408- Multiplicación del trigo en los campos de José de Arimatea

También aquí trabajan fervientemente los segadores.

Es más -está mejor dicho -ha sido ferviente el trabajo de las segadores. Ya son inútiles las hoces, porque no hay en pie una sola espiga en estos campos aún más cercanos a la orilla mediterránea que los de Nicodemo.

Pero Jesús no ha ido a Arimatea, sino a los terrenos que José posee en el llano, hacia el mar, y que antes de la siega, por su gran extensión, debían ser otro pequeño mar de espigas.

Una casa baja, ancha, blanca, está ahí, en el centro de los campos desnudos. Una casa de campo, pero bien cuidada. Sus cuatro eras se están llenando de gran cantidad de gavillas, puestas en haces (como disponen los soldados el bagaje durante los altos en el campo). Muchos carros traen ese tesoro de los campos a las eras, y muchos hombres descargan y amontonan. José va de una era a otra y vigila que todo se haga, y se haga bien.

Un campesino, desde lo alto del montón hacinado en un carro, anuncia:

-Hemos terminado, patrón. Todo el trigo está en tus eras. Este es el último carro de tu último terreno.
-Bien. Descarga y luego suelta a los bueyes y llévalos a los pilones y a los establos. Han trabajado bien y merecen descanso. Y también todos vosotros habéis trabajado bien y merecéis descanso. Pero la última fatiga será leve, porque para los corazones buenos es alivio la alegría de los demás.

Ahora vamos a traer a los hijos de Dios y vamos a darles el don del Padre. Abraham, ve a llamarlos -dice luego volviéndose hacia un patriarcal campesino, que quizás es el primero de los campesinos al servicio de esta propiedad de José. Pienso esto porque veo que el respeto de los otros dependientes es muy visible hacia este anciano, que no trabaja pero ayuda al patrón vigilando y aconsejando.

Y el anciano va… Lo veo dirigirse hacia una vasta y muy baja construcción, más parecida a un cobertizo que a una casa, provista de dos puertas gigantescas que tocan el canalón. Creo que será una especie de almacén donde estén guardados los carros y los otros aperos de labranza.

Entra allí dentro y luego sale seguido por un heterogéneo y mísero grupo humano de todas las edades… y de todas las miserias… Hay seres macilentos, aunque sin desgracias físicas, y hay tullidos, ciegos, mancos, enfermos de los ojos… Muchas viudas rodeadas de sus muchos huerfanitos, o también las mujeres de algún enfermo, tristes, apocadas, enflaquecidas por las noches en vela y los sacrificios para cuidar al enfermo.

Vienen con ese aspecto particular de los pobres cuando van a un lugar donde recibirán una gracia: timidez en las miradas, esquivez propia del pobre honrado, no sin una sonrisa que aflora encima de la tristeza imprimida por días de dolor en los rostros demacrados, no sin una chispa mínima de triunfo, casi como una respuesta al destino, que se ha cebado sobre ellos en días tristes, continuos, una respuesta al destino:

-¡Hoy es fiesta, para nosotros también hay un día de fiesta, hoy es fiesta, es alegría, es consuelo para nosotros!

Los pequeños ponen ojos como platos al ver los montones de gavillas, más altos que la casa, y dicen a sus mamás mientras las señalan:
-¿Para nosotros? ¡Qué bonitas!
Los ancianos susurran:
-¡El Bendito bendiga al compasivo!
Los mendigos, tullidos, o ciegos, o mancos, o enfermos de los ojos:

-¡Por fin tendremos pan también nosotros, sin tener que alargar siempre la mano!

Y los enfermos a sus familiares:
-Al menos podremos medicarnos sabiendo que vosotros no sufrís por nosotros. Nos harán bien ahora las medicinas.
Y los familiares a los enfermos:

-¿Veis? Ahora ya no diréis que ayunamos para dejaros a vosotros el pedazo de pan. ¡Alegraos, pues, ahora!…
Y las viudas a los huerfanitos:

-Hijitos míos, habrá que bendecir mucho al Padre de los Cielos que os hace de padre, y al buen José, que es su administrador. Ahora no os oiremos llorar por hambre, hijos nuestros que tenéis sólo a vuestras madres para ayudaros… a vuestras pobres mamás, que de rico tienen sólo el corazón…

Un coro y un espectáculo que alegran, pero también hacen venir lágrimas a los ojos…

Y José, teniendo ya delante a estos infelices, se pone a recorrer las filas, a llamar a uno por uno, preguntando cuántos son en su familia, desde cuánto tiempo están viudas, o desde cuándo están en enfermos, etc… y toma nota. Y para cada caso ordena a los campesinos que están a su servicio:

-Da diez. Da treinta.
-Da sesenta -dice después de escuchar a un anciano semiciego que se le ha acercado con diecisiete nietecitos, todos por debajo de los doce años, hijos de dos hijos suyos, muertos uno en la siega del año anterior, la otra de parto…
-dice el anciano -el marido ha encontrado consuelo y se ha casado otra vez, pasado un año. Me ha remitido los cinco hijos diciendo que se preocuparía de ellos. Sin embargo, ¡jamás un sólo denario!… Ahora se me ha muerto también mi mujer estoy solo… con éstos…

-Da sesenta al anciano padre. Tú, padre, espera, que después te voy a dar vestidos para los pequeños.
El campesino observa que, si se va a sesenta gavillas por cada vez, no va a llegar el trigo para todos…

-¿Dónde está tu fe? Si acumulo y distribuyo las gavillas, ¿lo hago por mí? No. Es para los más amados hijos del Señor. El Señor mismo proveerá a que baste para todos -responde José al campesino.

-Sí, patrón. Pero el número es número…
-Y la fe es fe. Y yo, para mostrarte que la fe puede todo, ordeno que se doble la medida que ha sido dada a los primeros. Quien ha recibido diez que reciba otras diez, quien veinte otras veinte, y al anciano dadle ciento veinte. ¡Hacedlo! ¡Hacedlo!

Los campesinos se encogen de hombros y cumplen la orden. Y continúa la distribución, en medio del gozoso asombro de los beneficiados, que ven que les dan una medida que supera todas sus más descabelladas esperanzas. José sonríe por ello, y acaricia a los pequeñuelos, que ponen todo su ahínco en ayudar a sus mamás; o ayuda a los tullidos, que hacen su pequeño montón; ayuda a los ancianos demasiado caducos como para hacerlo; o a las mujeres demasiado macilentas; y ordena apartar a dos enfermos para darles otras ayudas, como ha hecho con el anciano de los diecisiete nietos. Los montones, más altos que la casa, ahora son muy bajos, casi al nivel del suelo. Pero todos han recibido su parte, y en medida abundante. José pregunta:

-¿Cuántas gavillas quedan todavía?
-Ciento doce, patrón -dicen los campesinos tras contar lo que queda.

-Bien. Tomaréis…
José recorre la lista de los nombres que ha apuntado, y dice:
-Tomaréis cincuenta. Las guardaréis para simiente, porque es semilla santa. Que se dé el resto, una a cada uno, a cada cabeza de familia aquí presente. Son exactamente sesenta y dos cabezas de familia.

Los campesinos obedecen. Meten bajo un pórtico las cincuenta gavillas y distribuyen el resto. Ahora las eras ya no tienen los voluminosos montones de oro. Pero, en el suelo, hay sesenta y dos pequeños montones de distinto volumen. Y sus propietarios, solícitos, los atan y los cargan en rudimentarias carretillas, o en precarios jumentos a los que han ido a desatar de un vallado que está detrás de la casa.

El anciano Abraham, que ha hablado aparte con los principales campesinos al servicio de José, se acerca con éstos al patrón, y éste les pregunta:
-¿Entonces? ¿Habéis visto? ¡Ha habido para todos! ¡Y ha sobrado!

-¡Pero patrón, aquí hay un misterio! Nuestros campos no pueden haber dado el número de gavillas que has distribuido. Yo he nacido aquí y tengo setenta y ocho años. Siego desde hace sesenta y seis. Y sé. Mi hijo tenía razón. ¡Sin un misterio, no habríamos podido dar tanto!…
-Pero que lo hemos dado es una realidad, Abraham. Tú estabas a mi lado. Los campesinos han entregado las gavillas. No hay ningún sortilegio. No es irrealidad. Las gavillas se pueden contar todavía. Están todavía allí, aunque sea divididas en muchas partes.

-Sí, patrón. Pero… No es posible que los campos hayan dado tantas gavillas.

-¿Y la fe, hijos míos? ¿Y la fe? ¿Dónde metéis la fe? ¿Podía desacreditar el Señor a su siervo, que prometía en su Nombre y con santo fin?

-¿Entonces tú has hecho un milagro? -dicen los campesinos, ya dispuestos a los gritos de hosanna.

-No soy hombre de milagros. Soy un pobre hombre. Lo ha hecho el Señor. Ha leído en mi corazón y ha visto en él dos deseos: el primero, llevaros a la misma fe; el segundo, dar mucho, mucho, mucho a estos hermanos míos infelices. Dios ha asentido a mis deseos… y ha actuado.

¡Bendito sea! -dice José inclinándose reverentemente como si estuviera delante de un altar.

-Y su siervo con Él -dice Jesús, que hasta ese momento ha estado oculto detrás de la esquina de una pequeña casa -no sé si horno o almazara -rodeada por un seto, y que ahora aparece abiertamente en la era donde está José.

-¡Maestro mío y Señor mío!! -exclama José, cayendo de rodillas para venerar a Jesús.

-La paz a ti. He venido para bendecirte en nombre del Padre. Para premiar tu caridad y tu fe. Soy huésped tuyo esta noche. ¿Me aceptas?

-¡Oh, Maestro! ¿Y lo preguntas? La única cosa… La única cosa es que aquí no voy a poder darte honor… Estoy con mis domésticos-campesinos… en mi casa del campo… No tengo vajilla fina ni maestros de mesa ni criados capacitados… No tengo ni manjares ni vinos selectos…

No tengo amigos… Será una hospitalidad muy pobre… Pero bueno, serás comprensivo… ¿Por qué, Señor, no me has avisado? Habría dispuesto lo necesario… Pero anteayer Hermas, con los suyos, estuvo aquí… Es más, he aprovechado sus servicios para avisar a éstos, a quienes quería dar, devolver, lo que es de Dios… ¡Pero Hermas no me dijo nada! ¡Si lo hubiera sabido!… Permíteme,

Maestro, que dé indicaciones, que trate de remediar… ¿Por qué sonríes así? -pregunta, en fin, José, que está todo agitado por la improvisa alegría y por la situación que juzga… desastrosa.

-Sonrío por tus inútiles penas. José, ¿qué buscas? ¿Lo que tienes?

-¿Qué tengo? No tengo nada.
-¡Cuán hombre eres todavía! ¿Por qué no eres ya el José espiritual de hace un rato, cuando hablabas como persona sabia y prometías, seguro, por la fe y para dar la fe?

-¡Oh! ¿Has estado oyendo?

-He oído y he visto, José. Aquel seto de laureles es muy útil para ver que lo que he sembrado no ha muerto en ti. Y por esto te dije que te creas inútiles penas. ¿Que no tienes ni maestros de mesa ni servidores capacitados? Pero si donde se ejercita la caridad esta Dios, y donde está Dios están sus ángeles.

¿Y qué maestros de casa quieres tener más capacitados que ellos? ¿Que no tienes ni manjares ni vinos selectos? ¿Y qué manjar quieres ofrecerme, y qué bebida, más selectos que el amor que has tenido hacia éstos y tienes hacia mí? ¿Que no tienes amigos para darme honor? ¿Y éstos? ¿A qué amigos ama el Maestro de nombre Jesús más que a los pobres y a los infelices? ¡Ánimo, hombre, José!

Ni siquiera convirtiéndose Herodes y abriéndome sus salas para recibirme y darme honor, en un palacio purificado, y teniendo con él los jefes de todas las castas para darme honor, Yo tendría una corte más selecta que ésta. Y quiero dirigirles unas palabras y ofrecerles un don. ¿Permites?

-¡Pero Maestro, si todo lo que Tú quieres lo quiero yo! Ordena.

-Diles que se reúnan. Que se reúnan también los campesinos. Para nosotros siempre habrá un pan… Mejor es que ahora escuchen mi palabra en vez de correr para acá o allá, afanándose en pobres cuidados.
La gente se apiña con diligencia, asombrada…

Jesús habla:
-Aquí habéis visto que la fe puede multiplicar el trigo cuando este deseo viene de un deseo de amor. Pero no limitéis vuestra fe a las necesidades materiales. Dios creó el primer grano de trigo y desde entonces el trigo produce espigas para el pan de los hombres. Pero Dios creó también el Paraíso, que espera a sus ciudadanos.

Ha sido creado para los que viven en la Ley y permanecen fieles a pesar de las pruebas dolorosas de la vida. Tened fe y lograréis conservaros santos con la ayuda del Señor, de la misma forma que José ha logrado asignar el doble de trigo para haceros felices doblemente y confirmar en la fe a sus campesinos. En verdad, en verdad os digo que si el hombre tuviera fe en el Señor, y esa fe fuera por un justo motivo, ni siquiera las montañas, hincadas en el suelo con sus entrañas rocosas, podrían resistir, y ante la orden de quien tiene fe en el Señor cambiarían de sitio. ¿Tenéis vosotros fe en Dios? -pregunta dirigiéndose a todos.

-¡Sí, Señor!

-¿Quién es Dios para vosotros?

-El Padre santísimo, como enseñan los discípulos del Cristo.
-¿Y el Cristo quién es para vosotros?
-El Salvador. El Maestro. ¡El Santo!
-¿Sólo esto?
-El Hijo de Dios. Pero no se debe decir, porque los fariseos nos persiguen si lo decimos.
-¿Pero vosotros creéis que lo es?
-Sí, Señor.

-Pues bien, creced en vuestra fe. Aunque calléis vosotros, las piedras, las plantas, las estrellas, el suelo, todas las cosas, proclamarán que el Cristo es el verdadero Redentor y Rey Lo proclamarán en la hora de su elevación, cuando lo envuelva la púrpura santísima y tenga la corona de Redención. Bienaventurados los que sepan creer esto ya desde ahora, y que más aún lo crean entonces, y tengan fe en Cristo y, por tanto, vida eterna. ¿Tenéis vosotros esta fe inquebrantable en Cristo?

-Sí, Señor. Enséñanos dónde está Él, y nosotros le pediremos que aumente nuestra fe para ser bienaventurados de esa forma.

Y la última parte de esta súplica la dicen no sólo los pobres, sino también los campesinos, los apóstoles y José.

-Sí tenéis fe como un grano de mostaza, y la tenéis -perla preciosa -en el corazón, sin dejar que os la arrebate ninguna cosa humana, o sobrehumana pero mala, podréis todos decir incluso a ese robusto moral que da sombra al pozo de José:

“Arráncate de ahí y trasplántate a las olas del mar".
-¿Pero Cristo dónde está? Lo esperamos para ser curados. Los discípulos no nos han curado, pero nos han dicho: "Él puede hacerlo". Quisiéramos curarnos para trabajar -dicen unos hombres enfermos o impedidos.

-¿Y creéis que Cristo lo puede? -dice Jesús mientras hace una señal a José de que no diga que Cristo es Él.
-Lo creemos. Es el Hijo de Dios. Lo puede todo.
-Sí. Lo puede todo… ¡Y lo quiere todo! -grita Jesús extendiendo con imperio el brazo derecho y bajándolo como para jurar. Y termina con un grito potente: « ¡Y así sea,
para gloria de Dios!».

Y hace ademán de volverse hacia la casa. Pero los curados, unos veinte, gritan, se acercan y lo encierran en un laberinto de manos extendidas para tocar, bendecir, buscar sus manos, sus vestidos, para besar, acariciar. Lo aíslan de José, de todos…

Y Jesús sonríe, acaricia, bendice… Se libera lentamente y, todavía seguido, desaparece entrando en la casa, mientras los gritos de hosanna suben al cielo, que se pone violáceo con el principio del crepúsculo.

407- En los campos de Nicodemo. La parábola de los dos hijos

Jesús llega durante una fresca aurora. Es hermosa esta fértil campiña del buen Nicodemo bajo las primeras luces del sol.

Hermosa a pesar de que muchas parcelas ya hayan sido segadas y muestren el aspecto cansado de los campos tras la muerte de las mieses, que, en parvas de oro, o todavía extendidas en el suelo como cadáveres, esperan a que las lleven a las eras.

Y con ellas mueren los lises estrellados y zafíreos, las violáceas becerras, las menudas corolas de las escabiosas, el lábil cáliz de las campanillas, los rientes nimbos radiados de las camomilas y margaritas, las violentas amapolas y las cien otras flores que, en forma de estrellas o de panojas, de ramos o de nimbos radiados, reían antes donde ahora hay… amarillez de rastrojos.

Pero, para consuelo del dolor de la tierra despojada de sus mieses, están las frondas de los árboles frutales, cada vez más alegres por los frutos que ya crecen y se pincelan con distintas tonalidades, y que, en esta hora, tienen el brillo de un polvo diamantino por las gotitas de rocío todavía no evaporadas por el sol.

Los campesinos están ya trabajando, contentos de acercarse ya al final del fatigoso trabajo de la siega; y cantan mientras siegan, y ríen alegres, desafiándose a quién es más rápido y experto en manejar la hoz o apretar las gavillas… Filas y filas de bien nutridos campesinos, contentos de trabajar para su buen señor. Y, en las lindes de los campos, o detrás de los atadores, niños, viudas, ancianos, que esperan para espigar, y esperan sin ansia porque saben que habrá para todos, como siempre, «por orden de Nicodemo», como explica una viuda a Jesús, que le ha preguntado.

-Vigila dice -para que, a sabiendas, se dejen muchas espigas fuera de las gavillas, para nosotros. Y, no satisfecho todavía de tanta caridad, después de coger el justo fruto en proporción a lo sembrado, distribuye el resto entre nosotros. ¡Y no es que espere a hacerlo en el año sabático!

(El año sabático era el último año de una serie de siete, y en él debía cesar, por ejemplo, un estado de esclavitud o el pago de una deuda. Respecto a la tierra, cesaba el trabajo del hombre, y los productos crecidos espontáneamente estaban reservados para los pobres y para los animales, como se prescribe en Éxodo 23, l0-ll y en Levítico 25, 3 – 7. La institución del año sabático está en relación con la del sábado, es decir, del reposo del séptimo día, recordado con frecuencia en la Obra valtortiana, y prescrito en Éxodo 20, 8-ll; 23, l2; 3l, l2-l7, Levítico 23, 3; 25, l-2)

Esto de favorecer al pobre con sus cereales lo hace siempre, y lo mismo hace con las aceitunas y la vid.

Por eso Dios lo bendice con cosechas milagrosas. Las bendiciones de los pobres son como rocío para las semillas y las flores, y hacen que cada semilla dé varias espigas y que no caiga una flor sin cuajar en fruto. Y este año nos ha dicho que todo es nuestro, porque es un año de gracia.

No sé a qué gracia se refiere. A no ser que sea porque decimos nosotros los pobrecillos y dicen sus felices dependientes que es discípulo en secreto del que dice ser el Cristo, que predica el amor a los pobres para mostrar amor a Dios… Quizás lo conoces, si eres amigo de Nicodemo… Porque los amigos normalmente tienen los mismos afectos… José de Arimatea, por ejemplo, es muy amigo de Nicodemo, y también de él se dice que es amigo del Rabí… ¿Oh, qué he dicho? ¡Que Dios me perdone! ¡He perjudicado a dos hombres buenos de la llanura!…

La mujer está consternada.
Jesús sonríe y pregunta:
-¿Por qué, mujer?

-Porque… Dime: ¿eres verdadero amigo de Nicodemo y de José, o eres uno del Sanedrín, uno de los falsos amigos que harían daño a dos hombres buenos si tuvieran la certeza de que son amigos del Galileo?

-Tranquilízate. Soy verdadero amigo de estos dos hombres buenos. Pero tú sabes muchas cosas, mujer. ¿Cómo las sabes?

-¡Todos las sabemos! Arriba con odio, abajo con amor. Porque, aunque no conozcamos al Cristo, lo amamos; nosotros, el desecho de todos, amados sólo por Él, que enseña a amarnos. Y tememos por Él… ¡Son tan pérfidos los judíos, los fariseos, los escribas y los sacerdotes!… ¡Oh, te estoy escandalizando!… Perdona.

Es lengua de mujer y no sabe callar… Pero es porque todo el dolor nos viene de ellos, de los poderosos que nos aplastan sin piedad y nos obligan a ayunos no prescritos por la Ley, sino impuestos por la necesidad de encontrar denarios para pagar todos los diezmos que ellos, los ricos, han cargado sobre los pobres… Y es porque toda la esperanza está en el reino de este Rabí que, si es tan bueno ahora que lo persiguen, ¿cómo será cuando pueda ser rey!

-Su Reino no es de este mundo, mujer. No tendrá ni palacios ni soldados. No impondrá leyes humanas. No distribuirá denarios, pero enseñará a los mejores a hacerlo. Y los pobres encontrarán no dos o diez o cien amigos entre los ricos, sino que todos los que creen en el Maestro unirán sus bienes para ayudar a los hermanos sin bienes. Porque de ahora en adelante no se llamará "prójimo" al propio semejante, sino "hermano", en nombre del Señor.

-¡Oh!…
La mujer está admirada, soñando ya esta era del amor. Acaricia a sus niños, sonríe, luego levanta la cabeza y dice:

-¿Entonces me aseguras que no he perjudicado a Nicodemo… hablando contigo? Me ha venido espontáneo… ¡Son tan dulces tus ojos!… ¡Es tan sereno tu aspecto!… No sé… Me siento segura como si estuviera al lado de un ángel de Dios… Por eso he hablado…

-No has perjudicado. Puedes estar segura. Es más, has dicho de mi amigo una gran alabanza, por la que Yo lo alabaré y lo apreciaré más todavía… ¿Eres de estos lugares?

-¡No, no, Señor! Soy de entre Lida, y Bet-Dagón. ¡Pero, cuando hay posibilidad de alivio, uno corre, Señor, aunque sea largo el camino! Más largos son los meses de invierno y hambre…

-Y más larga que la vida es la eternidad. Habría que tener para el alma la diligencia que se tiene para la carne, y correr a donde hay palabras de vida…

-Yo lo hago con los discípulos del Rabí Jesús, el bueno, el único bueno de entre los demasiados rabíes que tenemos.
-Haces bien, mujer -dice Jesús sonriendo y haciendo una señal a Andrés y a Santiago de Zebedeo -que están con Él, mientras que los otros han ido hacia la casa de Nicodemo -de que dejen de hacer un verdadero jeribeque para dar a entender a la mujer que el Rabí Jesús es el que le está hablando.

-Claro que hago bien. No quiero tener el pecado de no haberlo amado y no haber creído en Él… Dicen que es el Cristo… Yo no lo conozco. Pero quiero creer. Porque pienso que buena les va a caer a los que no quieren aceptarlo como tal.

-¿Y si sus discípulos estuvieran en un error? -pone a prueba Jesús.

-No puede ser, Señor. Son demasiado buenos, humildes y pobres como para pensar que sigan a uno no santo. Y además… He hablado con gente curada por Él. ¡No cometas el pecado de no creer, Señor! Te condenarías el alma… En fin…, yo creo que, aun en el caso de que todos estuviéramos en error y Él no fuera el Rey prometido, seguro que es santo y amigo de Dios, si dice esas palabras y cura almas y cuerpos… Y estimar a los buenos siempre beneficia.

-Bien has hablado. Persevera en tu fe… Ahí está Nicodemo…
-Sí. Con algunos discípulos del Rabí. Es que están evangelizando por los campos a los segadores. También ayer comimos su pan.

Nicodemo, entretanto, sin haber visto al Maestro, se acerca, vestido con una sucinta túnica, y ordena a los campesinos que no recojan ni siquiera una espiga de las que han segado.

-Tenemos pan para nosotros… Vamos a dar el don de Dios a quien carece de él. Y démoselo sin temor. El hielo tardío podía habernos destruido los cereales, y no se ha perdido ni una sola semilla. Devolvamos a Dios su pan dándoselo a sus hijos infelices. Y os aseguro que la cosecha del año que viene será aún más fructífera, el mi por ciento, porque Él lo ha dicho: “A quien dé le será dada una medida rebosante".

Los campesinos, deferentes y contentos, escuchan al amo con gesto de asentimiento. Y Nicodemo, de una parcela a otra, de una fila a otra, va repitiendo su orden buena.
Jesús, semioculto por una cortina de cañas que hay en una zanja divisoria, aprueba y sonríe. Y aumenta su sonrisa a medida que Nicodemo se va acercando y va siendo inminente el encuentro y la sorpresa.

Ya está saltando la pequeña zanja para pasar a las otras parcelas… ya se queda petrificado frente a Jesús, que tiende a él los brazos. En fin, le vuelve la palabra:
-Maestro santo, ¿cómo Tú, bendito, a mí?

-Para conocerte, si hubiera necesidad, por las palabras de los testigos más verdaderos: las personas a las que
favoreces…

Nicodemo está de rodillas, profundamente prosternado hasta tocar el suelo; también están de rodillas los discípulos, capitaneados por Esteban y José de la Emaús montana. Los campesinos intuyen, Intuyen los pobres, y todos están de rodillas con devotísimo estupor. -Alzaos. Hasta hace poco era el Viandante que inspira confianza… Seguidme viendo todavía así. Y amadme sin miedos. Nicodemo, he mandado a tu casa a los diez que faltan…

-He pasado la noche fuera, para cuidar de que se cumpliera una orden…
-Sí. Una orden por la que Dios te bendice. ¿Qué voz te ha dicho que éste es un año de gracia, y no el año que viene, por ejemplo?

…No lo sé… Y sí que lo sé… No soy profeta, pero tampoco estúpido. A mi inteligencia se ha unido una luz del Cielo. Maestro mío… quería que los pobres gozaran de los dones de Dios mientras Dios está todavía en medio de los pobres… Y no me atrevía a esperar tenerte aquí, a dar sabor delicado y potencia santificadora a estos cereales, y a mis aceitunas, y a las viñas y pomares, que serán para los pobres hijos de Dios, mis hermanos… Pero ahora que estás aquí, alza tu bendita mano y bendice, para que, junto con el alimento para la carne, descienda a los que lo coman la santidad que de ti emana.

-Sí, Nicodemo. Justo deseo que el Cielo aprueba.
Y Jesús abre los brazos para bendecir.

-¡Espera! Que voy a llamar a los campesinos -y con un silbato silba tres veces; un silbido agudo que se expande por el aire quieto y provoca una carrera de segadores, espigadores, curiosos, de todas las partes. Una pequeña muchedumbre…

Jesús abre los brazos y dice:
-Por la fuerza del Señor, por el deseo de su siervo, la gracia de la salud del espíritu y de la carne descienda a cada uno de los granos, a cada uva, aceituna o fruto, y favorezca y santifique a los que lo coman con espíritu bueno, libre de concupiscencias y de odios y deseoso de servir al Señor con la obediencia a su divina y perfecta Voluntad.

-Así sea -responden Nicodemo, Andrés, Santiago, Esteban y los otros discípulos… -Así sea -repite la pequeña muchedumbre, y se levantan, porque se habían arrodillado para ser bendecidos.

Suspende las labores, amigo. Quiero hablarles.
-Don sobre don. ¡Gracias por ellos, Maestro!
Van a la sombra de un espeso pomar y esperan a que se unan a ellos los diez que han sido enviados a la casa. Estos llegan jadeantes, y desilusionados de no haber encontrado a Nicodemo.

Luego Jesús habla:

-La paz sea con vosotros. Os voy a proponer, a todos vosotros que estáis alrededor de mí, una parábola. Y que cada uno coja la enseñanza y la parte que más sintonice con él. Oíd. Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y dijo: "Hijo mío, ven a trabajar hoy en la viña de tu padre". ¡Gran signo de honor este del padre!

Consideraba al hijo capaz de trabajar en donde, hasta ese momento, el padre había trabajado. Señal de que veía en su hijo buena voluntad, constancia, aptitud, experiencia y amor hacia su padre Pero el hijo, un poco distraído por cosas del mundo, temiendo aparecer externamente como un siervo -Satanás usa estos espejismos para alejar del Bien -, temiendo burlas y quizás incluso represalias de enemigos de su padre, que contra éste no se atrevían a levantar la mano pero que tendrían menos consideraciones con su hijo, respondió:

"No voy. No tengo ganas". El padre fue entonces al otro hijo y le dijo lo mismo que había dicho al primero; y el segundo hijo respondió enseguida:

"Sí, padre. Voy inmediatamente".

¿Pero qué sucedió? Pues que el primer hijo, siendo de ánimo recto, después de un primer momento de debilidad en la tentación y de rebelión, arrepentido de haber disgustado a su padre, fue a la viña sin decir nada y estuvo trabajando todo el día aprovechando hasta la anochecida; luego volvió satisfecho a su casa, con la paz en el corazón por el deber cumplido. El segundo, por el contrario, mentiroso y débil, salió de casa, sí, pero luego se entretuvo a vagabundear por el pueblo haciendo inútiles visitas a amigos influyentes, de los cuales esperaba obtener alguna ventaja. Y decía en su corazón:

"Mi padre es viejo y no sale de casa. Le diré que le he obedecido y se lo creerá…". Pero, llegado el anochecer también para él y habiendo regresado a casa, su aspecto cansado de ocioso, los indumentos sin arrugas y el saludo inseguro a su padre, que lo observaba y lo comparaba con el primero -que había vuelto cansado, sucio, despeinado, pero jovial y con una mirada humilde y sincera, buena, que, sin querer jactarse del deber cumplido, quería decir al padre:

"Te amo. Te amo de verdad. Tanto que, para complacerte, he vencido la tentación" -hablaron claramente al intelecto del padre, el cual, abrazando al hijo cansado, dijo: "¡Bendito tú, porque has comprendido el amor!". Efectivamente, ¿qué os parece? ¿Cuál de los dos había amado? Sin duda decís: "El que había hecho la voluntad del padre suyo". ¿Y quién la había hecho? ¿El primero o el segundo hijo?

-El primero -responde la gente con unanimidad.
-El primero. Sí. También en Israel, y vosotros os quejáis de ello, no son los que dicen: “¡Señor! ¡Señor!", dándose golpes de pecho sin tener en su corazón el verdadero arrepentimiento de sus pecados -tanto es así, que cada vez se hacen más duros de corazón -, no son los que ostentan devotos ritos para que los llamen santos, y luego, privadamente, se comportan sin caridad ni justicia, no son éstos, que se rebelan en verdad contra la voluntad de Dios que me envía y la impugnan como si fuera voluntad de Satanás -y esto no será perdonado -, no son éstos los que son santos a los ojos de Dios; sino que lo son los que, reconociendo que Dios todo lo que hace lo hace bien, acogen al Enviado de Dios y escuchan su palabra para saber hacer mejor, cada vez mejor, lo que el Padre quiere; son éstos los que son santos y amados para el Altísimo.

En verdad os digo: los ignorantes, los pobres, los
publicanos, las meretrices precederán a muchos que son llamados "maestros", "poderosos", "santos", y entrarán en el Reino de Dios.

Y será justo. Porque vino Juan a Israel para guiarlo por los caminos de la Justicia, y demasiado Israel no lo creyó, el Israel que a sí mismo se llama "docto y santo", mientras que los publicanos y las meretrices lo creyeron. Y he venido Yo, y los doctos y santos no me creen, y, sin embargo, creen en mí los pobres, los ignorantes, los pecadores. Y he hecho milagros, y ni siquiera se ha creído en ellos, y tampoco viene arrepentimiento de no creer en mí; al contrario, se desata el odio contra mí y contra los que me aman.

Pues bien, digo: "Benditos los que saben creer en mí y hacer esta voluntad del Señor en que hay salud eterna". Aumentad vuestra fe y sed constantes. Poseeréis el Cielo, porque habréis sabido amar la Verdad.

Podéis marcharos. Dios esté siempre con vosotros.
Los bendice y se despide de ellos. Luego, al lado de Nicodemo, se dirige hacia la casa del discípulo para estar en ella mientras el sol abrasa…

406- En Joppe. Palabras inútiles a Judas de Keriot y diálogo sobre el alma con algunos Gentiles

Veo a Jesús sentado en un patio interior de una casa de decente aspecto, pero no lujosa. Parece muy cansado. Está sentado en un banco de piedra colocado al lado de un pozo, bajo de brocal, sobre el cual hay una pérgola verde en forma de arco. Los racimos apenas si se insinúan.

Hace poco debe haber caído la flor, y los pequeños granos parecen de mijo, colgados de sutiles pedúnculos verdes.

Jesús tiene apoyado el codo derecho en la rodilla derecha, y el mentón en el hueco de la mano; algunas veces, como para descansar mejor, apoya el brazo, doblado, en el borde del pozo, y en el brazo la cabeza. Como si quisiera dormir. El pelo entonces desciende como velo sobre su rostro cansado, que, si no, vese pálido y serio entre las matas onduladas de sus cabellos blondo-rojos.

Una mujer va y viene con las manos enharinadas, pasando de una habitación de la casa a un tabuco que está en el lado opuesto del patio y que debe ser el horno. Todas las veces mira a Jesús. Pero no turba su descanso. Debe estar ya cercano el atardecer, porque el sol apenas ya toca la cima de la terraza que corona la casa; cada vez menos, cada vez menos, hasta que la abandona.

Unas diez palomas quieren bajar al patio, zureando, para su última comida. Giran alrededor de Jesús, como para hacerse idea de quién es el desconocido, y, desconfiadas, no se atreven a posarse en el suelo. Jesús deja sus pensamientos y sonríe, extiende una mano, vuelta hacia arriba la palma, y dice:

-¿Tenéis hambre? Venid -como si hablara a seres humanos. La más audaz se posa en esa mano, y después de ésta, otra y otra más. Jesús sonríe: «No tengo nada Yo» dice ante sus peticiones hechas de arrullos. Y luego llama a la mujer en voz alta: « ¡Mujer! Tus palomas tienen hambre. ¿Tienes grano para ellas?».

-Sí, Maestro. Está en el saco que hay debajo del pórtico. Voy yo ahora.
-Deja. Se lo doy Yo. Me gusta.
-No irán. No te conocen.

-¡Tengo ya palomas en los hombros y hasta en la cabeza!…
Jesús camina, en efecto, con su extraña cimera, hecha de una paloma plomosa, que tiene un pecho que parece una coraza preciosa por su riqueza de tornasoles.
La mujer, incrédula, se asoma y exclama:

-¡Oh!
-¿Lo ves? Las palomas son mejores que los hombres, mujer. Sienten quién las quiere. Los hombres… no.
-No te preocupes por lo sucedido, Maestro. Aquí son pocos los que te odian; los otros, si no todos, te quieren, te respetan al menos.

-No, si esto no me deprime. Lo digo para hacerte la observación de que frecuentemente los animales son mejores que los hombres.

Jesús ha abierto el saco y ha hundido en él su larga mano, ha extraído el dorado grano y se lo ha puesto en el vuelo de su manto. Lo cierra y vuelve al centro del patio, defendiéndose de la intromisión de las palomas, que quieren servirse ellas mismas. Abre su taleguito y esparce por el suelo los granos, y ríe ante el carrusel que forman estas glotonas aves, y por sus riñas. Pronto acaba la comida. Las palomas beben en un plato hondo que hay junto al pozo, y miran todavía a Jesús.

-Ahora marchaos. No hay nada más.

Los animalitos revolotean y se posan aún un poco en los hombros y las rodillas de Jesús para volver luego a sus nidos. Jesús cae de nuevo en su meditación.
Golpes vigorosos en la puerta. La mujer se apresura a abrir. Son los discípulos.
-Venid -dice Jesús.

-¿Habéis distribuido el dinero a los pobres?
-Sí, Maestro.

-¿Hasta la última moneda? Recordad que lo que nos dan no es para nosotros, sino para la caridad. Nosotros somos pobres y vivimos de la misericordia de los demás. ¡Desdichado el apóstol que aprovecha su misión para fines humanos!

-¿Y si un día estamos sin pan y nos acusan de violar la Ley porque imitamos a los gorriones desgranando espigas?
-¿Te ha faltado algo alguna vez, Judas?, ¿algo esencial, desde que estás conmigo? ¿Has caído desfallecido alguna vez por el camino?

-No, Maestro.
-¿Cuando te dije: "Ven", te prometí comodidades y riquezas? En mis palabras a los que me escuchan, he prometido alguna vez que daría a los "míos" ganancia en la Tierra'?

-No, Maestro.
-¿Y entonces, Judas? ¿Por qué estás tan distinto? ¿No sabes, no sientes que tu descontento, tu mengua me producen dolor? ¿No ves que este descontento se comunica a tus hermanos? ¿Por qué, Judas, amigo, tú que has sido llamado a tan alto destino, tú que viniste con tanto entusiasmo a mi amor y a mi luz, ahora me abandonas?
-Maestro, no te abandono. Soy el que más se preocupa de ti, de tus intereses, de tu éxito. Quisiera verte triunfar en todas partes, créeme.

-Lo sé. Humanamente quieres esto. Ya es mucho. Pero Yo no quiero eso, Judas, amigo mío… He venido para mucho más que un triunfo humano y un reino humano… He venido, no para dar a mis amigos migajas de un triunfo humano, sino para daros una retribución generosa, llena, copiosa; una retribución que de tan llena no es ya retribución: es coparticipación en mi Reino eterno, es unión en los derechos de hijos de Dios… ¡Oh! ¡Judas! ¿Por qué no te exalta esta sublime herencia, a que se accede por renuncia, pero que no conoce ocaso?

Ven más cerca, Judas. ¿Ves? Estamos solos. Los otros han comprendido que quería hablarte a ti, distribuidor de mis… riquezas, de las limosnas que el Hijo del hombre, que el Hijo de Dios recibe para darlas en nombre de Dios y del Hombre al hombre. Y se han retirado a la casa. Estamos solos, Judas, en esta hora tan dulce del atardecer en que nuestro corazón vuela a nuestras casas lejanas, a nuestra, madres, que, sin duda, mientras preparan sus cenas solitarias, piensan en nosotros y acarician con su mano el lugar donde nos sentábamos antes de esta hora de Dios, en que la Voluntad santísima nos ha tomado para promover el amor a Él en espíritu y en verdad.

¡Nuestras madres! La mía, tan santa y pura, y que tanto os quiere y que ora por vosotros, amigos de su Jesús… La mía, cuya única paz en las tribulaciones de su maternidad de Madre del Cristo, es la de verme rodeado de vuestro afecto… No defraudéis, no hiráis este corazón de Madre, amigos. ¡No lo quebrantéis con una mala acción vuestra! Tu madre, Judas. Tu madre, que la última vez que hemos pasado por Keriot no terminaba de bendecirme y quería besarme los pies, porque es feliz de que su Judas esté en la luz de Dios, y me decía: "¡Oh! ¡Maestro! ¡Haz santo a mi Judas!

¿Qué quiere un corazón de madre, sino el bien de su hijo? ¿Y qué bien hay mayor que el Bien eterno?". ¡Exacto! ¡Qué bien será mayor, Judas, que aquel al que quiero llevaros y al cual se llega siguiendo mi camino? Santa mujer tu madre, Judas. Una verdadera hija de Israel. No quise que me besara los pies, porque sois mis amigos y porque en cada una de vuestras madres, en cada madre buena, veo a la mía, Judas.

Y Yo quisiera que vosotros, en la vuestra, vierais a la mía con su tremendo destino de Corredentora; y no quisierais matarla, no, no quisierais matarla… porque os parecería matar a la vuestra.

Judas, no llores. ¿Por qué llorar? Si no tienes en el corazón nada que te remuerda hacia tu madre, que lo es también mía, ¿por qué te brota ese llanto? Ven aquí, pon la cabeza en mi hombro y manifiesta a tu Amigo tu angustia.

¿Has faltado? ¿Te sientes próximo a faltar? ¡Oh! ¡No estés solo! Vence a Satanás con la ayuda de quien te ama. Soy Jesús, Judas. Soy el Jesús que sana las enfermedades y expulsa a los demonios. Soy el Jesús que salva… y que te quiere mucho, que se aflige viéndote tan debilitado. Soy el Jesús que enseña que se debe perdonar setenta veces siete. Pero Yo, en mi caso, no setenta sino setecientas, siete mil veces siete os perdono… y no hay pecado, Judas, no hay pecado, Judas, no hay pecado, Judas, que Yo no perdone, que Yo no perdone, que Yo no perdone, si, arrepentido, el culpable me dice: “Jesús, he pecado". Menos aún, si tan sólo dice:

"¡Jesús!". Aún menos, con sólo mirarme suplicante. Y los primeros pecados que perdono, ¿sabes, amigo, a quiénes se los perdono? A los más culpables y a los más arrepentidos.

Y los primeros en absoluto que perdono, ¿sabes cuáles son?: los pecados contra mí.

¿Judas?… ¿No encuentras una palabra de respuesta para tu Maestro?… ¿Tan grave es tu angustia que te corta la palabra? ¿Temes que te denuncie? ¡No lo temas! Hace mucho que quiero hablarte así, teniéndote apoyado en mi Corazón, como dos hermanos nacidos en una cuna, de un único parto, casi una carne sola, dos que se han intercambiado recíprocamente el tibio pezón y han sentido el sabor de la saliva fraterna unida al dulzor de la leche materna.

Ahora te tengo y no te dejo, hasta que no me digas que te he curado. No temas, Judas. Es una confesión lo que quiero. Pero tus compañeros, de tanto como resplandecerán después de este coloquio nuestros rostros, de paz recíproca y de recíproco amor, pensarán que es un coloquio de amor.

Y haré que lo crean cada vez más, teniendo tu cabeza sobre mi pecho esta noche en la cena, untándote mi propio pan y ofreciéndotelo con predilección, y serás el primero al que dé la copa, después de haber dado las gracias a Dios.

Serás el rey del convite, Judas. Y lo serás realmente. Esposa del Esposo serás, oh alma a la que amo, si te haces puro y libre, depositando tu fango en mi seno purificador ¿Todavía no hablas para explicarme tu llanto?

-Me has hablado tan dulcemente… de mi madre… de la casa… de tu amor… Un momento de debilidad… ¡Estoy tan cansado!… Y me parecía que Tú ya no me amaras así desde hacía tiempo…

-No. No es esto. En tus palabras no hay más que una verdad: que estás cansado. Pero no cansado del camino, del polvo, del sol, del barro, de la multitud. Estás cansado de ti. Tu alma está cansada de tu carne y de tu mente. Tan cansada que acabará apagándose por mortal cansancio.

¡Pobre alma a la que llamé a los resplandores eternos! ¡Pobre alma que sabe que te amo y te acusa de arrebatarla a mi amor! ¡Pobre alma que te acusa -inútilmente, como Yo, inútilmente, te acaricio con mi amor -de obrar engañosamente con tu Maestro! Pero no eres tú el que actúa. Es el que te odia y me odia. Por eso te decía: "No estés solo".

Pues bien, escucha. Tú sabes que mis noches pasan en gran parte en oración. Si un día sientes en ti la valentía de ser hombre y la voluntad de ser mío, ven a mí mientras tus compañeros duermen. Las estrellas, las flores, los pájaros son testigos prudentes y buenos. Secretos. Compasivos. Se horrorizan por el delito cometido, ante sus ojos, pero no toman la palabra para decir a los hombres:

"Éste es un Caín de su hermano". ¿Has comprendido, Judas?
-Sí, Maestro. Pero, créeme, lo único que me pasa es que estoy cansado y emocionado. Yo te amo con todo mi corazón y…
-Bien. Basta.

-¿Me das un beso, Maestro?
-Sí, Judas. Éste y otros te daré…

Jesús suspira profundamente, con pena. Pero besa a Judas en la mejilla. Y luego le toma la cabeza entre las palmas y teniéndolo bien apretado entre la prensa de sus manos, frente a sí, a la distancia de pocos decímetros, lo mira fijamente, lo escruta, lo perfora con su mirada magnética.

Y el infame de Judas ni se inmuta. Aparentemente permanece impertérrito ante este examen. Sólo se pone un poco pálido y cierra un instante los ojos. Y Jesús lo besa en los párpados bajados, y luego en la boca y luego en el corazón, agachando la cabeza para buscar el corazón del discípulo… y dice:

-Para alejar las ofuscaciones, para hacerte sentir la dulzura de Jesús, para fortalecerte el corazón.

(El beso en la boca como señal de amistad en el Israel del tiempo de Jesús era algo usual, acostumbrado; actualmente se practica en el pueblo ruso y otros países orientales; en España o Francia es costumbre, sin embargo, besarse en las mejillas los parientes)

Y luego lo suelta y se encamina hacia la casa, seguido por Judas.

-¡Llegas a punto, Maestro! Todo está listo. Te esperábamos sólo a ti -dice Pedro.

-Ya. Bien. Estaba hablando con Judas de muchas cosas… ¿Verdad, Judas? Habrá que pensar también en aquel pobre anciano al que le mataron al hijo.

-¡Ah!
Judas coge al vuelo esta buena ocasión para terminar de recobrarse y para desviar las sospechas de los demás, si es que las hubiera.

-¡Ah! ¿Sabes, Maestro? Hoy nos ha parado un grupo de gentiles mezclados con judíos de las colonias romanas de Grecia. Querían saber muchas cosas. Hemos respondido como hemos podido. Pero está claro que no los hemos convencido. De todas formas, han sido buenos y nos han dado mucha moneda. Aquí está, Maestro. Vamos a poder hacer mucho bien.

Y Judas pone en la mesa una gruesa bolsa de blanda piel, la cual, golpeando contra aquélla, suena con sonido de plata. Es gruesa como una cabeza de niño.
-De acuerdo, Judas. Distribuirás el dinero con equidad. ¿Qué querían saber esos gentiles?

-Cosas sobre la vida futura… si el hombre tiene alma y si es inmortal. Mencionaban los nombres de maestros suyos. Pero nosotros… ¿qué podíamos decir?
-Debíais haberles dicho que vinieran.
-Se lo hemos dicho. Quizás vienen.

Sigue la comida. Jesús tiene cerca a Judas y le da el pan mojado en el jugo que hay en el plato de la carne asada.
Están comiendo pequeñas aceitunas negras cuando se oye llamar a la puerta. Pasado un momento, entra la mujer de la casa y dice:

-Maestro, te requieren.
-¿Quiénes son?
-Hombres extranjeros.
-¡Imposible! ¡El Maestro está cansado! ¡Lleva todo el día andando y hablando! ¡Y además, gentiles en casa! ¡Figúrate!». Los doce están revolucionados como una colmena disturbada.
-¡Chist! ¡Paz! No me es fatigoso escuchar a quien me busca. Es mi descanso.
-¡Podría ser una trampa! ¡A esta hora!…

-No. No lo es. Estad tranquilos y descansad vosotros. Yo ya he descansado mientras os esperaba. Voy. No os pido que vengáis conmigo, a pesar de que… a pesar de que os digo que precisamente a los gentiles tendréis que llevar vuestro judaísmo, que ya no será sino cristianismo. Esperadme aquí».

-¿Vas solo? ¡Ah! ¡Eso nunca! -dice Pedro, y se levanta.

-Quédate donde estás. Voy solo.

Sale. Se asoma a la puerta de la calle. En el crepúsculo son muchos hombres los que esperan.
-La paz sea con vosotros. ¡Me requeríais?
-¡Salve, Maestro!

Habla un anciano de grave aspecto, vestido con una túnica romana que sobresale bajo un pequeño manto de forma redondeada y provista de capucha, que cubre su cabeza.
-Hoy hemos hablado con tus discípulos. Pero no nos han sabido decir mucho. Quisiéramos hablar contigo.

-¿Sois los de la generosa limosna? Gracias por los pobres de Dios». Jesús se vuelve a la dueña de la casa y dice:

«Mujer, salgo con éstos. Di a los míos que vengan a reunirse conmigo a la orilla, porque, si no veo mal, éstos son comerciantes de los emporios…

-Y navegantes, Maestro. Bien ves.

Salen todos juntos a la calle, iluminada por un hermoso claro de luna.
-¿Venís de lejos?

Jesús está en el centro del grupo. A su lado, el anciano que habló primero, un anciano de buena presencia y afilado perfil latino. Al otro lado va otro también entrado en años, de rostro netamente hebreo; y luego, alrededor, dos o tres delgados y aceitunados, de ojos penetrantes y un poco irónicos, y otros más robustos de distintas edades.

Unas diez personas.

-Somos de las colonias romanas de Grecia y Asia. Parte judíos, parte gentiles… No nos atrevíamos a venir por este motivo… Pero nos han asegurado que no desprecias a los gentiles… como hacen los otros… Los judíos observantes, quería decir, los de Israel, porque en otros lugares también los judíos son… menos intransigentes.

Tanto que yo, romano, tengo por esposa a una judía de Licaonia, y éste, hebreo de Éfeso, tiene por esposa a una romana.

-No desprecio a nadie… Pero hay que comprender a quienes todavía no saben pensar que, siendo Uno el Creador, todos los hombres son de una única sangre.

-Sabemos que eres grande entre los filósofos. Y cuanto dices lo confirma. Grande y bueno.
-Bueno es quien hace el bien. No quien habla bien.
-Tú hablas bien y obras el bien. Por tanto eres bueno.
-¿Qué queríais saber por mí?

-Hoy -y perdona, Maestro, si te cansamos con nuestras curiosidades, pero son curiosidades buenas, porque buscan con amor la Verdad -, hoy queríamos saber por los tuyos la verdad acerca de una doctrina que fue ya señalada por filósofos antiguos de Grecia, y que Tú -eso nos dicen -vuelves a predicar más grande y hermosa. Eunica, mi mujer, habló con judíos que te escucharon y me repitió aquellas palabras. Es que Eunica, griega, es culta y conoce las palabras de los sabios de su patria. Encontró puntos comunes entre tus palabras y las de un gran filósofo griego. Y también a Éfeso llegaron esas palabras tuyas.

Conque, habiendo venido a este puerto, quién por comercio, quién por rito, nos hemos encontrado de nuevo los amigos y hemos hablado. Los negocios no distraen de pensar también en otras cosas más elevadas. Llenados los almacenes, y las bodegas, tenemos tiempo de resolver esta duda. Tú dices que el alma es eterna. Sócrates dice que es inmortal. ¿Conoces las palabras del maestro griego?

-No. No he estudiado en las escuelas de Roma ni de Atenas. Pero, de todas formas, habla. Te entiendo igualmente. No ignoro el pensamiento del filósofo griego.

-Sócrates, contrariamente a lo que creemos nosotros los de Roma, y también a lo que creen vuestros saduceos, admite y sostiene que el hombre tiene un alma, y que ésta es inmortal. Dice que, siendo inmortal, la muerte no es más que una liberación para el alma y paso de ella de una cárcel a un lugar libre, donde se reúne con aquellos a quienes amó, y allí conoce a los sabios de cuyo ingenio oyó hablar, y a los grandes, a los héroes, a los poetas, y no encuentra ya ni injusticias ni dolor, sino felicidad eterna, en una morada de paz, abierta a las almas inmortales que vivieron con justicia. ¿Tú que opinas de esto, Maestro?

-En verdad te digo que el maestro griego, a pesar de estar en el error de una religión no verdadera, estaba en la verdad llamando inmortal al alma. Buscador de lo Verdadero y cultor de la Virtud, sen tía en el fondo de su espíritu susurrar la voz del Dios desconocido, del verdadero Dios, del Dios único: el altísimo Padre de quien Yo vengo para llevar a los hombres a la Verdad. El hombre tiene un alma.

Una. Verdadera. Eterna. Señora. Merecedora de premio o castigo. Toda suya. Creada por Dios. Destinada, en el Pensamiento creador, a volver a Dios. Vosotros, gentiles, demasiado os dedicáis al culto de la carne. Admirable obra, en verdad, que lleva la señal del Pulgar eterno. Demasiado admiráis la mente, joya encerrada en el cofre de vuestra cabeza, desde donde emana sus sublimes rayos.

Grande, supremo don de Dios Creador, que os ha hecho según su Pensamiento como formas, o sea, obra perfecta de órganos y miembros, y os ha dado su semejanza con el Pensamiento y con el Espíritu. Pero la perfección de la semejanza está en el espíritu. Porque Dios no tiene miembros ni calígine de carne, como tampoco tiene sentidos ni fómite de lujuria, sino que es Espíritu purísimo, eterno, perfecto, inmutable, incansable en el obrar, y se renueva continuamente en sus obras, adecuadas paternalmente al camino ascendente de su criatura.

El espíritu, creado por una misma Fuente de potencia y bondad, para cada hombre, no conoce inicial variación de perfección, pero conoce muchas variaciones a partir de su infusión en la carne. Uno solo es el Espíritu increado y perfectísimo, y que siempre ha permanecido así; tres han sido los espíritus creados perfectos y…

-Uno eres Tú, Maestro.
-No Yo. En mi Carne Yo tengo el Espíritu divino, no creado sino generado por el Padre por exuberancia de amor. Y tengo alma, el alma que me ha creado el Padre, siendo Yo, ahora, el Hombre; alma perfecta como conviene al Hombre Dios. Hablo de otros espíritus.

(No Yo. En una copia mecanografiada, MV añadió: Habla aquí como Dios-Verbo “por quien todas las cosas fueron
hechas ", incluso su alma de Hombre. Si hablara como Hombre, diría que Dios, o sea, también Él, creó "el único espíritu perfectísimo" para unirlo a su Carne de Verbo encarnado en que todos las perfecciones convergen. Y habla con gentiles, por tanto, de forma adecuada a su ignorancia pagana)

-¿Cuáles, pues?

-Los dos progenitores de quienes viene la raza, creados perfectos y posteriormente caídos, voluntariamente, en imperfección. El tercero, creado para delicia de Dios y del Universo, es demasiado superior a la posibilidad de pensamiento y de fe del mundo de ahora como para que os lo señale. Los espíritus, decía, creados por una misma Fuente con igual medida de perfección, sufren luego, por su mérito y voluntad, una dúplice metamorfosis.

-¿Entonces admites segundas vidas?

-No hay más que una vida. En ella el alma, que ha recibido la semejanza inicial con Dios, pasa, por la justicia fielmente practicada en todas las cosas, a una más perfecta semejanza, a una, diría, segunda creación de sí misma, por lo que pasa a una doble semejanza con su Creador, haciéndose capaz de pasar a poseer la santidad, que es perfección de justicia y semejanza de hijo con el Padre. Ésta se da en los bienaventurados, o sea, en aquellos que vuestro Sócrates dice que habitan en el Hades, mientras que Yo os digo que, cuando la Sabiduría haya dicho sus palabras y las haya firmado con la sangre, éstos serán llamados los bienaventurados del Paraíso, del Reino, es decir, de Dios.

-¿Y dónde están ahora éstos?
-Esperando.
-¿A qué?
-Al Sacrificio. Al Perdón. A la Liberación.
-Se dice que será el Mesías el Redentor, y que ése eres Tú… ¿Es verdad?

-Es verdad. Soy Yo, el que os habla.
-¿Entonces deberás morir? ¿Por qué, Maestro? El mundo tiene mucha necesidad de Luz, ¿y Tú quieres dejarlo?
-¿Tú, griego, me preguntas esto? ¿Tú, en quien las

palabras de Sócrates tienen trono?
-Maestro, Sócrates era un justo. Tú eres santo. Mira cuánta necesidad de santidad tiene la Tierra.
Aumentará potenciada diez mil veces por cada dolor, cada herida, cada gota de mi Sangre.

-¡Por Júpiter! Jamás hubo un estoico mayor que Tú, que no te limitas a predicar el desprecio de la vida, sino que te apresuras a desecharla.

-No desprecio la vida. La amo como la cosa más útil para comprar la salvación del mundo.
-¡Pero eres joven, Maestro, para morir!

-Tu filósofo dice que los dioses aman lo santo, y tú me has llamado santo. Si soy santo, debo tener sed de volver a la Santidad de la cual he venido. Nunca tan joven, pues, como para no tener esta sed. Dice también Sócrates que quien es santo anhela hacer cosas gratas a los dioses. ¿Qué cosa más grata que restituir al abrazo del Padre a los hijos que la culpa ha alejado y dar al hombre la paz con Dios, fuente de todo bien?

-Dices que no conoces las palabras socráticas. ¿Cómo es que sabes entonces estas que dices?

-Yo sé todo. El pensamiento de los hombres -cuanto es pensamiento bueno -no es sino el reflejo de un pensamiento mío. Cuanto no es bueno no es mío; de todas formas, lo he leído en las épocas históricas y he sabido, sé y sabré, cuando fue, es y será dicho. Yo sé.

-Señor, ven a Roma, faro del mundo. Aquí estás rodeado de odio, allí te rodeará la veneración.

-Al hombre. No al Maestro de lo sobrenatural. Yo he venido para lo sobrenatural, que debo ofrecer a los hijos del pueblo de Dios, a pesar de que sean los más duros con el Verbo.

-¿Roma y Atenas no te tendrán, entonces?
-Me tendrán. No temáis. Me tendrán. Los que quieran tenerme me tendrán.
-Pero si te matan…

-El espíritu es inmortal. El de cada uno de los hombres. ¿No lo va a ser el mío, Espíritu del Hijo de Dios? Iré con mi Espíritu operante… Iré… Veo las muchedumbres infinitas y las casas elevadas en honor de mi Nombre… Están en todos los lugares… Hablaré en las catedrales y en los corazones… No conocerá pausa mi evangelización… El Evangelio recorrerá la Tierra… los buenos, todos a mí… y… paso a la cabeza de mi ejército de santos, y lo llevo al Cielo. Venid a la Verdad…

-¡Oh! ¡Señor! Tenemos el alma envuelta en fórmulas y en errores ¿Cómo lograremos abrir sus puertas?
-Yo abriré las puertas del Infierno, abriré las puertas de vuestro Hades y de mi Limbo. ¿No voy a poder abrir las vuestras? Decid "Quiero" y, como cierre hecho con alas de mariposa, caerán pulverizadas al paso de mi Rayo.
-¿Quién vendrá en tu Nombre?

-¿Veis a aquel hombre que viene hacia aquí junto con otro poco más que adolescente? Ellos irán a Roma y al mundo. Y con ellos muchos otros. Tan diligentes, como ahora, por el amor a mí que los impulsa y que no los deja hallar descanso sino a mi lado, irán, por el amor de los redimidos por mi Sacrificio, a buscaros, a reuniros, a conduciros a la Luz. ¡Pedro! ¡Juan! Venid. He terminado, creo. Ahora estoy con vosotros. ¿Tenéis algo más que decirme?

-Sí, Maestro. Que nos vamos y llevamos con nosotros tus palabras.
-Germinen en vosotros con raíces eternas. Id. La paz sea con vosotros.
-Salve a ti, Maestro. Y la visión termina…
Pero dice todavía Jesús:

-¿Estás agotada? El dictado ha sido cansado. Más dictado que visión. Pero es un tema deseado por algunos. ¿Quién? Lo sabrás en mí Día. Ahora ve en paz tú también.

Por mi parte añado que el coloquio entre Jesús y los gentiles tenía lugar en una calle de ciudad marítima paralela a la orilla. Bien visibles con el claro de luna eran las serenas olas, que iban a morir con resaca en los escollos del rompeolas de un vasto puerto lleno de naves.

No he podido decirlo antes, porque el grupo ha hablado sin parar y, si describía el lugar, perdía el hilo de las palabras. Hablan caminando por un tramo de la calle cercano al puerto. La calle está solitaria porque no hay viandantes, y todos los marineros han regresado a sus naves, cuyos faroles rojos se ven resplandecer como estrellas de rubí en la noche. Esta ciudad (Joppe) es bonita e importante.

405- Descanso en un henil y discurso a la entrada de Emaús de la llanura. El pequeño Miguel

Cabe la puerta de Emaús hay una casa de campesinos. Silenciosa, porque todos están en los campos trabajando.

En el corral ya están amontonadas las gavillas del día anterior. Y hay heno en los rústicos heniles. El sol abrasador del mediodía extrae un olor caliente del heno y las gavillas. No se oye ruido alguno, aparte del zureo de las palomas y la parlería de los gorriones, siempre chismosos y pendencieros. Las unas y los otros van, sin tregua, del tejado o de los árboles cercanos a los montones de gavillas y de heno, y -son los primeros de entre todos los que saborearán esos productos -picotean entre las espigas enhiestas, se enzarzan con golpes de ala, giran para arramplar más semillas, para robar las pajitas más blandas de heno, ávidos, batalladores, libres de escrúpulos.

Los únicos ladrones comunes en Israel (donde -lo he notado -existe el máximo respeto a la propiedad ajena). ¡Las casas tienen ganas de estar abiertas, y los corrales y viñas sin guardia!

Aparte de los rarísimos profesionales de la depredación, los verdaderos bandidos que asaltan en las quebradas de los montes, no hay ladronzuelos, y, ni siquiera, simplemente… golosos que alarguen la mano hacia el árbol frutal o hacia el pichón ajeno. Cada uno va por su camino y, aun cuando atraviesa la propiedad del prójimo, es como si no tuviera ni ojos ni manos.

Es verdad que la hospitalidad se ejercita tan ampliamente que no hay necesidad de robar para poder comer. Sólo para Jesús, y por causa de un odio que es tan grande que suspende la costumbre secular de ser hospitalarios con el peregrino; sólo para Él, se verifica el hecho de casas que niegan hospitalidad y comida. Pero para los otros, generalmente, siempre hay piedad, especialmente entre las clases humildes.

Y así sucede que, sin miedo, los apóstoles, después de haber llamado a esta casa cerrada y no haber encontrado a nadie, se han refugiado debajo de un cobertizo en que hay aperos de labranza y cántaros vacíos; y, como si fuera suyo, han hecho uso del heno para sentarse, de los cubos para sacar agua del pozo, de las jarros para beber y mojar así los bocados de pan viejo y de cordero frío, que comen casi en silencio, por el mucho sueño que tienen y lo aturdidos que están por el sol. Y, con la misma libertad con que se han servido del heno y de las jarras, se tumban en el fragante heno; y pronto se oye un coro de ronquidos de distintos tonos y duración.

También Jesús está cansado. Más que cansado, triste. Mira durante un rato a los doce durmientes. Ora. Piensa… Piensa mientras sigue con los ojos, mecánicamente, las luchas de los gorriones y las palomas y el vuelo de saeta de las golondrinas por el corral lleno de sol. Da la impresión de que los chillidos de estas veloces dominadoras del vuelo ponen afirmaciones netas a las preguntas dolorosas que Jesús se plantea.

Luego también Él se echa sobre el heno, y pronto los dulces y tristes ojos de zafiro se velan bajo los párpados, mientras el rostro se entona en el sueño, y quizás porque se sume en el sueño con la tristeza en el corazón, su rostro toma mucho de la expresión cansada y dolorosa que tendrá en la muerte.

Regresan los campesinos propietarios de la casa. Hombres, mujeres, niños. Y con ellos están también los discípulos vistos antes. Ven a Jesús y a los suyos, durmiendo en el heno, y convierten las voces en susurros, para no despertarlos. Alguna mamá propina un pescozón al niño que no quiere callarse; o al menos hace ademán de querer hacerlo.

Un crío va con pasitos de tortolita y un dedito en la boca a observar a Jesús, «el más guapo» dice, que duerme con la cabeza apoyada en el brazo doblado para hacer de almohada. Y todos, descalzos, de puntillas, acaban imitándolo; los primeros, Matías y Juan, que se enternecen viéndolo durmiendo así en el heno. Y Matías observa:

-Como en su primer sueño está nuestro Maestro, pero menos feliz que entonces… Le falta también su Madre…
-Sí. Lo único que tiene es siempre cerca la persecución. Pero nosotros lo amaremos siempre, lo amamos siempre como en aquella hora… -responde Juan.

-Más que entonces, Matías. Más que entonces. Entonces amábamos sólo por fe y porque es tierno amar a un niño; pero ahora amamos también por conocimiento…
-Ha sido odiado desde pequeño, Juan. ¡Recuerda lo que sucedió para matarlo!… -y el rostro de Matías se quiebra recordando.

-Es verdad… ¡Pero, bendito sea aquel dolor! Todo lo perdimos, menos a Él. Y eso es lo que cuenta. ¿De qué nos habría servido el tener todavía parientes y casa y nuestro pequeño bienestar, si Él hubiera muerto?

-Es verdad. Tienes razón, Matías. ¿Y de qué nos servirá tener todo el mundo, cuándo no esté ya en el mundo?
-No me hables de eso… Entonces seremos verdaderamente unos desvalidos… Marchaos vosotros. Nosotros nos quedamos con el Maestro -dice luego Juan despidiéndose de los campesinos.

-Siento no haber pensado en dejarles la llave. Podían entrar en casa, estar mejor… -dice el hombre más anciano de la casa.

-Se lo diremos… De todas formas, se sentirá feliz también por vuestro amor. Id, id…

Los campesinos entran en la casa, y pronto el humo que sube de la chimenea dice que están preparando la comida. Pero lo hacen con finura, conteniendo a los niños, haciendo poco ruido… y, también sin hacer ruido, llevan lo que han cocinado a los discípulos, y susurran:

-Para cuando se despierten. Lo hemos tenido aparte para ellos…
Luego el silencio envuelve de nuevo la casa. Quizás los segadores, que han estado trabajando desde el alba, se han echado en las camas para descansar en estas horas en que imposible sería estar en las tierras bajo el sol incandescente. Se adormilan también los discípulos… Las palomas y los gorriones han hecho una pausa… Sólo las golondrinas pasan como saetas, incansables, y su vuelo rápido escribe palabras azules en los espacios y palabras de sombra en el blanco corral…

El pequeñín de antes, precioso con su camisita corta, único indumento a que se ha quedado reducido en esta hora tórrida, saca su cabecita morena por la puerta de la cocina, echa una ojeada, da unos pasos, cautamente, con sus tiernos piececitos, que sufren en contacto con el suelo hirviente de sol. La camisita, desatada, se le cae casi del hombro regordete.

Llega donde los discípulos e intenta pasar por encima de ellos, para ir otra vez a mirar a Jesús. Pero sus piernecitas son demasiado cortas para poder superar los cuerpos musculosos de los adultos; tropieza y se cae encima de Matías, que se despierta y ve la carita turbada, próxima al llanto, del pequeñuelo. Sonríe y dice, intuyendo la maniobra del niño: -Ven aquí, te pongo entre Jesús y yo. Pero estáte callado y quieto. Déjalo dormir, que está cansado.

Y el niño, feliz, se sienta a adorar el hermoso rostro de Jesús. Lo mira, lo escruta, siente grandes deseos de hacerle una caricia, de tocarle sus cabellos de oro. Pero Matías vigila sonriente y no se lo permite. Entonces el pequeño pregunta en voz baja:

-¿Duerme siempre así'?
-Siempre así -responde Matías.
-¿Está cansado? ¡Por qué?
-Porque anda mucho y habla mucho.
-¿Por qué habla y anda?
-Para enseñar a los niños a ser buenos, a amar al Señor para ir con Él al Cielo.
-¿Allí arriba? ¿Y cómo? Está lejos…
-El alma. ¿Sabes lo que es el alma?
-¡Nooo!

-Es la cosa más bonita que hay en nosotros, y…
-¿Más que los ojos? Mi mamá me dice que mis ojos son dos estrellas. ¡Y las estrellas son muy bonitas, eh!
El discípulo sonríe y responde:

-Es más bonita que las estrellitas de tus ojos, porque el alma buena es más bonita que el Sol.
-¡Oh! ¿Y dónde está? ¿Dónde la tengo?
-Aquí. En tu corazoncito. Y ve, oye todo, y no muere nunca. Y cuando uno no es nunca malo y muere como un justo, el alma vuela arriba con el Señor.
-¿Con Él -y el niño señala a Jesús.
-Con Él.

-¿Pero Él tiene alma?
-Tiene alma y divinidad. Porque ese Hombre al que estás mirando es Dios.
-¿Tú cómo lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho?
-Los ángeles.

El niño, que se había sentado completamente encima de Matías, no puede recibir esta noticia tranquilamente, y bruscamente se pone de pie y dice:

-¿Tú has visto a los ángeles? -y mira a Matías con los ojos como platos. La noticia es tan impresionante, que por un instante se olvida de Jesús, siendo así que no ve que Él entreabre los ojos, despertado por el grito ligero del niñito, y los vuelve a cerrar y gira la cabeza hacia la otra parte.

-¡Calla! ¿Lo ves? Lo despiertas… Te mando a casa.
-Estoy quieto. ¿Pero cómo son los ángeles? ¿Cuándo los has visto? -la vocecita es de nuevo un susurro.
Y Matías, paciente, cuenta la noche de Navidad al pequeñuelo que se ha vuelto a sentar en su pecho, arrobado. Y, paciente, responde a todos los porqués: «

¿Por qué había nacido en un establo? ¿No tenía casa? ¿Era tan pobre que no encontraba una casa? ¿Y ahora no tiene casa? ¿No tiene a su Mamá? ¿Dónde está su Mamá? ¿Por qué lo deja solo, si sabe que ya lo han querido matar? ¿No lo quiere?…

Una lluvia de preguntas y también de respuestas. Y la última -a la que Matías responde:

-Esta Mamá santa quiere mucho a su divino Hijo. Pero hace el sacrificio de su dolor de dejar que se marche para que los hombres se salven. Para consolarse piensa que hay todavía hombres buenos capaces de amarlo…» -suscita esta respuesta: « ¿Y no sabe que hay niños buenos que lo quieren? ¿Dónde está? Dímelo, que voy y le digo: "No llores. Yo le doy el amor a tu Hijo". ¿Tú qué crees, que se pondrá contenta?

-Mucho, niño -dice Matías, y lo besa.
-¿Y Él se pondrá contento?
-Mucho, mucho. Díselo cuando se despierte.
-¡Sí, sí! ¿Pero cuándo se despierta?
El niño está ansioso…

Jesús no resiste más. Se vuelve otra vez, con los ojos bien abiertos y una sonrisa luminosa, y dice:

-Ya me lo has dicho, porque he oído todo. Ven aquí niño.
El niño no se lo hace repetir dos veces. Se vuelca encima de Jesús y lo acaricia, lo besa, le toca con su dedito la frente, las cejas, las pestañas de oro, se mira en el espejo de sus ojos azules, se frota contra la blanda barba y contra los sedosos cabellos, y dice a cada descubrimiento:

« ¿Qué bonito eres! ¡Bonito! ¡Bonito!».

Jesús sonríe y también Matías.
Y luego, a medida que se van despertando los otros, porque ahora el pequeño ya no tiene tantos miramientos, sonríen discípulos y apóstoles al ver ese examen detallado, repetido por este hombrecito en miniatura, semidesnudo, regordete, que se pasea todo tranquilo y feliz por el cuerpo de Jesús para observarlo de la cabeza a los pies, y al final dice:

-¡Date la vuelta! -y explica: «para ver las alas» y pregunta desilusionado: «¿Por qué no las tienes?».
-No soy un ángel, niño.

-¡Pero eres Dios! ¿Cómo puedes ser Dios sin estar lleno de alas? ¿Cómo vas a poder ir al Cielo?

-Soy Dios. Precisamente porque soy Dios no necesito alas. Hago lo que quiero y todo lo puedo.

-Entonces hazme los ojos como los tuyos. Son bonitos.
-No. Los que tienes te los he dado Yo, y me gustan así. Di, más bien, que te haga un alma de justo para amarme cada vez más.

-También me has dado Tú el alma. Entonces te gustará como la tengo -dice con lógica infantil el pequeño.
-Sí, ahora me gusta mucho porque es inocente. Pero, mientras que tus ojos serán siempre de este color de aceituna madura, tu alma de blanca puede pasar a negra si te vuelves malo.

-Malo no. Te quiero y quiero hacer lo que decían los ángeles cuando naciste: "Paz a Dios en el Cielo y gloria a los hombres de buena voluntad" -dice el niñito equivocándose, lo cual provoca una fragorosa carcajada en los adultos, cosa que le hace sentir vergüenza y callarse.
Pero Jesús lo consuela, no sin corregirle:

-Dios es siempre Paz, niño. Es la Paz. Los ángeles lo glorificaban por el nacimiento del Salvador, y daban a los hombres la primera regla para obtener la paz que vendría por mi nacimiento: "tener buena voluntad". La que tú quieres.

-Sí. Dámela entonces. Métemela aquí, donde ese hombre dice que tengo el alma -y con los dos índices se golpea repetidamente el pequeño pecho.
-Sí, pequeño amigo. ¿Cómo te llamas?
-¡Miguel!

-Nombre del poderoso arcángel. Entonces buena voluntad para ti, Miguel. Y que seas un confesor del Dios verdadero, diciendo a los perseguidores lo que tu angélico patrón: "¿Quién como Dios?". Te bendigo, ahora y para siempre -y le impone las manos.

Pero el pequeñuelo no está convencido. Dice:
-No. Besa aquí, en el alma; entrará dentro tu bendición y quedará cerrada dentro -y descubre el pequeño pecho para ser besado sin que ningún obstáculo se interponga entre su cuerpecito y los labios divinos.

Los presentes sonríen y, al mismo tiempo, están conmovidos. ¡Y no falta el motivo! La fe maravillosa del inocente, que ­por instinto, dirían algunos; por impulso espiritual, digo yo -ha ido a Jesús, es verdaderamente conmovedora; y Jesús lo señala diciendo:

-¡Si todos tuvieran el corazón de los niños!…
Entretanto han pasado las horas. La casa toma vida de nuevo. Óyense voces de mujer, de niños, de hombres. Y una madre llama:

-¡Miguel! ¡Miguel! ¿Dónde estás? -y se asoma asustada, mirando, con un atroz pensamiento en su corazón, al pozo bajo.

-No temas, mujer. Tu hijo está conmigo.
-¡Oh! Temía… Le gusta mucho el agua…

-Sí, ha venido al Agua viva que baja del cielo a dar Vida a los hombres.

-Te ha molestado… Se me ha escabullido tan callandito que no he oído… -dice la mujer excusándose.
-¡Oh! ¡No! No me ha molestado. Me ha consolado. Los niños nunca causan dolor a Jesús.

Se acercan los hombres y las otras mujeres. El jefe de la familia dice:
-Entra y repón fuerzas. Y perdona si no te hemos hecho amo de nuestra casa nada más verte…

-No tengo que perdonar nada. He estado aquí, y he estado bien. Tu respeto me da todo honor. Teníamos comida y tu pozo es fresco, mullido el heno: más de lo que necesita el Hijo del hombre; no soy un sátrapa sirio.

Y Jesús, seguido por los suyos, entra en la vasta cocina para comer, mientras en el corral los hombres preparan sitio para los que ya están llegando procedentes de todos los lugares para oír al Maestro; otros se apresuran a preparar bebidas y comida, y a despellejar un corderito para dárselo a los evangelizadores como viático, y las mujeres traen huevos y mantequilla. Esto provoca las protestas de Pedro, que, con razón, dice que no puede llevar en las alforjas ese alimento tan fácil de derretirse con esos calores. Pero para algo están los jarros… Y ellas colman uno de mantequilla, lo cierran y lo meten en el pozo para que esté más frío que nunca.

Jesús manifiesta su agradecimiento. Quisiera limitar estos presentes. ¡Pero ya, ya!… Palabras desperdiciadas: otros dones vienen de todas partes y cada uno se excusa de dar poco…

Pedro susurra:
-Se ve que aquí han estado los pastores. Terreno bonificado… terreno bueno.

El corral está lleno de gente, imperturbable, a pesar de que todavía no haya refrescado el día y aún roce el corral el último rayo de sol. Jesús empieza a hablar:

-¡La paz sea con todos vosotros! No voy a repetir, aquí que veo que ya es conocida la doctrina del Maestro de Israel por obra de los discípulos buenos, lo que vosotros ya sabéis. Dejo a los discípulos buenos la gloria de haberos instruido y la misión de seguir haciéndolo siempre, hasta daros la perfecta seguridad de que Yo soy el Prometido por Dios y que mi Palabra es propia de Dios.

-¡Y tus milagros son propios de Dios, bendito! -grita una voz de mujer desde el medio de la aglomeración de gente, y muchos se vuelven a mirar en esa dirección. La mujer levanta en los brazos a un niño lozano y sonriente y grita: «Maestro, es el pequeño Juan, el que curaste en Agua Especiosa. El niñito de las caderas rotas, que ningún médico podía curar y que yo te llevé con fe y Tú lo curaste teniéndolo sentado en tus piernas».

-Me acuerdo, mujer. Tu fe merecía el milagro.
-Ha aumentado, Maestro. Toda mi parentela cree en ti. Ve, hijo, a dar las gracias al Salvador. Dejadlo que vaya donde Él… -ruega la mujer.

Y la multitud se abre y deja pasar al niño, que va raudo hacia Jesús tendiendo hacia adelante los brazos para poder abrazarlo, lo cual sucede en medio de las aclamaciones y comentarios de la gente de la ciudad o de los forasteros; porque los de los campos ya conocen el hecho y no muestran estupor. Jesús reanuda su discurso teniendo de la mano al niño.

-Y aquí veis confirmada por una madre agradecida mi Naturaleza y confirmado el poder que ejerce la fe en el corazón de Dios, que no defrauda jamás las confiadas y justas peticiones de sus hijos.

Os invito a recordar a Judas Macabeo, cuando se asomó a esta llanura para estudiar el formidable campamento de Gorgias, que contaba con cinco mil infantes y mil caballeros, adiestrados a la batalla, bien protegidos con corazas y armas y torres de guerra. Judas miraba con sus tres mil infantes sin escudo ni espada, y sentía insinuarse el temor en el corazón de sus soldados.

Entonces habló, respaldado por su derecho, aprobado por Dios por estar orientado no a abusos sino a la defensa de la Patria invadida y profanada. Y dijo: "No os asuste su número, no tengáis miedo de su ataque. Recordad cómo nuestros padres fueron salvados en el Mar Rojo, cuando el Faraón los seguía con un gran ejército". Y, reanimada la fe en la potencia de Dios, que está siempre con los justos, enseñó a los suyos los medio para obtener ayuda.

Dijo: “Alcemos, pues, la voz al Cielo y el Señor tendrá piedad de nosotros, y, recordándose de la alianza que hizo con nuestros padres, hoy destruirá delante de nosotros a este ejército, y todas las gentes sabrán que hay un Salvador que libera a Israel".

(I Macabeos 4, l-25. Forman parte de ese fragmento dos referencias bíblicas (versículos 6-ll y l4-25).
Bien. Yo os señalo dos puntos capitales para tener a Dios con nosotros, como ayuda en las empresas justas.

La primera cosa: para tenerlo como aliado, tener el corazón justo que tenían nuestros padres. Recordad la santidad, la prontitud de los patriarcas en obedecer al Señor, tanto si la cosa solicitada era de poco valor como si era de valor sumo. Recordad con qué fidelidad permanecieron fieles al Señor. Mucho nos quejamos en Israel de no tener ya al Señor con nosotros, mientras que en el pasado era benigno. ¿Pero sigue teniendo Israel el corazón de sus padres? ¿Quién rompió y rompe continuamente la alianza con el Padre?

Segunda cosa capital para tener a Dios con nosotros: la humildad. Judas Macabeo era un gran israelita y un gran soldado. Pero no dice: "Yo hoy destruiré a este ejército y las gentes sabrán que soy el salvador de Israel". No. Dice: "Y el Señor destruirá a este ejército delante de nosotros, que somos incapaces de hacerlo porque somos débiles". Porque Dios es Padre y tiene cuidado de sus pequeñuelos.-para que no mueran, manda a sus poderosas formaciones para combatir a los enemigos de sus hijos con armas sobrehumanas.

Cuando Dios está con nosotros, ¿quién podrá vencernos? Decid siempre esto ahora y en un futuro, cuando pretendan derrotaros, y no ya en una cosa relativa como es una batalla nacional, sino en una cosa mucho más vasta en el tiempo y en las consecuencias, como es en el caso de vuestra alma. No dejéis que se apoderen de vosotros ni el temor ni la soberbia. Ambos son dañinos. Dios estará con vosotros si sois perseguidos a causa de mi Nombre, y os dará fuerza en las persecuciones Dios estará con vosotros si sois humildes, si reconocéis que vosotros, por vosotros mismos, no sois capaces de nada, pero que todo lo podéis si estáis unidos al Padre.

Judas no se pavonea ornándose con el título de Salvador de Israel, sino que da ese título al Dios eterno.

Efectivamente, vanos son los afanes de los hombres si Dios no acompaña sus esfuerzos. Mientras que sin afanarse vence quien confía en el Señor, que sabe cuándo es justo premiar con victorias y cuándo es justo castigar con derrotas Necio el hombre que quiere juzgar a Dios, aconsejarle o criticarle ¿Os imagináis a una hormiga que, observando la obra de un cortador de mármol, dijera: "No sabes hacerlo.

Yo lo haría mejor y antes que tú"? La misma imagen de sí da el hombre que quiere ser maestro de Dios. Y a la imagen ridícula añade la de un ser ingrato y arrogante que se ha olvidado de lo que es: criatura, y de lo que es Dios:

Creador. Ahora bien, si Dios ha creado un ser tan bien creado que puede creerse capaz de dar consejos al mismo Dios, ¿cuál será la perfección del Autor de todas las criaturas? Debería bastar este pensamiento para mantener baja la soberbia, para destruir este malo y satánico árbol, este parásito que, una vez que se insinúa en un intelecto, lo invade; y suplanta, ahoga, mata todo árbol bueno, toda virtud que hace grande al hombre en la Tierra, verdaderamente grande, no por censo ni por coronas, sino por justicia y sabiduría sobrenaturales, y bienaventurado en el Cielo para toda la eternidad.

Y observemos otro consejo que nos dan el gran Judas Macabeo y los acontecimientos de ese día en esta llanura.

Habiéndose encendido la batalla, las tropas de Judas, con las cuales estaba Dios, vencieron y desbarataron a los enemigos, a una parte poniéndolos en fuga hasta Jéceron, Azoto, Idumea y Yamnia, dice la historia, a otra parte traspasándolos con la espada y dejando muertos en los campos a más de tres mil. Pero Judas dice a sus soldados ebrios de victoria:

"No os detengáis a recoger botín, porque la guerra no ha terminado y Gorgias con su ejército está en la montaña cerca de nosotros. Tenemos que seguir combatiendo contra nuestros enemigos y vencerlos completamente; después, tranquilamente, recogeremos el botín". Y así hicieron. Y obtuvieron segura victoria y rico botín y liberación, y, al regreso, cantaban bendiciones a Dios porque "es bueno, porque su misericordia es eterna".

También el hombre, todo hombre, es como los campos que están alrededor de la ciudad santa de los judíos. Rodeado de enemigos externos e internos, todos crueles, todos anhelosos de presentar batalla a la ciudad santa del individuo humano ­su espíritu -, y presentarla además al improviso, para cogerla de sorpresa con mil astucias, y destruirla.

Las pasiones, cultivadas e incitadas por Satanás, y no vigiladas por el hombre con toda su voluntad para tenerlas sujetas, peligrosas si no logra domarlas, pero inocuas si están vigiladas como un ladrón encadenado, y el mundo, que desde fuera conjura con ellas con sus seducciones de carnalidad, de riquezas, de orgullo, bien asemejan a los poderosos ejércitos de Gorgias, revestidos de coraza, dotados de torres de guerra, de arqueros buenos flechadores, de caballeros veloces, siempre preparados para empezar el ataque a las órdenes del Mal.

¿Pero qué puede el Mal si Dios está con el hombre que quiere ser justo? El hombre sufrirá, será herido, pero salvará su libertad y su vida, y conocerá la victoria después de la buena batalla, que no se produce sólo una vez, sino que se renueva siempre mientras dura la vida, o hasta que el hombre se despoja tanto de su humanidad y se convierte en espíritu más que carne, espíritu fundido con Dios, que las flechas, los ataques, los fuegos de guerra no pueden ya dañarlo en lo profundo y caen, tras haberlo agredido superficialmente, como puede hacer una gota en la superficie de un duro y resplandeciente jaspe.

No os detengáis a recoger botín, no os distraigáis hasta llegar a la puerta de la vida, no de esta vida de la Tierra, sino de la verdadera Vida de los Cielos. Entonces, victoriosos, recoged vuestro botín y entrad, adentraos, gloriosos, hasta la presencia del Rey de los reyes, y decid: "He vencido. Aquí está mi botín. Lo he recogido con tu ayuda y con mi buena voluntad, y te bendigo, Señor, porque eres bueno y tu misericordia es eterna".

Esto se refiere a la vida en general, para todos. Pero para vosotros, para vosotros que en mí creéis, se esconde, al acecho, otra batalla. Más batallas. Las batallas contra la duda, contra las palabras que os dirán, contra las persecuciones.

Dentro de poco seré elevado al lugar para el que he venido del Cielo. Este lugar os va a producir miedo, os va a parecer un mentís contra mis palabras. No. Mirad el hecho con ojo espiritual, y veréis que lo que va a suceder será la confirmación de lo que soy realmente: no el pobre rey de un pobre reino, sino el Rey anunciado por los profetas, a los pies de cuyo trono único, inmortal, vendrán, como ríos al océano, todas las gentes de la Tierra, y dirán: "Te adoramos, oh Rey de los reyes y Juez eterno, porque por tu santo Sacrificio has redimido al mundo".

Resistid a la duda. Yo no miento. Yo soy Aquel de quien hablan los profetas. Como la madre de Juan hace un rato, alzad el recuerdo de lo que os he hecho, y decid: "Estas obras son propias de Dios. Nos las ha dejado como recuerdo, como confirmación, como ayuda para creer, y creer además en esta hora precisamente". Luchad y venceréis contra la duda que sofoca la respiración de las almas. Luchad contra las palabras que os van a decir.

Recordad a los profetas y mis obras. A las palabras enemigas responded con los profetas y con los milagros que me habéis visto hacer. No tengáis miedo. Y no seáis ingratos por miedo, callando lo que Yo he hecho para vosotros.

Luchad contra las persecuciones; mas no luchéis persiguiendo a quien os persiga, sino ofreciendo el heroísmo de vuestra confesión a quien pretenda persuadiros, con amenazas de muerte, a que reneguéis de mí. Luchad siempre contra los enemigos. Todos. Contra vuestra humanidad, vuestros miedos, los compromisos indignos, los pactos interesados, las presiones, las amenazas, las torturas, la muerte.

¡La muerte! No soy el jefe de un pueblo que dice a su pueblo: "Sufre por mí mientras yo gozo". No. Yo soy el primero en sufrir, para daros ejemplo. No soy un caudillo de ejércitos que dice a los ejércitos "Combatid para defenderme. Morid para darme la vida". No. Yo soy el primero que combate. Seré el primero en morir, para enseñaros a morir.

De la misma forma que siempre he hecho lo que he dicho que se haga, y predicando la pobreza he sido pobre; la continencia, casto; la templanza, temperante; la justicia, justo; el perdón, he perdonado, y perdonaré… y, de la misma forma que he hecho todo esto, haré también la última cosa. Os voy a enseñar cómo se redime. Os lo voy a enseñar no con palabras, sino con los hechos. Os voy a enseñar a obedecer obedeciendo a la más dura de las obediencias, la de mi muerte…

Os voy a enseñar a perdonar, perdonando en medio de los últimos tormentos como perdoné en la paja de mi cuna a la Humanidad que me había arrancado de los Cielos. Perdonaré como he perdonado siempre. A todos. Por cuenta mía, a todos. A los pequeños enemigos, a los neutrales, indiferentes, volubles, y a los grandes enemigos, que no sólo me causan el dolor de ser apáticos ante mi poder y mi deseo de salvarlos, sino que me dan, y darán, el inmenso dolor de ser los deicidas. Perdonaré.

Y, puesto que a los deicidas impenitentes no podré darles absolución, seguiré orando, con mis últimos tormentos, al Padre por ellos… para que los perdone… pues estarán ebrios de un satánico licor… Perdonaré… Y vosotros perdonad en mi nombre. Y amad. Amad como amo Yo, como os amo y os amaré, eternamente.

Adiós. Cae la tarde. Vamos a orar juntos. Luego que cada una vuelva a su casa con la palabra del Señor en su corazón, y en vuestros corazones haga espiga ya granada para vuestras hambres futuras, cuando deseéis oír todavía al Amigo, al Maestro, al Salvador vuestro, y sólo lanzando el espíritu a los Cielos podáis encontrar a Aquel que os ha amado más que a sí mismo. Padre nuestro que estás en el Cielo…

Y Jesús, con los brazos abiertos -alta y cándida cruz contra el fondo del oscuro muro de la fachada septentrional -, dice lentamente el Pater. Luego bendice con la bendición mosaica. Besa a los niños. Los bendice una vez más. Se despide y va hacia el norte, bordeando los muros de Emaús sin entrar en la ciudad. Los tonos violáceos del crepúsculo absorben lentamente la dulce visión del Maestro, que va, que va cada vez más hacia su destino…

En el corral semioscuro hay un silencio de paz dolorosa… Casi de espera. Luego el llanta del pequeño Miguel, un llanto semejante al de un corderito que se encuentra solo, rompe el hechizo, y muchos ojos se humedecen de lágrimas y muchos labios repiten las inocentes palabras del pequeño:
-¡Oh! ¿Por qué te has marchado? ¡Vuelve! ¡Vuelve!… ¡Hazle volver, Señor!

Y, una vez que Jesús desaparece del todo, el desolado reconocimiento del hecho cumplido:

«¡Ya no está Jesús!», que inútilmente trata de aliviar la madre del pequeño Miguel, el cual llora como si hubiera perdido más que a la madre, y desde los brazos de ella tiene ojos solamente para el punto donde ha desaparecido Jesús, y extiende los brazos, y llama:

-¡Jesús! ¡Jesús!
…Jesús espera a estar bastante lejos. Luego dice:
-Vamos a ir a Joppe. Los discípulos han trabajado mucho en esa ciudad, que ahora espera la palabra del Seor.

No hay mucho entusiasmo por este plan, que alarga más el camino, pero Simón Zelote puntualiza que desde Joppe hasta las propiedades de Nicodemo y José se llega pronto y por buenos caminos, y Juan está contento de ir hacia el mar…

Y los otros, movidos por estas consideraciones, terminan por ir con más voluntad por el camino que se dirige al mar.

404- En camino hacia Emaús de la llanura

El alba pone una luminosidad verde láctea en la bóveda del cielo, alto sobre el valle fresco y silencioso. Y luego ese claror suyo tan indefinible, que es ya luz y no lo es todavía, baña las cimas de las dos vertientes.

Parece acariciar levemente las partes más altas de los montes judíos; decir a los árboles añosos que las coronan:

«Aquí estoy. Bajo del cielo. Vengo de oriente. Precedo a la aurora. Pongo en fuga las sombras. Traigo la luz, la laboriosidad, la bendición de un nuevo día que Dios os concede», y las cimas se despiertan con un suspiro de frondas, con el silbo de los primeros pájaros despertados por ese leve vibrar del follaje y ese primer claror.

Y baja más el alba, a los matorrales del monte bajo, luego a las hierbas, luego a las laderas, cada vez más abajo, y lo saludan gorjeos cada vez más numerosos entre las frondas, y rumores, entre las hierbas, de los lagartos despertados.

Y llega al torrentillo del fondo, transforma sus aguas oscuras en un opaco cabrilleo de plata, que se va haciendo cada vez más limpio y brillante. Y arriba, entretanto, en el cielo, que apenas si había aclarado su añil nocturno en un celeste pálido verdoso de alba, marca sus pinceladas el primer anuncio de aurora, que pone celeste el cielo con notas de rosa… Y luego un cirro, delicado, esponjoso, ya todo de espuma rosada, surcando el cielo…

Jesús sale de la gruta y mira… Luego se lava en el torrente, se asea, se viste de nuevo, echa una ojeada dentro de la gruta… No llama… Sube al monte y va a orar encima de un pico que sobresale, ya tan elevado que concede un vasto radio de visibilidad sobre el oriente todo róseo de la aurora, y sobre el occidente aún penetrado de añil. Ora… ora ardientemente, de rodillas, apoyados los codos en la tierra, casi prono… Y ora así hasta que desde abajo suben las voces de los doce, que se han despertado y lo llaman.

Se levanta. Responde:
-¡Voy!

Y el eco del angosto valle repite varias veces el eco de la voz perfecta. El valle parece propagar a la llanura, que se vislumbra al oeste, la promesa del Señor: «Voy», para que exulte anticipadamente.

Jesús se encamina con un suspiro y una frase que compendian su larga oración y la explican:

-Y Tú, Padre, confórtame…
Baja a buen paso y, en llegando abajo, saluda con una sonrisa dulcísima a sus apóstoles y con las palabras habituales:

-La paz sea con vosotros en este nuevo día.

-También a ti, Maestro -responden los apóstoles. Todos. También Judas, que, no sé si es porque el silencio mantenido por Jesús, que no le ha reprendido y que lo trata como a todos los otros, lo ha tranquilizado o si es porque durante la noche ha meditado un plan en favor propio, está menos torvo y menos apartado. Es más, es precisamente él el que pregunta por todos:

-¿Vamos a Jerusalén? Si vamos, hay que recorrer un poco de camino hacia atrás y tomar aquel puente; al otro lado hay un camino que va recto a Jerusalén.
-No. Vamos a Emaús de la llanura.
-¿Pero por qué? ¿Y Pentecostés?

-Hay tiempo. Quiero ir a ver a Nicodemo y a José, por las llanuras hacia el mar…
-¿Pero para qué?

-Porque no he estado todavía allí y ese pueblo me espera… Y porque así lo han deseado los buenos discípulos. Tendremos tiempo para todo.
-¿Te dijo eso Juana? ¿Para eso te llamó?

-No había necesidad de ello. Me lo dijeron directamente a mí en los días de la Pascua. Y Yo cumplo.
-Yo no iría… Quizás estarán ya en Jerusalén… La fiesta está cercana… Y además… Podrías encontrar enemigos, y…

-En todas partes encuentro enemigos, y los tengo siempre cerca… y Jesús lanza una mirada que es una saeta al apóstol de su dolor… Judas no dice nada más. ¡Demasiado peligroso es seguir adentrándose! Lo percibe y calla.

Vuelven Juan y Andrés con unas frutas de pequeño tamaño, parecen de la familia de la frambuesa, o fresas grandes, pero son más oscuras, casi como moras no maduras; se las ofrecen al Maestro:

-Te gustan. Las vimos ayer al anochecer y hemos subido a cogerlas para ti. Cómelas, Maestro. Son buenas.
Jesús acaricia a los dos buenos y jóvenes apóstoles, que le ofrecen sus frutos en una ancha hoja lavada en el torrente, y que, más que los frutos, le ofrecen su amor; escoge las frutitas mejores y da un poco de ellas a todos, que las comen con el pan.

-Hemos buscado leche para ti. Pero todavía no hay ningún pastor… -dice excusándose Andrés.
-No importa. Vamos a ponernos en marcha para estar en Emaús antes del calor intenso.

Y van caminando -los que tienen más apetito siguen comiendo -por el fresco valle, que se va haciendo cada vez más ancho y termina por desembocar en una fértil llanura en que ya bulle el trabajo de los segadores.
-No sabía que Nicodemo tuviera casas en Emaús -observa Bartolomé.

-No en, sino después de Emaús. Tierras que ha heredado de parientes… -explica Jesús.
-¡Qué bonita campiña! -exclama el Tadeo.

Efectivamente, es un mar de espigas de oro, en que están intercalados pomares de ensueño y viñas que ya prometen una gloria de racimos. Estando bien regada por los cercanos montes que vierten en ella innumerables torrentillos en los meses más necesitados de irrigación, y ciertamente dotada de venas de agua subterránea, es un verdadero edén agrícola.

-¡Mmm! Está más bonita que el año pasado -murmura Pedro -Al menos hay agua y fruta…
-La de Sarón está más bonita incluso -le responde el Zelote.

-¿Pero no es ya ésta?
-No. Viene después de ésta. Pero en ésta ya se presiente la Llanura de Sarón…
Los dos apóstoles se ponen a hablar entre sí, alejándose un poco.

-¿Esto es de fariseos, no? -pregunta Santiago de Zebedeo, señalando la bonita campiña.

-De judíos, sin duda. Han cogido los lugares mejores usurpándoselos, con mil modos, a los primeros propietarios -le responde Judas Tadeo, que quizás recuerda los bienes paternos de Judea, de los cuales fueron expulsados, perdiendo mucho bienestar.

Judas Iscariote se da por aludido:

-Si han sido cogidos es porque vosotros, galileos, sois menos santos, inferiores…

-Te ruego que recuerdes que Alfeo y José eran de la estirpe de David. Tanto que el edicto les hizo ir a apuntarse a Belén de Judá. Y Él nació allí por esto -responde sereno Santiago de Alfeo, previniendo la respuesta punzante de su fogoso hermano y señalando al Señor, que está hablando con Mateo y Felipe.

-¡Ah! ¡Bueno! Yo lo que pienso es que buenos y malos hay en todas partes. En nuestras compraventas hemos tenido contacto con personas de todas las razas, y os aseguro que en todas he encontrado honestos y deshonestos. Y además… ¿por qué enorgullecerse de ser judíos? ¿Acaso lo hemos querido nosotros? ¡Mmm! ¡Sí tenía yo mucho conocimiento, cuando estaba en el seno de mi madre, de lo que era ser judío o galileo! Estaba allí… y estaba conforme.

Luego, cuando nací, estuve entre pañales, bien calentito, sin preguntarme si el aire que respiraba era judío o galileo… Lo único que conocía era el pezón materno… Y, como, yo, todos nosotros. Ahora, ¿por qué tomarse tan a pecho el que uno haya nacido más arriba y el otro más abajo? ¿No somos igualmente de Israel? -dice, bondadoso y justo, Tomás.

-Tienes razón, Toma -responde Juan. Y concluye: «Y además ahora somos de una única estirpe, la de Jesús».

-Sí, el cual -y creo que lo haya querido el Altísimo para enseñarnos que las divisiones atentan al amor al prójimo y que ha sido enviado a recoger a todos como la amorosa clueca de que hablan los libros santos -es de estirpe judía, pero fue concebido en Galilea y ha vivido allí, después de nacer en Belén, como si quisiera decirnos, con la voz de los hechos, que es el Redentor de todo Israel, del septentrión al mediodía. Por el simple hecho de que le llamen "el Galileo" ya no se debería sentir desprecio por los galileos -dice, dulce y firme, Santiago de Alfeo.
Jesús, que parecía distraído hablando, unos metros más adelante, con Mateo y Felipe, se vuelve y dice:

-Bien has hablado, Santiago de Alfeo. Comprendes la Verdad y las verdades, y la justicia de cada acto de Dios. Porque Dios, recordad esto todos y siempre, no hace nunca nada sin una finalidad, como tampoco deja sin premio nada de lo que hacen los que tienen recto corazón.

¡Bienaventurados los que saben ver las razones de Dios en las cosas que suceden, incluso en las más insignificantes, y las respuestas de Dios a los sacrificios de los hombres!

Pedro se vuelve y hace ademán de hablar. Luego cierra de nuevo la boca y se limita a sonreír a su Maestro, que ahora, siendo el lugar por donde van una ancha vía de primer orden entre campos de oro, se une al grupo de sus apóstoles.

Prosiguen hacia Emaús, que está ya cercana: una aglomeración de un blanco cegador en medio del oro de los cereales maduros y el verde de los óptimos pomares.

-¡Maestro! ¡Maestro! ¡Detente! ¡Tus discípulos! -gritan voces lejanas, y un puñado de hombres, dejando plantados a unos labradores que descansan un poco a la sombra de un manzano, corren hacia Jesús por una senda llena de sol. Son Matías y Juan, ex pastores, discípulos luego del Bautista; y, con ellos, Nicolái, Abel ex leproso, Samuel, Hermasteo y otros más.

-¡La paz a vosotros. ¿Estáis aquí?

-Sí, Maestro. Hemos recorrido toda la costa. Ahora vamos hacia Jerusalén. Más arriba están Esteban y otros; más arriba todavía, Hermas y otros. Y luego, más arriba aún, Isaac, el pequeño maestro de todos nosotros. Al menos estaba.

Como también estaba Timoneo en Transjordania. Pero a estas alturas estarán todos para ir a la fiesta de Pentecostés. Nos hemos dividido así, en muchos grupos, pequeños pero no pasivos. Así, si nos persiguen, podrán capturar a algunos, pero no a todos ­explica Matías.

-Habéis hecho bien. Me extrañaba no encontraros por toda la Judea meridional…

-Maestro… Por ahí ibas Tú… ¿Quién mejor que Tú? ¡Y además… ha recibido más de lo necesario para hacerse santa!… ¡Y sin embargo!… Da piedras a quien lleva la palabra del Cielo. Elías y José fueron agredidos en las hoces del Cedrón, y fueron a la Transjordania, a casa de Salomón. A José le dieron un golpe en la cabeza con una piedra y casi lo mataron. Pasaron ocho días en una gruta profunda, con uno que Tú habías mandado y que conocía todos los secretos de los montes. Después, de noche, lentamente, fueron a la otra parte…

Discípulos y apóstoles están agitados: los primeros evocando estas persecuciones, los segundos conociéndolas.

Pero Jesús los calma diciendo:
-Los Inocentes han teñido con la púrpura de su sangre inocente el camino de Cristo. Pero ese camino debe ser purpurado una y otra vez, constantemente, para borrar las huellas del Mal en el camino de Dios. Es camino regio. Lo purpuran los mártires por amor a mí. ¡Bienaventurados entre los bienaventurados aquellos que por mí sufren persecución!

-Maestro, estábamos hablando a esos labriegos. ¿No vas a hablar Tú ahora? -pregunta el ex pastor Juan.

-Id a decir que a la puesta del sol hablaré en la puerta de Emaús. Ahora el sol lo impide. Id. Y que Dios esté con vosotros. Yo estaré al final de este camino.

Los bendice y reanuda la marcha, buscando sombra, porque el sol es abrasador en el blanco camino, en el que no hay más que dos delgadas franjas de sombra, de plátanos puestos como protección en los bordes del camino.

403- Una lucha y victoria espiritual de Simón de Jonás

Y te aferro por fin de nuevo, dulce Evangelio, santo seguimiento de mi Maestro por los caminos de Palestina. Llevadas a cabo todas las obediencias, vuelvo a ti; mejor dicho, vuelves a mí.

No sé sí hay alguien que reflexione sobre la lección muda, pero muy formativa, que da e1 Señor con sus silencios, causados por tres motivos distintos:

1°, la piedad por la debilidad del portavoz enfermo, a veces verdaderamente a los bordes de la muerte;
2°, el castigo del silencio para quien no se comporta bien respecto a su don;
3°, la lección que me da -y es de ésta de la que quiero hablar -del deber de obedecer siempre, aunque sea una obediencia que nos pueda parecer inferior al trabajo que por ella suspendemos.

¡Oh, no es fácil ser "voz"! Se vive siempre en un ejercicio continuo de vigilancia y obediencia. Y Jesús -Él, que es el Amo del mundo -no se permite hacer transgredir la obediencia que está cumpliendo su instrumento, cuando es una obediencia dada por quien goza de competencia para poder darla.

Yo, en estos días, debía obedecer a las cosas que me había indicado el P Migliorini; eran muy burocráticas y, por tanto, muy latosas. Pero Jesús no ha intervenido en ningún momento, porque debía llevar a cabo la obediencia. Y además exacta, total, como ayer dijo Azarías en su explicación de la Santa Misa. (Como ayer dijo Azarías en uno de los comentarios a las Misas festivas, que forman parte del "Libro de Azarías")

Pero ahora, hecho todo, te puedo contemplar, oh mi Señor que desciendes por los caminos escarpados hacia el fértil valle, dejando a tus espaldas el castillo de Béter, aún luminoso en este día que ya muere, allá arriba, en lo alto de su collado florido… Dejando allá arriba el amor de las discípulas, de los niños, de los humildes, y bajando hacia los caminos que van a Jerusalén, hacia el mundo, hacia abajo… Y no son más oscuros que las cimas sólo porque sean "valle" -y, por tanto, el sol, la luz, desde hace un rato se han ido -, sino porque, sobre todo porque abajo, en el mundo, está la emboscada, el odio… mucho mal hay esperándote, mi Señor…

Jesús va delante de todos: forma blanca y silenciosa que, incluso descendiendo por los senderos incómodos y abruptos, tomados para acortar el recorrido, camina majestuosa. En la bajada, la larga túnica, el amplio manto, rozan el suelo de la pendiente, y Jesús parece ya envuelto en regio manto que forma cola tras sus pasos.

Detrás de Él, menos majestuosos, pero igualmente silenciosos, los apóstoles… El último, Judas, un poco distanciado, feo con su sombría rabia. Alguna vez los más simples -Andrés, Tomás -se vuelven a mirarlo, y Andrés incluso le dice:

« ¿Por qué estás tan solo y tan atrás?
¿Te sientes mal?», lo cual provoca un áspero: «

¡Preocúpate de ti!» que sorprende a Andrés, mucho más considerando que la frase va acompañada de un epíteto vulgar.

Pedro es el segundo de la fila de los apóstoles (detrás de Santiago de Alfeo, que sigue inmediatamente al Maestro).

Y Pedro oye, en medio del gran silencio de la noche en los montes. Y, como impulsado por un resorte, se vuelve. Está ya para volver hacia atrás impulsivamente, para ir donde Judas… pero se queda clavado con sus dos pies.

Piensa un momento, corre donde Jesús. Le agarra un brazo bruscamente y lo menea diciendo inquieto: -Maestro, ¿me aseguras que es exactamente como me has dicho la otra noche? ¿Que sacrificios y oraciones no quedan nunca frustrados, aunque parezca que no sirvan?…

Jesús, manso, triste, pálido, mira a su Simón, que suda por el esfuerzo de no reaccionar inmediatamente al insulto, que está lívido, que incluso tiembla, que quizás le hace daño por lo rudamente que le tiene cogido el brazo, y responde con una sonrisa de triste paz:

-No quedan nunca sin premio. Puedes estar seguro de ello.

Pedro lo deja, y va no a su sitio sino a la pendiente del monte, se mete entre los árboles y se desahoga rompiendo, rompiendo arbustos y árboles jóvenes con una violencia que estaba dirigida a otro lugar y que se descarga ahí, en los troncos.

-¿Pero qué haces? ¿Estás loco? -le preguntan varios.

Pedro no responde. Rompe, rompe, rompe. Se deja pasar por toda la fila de los apóstoles, por Judas… y rompe, rompe, rompe. Parece como si trabajara a destajo de tanta velocidad como imprime.

A sus pies hay un haz que sería suficiente para asar un ternero. Se lo carga con dificultad y se pone a dar alcance a sus compañeros. No sé cómo lo logra, tan obstaculizado como está por el manto, el peso, la alforja, el sendero incómodo… pero va, muy curvado, como bajo un yugo…

Y Judas se ríe al verlo venir, y dice:
-¡Pareces un esclavo!

Pedro tuerce con dificultad la cabeza desde debajo de su yugo y está para decir algo, pero calla, aprieta los dientes y sigue adelante.

-¿Te ayudo, hermano? -dice Andrés.
-No.
-Pero para un cordero es demasiada leña -observa Santiago de Zebedeo.

Pedro no responde. Prosigue así. Debe estar que no puede más, pero no cede.

Por fin, cerca de una gruta que está casi al final de la bajada, Jesús se para, y con Él todos.

-Nos detendremos aquí. Reanudaremos la marcha con las primeras luces -indica el Maestro -Preparad la cena.
Entonces Pedro arroja al suelo su carga y se sienta encima, sin explicar a nadie el motivo de ese gran esfuerzo suyo. Hay leña por todas partes.

Pero, cuando unos van a un sitio y otros a otro, para tomar agua de beber, para limpiar el suelo de la gruta o para lavar el cordero que será asado, y Pedro se queda sólo con su Maestro, entonces Jesús, de pie, pone la mano en la cabeza entrecana de su Simón y acaricia esa cabeza honesta…

Entonces Pedro aferra esa mano y la besa, y la mantiene contra su cara y vuelve a besarla y la acaricia… Una gota desciende a la mano blanca, una gota que no es sudor del rudo y honesto apóstol, sino que es su llanto silencioso de amor y aflicción, de victoria después del esfuerzo.

Jesús se inclina, lo besa y le dice:

-¡Gracias, Simón!

Pedro, la verdad, no es un hombre guapo; pero sucede que cuando echa hacia atrás la cabeza para mirar a su Jesús, que lo ha besado y le ha dado las gracias porque ha comprendido, sólo Él ha comprendido, entonces la veneración y la alegría lo hacen guapo…

Y con esta transformación me cesa la visión.

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