por Makf | 8 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: P. Lic. Ricardo E. Clarey, IVE | Fuente: iveargentina.org
Enseñanza del Magisterio de la Iglesia acerca de la inspiración bíblica.
En los últimos tiempos hemos asistido a un pulular de teorías diversas acerca de prácticamente todos los grandes temas de la especulación teológica: Dios uno y trino, Jesucristo, la Iglesia, los sacramentos, el sacrificio eucarístico, la vida moral del hombre, etc.
No siempre, lamentablemente, la reflexión teológica se guió por aquello que es de suyo el criterio cierto de la penetración de los contenidos de la fe: la fundamentación en la Escritura y en la Tradición, y la fidelidad a la interpretación y exposición autorizada de las fuentes de la Revelación que proporciona el Magisterio de la Iglesia.
También el misterio de la inspiración divina de los libros bíblicos ha sido objeto de consideración, como no podía ser menos, ya que es éste el fundamento de la condición privilegiada de estos textos, tanto para la vida como para la especulación cristiana. Si son el locus theologicus primero, se debe sustancialmente a que han sido escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo y por ende tienen a Dios por Autor.
¿Cuál es, en concreto, la enseñanza del Magisterio de la Iglesia acerca de esta condición esencial, peculiarísima, de los libros bíblicos, condición que los distingue y los coloca cualitativamente por sobre cualquier otra obra literaria de la humanidad, al margen de su valor literario? Nos centraremos, para mostrar este punto, en la enseñanza pontificia y conciliar a partir del Concilio Vaticano I, hasta diversas intervenciones de Juan Pablo II, pasando por el Magisterio de León XIII, Benedicto XV, Pío XII y el Concilio Vaticano II.
A fin de facilitar la exposición temática, expondremos en puntos separados ante todo las afirmaciones centrales acerca de la condición de la inspiración bíblica[1].
Como consecuencia se advierte que ciertas afirmaciones doctrinales acerca de la inspiración de la Escritura deben rechazarse por no conformarse a la enseñanza magisterial católica.
- Ante todo, la inspiración bíblica es una acción o influjo positivo de Dios sobre el autor humano: “El [Dios]… los excitó y movió con su influjo sobrenatural para que escribieran…”[2]; “el escritor sagrado es órgano, es decir, instrumento del Espíritu Santo, [y actúa] bajo el influjo de la divina moción”[3]; “escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor”[4].
- Esta acción es sobrenatural: León XIII habla de que Dios “movió con su influjo sobrenatural”[5]; “Dios, con su gracia, aporta a la mente del escritor luz…; mueve, además, su voluntad y le impele a escribir…”[6]; los autores humanos obran “bajo el influjo de la divina moción”[7].
- Dios es verdadero autor de estos libros: el Concilio Vaticano I declaró que estos libros “habiendo sido escritos [conscripti] por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor”[8]. Esta enseñanza dogmática es reafirmada y citada unánimemente en el Magisterio posterior[9].
- La acción divina se expresa suficientemente con la analogía de la causalidad: Dios es causa principal en la inspiración bíblica. “Dios debe ser considerado como causa principal [causa princeps] de todo sentido y de todas las sentencias de la Escritura”[10].
- En consecuencia, el autor humano se constituye en instrumento, si bien vivo y racional, del Autor principal. “El Espíritu Santo se ha servido de hombres como de instrumentos para escribir”[11]; “El escritor sagrado, al escribir su libro, es órgano, es decir, instrumento del Espíritu Santo, pero instrumento vivo y racional”[12]; “en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó…”[13].
- El autor humano actúa de modo libre en la redacción de los libros bíblicos, bajo la inspiración del Espíritu Santo: “en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios”[14]; el autor humano “bajo el influjo de la divina moción, de tal manera hace uso de sus facultades y energías, que por el libro nacido de su acción puedan todos fácilmente colegir la índole propia de cada uno y, por así decirlo, sus singulares características y rasgos”[15].
- En consecuencia, Dios obra en ellos y por ellos (Concilio Vaticano II)[16].
- En este influjo de la inspiración, Dios ilumina sobrenaturalmente sus inteligencias: “Ellos concibieran rectamente todo y sólo lo que El quería”[17]; “Dios, con su gracia, aporta a la mente del escritor luz para proponer a los hombres la verdad en nombre de Dios”[18].
- Dios les mueve sobrenaturalmente la voluntad: “[Dios] mueve su voluntad y le impele a escribir”[19]; “Dios de tal manera los excitó y movió con su influjo sobrenatural para que escribieran…, que ellos [lo que Dios quería] lo quisieran fielmente escribir (fideliter conscribere vellent)”[20].
- Dios les dio una asistencia constante y especial: “[Dios] le asiste [al autor humano] de manera especial y continua hasta que acaba el libro”[21]; “[Dios] los asistió mientras escribían”[22].
- Los autores humanos expresaban correcta e infaliblemente lo que querían transmitir: “Porque El de tal manera los excitó y movió con su influjo sobrenatural…, que ellos… lo expresaron aptamente con verdad infalible (apte infallibili veritate exprimerent)”[23]; “(…) en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios, de forma que obrando Él en ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que El quería. Pues, como todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman, debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras que nuestra salvación”[24].
Así, no solamente la inspiración bíblica permite al hagiógrafo tener un juicio exacto, sino una expresión adecuada. Esta importante afirmación nos da el fundamento de la psicología sobrenatural de los géneros literarios.
- En consecuencia, los libros sagrados tienen como autor a Dios y al hagiógrafo: “Él los excitó y movió con su influjo sobrenatural para que escribieran, y los asistió mientras escribían, de tal manera que ellos concibieran rectamente todo y sólo lo que El quería, y lo quisieran fielmente escribir, y lo expresaran aptamente con verdad infalible; de otra manera, El no sería el autor de toda la Sagrada Escritura.”[25]; “Pero en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios, de forma que obrando Él en ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que El quería.”[26] Al punto que “todo aquello que el hagiógrafo afirma, anuncia o insinúa (quod hagiographus asserit, enuntiat, insinuat) debe considerarse como afirmado, enunciado o insinuado por el Espíritu Santo”[27].
- Entre los criterios para investigar la naturaleza y efectos de la inspiración, al igual que para todo lo que se refiera a otras aspectos de la doctrina bíblica, se encuentra ante todo la fidelidad a la enseñanza de los Padres y del Magisterio (pontificio y conciliar).
“Todo lo que se refiere a la interpretación de la Sagrada Escritura, está sometido en última instancia a la Iglesia, que tiene el mandato y el ministerio divino de conservar y de interpretar la palabra de Dios”[28].
- Otro criterio fundamental es la analogía del carisma de la inspiración bíblica con el misterio de la encarnación del Verbo: “Pues así como el Verbo sustancial de Dios se hizo semejante a los hombres en todo, excepto en el pecado, así también las palabras de Dios, expresadas en lengua humana, se hacen en todo semejantes al humano lenguaje, excepto en el error”[29].
- Un tercer criterio es la fidelidad a la enseñanza de los Doctores católicos, en especial de Santo Tomás de Aquino: “Parece digno de especial mención el que los teólogos católicos, siguiendo la doctrina de los Santos Padres, y principalmente la del Angélico y Común doctor, han explorado y expuesto -con mayor precisión y sutileza que solía hacerse en los pasados siglos- la naturaleza y los efectos de la inspiración bíblica”[30].
De manera particular es urgente nuestro tiempo estudiar y conocer íntimamente la doctrina y la visión de Santo Tomás por la necesidad de fundamentar de modo convincente y firme no sólo el status epistemológico de las ciencias exegéticas, sino también la misma posibilidad de una labor hermenéutica: en este trabajo de fundamentación han fracasado todas las corrientes filosóficas contemporáneas, incluida la metafísica heideggeriana de corte existencialista.
Por este motivo Juan Pablo II advierte contra una forma actual de fideísmo: el biblicismo, “que tiende a hacer de la lectura de la sagrada Escritura o de su exégesis, el único punto de referencia para la verdad”[31]. Y este fideísmo bíblico surge de no aceptar “la importancia del conocimiento racional y de la reflexión filosófica para la inteligencia de la fe”[32].
Solamente se supera este peligro de nuestros días recurriendo a la fundamentación racional de una metafísica válida[33], y sólo la metafísica tomista lo es, ya que “su filosofía es verdaderamente la filosofía del ser y no del simple parecer”[34].
Estas son, sintéticamente, las principales enseñanzas del Magisterio de la Iglesia en relación a la naturaleza de la inspiración. Es claro que no pueden tomarse como esquemas u opiniones personales, hablando, por ejemplo, de teoría psicológica o esquema leonino (en alusión a la presentación descriptiva que hace la Providentissimus Deus del hecho inspirativo). Por el contrario, las intervenciones magisteriales son afirmaciones que mantienen toda su fuerza, y que más bien han de tomarse como puntos firmes a partir de los cuales ofrecer una explicación a las cuestiones aún abiertas (carácter comunitario de la inspiración, relación entre inspiración y verdad, etc.).
De hecho, a las acusaciones de que han sido objeto en múltiples ocasiones muchas de estas enseñanzas magisteriales han seguido intentos inconsistentes y sumamente endebles de soluciones alternativas[35]. Todo esto no hace más que estimular la acción de los teólogos y exegetas en orden a profundizar en el conocimiento de esta realidad admirable que es la inspiración de los Sagrados Libros.
por Makf | 8 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: Antonio Gracia | Fuente: Catholic.net
¿De qué cosas y cómo nos habla Dios en la Biblia? Cómo se fue componiendo la Biblia.
Dios habla a través de la Sagrada Escritura, que es la respuesta efectiva y plena a todos los problemas y preocupaciones de la humanidad. Una vez más, Dios es la respuesta. La Iglesia que Él se ha dignado fundar mantiene fielmente esta oportunidad de salvación ofrecida por el Señor: la Iglesia católica.
- Dios nos habla en la Escritura como autor principal de ella
La Biblia es la "Palabra de Dios". Es su pensamiento expresado a través de sonidos humanos. Es su estilo de hablar a la humanidad. Dios escogió un pueblo, el pueblo de Israel, en el cual, a través de una larga historia, fue manifestando sus designios de salvación, por medio de los acontecimientos y las obras que Él fue disponiendo.
Pero no solamente Dios habla a un grupo a través de su palabra; habla también al individuo, nos habla a cada uno de nosotros, para comunicarnos su mensaje de amor, de vida y de salvación personal. El Señor que nos invita, nos llama, se acerca a nosotros porque quiere comunicarnos algo: una enseñanza, un consejo, una frase de aliento o un regaño cuando no sabemos comprender a su bondad. Pero siempre es la palabra del Padre que se preocupa por sus hijos porque busca su bien y su felicidad.
- ¿De qué cosas nos habla Dios en la Biblia?
Es muy difícil concretar la riqueza de su mensaje. Pero, en líneas generales abarca los siguientes temas:
a) Nos habla de sí mismo. En la Biblia, todas las páginas nos hablan de Dios. Pero no precisamente de un Dios lejano, estirado, juez, como pareciera a primera vista cuando leemos frases como: "Yo soy el que soy", "El Dios de poder", "El Señor de los ejércitos", etc., se trata de un Dios personal, vivo, cercano, providente, amoroso. Se trata, en una palabra de un Dios – Padre que se preocupa por nosotros y rige nuestros destinos en orden a nuestra felicidad temporal y eterna.
b) Nos habla del hombre, y nos dice que Él mismo lo creó formándolo "a imagen y semejanza suya". La palabra "imagen y semejanza" en hebreo significa, más que retrato, "reproducción". El hombre es imagen y semejanza de Dios porque participa, reproduciéndolas, de las bondades y cualidades divinas". "Lo has hecho – canta el salmo 8 –, poco menos que Dios, lo has coronado de gloria y honor, le diste el señorío sobre las obras de tus manos, todo lo has puesto debajo de sus pies".
Todo eso es la esencia de la naturaleza humana. Claro que el hombre, a pesar de su grandeza y señorío, está revestido de carne débil; tiene inclinaciones que le invitan al pecado, al rebajamiento, al barro; y se rebaja, dando al traste con su grandeza. Entonces rompe las relaciones con Dios, se torna infiel a su amor. Pero el Señor no cesa de invitarle a que rehaga las relaciones perdidas. Ese es el drama humano a grandes rasgos que la Biblia nos muestra.
c) Nos habla de la naturaleza cuando nos dice, al abrir la Biblia, que "al principio creó Dios los cielos y la tierra". El mensaje no intenta dar de la creación una descripción científica, sino una información popular. Pero a pesar de esa intención sencilla, resulta todo un poema elocuente de la grandeza del Creador.
Da gusto leer las primeras páginas de la Biblia en que el autor va descubriendo con pinceles maravillosos la obra creadora del mundo, para que veamos ya en esos párrafos el punto de partida del plan divino y de la historia de la Salvación.
d) Nos habla de la historia de la Salvación. Podríamos decir que toda la Biblia es fundamentalmente "la historia de la salvación". La historia de un pueblo que el mismo Dios escoge, para que a través de él vaya transmitiendo el mensaje salvador a toda la humanidad.
e) Nos habla de Jesucristo, el enviado de Dios al mundo, cuya misión principal es reconciliarnos con el Padre. El mismo Jesús le dirá a Nicodemo: "Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Único, para que todos los que crean en Él no perezcan, sino que tengan vida eterna" (Jn 3, 16). El Antiguo Testamento es una promesa de esta venida; el Nuevo Testamento nos manifiesta el cumplimiento de esta promesa. Por eso ambos Testamentos están íntimamente ligados entre sí.
f) 6. Nos habla del Reino de Dios. "He aquí, leemos en san Mateo 12, 28, que ha llegado a vosotros el Reino de Dios". Toda la misión salvífica del Mesías se concentra en la idea del Reino de Dios. Cristo viene a traernos ese Reino, que se hace presente en el mundo como un grano de mostaza (Mt 13, 31), como una levadura (Mt 13, 33), pero que llegará a su plenitud poco a poco al final de los tiempos. Más aún: Ese Reino no sólo está presente en el mundo, sino que "Ya está dentro de nosotros" (Lc 17, 21).
g) Nos habla también de la religión, de la gran lucha entre el bien y el mal, de las virtudes teologales y cardinales, del comportamiento del hombre, de la felicidad matrimonial, de la buena convivencia entre los hombres, etc. Cada libro de la Biblia plantea un tema distinto, interesante y apremiante. Pero no es un tema suelto o independiente de los demás.
- ¿Cómo nos habla Dios en la Biblia?
- Primero, Dios nos habla a través de los hombres. Dice el autor de la Carta a los Hebreos: "De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; pero en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos" (1, 1-2).
- Segundo, expresando su mensaje en el lenguaje propio de los hombres para que puedan entenderlo. Es decir, Dios, al hablar a la humanidad, no emplea un lenguaje rebuscado. Su mensaje no surtiría ningún efecto. Emplea un lenguaje simple, de manera que hasta los menos cultos puedan captarlo. Por eso se sirve de las maneras de hablar, modismos y géneros literarios que los escritores y las gentes usaban en el tiempo en que Dios le comunicó su Palabra.
- Cómo se fue componiendo la Biblia
¿Cómo se compusieron los libros de la Biblia? Los acontecimientos que el Pueblo de Dios fue viviendo desde sus orígenes se transmitían de viva voz por el mismo pueblo.
Se fueron completando con más interpretaciones con el correr del tiempo, para descubrir su verdadero sentido. Esta interpretación se hizo siempre a la luz de la fe.
Al principio, se ponían ocasionalmente por escrito. Pasado el tiempo, alguien recopiló los diversos escritos, las tradiciones orales y los otros documentos existentes, formando así una herencia común redactada para todo el pueblo. Esta redacción se convirtió finalmente en el libro definitivo que ahora conocemos.
Los textos no siempre quieren presentar reportajes en directo, ni narraciones históricas o científicas. Son reflexiones de la fe sobre las grandes cuestiones del hombre o sobre los problemas que golpean a la vida de la Comunidad en un determinado momento.
Estas reflexiones hacen avanzar la revelación a través de todo el Antiguo Testamento, hasta llegar a la plenitud en el Nuevo. Pero el misterio de todo este proceso está en que siempre actúa la asistencia del Espíritu Santo. Por eso, el libro es fruto de la acción humana y de la acción de Dios.
La Biblia no es un libro caído del cielo, como pretende serlo el Corán, libro santo de los que practican la religión creada por Mahoma: "No hay más Dios que Él, el poderoso, el sabio. Él es quien hizo bajar sobre ti el libro de Él" (Sura 3, 6-7).
La Biblia ha tenido una larga historia, cuya reconstrucción está llena de complejidades: no disponemos de fechas precisas y datos para todos los libros de la Sagrada Escritura.
Por otra parte, no hay que olvidar nunca el dato de la tradición oral: primero la tradición, después la Escritura; es más, la tradición se mantiene como realidad viva que interactúa con los escritos durante todo el periodo de la formación del Antiguo Testamento.
Incluso, después de haber sido puestos por escrito, la mayoría de los textos bíblicos continuaron siendo leídos, actualizados, profundizados: sólo al final, se consideró al Antiguo Testamento como algo finalmente terminado.
Etapas de la formación del Antiguo Testamento
Veamos ahora en este esquema las etapas de la formación del Antiguo Testamento:
a) El período de los patriarcas. El primer capítulo de la historia de Israel está ligado a tres generaciones (o tribus) de patriarcas arameos: Abraham, Isaac y Jacob (pertenecen al siglo XIX antes de Cristo, aproximadamente).
b) El Éxodo. Para la segunda gran "palabra de Dios" hemos de trasladarnos a los años 1250-1200 antes de Cristo. De un grupo de esclavos, Israel, a través de la gran "Pascua de liberación", pasa a convertirse en pueblo de Dios.
c) El periodo monárquico o de los reyes. Después de casi 200 años de lucha por la ocupación de la tierra de Canaán, sigue la larga experiencia de la monarquía (del año 1000 al año 587 antes de Cristo).
d) El Exilio o Deportación en Babilonia. El año 587 antes de Cristo cae Jerusalén y con ella se desmoronan los fundamentos de la historia de Israel: la dinastía de David, la libertad en la "tierra prometida", el templo de Jerusalén.
e) El período de judaísmo. Se llama así porque sólo un "resto" de los descendientes de Judá (hijo de Jacob y representante del Reino del Sur) vuelve a Jerusalén y a la tierra santa.
- Fechas de composición
El Antiguo Testamento se escribe durante el largo periodo que va desde el reinado de Salomón, en el siglo X, hasta un siglo antes de Cristo.
El Nuevo Testamento, por su parte, se escribe desde unos veinte años después de la muerte de Cristo, en vida de la primera generación de cristianos hasta la muerte del último apóstol. Es decir, entre los años 50 y 100.
La Santa Biblia fue redactada por Profetas, sabios, poetas y apóstoles, durante catorce siglos, pero todos dirigidos e inspirados por Dios para que no escribieran ningún error espiritual. Los redactores más famosos de la Santa Biblia fueron: Moisés, el rey David, los profetas, Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel. Los cuatro evangelistas San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan y, por el apóstol San Pablo.
- El lenguaje usado por los autores bíblicos
Si nos fijamos en nuestro estilo de hablar, veremos que una misma verdad la podemos expresar de múltiples maneras.
Corrientemente, no nos importa el modo, sino que vamos abiertamente a la verdad que queremos expresar. Por ejemplo, esta es la verdad que quiero comunicar: "estoy en una situación difícil que me hace deprimirme". Para expresarlo a un amigo, le digo: "Oye, estoy hecho polvo". No cabe duda que mi amigo me entiende perfectamente.
Otro ejemplo: un niño muere en un accidente. De este accidente son testigos el papá y la mamá que iban con el niño, el policía de tránsito y un señor extraño que pasaba por el lugar del siniestro.
Los papás, llevados por la impresión tremenda de que el muerto es su propio hijo, contarán con un realismo quizá exagerado hasta los últimos detalles del accidente.
El policía lo hará, probablemente, como quien relata un atentado policiaco. Está tan acostumbrado a presenciar escenas similares, que ya casi, una más, no le impresiona gran cosa.
Por su parte, el "señor extraño" que pasaba por allí y no tenía que ver nada con la cuestión, dirá las cosas sin dejarse llevar por la emoción.
¿Cómo la vamos a juzgar nosotros que no presenciamos el accidente?
Si nos referimos a los papás, diremos quizás que al hacer el relato fueron exagerados; del policía diremos que, como no se fijó bien, mintió; y del testigo casual diremos que, al no importarle lo sucedido, confesó cualquier cosa por salir del paso.
Todo esto está diciendo que a la hora de juzgar algo, hay que hacerlo teniendo en cuenta quien lo dice o escribe, e incluso las circunstancias del hecho sucedido.
El Concilio Vaticano II lo dice claramente: "Dios habla en la Escritura por medio de los hombres en lenguaje humano; por lo tanto, el intérprete de la Escritura, para conocer lo que Dios quiso comunicarnos, debe estudiar con atención lo que los autores querían decir y lo que Dios quería dar a conocer con dichas palabras.
Para descubrir la intención del autor, hay que tener en cuenta, entre otras cosas, los géneros literarios" (La Divina Revelación, # 12).
Conclusión
Dios es el autor de la Biblia, Él nos habla en ella, nos da a conocer sus caminos de salvación y nos invita a encontrar la verdad en su Iglesia que Él funda.