silencio de meditación capaz de durar muchas horas, si es que alguien no lo saca de él preguntándole algo.

Generalmente, y siempre un poco adelantado respecto a sus apóstoles, va entonces con la cabeza un poco agachada, alzándola de vez en cuando para mirar al cielo, a los campos, a las personas, a los animales.

Mirar he dicho, pero he dicho mal; debo decir: amar. Porque es sonrisa, sonrisa de Dios, lo que de esas pupilas emana para acariciar el mundo y las criaturas, sonrisa-amor. Porque es amor que se transparenta, que se difunde, que bendice, que purifica la luz de su mirada, siempre intensa, pero intensísima cuando sale de ese recogimiento…

¿Qué serán esos recogimientos suyos? Yo pienso -y estoy segura de que no me equivoco, porque basta con observar su cara para ver lo que son-, yo pienso que son mucho más que nuestros éxtasis, en los cuales la criatura ya vive en el Cielo. Son el "encuentro sensible de Dios con Dios".

Siempre presente y unida la Divinidad a Cristo, que era Dios como el Padre. En la Tierra como en el Cielo, el Padre está en el Hijo y el Hijo está en el Padre, que se aman y amándose generan a la Tercera Persona. La potencia del Padre es la generación del Hijo, y el acto de generar y de ser generado crea el Fuego, o sea, el Espíritu del Espíritu de Dios.

La Potencia se vuelve hacia la Sabiduría a la que ha generado, y ésta se vuelve hacia la Potencia en el júbilo de ser el Uno para el Otro y de conocerse por lo que son.

Y, dado que todo buen conocimiento recíproco crea amor -pasa también con nuestros imperfectos conocimientos-, henos al Espíritu Santo… Aquel que, si fuera posible poner una perfección en las perfecciones divinas, habría de llamarse la Perfección de la Perfección. ¡El Espíritu Santo! Aquel que con sólo pensar en Él ya llena de luz, alegría, paz…

En los éxtasis de Cristo, cuando el incomprensible misterio de la Unidad y Trinidad de Dios se renovaba en el Stmo. Corazón de Jesús, ¡qué producción de amor completa, perfecta, incandescente, santificante, jubilosa, pacífica debía generarse y difundirse, como de horno ardiente el calor, como de ardiente turíbulo el incienso, para besar con el beso de Dios las cosas creadas por el Padre, hechas por medio del Hijo-Verbo, hechas por el amor, sólo por el Amor, pues que todas las operaciones de Dios son Amor! Y ésta es la mirada del Hombre-Dios cuando, como Hombre y como Dios, alza los ojos -que han contemplado dentro del Cristo al Padre, a Él mismo y al Amor-para mirar el Universo: admirando la potencia creadora de Dios, como Hombre; exultando por poder salvarla en las criaturas regias de esa creación, los hombres, como Dios.

No, no se puede, nadie podrá, ni poeta ni artista ni pintor, hacer visible a las gentes esa mirada de Jesús saliendo del abrazo, del encuentro sensible con la Divinidad, unida hipostáticamente al Hombre siempre, pero no siempre tan profundamente sensible para el Hombre que era Redentor y que, por tanto, a sus muchos dolores, a sus muchos anonadamientos, debía añadir éste, grandísimo, de no poder estar siempre en el Padre, en el gran torbellino del Amor como estaba en el Cielo: omnipotente… libre… jubiloso. Espléndida la potencia de su mirada de milagro, dulcísima la expresión de su mirada de hombre, tristísimo el brillo de dolor en las horas de dolor… Pero son miradas aún humanas, aunque de expresión perfecta. Ésta, ésta mirada de Dios que se ha contemplado y amado en la Triniforme Unidad no es susceptible de parangón, no hay adjetivo para ella…

Y el alma se postra delante de Él, adorando, anonadada en el conocimiento de Dios, beatificada por la contemplación de su infinito amor. Los torrentes de delicias inundan mi alma… ¡Soy bienaventurada! ¡Todo dolor, todo recuerdo, quedan anulados bajo las olas del amor de Jesús Dios… y estas olas me suben al Cielo, a Ti!…

¡Gracias, mi adorable Amor!… ¡Gracias!… Ahora sigo sirviéndote… La criatura es otra vez mujer, es otra vez "el portavoz" tras haber sido un instante "serafín".

Vuelve a ser mujer, vuelve a ser criatura-mártir, quizás otro tormento está ya a sus espaldas… Pero en mi espíritu brilla la luz que me has dado, la beatífica luz de haberte contemplado; y no podrán apagarla ni torrentes de lágrimas ni crueles torturas. ¡Gracias, mi Bendito! ¡Sólo Tú me amas!

¡Comprendo a Pablo (Romanos 8, 35-39); como nunca hasta ahora! "¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo?… En todo esto salimos vencedores en virtud de Aquel que nos ha amado… Estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las virtudes, ni las cosas presentes ni las futuras, ni la potencia, ni la altura, ni la profundidad, ni ninguna otra cosa creada podrán separarnos de la caridad de Dios que está en Jesucristo Señor nuestro".

Es el himno victorioso, exultante, cantado por el conjunto de los victoriosos, de los amantes, de los salvados por el amor, porque ésta es la santidad: la salvación recibida por haber sido amados y por haber amado.

¡Y ya se oye! Y el espíritu, todavía aquí, prisionero en la Tierra, lo oye y canta su alegría, su confianza, su certidumbre… Y luz, más luz aún viene, y las palabras luminosas del Apóstol se iluminan más aún, aún más… "…la caridad de Dios que está en Jesucristo Señor nuestro".

Ahora comprendo también las palabras de Azarías, de este invierno: “Jesús es el compendio del amor de los Tres". ¡Eso es!

Todo el Amor está en Él. Nosotros podemos encontrar este amor de Dios, nosotros hombres, sin esperar al regreso de Dios, sin esperar al Cielo, amando a Jesús. ¡Eso es! A quien cree le brotan dentro fuentes de agua viva, fuentes de luz, fuentes de amor, porque el que cree va a Jesús; porque quien cree cree que Jesús está en la Eucaristía con su Cuerpo, Sangre, Alma, Divinidad, como estaba en la Tierra, como está en el Cielo, con su Corazón, con su Corazón. Y en el Corazón de Jesús está la caridad de Dios.

Y cuando el hombre recibe el Cuerpo Santísimo de Jesús acoge en sí al Corazón de Jesús. Tiene, por tanto, en sí, no sólo a Jesús; sino que tiene la Caridad de Dios, o sea, tiene a Dios Padre, Hijo, Espíritu Santo, porque la Caridad de Dios es la Stma. Trinidad, que es una única cosa: el Amor. El Amor que se divide en tres llamas para hacernos ternariamente felices. Felices de tener un Padre, un Hermano, un Amigo. Felices de tener a quien provee, a quien enseña, a quien ama. ¡Felices de tener a Dios!

¡Oh, no puedo más!… ¡Señor, demasiado grande es tu don! ¿Quién me lo alcanza desde los Cielos? ¡Eres tú, Beatísima Madre, contemplada en tu fulgor de Asunta Reina del Cielo?

¿Eres tú, el enamorado de Cristo, dulce Juan de Betsaida, amigo mío? ¿Eres tú, Patriarca digno de amor, protector de los perseguidos, solícito provisor de consuelos, José veneradísimo? ¿Eres tú, mi gran hermanita Teresa del Niño Jesús, la que me alcanza lo que desde hace 2l años pido: que rebosen en mi alma las olas del Amor? ¡Oh, si eres tú, cumple la obra! Alcánzame el que muera no en uno de estos asaltos de amor -yo también soy una pequeña alma y no deseo cosas extraordinarias-, sino después de uno de estos asaltos de amor, cuando soy otra vez "pequeña alma pequeñísima", empequeñecida aún más por el conocimiento de lo que es el Infinito Amor, después de uno de estos asaltos, porque después estamos como bautizados de nuevo por el amor y no quedan sombras de manchas en nosotros.

El amor quema… ¿O eres tu, Azarías, buen amigo, el que, por todas las lágrimas que has recogido de mis pestañas y llevado al Cielo, me has alcanzado esta hora de beatitud?
Pero a ti, a Teresa, a José, a Juan y María Stma., no os pido que este éxtasis vuelva, para llenarme de gozo y fuego.

Lo que os pido, os suplico, es que vaya a otros corazones, y especialmente a los que vosotros sabéis, a esos corazones que torturan el mío y desagradan a Dios, que no saben escuchar ni obedecer. Si esos corazones tienen un solo instante de estos asaltos de amor, se convertirán al Amor, al verdadero Amor. Amarán. Con todo su ser.

Con el intelecto, sobre todo, del cual caerán los muros del racionalismo, de la ciencia humana, que niegan y obstaculizan la fe sencilla y buena y ponen fronteras al poder de Dios. Y con el corazón, donde se fundirán, como cera al fuego, las costras del egoísmo, de la envidia, del odio…

Hacedlo, amadísimos míos. Yo acepto el no volver a poner jamás mis labios en el cáliz confortador del amor; acepto el beber siempre, hasta el regreso a Dios, del cáliz amargo de todas las renuncias; pero que ellos vuelvan al sendero radioso, que se santifiquen en todas sus acciones para merecer la mirada de Jesús-Dios, de la misma forma que hoy me fue concedido gozarla. Merecerla aquí, poseerla para siempre en el Cielo, de la misma forma que, esperando en mi Señor, confío poseerla yo también…

A las l2 del mismo día (l5 Agosto, Asunción de María Santísima)

Lo leo. Pienso en los teólogos que lean estas páginas. Quizás encuentren errores en cómo hablo del éxtasis, de los recogimientos de Jesús. Recuerden que soy una pobre ignorante que no sabe de teología ni de términos teológicos, y que me esfuerzo en decir como puedo lo que veo, y con las frases que mi pobre mente puede formar…

16 Agosto de 1946
Digo a Jesús:
-Señor, me has arrollado y todo se ha perdido en ti. La visión…

Sonríe con dulce y divina alegría y, acariciándome, responde:

-En vez de narrar, has cantado. Has cantado. Todo el Paraíso cantaba ayer las glorias de mi Madre, y tú has cantado junto con el Paraíso, y el Paraíso en un determinado momento ha escuchado tu "solo". ¿Sabes cuándo? Cuando has pedido no gozar, sino que el amor los invadiera a "ellos" para ser salvados.

El Cielo amante te ha escuchado, porque renunciar a la beatitud para que otros tengan la Vida sólo le es concedido a quien vive en la Tierra siendo ya ciudadano de los Cielos. Los Santos por tu canto han recordado cuando eran cantores en la Tierra; los Ángeles han escuchado mirando con fraterna complacencia a tu Azarías (ángel que se le aparecía a María Valtorta dándole revelaciones).

María ha sonreído ofreciendo tu canto al Amor. Y el Amor, ¡oh, mi María!, y el Amor te ha besado… y vuelve a besarte. Exulta. Tú has comprendido al Amor. Yo estoy en ti, y en mí está Dios Uno y Trino como has comprendido.

Recorre hoy los caminos de la alegría sobrenatural, en vez de los caminos de Palestina al encuentro del dolor de Jesús… María, ¿no te sientes feliz de estar en las mismas condiciones del último año mío? También esto es un don, y una luz para comprenderme. Sin una experiencia propia, y proporcionada, la criatura no podría comprender lo que fue mi larga Pasión. Pero hoy, como ayer, recorre los caminos de la alegría celeste Dios está contigo. Queda en paz.

Y así lo que iban comentando los apóstoles, sobre el episodio de Yiscala, sobre el milagro del niño ciego, sobre Tolemaida, adonde están yendo, sobre el camino de escalones tallados en la roca -se han alargado hasta allí, para llegar al último pueblo fronterizo entre Siro-Fenicia y Galilea, y debe ser el camino que vi cuando iban a Alejandrocena-, sobre Gamaliel, etc. ha pasado; bueno, ha quedado, en la medida en que lo he oído, en mi corazón.

Digo sólo que quería decir esto: que los apóstoles, que en los primeros tiempos, menos formados espiritualmente, interrumpían con facilidad al Maestro, ahora, más desarrollados espiritualmente, respetan sus aislamientos y prefieren hablar entre sí, retrasados dos o tres metros.

Sólo se acercan a Él cuando les es necesaria una información o un juicio, o cuando se hace imperioso su amor por el Maestro.

473- Curación de un niño ciego de Sidón y una lección para las familias

Veo a Jesús saliendo de una sinagoga, rodeado de los apóstoles y de gente.

Comprendo que es una sinagoga porque por la puerta abierta de par en par veo el mismo mobiliario que vi en la de Nazaret, en una de las visiones preparadoras de la Pasión.

La sinagoga está en la plaza central del pueblo. Una plaza desnuda, sólo con casas alrededor y, en el centro, un pilón alimentado por una fuente que echa un agua bonita, cristalina, por su única boca formada por una piedra ahuecada en forma de teja.

El pilón sirve para dar de beber a los cuadrúpedos y a las muchas palomas que se lanzan en vuelo de una a otra casa; la fuente, para llenar las ánforas de las mujeres, bonitas ánforas de cobre -muchas, trabajadas a golpe de martillo; otras, lisas-que resplandecen al sol (porque hace sol y calor).

La tierra de la plaza está seca y amarillenta, como está cuando un intenso sol la seca. No hay un solo árbol en la plaza. Pero penachos de higueras y sarmientos de uva rebosan por las tapias de los huertos que orillan las cuatro calles que desembocan en la plaza Debe ser un final de verano (en las pérgolas hay uva madura) y un final de día (el sol no cae a plomo, sino que sus rayos son oblicuos como en el ocaso).

En la plaza, una serie de enfermos esperan a Jesús. Pero no veo en éstos ningún milagro. Él pasa, se inclina hacia ellos, los bendice y consuela, pero no los cura, al menos por el momento. Hay también mujeres con niños, y hombres de todas las edades. Parece que el Salvador los conoce, porque los saluda por el nombre y ellos se arremolinan en torno a Él con familiaridad. Jesús acaricia a los niños, agachándose amoroso hacia ellos.

En un ángulo de la plaza hay una mujer con un niño o niña (van todos vestidos con una misma tuniquita de colores claros). No parece del lugar. Yo diría que es de condición social más elevada que los demás. La túnica está más trabajada, con galones y pliegues; no es la simple túnica de las aldeanas, que lleva como único adorno y modelado un cordón a la cintura.

Esta mujer lleva, por el contrario, vestiduras más complicadas, las cuales, sin llegar a ser aquella obra maestra de vestuario que eran los vestidos de la Magdalena, tienen ya mucha galanura.

En la cabeza lleva un velo ligero, mucho más que el que llevan las otras, que no es más que una tela de lino sutil, mientras que éste es casi muselina, pues es muy liviano. Está prendido en el centro de la cabeza, con gracia, y deja ver y entrever los cabellos castaños bien peinados, con trenzas sencillas, pero hechas con más experto cuidado que no las otras mujeres, que llevan trenzas recogidas en moño en la nuca o pasadas por la cabeza circularmente.

Cubre sus espaldas un verdadero manto, o sea, una pieza de tela -no sé si cosida o continua-que tiene en torno al cuello un galón terminado en un broche de plata. La tela del manto cae amplia hasta el tobillo formando bellos pliegues.

La mujer tiene de la mano al niño o niña que he dicho. Un bonito niño de unos siete años. Y es robusto, pero de vivaracho no tiene nada. Está muy quieto, cabizbajo, de la mano de su mamá, sin prestar atención a lo que sucede a su alrededor.

La mujer mira, pero no se atreve a acercarse al grupo que se ha arremolinado en torno a Jesús. Parece indecisa, debatiéndose entre las ganas de ir y el miedo a acercarse… Decide una cosa intermedia: atraer la atención de Jesús. Ve que Él ha tomado en brazos a un angelote todo rosado y sonriente, que una madre le ha ofrecido. Y ve que, mientras habla con un viejecillo, aprieta contra su pecho al niño, meciéndolo. Entonces se agacha hacia su niño y le dice algo.

El niño levanta la cabeza. Veo entonces una carita triste, con los ojos cerrados. Es ciego.
-¡Piedad de mí, Jesús! -dice.

La vocecita infantil hiende el aire quieto de la plaza y llega con su lamento hasta el grupo.

Jesús se vuelve. Ve. Se mueve inmediatamente, con amorosa solicitud. Ni siquiera devuelve a su madre al niño que tiene en brazos. Va, alto y guapísimo, hacia el pobre cieguito, que tras su grito ha bajado de nuevo la cabeza, inútilmente instado por la madre a que repita el grito.
Jesús está frente a la mujer. La mira. También ella lo mira; luego, tímidamente, baja la mirada. Jesús la ayuda. Ha devuelto, a la mujer que se lo había ofrecido, el niño que llevaba en brazos.

-Mujer, ¿es tuyo este hijo?
-Sí, Maestro, es mi primogénito.

Jesús acaricia la cabecita -agachada-del niño. Jesús parece no haber visto la ceguera del pequeño. Pero creo que lo hace conscientemente, para dar pie a la madre a formular su petición.

Así pues, el Altísimo ha bendecido tu casa con numerosa prole, y dándote en primer lugar el varón consagrado al Señor.

-Tengo sólo un varón, éste; y otras tres niñas. Y no voy a tener otros…
Un sollozo.

-¿Por qué lloras, mujer?
-¡Porque mi hijo es ciego, Maestro!
-Y querrías que viera. ¿Puedes creer?

-Creo, Maestro. Me han dicho que abriste ojos que estaban cerrados. Pero mi niño ha nacido con los ojos secos. Míralo, Jesús. Debajo de los párpados no hay nada…

Jesús alza hacia sí esta carita precozmente seria y, alzando con el pulgar los párpados, mira. Debajo hay un vacío. Vuelve a hablar, teniendo levantada con una mano hacia sí la carita.

-¿Por qué has venido, entonces, mujer?
-Porque… sé que para mi niño es más difícil… pero si es verdad que eres el Esperado, lo puedes hacer. Tu Padre ha hecho los mundos… ¿No ibas a poder hacerle Tú dos pupilas a mi criatura?

-¿Crees que vengo del Padre, Señor Altísimo?
-Creo esto y que Tú todo lo puedes.

Jesús la mira como para discernir cuánta fe hay en ella y de que pureza es esa fe. Sonríe. Luego dice:

-Niño, ven a mí -y lo lleva de la mano a un murete de aproximadamente medio metro de altura, y lo pone encima.

El murete se alza desde el camino hacia una casa: una especie de parapeto para proteger a ésta del camino, que tuerce en ese punto.

Cuando el niño está bien seguro encima de ese realce, Jesús adquiere aspecto serio, imponente. La gente se agolpa en torno a Él, al niño y a la madre temblorosa. Yo veo a Jesús de lado, de perfil. Solemnemente cubierto con su manto azul oscurísimo encima de la túnica apenas un poco más clara, muestra un rostro inspirado. Parece más alto, y hasta más fuerte, como siempre cuando emana potencia de milagro. Y esta vez es una de las que me parece más imponente.

Pone las manos encima de la cabeza del niño, las manos abiertas, pero apoyando los dos pulgares en las órbitas vacías. Levanta la cabeza y ora intensamente, pero sin mover los labios. Ciertamente, un coloquio con su Padre. Luego dice:

-¡Ve! ¡Lo quiero! ¡Y alaba al Señor! -y a la mujer:

-Sea premiada tu fe. Aquí, tienes al hijo que será tu honor y tu paz. Muéstraselo a tu marido. El volverá a tu amor y nuevos días felices conocerá tu casa.

La mujer -que ya ha lanzado un grito agudísimo de alegría al ver que, quitados los pulgares divinos, en las órbitas vacías dos espléndidos ojos azul oscuro como los del Maestro la miran, fijamente, asombrados y felices bajo el flequillo de los cabellos morenos oscuros-lanza otro grito, y, a pesar de tener a su hijo apretado contra su corazón, se arrodilla a los pies de Jesús diciendo:

-¿También sabes esto? ¡Ah! Tú eres verdaderamente el Hijo de Dios -y le besa la túnica y las sandalias, y luego se levanta transfigurada de alegría y dice:

-Oíd todos. Vengo de la lejana tierra de Sidón. He venido porque otra madre me habló del Rabí de Nazaret. Mi marido, judío y mercader, tiene en esa ciudad sus almacenes para el comercio con Roma. Rico y fiel a la Ley, me dejó de amar desde que, después de haberle dado un varón desdichado, le di tres niñas y luego me quedé estéril.

Él se alejó de su casa; yo, aunque no había sido repudiada, vivía en las condiciones de una repudiada, y ya sabía que quería desembarazarse de mí para tener de otra mujer un heredero capaz de continuar el comercio y gozar de las riquezas paternas.

Antes de salir fui donde mi esposo y le dije: "Espera, señor. Espera a que vuelva. Si vuelvo con el hijo todavía ciego, repúdiame. Pero si no, no hieras a muerte mi corazón y no niegues un padre a tus hijos". Y él me juró:

"Por la gloria del Señor, mujer, te juro que si me traes a mi hijo sano -no sé cómo vas a poder hacerlo, porque tu vientre no supo darle ojos-volveré a ti como en los días del primer amor".

El Maestro no podía saber nada de mi dolor de esposa, y a pesar de ello me ha consolado también en esto. Gloria a Dios y a ti, Maestro y Rey.

La mujer está de nuevo arrodillada y llora de alegría.

-Ve. Dile a Daniel, tu marido, que el que creó los mundos, ha dado dos claras estrellas por pupilas al pequeño consagrado al Señor. Porque Dios es fiel a sus promesas y ha jurado que quien crea en Él verá todo tipo de prodigios. Sea ahora fiel él al juramento que hizo y no cometa pecado de adulterio. Dile esto a Daniel. Ve. Sé feliz. Os bendigo a ti y a este niño, y contigo a los que tú amas.

Un coro de alabanzas y felicitaciones se eleva de la multitud, y Jesús entra en una casa cercana como para descansar.

La visión termina aquí.
Dice Jesús:

-Dios, para los que tienen fe en Él, supera siempre las peticiones de sus hijos y da más todavía. Cree esto.

Creedlo todos. A la mujer que de Sidón había venido a mí con las dos espadas clavadas en lo secreto del corazón y se atreve sólo a decirme el nombre de una de ellas -revelar ciertas íntimas desdichas es más penoso que decir: "Estoy enfermo"-, le doy también este segundo milagro.

A los ojos del mundo habrá parecido, y parecerá todavía, que es mucho más fácil rehacer la concordia entre dos cónyuges separados por un motivo que ya está superado, y además felizmente, que no dar dos pupilas a dos ojos que nacieron sin ellas. Pero no, no es así. Hacer dos pupilas, para el Señor y Creador, es una cosa sencillísima, como devolver a un cadáver el soplo de la vida.

El Amo de la Vida y de la Muerte, el Amo de todo lo que hay en la creación, no carece, ciertamente, de un soplo vital que infundir de nuevo en los muertos, ni de dos gotas de humor para un ojo seco. Le basta querer para poder.

Porque ello depende sólo de su deseo. Pero, cuando se trata de concordia entre seres humanos, hace falta, juntamente con el deseo de Dios, la "voluntad" de los hombres. Dios sólo raramente violenta la libertad humana. En general os deja libres de actuar como queráis.

Aquella mujer, que vivía en tierra de idólatras y seguía creyendo como su esposo, en el Dios de sus padres, ya por ello merece la benignidad de Dios. Llevando luego su fe más allá del límite de las medidas humanas, superando las dudas y la oposición de la mayoría de los creyentes judíos -esto lo prueban sus palabras a su esposo:

"Espera a que regrese", segura de que volvería con su hijo curado-merece un doble milagro. Merece también este difícil milagro de abrir los ojos del espíritu a su consorte, ojos que se habían apagado para el amor y el dolor de su esposa, y le echaban la culpa a ella de algo que no es culpa.

Quiero también -y esto es para las esposas-que se reflexione en la humildad respetuosa de esta hermana suya. "Fui donde mi esposo y le dije: “Espera, señor"'.

La razón estaba de su parte, porque echar la culpa a una madre de un defecto de nacimiento es necedad y cosa cruel. Ya su corazón esta quebrantado ante la vista de su criatura desdichada. Doblemente la razón está de su parte, porque su marido la había marginado desde que había sabido que era estéril, y además tiene noticia de la intención de divorcio de su marido, y, a pesar de ello, sigue siendo la "esposa". O sea, la compañera fiel y sujeta a su compañero, como Dios quiere que sea y la Escritura enseña.

No hay rebelión ni sed de venganza o intención de hallar otro hombre para no ser la "mujer sola".

"Si no regreso con el hijo curado, repúdiame. Pero, si sí, no hieras mortalmente mi corazón ni niegues un padre a tus hijos". ¿No parece estar oyendo hablar a Sara y a las antiguas mujeres hebreas?

¡Qué distinto es, mujeres, vuestro lenguaje de ahora! Pero también: ¡qué distinto es lo que obtenéis de Dios y de vuestro esposo! Y las familias se destruyen cada vez más.

Como siempre, cumpliendo el milagro, he tenido que poner un signo que lo hiciera aún más incisivo. Tenía ante mí todo un mundo para persuadirlo, un mundo cerrado en las barreras de toda una secular manera de pensar, y guiado por una secta enemiga mía.

Se ve, pues, la necesidad de hacer resplandecer claramente mi poder sobrenatural. Mas la enseñanza de la visión no está aquí. Está en la fe, en la humildad y, no obstante, fidelidad al cónyuge, en la elección del camino adecuado -oh esposas y madres que habéis encontrado espinas donde esperabais rosas-para ver nacer donde os hirieron las espinas nuevas ramas florecidas.

Volveos hacia el Señor Dios vuestro, que ha creado la unión matrimonial para que el hombre y la mujer no estuvieran solos y se amaran formando una carne sola e indisoluble, puesto que fue unida junta, y que os ha dado el Sacramento para que sobre las nupcias descendiera su bendición y por mis méritos tuvierais todo lo que necesitáis en el nuevo camino de cónyuges y procreadores.

Y, para volveros hacia El con rostro y corazón seguros, sed honestas, buenas, respetuosas, fieles, verdaderas compañeras de vuestro esposo, no simples huéspedes de su casa o, peor todavía, advenedizas que una coincidencia reúne bajo un mismo techo, como dos que coinciden en una posada de peregrinos.

Esto sucede ahora demasiadas veces. ¿El hombre falta? Hace mal. Pero esto no justifica la manera de actuar de demasiadas esposas. Y todavía menos la justifica cuando a un buen compañero no sabéis corresponderle con bien el bien y con amor el amor.

Y no quiero ni detenerme en el caso, demasiado común, de vuestras infidelidades carnales, que no os hacen distintas de las meretrices, con el agravante de practicar hipócritamente el vicio y de manchar el altar de la familia, a cuyo alrededor están las almas angélicas de vuestros inocentes. Pero estoy hablando de vuestra infidelidad moral al pacto de amor jurado ante mi altar.

Pues bien, Yo dije: "El que mira a una mujer con deseo comete adulterio en su corazón"; dije: "El que despide a su mujer con libelo de divorcio la expone al adulterio".

Pero ahora, ahora que demasiadas mujeres son advenedizas para sus maridos, digo:

"Las que no aman en alma, mente y carne a su compañero, lo impulsan al adulterio, y, si bien le pediré a él explicación de su pecado, no menos lo haré con aquella que no fue la ejecutora del pecado pero sí su creadora".

Hay que saber comprender en toda su extensión y profundidad la Ley de Dios, y hay que saber vivirla en plena verdad.

472- Solicitud insidiosa de un juicio acerca de un hecho ocurrido en Yiscala

No me gusta nada esta parada con ese hombre que se ha unido a nosotros… -rezonga Pedro, que está con Jesús en un tupido huerto con árboles frutales.

Debe ser ya la tarde del sábado, porque el sol está todavía alto, siendo así que llegaron al pueblo con el crepúsculo.

-Después de las oraciones nos marchamos. Es sábado. No se podía andar. Y nos ha sentado bien este descanso. No haremos ya ningún alto hasta el próximo sábado.
-Pero Tú has descansado poco. ¡Todos esos enfermos!…

-Muchos que ahora alaban al Señor. Para ahorraros mucho camino me habría quedado aquí dos días, para dar tiempo a los curados a llevar la noticia al otro lado del confín. Pero no habéis querido.

-¡No! ¡No! Quisiera estar lejos ya. Y… no te fíes demasiado, Maestro. ¡Tú hablas! ¡Tú hablas! Pero ¿sabes que todas tus palabras en ciertas bocas se transforman en veneno para ti? ¿Por qué nos lo han mandado?
-Lo sabes.
-Sí. Pero ¿por qué se ha quedado?

-No es el primero que se queda después de acercarse a mí.
Pedro menea la cabeza. No está convencido. Y masculla:
-¡Un espía!… ¡Un espía!…

-No juzgues, Simón. Podrías arrepentirte un día de tu juicio actual…

-No juzgo. Tengo miedo. Por ti. Y esto es amor. Y el Altísimo no me puede castigar por amarte.

-No digo que te arrepentirías de esto, sino de haber pensado mal de tu hermano.

-Él es hermano de los que te odian. Por tanto, no es mi hermano.

La lógica, humanamente, es justa, pero Jesús observa:
-Es discípulo de Gamaliel. Gamaliel no está contra mí.
-Pero tampoco está contigo.

-Quien no está en contra está conmigo, aunque no lo parezca. No se puede pretender que un Gamaliel, el mayor doctor que tiene Israel hoy, un pozo de saber rabínico, una verdadera mina en la que están todas las… sustancias de la ciencia rabínica, pueda diligentemente repudiar todo por optar… por mí. Simón, también a vosotros os es difícil optar por mí dejando todo el pasado…

-¡Pero nosotros hemos optado por ti!
-No. ¿Sabes lo que es optar por mí? No es quererme y seguirme solamente. Estas cosas son, en mucho, mérito del Hombre que soy y que atrae vuestras simpatías. Optar por mí es optar por mi doctrina, que es igual que la antigua en la Ley divina, pero que es completamente distinta de esa ley, de esa aglutinación de leyes humanas que han venido acumulándose durante los siglos, formando todo un código y un formulario que de divino no tiene nada.

Vosotros, todos los humildes de Israel, y también algún grande muy justo, os quejáis, y criticáis las sutilezas formalistas de los escribas y fariseos, sus intransigencias y dureza… pero vosotros tampoco estáis de ello inmunes. No es culpa vuestra.

Durante siglos y siglos, habéis -vosotros hebreos­ asimilado lentamente las… emanaciones humanas de los manipuladores de la pura y sobrehumana Ley de Dios. Ya sabes, cuando uno sigue durante años y años viviendo de una determinada manera distinta de la propia de su país, por vivir en un país extranjero, y viven en él sus hijos y los hijos de sus hijos, sucede que su descendencia acaba por ser como la del lugar en que se halla.

Se aclimata tanto, que pierde incluso el aspecto físico de su nación, además de las costumbres morales; y, por desgracia, tanto, que pierde la religión de sus padres… Pero… ahí están los otros. Vamos a la sinagoga…

-¿Hablas Tú?

-No. Soy un simple fiel. He hablado con los milagros esta mañana…

-Con tal de que no haya sido perjudicial…
Pedro está realmente descontento y preocupado, pero sigue al Maestro, que se ha reunido con los otros apóstoles. Por el camino, dan alcance a Jesús el hombre de Yiscala y otros, quizás del pueblo.

En la sinagoga el arquisinagogo, con deferencia, se dirige a Jesús diciendo: -¿Quieres explicar, Rabí, la Ley?
Pero Jesús lo rehúsa, y, como un simple fiel, sigue todas las ceremonias. Besa, como los demás, el rollo que alarga el vicearquisinagogo (digo esta palabra porque no sé cómo se llama este ayudante del arquisinagogo). Escucha la explicación del punto elegido por el arquisinagogo. De todas formas, aunque no hable, su aspecto ciertamente es ya predicación por el modo en que ora… Muchos lo miran.

El discípulo de Gamaliel no lo pierde de vista ni un minuto. Y los apóstoles, recelosos como están, no pierden de vista al discípulo.

Jesús ni siquiera se vuelve cuando, en una puerta de la sinagoga, se produce un murmullo que hace que muchos se distraigan. Pero el rito termina y la gente sale a la plaza donde está la sinagoga. Jesús, a pesar de que estaba más hacia el fondo que hacia la cabeza de la sinagoga, es uno de los últimos en salir, y se dirige hacia la casa para tomar el morral y ponerse en camino.

Muchos del lugar lo siguen; entre ellos, el discípulo de Gamaliel al cual, en un momento dado, lo llaman tres que están contra la pared de una casa. Habla con ellos y con ellos se abre paso hacia Jesús.

-Maestro, éstos quieren decirte algo -dice, llamando la atención de Jesús, que estaba hablando con Pedro y con su primo Judas.

-¡Escribas! ¡Ya lo había dicho yo! -exclama Pedro ya agitado.

Jesús saluda con una reverencia a los tres que lo saludan, y pregunta:
-¿Qué queréis?
Habla el más viejo:

-No has venido. Venimos nosotros. Y para que nadie piense que hemos pecado en el sábado, decimos a todos que hemos dividido el camino en tres tiempos. El primero hasta que la última luz del ocaso ha tenido vida. El segundo, de seis estadios mientras la Luna iluminaba los senderos. El tercero termina ahora y no ha superado la medida legal.

Esto por nuestras almas y las vuestras. Pero para nuestro intelecto te pedimos sabiduría. ¿Estás al corriente de lo que ha sucedido en la ciudad de Yiscala?
-Vengo de Cafarnaúm. Nada sé.

-Escucha. Un hombre, que se había ausentado de su casa por prolongados negocios, al regresar, supo que en su ausencia su mujer lo había traicionado, hasta el punto de dar a luz a un hijo que no podía ser de su marido, porque él había estado fuera de casa catorce meses. El hombre mató ocultamente a su mujer.

Pero, denunciado por uno que lo supo por la sierva, según la ley de Israel (Éxodo 2l, l2-l4; Levítico 20, l0; 24, l7 Números 35, l6-34; Deuteronomio l9, ll-l3; 22, 22) ha sido ejecutado. El amante, que según la Ley debería ser lapidado, se ha refugiado en Quedes, y, sin duda, tratará de ir desde allí a otros lugares.

El hijo ilegítimo -el marido quería tenerlo también para matarlo-no fue entregado por la mujer que lo amamantaba, que ha ido a Quedes para conmover al verdadero padre del lactante para que se ocupe de su hijo, porque el marido de la nodriza se niega a tenerlo en casa.

Pero el hombre la ha rechazado, junto con su hijo, diciendo que éste significaría un obstáculo para su fuga. ¿Según Tú, cómo juzgas el hecho?

-No veo que sea ya susceptible de juicio. Todo juicio, justo o injusto, ha sido ya dado.

-¿Cuál, según Tú, ha sido el juicio justo y cuál el injusto? Surgió divergencia entre nosotros acerca de la muerte del homicida.

Jesús los mira a uno tras otro de hito en hito. Luego dice:

-Voy a hablar. Pero antes responded a mis preguntas, sea cual fuere su peso. Y sed sinceros. ¿El hombre homicida de su esposa era del lugar?

-No. Se había establecido allí desde su matrimonio con la mujer, que era del lugar.

-¿El adúltero era del lugar?
-Sí.

-¿Cómo el hombre traicionado supo que lo había sido? ¿Era pública la culpa?

-No, ciertamente. Y no se comprende cómo pudo saberlo el hombre. La mujer se había ausentado unos meses antes, diciendo que para no estar sola iba a Tolemaida donde unos parientes suyos, y volvió diciendo que había tomado consigo al hijito de una pariente que había muerto.

-¿Cuando estaba en Yiscala, su conducta era desvergonzada?
-No. Es más, a todos nos sorprendió el que Marcos estuviera en relaciones con ella.

-Mi pariente no es un pecador. Es un acusado inocente -dice uno de los tres, que no ha hablado todavía.

-¿Era pariente tuyo? ¿Quién eres? -pregunta Jesús.
-El primero de los Ancianos de Yiscala. Por esto he querido la muerte del homicida, porque no sólo mató, sino que mató a persona inocente -y dirige una mirada torva al tercero, que tiene unos cuarenta años y que, rebatiendo, dice:

-La Ley impone la muerte del homicida.

-Tú querías la muerte de la mujer y del adúltero.
-Así es la ley.

-Si no hubiera habido ningún otro motivo, ninguno habría hablado.

Se enciende la disputa entre los dos antagonistas, que
casi se olvidan de Jesús. Pero el que ha hablado el primero, el más mayor, impone silencio, diciendo con imparcialidad:

-No se puede negar que el homicidio haya sido consumado, como tampoco se puede negar que haya habido culpa. La mujer la confesó a su marido. Pero dejemos hablar al Maestro.

-Yo digo: ¿cómo lo supo el marido? No me habéis respondido.

El que defiende a la mujer dice:

-Porque alguien habló en cuanto el marido regresó.
-Y entonces Yo digo que ése no tenía el corazón puro -dice Jesús, bajando los párpados para celar su mirada y que ésta no acuse.

Pero el de cuarenta años, que quería la muerte de la mujer y del adúltero, salta: -Yo no tenía ninguna hambre de ella.

-¡Ah! ¡Ahora está claro! ¡Fuiste tú el que habló! ¡Lo sospechaba, pero ahora te has traicionado! ¡Asesino!
-Y tú, favorecedor del adúltero. Si no le hubieras avisado, no se nos habría escapado. ¡Pero es tu pariente!

¡Así se hace la justicia en Israel! Por eso defiendes también la memoria de la mujer: para defender a tu pariente. De ella sola no te preocuparías.

-¿Y tú, entonces?, ¿tú, que has lanzado al hombre contra la mujer para vengarte de sus negativas?

-¿Y tú, que has sido el único que ha testificado contra el hombre? ¿Tú que pagabas a una criada en aquella casa para que te ayudara? No es válido el testimonio único. Lo dice la Ley.

¡Un jaleo de mercado! Jesús y el añoso anciano tratan de calmar a los dos, que representan dos intereses y dos corrientes opuestas y que revelan un odio incurable entre dos familias. Lo logran a duras penas.

Ahora habla Jesús, sereno, solemne; y lo primero que hace es defenderse de la acusación salida de los labios de uno de los contendientes: -Tú que proteges a las prostitutas…

-Yo no sólo digo que el adulterio consumado es delito contra Dios y contra el prójimo, sino que digo: aquel que tiene deseos impuros hacia la mujer de otro es adúltero en su corazón y comete pecado ¡Ay si cada hombre que ha deseado a la mujer de otros hubiera de ser muerto! Los lapidadores deberían tener siempre las piedras en la mano.

Pero, aunque el pecado, muchas veces, quede impune por parte de los hombres en la Tierra, será expiado en la otra vida, porque el Altísimo ha dicho: "No fornicarás y no desearás a la mujer de otros", y a la palabra de Dios hay que prestarle obediencia. Pero también digo: "¡Ay de aquel por quien se comete un escándalo!, y ¡ay del delator de su prójimo!".

Aquí todos han faltado. El marido. ¿Tenía realmente necesidad de abandonar a su esposa durante tanto tiempo?

¿La había tratado siempre con ese amor que conquista el corazón de la compañera? ¿Se examinó a sí mismo para ver si, antes que él por parte de la mujer, no había sido ofendida por él la mujer? La ley del talión dice: "Ojo por ojo, diente por diente". Pero, si lo dice para exigir reparación, ¿debe ésta provenir de uno sólo? No defiendo a la adúltera, pero digo: "¡Cuántas veces habría podido acusar ella de este pecado a su consorte?".

La gente susurra:

-¡Es verdad! ¡Es verdad! -y asienten también el viejo de Yiscala y el discípulo de Gamaliel.

Jesús prosigue:

-…Yo digo: ¿cómo no ha temido a Dios el que por venganza ha causado tanta tragedia? ¿La habría querido en el seno de su familia? Yo digo: ¡el hombre que ha huido y que, después de gozar y destruir, repudia ahora al inocente, cree que, huyendo, se salvará del Vengador eterno? Esto es lo que digo Yo. Y digo todavía otras cosas. La Ley exigía la lapidación de los adúlteros y la ejecución del homicida.

Pero llegará un día en que la Ley, necesaria para poner freno a la violencia y la lujuria de los hombres no fortalecidos por la Gracia del Señor, será modificada, y, si bien quedarán los mandamientos: "No matar y no cometer adulterio", las sanciones contra estos pecados serán transferidos a una justicia más alta que la del odio y la sangre.

Una justicia respecto a la cual la siempre falaz e inmeritoria justicia de los jueces humanos -todos, y quizás varias veces, adúlteros, si es que no han sido también homicidas-será menos que nada. Hablo de la justicia de Dios, que pedirá explicación a los hombres incluso de los deseos impuros, de los cuales nacen las venganzas, las delaciones, los homicidios; y, sobre todo, pedirá explicación de por qué se niega a los culpables las horas para redimirse, y por qué a los inocentes se les impone cargar con el peso de las culpas ajenas.

Aquí todos culpables. Todos. Y también los jueces impulsados por opuestos movimientos de venganza personal.

Uno sólo es inocente. A él va mi piedad. Yo no puedo volver atrás. Pero, ¿quién de vosotros será caritativo con el pequeñuelo, y conmigo que sufro por él?

Jesús mira a la multitud con ojos de triste súplica.
Muchos dicen:

-¿Qué quieres? Pero recuerda que es un hijo ilegítimo.
-En Cafarnaúm hay una mujer de nombre Sara. Es de Afeq.

Una discípula mía. Llevadle el niño y decidle: “Jesús de Nazaret te lo confía". Cuando el Mesías que esperáis funde su Reino y ponga sus leyes -que no anulan la Palabra del Sinaí, sino que dan cumplimiento a ésta con la caridad-, los hijos ilegítimos ya no estarán sin madre, porque Yo seré el Padre de los que no tienen padre y diré a mis fieles:

“Amad a éstos por amor a mí". Y cambiarán otras cosas, porque la violencia será sustituida con el amor.

Creíais, quizás, que ante vuestras preguntas Yo iba a negar la Ley; y por esto me habéis buscado. Decíos a vosotros mismos y a quien os ha enviado que he venido a perfeccionar la Ley y nunca a negarla. Decíos a vosotros y a los otros que Aquel que predica el Reino de Dios, ciertamente, no puede enseñar aquello que en el Reino de Dios sería horror y no podría, por tanto, tener en él cabida.

Decidles también -,y decíos- que recuerden lo que dice el Deuteronomio (18, 15-19): "El Señor tu Dios suscitará para ti, de tu nación, de entre tus hermanos, un profeta.

Escúchalo. Eso pediste al Señor tu Dios en el Horeb; dijiste:

“No vuelva yo a oír la voz del Señor mi Dios, no vuelva a ver este grandísimo fuego, y no muera”. Y el Señor me dijo: “Está bien lo que han dicho; suscitaré para ellos, de en medio de sus hermanos un profeta semejante a ti; pondré mis palabras en su boca, y les dirá todo lo que Yo le mande. Y si alguno no quisiere escuchar las palabras que en mi nombre dirá, tomaré cuentas de ello".

Dios os ha mandado a su Verbo para que hablara sin que su voz os causara la muerte. Muchas cosas había dicho ya Dios al hombre, ya más de las que el hombre mereciera oír de Dios. Mucho, con la Ley del Sinaí y con los Profetas.

Pero todavía muchas cosas debían decirse, y Dios lo ha guardado para su profeta del tiempo de Gracia, para el que había sido prometido a su pueblo, en quien mora la Palabra de Dios y en el cual se cumplirá el perdón. Fundador del Reino de Dios, codificará la Ley con los nuevos preceptos de amor, porque el tiempo del amor ha llegado.

Y no pedirá venganza al Altísimo contra quien no lo escuche; solamente, que el fuego de Dios deshaga el granito de los corazones y la Palabra de Dios pueda penetrar en ellos y fundar en ellos el Reino, que es Reino del espíritu, como espiritual es su Rey. Al que -quienquiera que sea-ame al Hijo del hombre, el Hijo del hombre le dará Camino, Verdad, Vida: para ir a Dios, para conocerlo y para vivir la Vida eterna.

En aquel -quienquiera que sea-que acepte mi palabra surgirán fuentes de luz, por lo cual conocerá el sentido oculto de las palabras de la Ley y verá que las prohibiciones no son amenazas sino invitaciones de Dios, que quiere que los hombres sean bienaventurados, no réprobos; benditos, no malditos.

Una vez más, de una cosa ya resuelta, como no la habría resuelto la santidad, habéis hecho un instrumento inquisidor para sorprenderme en pecado. Pero Yo sé que no peco.

Y no temo al decir mi pensamiento, que es éste: el hombre homicida ha sufrido, con el deshonor primero y con la muerte después, las consecuencias de haber hecho de la ganancia la meta de su vida.

La mujer ha sufrido las consecuencias de su pecado con la muerte, y -os asombrará, pero es así-y su confesión, intentando mover a piedad a su marido hacía el inocente, ha disminuido su culpa ante Dios. Los demás -tú y tú y el que ha huido sin piedad ni siquiera hacia su pequeñuelo-tenéis mayor culpa que los dos primeros. ¿Murmuráis?

Vosotros no habéis sufrido con la muerte las consecuencias, y en vosotros no estaban los atenuantes del marido traicionado ni están los atenuantes de la mujer: estar desatendida y haber confesado. Y todos tenéis un pecado, todos menos la nodriza del inocente.

El pecado de rechazar a este inocente como a un mal vergonzoso. Habéis sabido matar al homicida. Habríais sabido matar también a los adúlteros. Habéis sabido hacer lo que constituye justicia severa y lo habríais sabido hacer.

Pero ni siquiera uno ha sabido, ni sabe, abrir los brazos a la piedad hacia el inocente. De todas formas, vuestra responsabilidad no es completa. No sabéis… Nunca sabéis exactamente lo que hacéis y lo que se debería hacer. Y en esto está vuestro atenuante.

Cuando este discípulo de Gamaliel ha venido a mí, me ha dicho: "Ven. Quieren hacerte unas preguntas sobre un hecho que todavía tiene repercusiones". Las consecuencias son el inocente. Bueno, ¿y ahora que sabéis lo que pienso, cambiaréis vuestro juicio donde todavía puede cambiarse? A éste le he dicho:

"Yo no juzgo. Yo perdono". Gamaliel dijo: "Solamente Jesús de Nazaret juzgaría con justicia aquí". Ya, como le he dicho a éste, habría aconsejado a todos -digo a todos-prorrogar la sentencia hasta después de un atento examen y hasta que se hubieran calmado las pasiones.

Muchas cosas hubieran podido cambiarse sin agraviar a la Ley: La cosa ya está consumada. Y que Dios perdone a quien se haya arrepentido o se vaya a arrepentir de ello. No tengo más que decir. Bueno, todavía una cosa: que Dios os perdone una vez más el haber tentado al Hijo del hombre.

-¡Yo no, Maestro! ¡Yo no! Yo… amo al rabí Gamaliel como un discípulo debe amar a su maestro: más que a un padre.

Más, porque un rabí forma el intelecto, que es más grande que la carne. Y… no puedo dejar a mi rabí por ti. Pero para despedirme de ti no encuentro sino las palabras del cántico de Judit (l6, l-l7). Florecen en el fondo de mi corazón, porque he percibido justicia y sabiduría en todas tus palabras. Adonai, Señor, grande y magnífico es tu señorío. Nadie puede superarte. Nadie puede oponer resistencia a tu voz.

¡Los que te temen estarán en tu presencia en todo!"… Señor, yo bajaré a Cafarnaúm, donde la mujer que has mencionado. Y Tú ora por mí, porque mi granito se disuelva y penetre la Palabra que funda el Reino de Dios en nosotros… Ahora entiendo. Nosotros nos engañamos. Y nosotros, discípulos, somos los menos culpables…

-¿Qué dices, necio? -interviene violentamente el Anciano de Yiscala volviéndose hacia el discípulo de Gamaliel.
-¿Que qué digo? Digo que tiene razón mi maestro. Y quien tienta a Este para el reino temporal es un satanás, porque Éste es un verdadero Profeta del Altísimo y la Sabiduría habla por sus labios. Dime, Maestro, ¿qué tengo que hacer?
-Meditar.
-Pero…

-Meditar. Eres un fruto no maduro. Y debes ser injertado. Oraré por ti. Venid vosotros…

Y, con los apóstoles cargados con los fardos, se echa a andar, dejando tras sí los comentarios.

471- Encuentro con el levita José, llamado Bernabé, y lección sobre Dios-Amor

Dulce es el alto en la pequeña meseta. Pero es prudente bajar hacia el valle mientras es de día, porque la noche vendría precoz y ría oscura bajo esta espesura de árboles que recubre el monte.

Jesús es el primero en ponerse en pie. Va a refrescarse la cara, las manos y los pies en el minúsculo regato creado por el pequeño manantial.

Luego llama a sus apóstoles, que duermen entre la hierba, y los invita a prepararse para irse. Y, mientras ellos hacen lo mismo que Él había hecho, uno tras otro, lavándose en el fresco regatillo y llenando las cantimploras en el hilo de agua que mana de la roca,
Él va a esperarlos al extremo del pradito, junto a los dos árboles seculares que lo limitan al este, y observa el lejano horizonte.

El primero en llegar donde Él es Felipe, el cual, mirando hacia el mismo lugar al que su Maestro mira, dice:
-Es bonita esta vista! Estás admirándola…
-Sí. Pero no miraba solamente su belleza.

-¿Qué mirabas entonces? ¿Pensabas, quizás, en cuando Israel se agrande con esos lugares de allende el Líbano y el Orontes, que durante los pasados siglos han sido aflicción para nosotros, y que aún ahora lo son, porque allí está asentado el corazón del poder que nos subyuga con el Legado?

Efectivamente, es tremenda la profecía de varios profetas sobre ellos: "Aplastaré al asirio en mi tierra, lo hollaré en mis montañas… Ésta es la mano que se extiende sobre las naciones… ¿Quién podrá detenerla?… Y Damasco dejará de existir, quedará como montón de piedras de un derrumbamiento… Ésta será la suerte de nuestros saqueadores".

¡Habla Isaías! (Isaías l4, 25-27; l7) Y también Jeremías (49, 27): "Prenderé fuego a las murallas de Damasco y devorará los muros de Ben Hadad". Y ello sucederá cuando el Rey de Israel, el Prometido, tome su cetro, y Dios haya perdonado a su pueblo dándole al Rey Mesías… ¡Lo dice Ezequiel! (36, 8 y l2 y l5): "Vosotros, montes de Israel, echad vuestras ramas, producid vuestros frutos para mi pueblo de Israel, porque volverá pronto…

Conduciré de nuevo a mi pueblo a vosotros y ellos te recibirán como heredad… No dejaré que vuelvas a oír los ultrajes de las naciones…". Y los salmos cantan con Etán Esraíta: "He encontrado a mi siervo David y lo he ungido con mi óleo santo. Mi mano le asistirá… Nada podrá contra él el enemigo… En mi nombre crecerá su poder…

Extenderá sobre el mar su mano, sobre los ríos su diestra… Y Yo lo haré primogénito, soberano entre los reyes de la Tierra". Y Salomón canta: "Durará tanto como el Sol y la Luna… Dominará de mar a mar, desde el río hasta los confines de la Tierra… Lo adorarán todos los reyes de la Tierra, todos los pueblos estarán a él sujetos…". Tú, Mesías, porque en ti están todos los signos del espíritu y de la carne, todos los signos dados por los profetas. ¡Aleluya a ti, Hijo de David, Rey Mesías, Rey santo!».

-¡Aleluya! -gritan en coro los otros, que han llegado donde Jesús v Felipe y han oído las palabras de éste. Y el aleluya se refleja, por eco, de garganta en garganta, de colina en colina…

Jesús los mira, tristísimo… Y, como respuesta, dice:
-Pero no recordáis lo que del Cristo dice David, y lo que de El dice Isaías) (Salmo 89, 2l-28; Salmo 72, 5-ll (por boca de Felipe); Salmo 69, 22; Isaías 63, l-3 (por boca de Jesús)… Tomáis la dulce miel, el embriagador vino de los profetas… pero no pensáis que para ser Rey de reyes el Hijo del hombre habrá de beber la hiel y el vinagre y vestirse con la púrpura de su Sangre… Pero no es culpa vuestra si no entendéis… Y vuestro error de comprensión es amor.

Quisiera en vosotros otro amor. Pero por ahora no podéis… Siglos de pecado están contra los hombres, para impedir en ellos la Luz. Pero la Luz echará abajo las paredes y entrará en vosotros… Vamos.

Regresan al camino de herradura -lo habían dejado para subir a la lejana meseta-, y bajan ligeros hacia el valle. Los apóstoles hablan entre sí en tono bajo…

Luego Felipe se echa a correr, alcanza al Maestro y pregunta:

-¿Te he contrariado, Señor? No quería… ¿Estás disgustado conmigo?
-No, Felipe. Pero quisiera que al menos vosotros comprendierais.

-Mirabas allá con mucho anhelo…
-Porque pensaba en todos los lugares que no me han tenido todavía. Y que no me tendrán… porque mi tiempo huye…

¡Qué breve es el tiempo del hombre! ¡Y qué lento es el hombre en la acción! …; ¡Cómo siente el espíritu estas limitaciones de la Tierra!… Pero… ¡Padre, hágase tu voluntad!

-Pero has recorrido todas las regiones de las antiguas tribus, Maestro mío. Al menos una vez las has santificado, de forma que puede decirse que has recogido en tu puño a las doce tribus…

-Esto es verdad. Vosotros haréis después lo que el tiempo no me dejó hacer. -¿Tú, que detienes el curso de los ríos y calmas los mares, no podrías moderar el paso del tiempo?

-Podría. Pero el Padre en el Cielo, el Hijo en la Tierra, el Amor en el Cielo y en la Tierra desean ardientemente llevar a cabo el Perdón… -y Jesús se sumerge en una meditación profunda, que Felipe respeta dejándolo sólo y yendo a reunirse con sus compañeros. Y a éstos les refiere su diálogo.

…Ya está cercano el valle, ya se ve un camino, un verdadero camino de primer orden, que, viniendo del sur, continúa hacia el oeste, haciendo una curva justamente al pie del monte, para orillar su base y proseguir luego recto hacia un bonito pueblo asentado en el verde junto a un riachuelo que al presente es sólo un cantizal que entre canto y canto mantiene erguida alguna caña resistente, especialmente en el centro, donde un hilo, verdaderamente un hilo de agua, se obstina en correr hacia el mar.

Se reagrupan todos antes de tomar este camino de primer orden, pero aún no han recorrido algunos metros cuando dos hombres vienen a su encuentro con gestos de saludo.

-Dos discípulos de los rabíes, y uno es levita. ¿Qué quieren? -comentan entre sí los apóstoles, que no están mínimamente contentos del encuentro. Yo no sé de qué deducen que son discípulos y que uno es levita. No entiendo todavía bien el lenguaje de los flecos y los galones y otros secretos del vestuario israelita.

Jesús, cuando llega a dos metros aproximadamente y no es posible ningún equívoco -el camino está ya libre de transeúntes que a pie o en caballerías se apresuraban hacia el pueblo-, responde al saludo repetido y espera parado.

-La paz a ti, Rabí -dice, ahora oralmente, el levita, que antes se había limitado a profundas reverencias.
-La paz a ti. Y a ti -dice Jesús dirigiéndose al otro.
-¿Eres Tú el Rabí de nombre Jesús?
-Lo soy.

-Una mujer ha entrado antes de la hora sexta en la ciudad y ha dicho que había hablado por el camino con un rabí más grande que Gamaliel, porque además de sabio era bueno. La cosa ha llegado a nosotros, y los maestros, suspendiendo la partida para Jerusalén, nos han enviado a todos a buscarte, a todos los que estábamos; dos a cada camino que de Yiscala baja a los caminos del llano. En su nombre y por medio de nosotros te dicen: "Ven a la ciudad, que queremos hacerte unas preguntas".
-¿Y por qué motivo?
-Para que des tu dictamen sobre un hecho sucedido en

Yiscala y que todavía tiene repercusiones.
-¿Y no tenéis a los grandes doctores para dictaminar? ¿Por qué dirigirse al Rabí desconocido?

-Si eres el que dicen los rabíes, no eres desconocido. ¿No eres Jesús de Nazaret?
-Lo soy.
-Los rabíes conocen tu sabiduría.
-Y Yo conozco su odio hacia mí.

-No todos, Maestro. El más grande y justo no te odia.
-Lo sé. Tampoco me ama. Me estudia. ¿Pero el rabí Gamaliel está en Yiscala?
-No. Se ha marchado ya, para estar en Seforí antes del sábado. Se marchó inmediatamente después del juicio.

-¿Y entonces por qué me buscáis? Yo también debo respetar el sábado y llegar a aquel lugar, para lo que casi no me queda tiempo. No me entretengáis más.

-¿Tienes miedo, Maestro?
-No tengo miedo porque sé que ningún poder ha sido dado por ahora a mis enemigos. Dejo a los sabios la satisfacción de juzgar.

-¿Qué quieres decir?
-Que Yo no juzgo, sino que perdono.
-Tú sabes juzgar mejor que ningún otro. Gamaliel lo ha dicho. Dijo: "Sólo Jesús de Nazaret juzgaría con justicia aquí".

-Bien. Pero ya habéis juzgado. Y la cosa ya no tiene arreglo. Mi juicio habría sido calmar las pasiones antes de castigar. Si había culpa, el culpable podía arrepentirse y redimirse; si no la había, no se habría producido la ejecución, que, para alguno, ante los ojos de
Dios, es igual que un homicidio premeditado.

-¡Maestro! ¿Cómo lo sabes? La mujer ha jurado que hablaste con ella sólo de sus cosas… y Tú sabes… ¿Eres entonces realmente profeta?

-Yo soy quien soy. Adiós. Paz a ti. El Sol se comba hacia occidente -y le vuelve las espaldas. Se echa a caminar en dirección al pueblo.

-¡Has hecho bien, Maestro! ¡Sin duda te estaban tendiendo una trampa!

Los apóstoles se muestran solidarios con el Maestro. Pero sus alabanzas y razonamientos se ven truncados por los dos de antes, que los alcanzan y suplican a Jesús que suba a Yiscala.

-No. El ocaso me pillaría por el camino. Decid a quien os envía que observo la Ley, siempre, cuando observarla no va en detrimento del mandamiento que es mayor que el sabático: el del amor.

-Maestro, Maestro. Te lo suplicamos. Este caso es verdaderamente de amor y justicia. Ven con nosotros, Maestro.

-No puedo. Y ni siquiera vosotros podéis subir a tiempo.
-Tenemos licencia para hacerlo para este caso.

-¿Y qué? He curado a un enfermo y lo he absuelto en día de sábado y se ha alzado la voz, ¿y a vosotros se os concede violar el sábado por una ociosa disputa? ¿Es que hay dos medidas en Israel? ¡Marchaos! ¡Marchaos! Y dejadme a mí también marcharme.

-Maestro, Tú eres profeta. Por tanto, conoces las cosas. Yo esto lo creo, y éste también. ¿Por qué nos rechazas?
-Porque…

Jesús se detiene y los mira muy fijamente. Sus ojos severos, que traspasan y penetran más allá de los velos de la carne para leer los corazones, miran, dominadores, a los dos que tiene delante. Y luego sus ojos, tan insostenibles en el rigor, tan dulces en el amor, cambian de mirada para adquirir una expresión tan amorosa tan misericordiosa que, si antes el corazón temblaba de miedo por la mirada poderosa, ahora tiembla de emoción ante el brillo del amor de Cristo.

-Porque -repite-no Yo, sino que son los hombres los que rechazan al Hijo del hombre, que debe desconfiar de sus hermanos. Pero a quienes no tienen malicia en el corazón les digo: "Venid, y digo también: "Amadme" a los que me odian…

-Y entonces, Maestro…
-Y entonces voy al pueblo para el sábado.
-Espéranos, al menos.

-Con el ocaso del sábado me marcho. No puedo esperar.
Los dos se miran, se consultan mientras se quedan rezagados; luego uno, el del rostro más abierto y que ha hablado casi siempre, vuelve corriendo.

-Maestro, yo me quedo contigo hasta después del sábado.
Pedro le tira a Jesús de la túnica -está a su lado-, de forma que le obliga a volverse hacia él, y le susurra:
-No. Un espía.

Judas Tadeo, a espaldas de su primo, musita:
-Desconfía.

Natanael, que se ha adelantado con Simón y Felipe, se vuelve con una mirada avisadora que dice "no". Hasta los dos más confiados, Andrés y Juan, indican que no con la cabeza por detrás de la espalda del importuno.
Pero Jesús no toma en consideración sus miedos sospechosos y responde brevemente:

-Quédate -y ellos se deben resignar.
El hombre está contento y se siente menos ajeno al grupo. Siente la necesidad de decir su nombre, decir quién es, por qué está en Palestina -él, que nació en la Diáspora pero que fue consagrado a Dios desde su nacimiento, porque fue «consolación de sus padres», los cuales, agradecidos al Señor por haberlo tenido, lo confiaron a los parientes de Jerusalén para que fuera del Templo-; y cómo en Jerusalén, sirviendo a la Casa de Dios, conoció al rabí Gamaliel y vino a ser discípulo suyo, discípulo atento y amado:

-Me llamaron José porque, como el antiguo, quité a mi madre la pena de ser estéril. Pero mi madre, mientras me nutría, siempre me llamaba "mi consolación", y vine a ser Bernabé para todos. También me llama así el gran rabí, porque él se consuela en los mejores discípulos.
-Haz que te llame así también Dios; es más, que sea Dios, sobre todo, el que te llame así -dice Jesús.
Entran en el pueblo.

-¿Lo conoces? -pregunta Jesús.
-No. No he estado nunca aquí. Es la primera vez que vengo a Neftalí. Me tomó consigo, y con otros, el rabí, porque me he quedado sólo…

-¿Tienes a Dios como amigo?
-Eso espero. Trato de servirle como mejor puedo.
-Entonces no estás solo. El pecador es el que está solo.
-Puedo pecar yo también…

-Tú, discípulo de un gran rabí, ciertamente sabes las condiciones por las que una acción se hace pecad.

-Todo, Señor, es pecado. El hombre peca continuamente. Porque son más los preceptos que los momentos del día. Y no siempre el pensamiento, ni las circunstancias, nos ayudan a no pecar.

-Sobre todo las circunstancias, en verdad sobre todo ellas a menudo nos inducen a pecar. ¿Pero tienes claro el concepto del principal atributo de Dios?
-Justicia.
-No.
-Potencia.
-Tampoco.
-… Rigor.
-Mucho menos.

-Y, a pesar de todo… eso es lo que fue en el Sinaí, y después otras veces…
-En aquel entonces fue visto el Altísimo entre rayos, que ceñían con terribles aureolas el rostro del Padre y Creador. En verdad, no conocéis el verdadero rostro de Dios. Si lo conocierais, y si conocierais su Espíritu, sabríais que el principal atributo de Dios es el Amor, y además Amor misericordioso.

-Sé que el Altísimo nos ha amado. Somos el pueblo elegido. ¡Pero servirle es terrible!
-Si sabes que Dios es Amor, ¡cómo puedes llamarle terrible?

-Porque pecando perdemos su amor.
-Te he preguntado antes si conoces las condiciones por las que una acción se hace pecado.

-Cuando no es una acción de los seiscientos trece preceptos, de las tradiciones, decisiones, costumbres, bendiciones y oraciones, además de las diez imposiciones de la Ley, o bien no es como los escribas enseñan estas cosas, entonces es pecado.

-¿Aunque el hombre no lo haga con plena advertencia y perfecto consentimiento de la voluntad?

-Incluso así. Por tanto, ¿quién puede decir: "No peco"? ¿Quién puede esperar la paz en Abraham al morir?
-¿Son perfectos los hombres en el espíritu?
-No. Porque Adán pecó y nosotros tenemos aquella culpa en nosotros. Esa culpa nos hace débiles. El hombre ha perdido la Gracia del Señor, única fuerza para sostenernos…

-¿Y el Señor lo sabe?
-Él sabe todo.
-¿Y entonces tú crees que no tiene misericordia considerando lo que debilita al hombre? ¿Crees que exige de los que han sido heridos lo mismo que podía exigir del primer Adán? Aquí está la diferencia que vosotros no consideráis. Dios es Justicia, sí. Es Potencia, sí. Puede ser también Rigor para el impenitente que persiste en pecar.

Pero cuando ve que un niño suyo -todos son niños sobre la faz de la Tierra, que es una hora de eternidad para el espíritu, que se hace adulto en su examen espiritual de mayoría de edad eterna en el juicio particular-, cuando Él ve que un niño suyo falta porque es un distraído, o por lentitud en saber discernir, o por estar poco instruido, o porque es muy débil en una o en varias cosas, ¿tú piensas que el Padre Santísimo lo podrá juzgar con intransigente rigor? Tú lo has dicho.

El hombre ha perdido la Gracia, fuerza para reaccionar contra la Tentación y los apetitos. Y Dios lo sabe. Y no hay que temblar por temor a Dios y huir de Él como Adán después de la culpa, sino que hay que recordar que Él es Amor. Su rostro resplandece ante los hombres, pero no para reducirlos a cenizas; antes bien, para confortarlos como hace el Sol con sus rayos. El amor, no el rigor, irradia de Dios. Rayos de sol, no un saetear de dardos. Y además…

¿Qué ha impuesto de por sí el Amor? ¿Una carga que no se puede llevar? ¿Un código de innumerables capítulos que pueden olvidarse? No. Sólo diez mandamientos. Para tener al animal hombre embridado como a un potro, que sin la brida va al desastre.

Pero cuando sea salvado el hombre, cuando se le dé de nuevo la Gracia, cuando llegue el Reino de Dios, o sea, el Reino del amor, se dará, a los hijos de Dios y súbditos del Rey, un solo mandamiento, en que todo estará comprendido:

"Ama a tu Dios con todo tu ser y al prójimo como a ti mismo". Porque has de creer, hombre, que Dios-Amor no puede sino aligerar el yugo y hacerlo suave, y el amor hará suave el servicio a Dios, no temido ya, sino amado. Amado sólo, amado por sí mismo y amado en nuestros hermanos.

¡Cuán simple será la Ley última! Como es Dios: perfecto en su simplicidad.

Escucha: ama a Dios con todo tu ser, ama al prójimo como a ti mismo. Medita. ¡Los gravosos seiscientos trece preceptos y todas las oraciones y bendiciones no están ya -despojándose de sutilezas inútiles que no son religiosas, sino esclavitud hacia Dios-enumerados en estas dos frases?

Si amas a Dios, ciertamente lo honras a todas horas. Si amas al prójimo, ciertamente no haces algo que le cause dolor: no mientes, no robas, no matas o hieres, no eres adúltero. ¿No es así?

-Así es… Maestro justo, yo quisiera estar contigo. Pero Gamaliel ha perdido ya por ti a los mejores discípulos Yo…

-No es todavía la hora de que vengas a mí. Cuando llegue, tu propio maestro te lo dirá, porque es un justo.
-¿Lo es, verdad? ¿Lo dices Tú?

-Lo digo porque es verdad. No soy uno que derribe para alzarse pisando al derribado. Reconozco a cada uno lo suyo… Pero… nos están llamando… Sin duda, han encontrado los alojamientos para nosotros. Vamos…

470- Lección a una suegra sobre los deberes del matrimonio

Los montes boscosos y fértiles donde se halla Yiscala ofrecen alivio de verde, de brisas, de aguas, y hermosísimos horizontes nunca iguales, distintos según que el camino se oriente a uno u otro de los puntos cardinales.

Al norte vese sucesión de cimas selvosas de los más variados verdes, yo diría que es una ascensión de la Tierra hacia el azul firmamento, al que parece ofrecer como don -agradecimiento por las aguas y los rayos que éste le regala-todas sus bellezas vegetales.

Al nordeste la vista desciende, tras haberse detenido, hechizada, en esa joya de variante color -según las horas y la luz -que es el gran Hermón, que alza su cono más alto cual gigantesco obelisco de diamante, o de ópalo, o de palidísimo zafiro, o tenuísimo rubí, o de acero recién templado, según que el sol lo bese o lo deje y en la medida de los juegos de luz sobre las nieves perennes que hacen las deshilachadas nubes transportadas por los vientos; desciende la vista por las pendientes esmeraldinas de sus mesetas, y crestas, hoces y picos, que están al pie del gigante regio.

Y luego, mirando progresivamente hacía el este, se extiende el vasto altiplano verde de la Gaulanítida y la Auranítida, limitado en su extremo oriental por los montes que se difuminan entre las brumas de las lejanías; al oeste, por el distinto verde que al Jordán orilla y su valle señala.

Y, más cercanos, espléndidos como dos zafiros, se ven los dos lagos de Merón, comprendido dentro de su bajo círculo de bien regada llanura, y de Tiberíades, gracioso cual delicada pintura al pastel, comprendido entre las colinas que lo ciñen, distintas en aspecto y tonos, y sus riberas perennemente floridas: sueño de oriente por las matas de palmas que cimbrean la cima con la brisa de los cercanos montes, poesía de nuestros más bellos lagos por la paz de las aguas y los cultivos de las riberas.

Y luego, al sur, el Tabor con su peculiar cúspide, y el pequeño Hermón, todo verde vigilando la llanura de Esdrelón, cuya amplitud se intuye por una vastedad de horizonte no interrumpido por elevaciones montanas; y, aún más abajo, a mediodía, los altos, poderosos montes de Samaria, que se extienden más allá de la vista del hombre hacia Judea.

El único que no aparece es el lado oeste, donde deben estar el Carmelo y la llanura que sube hacia Tolemaida, escondidos ambos por una cadena más alta que ésta, de forma que su visión queda impedida.

Jesús marcha por el camino que va entre los montes, unas veces solo, otras acompañado de uno u otro apóstol suyo que se ha adelantado hasta Él.

Se para una vez a acariciar a los hijos pequeños de un pastor, que juegan cerca del rebaño; y acepta la leche que el pastor -que lo ha reconocido como el Rabí descrito por otros que lo han visto-quiere darle «para ti y para los tuyos».

Otra vez escucha a una ancianita que, no sabiendo quién es Él le cuenta sus penas familiares, causadas por una nuera que es una mujer gruñona y sin respeto.

Aunque se muestre compasivo con la viejecita, Jesús la exhorta a ser paciente y a convencer con la bondad en orden a la bondad:

-Debes ser madre, aunque ella no se comporte contigo como hija. Sé sincera: si en vez de tu nuera fuera tu hija, ¿te parecerían tan graves sus defectos?

La viejecita piensa… y luego confiesa:
-No… Pero una hija es siempre una hija…
-¿Y si una hija tuya te dijera que en casa de su esposo la madre de él la maltrata, qué dirías?

-Que es mala. Porque debería enseñar los usos de la casa -y cada casa tiene los suyos-con bondad, especialmente si la esposa es joven. Yo diría que debería acordarse de cuando ella llevaba casada poco tiempo, y de la satisfacción que le daba el amor de su suegra, si había tenido tanta merced de encontrarla buena, y de lo que había sufrido si había tenido una suegra mala. Y no hacer sufrir lo que no había sufrido, o no hacer sufrir porque sabe lo que es sufrir. ¡Yo, está claro que defendería a mi hija!

-¿Cuántos años tiene tu nuera?
-Dieciocho, Rabí. Casada con Jacob desde hace tres.
-Muy joven. ¿Es fiel a su marido?
-¡Hombre, claro! Siempre en casa y todo amor por él y el pequeño Leví y la pequeña, pequeñísima, Ana, como yo. Ha nacido en Pascua… ¡Es preciosa!…

-¿Quién ha querido que se llamara Ana?

-María. Leví era el nombre del suegro y Jacob le ha puesto Leví al primogénito; así que María, cuando ha tenido a la
niña, ha dicho “A ésta el nombre de la madre".

-¿Y no te parece amor y respeto esto?

La anciana piensa… Jesús insta:
-Es honesta, toda ella para la casa, amorosa esposa y madre, solícita para darte una alegría… Habría podido poner a la niña el nombre de su madre, pero le ha puesto el tuyo… honra tu casa con su conducta…
-¡Eso sí! No es como la infame de Yisabel.

-¿Y entonces? ¿Por qué te quejas y levantas protestas contra ella? ¿No te parece que estás haciendo dos medidas juzgando a tu nuera de forma distinta de como juzgarías a una hija?…

-Es que… es que… ella me ha arrebatado el amor de mi hijo. Antes era todo él para mí, ahora la quiere a ella más que a mí…

La eterna verdadera razón de los prejuicios de las suegras rebosa por fin del corazón de la ancianita, junto con las lágrimas que rebosan de los ojos.
-¿Tu hijo permite que te falte algo? ¿Te desatiende desde que está casado?

-No. No puedo decir eso. Pero, en definitiva, ahora es de su mujer… -y el llanto gime más fuerte.

Jesús sonríe serenamente, compasivo hacia la celosa viejecita. Y dulce como siempre, no regaña. Se muestra compasivo hacia el sufrimiento de la madre, e intenta medicarla. Apoya su mano en el hombro de la anciana, como para guiarla porque las lágrimas la ciegan, quizás para hacerle sentir con su contacto tanto amor, que ella quede consolada y curada; y le dice:

-Madre, ¿y no es bueno que sea así? Tu marido lo hizo contigo, y su madre lo… no lo perdió como tu dices y piensas… lo tuvo menos para sí, porque tu marido repartía su amor entre su madre y tú. Y el padre de tu marido, a su vez, dejó de ser todo de su madre, para amar a la madre de sus hijos. Y así sucesivamente, de generación en generación, retrocediendo en los siglos hasta Eva, la primera madre que vio a sus hijos compartir con sus esposas el amor que tenían primero dedicado exclusivamente a sus padres.

¿Pero no dice el Génesis (Génesis 2, 23-24): "He aquí por fin el hueso de mis huesos y la carne de mi carne… El hombre dejará por ella a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne"? Tú dirás: "Fue palabra de hombre". Sí. Pero ¿de qué hombre? Estaba en estado de inocencia y de gracia. Reflejaba, por tanto, sin sombras, la Sabiduría que le había creado, y conocía las verdades de la Sabiduría. Por la Gracia y la inocencia poseía también los otros dones de Dios en medida plena.

Sometido el sentido a la razón, su mente no estaba ofuscada por emanaciones concupiscentes. Por la ciencia proporcionada a su estado, decía palabras de verdad. Era, pues, profeta. Porque tú sabes que profeta quiere decir "aquel que habla en nombre de otro".

Y los profetas verdaderos hablan siempre de cosas relativas al espíritu y al futuro, aunque parezcan relacionadas con el tiempo presente y con la carne y es que en los pecados de la carne y en los hechos del tiempo presente están los gérmenes de los futuros castigos, o los hechos del futuro tienen su raíz en un acontecimiento antiguo (por ejemplo, la venida del Salvador toma origen en la culpa de Adán, y los castigos de Israel, predichos por los profetas, tienen su germen en la conducta de Israel)-; así es que quien mueve sus labios a hablar de cosas del espíritu no puede ser sino el Espíritu eterno, que todo lo ve en un eterno presente. Y el Espíritu eterno habla en los santos, pues que no puede habitar en los pecadores.

Adán era santo, o sea, la justicia era plena en él, y en él estaban presentes todas las virtudes, porque Dios a su criatura le había infundido la plenitud de sus dones. Ahora, para llegar a la justicia y a la posesión de las virtudes, mucho debe esforzarse el hombre, porque en él están presentes los fómites del mal. Pero en Adán no estaban esos fómites; antes al contrario, la Gracia le hacía inferior en poco a Dios su Creador.

(En nota mecanografiada dice a este respecto María Valtorta: “La Gracia diviniza al hombre, pero el hombre no es Dios.

Viene a ser semejante a Dios por participación, no por una naturaleza igual).

Por tanto, sus labios pronunciaban palabras de gracia. Palabra veraz es, pues, ésta: "El hombre dejará por la mujer al padre y a la madre, y se unirá a su mujer y serán una carne sola".

Tan absoluto y verdadero es esto, que el Bonísimo, para consuelo de las madres y los padres, puso luego en la Ley el cuarto mandamiento: "Honra a tu padre y a tu madre", mandamiento que no termina con las nupcias del hombre, sino que continúa después de ellas.

Primero, instintivamente, los buenos honraban a sus padres incluso después de haberlos dejado para crear una nueva familia. A partir de Moisés es obligación de Ley. Y ello para mitigar los dolores de los padres, de quienes demasiadas veces se olvidaban sus hijos después de las nupcias. Pero la Ley no ha anulado la palabra profética de Adán: "El hombre dejará, de Adán: "El hombre dejará por la mujer al padre y a la madre”.

Era palabra justa, y vive. Reflejaba el pensamiento de Dios. Y el pensamiento de Dios es inmutable, porque es perfecto.

Tú, madre, debes aceptar, pues, sin egoísmos, el amor de tu hijo por su mujer. Y serás santa tu también. Por lo demás, todo sacrificio recibe compensación ya en la Tierra. ¿No te es dulce besar a los nietos, hijos de tu hijo? ¿Y no te serán plácidas las altas horas y tu último sueño con un delicado, cercano amor de hija que tome el relevo de las que ya no tienes en casa?…

-¿Cómo sabes que mis hijas, todas mayores que el varón, están casadas o viven lejos?… ¿Eres Tú también profeta? Eres Rabí. Lo dicen los caireles de tu túnica, y aunque no los tuvieras, lo dice tu palabra. Porque hablas como lo haría un gran doctor. ¿Eres, acaso, amigo de Gamaliel? Ha estado aquí hace sólo dos días, anteayer. Ahora no sé… Y con él estaban muchos rabíes, y muchos de sus discípulo; predilectos. Pero Tú quizás es que llegas tarde.

-Conozco a Gamaliel. Pero no voy donde él. En Yiscala no entro siquiera…

-¿Pero quién eres? Cierto que un rabí. Y hablas mejor incluso que Gamaliel…

-Pues entonces haz lo que te he dicho. Y tendrás paz. Adiós, madre. Yo continúo. Tú entras, claro, en la ciudad.
-Sí… ¡Madre!… Los otros rabíes no son tan humildes hacia una pobre mujer… Sin duda la que te llevó es más santa que Judit, si te ha dado este corazón dulce para todas las criaturas.

-Santa es, en verdad.
-Dime su nombre.
-María.
-¿Y el tuyo?
-Jesús.
-¡Jesús!…

El estupor ha dejado pasmada a la ancianita. La noticia la paraliza y la deja clavada en donde la ha oído.

-Adiós, mujer. La paz sea contigo -y Jesús se marcha raudo, casi corriendo, antes de que ella vuelva en sí de su reflexión.

Los apóstoles le siguen al mismo paso, con un intenso batir de túnicas, seguidos en vano por los gritos de la mujer, que suplica:

-¡Deteneos! ¡Rabí Jesús! ¡Párate! Quiero decirte una cosa…

Aminoran el paso sólo cuando la espesura de los montes boscosos los ha ocultado de nuevo; y ya no se ve el camino que, a partir de este de herradura, conduce a Yiscala.
-¡Qué bien le has hablado a la mujer! -dice Bartolomé.
-¡Una lección de doctor! Lo malo es que sólo estaba ella… -observa Santiago de Alfeo.

-Quisiera no olvidar estas palabras… -exclama Pedro.
-La mujer ha comprendido, o casi, después de tu Nombre… Ahora va a hablar de ti en la ciudad… -dice Tomás.
-¡Con tal de que no pinche a las avispas y nos las lance! -chismorrea Judas de Keriot.

-¡Estamos lejos ya!… Y en estos bosques no se dejan huellas. No nos molestarán -dice con optimismo Andrés.
-¡Aunque nos molestaran!… Es la paz lo que he reconstruido en una familia -responde Jesús a todos.

-¡Pero cómo son, eh! ¡Las suegras son todas iguales! -dice Pedro.

-No. Hemos conocido suegras buenas. ¿Te acuerdas de la suegra de Jerusa de Doco? ¿Y la suegra de Dorca de Cesárea de Filipo?

-¡Bueno sí, Santiago!… Hay alguna buena… -consiente Pedro (pero, sin duda, piensa que la suya es un tormento).
-Vamos a pararnos a comer. Después descansamos. Y llegaremos al pueblo del valle por la noche -indica Jesús.

Y se detienen en una verde y pequeña hondonada (parece el interior de una gran concha esmeraldina incrustada en el monte y abierta para ofrecer su paz a los peregrinos). La luz es suave, a pesar de la hora, debido a los árboles, que, altos y robustos, forman sobre el prado una bóveda susurrante.

La temperatura es también suave por la brisa que corre en los montes. Un pequeño manantial pone hilo de plata entre dos rocas oscuras, y canta en voz baja, para perderse luego entre las tupidas hierbas, en un minúsculo lecho que ha excavado, de la anchura de un palmo, cubierto por entero por tallitos, ondeantes por la brisa, de sus márgenes; y luego baja, formando una cascada de muñeca, al escalón de abajo.

El horizonte, entre dos troncos robustos, presenta una maravillosa vaporosidad de confín lejano, hacia los montes del Líbano…

469- Despidiéndose de los pocos fieles de Corazín

No ha llegado todavía la aurora, cuando Jesús se encuentra con los once, que tienen en medio al pequeño carpintero José, el cual, en cuanto ve a Jesús, sale como una flecha, y se abraza a sus rodillas con la sencillez de quien es todavía niño. Jesús se agacha para besarlo en la frente, y luego, llevándolo de la mano, va a donde están Pedro y los demás.

-La paz a vosotros. No creía encontraros tan pronto aquí.
-El niño se ha despertado todavía de noche y ha querido venir por miedo a llegar con retraso -explica Pedro.
-La madre estará aquí dentro de poco con los otros hijos. Quiere saludarte -añade Judas de Alfeo.

-Y lo mismo la mujer que estuvo tullida, y la hija de Isaac y la madre de Elías y otros que has curado. Nos han hospedado…

-¿Y los otros?
-Señor…

-Corazín conserva su espíritu duro. Comprendo. No importa. La buena semilla está echada y un día germinará… por mérito de éstos… -y mira al niño.

-¿Será discípulo y convertirá?
-Discípulo es, ¿no es verdad, José?
-Sí. Pero no sé hablar, y por lo que yo sé no me escuchan.

-No importa. Hablarás con tu bondad.
Jesús toma entre sus largas manos la carita del niño y le habla estando un poco inclinado hacia la carita levantada.

-Yo me marcho, José. Sé bueno. Sé trabajador. Perdona a quien no os quiere. Sé agradecido con quien te favorece.

Piensa siempre esto que en quien te favorece está presente Dios. Por tanto, recibe con respeto cualquier beneficio, pero sin pretenderlo, sin decir: "Voy a estar ocioso, porque hay quien se preocupa de mí", y sin malgastar la ayuda recibida. Trabaja, porque el trabajo es santo, y tú, niño, eres el único hombre de la familia.

Recuerda que ayudar a la madre es honrarla. Recuerda que dar buen ejemplo a los hermanitos y velar por el honor de las hermanas es un deber. Desea tener lo que es justo y trabaja para tenerlo, pero no envidies al rico, ni tengas deseos de riquezas para poder gozar mucho. Recuerda que tu Maestro te enseñó no sólo la palabra de Dios, sino también el amor al trabajo, la humildad y el perdón. Sé siempre bueno, José, y un día volveremos a estar juntos.

-¿Pero es que no vas a volver? ¿A dónde vas, Señor?
-Voy a donde quiere la voluntad del Padre de los Cielos.

Su voluntad debe siempre ser más fuerte que la nuestra, y debemos amarla más que a la nuestra, porque es siempre voluntad perfecta. Y tú tampoco, en la vida, pongas tu voluntad delante de la de Dios. Todos los obedientes se reunirán en el Cielo, y habrá entonces gran fiesta. Dame un beso, niño.

¿Un beso? Muchos besos y lágrimas le da el niño, y así, enroscado al cuello de Jesús, lo encuentra su madre cuando aparece acompañada por la nidada de sus hijos y por los otros, poquísimos, siete en total, de Corazín.

-¿Por qué llora mi hijo? -pregunta la mujer, tras haber saludado al Maestro.

-Porque todo adiós significa dolor. Pero, aunque estemos separados, siempre estaremos unidos si vuestro corazón sigue queriéndome. Vosotros sabéis cómo es el amor a mí y en qué consiste. En hacer lo que os he enseñado, porque el que hace lo que uno le ha enseñado demuestra que tiene estima -y estima es siempre amor-por esa persona. Haced, pues, lo que os he enseñado con la palabra y el ejemplo, y haced lo que os enseñen mis discípulos en mi Nombre. No lloréis.

El tiempo es breve, y pronto estaremos unidos de nuevo y en un modo mejor. Y no lloréis tampoco por egoísmo. Pensad en los que todavía me esperan, en los que habrán de morir sin haberme visto, en cuantos habrán de amarme sin haberme conocido nunca. Vosotros me habéis tenido más de una vez, y podéis ver facilitada vuestra fe y la esperanza por la caridad que hay entre vosotros.

Ellos, sin embargo, tendrán que tener una grande, una ciega fe para poder llegar a decir: "Él es verdaderamente el Hijo de Dios, el Salvador, y su palabra es veraz". Una gran fe para poder tener la gran esperanza de la vida eterna y de la inmediata posesión de Dios después de una vida de justicia. Deberán amar a quien no han conocido, a quien no han oído, a quien no han visto obrar prodigios. Y, no obstante, sólo si aman así, tendrán la vida eterna.

Vosotros bendecid al Señor, que os ha favorecido dándoos el conocimiento de mí. Ahora marchad. Sed fieles a la Ley del Sinaí y a mi mandamiento nuevo de amaros todos como hermanos, porque en el amor está Dios.

Amar también a quien os odie, porque Dios, primero, os ha dado el ejemplo de amar a los hombres que con el pecado muestran odio a Dios.

Perdonad siempre, como Dios ha perdonado a los hombres mandando a su Verbo Redentor a borrar la Culpa, motivo de resentimiento y separación. Adiós.

Mi paz esté en vosotros. Recordad mis obras, en vuestros corazones, para fortificarlos contra las palabras de aquellos que quieran persuadiros de que Yo no soy vuestro Salvador.

Conservad mi bendición para fuerza vuestra en las pruebas del tiempo futuro.

Jesús extiende las manos mientras recita la bendición mosaica sobre el pequeño rebaño postrado a sus pies. Luego da media vuelta y se marcha…

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