18. Mito: El bebe tiene alma hasta que tiene cerebro

Autor: Oscar Fernández Espinoza de los Monteros 

18 MITO. Los teólogos, como parte del Magisterio de la Iglesia, están volviendo a conceptos teológicos formulados por San Agustín y Santo Tomás de Aquino, según los cuáles, Dios dota de alma a la vida prenatal sólo cuando tiene un cuerpo reconociblemente humano.

Si ellos hubieran tenido acceso a los conocimientos actuales, habrían ampliado su doctrina y enseñado que Dios dota al feto de un alma cuando el cerebro ya está desarrollado.

REALIDAD. El Magisterio de la Iglesia está representado por el Papa, o por un Concilio aprobado por el Romano Pontífice, y por los Obispos en comunión con él; los teólogos no forman, por sí mismos, parte de ese Magisterio.

Santo Tomás de Aquino, que desconocía (siglo XIII) la genética y la existencia de los cromosomas, adoptó respecto al feto, la opinión de la animación retardada o también denominada mediata, por la que no se consideraba persona humana al no nacido, hasta días después de la fecundación.

La fundamentación de esta teoría, es de origen filosófico: en esas etapas del desarrollo se carece de apariencia humana, y el alma humana no puede informar un cuerpo que no sea humano (Suma Teológica III, q.6 a.4).

Sin embargo, se oponía a atentar contra ese ser no nacido, ya que si bien no lo consideraba, en los primeros días de la concepción, como una persona humana, sí pensaba en él como en su potencia más próxima, y que inequívocamente resultaría un ser humano. Si el no nacido en el momento del aborto estaba animado, su eliminación sería un homicidio; si no estaba animado, estaríamos -aún así- ante un pecado grave.

Y, si con los conocimientos actuales de genética, fuera necesario redefinir la postura filosófica de la enseñanza Tomista, tendríamos que afirmar, junto con él, que siendo un verdadero cuerpo humano el cigoto compuesto de 46 cromosomas, ahí habría alma humana, desde el momento mismo de la concepción.

Ahora bien, con independencia de la teoría de la animación retardada, la posición de la Iglesia es clara al imponer una pena canónica como la excomunión, en el Código de Derecho Canónico, canon 1398: “Quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión inmediata”.

17. Mito: El Papa es infalible respecto al aborto

Autor: Oscar Fernández Espinoza de los Monteros 

17 MITO El Papa es infalible sólo cuando proclama ex cathedra una doctrina en materia de fe o moral, y respecto al aborto nunca se ha pronunciado en esta forma. Además no existe ninguna enseñanza de la Iglesia sobre el momento en el que el feto recibe el alma y se convierte en persona.

REALIDAD. Aceptar que con la fecundación, un nuevo ser humano ha comenzado a existir, no es cuestión de gusto u opinión, es una realidad científica.

Por otra parte, el Papa declaró: “Desde el momento en que el óvulo es fecundado, se inaugura una nueva vida que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo.

Jamás llegará a ser humano si no lo ha sido desde entonces (…) Con la fecundación inicia la aventura de una vida humana (…) El ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción”.

“Los Obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como testigos de la verdad divina y católica: los fieles, por su parte, en materia de fe y costumbres, deben aceptar el juicio de su Obispo, dado en nombre de Cristo, y deben adherirse a él con religioso respeto.

Este obsequio religioso de la voluntad y del entendimiento de modo particular ha de ser prestado al magisterio auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se preste adhesión al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, que se colige principalmente ya sea por la índole de los documentos, ya sea por la forma de decirlo (…)

Por esto se afirma, con razón, que sus definiciones son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia, por haber sido proclamadas bajo la asistencia del Espíritu Santo, prometida a él en la persona de San Pedro, y no necesitar de ninguna aprobación de otros ni admitir tampoco apelación a otro tribunal.

Porque en esos casos, el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que, en calidad de maestro supremo de la Iglesia Universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica.

La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo de los Obispos cuando ejerce el supremo magisterio en unión con el sucesor de Pedro”.

La expresión ex cathedra, indica la solemnidad de este tipo de magisterio (el lugar de honor).

Para que una doctrina papal sea definición ex cathedra se precisan cuatro condiciones (Concilio Vaticano I): cuando cumpliendo con su cargo de pastor y doctor de los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y las costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro.

Así las cosas, tenemos la siguiente declaración del Romano Pontífice: “Por tanto, con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos -que en varias ocasiones han condenado el aborto y que (…) han concordado unánimemente sobre esta doctrina-, declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberadad de un ser humano inocente.

Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal”.

Un dogma es una verdad presente siempre en la Iglesia y manifestada en un instante determinado de la historia. Ahora bien, el asentimiento debido al Magisterio del Romano Pontífice no se limita a las verdades solemnemente definidas ex cathedra, sino que se extiende a todos los actos de su magisterio ordinario.

Muchos documentos confirman la postura de la Iglesia Católica a favor del ser humano desde la concepción hasta la muerte natural: la Carta Encíclica Casti connubii del Papa Pío XI (31 de diciembre de 1930); las Encíclicas Mater et magistra (15 de mayo de 1961) y Pacem in terris (del 11 de abril de l963) ambas del Papa Juan XXIII; la Carta Encíclica Humanae vitae del Papa Paulo VI (el 25 de julio de 1968); la Constitución Pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II (7 de diciembre de 1965); la Exhortación Apostólica Familiaris consortio del Papa Juan Pablo II (22 de noviembre de 1981); la Instrucción conocida como Donum vitae (22 de febrero de 1987); la Carta Encíclica Evangelium vitae (25 de marzo de 1995); la Carta del Papa Juan Pablo II a las Mujeres (29 de junio de 1995).

El Catecismo señala: “dotada de un alma espiritual e inmortal, la persona humana es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma. Desde su concepción está destinada a la bienaventuranza eterna”.

Por otra parte, también habrá qué decir que el Papa tampoco ha declarado ex cathedra dogmas sobre la protección ecológica, el respeto a la opinión distinta, la condena a la mentira pública, sencillamente porque no lo ha visto necesario, y que mucho menos llegará a emitirse un dogma a favor del aborto.

16. Mito: Que no imponga la Iglesia sus criterios

Autor: Oscar Fernández Espinoza de los Monteros 

16 MITO. Que no se meta la Iglesia, que no quiera imponer los criterios religiosos sobre los demás.

REALIDAD. Lo curioso es que quienes dicen eso están de acuerdo en imponer su propio criterio sobre los demás.

Y, respecto a la Iglesia ¿por qué no hacerlo? Si esas personas lo desean hacer ¿qué les impide ejercer su derecho como ciudadanos? ¿desde cuándo pertenecer a un grupo religioso descalifica a alguien como ciudadano? También tienen derechos.

Ser tolerado en la manifestación de las ideas es lo mínimo que se puede esperar, ¿por qué algunos pretenden excluir de este derecho a los demás?

Además, en este país, somos más quienes opinamos a favor del respeto de la vida humana desde el momento de la concepción, sin hacer distinción en la religión que cada uno profesa.

15. Mito: Teólogos piensan diferente a la Iglesia

Autor: Oscar Fernández Espinoza de los Monteros 

15 MITO. Existen maneras distintas de pensar. Algunos teólogos han resuelto la cuestión del aborto de manera distinta que la Iglesia.

REALIDAD. Es una realidad conocida que existen teológos en desacuerdo con la tradicional enseñanza de la Iglesia; sin embargo, es necesario recordar que ésta no es una insitución que pueda calificarse de democrática, como, curiosamente tampoco lo es, la máxima organización mundial, la ONU.

Personalmente, no me atrevería a defender que ésta continue siendo así, pero, en cambio, estoy plenamente convencido, de que no podrá ser democrático lo que ha sido establecido por Dios.

Y no sólo eso, la Iglesia también es dogmática, pero así mismo encontramos ejemplos de dogmas en la vida corriente, pensemos, por ejemplo, en la ópera o en la selección del mejor vino tinto.

Y, por cierto, que con la enorme ventaja, en el caso de la Iglesia, por la absoluta certeza que no variará su manera de pensar.

Pero, antes que esto, podemos preguntar ¿siquiera se habrán leído los documentos del Magisterio que tratan estos temas? Existen documentos dirigidos a los fieles católicos -es decir, a bautizados que creen en Cristo y son miembros de la Iglesia-.

No es posible penetrar en el sentido que tienen si no se advierte que un católico no es sólo sujeto de derechos, sino también de obligaciones. El cuidado de la vida es una de ellas.

Y en cuanto a “la manera de pensar”, la Iglesia no propone una filosofía propia ni canoniza una filosofía en particular con menoscabo de otras, sin embargo tiene el deber de indicar lo que en un sistema filosófico puede ser incompatible con su fe.

Además, la luz de la razón y la luz de la fe proceden ambas de Dios; por tanto, no pueden contradecirse entre sí.

En esa misma línea algunos, abandonando la búsqueda de la verdad por sí misma, han adoptado como único objetivo el lograr la certeza subjetiva o la utilidad práctica. De aquí se desprende como consecuencia el ofuscamiento de la auténtica dignidad de la razón, que ya no es capaz de conocer lo verdadero y de buscar lo absoluto.

Por tanto, es posible que algunos teólogos hayan resuelto la cuestión del aborto de manera distinta que la Iglesia. Esas personas pueden ser sinceras, pero están sinceramente equivocadas.

14. Mito: Aborto, problema de salud pública

Autor: Oscar Fernández Espinoza de los Monteros 

14 MITO. El aborto es un problema de salud pública.

REALIDAD. Sin duda que quienes así lo sostienen tendrán sus razones, pero es necesario hacer notar, que, antes de ser una cuestión de salud pública, es, ante todo, un asunto de justicia, y, por tanto, de Derecho, que busca conducirse con la máxima justicia.

Es evidente que no puede conciliarse una idea de Derecho justo, donde no se reconozca personalidad a todos los seres humanos por igual, en cualquier estadio de su evolución biológica.

Enmarcar el aborto prioritariamente como un problema de salud pública es tan ingenuo como afirmar que el asalto a un banco es un asunto fiscal (no parece factible que esa opinión sea compartida por quien fue amagado), o que la violencia del narcotráfico, debe ser valorado por Ecología (por el plomo en los pulmones, el ruido de las ráfagas, y la contaminación de pólvora).

Respuestas a mitos de católicos que sostienen posturas contrarias a la doctrina de la Iglesia

La gran mayoría de las acciones diarias se llevan a cabo gracias a la confianza. Se confía en el letrero de la ruta que seguirá el camión que se aborda, en la solidez de la casa que con tanto esfuerzo se ha adquirido, nos fiamos de la gasolina que ponemos en el tanque del carro, en los alimentos que diariamente comemos, en el agua que ingerimos, en la medicina que adquirimos, la propia vida al médico que ha tenido sus errores graves en su vida profesional, y un larguísimo etc., incluyendo el hecho de que fulanito es nuestro papá.

Confiamos y actuamos, porque de no querer proceder con fe, siendo coherentes, permaneceríamos inmóviles hasta comprobar que el agua que voy a tomar no está contaminada de cólera, que la señora que me da indicaciones y que se dice mi mamá, realmente lo es, que los elementos de la tabla periódica sí existen y no son simplimente un ejercicio para la memoria.

Obvio es que depositar la fe tiene sus riesgos, y lógicamente a veces termina uno engañado: se venden alimentos con parásitos, gasolina alterada, kilogramos de menor peso, etc. Pero estos fraudes no son fruto de la confianza, sino de otras conductas: falta de higiene, avaricia, hipocresía. Es verdad que la confianza fue el mejor caldo de cultivo para poder llegar más lejos en esas desaconsejables conductas, pero no fue su causa.

Aun cuando la confianza ciertamente sea un riesgo, y un riesgo que se asume más frecuentemente que lo que muchas veces somos concientes, sin embargo, gracias a ella, el mundo continúa su marcha, pues sólo con confianza se puede ir adelante.

Sin esa fe, no podríamos ni siquiera salir a la calle, pues resulta tanto física como intelectualmente imposible comprobar todo, por carecer de habilidades, conocimiento y tiempo.

Cualquier limitante de tiempo, de habilidad, o de conocimientos, es suficiente para impedir la comprobación del beneficio que se puede obtener de casi la totalidad de las acciones que día con día, y momento a momento, realizamos.

Se confía en que la película elegida llenará nuestra espectativa, en que habrá la fiesta a la que fuimos invitados, en que mañana viviremos. ¡Incluso se cree a ciertos editorialistas de periódicos! Se confía en algo o alguien, a pesar de que no existe método científico que conduzca a la comprobación. Si en lugar de manejarnos en base a la fe, esperáramos a tener certeza de todo, simple y sencillamente no podríamos avanzar.

Mejor lo dice la Encíclica: El hombre no ha sido creado para vivir solo. Nace y crece en una familia para insertarse más tarde con su trabajo en la sociedad. Desde el nacimiento, pues, está inmerso en varias tradiciones, de las cuales recibe no sólo el lenguaje y la formación cultural, sino también muchas verdades en las que, casi instintivamente, cree.

De todos modos el crecimiento y la maduración personal implican que estas mismas verdades puedan ser puestas en duda y discutidas por medio de la peculiar actividad crítica del pensamiento. Esto no quita que, tras este paso, las mismas verdades sean recuperadas” sobre la base de la experiencia que se ha tenido o en virtud de un razonamiento sucesivo.

A pesar de ello, en la vida, las verdades simplemente creídas son mucho más numerosas que las adquiridas mediante la constatación personal. ¿Quién sería capaz de discutir críticamente los innumerables resultados de las ciencias sobre las que se basa la vida moderna? ¿quién podría controlar por su cuenta el flujo de informaciones que día a día se reciben de todas las partes del mundo y que se aceptan como verdaderas? Finalmente, ¿quién podría reconstruir los procesos de experiencia y de pensamiento por los cuales se han acumulado los tesoros de la sabiduría y de religiosidad de la humanidad? El hombre, ser que busca la verdad, es pues también aquél que vive de creencias.

Cada uno, al creer, confía en los conocimientos adquiridos por otras personas. En ello se puede percibir una tensión significativa: por una parte el conocimiento a través de una creencia parece una forma imperfecta de conocimiento, que debe perfeccionarse progresivamente mediante la evidencia lograda personalmente; por otra, la creencia con frecuencia resulta más rica desde el punto de vista humano que la simple evidencia, porque incluye una relación interpersonal y pone en juego no sólo las posibilidades cognoscitivas, sino también la capacidad más radical de confiar en otras personas, entrando así en una relación más estable e íntima con ellas.

Al mismo tiempo, el conocimiento por creencia, que se funda sobre la confianza interpersonal, está en relación con la verdad: el hombre, creyendo, confía en la verdad que el otro le manifiesta. En cuanto vital y esencial para su existencia, esta verdad se logra no sólo por vía racional, sino también mediante el abandono confiado en otras personas, que pueden garantizar la certeza y la autenticidad de la verdad misma.

La capacidad y la opción de confiarse uno mismo y la propia vida a otra persona constituyen ciertamente uno de los actos antropológicamente más significativos y expresivos.

Así las cosas, cuando un cristiano deposita la fe en la Iglesia, lo hace sabiendo en quién confía:

a) Infalible en materia de fe y moral (Constitución Dogmática Pastor Aeternus);

b) Maestra en humanidad;

c) Fuerte para declarar la verdad;

d) Madre (Encíclica Mater et magistra 15-V-61), con un cariño a sus hijos y hacia los más necesitados que ha demostrado por su entrega a lo largo de los dos mil años de su existencia.

Entonces, ¿por qué tanta resistencia de algunos a fiarse de Ella?

Dentro del ámbito de lo que se debe creer, comenta el Papa Juan Pablo II en otro documento: El pecado humano de los comienzos se relata en el libro del Génesis 3. No es difícil descubrir en este texto los problemas esenciales del hombre ocultos en un contenido aparentemente tan sencillo. El comer o no comer del fruto de cierto árbol puede parecer en sí irrelevante. Sin embargo, el árbol “de la ciencia del bien y del mal” significa el límite infranqueable para el hombre y para cualquier criatura.

La criatura es siempre, en efecto, sólo una criatura, y no Dios. No puede pretender de ningún modo ser “como Dios”, “conocedora del bien y del mal” como Dios. Sólo Dios es la fuente de todo ser; sólo Dios es la Verdad y la Bondad absolutas, en quien se mide y desde quien se distingue el bien y el mal. Sólo Dios es el Legislador eterno, de quien deriva cualquier ley en el mundo creado, y en particular la ley de la naturaleza humana (Ley natural).

El hombre, en cuanto criatura racional, conoce esta ley y debe dejarse guiar por ella en la propia conducta. No puede pretender establecer él mismo la ley moral, decidir por sí mismo lo que está bien y lo que está mal, independientemente del Creador, más aún, contra el Creador.

No puede, ni el hombre ni ninguna otra criatura, ponerse en el lugar de Dios, atribuyéndose el dominio del orden moral, contra la constitución ontológica misma de la creación, que se refleja en la esfera psicológica-ética con los imperativos fundamentales de la conciencia y, en consecuencia, de la conducta humana.

Aún así, algunos no desean creer a la Iglesia, depositarle su confianza, logrando de esta manera -dicen ellos-, su autonomía, mayoría de edad interior, u otros anhelos semejantes. Ante esa situación cabe parafrasear a Chesterton con lo siguiente:

Lo que sucede con el ambiente cultural que nos rodea es que abunda, no en pensamiento, sino en palabrería. Muchos saben que tal frase debe usarse para cierto tema; pero nunca imaginan siquiera cómo podrían aplicarla a otro asunto.

Preguntar de qué depende; considerar hacia dónde conduce; meditar si existen otros casos a los cuales se aplica; todo esto parece ser un mundo desconocido para muchos que usan las palabras con bastante ligereza. El hecho es que esas personas sólo usan esas palabras con relación a un asunto determinado. Se entienden entre sí con fórmulas.

Por ejemplo, una joven madre que dice: “No quiero enseñarle ninguna religión a mi hijo. No quiero influir sobre él; quiero que la elija por sí mismo cuando sea grande”. Ese es un ejemplo muy común de un argumento corriente, que frecuentemente se repite, y que, sin embargo, nunca se aplica verdaderamente.

Por supuesto que la madre siempre estará influyendo sobre su hijo. De la misma manera la madre podría haber dicho: “Espero que escogerá sus propios amigos cuando crezca; por eso no quiero presentarle ni a tías ni a tíos”.

La persona adulta en ningún caso puede escaparse de la responsabilidad de influir sobre el niño; ni siquiera cuando se impone la responsabilidad de no hacerlo. La madre puede educar al hijo sin elegirle una religión; pero no sin elegirle un medio ambiente.

Si ella opta por dejar a un lado la religión, está escogiendo ya el medio ambiente. La madre, para que su hijo no sufra la influencia de tradiciones sociales, tendrá que aislar a su hijo en una isla desierta y allí educarlo. Pero la madre está escogiendo la isla, el lago y la soledad; y es tan responsable de obrar así como si hubiera escogido la secta “X” o la teología “Y”.

Es completamente evidente, para quien piensa las cosas dos minutos, que la responsabilidad de encauzar la infancia pertenece al adulto, pero la gente que repite esa fraseología no lo piensa dos minutos. No intentan unir sus palabras con una razón, con una filosofía. Han escuchado ese argumento aplicado a la religión, y nunca piensan aplicarlo a otra cosa fuera de la religión.

Han oído que hay personas que se resisten a educar a los hijos aun en su propia religión. Igualmente podría haber personas que se resistieran a educar a los hijos en su propia civilización. Si el niño cuando sea grande pueda preferir otro credo, es igualmente cierto que puede preferir otra cultura. Puede molestarse por no haber sido educado como un burgués; puede lamentar profundamente no haber sido educado como un caballero inglés.

De la misma manera puede lamentar haber sido educado como un salvaje del desierto. Puede sentirse envidioso por la dignidad del código de Confucio o llorar sobre las ruinas de la gran civilización incaica, pero, evidentemente, alguien ha tenido que educarlo para llegar a ese estado de lamentar tal o cual cosa; y una responsabilidad grande es la de no guiar al niño hacia algún fin.

La cuestión es que estas personas hacen una pregunta, para cuya respuesta ellas mismas no están preparadas, ni siquiera tratándose de los temas que ellas mismas sugieren, porque no hacen el menor esfuerzo de tratar el asunto considerado en su conjunto.

Sólo repiten el insulso comentario que se hace respecto a esa polémica. Igual acontece que si pensáramos que entonando la misma nota musical ciento cincuenta veces llegaremos a cantar como tenor de ópera.

No todos podemos cantar así o pensar como un filósofo, pero mucho más nos acercaríamos a ellos si pudiéramos olvidar toda esa sarta de frases de algunos periódicos y de aquellos que se llaman a sí mismos “intelectuales”, y comenzar de nuevo, pensando por nosotros mismos.

Semejante razonamiento -referido al aborto-, realiza un miembro de la Real Academia de la Lengua Española: “La espinosa cuestión del aborto voluntario se puede plantear de maneras muy diversas.

Entre los que consideran la inconveniencia o ilicitud del aborto, el planteamiento más frecuente es el religioso.

Pero se suele responder que no se puede imponer a una sociedad entera una moral particular. Hay otro planteamiento que pretende tener validez universal, y es el científico.

Las razones biológicas, concretamente genéticas, se consideran demostrables, concluyentes para cualquiera. Pero sus pruebas no son accesibles a la inmensa mayoría de los hombres y mujeres, que las admiten por fe; se entiende, por fe en la ciencia”.

Por último, parece necesario recordar a “los creyentes”, que en el Símbolo -tanto en el apostólico como en el niceno-constantinopolitano- decimos: creo en la Iglesia.

13. Mito: Se practica el aborto «a petición»

Autor: Oscar Fernández Espinoza de los Monteros 

13 MITO. En los países más desarrollados se practica el aborto a petición. Prohibir, sólo sirve para condenar a las mujeres sin recursos a un grave riesgo para sus vidas ¿a quién sirve que los abortos sean considerados delito?

REALIDAD Con esta última pregunta resulta evidente que no se está tomando en cuenta a quien se elimina.

Es verdad que en la actualidad son muchos países los que han autorizado la práctica del aborto a petición, pero también lo es que esos cambios legislativos constituyen un retroceso al permitir la supresión de vidas inocentes.

En esos lugares en donde el aborto a petición es un “derecho” de los ciudadanos, también suceden casos como los siguientes.

Dos mujeres que estaban en circunstancias similares. Ambas tenían tres hijos cuando se encontraron con un embarazo inesperado. Las dos se daban cuenta de que un hijo más supondría incomodidades y problemas, y les obligaría a renunciar a los planes que se habían hecho respecto de su trabajo y su vida familiar.

Una, quiso tener el niño; la otra, abortó. Los relatos son los siguientes: la escritora Elizabeth Klein esperaba el cuarto hijo en torno a su cuarenta cumpleaños. Sus amigos le preguntaban ¿y tu libro? Tienes tres hijos. Tú ya has cumplido. Hasta que vio por la pantalla del scanner la cabeza perfectamente formada del niño que llevaba dentro, deseó tener el bebé.

Después escribe: desde que nació nuestra hija pequeña ya no podemos imaginarnos la vida sin ella. El otro relato es el siguiente: cuando Elinor Nelson supo que estaba embarazada, se llevó una fuerte impresión. En su caso, quedar embarazada por los medios naturales era extraordinario, pero mediante la fecundación in vitro había tenido trillizos.

Después de todo, era la más normal de las experiencias reproductivas que había tenido, sin embargo al ver el desorden que sus hijos de dos años hacían, decidió abortar. Klein escribe: nos resulta especialmente grato tener nuestra hija de propina ahora que sus hermanos se han ido de casa.

Ahora tenemos con ella esas conversaciones íntimas de sobremesa que rara vez eran posibles cuando nuestro ruidoso trío se sentaba a comer (¿cómo se sentiría Elinor Nelson si leyera esto?).

También se conoce el testimonio edificante de madres que, en países del llamado primer mundo, han preferido tener a su bebé con riesgo de morir, a optar por un aborto, como por ejemplo la Venerable Gianna Beretta Molla, y más recientemente Carla Pomella, que dio a luz el 22 de abril de 1995, falleciendo ella en junio de ese mismo año.

Suponer que las mujeres por sí mismas tengan derecho a decidir si continúan embarazadas o no, daría pie a entender que la procreación está sujeta a su voluntad, y por lo tanto, toda la responsabilidad de la crianza y educación. Porque los derechos siempre van vinculados a responsabilidades

Y así lo ha determinado la legislación en países en los que el aborto es libre. Se está utilizando como excusa para los hombres que eluden su responsabilidad, alegando que el niño que ellos han contribuido a engendrar, debía haber sido abortado, y que la mujer que no quiso abortar no puede imponerles ninguna responsabilidad por el “estilo de vida que ha elegido”.

Sin embargo, todos están siendo perjudicados, pues algunos se enteran demasiado tarde, y con dolor, de que el niño que ellos habrían acogido ha muerto.

Además, en E.U.A. también existen reacciones favorables a la vida. Prueba de ello son las llamadas operaciones rescate que dificultan, pacíficamente, la entrada a las clínicas abortistas, con el objeto de rescatar de una muerte segura al menos a algunos no nacidos.

Esto se ha llevado a cabo, a pesar de que el Congreso norteamericano aprobó una ley que establece penas para los responsables de manifestaciones delante de clínicas abortistas. Los castigos pueden llegar hasta un año de prisión y 100,000 dólares de multa la primera vez, o hasta tres años y 250,000 dólares para los reincidentes, si concurre violencia.

Despenalizar no convertiría lo que era un delito en un derecho, pero la realidad demuestra que así acaba ocurriendo, debido a la función promotora de las normas jurídicas. Aunque sólo se buscara aplicarlo para los casos de excepción, se acabaría convirtiendo tal conducta en “normal” y exenta de reproche social, lo que facilitaría su multiplicación.

Resulta poco razonable suponer que porque los países del primer mundo lo realizan debe ser imitada esa conducta; es como decir que si en Estados Unidos el SIDA ocupa una de las principales causas de muerte entre personas de 24 a 44 años, también debe ser así en México, y otro tanto en lo que respecta a drogadictos, homicidios en escuelas.

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