por Makf | 8 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: Dra. Bruna Costacurta | Fuente: iveargentina.org
La exégesis bíblica, llamada a recorrer caminos singulares de interpretación, que permanezcan fieles a la absoluta e irrepetible particularidad de la Escritura como libro inspirado.
El horizonte del exégeta bíblico, que estudia e interpreta el texto sacro, no puede ser sino el horizonte de un «creyente» que actúa en la fe.
La Sagrada Escritura, en efecto, se presenta con un estatuto del todo especial de palabra humana y al mismo tiempo palabra divina, en el cual la palabra eterna de Dios se encarna en la palabra de los autores humanos.
En el texto bíblico, actúa una realidad de revelación y de presencia particular de Dios que lo vuelve diverso de todo otro escrito. Este quiere ser una palabra última dicha sobre la realidad de la cual revela el sentido y la verdad más profunda.
Por ello no se lo puede abordar sin reconocer y respetar esta fisonomía particular, la cual sólo la fe está en grado de discernir y de recibir en todas sus consecuencias.
Como es notorio, la exégesis se interroga hoy sobre su camino y en particular sobre su estatuto de ciencia, y sobre las diversas metodologías utilizadas.
1 El gran debate parece establecerse entre el método históricocrítico, de tipo diacrónico, y otro método de tipo «holístico» y sincrónico.
2. Pero el verdadero problema, más allá de la elección del método, es la actitud hermenéutica que lo acompaña y la finalidad interpretativa a la cual debe servir. Y una vez asumido que la exégesis debe ser científica, la cuestión que se plantea es a cuál idea de ciencia se debe hacer referencia, y cuales son las precomprensiones que la condicionan.
En definitiva, la pregunta es si la interpretación del texto sagrado deba, y pueda, ser teológica, explícitamente abierta a las instancias de la fe en la conciencia de la propia función eclesial.
3 En realidad, si la Escritura es aceptada en su verdad de libro inspirado, parece que no se la pueda limitar, para comprenderla, a un mero estudio histórico, linguístico, literario, estructural, etc., sino que teniendo en cuenta los resultados de todas estas perspectivas, se deberá llegar al descubrimiento de su sentido propiamente religioso. Es el mensaje religioso y espiritual el que debe buscarse, y es el que debe establecerse como norma para el hombre de todo tiempo que se ponga a la escucha de la Palabra.
Obviamente, esto no quiere decir que haya que caer en una actitud pietista, ni fundamentalista, y ni siquiera quiere decir que haya que situarse en el nivel de una lectura ingenua y precientífica del texto bíblico. Algunas adquisiciones de la metodología históricocrítica han llegado a ser ya patrimonio común de los estudiosos, en particular la conciencia del largo y complejo proceso de formación, del cual los escritos bíblicos son el resultado y llevan las huellas.
No se trata, por tanto, de ignorar el camino evolutivo del texto, los problemas con él conectados, las dificultades textuales y filológicas, las técnicas de composición, los géneros literários, el contexto histórico y demás.
4. Es más, se trata de poner todo esto al servicio de la interpretación, pero en la explícita conciencia de que la Escritura es un libro de fe, escrito en la fe y recibido en la fe por la comunidad de los creyentes como normativo para su vida de creyentes.
Este es, por otra parte, el primer postulado «científico» para una correcta relación con un texto escrito: saber qué cosa es, para qué ha sido compuesto, y después respetar su naturaleza e intencionalidad a través de un método de investigación adecuado para ello
5. En realidad, éste es el modo normal e incluso espontáneo con el cual normalmente uno se sitúa ante un escrito. A nadie se le ocurriría leer una fábula de Fedro o de La Fontaine como si fuese un tratado de etología sobre el comportamiento de los animales. Del mismo modo no se puede leer un texto de fe como si fuese simplemente un pasaje de literatura antigua, igual a aquellos de otras muchas culturas similares. Ni tampoco se lo podrá asumir, por el contrario, sólo en su dimensión de revelación divina sin tener en cuenta el hecho de que media una composición literaria.
Este es el difícil trabajo de la exégesis bíblica llamada a recorrer caminos singulares de interpretación, que permanezcan fieles a la absoluta e irrepetible particularidad de la Escritura como libro inspirado.
Esta decisión hermenéutica parece comportar algunas consecuencias fundamentales, en primer lugar el hecho que el objeto del análisis y del estudio deberá ser el estado actual del texto, en su redacción última. De hecho es la forma final canónica de los escritos bíblicos la que es normativa para la fe de los creyentes, y no la reconstrucción de un hipotético texto originario. En esta línea, parece ser hoy particularmente significativa toda la corriente de la perspectiva canónica, representada sobre todo por Childs
6, Sanders
7, Rendtorff
8, y otros
9. Buscar la forma originaria de un pasaje bíblico y recorrer sus etapas de formación sin duda es útil para comprender cómo un pasaje ha llegado a ser tal como es. Pero más allá de las varias dificultades y de la impresión de arbitrariedad que a veces acompañan tales operaciones, con resultados muchas veces sólo hipotéticos y poco convincentes.
10, queda,sin embargo, por considerar un problema que para mí es central. Esto es, que el texto que la crítica literaria reconstruye, en realidad no es el bíblico, sino otra cosa, un texto nuevo, juzgado más auténtico, o más coherente, o estilísticamente mejor, y al final de cuentas preferible porque responde más a ciertos criterios prefijados.
Ahora bien, estudiar tal texto, hacer de él el objeto de la interpretación parece que aleja de la exégesis propiamente «bíblica» (esto es, de la Biblia), porque la Biblia es aquella que el canon define y nos ofrece como libro de fe.
La lectura sincrónica del texto final, aún sin ignorar sus etapas de formación parece estar postulada por el carácter normativo tradicionalmente reconocido a los escritos canónicos.
Quisiera, a tal propósito, detenerme en un pequeño ejemplo, nada más que un detalle, que mira un texto cuya forma última presenta dificultades que parecen requerir una reconstrucción más coherente que elimine sus aristas y discrepancias.
Me refiero al conocidísimo relato de Génesis 2 y 3, sobre el jardín y sobre el fruto prohibido. La narración presenta un problema de contradicción interna debido al hecho que en la descripción inicial del jardín se habla de dos árboles, el de la vida que está en medio del jardín y el del conocimiento del bien y del mal (Cf. Gen 2,9). Pero después, del árbol de la vida no se habla más hasta el fin del capítulo 3 (vv. 22.24), mientras que el árbol del conocimiento del bien y del mal se nombra en la prohibición de Dios (2,17) y a él se hace referencia en el resto del relato como árbol prohibido.
El problema se pone con motivo de esta desaparición del árbol de la vida y se acentúa por el hecho que, en el momento de la tentación en Gen 3, la mujer, respondiendo a la pregunta de la serpiente, dice que Dios ha ordenado que no se comiese el fruto del árbol que está en el medio del jardín (3,3). Esta es, sin embargo, la definición dada al inicio para el árbol de la vida, no para aquel que luego se prohibe. Entonces; ¿se trata de un árbol o de dos? y ¿cómo se explica la incongruencia de la respuesta de la mujer?
Generalmente los comentadores dan por descontado que ella esta hablando del árbol del conocimiento del bien y del mal, y recurren a la explicación de fuentes diversas en referencia a la historia de la tradición.
11. Así el problema viene tratado afirmando que el relato en realidad concierne a un sólo árbol, el prohibido que estaba en el medio del jardín, al cual luego se habría agregado el ornamento del árbol de la vida que, en cuanto secundario, es relegado por la interpretación y que podría también explicar la subsiguiente denominación del otro árbol como aquel del conocimiento del bien y del mal
12. Pero si se acepta, en cambio, el texto tal como ha sido querido por el redactor último (inspirado) y que es el que tenemos nosotros hoy, entonces propiamente la presencia de los dos árboles se hace significativa para la comprensión espiritual del sentido del hombre. Porque querría decir que el hombre no puede asimilar el conocimiento global de la realidad, es decir del bien y del mal, que sólo es una prerrogativa de Dios, pero puede acceder libremente a la vida. El árbol de la vida es suyo, siempre que el hombre acepte comer de él en una radical dependencia del Creador y aceptando la propia verdad de creatura, es decir, no comiendo del árbol del conocimiento.
Cuando después la mujer responde a la serpiente hablando del árbol prohibido como si fuese el de la vida, se revela allí algo de la confusión típica de la tentación y del pecado. Es como si para la mujer los dos árboles se confundiesen, de modo tal que llegue a pensar que no hay vida posible si se debe aceptar la propia limitación de creatura. Bajo el acicate de la tentación, el mandamiento de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, ofrecimiento y condición de verdadera vida para el hombre, se vuelve así un mandamiento de muerte. La verdad se confunde en la conciencia de la mujer, abriendo así el camino para el ataque decisivo de la serpiente.
Se trata sólo de un pequeño ejemplo, apenas insinuado, pero que puede ser de estímulo para afrontar temáticas y textos bastante más complejos e importantes.
La decisión hermenéutica que lleva a asumir el texto canónico como normativo, requiere una segunda toma de posición, y es que la Sagrada Escritura, precisamente porque está establecida por un canon, debe ser asumida en su totalidad, y como una unidad13 . La interpretación de los textos requiere su inserción en el contexto global de la Escritura, porque solamente en su totalidad se despliega la revelación de Dios al hombre.
Es necesario por tanto, asumir la totalidad, en una visión amplia y unitaria en la cual son importantes no sólo cada uno de los pasajes sino también las relaciones que existen entre ellos y, en modo particular, la más amplia relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento14 . Si el Nuevo Testamento es interpretación y cumplimiento del Antiguo, no se podrá entenderlo sino en referencia a aquello que él relee y completa. Y por otra parte el Antiguo Testamento tendrá necesidad del Nuevo para llegar a una plena comprensión de su sentido último y más profundo.
Tal actitud hermenéutica que es la de la tradición de la Iglesia y a la cual el trabajo de autores como Beauchamp ha dado una contribución determinante15 , conduce a la posibilidad de una lectura sincrónica a la luz de la fe pascual, en la cual aún las contradicciones o discordancias que parecen comparecer a veces entre textos diversos y entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, a pesar de en su problemática, se vuelven fuente de mayor riqueza interpretativa.
Piénsese, por ejemplo, en el aparente contraste existente entre la idea de Dios juez y aquella de Dios misericordioso, entre denuncia del pecado y perdón, entre la proclamada necesidad de que el culpable y sólo él perezca, y el anuncio definitivo de un inocente que muere por todos. La tentación más frecuente es de eliminar los elementos de contradicción conservando un sólo extremo y eliminando al otro como secundario, no originario, perteneciente a otra fuente, o también como en el caso del Antiguo y el Nuevo Testamento como resultado de una evolución que sanciona la superación radical, es decir la anulación, de aquello que era inicial.
En realidad, es precisamente en la asunción contemporánea de los dos polos de la contradicción que viene puesta en juego la inteligencia de la fe. Así será necesario entender como no puede haber verdadera misericordia sin verdad y por lo tanto sin juicio, como sólo la acusación puede abrir a aquel que es acusado a la conciencia del pecado y por lo tanto al perdón, y comprender que el misterio de la cruz no modifica el problema de la condena y del castigo, sino más bien el de la culpa, volviendo inocentes a aquellos que se reconocen culpables.
Estamos delante de temáticas enormes que el tiempo a disposición no nos consiente ni siquiera una alusión. Pero me parece importante subrayar en la conclusión, que, a semejanza de los dos árboles del Génesis, no es a través de la simplificación que se puede llegar al sentido más pleno de la revelación bíblica.
En el fondo, la contradicción forma parte de la fe y hay que asumirla en la fe, a la luz de la última y definitiva paradoja que Festo describe a Agripa en un modo muy eficaz: son «cuestiones... relacionadas con un cierto Jesús, muerto, que Pablo sostiene que está vivo» (Act 25,29).
Traducción realizada por el
P. Lic. Tomás Orell, I.V.E.
* Este artículo es traducido del original italiano publicado en la Revista Gregorianum, vol. 74, fasc. 4, de la Pontificia Universidad Gregoriana, Roma, 1992
** Bruna Costacurta, es doctora en Ciencias Bíblicas por el Pontificio Instituto Bíblico de Roma; actualmente se desempeña como profesora de Antiguo Testamento en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.
1 Cfr. J. Barton, Reading the Old Testament. Method in Biblical Study, London, 1984; L. AlonsoSchökel, «Of Methods and models», UTS 36 (1985) 313; Id., «Trends: plurality of methods, priority issues», UTS 40 (1988) 285297; F. Raurell, «Lettura plurale del testo: metodi biblici», Laurentianum 29 (1988) 251286; R. Rendtorff, «Between historical criticism and holistic interpretation: new trends in Old Testament exegesis», UTS 40 (1988) 298303; Ch. Conroy, «Riflessioni metodologiche su recenti studi della pericope di Naaman (2 Re 5)»; in: LucaAtti. Studi in onore di P. Emilio Rasco nel suo 701 compleanno, a cura di G. Marconi e G. O’Collins, Assisi 1991, 4671.
2 N. del T.: Perspectiva diacrónica (del griego dia=a través; kronos=tiempo) es el estudio que se hace de los textos atendiendo a la génesis histórica de ellos, es decir investigando principalmente las fuentes del texto; ésta es la perspectiva de los métodos históricocríticos.
Sincrónica (syn=con, conjuntamente. Holístico, del griego holos=todo, totalidad) es en cambio la perspectiva que encara el texto en el estado concreto en que ha llegado hasta nosotros, atendiendo especialmente a su coherencia, estructura y función; ésta es la de los modernos métodos estructuralistas.
3 A tal propósito, es signifativa la reciente publicación del libro L’esegesi cristiana oggi, en el que algunos estudiosos de gran relevancia reflexionan precisamente sobre la fisonomía «cristiana» que debe tener la exégesis para cumplir con su tarea eclesial de interpretación de ambos testamentos.
En la contribución de I. de l Potterie, la exégesis se define como ciencia de la fe. La elección de la terminología parece importante, porque reivindica para la exégesis el estatuto de ciencia, pero de ciencia teológica, de la cual la fe es elemento constitutivo (Cfr. I. de la Potterie, L’esegesi biblica, scienza della fede, en: I. De la PotterieR. GuardiniJ. RazingerG. Colombo E. Bianchi, L’esegesi cristiana oggi, Casale Monferrato 1991, 151165. Véase también A. Vanhoye esegesi biblica e Teologia; la questione dei metodi, Seminarium 31 (1991) 267278.
4 «La capacidad de obrar sobre planos de indagación diferenciados, usando métodos diversos y entrando en un diálogo científico con diversas disciplinas interconectadas ... es algo que debería considerarse normal hoy en día para todos los exégetas: C. Conroy, «Riflessioni metodologiche», 70, Cfr. también J. Barr, Does Biblical Study Still Belong To Theology? An Inaugural Lecture delivered before the University of Oxford on 26 May 1977, Oxford 1978 (sobretodo pp. 1516); M. G. Brett, Biblical Criticism in Crisis? The impact of the canonical approach on Old Testment Studies, Cambridge 1991.
5 Cfr. El principio epistemológico de R. Guardini mencionado por I. de la Potterie en el artícuo arriba citado: «ningún objeto de indagación puede ser bien comprendido sino lo es por un modo de conocimiento adecuado a su objeto» (I. de la Potterie, L’esegesi biblica, 132). Además es sabido que, para entender un argumento, es necesario asumirlo en el interior de su específico «juego lingüístico» (según la terminología de Wittgenstein): Cfr. C. Huber, Critica del sapere, PUG, Roma 1989, 208222.
6 Cfr. B. S. Childs, Biblical Theology in Crisis, Filadelfia, 1970; Introduction to the Old Testament as Scripture, Filadelfia, 1979; Old Testament Theology in a Canonical Context, Filadelfia, 1986. Sobre la obra de Childs, se puede ver también M.G. Brett, Biblical Cristicism in Crisis?
7 Cfr. J.A. Sanders, Torah and Canon, Filadelfia, 1972; «Text and Canon: Old Testament and New», en: Mélanges Dominique Barthélemy, Etudes Bibliques offertes à l’occasion de son 60e anniversaire, ed. P. CasettiO. KeelA. Schenker, OBO 38, Fribourg Göttingen 1981, 373394; Canon and Community, A Guide to Canonical Criticism, Filadelfia 1984; From Sacred Story to Sacred Text, Canon as Paradigm, Filadelfia 1987 («select Bibliography in Canonical Criticism»: 195200)
8 Cfr. R. Rendtorff, «Between historical criticism and holistic interpretation».
9 El interés por la forma final del texto no es solo prerrogativa de la perspectiva canónica, sino también, por ejemplo, del análisis literario y narrativo, del análisis estructural y del retórico. Sin embargo, en nuestro contexto, me parece que hay que remarcar la posición de la perspectiva canónica por su explícita referencia a la fe, a la comunidad creyente, y a la forma teológica del texto.
Sobre la relación y confrontación de estos diversos métodos cfr. B. S. Childs, Introduction to the Old Testament, 7475; R. F. Melugin, «Canon and Exegetical Method», en ; Canon, Theology and Old Testament Interpretation. Essays in Honor of B.S. Child, ed. G. M. Tucker, Filadelfia 1988, 51; R. Rendtorff, «Between historical criticism and holistic interpretation», 300303; J. Barton. Reading the Old Testament, 141145, 151154.
10 Cfr. A. Vanhoye, «Esegesi biblica e Teologia», 270272. Véase también la amplia contribución del Card. J. Ratzinger, «L’interpretazione biblica in conflitto. Problemi del fondamento ed orientamento dell’esegesi contemporanea», en: L’esegesi cristiana oggi, 93125.
11 Cfr., por ejemplo, G. von Rad, Das erste Buch Mose, Genesis, ATD 2/4, Göttingen 91972, 54: «Der Verdacht, dass die Zweiheit der Bäume in der Mitte erst das Ergebnis einer nachträglichen Verbindung zweier Überlieferungen sei, lässt sich schwer unterdrücken»
12 Cfr. C. Wetermann, Génesis, BK I, 1, Neukirchen 1974, 288292 (con amplia bibliografía).
13 Cfr. J. Ratzinger, «L’interpretazione biblica in conflitto», 98: «El presupuesto fundamental sobre el cual reposa la comprensión teológica de la Biblia, es la unidad de la Escritura. A este presupuesto corresponde como camino metodológio la analogía de la fe, es decir la comprensión de cada uno de los textos a partir del conjunto». Cfr. también pp. 105122 y I. de la Potterie L’essegesi biblica, 147150.
14 Sobre el problema de la relación teológica entre el Antiguo y Nuevo Testamento, cfr. J. Barr, Old and New in Interpretation. A Study of the Two Testaments, London 1966. D. L. Baker Two Testaments, One Bible. A study of some modern solutions to the theological problem of the relationship between the Old and New Testament, Leicester 1976.
15 Cfr. sobretodo P. Beauchamp, L’un et l’autre Testament, Tome II: Accomplir les Ecritures, París 1990.
por Makf | 8 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá | Fuente: Para dar razón de nuestra Esperanza, sepa defender su Fe
Qué distinto es interpretar la Biblia solo o consultando a un entendido. Si uno no sabe y no consulta a nadie, puede equivocarse al interpretar la Biblia.El libre examen de la Biblia dentro del protestantismo ha creado el mayor libertinaje interpretativo.
El otro día leí un cuento de una muchacha de muy hermosos ojos y que por tal razón era admirada y perseguida por los hombres. En esta historia de ciencia ficción se decía que sus ojos, para ella, eran ocasión de pecar; y como esta niña leía todos los días la Biblia, un día leyó esta frase: «Si tu ojo te hace pecar, sácatelo» (Mt. 5, 29), y entonces ella tomó una fatal determinación: se echó un ácido en sus ojos para que se le quemaran y así pedió la vista para siempre…
Esto no es más que un cuento que fue imaginado por un novelista con el fin de demostrar lo que puede pasar al interpretar la Biblia al pie de la letra y sin consultar a nadie. Supongamos que el ejemplo es cierto. Si la niña hubiera preguntado a un sacerdote católico, éste le habría dicho que esa frase de la Biblia no se tiene que interpretar así, sino que se trata de una figura literaria.
Lo que nos quiere decir Jesús aquí es que cuando hay algo que uno ama mucho y ese algo tan precioso es ocasión de pecar hay que renunciar a eso. Por ejemplo: renunciar a una amistad peligrosa, dejar un negocio sucio, etc., y eso aunque nos cueste mucho… Pero Jesús en ningún momento nos quiere decir que tengamos que mutilar nuestro cuerpo, que está creado a imagen y semejanza de Dios.
Qué distinto es interpretar la Biblia solo o consultando a un entendido. Si uno no sabe y no consulta a nadie, puede equivocarse al interpretar la Biblia. Y si el que no sabe le enseña otro es como un ciego que guía a otro ciego. Los dos van al abismo (Mt. 15,14).
Queridos hermanos, este hecho es una simple fantasía de un escritor. Pero todos hemos conocido en nuestro tiempo fanáticos seguidores de sectas protestantes que han llegado a un suicidio colectivo con la Biblia en la mano…
Es muy importante tener criterios claros para interpretar bien la Biblia. En esta carta les voy a explicar con qué distinta mentalidad los católicos y los protestantes leen la Biblia. Es un tema algo difícil, pero es un punto en el que se diferencian fundamentalmente los católicos de los protestantes. En nuestra explicación no queremos ofender a nadie. Toda persona merece nuestro respeto y es digna de que la amemos, como Cristo nos ama a nosotros. Pero sí que queremos buscar la verdad, ya que los errores merecen siempre nuestro repudio. «La verdad nos hará libres».
Entendemos como «mentalidad bíblica» el criterio, o el modo de pensar, con que normalmente se interpreta la Biblia. Primeramente expliquemos la mentalidad bíblica de los católicos y luego la mentalidad de los protestantes, para finalmente dar algunas pautas para hacer juntos una lectura bíblica.
- Mentalidad bíblica católica
Es una mentalidad histórico-crítica.
El católico, con un profundo sentido de fe y de oración, ha valorizado en todo tiempo el estudio serio de la Biblia. Este estudio aprovecha los aportes de varias generaciones, y da un serio fundamento a nuestra espiritualidad bíblica. Quiere decir que no es nada fácil comenzar a estudiar la Biblia.
Ello implica un mundo de conocimientos. La Iglesia Católica está consciente de que leer la Biblia, sin una adecuada preparación, es tentar a Dios. Hay que prepararse para leerla. Si no, puede suceder cualquier cosa. Así lo enseña la historia. Una persona que sabe poca historia y poca geografía y no tiene costumbre de ubicar lo que lee en su contexto propio, puede, con la Biblia en la mano, decir grandes barbaridades.
Un estudio serio de la Biblia exige
- Conocer del mejor modo posible el texto sagrado, en su lengua original o en sus traducciones, y mantenerse razonablemente fiel al texto.
- Conocer el origen, la formación y la transmisión de los libros sagrados; sus muy variados estilos literarios y el contexto histórico en que se escribieron.
- Exige también conocer los condicionamientos culturales propios de la época en los que se encarnan y se transmiten la Palabra de Dios. Sin duda muchos elementos culturales de aquella época son relativos, cambiables y mejorables.
- Exige ver la diferencia radical, aunque complementaria entre el Antiguo y el Nuevo Testamento ya que hay una gran evolución y cambios doctrinales entre el A.T. y el N.T.
- Exige ver toda la Biblia como camino hacia la plenitud en Cristo. Es lo que se llama el Cristocentrismo bíblico. Hay una infinidad de problemas que exigen al estudioso de la Biblia ser humilde y alegre, convencido de que el estudio de la Biblia es difícil, y a la vez, fascinante e inagotable
¿Qué significa tener mentalidad eclesial?
Quiere decir que el católico recibe e interpreta la Biblia dentro de la comunidad del Pueblo de Dios, dentro de la Tradición divino-apostólica, viva e histórica que es la Iglesia. Y eso no es por capricho o devocionismo tonto, sino porque así lo exige la naturaleza de la Biblia.
Porque la Biblia no es un libro extraño caído repentinamente de cielo. El libro sagrado nació y se formó lentamente dentro de una larga tradición, dentro de la comunidad del Pueblo de Dios en el Antiguo Testamento y dentro de la comunidad de la Iglesia primitiva. De hecho la Iglesia podría vivir sin Biblia escrita, aunque no sin su mensaje divino, sin su Palabra, sin su Evangelio y sin Cristo presente en la comunidad. Es decir, antes que existiera la Biblia escrita, ya había una Tradición viva del mensaje divino en la predicación, en la catequesis, en la liturgia y en la vida de los primeros cristianos.
Es por eso que no podemos prescindir de la Tradición, del modo como vivieron, interpretaron y defendieron la Biblia nuestros mayores en la fe. Somos sus herederos.
Hay más todavía, la expresión y la garantía de la interpretación auténtica de la Biblia, dentro de la Iglesia, concierne de modo particular al Magisterio oficial de la Iglesia (al Papa y a los obispos, que son los legítimos sucesores de los Apóstoles) (Mt. 16,19; Mt. 18,18).
Sentir con toda esta Tradición viva es, pues, sentir con la Iglesia, es tener mentalidad eclesial. No se trata de un tema fácil, pero tampoco, por ser difícil, se va a dejar a un lado esta tradición eclesial.
Esto tampoco nos impide la iniciativa personal en el estudio y reflexión de la Biblia. Al contrario, más bien nos incentiva, nos da amplitud y seguridad en nuestra lectura bíblica. La mentalidad eclesial católica rechaza, por tanto, la interpretación de la Biblia, a solas o en grupo, en forma independiente y absoluta al margen de la Iglesia.
Advertimos que esta mentalidad eclesial, a veces, se torna dificultosa especialmente cuando se trata de inculturar el Evangelio en pueblos que han vivido ajenos a la tradición y cultura cristiana. Esta inculturación del Evangelio exige la originalidad del mensaje bíblico aterrizado a su propia cultura, libre de condicionamientos y de ataduras culturales extrañas. Nunca la Biblia puede ser un pretexto para destruir una cultura.
La mentalidad bíblica protestante
El protestantismo nació en Alemania cuando Martín Lutero, sacerdote católico alemán, se separó de la Iglesia Católica en 1517. Hoy tan sólo en Europa y América hay más de 600 diversas Iglesias protestantes con enormes diferencias de doctrinas y de régimen.
¿De dónde nace el divisionismo protestante?
Del famoso: ¡Sólo la Biblia!, y de la interpretación personal de la Biblia.
La raíz de tantas divisiones en las Iglesias protestantes está en la mentalidad con que el protestante lee e interpreta la Biblia. El protestante, en general, tiene este criterio para leer la Biblia: ¡Sólo la Biblia!, y su interpretación es personal.
El protestante, hablando en general, cree que la sola Biblia contiene y manifiesta por sí misma toda la revelación de Dios. No necesita de la Tradición viva de la Iglesia. La Biblia, por ser Palabra de Dios, es inteligible por sí misma. La iluminación que el Espíritu Santo pone en el corazón de cada uno -dice- basta para interpretar correctamente la Palabra de Dios. Y así, por principio y en general, el protestante prescinde de la Tradición de la Iglesia, de la historia de la Biblia y de su complejidad humana.
Esto es un grave error desde la perspectiva bíblica católica. Pero eso no quita que este amor por la Biblia haya producido entre los protestantes grandes biblistas de fama internacional, y ha impulsado a muchos dentro del protestantismo a «vivir el Evangelio» y «a seguir a Cristo», de mil formas auténticamente cristianas, y con inmensa libertad de espíritu, muy en la línea de San Pablo y de San Francisco de Asís.
¿Es suficiente la sola Biblia?
La exagerada concepción de la sola Biblia ha llevado al protestantismo a difundir la Biblia como sea, por millones, en ediciones sin ninguna explicación orientadora, dejando la interpretación a gusto del lector.
Con igual criterio, se ha traducido la Biblia precipitadamente a otras culturas o lenguas aborígenes e insuficientemente conocidas, originando innumerables nuevas y diversas Iglesias autóctonas, sincretistas e indefinibles. (Se dice que en África han surgido ya más de 2.000 nuevas y diversas Iglesias protestantes, autóctonas, y que algo muy parecido está sucediendo en Asia).
El libre examen de la Biblia dentro del protestantismo ha creado el mayor libertinaje interpretativo. Muchos han entendido la inspiración bíblica en forma verbal y literal, cayendo en un fundamentalismo bíblico totalmente desfasado. Otros han juzgado la Biblia como un libro meramente humano. Han pululado predicadores del Evangelio independientes, sin ninguna filiación eclesial. Se ha caído en el «biblismo» y en el «bibliocentrismo» (absolutización de la Biblia), y hasta en «bibliolatrías» (culto idolátrico a la Biblia).
En el siglo pasado proliferaron, especialmente en Estados Unidos, Iglesias escatológicas, sobrevalorando casi exclusivamente el libro del Apocalipsis, fijando fechas para el fin del mundo, señalando con el dedo al Anticristo, proclamando exactamente cuántos y quiénes se van a salvar y excluyendo al resto del mundo, cristianos o no, como paganos y abominables…
En fin, con la Biblia en la mano se ha llegado a actitudes realmente fanáticas, totalmente antiecuménicas, esclavizantes e irracionales. Por eso un poeta dijo con desprecio y con burla acerca de los que interpretan la Biblia a su gusto: «Inventan sus propias doctrinas, las apoyan en la Biblia y las tienen por divinas».
Queridos hermanos, como verdaderos católicos debemos esperar que pronto llegue el tiempo que leamos juntos con los hermanos protestantes la Biblia con espíritu de unión, de amor, de paz y de fraternidad universal.
Meditemos la oración de Jesús por el Nuevo Pueblo Santo:
«Padre, ha llegado la hora.
No ruego solamente por ellos, sino también
por todos aquellos que por su palabra
creerán en mí.
Que todos sean uno
como tú, Padre, estás en mí, y yo en ti.
Sean también uno en nosotros;
así el mundo creerá
que tú me has enviado»
(Jn. 17,7 y 20,22).
Que seamos capaces de leer la Biblia con una mentalidad liberadora: Cristo, Dios-Hombre, es de todos, El es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida (Jn. 14, 6). La historia humana es esencialmente una historia de amor y de salvación en Cristo (Col. 1, 13-20; Ef. 1, 3-14).
Resumiendo: Valoramos en su justa medida el amor que los evangélicos sienten por la Biblia. Ojalá que los católicos tengamos también un gran aprecio por el libro santo y sea nuestro libro de cabecera. Pero para nosotros la Biblia y la Tradición tienen que ir de la mano y no se pueden separar. Y la garantía de la Tradición nos la da el Magisterio de la Iglesia, representado por el Papa.
Gracias a este Magisterio, la Iglesia Católica puede decir: Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Y también «Creo en la Iglesia Una, Santa, católica y apostólica».
Cuestionario
¿Cuál es la regla de oro para la interpretación de la Biblia? ¿Se pueden sacar frases de su contexto y darles una interpretación personal? ¿Qué significa interpretar la Biblia dentro de la Tradición Católica? ¿Cuál es la postura protestante? ¿En qué se basan? ¿Qué acontece al interpretar la Biblia en forma personal y sin tomar en cuenta la Tradición? ¿Qué se espera, al respecto, del Ecumenismo?
por Makf | 8 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: César Vidal Manzanares | Fuente: Libro: "Las Sectas frente a la Biblia" ApologeticaCatolica.org
Reflexiones bíblicas sobre la divinidad del Espíritu Santo.
NOTA SOBRE LAS VERSIONES DEL TEXTO SAGRADO: A lo largo de la obra he utilizado con preferencia mi propia traducción directa del griego para el Nuevo Testamento, y del hebreo y arameo para el Antiguo.
En el primer caso me he valido del Greek-English New Testament, de Nestlé y Aland, Editio XXVI, Stuttgart 1981, y en el segundo de la Biblia Hebraica Stuttgartensia, Editio Minor, Stuttgart 1984. Cito también de las versiones prestigiosas de la Biblia comunes en el mundo de habla hispana y de las propias ediciones de las sectas.
Las siglas siguientes son las utilizadas en relación con las diversas traducciones de la Biblia: VNM: Versión del Nuevo Mundo o Biblia de los Testigos de Jehová; EP: La Santa Biblia, de Ediciones Paulinas; BJ: Biblia de Jerusalén; NC: Nácar Colunga; VP: Versión Popular; VM: Versión Moderna; NBE: Nueva Biblia Española; RV: Reina-Valera. Cuando no se indica referencia, la traducción es mía.
Las objeciones que históricamente se han formulado contra la doctrina de la Trinidad se han dirigido mayoritariamente en contra de la plena divinidad de la persona del Hijo. Sin embargo, da la impresión de que, supuestamente, negada ésta, los antitrinitarios no tuvieran mucho interés en refutar la divinidad del Espíritu Santo. Es como si resultara ocioso continuar una disputa sobre la Trinidad cuando ya ha quedado de manifiesto que una de las tres personas no es Dios, sino un dios o un mero hombre.
Quizá esto explique por qué los argumentos contra el Espíritu Santo son tan poco elaborados en las sectas, llegando en muchos casos a no existir siquiera. Los mismos Testigos de Jehová, que definen al Espíritu Santo como la "fuerza activa de Dios" y la comparan con formas de energía como la electricidad que impulsa el funcionamiento de los electrodomésticos, ponen de manifiesto una pobreza extrema en la negación de la personalidad y la divinidad del Espíritu Santo. Pero ¿enseña realmente la Biblia que el Espíritu Santo carece de personalidad y que no es Dios?
l. Objeciones de las sectas
Tres son fundamentalmente las objeciones que he recogido en conversaciones con testigos y estudios de sus publicaciones en relación con la personalidad y divinidad del Espíritu Santo. La primera es la consistente en afirmar que la Biblia no enseña en ningún sitio ni que el Espíritu Santo sea una persona ni que sea Dios. A contestar esta objeción dedicaremos los dos apartados siguientes de este capítulo.
La segunda es señalar que el Espíritu Santo es una fuerza impersonal, como el agua lo es, ya que se nos dice en la Biblia que se es bautizado con el Espíritu Santo y también que se es bautizado en agua. Resulta obvio, alegan los jehovistas, que si el Espíritu Santo fuera una persona no podría estar sobre tantas personas a la vez.
No hace falta señalar que tal objeción, en el fondo, es ridícula, y, en realidad, proporciona un argumento a favor de la divinidad del Espíritu Santo. Si realmente el Espíritu Santo puede estar en tantas partes (como los testigos reconocen que lo señala la Escritura), sólo puede explicarse porque es Dios. Como Dios precisamente, goza del don de la ubicuidad, es decir, de poder estar en diversos lugares a la vez. Pablo mismo señala que "en él (Dios) vivimos, nos movemos y existimos" (He 17,28) (BJ); y de esta ubicuidad no se desprende que Dios no sea Dios -porque, por ejemplo, también nos movemos en medio del aire, y éste no tiene personalidad-, sino que concluye que Dios es omnipotente y que nos va a juzgar a todos. Como puede verse, pues, esta objeción no tiene ninguna validez para negar la personalidad y divinidad del Espíritu Santo. [Una variante de esta objeción es afirmar que el Espíritu Santo carece de personalidad, puesto que entra en las personas. El argumento, una vez más, es muy pobre. Los demonios entran en el interior de las personas en los casos de posesión, y no por ello pierden su personalidad; ¿por qué le iba a suceder eso, sin embargo, al Espíritu Santo? ¿Pretenden afirmar los testigos que el espíritu de Satanás goza de más cualidades que el de Dios?]
La tercera objeción es similar a la segunda. Viene a decir que el Espíritu Santo ni es Dios ni tiene personalidad, porque de él se afirma en la Biblia que se bebe (lcor 12,14). Ahora bien, puesto que lo que se bebe siempre son sustancias sin personalidad (agua, vino, etc), el Espíritu Santo no es Dios y tampoco tiene personalidad.
Lo cierto es que Pablo, sólo unas líneas antes, ha señalado que los israelitas también bebieron de Cristo, que es un ser personal y también Dios: "Y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo" (1Cor 10,4) (BJ). Tan claramente desmiente el pasaje la objeción de los testigos, que éstos no han tenido el más mínimo reparo en cambiarlo en su Versión del Nuevo Mundo, donde se dice: "y aquella masa rocosa significaba Cristo"; burda falsificación por otra parte, ya que la palabra griega que aparece en el original es en, es decir "era", y no "significaba". Pero, como ya ha tenido ocasión de comprobar el lector en el capítulo anterior, cambiar versículos de la Biblia para amoldarlos a sus doctrinas es algo habitual en las tácticas de la Wachtower.
Poca, si es que alguna, consistencia presentan estas dos objeciones de los testigos. Pasemos ahora a examinar si efectivamente la Biblia enseña o no la personalidad del Espíritu Santo.
- El Espíritu Santo es un ser personal
Definir si un ente goza o no de personalidad no plantea ninguna dificultad especial. Es obvio que una fuerza impersonal, como la electricidad, el agua, la energía nuclear, etc., no puede desarrollar actividades propias de los seres dotados de personalidad, ya sean humanos o espirituales. Ahora bien, si la electricidad pudiera revelar, enseñar, guiar, ordenar, interceder, enviar, hablar, etc., ya no nos hallaríamos ante una fuerza impersonal, sino ante un ente personal. Ahora bien, en la Biblia, ¿el Espíritu Santo aparece como una fuerza impersonal, al estilo de la electricidad, según afirman los testigos, o, por el contrario, está ligado indisolublemente a cualidades personales? Pensamos que el propio lector puede sacar sus propias conclusiones a partir de los textos que citamos a continuación a título de ejemplo, razón ésta por la que limitaremos los comentarios sobre los mismos a un mínimo indispensable:
El Espíritu Santo enseña y recuerda. "Mas el ayudante, el espíritu santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése les enseñará todas las cosas y les hará recordar todas las cosas que les he dicho" (Jn 14,26) (VNM). ¿Cómo puede enseñar -la palabra griega didásei utilizada aquí contiene la idea de enseñar como maestro- y recordar todo un ente que no tiene ni personalidad?
El Espíritu Santo da testimonio. "Cuando llegue el ayudante que yo enviaré a ustedes del Padre, el espíritu de la verdad, que procede del Padre, ése dará testimonio acerca de mí, y ustedes, a su vez, han de dar testimonio, porque han estado conmigo desde que principié" (Jn 15,26) (VNM). Tanto el Espíritu Santo como los discípulos de Jesús dan testimonio. ¿Cómo es posible que el primero carezca de personalidad y los segundos no? ¿Cómo es posible que un ente carente de personalidad sea el encargado de instruir a seres que sí la tienen?
"El espíritu mismo da testimonio con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios" (Rom 8,16) (VNM).
El Espíritu Santo guía a la Verdad. "Sin embargo, cuando llegue aquél, el espíritu de la verdad, él los guiará a toda la verdad, porque no les hablará por su propio impulso, sino que hablará las cosas que oye, y les declarará las cosas que vienen" (Jn 16,13) (VNM).
Las palabras de Jesús transmitidas por el autor del cuarto evangelio no pueden resultar más claras: el Espíritu guiará a toda la verdad; hablará no según su propio impulso, sino lo que oiga, y anunciará el futuro. ¿Puede una fuerza impersonal -como la electricidad- hacer esto?
El Espíritu Santo glorifica. "Aquél (el Espíritu Santo) me glorificará, porque recibirá de lo que es mío y se lo dará a ustedes" (Jn 16,14) (VNM).
El Espíritu Santo dirige la evangelización. "Además atravesaron Frigia y el país de Galacia, porque el espíritu santo les había prohibido hablar la palabra en el (distrito de) Asia" (He 16,6) (VNM).
¿Es siquiera verosímil que una fuerza impersonal pudiera formular prohibiciones y órdenes en relación con un tema como la evangelización?
El Espíritu Santo conduce. "Porque todos los que son conducidos por el espíritu de Dios, éstos son los hijos de Dios" (Rom 7,14) (VNM).
¿Cómo es posible que una fuerza carente de personalidad -como la electricidad- conduzca a personas que sí tienen personalidad, de tal manera que si éstas se someten a su guía pongan de manifiesto que son hijos de Dios?
El Espíritu Santo intercede. "De igual manera el espíritu también acude con ayuda para nuestra debilidad; porque el (problema de) lo que debemos pedir en oración cómo necesitamos hacerlo no lo sabemos, pero el espíritu mismo aboga por nosotros con gemidos no expresados. Sin embargo, el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del espíritu, porque éste aboga en conformidad con Dios por los santos" (Rom 8,26-27) (VNM).
¿Cabe en cabeza humana que un ente sin ninguna personalidad sepa más que seres humanos que sí la tienen? ¿Es lógico pensar que un ente que no tiene personalidad se preocupe hasta el punto de abogar por seres humanos con gemidos que no pueden narrarse? ¿Es siquiera asimilable que un ente sin personalidad abogue además en plena conformidad con lo que Dios desea?
El Espíritu Santo envía. "Por consiguiente, estos hombres, enviados por el Espíritu Santo, bajaron a Seleucia, y de allí se embarcaron para Chipre" (He 13,4).
¿Cómo es posible que un ente sin personalidad pueda enviar a seres que sí la tienen, marcándoles además su itinerario concreto?
El Espíritu Santo toma decisiones en el seno de la Iglesia. "Porque al espíritu santo y a nosotros mismos nos ha parecido bien no añadirles ninguna otra carga salvo estas cosas necesarias" (He 15,28) (VNM).
¿Desde cuándo una fuerza impersonal -como la electricidad- puede tomar decisiones junto a seres humanos?
"Presten atención a sí mismos y a todo el rebaño, entre el cual el espíritu santo los ha nombrado superintendentes, para pastorear la congregación de Dios…" (He 20,28) (VNM).
Pero ¿cómo puede una fuerza sin personalidad nombrar a los obispos para que pastoreen la Iglesia?
El Espíritu Santo provoca la profecía. "Ahora bien, en estos días unos profetas bajaron de Jerusalén a Antioquía. Uno de ellos, por nombre Agabo, se levantó, y por el espíritu procedió a indicar que una gran hambre estaba por venir sobre toda la tierra habitada; la cual de hecho tuvo lugar en el tiempo de Claudio" (He 11,27-28) (VNM).
"Y viniendo a nosotros y tomando el cinturón de Pablo, se ató los pies y las manos y dijo: Así dice el Espíritu Santo: Al varón a quien pertenece este cinturón los judíos lo atarán de esta manera en Jerusalén y lo entregarán en manos de gente de las naciones" (He 21,11) (VNM).
En estos pasajes asistimos a dos ocasiones en que el Espíritu Santo movió a un profeta a predecir el futuro incluso señalando las palabras concretas que debía pronunciar. Las profecías, al contrario de las dadas por testigos, adventistas, mormones o Niños de Dios, se cumplieron. ¿Puede realmente una fuerza impersonal impulsar la profecía hasta el punto de hacer articular las palabras concretas y determinar su cumplimiento?
El Espíritu Santo ordena. "De modo que el espíritu me dijo que fuera con ellos sin dudar nada" (He 11,12) (VNM).
"Mientras ellos estaban ministrando públicamente a Jehová y ayunando, el espíritu santo dijo: "De todas las personas apártenme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado" (He 13,2) (VNM).
¿Cómo es posible que una fuerza impersonal como la electricidad pueda dar órdenes a Pedro, el príncipe de los apóstoles, y a la Iglesia, pronunciando incluso frases completas?
El Espíritu Santo da dones. "Pero la manifestación del espíritu se da a cada uno con un propósito provechoso. Por ejemplo, a uno se le da mediante el espíritu habla de sabiduría, a otro habla de conocimiento según el mismo espíritu, a otro fe por el mismo espíritu, a otro dones de curaciones por ese único espíritu, a otro operaciones de obras poderosas, a otro el profetizar, a otro discernimiento de expresiones inspiradas, a otro lenguas diferentes, y a otro interpretación de lenguas. Pero todas estas operaciones las ejecuta el uno y mismo espíritu. Distribuyendo a cada uno respectivamente así como dispone" (1Cor 12,7-11).
Ahora bien, nosotros nos preguntamos ¿cómo es posible que una fuerza sin personalidad y que, por lo tanto, carece de discernimiento, de sabiduría, de fe, de conocimiento -todas ellas cualidades personales- puede dotar de esos dones a seres humanos? ¿No será precisamente porque sí tiene personalidad y porque además dispone de todas estas cualidades?
El Espíritu Santo revela. "Además, se le había revelado divinamente por el espíritu santo que no vería la muerte antes de que hubiera visto al Cristo de Jehová" (Lc 2,26) (VNM).
Pero ¿cómo puede revelar el futuro a una persona un ente que no tiene personalidad?
El Espíritu Santo habla frases enteras. Hemos visto ya algunos ejemplos en los apartados anteriores, pero vamos a citar alguno más:
"De modo que el espíritu dijo a Felipe: Acércate y únete a ese carro" (He 8,29) (VNM).
¿Cómo puede una fuerza impersonal pronunciar frases coherentes y articuladas que tienen un propósito y que incluso vaticinan el futuro?
El Espíritu Santo puede ser resistido. "Hombres obstinados e incircuncisos de corazón y de oídos, siempre están ustedes resistiendo al espíritu santo; como hicieron sus antepasados antes de ustedes" (He 7,51) (VNM).
Creemos que los textos reproducidos arriba, escasos botones de muestra por otra parte, establecen de manera indiscutible el concepto que los primeros cristianos tenían acerca del Espíritu Santo. Para ellos no era una fuerza activa e impersonal, comparable a la electricidad, como pretende la Wachtower. Por el contrario, el Espíritu Santo no sólo tenia personalidad, sino que además contaba con un papel en la vida de la Iglesia y de los creyentes (papel ya anunciado por el propio Jesús) que dejaba entrever su valor sobrehumano y, como examinaremos con más claridad en el siguiente apartado, divino. Sinceramente no pensamos que se pueda pretender bajo ningún concepto que, a la luz del Nuevo Testamento, el Espíritu Santo es una energía carente de personalidad.
- El Espíritu Santo es Dios
Ahora bien, ¿muestra con la misma certeza la Escritura que el Espíritu Santo es Dios? Una vez más vamos a dejar hablar a la Biblia, limitando nuestros comentarios a su mínima expresión.
Mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios. "Pero Pedro dijo: Ananías, ¿por qué te ha envalentonado Satanás a tratar con engaño al espíritu santo y a retener secretamente parte del precio del campo? Mientras permanecía contigo, ¿no permanecía tuyo?, y después que fue vendido, ¿no continuaba bajo tu control? ¿Por qué te propusiste un hecho de esta índole en tu corazón? No has tratado con engaño a los hombres, sino a Dios" (He 5,3-4) (VNM).
El Espíritu Santo es el mismo Jehová que habló en el Antiguo Testamento. "Así, porque estaban en desacuerdo unos con otros, empezaron a irse, mientras Pablo hacía este único comentario: Aptamente habló el espíritu santo por Isaías el profeta a los antepasados de ustedes diciendo: Ve a este pueblo y di: Oyendo oirán, pero de ningún modo entenderán; y mirando mirarán, pero de ningún modo verán" (He 28,2526) (VNM).
Ahora bien, lo cierto es que Pablo cita de Is 6,8-9; y allí no se dice que hablara el Espíritu Santo, sino el mismo Jehová: "Y empecé a oír la voz de Jehová, que decía: ¿A quién enviaré y quién irá por nosotros? Y yo procedía a decir: Aquí estoy yo. Envíame a mí. Y él pasó a decir: Ve, y tienes que decir a este pueblo: Oigan vez tras vez, pero no entiendan; y vean vez tras vez, pero no consigan conocimiento" (ls 6,8-9).
¿Se equivocaba el apóstol Pablo al identificar a Jehová con el Espíritu Santo, o se equivocan los testigos al decir que el Espíritu Santo no es Dios?
"Por esta razón, así como dice el espíritu santo: Hoy, si ustedes escuchan la propia voz de él, no endurezcan sus corazones como en la ocasión de causar amarga cólera, como en el día de hacer la prueba en el desierto, en el cual sus antepasados me probaron con una prueba, y con todo habían visto mis obras durante cuarenta años. Por esta razón quedé asqueado de esta generación y dije: Siempre se descarrían en su corazón y ellos mismos no han llegado a conocer mis caminos. De modo que juré en mi cólera: No entrarán en mi descanso" (Heb 3,7-11) (VNM).
El autor de la carta a los Hebreos reproduce aquí una extensa cita del Sal 95,7-11, atribuyéndola al Espíritu Santo. Basta ir al Antiguo Testamento para comprobar que el que habla en el mismo es Jehová. Ahora bien, ¿se equivocaba el autor de la carta a los Hebreos identificando al Espíritu Santo con el Jehová del Antiguo Testamento, o se equivoca la Wachtower al decir que el Espíritu Santo ni es Dios ni tiene personalidad?
El Espíritu Santo es Jehová. Por todo lo anterior es fácil de comprender que el Nuevo Testamento identifique al Espíritu Santo de manera clara con el Señor del Antiguo: "Ahora bien, Jehová es el espíritu; y donde está el espíritu de Jehová hay libertad" (2Cor 3,17) (VNM).
La misma Biblia de la Wachtower lo expresa con una claridad tan meridiana que creemos que sobran los comentarios.
Sólo el Espíritu Santo abarca las cosas de Dios. Por todo ello no es de extrañar que en la mente de los autores del Nuevo Testamento, que, como hemos visto, no creían que el Espíritu Santo no fuera Dios ni tampoco pensaban que era una fuerza impersonal, anidara la certeza de que toda la inmensidad de Dios sólo podía ser penetrada por el Espíritu Santo, algo imposible si éste hubiera sido una simple fuerza activa carente de personalidad:
"Porque, ¿quién entre los hombres conoce las cosas del hombre salvo el espíritu del hombre que está en él? Así también, nadie ha llegado a conocer las cosas de Dios salvo el espíritu de Dios" (1Cor 2,11) (VNM).
Porque el Espíritu Santo es Dios, se puede blasfemar contra él. "Sin embargo, cualquiera que blasfemare contra el espíritu santo no tiene perdón jamás, sino que es culpable de pecado eterno" (Mc 3,29) (VNM). [La blasfemia contra el Espíritu Santo es la resistencia frente al mismo. Mientras otros pecados permiten su perdón al no entrañar necesariamente la dureza de corazón, el que se cierra al Espíritu Santo impide que el arrepentimiento entre en su alma y con él la misericordia de Dios.]
- Conclusión
En opinión del que escribe estas líneas, la doctrina del Espíritu Santo es una de las realidades más hermosas y conmovedoras de las que nos hablan las Escrituras. Activo de manera menos manifiesta en el Antiguo Testamento, es a partir de pentecostés cuando irrumpe con toda su grandeza y poder en la historia de la humanidad.
Cuando el creyente está solo, es el Espíritu Santo el que intercede por él con unos gemidos que no pueden expresarse en términos humanos; cuando siente la duda, clama al unísono con nuestras almas, recordándonos que tenemos un Padre en el cielo; cuando la Iglesia se zarandea en el mar de la historia, él se presta a guiarla y reparte, sin miedo al derroche, sus carismas (en los que la Wachtower no cree) para edificación del cuerpo de Cristo. Ese espíritu abrió la puerta de la Iglesia a los judíos del pentecostés llegados de los lugares más remotos de la tierra; se derramó sobre Cornelio, el primer gentil cristiano, y abrió las rutas del evangelio en medio de una sociedad que, como la nuestra de hoy en día, lo necesitaba ardientemente.
Ese espíritu enseña y recuerda la palabra y la obra de Jesús, da testimonio y revela. Sin él no seríamos nada, porque él empolló la vida que había en el fondo de las aguas antes de la creación (Gén 1,2). En su nombre somos bautizados, y él nos sostiene en nuestra vida para que, como hijos de Dios, un día podamos estar con Cristo para siempre. No es de extrañar, pues, que los primeros cristianos lo citaran con profusión en sus oraciones y que ansiaran cada vez más su cercanía; y tampoco es raro que el himno cristiano más hermoso quizá de todos los tiempos, el Veni Creator Spiritus esté dedicado y dirigido a él.
La jactancia de la Wachtower, empero, lo califica simplemente como una fuerza sin personalidad, que se asemeja a la electricidad, que no es Dios, que ya no derrama sus dones sobre el pueblo de Dios. Si en ocasiones la falsedad puede ser externamente hermosa, no es en este caso, porque a la grandeza sublime e inenarrable de las Escrituras sólo ha sustituido una paupérrima caricatura sectaria.
por Makf | 8 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: P. Miguel Angel Fuentes, sacerdote I.V.E. | Fuente: teologoresponde.com.ar
¿Son iguales todas las Biblias?.
¿Me podrían decir cuál o cuáles son las diferencias entre una Biblia Católica y una Biblia Evangélica? Mi hermana acaba de recibir como regalo una Biblia de una persona que la quiere convertir al Evangelismo, y no sabemos en qué difiere de la nuestra pues aparentemente son iguales.
Otras:
Tengo una pregunta o más bien curiosidad: la Biblia que leen los católicos ¿es diferente a la que leen otras religiones?
Gracias por el tiempo que se toma para nuestras preguntas; en este caso la que tengo es: ¿por qué mi Biblia como católico es diferente a la de los protestantes?
Las respuestas, en los distintos casos, son muy semejantes y en cierto modo, debemos remitirnos al punto anterior sobre la historia de la formación del canon bíblico.
Responder a esta pregunta no es difícil, pero sí complicado, porque no se nos pide que digamos la diferencia de una versión católica con una determinada versión protestante sino con “la Biblia que leen los protestantes”; ahora bien, muchas personas, cuando hablan de los protestantes, engloban con este título tanto a los cristianos de iglesias reformadas tradicionales (luteranos, calvinistas, presbiterianos, etc.) cuanto a miembros de sectas que también usan la Biblia, como los Testigos de Jehová; y no es lo mismo una cosa que otra.
Trataré, por tanto, de indicar algunos puntos generales, sin hacer una comparación detallada, lo cual es imposible (para mí, aquí, con los límites que me he impuesto).
Ante todo, todas las versiones católicas y protestantes de la Biblia coinciden en muchas cosas: en la mayoría de los libros que contienen y sustancialmente en el sentido de los textos.
(1) En cuanto al número de los libros (el canon): como ya hemos indicado en el capítulo anterior, las versiones católicas de la Biblia tienen siete libros más que las versiones protestantes; son los libros que nosotros llamamos “deuterocanónicos” del Antiguo Testamento y ellos llaman “apócrifos” (1 y 2 Macabeos, Tobías, Judit, Baruc, Sabiduría, y Eclesiástico o Sirácida). En cambio, aceptan los 27 libros del Nuevo Testamento, aunque a siete de ellos los llaman “deuterocanónicos”. El motivo es que Lucero, en el momento de su separación de Roma, rechazó el “canon alejandrino” que contiene la lista de los 46 libros de la traducción de los “Setenta” (traducción al griego realizada en Alejandría de Egipto del hebreo al griego), adhiriéndose al “canon judío de Palestina” (los libros escritos en hebreo) que contiene 39 libros1.
En torno a los años 90-100 d.C., algunos líderes judíos se reunieron para tratar el tema del canon (conocido como el canon de Palestina) quitando los siete libros, pretendiendo volver al canon hebreo, y distinguirse así de los cristianos; pensaban que lo que no fue escrito en hebreo, no era inspirado (aunque Eclesiástico y 1 Macabeos estaban originalmente escritos en hebreo y arameo); las discusiones siguieron por muchos años, con mucho desacuerdo entre los diferentes grupos y sectas judíos. Los saduceos solamente confiaban en la Torá, los fariseos no podían decidir sobre Ester, Cantares y Eclesiastés.
Solamente en el segundo siglo, los fariseos decidieron 39 libros. San Pablo, utilizaba la versión de los Setenta, y cuando los autores del Nuevo Testamento citan algo del Antiguo Testamento, lo citan según la traducción griega de los Setenta el 86% de las veces. Los descubrimientos de Qumran, en pleno siglo XX, ha mostrado que grupos judíos leían y usaban los libros “deuterocanónicos” (al menos se han encontrado los libros de Tobías, y Ben Sira o Eclesiástico).
Lutero y los demás reformadores, rechazaron los siete libros que nosotros llamamos deuterocanónicos (y ellos “apocrifos”) dando origen a la Biblia Protestante; también calificó de deuterocanónicos a varios libros del Nuevo Testamento, considerándolos de menor autoridad, sin embargo no los quitó, pues sostenía que, aunque no son iguales a las Sagradas Escrituras, son útiles y buenos para leer2. La Biblia de Zurich, traducida por Zwinglio y otros (1527-29), incluía los libros deuterocanónicos como útiles aunque los relegaba al último volumen y no los consideraba canónicos; algo parecido hizo la Biblia Olivetana, prologada por Calvino, en 1534-35.
En 1615, el arzobispo anglicano de Cantebury, proclamó una ley que llevaba un castigo de un año de cárcel, para cualquier persona que publicara la Biblia sin los siete libros deuterocanónicos, ya que la versión original de la King James (la más famosa de las versiones inglesas) los tenía; pero fue precisamente en Inglaterra, donde fue creciendo la oposición a estos libros, y en 1827 la “Sociedad Británica y Extranjera de la Biblia” los omitió completamente en su Biblia. Luego, otras editoriales hicieron lo mismo.
Estos libros no fueron añadidos durante el Concilio de Trento, como creen algunos protestantes, pues Lutero los había rechazado del canon precisamente porque estaban en el canon comúnmente admitido (aunque algunos discutieran su valor canónico), pero él consideraba que no debían estar al no haber sido escritos originalmente en hebreo. Trento define de modo definitivo el canon, pero no hace aceptar libros que hasta el momento se rechazaban.
De hecho, los manuscritos más antiguos (anteriores mil años a Trento), contienen los deuterocanónicos; y salvo el Codex Vaticanus, el más antiguo texto griego del Antiguo Testamento (en el que no están los libros de Macabeos), todos los demás manuscritos contienen los siete libros del Antiguo Testamento llamados deuterocanónicos.
Pasando de las grandes denominaciones protestantes a las sectas de inspiración pseudo-cristiana (pensemos en los Testigos de Jehová, por ejemplo), debemos decir que, en cuanto al canon bíblico, no difieren sus Biblias de las protestantes, aunque tal vez ellos han percibido con más fuerza el gran problema que plantea el dar razón del canon (o sea, por qué creemos que estos libros han sido inspirados), debiendo atribuir el poder de discernimiento “al cuerpo gobernante” de la Congregación cristiana, o sea reconociendo la necesidad de un criterio extra-bíblico3.
(2) El segundo tema es el de las versiones, es decir, las traducciones de la Biblia. Desde un primer momento, los reformadores no se contentaron con distinguir el canon protestante del católico sino que se dedicaron a hacer traducciones de la Biblia a las lenguas modernas.
Sabemos que los textos originales de la Biblia han sido escritos en hebreo/arameo (la mayoría de los libros del Antiguo Testamento) y en griego (los libros del Antiguo Testamento que se conocen como deuterocanónicos, aunque algunos de los así denominados son traducciones del hebreo; los escritos del Nuevo Testamento, aunque se discute si algunos de éstos no son en realidad traducciones al griego de un texto original en hebreo o arameo).
Hubo traducciones desde tiempos antiguos, como lo demuestra la versión al griego de los Setenta (versión griega de los libros inspirados judíos, nuestro Antiguo Testamento), o la de Aquila, prosélito judío (en torno al 130 d.C.), la de Símmaco (fines del siglo II). Orígenes hizo una de las obras más monumentales de la antigüedad, conocida como Hexapla Biblia porque el texto estaba dispuesto en seis columnas que comprendían: el texto consonántico hebreo en caracteres hebreos, el hebreo trascrito en caracteres griegos, la versión de Aquila, la de Símmaco, el texto tradicional de los Setenta y la versión de Teodoción. Hubo traducciones al siríaco (el Diatessaron de Taciano, la Biblia Vetus Syriaca, la Biblia Peshitta, etc.), al copto (la forma más reciente de la lengua egipcia), al etiópico. San Jerónimo hizo una traducción al latín de toda la Biblia, asesorándose por maestros judíos para su traducción de los textos hebreos, conocida como Vulgata.
Mientras el mundo occidental cristiano se manejó en griego como lengua franca, y luego en latín, el uso de los textos bíblicos en estas lenguas no ofreció dificultad; pero con la formación de las lenguas romances y el desuso del latín por parte del vulgo, el texto latino de la Biblia se hizo ininteligible. Desde entonces, comenzaron a aparecer versiones en lenguas vulgares.
Corren sobre este tema, dos afirmaciones erróneas. La primera es que quienes comenzaron la labor de traducir y divulgar la Biblia en las lenguas vulgares o romances, o modernas, fueron los reformadores protestantes; la segunda: que éste fue un fenómeno propio de ambientes protestantes, pues la Iglesia católica prohibía a sus fieles la lectura de la Biblia. Las dos afirmaciones son históricamente falsas y no hace falta más que remitirse a los hechos históricos para corregirlas.
Es falsa, ante todo, la acusación (que es fácil de oír en ambientes protestantes) de que fueron los reformadores (principalmente Lutero) quienes por vez primera volcaron la Sagrada Escritura a las lenguas modernas. Escriben Tuya y Salguero: “Mucho antes de que Lutero iniciase la reforma protestante, existían numerosas versiones de la Biblia en las lenguas vulgares de muy diversos países. Según el P. A. Vaccari, entre los años 1450 y 1500 se cuentan unas 125 ediciones diferentes de la Biblia4, lo que demuestra cuán extendida estaba su lectura. En España, se leía la Sagrada Escritura en romance ya antes de Alfonso X el Sabio (1252-1284).
En Alemania, se hizo una versión en 1466, de la que aparecieron 15 ediciones antes del año 1500. La primera edición en lengua vulgar italiana, se publicó en Venecia el año 1471, de la que se conocen nueve ediciones antes de . 1500. En Francia, también se hizo una traducción el año 1477, que tuvo tres ediciones antes del año 1500”5
Es igualmente incorrecta la afirmación de que la Iglesia prohibió a sus fieles la lectura de la Biblia (o al menos la lectura de la misma en lenguas modernas). La misma profusión de versiones que acabamos de mencionar, atestigua la extensión del uso de la Biblia (incluso en versiones de lenguas vulgares) antes de la Reforma protestante. El Concilio de Trento, a raíz de que los protestantes atentaron contra la integridad de la Sagrada Escritura y contra la interpretación auténtica de la Iglesia (por ejemplo, en cuanto a las afirmaciones sobre la justificación), estableció normas de lectura que preservaran de falsas interpretaciones.
Pero no existe ninguna normativa canónica del Concilio tridentino que prohíba las versiones en lenguas vulgares y menos su lectura. Atestigua esto Pío XII: “No prohíbe el concilio Tridentino que, para uso y provecho de los fieles de Cristo y para más fácil inteligencia de la divina palabra, se hagan versiones en las lenguas vulgares, y eso aun tomándolas de los textos originales”6. Existieron, sí, prohibiciones locales, como las del concilio de Tolosa (1229), la de Tarragona (1233), el sínodo de Oxford (del año 1408); el motivo era la falta de autorización de las versiones cuestionadas y en algunos casos, el uso que hacían de ellas algunas sectas (como el caso de Tolosa que tiene relación con el problema de los albigenses).
Hay que reconocer, sin embargo, que en ambientes de la Reforma se dio un impulso particular a las versiones en lenguas vulgares modernas. Tal vez la más antigua y notable, sea la versión de Lucero, quien publicó en alemán el Nuevo Testamento en 1522 y el Antiguo entre 1523 y 1534. La más famosa de las versiones inglesas es la King James Version (de 1611), revisada sucesivamente en varias oportunidades. En castellano, la primera versión de la Biblia completa hecha por un protestante es la de Casiodoro de Reina (publicada en Basilea en 1569); en 1602 Cipriano de Valera la retocó y (según dice) cotejó la versión de Casiodoro con otras versiones, reeditándola.
Es la más conocida de las versiones protestantes castellanas (conocida como Reina-Valera). Sobre esta versión, ha escrito una magnífica reseña el eminente Marcelino Menéndez Pelayo en su Historia de los Heterodoxos7. Cito algunos párrafos de este crítico, por ser esta versión, la más común entre nosotros y por ser la autoridad de Menéndez Pelayo indiscutible en este punto8: “Esta Biblia es rarísima; llámasela comúnmente del Oso por el emblema o alegoría de la portada. Tiene año (1569), pero no lugar de impresión ni nombre del traductor; sólo sus iniciales C. R. al fin del prólogo (1858). , Doce años invirtió Casiodoro en su traslación, aunque como trabajo filológico no es el suyo ninguna maravilla. Sabía poco hebreo, y se valió de la traducción latina de Santes Pagnino (muy afamada por lo literal), recurriendo a la verdad hebraica sólo en casos dudosos.
De la Vulgata hizo poca cuenta, pero mucha de la Ferrariense9 ‘no tanto por haber acertado más que las otras… cuanto por darnos la natural y primera significación de los vocablos hebreos y las diferencias de los tiempos de los verbos’, aunque la tacha de tener grandes yerros, introducidos por los judíos en odio a Cristo, especialmente en las profecías mesiánicas, y de haber dejado muchas cosas ininteligibles o ambiguas. En cuanto a Casiodoro, aunque él mismo confiesa que ‘la erudición y noticia de las lenguas no ha sido ni es la que quisiéramos’, y le habilitaba sólo para entender y cotejar los diversos pareceres de los intérpretes, procuró ceñirse al texto sin quitar nada, como no fuera algún artículo o repetición de verbo cuya falta no menoscabara la entereza del sentido, ni añadir cosa alguna sin marcarla de distinta letra que el texto común o encerrarla entre vírgulas.
Estas ediciones son, ya de una o pocas palabras que aclaran el sentido, ya de variantes, especialmente en Job, en los Salmos, en los libros de Salomón y en las historias de Tobías y Judit. De la versión siríaca del Nuevo Testamento confiesa que no pudo aprovecharse porque salió aquel mismo año, cuando ya estaba impresa la suya. Conservó en el texto la voz Jehová, aunque nunca la pronuncien los hebreos. Usa los nombres concierto, pacto, alianza, para designar lo que los Setenta y la Vulgata llaman Testamento y se defiende en el prólogo de haber usado por primera vez en castellano los nombres reptil y escultura, que en la Ferrariense son removilla y doladizo.
Y procuró retener todas las formas hebraicas que conciertan con las españolas. Llenó la obra de notas marginales, que son interpretaciones o declaraciones de palabras. Las anotaciones de doctrina las reservó para imprimirlas aparte o ponerlas en otra edición (…) Como hecha en el mejor tiempo de la lengua castellana, excede mucho la versión de Casiodoro, bajo tal aspecto, a la moderna de Torres Amat y a la desdichadísima del P. Scío (…)
Cipriano de Valera (…) escribía con donaire y soltura (…) Los veinte años que dice que empleó en preparar su Biblia deben ser ponderación e hipérbole andaluza, porque su trabajo en realidad se concretó a tomar la Biblia de Casiodoro de Reina y reimprimirla con algunas enmiendas y notas que ni quitan ni ponen mucho. Tampoco he de negar que, en general, mejoró el trabajo de su predecesor (…) En cuanto a la traducción, el mismo Cipriano confiesa que siguió palabra por palabra la de Casiodoro, cotejándola con otras interpretaciones en diversas lenguas y quitando lo añadido por los Setenta o por la Vulgata que no se halle en el texto hebreo; lo cual principalmente acontece en los Proverbios de Salomón. Y a esto, a alguna que otra nota añadida, que se indica con diversa letra que las del traductor antiguo, y a algún retoque en el lenguaje se reduce toda la labor de Valera, que, sin embargo, pone su nombre, y calla el de Casiodoro, en la portada”.
He querido alargarme un poco en estas expresiones, pues creo que debe notarse el mérito literario de muchas de las primeras versiones protestantes de la Biblia. Podremos discutir las traducciones de algunos pasajes en concreto, pero no se puede poner en duda el valor de la obra en su conjunto (en cuanto a la versión literaria se refiere). Son conocidas las reiteradas ponderaciones que –entre nosotros– hace Leonardo Castellani de la versión inglesa King James.
No se puede decir lo mismo de las versiones de la Biblia divulgadas por los Testigos de Jehová. Dice el P. Petrino en su estudio sobre el uso de la Biblia por parte de esta secta: “La versión jehovista de la Sagrada Escritura ha llamado la atención de todos los estudiosos que no dudan en denunciar sus falsedades y notar sus divergencias con respecto de los textos bíblicos auténticos”10. Y cita a continuación las palabras de A. Hoekema: “La Traducción del Nuevo Mundo no es una traducción objetiva de la Biblia en inglés moderno, sino una traducción falsificada en la cual muchas de las enseñanzas de la Sociedad Wachtower han sido fraudulentamente introducidas”11.
Los Testigos de Jehová introducen en el texto, por tanto, grandes cambios que no son simples cuestiones lexicográficas sino alteraciones del texto bíblico original. A pesar de que diga seguir las ediciones críticas de R. Kittel y Westcott y Hort, en realidad se separa y las ignora cuando se ve comprometida la “doctrina” de la secta.
Para mayor confusión de muchos incautos, también los mormones (o Iglesia de Jesucristo de los Santos de los últimos días) usa también la Biblia (junto a otros libros reconocidos por ellos como sagrados: el Libro de Mormón, Doctrinas y Convenios y La Perla de Gran Precio). Ellos definen la Biblia como la historia de los tratos de Dios con los pueblos del Continente Oriental (Palestina, Egipto, etc.), mientras que el Libro de Mormón sería la historia de los tratos de Dios con los pueblos antiguos del Continente Occidental (las Américas)12. Los mormones enseñan expresamente que la Biblia no es el único libro revelado/inspirado13. Su fundador, J. Smith, usó originalmente la King James Version (en el Libro de Mormón se han contado hasta 27.000 palabras o frases tomadas literalmente de esa edición).
Sin embargo, la mayoría de las doctrinas enseñadas por mormones, tienen un sentido completamente distinto del bíblico, y constituyen una negación de las verdades no sólo católicas sino cristianas; así el dios de los mormones es pura materia, puro hombre, visible, no eterno, no es creador, no es omnipresente ni perfecto, ni único, etc.14
(3) Finalmente, una característica general de las ediciones de la Biblia no católicas, es la ausencia de notas explicativas, mientras que las Biblias católicas tienen notas (algunas más, otras menos). Las notas no son esenciales, ciertamente, ni forman parte de la Revelación, ni son inspiradas. Pero son muy útiles, y, en algunos casos, muy convenientes. Son indicaciones, explicaciones, comentarios o simplemente referencias a otros pasajes en que, el mismo tema sobre el que se hace la nota, vuelve a aparecer con un sentido más claro. No hay que poner las manos en el fuego por las notas de muchas ediciones católicas de la Biblia, las cuales pueden contener errores o ser tendenciosas (como ocurre, por ejemplo, con las notas de la llamada Biblia Latinoamericana).
Otras, en cambio, son magníficas, como la edición de la Biblia de L. Cl. Fillion, de 1887 (conozco la 4ª edición en ocho tomos de 1903, con texto en latín y notas en francés), o entre nosotros, la valiosa versión de J. Straubinger (primera versión católica americana hecha sobre los textos primitivos)15, cuyas notas constituyen pequeños artículos que destacan las ideas fundamentales de la Biblia, mostrando su aplicación en la vida, al igual que procuran mostrar la armonía que existe entre los dos Testamentos y la coincidencia de los pasajes paralelos, para que el lector tenga siempre a la vista la unidad viva de las Escrituras desde el Génesis hasta el Apocalipsis.
En nuestros días (primeros años del siglo XXI) está realizando una importante obra el Prof. Scott Hahn, publicando una nueva edición de la Revised Standard Version pero con subsidios a pie de página, que ofrecen al fiel lector de la Biblia, concordancias bíblicas, notas exegéticas a los principales versículos, y notas teológicas importantes (unas que relacionan el contenido y la unidad de la Escritura mostrando cómo pasajes del Antiguo Testamento iluminan los misterios del Nuevo Testamento; otras tomadas de la tradición viviente de la Iglesia –santos Padres, magisterio–, poniendo en relieve los sentidos espirituales de la Escritura en continuidad con la gran tradición eclesiástica, y otras que subrayan “la analogía de la fe”, mostrando cómo los misterios de la fe se iluminan unos a otros poniendo de relieve la coherencia y unidad de los dogmas definidos y la infalible interpretación de la Iglesia). De vez en cuando también se intercalan breves análisis de términos bíblicos, y temas exegéticos de interés para el lector y el estudioso (como cuándo celebró Jesús la Última Cena, y otros). 16
Las Biblias protestantes carecen de notas por una cuestión lógica: el principio de libre examen. Cada fiel debe interpretar la Biblia de acuerdo a lo que le inspire el Espíritu Santo. No hay lugar para un magisterio que tenga por objeto la explicación de la Sagrada Escritura. Toda nota explicativa coartaría esta libertad de interpretación. Sin embargo, éste es un principio aparentemente respetado por el protestantismo; en la realidad, la ausencia de notas respeta a medias la libertad individual, puesto que: (a) por un lado, toda versión de la Biblia en otra lengua que no sea la original implica de suyo una interpretación; puede verse al respecto la versión griega del Nuevo Testamento preparada por los protestantes Nestle y Aland, para observar las distintas variantes de algunos pasajes y vocablos17; el traductor debe elegir entre variantes y, en muchos casos, interpretar un texto. A modo de ejemplo, podemos observar (tomando sólo las versiones españolas de Reina-Valera) diferencias (mínimas, pero diferencias al fin y al cabo):
- El versículo de Lucas 1,28 es traducido por la versión Reina-Valera Actualizada (1989): “Cuando entró a donde ella estaba, dijo: –¡Te saludo, muy favorecida! El Señor está contigo”. Omite las palabras “bendita tú entre las mujeres”, las cuales aparecen, en cambio, en la versión Reina-Valera (de 1909), en la Reina-Valera Revisada (1960) y la Reina-Valera Actualizada (1995).
- El versículo de Mateo 16,18 aparece en la Reina-Valera de 1909 como “tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia”; pero en lugar de piedra aparece “roca” en las versiones Reina-Valera Actualizada (1989), Reina-Valera Revisada (1960) y Reina-Valera Actualizada (1995). El cambio es importante, porque está detrás la discusión de la relación entre el nombre de Pedro y la “piedra” sobre la que se edifica la Iglesia de Jesucristo; la relación entre los términos arameos “Cefas-cefas” usados por el Señor queda en evidencia en la traducción “Pedro-piedra” y no tanto cuando se traduce “Pedro-roca” (de todos modos, llegado el caso se puede explicar bien).
- En Juan 6,56, Jesús dice “Ésta es mi sarka”. Las cuatro versiones que venimos mencionando (Reina-Valera, 1909; Reina-Valera Actualizada, 1989, Reina-Valera Revisada, 1960; Reina-Valera Actualizada, 1995) traducen “carne” (al igual que las versiones católicas); pero de hecho el término griego “sark”, admite otras acepciones como carne, cuerpo físico, naturaleza humana, descendencia terrena (como por ejemplo la usa san Pablo en Ro 9,8). Los traductores han hecho una interpretación (correcta) inclinándose, como más exacta, por la palabra “carne”18. En Lc 1,32 aparece dôsei, de dídômi, que si bien significa dar, garantizar, permitir, colocar, establecer, pagar, producir, causar, confiar, ofrecer, infligir (como castigo), etc., es traducido en todas las versiones como “dar” (“el Señor Dios le dará”). Etc.
Se podrían multiplicar los ejemplos. Algunas variantes son mínimas, otras no tanto, pero demuestran que el traductor es un “intérprete”, y no puede ser de otro modo.
Igualmente, los protestantes comentan, explican e interpretan la Biblia constantemente: lo hacen sus pastores y ministros en las homilías, lo hacen quienes citan algunos pasajes como aplicables en una situación determinada, y lo hacen sobre todo los que critican las interpretaciones católicas que nosotros hacemos de algunos pasajes. Por tanto, no respetan en toda su literalidad y amplitud el principio del libre examen. Una persona que acepte el principio de que la Biblia debe interpretarse individualmente, debe limitarse a darle a los demás un ejemplar de la Biblia en las lenguas originales y que se arregle solo. Y no criticar a los demás que hagan una interpretación distinta de la propia; ¿acaso un protestante niega el derecho de que un católico pueda leer la Biblia e interpretarla como el Espíritu Santo le dicte?; entonces, ¿por qué nos critican –sobre todos los miembros de las sectas– que nosotros entendamos que Jesucristo funda su Iglesia sobre Pedro, el que Jesucristo otorgue el poder de perdonar los pecados a los apóstoles y a sus sucesores, el que María sea virgen perpetuamente, etc.?
El principio del libre examen es también el principio de la estricta mudez. Si no hay magisterio pontificio ni episcopal, ni tradición válida, entonces tampoco debería haber pastores-predicadores (una fuente de ingresos que muchos pastores no dejarán escapar tan fácilmente, aunque tengan que gambetearse a Lutero –hasta cierto punto, pues tampoco Lutero lo respetó), ni deberían existir las universidades de teología, ni las escuela de Biblia (que deberían limitarse a ser escuelas de lenguas), etc. Pero esto no lo van a admitir, porque cada perro defiende su hueso, aunque enseñe (para los demás) que los huesos no se comen.
Referencias:
1 No nos ocupamos en este libro directamente de la situación de las iglesias orientales cismáticas (se puede consultar el tema, por ejemplo, en James Turro y Raymond Brown, Canonicidad, en Comentario Bíblico San Jerónimo, Ediciones Cristiandad, Madrid 1972, Tomo V, p. 73-74). Baste decir que, con ciertas variantes, se impuso la influencia de la versión de los Setenta con el canon completo. Jugie ha demostrado que la iglesia bizantina, desde sus comienzos hasta la Edad Media, aceptó los libros deuterocanónicos; no hay noticias de disputas entre latinos y griegos sobre el canon. Recién después de la reforma protestante y por influencia de ella entre los griegos cismáticos surgen dudas y las opiniones se hacen fluctuantes, pero dentro de todo, en la mayoría de las ediciones aparecen la mayoría de estos libros.
2 Cf, James Turro y Raymond Brown, Canonicidad, en Comentario Bíblico San Jerónimo, Ediciones Cristiandad, Madrid 1972, Tomo V, p. 71.
3 Así dicen: “(…) tal como por su espíritu o fuerza activa Dios otorgó a ciertos cristianos discernimiento de expresiones inspiradas, también pudo guiar al cuerpo gobernante de la congregación cristiana para discernir qué escritos inspirados tenían que incluirse en el canon de las Sagradas Escrituras” (Sociedad Torre de Guardia, “Ayuda para entender la Biblia”, New York 1987, p. 797; cf. Juan D. Petrino, La lectura de la Sagrada Escritura bajo el régimen de la Organización de los Testigos de Jehová. El uso de la Biblia en el ‘Salón del Reino’, Tesis doctoral, Università San Tommaso d’Aquino, Roma 1989, p. 136).
4 Cf. A. Vaccari, Lettura della Bibbia alla vigilia della Riforma Protestante: CivCatt 3 (1933) 313-325; 429-450; Id., Bibbia e Bibbie: CivCatt (1937,2) 231-243.
5 Tuya-Salguero, Introducción a la Biblia, op.cit., I, pp. 579-580.
6 Pío XII, Enc. Divino afflante Spiritu, Enchiridon Biblicum, n. 549.
7 En la versión Emecé Editores, Buenos Aires 1945, tomo V, cap. X, III y VI.
8 Entresaco sólo algunos párrafos de los capítulos indicados en la nota anterior. Vale la pena, incluso para un protestante, leer completo el texto del autor.
9 Se refiere Menéndez Pelayo a la versión judía en castellano conocida como Biblia de Ferrara.
10 Petrino, J.D., op. cit, p. 144; en nota al pie indica una variada bibliografía como los estudios de Aveta-Palmieri, Carrera, Clark, etc. Remito a su obra.
11 Hoeckema, A., The Four Major Cults, Michigan 1963, p. 242; Petrino, op.cit, p. 145.
12 Cf. Antonio Colom, S.J., ¿Teología? Mormona (Exposición y refutación), Fe Católica Ediciones, Madrid 1976; Montefrío, Los Mormones, Fe Católica Ediciones, Madrid 1971, Ernesto Bravo, S.J., Los Mormones, en: AA.VV. (CELAM), Las Sectas en América Latina, Claretiana, Bs.As. 1989, pp. 39ss.
13 Se puede leer expresamente en “El libro de Mormón”, 2 Nefi, 29,10: “no por tener una Biblia debéis suponer que contiene todas mis palabras; ni tampoco debéis suponer que no he hecho escribir otras más”.
14 Pueden leerse las citas correspondientes en los lugares citados más arriba sobre la doctrina mormona.
15 Hay una edición reciente en tomo único: La Santa Biblia, Fundación Santa Ana, La Plata 2001.
16 La edición (en curso) está siendo publicada en forma de cuadernillos por Ignatius Press; Hahn ha trabajado en colaboración con Curtis Mitch.
17 La famosa edición del “Novum Testamentum Graece”, de Nestle y Aland, editado por Deutsche Bibelgesellschaft Suttgart, con numerosas ediciones, tiene a pie de cada página las numerosas variantes de algunas palabras que se encuentran en los antiguos códices; los editores han debido elegir por las variantes más seguras, lo que exige un trabajo de interpretación. Esta edición puede conseguirse tanto en librerías católicas como protestantes, como en la “American Bible Society”, de New York (1865 Broadway).
18 Uso para estos análisis gramaticales: Barclay M. Newman, A Concise Greek-English Dictionary of the New Testament, United Bible Societies 1971 (UBS), Deutsche Bibelgesellschaft (German Bible Society), Stuttgart 1993
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por Makf | 8 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: Xavier Villalta
Biblia e Iglesia.
Puntos de meditación sobre la relación Biblia-Iglesia.
La Biblia no puede ser comprendida correctamente si se toma desligada de la Iglesia en la que nació.
1. La Iglesia no nació de la Biblia, porque la Iglesia es anterior a la Biblia.
Es decir, primero fue la Iglesia, y en ella nació la Biblia. Esto, lo mismo con respecto a Israel, si nos referimos al Antiguo Testamento, como con respecto a la Iglesia Cristiana, si nos referimos al Nuevo testamento.
Cuando se escribieron los libros del Nuevo testamento, la Iglesia ya había sido fundada por Cristo, pues recordemos que Cristo murió y resucitó alrededor del año 30, mientras que los libros del Nuevo testamento, fueron escritos mucho después.
Por ejemplo, el Evangelio de San Marcos se escribió alrededor del año 64; San Lucas escribió su Evangelio entre los años 65 y 80de esas fechas más o menos data el Evangelio actual de San Mateo.
Los primeros libros del N T son las cartas de San Pablo, escritas entre los años 51 y 67. El último fue el Apocalipsis escrito entre los años 70 y 95.
2. Cuando se escribió la Biblia (en concreto en N.T) la Iglesia era ya una comunidad viva, gobernada por los Apóstoles y por sus sucesores, que transmitían de viva voz la Palabra de Dios.
No todo lo que pasó quedó escrito, ni siquiera de la vida y Predicación de Jesús (Jn 21,25; 2 Te 2,15; 2 Tim 1, 13; 2,2; 2Jn 12)
3. La Biblia es verdadera Palabra de Dios, y debemos creer y obedecer lo que nos enseña y manda. Pero Jesucristo no vino a escribir una Biblia. El vino a inaugurar el Reino de Dios y para eso fundó una comunidad (su Iglesia) que fuera ya en el mundo el anuncio y el inicio permanente de ese Reino.
A sus Apóstoles Jesús no los mandó a repartir Biblias sino a predicar y a dirigir en su nombre su Iglesia ( Mt 28, 19; Lc 10,16; Rom 10,17).
A sus discípulos, Jesús no los mando a que leyeran la Biblia para conocer su voluntad, sino que los puso en relación con su Iglesia, y con las autoridades que dejó en ella (Hech 9, 6-17; Mt 18,15-17) Esto mismo hizo Yahvé en el A:T. (Dt 17, 8-13)
Encontramos en la Biblia partes difíciles de entender, y que muchos falsean su sentido, razón por la cual es necesario que alguien, que esté inserto plenamente en la Iglesia, ayude a entender (2 Pe 3,16; Hech 8, 29-31)
4. La Iglesia cristiana del siglo I era guiada por la Palabra de Dios. Pero ésta no estaba sólo en los pocos libros que escribieron algunos de los Apóstoles, sino que se encontraba también en las palabras y hechos de Jesús, en la predicación de los Apóstoles, y en la orientación que daban continuamente a la predicación de los Apóstoles, y en la orientación que daban continuamente a la Iglesia y que ella recogía, conservaba y vivía con Fidelidad.
A este conjunto de orientaciones vivas de Cristo y de los Apóstoles (Que no quedaron escritas ) es a lo que la Iglesia llama la Tradición, la cual quedo plasmada en la vida misma de la Iglesia, en sus instituciones, en su culto y sobre todo, en su manera de entender las cuestiones que plantea la Biblia.
5. La Tradición es la atmósfera o el ambiente en el que ésta se escribió, y la clave para interpretarla correctamente.
La Tradición es la vida y la fe de la Iglesia del siglo I que juntos con la Biblia escrita, se ha conservado y transmitido fielmente.
por Makf | 8 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: Autores varios | Fuente: Apologetica.org
¿Por qué aceptar algunos libros, pero no todos, cuando fue la misma Iglesia que decidió aceptar toda la Biblia de una vez como la tienen los católicos?.
La Biblia protestante es diferente de la católica. Mirando el índice de libros que contiene la Biblia contamos 66 libros, mientras que la Biblia católica y la Biblia ortodoxa contienen siete libros más.
En la Biblia protestante faltan 1 y 2 Macabeos, Tobías (o Tobít), Judit, Baruc, Sabiduría, y Eclesiástico (o Sirácides) conocidos como "deuterocanónicos” [1].
Los hermanos no católicos llaman a los siete libros deuterocanónicos "Apócrifos", aunque no es un término muy exacto para lo que se quiere señalar, ya que "apócrifo" significa etimológicamente "escondido", haciendo alusión al autor, que es "desconocido" y suele "esconderse" tras un pseudónimo.
En este sentido hay otros libros "apócrifos" que sin embargo forman parte de los libros inspirados (como la carta a los Hebreos, que no fue escrita directamente por Pablo, pero que lleva su nombre).
Como sea, la realidad es que los protestantes no admiten estos libros como inspirados.
¿Por qué la diferencia?
Fue solamente en el año 393 d.C. que los obispos se unieron con los sacerdotes y laicos para discernir cuáles libros son inspirados, o también "canónicos". La Iglesia tenía el poder de hacer eso porque Jesús le dio el poder de atar y desatar (Mt 18, 18) y prometió enviar al Espíritu Santo para la plenitud de la verdad (Jn 14, 26).
En el siglo XV Martín Lutero pensó que los primeros cristianos usaban el "canon judío de Palestina" (los libros escritos en hebreo), 39 libros. Pero en realidad los 46 libros del "canon Alejandrino" o "traducción de los Sesenta" (la traducción al griego de los libros hebreos, pues el griego era el idioma internacional de este tiempo) era aceptado por la gran mayoría de los judíos dispersos por todo el mundo (la "diáspora"). Alejandría era el más grande e importante centro judió en el mundo de habla griega.
Alrededor de los años 90-100 d.C. algunos líderes judíos se reunieron para tratar el tema del canon (conocido como el canon de Palestina) quitando los siete libros, su objetivo era regresar al canon hebreo, y distinguirse así de los cristianos.[2] Pensaban que lo que no fue escrito en hebreo no era inspirado (aunque Eclesiástico y 1 de Macabeos estaban originalmente escritos en hebreo y Arameo.[3])
Sin embargo, la discusión entre ellos siguió por muchos años, y sus decisiones no fueron universalmente reconocidas. Había mucho desacuerdo entre los diferentes grupos y sectas judíos. Los saduceos solamente confiaban en el Torá, los fariseos no podían decidir sobre Ester, Cantares y Eclesiastés. Solamente en el segundo siglo los fariseos decidieron 39 libros[4]. El apóstol Pablo, que viajó por todo el mundo de hablar griego, utilizaba la versión de los LXX.
Cuando a san Jerónimo se le pidió que tradujera la Biblia en latín (en 382 d.C.) optó por seguir la decisión de los judíos y rechazó los siete libros, llamándolos "apócrifos". Esta decisión de Jerónimo fue rechazada por los concilios ya mencionados Y Jerónimo aceptó la decisión de los concilios.
Al fin y al cabo, los judíos expulsaron a los cristianos de la sinagoga y no les dejaron participar en la decisión sobre el canon. Hoy en día muchos se basan en las decisiones judías sobre el canon. Ahora bien, esos mismos judíos habían ya decidido rechazar a Jesús como Mesías: ¿por qué dar a ellos la autoridad sobre el canon del AT?
Martín Lutero y los demás reformadores decidieron seguir la decisión judía de basar el canon del AT sobre el idioma hebreo y sacaron los siete libros de su Biblia. Los llamaron "apócrifos" siguiendo la idea de San Jerónimo. Así comenzó la Biblia Protestante. En el tiempo de la Reforma, Lutero (1534) introdujo la idea de calificar los varios libros del NT según lo que él consideraba su autoridad. Otorgó un grado secundario a Hebreos, Santiago, Judas y Apocalipsis, los puso al final de su traducción.
Hizo igual con los siete libros del AT, pero no los quitó de la Biblia. Dijo que no son iguales a las Sagradas Escrituras, pero sí son útiles y buenos para leer (Artículo VI de los 39). En 1643 el profesor John Lightfoot les llamó ”apócrifa desgraciada”. En 1827 la Sociedad Británica y Extranjera de la Biblia los omitió completamente en su Biblia. Luego, otras editoriales hicieron lo mismo.
Algunos hermanos dicen que la Iglesia católica añadió estos siete libros en el Concilio de Trento (siglo XVI), pero Lutero no hubiera podido rechazar estos libros si ellos no hubieran estado ya en el canon.[5] Otros dicen que no se citan en el NT. Pero, tampoco el Nuevo Testamento cita Ester, Abdías y Nahum, y sin embargo los hermanos los aceptan en su Biblia.
Los cristianos usaban el rollo grande más que el pequeño por ser escrito en griego. El griego, idioma universal de este tiempo, era el idioma del NT. Justino Martir escribió que la Iglesia tenía un AT distinto a lo de los judíos. Sin embargo, por consideración a los judíos, sobre todo en las controversias, algunos representantes aislados de la Iglesia, por lo menos en la práctica, no pusieron ya desde el principio, los siete en la misma línea con los otros 39.
Los judíos de Palestina decidieron el canon del AT alrededor de los años 90-100, como se dijo, rechazando los siete libros escritos en griego. Algunos hermanos se basan en Ro 3, 1-2 para decir que el cristiano debe reconocer esta decisión judaica palestina: "¿Qué ventaja tiene pues el judío? Primero ciertamente que les ha sido confiada la palabra de Dios" [6]. Sin embargo, de aquí no se sigue que ellos tengan más autoridad que la Iglesia del Nuevo Testamento para aprobar los libros sagrados.
¿Cómo puede ser que rechacen al Mesias, si a ellos había sido confiada precisamente la Palabra de Dios? El hecho de que Dios les haya dado la Palabra de Dios no garantiza que sean infalibles en su interpretación o discernimiento; si lo hubiesen sido, nunca hubiesen rechazado al Mesias. Además: ¿quiénes tenían que decidir el canon? ¿Qué judíos? ¿Qué autoridad? ¿Quiénes se reunieron en Jamnia para esa decisión? ¿Hay algún documento?
Los manuscritos más antiguos del AT (por mil años) contienen los Deuterocanónicos. Salvo la ausencia de Macabeos en el Codex vaticanus, el más antiguo texto griego del AT, TODOS LOS DEMAS manuscritos contienen los siete libros.
“De los 850 documentos de los que han hallado restos en Qumrán, unos 223 son copias de distintos libros del Antiguo Testamento; se hallan representados casi todos los libros de la Biblia hebrea (menos Ester), y algunos deuterocanónicos (Tobías, y Ben Sira o Eclesiástico)… Como se sabe, la actual Biblia hebrea tiene como base un manuscrito de Leningrado copiado el año 1008 d.C., y representa el texto consonántico oficial rabínico (Texto Masorético), fijado con toda precisión en el siglo II d. C., y transmitido sin variantes hasta nuestros días.
Frente a él, los cristianos de Oriente y los occidentales no reformados utilizaron habitualmente los libros y el texto representados por la antigua versión griega de los LXX…Al publicarse los primeros manuscritos bíblicos de Qumrán, en concreto, dos rollos de Isaías encontrados en la cueva 1, se encontró que estos textos -mil años más antiguos que los manuscritos medievales en que se basan las biblias hebreas y anteriores a la unificación masorética.- eran prácticamente iguales al texto conocido”. Los documentos del Qumrán, ¿qué aportan al cristianismo, por Eulalio Fiestas Le-Ngoc en Palabra, Octubre 1994, p. 71.
"Los Padres conciliares (de Trento) sabían que los concilios africanos (Hipona, Cártago) del siglo IV habían aceptado los libros deuterocanónicos; resulta curioso, que Trento, al aceptar un canon más largo, parece haber conservado un auténtico recuerdo de los primeros días del cristianismo, mientras que otros grupos cristianos, en su reconocido intento de volver al cristianismo primitivo, se decidieron por un canon judío más reducido que, si están en lo cierto algunos investigadores protestantes como A.C. Sundberg y J.P. Lewis, era una creación de época posterior".¡Estos investigadores protestantes descubrieron que la Iglesia primitiva usaba el rollo grande!
Cuando los autores del NT citan algo del AT, lo citan según la traducción griega de los Setenta el 86% de las veces. Algunos hermanos admiten esto pero tratan de decir que los siete libros eran "suplemento" del rollo grande, y por eso Cristo y los apóstoles no los citaron. Pero los autores del NT no hacían esta distinción.
Citar el rollo era admitir que todo ello es inspirado. Si eran falsos, agregarlos como "suplemento" hubiera sido hacer impuro todo el rollo (y el culto en el cual se les utilizaba). Sabemos la reverencia de lo judíos hacia las Sagradas Escrituras. Cuando Jesús entró en la sinagoga para leer del libro (Lc 4, 6-17) hubiera sido un momento provechoso para decir que entre los libros había siete que no eran inspirados.
Además, los siete sí son citados en la Tradición oral, como demuestran los padres apostólicos. Y son citados directa o indirectamente en los siguientes: Mt 6, 7 alude a Eclo 7, 14. Mt 6, 14 alude a Eclo 28, 2; Ro 1, 19-32 alude a Sab de 12, 24 a 13, 9; Ef 6, 14 la idea está en Sab 5, 17-20, y Stg 1, 19 es influenciado por Eclo 5, 13. 1 P 1, 6-7 se ve en Sab 3, 5-6. Compara Heb 1, 3 y Sab 7, 26-27 1 Co 10, 9-10 con Jud 8, 24-25, 1 Co 6, 13 y Eclo 36, 20, etc.
Es importante recordar que los hermanos aceptan libros del AT que nunca son citados en el NT como Rut, Eclesiastés, Cantares, y que ¡la Carta de Judas (vv. 14 y 9) cita a 1 Enoc y la “Asunción de Moisés”!
¿Por qué aceptar algunos libros, pero no todos, cuando fue la misma Iglesia que decidió aceptar toda la Biblia de una vez como la tienen los católicos?
Al fin y al cabo el debate sobre si los siete libros son apócrifos o no, es un debate sobre cómo sabemos si ellos son inspirados. Y vimos que sin la Iglesia no podemos saber esto. El católico sabe con certeza que la Biblia es inspirada porque la Iglesia católica dijo que lo era, la última vez en el concilio de Trento.
Martín Lutero en su Comentario sobre San Juan dijo: "Estamos obligados de admitir a los Papistas que ellos tienen la Palabra de Dios, que la hemos recibido de ellos, y que sin ellos no tendríamos ningún conocimiento de ésta". Esta Iglesia pronunció que TODOS los 73 libros que componen el Antiguo y Nuevo Testamento son revelación.
En 1615 el arzobispo anglicano de Cantebury proclamó una ley que llevaba un castigo de un año en la cárcel para cualquier persona que publicara la Biblia sin los siete libros deuterocanónicos, ya que la versión original de la King James los tenía.
"Ha sido decidido que nada sea leído en la Iglesia aparte de las Escrituras divinas. Las Escrituras canónicas son las siguientes: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué…Tobít, Judit,… los dos libros de Macabeos, dos libros…" (Canon N° 3).[7]
Hermano, imaginemos que un cristiano solamente tiene el Evangelio de Marcos, le faltaría mucho en su conocimiento de Jesucristo, no sabría nada de su infancia, porque esto se encuentra solamente en Lucas y Mateo; nada del Padre Nuestro (no está en Marcos), la parábola del hijo pródigo, la boda de Caná, etc. Si un hermano tuviera solamente una hoja de la Biblia, ¿podría pensar que sabe toda la revelación de Dios?
Sin la Biblia católica un hermano difícilmente sabría toda la revelación de Dios sobre los difuntos y el purgatorio (2 Mac 12, 45; Sab 3, 5-6), sobre el alma (Sab 3,1), el buen uso del vino (Eclo 31, 25-27), María, la madre de Jesús (Jdt 13, 18-20), la intercesión de los Santos para nosotros (2 Mac 15,13-14) y muchas otras cosas. ¿Por qué no pedir a Dios luz sobre este asunto importante?
¿Qué dijo la Iglesia primitiva?
Entre los padres de la Iglesia Clemente cita a Judit, Tobías y Ester. En su Carta al los Corintios (27, 5). Cita Sab. 12, 12.
Didajé cita Eclo 4, 31 (en 4, 5) y Sab12, 5 (en 5, 2).
Carta de Bernabé cita a Sab 2, 12 (en 6, 7).
Policarpo, en su Carta a los Filipenses (10:2) cita a Tobías 4, 10.
También los siete libros "deuterocanónicos" ofrecieron a los antiguos artistas cristianos materia para decorar las catacumbas.
Los eruditos hablan
Del libro Evangelio y tradición de Israel. Matthieu Collin & Pierre Lenhardt, EVD, España, 1991.
"Los Hechos hacen decir también a Pablo: <> (Hch 28, 17). Aquí se ve claramente que se trata, ya no en primer lugar de la escritura -la torá escrita-, sino de la forma de vivir transmitida por los padres, que es exactamente la Torá oral de los fariseos. Además, Flavio Josefo utiliza la misma expresión que los Hechos: <>, para hablar del estudio fariseo de la ley (p. 11).
Bajo el título Torá escrita y Torá oral: "La primera anécdota destaca el hecho de que la Escritura no puede prescindir de un mínimo de oralidad. Para que se entienda la palabra de Dios, hay que leerla, y por tanto, ante todo, aprender a leer. La lectura supone el aprendizaje del alfabeto con un maestro digno de confianza. Para acceder a la palabra de Dios escrita, se necesita un maestro autorizado, lo cual permite concluir que la Torá escrita se transmite por la Torá oral.
¿Cómo podría un maestro conducir a la palabra de Dios escrita, si su palabra oral, por elemental que fuese, no fuera el comienzo de la palabra de Dios? Por otra parte, ¿Puede concebirse que la palabra de Dios escrita, cuando es recibida y transmitida oralmente, pueda dejar de ser palabra de Dios? Además, hay que reconocer que la Torá oral precede a la Torá escrita en la enseñanza, lo mismo que la precedió en el momento de la revelación del Sinaí, donde Dios habló a Moisés antes de escribir sus mandamientos en las tablas de piedra…. Notémoslo aquí: La expresión <> significa para un fariseo la Torá escrita y la Torá oral (cf. Pablo en Gál 5, 14)” (p. 18).
La necesidad de la interpretación y traducción autorizada
"La coherencia de la Torá consiste en enseñar ella misma que no puede recibirse como palabra de Dios más que en la tradición controlada y autorizada que transmiten los sabios (p. 19).
"Los sabios reunidos en Yabné no hicieron más que confirmar la Torá oral de los fariseos. A más tardar en el año 100 d. C., es evidente que se enseña en Israel que hay una Torá bajo dos formas: la Torá escrita y la Torá oral (p. 29).
"El punto de partida es la recepción: la Torá no es obra de los hombres, sino que Moisés la transmitió después de recibirla de Dios. Es la Torá en toda su amplitud la que aquí se transmite, y es la Torá oral la que evidentemente tiene aquí la prioridad, ya que depende de la legitimidad de la sucesión de los maestros" (p. 29). Jesús siguió la misma línea cuando implementó la regla de la Sucesión Apostólica.
"Según el modelo de la tradición farisea, Torá oral viva, la tradición apostólica no sustituye nunca al maestro que permanece en medio de los suyos y es el único <> del evangelio de Dios. Lo mismo que los maestros fariseos hablan en <> (Mt 23,2), es decir, con su autoridad propia, también los <> hablan en nombre de Cristo Jesús, con su autoridad propia: por medio de su Espíritu es como él sigue garantizando la auténtica fidelidad de la tradición y de la cadena apostólica de los Discípulos dentro de las comunidades reunidas en su nombre y estructuradas en torno a los sucesores auténticos de sus <>” (p. 35).
Analizando al primer historiador cristiano -Eusebio de Cesarea (Hist. Eccl.)- donde él habla de Policarpo, los autores dicen: "Se reconoce ya desde el principio el vocabulario de la tradición: <>, pero lo más significativo es lo que se dice de la enseñanza de Policarpo. Efectivamente, Ireneo indica que Policarpo refería al mismo tiempo los hechos y las obras del Señor transmitidos por los testigos oculares de la vida de Jesús y sus enseñanzas transmitidas de memoria; Policarpo lo recibió todo esto y lo enseñaba en conformidad con las escrituras, que son aquí evidentemente las Escrituras en sentido estricto, la Torá escrita; Ireneo observa que a su vez también él memorizó esa tradición en su corazón y no en un cuaderno, rumiándola sin cesar.
"Ireneo insistirá más tarde en la sucesión legítima de los <>, que son los obispos en cada una de las Iglesias de Dios repartidas por todo el mundo…. A este orden es al que dan su asentimiento muchos pueblos bárbaros que creen en Cristo: Poseen la salvación, escrita por el Espíritu sin papel y sin tinta en sus corazones, y guardan escrupulosamente la antigua tradición, creyendo en un solo Dios,… Los que sin letras han abrazado esta fe son bárbaros en cuanto al lenguaje… Gracias a la antigua tradición de los apóstoles, rechazan hasta el pensamiento de cualquier invención mentirosa de los herejes (Ireneo Adv. haer., III, 4,1-2)” (pp. 45-46).