por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
La sinagoga de los romanos está justo enfrente del Templo, cerca del Hípico. Un grupo de gente espera a Jesús, y, cuando lo señalan a la entrada de la calle, unas mujeres son las primeras que van a su encuentro. Jesús está con Pedro y Judas Tadeo.
-¡Hola, Maestro! Te agradezco que hayas aceptado mi petición. ¿Entras ahora en la ciudad?
-No. Estoy ya desde la hora primera. He estado en el Templo.
-¿En el Templo? ¿No te han injuriado?
-No. La hora era temprana e ignoraban mi venida.
-Te había llamado por este motivo… y también porque aquí hay gentiles que querrían oírte. Desde hace días van al Templo a esperarte. Pero se han burlado de ellos e incluso los han amenazado. Ayer estaba yo también y comprendí que se te espera para injuriarte. He mandado hombres a todas las puertas. Con el oro todo se obtiene…
-Te lo agradezco. Pero Yo, Rabí de Israel, no puedo no subir al Templo. ¿Estas mujeres quiénes son?
-Mi liberta Tusnilde. Dos veces bárbara, Señor. De los bosques de Teotuburgo. Botín de esas imprudentes avanzadas que tanta sangre han costado. Mi padre se la regaló a mi madre, y ella a mí, para mi boda. De sus dioses a los nuestros. De los nuestros a ti, porque ella hace lo que yo hago. Es muy buena. Las otras son las mujeres de los gentiles que te esperan. De todas las regiones. La mayor parte enfermas. Han venido con las naves de sus maridos.
-Vamos a entrar en la sinagoga…
El arquisinagogo, erguido en el umbral de la puerta, se inclina y se presenta: -Matatías Sículo, Maestro. Alabado y bendito seas.
-Paz a ti.
-Entra. Cierro la puerta para estar tranquilos. Es tanto el odio, que los ladrillos son ojos y las piedras oídos para observarte y denunciarte, Maestro. Quizás son mejores estos que, con tal de que no se toquen sus intereses, no se meten con nosotros -dice el anciano arquisinagogo, mientras va andando al lado de Jesús para llevarlo, pasado un pequeño patio, a una amplia estancia, que es la sinagoga.
-Curemos primero a los enfermos, Matatías. Su fe merece premio -dice Jesús. Y pasa de una a otra mujer imponiendo las manos. Algunas están sanas, pero el enfermo es el hijito que tienen en brazos, y Jesús lo cura.
Una es una niña paralizada completamente; una vez curada, grita:
-¡Sitaré te besa las manos, Señor!
Jesús, que ya había pasado adelante, se vuelve sonriendo y pregunta:
-¿Eres sira?
La madre explica:
-Fenicia, Señor. De allende Sidón. Estamos en las orillas del Tamiri. Y tengo otros diez hijos y otras dos hijas, una de nombre Sira y la otra Tamira. Y Sira es viuda, a pesar de ser poco más que una niña. Así que, siendo ya libre, se ha establecido en casa de su hermano, aquí en la ciudad, y es seguidora tuya. Ella nos dijo que Tú lo podías todo».
-¿No está aquí contigo?
-Sí, Señor. Está ahí, detrás de esas mujeres.
-Acércate -manda Jesús.
La mujer, temerosa, avanza entre el grupo de mujeres.
-No tienes que tener miedo de mí si me amas -la conforta Jesús.
-Te amo. Por eso he dejado Alejandrocenas. Porque pensaba que te podría oír otras veces y… que aprendería a aceptar mi dolor…
Llora.
-¿Cuándo te has quedado viuda?
-Al final de vuestro Adar… Si hubieras estado, Zeno no habría muerto. Él lo decía… porque te había oído hablar y creía en ti.
-Entonces no está muerto, mujer. Porque quien cree en mí vive. La verdadera vida no es este día en que vive la carne. La vida es aquella que se obtiene creyendo y yendo en pos de quien es Camino, Verdad y Vida, y obrando según su palabra.
Aunque este creer y seguir fuera durante poco tiempo, y obrar por poco tiempo, un tiempo pronto truncado por la muerte del cuerpo, aunque fuera un solo día, una sola hora, en verdad te digo que esa criatura no conocerá ya la muerte. Porque el Padre mío y de todos los hombres no calculará el tiempo transcurrido en mi Ley y Fe, sino la voluntad del hombre de vivir hasta la muerte en esa Ley y Fe.
Yo prometo la Vida eterna y quien cree en mí y obra según lo que digo, amando al Salvador, propagando este amor, practicando mis enseñanzas durante el tiempo que se le conceda. Los obreros de mi viña son todos aquellos que vienen y dicen:
"Señor, recíbenos entre tus obreros", y en esa voluntad permanecen hasta que el Padre mío juzga terminada su jornada. En verdad, en verdad os digo que habrá obreros que habrán trabajado una sola hora, su última hora, y que tendrán más inmediato el premio que aquellos que hayan trabajado desde la primera hora pero siempre con tibieza, movidos al trabajo únicamente por la idea de no merecer el infierno, o sea, movidos por el miedo al castigo.
No es éste el modo de trabajar que mi Padre premia con una gloria inmediata. Es más, a estos calculadores egoístas -que sienten el apremio de hacer el bien, el bien estrictamente necesario, por no atraerse una pena eterna-el Juez eterno les dará una larga expiación. Deberán aprender, a expensas de sí mismos, con una larga expiación, a darse un espíritu solícito en amor, y en amor verdadero, orientado todo a la gloria de Dios.
(Recordamos aquí que el dolor de atrición, o sea, cumplir los Mandamientos por temor a no condenarse, es válido para salvarse, aunque el dolor de contrición, o sea, aquel que nos mueve a cumplir los Mandamientos por amor a Dios, que, como Suma bondad, no se merece que lo ofendamos, es mucho más perfecto).
Y os digo también que en el futuro muchos serán, especialmente entre los gentiles, los que estarán entre los obreros de una hora, e incluso de menos de una hora, y que serán gloriosos en mi Reino, porque en esa única hora de respuesta a la Gracia, que los habrá invitado a entrar en la viña de Dios, habrán alcanzado la perfección heroica de la caridad.
Ten, pues, buen ánimo, mujer. Tu marido no está muerto sino que vive. No lo has perdido; solamente está separado de ti un tiempo. Ahora tú, como esposa que no hubiera entrado todavía en casa del esposo, debes prepararte para las verdaderas nupcias inmortales con aquel que lloras.
¡Oh, dichosas nupcias de dos espíritus que se han santificado y que se unen de nuevo, para siempre, en donde no existe ya la separación ni el temor del desamor ni las penas, en donde los espíritus exultarán en el amor de Dios y en el amor recíproco!
La muerte para los justos es verdadera vida, porque ya nada podrá amenazar la vitalidad del espíritu, o sea, su permanencia en la Justicia. Lo caduco ni lo llores ni lo añores, Sira. Alza tu espíritu y ve las cosas con justicia y verdad. Dios te ha amado salvando a tu consorte del peligro de que las obras del mundo destruyeran su fe en mí.
-Me has consolado, Señor. Viviré como dices. Bendito seas Tú, y contigo el Padre tuyo, eternamente.
Jesús hace ademán de seguir adelante y el arquisinagogo dice:
-¿Puedo ponerte un reparo, sin que te parezca ofensa?
-Habla. Aquí soy Maestro para dar sabiduría a quien me pregunte.
-Has dicho que algunos serán gloriosos enseguida en el Cielo. ¿No está cerrado el Cielo? ¿No están los justos en el Limbo en espera de entrar en el Cielo?
-Así es. El Cielo está cerrado. Y sólo lo abrirá el Redentor. Pero su hora ha llegado. En verdad te digo que el día de la Redención ya clarece en Oriente y pronto estará en su cenit.
En verdad te digo que no vendrá otra fiesta después de ésta, antes de ese día. En verdad te digo que estando ya en la cima del monte de mi sacrificio fuerzo ya las puertas…
Mi sacrificio ya empuja en las puertas del Cielo, porque está ya en acción. Cuando esté cumplido -¡recuérdalo, oh hombre!-, se abrirán las sagradas cortinas y las celestes puertas. Porque Yeohveh ya no estará presente con su gloria en el Debir (Santo de los santos), e inútil será poner un velo entre el Incognoscible y los mortales, y la Humanidad que nos ha precedido y que fue justa volverá al lugar a donde había sido destinada, con el Primogénito a la cabeza, ya completo en carne y espíritu, y sus hermanos vestidos con la vestidura de luz que tendrán hasta que también sus carnes sean llamadas al júbilo.
Jesús pasa al tono de canto, propio de cuando un arquisinagogo o un rabí repite palabras bíblicas o salmos (Ezequiel 37, 4-6.l2-l4), y dice: -Y Él me dijo:
"Profetiza a estos huesos y diles: “Huesos secos, escuchad la palabra del Señor… Ved que infundiré en
vosotros el espíritu y viviréis. Pondré alrededor de vosotros los nervios, haré crecer a vuestro alrededor las carnes, extenderé la piel, os daré el espíritu y viviréis y sabréis que soy el Señor… Ved que abriré vuestras tumbas… os sacaré de los sepulcros… Cuando infunda en vosotros mi espíritu tendréis vida y haré que descanséis en vuestra tierra".
Toma de nuevo su modo habitual de hablar, baja los brazos -los había extendido hacia adelante-, y dice:
-Son dos estas resurrecciones de lo seco, de lo muerto, a la vida. Dos resurrecciones que están celadas en las palabras del profeta.
La primera es la resurrección a la Vida y en la Vida, o sea, en la Gracia que es Vida, de todos aquellos que acogen a la Palabra del Señor, al Espíritu engendrado por el Padre, que es Dios como el Padre del que es Hijo, y que se llama Verbo, el Verbo que es Vida y da la Vida.
La Vida de la que todos tienen necesidad y de la que está privado Israel tanto como los gentiles. Porque, si para Israel hasta ahora era suficiente para tener la eterna Vida tener esperanza en la Vida (la Vida que viene del Cielo) y esperarla; de ahora en adelante, para tener vida, Israel deberá acoger a la Vida.
En verdad os digo que aquellos de mi pueblo que no me acogen a Mí-Vida no tendrán Vida, y mi venida será para ellos razón de muerte, porque habrán rechazado a la Vida que venía a ellos para comunicarse. Ha llegado la hora en que Israel quedará dividido en los vivos y los muertos. Es la hora de elegir, y de vivir o morir.
La Palabra ha hablado, ha mostrado su Origen y Poder, ha curado, ha enseñado, resucitado, y pronto habrá cumplido su misión. Ya no hay disculpa para los que no vienen a la Vida. El Señor pasa. Una vez que haya pasado, no vuelve.
No volvió a Egipto para dar vida nueva a los hijos primogénitos de aquellos que lo habían escarnecido y avasallado en sus hijos. No regresará tampoco esta vez, cuando la inmolación del Cordero haya decidido los destinos. Los que no me acogen antes de mi Paso, y me odian y odiarán, no tendrán sobre su espíritu mi Sangre para santificarlos, y no vivirán, y no tendrán a su Dios con ellos para el resto del peregrinaje sobre la Tierra.
Sin el divino Maná, sin la nube protectora y luminosa, sin el Agua que viene del Cielo, privados de Dios, irán vagando por el vasto desierto que es la Tierra, toda la Tierra, toda ella un desierto si para quien la recorre falta la unión con el Cielo, la cercanía del Padre y Amigo: Dios.
Y hay una segunda resurrección, la universal, en que los huesos, blancos y dispersados a causa de los siglos, volverán a estar frescos y cubiertos de nervios, carne y piel. Y se llevará a cabo el Juicio. Y la carne y la sangre de los justos exultarán con el espíritu en el eterno Reino; y la carne y la sangre de los réprobos sufrirán con el espíritu en el eterno castigo.
¡Yo te amo, Israel; Yo te amo Gentilismo; Yo te amo, Humanidad! Y por este amor os invito a la Vida y a la Resurrección bienaventurada.
Los que llenan la amplia estancia están como hechizados. No hay distinción entre el estupor de los hebreos y el de los otros, de otros lugares y religiones; es más, yo diría que los más reverentemente asombrados son los extranjeros.
Uno, un hombre entrado en años y de grave porte, está
susurrando algo.
Jesús se vuelve y pregunta:
-¿Qué has dicho, oh hombre?
-He dicho que… Me estaba repitiendo a mí mismo las palabras oídas a mi pedagogo en mi juventud.
"Le está concedido al hombre subir con la virtud a divina perfección. En la criatura está el resplandor del Creador, que, cuanto más el hombre se ennoblece a sí mismo en la virtud, casi como consumiendo la materia en el fuego de la virtud, más se revela. Y le está concedido al hombre conocer al Ente que, al menos una vez en la vida de un hombre, o con severo o con paterno aspecto, se muestra a él para que pueda decir:
“Debo se! bueno: ¡Mísero de mí si no lo soy! Porque un Poder inmenso ha refulgido ante mí para hacerme comprender que la virtud es deber y signo de la noble naturaleza del hombre”.
Hallaréis este resplandor de la Divinidad, unas veces, en la hermosura de la naturaleza, otras, en la palabra de un moribundo, o en la mirada de un desdichado que os mira y juzga, o en el silencio de la persona amada, que, callando censura una acción vuestra deshonrosa; lo hallaréis en el terror de un niño ante un acto vuestro de violencia, o en el silencio de las noches mientras estéis solos con vosotros mismos y en la habitación más cerrada y solitaria advirtáis un otro Yo, mucho más poderoso que el vuestro y que os habla con un sonido sin sonido. Y ése será el Dios, este Dios que debe ser, este Dios al que la Creación adora, aun quizás sin saber que lo está haciendo, este Dios que, único, verdaderamente satisface el sentimiento de los hombres virtuosos, que no se sienten ni saciados ni consolados por nuestras ceremonias y nuestras doctrinas, ni ante las aras vacías, bien vacías aunque una estatua las presida".
Sé bien estas palabras, porque desde hace muchos lustros las repito como mi código y mi esperanza. He visto, he trabajado, y también he sufrido y llorado. Pero lo he soportado todo, y mantengo la esperanza con virtud, esperando encontrar antes de la muerte a este Dios que Hermógenes me había prometido que conocería. Ahora yo me decía que verdaderamente lo he visto. Y no como un fulgor, y no como un sonido sin sonido he oído su palabra; sino que en una serena y bellísima forma de hombre se me ha aparecido el Divino, y yo lo he sentido y estoy lleno de un sagrado estupor. El alma, esta cosa que los verdaderos hombres admiten, el alma mía te acoge, oh Perfección, y te dice:
"Enséñame tu Camino y tu Vida y tu Verdad, para que un día yo, hombre solitario, me una de nuevo contigo, suprema Belleza".
-Nos uniremos. Y te digo también que, más tarde, te unirás con Hermógenes.
-¡Pero si murió sin conocerte!
-No es el conocimiento material el único necesario para poseerme. El hombre que por su virtud llega a sentir al Dios desconocido y a vivir virtuosamente en homenaje a este Dios, bien se puede decir que ha conocido a Dios, porque Dios se ha revelado a él como premio de su vivir virtuoso.
¡Ay si fuera necesario conocerme personalmente! Pronto ya alguno no dispondría de un modo de reunirse conmigo.
Porque, os lo digo, pronto el Viviente dejará el reino de los muertos para volver al Reino de la Vida, y ya los hombres no tendrán otra manera de conocerme sino por la fe y el espíritu. Pero, en vez de detenerse, el conocimiento de mí se propagará, y será perfecto porque estará libre de todo lo que significa el lastre de la carne. Dios hablará, Dios actuará, Dios vivirá, Dios se revelará a las almas de sus fieles con su incognoscible y perfecta Naturaleza. Y los hombres amarán al Dios-Hombre.
Y el Dios-Hombre amará a los hombres con los medios nuevos, con los inefables medios que su infinito amor dejará en la Tierra antes de volver al Padre tras haber cumplido todo.
-¡Oh! ¡Señor! ¡Señor! ¡Dinos cómo podremos encontrarte y saber que eres Tú el que nos habla, y saber dónde estás, una vez que te hayas marchado! -exclaman bastantes. Y algunos prosiguen:
-Somos gentiles y no conocemos tu código. No tenemos tiempo de quedarnos aquí y seguirte. ¿Cómo nos las vamos a arreglar para tener esa virtud que hace merecedores de conocer a Dios?
Jesús sonríe, luminosamente hermoso con la felicidad de estas conquistas suyas en la gentilidad, y dulcemente explica:
-No os preocupéis de saber muchas leyes. Irán éstos (y pone las manos en los hombros de Pedro y Judas Tadeo) a llevar mi Ley al mundo. Pero, hasta que vayan, tened como norma de ley las siguientes pocas frases en que está compendiada mi Ley de salud. Amad a Dios con todo vuestro corazón. Amad a las autoridades, a los parientes, a los amigos, a los siervos, al pueblo, y también a los enemigos, como os amáis a vosotros mismos.
Y para estar seguros de no pecar, antes de cumplir cualquier acción, sea que os haya sido ordenada, sea que sea espontánea, preguntaos:
"¿Me gustaría que lo que voy a hacerle a éste se me hiciera a mí?". Y, si sentís que no os gustaría, no lo hagáis. Con estas sencillas líneas podéis trazar en vosotros el camino por el que irá Dios a vosotros y vosotros iréis a Dios.
Porque a ninguno le gustaría que un hijo fuera con él un ingrato, o que uno lo matara, que otro le robara o le quitara a su mujer o deshonrase a su hermana o a su hija o le usurpara la casa, los campos o los servidores fieles. Con esta regla seréis buenos hijos y buenos padres, buenos maridos, hermanos, comerciantes, amigos. Por tanto, seréis virtuosos, y Dios irá a vosotros.
Tengo alrededor de mí no sólo a hebreos y prosélitos en que no hay malicia; quiero decir que han venido a mí no para pillarme en renuncio, como hacen los que os han arrojado del Templo para que no vinierais a la Vida.
Tengo también a gentiles de todas las partes del mundo. Veo a cretenses y fenicios mezclados con habitantes del Ponto y de la Frigia, y hay uno de las playas donde se abre el mar desconocido, vía para tierras desconocidas donde también seré amado. Y veo a griegos con sículos y cirenaicos con asiáticos. Pues bien, os digo:
¡Id! Decid en vuestros países que la Luz está en el mundo y que vengan a la Luz. Decid que la Sabiduría ha dejado los Cielos para hacerse pan para los hombres, agua para los hombres que languidecen. Decid que la Vida ha venido a sanar lo que está enfermo y a resucitar lo que está muerto.
Y decid… decid que el tiempo pasa veloz como un relámpago de verano. Quien tenga deseos de Dios que venga. Su espíritu conocerá a Dios. Quien tenga deseos de curación que venga. Mi mano, mientras esté libre, otorgará curación a los que la invoquen con fe.
Decid… ¡Sí! Id, id diligentes, y decid que el Salvador espera a aquellos que esperan y desean una ayuda celestial, para la Pascua, en la Ciudad santa. Decídselo a los que tienen necesidad y a los que son simplemente curiosos. Del movimiento impuro de la curiosidad puede brotar para ellos la chispa de la fe en mí, de la Fe que salva.
¡Id! Jesús de Nazaret, el Rey de Israel, el Rey del mundo, convoca a los legados del mundo para darles los tesoros de sus gracias y tenerlos como testigos de su asunción, que lo consagrará triunfador, por los siglos de los siglos, Rey de reyes y Señor de señores. ¡Id! ¡Id!
En el alba de mi vida terrena, desde lugares distintos, vinieron los legados del pueblo mío a adorar al Infante en que el Inmenso se celaba. La voluntad de un hombre, que se creía poderoso y era un siervo de la voluntad de Dios, había ordenado un empadronamiento en el Imperio.
Obedeciendo a una desconocida y perentoria orden del Altísimo, aquel hombre pagano había de ser heraldo respecto a Dios, que quería a todos los hombres de Israel, esparcidos por todos los lugares de la Tierra, en la tierra de este pueblo, cerca de Belén Efratá, para que se maravillaran con las señales venidas del Cielo con el primer vagido de un Niño.
Y no bastando aún, otras señales hablaron a los gentiles, y sus legados vinieron a adorar al Rey de los reyes, pequeño, pobre, lejano de su coronación terrena, pero que ya era, ¡oh!, ya era Rey ante los ángeles.
Ha llegado la hora en que seré Rey ante los pueblos; Rey, antes de regresar al lugar de donde vengo. En el ocaso de mi día terreno, en mi atardecer de hombre, justo es que aquí haya hombres de todos los pueblos para ver a Aquel al que le corresponde ser adorado y en quien se cela toda la Misericordia.
Y que gocen los buenos de las primicias de esta nueva mies, de esta Misericordia que se va a abrir como nube de Nisán para hinchar las corrientes de aguas saludables que pueden hacer fructíferas a los árboles plantados en sus orillas, como se lee en Ezequiel (l7, 5-8; l9, l0 -ll) .
Y Jesús, de nuevo, sana a enfermos y enfermas, y recoge sus nombres, porque ahora todos quieren decirlo: «Yo, Zila… Yo, Zabdí… Yo, Gaíl… Yo, Andrés… Yo, Teófanes… Yo, Selima… Yo, Olinto… Yo, Felipe. Yo, Elisa… Yo, Berenice… Mi hija Gaya… Yo, Argenides… Yo… Yo… Yo…
Ha acabado. Quisiera marcharse. ¡Pero cuánto le ruegan que se quede más, que hable más!
Y uno, quizás tuerto porque tiene un ojo tapado con una venda, dice, para retenerlo más tiempo:
-Señor, fui agredido por uno que envidiaba mis buenos negocios. Me salvé la vida a duras penas. Pero un ojo se perdió, reventado por el golpe. Ahora mi rival es un pobre y una persona mal considerada, y ha huido a un pueblo cercano a Corinto.
Yo soy de Corinto. ¿Qué debería hacer por este que por poco me mata? No hacer a los demás lo que a mí no me gustaría recibir, está bien. Pero yo de éste ya he recibido… y un mal… mucho mal… -y tan expresivo es su rostro, que se lee en él el pensamiento que no ha dicho:
«y, por tanto, debería darle el talión…
Pero Jesús lo mira con luz de sonrisa en sus ojos zafíreos pero con dignidad de Maestro en la totalidad del rostro y dice:
-¿Y tú, de Grecia, me lo preguntas? ¿No dijeron, acaso,
vuestros grandes que los mortales vienen a ser parecidos a Dios cuando responden a los dos dones que Dios les concede para hacerlos parecidos a Él, y que son: poder estar en la verdad y hacer el bien al prójimo?
-¡Ah, sí, Pitágoras!
-¿Y no dijeron que el hombre se acerca a Dios no con la ciencia y el poder u otra cosa, sino haciendo el bien.
-¡Ah, sí, Demóstenes! Pero, perdona si te lo pregunto, Maestro. Tú no eres sino un hebreo, y los hebreos no estiman a nuestros filósofos… ¿Cómo es que sabes estas cosas?
-Mira, porque Yo era Sabiduría inspiradora en las inteligencias que pensaron esas palabras. Donde el Bien está en acto, allí estoy Yo. Tú, griego, escucha de los sabios los consejos, en los que todavía hablo Yo. Haz el bien a quien te ha hecho el mal, y Dios te llamará santo. Y ahora dejadme marcharme.
Tengo otros que me esperan. Adiós, Valeria. Y no temas por mí. No es todavía mi hora. Cuando llegue la hora, ni todos los ejércitos de César podrán poner freno a mis adversarios.
-Adiós, Maestro. Y ora por mí.
-Para que la paz te posea. Adiós. La paz a ti, arquisinagogo. La paz a los creyentes y a los que tienden a ella.
Y haciendo un gesto que es saludo y bendición, sale de la sala, atraviesa el patio y sale a la calle…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
El alba esclarece el horizonte. El bosque de olivos que cubre el monte se ilumina poco a poco y va saliendo de la sombra; los troncos, todavía en penumbra, parecen ausentes; no así las copas plateadas, ya visibles. Parece que la niebla se extiende sobre el monte, pero es sólo el tono gris de las frondas en la luz incierta matutina.
Jesús está solo bajo los olivos. No es el Getsemaní, porque el Getsemaní está situado paralelo -así lo diré-al Moria, mientras que aquí el Moria cae enfrente. Por tanto, estamos al norte de Jerusalén, más allá de las tumbas de los reyes.
Jesús sigue orando, y no deja de hacerlo siquiera cuando los primeros trinos de los pájaros le dicen que ha venido el día. Sólo cuando el primer rayo de sol -ya ha salido el astro-enciende un punto de oro en el oro hasta ahora velado de las cúpulas del Templo, se pone en pie, se quita el manto y lo sacude -hay vestigios de tierra y alguna hojita seca pegada al grueso tejido-, se alisa con la mano la barba y el pelo, y luego se coloca la túnica y el cinturón, se observa las correas de las sandalias, se pone de nuevo el manto y se encamina cuesta abajo por un senderito apenas trazado entre los troncos.
Quizás se dirige a aquella casita que está a mitad de la ladera y de cuyo techo se eleva un poco de humo. Pero no.
Tuerce hacia una vereda más ancha, que baja hacia el camino de primer orden que conduce a la ciudad.
Detrás de Él se precipita cuesta abajo Judas Iscariote. Digo: se precipita, porque corre como un loco para alcanzar al Maestro. Y, llegado a la distancia de poder usar la voz, lo llama. Jesús se para. Judas se llega a Él jadeando:
-¡Maestro… menos mal que he pensado venir a buscarte!
¿Te marchabas así, sin mí? Ziforá me dijiste que te esperase en la casa, porque irías sin falta. Pero…
-¿No dije a todos que os esperaba en la puerta de Herodes al amanecer? Amanece. Voy a la puerta de Herodes.
-Sí, pero… era para los otros. Nosotros dos estábamos juntos.
-¿Juntos?
Jesús está muy serio.
-Pues claro, Maestro. Hemos salido juntos. Ha sido tu deseo. Luego has preferido ir a orar solo. Pero yo estaba dispuesto a ir contigo.
-En Nob has mostrado claramente que no te agradaba pasar la noche en oración con tu Maestro. Y te he evitado que tuvieras que hacer forzado un acto de virtud. No habría servido para nada. El bien hay que saber hacerlo espontáneamente para que tenga fragancia y sea fructífero.
En caso contrario, no es más que una… pantomima, y a veces peor que una pantomima.
-Pero yo… ¿Por qué de un tiempo a esta parte estás tan severo conmigo? ¿Ya no me quieres?
-Con mayor razón que tú, podría preguntarte Yo: ¿ya no me quieres? Pero no te lo pregunto. Porque incluso esta pregunta sería una cosa inútil, y Yo no hago nunca cosas inútiles.
-¡Ya, claro! Porque bien sabes que te quiero.
-Quisiera saberlo, Judas de Keriot. Y quisiera poder decirte: sé que me amas. Pero, de la misma manera que no hago nunca cosas inútiles, no digo nunca palabras falsas. Por eso no te digo que sé que me amas.
-¿Cómo es eso, Maestro? ¿Yo no te amo? ¿No trabajo para ti? ¿Puedes, acaso, dudarlo? Esto me apena. ¡Yo que en cuanto comprendo que una cosa te apena ya no la hago y velo por que no se haga!
Mira: comprendí que te desagradaba que… saliera de noche, y no he vuelto a salir; comprendí que te cansaban sobremanera las disputas de tus adversarios, y fui -y no se abstuvieron de ofenderme-a decirles que ya bastaba, y ya ves que no te han vuelto a importunar. Y espero que no te importunen ni siquiera en el Templo. ¡No eres justo. Maestro, con el pobre Judas!
-Eres el primero, de entre mis seguidores, que me acusa de injusticia…
-¡Oh, perdón! Pero tus palabras, tu severidad, me apenan tanto, que ya no sé reflexionar. Me enajenan, créelo.
¡Venga, paz mía, hagamos la paz entre nosotros! Yo quiero estar contigo como si fuera una unidad contigo. Juntos siempre…
-Hace un tiempo lo estábamos. Pero ahora, dime, Judas: ¿alguna vez lo estamos?
-¿Todavía por aquella noche?, ¿o porque no fui contigo a Betabara? Tú sabes por qué no fui. Por tu bien… Y aquella noche… ¡Soy un hombre joven, Señor! Pero, aparte de esos momentos en que, lo confieso, puedo haber errado, es más: seguro que he errado, estoy siempre contigo.
-No hablo de la cercanía corporal, sino de la espiritual, de la de pensamiento y corazón. Estás lejos, Judas, de tu Salvador, y te alejas cada vez más.
-¡Lo ves! ¡A mí todos los reproches! Y, sin embargo, ya ves con qué humildad los tomo. Te dije que me alejaras de ti. Me has retenido… ¿Y entonces qué quieres de mí?».
-¡Que qué quiero! Quisiera no haber tomado inútilmente una Carne por ti. ¡Esto es lo que quisiera! Pero tú ya eres de otro padre, de otro país, hablas otra lengua… ¡Oh, qué hacer, Padre mío, para purificar el templo profanado de este hijo tuyo y hermano mío?
Jesús vierte lágrimas, palidísimo, hablando al Padre suyo.
Judas también se pone térreo y se separa mucho, guardando silencio. Jesús lo pasa unos metros y, agachada la cabeza, desciende recogido en su dolor. Y entonces Judas hace un gesto de burla, de amenaza, yo diría: de cruel juramento, a espaldas del Inocente. Su cara, hasta ese momento enmascarada tras una hipócrita pátina de dulzura y humildad, pasa a ser angulosa, dura, fea, cruel.
Verdaderamente demoníaca. Todo el odio, pero un odio no humano, está presente en el fuego de esas negras pupilas, y ese fuego de odio se concentra en el alto cuerpo de Jesús.
Luego, encogiéndose de hombros y dando un airado golpe con el pie, Judas pone fin a su razonamiento interno. Y reanuda el camino, recuperada la compostura, como uno que hubiera decidido ya irrevocablemente.
La ciudad está ya próxima con sus murallas. Gente que se aglomera en las puertas. Forasteros, hortelanos, habitantes de los pueblos cercanos. Entre los que están al pie de las murallas, también los once apóstoles, los cuales, al ver al Maestro, van a su encuentro.
-Maestro, mientras esperábamos aquí, ha venido un hombre buscándote. Ha dicho que Valeria te ruega que vayas sin falta a la sinagoga de los libertos romanos. Que ella estará allí.
-De acuerdo. Iremos. Antes vamos donde José de Seforí, porque mi túnica no está limpia.
-¿Dónde has dormido, Señor? -pregunta Pedro.
-En ningún lugar, Simón. He orado en el monte. Y la tierra estaba húmeda, incluso fangosa. Ya ves.
-¿Por qué orar así, a la intemperie, Señor? Te podría hacer daño…
-Los elementos no hacen daño al Hijo del hombre. Las cosas de Dios son buenas. Son los hombres los que odian al Hombre.
Pedro suspira… Se alejan en dirección a la casa del galileo, seguidos de los demás…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Los pueblos tomados como masa, los hombres tomados individualmente, son siempre un poco niños y un poco salvajes, o al menos primitivos; sensibilísimos, por tanto, a todo aquello que tenga sabor de novedad, de cosa extraordinaria, y produzca sonido de fiesta.
El hecho de acercarse las solemnidades tiene siempre el poder de exaltar a los hombres: casi como si la festividad anulara lo que los entristece y fatiga. En comenzando a acercarse una fiesta, algo, de carácter vigoroso, levemente exaltado, afecta a todos: casi como si este hecho de acercarse la fiesta asemejara al tam-tam de los salvajes en sus conmemoraciones idolátricas o en sus empresas belicosas.
Y también los apóstoles, en la proximidad de las Encenias, se hallan en este estado de euforia. Locuaces, alegres, dan en hacer proyectos, recuerdan fiestas pasadas; alguna añoranza empaña de melancolía sus palabras, pero luego el aire de fiesta se adueña de ellos otra vez y los incita a preparar las cosas, para que todo esté bonito durante la festividad.
¿Que las lámparas en casa de Juan son pocas? ¡Oh, llena de ellas está la casa de Tomás en Rama! Y Tomás marcha a Rama por las lámparas. ¿Que el aceite no es abundante? ¡Oh, Elisa tiene mucho aceite en Betsur y lo ofrece! Y Andrés y Juan van a Betsur por el aceite.
¿Que para cocer las tortas es necesario suave fuego de hornija? Pues los dos Santiagos van por ella por los montes. ¿Que parecen escasos la harina y la cebada y la miel para los platos de rito?
¿Y qué hace entonces en Jerusalén Nique que casi se ha sentido herida porque nunca le piden nada-, sino poder ofrecer su blondísima miel y la harina y la cebada de su linda propiedad? Y Pedro y Simón Zelote van donde Nique, mientras Judas de Alfeo ayuda a Elisa a poner bonita la casa.
Hasta el viejo Bartolomé se une a la común alegría y, junto con Felipe, da una buena mano de cal a la cocina renegrida para que esté más alegre. Judas Iscariote se reserva la parte decorativa, y vuelve una y otra vez cargado de ramas vivaces, olorosas y adornadas de bayas, y las coloca garbosamente en repisas o alrededor de la campana de la chimenea.
Y en la vigilia de las Encenias la casita parece preparada para recibir a una recién casada, por lo cambiada que está: cacharros de cobre resplandecientes, lámparas que ahora están brillantes como soles, ramajes alegres en las paredes blancas; mientras una fragancia de pan y tortas se esparce por el aire, ya oloroso por las ramas cortadas.
Jesús deja estas iniciativas. ¡Parece tan alejado de todos!… Está muy pensativo, incluso triste. Responde a los que le preguntan (solicitando, con la pregunta que hacen, encomio por lo que han hecho). Y son estas preguntas las que me ofrecen la manera de reconstruir los trabajos que los discípulos han hecho, los cuales con su: «¿No he tenido una buena idea yendo a casa por las lámparas?»; o: ¿Hemos hecho bien yo y Felipe blanqueando todo?
Ahora está claro y alegre. Parece más grande»; o también: « ¿Ves, Maestro? Elisa está contenta. Le parece estar en su propia casa y en la época de sus hijos. Hoy cantaba mientras ponía su aceite en las lámparas y luego amasando su miel con la harina y disolviéndola en la leche para la cebada»; y también:
«Que diga lo que quiera Elquías. Pero un poco de verde está bien. En el fondo… si el Creador ha hecho las frondas es para que las usemos, ¿no es verdad?» permiten reconstruir el trabajo que cada uno ha hecho. Pero, aun respondiendo a estas preguntas que celan un deseo de alabanza, su pensamiento está ausente. Y se nota.
Anochece. Después de los últimos saludos de los vecinos del lugar -que antes de recogerse en sus casas introducen su cabeza en la cocina para saludar al Maestro-, el silencio se establece en Nob. Es la hora de las cenas. Es ya la hora del descanso para los niños y los viejos, para todos aquellos a los que la enfermedad o la edad hacen delicados.
Debe existir la costumbre de hacer regalos para las Encenias porque veo que en cuanto se retira el anciano Juan a su cuartito de al lado de la cocina, Elisa y los apóstoles se ponen a terminar, ella una túnica, ellos, objetos útiles tallados en madera y una cortina de red con cuerdecitas teñidas de rojo, verde, amarillo y añil, fatiga que toca especialmente a los pescadores. Tomás, Mateo, Bartolomé y el Zelote los miran.
-Bien. He terminado -dice Elisa, y se levanta y sacude los hilachos que pudiera haber.
-¡Pobre anciano, estará calentito! ¡Ah, nosotros los hombres, sin las mujeres, somos verdaderamente unos infelices! No sé, sin ti, en qué condiciones estaríamos ya, después de meses de ausencia de casa. Yo puedo hacer esto. ¡Pero si me tengo que coser una hebilla! -dice Pedro palpando la tela.
-Y lo has hecho rápido. Pareces mi mujer -dice Bartolomé.
-Yo también he terminado. Era buena esta madera. Blanda para hendirla y, al mismo tiempo, resistente -dice Judas Tadeo, dejando en la oscura mesa un cubilete, que puede servir para la sal o alguna especia.
-El mío, sin embargo, todavía se demora. Hay aquí una veta dura que no quiere dejarse trabajar. A lo mejor no me sale este trabajo Lo siento. Lo bonito estaba en estas vetas oscuras en la madera clara. Mira, Jesús. ¿No parecen crestas de montes pintadas en la madera? -dice Santiago de Alfeo mostrando una especie de jarrón, que no sé a qué uso pueda destinarse, verdaderamente hermoso por la forma, cubierto con una tapadera en forma de cúpula, y graciosamente veteado, tanto en la panza como en la tapadera.
Pero es precisamente en la tapadera, junto al bolillo para agarrar, donde la madera resiste tenaz.
-Insiste, insiste; verás como lo consigues. Calienta la herramienta hasta el rojo. Incidirás la fibra y lo conseguirás. Una vez roto el primer estrato… -responde Jesús, que ha observado.
-¿Pero no se estropea con el fuego? -pregunta Mateo.
-No, si se usa con pericia. Y además, o este medio o tirarlo.
Santiago pone al rojo el punzón cortante, luego acerca la punta roja al punto resistente. Olor a madera quemada…
-¡Basta! Ahora trabaja y lo conseguirás -dice Jesús. Y ayuda a su primo manteniendo prieta la tapa como en una mordaza.
Dos veces el filo resbala y pasa cerquísima de los dedos de Jesús.
-Quita la mano, hermano. No quisiera herirte… -dice Santiago de Alfeo. Pero Jesús sigue sujetando el jarrón. La tercera vez el cortante punzón hace sangrar el pulgar de Jesús.
-¿Lo ves? ¡Te has hecho daño! ¡Déjame que lo vea!
-No es nada. Dos gotas de sangre… -responde Jesús, sacudiendo su dedo para que caiga la sangre que gotea del corte.
-Más bien, seca la tapa. Se ha quedado manchada -añade.
-No. ¡Dejadlo! Es precioso así. Seca aquí tu dedo, Maestro. Aquí, en mi velo. Sangre tuya, sangre bendita -dice Elisa, envolviendo la mano en el lino de su velo.
La tapa causa de tanto apuro está vencida. La incisión ha quedado hecha.
-Pero antes quería hacer daño -observa el Zelote.
-Sí. Y después ha cedido. ¡Obstinada madera! -dice Tomás.
-Con el hierro, el fuego y el dolor. Parece una de esas frases estimadas por los romanos -observa Simón Zelote.
-A mí, no sé por qué, me trae a la memoria a los profetas en ciertos puntos. También nosotros somos madera tenaz… ¿Hará falta hierro, fuego y dolor, para hacernos buenos? -pregunta Bartolomé.
-En verdad, será necesario. Y no bastará. Yo trabajo con el fuego y con mi dolor, pero no todos los corazones saben imitar a esa madera… ¡Silencio! Afuera hay alguien… Hay rumor de pasos…
Escuchan. No se oye nada.
-Quizás el viento, Maestro. Hay hojas secas en el huerto…
-No. Eran pasos…
-Algún animal nocturno. No oigo nada.
-Tampoco yo, tampoco yo…
Jesús escucha. Parece que escucha. Luego alza la cara y clava su mirada en Judas de Keriot, el cual también está a la escucha (muy a la escucha, más que los otros). Lo mira tan fijamente, que Judas pregunta:
-¿Por qué me miras de esa manera, Maestro?
Pero no hay respuesta, porque una mano llama a la puerta.
De los catorce rostros que la lámpara esclarece, el único que continúa igual es el de Jesús; los otros cambian de color.
-¡Abrid! ¡Abre, Judas de Keriot!
-¡Yo no! ¡No abro, no! Podría ser mala gente que viniera a propósito durante la noche. ¡No he de perjudicarte yo!
-Abre tú, Simón de Jonás.
-¡Menos todavía! ¡Yo, más bien, meto la mesa contra la puerta! -dice Pedro, y hace ademán de llevarlo a cabo.
-Abre, Juan, y no temas.
-¡Oh! Si estás decidido a dejar que entren, yo me marcho allí donde el viejo. No quiero ver nada -dice Judas Iscariote, y recorre con cuatro largos pasos el trecho que lo separa de la puerta de la habitación del anciano, y en ésta desaparece.
Juan, derecho junto a la puerta, la mano ya en la llave, mira asustado a Jesús y susurra:
-¡Señor!…
-Abre y no temas.
-Pues sí. Al fin y al cabo, somos trece hombres fuertes.
¡Seguro que no será un ejército! Con cuatro puñetazos y muchos gritos -tú grita, Elisa, si hay que hacerlo-los ponemos en fuga. ¡Que no estamos en un desierto!» dice Santiago de Zebedeo, y se quita el vestido y se recoge las mangas de la túnica (bueno, o del vestido de debajo de la túnica), preparado para la defensa. Pedro hace lo mismo.
Juan, todavía titubeante, abre la puerta, mira por la tronera. No ve nada. Grita: -¿Quién viene a incomodar?
Una voz femenina responde, dócil, como angustiada:
-Una mujer. Quisiera ver al Maestro.
-Ésta no es hora de venir a las casas. Si estás enferma, ¿por qué vas por la calle a estas horas? Si estás leprosa, ¿cómo te aventuras a venir a un pueblo? Si algo te aflige, vuelve mañana. Vete, vete a tus cosas -dice Pedro, que se había puesto detrás de Juan.
-¡Por piedad! Estoy sola en medio de la calle. Tengo frío. Tengo hambre. Y soy una desdichada. Llamadme al Maestro. El tiene compasión…
Los apóstoles, vacilantes, miran a Jesús, que tiene un aspecto muy severo y calla. Cierran de nuevo la puerta.
-¿Qué hacemos, Maestro? -pregunta Felipe -¿Darle, al menos, un poco de pan? Sitio no hay. Ir a las casas con una desconocida…
-Espera, voy yo a ver -dice Bartolomé, y agarra la lámpara para darse luz.
-No hace falta que vayas. Esa mujer no tiene frío ni hambre, y sabe muy bien a dónde ir. No tiene miedo de la noche. Pero es una desdichada, aunque no esté ni enferma ni leprosa. Es una prostituta. Y viene a tentarme. Os lo digo porque sepáis que sé las cosas, para que os convenzáis de que las sé. Y os digo más: no viene por propio capricho, sino que viene porque está pagada por venir.
Jesús habla alto, en un tono que puede ser oído en la habitación de al lado, donde está Judas.
-¿Y quién crees que puede haber hecho esto? ¿Con qué finalidad? -dice el mismo Judas Iscariote presentándose de nuevo en la cocina -Los fariseos está claro que no, los escribas tampoco, y tampoco los sacerdotes, si es una prostituta. Y no creo que los herodianos sean tan… rencorosos como para tomarse ciertas molestias para… Es que no sé tampoco yo para qué.
-El "para qué" te lo voy a decir Yo; y tú sabes, como Yo, que es así. Para poder llegar a decir que soy un pecador, uno que tiene tratos con las pecadoras públicas. Y te digo también que no maldigo, ni a ella ni a quien la ha mandado. Sigo siendo, siempre soy, la Misericordia. Y voy a ir donde ella. Si crees oportuno venir conmigo, ven. Voy donde ella porque es realmente una desdichada. Dice que lo es creyendo no decir verdad, porque es joven, hermosa y está bien pagada, está sana y vive contenta de su infame vida. Pero es una desdichada. Es la única verdad que dice entre tantas mentiras. Precédeme y asiste al diálogo.
-¡Yo no! ¡Que no asisto! ¿Por qué debería hacerlo?
-Para testificar a quien te pregunte.
-¿Y quién crees que me va a preguntar? Entre nosotros, no hay necesidad de hacer preguntas, y los otros… Yo no veo a nadie.
-Obedece. Ve delante.
-No. No quiero obedecer en esto, y no me puedes obligar a acercarme a una meretriz.
-¡Hala! ¿Qué eres? ¿El Sumo Sacerdote? Voy yo, Maestro, y sin miedo a que se me pegue nada -dice Pedro.
-No. Voy solo. Abre.
Jesús sale al huerto. En el negror absoluto de la noche, aún sin Luna, no se ve nada.
La puerta de la cocina vuelve a abrirse. Pedro sale con una lámpara.
-Toma al menos esto, Maestro, si es que decididamente no quieres que esté yo -dice en voz alta. Y luego, en voz baja:
-Pero ten presente que estamos detrás de la puerta. Si tienes necesidad, llama…
-Sí. Ve. Y no discutáis entre vosotros.
Jesús toma la lámpara y la alza para ver. Detrás del grueso tronco del nogal hay una forma humana. Jesús da dos pasos hacia ella y ordena:
-Sígueme.
Y va a sentarse en el banco de piedra que está contra la casa en el lado de oriente.
La mujer sale, velada toda y corvada. Jesús pone la lámpara sobre la piedra, cerca de sí.
-Habla.
Ordena, tan austero, rígido, tan Dios, que la mujer, en vez de avanzar y de hablar, retrocede y se encorva más todavía y calla.
-Habla, te digo. Preguntabas por mí. He venido. Habla -dice con un cierto matiz de dulzura en la voz.
Silencio.
-Entonces hablo Yo. Te pregunto: ¿Por qué me odias hasta el punto de servir a quien quiere mi perdición, y la sueña en todos los modos, y busca todo lo que pueda causarla?
Responde. ¿Qué mal te he hecho Yo, desdichada? ¿Qué mal te ha hecho el Hombre que ni siquiera en su corazón te ha vilipendiado por la vida infame que llevas? ¿Es que te ha pervertido el Hombre, que ni en su corazón te ha deseado, para que tengas que odiarlo más que a los que te han prostituido y que te vejan cada vez que van a ti?
¡Responde! ¿Qué te ha hecho Jesús de Nazaret, el Hijo del hombre, al que apenas conoces de vista por haberlo encontrado por las calles de alguna ciudad; Jesús, que ignora tu rostro y que de tus gracias no hace caso, porque sólo de tu alma busca la ensuciada, la dañada efigie, para conocerla y curarla? ¡Habla, pues!
¿No sabes quién soy? Sí, en parte lo sabes. Es más, por dos partes lo sabes. Sabes que soy un hombre joven y que mi físico te gusta esto te lo ha dicho tu animalidad desatada; y tu lengua de ebria se lo ha dicho a quien ha recogido la confesión de tu sensualidad y con ello se ha hecho un arma para perjudicarme. Sabes que soy Jesús de Nazaret, el Cristo: esto te lo han dicho aquellos que, aprovechándose de tu deseo carnal, te han pagado para que vinieras aquí a tentarme.
Te han dicho: "Él se dice el Cristo. Las muchedumbres lo llaman el Santo, el Mesías. Es sólo un impostor. Necesitamos tener las pruebas de su miseria de hombre.
Dánoslas y te cubriremos de oro". Y dado que tú, con un resto de justicia, la última brizna del tesoro de justicia que Dios había puesto en tu carne con el alma y que tú has roto y desbaratado, no querías causarme un daño -porque, a tu manera, me amabas- ellos te dijeron:
"No le vamos a hacer ningún daño. ¡Al contrario! Te lo dejamos a ti a ese hombre, dándote medios para que pueda vivir como un rey a tu lado. Nos basta poder decirnos a nosotros mismos, para dar paz a nuestra conciencia, que Él es un simple hombre. Una prueba de que estamos en la verdad no creyendo que sea el Mesías". Esto te han dicho.
Y tú has venido. Pero si Yo me dejara engatusar por ti, vendría sobre mí el infierno. Ellos están preparados para cubrirme de fango y capturarme. Y tú eres el instrumento para hacer esto.
Como ves, no te pregunto. Hablo porque sé sin necesidad de preguntar. Pero, si sabes estas dos cosas, la tercera no la sabes. Tú no sabes quién soy, además de hombre y de Jesús. Tú ves al hombre. Los otros te dicen: "Es el Nazareno". Pero Yo te digo quién soy. Soy el Redentor.
Para redimir debo estar sin pecado. Mira cómo he pisoteado mi posible sensualidad de hombre. Así, como lo hago con esta repelente larva que en las tinieblas se encaminaba de un fango a otro fango para sus lascivos amores. Así la he pisoteado siempre. Así la pisoteo también ahora. Y, de la misma manera, estoy dispuesto a arrancar de ti tu enfermedad y a pisotearla y librarte de ella, para sanarte y hacerte santa. Porque soy el Redentor. Sólo esto.
He tomado cuerpo de hombre para salvaros, para destruir el pecado, no para pecar. Lo he tomado para borrar vuestros pecados, no para pecar con vosotros. Lo he tomado para amaros, pero con un amor que da su vida, su sangre, su palabra, todo, para llevaros al Cielo, a la Justicia, no para amaros como un animal; y ni siquiera como un hombre, porque Yo soy más que hombre.
¿Sabes con precisión quién soy? No lo sabes. No conocías siquiera la entidad de lo que venías a cumplir. Esto te lo perdono sin que lo solicites. No sabías. ¡Pero tu prostitución!
¿Cómo has podido vivir en ella? No eras así. Eras buena. ¡Oh, desdichada! ¿No recuerdas tu infancia? ¿No recuerdas los besos de tu madre, ni sus palabras? ¿Y las horas de la oración? Las palabras de la Sabiduría, cuya explicación oías al anochecer por boca de tu padre y los sábados por boca del arquisinagogo… ¿Quién te ha hecho obtusa de mente y ebria? ¿No recuerdas? ¿No añoras? ¡Dime! ¿Eres verdaderamente feliz? ¿No respondes? Hablo Yo por ti.
Digo: no, no eres feliz. Cuando te despiertas, encuentras en tu almohada tu vergüenza, para darte la primera, cotidiana vuelta de tortura. Y la voz de la conciencia te grita su censura mientras te atavías y perfumas para gustar. Y sientes infame olor en las esencias más finas. Y sabor de náusea en los más caprichosos alimentos. Y tus joyas te pesan como una cadena. Lo son.
Y, mientras ríes y seduces, dentro de ti hay algo que gime. Y buscas la embriaguez para vencer el aburrimiento y la náusea de tu vida. Y odias a aquellos que dices que amas para obtener una ganancia. Y te maldices a ti misma.
Y tu sueño es cargante por las pesadillas. Y la idea de tu madre es para ti una espada en el corazón; la maldición de tu padre no te deja sosiego. Y además, las ofensas de los que se cruzan contigo, la crueldad de quienes te usan, sin piedad, nunca. Eres una mercancía. Te has vendido. Una mercancía comprada se usa como se quiere. Se rompe, se consume, se pisotea, se escupe. Derecho del comprador. Tú no puedes rebelarte… ¿Te hace feliz esta situación? No.
Estás desesperada. Estás encadenada. Vives torturada. En la Tierra eres un trapajo sucio que puede ser pisoteado por cualquiera. Si tratas, en alguna hora de dolor, de encontrar consuelo alzando el espíritu hacia Dios, sientes la ira de Dios sobre ti, prostituta, y el Cielo más cerrado que para Adán. Si te encuentras mal, sientes el terror de morir porque conoces tu suerte. El Abismo es para ti.
¡Oh, desdichada! ¿Y no era suficiente? ¿Es que quieres unir a la cadena de tus culpas la de ser la perdición del Hijo del hombre, de Aquel que te ama? ¡El único que te ama! Porque también por tu alma se ha vestido de carne.
Yo podría salvarte, si tú quisieras. Sobre el abismo de tu abyección se curva el Abismo de la misericordiosa Santidad, y espera un deseo tuyo de salvación para sacarte del abismo de tu inmundicia.
En tu corazón piensas que es imposible que Díos te perdone. Sacas los principios de este pensamiento tuyo por comparación con el mundo, que no te perdona el ser la prostituta. Pero Dios no es el mundo. Dios es Bondad. Dios es Perdón. Dios es Amor.
Has venido a mí, pagada para perjudicarme. En verdad te digo que el Creador, con tal de salvar a una criatura suya, puede transformar en bien incluso lo malo. Y, si tú lo quieres, en bien se transformará tu venida a mí. No te avergüences de tu Salvador. No te avergüences de mostrarle desnudo tu corazón. Aunque quieras velarlo, Él lo ve y llora por él; llora, ama. No te avergüences de arrepentirte.
Sé audaz en el arrepentimiento como lo fuiste en la culpa.
No eres la primera prostituta que llora a mis pies y conduzco de nuevo a la justicia… Jamás he alejado de mí a una criatura, por muy culpable que fuera. Al contrario, he tratado de atraerla hacia mí; salvarla. Es mi misión.
No me causa horror el estado de un corazón. Conozco a Satanás y sus obras. Conozco a los hombres y sus debilidades. Conozco la condición de la mujer que expía, como es justicia, más duramente que el hombre las consecuencias de la culpa de Eva. Sé, por tanto, juzgar y sé compadecerme. Y te digo que, más que para con las mujeres caídas, soy severo para con aquellos que las inducen a la caída.
Respecto a ti, infeliz, soy más severo con los que te han mandado que contigo que has venido, no sabiendo con precisión a qué te prestabas. Hubiera preferido que hubieras venido impulsada por un deseo de redención, como otras hermanas tuyas. Pero, si secundas el deseo de Dios, y de una mala acción haces la piedra angular de tu nueva vida, Yo te diré la palabra de paz…
Jesús -que al principio estaba muy severo y cada vez ha ido adquiriendo un tono más dulce, aunque permaneciendo tan… Dios como para excluir cualquier debilidad de la carne y también cualquier error de valoración respecto a su bondadahora calla, y mira a la mujer, que ha estado todo este tiempo en pie pero encorvada, cada vez más encorvada, a unos dos metros de Él, y que a mitad de sus palabras se ha llevado las manos a la cara, apretando contra el velo, dos hermosas manos que sobresalen del manto oscuro, adornadas enteramente con anillos. Lleva pulseras en las muñecas, desnudos los brazos hasta el codo.
No podría decir si la mujer llora o no. Si lo hace, es calladamente, porque no se perciben ni sollozos ni convulsiones. Vestida de oscuro, está tan inmóvil que parece una estatua.
Luego, de repente, cae de rodillas y se arrebuja en el suelo; entonces sí llora verdaderamente, sin miedo a que se vea. Y luego, permaneciendo así, como un trapajo tirado por el suelo, habla:
-¡Es verdad! Eres verdaderamente un profeta… Todo es verdad… Me han pagado por esto… Pero me habían dicho que era por una apuesta… La idea era descubrirte en mi casa… Pero también a tu lado…
-Mujer, Yo no escucho sino la narración de tus culpas… -la interrumpe Jesús.
-Es verdad. No tengo derecho a acusar a nadie, porque soy un estercolero de inmundicia. Es verdad todo. No soy feliz… No gozo de las riquezas, de los festines, de los amores… Me ruborizo al pensar en mi madre… Tengo miedo de Dios y de la muerte… Odio a los hombres que me pagan.
Todo lo que has dicho es verdad. Pero no me arrojes de tu presencia, Señor. Nadie, nunca, después de mi madre, me ha hablado como Tú. Tú, incluso, me has hablado más dulcemente que mi madre, que en los últimos tiempos era dura conmigo por mi conducta… Para no seguir oyéndola, huí a Jerusalén… Pero Tú… Y es como si tu dulzura fuera nieve sobre el fuego que me devora.
Mi fuego se atenúa; es más, es un fuego distinto. Era fuego ardiente, pero no daba ni luz ni calor: yo estaba como el hielo y en las tinieblas. ¡Oh, cuánto he querido sufrir! ¡Cuánto dolor inútil y maldito me he producido!
Señor, te he dicho, a través de la puerta entreabierta, que era una desdichada y que tuvieras compasión. Eran las palabras de falsedad que me habían enseñado para decírtelas para llevarte a la trampa. Me dijeron que después mi belleza haría el resto… "¡Mi belleza! ¡Mis vestidos!…
La mujer se pone en pie. Ahora que está erguida veo que es alta. Se desprende bruscamente de su velo y de su manto, y aparece en su verdadera belleza de moreno castaño y carne blanquísima. Los ojos, agrandados por el rimel, aparecen ensanchados y muy hermosos, tienen una mirada de inocencia azarada que es extraño encontrar en una mujer de éstas. Quizás los ha lavado ya el llanto.
La mujer desgarra y pisotea la tela del manto, rompe el velo, arranca las fíbulas preciosas del uno y del otro y las arroja al suelo, se saca anillos y pulseras, lanza lejos los adornos de la cabeza, se agarra los rizos llenos de horquillas brillantes y se los arranca y despeina, para borrar el artificio, en medio de una furia de sacrificio que llega a producir miedo.
El collar que tiene en el cuello, estirajado con violencia, se desgrana y cae al suelo, y el pie calzado con sandalias adornadas pisotea las gemas y las tritura; el precioso cinturón sigue la misma suerte, y lo mismo un broche que sujetaba con arte la tela del vestido en el pecho. Y todo esto repitiendo en voz baja, jadeante:
-¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera! Cosas malditas. ¡Fuera! Vosotros y quienes me las han dado. ¡Fuera mi belleza! ¡Fuera mis cabellos! ¡Fuera mi carne de jazmín!
Rápida, agarra una piedra angulosa que ve en el suelo y se golpea y se hace sangre en la cara, en la boca; se araña con las uñas pintadas. La sangre gotea de las heridas, los rasgos faciales aparecen abultados a causa de los golpes… hasta que su furia se aplaca y, jadeante, exhausta, desfigurada, despeinada, lacerada, sus vestidos, manchados de sangre y tierra, se arroja al suelo a los pies de Jesús Y, gimiendo, dice:
-Y ahora me puedes perdonar, si ves mi corazón, porque de mi pasado ya no hay nada, nada de… Has vencido Tú, Señor, contra tus enemigos y mi carne… Perdóname mi pecar…
-Te lo había perdonado ya, desde que he salido a tu encuentro. Levántate y no vuelvas a pecar nunca.
-Dime qué tengo que hacer, para ello.
-Aléjate de los lugares de tu pecado, de las personas que saben quién eres. Tu madre…
-¡Oh, mi Señor! Ella ya no me recibirá. Me odia a causa de mi padre, que murió por mí maldiciéndome.
-Si te acoge Dios que es Dios, y te acoge porque es Padre, ¿podrá no acogerte la madre que te ha engendrado y que es mujer como tú? Ve humildemente donde ella. Llora a sus pies como lloras a los míos. Confiésate a ella como has hecho conmigo. Manifiéstale tu sufrimiento. Invoca su piedad. Tu madre espera este momento desde hace años. Lo espera para morir en paz. Soporta sus palabras de amorosa reprensión como has soportado las mías. Yo, para ti, era un extraño, y a pesar de todo me has escuchado. Ella es tu madre. Tienes el doble deber, por tanto, de escucharla con respeto.
-Tú eres el Mesías. Eres más que mi madre.
-Esto lo dices ahora. Pero cuando has venido para tentarme no sabías que era el Mesías, y, no obstante, has escuchado mis palabras.
-Eras tan distinto de los hombres… tan… ¡Eres santo, Jesús de Nazaret!
-Tu madre es santa como madre y como criatura. Por sus oraciones has hallado misericordia ante Dios. ¡La madre siempre es santa! Y Dios quiere que se honre a la madre.
Yo la he mancillado. Todo el pueblo lo sabe.
-Razón de más para ir a ella y decirle: "Madre, perdón". Y para consagrarle la vida para compensarla por las penas que por ti ha sufrido.
-Lo haré… Pero… Señor, no me mandes ahora a Jerusalén. Ellos me esperan… y no sé si sabré resistir las amenazas… Déjame aquí hasta el alba, y después…
-Espera un momento.
Jesús se levanta, va a la puerta de la cocina, llama, dice que le abran y añade: -Elisa, sal.
Elisa obedece. Jesús la conduce hacia la mujer, la cual, al ver venir a otra mujer, y anciana, tiene una reacción de vergüenza y trata de taparse la cara y el vestido procaz con los restos del manto y del velo desgarrados.
-Escucha, Elisa. Yo dejo inmediatamente esta casa. Dirás a mis apóstoles que me verán a la aurora en la puerta de Herodes. Todos menos Judas de Keriot, que debe venir conmigo. Llevarás a esta mujer a dormir contigo. Puedes ocupar mi cama, porque Yo no volveré a Nob durante mucho tiempo. Mañana, cuando se despierte Juan, tú y él acompañaréis a esta mujer a donde ella diga. Le darás una túnica común y un manto de los tuyos. Y la ayudaréis en todo.
-De acuerdo, Señor. Se hará como Tú quieres. Lo siento por Juan…
-Yo también. Quería complacerlo, pero el odio de los
hombres impide al Hijo del hombre dar una hora de fiesta a un justo…
-¿Y después, Señor?
-¿Después? Puedes volver a Betsur, y esperar… Adiós, Elisa. Mi bendición y mi paz queden contigo. Adiós, mujer.
Te dejo en manos de una madre y un justo. Pero, si crees que debes volver para recoger tus bienes…
-No. Ya no quiero tener nada del pasado.
-¡Pero mujer! ¡No podrás dejar todo abandonado! ¿No tienes siervos ni parientes? -dice Elisa.
-Tengo sólo una sierva… y…
-Tendrás que despedirla, tendrás que…
-Te ruego que lo hagas tú, cuando vuelvas. Ayúdame a sanar del todo, mujer. Hay una verdadera angustia en la mujer.
-¡Sí, hija mía! Sí. No te acongojes. Mañana pensaremos en todas estas cosas. Ahora ven conmigo arriba -y Elisa la toma de la mano y la guía por la escalera a uno de los dos cuartos superiores.
Luego, rápidamente, baja:
-He pensado que convenía que todos te vieran sin ella, Señor. Y que no supieran dónde está. Estas joyas… Se agacha a recoger anillos y pulseras, fíbulas y horquillas y cinturón, y todas las cuentas que puede del collar roto:
-¿Qué vamos a hacer, Señor, con esto?
-Ven conmigo. Tienes razón. Conviene que me vean.
Entran en la cocina. Todos miran a Jesús con gesto interrogativo. Se ha levantado también el anciano, quizás despertado por una polémica.
-Elisa, da a Tomás las cosas preciosas. Y Tú, Tomás, mañana las venderás a algún orfebre. Servirán para los pobres. Sí. Son joyas de mujer, de esa mujer. Ésta es la respuesta para quien piensa que una carne pueda tentar al Hijo del hombre y desviarlo de su misión. Y también es el consejo, para todos los que me odian, de que es inútil cualquier embrollo para encontrar materia de acusación.
Juan, Elisa te dirá lo que debes hacer. Yo te bendigo…
-¿Me dejas, Señor?
El viejecito está afligido.
-Debo hacerlo. Adiós. La paz sea contigo.
Se vuelve hacia los apóstoles:
-Id a descansar. Todos menos Judas de Keriot, que viene conmigo.
-¿Pero a dónde? Es de noche -objeta Judas.
-A orar. No te va a perjudicar. ¿O es que temes el aire nocturno si lo respiras conmigo?
Judas agacha la cabeza y, de mal talante, coge su manto, mientras Jesús coge el suyo.
-Mañana a la aurora en la puerta de Herodes. Iremos al Templo y…
-¡No!
El "no" es unánime; el de Judas, el más fuerte.
-Iremos al Templo. ¿No has dicho, acaso, que los has convencido de que me dejen en paz?
-Es verdad.
-Pues entonces iremos al Templo. Ven -y está para salir.
-Pues ya se acabó la fiesta que habíamos preparado… -suspira Pedro.
-Terminada antes de empezar, deberías decir -le responde Santiago de Zebedeo. Jesús está ya en el umbral de la puerta. Se vuelve y bendice. Luego desaparece en la noche.
En la cocina, todos se han quedado mudos. Hasta que Mateo pregunta a Elisa: -¿Pero y qué es lo que ha pasado?
-No lo sé. Había una mujer que lloraba. Y Él ha dicho lo que os ha dicho luego a vosotros. No sé ni quién es, ni de dónde ni por qué ha venido…
-Bien. Vamos…
Y, menos Mateo y Bartolomé, que duermen en la casa, se marchan todos.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús se encuentra entre enfermos y peregrinos venidos a Él de muchas partes de Palestina.
Hay incluso un navegante de Tiro al que una desgracia en el mar lo dejó paralítico y que, ahora, cuenta esta vicisitud suya: la caída de un embalaje por el balanceo del barco (las mercancías pesadas lo alcanzaron y le golpearon en la columna). No murió. Pero es más que un muerto, porque, todo acabado como está, obliga a sus familiares a no trabajar, para cuidarlo. Dice que ha ido con ellos a Cafarnaúm y luego a Nazaret, y que ha sabido por María que estaba en Judea, concretamente en Jerusalén.
-Me dio los nombres de los amigos que podían alojarte. Y un galileo de Seforí me dijo que estabas aquí. Y he venido. Sé que no desprecias a nadie, ni siquiera a los samaritanos Espero que escuches mi súplica. Tengo mucha fe.
Su mujer no habla. Pero, acurrucada al lado del jergoncillo en que han puesto al enfermo, mira a Jesús con ojos que suplican más que toda palabra.
-¿Dónde recibiste el golpe?
-Debajo del cuello. Justo ahí sufrí el choque más fuerte y sentí un ruido en la cabeza -como cuando se golpea el bronce-, que luego se transformó en un continuo mugido de mar tempestuoso; y luces, luces de todos los colores empezaron a danzar delante de mí.. Luego ya no sentí nada durante muchos días.
Navegábamos en la aguas de Cintium y me vi en casa sin saber cómo. Y de nuevo oía el ruido en la cabeza y veía las luces en los ojos, esto durante muchos días. Luego se pasó… pero los brazos se han quedado muertos, y lo mismo las piernas. Un hombre acabado a los cuarenta años. Y tengo siete hijos, Señor.
-Mujer, incorpora a tu marido y destapa el sitio que recibió el golpe.
La mujer, sin decir nada, obedece. Con movimientos diestros; maternales, ayudada por el que ha venido con ella (no sé si es un hermano o un cuñado), introduce un brazo por debajo de los hombros de su consorte, mientras con la otra mano sujeta la cabeza, y, con la delicadeza con que daría la vuelta a un recién nacido, separa de la yacija el pesado cuerpo. Una cicatriz, todavía colorada, señala el punto de la herida mayor.
Jesús se inclina. Todos alargan el cuello para mirar.
Jesús apoya la punta de los dedos en la cicatriz y dice:
¡Quiero!
El hombre reacciona como si le hubiera tocado una corriente eléctrica, y lanza un grito:
-¡Qué fuego!
Jesús separa los dedos de las vértebras lesionadas y dice:
-¡Alzate!
El hombre no se lo deja decir dos veces. Apoyar en la yacija los brazos desde hace meses inertes, moverse para liberarse de quienes lo tienen sujeto, bajar de la baja camilla las piernas y ponerse en pie queda hecho en mucho menos tiempo del que yo he empleado para describir las fases del milagro.
La mujer grita, el familiar grita, el hombre curado levanta los brazos al cielo, enmudecido de alegría. Un instante de alegría asombrada, luego gira en torno a sí mismo, seguro como el hombre más ágil, y se encuentra, cara contra cara, con Jesús. Entonces recobra la voz y grita:
-¡Bendito seas Tú y quien te ha enviado! Yo creo en el Dios de Israel y en ti, su Mesías -y se arroja al suelo a besar los pies de Jesús entre los gritos de la gente.
Después los otros milagros; la mayor parte a niñitos, a mujeres, a ancianos. Luego Jesús habla.
-Habéis visto el milagro de huesos fracturados que se saldan de nuevo y de miembros muertos que vuelven a vivir.
Ver esto os lo ha concedido el Señor para confirmar la fe en los que creen y suscitarla en los que no la tienen. Y los milagros han sido concedidos a personas de todos los lugares que han venido aquí en busca de salud, impulsadas por la fe en mi virtud curativa.
Hay aquí judíos y galileos, libaneses y sirofenicios, habitantes de la lejana Batanea y de las costas marinas. Y todos han venido sin preocuparse de la estación del año ni de la largura del recorrido, y los familiares los han acompañado sin murmurar, sin dolerse por los trabajos dejados suspendidos o por los negocios abandonados. Porque todo sacrificio era nada en relación a lo que salían a obtener.
Y, de la misma manera que han caído los egoísmos y las incertidumbres del hombre, igualmente han caído las ideas políticas o religiosas que antes constituían como una pared para considerar a todos hermanos, a todos iguales en la vida y en el sufrimiento, en el deseo y la esperanza de la salud y del consuelo. Y Yo, porque es justo que sea así, he concedido salud y consuelo a todos aquellos que han sabido unificarse en una esperanza que es ya fe.
Yo soy el Pastor universal y debo acoger a todas las ovejas que quieren entrar en mi rebaño. No hago distinción entre ovejas sanas y enfermas, entre ovejas débiles y fuertes, entre ovejas que me conocen porque ya pertenecían al rebaño de Dios y ovejas que hasta ahora no me conocían y no conocían ni siquiera al verdadero Dios. Porque Yo soy el Pastor de la Humanidad, y tomo a mis ovejas allá donde se hallen y vengan en dirección a mí.
¿Son ovejas flacas, sucias, descorazonadas, ignorantes; ovejas que han sufrido los golpes de pastores que no las han amado, y que las han rechazado considerándolas inmundas? No hay inmundicia que no pueda ser lavada. Y no hay oveja impura que, queriéndose limpiar y pidiendo ayuda para ello, pueda ser rechazada alegando que es impura.
Dios es quien suscita los buenos deseos. Si los suscita, señal es de que desea que pasen a ser realidad. Es el mismo Espíritu de Dios el que pide con súplicas inefables esta absorción de todos los hombres por parte del Amor, porque el Espíritu de Dios desea extenderse y enriquecerse. Extenderse amando a un número ilimitado de seres apenas suficientes para reconfortar su infinidad de Amor; y enriquecerse con el amor de un número ilimitado de seres atraídos hacia Él por la dulzura de su fragancia.
No le es, pues, lícito a ninguno despreciar y rechazar a quien quiere entrar en el rebaño santo. Esto es para aquellos de entre vosotros que puedan cultivar en su corazón las ideas de buena parte de Israel, ideas de juicios y distinciones que Dios no estima, al ser contrarios a su plan de hacer de todos los pueblos un único Pueblo que lleve el Nombre del Mesías por Él enviado.
Pero ahora hablo también a los que han venido de fuera, a las ovejas que hasta ahora eran agrestes y que sienten el deseo de entrar en el rebaño único del único Pastor. Y digo: nada les haga perder la confianza, nada las descorazone.
No hay paganismo, no hay idolatría, no hay vida no conforme a la que Yo enseño que no puedan ser abominadas y rechazadas, permitiendo al espíritu regenerarse, libre de toda mala planta, de forma que resulte apto para recibir las nuevas simientes y revestirse con los nuevos distintivos. Y esto debería impulsar a los pueblos hacia mí, más que la salud para los cuerpos.
De la misma manera -y que esto sirva tanto para hebreos de Palestina, como para hebreos y prosélitos de la Diáspora, como para gentiles-, de la misma manera que sabéis venir a mí para que vuestras carnes enfermas queden libres del yugo de las enfermedades, sabed venir para que vuestro espíritu quede libre del yugo del pecado y del paganismo.
La primera cosa que deberíais pedirme todos, y desearlo con todas vuestras fuerzas, es el ser liberados de aquello que hace a vuestro espíritu esclavo de fuerzas malas que le dominan.
La primera cosa que deberíais querer es esta liberación, querer, como primer milagro, el Reino de Dios en vosotros.
Porque, teniendo este Reino en vosotros, todas las otras cosas serán dadas (y dadas de forma que el don no pese como un castigo en la otra vida). No os habéis parado a pensar en las inclemencias del tiempo, ni en fatigas ni en pérdidas de dinero, con tal de obtener la salud de los cuerpos, los cuales, aunque hoy estén curados, un próximo mañana perecerán por muerte física. Con el mismo corazón deberíais saber afrontar todas las cosas, con tal de obtener salud para el espíritu, y Vida eterna y posesión del Reino de Dios.
Burlas y amenazas de parientes o de convecinos o autoridades, ¿qué son respecto a aquello que tendréis todos, de cualquier lugar que vengáis, si sabéis acercaros a la Verdad y la Vida? ¿Quién, por detenerse un día en una fiesta que terminase con el ocaso, dejaría de ir a un lugar donde supiera que le espera una vida feliz? Bueno, pues, a pesar de todo, muchos actúan así. Y, por saciarse durante una fracción de tiempo con los insípidos e inútiles gozos del mundo, dejan de acudir al lugar donde hallarían para siempre -y sin miedo a ver que el odio enemigo se lo arrebate-verdadero alimento, verdadera salud, verdadero gozo.
En el Reino de Dios no hay odio ni guerra ni abusos; quien sabe entrar en Él no conoce ya dolor ni angustia ni atropellos, sino que posee la paz gozosa que emana del Padre mío.
Me despido de vosotros. Podéis marcharos. Volved a vuestros lugares. En estos momentos, ya mis discípulos son numerosos y están esparcidos por todas las regiones de Palestina. Escuchadlos, si queréis conocer mi Doctrina y estar preparados para el día de la decisión de que dependerá la vida eterna de muchos. Os doy mi paz para que os acompañe.
Y Jesús, bendiciendo primero a la gente, entra de nuevo en casa… Los apóstoles se quedan fuera todavía un tiempo, luego entran para comer, porque el sol, alto en el cielo, dice que es mediodía. Sentados a la rústica mesa, después de la bendición de los alimentos compuestos por pequeños quesos y achicoria hervida y condimentada con aceite), hablan de los acontecimientos de la mañana, y se felicitan porque el número de los discípulos evangelizadores ya permite aliviar al Maestro de la fatiga de hablar continuamente en las condiciones de cansancio en que se encuentra.
Efectivamente, Jesús ha adelgazado aún más en estos últimos tiempos, y su color -por naturaleza, de un tono blanco marfil denso, con un leve matiz de color sonrosado debajo de la tez levemente morenita de los pómulos-ahora aparece blanco del todo, semejante a un pétalo de magnolia ya no fresco.
A mí, que, habiendo vivido mucho tiempo en Milán, conozco el delicado color del mármol de Candoglia con que ha sido construido el magnífico Duomo, el rostro del Señor, en estos últimos, dolorosos meses de vida terrena, me parece justo del color de ese mármol, que no es blanco, no es rosa, no es amarillo, pero recuerda, y con los más delicados matices, a estos tres colores. Los ojos están más hundidos y, por tanto, parecen más oscuros, quizás también porque una sombra de cansancio vela los párpados y las cuencas: ojos de quien poco duerme y mucho llora y sufre.
Y la mano parece más larga porque ha enflaquecido y palidecido. Dulce mano de mi Señor que ya muestra el relieve de los tendones y las venas; que tiene concavidades de delgadez y que deja entrever, por tanto, la estructura ósea de debajo: santa, mártir mano ya preparada para el clavo que la traspasará. Les será fácil a los verdugos encontrar el punto en que meter el clavo, porque no hay velo de adiposidad en la ascética mano de mi Señor.
Ahora está desmayada, como cansada, sobre la madera oscura de la mesa, mientras Él menea la cabeza sonriendo cansadamente a sus apóstoles, que se dan cuenta del infinito cansancio de sus miembros, de su voz, y, sobre todo, de su corazón, demasiado afligido, demasiado fatigado por el esfuerzo de deber tener unidos tantos corazones distintos, de tener que soportar y mantener celado el deshonor del discípulo incorregible…
Pedro sentencia:
-Tú, indiscutiblemente, hasta la fiesta de la Dedicación tienes que descansar. Nosotros nos ocuparemos de estos que vienen. Tú vas… ¡Ya está!… A casa de Tomás. Estarás cerca y en paz.
Tomás apoya la propuesta de Pedro. Pero Jesús menea la cabeza. No. No quiere ir.
-Bueno, pues, no hablas en estos días. Podemos hacerlo nosotros. No serán palabras excelsas, pero nos atendremos a lo que sabemos. Y Tú solamente curas a los enfermos.
-Podemos hacer nosotros también eso -dice Judas Iscariote.
-¡Mmm! Yo, por lo que a mí respecta, me retiro -dice Pedro.
-Y, sin embargo, ya lo hiciste.
-¡Claro!, cuando el Maestro no estaba con nosotros y, debíamos representarlo y despertar el amor por Él. Pero ahora está Él y el milagro lo hace Él. Sólo Él es digno de ello. ¡Milagro nosotros! Pero si necesitamos nosotros recibir el de nuestra renovación, porque por nosotros solos, me doy cuenta bien, no haremos nunca nada bueno. Somos unos míseros, pecadores e ignorantes.
-Te ruego que hables por ti. ¡Yo, de ninguna manera, me siento un mísero! -replica Judas de Keriot.
-El Maestro está cansado. Su cansancio es más moral que corporal. Si es verdad que lo queremos, vamos a evitar disputas. Son las cosas que más lo agotan -dice severo el Zelote.
Jesús levanta los ojos para mirar al anciano apóstol, siempre tan sabio, y le extiende una mano por encima de la mesa para acariciarlo. El Zelote toma entre sus manos oscuras esa mano blanca y la besa.
-Tienes razón. Pero yo también la tengo cuando digo que inevitablemente tiene que descansar. ¡Parece enfermo!… insiste Pedro. Todos asienten, incluido el anciano Juan y Elisa, que dice:
-Hace mucho que lo vengo diciendo. Por eso, yo querría…
Un golpe en la puerta. Andrés, que es el que más cerca está, va a abrir; y sale y cierra tras sí.
Vuelve. Dice:
-Maestro, hay una mujer. Insiste en verte. Trae una niñita consigo. Debe ser de elevada condición, a pesar de vestir modestamente. No está enferma, yo diría que ni ella ni la niña. Pero no sé por qué trae un velo tupido. La niña trae en sus brazos unas flores espléndidas.
-Dile que se vaya. ¡Estamos diciendo que tiene que descansar y tú no lo dejas ni siquiera terminar de comer! -refunfuña Pedro.
-Se lo he dicho. Pero ha contestado que no va a cansar al Maestro, y que a Él seguro que le dará alegría verla.
-Dile que vuelva mañana, a la hora de todos. Ahora el Maestro va a descansar.
-Andrés, acompáñala a la habitación de arriba. Voy enseguida -dice Jesús.
-¡Vaya, lo sabía! ¡Así se cuida! ¡Justo como estábamos diciendo!
Pedro está inquieto.
Jesús se levanta y antes de salir, pasa por detrás de Pedro, le pone las manos en los hombros, se agacha un poco a besarlo en el pelo y dice:
-¡Tranquilo, Simón! El que me ama alivia mi cansancio, más que el descanso en una cama.
-¿Y qué sabes si ésta es una que te quiere?
-¡Simón! ¡La intranquilidad te hace decir palabras de las que ya estás arrepentido, porque las sientes necias!
¡Tranquilo! ¡Tranquilo! Una mujer que viene con una criatura inocente, que me trae a su criatura inocente con los bracitos cargados de flores, no puede sino ser una que me quiere y que intuye mi necesidad de encontrar un poco de amor y pureza entre tanto odio e inmundicia.
Y sale, y sube la escalera de la terraza, mientras Andrés, cumplida su misión, regresa a la cocina.
La mujer está en la puerta de la habitación de arriba. Alta, esbelta, cubierta con un tupido manto pardo, velada la cara con una tela de lino cendalí marfileño que le baja desde la ceñida capucha hasta la cara. La niña, infante todavía, porque tendrá como mucho tres años, lleva un vestidito blanco y un manto acampanado con capuchita blanca también.
Pero la pequeña capucha se ha deslizado mucho hacia atrás sobre los ricitos de delicado color rubio castaño. Y es que la pequeñuela, alzando la carita que sobresale de entre las flores que tiene apretadas entre sus bracitos, está mirando a la mujer.
La flores son espléndidas, como sólo en estos países pueden encontrarse en el frío diciembre: rosas rosas mezcladas con delicadas flores blancas que no sé qué son; no soy muy fuerte en floricultura.
Jesús, en cuanto pone pie en la terraza, recibe el saludo de la vocecita de la pequeñuela que, impulsada por la mujer, corre hacia Él, diciendo:
-¡Ave, Domine Jesu!
Jesús agacha su alto cuerpo hacia su minúscula devota y, poniéndole una mano en su pelito, le dice: «La paz sea contigo», y luego se endereza otra vez y sigue a la hijita, que con un gorjeo de risa vuelve a donde la mujer, la cual ha hecho una profunda reverencia y se ha apartado al lado de la puerta para dejar pasar al Maestro.
Jesús la saluda con un movimiento de la cabeza y entra en la habitación para ir a sentarse en el primer asiento que encuentra. Guarda silencio, como en actitud de espera. Muy rey.
Su austera dignidad es tanta, que, sentado en su pobre asiento de madera sin respaldo, parece sentado en un trono. Sin manto, sólo con la túnica de lana azul oscurísima, sin adornos ni franjas, un poco descolorida en los hombros, donde el agua de lluvia, el sol, el polvo y el sudor han mordido el color -una túnica limpia pero pobre-, parece vestido de púrpura, pues mucha es la majestad de su porte.
Muy rígido y, con el grave ademán de la cabeza sobre el cuello y de las manos apoyadas sobre las rodillas con la palma abierta, casi hierático. Los pies desnudos, apoyados en el desnudo suelo hecho de baldosas viejas.
Como fondo, la pared desnuda y apenas blanqueada con cal. Suspendido detrás de su cabeza, no un paño precioso o un baldaquino, sino una criba para la harina y una soga de la que penden manojos de ajos y cebollas. Pero aparece más majestuoso que si tuviera un suelo precioso bajo sus pies, una pared áurea a sus espaldas y un velo de púrpura adornado con gemas encima de su cabeza.
Espera. Su majestuosidad paraliza a la mujer en un momento de estupor lleno de veneración. También la niña se queda callada, inmóvil al lado de la mujer, un poco atemorizada, quizás. Pero Jesús sonríe y dice:
-Estoy aquí por vosotras. No tengáis miedo.
Entonces todo temor cesa.
La mujer susurra algo a la niña. La niña se mueve, seguida de la mujer, va contra las rodillas de Jesús, le pone en el regazo todas las flores y dice:
-Las rosas de Faustina a su Salvador.
Lo dice lentamente, como uno que sabe poco de una lengua que no es la propia. Entretanto, la mujer se ha arrodillado detrás de la niña y ha echado hacia atrás el velo. Es Valeria, la madre de la pequeñuela, y saluda a Jesús con su romano: «¡Salve, Maestro!».
-Que Dios venga a ti, mujer. ¿Por qué estás aquí, y tan sola? -dice Jesús mientras acaricia a la pequeñuela, que ya no tiene miedo y que, no contenta con haber puesto las flores en el regazo de Jesús, busca con las manitas en el manojo perfumado para elegir las que, según ella, son más hermosas. Luego dice:
-¡Toma! ¡Toma! ¡Que son tuyas! -y alza ora una rosa, ora una de las anchas umbelas blancas con estrellitas olorosas, hasta cerca de la cara de Jesús, que acepta y va depositando de nuevo las flores en el montón perfumado.
Entretanto, Valeria habla.
-Estaba en Tiberíades porque mi hija se encontraba ligeramente enferma y nuestro médico lo había aconsejado…
Una pausa larga de Valeria, que cambia de color y luego dice apresuradamente: -Y yo tenía mi corazón muy afligido y deseaba verte; porque para mi sufrimiento sólo un médico podía encontrar curación: Tú, Maestro, que tienes palabras de justicia en todas las cosas… Por eso habría venido igualmente. Por el egoísmo de ser consolada, y también para saber lo que debo hacer para… sí, para tener por mi parte gestos de gratitud hacia ti y tu Dios, que me habéis concedido seguir teniendo a esta criatura mía…
Pero… nosotros sabemos muchas cosas, Maestro. Los informes de los hechos de la Colonia, hasta de los más mínimos, se depositan todos los días en la mesa de trabajo de Poncio Pilatos, que toma visión de los hechos. Pero, para tomar las decisiones que se requieran, oye mucho el parecer de Claudia… Muchos informes hablaban de ti y de los hebreos que mantienen en agitación al país, haciendo de ti al mismo tiempo un estandarte de desquite nacional y una causa de odio civil.
Claudia juzga bien al decirle a su marido que de uno sólo en toda Palestina no debe temer que sea causa de una desgracia: de ti. Y Pilatos, un día y otro, le presta atención… Hasta ahora, la más fuerte ha sido Claudia.
Pero si mañana otra fuerza dominara a Pilatos… He tenido, pues, conocimiento, y he sentido que mi inocente te consolaría…
-Has tenido un corazón compasivo e iluminado, mujer. Que Dios te ilumine del todo y vele por esta criatura tuya, ahora y siempre.
-Gracias, Señor. Tengo necesidad de Dios…
Algunas lágrimas caen de los ojos de Valeria.
-Sí, lo necesitas. En Dios encontrarás todo consuelo y sabrás hallar la guía para ser justa al juzgar, y para perdonar y seguir amando y, sobre todo, para educar a ésta, para que tenga la vida feliz de los que son hijos del Dios verdadero.
Ya ves que este Dios que tú no conocías, este Dios al que quizás habías despreciado -a Él y a su Ley-, tan distinto de vuestros dioses y de vuestras leyes y religiones, este Dios al que ciertamente habías ofendido con un modo de vivir en que la virtud no era respetada en muchas cosas, leves todavía, si quieres, pero camino para más graves heridas contra la virtud y más graves ofensas a la Divinidad, que te ha creado a ti también…
Ya ves que este Dios te ha amado tanto, que, a través de un dolor que sentías con tu humanidad de madre, de madre que no tiene conocimiento de una vida futura ni, por tanto, de una temporal separación de esa carne de su carne, te ha traído a mí. Te ha amado tanto, que me condujo a Cesárea cuando casi agonizabas sobre el pequeño cuerpo de tu criatura, que ya se enfriaba en medio de su agonía.
Te ha amado tanto, que te la ha devuelto para que tuvieras siempre presente la bondad y el poder del Dios verdadero y tuvieras un freno ante toda licencia pagana, y un consuelo en todos los dolores de mujer casada.
Te ha amado tanto, que, a través de otro dolor, ha reforzado en ti la voluntad de acercarte al Camino, a la Verdad, a la Vida, y de asentarte ahí con tu criatura para que al menos ella, ya desde su primera infancia, posea aquello que es consuelo y paz, salud y luz en los tristes días de la Tierra -y posea estas cosas como preservación de todo lo que a ti te hace sufrir, en tu parte mejor y en la afectiva: la primera, instintivamente buena y que no soporta el fango oscuro en que está obligada a vivir la segunda, desordenada en su bondad.
Porque en tus afectos, mujer, eres pagana. No es culpa tuya. Es culpa del mundo en que vives, y del gentilismo en que has crecido. Sólo quien está en la verdadera Religión sabe dar a los afectos el valor, la medida y las manifestaciones justas. Tú, madre que no sabías de vida eterna, amabas sin orden a tu hija, y, viéndola morir, enajenada a causa de la muerte inminente que la amenazaba, desesperadamente te rebelabas contra esa pérdida.
Como quien viera aferrado por un loco al ser más querido, y lo viera tenerlo suspendido en un abismo de cuyo fondo no podría resurgir, y que si cayera ya no podría ni siquiera ser sacado como frío cadáver para el beso de su amor, así veías a tu Fausta ya suspendida en el abismo de la nada… ¡Pobre mamá, que no habría recuperado jamás a su hija! Jamás, ni con la carne ni con el espíritu. La nada. Esa cosa finita, inexorablemente Finita, que es la muerte para aquellos que no creen en la Vida espiritual.
Tú, esposa pagana, amante, fiel, has amado en tu esposo a tu dios terreno de amor carnal, tu hermoso dios que se proponía a tu adoración rebajando tu dignidad de igual a un servilismo de esclava. ¿Que la mujer viva sumisa a su marido, humilde, fiel, casta? Sí. Él, el hombre, es la cabeza de la familia. Pero cabeza no quiere decir déspota.
Cabeza no quiere decir caprichoso patrón al que le es lícito todo capricho no sólo respecto a la carne, sino también a la parte mejor de su esposa. "Donde tú, Cayo, allí yo, Caya", decís. Pobres mujeres de un lugar donde el libertinaje está hasta en las fábulas de vuestros dioses.
Las de vosotras que no sois ni impúdicas ni licenciosas, ¿cómo podéis estar donde están vuestros maridos? Es inevitable que la que no es una licenciosa ni una degenerada se canse con desazón y experimente un dolor verdaderamente atroz, como de fibras que se desgarran, una gran turbación, un venirse abajo todo el culto hacia el marido contemplado siempre como un dios, cuando descubre que aquel al que adoraba como a un dios es un mísero ser dominado por la animalidad brutal, licencioso, adúltero, atolondrado, indiferente, burlador de los sentimientos y de la dignidad de su esposa.
No llores. Yo también sé todo, y sin necesidad de los informes de los centuriones. No llores, mujer; aprende, más bien, a amar, en el orden, a tu marido.
-Ya no puedo amarlo. Ya no lo merece. Lo desprecio. No me rebajaré a mí misma imitándolo, pero ya no lo puedo amar.
Todo ha acabado entre nosotros. Lo he dejado marcharse sin tratar de retenerlo… En el fondo he sentido agradecimiento a él por última vez, por el hecho de marcharse… No lo buscaré. Por lo demás, ¿acaso fue alguna vez compañero mío? Caída la venda de mi adoración, ahora recuerdo y juzgo sus acciones.
¿Estaba acaso al lado de mi corazón, cuando yo lloraba al deber seguirlo aquí, dejando a mi madre enferma y a la patria, recién casada y próxima a dar a luz? Él, frívolo, se reía con sus amigos, se reía de mis lágrimas y náuseas, avisándome sólo de que no le manchara la túnica. ¿Estaba, acaso, a mi lado en mis nostalgias por estar en patria ajena? No. Fuera, con los amigos, en los festines a los que mi estado no me consentía ir…
¿Estaba, acaso, inclinado conmigo hacia la cuna de la recién nacida? Se echó a reír cuando le mostraron a la recién nacida y dijo: "Yo casi diría que la pusieran en el suelo. No para tener niñas he tomado el yugo matrimonial".
No estuvo presente en la purificación diciendo que era una "inútil pantomima". Y, dado que la pequeñuela lloraba, dijo al salir: "Ponedle por nombre Libitina y que esté consagrada a la diosa". ¿Y, cuando Fausta agonizaba, acaso compartió conmigo la angustia? ¿Dónde estaba la noche que precedió a tu venida? En casa de Valeriano en un banquete.
Pero lo amaba; era -es como has dicho-mi dios. Todo en él me parecía bueno, acertado. Me concedía amarlo… y yo era, de sus deseos, la esclava más esclava. ¿Sabes por qué me ha alejado de sí?
-Lo sé. Porque en tu carne se había despertado el alma y ya no eras hembra sino mujer.
-Eso. He querido hacer de mi casa una casa virtuosa… y él ha encontrado la manera de ser trasladado a Antioquía, al lado del Cónsul, imponiéndome no seguirle, y consigo se ha llevado a las esclavas favoritas. ¡Oh, no lo seguiré! Tengo a mi hija. Tengo todo.
-No. No tienes todo. Tienes una parte, una pequeña parte del Todo, lo necesario para ser virtuosa. El Todo es Dios.
Tu hija no debe ser para ti razón de injusticia respecto al Todo; antes bien, de justicia. Por ella y con ella, tienes el deber de ser virtuosa.
-He venido para consolarte y para que me consueles. Pero también he venido para preguntarte cómo educar a esta niña para hacerla digna de su Salvador. Había pensado hacerme prosélita vuestra y hacerla prosélita también a ella…
-¿Y tu marido?
-¡Oh, con él todo ha terminado!
-No. Todo empieza. Sigues siendo su mujer. El deber de la mujer buena es hacer bueno a su consorte.
-Él dice que quiere divorciarse. Y, ciertamente, lo hará. Así que…
-Y lo hará. Pero todavía no lo ha hecho. Y, mientras no lo haga eres, incluso según vuestra ley, su esposa. Y, como tal, tienes el deber de permanecer en tu lugar como esposa.
Tu lugar es el de ser segunda respecto a tu marido en la casa, al lado de tu hija, ante los ojos de los criados y del mundo. Tú piensas que el ha dado el mal ejemplo. Es verdad. Pero esto no te exime a ti de dar tu ejemplo de virtud. El se ha marchado. Es verdad. Tú, junto a tu hija y a los criados, toma su lugar.
No todo es censurable en vuestras costumbres. Cuando Roma estaba menos degenerada, sus mujeres eran castas, trabajadoras, y servían a la divinidad con una vida de virtud y fe. Aunque su mísera condición de paganas les hiciera servir a falsos dioses, la idea era buena.
Ofrendaban su virtud a la Idea de la religión, a la necesidad de un respeto a una religión, a una Divinidad cuyo verdadero nombre desconocían, pero cuya existencia sentían, como sentían que era mayor que el licencioso Olimpo y que las degradantes deidades que, según las leyendas mitológicas, lo poblaban. Inexistente vuestro Olimpo, inexistentes vuestros dioses.
Pero vuestras antiguas virtudes eran fruto de la convicción sincera de tener que ser virtuosos para ser mirados por los dioses con amor; eran fruto de ese deber que sentíais que debíais tener hacia las divinidades a las que adorabais.
Ante los ojos del mundo, especialmente de nuestro mundo judío, parecíais necios por este acto vuestro de honrar a algo que no existía. Pero a los ojos de la Justicia eterna y verdadera, a los ojos del Dios Altísimo, único y omnipotente Creador de todas las criaturas y casas, esas virtudes, ese respeto, ese deber, no eran vanos. El bien es siempre bien, la fe siempre tiene valor de fe, la religión tiene siempre valor de religión, si el que los sigue y practica y posee está convencido de estar en la verdad.
Te exhorto a imitar a vuestras antiguas mujeres, castas, trabajadoras y fieles, permaneciendo en tu lugar, columna y luz de tu casa. No creas que vaya a desaparecer el respeto de los criados hacia ti por haberte quedado sola.
Hasta ahora te han servido por miedo, y alguna vez con un celado sentido de odio y rebelión. De ahora en adelante, te servirán con amor. Los infelices aman a los infelices.
Tus esclavos conocen el dolor. Tu alegría era para ellos un amargo aguijón. Tus penas, despojándote de la fría luz de ama -en el sentido más odioso de esta palabra-te revestirán de una cálida luz de conmiseración. Serás amada, Valeria. Amada por Dios, amada por tu hija, amada por tus criados. Y, aun en el caso de que ya no fueras la esposa, sino la divorciada, recuerda -Jesús se pone en pie- que la separación legal no destruye el deber de la mujer de ser fiel a su juramento de esposa.
Tú quisieras entrar en nuestra religión. Uno de sus divinos preceptos es que la mujer es carne de la carne de su marido y que ninguna cosa o persona puede separar lo que Dios ha hecho una sola carne.
También nosotros tenemos el divorcio. Ha venido como mal fruto de la lujuria humana, del pecado original, de la corrupción de los hombres. Pero no ha venido espontáneamente de Dios. Dios no cambia su palabra. Y Dios había dicho, inspirando a Adán, todavía inocente (y, por tanto, que hablaba con una inteligencia no empañada por la culpa), las palabras: que los esposos, una vez unidos, debían ser una carne sola. La carne no se separa de la carne sino por adverso episodio de muerte o de enfermedad.
El divorcio mosaico, concedido para evitar pecados atroces, concede a la mujer solamente una libertad muy mísera. La divorciada es siempre una disminuida en el concepto de los hombres, bien permanezca divorciada, bien pase a segundas nupcias.
Pero ante el juicio de Dios es una infeliz, si pasa a estar divorciada por malevolencia del marido y se queda como divorciada; mas, si está divorciada por torpes culpas propias y se casa de nuevo, es sólo una pecadora, una adúltera. Pero tú quieres entrar en nuestra religión por seguirme a mí.
Y entonces Yo, Verbo de Dios, habiendo llegado el tiempo de la perfecta religión, te digo lo que digo a muchos: no le es lícito al hombre separar lo que Dios ha unido, y es siempre adúltero aquel, o aquella, que, teniendo en vida a su cónyuge, pasa a nuevas nupcias.
El divorcio es prostitución legal, y pone al hombre y a la mujer en condiciones de cometer pecados de lujuria.
La mujer divorciada difícilmente vive como viuda -y viuda fiel-de un vivo.
El hombre divorciado nunca permanece fiel al primer vínculo. Tanto el uno como la otra, pasando a otras uniones, descienden del nivel de los hombres al de los animales, a los cuales les está permitido cambiar de hembra a cada moción de su apetito.
La fornicación legal, peligrosa para la familia y para la patria, es delictiva respecto a los inocentes. Los hijos de los divorciados deben juzgar a sus padres. ¡Severo juicio el de los hijos! Al menos uno de los padres es condenado por los hijos.
Y los hijos quedan -por el egoísmo de sus padres-condenados a una vida afectiva mutilada. Y si, además, a las consecuencias familiares del divorcio, que priva del padre o de la madre a los hijos inocentes, se une el hecho del nuevo matrimonio del cónyuge al que han sido confiados los hijos, a la condena de una vida afectiva mutilada por la carencia de un miembro se une la otra mutilación: la de la pérdida, más o menos total, del afecto del otro miembro, dividido o totalmente absorbido, por el nuevo amor y por los hijos de la nueva unión.
Hablar de nupcias, de matrimonio, en el caso de una nueva unión, de un divorciado o de una divorciada, es profanar el significado y la cosa que es el matrimonio. Sólo la muerte de uno de los cónyuges y la subsiguiente viudez del otro puede justificar las segundas nupcias. Lo que no quita que Yo juzgue que sería mejor inclinar la cabeza ante el veredicto, siempre justo, de quien regula los destinos de los hombres, y cerrarse en castidad cuando la muerte haya puesto fin al estado matrimonial, dedicándose toda a los hijos y amando al cónyuge pasado a la otra vida en sus hijos: un amor despojado de toda materialidad, santo y veraz.
¡Pobres hijos! ¡Experimentar, después de la muerte o del hundimiento del hogar, la dureza de un segundo padre o de una segunda madre, y la angustia de ver compartidas las caricias con otros hijos que no son hermanos!
(Aquí, en nuevas nupcias en el caso de viudedad, Jesús expone un consejo evangélico no un mandato, como asimismo se observa en lo que dice San Pablo en (I Corintios 39 – 40) y el mismo Jesús ha mencionado antes “Sólo la muerte de uno de los cónyuges y la subsiguiente viudez del otro puede justificar las segundas nupcias”)
No, en mi religión no existirá el divorcio. Y aquel que estipule divorcio civil para contraer nueva unión será adúltero y pecador. La ley humana no modificará mi decreto.
El matrimonio en mi religión ya no será un contrato civil, una promesa moral hecha y sancionada en presencia de testigos designados para tal fin. Será, antes bien, un indisoluble vínculo corroborado, soldado y santificado por el poder santificador que Yo le daré, convertido en Sacramento.
Para que comprendas: rito sagrado. Poder que ayudará a practicar santamente todos los deberes matrimoniales, pero que será también sentencia de indisolubilidad del vínculo. Hasta ahora, el matrimonio es un mutuo contrato natural y moral entre dos de distinto sexo. Desde el amanecer de mi ley, el matrimonio se extenderá al alma de los cónyuges.
Vendrá a ser, pues, también contrato espiritual, sancionado por Dios a través de sus ministros. Ahora bien, tú sabes que nada es superior a Dios. Por tanto, lo que Él haya unido, nunca autoridad alguna, ley o capricho humanos, podrán desunir. El "donde tú, Cayo, yo, Caya”, de vuestro rito se perpetúa en el más allá en el el nuestro, en mi rito, porque la muerte no es final, sino separación temporal del esposo de su esposa, y el deber de amar persiste después de la muerte.
Por esto digo que quisiera castidad en los viudos. Pero el hombre no sabe ser casto. Y también por eso digo que los cónyuges tienen el deber recíproco de mejorarse el uno al otro. No menees la cabeza. Así es este deber, y hay que cumplir con el deber, si hay verdadera voluntad de seguirme.
-¡Te muestras duro hoy, Maestro.
-No. Es que soy Maestro, y tengo frente a mí a una criatura que puede crecer en la vida de la Gracia. Si no fueras cual eres, te impondría menos. Pero tú tienes buen temple, y el sufrimiento depura y templa cada vez más tu metal. Un día me recordarás y me bendecirás por haber sido como soy.
-Mi marido no volverá sobre sus pasos…
-Tú irás, adelante. Llevando de la mano a la inocente, caminarás por el camino de la Justicia. Sin odio, sin venganza; pero también sin esperas inútiles ni añoranzas por lo que se ha perdido.
-¡Entonces sabes que lo he perdido!
-Lo sé. Pero no tú: es él el que te ha perdido a ti. No te merecía. . Ahora escucha… Es duro. Sí. Me has traído rosas y sonrisas inocentes para consolarme… Yo… no puedo hacer otra cosa sino prepararte a llevar la corona de espinas de las esposas abandonadas… Pero reflexiona.
Si pudiera retroceder el tiempo y llevarte nuevamente a aquella mañana en que Fausta agonizaba, y tu corazón fuera puesto en la condición de elegir entre tu hija y tu marido, debiendo perder con seguridad a uno de los dos, ¿qué elegirías?…
La mujer reflexiona, pálida pero sufriendo con fortaleza, después de las pocas lágrimas derramadas al principio del diálogo… Luego se inclina sobre la pequeñuela, que se ha sentado en el suelo y se divierte poniendo florecillas blancas todo alrededor de los pies de Jesús, la recoge, la abraza y grita:
-¡La elegiría a ella, porque a ella puedo darle mi propio corazón, y criarla como he aprendido que se debe vivir!
¡Mi hija! Y estar unidas incluso en el más allá. ¡Siempre su madre yo, siempre mi hija ella! -y la cubre de besos, mientras la pequeñuela se abraza a su cuello, toda amor y sonrisas.
-Dime, oh dime, Maestro que enseñas a vivir como héroes, ¿qué… cómo criarla para estar las dos en tu Reino? ¿Qué palabras, que hechos enseñarle?…
-No se necesitan palabras ni hechos especiales. Sé perfecta para que ella refleje tu perfección. Ama a Dios y al prójimo para que ella aprenda a amar. Vive en la Tierra con tus afectos en Dios. Ella te imitará. Por ahora, así.
Más tarde, el Padre mío, que os ha amado de manera especial, pondrá los medios para satisfacer vuestras necesidades espirituales, y os haréis sabias en la fe que llevará mi Nombre. Esto es todo lo que hay que hacer. En el amor a Dios encontrarás todo freno contra el Mal. En el amor al prójimo tendrás ayuda contra el abatimiento de la soledad. Y enseña a perdonar. A ti misma… y a tu hija.
¿Comprendes lo que quiero decir?
-Comprendo… Es cabal… Maestro, te dejo. Bendice a una pobre mujer… que es más pobre que una mendiga cuyo compañero le sea fiel…
-¿Dónde estás ahora? ¿En Jerusalén?
-No. En Béter. Juana, que es muy buena, me ha mandado a su castillo… Arriba sufría demasiado… Estaré allí hasta que vaya Juana a Jerusalén, o sea, hasta dentro de poco.
Va a bajar a Judea con tu Madre y las otras discípulas, con las primeras benignidades de la primavera. Después estaré con ella una temporada. Luego vendrán las otras y yo iré con ellas. Pero el tiempo habrá medicado ya la herida.
-El tiempo y, sobre todo, Dios y la sonrisa de tu niña. Adiós, Valeria. Que el Dios verdadero, que tú buscas con espíritu bueno, te conforte y proteja.
Jesús pone la mano encima de la cabeza de la pequeñuela, bendiciendo. Luego se acerca a la puerta cerrada y pregunta:
-¿Has venido sola?
-No. Con una liberta. El carro me espera en el bosque de antes del pueblo. ¿Todavía nos vamos a ver, Maestro?
-Para la Dedicación estaré en Jerusalén, en el Templo.
-Allí estaré, Maestro. Tengo necesidad de tus palabras para la nueva vida…
-Ve tranquila. Dios no deja sin ayuda a quien lo busca.
-Creo… ¡Oh, verdaderamente es triste nuestro mundo pagano!
-La tristeza se halla dondequiera que no haya verdadera vida en Dios. También en Israel se llora… Es porque ya no se vive en la Ley de Dios. Adiós. La paz sea contigo.
La mujer hace una profunda reverencia e insinúa algo a la niña. Y la pequeñuela levanta la cara, alarga sus bracitos y repite:
-¡Ave. Domine Jesu!
Jesús se agacha y coge a flor de labios el beso inocente que ya se forma en la boquita, y la bendice una vez más… Luego entra otra vez en la habitación y, pensativo, se sienta junto a las flores que están desparramadas en el suelo.
Pasa un rato así. Luego alguien llama a la puerta.
-Ven.
La puerta se entreabre y se introduce por la abertura la cara honesta de Pedro.
-¿Eres tú? Ven…
-No. Deberías venir Tú donde nosotros. Aquí hace frío. ¡Qué flores más bonitas! ¡Muy valiosas! -Pedro, mientras habla, observa a su Maestro.
-Sí, muy valiosas. Pero el gesto y el modo en que ha sido llevado a cabo valen más que las flores. Me las ha traído la hija de Valeria, la romana amiga de Claudia.
-¡Ya, ya sé! ¿Y por qué?
-Para consolarme. Saben lo que sufro, y Valeria ha tenido esta idea. Ha pensado que las flores de una niña inocente podrían consolarme…
-¡Una romana!… Y los de Israel te damos sólo dolor… La intuición de Judas era exacta. Decía que había visto un carro parado y que, sin duda, la mujer era una romana… y… y se ha intranquilizado, Maestro…
Pedro es, todo él, una pura pregunta.
Pero Jesús dice solamente:
-¿Dónde está Judas?
-Afuera. Quiero decir: en el camino, al principio del bosque. Quiere ver quién es el que ha venido a verte…
-Vamos a bajar.
Judas está ya en la cocina. Se vuelve y ve entrar a Jesús, y dice:
-¡Aunque quisieras, no podrías negar que esa mujer ha venido para… quejarse de algo! ¿Tienen, todavía, más cosas que decir? No tienen en qué ocuparse, si no es en espiar e informar y…
-No tengo obligación de responderte. Pero lo hago por todos. Y Simón Pedro ya sabe quién es, y a todos os digo la causa de su venida. También las criaturas que aparentemente son las más felices pueden tener necesidad de consuelo y consejo… Andrés, sube a recoger las flores que ha traído la niña y llévaselas al pequeño Leví.
-¿Por qué?
-Porque está muriéndose.
-¿Está muriéndose? ¡Pero si a la hora tercera lo he visto yo y estaba sano! -dice asombrado Bartolomé.
-Estaba sano. Antes del anochecer habrá muerto.
-Si está tan mal, no podrá gozar de las flores…
-No. Pero en esa casa abrumada las flores que envía el Salvador dirán una palabra luminosa.
Jesús se sienta mientras todos hablan de la labilidad de la vida. Entre tanto, Elisa se ha puesto el manto y ahora dice:
-Voy yo también con Andrés… ¡Esa pobre madre!…
Vese alejar a Andrés y a Elisa con las flores entre las manos… Jesús guarda silencio. También Judas, titubeante. Jesús está silencioso, pero no severo… Judas se mueve alrededor de Él, estimulado por el ansia de saber, por el ansia atormentada de quien no tiene en paz la conciencia.
Pero, al final, lo que hace es apartar a Pedro y preguntarle. Se sosiega después de hablar con Pedro, y va a pinchar a Mateo, que está escribiendo tranquilamente en un ángulo de la mesa.
Vuelve Andrés corriendo. Habla con congoja:
-¡Maestro, el niño está realmente agonizando… Al improviso… Parecían locos… Pero cuando Elisa ha dicho:
"Las manda el Señor" y yo… creía que hubieran comprendido: "para el lecho fúnebre", la madre y el padre… juntos, han dicho: "¡Oh! ¡Es verdad! Corre a llamarlo. Él lo curará".
-La palabra de la fe. Vamos -y Jesús sale casi corriendo. Naturalmente, todos lo siguen, incluso el viejo Juan, renqueando, al final de todos.
La casa está al final del pueblo. Pero Jesús llega pronto, y se abre paso entre la gente, que obstaculiza la puerta abierta. Va derecho a una habitación que está en el fondo del zaguán, porque es una casa grande, con muchos moradores, quizás hermanos unos de otros. En la habitación, inclinados sobre el improvisado lecho, el padre, la madre y Elisa… No ven a Jesús sino cuando dice: «La paz a esta casa». Entonces dejan el lecho los infelices padres, y se arrojan a los pies de Jesús. Sólo Elisa se queda donde estaba, ocupada en frotar los miembros, que ya van helándose, con sustancias aromáticas.
El pequeño está realmente en las últimas. Su cuerpo tiene ya la pesantez y el relajamiento de la muerte. Su carita está cérea; los orificios de la nariz, denegridos; los labios, violáceos. El pequeño respira con fatiga, espasmódico el pequeño pecho, y cada respiro, de tan separado como está del precedente, parece siempre el último.
La madre llora, apoyado el rostro en los pies de Jesús. El padre, también postrado hasta el suelo, dice: «¡Ten piedad! ¡Ten piedad!». No sabe decir nada más.
Jesús dice:
-Leví, ven aquí conmigo -y alarga los brazos.
El pequeño, un niñito de unos cinco años, sufre como una sacudida, como si alguien, mientras durmiera, le hubiera llamado fuerte. Se sienta sin fatiga, se restriega con los pequeños puños los ojitos, mira a su alrededor como asombrado, y, al ver a Jesús, abandona sonriente el lecho y, vestido con su blusón, va seguro hacia el Salvador. Los padres, estando, como están, inclinados, no ven nada.
Pero las exclamaciones de Elisa, que grita: « ¡Bondad eterna!», y de los apóstoles y curiosos, que desde el zaguán elevan un: « ¡Oh!» de estupor, les advierten de lo que está sucediendo, y levantan la cara del suelo y ven a su hijito allí, sano como si jamás hubiera agonizado… La alegría hace reír, llorar, gritar o callar, según las reacciones del individuo; aquí produce un estupor mudo, casi desconcertado…
Es demasiada la diferencia entre la condición precedente y la actual, los dos pobres padres, que ya estaban aturdidos por el dolor, hallan dificultad en acoger la alegría.
Pero al fin lo consiguen, mientras Jesús toma en brazos al niño. Entonces, al mutismo sigue un diluvio de palabras mezcladas con exclamaciones de alegría y bendición. Y es difícil seguir este diluvio de palabras que se superponen desordenadamente. Reconstruyo por ellas que hacia la hora sexta el niño, que estaba jugando en el huerto, había entrado en la casa quejándose de dolores abdominales.
Su abuela lo había tomado en brazos y lo había tenido cerca del fuego, y parecía mejorar. Pero luego, cercana ya la hora nona, había sufrido un vómito de materias intestinales y enseguida había entrado en la agonía.
La clásica peritonitis fulminante. Su padre, ante las primeras manifestaciones del mal, había corrido a Jerusalén y había vuelto con un médico, el cual, visto al niño -a quien, entretanto, le había venido el vómito-, había dicho:
«No puede vivir» y se había marchado… En efecto, cada minuto que pasaba, el pequeño empeoraba, y ya se ponía frío, y ellos, en medio de la angustia de la imprevista desgracia, no eran capaces de pensar en la salvación cercana. Solamente cuando Andrés y Elisa entraron con las flores diciendo: «Las manda Jesús a Leví», tuvieron como una luz interior y dijeron: «Jesús lo salvará».
-¡Y lo has salvado, bendito por toda la eternidad! ¡Tus flores! ¡La esperanza! ¡La fe! ¡Oh, sí, la fe en tu amor por nosotros! ¡Ordena como a esclavos! ¡Todo te debemos!…
Jesús los escucha, mientras sigue teniendo en brazos al niño. Los deja hablar hasta que se cansan, hasta que sus nervios, sometidos a tanta tensión, con el desahogo, se relajan. Luego dice dulcemente:
-Amo a los niños y a los corazones fieles. Todos vosotros, los de Nob, sois muy buenos conmigo. Si soy bueno con quien me odia, ¿qué no daré a quien me ama? Yo sabía… y sabía también que el dolor os hacía olvidar a la Fuente de la Vida. He querido señalaros el camino…
-¿Pero por qué no has venido Tú mismo, Señor? ¿Temías, acaso, que no te acogiéramos?
-No. Sabía que me recibiríais con amor. Pero entre estos que están alrededor de nosotros había alguno que necesitaba convencerse de que Yo no ignoro nada acerca de los hombres y del estado de los corazones. Y he querido también que otros comprendieran que Dios responde a quien lo invoca con fe.
Ahora estad en paz. Y creced cada vez más en la fe en la misericordia de Dios. La paz sea con todos vosotros. Adiós, Leví. Ve con tu mamá ahora. Adiós, mujer. Consagra al Señor también el fruto que llevas en tu seno, en recuerdo de la bondad que ha tenido el Señor para contigo. Adiós, hombre. Conserva tu espíritu en la justicia.
Se vuelve para marcharse, y pasa con dificultad entre los parientes que se apiñan en el zaguán (abuelos, tíos, primos del que ha recibido el milagro) y que quieren, todos, hablarle a Jesús, bendecirlo, ser bendecidos, besarle las vestiduras, las manos… Y luego, después de la numerosa parentela, está la gente del pueblo, que quiere hacer lo mismo.
Pero éstos -dejando a los de la casa bendecida por el milagro a gozar de su alegría-se echan a la calle en pos de Jesús. Y en las calles, ya oscuras, con el habitual ruido de las horas de fiesta, toda Nob conduce de nuevo a Jesús a la casita de Juan.
Y se hace necesaria toda la autoridad de los apóstoles para convencer a los del pueblo de que regresen a sus casas y dejen tranquilo al Maestro; y para conseguirlo, a la autoridad deben unir medios más enérgicos como la amenaza de que, si no lo dejan descansar, al día siguiente se marcharán todos de allí.
Por fin, el Cansado puede descansar…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Toda Nob duerme todavía. Es el primer claror del día. El alba, con las luces difuminadas del invierno, tiene delicadeza de colores irreales.
No es la luz verdeplata de las alboradas veraniegas, que tan rápidamente se afirma y se transforma en oro pálido y después en un rosa cada vez más encendido; es un verde jade, difuminado en un gris azul tenuísimo, la que la señala en el Oriente en un pequeño semicírculo, bajo, en el extremo del horizonte.
Un punto de una luminosidad velada y casi cansada, como de pálida llama de azufres encendidos tras cortinas de humo blanquecino. Y a duras penas se ensancha en el cielo, que todavía aparece ceniciento, aunque sea un cielo sereno todavía con estrellas que titilan sobre el mundo.
A duras penas rechaza el color grisáceo para abrir paso a su precioso color de pálido jade y al puro cobalto del cielo palestino. Parece, tímida y friolera, detenerse en el salto de Oriente. Se demora allí todavía, levísimamente dilatada en su semicírculo de luminosidad sulfúrea, y levísimamente diluido su color del verde muy claro al blanco mezclado con un atisbo de amarillo…
Cuando, he aquí que queda anulada por un subitáneo rosa que libera el cielo del último velo nocturno y lo pone terso y primoroso como un baldaquino de raso zafíreo; y un fuego se enciende en el extremo horizonte: como si se hubiera caído una pared y hubiera quedado al descubierto un horno ardiente. ¿Pero es fuego o es un rubí encendido por un fuego escondido? No. Es el Sol que surge. Ahí está.
En cuanto despunta por detrás de las curvas del horizonte, ya ha encontrado un mechón de nube para pintarlo de coral rosa, y a las gotas de rocío sobre las copas de los árboles de hoja perenne para cambiarlas en diamantes. Un alto roble, en el extremo del pueblo, tiene un velo de diamantes en las broncíneas hojas vueltas hacia Oriente.
Cada una parece una estrellita titilante entre las ramas de este gigante que se sumerge con su cima en el azul.
Quizás durante la noche algunas estrellan han descendido demasiado hacia el pueblo para susurrar secretos celestes a los habitantes de Nob, o quizás para consolar con su luz pura al Hombre que, insomne, camina silenciosamente allá arriba, por la terraza de Juan. Sí, porque Jesús está despierto -el único en toda Nob, durmiente-, y va y viene lentamente por la terraza de la casita con los brazos cruzados debajo del amplio manto que lo cubre entero bien ceñido, para defensa contra el frío, y que se ajusta como capucha también en la cabeza. Jesús, cada vez que llega a un extremo de la terraza, mira afuera y se asoma para ver la calle que pasa por el centro del pueblo.
Calle todavía semioscura, vacía, silenciosa. Y luego reanuda sus pasos hacia allá y hacia acá, yendo y viniendo lentamente, silenciosamente, generalmente con la cabeza agachada, meditabundo, alguna vez observando el cielo, que se hace cada vez más luminoso, y las encantadoras tonalidades del alba y de la aurora, o siguiendo con la mirada el vuelo vibrante del primer gorrión despertado por la luz, que deja la teja plana hospitalaria de un tejado cercano para bajar a picotear a los pies del viejo manzano de Juan. Y luego, habiendo visto a Jesús, alza el vuelo de nuevo, con un chip-chip medroso que despierta a otros pajaritos anidados acá o allá.
De un aprisco viene un balido de oveja y se pierde tremulento en el aire; de la calle, rumor de pisaduras presurosas. Jesús se asoma para mirar.
Luego baja rápidamente por la escalerita, entra en la cocina oscura, deja cerrada la puerta tras sí. Los pasos se acercan, ya suenan en la franja de huerto de un lado de la casa. Se detienen delante de la puerta de la cocina.
Una mano tienta la cerradura y siente que no está la llave; entonces mueve el pestillo -se puede accionar tanto desde fuera como desde dentro-, mientras una voz dice:
-¿Será que se haya levantado ya alguno?
Y una mano abre cautamente la puerta evitando que chirríe.
La cabeza de Judas de Keriot se introduce por la abertura… Mira… Oscuridad completa. Frío. Silencio.
-Se han olvidado abierta la puerta… Pues… me había parecido cerrada… ¡Bueno, no tiene importancia!… A los pobres no les roban los ladrones. ¡Y más miserables que nosotros!… ¡Pero… esperemos que… no siga mucho así!
¿Dónde está ese maldito eslabón?… No lo encuentro… Si logro encender el fuego… porque me he demorado; sí, verdaderamente me he demorado mucho… ¿Pero dónde estará? Demasiadas manos lo tocan. ¿Sobre el hogar? No… ¿Encima de la mesa? No… ¿En los bancos? No… ¿En la repisa?…
Tampoco… Esa puerta carcomida chirría cuando se la abre… Madera carcomida… goznes oxidados… Todo viejo, enmohecido, horrible, aquí. ¡Ah, pobre Judas! Y no está… No voy a tener más remedio que entrar por donde el viejo…
Sin parar de hablar y palpando acá y allá, invisible en la sombra, va apartando, cautamente como un ladrón o una ave nocturna, los obstáculos que podrían hacer ruido… Y choca contra un cuerpo… emite un grito, ahogado, de terror.
-No temas. Soy Yo. Y el eslabón está en mi mano. Aquí está. Enciende-dice Jesús con tono sereno.
-¿Tú, Maestro? ¿Qué hacías aquí solo, en la oscuridad, con el frío…? Hoy habrá muchos enfermos, después de un sábado y dos días de tiempo lluvioso, pero no estarán aquí tan temprano. Se pondrán en marcha desde las ciudades cercanas ahora, no antes, porque sólo ahora se comprende que hoy no va a llover. El viento de la noche ha secado ya los caminos.
-Lo sé. Pero enciende una luz. No es de personas honestas hablar así, en las tinieblas; es de ladrones, de personas que urden engaños, de lujuriosos, de asesinos. Los cómplices en las malas acciones buscan las tinieblas. Yo no soy cómplice de nadie.
-Yo tampoco, Maestro. Quería preparar un buen fuego. Y por eso he sido el primero en levantarme… ¿Qué dices, Maestro? Has susurrado algo entre dientes y no he comprendido.
-¡Venga, enciende!
-¡Ah!… Así, he visto que el día está sereno. Pero hace frío. A todos les gustará encontrar un buen fuego… ¿Te has levantado al oírme moverme aquí o por el viejo que…? ¿Tiene todavía dolores?… ¡Por fin! Parecían húmedos la yesca y el eslabón, porque se resistían mucho a hacer chispa… Se han mojado…
Una llamita se alza del pabilo de una lamparita. Una sola llamita, pequeña, trémula… pero suficiente para ver las dos caras: el pálido rostro de Cristo, el moreno e impertérrito de Judas.
-Ahora enciendo el fuego… Estás pálido como un muerto.
¡No has dormido! ¡Y por ese viejo! Eres demasiado bueno.
-Es verdad, soy demasiado bueno. Con todos. Incluso con los que no lo merecen. Pero el anciano lo merece. Es un hombre honrado, un hombre de corazón fiel. A pesar de todo, no he estado en vela por él, sino por otro. Es verdad, la yesca y el eslabón estaban húmedos, pero no por causa de una taza volcada, o de otro líquido derramado, sino por mi llanto que ha goteado encima.
Es verdad, el día está sereno, pero hace frío y el viento ha secado las calles, aunque hacia el alba ha caído el aguazo. Toca mi manto. Está húmedo… Y luego ha venido el alba para mostrar el tiempo sereno, ha venido la luz para mostrar un sitio vacío, ha venido el sol de la aurora para hacer brillar las gotas de rocío en las hojas y las lágrimas en las pestañas. Es verdad. Hoy habrá muchos enfermos, pero Yo no los esperaba a ellos. Te esperaba a ti.
Porque es por ti por quien he estado en vela toda la noche. Por ti, y, no pudiendo estar cerrado aquí a esperarte, he subido a la terraza, a echar al viento mi llamada, a mostrarles a las estrellas mi dolor y a la aurora mi llanto.
No el anciano enfermo, sino el joven licencioso, el discípulo que evita al Maestro, el apóstol de Dios que prefiere la cloaca antes que el Cielo y la mentira antes que la Verdad, me ha tenido en pie toda la noche. Esperándote. Y, cuando he oído tus pasos, he bajado aquí… a lo mismo, a esperarte, no ya físicamente -ya te tenía cerca, vagando con movimientos propios de un ladrón por la cocina oscura-, sino con tu sentimiento… He esperado una palabra… Y no la has sabido decir cuando
-Yo erguido-te has topado conmigo.
¿Entonces aquel al que estás vendiendo tu espíritu no te advirtió de que Yo sabía las cosas? ¡No, claro! No podía advertirte, ni podía sugerirte la única palabra que podías, que debías decir, si fueras un justo. Y te ha sugerido las falsedades no solicitadas, inútiles, más ofensivas aún que tu fuga nocturna. Te las ha sugerido con risa burlona, contento de haber conseguido que bajaras otro peldaño y de haberme causado otro dolor a mí.
Es verdad, vendrán muchos enfermos; pero el mayor enfermo no vendrá a su Médico. Y el propio Médico está enfermo de dolor por este enfermo que no quiere curarse. Es verdad, todo es verdad. También es verdad que he susurrado una palabra que no has comprendido. ¿Después de todo lo que te he dicho, la adivinas?
Jesús ha hablado con voz baja, pero tan incisiva y dolorosa y, al mismo tiempo, tan severa, que Judas, que al oír las primeras palabras estaba sonriente, erguido, arrogante, muy cerca de Jesús, poco a poco se ha ido retrayendo y contrayendo como si cada palabra hubiera sido un azote; mientras que Jesús se ha erguido cada vez más -(verdaderamente juez y verdaderamente trágico con esta efigie suya dolorida).
Judas, arrinconado ya entre una masera y un rincón de la pared, susurra:
-Pues… no sabría…
-¿No? Bueno, pues Yo te la digo, porque no temo decir lo que es verdad. ¡Embustero! Esto es lo que te he dicho. Y, si aun se puede soportar al niño mentiroso, porque desconoce el valor de una mentira, y se le enseña a no volverla a decir, en un hombre eso no se soporta, y en un apóstol, discípulo de la Verdad misma, da asco.
Absolutamente, da asco. Ya ves por qué te he esperado toda la noche y he llorado y he mojado la mesa, allí, donde estaba el eslabón, y luego he llorado velando y llamándote con toda el alma a la luz de las estrellas; ya ves por qué estoy mojado de rocío como el amador de los Cantares (5, 2-6).
Pero inútilmente mi cabeza está llena de rocío y mis rizos de las gotas de la noche, inútilmente llamo a la puerta de tu alma y le digo:
"Ábreme, porque te amo a pesar de que no seas inmaculada". Es más, precisamente porque está manchada es por lo que quiero entrar en ella y limpiarla; precisamente porque está enferma es por lo que quiero entrar a curarla. ¡Ten cuidado, Judas! Ten cuidado, no sea que el Esposo se aleje, y para siempre, y que no puedas volverlo a encontrar… Judas, ¿no hablas?…
-¡Ya es tarde para hablar! Tú lo has dicho: te doy asco. Arrójame de tu presencia…
-No. También los leprosos me causan asco. Pero siento compasión de ellos. Y, si me llaman, acudo y los limpio.
¿No quieres ser limpiado?
-Es tarde… y es inútil. No sé ser santo. Arrójame de tu presencia te digo.
-No soy uno de tus amigos fariseos, que llaman "impuro" a infinitas cosas y las evitan y las arrojan de su presencia con dureza, cuando podrían purificarlas con caridad. Yo soy el Salvador y no rechazo a ninguno…
Un largo silencio. Judas está en su rincón, Jesús está apoyado con la espalda en la mesa (parece sujetarse en ella, cansado y afligido)… Judas levanta la cabeza. Lo mira titubeante y susurra:
-Y, si yo te dejara, ¿qué harías?
-Nada. Respetaría tu voluntad. Orando por ti. Pero Yo también te digo que, aunque me dejaras, ya es demasiado tarde.
-¿Para qué, Maestro?
-¿Para qué? Lo sabes como Yo… Ahora enciende el fuego.
Por arriba alguien anda. Extingamos el escándalo aquí, entre nosotros. Para todos, hemos tenido un sueño breve… y el deseo de calor nos ha reunido aquí… ¡Padre mío!…
Y, mientras Judas acerca la llama a los haces que están ya en el hogar, y sopla para que la llama prenda en virutas ligeras, Jesús levanta las manos a su cabeza y luego las aprieta contra los ojos…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Son fríos y serenos días de invierno.
En la cima del montecito donde está construida Nob el viento no falta casi nunca, aunque templado por el sol, que desde la aurora al ocaso acaricia con sus rayos las casas y los huertos, que verdecen con verduras invernales Pequeños huertos al amparo de las casas, con pequeños bancales: verdes por las hortalizas, y con otros del color de la tierra cuando está bien nutrida, desnudos bancales ya preparados para la siembra de las legumbres.
Los ojos, mirando alrededor, donde no ven tono gris de olivos, o serpentino y esquelético fluir de vides desnudas, ven pequeños campos arados, ciertamente sembrados ya con cereales, que pronto germinarán con el primer calor de la precoz primavera palestina, llena de templanzas de sol.
Yo casi diría que en los días serenos, como es el que contemplo, hay ya templanza de primavera, germinadora, tanto que en los almendros rayanos a las casas las yemas se hinchan en las ramas que sólo pocos días antes aparecían completamente infecundas; yemas que apenas destacan en las ramas oscuras, oscuras también ellas, pero que ya testifican que la vida llega, que próximo a despertar está el robusto tronco.
En el pequeño huerto de Juan, en la parte de atrás de la casa, hay una franjita de terreno cultivado, mientras que el terreno que orilla la casa está custodiado por el nogal. En esa franjita se alza un grueso almendro -quizás más viejo que el amo-, tan pegado a la casa, que por un buen trecho de tronco ha tenido que echar ramas sólo por tres partes, porque en la cuarta la pared de la casita lo impedía. Pero, más arriba, el árbol se suelta formando una maraña de ramas que, cuando florezcan, deberán parecer una nube ligera por encima de la pobre terraza, un precioso dosel, más hermoso que un baldaquino regio.
Y para no estar ociosos, Jesús y los apóstoles trabajan bajo el solecito que alegra y calienta. Ceñida la túnica a la cintura, los que saben de carpintería y de cierres arreglan o hacen nuevos utensilios y jambajes. Otros excavan el terreno con la azada, o recalzan en las verduras trasplantadas, refuerzan un seto de cañas secas y de espino albar verde que cierra por dos partes el huertecillo, o podan el almendro y el nogal, y atan sarmientos que el viento del invierno ha desatado. He notado que donde está Jesús nunca se ocia.
Él es el primero en enseñar la belleza de la laboriosidad manual, cuando otras operaciones evangélicas están suspendidas. También hoy Jesús, junto con sus primos, está arreglando una puerta que en la parte baja estaba podrida y que tenía el cerrojo medio arrancado.
Por su parte, Felipe y Bartolomé trabajan con tijeras de podar y hocino en viejos árboles frutales, mientras los pescadores están atareados con unas sogas y unas mantas viejas: quién componiéndolas con unos puntos… muy masculinos, quién poniendo arandelas y carrillos (quizás con la intención de crear en la terraza un toldo útil en el verano).
-Vas a estar muy bien aquí, Elisa -dice Pedro asomándose por el antepecho de la terraza para hablar con la anciana discípula, que está hilando lana, sentada contra la soleada pared.
-Sí. Cuando la vid esté templada y el almendro arreglado, este lugar, en verano, será verdaderamente bueno -dice Felipe entre dientes, porque tiene en la boca unos juncos con los que está atando los sarmientos a los soportes.
Jesús levanta la cabeza para mirar, mientras Elisa la alza para mirar al Maestro y dice:
-¿Quién sabe si estaremos aquí en el verano?…
-¿Por qué no íbamos a estar, mujer? -pregunta Andrés.
-Pues… no sé… Yo no hago ya cálculos sobre el futuro desde que… desde que he visto que todos mis pronósticos terminaban con un sepulcro.
-¡Oye, pero tendría que morir el Maestro para no estar ya nosotros aquí! Ya el Maestro ha elegido este lugar como morada suya. ¿No es verdad, Maestro? -pregunta Tomás.
-Es verdad. Pero también es verdad lo que dice Elisa… -responde Jesús mientras trabaja con el cepillo en el lado de la puerta que está arreglando.
-Pero eres joven. ¡Y, sobre todo, estás sano!
-No se muere sólo de enfermedad -dice Jesús.
-¿Quién habla de muerte? ¿Tú, Maestro? ¿Para ti?… La verdad es que desde hace un tiempo parece calmado el odio. Mira, ya no nos molesta nadie. Saben que estamos aquí. Incluso ayer se encontraron con nosotros mientras volvíamos de la ciudad con las compras y no nos molestaron -dice Bartolomé.
-Sí. Lo mismo nosotros, mientras íbamos a los pueblos cercanos a avisar que estabas aquí. Nunca ninguna molestia. Y fíjate que se han visto Elquías y Simón, y luego Sadoq y Samuel, y también Nahum con… Doras. Es más, nos han saludado. ¿Verdad, Santiago? -dice Juan dirigiéndose a su hermano.
-Si. Debemos convenir en que el trabajo de Judas de Keriot ha sido verdaderamente bueno, mientras que nosotros en nuestro corazón lo criticábamos. ¡Hemos vuelto aquí, y ninguna molestia! Los hechos han confirmado sus palabras. Parece como si hubiéramos vuelto a los bonitos tiempos de Agua Especiosa. A los primeros de esos tiempos… ¡Oh, ojalá fuera verdad! -dice Santiago de Zebedeo.
-¡Ojalá fuera verdaderamente así! -suspira Pedro.
-No siempre el tiempo está sereno cuando no brama el rayo -sentencia Elisa haciendo girar su huso.
-¿Qué quieres decir con eso? -pregunta Pedro.
-Digo que a veces una gran paz en lugar donde hay tormentas es preparación a una tempestad más peligrosa que nunca. Tú, que eres pescador, deberías saberlo.
-¡Claro que lo sé, mujer! El lago, a veces, es una enorme tina llena de aceite azul; pero, casi siempre, cuando pende la vela y el agua está detenida de esa forma, pronto hay una tempestad, y de las peores. Viento de bonanza, viento de sepulcro para los navegantes.
-¡Mmm! ¡Ya! Por eso, si estuviera en vuestro lugar, desconfiaría de tanta paz. ¡Demasiada paz!
-¡Pero entonces! Si cuando hay guerra se sufre porque hay guerra y cuando hay paz se sufre porque puede venir la guerra aún más cruel, ¿cuándo puede uno sentirse feliz? -pregunta Tomás.
-En la otra vida. Aquí el dolor está siempre pronto.
-¡Uf, qué lúgubre estás, mujer! ¡Entonces está muy lejano el tiempo de felicidad! ¡Soy uno de los más jóvenes! Alégrate, Bartolomé, que eres el que más cerca está de gozarlo. Tú y el Zelote -dice de broma Santiago de Zebedeo.
-¡Lúgubre y sagaz, mujer! ¡Claro, las mujeres ancianas! Pero alguna vez aciertan. También mi madre, cuando dice a uno de nosotros: "¡Ten cuidado, que vas por el camino de cometer una estupidez por esto o por aquello otro!", adivina siempre dice Tomás, que está agachado escarbando en la tierra.
-Las mujeres son malignas o más astutas que los zorros. Nosotros no valemos nada respecto a ellas, para entender ciertas cosas que se querría que no entendieran -sentencia Pedro.
-Tú cállate, que a ti te ha tocado una mujer que creería incluso le dijeras que el Líbano se ha hecho de mantequilla. Lo que tú dice es ley para ella. Escucha, cree y calla -dice su hermano Andrés.
-Sí… pero su madre vale por ella y por otras cien mujeres. ¡Qué serpiente!
Todos se ríen, incluidos Elisa y el anciano que ayuda a los jóvenes a cavar.
Regresan el Zelote, Mateo y Judas de Keriot.
-Todo hecho, Maestro. ¡Venimos cansados! ¡Qué vuelta más grande! Pero mañana voy a descansar. Mañana os toca a vosotros -dice Judas Iscariote hablando a los que cavan la tierra. Y va donde ellos y coge una azada para trabajar.
-¿Pero si estás cansado por qué trabajas? -le pregunta Tomás.
-Porque tengo que plantar arbolitos. Este lugar está pelado como el cráneo de un viejo, y es una pena -sentencia, e hinca la azada en el suelo con enérgicos golpes con el pie.
-¡En los buenos tiempos no estaba así! Pero luego… Demasiadas cosas murieron, y a mí no me valía la pena trabajar en rehacer esto. Soy viejo y más que viejo, estaba desolado -responde el anciano.
-¿Pero qué agujeros estás haciendo? Para árboles, no para pequeños tallos, como dices -observa Felipe, que baja después de haber atado las vides.
-Cuando un árbol es joven es siempre un pequeño tallo. Los míos son eso. El tiempo es bueno. Me lo ha asegurado el que me los ha dado. ¿Sabes quién, Maestro? Pues ese pariente de Elquías que es cultivador. Y cultiva bien. ¡Un huerto! ¡Y unos olivos! Estaba renovando una parte del olivar. Le dije: "Dame de estos árboles". "¿Para quién?" preguntó. "Para un viejecito de Nob que nos alberga en su casa. Servirán para que me perdone todos los escándalos que le he dado".
-No, hijo. Eso puede suceder con una buena conducta, no con los árboles. Y con Dios. Yo… yo miro, oro y perdono. Pero mi perdón… De todas formas, te quedo agradecido por los arbolitos… Aunque… ¿Tú crees que podré comer sus frutos?
-¿Por qué no? Siempre hay que tener esperanza. Es más, siempre hay que querer triunfar… Y entonces se triunfa.
-¡No hay triunfo sobre la vejez! Y tampoco lo deseo.
-Sobre otras muchas cosas no hay triunfo. ¡Si bastara querer para tener! Yo tendría a mis hijos -suspira Elisa.
Maestro, lo que dice Elisa me hace recordar una pregunta que nos han hecho hoy algunos por el camino. Decían porque había sucedido un hecho en un pueblo-que si es verdad que el milagro es siempre prueba de santidad. Yo decía que sí. Pero ellos decían que no, porque en ese pueblo, que está en la frontera con Samaria, el que había realizado cosas extraordinarias, sin duda, no era un justo. Yo les he hecho callarse diciendo que el hombre juzga siempre mal y que aquel al que llamaban no justo quizás lo era más que ellos. ¿Tú que dices? -pregunta Mateo.
-Digo que teníais razón todos. Cada uno por su parte. Tú, diciendo que el milagro es siempre prueba de santidad. En términos generales es así. Y también diciendo que no se debe juzgar para no errar Pero también tenían razón ellos al sospechar otras fuentes de lo extraordinario del hombre.
-¿Qué fuentes? -pregunta Judas Iscariote.
-Las tenebrosas. Hay criaturas -adoradoras ya de Satanás, porque tienen el culto de la soberbia-que con tal de imponerse a los demás se venden al Tenebroso para tenerlo como amigo -le responde Jesús.
-¿Pero eso es posible? ¿No es una leyenda de países paganos el que el hombre pueda hacer contratos con el demonio y con los espíritus infernales? -pregunta, estupefacto, Juan.
-Es posible. No como se narra en las leyendas paganas, no con monedas y contratos materiales, sino con la elección, con la donación de sí al Mal con tal de gozar de una hora cualquiera de triunfo. En verdad os digo que los que, con tal de tener éxito en un propio fin, se venden al Maldito son más numerosos de lo que se cree.
-¿Y tienen ese éxito? ¿Obtienen exactamente aquello que piden? -pregunta Andrés.
-No siempre y no todo. Pero algo sí.
-¿Y cómo es posible? ¿Tan poderoso es el demonio como para poder remedar a Dios?
-Tanto… y nada, si el hombre fuera santo. Pero es que muchas veces el hombre es de por sí un demonio. Nosotros combatimos las posesiones evidentes, ruidosas, vistosas.
De ésas todos se dan cuenta… Son… poco cómodas para los familiares y convecinos, y, sobre todo, se manifiestan con formas materiales. El hombre percibe siempre lo material, lo que choca con sus sentidos. Lo inmaterial, lo que es perceptible solamente con lo inmaterial -razón y espíritu-no lo percibe, y, aunque lo perciba, no se ocupará de ello, especialmente si no le perjudica.
¡Estas posesiones ocultas, pues, escapan a nuestro poder de exorcistas! Y son las más dañinas, porque trabajan en la parte más selecta, con la parte más selecta y hacia otras partes selectas: de razón a razón, de espíritu a espíritu. Son como miasmas corruptores, impalpables, inadvertibles hasta que la fiebre de la enfermedad advierte a quien la ha adquirido que la ha adquirido.
-¿Y Satanás ayuda? ¿Verdaderamente? ¿Por qué? ¿Y por qué Dios lo deja actuar? ¿Y lo va a dejar actuar siempre? ¿Incluso cuando Tú ya reines?
Todos preguntan.
-Satanás ayuda para acabar de subyugar. Dios lo deja actuar porque de esta lucha entre lo Alto y lo Bajo, el Bien y el Mal, surge el valor de la criatura. El valor y la voluntad. Siempre lo dejará actuar. Aun después de que Yo haya sido elevado al Cielo. Pero entonces Satanás tendrá contra él a un enemigo bien grande y el hombre tendrá a una amiga bien poderosa.
-¿Quién? ¿Quién?
-La Gracia.
-¡Ah, bien! Entonces para los de nuestro tiempo, sin gracia, será más fácil ser subyugados, pero será también menos grave la caída -dice Judas Iscariote, que no para de cavar.
-No, Judas. El juicio será igual.
-Injusto entonces, porque si somos ayudados menos, como consecuencia, deberíamos ser condenados menos.
-No te falta algo de razón -dice Tomás.
-No, Tomás, estás equivocado. Porque los israelitas tenemos ya mucho de fe, esperanza, caridad, y muchas luces de Sabiduría, de forma que no podemos tener la excusa de la ignorancia. Y vosotros… vosotros que tenéis a la Gracia como Maestra vuestra desde casi tres años, seréis ya juzgados como los del tiempo nuevo -dice Jesús marcando mucho las palabras y mirando a Judas, que ha levantado la cabeza y está pensativo mirando fijamente hacia el vacío.
Luego Judas de Keriot menea la cabeza, como concluyendo un razonamiento interno suyo, y, hundiendo nuevamente la azada en la tierra, pregunta:
-¿Y el que se da así al demonio, qué es luego?
-Un demonio.
-¿Un demonio! De esa forma, si yo, por ejemplo, con tal de afirmar que el contacto contigo da un poder sobrenatural, hiciera cosas… que Tú censuras, ¿sería un demonio?…
-Tú lo has dicho.
-¡Espero que no las hagas, ¿no?!… -dice Andrés casi asustado.
-¿Yo? ¡Ja! ¡Ja! Yo planto los arbolitos a nuestro viejo -y corre al otro lado del huerto y vuelve con cinco plantas, pesadas, sin duda, por el terrón que envuelve sus raíces.
-¿Pero has venido desde Beterón con esa carga al hombro? -pregunta Pedro.
-¡Di, más bien, desde más allá de Gabaón! Allí es donde hay una parte de los huertos de Daniel. ¡Qué tierra más magnífica! ¡Mirad!… -y desmenuza entre sus dedos la tierra que envuelve las raíces. Luego desata el nudo que mantiene unidos los cinco tallitos (ya tan gruesos como un brazo). Sólo dos de ellos tienen ya en el extremo unas pocas hojas. Y son hojas de olivo.
-Mirad. Éste por Jesús y éste por María, que son la paz del mundo. Son los primeros que planto porque yo soy un hombre de paz. Aquí… y aquí -y los coloca en los dos extremos de la franjita de tierra -Y aquí un manzano, joven y bueno como el del Edén, para recordarte, Juan, que tú también vienes de Adán y no te debes asombrar de que… yo pueda ser pecador Cuidado, tú, con la Serpiente…
Y aquí… No, aquí no está bien. Allí delante, junto a la pared, esta higuera joven. ¿Cómo es posible no tener una higuera en el huerto, si aquí nacen como la grama? Y en el agujero del centro vamos a meter este joven almendro. Aprenderá del centenario la virtud de producir. ¡Ya está! Tu huertecito será bonito en un futuro… y, mirándolo, te acordarás de mí.
-Te recordaría de todas formas, porque has estado aquí con el Maestro. "Todo me hablará de este tiempo. Y, mirando las cosas, diré: "¡Como un hijo, Él quiso reparar mi casa!". No obstante, si pudiera tener un deseo distinto del que quizás ya está escrito en el Cielo, quisiera no tener la ocasión de recordar este tiempo tan hermoso para mí, más hermoso que cuando estos árboles, ahora viejos, eran jóvenes, y jóvenes éramos yo y mi esposa, y aquí jugaba mi hijita… y… cuidar el manzano y el granado, la higuera y la vid, daba satisfacción, porque las manitas de mi hija eran ávidas y era hermoso ver a mi esposa tejiendo o hilando sentada a la sombra verde de los árboles…
Después… una vez que se marchó mi hija -¡y tan desmemoriada!-… enferma y luego muerta mi esposa… ¿para qué cuidar y para quién lo que en el pasado fue hermoso? Y todo ha muerto, menos los dos viejotes que recuerdan mi infancia… Quisiera morir antes de tener la ocasión de recordar, y estando aquí una mujer justa, como era Lía. Te agradezco estos árboles, el trabajo, todo.
A todos os doy las gracias. Pero le ruego a mi Señor que desarraigue mi viejo árbol de este terreno antes de que concluya esta hora de paz para el viejo Juan…
Jesús se acerca a él y le pone una mano en el hombro, dulce y grave al mismo tiempo:
-Muchas cosas has sabido hacer en tu larga vida. Te falta todavía una: la de aceptar de Dios la hora de la muerte sin pedir que sea ni anticipada ni retrasada un minuto. A muchas cosas te has resignado.
Por eso, Dios te ama. Pues que sepas resignarte a la cosa más difícil: vivir cuando lo único que se desearía es morir. Y ahora vamos a entrar en la casa.
El sol desciende tras los montes y el frío aumenta enseguida. Empieza el sábado. Después del sábado terminaremos los trabajos… -y, recogiendo sierra, cepillo y martillo, entra de nuevo en casa, mientras los otros terminan de unir en haces las ramas podadas, terminan de regar los árboles plantados y de poner en sus goznes la puerta rehecha.