por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
La casita de Salomón -la que vi sin saber quién era su propietario, en Marzo de 1944, en la visión de la resurrección de Lázaro -es una de las últimas de la única calle, que acaba en el río, de este pueblecito pobre y apartado.
Un pueblecito de barqueros. Sus casitas más… ricas están dispuestas a lo largo de esta callecita polvorienta: las otras, esparcidas a la buena de Dios entre los árboles de las orillas.
Verdaderamente no son muchas -no creo que lleguen a cincuenta -, y tan pequeñas que cabrían todas en uno de esos bloques de viviendas proletarias de las grandes ciudades actuales.
Ahora la primavera les da una apariencia menos mísera, porque las decora con su frescura, y hay guirnaldas de convólvulos, o festones de vides, o un franco reír de flores amarillas de calabaza, en las rudimentarias estacadas que señalan las propiedades, en las orillas de los techos, u orlando las puertas de las casas, y no falta alguna rosa como desorientada, ella bella en medio de cestas y redes, en medio del dorado de la mostaza en flor, en medio del humilde cimbreo de las primeras vainas de las legumbres.
La calle también parece menos fea, porque el cañaveral del fondo no tiene sólo las cuentas duras de los nudos polvorientos, sino que se adorna con los penachos de las heleocarias, y, entre las cintas de las hojas de las cañas, eleva los cuchillos de los gladios silvestres, que lucen las multicolores mazorcas de sus flores, mientras los sutiles zarcillos de tallito filiforme abrazan en espiral nudos y cañas y en cada giro ponen el cáliz delicadísimo de su florecilla de un color rosa lila tenuísimo.
Y pájaros, a miríadas, se requieren de amores entre los cañizares, coqueteando en lo alto de las cañas, acunándose colgados de los zarcillos, poniendo trinos y colores entre el verdor de las orillas palustres.
Jesús empuja la tosca cancilla, pequeña, que introduce en una huertecilla o patio. La verdad es que, si era una huerta, ahora es un revoltijo agreste de hierbas crecidas de nuevo; y, si era un patio, es igualmente un lío de yerbajos sembrados por los vientos. Sólo algunas calabazas han mostrado inteligencia, agarrándose a la única planta de vid y a la higuera, y subiendo a poner las bocas rientes de sus flores al lado de los racimos en miniatura de la vid o al lado de las tiernas hojas de la higuera, las cuales en su base, en la concavidad del pecíolo, tienen la yema dura de los higos-flor apenas formados.
Las ortigas martirizan los pies desnudos, tanto que Pedro y Tomás, recogidos dos remos carcomidos, se lían a abatir las irritantes plantas para disminuir su veneno.
Entretanto, Santiago y Juan tratan de hacer funcionar la gran cerradura oxidada, y, conseguido su objetivo, abren la tosca puerta y entran en una habitación-cocina que huele fuertemente a moho y a cerrado. Polvo y telarañas decoran las paredes; una basta mesa, unos bancos y otros asientos, una repisa, son su mobiliario; dos puertas se abren en una de las paredes.
Pedro explora…
-Aquí hay un cuarto pequeño con una cama sola. Buena para Jesús… ¿Y aquí? ¡Ah! ¡Ya! Esto es la despensa, el trastero, el granero y la ratonera… ¡Fíjate qué carreras de ratones! Han roído todo en estos meses. Pero ahora voy a arreglaros yo, no lo dudéis. Maestro… ¿podemos movernos aquí como si fuéramos los amos?
-Eso dijo Salomón.
-¡Muy bien! ¡Venga, hermano, y tú, Santiago! Venid aquí a cerrar todos los agujeros. Y Tú, Mateo, con Judas, métete en la puerta, y estáte atento a que no salga ni un solo ratón. Imagínate que eres todavía el amable recaudador de Cafarnaúm. Entonces no se te escapaba ni un solo cliente, ni aunque se hiciera ligero como una lagartija cuando se despierta… Y vosotros id a la huerta a recoger la mayor cantidad que podáis de yerbajos y traedlos aquí. Y tú, Maestro, ve… donde quieras, mientras… yo arreglo a estos diablos inmundos que han destrozado estas cómodas redes y se han comido la quilla entera de una barca…
Y mientras habla amontona maderas roídas, pedazos de red reducida a estopa, haces de leña… todo en medio de la habitación, y, cuando ya tiene las hierbas verdes, las pone encima de lo demás y prende fuego y se separa mientras las primeras espiras de humo se alzan del montón. Ríe diciendo:
-¡Y que mueran todos los filisteos!
-¿No vas a prender fuego a todo? -pregunta Simón Zelote.
-No, amigo. Porque la humedad de los ramajes mantiene bajas las llamas, y las llamas sacan de las yerbas el humo, de forma que, con buena alianza, lo seco y lo verde se ayudan en la venganza. ¿Sientes qué mal huele? ¡Dentro de poco verás qué chillidos! ¿Quién me hablaba de los cisnes que cantan antes de morir? ¡Ah, Síntica! Dentro de poco también cantarán los ratones.
Judas Iscariote corta bruscamente una carcajada y observa:
-No se ha podido saber nada más de ella. Y tampoco nada de Juan de Endor. ¿Quién sabe a dónde habrán ido a parar?
-Sin duda al lugar adecuado -responde Pedro.
-¿Lo sabes?
-Sé que ya no están para ser diana de la malevolencia.
-¿No has preguntado a nadie? Yo sí.
-Y yo no. No es una cosa que me interese el saber dónde están. Me basta con pensar que son santos y orar porque sigan siéndolo.
Tomás dice:
-A mí me han preguntado por ellos algunos fariseos ricos, clientes de mi padre. Pero he respondido que no sé nada.
-¿Y no sientes curiosidad por saberlo? -insiste Judas.
-Yo no, y digo la verdad…
-¡Mirad! ¡Mirad! El humo hace efecto. Pero vamos a salir, que, si no, nos ahogamos también nosotros -dice Pedro. Y desviando así la atención se pone fin al tema.
Jesús está en la huerta. Endereza unos tallos de legumbres arrastradas por el suelo, nacidas de semillas que han caído ahí.
-¿Estás de hortelano, Maestro? -pregunta sonriendo Felipe.
-Sí. Me da pena ver una planta arrastrada por el suelo, inútil, cuando, por el contrario, está destinada a elevarse hacia el sol y a dar fruto.
-Bonito tema para un discurso, Maestro -observa Bartolomé.
-Sí. Bonito. Todo sirve como tema para quien sabe meditar.
-Te ayudamos también nosotros. ¡Venga! ¿Quién va a las cañas del río, a coger algunas para las legumbres?
Van los jóvenes, riendo, y los más ancianos se ponen a hacer limpieza arrancando con atención las hierbas parásitas.
-¡Así se ve que es una huerta! No hay hortalizas para ensalada. Pero sí que hay puerros, ajos, verduras, hierbas delicadas y legumbres. ¡Y calabazas! ¡Cuántas calabazas! Hay que podar la vid, liberar la higuera y…
-¡Pero Simón, no nos vamos a quedar aquí!… -dice Mateo.
-Pero vendremos varias veces. Lo ha dicho Él. Y no nos perjudicará el tener un poco de orden aquí alrededor.
¡Mira, mira! También hay un jazmín -¡pobrecito! -debajo de esta cascada de calabazas. Si viera Porfiria esta planta tan triste, lloraría sobre ella y le hablaría como a un niño. Sí, porque antes de tener a Margziam les hablaba a sus flores como a hijos… Exactamente. También aquí he hecho espacio. He quitado la calabaza porque… "¡Ah!, ahí vienen los muchachos con las cañas y con un… ¡Maestro, hay trabajo para ti! ¡Está ciego!
En efecto, entran Santiago y Juan, Andrés y Tomás, cargados de cañas, y Tomás trae, casi en peso, a un pobre viejecito todo harapiento y que tiene los ojos blancos debido a las cataratas.
-Maestro, estaba buscando plantas de achicoria en las orillas y le ha faltado poco para caerse al agua. Está solo desde hace algunos meses, porque el hijo que lo mantenía ha muerto; la nuera se ha vuelto a su casa y él.., vive como puede. ¿Verdad, padre?
.Sí. Sí. ¿Dónde está el Señor? -dice mientras le giran los ojos velados.
-Aquí está. ¿Ves esa blancura alargada? Es Él.
Pero Jesús ya se ha acercado y lo toma de la mano.
-¿Estás solo, pobre padre? ¿Y no ves?
-No. Mientras podía ver, tejía cestas y nasas, y hacía redes. Pero ahora… Veo más con los dedos que con los ojos, y cuando busco hierbas me equivoco y algunas veces me hago daño al vientre con hierbas nocivas.
-Pero en el pueblo…
-Son todos pobres y están llenos de hijos, y yo soy viejo… Duele que se muera un burro…. ¡Pero si se muere un viejo!… ¿Qué es un viejo? ¿Qué soy? Mi nuera se me ha llevado todo. Pero si por lo menos me hubiera llevado con ella, como una oveja vieja, para que gozara de la presencia de mis nietos… los hijos de mi hijo… -llora apoyado en el pecho de Jesús, que lo tiene entre sus brazos y lo acaricia.
-¿No tienes casa?
-La vendí.
-¿Y cómo vives?
-Como los animales. Los primeros días me ayudaba el pueblo. Pero luego se cansaron…
-Salomón está degenerando entonces, porque es generoso -observa Mateo.
-Es generoso con nosotros. ¿Por qué no ha dado la casa a este anciano? -pregunta Felipe.
-Porque, cuando pasó por aquí la última vez, yo tenía todavía una casa. Salomón es bueno. Pero el pueblo lo llama "el loco" desde hace un tiempo, y ya no hacen lo que él había enseñado que había que hacer -dice el anciano.
-¿Quisieras quedarte aquí conmigo?
-¡Ya no echaría de menos a mis nietos!
-Aunque siguieras siendo pobre y siguieras estando ciego, ¿te bastaría servirme para ser feliz?
-¡Sí!
Un "sí" tembloroso pero muy seguro.
-De acuerdo, padre. Escúchame. Tú no puedes andar el camino que ando Yo. No puedo quedarme aquí. Pero podemos querernos y hacernos el bien mutuamente.
-Tú a mí, sí. Pero yo… ¿Qué puede hacer el viejo Ananías?
-Cuidarme la casa y la huerta, para que cada vez que vuelva las encuentre ordenadas. ¿Te gusta?
-¡Sí! Pero estoy ciego… La casa… me acostumbraré a las paredes. Pero la huerta… ¿Qué puedo hacer para cuidarla, si no distingo las hierbas? ¡Oh, sí, qué bonito sería servirte, Señor! Terminar la vida así…
El viejecito tiene las manos contra el corazón, soñando esta cosa imposible.
Jesús se inclina sonriendo y le besa los ojos velados…
-Pero yo… empiezo a ver… Veo… ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!…
Vacila de alegría, y se desplomaría si Jesús no lo sujetase.
-¡Claro… la alegría!… -dice Pedro con la voz ronca de la emoción.
-Y también el hambre… Ha dicho que hace días que vive sólo a base de achicoria, sin aceite ni sal… -termina Tomás.
-Sí, por eso lo hemos traído. Para darle de comer…
-¡Pobre anciano! -todos se muestran compasivos.
El viejecito vuelve en sí y llora, llora. El pobre llanto de los ancianos… tan triste, aun cuando es de alegría; y
susurra:
-¡Ahora sí, ahora puedo servirte, bendito! ¡Bendito! ¡Bendito! -y hace ademán de agacharse a besar los pies de Jesús.
-No, padre. Ahora vamos a entrar, vamos a comer, y luego te damos una túnica; tú estarás entre hijos y nosotros tendremos un padre que nos dará su bienvenida cada vez que volvamos y su bendición cada vez que salgamos. Buscaremos dos palomas, para que tengas criaturas vivas a tu alrededor. Buscaremos simientes para la huerta. Sembrarás semillas en los cuadros de la huerta, y la fe en mí en los corazones de este pueblo.
-¡Enseñaré la caridad! ¡No la tienen!
-También la caridad. Pero sé dulce…
-Lo seré. No dije ninguna palabra dura a mi nuera mientras me abandonaba. He comprendido y perdonado.
-Te lo he visto en tu corazón. Por eso te he amado. Ven. Ven conmigo…
Y Jesús entra en la casa llevando de la mano al viejecito. Pedro los ve caminar y se seca una lágrima con el dorso de la mano, antes de reanudar el trabajo interrumpido.
-¿Lloras, hermano?
Pedro no responde. Andrés insiste:
-¿Por qué lloras, hermano?
-Tú preocúpate de las gramas. Si lloro es porque… bueno, yo sé por qué…
-Dínoslo, sé condescendiente -dicen varios.
-Es porque… Es porque a mí me tocan más el corazón estas lecciones tan… tan… bueno este tipo de lecciones, que no sus solemnes invectivas…
-¡Pero en esos casos se ve en Él el Rey! -exclama Judas.
-Y aquí se ve el Santo. Tiene razón Pedro -dice Bartolomé.
-Pero para reinar tiene que ser fuerte.
-Pero para redimir tiene que ser santo.
-Para las almas, sí; para Israel…
-Israel no será nunca Israel si las almas no se santifican.
Los síes y los noes se entrecruzan. Y cada uno con su distinto parecer.
El viejecito sale de nuevo, esta vez con una jarra en la mano. Va a tomar agua a la fuente. Está tan feliz, que no parece el mismo de antes.
-Anciano padre, escucha. Según tú, ¿de qué tiene necesidad Israel para ser grande -pregunta Andrés -, de un rey o de un santo?
-Tiene necesidad de Dios. De ese Dios que ahí dentro ora y medita. ¡Ah! ¡Hijos, hijos! ¡Sed buenos, vosotros que lo seguís! ¡Sed buenos, buenos, buenos! ¡Qué don os ha dado el Señor! ¡Qué don! ¡Qué don! -y se aleja, agitando los brazos hacia el cielo y susurrando: « ¡Qué don! ¡Qué don!»…
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Las orillas del Jordán en las inmediaciones del vado, en estos días de regreso de las caravanas hacia las diversas comarcas de residencia, asemejan en todo a un campamento nómada.
Hay, esparcidas por todas partes, a lo largo de los bosques que forman una orla verde en los lados del río, tiendas, o incluso simplemente mantas extendidas de un tronco a otro, apoyadas en palos hincados en el suelo, atadas a la alta silla de un camello, en definitiva, sujetas de alguna manera, lo suficiente como para poderse meter uno debajo y ampararse del aguazo, que debe ser hasta lluvia en estos lugares por debajo del nivel del mar.
Cuando Jesús llega a las orillas con los suyos, al norte del vado, los campamentos se están despertando lentamente. Jesús debe haber salido de la casa de Nique verdaderamente con los primeros albores, porque todavía no es plena aurora. Ya el aspecto del lugar es bello, fresco, sereno.
Los más diligentes empiezan a salir de las variopintas tiendas y a bajar al río para lavarse, despertados por los relinchos o rebuznos, por los gritos estridentes de caballos, asnos y camellos, y por las peleas o cantos de centenares de pájaros y otras aves que están entre el follaje de los sauces, de los cañaverales, o de los altos árboles que forman galerías verdes sobre las márgenes floridas. Algún lloro de niño y voces dulces de madres hablando a sus hijos.
La vida vuelve en todas sus manifestaciones, a cada minuto. De la cercana Jericó vienen vendedores de todas las especies y nuevos peregrinos, y guardias y soldados con la misión de vigilar y mantener el orden, en estos días en que gente de todas las regiones se encuentran y no se ahorran insultos ni reproches, y en los cuales no deben ser poco frecuentes los robos de rateros que se mezclan con apariencia de peregrinos -en realidad para cometer ladronerías -entre el gentío.
Tampoco faltan las mujeres públicas que tratan de hacer "su" peregrinaje pascual, o sea, sacar a los peregrinos más ricos y lujuriosos dinero y regalos como pago a una hora de placer, en la cual míseramente quedan anuladas todas las purificaciones pascuales…
Las mujeres honestas que están entre los peregrinos junto con sus maridos o sus hijos ya adultos chillan como urracas inquietas para llamar a sus hombres (a los que están embobados -o les parece que lo están a sus mujeres o madres-observando a las meretrices). Éstas ríen con desfachatez, y responden ásperamente a los… apelativos que las honestas les propinan. Los hombres, especialmente los soldados, ríen, y no rehúsan bromear con las mujeres públicas.
Algún israelita, verdaderamente rígido de moral, o sólo hipócritamente, se aleja desdeñado, y otros… anticipan el alfabeto de los sordomudos, porque con gestos se entienden maravillosamente con las mundanas.
Jesús no sigue el camino recto que le llevaría al centro del campamento, sino que baja al guijarral del río, se descalza y camina por donde el agua ya lame la hierba. Los apóstoles lo siguen.
Los más ancianos, los más intransigentes, dicen con enfado:
-¡Y pensar que aquí el Bautista predicó penitencia!
-¡Ya! ¡Claro! ¡Este lugar ahora está más degradado que un pórtico de termas romanas!
-¡Y los que se llaman santos no se desdeñan de buscar aquí su pasatiempo!
-¿Ves también tú?
-También tengo ojos en la cara. ¡Veo! ¡Veo!…
En la cola de la pequeña tropa, que lleva a la cabeza a Jesús, entre Andrés, Juan, Judas y Santiago de Alfeo, van los más jóvenes o los menos severos, o sea: Judas de Keriot, que ríe y mira muy atentamente lo que sucede en los grupos acampados y no se desdeña de contemplar a las guapas descaradas que han venido en busca de clientes; Tomás, que se ríe con ganas al ver las iras de las honestas; los desdenes de los fariseos; Mateo, que, habiendo sido un pecador, no puede hablar severamente contra el vicio y los viciosos, y se limita a suspirar y a menear la cabeza; y Santiago de Zebedeo, que observa sin interés ni críticas, con indiferencia.
El rostro de Jesús está serio, marmóreo, como esculpido en una piedra. Y se pone cada vez más serio cuanto más llegan a Él, desde lo alto del ribazo, frases admiradoras, o conversaciones desvergonzadas entre un hombre poco honesto y una mujer de placer. Mira siempre hacia adelante, fijamente. No quiere ver. Y su intención es muy clara por todo su aspecto.
Pero un joven, muy ricamente vestido, que con otros de su edad está hablando con dos mujeres mundanas, dice fuerte a una de ellas:
-¡Venga, venga! Que nos queremos reír un poco. ¡Ofrécete! ¡Consuélalo! Está triste porque es pobre y no puede comprarse hembras.
A Jesús le afluye por un momento el color rojo a su cara de marfil, que luego palidece de nuevo; pero no vuelve la mirada: la alteración del color es la única señal de que ha oído.
La desvergonzada, toda ella un traqueteo de adornos entre un liviano ondear de vestidos, con un grito zalamero, salta al guijarral desde la parte baja del ribazo, y encuentra la forma, al hacerlo, de mostrar furtivamente muchas secretas bellezas. Cae justo a los pies de Jesús, y toda ella un trino de risas en su bonita boca, y una invitación de ojos y de formas, grita:
-¡Oh, el más guapo de los nacidos de mujer! ¡Por un beso de tu boca, toda yo gratis!
Juan, Andrés, Judas y Santiago de Alfeo se han quedado inmóviles de escandalizado estupor y no saben hacer ningún gesto. ¡Pero Pedro! Da un salto de pantera y, desde su grupo, se abalanza sobre la malaventurada, que está de rodillas medio echada para atrás, la zarandea, la levanta, la arroja contra el ribazo con un epíteto tremendo, y arremete contra ella para darle el resto.
Jesús dice:
-¡Simón!
Un grito en que hay más que en un discurso.
Y Simón vuelve, rojo de ira, donde su Señor.
-¿Por qué no me dejas castigarla?
-Simón, no se castiga un vestido manchado. Se le lava. Esa mujer tiene por vestido su carne manchada, y su alma está profanada. Debemos orar para limpiarla en el alma y en la carne.
Y lo dice dulcemente, en voz baja, pero no tan baja que no lo pueda oír la mujer; y, reanudando la marcha, vuelve ahora sí que la vuelve -un instante la mirada de sus dulces ojos a la desventurada. ¡Una mirada, una sola! ¡Un instante, uno solo! ¡Pero hay en ella toda la potencia del misericordioso amor! Y la mujer agacha la cabeza y sube el velo, se envuelve en él… Jesús prosigue su camino.
Ya está en el vado. Las aguas, bajas, permiten que pasen por ellas a pie los adultos. Basta con subirse la ropa por encima de las rodillas y buscar las piedras anchas y sumergidas que blanquean bajo las aguas cristalinas para hacer de acera a los que vadean el río; mientras que los que van en cabalgaduras pasan río abajo.
Los apóstoles chapotean contentos dentro del agua, que les llega hasta la mitad del muslo. Pedro… no da crédito a ello. Promete y se promete que durante la estancia en casa de Salomón no faltará el modo de regalarse un baño «refrescante», dice él, como compensación de la «tostadura» de ayer.
Ya están en la otra parte. También aquí hay mucha gente, que se pone en movimiento después de la noche o que se seca tras haber vadeado el río.
Jesús ordena:
-Diseminaos para decir que está el Rabí. Yo voy junto a aquel tronco derribado y os espero.
Pronto mucha gente ha sido avisada y ya acude.
Jesús empieza a hablar. Toma como motivo un cortejo que pasa llorando detrás de unas angarillas, sobre las cuales hay uno que se ha enfermado en Jerusalén; ahora, desahuciado por los médicos, lo llevan rápidamente a casa para que muera allí. Todos hablan de él porque es rico y joven todavía. Y muchos dicen:
-¡Pues debe ser un gran dolor el morir con tantas riquezas y tan pocos años!
Y hay quien dice (quizás son personas que ya creen en Jesús):
-¡Le está bien empleado! No sabe tener fe. Los discípulos han ido a decir a los parientes: “Allí está el Salvador. Si tenéis fe y pedís, el enfermo se curará". Pero -el primero él -se han negado a venir al Rabí.
Las críticas siguen a las manifestaciones de compasión. Y Jesús se sirve de todo esto para empezar a hablar.
-¡La paz a todos vosotros!
Ciertamente a los ricos y jóvenes que son ricos y jóvenes sólo en dinero y años les duele morir, pero a los que son ricos en virtud y jóvenes por pureza de costumbres no les duele.
E1 verdadero sabio, desde el uso de razón en adelante, se conduce de forma tal, que su muerte sea plácida. La vida es la preparación de la muerte, como la muerte es la preparación a la Vida más grande que hay. El verdadero sabio, desde que comprende la verdad de la vida y de la muerte, de la muerte para la resurrección, se industria en todos los modos posibles para despojarse de todo lo inútil y para enriquecerse con todo lo útil, o sea, las virtudes y las buenas acciones, y así disponer de un bagaje de bienes ante Aquel que lo llama a su presencia para juzgarlo, para premiarlo, o para castigarlo con justicia perfecta.
El verdadero sabio conduce una vida que lo hace más adulto en la sabiduría que un anciano, y más joven que un adolescente, porque, viviendo con virtud y justicia, conserva en el corazón una frescura de sentimientos que en algunos casos ni siquiera los adolescentes tienen. ¡Qué dulce es entonces morir! Reclinar la cabeza cansada en el seno del Padre, recogerse en su abrazo, decir entre las brumas de la vida que huye: "Te amo, espero en ti, en ti creo", decirlo por última vez en la Tierra para decir después el jubiloso "¡Te amo!", eternamente, entre los fulgores del Paraíso.
¿Duro pensamiento la muerte? No. Justo decreto para todos los mortales, no grávido de angustia sino para aquellos que no creen y están cargados de culpas. Inútilmente el hombre, para explicar las angustias exasperadas de uno que muere y que en su vida no fue bueno, dice: "Es porque no quisiera morir todavía, porque no ha hecho ningún bien, o ha hecho poco bien, y querría vivir más para satisfacer por ello".
En vano dice: "Si hubiera vivido más, habría podido conseguir un premio mayor, porque habría hecho más". El alma sabe, al menos confusamente, cuánto tiempo le es dado: respecto a la eternidad, prácticamente nada. Y el alma incita a todo el yo a actuar.
(El alma sabe… Con una nota en una copia mecanografiada, MV precisa: “Sabe que la duración de la vida terrena es breve y la muerte puede descargar su mano de improviso, incluso en tierna edad o juventud. Por eso incita a obrar bien, enseguida…”)
Pero, ¡pobre alma! La verdad es que en muchas ocasiones se ve oprimida, pisoteada, amordazada para no oír sus palabras.
Esto sucede en los que no tienen buena voluntad. Por el contrario, los hombres justos, desde la niñez, escuchan al alma, obedecen sus consejos, y, laboriosos, obran continuamente. Joven en años pero rico en méritos muere el santo, algunas veces en la aurora de la vida; y no podría ser más santo de cuanto lo es ya, por cien o mil años que se añadieran, porque el amor a Dios y al prójimo, practicados en todas sus formas y con toda generosidad, lo hacen perfecto. En el Cielo no se mira cuántos años ha vivido uno, sino cómo ha vivido.
Se hace duelo ante los cadáveres. Se lloran. Pero el cadáver no llora. Uno tiembla por tenerse que morir, pero esa misma persona no se preocupa de vivir de forma que no haya de temblar en la hora de la muerte. ¿Y por qué no se llora y se hace duelo ante los cadáveres vivos, que son los cadáveres más verdaderos, aquellos que, como en un sepulcro, llevan en el cuerpo un alma muerta? ¿Y por qué los que lloran al pensar que su carne tiene que morir, no lloran por el cadáver que llevan dentro?
¡Cuántos cadáveres veo Yo, y que ríen y gastan bromas y no se lloran a sí mismos! ¡Cuántos padres, madres, esposos, hermanos, hijos, amigos, sacerdotes, maestros, veo que lloran sin sentido por un hijo, un cónyuge, un hermano, un padre, un amigo, un fiel, un discípulo, fallecidos en evidente amistad con Dios, después de una vida que ha sido una guirnalda de perfecciones; y que no lloran ante los cadáveres de las almas de un hijo, cónyuge, hermano, padre, amigo, fiel, discípulo, que está muerto por el vicio, por el pecado, y además muerto eternamente, perdido para siempre, si no se enmienda! ¿Por qué no tratar de resucitarlos? ¡Es amor, ¿sabéis?! Es el más grande amor.
¡Oh, lágrimas sin sentido por algo que era polvo y en polvo se ha convertido! ¡Idolatría del afecto! ¡Hipocresía del afecto! Llorad, sí, pero que sea por las almas muertas de vuestras personas más amadas. Tratad de llevarlos a la Vida. Y os hablo especialmente a vosotras, mujeres, que tanto podéis ante aquellos a quienes amáis.
Ahora, juntos, veamos aquello que la Sabiduría indica como causa de muerte y vergüenza.
No insultéis a Dios haciendo mal uso de la vida que os ha dado, manchándola con malas acciones que deshonran al hombre. No insultéis a vuestros padres con una conducta que arroja fango sobre sus cabellos blancos y espinos de fuego sobre sus últimos días. No injuriéis a quien os hace el bien, para no ser maldecidos por el amor que pisoteáis.
No injuriéis a quien gobierna, porque no es con la rebelión contra los gobernantes como se hacen grandes y libres las naciones, sino que la ayuda del Señor se obtiene con la conducta santa de los ciudadanos, y el Señor puede tocar el corazón de los gobernantes o quitarlos de su puesto o quitarles incluso la vida, como ha enseñado en repetidas ocasiones nuestra historia de Israel, cuando sobrepasan la medida, y, especialmente, cuando el pueblo, santificándose, merece el perdón por parte de Dios y Dios retira el instrumento opresor del cuello de los castigados. No injuriéis a vuestra mujer con la afrenta de adúlteros amores, ni hiráis la inocencia de vuestros hijos con el conocimiento de amores ilícitos.
Sed santos ante aquellos que en vosotros ven, por afecto y por deber, a la persona que debe ser el ejemplo de su vida. No podéis escindir la santidad hacia el prójimo más próximo de la santidad hacia Dios, porque una genera la otra como los dos amores, a Dios y al prójimo, se generan recíprocamente.
Sed justos con los amigos. La amistad es un parentesco del alma. Está escrito: "¡Cuán bello es para los amigos caminar juntos!". Pero es hermoso si se camina por un camino de bien. ¡Ay de aquel que corrompe y traiciona la amistad haciendo de ella un egoísmo, o una traición, o un vicio, o una injusticia! Demasiados son los que dicen: "Te amo" para saber las cosas del amigo y aprovecharlas en propio beneficio. Demasiados, los que usurpan los derechos del amigo.
Sed honestos con los jueces. Todos los jueces. Desde el altísimo, que es Dios, al cual no se le tima ni se le engaña con prácticas hipócritas, hasta el íntimo, que es la conciencia; hasta los amorosos, y dolientes, y atentos con su amor vigilante, que son los ojos de los familiares; hasta el severo, que son los jueces del pueblo. No mintáis invocando a Dios para dar fuerza a la mentira.
Sed honestos en las ventas y en las compras. Cuando vendéis y la concupiscencia os dice: "Roba para conseguir más ganancia", mientras que la conciencia os dice: "Sé honrado porque a ti te dolería que te robaran", escuchad esta última voz, recordando que no se debe hacer a los demás aquello que no querríamos que nos hicieran a nosotros mismos. El dinero que os dan a cambio de un producto muchas veces está bañado del sudor y el llanto del pobre.
Cuesta esfuerzo. Vosotros no sabéis cuánto dolor cuesta ese dinero, cuántos dolores hay detrás de esa moneda que a vosotros, vendedores, os parece siempre demasiado escasa por lo que dais. Niños enfermos, niños sin padre, ancianos escasos de dinero… ¡Oh, dolor santo y santa dignidad del pobre que el rico no comprende, ¿con qué finalidad no sois meditados?!
¿Por qué se vende con honradez al fuerte, al poderoso, por miedo a sus represalias, mientras que se abusa del indefenso, del hermano desconocido?
Ello es un delito más contra el amor que contra la honradez misma. Y Dios lo maldice, porque la lágrima extraída de los ojos del pobre, que sólo posee el llanto como reacción contra el atropello, para el Señor tiene la misma voz que la sangre extraída de las venas de un hombre por un homicida, por un Caín de su propio semejante.
Sed honestos en las miradas, como en la palabra y en las acciones. Una mirada dada a quien no la merece es semejante a un lazo, una mirada negada a quien la merece es como un puñal.
La mirada que se anuda con la pupila desvergonzada de la meretriz, y le dice: "¡Eres guapa!", y responde a su mirada invitante con la suya de adhesión, es peor que el nudo corredizo para el ahorcado.
La mirada negada al pariente pobre o al amigo caído en la miseria es semejante a un puñal clavado en el corazón de estos desdichados. Y lo mismo la mirada de odio para el enemigo, o de desprecio para el mendigo.
Al enemigo se le debe perdonar y amar al menos con el espíritu, si la carne se niega a amarlo. El perdón es amor del espíritu. No vengarse es amor del espíritu. Al mendigo se le debe amar porque ninguno lo conforta. No es suficiente arrojar una limosna y pasar despreciativos.
La limosna sirve para la carne hambrienta, desnuda, sin cobijo. Pero la piedad que sonríe cuando da, que se interesa por el llanto del infeliz, es pan del corazón. Amad, amad, amad.
Sed honestos en los diezmos y en las costumbres. Sed honestos dentro de vuestras casas, sin abusar del siervo sobrepasando la medida y sin atentar contra la sierva que duerme bajo vuestro techo: si bien el mundo ignora el hurto cometido en el secreto de la casa, el hurto a la esposa desconocedora de los hechos y a la sierva a la que deshonráis, Dios conoce vuestro pecado.
Sed honestos en cuanto a la lengua. Y honestos en la educación de los hijos y las hijas. Está escrito: "Haz esto para que tu hija no te haga el hazmerreír de la ciudad". Yo digo: "Haced esto para que el espíritu de vuestra hija no muera".
Y ahora idos. Yo os he dado un viático de sabiduría y también me marcho ahora. El Señor esté con los que se esfuerzan en amarlo.
Los bendice con el gesto y rápido, baja del tronco derribado para tomar un senderillo que hay entre los árboles. Remonta el río y pronto desaparece entre las verdes marañas de frondas.
La muchedumbre hace animados comentarios, no sin pareceres contrarios.
Naturalmente los contrarios son los pocos ejemplares de escribas y fariseos presentes entre las turbas de los humildes.
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
El camino, a pesar de que corte verdes campos orlados de árboles frondosos en su linde con él, es un horno bajo el sol cenital.
De los campos -los cereales se encaminan rápidamente a su maduración -viene un calor y olor como de horno en que la flor de la harina se transforma en pan. La luz es deslumbradora. Cada espiga, entre las glumas áureas y las aristas puntiagudas, parece una pequeña lámpara de oro, y los visos del sol en la paja de los tallos molestan a los ojos, como también los reflejos del camino, cegador de tanto sol. En vano los ojos buscan alivio en las frondas: si se alzan buscándolo, quedan aún más a merced del sol despiadado y han de bajarse enseguida, huyendo de esa violencia, y restringirse, reducirse a una abertura sutil entre las pestañas polvorientas, entre los bordes de los párpados enrojecidos y doloridos.
El sudor forma líneas brillantes en los carrillos polvorientos. Los pies cansados se arrastran levantando nuevo polvo que atormenta, atormenta, atormenta.
Jesús consuela a sus cansados apóstoles. Aunque Él también suda, se ha puesto sobre la cabeza el manto, para defenderse del sol, y aconseja a los demás que hagan lo mismo. Ellos obedecen sin decir nada. Están demasiado cansados para encontrar la fuerza necesaria para una de sus habituales manifestaciones de descontento. Van como borrachos…
-¡Ánimo!, que allá entre los campos hay una casa… -dice Jesús.
-Si es como las otras… lo único será el desconsuelo de recorrer mucho camino sin sentido por esas tierras abrasadoras rezonga Pedro bajo el manto. Y los otros lo confirman con un « ¡mmm!» desconsolado.
-Voy Yo. Quedaos aquí, debajo de esta poca sombra.
-No. No. Vamos también nosotros. Aquí no falta el agua. A1 menos tendrán un pozo… Y bebemos para apagar el fuego que tenemos dentro.
-Beber tan sudorosos os haría daño.
-Moriremos.., pero en todo caso será mejor que lo que tenemos ahora…
Jesús no rebate. Suspira y se pone a caminar delante del grupo, por un senderillo que hay entre los campos de cereales.
Los campos no llegan hasta la casa, sino sólo hasta los límites de un pomar maravilloso, lleno de sombra, donde la luz y el calor están mitigados, y que forma un cinturón óptimo y reconfortador en torno a la casa. Y los apóstoles, con un «¡ah!» de alivio, se lanzan adentro.
Jesús sigue andando, sin tener en cuenta sus peticiones de quedarse allí un buen rato.
Zurear de palomas, chirrío de garruchas, serenas voces de mujer vienen de la casa y se esparcen en el silencio soleado del campo. Jesús aparece en una placita que circunda a la casa, como una acera ancha y limpia sobre la que una pérgola de uva extiende un bordado de frondas y sombra protectora. Dos pozos, uno en el lado derecho, otro en el lado izquierdo de la casa, ensombrados por la vid.
Arriates junto a las paredes de la casa. Cortinas ligeras, de rayas oscuras, ondean en las puertas abiertas. Voces de mujeres y rumor de movimiento de loza salen de una habitación.
Jesús se dirige a ella, y a su paso una docena de palomas,
que estaban picoteando unos granos de cereales, alzan el vuelo con fuerte aleteo. El ruido atrae la atención de quien está en la habitación, y mientras Jesús aparta la cortina con la mano por la parte derecha, al mismo tiempo una criada la aparta por la izquierda… y se queda asombrada ante el Desconocido.
-¡Paz a esta casa! ¿Podéis darme refrigerio, como peregrino? -dice Jesús desde la puerta de esta habitación, que es una cocina grande donde las domésticas están lavando la loza usada para la comida del mediodía.
-La ama no te cerrará su casa. Voy a avisarle.
-Pero traigo conmigo a otros doce, y si pudiera darme refrigerio sólo a mí preferiría quedarme sin él.
-Vamos a decírselo a la ama sin duda…
-¡Maestro y Señor! ¿Tú aquí? ¿En mi casa? ¿Qué gracia especial es ésta? -interrumpe una voz; y una mujer, Nique, se acerca rápidamente y se arrodilla a besar los pies de Jesús.
Las criadas parecen estatuas. La que estaba lavando los platos se ha quedado con el trapo en la derecha y un plato que gotea en la izquierda enrojecida por el agua hirviendo. Otra, que estaba sacando brillo a los cuchillos, en un rincón, sentada en el suelo sobre los talones, se yergue sobre sus rodillas para ver mejor, y se le caen los cuchillos al suelo con estrépito. Una tercera, que estaba vaciando de ceniza los fogones, levanta la cara cenizosa y se queda así, por encima del nivel del hogar, con la boca abierta.
-¡Aquí estoy. Nos han rechazado en muchas casas. Estamos cansados y sedientos.
-¡Oh! ¡Ven! ¡Ven! No aquí. A las salas de septentrión, que son frescas y umbrosas. Y vosotras preparad agua para los cuerpos y bebidas aromáticas. Y tú, niña, corre a despertar al administrador; que te ayude para las primeras cosas de comer, en espera del banquete…
-¡No, Nique! No soy el invitado mundano. Soy tu Maestro perseguido. Te pido alojamiento y amor más que comida. Pido piedad. Más para mis amigos que para mí mismo…
-Sí, Señor. Pero ¿cuándo habéis comido por última vez?
-Ellos no lo sé. Yo ayer, al rayar el día, con ellos.
-¿Lo ves?… No voy a derrochar. Pero, como una madre o hermana, voy a darles a todos lo necesario, y a ti, como sierva y discípula, honor y ayuda. ¿Dónde están los hermanos?
-En el huerto. Pero quizás ya vienen. Oigo voces.
Nique corre fuera y los ve. Los llama y luego los conduce, junto con Jesús, a un fresco vestíbulo donde ya hay barreños y toallas y pueden refrescarse la cara, brazos y pies, del abundante polvo y del sudor.
-Por favor, quitaos esa ropa tan sudada; dádselo todo inmediatamente a las criadas. Es un gran descanso tener los vestidos limpios y las sandalias frescas. Y luego venid a esa sala. Os espero allí.
Y Nique se marcha, cerrando la puerta…
…¡Ah! ¡Pues se está bien en esta sombra y así, bien refrescados! -suspira Pedro entrando en 1a sala donde Nique los espera, atenta y respetuosa.
-Mi alegría por poderos aliviar es más grande que tu propio alivio, apóstol de mi Señor.
-¡Mmm! Apóstol… Ya… bueno… Mira, Nique, vamos a hacer una cosa simple, ¿eh? Tú sin mostrar que eres rica y culta, yo sin mostrar que soy apóstol; así… como buenos hermanos, que tienen necesidad el uno del otro para el alma y el cuerpo. Me da demasiado… miedo pensar que soy "apóstol".
-¿Miedo a qué? -pregunta sorprendida la mujer, y sonríe.
-De… ser demasiado… demasiado voluminoso respecto a la
arcilla que soy, y de que vaya a romperme por el peso… Miedo a… hacerme un engreído por la soberbia… Miedo de que… con la idea de que soy el apóstol, los otros… quiero decir, los discípulos… y las almas buenas, se mantengan distantes de mí y callen aunque me equivoque…
Y yo esto no lo quiero, porque entre los discípulos, incluso entre los que creen, así, llanamente y sin más, hay muchos que son mejores que yo, unos en una cosa, otros en otra; y yo quiero hacer como… como esa abeja que ha entrado y se ha chupado un poco de esto un poco de lo otro de las cestas de fruta que has mandado traer para nosotros, y ahora, para completar, añade los jugos de esas flores, y luego irá afuera a chupar tréboles y flores de lis, manzanillas y convólvulos. Toma de todos. Y yo necesito hacer como ella…
-¡Tú libas la más hermosa flor: el Maestro!
-Sí, Nique. Pero de É1 aprendo a hacerme hijo de Dios; de los hombres aprenderé a hacerme hombre.
-Lo eres.
-No, mujer. Soy poco menos que un animal. Y no sé verdaderamente cómo es que me soporta el Maestro…
-Te soporto porque sabes lo que eres, y por eso puedes ser trabajado como la pasta. Pero si hicieras resistencia y fueras terco, soberbio sobre todo, te alejaría de mí como a un demonio -dice Jesús.
Entran unas criadas con tazas de leche fría, y ánforas porosas donde los líquidos ciertamente están muy frescos.
-Por favor, tomad este refresco -dice Nique -Después podréis descansar hasta la noche. La casa tiene habitaciones y camas. Y, si no las tuviera, dejaría las mías para que descansarais vosotros. Maestro, me retiro para las labores de la casa. Sabéis todos dónde encontrarme, a mí y a las criadas.
-Ve. Y no estés preocupada por nosotros.
Nique sale. Los apóstoles hacen honor al refresco que les ha sido ofrecido. Y, comiendo con alegre apetito, hablan y comentan.
-¡Buena fruta!
-Y buena discípula.
-Bonita casa. No lujosa, pero no pobre.
-Y gobernada por una mujer que es dulce y fuerte al mismo tiempo. Orden, limpieza, respeto, y al mismo tiempo afectuosidad.
-¡Qué campos tan bonitos tiene alrededor! ¡Una buena riqueza!
-Sí. ¡Un horno!… -dice Pedro, que no ha olvidado todavía lo que ha sufrido. Los otros ríen.
-Pero aquí se está bien. ¿Y sabías que Nique estaba aquí? -pregunta Tomás.
-No más de lo que lo supierais vosotros. Sabía que cerca de Jericó tenía unas tierras que había adquirido hacía poco. Nada más. El amado ángel de los peregrinos nos ha guiado.
-La verdad es que te ha guiado a ti. Nosotros no queríamos venir.
-Yo estaba dispuesto ya a echarme al suelo y dejarme achicharrar por el sol antes que dar un sólo paso más -dice Mateo.
-Ya no se puede andar de día. Este año el sol muy pronto es fuerte. Parece que también él se está volviendo loco.
-Sí. Vamos a caminar durante las primeras horas del día y cuando sea de noche. Pero pronto iremos a los montes. Allí el calor está más mitigado.
-¿A mi casa? -pregunta Judas Iscariote.
-Sí, Judas. Y a Yuttá y a Hebrón.
-Pero no a Ascalón, ¿eh?
-No, Pedro. Iremos a lugares a donde no hayamos ido todavía. De todas formas, tendremos también sol y calor. Un poco de sacrificio por amor a mí y a las almas. Ahora descansad. Voy a orar al huerto.
-¿Pero Tú no estás nunca cansado? ¿No sería mejor que descansaras Tú también? -pregunta Judas de Alfeo.
-Quizás el Maestro quiere estar aquí un tiempo… -observa el Zelote.
-No, partimos al rayar el alba. Para esguazar el río durante las horas frescas.
-¿A dónde vamos a la otra orilla del Jordán?
-Las turbas regresan después de la Pascua a sus casas. En Jerusalén demasiados me buscaron en vano. Predicaré y curaré en el vado. Luego iremos a poner en orden la casita de Salomón. Nos será preciosa…
-¿Pero no volvemos a Galilea?
-También iremos allí. Pero estaremos mucho en estas partes meridionales y un refugio será precioso. Dormid. Yo salgo.
La cena debe haber tenido lugar. Es de noche. Abundantes gotas de rocío que de los aleros caen sonando en las hojas de la vid. Estrellas inverosímiles en el cielo; un número incalculable de estrellas, de estrellas en que se pierde la mirada. Cantos de grillos y aves nocturnas, y silencio de los campos.
Los apóstoles ya se han retirado. Pero Nique está levantada, escuchando al Maestro. Él está sentado rígidamente en un asiento de piedra que apoya contra la casa. La mujer está de pie, delante de Él, con postura de atento respeto.
Jesús debe estar terminando de desarrollar unas palabras. Dice:
-Sí. La observación es cabal. Pero es cierto que a este penitente, o mejor: a este que "está renaciendo", no le habría faltado la ayuda del Señor. Mientras cenábamos y tú preguntabas al mismo tiempo que servías, Yo pensaba que la ayuda eres tú. Has dicho: "No puedo seguirte sino por breves períodos, porque se debe vigilar la casa y a la servidumbre nueva". Y manifestabas tu desazón por ello, diciendo que si hubieras sabido que me ibas a haber encontrado enseguida, no habrías adquirido esto que te vincula.
Como puedes ver, esto ha servido para hospedar a los evangelizadores. Por tanto, es bueno. Pero es que, de todas formas, puedes servir… En espera de servir perfectamente a tu Señor, te pido un servicio, por amor a esa alma que está renaciendo, que está llena de buena voluntad, pero que es muy débil. El exceso de penitencia podría angustiarla, y Satanás servirse de esa angustia.
-¿Qué debo hacer, mi Señor?
-Ir. Cada luna, ir como si fuera un rito. Lo es. Es un rito de amor fraterno. Irás al Carit y, subiendo por el sendero que va entre los robles, llamarás: "¡Elías! ¡Elías!". Él se asomará, extrañado, para ver. Tú lo saludarás así: "La paz a ti, hermano, en nombre de Jesús el Nazareno". Le llevarás tantos panes bizcochados cuantos días tiene una luna. Nada más en el verano. Desde los Tabernáculos en adelante, junto con los panes le llevarás cuatro loges de aceite cada mes. Y para los Tabernáculos le llevarás una túnica caprina, que es pesada y no se moja, y una manta. Ninguna otra cosa.
-¿Y ninguna palabra?
-Las estrictamente útiles. Te preguntará por mí. Dirás lo que sabes. Te confiará sus dudas, esperanzas y desalientos. Tú dirás lo que tu fe y piedad te inspiren. Por otra parte, no durará mucho el sacrificio… Ni siquiera doce lunas… ¿Quieres ser compasiva conmigo y con el penitente?
-Sí, mi Señor… Pero ¿por qué tan triste?
-¿Y tú por qué lloras?
-Porque en tus palabras presiento presagio de muerte…
¿Te voy a perder tan pronto, Señor?
Nique llora en su velo.
-¡No llores! Tendré mucha paz, después… Sin odio. Sin celadas. Sin todo este… horror del pecado contra mí, en torno a mí… Sin compañías atroces… ¡No llores, Nique! Tu Salvador estará en paz. Victorioso…
-Pero antes… pero antes… Con mi marido siempre leíamos a los profetas… Y temblábamos de horror por las palabras de David e Isaías… Pero, ¿te va a pasar eso?, ¿exactamente eso?
-Eso y más todavía…
-¡Oh!… ¿Quién te consolará? ¿Quién hará que en tu muerte tengas… esperanza todavía'?
-El amor de los discípulos, y especialmente de las discípulas fieles.
-También el mío, entonces. Porque yo bajo ningún concepto estaré lejos de mi Redentor. Sólo… ¡oh! ¡Señor!… exige de mi todas las penitencias, todos los sacrificios, pero dame un coraje viril para esa hora. Cuando Tú seas "como una teja reseca", y tengas "la lengua pegada al paladar" por la sed, cuando parezcas "el leproso que se cubre la cara", haz que yo te conozca como Rey de reyes y te asista como sierva devota. ¡No me escondas tu rostro torturado, Dios mío! Como ahora dejas que me deleite en tu fulgor, Estrella de la mañana, haz que pueda mirarte entonces, y que tu rostro se estampe en mi corazón, que -¡ay, el mío también, como el tuyo! -ese día estará blando como la cera, por el dolor…
Nique está ahora de rodillas, casi abatida, y de vez en cuando levanta su cara bañada en lágrimas a mirar a su Señor, candor de carne bajo el candor de la luna contra el color oscuro de la pared.
-Tendrás todo esto. Y Yo, tu piedad. Subirá conmigo a mi patíbulo y de allí subirá conmigo al Cielo. Tu corona para toda la eternidad. Ángeles y hombres dirán de ti la más bella alabanza: "En la hora de la desventura, del pecado, de la duda, ella fue fiel, no pecó y socorrió a su Señor".
Levántate, mujer. Y bendita seas ya desde ahora y para siempre.
Le impone las manos mientras ella hace ademán de ponerse de pie, y luego vuelven a la casa silenciosa, para el descanso de la noche.
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Espera al Maestro mucha gente, diseminada por las laderas más bajas de un monte que está más bien aislado, porque sobresale de una red de valles que lo circundan, a partir de los cuales sus laderas se alzan (mejor: afloran bruscamente, escarpadas, casi a pico, en ciertos casos totalmente a pico).
Para llegar a la cima, un sendero labrado en la roca calcárea araña, serpenteando, las abruptas laderas del monte; en ciertos lugares tiene, como límite, por una parte la pared recta del monte, por otra el despeñadero escarpado.
Y el sendero escabroso, amarillento oscuro, tendente casi al rojizo, parece una cinta arrojada en medio del verde polvoriento de bajos matorrales espinosos, punzantísimos; yo diría que las hojas son las púas mismas que cubren las rocosas y áridas pendientes, adornándose acá o allá con una flor espléndida morado-roja semejante a un penacho o a un copo de seda arrancado de las vestiduras de algún desventurado que ha pasado por este zarzal.
Y este manto desapacible, hecho de puntas espinosas, de un verde glauco, triste como si estuviera empolvado con impalpable ceniza, se extiende en franjas hasta el pie del monte y por la llanura que hay entre él y otras elevaciones, tanto al noroeste coma al sureste, para alternar con los primeros lugares de hierba verdadera y verdaderos arbustos que no significan ni tortura ni inutilidad.
La gente está acampada en estos lugares y espera pacientemente la llegada del Señor. Debe ser el día siguiente del discurso a los apóstoles, porque es por la mañana. Una mañana fresca. El rocío todavía no se ha evaporado de todos los pedúnculos, y, especialmente en los que están más a la sombra, todavía decora de sí espinas y hojas, y transforma en una borla adiamantada las originales flores de los arbustos espinosos.
Es ciertamente la hora de la belleza para este triste monte; porque en las otras horas, bajo el sol despiadado o en las noches de luna, debe tener el horrible aspecto de un lugar de expiación infernal.
A1 este, una rica y vasta ciudad se ve en la ubérrima llanura. Y, desde esta ladera, baja todavía, donde están los peregrinos, no se ve nada más; pero, desde la cima, la vista debe gozar de un panorama sin par sobre las zonas cercanas. Yo creo que, por la altura del monte, deberá dominarse el Mar Muerto y las zonas orientales de éste, y hasta las cadenas de Samaria y las que ocultan Jerusalén. Pero yo no he estado en la cima, así que…
Los apóstoles circulan por entre la muchedumbre tratando de mantenerla serena y ordenada, y de poner en los puestos mejores a los enfermos. Algunos discípulos los ayudan en esta labor. Quizás son los que desarrollan su actividad en esa zona, y que habían guiado hasta cerca de los confines de Judea a los peregrinos deseosos de escuchar al Maestro.
De improviso, aparece Jesús, vestido de lino blanco, pero envuelto en su manto rojo, para conciliar el calor de las horas solares con el fresco de las noches aún no veraniegas. Mira -a Él no lo han visto todavía -a la gente que lo espera, y sonríe. Parece que viene de detrás (oeste) del monte, de una altura media. Desciende rápido por el difícil sendero.
Es un niño el que ve a Jesús (no sé si por seguir el vuelo de unos pájaros que están anidados entre los matorrales y han alzado el vuelo, asustados, por una piedra que desde arriba ha caído rodando, o quizás por atracción de la mirada), y grita mientras se pone en pie de un salto:
-¡El Señor!
Todos se vuelven y ven a Jesús, que está ya como mucho a doscientos metros. Su intención sería ir a su encuentro, pero Él, con el gesto de los brazos y la voz que llega nítida, quizás por la resonancia del monte, dice:
-Quedaos donde estáis.
Y, sonriendo todavía, baja hasta los que esperan. Se detiene en el punto más alto del rellano. Desde allí saluda:
-La paz a todos vosotros -y con una sonrisa especial repite el saludo a los apóstoles y discípulos que se han acercado dispuesto en torno a Él.
Jesús está radiante de belleza. Con el sol en la frente y la pared verdosa del monte a sus espaldas, parece una visión de sueño. Las horas pasadas en soledad, algún hecho que no conocemos, quizás una sobreabundancia en Él de las caricias paternas, no sé realmente qué cosa, acentúan su siempre perfecta belleza, la hacen gloriosa y majestuosa, pacífica, serena, yo diría: gozosa, como de uno que regresa de un encuentro de amor y trae consigo la alegría del momento en todo su aspecto, en la sonrisa, en las miradas.
Aquí el testimonio de este encuentro de amor, que es divino, se trasluce multiplicado cientos de veces respecto a lo que habitualmente es visible después de un encuentro de pobre amor humano:
Cristo está radiante. Y subyuga a los presentes, que, admirados, lo contemplan en silencio, como acobardados por la intuición de un misterio de conjunción del Altísimo con su Verbo… Es un secreto, una secreta hora de amor entre e1 Padre y el Hijo. Ninguno la conocerá jamás. Pero el Hijo conserva la señal, casi como si, después de haber sido el Verbo del Padre cual es en el Cielo, a duras penas pudiera volver a ser el Hijo del hombre.
La infinidad, la sublimidad encuentra dificultad para ser otra vez "el Hombre". La Divinidad rebosa, estalla, irradia a través de la humanidad como óleo suave a través de un vaso de arcilla poroso, o como luz de horno a través de un velo de cristales opacos.
Y Jesús baja sus ojos radiantes, agacha la cara gozosa, esconde su prodigiosa sonrisa, encorvándose hacia los enfermos, acariciándolos y curándolos; los cuales, a su vez, miran, asombrados, ese rostro de sol y amor inclinado hacia su miseria para dar alegría. Pero al final se tiene que erguir de nuevo y debe mostrar a las turbas lo que es el rostro del Pacífico, del Santo, del Dios hecho Carne, todo envuelto todavía en la luminosidad dejada por el éxtasis. Repite:
-La paz a vosotros.
Hasta la voz es más musical que de costumbre, penetrada de notas suaves y triunfales… Poderosa, se expande sobre los mudos oyentes, busca los corazones, los acaricia, los hace reaccionar, los llama a amar.
Todos están impresionados, menos el grupo de fariseos, más secos y ásperos, más espinosos y desabridos que el propio monte, que están como estatuas de incomprensión y odio en un ángulo; y menos otro grupo que, todo blanco y apartado, escucha desde un ribazo, un grupo al que oigo que Bartolomé y el Iscariote señalan como «esenios» (y Pedro dice con tono arisco:
-¡Y así hay una camada más de gavilanes!
-¡Déjalos! ¡El Verbo es para todos! -dice Jesús sonriendo a su Pedro, aludiendo a los esenios.
Luego empieza a hablar.
-Hermoso sería que el hombre fuera perfecto como desea el Padre de los Cielos. Perfecto en todos sus pensamientos, afectos, actos. Pero el hombre no sabe ser perfecto y usa mal los dones de Dios, que ha dado al hombre libertad de obrar, aunque mandando las cosas buenas y aconsejando las perfectas, para que el hombre no pudiera decir: "No sabía".
¿Cómo usa el hombre la libertad que Dios le ha dado? Pues, la mayor parte de la Humanidad como podría usarla un niño,
o un estúpido; o como un malhechor, las otras partes. Pero luego viene la muerte.
Entonces el hombre estará sujeto al Juez, que preguntará severo:
"¿Qué uso y qué abuso hiciste de lo que te di?". ¡Tremenda pregunta! ¡Ah, entonces los bienes de la tierra, aquellos por los que tan a menudo el hombre se hace pecador, con qué claridad aparecerán menores que briznas de paja! Pobre -una pobreza eterna -, despojado de un vestido irreemplazable, estará abatido y tembloroso ante la majestad del Señor, y no hallará palabra con que justificarse.
Porque en la Tierra es fácil justificarse, engañando al pobre ser humano. Pero en el Cielo esto no puede suceder.
A Dios no se le engaña. Jamás. Y Dios no acepta contubernios. Jamás.
¿Cómo salvarse entonces? ¿Cómo hacer que sirva todo para la salvación, incluso lo que proviene de la Corrupción, que ha mostrado los metales y las gemas como instrumentos de riqueza, que ha encendido ansias de poder y apetitos carnales?
¿No podrá entonces el hombre -que, por muy pobre que sea, siempre puede pecar deseando inmoderadamente el oro, los cargos, la mujer, haciéndose a veces ladrón de estas cosas para poseer lo que el rico tenía -, no podrá entonces el hombre, sea pobre o sea rico, salvarse nunca? Sí puede.
¿Cómo? Aprovechando la abundancia para el Bien, aprovechando la miseria para el Bien. El pobre que no envidia, que no impreca ni atenta contra lo que a otros pertenece, sino que se conforma con lo que tiene, ése, aprovecha su humilde condición para obtener de ella santidad futura. En verdad, la mayoría de los pobres lo sabe hacer. Menos lo saben hacer los ricos, para los cuales la riqueza es una continua trampa de Satanás, de la ternaria concupiscencia.
Mas oíd una parábola, y veréis que también los ricos pueden salvarse a pesar de ser ricos, o reparar sus pasados errores con un buen uso de las riquezas, aunque hayan sido adquiridas mal. Porque Dios, el Bonísimo, deja siempre muchos medios a sus hijos para que se salven.
Había, pues, un rico que tenía un administrador.
Algunos, enemigos de éste porque envidiaban el buen puesto que tenía, o muy amigos del rico y por tanto, celosos de su bienestar, acusaron al administrador ante su jefe. "Disipa tus bienes. Se queda con una parte. No se preocupa de que produzcan. ¡Ten cuidado! ¡Defiéndete!".
El rico, oídas estas repetidas acusaciones, ordenó al administrador que compareciera ante él. Y le dijo: "Me han dicho de ti esto y aquello.
¿Cómo es que has actuado así? Ríndeme cuentas de tu administración porque ya no te permito que sigas llevándola. No puedo fiarme de ti ni puedo dar un ejemplo de injusticia y de excesiva condescendencia que induciría a los consiervos a actuar como tú has obrado. Ve y regresa mañana con todas las escrituras, para que las examine y vea cuál es la situación de mis bienes, antes de confiarlos a un nuevo administrador".
Y despidió al administrador, que se marchó pensativo diciendo para sí: "¿Y ahora? ¿Cómo me las voy a arreglar ahora que el amo me quita la administración? No tengo ahorros porque, convencido como estaba que no me iban a pillar, dilapidaba en mis placeres todo lo que distraía. Entrar como labrador, y además subordinado, no me hace ninguna gracia, porque ya no tengo costumbre de trabajar y siento el peso de las juergas. Pedir limosna me hace menos gracia todavía. ¡Demasiada humillación! ¿Qué voy a hacer?".
Pensando y pensando, encontró la manera de salir de la penosa situación. Dijo: "¡Ya sé! Con el mismo medio con que me he asegurado una buena vida hasta ahora, en el futuro me voy a asegurar amigos que me reciban, por agradecimiento, cuando ya no tenga la administración.
Quien hace favores tiene siempre amigos. Vamos, pues, a hacer favores para recibirlos; inmediatamente además, antes de que la noticia se difunda y sea demasiado tarde".
Y fue a casa de los distintos deudores de su amo. Dijo al primero: "¿Cuánto debes a mi jefe, por la suma que te prestó en la primavera de hace tres años?".
El interlocutor respondió: "Cien barriles de aceite por la suma y los intereses".
"¡Vaya, hombre, pobrecillo! ¡Tú que estás tan cargado de prole, afligido por enfermedades de tus hijos, tener que dar tanto!… ¿Pero no te dio por un valor de treinta barriles?".
"Sí. Pero tenía urgente necesidad, y me dijo: "Yo te lo doy. Pero con la condición de que me devuelvas todo lo que esta suma te produzca en tres años". Ha producido por un valor de cien barriles. Tengo que entregarlos".
« ¡Pero hombre, es usura! No, no. É1 es rico, y a ti poco te falta para pasar hambre. El tiene poca familia; tú, mucha. Escribe que te ha producido por valor de cincuenta barriles y despreocúpate ya de ello. Yo juraré que es verdad, y tú tendrás bienestar".
« ¿No me traicionarás, no? ¿Si viene a saberlo?".
« ¡Pero hombre!… Yo soy el administrador, y lo que juro es sagrado. Haz lo que te digo y vive feliz".
El hombre escribió, entregó y dijo: "¡Bendito seas, amigo y salvador mío! ¿Cómo pagarte esto?".
"¡Con nada! Esto significa que si por ti sufriera algún daño y me echaran, me recibirías por agradecimiento".
"¡Hombre claro! ¡Claro! Puedes contar con ello".
El administrador fue a casa de otro deudor, y mantuvo más o menos la misma conversación. Éste tenía que devolver cien fanegas de trigo porque durante tres años la sequía había destruido sus cereales y había tenido que pedir al rico para dar de comer a la familia.
"¡No hombre, no te preocupes de doblar lo que te dio! ¡Negar el trigo! ¡Exigir el doble a uno que tiene hambre e hijos, mientras que su trigo se agorgoja en los graneros por sobreabundancia! Escribe ochenta fanegas".
"¿Pero si se acuerda de que me dio veinte, y veinte y luego diez?". "¿Cómo se va a acordar? Te las di yo, y yo no quiero acordarme. Hazlo así. Haz como te digo y arregla tu situación. ¡Hace falta justicia entre pobres y ricos! Por mi parte, si fuera yo el patrón, hubiera pedido sólo las cincuenta, y quizás las perdonase incluso".
"Tú eres bueno. ¡Si fueran todos como tú! Recuerda que ésta es una casa amiga para ti".
El administrador fue a ver a otros, usando el mismo método, manifestándose dispuesto a sufrir para subsanar las cosas con justicia. Y le llovieron bendiciones y ofertas de ayuda.
Despreocupado ya respecto al futuro, fue tranquilo a ver a su jefe, el cual, por su parte, había estado siguiendo los pasos del administrador y había descubierto su juego. Y, no obstante, lo alabó diciendo: "Tu acción no es buena. No te alabo por ella. Pero debo alabarte por tu sagacidad. En verdad, en verdad los hijos del siglo son más astutos que los hijos de la luz".
Y Yo os digo también lo que dijo el rico: "El fraude no es una cosa bonita y nunca alabaré por él a ninguno. Pero os exhorto a ser, al menos en cuanto hijos del siglo, astutos con los medios del siglo, para darles un uso como monedas para entrar en el Reino de la Luz".
O sea, con las riquezas terrenas, medios injustos en la repartición y usados para alcanzar un bienestar transitorio que no tiene valor en el Reino eterno, haceos amigos que os abran las puertas de él. Haced el bien con los medios de que disponéis, restituid lo que vosotros, u otros de vuestra familia, hayáis tomado sin derecho, separaos del apego enfermo y culpable hacia las riquezas.
Y todas estas cosas serán como amigos que, en la hora de la muerte, os abrirán las puertas eternas y os recibirán en las moradas bienaventuradas.
¿Cómo podéis exigir que Dios os dé sus bienes paradisíacos, si veis que no sabéis hacer buen uso ni siquiera de los bienes terrenos? ¿Pretendéis que, suponiendo un imposible, admita en la Jerusalén celeste elementos disipadores? No, nunca. Allá arriba se vivirá con caridad y con generosidad y justicia. Todos para Uno y todos para todos. La comunión de los santos es sociedad activa y honesta, es sociedad santa. Y ninguno que haya mostrado ser injusto e infiel puede entrar en ella.
No digáis: "Pero allá arriba seremos fieles y justos, porque tendremos todo sin sujeción a temor alguno". No. El que es infiel en lo poco sería infiel aunque poseyera el Todo, y quien es injusto en lo poco es injusto en lo mucho.
Dios no confía las verdaderas riquezas al que en la prueba terrena muestra que no sabe hacer uso de las riquezas terrenas.
¿Cómo podrá Dios confiaros un día en el Cielo la misión de ser espíritus auxiliadores de vuestros hermanos de la Tierra, cuando habéis mostrado que arrebatar y robar, o conservar con avidez, es vuestra prerrogativa?
Por eso os negará vuestro tesoro, el que había conservado para vosotros; y se lo dará a aquellos que supieron ser astutos en la Tierra usando incluso lo injusto y malsano en obras que lo hacían justo y sano.
(El que es infiel en lo poco sería infiel aunque poseyera el Todo… La expresión, que ha de entenderse a la luz de Lucas 16, 10-12 ͘fue aclarada por MV con la siguiente observación en una copia mecanografiada: “Lenguaje figurado para hacercomprensible la comparación. Es cierto que en el Cielo no se puede pecar ni ser infieles porque los que están en el Cielo están ya confirmados en gracia y ya no pueden pecar. Pero Jesús pone esta comparación para ser, comprendido más fácilmente)
Ningún siervo puede servir a dos señores. Porque será de uno de los dos u odiará a uno de los dos. Los dos señores que el hombre puede elegir son Dios o la Ganancia, Pero, si quiere ser del primero no puede ponerse los distintivos, seguir las voces, usar los medios del segundo».
Una voz se alza del grupo de los esenios:
-El hombre no es libre para elegir. Está obligado a seguir un destino. Y no se diga que éste está distribuido sin sabiduría. Es lo contrario: la Mente perfecta ha establecido, como propio designio perfecto, el número de los que serán dignos de los Cielos. Los otros inútilmente se esfuerzan en serlo. Así es. No puede ser de otra forma.
De la misma manera que uno, saliendo de casa, puede encontrar la muerte a causa de una piedra desprendida de la cornisa, y otro, en el corazón de una batalla, se puede salvar hasta de la más pequeña herida, igualmente e1 que quiere salvarse, pero no está escrito que se haya de salvar, lo único que hará será pecar incluso sin saberlo, porque su condenación está ya designada.
-No, hombre. No es así. Y cambia de idea. Pensando así haces una grave injuria al Señor.
-¿Por qué? Demuéstramelo y me enmendaré.
-Porque tú, diciendo esto, admites mentalmente que Dios es injusto hacia sus criaturas. Él las ha creado de igual modo y con un mismo amor. Él es un Padre. Perfecto en su paternidad, como en todas las cosas.
¿Cómo puede entonces hacer distinciones y maldecir a un hombre cuando es concebido y es un inocente embrión, maldecirlo desde cuando es incapaz de pecar?
-Para resarcirse de la ofensa recibida del hombre.
-No. ¡Dios no se resarce así! No se conformaría con un mísero sacrificio como éste, de un injusto y forzado sacrificio. La culpa contra Dios sólo la puede quitar el Dios hecho Hombre. Él será el Expiador. No éste o aquel hombre.
¡Ojalá hubiera sido posible que Yo tuviera que quitar sólo 1a culpa original! ¡Que la Tierra no hubiera tenido ningún Caín, ningún Lámek, ningún pervertido sodomita, ningún homicida, ladrón, fornicador, adúltero, blasfemo, ninguno sin amor a sus padres, ningún perjuro, y así sucesivamente! Mas, de cada uno de estos pecados el pecador, y no Dios, es culpable y autor. Dios ha dejado libertad a sus hijos de elegir el Bien o el Mal.
-¡No hizo bien! -grita un escriba -¡Nos ha tentado sobremodo!. Sabiendo que éramos débiles, ignorantes, gente corrompida, nos puso en la tentación. Ello es o imprudencia o maldad. Tú que eres justo deberás convenir en que digo una verdad.
-Dices una mentira para tentarme. Dios había dado a Adán y Eva todos los consejos. ¿Y de qué sirvió?
-Hizo mal también entonces. No debía haber puesto el árbol, la tentación, en el Jardín.
-¿Y entonces dónde está el mérito del hombre?
-Hubiera prescindido del mérito. Hubiera vivido sin mérito propio, sólo por mérito de Dios.
-Te quieren tentar, Maestro. Deja a esas serpientes. Escúchanos a nosotros, que vivimos en continencia y meditación grita de nuevo el esenio.
-Sí, vivís así. Pero malamente. ¿Por qué no vivir así santamente?
El esenio no responde a esta pregunta, sino que pregunta:
-De la misma forma que me has dado una razón convincente sobre el libre arbitrio, y la voy a meditar sin animosidad, esperando poder aceptarla, dime ahora:
¿Crees realmente en una resurrección de la carne y en una vida de los espíritus completados por ella?
-¿Tú crees que Dios va poner fin así, sin más, a la vida del hombre?
-Pero el alma… Dado que el premio la hace dichosa, ¿para qué sirve hacer resucitar la materia? ¿Va a aumentar eso el gozo de los santos?
-Nada aumentará el gozo que un santo tendrá cuando posea a Dios. O sea, sólo una cosa lo aumentará en el último Día: el saber que el pecado ya no existe. ¿Y no te parece justo que, de la misma forma que durante este día carne y alma estuvieron unidas en la lucha por poseer el Cielo, en el Día eterno carne y alma estén unidas para gozar del premio?
¿No estás convencido de esto? ¿Y entonces por qué vives en continencia y meditación?
-Para… para ser más plenamente hombre, señor por encima de los otros animales, que obedecen a los instintos sin freno; y para ser superior a la mayor parte de los hombres, que están embadurnados de animalidad, a pesar de ostentar filacterias y fimbrias, y fórmulas, y amplias vestiduras, y se llaman "los apartados".
-¡Anatema!
Los fariseos, recibido de lleno el flechazo, que hace murmurar aprobadora a la multitud, se retuercen y gritan como endemoniados.
-¡Nos está insultando, Maestro! Tú conoces nuestra santidad. Defiéndenos -gritan gesticulando.
Jesús responde:
-También él conoce vuestra hipocresía. Las vestiduras no corresponden a la santidad. Mereced las alabanzas y entonces podré hablar. Pero a ti, esenio, te respondo que te sacrificas por demasiado poco. ¿Por qué? ¿Por quién?
¿Por cuánto? Por una alabanza humana. Por un cuerpo mortal. Por un tiempo rápido como vuelo de halcón. Eleva tu sacrificio. Cree en el Dios verdadero, en la bienaventurada resurrección, en la voluntad libre del hombre. Vive como asceta. Pero por estas razones sobrenaturales. Y con la carne resucitada gozarás de la eterna alegría.
-¡Es tarde! ¡Soy viejo! Quizás he malgastado mi vida estando en una secta de error… ¡Ya nada!…
-No. ¡Nunca es demasiado tarde para quien quiere el bien!
Oíd, vosotros pecadores, vosotros que estáis en errores, vosotros, cualquiera que sea vuestro pasado. Arrepentíos.
Venid a la Misericordia. Os abre los brazos. Os indica el camino. Yo soy fuente pura, fuente vital. Alejad de vosotros las cosas que os han descarriado hasta este momento. Venid desnudos al lavacro. Revestíos de luz.
Renaced. ¿Habéis robado como salteadores de caminos, o elegante y astutamente en las transacciones y administraciones? Venid. ¿Habéis tenido vicios o pasiones impuras? Venid. ¿Habéis sido opresores? Venid. Venid.
Arrepentíos. Venid al amor y a la paz. Dejad que el amor de Dios pueda derramarse sobre vosotros. Consolad este amor acongojado por vuestra resistencia, por vuestro miedo, por vuestra vacilación. Os lo ruego en nombre del Padre mío y vuestro. Venid a la Vida y a la Verdad, y tendréis la vida eterna.
Un hombre de la muchedumbre grita:
-¡Yo soy rico y pecador! ¿Qué debo hacer para ir?
-Renuncia a todo por amor a Dios y por amor a tu alma.
Los fariseos murmuran y satirizan a Jesús como «vendedor de cosas ilusorias y de herejías», como «pecador que pasa por santo», y le advierten que los herejes son siempre herejes, y que eso son los esenios.
Dicen que las conversiones repentinas no son sino exaltaciones momentáneas y que el impuro seguirá siéndolo siempre, el ladrón ladrón, el homicida homicida, para terminar diciendo que sólo ellos, que viven en santidad perfecta, tienen el derecho al Cielo y a la predicación.
-Era un día feliz. Una siembra de santidad caía en los corazones. Mi amor, nutrido por el beso de Dios, daba a las semillas vida. El Hijo del hombre se sentía feliz de santificar… Vosotros me amargáis el día. Pero no importa. Yo os digo -y si no soy dulce la culpa es vuestra -, Yo os digo que sois de esos que se muestran justos, o tratan de hacerlo, a los ojos de los hombres, pero que no lo son.
Dios conoce vuestros corazones. Lo que es grande a los ojos de los hombres es abominable ante la inmensidad y perfección de Dios. Vosotros citáis la Ley antigua.
¿Por qué, entonces, no la vivís? Modificáis para ventaja vuestra la Ley, cargándola con pesos que os producen una ventaja. ¿Por qué, entonces, no dejáis que Yo la modifique en favor de estos pequeños, quitándole todas las fórmulas y sutilezas cargosas, inútiles, de los preceptos que habéis establecido vosotros, tales y tantos que la Ley esencial desaparece bajo ellos y muere ahogada?
Yo siento compasión de estas turbas, de estas almas que buscan respiro en la Religión y encuentran un nudo corredizo; que buscan el amor y encuentran el terror…
No.
¡Venid, pequeños de Israel! ¡La Ley es amor! ¡Dios es amor! Esto digo a los que vosotros atemorizáis. La Ley severa y los profetas amenazadores que me han anunciado sin lograr mantener distanciado el pecado, a pesar de los gritos de su profetismo angustioso, llegan hasta Juan.
De Juan en adelante viene el Reino de Dios, el Reino del amor. Y digo a los humildes: "Entrad en él. Es para vosotros". Y todos los que tienen buena voluntad se esfuerzan en entrar. Pero, para los que no quieren agachar la cabeza, golpearse el pecho, decir: "He pecado", no habrá Reino. Está escrito: "Circuncidad vuestro corazón y no endurezcáis más vuestra cerviz".
Esta tierra vio el prodigio de Eliseo, que hizo dulces las aguas amargas echando en ellas la sal. ¿Y Yo no echo la sal de la Sabiduría en vuestros corazones? ¿Y entonces por qué sois inferiores al agua y no cambiáis vuestro espíritu? Añadid a vuestras fórmulas mi sal y tendrán un nuevo sabor, porque volverán a dar a la Ley la primitiva fuerza. En vosotros, los más necesitados, antes que en ningún otro. ¿Decís que cambio la Ley? No. No mintáis.
Devuelvo a la Ley su primitiva forma, que vosotros habéis alterado. Porque es una Ley que durará cuanto dure la Tierra, y antes desaparecerán el cielo y la tierra que uno solo de sus elementos constitutivos o de sus consejos. Y si la cambiáis, por satisfacer vuestro gusto, y entráis en sutilezas buscando escapatorias a vuestras culpas, sabed que ello no es beneficioso. ¡No es beneficioso, Samuel! ¡No es beneficioso, Isaías! Permanentemente está escrito:
"No cometas adulterio", y Yo completo: "Quien despide a su esposa para tomar otra es adúltero, y quien se casa con una mujer repudiada por su marido es adúltero, porque sólo la muerte puede dividir lo que Dios ha unido".
Pero las palabras duras son para los pecadores impenitentes. Los que han pecado pero se afligen desconsoladamente por haberlo hecho, sepan, crean que Dios es Bondad, y se acerquen a Aquel que absuelve, perdona y admite a la Vida. Salid de aquí con esta certeza.
Esparcidla en los corazones. Predicad la misericordia que os da la paz bendiciéndoos en el nombre del Señor.
La gente empieza a marcharse del lugar, lentamente (bien porque el sendero es estrecho, bien porque Jesús los atrae), pero dejan el lugar…
Se quedan con Jesús los apóstoles. A su vez se ponen en marcha, y van hablando. Buscan sombra caminando al lado de un pequeño bosquecillo de tamarices de desordenadas frondas. Pero dentro hay un esenio. El que ha hablado con Jesús. Se está quitando sus vestiduras blancas.
Pedro, que va delante de todos, lleno de estupor al ver que el hombre se queda sólo con el calzón corto, se echa a correr hacia el grupo diciendo:
-¡Maestro! ¡Un loco! El que hablaba contigo, el esenio. Se ha desnudado y llora y suspira. No podemos ir allí.
Pero el hombre, delgado, con poblada barba, su cuerpo completamente desnudo a excepción del calzón corto y las sandalias, ya sale de la espesura del bosquete y viene hacia Jesús llorando y golpeándose el pecho. Se arrodilla:
-Yo soy el curado milagrosamente en el corazón. Me has curado el espíritu. Obedezco tu palabra. Tomo nuevo vestido, de luz, dejando todo pensamiento que fuera para mí vestido de error. Me separo para meditar sobre el Dios verdadero, para obtener vida y resurrección. ¿Es suficiente? Dame el nuevo nombre y un lugar donde vivir de ti y de tus palabras.
-¡Está loco! ¡No sabemos hacerlo nosotros que oímos tantas! Y él… por un solo discurso… -comentan entre sí los apóstoles.
Pero el hombre, que lo oye, dice:
-¿Queréis poner límites a Dios? Él me ha quebrantado el corazón para darme un espíritu libre. ¡Señor!… -suplica con los brazos extendidos hacia Jesús.
-Sí. Llámate Elías y sé fuego. Aquel monte está lleno de cavernas. Ve a él, y cuando sientas temblar la tierra por un tremendo terremoto, sal y busca a los siervos del Señor para unirte a ellos. Habrás nacido de nuevo, para ser siervo tú también. Ve.
El hombre le besa los pies, se alza y se pone en camino.
-¿Pero va así desnudo? -preguntan asombrados.
-Dadle un manto, un cuchillo, yesca y eslabón, y un pan.
Caminará hoy y mañana, y luego se retirará en oración al lugar donde estuvimos nosotros. El Padre se ocupará de su hijo.
Andrés y Juan se echan a correr y le dan alcance cuando ya está para desaparecer tras un recodo.
Vuelven diciendo:
-Lo ha cogido. Le hemos indicado también el lugar donde estábamos. ¡Qué conquista tan inesperada, Señor!
-Dios hace germinar flores hasta en las rocas. También en los desiertos de los corazones hace surgir espíritus de voluntad para consuelo mío. Ahora vamos hacia Jericó. Nos alojaremos en alguna casa del campo.
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Desde un grupo montañoso, que parece ocupado y concentrado en elevarse cada vez más -y, voy a decirlo así, cada fase de su esfuerzo está marcada por una abrupta cadena de colinas rocosas, de laderas escarpadas, a pico, cortadas por valles estrechos como gigantescos tajos, coronadas por agrestes crestas -, se puede vislumbrar fortuitamente retazos de Mar Muerto, que está situado al sureste del lugar en que se hallan los apóstoles con el Maestro.
No se ven ni el Jordán ni su amplio valle, fértil y sereno; ni se ve Jericó ni tampoco otras ciudades. Sólo montes y más montes, que se alzan en dirección a Samaria; y el oscuro Mar Muerto entre dos secciones puntiagudas de monte. Abajo, un torrente en dirección oeste-este, que va sin duda al Jordán. Intenso chillar de halcones y graznar de cuervos en el cielo azul vivo; intenso trinar de pájaros bajo las frondas de las agrestes laderas.
Y las flautas de los vientos por los desfiladeros, traen olores y sonidos lejanos, que sobrepujan incluso a los cercanos, según que sean aquéllos ligeros o intensos. Algún sonido de cascabeles que sube desde el camino (situado, más abajo). Algún balido de oveja que pasta en las llanuras altas.
Algún rumor de aguas goteando de las rocas o resonando en los torrentes. Pero la época del año es buena, seca, templada; las laderas son todo un esmaltado de flores sobre la esmeralda de la hierba, y más flores, en racimos y festones, penden de los troncos y de las frondas. Alegre es el aspecto del lugar.
Muy alegres, sobrenaturalmente alegres, se ven las caras de los trece que están allí reunidos. El mundo ha sido olvidado. Está lejos… Los espíritus han recuperado el equilibrio removido por tantos envites, han podido entrar de nuevo en el halo de Dios, o sea, en la paz. Y la paz se lee en las caras.
Pero la parada ha terminado, y Jesús lo dice. Pedro, entonces, repite su súplica del Tabor:
-¿Por qué no nos quedamos aquí? ¡Es hermoso estar aquí contigo!
-Porque nos espera el trabajo, Simón de Jonás. No podemos ser sólo personas contemplativas. El mundo nos espera para ser adoctrinado. Los obreros del Señor no pueden estar parados mientras haya campos que sembrar.
-Pero entonces… yo, que sólo cuando me aíslo así es cuando me hago un poco bueno, no voy a poder nunca… ¡El mundo es muy grande! ¿Cómo vamos a arreglárnoslas para trabajarlo todo y, antes de morir, alcanzar el recogimiento en Ti?
-No, no lo trabajaréis todo. Se requerirán muchos siglos. Y, cuando ya una parte esté trabajada, Satanás entrará en ella para estropear lo realizado. Por eso, será un trabajo continuo hasta el final de los siglos.
-¿Y entonces cómo me las voy a arreglar para prepararme a morir!
Pedro está verdaderamente desconsolado.
Jesús lo tranquiliza abrazándolo y diciendo:
-Tendrás tiempo. No hace falta mucho. Basta un instante de recogimiento perfecto para prepararse a comparecer ante Dios. Pero tú tendrás tiempo de sobra. Además, has de saber que llevar a cabo la, voluntad de Dios es siempre preparación para la muerte en santidad. Si Dios quiere que seas activo y tú obedeces, te preparas mejor en la acción obediente, que si te encerraras entre las más solitarias rocas a orar y contemplar. ¿Estás convencido de esto?
-¡Sí, claro! ¡Lo dices Tú! ¿Entonces qué tenemos que hacer?
-Diseminaros por los caminos de los valles. Reunir a los que están esperándome, predicar al Señor y la Fe hasta que Yo vaya».
-¿Te quedas solo?
-¡Pues claro! No temáis. Como podéis observar, el mal sirve al bien alguna vez. Aquí los cuervos dieron de comer a Elías. Nosotros podemos decir que los feroces buitres nos dieron de comer.
-¿Crees que ha habido un movimiento de conversión?
-No. Pero la caridad, aun siendo movida por la idea de que usando generosidad nos habrían puesto en condiciones de no traicionarlos.
-¡Pero nosotros no los habríamos traicionado! -exclama Andrés.
-No. Pero ellos, los desdichados bandidos, no lo saben. Nada espiritual obra en ellos, estando -como están -cargados de delitos.
-Señor, decías que la caridad… ¿Qué querías decir? -pregunta Juan.
-Quería decir: la caridad que han practicado hacia nosotros no quedará sin recompensa, al menos en los mejores. La conversión, que no se ha dado ahora, puede producirse lentamente; lentamente pero puede llegar. Por eso os dije: "No rechacéis lo que den". Y lo he aceptado aunque para mí tuviera hedor de pecado.
-Pero Tú ni siquiera lo has probado…
-Pero no he humillado a los pecadores rechazándolos.
Tenían un movimiento inicial de bondad. ¿Por qué destruirlo? ¿Aquel torrente del fondo no nace del manantial que gotea de aquella escarpa? Recordadlo siempre. Es una lección para vuestra vida futura. Para cuando Yo no esté ya con vosotros.
Si encontráis maleantes por los caminos de vuestros viajes apostólicos, no seáis como los fariseos, que desprecian a todos y no se preocupan de -estando pervertidos como están -despreciarse antes a sí mismos. Tratad con ellos con amor grande.
Quisiera poder decir con "infinito amor". Es más, lo digo. Y ello es posible, a pesar de que el hombre sea "finito y limitado" en sus hechos y acciones.
¿Sabéis cómo puede poseer el hombre infinito amor? Estando unido a Dios de tal forma que sea una sola cosa con Dios.
Entonces verdaderamente, desapareciendo la criatura en el Creador, obra el Creador, que es infinito. Y así deben ser mis apóstoles: una cosa con su Dios, por una potencia de amor abrazada al Origen hasta el punto de fundirse con él.
Convertiréis a los corazones, no por cómo habléis, sino por cómo améis. ¿Vais a encontrar pecadores? Amadlos.
¿Vais a sufrir por discípulos que se descarríen? Tratad de salvarlos con el amor. Recordad la parábola de la oveja perdida. Esta parábola, durante muchos siglos, será la dulcísima llamada lanzada a los pecadores; mas será también la orden segura dada a mis sacerdotes.
Con suma habilidad, con sumo sacrificio, incluso a costa de perder la vida por tratar de salvar un alma, con suma paciencia, habéis de ir buscando a los descarriados para devolverlos al Redil. El amor os producirá gozo. Os dirá: "No temas". Os dará un poder de expansión en el mundo como ni Yo mismo tuve.
El amor de los futuros justos ya no debe ponerse, cual signo exterior, sobre el corazón y en el brazo, como dice el Cantar de los Cantares; sino que debe ser puesto en el corazón. Debe ser la palanca que impulse al alma a todas las acciones. Y todas las acciones deben ser sobreabundancia de la caridad, que no se siente ya satisfecha de amar a Dios o al prójimo sólo mentalmente, sino que salta a la palestra, a luchar contra los enemigos de Dios, para amar a Dios y al prójimo incluso en lo contingente, en acciones incluso materiales, que son vías para acciones más grandes y perfectas que concluyen en la redención y santificación de los hermanos.
Por la contemplación se ama a Dios, pero por la acción se ama al prójimo. Estos dos amores no están separados, porque uno solo es el amor, y amando al prójimo amamos a Dios, que nos ordena este amor y que nos ha dado al prójimo por hermano.
No podréis, ni vosotros ni los sacerdotes futuros, decir que sois mis amigos si vuestra caridad, y la de ellos, no se vuelve toda a la salvación de las almas por las cuales Yo me he encarnado y por las cuales sufriré. Os doy ejemplo de cómo se ama. Y lo que hago Yo debéis hacerlo vosotros y deberán hacerlo los que vendrán después de vosotros. Llega el tiempo nuevo. El del amor. Yo he venido a derramar este fuego en los corazones, y crecerá aún más después de mi Pasión y Ascensión, y os inflamará cuando el Amor del Padre y del Hijo descienda a consagraros al ministerio.
¡Divinísimo Amor! ¿A qué esta tardanza tuya en consumir la Víctima y en abrir los ojos y oídos, en soltar las lenguas y los miembros a este rebaño mío, para que se meta en medio de los lobos y enseñe que Dios es Caridad y que quien no tiene caridad dentro de sí no es sino una bestia y un demonio? ¡Ven, Espíritu dulcísimo y fortísimo, e inflama la Tierra, no para destruirla sino para purificarla! ¡Inflama los corazones! Haz de ellos otros como Yo, otros Cristos, o sea, ungidos por el amor, obradores por amor, santos y santificadores por amor.
¡Bienaventurados los que aman, porque serán amados; no cesará ni un momento su alma de cantar a Dios, junto con los ángeles, hasta que canten la eterna gloria en la luz de los Cielos. Cúmplase esto en vosotros, amigos míos.
Ahora podéis marcharos, y haced con amor lo que os he dicho.
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
-¿A dónde vamos?, porque cae ya la tarde -se preguntan entre sí los apóstoles. Y van hablando con circunspección sobre las cosas que han sucedido. Pero no dicen nada alto para no abrumar al Maestro, que se ve muy pensativo.
Cae la tarde mientras prosiguen detrás del Maestro pensativo. En esto, un pueblo aparece al pie de una cadena de montes muy recortados.
-Quedémonos ahí para pernoctar -ordena Jesús -Mejor: quedaos ahí; Yo voy a aquellos montes a orar…
-¿Solo? ¡No, no! ¡No vas solo al Adomín, no! ¡Con todos esos bandidos que te acechan! ¡De ninguna manera!… -dice muy resueltamente Pedro.
-¿Y qué piensas que me van a hacer? ¡No tengo nada!
-Tienes… a ti mismo. Me refiero a los bandidos más auténticos, a los que te odian. Para ésos es suficiente tu vida. No debes morir como… como… eso… en una mísera emboscada. Y dar a tus enemigos la forma de inventar qué sé yo qué cosa para alejar a las turbas incluso de tu doctrina -rebate Pedro.
-Simón de Jonás tiene razón, Maestro. Serían capaces de hacer desaparecer tu cuerpo y decir que has huido porque te habías visto desenmascarado. 0, de… pues de llevarte incluso a un lugar malo, a casa de una meretriz, para poder decir: "¿Veis dónde y cómo ha muerto? En una pelea por una meretriz". Tú has dicho bien:
"Perseguir una doctrina quiere decir aumentar su poder", y he notado, porque no lo he perdido nunca de vista, que el hijo de Gamaliel aprobaba con la cabeza mientras lo decías. Pero decir que cubrir de ridículo a un santo y su doctrina es el arma más segura para derrumbar la doctrina y para quitar al santo la estima de las turbas, también es exacto -dice Judas Tadeo.
-Sí. Y no tiene que suceder eso contigo -termina Bartolomé.
-No te prestes al juego de tus enemigos. Piensa que esta imprudencia acarrearía no sólo la anulación de ti, sino también de la Voluntad de quien te ha enviado; y que se vería que los hijos de las Tinieblas habrían derrotado a la Luz, al menos momentáneamente -añade el Zelote.
-¡Sí, hombre! Siempre dices, que han de matarte, y cuando lo dices nos traspasas el corazón. Recuerdo tu reprensión a Simón Pedro y no te digo: "No suceda jamás eso". Pero creo que no soy Satanás si digo: "Que al menos suceda de forma que signifique glorificación para ti, inequívoco sello de tu Ser santo y condena segura para tus enemigos.
Que las multitudes sepan, puedan tener elementos para distinguir y creer". Al menos esto, Maestro. La misión santa de los Macabeos nunca apareció así tanto como cuando Judas, hijo de Matatías, murió como héroe y salvador sobre el campo de batalla. ¿Quieres ir al Adomín? Bien, nosotros contigo. ¡Somos tus apóstoles! Donde estés Tú, la Cabeza, allí hemos de estar nosotros, tus ministros -dice Tomás, y pocas veces lo he oído hablar con tanta solemne elocuencia.
-¡Es verdad! ¡Es verdad! ¡Y si te asaltan, tienen que asaltarnos antes a nosotros! -dicen varios.
-¡No nos asaltarán tan fácilmente! Están medicándose la quemazón de las palabras de Claudia y… son astutos, mucho, demasiado. No pasan por alto en su reflexión el hecho de que Poncio sabría a quién castigar por tu muerte.
Se han traicionado demasiado a sí mismos, y ante los ojos de Claudia, así que lo meditarán, estudiando trampas más seguras que una vulgar agresión. Quizás nuestro miedo es estúpido. Ya no somos los pobres desconocidos de antes.
¡Ahora está Claudia! -dice Judas Iscariote.
-Bien, bien… Pero no nos sometamos a nosotros mismos a dura prueba. ¿Y qué es lo que quieres hacer en el Adomín? pregunta Santiago de Zebedeo.
-Orar y buscar un sitio para orar todos, en los días futuros, para prepararnos a las nuevas luchas, cada vez más ensañadas.
-¿De nuestros enemigos?
-También de nuestro yo. Tiene mucha necesidad de ser fortalecido.
-¿Pero no has dicho que quieres ir a los confines de Judea y a la Transjordania?
-Sí. Iré. Pero después de la oración. Iré a Acor, y luego por Doc a Jericó.
-¡No, no, Señor! Son lugares nefastos para los santos de Israel. ¡No vayas allí, no vayas allí! ¡Yo te lo digo, lo percibo! Hay algo en mí que me lo dice. ¡No vayas allí!
¡En nombre de Dios, no vayas! -grita Juan, que parece próximo a salir de sus sentidos, como dominado por una especie de éxtasis terrible…
Todos lo miran estupefactos, porque así no lo han visto nunca. Pero ninguno se burla de él. Tienen todos la percepción de que están en presencia de un hecho sobrenatural, y, respetuosos, mantienen silencio.
También Jesús calla, hasta que no ve a Juan adquirir de nuevo su aspecto habitual y decir:
-¡Oh, mi Señor! ¡Cómo he sufrido!
-Lo sé. Iremos al Carit. ¿Qué dice tu espíritu?
Me impresiona profundamente el respeto con que Jesús se dirige al inspirado…
-¿Me preguntas esto a mí, Señor? ¿Tú, Sabiduría Stma., al pobre muchacho ignorante?
-A ti. Sí. El más pequeño es el más grande cuando, con humildad, comunica con su Señor para el bien de los hermanos. Habla…
-Sí, Señor. Vamos al Carit, donde hay hoces seguras para recogerse en Dios, y están cerca los caminos de Jericó y los que van a Samaria. Nosotros bajaremos para reunir a los que te aman y esperan en ti, y los conduciremos a ti, o te conduciremos a ti a ellos, y luego seguiremos nutriéndonos de oración… Y descenderá el Señor a hablar a nuestros espíritus… a abrir nuestros oídos, que oyen al Verbo pero no lo comprenden enteramente… y, sobre todo, a invadir nuestros corazones con su fuego.
Porque sólo si ardemos sabremos resistir los martirios de la tierra. Porque sólo habiendo sufrido antes el dulce martirio del completo amor podremos estar preparados para sufrir los del odio humano… Señor… ¿qué he dicho?
-Mis palabras, Juan. No temas. Entonces nos quedamos aquí, y mañana, al alba, iremos a los montes.