por Makf | 1 Abr, 2026 | Apologética 4
Autor: Catholic.net
Nos enseña la santa fe católica que Nuestro Señor Jesucristo está verdadera, real y sustancialmente presente, en el Santísimo Sacramento del altar.
Mito 24: El dogma de la Transubstanciación fue decretado por el Papa Inocencio III, en el año 1215 A.D.
En esta doctrina el sacerdote finge realizar un milagro diario cambiando una hostia en el cuerpo de Cristo, y entonces él finge comerlo vivo en la presencia de la gente durante misa. La Biblia condena tales absurdidades; La participación de la Santa Cena es un recordatorio del sacrificio de Cristo. La presencia espiritual de Cristo se implica en la Santa Cena. (Lucas 22:19-20; Juan 6:35; I Cor 11:26)
Refutación y Argumentos Católicos
Lo primero que quisiera saber es de cuál documento de la Iglesia católica ha obtenido el autor del mito siguiente para lo que se ha escrito aquí acerca de la transustanciación: "En esta doctrina el sacerdote finge realizar un milagro diario cambiando una hostia en el cuerpo de Cristo, y entonces él finge comerlo vivo en la presencia de la gente durante misa". Repito, que el autor de este escrito nos cite en qué parte del magisterio se ha enseñado esto. De lo contrario, se confirmaría que estamos ante un mito protestante más.
Por otro lado, el enunciado que dice lo siguiente, no es bíblico: "La Biblia condena tales absurdidades; La participación de la Santa Cena es un recordatorio del sacrificio de Cristo. La presencia espiritual de Cristo se implica en la Santa Cena. (Lucas 22:19-20; Juan 6:35; I Cor 11:26)". Primero, porque la expresión "santa cena" como recordatorio del sacrificio de Cristo no está en la Biblia. Segundo la Eucaristía no es presencia espiritual de Cristo solamente, sino que Cristo está presente en la hostia consagrada real y verdaderamente, cuerpo, alma y divinidad. Lo único en lo hay razón es que este mito protestante es absurdo.
En las citas bíblicas que se han colocado no se habla de la santa cena protestante como recordatorio del sacrificio de Cristo. De lo contrario, ¿cómo explica el protestantismo que Cristo pudo celebrar un recordatorio de su sacrificio si aún no había tenido lugar dicho sacrificio? Un recordatorio de algo futuro ¿qué recordatorio es?
Pasemos a las citas:
Lc 22,19-20: "Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama".
Jn 6,35: "Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás".
1Cor 11,26: "Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga".
Que el lector mismo constate si se habla ahí de la cena protestante como un recordatorio del sacrificio de Cristo. Por otro lado, en Jn 6,11 y 6,23 aparece el verbo "eucharistein" (también en Mt 26,27; Mc 14,23; Lc 22,19; 1Cor 11,24. ¿A qué se acerca más el término: a la "Eucaristía" católica o a la así llamada "santa cena" protesante?
Esto es lo que enseña la Iglesia católica sobre la transustanciación (cito el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica):
1376 El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: "Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación" (DS 1642).
1412 Los signos esenciales del sacramento eucarístico son pan de trigo y vino de vid, sobre los cuales es invocada la bendición del Espíritu Santo y el presbítero pronuncia las palabras de la consagración dichas por Jesús en la última cena: "Esto es mi Cuerpo entregado por vosotros…Este es el cáliz de mi Sangre…"
1413 Por la consagración se realiza la transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Bajo las especies consagradas del pan y del vino, Cristo mismo, vivo y glorioso, está presente de manera verdadera, real y substancial, con su Cuerpo, su Sangre, su alma y su divinidad (cf Cc. de Trento: DS 1640; 1651).
Ahora pasemos a la explicación de lo que es la "transubstanciación con las debidas acotaciones históricas".
Inocencio III fue Papa de 1198 a 1216. Fue autor, antes de ocupar el solio, de diversos ensayos de carácter místico como "Las miserias de la condición humana y los misterios de la Eucaristía". Se los considera eruditos pero carentes de originalidad. Durante su mandato tuvo lugar el IV concilio de Letrán, en noviembre de 1215. Entre sus 70 decretos se ofrece una definición de la Eucaristía en que aparece la expresión no transustanciación ("transubstantiatio"), sino el verbo "transsubstantis"; pero ello no significa que sólo a partir de entonces se creyera en la presencia real de Cristo en la Eucaristía permaneciendo las apariencias del pan y del vino. Este concilio es testimonio de cómo la Iglesia ha ido creciendo en su comprensión de la doctrina eucarística, y no es ninguna invención, sino fruto del esfuerzo por entender mejor qué es lo que ocurre en la consagración. Ciertos cátaros sostenían que Cristo cambió el pan en su cuerpo, pero que sólo lo hizo él, mientras que otros dicen que la Eucaristía no es nad
Este concilio no se comprendería sin las controversias que le preceden.
A raíz de la herejía de Berengario de Tours tiene lugar un estudio más profundo sobre el misterio eucarístico [a partir de 1059 se aprecia en Berengario la tendencia a negar la presencia del cuerpo de Cristo en la Eucaristía, de suerte que parece defender una presencia más bien figurativa (F. Vernet Bérenger de Tours DTC 2,729; la obra de Berengario se llama "De sacra coena", cf 100, 248)]. Fulberto de Chartres fue de hecho el que primero utilizó la expresión "mutare in corpus substantiam", así como se aprecia algo similar en las obras de Lanfranco y Guitmundo de Aversa: Lanfranco ya habla de un cambio sustancial: "las sustancias terrenas se convierten en la esencia del cuerpo de Cristo, mientras que permanece la forma exterior, las especies: de hecho nos introduce en la terminología "substantia"/"species" [Lanfranco, De corpore et sanguine… PL 150, 430; ]. Guitmundo de Aversa habla también de "substantialiter transmutari" y distingue claramente entre la sustancia que cambia y los accidentes que permanecen
Según la narración de los sinópticos y de Pablo, Jesús tomó el pan y el vino y, se los distribuyó a los suyos. Les dijo: «Esto es mi cuerpo… éste es el cáliz de mi sangre».
Para que estas expresiones sean verdaderas, hay que admitir que el pan ya no es simplemente pan y que el vino ya no es simplemente vino.
Algunas citas de los santos Padres nos harán comprender que la Iglesia de los orígenes creía en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y que no es ninguna invención lo que la Iglesia enseña, sino que lo ha hecho siempre.
Ignacio de Antioquía escribe contra los que no creen que Cristo haya asumido la carne humana, por ello es que niegan asimismo la Eucaristía, pues no confiesan que la Eucaristía es la carne de nuestro salvador Jesucristo, la misma que padeció por nuestros pecados, la que por su benignidad resucitó el Padre. "Los que contradicen el don de Dios, litigando, mueren. Más les convendría amar para que resucitaran" (Ad Smirniotas c.7, No. 1 PG 5,731).
Justino hablando de la Eucaristía dice: "Este alimento se llama entre nostros ´Eucaristía´, del cual a ningún otro es lícito participar, sino al que cree que nuestra doctrina es verdadera, ya que ha sido purificado por el bautismo para el perdón de los pecados y para la regeneración; y que vive como Cristo enseñó. Estas cosas no las tomamos como pan ordinario ni como bebida ordinaria, sino que así como por el Verbo de Dios, que se encarnó, tomó carne y sangre para nuestra salvación, así también se nos ha enseñado que el alimento eucaristizado mediante la palabra de oración que procede de él (alimento con el que nuestra carne y nuestra sangre se nutren con arreglo a nuestra transformación) es la carne y la sangre de aquel Jesús que se encarnó" (Apología 1,65,ss).
Ireneo dice: ¿Cómo, pues, les constará que este pan en el que han sido dadas las gracias, es el cuerpo del Señor y el cáliz de su sangre, si no dicen que él es el Hijo del hacedor del mundo, su Verbo, por el que el leño fructifica y las fuentes manan, y la tierra da primero tallo y despues espiga y finalmente trigo pleno en la espiga? (Adv. Haer 4,18; PG 7,1027). También contra los herejes se pregunta cómo ellos no admiten la resurrección de la carnes, siendo que en la Eucaristía nos alimentamos de la carne resucitada de Cristo (Adv. Haer 4,18; PG 7,1027).
Hay muchos testimonios más, que no es el caso reproducir: Tertuliano, Cipriano, Clemente de Alejandría, Orígenes, Atanasio, Cirilo de Jerusalén, Gregorio de Nisa, Juan Crisóstomo, Teodoro de Mopsuestia, Cirilo de Alejandría, Teodoreto de Ciro, Juan de Damasco, Ambrosio. Ponemos a continuación la sola enseñanza de san Agustín:
Dice san Agustín: "Lo que veis, queridos hermanos, en la mesa del Señor es pan y vino, pero este pan y este vino, al añadírseles la palabra, se convierten en cuerpo y sangre de Cristo. Si quitas la palabra, es pan y vino; añades la palabra, y ya son otra cosa. Y esta otra cosa es el cuerpo y la sangre de Cristo. Quita la palabra, y es pan y vino; añade la palabra, y se hace sacramento. A todo esto decís: ¡Amén! Decir amén es suscribirlo. Amén significa que es es verdadero" (Sermón 6,3).
Pero es que también la liturgia antigua es testimonio de la presencia real de Cristo en la Eucaristía: las plegarias antiguas, las liturgias alejandrinas, antioquenas, antioquenoconstantinopolitanas
Pues bien, concluyendo, cabe decir que se rinde a la eucaristía el culto de adoración, ya que el Señor sigue estando presente desde la consagración hasta que dejan de perdurar las especies, aun después que haya acabado la misa, y se reserva la eucaristía.
por Makf | 1 Abr, 2026 | Apologética 4
Autor: Catholic.net
Es Cristo que acoge a cada hombre, por el ministerio de la Iglesia, para decirle, como le dijo al paralítico: “Tus pecados están perdonados, coge tu camilla y echa a andar”.
Mito 23. La venta de la Indulgencia, vista comúnmente como la compra del perdón y como permiso para complacerse en pecado, comenzó en el año 1190 A.D. El Cristianismo, según lo enseña la Biblia, condena tal práctica, y era la protesta contra esta práctica que trajo la reforma Protestante en el décimosexto siglo.
Refutación:
Ante todo hay que aclarar una cosa, esta afirmación es falsa al menos para los católicos, ya que no es eso lo que la Iglesia enseña:La venta de la Indulgencia, vista comunmente como la compra del perdón y como permiso para complacerse en pecados. Quisiera saber en qué documento del magisterio se dice eso.
Esto es lo que enseña la Iglesia Católica sobre las indulgencias:
1471 La doctrina y la práctica de las indulgencias en la Iglesia están estrechamente ligadas a los efectos del sacramento de la Penitencia (Pablo VI, const. ap. "Indulgentiarum doctrina", normas 1-3).
Qué son las indulgencias
"La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos".
"La indulgencia es parcial o plenaria según libere de la pena temporal debida por los pecados en parte o totalmente"
"Todo fiel puede lucrar para sí mismo o aplicar por los difuntos, a manera de sufragio, las indulgencias tanto parciales como plenarias" (CIC, can. 992-994).
Las penas del pecado
1472 Para entender esta doctrina y esta práctica de la Iglesia es preciso recordar que el pecado tiene una doble consecuencia. El pecado grave nos priva de la comunión con Dios y por ello nos hace incapaces de la vida eterna, cuya privación se llama la "pena eterna" del pecado. Por otra parte, todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las criaturas que tienen necesidad de purificación, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se llama la "pena temporal" del pecado. Estas dos penas no deben ser concebidas como una especie de venganza, infligida por Dios desde el exterior, sino como algo que brota de la naturaleza misma del pecado. Una conversión que procede de una ferviente caridad puede llegar a la total purificación del pecador, de modo que no subsistiría ninguna pena (Cc. de Trento: DS 1712-13; 1820).
1473 El perdón del pecado y la restauración de la comunión con Dios entrañan la remisión de las penas eternas del pecado. Pero las penas temporales del pecado permanecen. El cristiano debe esforzarse, soportando pacientemente los sufrimientos y las pruebas de toda clase y, llegado el día, enfrentándose serenamente con la muerte, por aceptar como una gracia estas penas temporales del pecado; debe aplicarse, tanto mediante las obras de misericordia y de caridad, como mediante la oración y las distintas prácticas de penitencia, a despojarse completamente del "hombre viejo" y a revestirse del "hombre nuevo" (cf. Ef 4,24).
En la comunión de los santos
1474 El cristiano que quiere purificarse de su pecado y santificarse con ayuda de la gracia de Dios no se encuentra sólo. "La vida de cada uno de los hijos de Dios está ligada de una manera admirable, en Cristo y por Cristo, con la vida de todos los otros hermanos cristianos, en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico de Cristo, como en una persona mística" (Pablo VI, Const. Ap. "Indulgentiarum doctrina", 5).
1475 En la comunión de los santos, por consiguiente, "existe entre los fieles -tanto entre quienes ya son bienaventurados como entre los que expían en el purgatorio o los que que peregrinan todavía en la tierra- un constante vínculo de amor y un abundante intercambio de todos los bienes" (Pablo VI, ibid). En este intercambio admirable, la santidad de uno aprovecha a los otros, más allá del daño que el pecado de uno pudo causar a los demás. Así, el recurso a la comunión de los santos permite al pecador contrito estar antes y más eficazmente purificado de las penas del pecado.
1476 Estos bienes espirituales de la comunión de los santos, los llamamos también el tesoro de la Iglesia, "que no es suma de bienes, como lo son las riquezas materiales acumuladas en el transcurso de los siglos, sino que es el valor infinito e inagotable que tienen ante Dios las expiaciones y los méritos de Cristo nuestro Señor, ofrecidos para que la humanidad quedara libre del pecado y llegase a la comunión con el Padre. Sólo en Cristo, Redentor nuestro, se encuentran en abundancia las satisfacciones y los méritos de su redención (cf Hb 7,23-25; 9, 11-28)" (Pablo VI, Const. Ap. "Indulgentiarum doctrina", ibid).
1477 "Pertenecen igualmente a este tesoro el precio verdaderamente inmenso, inconmensurable y siempre nuevo que tienen ante Dios las oraciones y las buenas obras de la Bienaventurada Virgen María y de todos los santos que se santificaron por la gracia de Cristo, siguiendo sus pasos, y realizaron una obra agradable al Padre, de manera que, trabajando en su propia salvación, cooperaron igualmente a la salvación de sus hermanos en la unidad del Cuerpo místico" (Pablo VI, ibid).
Obtener la indulgencia de Dios por medio de la Iglesia
1478 Las indulgencias se obtienen por la Iglesia que, en virtud del poder de atar y desatar que le fue concedido por Cristo Jesús, interviene en favor de un cristiano y le abre el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos para obtener del Padre de la misericordia la remisión de las penas temporales debidas por sus pecados. Por eso la Iglesia no quiere solamente acudir en ayuda de este cristiano, sino también impulsarlo a hacer a obras de piedad, de penitencia y de caridad (cf Pablo VI, ibid. 8; Cc. de Trento: DS 1835).
1479 Puesto que los fieles difuntos en vía de purificación son también miembros de la misma comunión de los santos, podemos ayudarles, entre otras formas, obteniendo para ellos indulgencias, de manera que se vean libres de las penas temporales debidas por sus pecados.
Así es que, por lo tanto el cristianismo no condena tal práctica. Otra cosa es que a Lutero no le convenciera que la Iglesia lo hiciera.
De hecho se sabe de Lutero que se veía siempre angustiado interiormente por el pensamiento del juicio severo de Dios y del peligro de no salvarse, al verse tan arrastrado por las propias pasiones. Tras iniciar sus clases de Biblia en Erfurt lee un día el pasaje de Rm 1,17, en que san Pablo habla de la justificación del hombre por la fe. Llegó a la conclusión de que el hombre esta del todo corrompido y se salva porque se aplican e imputan los méritos de Cristo, pero de modo externo y no interno.
De ahí que, a su decir, las obras no sólo no sean necesarias sino que carezcan de valor alguno. En 1515 León X promulgó una bula para recabar fondos para la construcción de la basílica de San Pedro en Roma (León X realizaba una clara distinción entre la remisión del pecado y la remisión de la pena temporal, de suerte que se consideraba la indulgencia aplicada a las almas del purgatorio al modo de una intercesión y no de un derecho automático). Se trataba de una práctica antigua que consistía en la entrega de una limosna, a la que había de preceder la confesión y comunión, así como el estar en las disposiciones adecuadas, con lo que se obtenía la indulgencia. Sin negarse la existencia de abusos, el pueblo recibía con agrado dicho sistema. De hecho, ciertos predicadores establecían una relación automática entre la ofrenda y la redención de las almas del purgatorio. Pero el abuso no niega nunca la realidad del principio, pues la Iglesia, es ministro de la redención, de suerte que dispensa y aplica el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos, ya que goza de la autoridad que Cristo le ha conferido.
Entre el verano de 1516 y todo el año de 1517, el dominico J. Tetzel se puso a predicar con mucho éxito la bula de León X. Para Lutero esto significaba la guerra, la total corrupción del Evangelio, de modo que decidió fijar en 1517 sus 95 tesis sobre la puerta de la universidad de Witenberg. En ellas criticaba la doctrina y práctica cristiana de las indulgencias, de las promesas y votos, de los ayunos y peregrinaciones; negaba el poder de la Iglesia de perdonar los pecados (tesis 6 y 38), la existencia del purgatorio (tesis 8,10 y 13); también fustigaba con particular severidad la figura del Papa (tesis 86). Por lo tanto, en vez de limitarse a los abusos que se cometieran en tales prácticas, Lutero fue más lejos, negando el principio mismo de la indulgencia. Es como negar la autoridad de la Escritura, por el hecho de que algunas sectas realicen traducciones que no respeten el texto original, sino que lo acomoden a sus doctrinas erróneas.
¿La práctica de las indulgencias comenzó, como dice el enunciado, el año 1190 d.C.? Entonces era Papa Clemente III (1187-1191). En los manuales de historia se dice que una vez que Clemente III se estableció en Roma instauró un régimen administrativo severo, y puso al frente de ello a Cencio Savelli (futuro Honorio III). Entonces se preparaba también la tercera cruzada (1189-1191): su organización y guía eran competencia de los príncipes seculares; y Clemente también colaboró mucho con su promoción, de suerte que envió legados a toda Europa para promover la armonía para la difícil situación de la cristiandad. Estos aciertos lograron que el papado fuera centro de unificación y colaboración. Otra ventaja que trajo consigo la centralización realizada por Clemente III fue la integración e unificación de la legislación canónica por medio de decretales: precisamente a Clemente III se reconoce la actividad en situaciones como cuestiones matrimoniales, medidas en contra de la simonía, abuso en la concesión de prebendas, crímenes cometidos por clérigos con menoscabo de los laicos, así como fórmulas de juramento. El año 1188-1191 Clemente III pidió que se realizara una investigación seria y concienzuda sobre los escritos de Joaquín de Fiore y de Radulfus Niger. Fue incansable asimismo en la pacificación entre Pisa y Génova, Parma y Piacenza; logró que Venecia e Hungría depusieran las armas, así como Sicilia y Bizancio; Felipe Augusto de Francia y Enrique II de Inglaterra dejaron de pelear entre sí, se reconciliaron y prometieron ir a Palestina; se les uniría Federico Barbarroja. Contra ellos el curdo Saladino, por otro lado, predicará la guerra santa o contracruzada.
Pero eso de que que en estas fechas inician las indulgencias no es verdad.
De hecho, durante mucho tiempo el término consistía en una expresión técnica para designar la remisión de las penas canónicas. A partir del S. VIII se comienza a sustituir el término remisón (en latín remissio) por redencitón (en latín redemptio), de suerte que el término se hace clásico en el tiempo de las Decretales (De poenis et remissionibus 1.V, 38 véase en particular el c. 4, decretal de 1172 en que Alejandro III habla de remissiones que son la remisión de las penas temporales por haber cometido determinados pecados y que atañen a la jurisdicción eclesiástica). Para 1215 el término indulgencia (indulgentia en latín) se hace de uso corriente como se tiene hoy día.
Se han de distinguir dos épocas principales en la historia de las indulgencias: desde los inicios hasta el S. XI; y desde el S. XI hasta la fecha.
En los primeros siglos del cristianismo, se obraba en tres fases: primero, la indulgencia consistía en la reconciliación anticipada de los penitentes públicos (cuando se cometían pecados de adulterio, homicidio, idolatría; y se realizaba con obras expiatorias que duraban mucho tiempo aun hasta el final de la vida, en estos casos se encuentran los testimonios más claros de las remisiones oficiales de la pena debida al pecado; tomando en cuenta las disposiciones de los penitentes, los obispos podían anticipar la reconciliación del penitente; pero es de notar también que para el S. finales del S. II e inicios III se hace referencia explícita a los méritos adquiridos por los mártires de los cuales la Iglesia podía hacer que el pueblo cristiano se beneficiara en su conjunto (testimoniado por Eusebio HE 1. VI LXII No. 2, y que se percibe en el Tertuliano católico, cf De Pudicitia XXII) las redenciones individuales (a partir del S. V comienza un período en que se desarrollan los elementos penitenciales privados introducidos por los misioneros celtas), y las remisiones generales de fines del S. XI (válidas para todos los fieles, aplicados por el sacerdote, el cual interviene en los diversos casos para determinar las condiciones de la remisión de la pena según sea cada caso).
por Makf | 1 Abr, 2026 | Apologética 4
Autor: Catholic.net
"La Iglesia no tiene miedo a la verdad que emerge de la historia y está dispuesta a reconocer equivocaciones allí donde se han verificado…" (Juan Pablo II).
Mito 22: La inquisición de los herejes fue instituida por el concilio de Verona en el año 1184. Jesús nunca enseñó el uso de fuerza como medio de llevar su salvación a los perdidos… Fue adoptada en 1184 A.D.
Refutación
Antes que nada, cabe aclarar dos cosas. Primera, que uno de los temas más recurrentes entre los protestantes es el echar en cara a la Iglesia católica los diversos abusos que perpetró la inquisición católica, sin parar mientes en los de la propia inquisición protestante.
En efecto, ¿cómo es que -usando sus propios términos- si Cristo nunca enseñó el uso de la fuerza como medio para llevar su salvación a los perdidos, Lutero, Enrique VIII, Calvino, el gobierno calvinista holandés que se estableció en el norte del Brasil, etc., hayan recurrido al uso de la fuerza?
Pondré a continuación algunos comentarios que se han colocado en otras ocasiones en los foros de CN, pero que no se han de descuidar para hacer una valoración más o menos seria de hechos tan complejos.
De Lutero se sabe que fue implacable ante la rebelión de los aldeanos de 1520, acaudillados por Thomas Müntzer y Nicolás Storch. Los historiadores parecen convenir en que con las prédicas de libertad e individualismo de Lutero, se daba un pábulo abundante al fanatismo apocalíptico que comenzó a cundir entre ciertos estratos sociales.
Así se comprende por qué Müntzer deseaba hermanar las doctrinas luteranas sobre el sacerdocio universal y la certidumbre de la salvación a ciertas utopías sociales. Para ellos la transformación del mundo implicaba el cambio completo de la sociedad; por lo que juzgaban necesario suprimir el bautismo de los niños: como no creían en el momento de recibir el sacramento, éste era inválido. Dicho orden implicaba según ellos la eliminación de la jerarquía, ya que sólo así se viviría sin ley y sin culto.
Se establecieron en las cercanías de Wittenberg y se les sumó Karlstadt. Juntos abolieron los estudios y obligaron a los estudiantes a realizar labores manuales, a los obreros les manda
En cuanto a Enrique VIII, en 1538 Pablo III emitió la bula de excomunión contra Enrique (el terreno estaba de algún modo preparado por el consistorio de marzo de 1534, en que Clemente VII hizo clara la sentencia definitiva del proceso iniciado y confirmando la validez del matrimonio de Enrique y Catalina).
Enrique no se quedó con los brazos cruzados: en marzo de 1534 el parlamento aprobó la ley de sucesión, en que se declaraba a la hija de Enrique y Ana, heredera de la corona inglesa: pero era una ley que debían aprobar y jurar todos los súbditos del rey, cosa a que accedió la gran mayoría de ellos. El 3 de noviembre de 1534 el parlamento votó el acta de supremacía, acto por el cual se reconocía en el rey la suprema y única cabeza de la Iglesia de Inglaterra y se le atribuía toda la plenitud del poder civil y la jurisdicción eclesiástica, lo que se sumó otra ley: el soberano inglés podía nombrar o despedir a los obispos. Al mismo tiempo, se enmendaron las famosas "leyes de traición" por las que se declaraba.
Pocos súbditos ingleses se opusieron al rey y rehusaron jurar el acto de supremacía, entre ellos la religiosa benedictina Elisabeth Barton, los cartujos Honthoh, Webster y Law, Reynolds religioso de la orden de Sta. Brígida, el sacerdote Hale. Los cartujos en general no se doblegaron (tampoco los agustinos del Monte de Sión); y como represalia contra los cartujos, el rey cerró los siete monasterios londinenses y encarceló a sus miembros, Juan Fisher (obispo de Rochester e insigne teólogo, cuyas ideas influirían en el Concilio de Trento, el Papa lo hizo cardenal cuando estuvo preso en la Torre de Londres, pero ni eso sirvió para salvarle la vida) y Tomás Moro (gran humanista y amigo de Erasmo; desde 1527 se expresó como contrario al matrimonio de Enrique con Ana; se le acusó de complicidad con Isabel; cuando se le condenó a muerte, habló finalmente contra la ley de supermacía), decapitados en 1535 junto con otros religiosos y sacerdotes.
Ahora vayamos a Calvino. No ha de olvidarse que muy hábil en dominar a los opositores de su "teocracia" suiza. Con todo, hubo de hacer frente a ciertas "escaramuzas" más o menos intensas: con los pastores, a los que no permitió disentir de las opiniones de él, por mucho que abrazara el principio luterano del "libre examen" (destituyó a S. Castellion al haber avanzado una interpretación particular de la Biblia). El carácter autoritario de Calvino encontró antipatías entre los llamados "libertinos" que deseaban sacurdirse el yugo del reformador; éstos no dudaron en colocar planfletos públicos contra él. Calvino acusó a Jacobo Gruet y fue condenado a pena capital. En 1551 exilió a Jerónimo Bolsec, excarmelita que se había hecho protestante y contrario a la doctrina sobre la predestinación. Quemó vivo a Miguel Servet por negar el dogma de la Trinidad… Servet era un médico de origen hispano, gran conocedor del hebreo, latín y griego. Deseó incursionarse en cuestiones teológicas y ese mismo año de 1551 publicó u
En cuanto a la Iglesia católica, ha de reconocerse que cunde mucha manipulación en este tema, sin negar que sea muy extenso. Me limito a poner aquí unas ideas generales. La Iglesia tiene el deber de conservar intacto el depósito de la fe, de ser maestra de la verdad, de no permitir que la revelación divina se oscurezca y falsee, tiene el deber de atraer a sus hijos extraviados. Lo hace de diversos modos: predicación, enseñanza, amonestación. Muy a menudo la persona equivocada se obstina y la Iglesia ha de recurrir a censuras. La más grave es la excomunión y si es muy solemne la expresión de la excomunión se llama anatema. La Iglesia tiene un poder coercitivo al aplicar así estas penas, pero han sido más benignas que los poderes civiles y protestantes. El hecho es que varios reos civiles se hacían pasar por herejes y evadir así castigos más severos. Ha habido excesos, pero se debe descuidar el contexto histórico.
La inquisición constituyó ante todo una técnica judicial ("inquisitio" = indagación), pero terminó por designar un tribunal eclesiástico especial o excepcional que obraba en colaboración con la autoridad civil. No debe nunca perderse de vista el contexto en que nació. En un principio miraba sólo a la solución de cuestiones disciplinares como la simonía, etc…; mas en un segundo momento se aplicó como lucha contra las herejías que se hicieron tanto más amenazadoras como antítesis de una tedencia a encuadrar más rígidamente los sujetos y los creyentes. En la alta edad media el hereje se consideraba un infame al que era necesario excluir de la comunidad con la excomunión, a fin de ayudarlo a convencerse de su error y de castigarlo con medidas temporales y medicinales como el exilio, la confiscación de bienes pero por medio o auxilio del brazo secular. En el S. XII el hereje aparecía sobre todo como un perturbador del orden, un enemigo de la sociedad. La legislación canónica se remontó no sólo al derecho penal.
Los historiadores afirman que el rigorismo de los príncipes terminó por ir influir paulatinamente en los pontífices y sus decisiones. Así Enrique, arzobispo de Reims y hermano de Luis VII de Francia disentía de la benignidad que el Papa aconsejaba en el trato con los herejes. En 1162 el rey de Francia pidió al Papa que le dejara mano libre para acabar en Flandes con la herejía maniquea. El Papa estaba refugiado en los dominios de Luis, obligado huir de Roma, de suerte que tomó en cuenta los deseos del monarca. En el concilio de Tours se tomaron enérgicas medidas contra los herejes; se encargó a los príncipes seculares que se apresara y castigara a los albigenses. El tercer concilio de Letrán (1179) lanza el anatema contra los cátaros, y se abordan los casos de otros herejes -como los de Brabante y del sur de Francia- que cometen todo tipo de atrocidades contra los cristianos, que no respetan iglesias, monasterios, ancianos, niños. En 1184 tuvo lugar la dieta de Verona, en la que Barbarroja se puso de pie, ap
García Villoslada, a quien se sigue para esta exposición, dice que la inquisición pontificia nace el año 1231: Gregorio IX opta por instituir un juez extraordinario que a nombre suyo haga la debida inquisición y juicio de los herejes. Estamos aproximadamente en febrero de 1231. Los inquisidores se eligieron entre los frailes predicadores. En 1233 el Papa dirá que lo que le movió a ello fue el ver que los obispos se encontraban abrumados de ocupaciones, de suerte que no podían hacerlo; sin embargo, el deseo mayor del Papa era evitar que la autoridad civil del emperador asumiera tales derechos que no le competían: de hecho, Federico II era quien quería arrogárselos en sus ansias de colocarse por encima de la potestad del Papa, y avidez de riquezas; de ahí que el Papa reivindicara tales derechos para la sola Iglesia en contra de las medidas arbitrarias del poder civil. De no haber actuado del Papa, todos los herejes, aun los de sospechas leves habrían quedado al arbitrio de la pasión política e ignorancia de lo
Tema aparte es el de la inquisición española…
La importancia de este tema se debe en parte a que España se constituyera como paladín del catolicismo del S. XVI. Gracias a ella se conservó la pureza de la fe y se lograron impedir los trastornos y guerras de religión que asolaron otras regiones como Francia.
La establecieron los reyes católicos a fin de oponerse al peligro de los falsos conversos judíos. La aprobó Sixto IV en 1478.
Se distingue de la medieval, que fundó Gregorio IX en 1231 en su estrecha dependencia de los monarcas españoles y en su perfecta organización por parte de su primer inquisidor, Fr. Tomás de Torquemada, que organizó diversos tribunales en Sevilla, Toledo, Zaragoza, Barcelona…
Los procedimientos consistían en:
Denuncias; con ellos iniciaban formalmente los procesos. Se recogía como resultado de la promulgación de edictos de fe, en que se exponían al pueblo los errores más característicos, sobre todo cuando se veía algún conato de error o herejía, cargando la conciencia de todos los cristianos para que denunciaran a los sospechosos. También los mismo encarcelados constituían buena fuente de denuncias, que por debilidad, por congraciarse con los jueces, descubrían fácilmente a sus cómplices. Por medio del espionaje para lo que servían de un modo especial los así llamados "familiares" de la inquisición.
E. Schäfer prueba que la inquisición tenía un cuidado particular en contar con la solidez de las denuncias, prescindía de las anónimas y procedía con máxima objetividad. Sobre las cárceles, Schäfer comenta que no eran calabozos lóbregos y oscuros, pues de los procesos se ha deducido que los reos leían y escribían mucho. Eran "relativamente suaves" en comparación con otros tribunales.
Los puntos más débiles eran el secreto de los testigos, el sistema de defensa y el tormento: se ocultaban los nombres de los denunciadores. Sin embargo, sin tal silencio era arriesgada la denuncia debido a represalias. Y se introdujo en la Edad Media. El sistema de defensa perdía parte de su eficacia porque los abogados eran nombrados oficialmente por el tribunal y no por el reo. Con todo, los estudios ponen de relieve que la defensa trabajaba con mucho afán y muchas veces obtenían resultados favorables al reo. Uno de los medios más comunes era el testigo de abono, citado por el acusado, a quien atendían fielmente los jueces y a menudo influían en la marcha del proceso. Por lo que hace al tormento, no puede uno fiarse de lo que un hombre confiesa bajo su efecto. Todos los tribunales de la época empleaban ciertamente este recurso, bien que se recurría a él en pocos procesos (se habla de un dos por ciento); eran ciertamente más benignos que los que empleaban los tribunales ingleses en la Torre de Londres contr
En relación con las penas aplicadas por la Inquisición, se aplicaron las leyes ya existentes y admitidas por todos los estados católicos. A partir de fines del S. XII todos los estados católicos admitieron la pena de muerte o penas violentas para los casos de herejía. Además, los herejes no se limitaban a la defensa subjetiva de un principio religioso, sino que se unían y rebelaban contra los príncipes católicos, como los hugonotes. A ello se debe que los estados católicos consideraran perturbadores públicos y enemigos a los herejes, y su herejía, un crimen contra el estado.
En el S. XVI los estados católicos castigaban la profesión de protestantismo con la pena de muerte y la Iglesia lo reconocía. A pesar de que hubo ciertas deficiencias, como partidismo y apasionamiento de parte de algunos inquisidores, y del arzobispo de Toledo como Bartolomé de Carranza en la segunda mitad del S. XVI, la inquisición española se esforzó por cumplir sus instrucciones y cumplir su objetivo: mantener la unidad de la fe en el gran imperio español. Más aún, fueron incomparablemente mayores las crueldades y muertes causadas en Francia por las guerras de religión que las ocasionadas en tres siglos por los tribunales de la inquisición.
Gracias a la inquisición se debe en gran parte el que en España se viera el S. XVI y siguientes libre del protestantismo, manteniendo de este modo la unidad de la fe.
- Atajó el peligro de los falsos conversos. Este fue el motivo que impulsó a los reyes católicos a establecer este tribunal: las cosas habían llegado a tal extremo, que ya se trataba del ser y del no ser de la España católica. La inquisición entregó al brazo secular, y éste a las llamas, a algunos centenares y tal vez a algún millar de falsos conversos judíos; pero con este rigor de la inquisición y con el castigo de los obstinados, desapareció el peligro constante de la infinidad de asesinatos y tropelías a que se entregaba el pueblo católico como reacción contra los taimados conversos. En Sevilla el año 1391 el pueblo dio muerte a más de 4,000 personas; a mediados del mismo año en Navarra perecieron unos 10,000; en Valencia a inicios del S. XV, en el que el celo de san Vicente Ferrer salvó innumerables vidas. Entre 1467 y 1473 ocurrieron los levantamientos de Córdoba y Toledo con un sinnúmero de víctimas.
- Preservó de la falsa mística y de la brujería. Cuando en el S. XVI ya parecía haber desaparecido el peligro de los falsos conversos, apareció este otro peligro: tales personas se presentaban como inspiradas por Dios, despreciaban toda autoridad jerárquica y se creían autorizados para favorecer aun las promiscuidades más escandalosas: se tenían por impecables y consideraban que para ellos todo era lícito. Por lo que hace a la brujería, hubo cerca de 30,000 víctimas de entre verdaderas y supuestas brujas en el solo centro de Europa. En España bastaron como advertencia algunos célebres castigos, como el auto de fe de Logroño de 1610. En España las brujas no pasaron de doce con los muchos miles de condenados a muerte de Alemania y el resto de Europa.
- Se detuvieron los pasos al protestantismo. Los más "sonados fueron el Dr. Agustín Cazalla, Carlos de Seso, Fr. Domingo de Rojas, y Pedro Sarmiento; los Dres. Juan Egidio y Constantino Ponce de la Fuente, junto con once monjes del monasterio de San Isidoro de Sevilla. Gracias a la inquisición se mantuvo la unidad religiosa y el catolicismo íntegro contra los esfuerzos del protestantismo luterano y calvinista por penetrar en la nación. También se evitaron las interminables guerras religiosas que tanta sangre costaron a Francia y a todas las naciones de Europa
La inquisición ante la ciencia y la santidad. Los enemigos de la inquisición española tienen a probar que la inquisición fue enemiga de la ciencia y de los sabios, incluso que puso constantemente obstáculos a los santos y hombres de virtud.
Es contrario a la inquisición española que haya perseguido a los humanistas del S. XVI. El Card. Cisneros fue el más decidido protector junto con los reyes, de todas las empresas culturales; la fundación de la Univ. de Alcalá y la publicación de la Políglota Complutense son ejemplos claros, en que trabajaron los mejores hebraístas, helenistas y latinistas del tiempo. Los escritos de Erasmo se leían y estimaban en gran medida por parte de Luis Vives, Alfonso y Juan Valdés, Juan de Vergara, Luis Núñez Coronel, Damián de Goes. Los más decididos defensores de Erasmo fueron durante mucho tiempo los respectivos arzobispos de Toledo y Sevilla: Alonso de Fonseca y Alonso Manrique. Tras la muerte de Fonseca, se inició una intensa campaña contra Juan de Vergara y Bernardino de Tovar, que fueron hechos presos y procesados por el tribunal: de hecho sí defendían ideas colindantes con las de los alumbrados y protestantes. A la muerte de Erasmo en 1536 y del inquisidor general, Manrique en 1538, se prohibieron sus escritos
La inquisición nunca persiguió la verdadera cultura y el humanismo sano y ortodoxo: constantemente se protegían los hombres y las obras culturales en cuanto que no afectaban la pureza de la fe. Precisamente en los SS XV-XVI, cuando la inquisición española tuvo su mayor influjo, tuvo lugar el máximo apogeo de los grandes escritores eclesiásticos, de la literatura y artes de España.
Conviene ver algunos casos particulares:
-Francisco Sánchez, el Brocense: se le procesó no por haber sido un gran filólogo, sino por excederse en sus frases peligrosas contra los teólogos.
-Luis de Cadena, canciller de Alcalá: tuvo una sola denuncia, pero no huno proceso ninguno; se dirigió a París y allí se le nombró profesor en la Sorbona.
-Antonio de Nebrija: algunos teólogos lo tenían por sospechoso a causa de sus impugnaciones de la Vulgata, pero no tuvieron efecto, al gozar de la protección de Deza y Cisneros.
-Arias Montano, autor de la Biblia regia de Amberes: acusado por defender ideas rabínicas, pero la inquisición lo calificó favorablemente. No hubo proceso, sino que incluso se le encomendó la redacción del Índice de libros prohibidos de 1583.
-Fray Luis de León : procesado dos veces ; en ello tuvieron que ver la envidia de algunos doctores y las exageraciones del mismo Fr. Luis en la impugnación de la Vulgata. Pese a haber sido dura y desconsiderada, la inquisición lo absolvió, por lo que pudo escribir con toda libertad.
También se afirma que la Inquisición española persiguió a los místicos y a los santos. Pero precisamente en el período de mayor apogeo de la inquisición española se distinguieron como nunca los santos y escritores ascéticos y místicos en España. Pero es verdad que los inquisidores y los teólogos del S. XVI se dejaron llevar por un verdadero prejuicio contra la ascética y la mística, a lo que dieron ocasión los focos de alumbrados y falsos místicos. El resultado fue que a veces se persiguió la verdadera mística mas al fin reconocieron la inocencia de los verdaderos místicos y no fueron obstáculo para la santidad.
-San Ignacio de Loyola: se le procesó tres veces en Alcalá y una vez en Salamanca porque se le tenían sospechas de alumbrado. Pero no fue la inquisición, sino el tribunal diocesano el que siguió el proceso; se debió a un exceso de prevención, pues acababan de descubrirse los focos de alumbrados en Toledo, Guadalajara y Salamanca. Suscitaban por entonces ciertas sospechas ciertas prácticas de san Ignacio al igual que determinados excesos de sus seguidores. Sin embargo, siempre fue absuelto y logró dar seguimiento a su vida penitente y apostólica.
-Beato Juan de Ávila: después de muchas molestias inquisitoriales, logró seguir su vida de apostolado. Se puso en el Índice el "Audi, Filia" en 1559, mas no era obra de él, sino de un amigo, que a los apuntes del beato, había añadido diversas cosas por su cuenta. El tratado legítimo no estuvo nunca en el Índice.
-Fr. Luis de Granada: en el Índice de 1559 se incluyó su obra "Tratado de la oración" debido a algunas expresiones que podían favorecer la doctrina de los alumbrados. No se dudó de la buena intención del autor. Una vez que suprimió las expresiones, el libro circuló libremente, y no perdió nunca nada de su gran prestigio.
-Sn Fco. De Borja: se le presenta a menudo como una nueva víctima del terrorismo inquisitorial. Lo que de veras sucedió fue que en 1559 se condenó una obra que corría con su nombre, pero luego se descubrió claramente que se trataba de un volumen en el que se contenían tratados de varios autores: dos de ellos de Sn Fco. de Borja, mas no eran estos los que eran causa de la prohibición.
-Teresa de Jesús y Juan de la Cruz: la Inquisición no les amonestó nunca. En cuanto a Sta. Teresa, la princesa de Éboli entregó la autobiografía a los inquisidores que la aprobaron sin corrección ninguna. Más aún, tanto ella como todos sus escritos gozaron siempre del mayor prestigio. Tampoco ninguno de los escritos de san Juan de la Cruz fueron nunca objeto de sospecha por parte de la Inquisición. Algunos teólogos recelaban de ellos, pero la Inquisición hizo caso omiso de tales denuncias.
-Bartolomé de Carranza, arzobispo de Toledo: Carranza hubo de sufrir un proceso muy largo. En ello influyeron pasiones humanas, como los celos del inquisidor general Fernando de Valdés y la enemistad con su hermano de orden, Melchor Cano. Dichas vicisitudes hicieron que el proceso asumiera visos de odio y violencia; incluso intervino Felipe II. En el fondo sí había fundamento para el proceso, como se reconoció en Roma.
Termino citando el documento de la Congregación para la Doctrina de la fe "Memoria y reconciliación" sobre la Iglesia y sus culpas en el pasado.
link: Memoria y Reconciliación: La Iglesia y las Culpas del Pasado
JUICIO HISTÓRICO Y JUICIO TEOLÓGICO
La identificación de las culpas del pasado de las que enmendarse implica, ante todo, un correcto juicio histórico, que sea también en su raíz una valoración teológica. Es necesario preguntarse: ¿qué es lo que realmente ha sucedido?, ¿qué es exactamente lo que se ha dicho y hecho? Solamente cuando se ha ofrecido una respuesta adecuada a estos interrogantes, como fruto de un juicio histórico riguroso, podrá preguntarse si eso que ha sucedido, que se ha dicho o realizado, puede ser interpretado como conforme o disconforme con el Evangelio, y, en este último caso, si los hijos de la Iglesia que han actuado de tal modo habrían podido darse cuenta a partir del contexto en el que estaban actuando. Solamente cuando se llega a la certeza moral de que cuanto se ha hecho contra el Evangelio por algunos de los hijos de la Iglesia y en su nombre habría podido ser comprendido por ellos como tal, y en consecuencia evitado, puede tener sentido para la Iglesia de hoy hacer enmienda de culpas del pasado.
La relación entre «juicio histórico» y «juicio teológico» resulta, por tanto, compleja en la misma medida en que es necesaria y determinante. Se requiere, por ello, ponerla por obra evitando los desvaríos en un sentido y en otro: hay que evitar tanto una apologética que pretenda justificarlo todo, como una culpabilización indebida que se base en la atribución de responsabilidades insostenibles desde el punto de vista histórico. Juan Pablo II ha afirmado respecto a la valoración histórico-teológica de la actuación de la Inquisición: «El Magisterio eclesial no puede evidentemente proponerse la realización de un acto de naturaleza ética, como es la petición de perdón, sin haberse informado previamente de un modo exacto acerca de la situación de aquel tiempo. Ni siquiera puede tampoco apoyarse en las imágenes del pasado transmitidas por la opinión pública, pues se encuentran a menudo sobrecargadas por una emotividad pasional que impide una diagnosis serena y objetiva… Ésa es la razón por la que el primer paso
- La interpretación de la historia
Agrega mi firma a esta publicación.Contestaciones a esta publicación diríjalas a la dirección de arriba. Catholic.net | Indice de foros | Reglas para los foros | AyudaInvitar a alguien | Buscar en los foros | Contacto Copyright 2004 (c) Catholic Net, Inc. Todos los derechos reservados. ¿Cuáles son las condiciones de una correcta interpretación del pasado desde el punto de vista del conocimiento histórico? Para determinarlas hay que tener en cuenta la complejidad de la relación que existe entre el sujeto que interpreta y el pasado objeto de interpretación 65; en primer lugar se debe subrayar la recíproca extrañeza entre ambos. Eventos y palabras del pasado son ante todo «pasados»; en cuanto tales son irreductibles totalmente a las instancias actuales, pues poseen una densidad y una complejidad objetivas, que impiden su utilización únicamente en función de los intereses del presente. Hay que acercarse, por tanto, a ellos mediante una investigación histórico?crítica, orientada a la utilización de todas las info
En segundo lugar, entre el sujeto que interpreta y el objeto interpretado se debe reconocer una cierta copertenencia, sin la cual no podría existir ninguna conexión y ninguna comunicación entre pasado y presente; esta conexión comunicativa está fundada en el hecho de que todo ser humano, de ayer y de hoy, se sitúa en un complejo de relaciones históricas y necesita, para vivirlas, de una mediación lingüística, que siempre está históricamente determinada. ¡Todos pertenecemos a la historia! Poner de manifiesto la copertenencia entre el intérprete y el objeto de la interpretación, que debe ser alcanzado a través de las múltiples formas en las que el pasado ha dejado su testimonio (textos, monumentos, tradiciones…), significa juzgar si son correctas las posibles correspondencias y las eventuales dificultades de comunicación con el presente, puestas de relieve por la propia comprensión de las palabras o de los acontecimientos pasados; ello requiere tener en cuenta las cuestiones que motivan la investigación y su
Finalmente, entre quien interpreta y el pasado objeto de interpretación se realiza, a través del esfuerzo cognoscitivo y valorativo, una ósmosis («fusión de horizontes»), en la que consiste propiamente la comprensión. En ella se expresa la que se considera inteligencia correcta de los eventos y de las palabras del pasado; lo que equivale a captar el significado que pueden tener para el intérprete y para su mundo. Gracias a este encuentro de mundos vitales, la comprensión del pasado se traduce en su aplicación al presente: el pasado es aprehendido en las potencialidades que descubre, en el estímulo que ofrece para modificar el presente; la memoria se vuelve capaz de suscitar nuevo futuro.
A una ósmosis fecunda con el pasado se accede merced al entrelazamiento de algunas operaciones hermenéuticas fundamentales, correspondientes a los momentos ya indicados de la extrañeza, de la copertenencia y de la comprensión verdadera y propia. Con relación a un «texto» del pasado, entendido en general como testimonio escrito, oral, monumental o figurativo, estas operaciones pueden ser expresadas del siguiente modo: «1) comprender el texto, 2) juzgar la corrección de la propia inteligencia del texto y 3) expresar la que se considera inteligencia correcta del texto» 66. Captar el testimonio del pasado quiere decir alcanzarlo del mejor modo posible en su objetividad, a través de todas las fuentes de que se pueda disponer; juzgar la corrección de la propia interpretación significa verificar con honestidad y rigor en qué medida pueda haber sido orientada, o en cualquier caso condicionada, por la precomprensión o por los posibles prejuicios del intérprete; expresar la interpretación obtenida significa hacer a lo
- Indagación histórica y valoración teológica
Si estas operaciones están presentes en todo acto hermenéutico, no pueden faltar tampoco en la interpretación en que se integran juicio histórico y juicio teológico; ello exige, en primer lugar, que en este tipo de interpretación se preste la máxima atención a los elementos de diferenciación y extrañeza entre presente y pasado. En particular, cuando se pretende juzgar posibles culpas del pasado, hay que tener presente que son diversos los tiempos históricos y son diversos los tiempos sociológicos y culturales de la acción eclesial, por lo cual, paradigmas y juicios propios de una sociedad y de una época podrían ser aplicados erróneamente en la valoración de otras fases de la historia, dando origen a no pocos equívocos; son diversas las personas, las instituciones y sus respectivas competencias; son diversos los modos de pensar y los condicionamientos. Hay que precisar, por tanto, las responsabilidades de los acontecimientos y de las palabras dichas, teniendo en cuanta el hecho de que una petición eclesial de
En segundo lugar, la correlación de juicio histórico y juicio teológico debe tener en cuenta el hecho de que, para la interpretación de la fe, la conexión entre pasado y presente no está motivada solamente por los intereses actuales y por la común pertenencia de todo ser humano a la historia y a sus mediaciones expresivas, sino que se fundamenta también en la acción unificante del Espíritu de Dios y en la identidad permanente del principio constitutivo de la comunión de los creyentes, que es la revelación. La Iglesia, por razón de la comunión producida en ella por el Espíritu de Cristo en el tiempo y en el espacio, no puede dejar de reconocerse en su principio sobrenatural, presente y operante en todos los tiempos, como sujeto en cierto modo único, llamado a corresponder al don de Dios en formas y situaciones diversas por medio de las opciones de sus hijos, aun con todas las carencias que puedan haberlas caracterizado. La comunión en el único Espíritu Santo es el fundamento también diacrónico de una comunión
Gracias a este fundamento objetivo y trascendente de la comunión del pueblo de Dios en sus varias situaciones históricas, la interpretación creyente reconoce al pasado de la Iglesia un significado totalmente peculiar para el momento presente: el encuentro con ese pasado, que se produce en el acto de la interpretación, puede revelarse cargado de particulares valencias para el presente, rico en una eficacia performativa que no siempre puede calcularse de modo previo. Obviamente, el carácter fuertemente unitario del horizonte hermenéutico y del sujeto eclesial interpretante deja más fácilmente expuesta la consideración teológica al riesgo de ceder a lecturas apologéticas o instrumentales; es aquí donde el ejercicio hermenéutico dirigido a aprehender los sucesos y las palabras del pasado y a medir la corrección de su interpretación para el presente se hace más necesario. La lectura creyente se servirá con tal objetivo de todas las aportaciones que puedan ofrecer las ciencias históricas y los métodos de interpret
CAPÍTULO V
DISCERNIMIENTO ÉTICO
Para que la Iglesia realice un adecuado examen de conciencia histórico delante de Dios, con vistas a la propia renovación interior y al crecimiento en la gracia y en la santidad, es necesario que sepa reconocer las «formas de antitestimonio y de escándalo» que se han presentado en su historia, en particular durante el último milenio. No es posible llevar a cabo una tarea semejante sin ser conscientes de su relevancia moral y espiritual. Ello exige la definición de algunos términos clave, además de la formulación de algunas precisiones necesarias en el plano ético.
- Algunos criterios éticos
En el plano moral, la petición de perdón presupone siempre una admisión de responsabilidad, y precisamente de la responsabilidad relativa a una culpa cometida contra otros. La responsabilidad moral normalmente se refiere a la relación entre la acción y la persona que la realiza; establece la pertenencia de un acto, su atribución, a una persona concreta o a más personas. La responsabilidad puede ser objetiva o subjetiva: la primera se refiere al valor moral del acto en sí mismo en cuanto bueno o malo, y por tanto a la imputabilidad de la acción; la segunda se refiere a la percepción efectiva por parte de la conciencia individual, de la bondad o malicia del acto realizado. La responsabilidad subjetiva cesa con la muerte de quien ha realizado el acto: no se transmite por generación, por lo que los descendientes no heredan la responsabilidad (subjetiva) de los actos de sus antepasados. En tal sentido, pedir perdón presupone una contemporaneidad entre aquellos que son ofendidos por una acción y aquellos que la ha
En tal contexto se puede hablar de una solidaridad que une el pasado y el presente en una relación de reciprocidad. En ciertas situaciones, el peso que cae sobre la conciencia puede ser tan pesado que constituye una especie de memoria moral y religiosa del mal cometido, que es por su naturaleza una memoria común: ésta testimonia de modo elocuente la solidaridad objetivamente existente entre quienes han hecho el mal en el pasado y sus herederos en el presente. Es entonces cuando resulta posible hablar de una responsabilidad común objetiva. Del peso de tal responsabilidad se nos libera, ante todo, implorando el perdón de Dios por las culpas del pasado, y por tanto, cuando se da el caso, a través de la purificación de la memoria, que culmina en el perdón recíproco de los pecados y de las ofensas en el presente.
Purificar la memoria significa eliminar de la conciencia personal y común todas las formas de resentimiento y de violencia que la herencia del pasado haya dejado, sobre la base de un juicio histórico-teológico nuevo y riguroso, que funda un posterior comportamiento moral renovado. Esto sucede cada vez que se llega a atribuir a los hechos históricos pasados una cualidad diversa, que comporta una incidencia nueva y diversa sobre el presente con vistas al crecimiento de la reconciliación en la verdad, en la justicia y en la caridad entre los seres humanos y, en particular, entre la Iglesia y las diversas comunidades religiosas, culturales o civiles con las que entra en relación. Modelos emblemáticos de esta incidencia que puede tener un posterior juicio interpretativo autorizado sobre la vida entera de la Iglesia son la recepción de los concilios, o actos como la abolición de los anatemas recíprocos, que expresan una nueva cualificación de la historia pasada en condiciones de producir una caracterización distin
La combinación de juicio histórico y juicio teológico en el proceso interpretativo del pasado queda unida aquí a las repercusiones éticas que puede tener en el presente, y que implican algunos principios, correspondientes en el plano moral a la fundación hermenéutica de la relación entre juicio histórico y juicio teológico. Estos principios son:
a) El principio de conciencia
La conciencia, tanto como juicio moral cuanto como imperativo moral, constituye la valoración última de un acto en relación con su bondad o maldad ante Dios. En efecto, tan sólo Dios conoce el valor moral de cada acto humano, aun cuando la Iglesia, como Jesús, pueda y deba clasificar, juzgar y en ocasiones condenar algunos tipos de comportamiento (cf. Mt 18,15-18).
b) El principio de historicidad
Precisamente en cuanto cada acto humano pertenece a quien lo hace, cada conciencia individual y cada sociedad elige y actúa en el interior de un determinado horizonte de tiempo y espacio. Para comprender de verdad los actos humanos y los dinamismos a ellos unidos, deberemos entrar, por tanto, en el mundo propio de quienes los han realizado; solamente así podremos llegar a conocer sus motivaciones y sus principios morales. Y esto se afirma sin perjuicio de la solidaridad que vincula a los miembros de una específica comunidad en el discurrir del tiempo.
c) El principio de cambio de «paradigma»
Mientras que antes de la llegada del Iluminismo existía una especie de ósmosis entre Iglesia y Estado, entre fe y cultura, moralidad y ley, a partir del siglo XVIII esta relación ha quedado notablemente modificada. El resultado es una transición de una sociedad sacral a una sociedad pluralista o, como ha sucedido en algunos casos, a una sociedad secular; los modelos de pensamiento y de acción, los llamados paradigmas de acción y de valoración, van cambiando. Semejante transición tiene un impacto directo sobre los juicios morales, aun cuando este influjo no justifica en modo alguno una idea relativista de los principios morales o de la naturaleza de la misma moralidad.
El proceso entero de la purificación de la memoria, en cuanto exige la correcta combinación de valoración histórica y de mirada teológica, ha de ser vivido por parte de los hijos de la Iglesia no sólo con el rigor que tiene en cuenta de modo preciso los criterios y los principios indicados, sino también con una continua invocación de la asistencia del Espíritu Santo, para no caer en el resentimiento o en la autoflagelación y llegar más bien a la confesión del Dios cuya «misericordia va de generación en generación» (Lc 1,50), que quiere la vida y no la muerte, el perdón y no la condena, el amor y no el temor. En este punto se debe poner igualmente en evidencia el carácter de ejemplaridad que la honesta admisión de las culpas pasadas puede ejercer sobre las mentalidades en la Iglesia y en la sociedad civil, reclamando un compromiso renovado de obediencia a la Verdad y de respeto consiguiente hacia la dignidad y los derechos de los otros, especialmente de los más débiles. En tal sentido, las numerosas peticione
A la luz de estas clarificaciones en el plano ético se pueden ahora profundizar algunos ejemplos, entre los cuales se encuentran los mencionados en la Tertio millennio adveniente 69, en los que el comportamiento de los hijos de la Iglesia parece haber estado en contradicción con el Evangelio de Jesucristo de un modo significativo.
- La división de los cristianos
La unidad es la ley de la vida del Dios trinitario revelado al mundo por el Hijo (cf. Jn 17,21), el cual, en la fuerza del Espíritu Santo, amando hasta el extremo (Jn 13,1), hace participar de esta vida a los suyos. Esta unidad deberá ser la fuente y la forma de la comunión de vida de la humanidad con el Dios trino. Si los cristianos viven esta ley de amor mutuo, de modo que sean uno «como el Padre y el Hijo son uno», se conseguirá que «el mundo crea que el Hijo ha sido enviado por el Padre» (Jn 17,21) y que «todos sepan que ellos son mis discípulos» (Jn 13,35). Desgraciadamente no ha sucedido así, particularmente en este milenio que llega a su fin, en el cual han aparecido entre los cristianos grandes divisiones, en abierta contradicción con la voluntad expresa de Cristo, como si Él mismo hubiese sido dividido (cf. 1 Cor 1,13). El Concilio Vaticano II juzga este hecho con las siguientes palabras: «Tal división contradice abiertamente la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña a la santísima
Las principales escisiones que durante el pasado milenio «han afectado a la túnica inconsútil de Cristo» 71 son el cisma entre las Iglesias de Oriente y de Occidente al comienzo de este milenio y, en Occidente, cuatro siglos más tarde, la laceración causada por aquellos acontecimientos «que reciben comúnmente el nombre de Reforma» 72. Es verdad que «estas diversas divisiones difieren mucho entre sí, no sólo por razón de su origen, lugar y tiempo, sino, sobre todo, por la naturaleza y gravedad de las cuestiones relativas a la fe y a la estructura eclesiástica» 73. En el cisma del siglo XI jugaron un papel importante factores de carácter social e histórico, mientras que el aspecto doctrinal se refería a la autoridad de la Iglesia y al Obispo de Roma, una materia que en aquel momento no había alcanzado la claridad con la que se presenta hoy gracias al desarrollo doctrinal de este milenio. Con la Reforma, por el contrario, fueron objeto de controversia otros campos de la revelación y de la doctrina.
La vía que se ha abierto para superar estas diferencias es la del diálogo doctrinal animado por el amor mutuo. Común a ambas laceraciones parece haber sido la falta de amor sobrenatural, de agape. Desde el momento en que esta caridad es el mandamiento supremo del Evangelio, sin el cual todo lo demás es solamente «bronce que resuena o címbalo que retiñe» (1 Cor 13,1), una carencia semejante ha de ser considerada con toda seriedad delante del Resucitado, Señor de la Iglesia y de la historia. Basándose en el reconocimiento de esta carencia, el papa Pablo VI ha pedido perdón a Dios y a los «hermanos separados» que se sintiesen ofendidos «por nosotros» (la Iglesia católica) 74.
En 1965, en el clima producido por el Concilio Vaticano II, el patriarca Atenágoras en su diálogo con Pablo VI puso de relieve el tema de la restauración (apokatastasis) del amor mutuo, esencial después de una historia tan cargada de contraposiciones, de desconfianza recíproca y de antagonismos 75. Lo que estaba en juego era un pasado que aún ejercía su influencia a través de la memoria: los acontecimientos de 1965 (culminados el 7 de diciembre de 1965 con la supresión de los anatemas de 1054 entre Oriente y Occidente) representan una confesión de la culpa contenida en la precedente exclusión recíproca, capaz de purificar la memoria y de generar una nueva. El fundamento de esta nueva memoria no puede ser más que el amor recíproco o, mejor, el compromiso renovado para vivirlo. Éste es el mandamiento ante omnia (1 Pe 4,8) para la Iglesia, en Oriente como en Occidente. De este modo la memoria libera de la prisión del pasado e invita a católicos y a ortodoxos, como también a católicos y protestantes, a ser los a
Particularmente relevante en relación con el camino hacia la unidad puede resultar la tentación a dejarse guiar, o hasta determinar, por factores culturales, por condicionamientos históricos o por prejuicios que alimentan la separación y la desconfianza recíproca entre cristianos, aunque nada tengan que ver con las cuestiones de fe. Los hijos de la Iglesia deben examinar su conciencia con seriedad para ver si están activamente comprometidos en la obediencia al imperativo de la unidad y viven la «conversión interior», «porque los deseos de unidad brotan y maduran como fruto de la renovación de la mente, de la abnegación de sí mismo y de una efusión libérrima de la caridad» 76. En el período transcurrido desde la conclusión del Concilio hasta hoy la resistencia a su mensaje ciertamente ha entristecido al Espíritu de Dios (Ef 4,30). En la medida en que algunos católicos se complacen en permanecer ligados a las separaciones del pasado, sin hacer nada por remover los obstáculos que impiden la unidad, se podría ha
- El uso de la violencia al servicio de la verdad
Al antitestimonio de la división entre los cristianos hay que añadir el de las ocasiones en que durante el pasado milenio se han utilizado medios dudosos para conseguir fines buenos, como la predicación del Evangelio y la defensa de la unidad de la fe: «Otro capítulo doloroso sobre el que los hijos de la Iglesia deben volver con ánimo abierto al arrepentimiento está constituido por la aquiescencia manifestada, especialmente en algunos siglos, con métodos de intolerancia y hasta de violencia en el servicio a la verdad» 78. Se refiere con ello a las formas de evangelización que han empleado instrumentos impropios para anunciar la verdad revelada o no han realizado un discernimiento evangélico adecuado a los valores culturales de los pueblos o no han respetado las conciencias de las personas a las que se presentaba la fe, e igualmente a las formas de violencia ejercidas en la represión y corrección de los errores.
Una atención análoga hay que prestar a las posibles omisiones de que se hayan hecho responsables los hijos de la Iglesia, en las más diversas situaciones de la historia, respecto a la denuncia de injusticias y de violencias: «Está también la falta de discernimiento de no pocos cristianos respecto a situaciones de violación de los derechos humanos fundamentales. La petición de perdón vale por todo aquello que se ha omitido o callado a causa de la debilidad o de una valoración equivocada, por lo que se ha hecho o dicho de modo indeciso o poco idóneo».
Como siempre, resulta decisivo establecer la verdad histórica mediante la investigación histórico-crítica. Una vez establecidos los hechos, será necesario evaluar su valor espiritual y moral e igualmente su significado objetivo. Solamente así será posible evitar cualquier tipo de memoria mítica y acceder a una adecuada memoria crítica, capaz, a la luz de la fe, de producir frutos de conversión y de renovación: «De aquellos rasgos dolorosos del pasado emerge una lección para el futuro, que debe empujar a todo cristiano a afianzarse en el principio áureo fijado por el Concilio: "La verdad no se impone más que por la fuerza de la verdad misma, que penetra en las mentes de las personas".
por Makf | 1 Abr, 2026 | Apologética 4
Autor: Catholic.net
El Rosario forma parte de la mejor y más reconocida tradición de la contemplación cristiana.
Mito 21. El rezo del Rosario fue introducido por Pedro el Hermitaño, en el año 1090 A.D. Copiado de los Hindús y de Mahometanos en 1090 A.D. La repetición de rezos es una práctica pagana y claramente es condenada por Cristo (Mat. 6:5-13)
Refutación:
El contexto de Mt 6,5-13 muestra claramente que Cristo no se refiere al rezo del rosario (es otro anacronismo, que por lo demás no es una práctica pagana).
Hay una cosa que debemos recordar y que es la frase de este versículo: “Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles” (Reina Valera), el original griego pone προσευχοµενοι δε µη ßατταλογησητε ωπερ οι εθνικοι δοκουσιν γαρ οτι εν τε πολυλογια αυτων εισακουσθησονται. Una mejor traducción sería: “Mas, orando, no parloteéis como los gentiles, pues creen que en la abundancia de sus palabras serán oídos”.
Por lo tanto, no se refiere Cristo a la repetición de rezos, sino a la creencia de que por la verborrea el dios oirá al gentil. El verbo “battalogeo” es probablemente una onomatopeya, que deriva de batallos / battos, tartamudo.
El hecho es que Cristo dio orden a los discípulos de rezar el Padrenuestro, y desde entonces la Iglesia católica lo ha hecho fiel a su mandato, es decir, ha seguido rezando con la oración que Él enseñó a los discípulos (Mt 6,9; Lc 11,2). ¿Cómo puede contradecirse Cristo que impide se repitan rezos por un lado, mas por otro da la orden de rezar el padrenuestro? Por otro lado, Cristo mismo en Getsemaní repitió varias veces las mismas palabras con que pedía al Padre que si fuera posible le librara de esa hora, pero que se hiciera su voluntad: “Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.
Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad. Vino otra vez y los halló durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño.Y dejándolos, se fue de nuevo, y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras(Mt 26,39-44).
Asimismo, la repetición de palabras en oraciones e himnos está presente en la Biblia, como es la presencia del “aleluya”:
Salmo 113,9:Él hace habitar en familia a la estéril, Que se goza en ser madre de hijos. Aleluya.
Sl 15,8: Pero nosotros bendeciremos al Señor desde ahora y para siempre.Aleluya.
Sl 116,19: En los atrios de la casa del Señor, En medio de ti, oh Jerusalén. Aleluya.
Sl 117,1-2 Alabad al Señor, naciones todas; Pueblos todos, alabadle. Porque ha engrandecido sobre nosotros su misericordia, Y la fidelidad de Jehová es para siempre. Aleluya.
Ap 19,1-6:
Después de esto oí una gran voz de gran multitud en el cielo, que decía: ¡Aleluya! Salvación y honra y gloria y poder son del Señor Dios nuestro;
2 porque sus juicios son verdaderos y justos; pues ha juzgado a la gran ramera que ha corrompido a la tierra con su fornicación, y ha vengado la sangre de sus siervos de la mano de ella.
3 Otra vez dijeron: ¡Aleluya! Y el humo de ella sube por los siglos de los siglos.
4 Y los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes se postraron en tierra y adoraron a Dios, que estaba sentado en el trono, y decían: ¡Amén! ¡Aleluya!
5 Y salió del trono una voz que decía: Alabad a nuestro Dios todos sus siervos, y los que le teméis, así pequeños como grandes.
6 Y oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!
El hecho de que se utilice una cuerda con cuentecillas o nudos para contar es algo común a cualquier pueblo. En dado caso, deberíamos quitar a los niños el ábaco con el que aprenden a contar, o deberíamos proscribir el empleo del Apocalipsis, que emplea el verbo típico para contar con piedrecillas o guijarros como es psefizo (Ap 13,18, cf Ap 2,17). El hecho es que no sólo los católicos emplean el rosario, sino también los monjes ortodoxos y aun algunos anglicanos.
En el Islalm se trata de un conjunto de entre 33 y 99 granos de ámbar para recitar los 99 nombres de Alláh. Se emplea entre hinduistas y budistas se trata de 108 granos (112 del budismo japonés). En el budismo los granos indican los 108 pecados de la humanidad.
Ahora bien, quisiera aclarar que en los diversas obras que he consultado, no se indica que Pedro el ermitaño se resintiera de influjo mahometano, budista o hindú; pero es que tampoco se dice que fue él quien introdujo el rezo del rosario. Pedro el ermitaño era de Amiens. Parece que fue primero soldado y luego se hizo eremita.
El año 1095 se hizo artífice de una de las campañas militares más desafortunadas de la historia. Hizo, en efecto, a la población francesa llamados vigorosos en favor de la cruzada. Se le sumó todo tipo de personas (se habla aun de mujeres y niños). El 1096 llegaron a Constantinopla, pero fueron exterminados por los turcos, pero Pedro sobrevivió a la reyerta. El año 1099 Pedro se adhirió a las huestes acaudilladas por Godofredo de Bouillón en la conquista di Jerusalén. El año siguiente regresó a Europa y fundó la abadía de Neufmoûtier en Bélgica.
Según otras fuentes, sin embargo, parece que la práctica del rosario inició en el S. XII como oración sustitutiva de los 150 salmos en los monasterios para los monjes iletrados. El hecho es que es también medieval la tradición de llamar a María “Rosa mística”, al tiempo que ha sido común adornar sus imágenes con corona de rosas, o se le canta como “jardín de rosas” (“rosarium” en latín). Los monjes se servían, pues, para contar las avemarías de granos enhebrados o nudos hechos en cuerdas.
En el S. XIII en Inglaterra el abad Étoienne de Sallai escribe unas meditaciones en que aparecen los 15 gozos de la Virgen, y cada uno terminaba con un avemaría.
En el S. XIV el cartujo Enrique de Kalkar subdividió el conjunto de las 150 avemarías en 15 decenas, insertando un padrenuestro entre decena y decena.
Sea lo que sea, quien más contribuyó a su propagación fue Santo Domingo de Guzmán, motivado sobre todo por la herejía albigenese a la que combatió con la devoción al rosario. En tiempos de Santo Domingo se relataban los misterios evangélicos y hacía recitar a los oyentes las avemarías. Lo que no lograba el predicados con sus “buenos” esfuerzos, lo insinuaba el avemaría en el interior de cada fiel.
La estructura actual se remonta sobre todo al XV gracias a los dominicos Alain de Rochelle en Flandes, Santiago de Sprenger y Félix Fabre en Colonia. Desde entonces se propaga la práctica del rosario con aprobaciones pontificias y cofradías.
Nadie mejor que el Papa Juan Pablo II para explicar el sentido del rezo del Rosario y su fuerte carga evangélica: Rosarium Virginis Mariae
por Makf | 1 Abr, 2026 | Apologética 4
Autor: Catholic.net
El Celibato Sacerdotal, que la Iglesia custodia desde hace siglos como perla preciosa, conserva todo su valor también en nuestro tiempo, caracterizado por una profunda transformación de mentalidades y de estructuras.
Mito 20. El celibato del sacerdocio fue decretado por el Papa Hildebrand, Bonifacio VII, en el año 1079 A.D.
Jesús nunca impuso semejante regla, tampoco ninguno de los apóstoles. Al contrario, el Apóstol Pedro era un hombre casado, y el Apóstol Pablo dice que los obispos deben tener esposa e hijos. (1 Tim. 3:2,5 y12; Mat. 8:14-15)
Refutación
Es curioso que se hable del Papa Hildebrand y no Hildebrando y que se emplee la abreviación común en inglés para AD, cuando se indica el supuesto decreto de dicho Papa (1079). ¿Ojalá alguien dijera por qué…
Sobre este tema se ha hablado hasta la saciedad en el foro de Catholic.net.
El evangelio habla de la suegra de Pedro, pero no de su esposa ni de sus hijos. Cabe pensar que era viudo. El evangelio de hecho nos dice que los discípulos lo dejan todo para seguir a Jesús (Lc 5,11.28). ¿Cabría pensar que Jesús va a romper el vínculo matrimonial de Pedro para hacerlo su apóstol?
Vuelvo a colocar una respuesta que ofrecí no hace mucho.
Las citas donde figura la afirmación de que el obispo sea "mias gynaikos andra" (marido de una sola mujer) son 1Tim 3,2 [en 3,12 se dice lo mismo de los diáconos], Tito 1,6.
Aquí van (Reina Valera):
1Tim 3,2-13
2 Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar;
3 no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro;
4 que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad
5 (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?);
6 no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo.
7 También es necesario que tenga buen testimonio de los de afuera, para que no caiga en descrédito y en lazo del diablo.
8 Los diáconos asimismo deben ser honestos, sin doblez, no dados a mucho vino, no codiciosos de ganancias deshonestas;
9 que guarden el misterio de la fe con limpia conciencia.
10 Y éstos también sean sometidos a prueba primero, y entonces ejerzan el diaconado, si son irreprensibles.
11 Las mujeres asimismo sean honestas, no calumniadoras, sino sobrias, fieles en todo.
12 Los diáconos sean maridos de una sola mujer, y que gobiernen bien sus hijos y sus casas.
13 Porque los que ejerzan bien el diaconado, ganan para sí un grado honroso, y mucha confianza en la fe que es en Cristo Jesús.
Tito 1,5-9
5 Por esta causa te dejé en Creta, para que corrigieses lo deficiente, y establecieses ancianos en cada ciudad, así como yo te mandé;
6 el que fuere irreprensible, marido de una sola mujer, y tenga hijos creyentes que no estén acusados de disolución ni de rebeldía.
7 Porque es necesario que el obispo sea irreprensible, como administrador de Dios; no soberbio, no iracundo, no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas,
8 sino hospedador, amante de lo bueno, sobrio, justo, santo, dueño de sí mismo,
9 retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen.
La expresión se ha interpretado de 4 maneras diversas:
[1] Ha de estar casado: ha de rechazarse, ya que el énfasis de la frase recae sobre la palabra "mia" (una sola) y no sobre el estado marital; en tal caso ni Pablo ni Tímoteo pueden ser obispos. Va contra la enseñanza de Pablo en 1Cor 7,17; 25-38; asimismo, para que este modo de razonar sea coherente, requeriría que el obispo tuviera más de un hijo, ya que "tekna" (hijos) es un plural; y la mayoría de los adultos estaban casados, de suerte que sería un punto igualmente conflictivo.
[2] No ha de ser polígamo: al parecer ésta es la interpretación más plausible. Es el mejor más natural de comprender "mias gynaikos", la poligamia existía en el judaísmo (Josefo Aant 17,12, pár 14; Justino, Diálogo con Trifón 134; Strack Billerbeck 3: 647-50), de suerte que las leyes rabínicas lo regulan (Sanh 2.4; m. Yeb 4.11; m. Qid 2.7…). Otro hecho que ha de tomarse en cuenta es la frecuencia de la infidelidad matrimonial en el ambiente cultural no sólo del Asia Menor, sino del imperio. Aun en el caso de que los judíos fueran polígamos, no hay evidencia de que los cristianos lo fueran, pero las siguientes dos interpretaciones incluirían consigo esta interpretación.
[3] Ha de ser fiel a su esposa aun en el caso de que se hubiera divorciado: de ser así, se pide del obispo que sea ejemplo de moralidad estricta. De este modo, cabría concebir la posibilidad de que el obispo se pudiera casar tras la muerte, divorcio o posible adulterio, pero la prohibición de poligamia e inmoralidad sexual seguiría en pie. La fidelidad marital goza de la ventaja de que es de todos modos un requisito, y ello estaría en paralelismo con las aseveraciones positivas del versículo.
[4] No ha de volver a casarse o divorciarse, y ésta era la postura de la Iglesia primitiva. Aunque hay modos más claros para especificar un solo matrimonio, ésta se presenta como la lectura más fáicil; en la Iglesia primitiva hay una amplia evidencia de que se veía el celibato después de la muerte de la esposa como una elección meritoria:
Clemente de Alejandría, Stromata 3.1. Los montanistas consideraban la prohibición de las segundas nupcias un artículo de fe; Atenágoras (+ 177) las consideraba una especie de adulterio; Tertuliano en el De Pudicitia, 8, decía que si bien la ley permitía un segundo matrimonio, no todo legal es conveniente. El Pastor de Hermas (Mand 4.1) dice que si un hombre se ha divorciado de su esposa infiel y se casa, comete una apostasía. Si la esposa de uno muere, el viudo puede casarse, pero si permanece sin casarse, se habrá investido de un honor mayor.
Conviene recordar algunos puntos: en la Iglesia de los orígenes, aun dentro de una mentalidad de preferencia acentuada por el celibato «con vistas al Reino de los cielos», el ministerio presbiteral no estaba vinculado a la obligación del celibato, a partir del s. IV se introduce esta ley como norma disciplinar la para los presbíteros de la Iglesia latina, con decretos aprobados por los concilios de Elvira (306) y de Roma (386). Esta ley canónica encontró una confirmación a lo largo de los siglos y, en nuestros días, en particular con el decreto Presbyterorum ordinis del Vaticano II y con la carta apostólica Sacerdotalis coelibatus de Pablo VI.
Conviene recordar lo que la Iglesia católica enseña acerca del celibato en el Nuevo Catecismo
1578 Nadie tiene derecho a recibir el sacramento del Orden. En efecto, nadie se arroga para sí mismo este oficio. Al sacramento se es llamado por Dios (cf Hb 5,4).
Quien cree reconocer las señales de la llamada de Dios al ministerio ordenado, debe someter humildemente su deseo a la autoridad de la Iglesia a la que corresponde la responsabilidad y el derecho de llamar a recibir este sacramento. Como toda gracia, el sacramento sólo puede ser recibido como un don inmerecido.
1579 Todos los ministros ordenados de la Iglesia latina, exceptuados los diáconos permanentes, son ordinariamente elegidos entre hombres creyentes que viven como célibes y que tienen la voluntad de guardar el celibato "por el Reino de los cielos" (Mt 19,12). Llamados a consagrarse totalmente al Señor y a sus "cosas" (cf 1 Co 7,32), se entregan enteramente a Dios y a los hombres. El celibato es un signo de esta vida nueva al servicio de la cual es consagrado el ministro de la Iglesia; aceptado con un corazón alegre, anuncia de modo radiante el Reino de Dios (cf PO 16).
1580 En las Iglesias Orientales, desde hace siglos está en vigor una disciplina distinta: mientras los obispos son elegidos únicamente entre los célibes, hombres casados pueden ser ordenados diáconos y presbíteros. Esta práctica es considerada como legítima desde tiempos remotos; estos presbíteros ejercen un ministerio fructuoso en el seno de sus comunidades (cf PO 16). Por otra parte, el celibato de los presbíteros goza de gran honor en las Iglesias Orientales, y son numerosos los presbíteros que lo escogen libremente por el Reino de Dios. En Oriente como en Occidente, quien recibe el sacramento del Orden no puede contraer matrimonio.
Finalmente, ¿qué fue lo que ocurrió el año 1079? Entonces era Papa no Bonifacio VII, sino Gregorio VII. Se llamaba Hildebrando y era originario de la Toscana (zona de Florencia). Era un hombre dotado de habilidad, determinación y experiencia nada comunes, y de gran altura intelectual.
El meollo de su programa en la sede de Pedro fue la reforma. Se esforzó por restableder el gobierno eclesiástico, contra los abusos morales en la Iglesia y contra el dominio de algunos laicos; lo llevó a cabo con sínodos cuaresmales (1074-1075) y confirmando los decretos de sus predecesores contra el matrimonio de los clérigos y la simonía. Ello le granjeó la desestima de muchos, sobre todo en Francia y Alemania, que se doblegaron gracias a los legados que logró enviar a tales regiones de Europa.
Prohibió asimismo las investiduras laicales (ingerencia de laicos en los nombramientos eclesiásticos), lo que trajo consigo no poca tirantez con Enrique IV…
por Makf | 1 Abr, 2026 | Apologética 4
Autor: Catholic.net
«Cuantas veces se renueva sobre el altar el sacrificio de la cruz, en que nuestra Pascua, Cristo, ha sido inmolado (1Cor 5,7), se efectúa la obra de nuestra redención».
Mito 19 : La misa fue desarrollada gradualmente como sacrificio; el asistir a la misa se hizo obligatoria.
La Biblia enseña que el sacrificio de Cristo fue ofrecido una sola vez para siempre para nunca ser repetido, sino solamente ser conmemorado en la Santa Cena. (Heb.7:27; 9:26-28; 10:10-14)
Refutación:
En este enunciado hay una afirmación que deja muy perplejo al que la lee: ¿la Biblia enseña que el sacrificio fue ofrecido para ser conmemorado en la santa cena? En las citas que se colocan de la carta a los Hebreos no se dice eso, por un lado. Por otro lado, sus afirmaciones se dirigen contra ellos mismos: si se trata de un único sacrificio y si ¿cómo es que Cristo hace presente su sacrificio en la cena de Pascua su pasión por las referencias al cuerpo partiro y la sangre derramada?
¿Cómo se puede hablar de conmemoración de las palabras de Cristo en la santa cena si no se puede conmemorar el sacrificio precisamente teniendo como base los textos de la Escritura que ellos citan? Si Cristo se ofreció a sí mismo una vez para siempre, ¿qué necesidad hay de conmemorarlo? Sólo cabe una respuesta plausible: la negación de la Misa como sacrificio no es bíblica; es una tradición protestante más. Esto es seguir tradiciones de hombres.
Ahora veamos lo que dicen las diversas citas que el mito recoge para constatar que no prueban ni confirman lo que el mito enuncia.
Hebreos 7,27
Que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.
Hebreos 9,26-28
De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado. Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan.
Hebreos 10,10-14
En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre. Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados; pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.
En segundo lugar, conviene recordar que la Iglesia no dice que el sacrificio de Cristo ha de ser repetido; más bien ella obedece el mandato de Cristo de hacer eso en memoria suya por medio de sus sacerdotes. Se trata de un único sacrificio, que no es repetición, sino que se hace presente en cada celebración eucarística, celebrada válidamente por los ministros de la Iglesia que han recibido la imposición de las manos conforme a la sucesión apostólica.
Entre las palabras que Cristo pronunció durante la fiesta de Pascua a parece el término "anámnesis" (Lc 22,19; 1Cor 11,24-25) y que se remonta al zikkaron hebreo; zikkaron proviene de la raíz de zkr y que en griego corresponde a la raíz minnesko o mimnemi, y que en la Escritura no indica un mero recuerdo sino la presencia del mismo Dios -el hoy de Dios se hace presente- con las mismas gracias y beneficios con que se hizo presente la noche del Éxodo.
El memorial es un hacer presente las hazañas realizadas en el pasado por parte de Dios, fiel a sí mismo, y a su designio salvífico. El memorial por excelencia era la Pascua. Por la consumación de los alimentos pascuales los judíos podían revivir los acontecimientos salvíficos de la salida de Egipto. Se hacían así contemporáneos de sus padres. Se daba una especie de fusión de dos tiempos de la historia, el presente y la salida de Egipto en la comida pascual (cf Ex 12,14;13,3-10; Dt 13,3). Cristo en la institución de la Eucaristía emplea el término "memorial" cuando da la orden: touto poieite eis ten emen anámnesin: "Haced esto en conmemoración mía".
Ya que la Misa es memorial del sacrificio en la cruz, cabría hacer algunas preguntas. ¿Cómo es que Juan presenta a Cristo crucificado como el cordero pascual: a la frase "no quebrantarán ninguno de sus huesos" (Jn 19,35; cf Éxodo 12,46) se han de sumar otros detalles relevantes como la alusión a la "rama de hisopo" (Jn 19,29; cf Éxodo 12,22); y a la condena de que Cristo Cristo es objeto por parte de Pilato en el momento en que los corderos eran sacrificados en el templo (Jn 29,14-15). ¿Cómo es que en el Apocalipsis donde se presenta la liturgia celeste, Él aparezca como cordero de pie como degollado? ¿Por qué, si la Misa fue desarrollada gradualmente como sacrificio, encontramos estos indicios sobre el sacrificio en la Escritura misma y en el Apocalipsis en contextos litúrgicos (Ap 5,1-14)?
En cuanto a las citas de los padres, me limito a preguntar por qué Justino en el Diálogo con Trifón (117,2; PG 478) habla de los sacrificios que realizan los cristianos en conmemoración de la pasión que por ellos sufrió el Hijo de Dios. ¿Cómo es que Orígenes ante el carácter de memorial que tenían los panes de la proposición coloca el pan eucarístico, cuya eficacia propiciatoria no tiene parangón: "Y si miras aquella conmemoraciónd e la cual dice el Señor ´haced esto en memoria mía´ encontrarás que es la única conmemoración que hace que Dios sea propicio a los hombres?" (Hom 13,3; PG 12, 547).
¿Cómo es que Cipriano en su carta a Cecilio habla de la Eucaristía como sacramento de la pasión de Cristo: "El sacrificio que Cristo ofreció al Padre mandó que se hiciese en su conemoración, de suerte que el sacerdote hace las veces de Cristo, imitando lo que Cristo hizo y ofreciendo así un sacrificio verdadero y pleno para Dios en la Iglesia. Y dado que hacemos mención de todos los sacrificios de su pasión, pues la pasión es el sacrificio del Señor que ofrecemos, no debemos hacer otra cosa diversa de lo que Él realizó" (Carta 63,14.17; PL 4,383.387)?
En cuanto a esta afirmación: "el asistir a la misa se hizo obligatorio en el siglo once", me limito a preguntar, ¿cuándo se hizo obligatorio el asistir a la "santa cena" protestante concebida gradualmente como no sacrificio de Cristo en la cruz, ya que no está en la Biblia? ¿Cómo es que la santa cena tiene lugar el domingo, si quien estipuló el domingo como día de descanso fue Constantino?
¿Se ha de pensar que los protestantes evangélicos se resienten del influjo de Constantino? Curioso, ¿no?