23.1» La Eucaristía y los convertidos – Jean Frederic Brunswick

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Todos los convertidos a la fe católica han descubierto en la presencia real de Jesús en la Eucaristía el mayor tesoro de nuestra fe.

Y, por eso, no podían dejar de ir a misa todos los días que podían.

La Eucaristía era para ellos el mejor alimento espiritual y el mayor tesoro que habían encontrado, del cual no podían prescindir.

Veamos algunos casos:

En el año santo de 1650, JEAN FREDERIC BRUNSWICK, hijo del duque Jorge de Brunswick y uno de los jóvenes más notables de la nobleza alemana, se acercó a la ciudad de Asís, buscando la verdad, pues se había pasado al lado protestante al terminar la guerra de los 30 años entre católicos y protestantes.

El cardenal Tapaccioli le escribió al santo José de Cupertino: Un príncipe protestante quiere retornar a la fe. Le ruego de persuadirlo y recibirlo con caridad.

Jean Frederic había oído hablar de la santidad del fraile José de Cupertino y quería convencerse de que la Iglesia católica era la verdadera.

Entonces, al llegar a Asís, asistió a una misa celebrada por el santo.

Después del rezo del Padrenuestro, el santo se quedó en éxtasis y se alzó en el aire.

Después de la misa, el santo religioso pudo conversar durante dos horas con el duque y éste regresó a la Iglesia.

El haber visto celebrar la misa con tanta devoción y con éxtasis, le convenció de la verdad de nuestra fe y de la presencia real de Jesús en la Eucaristía, a quien tanto amó toda su vida108.

108 Puede leerse el libro de Parisciani, San Giuseppe de Copertino, Ed. Pax et bonum, Osimo, 1967, pp. 262-268.

22» Padre Pietro Alagiani

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Era capellán del ejército italiano durante la segunda guerra mundial y fue hecho prisionero el 19 de diciembre de 1942 en Rusia.

Durante los 12 años que siguieron, estuvo en distintas cárceles, sometido a torturantes interrogatorios para, al fin, ser condenado por pertenecer a una organización contrarrevolucionaria, la Compañía de Jesús, y por tener relaciones con una potencia extranjera: el Vaticano.

Durante nueve años, tuvo la gracia divina de tener consigo, en una bolsita colgada al cuello, a Jesús Eucaristía. Y, a pesar de los continuos y severos registros, nunca pudieron quitárselo.

Él mismo dice:

Durante nueve años, en los traslados por las distintas cárceles y en el aislamiento de la celda, tuve siempre conmigo la inseparable compañía de mi Señor sacramentado.

Esto me comunicó una inagotable energía física y moral, y fue la fuente que alimentó mi vida espiritual y mi mayor felicidad. Y no podía ser de otro modo, porque llevaba conmigo el pan angélico y el fuego celestial.

¡Todo lo poseía, poseyendo a Jesús sacramentado!

Tengo que decir que, al principio, figurándome que volvería pronto a la patria, consumí muchas de las ciento veinte partículas consagradas, pero luego, viendo que aquello iba para largo, comulgué sólo los domingos y en las fiestas principales y, por fin, después de la condena, dividí el resto de manera que, comulgando cada primer viernes de mes, me alcanzaran hasta el primer viernes de febrero de 1957100.

Tuve la fortuna de vivir, sufrir, de comer y trabajar, de dormir y rezar, siempre en compañía de Jesús sacramentado, de día y de noche, ininterrumpidamente.

¡Cada momento y en cualquier lugar podía dirigir mis ardientes palabras de amor y de comunión espiritual a Jesús presente!

Cada noche podía cantar el “Tantum ergo” y recibir la bendición de Jesús sacramentado, rescatado con riesgo de la vida a los intentos sacrílegos de los bolcheviques101.

A pesar de las continuas dolencias, del hambre terrible, del frío extremo en invierno, nada lograba disminuir la íntima alegría que experimentaba, al pensar que estaba en compañía de Jesús sacramentado.

Su presencia protectora me dio fuerzas para resistir las más groseras humillaciones, que me hicieron como al ser más abyecto de la tierra, y a las angustias padecidas, cuando con satánicas mentiras me hicieron creer que había sido expulsado de mi queridísima Compañía de Jesús102.

A pesar de los siete años de aislamiento absoluto en una celda, en la tremenda situación de sepultado vivo, sin poder hablar nunca con nadie, sin ver a nadie más que a los carceleros..., Jesús transformó este período en el más hermoso de mi vida, hasta el punto de no sólo poder llamar a aquella celdita mi paraíso terrestre, sino de gozar realmente las delicias de una antesala del paraíso celestial103.

Dios me hizo casi sensible la compañía de mi querido Jesús. Me puse a tratar con Él con una ingenuidad y una intensidad realmente infantiles.

Le hablaba en voz alta como a un compañero de celda.

Le manifestaba las aprensiones de mi espíritu sobre el porvenir y compartía con Él mis alegrías cotidianas.

El pensar en la larguísima y desoladora soledad que me esperaba sin correspondencia escrita, sin noticias, lejos de oprimirme el espíritu, transformó mi celda en una anhelada aventura de paraíso al punto de que ahora no sólo siento un grato recuerdo, sino una profunda nostalgia104.

Desde los primeros días de cautiverio, la nostalgia por la santa misa me atormentaba más de lo que podía imaginar.

Pero también en esto vino a mi encuentro Jesús, inspirándome una devoción “sui generis”.

Recortando lo mejor que pude una gran hostia de papel, cada mañana, después de la meditación, celebraba dos misas, decía todas las oraciones de la misa con todas las ceremonias como si realmente estuviera en el altar.

Debo reconocer que aquellas misas “secas” las celebraba con devoción y consuelo como raramente, cuando tenía la suerte de celebrar las verdaderas misas106.

A partir del 5 de marzo de 1953 pude celebrar diariamente la misa.

Desde aquel día, hasta el gran deseo de libertad se me volvió menos acuciante y menos atormentador; porque, en el fondo, había deseado e invocado la libertad y suspirado por ella, principalmente, por estar privado de celebrar la misa106.

Para el padre Alagiani, la presencia permanente de Jesús a su lado en aquellos nueve difíciles años de torturas, fue la que le dio sentido a su vida.

Jesús le ayudaba a soportar todas sus dificultades.

Y durante los cinco años que pasó en celdas comunes, aprovechaba las mínimas oportunidades para hablar a aquellos compañeros de infortunio, que estaban hambrientos de Dios, aunque fueran ignorantes.

Confesaba a los que podía, recibía en la Iglesia a los que se convertían y, en todo momento, demostraba ser un sacerdote de cuerpo entero.

Cuando el último año de prisión, empezó a recibir dinero y paquetes de Italia, se sentía feliz de poder compartir algo de aquellos tesoros con sus hambrientos compañeros.

Pero nunca pudo imaginar que le fuera a costar tanto el dejar a su amigo Jesús sacramentado al regreso a la libertad, el 12 de febrero de 1954, en la residencia de los jesuitas de Viena.

Dice él:

Me temblaban las manos, cuando abrí el sagrario. Cogí el copón, lo destapé.

Después de desplegar el paño de mi bolsa bendita, cogí las pequeñas partículas consagradas por mí en diciembre de 1945, que se conservaban intactas, y las deposité en el copón.

Mientras cerraba el sagrario y me alejaba del altar con la cabeza agachada y con el corazón afligido, yo creía que mi paraíso terrestre, la perenne y continua intimidad con el divino amigo, mi pequeña compañía de Jesús, todo había terminado para mí, al faltarme la ininterrumpida coexistencia con mi Señor sacramentado107.

Pero su vida debía tomar otros rumbos en los planes de Dios.

Debía dar testimonio ante el mundo de lo que era el mundo cruel del comunismo.

Por eso, el padre Pietro Alagiani escribió el libro de sus Memorias, titulado Lubianka, nombre de la famosa cárcel de Moscú, donde estuvo mucho tiempo prisionero; y ha ido por el mundo, hablando de sus experiencias y de su gran amor a Jesús Eucaristía, el tesoro más grande del mundo, el amigo que siempre lo acompañaba para darle fuerzas y alegrías.

Él podía testimoniar por experiencia que Jesús está vivo y que realmente está presente en la Eucaristía, donde quiso estar junto a Él durante nueve largos años.

Durante esos años, las hostias consagradas permanecieron milagrosamente intactas, como si Jesús le hubiera querido decir: Yo y tú siempre unidos hasta la muerte. Ni Jesús se quiso separar de él ni él de Jesús.

Sin Jesús Eucaristía, como él mismo dice, se habría vuelto loco; con Jesús todo era distinto y pudo vivir tranquilo y hasta feliz en aquellas difíciles condiciones de vida.

¡Gloria a Jesús Eucaristía por los siglos de los siglos. Amén!


100 Alagiani Pietro, Lubianka, Ed. Apostolado de la prensa, Madrid, 1963, p.111.
101 ib. p. 323.
102 ib. p. 112.
103 ib. p. 135.
104 ib. p. 136.
105 ib. p. 137.
106 ib. p. 157.
107 ib. p. 324.

21» Padre Segundo Llorente

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Fue un famoso misionero jesuita de Alaska.

Nos cuenta en sus escritos cómo en aquellas soledades del hielo eterno se pasaba muchos ratos en oración ante Jesús Eucaristía.

Dice:

Por la noche, terminada la instrucción catequística, me quedo solo sin otra luz que la del Santísimo.

Me siento en un banco cerca del sagrario y allí estoy, acompañando a los ángeles que hacen guardia a Jesús sacramentado…

Allí no estamos más que Jesús y yo entre ángeles invisibles.

¡Qué silencio guarda Dios! No cabe duda de que Dios mima mucho a las almas, pero no sé si habrá alguna a quien mime más que a mí.

Estar aquí, a solas con él, en este silencio de la tundra, es un privilegio, un mimo que no sabe uno cómo agradecer.

Aquí es donde le recuerdo al Señor los nombres de mis amigos.

Junto al sagrario tengo siempre algunas cartas, que merecen especial

atención. Le digo al Señor que las mire bien y que no se duerma, que no las eche en saco roto y que tome cartas en el asunto.

Intereso a la Santísima Virgen a mi favor y los dos se lo suplicamos a Jesús. Al ver a su Santísima Madre de mi lado, el Señor parece como que se rinde y no le queda más remedio que acceder96.

Hay tanta gente piadosa que cree que pierde el tiempo en la iglesia si no dice algo el Señor y si no lee un libro o reza el rosario o cosa por el estilo.

Bien está todo eso, pero, cuando ya se ha hecho eso y queda aún tiempo, ¿qué se va a decir?

¿Por qué salir a la calle solamente, porque ya no quedan más novenas que hacer?

Yo me quedo sin decir nada, aunque no por mucho tiempo; pues siempre me viene a los labios la frase famosa: Tú siempre estás conmigo97.

¡Qué alegría poder sentir la voz de Jesús en lo más hondo del alma que te dice:

Tú siempre estás conmigo, que es como decirte: ¡Yo te amo, no tengas miedo, solamente confía en mí! Así le dijo Jesús a Jairo (Mc 5, 36) y nos lo sigue diciendo cada día a nosotros también.

¡Qué alegría estar adorando y acompañando a Jesús en unión con todos los ángeles adoradores de los sagrarios!

Cuenta el Padre Llorente que, en una oportunidad, se fue a una isla apartada, en Alaska, para hacer una semana de ejercicios espirituales él solo, entre el cielo y el hielo.

Y dice:

Celebraba la misa muy despacio, rodeado de varias legiones de ángeles, que me envidiaban a mí y yo les envidiaba a ellos.

Me envidiaban, porque ellos no podían consagrar ni sufrir por Cristo y yo los envidiaba, porque ellos eran ángeles y yo una miseria.

Pero aquella choza era un pedazo de cielo real y verdadero… Yo estaba allí muy solo.

Tenía un rifle para defenderme de los osos, no de los demonios. Para éstos me proveí de agua bendita y procuré colocar el crucifijo en el lugar más prominente de la choza.

Allí estaba yo entre el cielo y la tierra, expuesto a encontronazos con Satanás y a zarpazos de osos negros, que gustan de merodear por la noche y pasearse por las orillas de los ríos a caza de pescados incautos que devoran crudos.

Como lo que yo pretendía era meditar, pedí a la Reina de los ángeles que encargase a uno de espantarme los osos y luego rogué a san Miguel arcángel que se las hubiese él con Lucifer.

Y dicho y hecho. En los ocho días y tres horas que viví solo en la isla, no sólo no vi ningún oso, pero ni siquiera los oí aplastar palos en la espesura, que se extendía detrás de la choza.

En cuanto a los demonios, permanecieron tan quietecitos y tan invisibles como lo habían estado hasta entonces conmigo98.

También nos cuenta en su libro cómo, en sus ratos de soledad, entretenía a Jesús, tocando el acordeón o tocando el armonio o leyéndole las cartas que recibía.

Y, cuando al final del día, hacía su última visita a Jesús, sentía que le daba la bendición y él bendecía también al pueblo en que se encontraba para que Dios lo protegiera con sus ángeles.

Por eso, pudo decir con convicción: Sin el sagrario, la vida no merecería vivirse.

Con el sagrario todo se torna luz, paz, esperanza y gozo interno99.

Ciertamente, los que hemos experimentado el amor de Jesús, que nos transmite a través de su presencia real en la Eucaristía, no podemos vivir sin Él.

Personalmente, he pasado horas deliciosas ante Jesús Eucaristía y no puedo imaginar una vida en otra religión sin su presencia eucarística cercana.

¡Viva Jesús Eucaristía!

Gracias Señor, por el regalo inmerecido de ser católico y ser mi amigo, el amigo que siempre me espera en la Eucaristía. Gracias.

96 Llorente Segundo, Cuarenta años en el círculo polar, Ed. Sígueme, Salamanca, 2004, p. 369.
97 ib. p. 371.
98 ib. pp. 180-182.
99 ib. p. 300.

20» Experiencias de Juan Pablo II

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

En la capilla privada, ya no solamente rezaba, sino que me sentaba allí y escribía.

Allí escribía mis libros, entre ellos la monografía “Persona y acto”.

Estoy convencido de que la capilla es un lugar del que proviene una especial inspiración.

Es un enorme privilegio poder vivir y trabajar al amparo de esta Presencia (de Jesús). Una presencia que atrae como un poderoso imán.

Mi querido amigo André Frossard, ya desaparecido, en el libro “Dios existe, yo me lo encontré”, describe con hondura la fuerza y la belleza de esta presencia91.

Celebrar la misa es la misión mas sublime y más sagrada de todo sacerdote. Y para mí, desde los primeros años de sacerdocio, la celebración de la Eucaristía ha sido, no sólo el deber más sagrado, sino, sobre todo, la necesidad más profunda del alma92.

He podido celebrar la santa misa en capillas situadas en senderos de montaña, a orillas de los lagos, en las riberas del mar; la he celebrado sobre altares construidos en estadios, en las plazas de las ciudades…

Estos escenarios tan variados de mis celebraciones eucarísticas me hacen experimentar intensamente su carácter universal y, por así decir, cósmico. ¡Sí, cósmico!

Porque también cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la creación93.

Cada día, a partir de aquel 2 de noviembre de 1946, en que celebré mi primera misa en la cripta de San Leonardo de la catedral de Wawell en Cracovia, mis ojos se han fijado en la hostia y en el cáliz…

Cada día mi fe ha podido reconocer en el pan y en el vino consagrados al divino caminante que un día se puso al lado de los dos discípulos de Emaús para abrirles los ojos a la luz y el corazón a la esperanza.

Dejadme, mis queridos hermanos y hermanas, que, con íntima emoción, en vuestra compañía y para confortar vuestra fe, os dé testimonio de fe en la Santísima Eucaristía94.

¿Cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento?

¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!95.

91 Juan Pablo II, Levantaos, Vamos, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, p. 131.
92 Don y misterio, BAC, Madrid, 1996, p. 102.
93 EE 8.
94 EE 59.
95 EE 25.

19.10» Los santos y la Eucaristía – Santo Pío De Pietrelcina (1887-1968)

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

El Padre Pío escribía al Padre Agostino:

¿Qué es este fuego que me llena e inflama totalmente? Padre mío, si Jesús nos hace tan felices en la tierra, ¿cómo será el cielo?

A veces, me pregunto si habrá almas que no sientan inflamar su corazón, sobre todo, cuando están delante del Santísimo Sacramento86.

Una vez le dijo el Señor: ¡Con cuánta ingratitud me pagan los hombres! ¿Hubiera sido menos ofendido, si los hubiera amado menos?

Yo querría dejar de amarlos, pero mi Corazón está hecho para amar…

Me dejan solo de noche y también de día en las iglesias.

No se dan cuenta de que estoy en el sacramento del altar.

Pocos hablan de esto y los que hablan, lo hacen con indiferencia o frialdad87.

Y dice:

Lo que más me afecta es el pensamiento de Jesús sacramentado. El corazón se siente atraído por una fuerza superior antes de unirse a Él en la comunión cada mañana.

Tengo tal hambre y sed, antes de recibirlo, que poco me falta para morir… Y esta hambre y sed, en vez de apagarse cuando lo recibo, se aumenta más88.

El día 23 de agosto de 1912 recibió la gracia de la transverberación:

Estaba en la iglesia en la acción de gracias después de la misa, cuando, inesperadamente, de golpe, sentí que me herían el corazón con un dardo de fuego, tan vivo y ardiente, que creía morirme.

Me faltan palabras adecuadas para hacer comprender la intensidad de esta llama; me es del todo imposible expresar esto.

¿Me lo podría creer? El alma, víctima de este consuelo, queda muda.

Me parecía como si una fuerza invisible me sumergiese todo en fuego. ¡Dios mío! ¡Qué fuego! ¡Qué dulzura!

He sentido muchas veces estos transportes de amor y, por cierto, durante ellos he permanecido como fuera de este mundo; pero, en otras ocasiones, este fuego ha sido menos intenso; esta vez, por el contrario, ha sido tan vehemente, tan fuerte, que, un instante más, y mi alma se hubiera separado del cuerpo89.

Y escribía a su hija espiritual Sor Rafaelina Cerase:

¡Qué exceso de amor y de humildad en Jesús al haberle pedido al Padre poder permanecer con nosotros todos los días hasta el fin del mundo!

Y ¡qué exceso de amor también del Padre que, viendo cómo lo tratan tan mal a su divino Hijo en este sacramento del amor, permite que siga permaneciendo entre nosotros y recibiendo nuevas injurias!

¿Cómo permites, oh Padre, que vuestro Hijo sea recibido sacrílegamente por tantos cristianos indignos?

Padre, no puedo pedirte que lo saques de en medio de nosotros, ¿cómo podría yo, débil y flaco, vivir sin este alimento eucarístico?90.

Y decía:

Mil años de gozar la gloria humana, no vale tanto como pasar una hora en dulce comunión con Jesús en el Santísimo Sacramento.
86 Epistolario I, p. 317.
87 Epistolario I, p. 342.
88 Epistolario I, 217.
89 Epistolario I, cartas 95, 299-300.
90 Epistolario II, p. 343.

19.9» Los santos y la Eucaristía – Beato Manuel González García (1877-1940)

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Es el llamado obispo de los sagrarios abandonados, pues tanto se esforzó por conseguir almas adoradoras, para que Jesús Eucaristía nunca estuviera solo en el sagrario.

Decía que el abandono de Jesús en el sagrario de muchas iglesias era uno de los peores males, porque privaba a la Iglesia y al mundo de infinidad de gracias.

Él fundó la Obra de los sagrarios-calvarios y las misioneras eucarísticas de Nazaret.

Él deseaba que, en todas las parroquias, hubiera adoración diurna perpetua. Y quería que todos sus feligreses fueran centinelas perennes del sagrario, como lámparas ardientes ante Jesús sacramentado.

Y esto lo pedía especialmente a los sacerdotes.

A ellos les decía:

Cuánto debe gozar el corazón del sacerdote en vivir sólo para dar a Jesús y darse con Él a las almas.

Por la consagración sacerdotal, el sacerdote ha dejado místicamente de ser un hombre para empezar a ser Jesús.

Una especie de transustanciación se ha operado en él: las apariencias son del hombre, la sustancia es de Jesús.

Tiene lengua, ojos, manos, pies, corazón como los demás hombres; pero, desde que ha sido consagrado, todos esos órganos e instrumentos no son del hombre sino de Jesús83.

El beato Manuel González era muy consciente de que ante Jesús sacramentado hay millones de ángeles, adorando a Jesús, y no quería que nosotros fuéramos menos.

Por eso, animaba a los niños pobres de las escuelas que fundó en Huelva (España) para que hicieran visitas a Jesús al salir de la escuela.

Escribía: Una de las dificultades de la oración ante el sagrario, es no acabar de darnos cuenta de que Jesús esta allí, vivo y personalmente.

¡Se repite tanto en el sagrario la escena de Emaús, de estar con Jesús sin darnos cuenta de que Él está con nosotros!

¡Cuánto debemos aprender de los felices caminantes de Emaús, para llegar a sentir arder el corazón oyéndolo y reconocer a nuestro huésped Jesús al partir el pan!…

Padre eterno, bendita sea la hora en que los labios de vuestro Hijo unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Padre, Hijo y Espíritu Santo, bendito seas por cada uno de los sagrarios de la tierra. ¡Bendito, bendito Emmanuel!84.

Toda su vida fue un deseo ardiente de amar cada vez más a Jesús sacramentado.

Y, por eso, escribió:

Pido ser enterrado junto a un sagrario para que mis huesos después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen:

¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No dejadlo abandonado!85.

Fue beatificado por el Papa Juan Pablo II el 29 de abril de 2001.

83 Campos Giles José, El obispo del sagrario abandonado, Ed. El granito de Arena, Madrid, 1983, p.
192.
84 Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el sagrario, 37.
85 ib. p. 577.

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