14» La Iglesia y la Eucaristía

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

La Iglesia y la Eucaristía son un binomio inseparable (EE 57). La Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace a la Iglesia (RH 20). Cristo no ha querido celebrar la Eucaristía fuera de la Iglesia.

Por ello, para disfrutar de la presencia real de Cristo en la Eucaristía necesitamos pertenecer a su Iglesia.

La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente un experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia (EE 1).

La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad…

Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de su Señor, se hace realmente presente este acontecimiento central de la salvación y se realiza la obra de nuestra redención (EE 11)

En el humilde signo del pan y del vino, transformados en su cuerpo y en su sangre, Cristo camina con nosotros como nuestra fuerza y nuestro viático y nos convierte en testigos de esperanza para todos (EE 62).

Aquí está el tesoro de la Iglesia, el corazón del mundo, la prenda del fin al que todo hombre, aunque sea inconscientemente, aspira (EE 59).

La Eucaristía es el regalo más grande que Dios ha dado a su Iglesia y al mundo.

Es el corazón palpitante de la Iglesia, su fuerza y su esencia más profunda.

Por lo cual, la Iglesia y el mundo tienen gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del Amor.

No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración38.

La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada. La Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, misterio de luz.

Cada vez que la Iglesia la celebra, los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: se les abrieron los ojos y lo reconocieron (Lc 24, 31) (EE 6).

En cada misa y en cada sagrario debemos reconocer en la hostia consagrada al mismo Jesús que nació en Belén y murió en la cruz hace dos mil años. Y debemos amarlo y adorarlo, porque Él es nuestro Dios.

Por eso, los católicos nunca le podremos dar suficientes gracias a Dios por el gran tesoro de la Eucaristía, por tener con nosotros permanentemente al mismo Jesús.

Los discípulos de Emaús lo reconocieron al partir el pan, es decir, en la celebración de la misa, pues así se llamaba a la misa en los primeros siglos.

¿Y nosotros? ¿Lo reconocemos a Jesús bajo la apariencia de un pedazo de pan?

Los discípulos de Emaús le rogaron a Jesús: Quédate con nosotros, pues el día ya termina. Y dice el Evangelio que entró para quedarse con ellos (Lc 24, 29).

¿No sentiremos nosotros el deseo de ir a visitarlo y adorarlo? Y si está muy cerca de nuestra casa, ¿por qué no visitarlo más frecuentemente?

La presencia de Jesús en el sagrario ha de ser como un polo de atracción para un número cada vez mayor de almas enamoradas de Él, capaces de estar largo tiempo como escuchando su voz y sintiendo los latidos de su corazón…

Postrémonos largo rato ante Jesús presente en la Eucaristía, reparando con nuestra fe y nuestro amor los descuidos, los olvidos e, incluso, los ultrajes que nuestro Salvador padece en tantas partes del mundo (MND 18).

Cada parroquia debe ser una comunidad eucarística. La Iglesia es una comunidad universal eucarística. Ella no es simplemente un pueblo.

Constituida por muchos pueblos se transforma en un solo pueblo gracias a una sola mesa, que el Señor ha preparado para todos.

La Iglesia es por así decirlo, una red de comunidades eucarísticas y permanece siempre unida a través del único cuerpo de Cristo, que todos comulgamos39.


38 Juan Pablo II, El misterio y el culto de la Eucaristía 3.
39 Ratzinger Joseph, Eucaristía, centro de la vida, o.c., p. 128..

13» El Espíritu Santo y la Eucaristía

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

El Espíritu Santo es el que nos da la fuerza para predicar sin miedo nuestra fe a los demás.

Sin el Espíritu Santo la Iglesia estaría vacía y sin amor.

Sin el Espíritu Santo no habría Eucaristía ni sacramentos.

Los santos Padres están de acuerdo en afirmar que todos los bienes descienden de Dios Padre a través de su Hijo y nos alcanzan en el Espíritu Santo36.

El Espíritu Santo es el vínculo de infinito amor entre el Padre y el Hijo, es el Amor del Padre y del Hijo hecho persona.

Por eso, si queremos llegar al Padre por medio de Jesús, que es el mediador, debemos ir por el poder del Espíritu Santo, que lo hace realidad.

Los sacramentos que recibimos, los realiza Jesús con la fuerza del Espíritu Santo.

La consagración de la misa, para que Cristo pueda hacerse presente entre nosotros en el pan y en el vino, se hace posible por el amor y el poder del Espíritu Santo.

Lo decía muy bien Juan Pablo II: Sin la potencia del Espíritu divino, ¿cómo podrían unos labios humanos hacer que el pan y el vino se conviertan en el cuerpo y la sangre del Señor hasta el fin de los tiempos?37.

Por eso, podemos decir que todos las bendiciones y gracias que recibimos de Dios, las recibimos por el poder del Espíritu; ya que, como decía san Basilio, no hay santidad sin el Espíritu Santo.

El mismo san Pablo afirma que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5, 5).

Ahora bien, debemos tener muy en cuenta que el momento en que más unidos estamos a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, es el momento de la comunión.

En ese momento, por medio de la humanidad de Jesús, nos unimos al Padre por medio del amor del Espíritu Santo.

De ahí que las mayores gracias que podemos recibir de Dios las recibiremos en el momento de la comunión.

Así lo atestiguan muchos santos, quienes recibían la gracia del matrimonio espiritual, inmediatamente después de haber comulgado.

Y algo parecido dicen los santos con relación a otras gracias especiales de Dios.

Decía santa Margarita María de Alacoque:

Las mayores gracias y los favores más inexplicables los he recibido en la santa comunión (Autobiografía V).

Por eso, acudamos siempre al Espíritu Santo, para que llene nuestro corazón de su amor, para amar cada día más a Jesús Eucaristía y a todos los que nos rodean.


36 San Atanasio en su carta a Serapión 1, 24.
37 Juan Pablo II, carta del Jueves Santo de 1998.

12» Comunión y caridad

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

No olvidemos que la comunión con Cristo nos debe llevar a la comunión con los demás hermanos.

Por eso, el Papa Juan Pablo II nos decía:

La Iglesia… es capaz de compartir no sólo lo que concierne a los bienes espirituales, sino también los bienes materiales (MND, N° 22).

Pienso en el drama del hambre, que atormenta a cientos de millones de seres humanos, en las enfermedades que flagelan a los países en desarrollo, en la soledad de los ancianos, la desazón de los parados, el trasiego de los emigrantes.

Se trata de males que, si bien en diversa medida, afectan también a las regiones más opulentas, no podemos hacernos ilusiones; por el amor mutuo y, en particular por la atención a los necesitados, se nos reconocerá como verdaderos discípulos de Cristo (MND N° 28).

Al comulgar, todos debemos sentirnos hermanos. El pan es uno y somos muchos un solo Cuerpo, porque todos participamos del único pan (1 Co 10, 17).

En la misma fila, podemos encontrar al empresario y al obrero, al alumno y a su profesor, al soldado y al general, al rico y al pobre, al patrón y a su empleado.

Si asistimos a una misa en la catedral y comulga el jefe del Estado, Jesús viene a él lo mismo que viene a una viejecita, que comulgue en una misa celebrada en un rincón de la selva.

Y a todos puede decir Jesús: El que me come vivirá por mí (Jn 6, 57).

De modo que la común unión con Cristo nos lleva a la común unión con los demás como hermanos en Cristo.

Por eso, podemos, por ejemplo, invitar a comer a alguna persona sola, visitar enfermos, proporcionar comida a alguna familia necesitada…

Estas serían algunas maneras de llevar a la vida la caridad de Cristo, recibida en la mesa eucarística (DD 72).

Y esto debe hacerse, especialmente, el domingo, que es el día de la fraternidad por excelencia, en el que Dios nuestro Padre nos quiere ver reunidos a todos sus hijos en la misma reunión familiar de la misa y en la misma mesa de la comunión.

Ya san Agustín, en el siglo IV, hablaba de que la Eucaristía es sacramento de unidad.

Afirma: Así como de muchos granos reunidos y, en cierto modo, mezclados entre sí mediante el agua, se hace un solo pan, de idéntica manera, mediante la caridad se crea el único cuerpo de Cristo.

Lo que se ha dicho del cuerpo de Cristo ha de decirse también de los granos de uva con respecto a la sangre, pues también de muchas uvas se llega a la unidad y se convierte en vino. Así, por tanto, lo mismo en el pan que en el vino se encuentra el misterio de la unidad35.

Quiere decir san Agustín que, así como el pan y el vino se forman con muchos granos de trigo y con muchos granos de uva, así nosotros, que somos muchos, debemos formar un solo Cuerpo, el Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia, en la que Jesús es nuestra cabeza y nosotros debemos estar unidos y amarnos como hermanos.

Por ello, después de la misa y comunión con Cristo debemos pensar en compartir nuestros bienes, nuestra fe y nuestro amor a los demás.

No sólo debemos ayudar con caridad a los más necesitados materialmente, debemos pensar también en losmás necesitados espiritualmente y procurar compartir nuestro mayor tesoro, el tesoro de nuestra fe, especialmente la presencia de Jesús en la Eucaristía.

Los dos discípulos de Emaús, tras haber reconocido al Señor, se levantaron al momento para ir a comunicar lo que habían visto y oído…

El encuentro con Cristo suscita en la Iglesia y en cada cristiano la exigencia de evangelizar y dar testimonio (MND 24).

Que la fe en Dios que, encarnándose se hizo nuestro compañero de viaje, se proclame por doquier y particularmente por nuestras calles y en nuestras casas como expresión de nuestro amor agradecido y fuente de inagotable bendición (MND 18).


35 San Agustín, Sermón 229 A.

11.2» La comunión -Encontrando la fuerza para vivir en medio del dolor

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Un periodista preguntó una vez a la Madre Teresa de Calcuta:

¿Dónde encuentra la fuerza para vivir aquí en medio de tanto dolor y tanta miseria?

Y ella respondió: En la misa y comunión de cada día.

Alejandro Manzoni, famoso autor de la novela Los novios, cuando ya estaba viejo, sus hijos no le dejaban salir de casa, porque estaba la calle con nieve. Al anochecer sus hijos le dijeron:

  • Papá, ¿qué te pasa que estás triste?
  • Tenía un billete ganador de la lotería y hoy era el último día para cobrarlo.
  • Pero papá ¿por qué no lo has dicho?
    Te hubiéramos acompañado.
  • Bueno, en realidad no tenía ningún billete, pero me habéis dejado sin comulgar, que vale más que diez millones de liras y ninguno me ha dicho: Papá, te acompaño.

Otro caso real.

Había en un pueblo de España dos hermanas, Natalia y Antonia, que eran muy unidas. Natalia tenía catorce años y Antonia doce. Natalia cayó enferma y sentía la pena de no poder ir a la iglesia a comulgar.

La víspera de un día de fiesta, le pide a su madre que le deje ir a la iglesia, pero su madre se opone rotundamente, pues el médico no lo permite.

Entonces, su hermana Antonia le suplica a la Virgen María, con esa fe inocente e infantil de los niños:

  • Madre mía, haz que mañana Natalia pueda comulgar.

Llega el día de fiesta y Antonia va a la iglesia para asistir a la misa y comulgar, pero sigue insistiendo en su petición de que la Virgen le conceda a su hermana la gracia de poder comulgar en este día de su fiesta.

En la iglesia, se coloca en el mismo sitio de costumbre, junto al púlpito. A la hora de la comunión, se acerca a comulgar y, al regresar a su sitio, ve que en el suelo, allí junto al púlpito donde ella está, hay una hostia blanca, como si le dijera:

  • Yo soy Jesús, llévame a tu hermana.

Inmediatamente, sin pensarlo dos veces, la recoge con dos estampas, la coloca en su devocionario y, después de la misa, se la lleva corriendo a su hermana, que todavía no había desayunado, diciéndole:

  • Toma, aquí te traigo a Jesús, no la toques con los dedos. Natalia recibe la comunión y se queda feliz, dando gracias a Dios.

Cuando se lo cuentan a su madre, ella se siente preocupada y va a contárselo al sacerdote, que le dice:

  • Mire, ayer en el altar de san Antonio, celebró la misa don Patricio, un sacerdote muy anciano, a quien se le cayó el copón al suelo con todas las hostias consagradas.

Las recogimos lo mejor que pudimos, pero quizás se le quedó una entre los encajes del alba y como, después de la misa, se dirigió al púlpito para rezar las oraciones de los trece martes de san Antonio, se le pudo caer al llegar al púlpito, que es donde estaba Antonia esta mañana durante la misa.

Así que, casi con total seguridad, era una hostia consagrada que Jesús permitió que cayera exactamente ahí para que la viera Antonia después de comulgar.

El padre José Julio Martínez, en su libro Éstos dan con alegría, afirma que esta historia real se la contó la misma Natalia, cuando ya era religiosa, Hija de Jesús. Su hermana Antonia murió, ofreciéndose víctima por la salvación de una persona querida.

Está iniciado su proceso de beatificación y se ha escrito un libro sobre su vida, titulado Ofrenda y mensaje. Es la venerable Antonia Bandrés Elósegui.

Para comulgar bien, decía san Cirilo de Jerusalén (315-387):

Al acercarte a comulgar no lo hagas con las palmas de las manos extendidas o con los dedos separados; sino de la mano izquierda haz el trono para la derecha como si ésta hubiera de recibir a un rey, y en el seno de la mano recibe el cuerpo de Cristo, diciendo: “Amén”.

Toma el santo cuerpo, teniendo cuidado de no perder nada de él, pues si algo perdieres, es como si perdieras algo de tus propios miembros.

Porque dime, si alguien te diera raspaduras de oro, ¿no las cuidarías con la mayor diligencia, poniendo atención a no perder nada de ellas?

¿No tratarás pues con mayor empeño lo que es mas valioso que el oro o que las piedras preciosas para que no se pierda ni siquiera una migaja?

Después de haber comulgado con el cuerpo de Cristo, acércate también al cáliz de su sangre, no extendiendo las palmas, sino inclinado para indicar la adoración y veneración y diciendo: Amén, y comulgando de la sangre de Cristo34.

34 Catequesis mistagógica V; PG: 1109-1128.

10.2» La misa – Asistir a misa cada día y recibir inmensas bendiciones de Dios

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Deberíamos asistir a la misa cada día para recibir las inmensas bendiciones que Dios nos tiene preparadas, como lo hacían los primeros cristianos (Hech 2, 46).

Pero, al menos, no debemos perdernos nunca la misa del domingo, pues el domingo es el día del Señor, el día de los cristianos, el día de la fe, el día de la Iglesia y de la fraternidad universal.

Hay un hecho significativo del año 304, en plena persecución de Diocleciano.

Apresaron a 49 cristianos en Abitene, cerca de Túnez y, al preguntarles por qué se reunían el domingo, si estaba prohibido, ellos respondieron: Sin el domingo no podemos vivir. Y los 49 murieron mártires por haber asistido a misa los domingos.

El domingo es nuestra fiesta con el Señor. Es un día sagrado y de descanso para estar con la familia.

¿Diremos que no tenemos tiempo para visitar a nuestro Padre Dios y reunirnos con nuestros hermanos en la fe?

Decía el Papa Juan Pablo II: No tengáis miedo de dar vuestro tiempo a Cristo…

El tiempo ofrecido a Cristo nunca es un tiempo perdido, sino más bien ganado para la humanización profunda de nuestras relaciones y de nuestra vida (DD 7).

En la Didascalia, escrito del siglo III, se dice: Dejad todo, el día del Señor, y corred con diligencia a vuestras asambleas.

¿Qué disculpa tendrán ante Dios aquellos que no se reúnen en el día del Señor para escuchar la Palabra de vida y nutrirse con el alimento divino, que es eterno? (DD 46).

Veamos cómo se celebraba la misa en el siglo II. San Justino, el año 155, para explicar al emperador Antonino Pío lo que hacían los cristianos, escribe:

El día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo.

Se leen los testimonios de los apóstoles y los escritos de los profetas, tanto tiempo como es posible.

Cuando el lector ha terminado, el que preside toma la palabra para incitar y exhortar a la imitación de tan bellas cosas.

Luego nos levantamos todos juntos y oramos… Cuando termina esta oración, nos besamos unos a otros.

Luego se lleva al que preside pan y una copa de agua y de vino mezclados. El presidente los toma y eleva en alabanza y gloria al Padre del universo por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo y da gracias largamente… Cuando terminan las oraciones y acciones de gracias, todo el pueblo presente pronuncia una aclamación diciendo: Amen.

Cuando el que preside ha hecho la acción de gracias y el pueblo ha respondido, los que entre nosotros se llaman diáconos distribuyen a todos los que están presentes pan, vino y agua eucaristizados y los llevan a los ausentes.

Cada uno de los que tienen medios y lo desean según su voluntad, dan lo que quieren.

Lo que se recoge se pone ante el presidente a fin de que éste socorra a los huérfanos y a las viudas o a aquellos que por enfermedad u otro motivo están marginados, a los presos y a los extranjeros…

Nos reunimos el día del sol, porque es el primer día en el cual Dios hizo el mundo, transformando las tinieblas en materia y en el cual nuestro Salvador Jesucristo resucitó de entre los muertos29.

Este pan y este vino han sido eucaristizados y llamamos a este alimento Eucaristía. Nadie puede tomar parte en él, si no cree en la verdad de lo que se enseña entre nosotros; si no ha recibido el baño para el perdón de los pecados y el nuevo nacimiento y, si no vive según los preceptos de Cristo.

Porque no recibimos este pan como común ni esta bebida como ordinaria: sino que… se convierte en alimento eucaristizado, del cual se nutren nuestra carne y nuestra sangre para transformarnos a fin de ser el cuerpo y la sangre del Jesús encarnado.

Porque los apóstoles en los evangelios transmitieron lo que Él les había ordenado: que Jesús tomando el pan y dando gracias dijo: Haced esto en memorial mío, “esto es mi cuerpo”. Y de modo semejante, tomando la copa y dando gracias, dijo: “Esta es mi sangre”30.

Es muy hermoso pensar que la misa que celebramos ahora es la misma misa y, con frecuencia, con las mismísimas palabras de aquellos hermanos nuestros del siglo II.

Por eso, hay una unidad de fe y de amor en la Iglesia católica, que viene desde los apóstoles y que seguirá hasta el fin del mundo.


29 Apología I, 67; pp. 429-432.
30 Apología 1, 66.

10.1» La misa – Es el acto más grande y más sublime

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Es el acto más grande y más sublime y más santo que se celebra todos los días en la tierra.

La misa encierra todo el valor del sacrificio de la cruz...

Para caer en la cuenta de lo que vale la santa misa, es preciso no perder de vista que el valor de ella es mayor que el que juntamente encierran todas las buenas obras, virtudes y merecimientos de todos los santos, que haya habido desde el principio del mundo o haya de haber hasta el fin, sin excluir los de la misma Virgen María26.

La misa es el acto que mayor gloria y honor puede dar a Dios, porque es la misa de Jesús y tiene un valor infinito.

La misa abarca todos los tiempos y todos los lugares del universo. Por eso, la misa tiene un valor cósmico y universal.

Sí, cósmico. Porque también, cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la creación (EE 8).

La misa no es sólo cósmica, es celestial; pues participamos en la tierra de la celebración eterna de los bienaventurados y ángeles del cielo que aman y adoran a Jesús, el hombre- Dios, y por su medio, aman y adoran al Padre y al Espíritu Santo.

Decía el Papa Juan Pablo II: En la misa nos unimos a la liturgia celestial, asociándonos con la multitud inmensa que grita: la salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono y del Cordero (Ap 7, 10).

La Eucaristía es verdaderamente un resquicio del cielo, que se abre sobre la tierra. Es un rayo de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre nuestro camino (EE 19).

Decía el cardenal Ratzinger en su libro Al servicio del Evangelio:

Toda misa es una misa cósmica, pues nos hace salir de nuestros pequeños grupos para abrazar la gran comunidad que abarca el cielo y la tierra.

Por eso, el lugar donde se celebra la misa se convierte, en esos momentos, en el punto de concentración del universo, de la humanidad entera y del cielo. Cristo, que se hace presente en cada misa, une a todo y a todos, recapitulando todas cosas del cielo y de la tierra (Ef 1, 10).

La misa, decía el Papa Juan Pablo II, une el cielo y la tierra (EE 8). La misa es como el cielo en la tierra. San Juan Crisóstomo decía: Aquí está el cielo27.

De modo que ir a misa es ir al cielo, es ir a unirnos con todos los santos y ángeles, que se hacen presentes en cada misa.

Debemos darnos cuenta de que el cielo nos espera en cada misa y que todos los santos y ángeles están pendientes de nosotros y se hacen presentes alrededor del altar, especialmente en el momento de la consagración.

Vivir la misa será vivir unos minutos en el cielo en compañía de Jesús y de María y de todos los bienaventurados, con el Padre y el Espíritu Santo, sin descontar a las almas del purgatorio.

Durante la misa, el cielo se hace presente en ese preciso lugar y, por ello, nosotros debemos celebrarla en un lugar digno, donde no se tengan otras actividades malsanas como podría ser una discoteca de bailes poco decentes o en un cine donde se proyecten películas no muy buenas.

Igualmente, el altar donde se celebra la misa debe ser digno y limpio, y no cualquier mesa, que es usada diariamente para juegos o para vender carne del mercado.

Todo lo que rodea a la misa debe estar rodeado de dignidad por respeto a todos los excelsos visitantes del cielo. Por lo cual, también los asistentes deben ir bien vestidos y asistir con respeto y devoción.

No preocuparse tanto de aparentar y quedar bien ante los demás, sino de quedar bien ante el Señor que todo lo ve.

Por eso, los que se acerquen a comulgar deben hacerlo con el alma limpia. Y, después de la misa, hay que llevar a nuestras casas la paz y alegría que hemos recibido para hacer de nuestra casa un cielo, donde reine la alegría y la paz de Dios.

Los sacerdotes, ministros de Cristo y de la Iglesia, deben ser conscientes de la importancia de la misa para celebrarla cada día, aunque estén de vacaciones, pues cada misa tiene un valor inmenso para la salvación del mundo.

Alguien ha llamado a la misa la fiesta de la humanidad, la fiesta del amor fraterno, la fiesta donde se une el cielo con la tierra.

Por tanto, hay que asistir a ella con mucha devoción y ser conscientes del gran milagro, el milagro más grande de la historia humana, que se repite en cada misa, el milagro de la transustanciación del pan y vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Por eso, vale tanto la misa.

Veamos un caso histórico, contado por el padre Estanislao de los Sagrados Corazones.

Un día, en un pequeño pueblo de Luxemburgo, estaba un capitán de guardias forestales en animada conversación con un carnicero, cuando llegó una mujer anciana.

Ella le pidió al carnicero que le diera gratis un pedazo de carne para la comida, pues no tenía dinero para pagarle.

Solamente le prometió rezar por él en la misa adonde iba.

El carnicero le dijo: - Muy bien, usted va a misa a rezar por mí. Cuando vuelva le daré tanta carne cuanto pese la misa.

La anciana se fue a la misa y después de una hora regresó. El carnicero, al verla, le dijo: - Vamos a ver, voy a escribir en un pedazo de papel: Usted asistió a misa por mí. Le daré tanta carne cuanto pese este papel.

El carnicero puso un pedacito de carne, pero pesaba más el papel. Después, puso un hueso grandecito y lo mismo.

Colocó un pedazo grande de carne y el papel pesaba más. A estas alturas, ya no se reía el carnicero.

El capitán, que estaba presente, estaba admirado de lo que veía. El carnicero, miró su balanza a ver si estaba en buenas condiciones, pero todo estaba bien.

Entonces, colocó una pierna entera de cordero, pero el papel pesaba mucho más. Fue suficiente para el carnicero.

Allí mismo se convirtió y le prometió a la buena mujer que todos los días hasta su muerte le daría una ración diaria de carne, incluida la pierna de cordero que había puesto en la balanza.

En cuanto al capitán, también Dios tocó su corazón y a partir de ese día iba a misa todos los días.

Con su buen ejemplo y sus oraciones, dos de sus hijos llegaron a ser sacerdotes, uno de ellos jesuita y otro de los Sagrados Corazones.

El padre Estanislao terminó este relato, diciendo que él era ese religioso de los Sagrados Corazones y que su padre era el capitán que había visto con sus propios ojos que la misa pesa y vale más que todo el mundo28.


26 San Pedro Julián Eymard, Obras eucarísticas, Ed. Eucaristía, 1963, p. 246.
27 In ep 1ª ad corinthios XXXVI, 5.
28 Afonso de Santa Cruz, Há 2000 anos o Verbo se faz carne, Ed. Rosario, Curitiba, 2000; revista
mensual de Medjugorje, Año XIII, Nº 143, febrero del 2000.

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