por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
-¡Sí, Maestro! Judas de Keriot está aquí desde hace muchos días. Vino al atardecer de un sábado. Parecía cansado, jadeante. Decía que te había perdido por las calles de Jerusalén, que te había buscado presuroso en todas las casas adonde normalmente vas.
Aquí venía todos los atardeceres. Dentro de poco vendrá. Por la mañana se marcha, y dice que va a los aledaños a predicarte.
-De acuerdo, Elisa… ¿Y tú lo has creído?
-Maestro, Tú sabes que no me gusta ese hombre. Si hubieran sido así mis hijos, habría rogado al Altísimo que me los hubiera llevado. No he creído en sus palabras, no. Pero por amor a ti he guardado en mí mi juicio… Y he sido materna con él. Al menos así he conseguido que volviera aquí todas las noches.
-Has hecho bien.
Jesús la mira muy fijamente y, al improviso, pregunta:
-¿Dónde está Anastática?
Elisa se cubre de un rubor violáceo, propio de una persona anciana, pero responde con franqueza:
-En Betsur.
-Has hecho bien también en esto. Y, te lo ruego, compadécete de ese hombre.
-Es por esta compasión por lo que he querido apagar el incendio antes de que se extendiera con escándalo, o, cuanto menos, asustando a la hija.
-Que Dios te bendiga, mujer justa…
-¿Sufres mucho, Maestro?
-Sufro. Es verdad. A una madre se lo puedo decir.
-A una madre se lo puedes decir… Si no fueras Jesús, el Señor, querría recibir tu cabeza cansada en mi hombro y apretar tu corazón afligido contra mi corazón. Pero Tú eres tan santo que no puede una mujer, que no sea tu Madre, tocarte…
-Elisa, buena amiga de mi Madre y madre buena, tu Señor pronto será tocado por manos mucho menos santas que las tuyas, y besado… ¡oh!… Y después, otras manos…
Elisa, si te fuera permitido tocar el Santo de los Santos, ¿con qué espíritu lo harías? ¿Te abstendrías, acaso, si la voz de Dios, entre la nube de los inciensos, te pidiera amor para recibir por fin una caricia de amor después de tantos que se acercan a Él sin amor?
-¡Mi Señor! Si Dios me lo pidiera, de rodillas iría a cubrir de besos el lugar santo. ¡Y ojalá quisiera Dios sentirse satisfecho, consolado con mi amor!
-Entonces, Elisa, buena amiga de mi Madre y fiel y buena discípula de tu Salvador afligido, déjame apoyar la cabeza en tu corazón, porque mi corazón está afligido hasta el punto de experimentar penas de muerte.
Y Jesús, estando sentado donde está, ante Elisa, que está de pie cerca de Él, apoya realmente la frente contra el pecho de la anciana discípula, y lágrimas silenciosas se deslizan por la túnica oscura de la mujer, que no puede contenerse de apoyar la mano en la cabeza que está reclinada en su corazón, y luego, al sentir que caen lágrimas en sus pies, calzados con sandalias pero desnudos, se inclina para rozar con un beso los cabellos de Jesús, y, a su vez, llora silenciosamente, y alza los ojos al cielo con muda oración. Parece una muy anciana Madre Dolorosa. No pretende otros gestos o palabras; pero con este acto suyo es tan "madre", que más no podría serlo.
Jesús levanta la cara y la mira. Sonríe levemente y dice:
-Que Dios te bendiga por tu piedad. ¡Bien necesaria es una madre cuando el dolor desborda las fuerzas del hombre!
Se pone en pie. Mira otra vez a la discípula y dice:
-Este momento queda entre tú y Yo, en todos sus elementos. Para esto me he adelantado solo.
-Sí, Maestro. Pero no puedes seguir solo. Dispón que venga tu Madre.
-Dentro de dos lunas estará conmigo… -y está para decir alguna otra cosa, cuando abajo, en la cocina, resuena la voz fuerte, siempre un poco achulada e irónica, de Judas de Keriot:
-¡Todavía con tu trabajo de talla, viejo? ¡Hace frío! Y aquí no hay fuego. Tengo hambre. Y no hay nada preparado.
¿Es que está dormida Elisa? Ha querido ella sola. Pero los viejos son lentos y su memoria es débil. ¡Eh! ¿No hablas? ¿Esta tarde estás completamente sordo?
-No. Pero te dejo hablar, porque tú eres apóstol y no me está indicado reprenderte -responde el anciano.
-¿Reprender? ¿Por qué?
-Busca en ti mismo y lo hallarás.
-Mi conciencia no tiene voz…
-Señal de que es deforme, o que la has malogrado.
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
Debe ser que Judas sale de la cocina, porque se oye primero un portazo y luego pisadas en la escalera.
-Bajo a preparar las cosas, Maestro.
-Ve, Elisa.
Elisa sale de la habitación de arriba y pronto encuentra a Judas, que está para poner pie en la terraza.
-Tengo frío y hambre.
-¿Y nada más? Entonces, hombre, tienes muy poco todavía.
-¿Y qué más debería tener?
-¡Pues… muchas cosas!…
La voz de Elisa se aleja.
-Todos unos viejos necios. ¡Uf!…
Empuja la puerta y se encuentra de frente a Jesús. Del estupor, retrocede un paso. Se recupera para decir:
-¡¡Maestro!! ¡La paz a ti!
-La paz a ti, Judas.
Jesús recibe el beso del apóstol, pero no lo devuelve.
-Maestro. ¿Tienes…? ¿No me besas?
Jesús lo mira y calla.
-Es verdad. He errado. Y no besarme es lo mínimo que me puedes hacer. Pero no me juzgues demasiado severamente. Aquel día me vi rodeado por algunos que… no te amaban y disputé con ellos hasta quedarme ronco. Después… dije: "¡¿Quién sabe a dónde habrá ido?!", y volví aquí para esperarte. ¿No es ya, de hecho, tu casa ésta?
-Sí, mientras me lo conceden.
-No querrás guardarme rencor por esto…
-No. Solamente quiero que consideres el mal ejemplo que has dado a los otros.
-¡Ya! Ya oigo sus palabras. Pero tengo justificaciones ante ellos. Ante ti ni siquiera me justifico porque sé que ya me has perdonado.
-Te he perdonado ya, es verdad.
Sería lógico esperar de Judas un acto de humildad, de amor, por tanta bondad; sin embargo, manifiesta uno totalmente opuesto, un acto de enojo mientras exclama: -¡¿Entonces no hay forma de verte airado?! ¿Qué hombre eres?
Jesús calla. Judas lo mira -él, en pie; Jesús, sentado y cabizbajo-y menea la cabeza con una sonrisa maligna en sus labios. Y el episodio queda superado para él. Se pone a hablar de esto o aquello, como si fuera el que, de todos, estuviera más en orden.
Se hace de noche. Cesan los ruidos de la calle.
-Vamos a bajar -ordena Jesús.
Entran en la cocina, donde resplandece el fuego en el hogar y arde una lámpara de tres boquillas. Jesús, cansado, se sienta cerca del hogar y parece adormilarse con el calorcito…
Llaman a la puerta. El anciano abre. Son los apóstoles. Pedro, que es el primero en entrar, ve a Judas y arremete contra él:
-¿Se puede saber dónde has estado?
-Aquí. Simplemente, aquí. Era estúpido correr de acá para allá siguiendo a seres desaparecidos. Vine aquí, adonde estaba seguro que volveríais.
-¡Bonito modo de actuar!
-El Maestro no me ha reprendido por ello. Y, por lo demás, has de saber que no he perdido mi tiempo. He evangelizado todos los días, y he hecho milagros también; y eso es bueno.
-¿Y quién te había autorizado a ello? -dice Bartolomé en tono severo.
-Nadie. Tú, no. Nadie. Pero ya basta de ser unos… personas… En definitiva, que la gente se asombra y murmura y se ríe de nosotros, apóstoles que no hacemos nada. Y yo, que sé esto, he obrado por todos. Y he hecho más todavía. He ido a ver a Elquías y le he demostrado que no se obra mal cuando uno es santo. Había muchos. Los he convencido. Ya veréis como aquí no nos van a molestar. Y ahora estoy contento.
Los apóstoles se miran. Miran a Jesús: su rostro es impenetrable; parece velado por un gran cansancio físico, que es lo único que se ve.
-De todas formas, hubieras podido hacer esto con licencia del Maestro -observa Santiago de Alfeo.
-Hemos estado siempre preocupados por causa tuya.
-¡Bueno, bien! Pues ahora se os calman todas las angustias. Él no me habría dado permiso. Nos… tutela demasiado. Hasta el punto de que la gente murmura que está celoso de nosotros, que teme que hagamos más que Él, y también que Él nos castiga. La gente tiene lengua mordaz.
La verdad, por el contrario, es que Él nos quiere más que a la niña de sus ojos… ¿No es verdad, Maestro?… Y teme que incurramos en peligros o que… quedemos mal. Y también nosotros, por dentro, pensábamos que estábamos como castigados, y que Él tenía celos…
-¡Eso sí que no! ¡Yo nunca he pensado eso! -interrumpe Tomás. Y los otros hacen coro.
Menos Judas Tadeo, que planta sus ojos francos y bellísimos en los ojos también bellísimos, pero huidizos, de Judas, y dice:
-¿Y cómo has podido hacer milagros tú? ¿En nombre de quién?
-¿Que cómo? ¿Que en nombre de quién? ¿Pero no recuerdas que nos dio este poder? ¿Acaso nos lo ha quitado? No, que yo sepa. Así que…
-Así que yo no me permitiría nunca hacer nada sin su consentimiento y mandato.
-Bueno, pues yo lo he querido hacer. Temía no saber hacerlo ya. Lo he hecho. ¡Estoy contento! -y corta la discusión saliendo al huerto oscuro.
Los apóstoles se miran otra vez. Están asombrados de tanta audacia. Pero ninguno se siente con fuerzas de decir algo que pudiera entristecer más todavía a su Maestro, cuyo rostro refleja incluso sufrimiento.
Se desembarazan de los fardeles (Juan, Andrés y Tomás los llevan arriba). Y Bartolomé, agachándose para recoger una rama seca que se ha caído de un haz, le susurra a Pedro:
-¡No quiera Dios que le haya ayudado el demonio!
Pedro hace un gesto con las manos, como diciendo:
«¡Misericordia!», pero no responde ni una sola palabra. Va donde Jesús, le pone una mano en el hombro y le pregunta:
-¿Estás muy cansado?
-Mucho, Simón.
Está ya preparado, Maestro. Ven a la mesa. O… no, quédate ahí, cerca de la lumbre. Te llevo la leche y el pan -dice Elisa. Y, efectivamente, habiendo puesto en una bandeja un tazón grande de leche humeante, y pan cubierto de miel, se lo lleva a Jesús y espera a que Él ore en pie ofreciendo el alimento.
Luego se acurruca en el suelo, buena, anciana, materna, llena de deseos de consolarlo, y le sonríe mientras le anima a que coma, y -puesto que
Jesús le ha regañado dulcemente por la miel extendida en el pan-le responde:
-¡Te daría mi sangre para darte fuerzas, Maestro mío! Esto no es más que la pobre miel de mi huerto de Betsur, y sólo puede darte alivio al cuerpo. Pero mi corazón…
Los otros comen alrededor de la mesa, con el fuerte apetito de quien ha andado mucho. Y Judas, tranquilo, casi con chulería, come con ellos, y es el único que habla…
Sigue hablando, cuando Jesús ordena:
-Que cada uno de vosotros vaya a las casas que os dan hospedaje. Id. La paz sea con vosotros.
Se quedan con Él Judas, Bartolomé, Pedro y Andrés. Y Jesús ordena inmediatamente el descanso. Está mortalmente cansado. Tanto que no puede ya sostener la fatiga de hablar y de oír hablar, y esto lo pienso yo-la de soportar el esfuerzo de dominarse respecto a Judas de Keriot…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Están ya en las laderas del Monte de los Olivos. Las tres parejas de apóstoles -dejadas en Jericó, Tecua y Betania-de nuevo se han reunido con el Maestro. Pero Judas de Keriot sigue ausente, y en tono bajo los apóstoles lo comentan…
Jesús está infinitamente triste. Los apóstoles, que lo observan, dicen entre sí: --Por supuesto que es por Lázaro. Es un hombre ya completamente terminado… Y sus hermanas dan mucha pena… El Maestro, con tanto odio como le persigue, ni siquiera puede detenerse en aquella casa. Habría sido un consuelo para el enfermo y sus hermanas, y también para Él.
-¡No soy capaz de entender por qué no lo cura! -exclama Tomás.
-Sería una cosa razonable. Un amigo… Tanta ayuda como proporciona… un hombre justo… -susurra Bartolomé.
-¡Ah, justo sí, verdaderamente es un justo! En estos días creo que te habrás convencido de ello… -dice el Zelote a Bartolomé.
-Sí, es verdad. Y es verdad también lo que implícitamente mencionas. No estaba muy persuadido de su justicia… Con esa naturalidad que tenían con los gentiles, con la educación recibida del padre, que era muy, muy… yo diría condescendiente con nuevas formas de vida no conformes con las nuestras…
-La madre era un ángel -dice sin ambages Simón Zelote.
-Quizás por eso son justos… No tengamos en cuenta el pasado de María. Ahora ya está redimida… -dice Felipe.
-Sí. Pero todo esto me creaba sospechas. Ahora estoy completamente persuadido, y me extraña que el Maestro…
-Mi hermano sabe sopesar los valores de las personas. Nosotros también hemos sufrido durante mucho tiempo celos naturales, humanos, al ver que hacía más caso a los extraños que a nosotros de la familia.
Pero ahora hemos comprendido que en nuestro pensamiento había error y en el suyo justicia. Juzgábamos su manera de actuar como indiferencia, e incluso como desestimación, incomprensión de nuestra valía. Ahora hemos comprendido. Él prefiere atraer hacia sí a los deformes y a los informes. Él… seduce con sus medios infinitos a las almas más mezquinas, más lejanas, más en peligro.
¿Os acordáis de la parábola de la oveja perdida? La verdad, la clave de su manera de actuar está en esa parábola. Cuando ve a sus ovejas fieles que le siguen o que están donde y como Él quiere, su espíritu descansa. Pero se sirve de su descanso para correr detrás de las extraviadas. Sabe que nosotros lo queremos, que Lázaro y sus hermanas lo quieren, que las discípulas y los pastores lo quieren, y por tanto no pierde su tiempo con nosotros en especiales pruebas de amor. A nosotros nos quiere siempre. Nos lleva siempre en su corazón. Nosotros mismos somos los que entramos en su corazón y no queremos salir.
¡Pero los otros… los pecadores, los extraviados!… Ha de correr tras de ellos, debe atraerlos con el amor y el milagro, con su poder. Y lo hace. Lázaro, María y Marta seguirán amándolo, incluso sin milagro… -dice Santiago de Alfeo.
-Eso es verdad. De todas formas… ¿Qué habrá querido decir con su último saludo? Ya lo habéis oído: "El amor del Señor para vosotros se manifestará en proporción a vuestro amor. Y recordad que el amor tiene dos alas para ser perfecto, dos alas que, cuanto más perfecto es, más desmesuradas son: la fe y la esperanza" -dice Andrés.
-¡Eso! ¿Qué habrá querido decir? -preguntan varios.
Un rato de silencio. Luego Tomás, emitiendo un gran suspiro, concluye un pensamiento interno suyo:
-… Pero no siempre su paciencia buena obtiene redenciones. Yo también he sufrido alguna vez por la predilección que muestra hacia Judas de Keriot…
-¿Predilección? No me lo parece. Lo corrige como a cualquiera de nosotros… -dice Andrés.
-Por justicia, sí. Pero considera cuánto más rigor merecería ese hombre…
-Eso es verdad.
-Bueno, pues yo he sufrido por eso algunas veces. Pero ahora comprendo que, sin duda, lo hace porque… es el más informe de entre nosotros.
-¡El más ruin, debes decir, Tomás! El más ruin. Vosotros creéis que esa tristeza -y señala a Jesús, que va delante, solo, absorto en su aflicción-está producida por la enfermedad de Lázaro y por las lágrimas de las hermanas de él. Yo digo que proviene de la ausencia de Judas. Esperaba que Judas lo alcanzara por el camino mientras iba a Betabara. Esperaba, al menos, encontrarlo en Jericó, en Tecua, o en Betania al regreso. Ahora ya no tiene esta esperanza. Tiene la certeza del obrar no recto de Judas.
Yo lo he observado siempre…; he visto que su cara ha tomado ese aspecto de absoluto desamparo cuando tú,
he visto que su cara ha tomado ese aspecto de absoluto desamparo cuando tú, Bartolmái, has dicho: “Judas no ha venido" - dice Judas Tadeo.
-¡Pero si Él sabe las cosas antes de que sucedan, estoy seguro! -exclama Juan.
-Muchas. No todas. Yo creo que el Padre suyo, por piedad, le mantiene ocultas algunas -dice el Zelote.
Los once se dividen en dos partidos: quién acepta una versión, quién otra; y cada uno aporta sus razones para sostener la propia. Juan exclama:
-¡Oh, no quiero escuchar ni a uno ni a otro, ni siquiera a mí mismo! Somos todos unos pobres hombres, y no podemos ver con exactitud. Voy donde Jesús y se lo pregunto.
-No. Podría pensar en otras cosas y con esta pregunta recordar a Judas y sufrir más -dice Andrés.
-¡No, hombre! Por supuesto que no le voy a decir que hablábamos de Judas. Hablaré… así, sin referencias concretas.
-¡Ve, ve! Le servirá para distraerse. ¿No veis lo afligido que está? -dice Pedro impeliendo a Juan.
-Voy.¿Quién viene conmigo?
-Ve, ve tú solo. Contigo habla sin reserva. Luego nos lo dices.
Juan se marcha.
-¡Maestro!
-¡Juan! ¿Qué quieres? -y Jesús, con una luz de sonrisa en su rostro, abraza con un brazo a su predilecto y lo tiene cerca de sí mientras camina.
-Hablábamos entre nosotros y dudábamos sobre una cuestión.
Esta: si Tú conoces todo el futuro o si en parte te está celado. Unos decían una cosa, otros otra.
-¿Y tú qué decías?
-Decía que lo mejor de todo era preguntártelo a ti.
-Y entonces has venido. Has hecho bien. Al menos esto nos sirve a mí y a ti para gozar de un momento de amor… ¡Es tan raro ya el poder tener un poco de paz!…
-¡Es verdad! ¡Qué bonitos eran los primeros tiempos!…
-Sí. Para el hombre que somos, eran más bonitos. Pero para el espíritu que hay en nosotros son mejores éstos. Porque ahora es más conocida la Palabra de Dios y porque sufrimos más. Cuanto más se sufre más se redime, Juan… Por este motivo, aunque recordemos los tiempos serenos, debemos amar más estos que nos producen dolor, y que con el dolor nos dan almas. Pero voy a responder a tu pregunta.
Escucha. Yo no ignoro, como Dios. Y no ignoro, como Hombre. Conozco el futuro de los acontecimientos, porque estoy con el Padre desde antes del tiempo y veo más allá del tiempo. Como Hombre que está exento de imperfecciones y limitaciones unidas a la Culpa y a las culpas, tengo el don de la introspección de los corazones. Este don no está limitado al Cristo, sino que lo poseen en distinta medida todos aquellos que, habiendo alcanzado la santidad, están tan unidos a Dios que puede decirse que no operan por sí mismos sino que operan con la Perfección que reside en ellos. Por tanto, puedo responderte que no ignoro como Dios el futuro de los siglos y que no ignoro como Hombre justo el estado de los corazones.
Juan calla y reflexiona.
Jesús lo deja así unos momentos. Luego dice:
-Por ejemplo, ahora Yo veo en ti este pensamiento: "¡Pero entonces mi Maestro conoce exactamente el estado de Judas de Keriot!"
-¡Oh, Maestro!
-Sí. Lo conozco. Lo conozco y sigo siendo su Maestro, y quisiera que vosotros siguierais siendo sus hermanos.
-¡Maestro santo!… ¿Pero siempre siempre conoces todo? Mira, algunas veces nosotros nos decimos que no es así, porque vas a lugares donde encuentras enemigos. ¿Antes de ir a esos lugares ya sabes que los vas a encontrar, y vas para combatirlos con tu amor, para someterlos al amor, o… por el contrario no lo sabes y ves a los enemigos sólo cuando los tienes enfrente de ti y lees sus corazones? Una vez me dijiste -estabas muy triste también entonces, y por la misma causa-que te sentías como uno que no ve…
-He experimentado también este martirio del hombre: el tener que seguir adelante sin ver, poniéndome totalmente en manos de la Providencia. Tengo que conocer todo del hombre. Menos la culpa consumada. Y esto no por una barrera que haya puesto el Padre mío a la carne, al mundo y al demonio, sino por mi voluntad de hombre. Yo soy como vosotros. Pero sé querer más que vosotros. Por eso, sufro las tentaciones pero no cedo a ellas. Y en esto está, como
para vosotros, mi mérito.
-¡Tentaciones Tú!… Me parece casi imposible…
-Porque tú sufres pocas. Eres puro y piensas que, siéndolo Yo más que tú, no deberé conocer la tentación.
Efectivamente, la carnal es tan débil respecto a mi castidad, que el yo jamás la siente. Es como si un pétalo golpeara un trozo de granito sin fisuras. Pasa… Hasta el diablo se ha cansado de lanzar contra mí este dardo. Pero, Juan, ¿no piensas cuantas otras tentaciones hay alrededor de mí?
-¿De ti? No tienes avidez de riquezas ni de honores… ¿Y cuáles son?…
-¿No piensas que tengo una vida, unos afectos, también unos deberes, hacia mi Madre, y que estas cosas me tientan a evitar el peligro? Ella, la Serpiente, lo llama "peligro". Pero su verdadero nombre es "Sacrificio".
¿Y no piensas que tengo sentimientos Yo también? El yo moral no está ausente de mí, y sufre por las ofensas, por los escarnios, por las dobleces. ¡Oh, Juan mío! ¿No te preguntas qué asco producirá en mí la mentira y el mentiroso? ¿Sabes cuántas veces el demonio me tienta a reaccionar contra estas cosas, que me causan dolor, a reaccionar dejando la mansedumbre y poniéndome duro, intransigente?
Y, en fin, ¿no piensas cuántas veces lanza su abrasador hálito de soberbia, y dice: "Gloríate de esto o de aquello. Eres grande. El mundo te admira. ¡Los elementos te sirven!"? ¡La tentación de complacerse en ser santo!
¡La más sutil! ¡Cuántos, por esta soberbia, pierden la santidad que habían conquistado! ¡Con qué corrompió Satanás a Adán? Con la tentación del sentido, del pensamiento y del espíritu. ¿Y no soy Yo el Hombre que debe crear otra vez al hombre? De mí, la nueva Humanidad.
Entonces, Satanás busca los mismos caminos para destruir, y para siempre, a la raza de los hijos de Dios. Ahora ve donde tus compañeros y repite mis palabras. Y no pienses si sé o si no sé lo que hace Judas. Piensa que te amo: ¿No es suficiente este pensamiento para ocupar a un corazón?
Lo besa y lo deja marchar. Y, otra vez solo, alza los ojos al cielo que se ve entre las frondas de los olivos y gime:
-¡Padre mío! Haz que al menos, hasta la última hora, pueda tener oculto el Delito. Para impedir que estos amados míos se manchen de sangre. ¡Piedad de ellos, Padre mío! ¡Son demasiado débiles como para no reaccionar ante la ofensa!
¡Que ellos no tengan odio en su corazón en la hora de la Caridad perfecta! -y se enjuga unas lágrimas que sólo Dios ve…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
-¡Paz a ti, Maestro! -saludan los discípulos pastores, que se habían adelantado unos días antes y que ahora esperaban, pasado el vado, junto con los enfermos que han recogido y con otros que desean oír al Maestro.
-Paz a vosotros. ¿Hace mucho que me esperáis?
-Hace tres días.
-Me han entretenido por el camino. Vamos donde los enfermos.
-Hemos dicho que se montaran unas tiendas para resguardarlos sin tener que ir a los pueblos cercanos y luego volver. Nos han dado leche para ellos algunos amigos nuestros pastores que ahora están allá con el rebaño esperando tu llegada -dicen los discípulos mientras guían a Jesús a una espesura que por sí misma haría de techo a quien se refugiara en ella.
Allí hay un grupo de pequeñas tiendas -unas veinte-montadas sobre estucas, o de un tronco a otro. Debajo de ellas está el triste, pequeño pueblo de enfermos que esperan y que, en cuanto comprenden quién es el que viene, lanzan el grito habitual: -¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de nosotros!
Jesús no quiere tenerlos esperando mucho, de forma que se asoma -es más: se va agachando de una tienda a otra, porque su estatura no le permite entrar en ellas erguido-e introduce en cada una de ellas su rostro y su sonrisa, que es ya una gracia.
El sol, a sus espaldas, proyecta su sombra sobre las yacijas y los rostros macilentos o sobre los miembros inertes. Dice solamente una breve frase: «Paz a vosotros que creéis», y luego pasa a la tienda adyacente. Y le sigue un grito, un grito repetido como se repite su frase, un grito que se repite en la última tienda dejada como si fuera el eco del que sale de la tienda que estaba antes:
-Estoy curado. ¡Hosanna al Hijo de David!
Y el pequeño pueblo de enfermos, antes extendido bajo las oscuras tiendas, sale y se reconstituye siguiendo los pasos del Maestro, un pequeño pueblo todo festivo que arroja los bastones y las muletas, que se envuelve en las mantas de la parihuela abandonada, que se quita las vendas, ya inútiles, y que, sobre todo, exulta alborozadamente con la alegría de la curación.
Ya están todos curados. Y Jesús se vuelve con su más dulce sonrisa, para decir: -El Señor ha premiado vuestra fe. Bendigamos juntos su bondad -y entona el salmo:
«Cantad a Dios con júbilo, toda la Tierra; servid al Señor con alegría. Venid a su presencia exultando. Reconoced que el Señor es Dios. Él nos ha hecho… (Salmo l00)
La gente le sigue como puede. Algunos, que quizás no son de Israel, siguen el canto mascullando palabras entre sus labios. Pero su corazón canta, y la luz de las caras lo dice. Dios, sin duda, recibirá ese pobre murmullo balbuciente mejor que el canto perfecto y árido de algún fariseo.
Matías dice a Jesús:
-¡Oh, Señor!, hablando a los que esperan tu palabra, recuerda a nuestro Juan.
-Pensaba hacerlo, porque este lugar trae a mi corazón aún más vivamente la figura de Juan el Bautista -y sube a un pequeño montículo cubierto de hierba menuda. Rodeado de gente, empieza a hablar.
-¿Qué habéis venido a buscar a este lugar? La salud del cuerpo, oh enfermos… y os ha sido dada. La palabra que evangeliza… y la habéis encontrado. Pero la salud del cuerpo debe ser la preparación a la búsqueda de la salud del espíritu, de la misma forma que la palabra que evangeliza debe ser preparación a vuestra voluntad de justicia. ¡Ay, si la salud del cuerpo se limitara a la felicidad de la carne y de la sangre, quedándose inactiva respecto al espíritu! Yo os he movido a alabar al Señor, que os ha beneficiado con la salud. Pero, pasado el momento de júbilo, no debe cesar vuestra gratitud hacia el Señor, que se manifiesta en la buena voluntad de amarlo.
Todo don de Dios es nulo, a pesar de que esté cargado de fuerzas activas, si falta en el hombre la voluntad de corresponder a él entregando el don del propio espíritu a Dios.
Este lugar ha oído la predicación de Juan. Muchos de vosotros, sin duda, la habéis oído. Muchos de Israel la han oído, pero no en todos ha producido los mismos resultados, a pesar de que Juan dijera a todos las mismas palabras. ¿Cómo, pues, tanta diferencia? ¿A qué atribuirla? A la voluntad distinta de los hombres que recibieron esas palabras. Para algunos, fueron real preparación para mí, y, consiguientemente, para su santidad.
Para otros, por el contrario, fueron preparación contra mí, y, consiguientemente, para su injusticia. Como grito de centinela resonaron, y el ejército de los espíritus se dividió, a pesar de que el grito era único.
Parte de ellos se prepararon para seguir a su Caudillo; parte se armó y estudió planes para combatirme a mí y a mis seguidores. Y por esto Israel será vencido, porque un reino dividido en sí mismo no puede ser fuerte, y los extranjeros se aprovechan para subyugarlo.
Y lo mismo sucede en cada uno de los espíritus. En todo hombre hay fuerzas buenas y no buenas. La Sabiduría habla a todo el hombre, pero son pocos los hombres que saben querer hacer reinar una sola parte: la buena. Para este querer elegir una parte sola, y hacerla reina, son más capaces los hijos del siglo.
Ellos saben ser completamente malos cuando quieren serlo, y se desprenden, como de vestidos inútiles, de las partes buenas que podrían oponer resistencia dentro de ellos. Sin embargo, los hombres que no son de su siglo, y que tienen un impulso hacia la Luz, sólo difícilmente saben imitar a los hijos del siglo y desprenderse, como de vestidos rechazados, de las partes malas que tratan de resistir en ellos.
Tengo dicho que si un ojo escandaliza sea arrancado, y que si una mano escandaliza sea cortada, porque es mejor entrar en la Luz eterna mutilados que en las Tinieblas eternas con los dos ojos o con ambas manos.
Juan el Bautista era un hombre de nuestro tiempo. Muchos de vosotros lo habéis conocido. Imitad su ejemplo heroico.
Él, por amor del Señor y de su alma, se desprendió mucho más que de un ojo y una mano, se desprendió de la vida misma, por ser fiel a la Justicia. Muchos de vosotros habrán sido, quizás, discípulos suyos y todavía dirán que lo aman.
Pero recordad que el amor a Dios, y el amor a los maestros que conducen a Dios, se demuestra haciendo aquello que ellos enseñaron, imitando sus obras de justicia y amando a Dios con todo el propio ser, hasta el heroísmo. Bueno, pues, haciéndolo así, los dones de salud y sabiduría que Dios ha concedido no permanecen inactivos ni se transforman en condena, sino que son escalera para subir a la morada del Padre mío y vuestro, que a todos espera en su Reino.
Haced -para bien vuestro-, haced que el sacrificio de Juan -toda una vida de sacrificio concluida con el martirio-y el sacrificio mío -toda una vida de sacrificio que concluye en un martirio muchísimo más grande que el de mi Precursor-no queden inactivos para vosotros. Sed justos, tened fe, prestad obediencia a la palabra del Cielo, renovaos en la Ley nueva. Que la Buena Nueva sea para vosotros verdaderamente buena, haciéndoos buenos y merecedores de gozar de la Bondad, o sea, del Señor altísimo en un Día eterno. Sabed distinguir los verdaderos de los falsos pastores, y seguid a los que os den palabras de Vida aprendidas de mí.
Está ya cercana la fiesta de las Luces, la celebración de la Dedicación del Templo. Recordad que nada son las luces de muchas lámparas en honor de la fiesta y del Señor, si permanece sin luz vuestro corazón. La caridad es luz; candelero, la voluntad de amar al Señor con la obras buenas.
Recordar la Dedicación del Templo es cosa buena, pero cosa mucho más grande y buena y mejor recibida por el Señor es dedicar a Dios el propio espíritu y reconsagrarlo con el amor. Espíritus justos en cuerpos justos, porque el cuerpo es semejante a los muros que rodean el altar, y el espíritu es el altar adonde desciende la gloria del Señor.
Dios no puede descender a altares profanados por pecados propios o por contactos con carnes mordidas por la lujuria y por pensamientos malvados.
Sed buenos. El esfuerzo de serlo en las continuas pruebas de la vida es compensado con creces por el futuro premio y, ya desde ahora, por la paz que consuela los corazones de los justos al final de cada una de sus jornadas, cuando se echan a descansar y encuentran su almohada exenta de remordimientos, que son la pesadilla de aquellos que quieren gozar ilícitamente y sólo consiguen proporcionarse un frenesí carente de paz.
No envidiéis a los ricos. No odiéis a nadie. No deseéis lo que veis a otros. Contentaos con vuestra situación, pensando que la clave que abre las puertas de la Jerusalén eterna está en hacer la voluntad de Dios en todas las cosas.
Os dejo. Muchos de vosotros ya no me verán, porque pronto iré a preparar los lugares de mis discípulos… Bendigo especialmente a vuestros niños, a vuestras mujeres que ya no veré. Y luego a vosotros, hombres… Sí, quiero bendeciros… Mi bendición servirá para no permitir que caigan los más fuertes y para hacer que resurjan los más débiles. Sólo para aquellos que me traicionen, odiándome, mi bendición no tendrá valor.
Los bendice en masa y luego bendice a las mujeres y besa a los niños, y lentamente regresa hacia el vado con los cinco apóstoles que están todavía con Él y con los discípulos ex pastores.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Bien pobre es la hacienda que alimenta al grupo heterogéneo de los amigos de Zaqueo.
No alegra el corazón, especialmente ahora que es invierno.
Pero, no obstante, ellos le tienen afecto. Así que muestran con orgullo a Jesús esa propiedad: tres campos arados, pardos, para trigo; árboles frutales (pocos de ellos productivos y los otros demasiado jóvenes como para esperar que lo sean); alguna hilera de vides esmirriadas; la huerta; un pequeño establo con una vaquita y un burro para la noria; un recinto con pocas gallinas y cinco parejas de palomas; seis ovejas; una choza con una cocina y tres cuartos; un cobertizo que hace de leñera, trastero y henil; un pozo con el brocal descantíllado y una cisterna de agua limosa. Nada más.
«Sí nos ayuda la estación…», «Sí los animales crían…», «Si los arbolitos arraigan…».
Todo es en condicional… Esperanzas muy precarias…
Pero uno se acuerda de lo que oyó decir años antes -de la prodigiosa recolección que tuvo Doras por una bendición que dio el Maestro para que Doras fuera humano con sus siervos labradores-y dice:
-Y si bendijeras este lugar… También Doras era pecador…
-Tienes razón. Lo que hice sabiendo que ello no cambiaría aquel corazón lo haré para vosotros que tenéis cambiado el corazón.
Y abre los brazos para bendecir, y dice:
-Lo hago inmediatamente, porque quiero persuadiros de que os quiero.
Luego prosiguen el camino hacia el río, bordeando campos arados de rica tierra oscura, y árboles frutales desnudados por la temporada.
En una curva se ve venir a algunos fariseos.
-La paz a ti, Maestro. Te hemos esperado aquí para… venerarte.
-No. Para estar seguros de que no urdía engaño. Habéis hecho: bien. Convenceos de que no he tenido la posibilidad de ver a la mujer ni a ninguno de los que están con ella. Vosotros, tú y tú, estabais de guardia en la casa de Zaqueo y habéis visto que ninguno de nosotros ha salido.
Vosotros me habéis precedido por el camino y habéis visto que ninguno de nosotros se ha adelantado. En vuestro corazón deseáis imponerme una serie de cláusulas respecto al encuentro con esa mujer, y Yo os digo que las acepto antes incluso de que las formuléis.
-Pero… si no las sabes…
-¿No es, acaso, verdad, que me las queréis formular?
-Es verdad.
-De la misma forma que conozco esta intención vuestra, manifiesta sólo a vosotros, también sé lo que me vais a decir. Y os digo que acepto lo que queréis proponerme porque servirá para dar gloria a la Verdad. Hablad.
-¿Sabes como están las cosas?
-Sé que consideráis endemoniada a la mujer; y que, no obstante, ningún exorcista ha podido expulsar de ella al demonio; y que, no obstante, no pronuncia palabras de demonio (esto dicen los que la han oído hablar).
-¿Puedes jurar que no la has visto nunca?
-El justo no jura nunca, porque sabe que tiene derecho a ser creído por su palabra. Yo os digo que no la he visto nunca y que nunca he pasado por su pueblo, y todo el pueblo puede confirmarlo.
-Pues, a pesar de todo, sostiene que conoce tu cara y tu voz.
-Su alma, efectivamente, me conoce por voluntad de Dios.
-Tú dices que por voluntad de Dios. Pero ¿cómo puedes afirmarlo?
-Me han referido que pronuncia palabras inspiradas.
-También el demonio habla de Dios.
-Pero con errores mezclados arteramente, para desviar a los hombres a pensamientos de error.
-Bueno, pues… quisiéramos que nos dejaras probar a la mujer.
-¿En qué modo?
-¿No la conoces en absoluto?
-Os estoy diciendo que no.
-Bueno, pues entonces vamos a mandar a alguno adelante gritando: “¡Aquí está el Señor!" y vamos a ver si ella saluda al que va a ir con él como si fueras Tú.
-¡Una prueba pobre! Pero acepto. Elegid entre los que me acompañan a los que vais a mandar adelante. Yo os seguiré con los otros. Pero, si la mujer habla, debéis dejarla hablar, para que Yo juzgue sus palabras.
-Es justo. Pacto cerrado, y lo mantendremos lealmente.
-Que así sea y que sirva para tocaros el corazón.
-Maestro, no todos somos adversarios. Algunos de entre nosotros están en actitud de espera… y con la voluntad sincera de ver la verdad para seguirte -dice un escriba.
-Es verdad. Y a ésos aún los amará Dios.
Los escribas examinan a los apóstoles y se extrañan de la ausencia de muchos, especialmente de Judas Iscariote. Luego eligen a Judas Tadeo y a Juan; y a otro más: al joven ladrón convertido, que está pálido y delgado y cuyos cabellos tienden al color rojizo. En definitiva, eligen a aquellos que en edad o fisonomía tienen puntos en común con el Maestro.
-Vamos a adelantarnos con éstos. Tú quédate aquí con nuestros compañeros y los tuyos, y síguenos dentro de un rato.
Así se hace.
Ya ven los bosques que orillan el río. El sol poniente de invierno tiñe de oro las cimas de los árboles y esparce una luz amarilla y clara sobre las personas que están recogidas entre los árboles.
-¡Aquí está el Mesías! ¡Está aquí! ¡Poneos en pie! ¡Salid a su encuentro! -gritan los escribas que se han adelantado, y tuercen hacia un sendero que termina en un roble colosal, de poderosas raíces semidescubíertas para asiento de quien se refugia al lado de su tronco.
El grupo de personas recogido alrededor se vuelve; se pone en pie, se abre y se disgrega, para salir al encuentro de los que llegan. Junto al tronco se quedan solamente tres escribas, Juan de Éfeso y dos ancianos (un hombre y una mujer); más otra mujer que está sentada en una raíz que asoma sobre la tierra, con la espalda apoyada en el tronco, la cabeza agachada y reclinada sobre las rodillas, que tiene a su vez estrechadas entre los brazos anudados; toda cubierta por un velo de un morado tan cargado que parece negro. Parece ajena a todo. No reacciona con el griterío.
Un escriba la toca en el hombro:
-Está aquí el Maestro, Sabea. Levántate y salúdalo.
La mujer ni responde ni se mueve.
Los tres escribas se miran y sonríen irónicos, haciendo un gesto de conchabanza a los otros que se están acercando.
Y, dado que los que esperaban, al no ver a Jesús, se habían callado, ellos gritan más fuerte que nunca -ellos y sus cómplices-para que la mujer no se dé cuenta del engaño.
-Mujer -dice un escriba a la anciana madre que está con su hija -al menos tú saluda al Maestro y di a tu hija que lo haga también.
La mujer se postra, junto con su marido, ante Judas Tadeo y Juan y el ladrón arrepentido; luego, levantándose, dice a su hija:
-Sabea, tu Señor está aquí. Venéralo.
La joven no se mueve.
La sonrisa irónica de los escribas se acentúa, y uno, delgado y narigudo, dice con voz nasal y alargando las palabras:
-¿No te esperabas esta prueba, no es verdad? Y tu corazón se estremece. Sientes que tu fama de profetisa está en peligro y no pruebas suerte… Me parece que esto es suficiente para definirte como embustera…
La mujer levanta la cabeza de golpe. Echa hacia atrás el velo y mira con ojos bien abiertos mientras dice:
-No miento, escriba. Y no tengo miedo, porque estoy en la verdad. ¿Dónde está el Señor?
-¿Cómo es eso? ¿Dices que lo conoces y no lo ves? Lo tienes delante de ti.
-Ninguno de éstos es el Señor. Por eso no me movía. Ninguno de estos.
-¿Ninguno de éstos? ¿Y ese galileo rubio no es el Señor? Yo no lo conozco, pero sé que es rubio y con ojos de cielo.
-No es el Señor.
-Entonces este alto y de aspecto grave. Mira qué trazos de rey. Sin duda es Él.
-No es el Señor. No es ninguno de éstos el Señor -y la mujer baja de nuevo la cabeza y la mete entre las rodillas (como estaba antes).
Pasa un rato. Luego… ya se ve venir a Jesús. Los escribas han impuesto silencio a la poca gente. Por tanto, su llegada no resulta advertida por ninguna aclamación.
Jesús viene delante, entre Pedro y su primo Santiago. Anda lentamente… silenciosamente… La hierba tupida ahoga todo rumor de pasos. Y Jesús -mientras la vieja se enjuga las lágrimas con su velo, mientras un escriba dice estas palabras hirientes: «Vuestra hija está desquiciada y miente», mientras el padre suspira e incluso reprende a su hija-llega al linde del sendero y se para.
La joven, que no ha podido oír nada, que no ha podido ver nada, se pone en pie bruscamente, arroja el velo, descubre así toda la cabeza, echa hacia delante los brazos emitiendo un grito poderoso:
-¡Ahí está y viene a mí mi Señor! ¡Éste es el Mesías, oh hombres que queréis engañarme y envilecerme! ¡Veo sobre Él la luz de Dios señalándomelo, y yo lo venero! -y se arroja al suelo, pero quedándose donde estaba, a unos dos metros de Jesús. Rostro en tierra, entre la hierba, grita:
-¡Yo te saludo, Rey de los pueblos, Admirable, Príncipe de paz, Padre del siglo sin fin, Caudillo del pueblo nuevo de Dios! -y permanece postrada bajo su amplio manto oscuro, de un morado casi negro, como el velo.
Pero, en el momento en que se ha levantado, pegada al tronco negro y, arrojado el velo, se ha quedado con los brazos tendidos hacia delante, como una estatua-he podido observar que bajo el manto está vestida con una túnica de gruesa lana de un blanco marfileño, ceñida simplemente con un cordón en el cuello y en la cintura. Y, sobre todo, he podido admirar su belleza de mujer madura.
Tendrá treinta años. Y treinta años en Palestina equivalen, al menos, a cuarenta de los nuestros generalmente: porque, si para María Santísima esta regla tiene una excepción, para las otras mujeres la madurez llega pronto, y especialmente para las de cabellos y tez morenos y bien modeladas como ésta. Ella es el tipo clásico de la mujer hebrea. Creo que así habrán sido Raquel, Rut y Judit, celebres por su belleza. Alta, llena y bien conformada, pero esbelta, lisa su piel de morenita palidez, pequeña la boca de labios un poco abultados, vivamente rojos, nariz recta, larga, delgada, dos ojos profundos, oscuros, de suavidad de terciopelo entre arcos de pestañas largas y apretadas, frente alta, lisa, regia, algo alargado el óvalo de su cara, espléndidos cabellos de ébano como una corona de ónix.
No lleva ninguna joya, pero tiene un cuerpo estatuario y una majestuosidad de reina.
Y ahora se alza, apoyándose en sus manos largas, morenitas, bellísimas, unidas a los brazos por una muñeca delgada. Ya está en pie de nuevo, contra el tronco oscuro.
Mira en silencio ahora al Maestro, y menea la cabeza porque algunos escribas le dicen: -Te equivocas, Sabea. No es Él el Mesías, sino el que antes has visto y no has reconocido.
Ella menea la cabeza, firme, severa, y no aparta los ojos del Señor. Luego su rostro se transfigura y adquiere una expresión que no sabría decir si es de alegría ferviente o de somnolencia extática; participa de ambas cosas, porque parece palidecer como quien está próximo al desvanecimiento, mientras que toda la vida se concentra en sus ojos, que se iluminan con una luz de alegría, de triunfo, de amor… No sé. ¿Ríen esos ojos? No, no ríen, como tampoco lo hace la severa boca; y, sin embargo, hay en ellos una luz de alegría, y cada vez adquieren mayor potencia de intensidad, de una intensidad que impresiona.
Jesús la mira con su mirada mansa, un poco triste.
-¿Ves como es una demente? -le susurra un escriba.
Jesús no replica. Mira y calla, con la mano izquierda suelta y sujetándose con la derecha el manto a la altura del pecho.
Y la mujer abre la boca y extiende los brazos como antes.
Parece una enorme mariposa de alas moradas y cuerpo de marfil viejo. Un nuevo grito sale de sus labios: -¡Oh Adonai, eres grande! ¡Sólo Tú eres grande, Adonai! Grande eres en el Cielo y en la Tierra, en el tiempo y en los siglos de los siglos, y más allá del tiempo, desde siempre y para siempre. ¡Oh Señor, Hijo del Señor! Bajo tus pies están tus enemigos, sujeto está tu trono por el amor de los que te aman.
La voz se hace cada vez más segura y fuerte, al mismo tiempo que los ojos se separan del rostro de Jesús y miran a un punto lejano, un poco por encima de las cabezas, atentas, que tiene a su alrededor y que ella domina sin esfuerzo, pues está erguida y pegada al tronco de este roble crecido en una prominencia del terreno, como encima de un pequeño ribazo.
Después de una pausa, sigue hablando:
-El trono de mi Señor está adornado con las doce piedras de las doce tribus de los justos. En la gran perla que es el trono (el blanco, precioso trono esplendoroso del santísimo Cordero), están engarzados topacios con amatistas, esmeraldas con zafiros, rubíes con sardónices, y ágatas y crisolitos y berilos, ónices, diaspros, ópalos.
Los que creen, los que esperan, los que aman, los que se arrepienten, los que viven y mueren en la justicia, los que sufren, los que dejan el error por la Verdad, los que eran duros de corazón y se hicieron mansos en su Nombre, los inocentes, los arrepentidos, los que se despojan de todas las cosas para ser ágiles en el seguimiento del Señor, los vírgenes, cuyo espíritu resplandece con una luz semejante a un alba del Cielo de Dios… ¡Gloria al Señor!
¡Gloria a Adonai! ¡Gloria al Rey sentado en su trono!
La voz es un tañido. Un estremecimiento recorre a la gente congregada. La mujer parece realmente ver aquello de que habla, como si la nube dorada que navega en el cielo sereno y que ella parece seguir con su mirar arrobado le hiciera de lente para ver las glorias celestes.
Ahora descansa, como si estuviera cansada, aunque sin cambiar de actitud. La única diferencia es que su cara se transfigura aún más, en la palidez de la epidermis y en el fulgor de los ojos. Luego, bajando la mirada hacia Jesús, que la está escuchando atento, rodeado por un círculo de escribas que, escépticos y sarcásticos, menean la cabeza, y de apóstoles y seguidores pálidos de sagrada emoción, prosigue, prosigue con voz distinta y menos alta:
-¡Veo! Veo en el Hombre lo que se cela en el Hombre. Santo es el Hombre, pero mi rodilla se dobla ante el Santo de los Santos que está dentro del Hombre.
La voz vuelve a ser ahora fuerte, imperiosa como una orden:
-¡Mira a tu Rey, pueblo de Dios! ¡Conoce su Rostro! La Belleza de Dios está delante de ti. La Sabiduría de Dios ha tomado una boca para instruirte. Ya no son los profetas, pueblo de Israel, los que te hablan del Innombrable. Es Él mismo. Él, que conoce el Misterio que es Dios, es el que te habla de Dios. Él, que conoce el Pensamiento de Dios, es el que te arrima a su pecho, oh pueblo que todavía eres párvulo después de tantos siglos, y te nutre con la leche de la Sabiduría de Dios para hacerte adulto en Dios.
Para hacer esto se ha encarnado en un seno, en un seno de mujer de Israel, que ante Dios y ante los hombres es mayor que cualquier otra mujer.
Ella cautivó el corazón de Dios con uno solo de sus latidos de paloma. La belleza de su espíritu hechizó al Altísimo y Él ha hecho de Ella su trono. María de Aarón pecó porque en ella estaba el pecado. Débora juzgó lo que había de hacerse, pero no obró con sus manos. Yael fue fuerte, pero se manchó de sangre. Judit era justa y temía al Señor, y Dios estuvo en sus palabras y le permitió aquel acto para que fuera salvado Israel, pero por amor a la patria usó astucia homicida.
Pero la Mujer que lo ha generado supera a estas mujeres, porque es la Sierva perfecta de Dios y le sirve sin pecar.
Toda pura, inocente y hermosa, es el hermoso Astro de Dios, desde su alba hasta su ocaso. Toda hermosa, esplendorosa y pura por ser Estrella y Luna, Luz de los hombres para encontrar al Señor. Ni precede ni sigue al Arca santa, como María de Aarón, porque Arca es Ella misma. Sobre la tenebrosa onda de la Tierra cubierta por el diluvio de los pecados, Ella camina y salva, porque quien entra en Ella encuentra al Señor. Paloma sin mancha, sale y vuelve con el olivo, el olivo de paz para los hombres, porque Ella es la Oliva especiosa.
Calla, y en su silencio habla y obra más que Débora, Yael y Judit, y no aconseja la batalla, no incita a las matanzas, no derrama más sangre que la suya más selecta, la sangre con la que formó a su Hijo.
¡Pobre Madre! ¡Madre sublime!… Temía Judit al Señor, pero de un hombre había sido su flor. Ésta ha dado al Altísimo su flor intacta, y el Fuego de Dios ha descendido al cáliz de la suave azucena, y un seno de mujer ha contenido y llevado la Potencia, la Sabiduría y el Amor de Dios. ¡Gloria a la Mujer! ¡Cantad, mujeres de Israel, sus alabanzas!
La mujer se calla, como si su voz estuviera sin fuerzas. Efectivamente, no sé cómo logra mantener ese timbre tan fuerte.
Los escribas dicen:
-¡Está loca! ¡Está loca! Dile que se calle. Loca o poseída. Impón al espíritu que la tiene poseída que se vaya.
-No puedo. No hay más que espíritu de Dios, y Dios no se expulsa a sí mismo.
-No lo haces porque os alaba a ti y a tu Madre y ello estimula tu orgullo.
-Escriba, reflexiona en lo que sabes de mí y verás que Yo no conozco el orgullo.
-Pues, a pesar de todo, sólo un demonio puede hablar en ella para celebrar así a una mujer… ¡La mujer! ¿Y qué es en Israel y para Israel la mujer? ¿Y qué es, sino pecado, ante los ojos de Dios? ¡La seducida y seductora! Si no hubiera fe, difícilmente se podría pensar que en la mujer hubiera un alma. Le está prohibido acercarse al Santo por su impureza.
-¡Y ésta dice que Dios descendió a Ella!… dice otro escriba, escandalizado, y sus compinches le hacen coro.
Jesús, sin mirar a nadie a la cara -parece que hable consigo mismo -dice:
-La Mujer aplastará la cabeza de la Serpiente… La Virgen concebirá y dará a luz a un Hijo que será llamado Emmanuel… Un vástago saldrá de la raíz de Jesé, una flor brotará de esta raíz y en Ella descansará el Espíritu del Señor". Esta Mujer. Mi Madre. Escriba, por el honor de tu saber, recuerda y comprende las palabras del Libro. (Génesis 3, l5; Isaías 7, l4; ll, l-2)
Los escribas no saben qué responder. Esas palabras las han leído mil veces y mil veces las han considerado verdaderas. ¿Pueden negarlo ahora? Callan.
Uno ordena que se enciendan hogueras, porque ya se siente el frío junto a las orillas por donde pasa el viento vespertino. Obedecen, cual corona en torno al grupo compacto, llamean candeladas de ramajes.
La luz bailarina del fuego parece hacer reaccionar a la mujer, que se había callado y que estaba con los ojos cerrados como recogida en sí misma Abre de nuevo los ojos, reacciona. Mira otra vez a Jesús y grita de nuevo:
-¡Adonai! ¡Adonai, Tú eres grande! ¡Cantemos al Divino un cántico nuevo! ¡Shalem! ¡Shalem! ¡Malquih!!… (lo escribo así, pero la "h" es aspirada como casi una "c" pronunciada por toscanos). ¡Paz! ¡Paz! ¡Oh Rey, al que nada se resiste!…
La mujer se calla de golpe. Pasa su mirada -la primera vez desde que empezó a hablar-por los que están alrededor de Jesús, y fija sus ojos en los escribas como si los viera por primera vez, y, sin motivo aparente, algunas lágrimas se forman en sus grandes ojos y la cara se le pone triste y mate.
Habla lentamente ahora, y con voz profunda como quien expresa cosas dolorosas:
-No. ¡Hay quien te resiste! ¡Pueblo, escucha! Desde después de mi dolor, pueblo de Betlequi, me has oído hablar. Después de años de silencio y dolor, he sentido y he dicho lo que sentía. Ahora ya no estoy -virgen viuda que encuentra en el Señor su única paz-en los verdes bosques de Betlequi; no tengo alrededor sólo a mis convecinos para decirles:
"Temamos al Señor porque ha llegado la hora de estar preparados para su llamada. Embellezcamos el vestido del corazón para no ser indignos en su presencia. Ciñámonos de fortaleza, porque la hora del Cristo es hora de prueba.
Purifiquémonos como hostias para el altar, para que podamos ser acogidos por Aquel que lo envía. El que sea bueno que crezca en bondad. El que sea soberbio que se haga humilde. El que sufre de lujuria que se desprenda de su carne para poder seguir al Cordero. El avaro hágase benefactor, porque Dios es benefactor nuestro con su Mesías. Y todos practiquen la justicia para poder pertenecer al Pueblo del Bendito que viene".
Ahora hablo ante Él y ante quien cree en Él, y también ante quien no cree y ultraja al Santo y a los que creen en El y hablan en su Nombre. Pero no tengo miedo. Decís que estoy loca, decís que a través de mí habla un demonio. Sé que podríais hacer que me lapidaran como blasfema.
Sé que lo que os voy a decir os va a parecer insulto y blasfemia, y que me odiaréis. Pero no tengo miedo. Última, quizás, de las voces que hablan de Él antes de su Manifestación, me espera, quizás, la suerte que otras voces sufrieron; pero no tengo miedo. Demasiado largo es el exilio en el frío y en la soledad de la Tierra para el que piensa en el seno de Abraham, en el Reino de Dios que el Cristo nos abre, más santo que el santo seno de Abraham. Sabea de Carmel de la estirpe de Aarón no le teme a la muerte. Pero al Señor sí. Y habla cuando Él la mueve a hablar, para no desobedecer a su voluntad. Y dice la verdad porque habla de Dios con las palabras que Dios le da.
No tengo miedo a la muerte. Aunque me llaméis demonio y me lapidéis como blasfema, aunque mi padre y mi madre y mis hermanos, por este deshonor, mueran, no temblaré de miedo ni de aflicción. Sé que el demonio no está en mí, porque en mí calla todo estímulo maléfico, y toda Betlequi lo sabe.
Sé que las piedras podrán sólo introducir en mi canto una pausa más breve que un respiro, y que después mi canto recibirá más amplio respiro en la libertad de más allá de la Tierra. Sé que Dios consolará el dolor de los de mi sangre, y que será breve; mientras que será eterno, después, su gozo de ser parientes mártires de una mártir.
No temo vuestra muerte, sino la que me vendría de Dios si no le obedeciera. Y hablo. Y digo lo que se me dice. ¡Oh, pueblo, escucha, y escuchad vosotros, escribas de Israel!
Alza de nuevo su acongojada voz y dice:
-Una voz, una voz viene de lo alto y grita en mi corazón. Y dice: "El antiguo Pueblo de Dios no puede cantar el nuevo cántico porque no ama a su Salvador. Cantarán el cántico nuevo los salvados de todas las naciones, los del Pueblo nuevo del Cristo Señor, no los que odian a mi Verbo"… ¡Horror! (da verdaderamente un grito que estremece). ¡La voz da luz, la luz da vista! ¡Horror! ¡Yo veo!
El grito es casi un aullido. Se retuerce, como si la tuvieran sujeta ante un espectáculo tremendo que le torturara el corazón, y tratara de poner fin a él huyendo.
Se le cae de los hombros el manto, de forma que se queda sólo con su túnica blanca contra el gran tronco negro. Con la luz, que se va reduciendo lentamente en el reflejo verde del bosque y rojizo y bailarín de las llamas, su cara adquiere un aspecto, profundamente trágico. Se forman unas sombras bajo los ojos, bajo la nariz, bajo el labio.
La cara parece socavada por el dolor. Se retuerce las manos mientras repite, más bajo:
-¡Veo! ¡Veo! -y bebe sus lágrimas mientras continúa:
-Veo los delitos de este pueblo mío. Y soy impotente para detenerlos. Veo el corazón de mis compatriotas: no puedo cambiarlo. ¡Horror! ¡Horror! Satán ha salido de sus lugares y ha venido a hacer morada en el corazón de éstos.
-¡Mándala callar! -ordenan los escribas a Jesús.
-Habéis prometido dejarla hablar… -responde Jesús.
La mujer prosigue:
-¡Rostro en tierra, en el barro, Israel que todavía sabes amar al Señor! ¡Cúbrete de ceniza, vístete de cilicio!
¡Por ti! ¡Por ellos! ¡Jerusalén! ¡Jerusalén, sálvate! Veo una ciudad agitada pidiendo un delito. Oigo, oigo el grito de los que, con odio, invocan que caiga sobre ellos una sangre. Veo levantar a la Víctima en la Pascua da Sangre y veo fluir esa Sangre, y oigo gritar esa Sangre más que la de Abel, al mismo tiempo que se abren los cielos y la tierra tiembla y el sol se oscurece. ¡Y esa Sangre no grita venganza, sino que suplica piedad para su Pueblo asesino, piedad para nosotros! ¡¡¡Jerusalén!!!
¡Conviértete! ¡Esa Sangre! ¡Esa Sangre! ¡Un río! Un río que lava al mundo sanando todo mal, borrando toda culpa… Pero para nosotros, para nosotros de Israel, esa Sangre es fuego, para nosotros es cincel que escribe en los hijos de Jacob el nombre de deicidas y la maldición de Dios.
¡Jerusalén! ¡Ten piedad de ti misma y de nosotros!…
-¡Pero haz que se calle! ¡Te lo ordenamos! -gritan los escribas mientras la mujer solloza cubriéndose la cara.
-No puedo imponer a la Verdad que se calle.
-¡Verdad! ¡Verdad! ¡Es una demente que está delirando!
¿Qué Maestro eres, si tomas como verdad las palabras de una que delira?
-¿Y qué Mesías eres, si no sabes hacer que se calle una mujer?
-¿Y qué Profeta eres, si no sabes poner en fuga al demonio? ¡Sin embargo, otras veces lo has hecho!
-Lo ha hecho, sí. Pero ahora no le conviene. ¡Todo es un juego bien montado para atemorizar a las turbas!
-¿Y habría elegido esta hora, este lugar y este puñado de hombres para hacerlo, cuando habría podido hacerlo en Jericó, cuando ha tenido cinco y más de cinco mil personas que me han seguido y circundado en varias ocasiones, cuando el recinto del Templo ha sido escaso para recibir a todos los que querían oírme? ¿Y puede, acaso, el demonio pronunciar palabras de sabiduría? ¿Quién de vosotros, en conciencia, puede decir que un solo error ha salido de esos labios? ¿No resuenan en sus labios, con voz de mujer, las terribles palabras de los profetas? ¿No oís el grito desgarrador de Jeremías, el llanto de Isaías y de los otros profetas? ¿No oís la voz de Dios a través de la criatura, la Voz que trata de ser acogida por vuestro bien?
A mí no me escucháis. Podéis pensar que hablo en mi favor. Pero ésta, desconocida para mí, ¿qué favor espera de estas palabras? ¿Qué le acarrearán, sino vuestro desprecio, vuestras amenazas y quizás vuestra venganza? ¡No, ciertamente no le impongo silencio! Es más, para que estos pocos la oigan, y también vosotros oigáis y podáis enmendaros, le ordeno: "¡Habla! ¡Habla, te digo, en nombre del Señor!"
Ahora es Jesús el que aparece majestuoso, es el Cristo poderoso de las horas de milagro, de grandes ojos magnéticos con un esplendor de estrella azul que la llama de una hoguera, encendida entre la mujer y Él, aviva aún más.
La mujer, por el contrario, oprimida por el dolor, aparece menos regia, y tiene agachada la cabeza, cubierta la cara con las manos y con sus cabellos negros, que se han soltado y le caen por detrás y por delante, como un velo de luto sobre la túnica blanca.
-Habla, te digo. No carecen de fruto tus dolorosas palabras. ¡Sabea, de la estirpe de Aarón, habla!
La mujer obedece. Pero habla bajo, tanto que todos se arriman para oírla mejor. Parece como si se hablara a sí misma, mirando hacia el río, que corre con su frufrú por su derecha formando un último cabrilleo de aguas con las últimas luces del día. Y parece hablarle al río:
-Jordán, sagrado río de nuestros padres, que tienes ondas cerúleas y crespas cual precioso lino cendalí, y en ellas reflejas las estrellas puras y la cándida Luna, y acaricias a los sauces de tus orillas, y eres río de paz, y… a pesar de todo, conoces mucho dolor. Jordán, que en las horas de tormenta, en las ondas hinchadas y agitadas transportas las arenas de mil torrentes y lo que ellos han arrebatado con violencia, y algunas veces tronchas un tierno arbusto en que hay un nido y lo transportas vortiginoso hacia el abismo mortal del mar Salado, y no tienes piedad de la pareja de pájaros que siguen a su nido, volando, chillando de dolor, a su nido destruido por tu violencia.
Así verás, sagrado Jordán, acometido por la ira divina, arrancado de sus casas y del altar, ir a la destrucción y perecer en la muerte más grande, verás ir al pueblo que no recibió al Mesías. ¡Pueblo mío, sálvate! ¡Cree en tu Señor! ¡Sigue a tu Mesías! Reconócelo en lo que es. No rey de pueblos y ejércitos. Rey es de las almas, de tus almas, de todas las almas. Ha descendido para recoger a las almas justas, y subirá de nuevo para conducirlas al Reino eterno.
¡Vosotros que todavía podéis amar, abrazaos al Santo! ¡Vosotros a quienes os preocupan los destinos de la Patria, uníos al Salvador! ¡Que no muera toda la progenie de Abraham! Apartaos de los falsos profetas de bocas -mentirosas y corazones adictos al pillaje que quieren alejaros de la Salvación. Salid de las tinieblas que alzan en torno a vosotros. ¡Escuchad la voz de Dios! Los grandes a los que hoy teméis son ya polvo en el decreto de Dios.
Uno sólo es el Viviente. Los lugares en que reinan y desde los cuales subyugan son ya ruinas. Sólo uno perdura.
¡Jerusalén! ¿Dónde están los briosos hijos de Sión de que te glorías? ¿Dónde, los rabíes y los sacerdotes con que te adornas y en que te admiras a ti misma? ¡Míralos! Subyugados, encadenados, van hacia el destierro; entre los escombros de tus edificios, entre el hedor de los muertos por espada y hambre. Te alcanza el furor de Dios, Jerusalén que rechazas a tu Mesías y lo hieres en el rostro y el corazón. Toda belleza en ti está destruida, toda esperanza está para ti muerta, profanados están el Templo y el altar…
-¡Haz que se calle! ¡Está blasfemando! Decimos que hagas que se calle.
-… Rasgado el efod. Ya no es necesario…
-¡Eres culpable si no le impones que se calle!
-… Porque ya no reina. Hay otro, eterno Pontífice, y es santo, y constituido por Dios: Rey y Sacerdote para siempre, por Aquel que hace suyas las ofensas infligidas al Cristo, y las venga. Otro Pontífice. El Verdadero, el Santo, Ungido por Dios y con su Sacrificio, que sustituye a aquellos sobre cuya frente es un desdoro la tiara, porque cubre pensamientos de horror…
-¡Calla, maldita! ¡Calla o descargamos nuestra mano sobre ti! -y los escribas la ultrajan. Pero ella parece no sentir.
La gente se agita:
-¡Dejadla hablar, vosotros que habláis tanto! Está diciendo la verdad. Es así. Ya no hay santidad entre vosotros. Uno sólo es el Santo y vosotros lo vejáis.
Los escribas consideran prudente callar, y la mujer continúa con su voz cansada y doliente:
-Había venido a traerte la paz y le has presentado guerra… salvación, y lo has escarnecido… amor, y lo has odiado… milagros, y le has llamado demonio… Sus manos han curado a tus enfermos y tú las has atravesado.
Te traía la Luz, y has cubierto de esputos y porquerías su cara. Te traía la Vida, y tú le has dado la muerte.
Israel, llora tu error y no impreques contra el Señor mientras vas hacia este destierro tuyo, que no tendrá término como los del pasado. Recorrerás toda la Tierra, Israel, pero como pueblo vencido y maldito, seguido por la voz de Dios con las mismas palabras dirigidas a Caín. Y aquí no podrás volver a reconstruir un sólido nido sino cuando reconozcas con los otros pueblos que éste es Jesús, el Cristo, el Señor Hijo del Señor…
La mujer tiene ahora voz blanca, de dolor y fatiga, cansada como la voz de un moribundo. Pero no calla todavía; antes al contrario, se reanima para un último imperativo:
-Al suelo, pueblo que sabes todavía amar. Cúbrete de ceniza, vístete de cilicio. El furor de Dios se cierne sobre nosotros como una nube cargada de granizo y rayos sobre un campo maldito.
La mujer cae al suelo, de rodillas, con los brazos extendidos hacia Jesús, y grita: -¡Paz, paz, oh Rey de justicia y de paz! ¡Paz, oh Adonai grande y poderoso, a quien ni siquiera el Padre niega nada! ¡Impetra paz para nosotros, por tu Nombre, oh Jesús, Salvador y Mesías, Redentor y Rey, y Dios, tres veces santo! -y se derrumba, convulsa a causa de los sollozos, con la cara contra la hierba.
Los escribas rodean a Jesús y lo llevan aparte, y alejan a todos los demás con miradas y palabras amenazadoras, y uno de ellos dice:
-Lo menos que puedes hacer es curarla. Porque, aunque quieras afirmar taxativamente que está libre de demonio, lo que no puedes negar es que sea una enferma.
¡Mujeres!… Y mujeres sacrificadas por el destino… Su vitalidad bien que se debe manifestar por alguna parte… y divagan… y ven cosas irreales… y, sobre todo, te ven a ti que eres joven y apuesto… y…
-¡Cállate, boca de serpiente! Ni tú mismo crees en lo que dices -reacciona Jesús, con una actitud de mando que interrumpe las palabras en los labios del escriba delgado y narigudo que al principio del hecho había escarnecido a la mujer como falsa profetisa.
-No ofendamos al Maestro. Lo hemos elegido como juez de un caso que nosotros no logramos juzgar… -dice otro escriba (el que había ido con los otros al encuentro de Jesús por el camino y le había dicho que no todos los escribas estaban contra Él, sino que algunos le observaban para emitir un juicio, con la sincera voluntad de seguirle si lo consideraban Dios).
-¡Cállate, Joel el Alamot, hijo de Abías! Sólo un mal nacido como tú puede decir esas palabras -arremeten contra él los otros.
El escriba, oído este insulto, se congestiona, pero se domina y responde con dignidad:
-Si la naturaleza me ha sido adversa en el cuerpo, ello no me ha hecho deficiente el intelecto. Al contrario, vedándome muchos placeres, ha hecho de mí el hombre de la cordura. Y, si fuerais santos, no humillaríais al hombre; antes bien, respetaríais al -cuerdo.
-¡Bien, bueno! Vamos a hablar de lo que nos urge. Tú tienes el deber de curarla, Maestro, porque con ese delirio suyo asusta a la gente y ofende al sacerdocio, a los fariseos y a nosotros.
-¿Si os hubiera alabado me diríais que la curara? -pregunta Jesús dulcemente.
-No. Porque serviría para hacer a la gente respetuosa de nosotros, a este pueblo cabruno que nos odia en su corazón y no pierde ocasión de escarnecernos -responde un escriba, sin darse cuenta de que cae en una trampa.
-¿Pero no seguiría siendo una enferma? ¿No tendría el deber de curarla? -pregunta, otra vez con dulzura, Jesús (parece un escolar que estuviera preguntando al maestro lo que debe hacer).
Y los escribas, cegados por la soberbia, no comprenden que se están confesando a sí mismos…
-En ese caso, no. ¡Es más: dejarla, dejarla con su delirio! Hacer lo posible para que la gente crea que es profetisa. ¡Honrarla! Señalarla…
-¿Pero si fueran cosas no verdaderas?…
-¡Maestro, aparte del punto en el que dice cosas contra nosotros, el resto serviría mucho para elevar el orgullo de Israel contra los romanos y para tener bajo el orgullo del pueblo hacia nosotros!
-Pero no se le podría decir: "Habla así, pero no digas eso" -dice firmemente Jesús.
-¿Y por qué?
-Porque quien delira habla sin saber lo que dice.
-¡Con monedas y alguna amenaza… se obtendría todo! Hasta a los profetas se los regulaba…
-En verdad, me resulta gratuita esa afirmación…
-¡Ya! Porque no sabes leer entre líneas y porque no todo se ha dejado escrito.
-Pero el espíritu profético no conoce imposiciones, escriba. Viene de Dios, y a Dios ni se le compra ni se le amedrenta dice Jesús, cambiando de tono. Es el principio de su contraataque.
-Pero ésta no es profetisa. Ya no es tiempo de profetas.
-¿Ya no es tiempo de profetas? ¿Y por qué?
-Porque no nos los merecemos. Estamos demasiado corrompidos.
-¿Verdaderamente? ¿Y lo dices tú? ¿Tú, que poco antes la juzgabas digna. de castigo porque decía esa misma cosa?
El escriba se queda desorientado.
Le ayuda otro:
-El tiempo de los profetas ha cesado con Juan. Ya no hacen falta.
-¿Y cómo es eso?
-Porque estás Tú, que expresas la Ley y hablas de Dios.
-También en tiempos de los profetas estaba la Ley, y la Sabiduría hablaba de Dios. Y, a pesar de todo, estaban ellos.
-¿Pero qué profetizaban? Tu venida. Ya has venido. Ya no hacen falta.
-En multitud de ocasiones, he oído vuestra pregunta, y la de los sacerdotes y fariseos, de si era o no era el Cristo. Y dado que lo afirmaba fui tachado de blasfemo y de loco, y se cogieron piedras para lanzarlas sobre mí.
¿No eres tú Sadoq, llamado el escriba de oro? -dice Jesús señalando al escriba narigudo que ha ultrajado a la mujer después de haberla tentado al error.
-Lo soy. ¿Y…?
-Pues que tú, justamente tú, has sido siempre el primero, tanto en Yiscala como en el Templo, que ha empezado la violencia contra mí. Pero Yo te perdono. Sólo te recuerdo que lo hacías diciendo que no podía ser el Cristo, mientras que ahora lo sostienes. Y te recuerdo también el reto que te propuse en Quedes. Dentro de poco verás cumplirse una parte de él. Cuando la Luna vuelva a la fase con que ahora resplandece en el cielo, te daré esa prueba.
Ésta es la primera. La otra la tendrás cuando el trigo, que ahora duerme en la tierra, cimbree sus espigas aún verdes con el leve viento de Nisán. Y a los que dicen que son inútiles los profetas les respondo: "¿Quién podrá poner límites al Señor Altísimo?".
En verdad, en verdad os digo que mientras haya hombres habrá siempre profetas. Son las antorchas en medio de las tinieblas del mundo; el fuego en medio del hielo del mundo; los toques de trompeta que despertarán a los que duermen; las voces que recuerdan a Dios y a sus verdades, caídas, con el tiempo, en el olvido y la desatención, y traen al hombre la voz directa de Dios y suscitan vibrantes emociones en los desmemoriados, en los apáticos hijos del hombre.
Tendrán otros nombres, pero igual misión e igual suerte de humano dolor y de sobrehumano gozo. ¡Ay, si no existieran estos espíritus que serán odiados por el mundo y amados especialmente por Dios! ¡Ay si no existieran estos espíritus, para padecer y perdonar, amar y actuar en obediencia al Señor! El mundo perecería entre las tinieblas, entre el hielo, en un sopor de muerte, en un estado de deficiencia mental, de ignorancia salvaje y embrutecedora. Por eso, Dios los suscitará, y siempre los habrá. ¿Y quién podrá imponer a Dios que no lo haga? ¿Tú, Sadoq?, ¿o tú?, ¡o tú? En verdad os digo que ni los espíritus de Abraham, Jacob y Moisés, de Elías y Eliseo, podrían imponer a Dios esta limitación, y sólo Dios sabe cuán santos eran y qué eternas luces son.
-¿Entonces no quieres ni curar a la mujer ni condenarla?
-No.
-¿Y la juzgas profetisa?
-Inspirada, sí.
-Eres un demonio como ella. Vamos. No nos interesa perder más tiempo con demonios -dice Sadoq, y da un empujón propio de un… mozo de cuerda a Jesús, para apartarlo.
Muchos le siguen. Algunos se quedan. Entre éstos, el hombre al que han llamado Joel Alamot.
-¿Y vosotros no los seguís? -pregunta Jesús, señalando a los que se están marchando.
-No, Maestro. Nos vamos a marchar porque es de noche. Pero queremos decirte que creemos en tu juicio. Dios lo puede todo, es verdad. Y para nosotros que caemos en muchas culpas puede suscitar espíritus que nos corrijan en orden a la justicia -dice uno muy anciano.
-Así es, como dices. Y esta humildad tuya es más grande a los ojos de Dios que tu saber.
-Entonces acuérdate de mí cuando estés en tu Reino.
-Sí, Jacob.
-¿Cómo sabes mi nombre?
Jesús sonríe, pero no responde.
-Maestro, también de nosotros acuérdate -dicen los otros tres.
Y el último que habla, Joel Alamot, dice también:
-Y bendigamos al Señor, qua nos ha regalado esta hora.
-¡Bendigamos al Señor! -responde Jesús.
Se saludan. Se separan.
Jesús se reúne con sus apóstoles y va con ellos donde la mujer, que está de nuevo en la postura que tenía al principio: acurrucada sobre la raíz prominente.
La madre y el padre, jadeantes, preguntan al Maestro:
-¿Es, entonces, un demonio nuestra hija? Antes de marcharse lo han dicho.
-No lo es. Quedaos en paz. Y amadla, porque su destino es muy doloroso. Como todo destino semejante al suyo.
-Pero ellos han dicho que así has juzgado…
-Han mentido. Yo no miento. Quedaos en paz.
Juan de Éfeso se acerca con Salomón y los otros discípulos:
-Maestro, Sadoq ha amenazado a éstos. Yo te lo digo.
-¿A ellos o a ella?
-A ellos y a ella. ¿No es verdad, vosotros dos?
-Sí. Nos han dicho, a mí y a su madre, que si no sabemos hacer callar a nuestra hija, pobres de nosotros. Y a Sabea le han dicho: "Si de ahora en adelante hablas, te denunciaremos al Sanedrín". Prevemos días malos para nosotros… Pero el corazón está en paz por lo que has dicho… y lo demás lo soportaremos. Pero respecto a ella… ¿Qué debemos hacer? Aconséjanos, Señor.
Jesús piensa y responde:
-¿No tenéis parientes lejos de Betlequi?
-No, Maestro.
…Jesús piensa. Luego levanta la cara y mira a José, a Juan de Éfeso y a Felipe de Arbela. Ordena:
-Os pondréis en viaje con ellos y luego, desde Betlequi, con ella y sus cosas, iréis a Aera. Diréis a la madre de Timoneo que la custodie en mi nombre. Ella sabe lo que es tener un hijo perseguido.
-Así lo haremos, Señor. Bien decidido. Aera está lejos y apartada -dicen los tres.
El padre y la madre de Sabea besan las manos al Maestro, le dan las gracias y lo bendicen.
Jesús se inclina hacia la mujer, la toca en la cabeza velada y la llama con dulzura:
-¡Sabea, escúchame!
La mujer alza la cabeza y lo mira; luego se postra.
Jesús mantiene la mano en la cabeza de ella:
-Escucha, Sabea. Irás a donde te envío. A casa de una madre. Hubiera querido que fuera la mía. Pero no me es factible. Y sigue sirviendo al Señor en justicia y obediencia. Yo te bendigo, mujer. Ve en paz.
-Sí, mi Señor y Dios. Pero, cuando tenga que hablar, ¿voy a poder hacerlo?…
-El Espíritu que te ama te guiará según el momento. No dudes de su amor. Sé humilde, casta, sencilla y sincera, y Él no te abandonará. ¡Ve en paz!
Se reúne de nuevo con los apóstoles y con Zaqueo y los suyos, que se habían detenido a algunos pasos de distancia, reteniendo también a otros curiosos.
-Vamos. Ya es de noche. No sé cómo os las vais a arreglar para ir a Jericó vosotros que tenéis que ir allá.
-Digamos, más bien, la mujer y sus padres. Pero, si lo juzgas bueno, nosotros estaremos fuera de casa, y Tú y ellos podréis dormir en casa hasta mañana por la mañana» propone uno de los amigos de Zaqueo.
-Buena propuesta. Id a decir a Sabea que venga con los suyos y con los discípulos. Ellos dormirán. Yo estaré con vosotros. No es una noche ventosa. Encenderemos unos fuegos y esperaremos así al alba, Yo instruyéndoos y vosotros escuchándome.
Y lentamente se pone en camino con el primer claror de la Luna…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Están todos recogidos en una habitación grande y desnuda, en otros tiempos, sin duda, hermosa. Ahora es sólo un local grande.
Han tomado sillas y lechos de las otras habitaciones de comer o de dormir y las han traído. Se han sentado alrededor del Maestro, al que le han ofrecido para que se siente una especie de sillón todo de madera labrada cubierto con un paramento de lizo alto: es el mueble más lujoso de la casa.
Zaqueo está hablando de una propiedad adquirida con el dinero de una colecta hecha entre ellos:
-¡Algo teníamos que hacer, ¿no?! El ocio no es buena medicina para no pecar. Es un lugar poco fértil todavía porque estaba desatendido, como nosotros, y como nosotros, lleno de tríbulos, piedras, sequío y hierbas nocivas.
Nique nos ha prestado a los campesinos que están a su servicio para que nos enseñen cómo hay que hacer para abrir los pozos abandonados, para limpiar las tierras, podar los pocos árboles que había y plantar otros nuevos. Nosotros sabíamos hacer muchas cosas… aunque no eran las santas obras del hombre. Pero en este trabajo tan nuevo para nosotros encontramos una vida verdaderamente nueva.
Nada de lo que nos rodea recuerda el pasado. Sólo la conciencia lo recuerda, pero eso está bien… Somos pecadores… ¿Vas a ir a ver esa propiedad?
-Saldremos juntos de aquí para dirigirnos hacia el Jordán, y me detendré en ese lugar. Me dices que está al lado del camino que va al río…
-Sí, Maestro. Pero es un lugar feo. La casa está que se cae. No tiene muebles, está vacía. No teníamos dinero para todo… después de haber compensado -siempre que ha sido posible hacerlo- a nuestro prójimo por nuestros delitos.
Éstos, para dormir, se arreglan encima de heno; menos Demetes, Valente y Leví, que son demasiado ancianos para ciertas privaciones y que duermen aquí, Señor.
-Muchas veces Yo no tengo ni eso. Dormiré en el heno Yo también, Zaqueo, que es donde dormí mis primeros sueños, sueños dulces porque los velaba el amor. Puedo dormir también éste; y no será un sueño atormentado, porque lo conciliaré entre hombres en los que ha resucitado la buena voluntad.
Y mira, con una mirada que es una caricia, a estas primicias de redimidos de todo territorio.
Y ellos lo miran… No son hombres que lloren fácilmente.
Al contrario, ¡quién sabe cuánto llanto habrán hecho derramar! Cada cara de estos hombres es un libro en que está escrito su calamitoso pasado, y, si ahora la nueva vida vela la brutalidad de las palabras, éstas son todavía descifrables lo suficiente como para permitir intuir desde qué simas se alzan de nuevo hacia la Luz. Bueno, pues, a pesar de todo, su rostro se hace claro, se ilumina; su mirada toma nuevo vigor, resplandeciendo en ella una luz de esperanza sobrenatural, de satisfacción moral, al oír que el Maestro los considera resucitados a la buena voluntad.
Zaqueo dice:
-¿Entonces apruebas todo esto que he hecho? Fíjate, Maestro, yo aquel día había dicho "te seguiré", y quería seguirte… bueno, materialmente. Pero esa misma noche vino a mi casa Demetes, para una de esas… para uno de esos infames manejos… y necesitaba dinero. Venía de Jerusalén… porque se la llama santa, pero en ella hay toda clase de vergüenzas, y los primeros que las promueven son los que luego arremeten furiosamente contra nosotros como si fuéramos leprosos… Pero debo hablar de nuestros pecados, no de los de ellos. Yo ya no tenía dinero. Te lo había dado. Todo. Incluso el dinero que estaba todavía en casa ya era como si hubiera sido dado, porque había hecho ya las partes que debía devolver a aquellos a quienes se lo había arrebatado con usura. Le dije: "No tengo dinero.
Pero tengo algo que vale más que todos los tesoros". Y le narré mi conversión, tus palabras, la paz que había en mí… Hablé tanto, que, mientras todavía hablaba, la luz del nuevo día entró a blanquecer las caras y a hacer inútiles las lámparas. No sé con exactitud lo que dije. Sé que él dio un fuerte puñetazo en la mesa junto a la cual estábamos sentados y exclamó: "¡Mercurio ha perdido un seguidor y los sátiros un compañero! Toma incluso estas monedas, insuficientes para el delito pero útiles para un pan para el mendigo, y tómame contigo. Quiero conocer un perfume después de tantos hedores". Y se ha quedado.
Fuimos juntos a Jerusalén: yo, para vender objetos; él, para deshacerse de todos los… compromisos. Y, regresando, me dije -había orado en el Templo, después de tanto tiempo, con el corazón puro y pacificado de un niño-, me dije a mí mismo: "¿No es esto también seguir al Maestro, y quizás seguirle mejor, quedándome en Jericó, donde mis desdichados amigos -publicanos como yo, gariteros, lenones, usureros, después de haber sido vigilantes de galeotes y forzados, de esclavos, torturadores de todo desdichado, soldados sin ley ni piedad, juerguistas para ahogar los remordimientos en las borracheras-vienen a verme para emplear su dinero maldito, o proponerme negocios, o invitarme a convites y a otras bajezas infames?
La ciudad me desprecia. Los hebreos me tendrán siempre por pecador. Pero ellos no. Ellos son como yo. Son basura, pero pueden tener algo, dentro de sí, algo que los impulsa hacia el bien, y no encuentran a nadie que les eche una mano.
Yo los he ayudado en el mal. Quizás pecaron también por mis consejos, por las cosas que alguna vez les he pedido.
Tengo el deber de ayudarlos para ir al bien. De la misma forma que he hecho acto de devolución a aquellos a quienes había perjudicado, de la misma forma que he indemnizado a mis convecinos, también tengo que tratar de hacer reparación con ellos". Y me he quedado aquí.
Una vez uno, otra vez otro, han venido, de una u otra ciudad, y he hablado. No todos fueron como Demetes.
Algunos, tras burlarse de mí, huyeron. Otros han dado largas. Otros se han detenido, pero, pasado un tiempo, han vuelto a su infierno. Éstos han permanecido. Y… bueno pues ahora siento que debo seguirte así, que debemos seguirte así, luchando con nosotros mismos, soportando los desprecios del mundo que no nos sabe perdonar. No faltan las lágrimas del corazón cuando vemos que el mundo no perdona, cuando los recuerdos vuelven… y son muchos y penosos… En algunos son…
-La Némesis horrenda que nos echa en cara nuestros delitos y que nos promete la venganza en el ultramundo -dice uno.
-Son los quejidos de los que estaban agotados y yo les pegaba para hacerles trabajar.
-Son las maldiciones de los que hice esclavos tras haber tomado con usura todo lo que poseían.
-Son las súplicas de viudas y huérfanos que no podían pagar y yo les confiscaba en nombre de la ley sus últimos bienes.
-Son las atrocidades llevadas a cabo en los países conquistados, con personas inermes aterrorizadas por la derrota.
-Son las lágrimas de mi madre, de mi mujer, de mi hija, muertas de penalidades mientras yo derrochaba todo en los festines.
-Son… ¡Oh, mi delito no tiene nombre! Señor, yo no tengo sangre en mis manos, no he robado dinero, no he impuesto tributos insoportables ni intereses asfixiantes, no he maltratado a los vencidos, pero he sacada partido de todos los desdichados, y he sacado dinero de niñas inocentes, niñas de vencidos, de huérfanas, de niñas vendidas como mercancía por un pan.
He dado la vuelta al mundo aprovechando estas ocasiones, detrás de los ejércitos, yendo a los lugares donde había una carestía, o a donde un río desbordado había dejado completamente sin alimentos, o a donde una epidemia había dejado jóvenes vidas sin protección, y de ahí he hecho mercancía, una mercancía inocente pero infame: infame para mí, que obtenía dinero de ella, inocente ella porque aún no conocía el horror.
Señor, en mis manos están las virginidades de jovencitas deshonradas y el honor de jóvenes esposas arrebatadas en ciudades de conquista. Mis bazares… y mis prostíbulos eran célebres, Señor… ¡No me maldigas, ahora que lo sabes! …
Los apóstoles, involuntariamente, se han apartado del último que ha hablado. Jesús se levanta y se acerca a él. Le pone la mano en el hombro y dice:
-¡Es verdad! Tu delito es grande. Tienes que reparar mucho. Pero Yo, la Misericordia, te digo que aunque fueras el mismo demonio y sobre ti pesaran todos los delitos de la Tierra, si quieres, puedes expiar todo y ser perdonado por Dios, perdonado por el verdadero, grande, paterno Dios. Si tú quieres. Une tu voluntad a la mía. También Yo quiero que seas perdonado. Únete a mí.
Dame tu pobre espíritu cubierto de infamia, quebrantado, tu espíritu que, después de que has dejado el pecado, está lleno de cicatrices y humillación. Yo lo pondré en mi corazón, en el lugar donde pongo a los mayores pecadores, y lo llevaré conmigo al sacrificio redentor. La Sangre más santa, la de mi corazón, la última Sangre del Inmolado por los hombres, se esparcirá sobre los espíritus más quebrantados y los regenerará. Por ahora, ten esperanza.
Una esperanza mayor que tu inmenso delito en la misericordia de Dios, porque es una misericordia sin límites, hombre, para quien sabe confiar en ella.
El hombre casi querría coger y besar esa mano que está puesta en su hombro, esa mano tan pálida y delgada sobre su túnica oscura y su hombro fuerte. Pero no se atreve. Jesús comprende esto y le ofrece la mano mientras dice:
-Hombre, besa su palma. Encontraré ese beso como medicamento para una tortura. Mano besada, mano herida: besada por amor, herida por el amor. ¡Oh, si todos supieran besar a la gran Víctima, y Ella muriera vestida de llagas sabiendo en cada una los besos y amores de todos los hombres redimidos! -y tiene su palma apretada contra los labios rasos de este hombre que, por todo el conjunto, yo diría que es romano. Y la tiene ahí hasta que el hombre, como saciado, se separa de ella, después de haber apagado la quemazón de sus remordimientos bebiendo la misericordia del Señor en el cuenco de la mano divina.
Jesús vuelve a su sitio, y, al pasar, pone la mano en la cabeza crespa de uno muy joven. Yo diría que no tiene más de veinte años, si es que los tiene. Uno que no ha hablado en todo este tiempo, uno que es, sin duda, de raza hebrea. Jesús le hace esta pregunta:
-¿Y tú, hijo mío, no dices nada a tu Salvador?
El joven alza la cabeza y lo mira… En esa mirada hay toda una narración: una historia de dolor, odio, arrepentimiento, amor.
Jesús, un poco agachado hacia él, fijos los ojos en los ojos, lee alguna de estas historias mudas y dice:
-Por este motivo te llamo "hijo". Ya no estás solo. Perdona a todos, a los de tu misma sangre y a los extraños, de la misma forma que Dios te perdona. Y ama al Amor que te ha salvado. Ven un momento conmigo. Quiero decirte unas palabras aparte.
El joven se alza y lo sigue. Cuando están solos, Jesús dice:
-Quiero decirte esto, hijo. El Señor te ha amado mucho, aunque no lo parezca a la luz de un juicio superficial. La vida te ha probado mucho; los hombres te han causado mucho daño: aquélla y éstos hubieran podido hacer de ti una ruina irreparable. Detrás de ellos estaba Satanás, envidioso de tu alma. Pero sobre ti estaba la mirada de Dios. Y esa mirada bendita ha detenido a tus enemigos. Su amor ha enviado a Zaqueo por tu sendero. Y, con Zaqueo, al que te habla, a mí. Ahora, Yo, que te hablo, te digo que debes hallar en este amor todo aquello que no has tenido; que debes olvidar todo aquello que te ha agriado, y perdonar, perdonar a tu madre, perdonar al amo infame, perdonarte a ti mismo. No te odies de mala manera, hijo.
Odia tu tiempo de pecado, pero no odies tu espíritu, que ha sabido dejar este pecado. Que tu mente sea buena amiga de tu espíritu, y que juntos alcancen la perfección.
-¿Perfecto yo?
-¿Has oído lo que le he dicho a aquel hombre? ¡Y él ha estado en el fondo del abismo!… ¡Y gracias, hijo!
-¿Por qué cosa, mi Señor? Soy yo el que debe decirte gracias…
-Por no haber querido ir donde quien compra a hombres para traicionarme.
-¡Oh, Señor! ¿Hubiera podido hacerlo sabiendo que no nos desprecias ni siquiera a nosotros siendo bandidos? Yo estaba entre aquellos que te llevaron el cordero al Carit, y uno de nosotros, que ahora ha sido apresado por los romanos -al menos eso se dice, y lo cierto es que desde antes de los Tabernáculos no se le ha vuelto a ver por los refugios de los bandidos me refirió las palabras que dijiste en un valle de cerca de Modín… Porque yo no estaba todavía con los bandidos. Fui con ellos al final del último Adar y los he dejado al principio de Etanim.
Pero no he hecho nada que merezca tu "gracias". Tú eres bueno. Quise ser bueno y advertir a un amigo tuyo…
¿Puedo llamarlo así a Zaqueo?
-Sí, puedes llamarlo así. Todos los que me aman son mis amigos. Tú también lo eres.
-¡Bueno!… quise advertir para que estuvieras en guardia. Pero advertir no merece las gracias…
-Te repito que te doy las gracias por no haberte vendido contra mí. Esto tiene valor.
-¿Y el aviso no?
-Hijo mío, nada podrá impedirle al Odio arremeter contra mí. ¿Has visto alguna vez desbordarse un torrente?
-Sí. Estaba en Yabés Galaad y vi la destrucción causada por el río, salido de su cauce antes del Jordán.
-¿Y pudo alguna cosa detener las aguas?
-No. Todo lo cubrieron y lo destruyeron. Incluso se llevaron casas.
-Así es el Odio. Pero no me arrastrará. Quedaré sumergido, pero no destruido. Y, en la hora amarguísima, el amor de quien no quiso odiar al Inocente será mi confortación, mi luz en las tinieblas de esa hora de Tinieblas, mi dulzura en el cáliz del vino con hiel y mirra.
-¿Tú?… Hablas de ti como si… Ese cáliz es para los ladrones, para quien va a la muerte de cruz. ¡Pero Tú no eres un ladrón! ¡Tú no eres culpable! Tú eres…
-El Redentor. Dame un beso, hijo.
Le toma la cabeza entre las manos y le besa en la frente y luego se inclina para recibir el beso del joven, un beso tímido, que apenas roza la mejilla enjuta… Y luego el joven se deja caer, llorando, en el pecho de Jesús.
-¡No llores, hijo mío! Yo soy sacrificado por el amor. Y es siempre un dulce sacrificio, aunque sea atormentador para la naturaleza humana.
Lo tiene entre sus brazos hasta que el llanto cesa, y luego -llevándolo cogido de la mano, junto a sí-regresa al lugar donde antes estaba Pedro.
Habla de nuevo:
-Mientras tomábamos el alimento, uno de vosotros, no de Israel, ha dicho que quería que le explicara algo. Que lo pregunte ahora, porque pronto tendremos que volver donde la gente y después dejarnos.
-Soy yo el que ha dicho eso. Pero muchos desean saberlo. Zaqueo no lo sabe explicar bien, y tampoco otros de los nuestros que son de tu religión. Hemos preguntado a tus discípulos cuando han pasado por aquí, pero no nos han hablado con claridad.
-¿Y qué es lo que quieres saber?
-Nosotros, respecto al alma, ni siquiera sabíamos que la teníamos. O sea… al menos nosotros habríamos debido saberlo, porque nuestros antiguos… Pero no leíamos a los antiguos. Éramos animales… Y ya no sabíamos qué es esta alma. Ni siquiera ahora lo sabemos. ¿Qué es el alma? ¿Acaso nuestra razón? No creemos que lo sea, porque en tal caso nosotros no la habríamos tenido, y hemos oído decir que sin alma no hay vida. ¿Qué es, entonces, el alma -que nos dicen que es incorpórea, inmortal-, si no es la razón?
El pensamiento es incorpóreo, pero no es inmortal porque cesa con nuestra vida. Ni el más sabio piensa después de la muerte.
-El alma, hombre, no es el pensamiento. El alma es el espíritu, es el principio inmaterial de la vida, el principio impalpable, pero verdadero, que anima todo el hombre y perdura después del hombre. Por eso se le llama inmortal. Es algo tan sublime, que hasta el más poderoso pensamiento es nada respecto a ella. El pensamiento termina; el alma, por el contrario, tiene, ciertamente, un principio, pero no un fin. Bienaventurada o réproba, continúa siendo. ¡Dichosos aquellos que saben conservarla pura, o hacerla de nuevo pura después de haberla hecho impura, para devolverla a su Creador como Él se la dio al hombre para animar su humanidad!
-Pero ¿está en nosotros o por encima de nosotros, como el ojo de Dios?
-En nosotros.
-¿Entonces, prisionera en nosotros hasta la muerte? ¿Esclava?
-No. Reina. En el pensamiento eterno, el alma, el espíritu, es la cosa que reina en el hombre, en el animal creado llamado hombre. Ella, viniendo del Rey y Padre de todos los reyes y padres, siendo parte e imagen de Él, don y derecho de Él, ͥ teniendo como misión hacer de la criatura llamada hombre un dios después de la vida, un “habitante" de la Morada del sublimísimo, único Dios, es creada reina, y con autoridad y destino de reina. Siervas suyas, todas las virtudes y las facultades del hombre; ministra suya, la buena voluntad del hombre. Siervo suyo, el pensamiento: siervo y alumno, el pensamiento del hombre.
Desde el espíritu el pensamiento adquiere potencia y verdad, justicia y sabiduría, y puede elevarse a perfección regia. Un pensamiento privado de la luz del espíritu tendrá siempre lagunas y tinieblas, no podrá nunca darse razón de verdades que son más incomprensibles que misterios para quien, habiendo perdido la regalidad del alma, está separado de Dios.
El pensamiento del hombre estará ciego, sufrirá idiotez, si carece del punto base, de la palanca indispensable para comprender, para -dejando la Tierra y lanzándose hacia arriba-alzarse al encuentro de la Inteligencia, de la Potencia, de… en una palabra, de la Divinidad. "Te hablo así a ti, Demetes, porque no has sido siempre simplemente un cambista, y puedes comprender y dar explicación a los demás.
-Eres verdaderamente un vidente, Maestro. No, no he sido solamente un cambista… Es más, éste ha sido el último peldaño de mi descenso… Dime, Maestro, pero, si el alma es reina, ¿por qué no reina entonces y no domeña al mal pensamiento y a la mala carne del hombre?
-Domeñar no sería ni libertad ni mérito, sería opresión.
-Pero también el pensamiento y la carne dominan al alma -hablo de mí, de nosotros-y la hacen esclava demasiadas veces. Por esto decía que si estaba en nosotros en forma de esclava. ¿Cómo puede permitir Dios que algo tan sublime -la has definido "parte de Dios e imagen de Él"-sea humillada por aquello que es inferior?
-Lo que había en el Pensamiento divino era que el alma no conociera la esclavitud. Pero ¿olvidas al enemigo de Dios y del hombre? Los espíritus infernales a vosotros también os son conocidos.
-Sí, y todos con deseos crueles. Y puedo decir que, recordando al niño que era yo, sólo a estos espíritus infernales puedo atribuir el hombre que vine a ser y que he sido hasta el umbral de la vejez. Ahora encuentro otra vez a aquel niño pequeño perdido de entonces. Pero ¿podré hacerme tan niño como para volver a la pureza de entonces? ¡Es que se nos concede el camino hacia atrás en el tiempo?
-No hace falta andar hacia atrás. No podrías hacerlo. El tiempo pasado no regresa, no se puede hacer que vuelva ni se puede volver a él. Pero no es necesario.
Algunos de vosotros son de lugares donde es conocida la teoría de la escuela pitagórica. Teoría de error. Las almas, superada la espera de la Tierra, no vuelven ya jamás a la Tierra en ningún cuerpo. Ni de animal, pues no es conveniente que algo tan sobrenatural viva dentro de un animal; ni de hombre, porque ¿cómo se daría premio al cuerpo reunido con el alma en el último Juicio, si esa alma hubiera tenido como vestido muchos cuerpos? Dicen los que creen en la teoría mencionada que es el último cuerpo el que goza, porque, a través de sucesivas purificaciones, en sucesivas vidas, el alma sólo en la última reencarnación alcanza la perfección digna de premio.
¡Error y ofensa! Error y ofensa a Dios: pensando que Él no ha podido crear sino un número limitado de almas; error y ofensa al hombre: juzgándolo tan corrompido como que merezca difícilmente premio. El premio no se producirá inmediatamente; el noventa y nueve por ciento de las veces deberá sufrir una purificación después de esta vida. Pero purificación es preparación al gozo. Por tanto, quien se purifica es uno que ya se ha salvado. Y, una vez salvado, gozará, pasado el último Día, con su cuerpo. No podrá tener más que un cuerpo para su alma, ni más de una vida aquí, y, con el cuerpo que le hicieron sus procreadores y el alma que le creó el Creador para vivificar a la carne, gozará el premio.
No se hace posible ni la reencarnación ni la retrocesión en el tiempo. Pero sí se hace posible recrearse con movimiento de libre voluntad, y Dios bendice a estas voluntades y las ayuda. Todos vosotros las habéis tenido.
Vese entonces, bajo el lavacro del arrepentimiento, al hombre pecador, vicioso, sucio, delincuente, ladrón, corrompido, corruptor, homicida, sacrílego, adúltero, renacer espiritualmente, destruir la carne corrompida del hombre viejo, deshacer el yo mental aún más corrompido como si la voluntad de redimirse fuera un ácido, un ácido que ataca y destruye la envoltura malsana tras la cual se esconde un tesoro-y, sacado al desnudo el propio espíritu, habiéndolo purificado, habiéndolo curado, revestirlo con un nuevo pensamiento, con un nuevo vestido de pureza, de bondad, de niñez.
¡Oh, un vestido que puede acercarse a Dios, que puede cubrir dignamente al alma recreada, y custodiarla y ayudarle hasta su supercreación, que es la santidad cabal que mañana -un mañana quizás lejano, si se considera con mente y medida humanas de tiempo; cercanísimo, si es contemplado con pensamiento de eternidadserá gloriosa en el Reino de Dios.
Y todos pueden, si quieren, recrear en sí al niño puro de los días infantiles, al niño amoroso, humilde, franco, bueno, al que la madre apretaba contra su pecho, al que el padre miraba gloriándose de él, amado por el ángel de Dios y mirado por Dios con amor. ¡Vuestras madres! Quizás eran mujeres de gran virtud… Dios no dejará sin premio su virtud.
Procuraos, pues, una igual, para reuniros con ellas cuando habrá para todos los virtuosos una sola cosa: el Reino de Dios para los buenos. Quizás no eran buenas y contribuyeron a vuestro hundimiento. Pero, si ellas no os han amado, si no conocéis el amor, si esta carencia os ha hecho malos, ahora, que un Amor divino os ha recogido, sed santos para poder en una exultancia celeste gozar del Amor que a todo amor supera. ¿Tenéis algo más que preguntar?
-No, Señor. Todo lo tenemos que aprender. Pero, por el momento, no encontramos nada más…
-Os dejaré a Juan y a Andrés durante unos días. Luego mandaré aquí a discípulos buenos y sabios. Quiero que los potros salvajes conozcan los caminos del Señor y sus pastos, como los de Israel, porque he venido para todos y para todos tengo un mismo modo de amar. Levantaos y vámonos.
Y es el primero en salir al mudado jardín, seguido muy de cerca por los suyos, que se quejan dulcemente:
-Maestro, has hablado a estos como pocas veces hablas a los tuyos…
-¿Y eso os contraría? ¿No sabéis que así se hace también en el mundo cuando se quiere conquistar a una persona amada? Sin embargo, con aquellos que sabemos que nos aman con todo su ser, y ya forman parte de nuestra familia, no hay necesidad de arte de conquista; basta que nos veamos, para estar los unos en los otros con gozo y paz -dice Jesús con una sonrisa divina (tanto comunica la alegría, que hay que decirla efectivamente divina).
Y los apóstoles ya no se quejan; es más, gozosos, lo miran, y se quedan arrobados en la exultación del recíproco amor.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús sale de la casa de Zaqueo. La mañana está ya avanzada. Acompañan a Jesús Zaqueo, Pedro y Santiago de Alfeo. Los otros apóstoles quizás ya se han diseminado por los campos para anunciar que el Maestro está en la ciudad.
Detrás del grupo de Jesús con Zaqueo y los apóstoles, hay otro grupo, muy… variado en fisionomías, edades e indumentos. No es difícil afirmar que estos hombres pertenecen a razas distintas, quizás incluso antagonistas entre sí. Pero los hechos de la vida los han traído a esta ciudad palestina, y los han reunido para que desde sus profundidades se remontaran hacia la luz.
La mayoría son caras ajadas, propias de quien ha usado y abusado de la vida de distintas maneras; la mayoría, ojos cansados. Hay miradas a las que la larga costumbre de ejercer el… hurto fiscal o una autoridad brutal ha hecho rapaces o duras, y de vez en cuando esta antigua mirada emerge de tras un velo humilde y pensativo puesto por la nueva vida. Esto sucede especialmente cuando alguno de Jericó los mira con desprecio o farfulla alguna insolencia a cuenta de ellos. Luego la mirada vuelve a ser cansada, humilde, y las cabezas se agachan humilladas.
Jesús se vuelve dos veces a observarlos y, viéndolos retrasados y que van aminorando el paso a medida que se acercan al lugar elegido para hablar, ya lleno de gente, aminora el suyo para esperarlos y… les dice:
-Pasad delante de mí y no temáis. Desafiabais al mundo cando hacíais el mal; no debéis temerlo ahora que os habéis despojado de él. Lo que usasteis, entonces, para domeñarlo -la indiferencia ante el juicio del mundo, única arma para que se canse de juzgar-usadlo también ahora, y él se cansará de ocuparse de vosotros, y os absorberá, aunque lentamente, y os anulará en medio de la gran masa anónima que es este mísero mundo, al cual, en verdad, se da demasiado peso.
Los hombres -son quince-obedecen y pasan adelante.
-Maestro, allí están los enfermos del campo -dice Santiago de Zebedeo yendo hacia Jesús y señalando hacia un rincón templado de sol.
-Voy. ¿Los otros dónde están?
-Entre la gente. Pero ya te han visto y están viniendo. Con ellos están también Salomón, José de Emaús, Juan de Éfeso, Felipe de Arbela. Van a la casa de este último y vienen de Joppe, Lida y Modín. Traen con ellos hombres de la costa del mar y mujeres. Es más, te buscaban, porque hay desacuerdo entre ellos en el juicio acerca de una mujer. Pero hablarán contigo…
Efectivamente, Jesús pronto se ve rodeado por los otros discípulos y saludado con veneración. Detrás de ellos están los que han sido recientemente atraídos por la doctrina de Jesús. Pero no está Juan de Éfeso, y Jesús pregunta el motivo de su ausencia.
-Se ha quedado en una casa lejana de la gente, con una mujer y los padres de ella. La mujer no se sabe si está endemoniada o es profetisa. Dice cosas increíbles, según refieren los de su pueblo. Pero los escribas que la han escuchado la han juzgado poseída. Los padres han llamado varias veces a los exorcistas, pero ellos no han podido expulsar a este demonio con palabra que la tiene aferrada.
Ahora bien, uno de ellos le dijo al padre de la mujer (es una viuda virgen que se ha quedado en la familia): "Para tu hija se necesita el Mesías Jesús. Él comprenderá sus palabras y sabrá de dónde vienen. He intentado imponerle al espíritu que habla en ella que se marchara en nombre de Jesús, llamado el Cristo. Siempre que he usado este Nombre los espíritus tenebrosos han huido. Esta vez, no.
Por eso digo que o es el propio Belcebú el que habla y logra resistir incluso a ese Nombre pronunciado por mí, o es el propio Espíritu de Dios y por tanto, no teme, siendo así que es una cosa sola con el Cristo. Yo estoy convencido más de esto que de lo primero. Pero para estar seguros sólo el Cristo puede juzgarlo. Él conocerá las palabras y su origen".
Y fue ultrajado por los escribas presentes, que dijeron que estaba poseído como la mujer y como Tú. Perdona si tenemos que decir esto… Y algunos escribas ya no se han separado de nosotros, y están de guardia vigilando a la mujer porque quieren establecer si puede ser avisada de tu llegada.
Porque ella dice que conoce tu cara y tu voz, y entre miles te reconocería, cuando en realidad está probado que nunca ha salido de su pueblo, es más: de su casa, desde que, hace quince años, se le murió el esposo en la vigilia de la fiesta nupcial; y también está probado que nunca has pasado Tú por su pueblo, que es Betlequi. Y los escribas esperan esta última prueba para dejar sentado que está endemoniada. ¿Quieres verla ahora enseguida?
-No. Tengo que hablar a la gente. Y aquí, entre las turbas, sería demasiado alborotador el encuentro. Ve a decir a Juan de Éfeso y a los padres de la mujer, y también a los escribas, que los espero a todos al principio del ocaso en los bosques que están a lo largo del río, en el sendero del vado. ¡Anda, ve!
Y Jesús, despedido Salomón, que ha hablado por todos, se dirige hacia los enfermos que piden curación, y los cura. Son: una mujer anciana anquilosada por la artritis, un paralítico, un jovencito deficiente mental, una niña que yo diría que estaba tísica, y dos enfermos de los ojos. La gente lanza sus vibrantes gritos de alegría.
Pero no ha acabado todavía la serie de los enfermos. Una madre se acerca, desfigurada por el dolor, sujetada por dos amigas o parientes, se arrodilla y dice:
-Mi hijo está muriendo. No se le puede traer aquí… ¡Piedad de mí!
-¿Puedes creer sin medida?
-¡Todo, oh mi Señor!
-Entonces vuelve a tu casa.
-¿A mi casa?… ¿Sin ti?…
La mujer lo mira un momento angustiada, luego comprende.
El pobre rostro se transfigura. Grita:
-Voy, Señor. ¡Bendito seáis Tú y el Altísimo que te ha enviado!
Se marcha rauda, más ágil que sus mismas compañeras…
Jesús se vuelve hacia uno de Jericó, un vecino de noble aspecto.
-¿Esa mujer es hebrea?
-No. Al menos de nacimiento no. Viene de Mileto. De todas formas, está casada con uno de nosotros, y desde entonces está en nuestra fe.
-Ha sabido creer mejor que muchos hebreos -observa Jesús.
Luego, subiendo al alto escalón de una casa, hace el gesto habitual -abrir los brazos-que precede a su discurso y que sirve para imponer silencio. Habiéndolo obtenido, recoge los pliegues del manto, que se ha abierto en el pecho al hacer el gesto, y lo sujeta con la izquierda Mientras baja la derecha con el gesto propio de quien jura, y dice:
-Escuchad, vecinos de Jericó, las parábolas del Señor; luego, que cada uno las medite en su corazón y saque de ellas la lección para nutrir su espíritu. Podéis hacerlo porque conocéis la Palabra de Dios no desde ayer, ni desde la pasada Luna, ni siquiera desde el pasado invierno.
Antes de que Yo fuera el Maestro, Juan, mi Precursor, os había preparado para mi llegada; después de llegar Yo, mis discípulos han arado este suelo muchas veces, para sembrar en él todas aquellas semillas que les había dado. Así pues, podéis comprender la palabra y la parábola.
-¿A qué compararé Yo a los que después de haber sido pecadores se convierten? Los compararé a enfermos que se curan. ¿A qué compararé a los otros, a aquellos que no han pecado públicamente, o a aquellos -más raros que perlas negrasque no han incurrido nunca, ni siquiera secretamente, en culpas graves? Los compararé a personas sanas. El mundo está compuesto de estas dos categorías.
Tanto en el espíritu como en la carne y en la sangre. Pero, si las comparaciones son iguales, distinta es la manera de tratar que usa el mundo con los enfermos curados que eran enfermos de la carne, de la que usa con los pecadores convertidos, o sea, con los enfermos del espíritu que recuperan la salud.
Vemos que, incluso, cuando un leproso -que es el enfermo más peligroso, y más aislado por ser peligroso-obtiene la gracia de la curación, es admitido de nuevo a la colectividad de las gentes, después de haber sido observado por el sacerdote y purificado. Es más, los de su ciudad lo festejan porque está curado, porque ha resucitado para la vida, para la familia, para los negocios. ¡Gran fiesta en la familia y en la ciudad cuando uno que era leproso logra obtener esta gracia y curarse! Rivalizan entre los familiares y convecinos para llevarle esto o aquello, y, sí está solo y sin casa o muebles, rivalizan para ofrecerle techo o mobiliario, y todos dicen:
"Dios tiene preferencia por él. Su dedo lo ha curado. Honrémosle, pues, y honraremos al que lo ha creado y recreado". Es justo actuar así. Y, al contrario, cuando, desafortunadamente, uno manifiesta los primeros síntomas de lepra. ¡con qué amor angustioso parientes y amigos lo colman de ternura, mientras les es posible hacerlo, como para darle -todo en una sola vez-el tesoro de afectos que le habrían dado en muchos años, para que se lo lleve consigo a su sepulcro de vivo!
Pero ¿por qué, entonces, para los otros enfermos no se actúa así' Si un hombre empieza a pecar y los familiares y, sobre todo, los convecinos, lo ven, ¿por qué no tratan de apartarlo del pecado con amor? Una madre, un padre, una esposa, una hermana, todavía lo hacen. Pero, que lo hagan los hermanos, es ya difícil; y no digo ya que lo hagan los hijos del hermano del padre o de la madre. En fin, los convecinos, no saben hacer otra cosa que criticar, hacer mofa, insultar, escandalizarse, exagerar los pecados del pecador, señalárselos con el dedo unos a otros, tenerlo, los más justos, lejos como a un leproso y hacerse cómplices suyos, para gozar a sus espaldas, los que justos no son. Pero sólo raramente hay una boca y, sobre todo, un corazón que vaya donde el infeliz, con piedad y firmeza, con paciencia y amor sobrenatural, y, con ahínco, trate de frenar el progresivo descenso en el pecado.
¿Pero es que no es, acaso, más grave, verdaderamente grave y mortal la enfermedad del espíritu? ¿No priva, y además para siempre, del Reino de Dios? ¡La primera caridad hacia Dios y hacia el prójimo no debe ser, acaso, este trabajo de curar a un pecador por el bien de su alma y la gloria de Dios?
Y, cuando un pecador se convierte, ¿por qué ese juicio obstinado sobre él, ese casi deplorar el que haya vuelto a la salud espiritual? ¿Veis desmentidos vuestros pronósticos de segura condenación de un convecino vuestro? Deberíais, más bien, alegraros de ello, dado que quien os desmiente es Dios misericordioso, que os da una medida de su bondad para infundiros ánimo ante vuestras culpas más o menos graves.
¿Y por qué esa persistencia en querer ver sucio, despreciable, digno de vivir aislado, aquello que Dios y la buena voluntad de un corazón han hecho limpio, admirable, digno de la estima de los hermanos; es más, digno de su admiración?
¡Pero bien que exultáís si simplemente un buey o un asno vuestros o un camello o la oveja del rebaño o la paloma preferida se curan de una enfermedad! ¡Bien que exultáis si uno ajeno a vosotros, al que apenas recordáis por el nombre, por haberlo oído durante el tiempo en que fue aislado como leproso, vuelve curado!
¿Y por qué, entonces, no exultáis por estas curaciones espirituales, por estas victorias de Dios? El Cielo exulta cuando un pecador se convierte. El Cielo: Dios, los ángeles purísimos, que no saben qué es pecar. Y vosotros, vosotros hombres, ¿queréis ser más intransigentes que Dios?
Haced, haced justo vuestro corazón, y reconoced que el Señor está presente no sólo entre las nubes de incienso y los cantos del Templo, en el lugar donde solamente la santidad del Señor, en el Sumo Sacerdote, debe entrar, y debería ser santa como su nombre indica. Reconoced esta presencia también en el prodigio de estos espíritus resucitados, de estos altares reconsagrados, a los cuales el Amor de Dios desciende con sus fuegos para encender el holocausto.
La madre de antes interrumpe a Jesús. Con sus gritos de bendición quiere adorarlo. Jesús la escucha, la bendice, le dice que vaya de nuevo a casa, y reanuda el discurso interrumpido.
Y si de un pecador que antes os había dado espectáculo de escándalo recibís ahora espectáculos de edificación, no resolváis burlaros, sino imitar. Porque ninguno es nunca tan perfecto que sea imposible que otro le enseñe. Y el Bien es siempre lección que debe ser cogida, aunque el que lo practique, en el pasado, haya sido objeto de reprobación. Imitad y ayudad. Porque haciéndolo así glorificaréis al Señor y demostraréis que habéis comprendido a su Verbo.
No resolváis ser como aquellos que dentro de su corazón criticáis porque sus acciones no están de acuerdo con sus palabras. Haced, más bien, que todas vuestras buenas acciones sean la coronación de todas vuestras buenas palabras. Y entonces verdaderamente el Eterno os mirará y escuchará benévolamente.
Oíd esta parábola para que comprendáis cuáles son las cosas que tienen valor ante los ojos de Dios. La parábola os enseñará a corregir en vosotros un pensamiento no bueno que hay en muchos corazones. La mayoría de los hombres se juzgan por sí mismos, y, dado que sólo uno de cada mil es verdaderamente humilde, sucede que el hombre se juzga perfecto, sólo él perfecto, mientras que en el prójimo nota multitud de pecados.
Un día dos hombres que habían ido a Jerusalén para unos asuntos subieron al Templo, como es conforme a todo buen israelita cada vez que pone pie en la Ciudad Santa. Uno era un fariseo; el otro, un publicano. El primero había venido para cobrar el arriendo de algunos almacenes y para hacer las cuentas con sus administradores, que vivían en las cercanías de la ciudad. El otro, para imponer los impuestos recaudados y para invocar piedad en nombre de una viuda que no podía pagar lo que había sido tasado por la barca y las redes, porque la pesca -pescaba el hijo mayor-le era apenas suficiente para dar de comer a sus muchos otros hijos.
El fariseo, antes de subir al Templo, había ido a ver a los arrendatarios de los almacenes. Habiendo dado una ojeada a éstos y habiendo visto que estaban llenos de productos y de compradores, se había complacido en sí mismo y luego había llamado a uno de los arrendatarios de un lugar y le había dicho:
-Veo que tus compraventas van bien.
-Sí, por gracia de Dios. Estoy contento de mi trabajo. He podido aumentar las mercancías y espero aumentarlas aún más. He mejorado el lugar, y el año que viene no tendré los gastos de mostradores y estanterías y por tanto, ganaré más".
-¡Bien! ¡Bien! ¡Me alegro! ¿Cuánto pagas tú por este lugar?
-Cien didracmas al mes. Es caro, pero la ubicación es buena…
-Tú lo has dicho. La ubicación es buena. Por tanto, te doblo el arriendo.
-¡Pero señor! -exclamó el comerciante -¡De esta manera me quitas todas las ganancias!
-Es justo. ¿Acaso tengo que enriquecerte a ti? ¿Con lo mío? Enseguida. O me das dos mil cuatrocientos didracmas, inmediatamente, o te echo y me quedo con la mercancía. El lugar es mío y hago de él lo que quiero.
Esto hizo con el primero, y lo mismo con el segundo y el tercero de sus arrendatarios, doblando a cada uno de ellos el precio, sordo a todas las súplicas. Y porque el tercero, cargado de hijos, quiso oponer resistencia, llamó a la guardia, hizo poner los sigilos de incautación y echó afuera al desdichado.
Luego, en su palacio, examinó los registros de los administradores y encontró el modo de castigarlos por negligentes y se incautó de la parte con la que, con derecho, se habían quedado.
Uno tenía un hijo moribundo y por la gran cantidad de gastos había vendido una parte de su aceite para pagar las medicinas. No tenía, pues, qué dar al detestable amo.
-Ten piedad de mí, señor. Mi pobre hijo está para morir. Luego haré trabajos extraordinarios para resarcirte de lo que te parece justo. Pero ahora, tú mismo puedes comprenderlo, no puedo.
-¿Que no puedes? Te voy a mostrar si puedes o no puedes.
-Y, yendo con el pobre administrador a la almazara, lo privó incluso del resto de aceite que el hombre se había reservado para la mísera comida y para alimentar la lámpara que le permitía velar a su hijo durante la noche.
El publicano, por su parte, habiendo ido a su superior y habiendo entregado los impuestos recaudados, recibió esta respuesta:
-¡Pero aquí faltan trescientos setenta ases! ¿Cómo es eso?
-Bien, ahora te lo explico. En la ciudad hay una viuda con siete hijos. Sólo el primero está en edad de trabajar.
Pero no puede alejarse de la orilla con la barca, porque sus brazos son débiles todavía para el remo y la vela, y no puede pagar a un mozo de barca. Estando cerca de la orilla, pesca poco, y el pescado apenas es suficiente para matar el hambre de aquellas ocho infelices personas. No he tenido corazón para exigir el impuesto.
-Comprendo. Pero la ley es ley. ¡Ay si se viniera a saber que la ley es compasiva! Todos encontrarían razones para no pagar. Que el jovencito cambie de oficio y venda la barca, si no pueden pagar.
-Es su pan futuro… y es el recuerdo del padre.
-Comprendo. Pero no se puede transigir.
-De acuerdo, pero no puedo pensar en ocho infelices privados de su único bien. Pago yo los trescientos setenta ases.
Hechas estas cosas, los dos subieron al Templo. Pasando junto al gazofilacio, el fariseo, ostentosamente, sacó de su pecho una voluminosa bolsa y la sacudió en el Tesoro, hasta la última moneda. En esa bolsa estaban las monedas tomadas de más a los comerciantes y lo que había sacado del aceite arrebatado al administrador y vendido inmediatamente a un mercader.
El publicano, por el contrario, separó lo que necesitaba para regresar a su lugar y echó un puñadito de monedas. El uno y el otro dieron, por tanto, cuanto tenían. Es más, aparentemente, el más generoso fue el fariseo, porque dio hasta la ultima moneda que llevaba consigo. Pero hay que pensar que en su palacio tenía otras monedas y créditos abiertos con ricos cambistas.
Luego fueron ante el Señor. El fariseo, delante del todo, junto al límite del atrio de los hebreos, hacia el Santo; el publicano se quedó en el fondo, casi debajo de la bóveda que llevaba al patio de las Mujeres, y tenía agachada la cabeza, aplastado por el pensamiento de su miseria respecto a la Perfección divina. Y oraban los dos.
El fariseo, bien erguido, casi insolente, como si fuera el amo del lugar y fuera él el que se dignara agasajar a un visitante, decía:
-Ve que he venido a venerarte en esta Casa que es nuestra gloria. He venido a pesar de sentir que estás en mí, porque soy justo. Sé que lo soy. De todas formas, y aun sabiendo que lo soy sólo por mérito mío, te doy las gracias, como está estipulado por la ley, por lo que soy.
Yo no soy codicioso, injusto, adúltero, pecador como ese publicano que ha echado al mismo tiempo que yo un puñadito de monedas en el Tesoro. Yo, Tú lo has visto, te he dado todo lo que llevaba conmigo. Ese avaro, sin embargo, ha hecho dos partes y a ti te ha dado la menor. La otra, seguro, la guardará para juergas y mujeres. Pero yo soy puro. Yo no me contamino. Yo soy puro y justo, ayuno dos veces a la semana, pago los diezmos de cuanto poseo. Sí, soy un hombre puro, justo y bendito, porque soy santo. Recuerda esto, Señor.
El publicano, desde su lejano rincón, sin atreverse a levantar la mirada hacia las preciosas puertas del hecol y, dándose golpes de pecho, oraba así:
-Señor, no soy digno de estar en este lugar. Pero Tú eres justo y santo, y me lo concedes una vez más porque sabes que el hombre es pecador y que si no se acerca a ti se transforma en un demonio.
¡Oh, mi Señor! Yo quisiera honrarte noche y día y tengo que ser esclavo de mi trabajo durante muchas horas, un trabajo rudo que me deprime, porque produce dolor a mi prójimo, que es más infeliz que yo. Pero tengo que obedecer a mis superiores, porque es mi pan.
Haz, Dios mío, que sepa dulcificar el deber hacia mis superiores con la caridad hacia mis pobres hermanos, para que en mi trabajo no encuentre mi condena. Todos los trabajos son santos, si se ejercen con caridad. Ten tu caridad siempre presente en mi corazón para que yo, miserable como soy, sepa compadecerme de los que están sujetos a mí, como Tú te compadeces de mí, gran pecador.
Habría querido honrarte más, Señor. Tú lo sabes. Pero he pensado que apartar el dinero destinado al Templo para aliviar ocho corazones infelices fuera mejor que echarlo en el gazofilacio y luego hacer verter lágrimas de desolación a ocho inocentes infelices. Pero, si me he equivocado, házmelo comprender, oh Señor, y yo te daré hasta la última moneda, y volveré al pueblo a pie mendigando un pan. Hazme comprender tu justicia. Ten piedad de mí, Señor, porque soy un gran pecador.
Ésta es la parábola. En verdad, en verdad os digo que mientras que el fariseo salió del Templo con un nuevo pecado, añadido a los que había cometido antes de subir al Moria, el publicano salió de allí justificado, y la bendición de Dios lo acompañó a su casa y en ella permaneció. Porque él había sido humilde y misericordioso, y sus acciones habían sido aún más santas que sus palabras.
Por el contrario, el fariseo sólo de palabra y externamente era bueno, mientras que en su interior era como un diablo y hacía obras de diablo por soberbia y dureza de corazón, y Dios, por eso, lo aborrecía.
Quien se ensalza será, siempre, antes o después, humillado; si no aquí, en la otra vida. Y quien se humilla será ensalzado, especialmente arriba, en el Cielo, donde se ven las acciones de los hombres en su verdadera verdad.
Ven, Zaqueo. Venid los que estáis con él. Y vosotros, apóstoles y discípulos míos. Os seguiré hablando en privado.
Y, envolviéndose en su manto, vuelve a la casa de Zaqueo.