por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
Ésta es la historia de un artista que, insatisfecho con su trabajo, un día le dijo a su esposa:
- Me voy a ir de viaje. Necesito encontrar mi inspiración para pintar mi obra
maestra.
Viajó por muchos países, vio cosas muy hermosas, pero no encontraba lo que andaba buscando. Un día que salió a pasear, detuvo a una novia en el día de su boda, y le preguntó:
- Dime, por favor, qué es para ti lo más hermoso del mundo. Ella le contesta con
mucha naturalidad: ¡EL AMOR!
El artista continuó su camino descorazonado. ¿Cómo pintar el AMOR?
Poco tiempo después, encontró a un soldado que volvía de la guerra; el artista le preguntó:
- ¿Qué es la cosa más hermosa del mundo? El soldado le contestó sin dudar: ¡LA PAZ! El artista, muy triste, se preguntaba: ¿Cómo pintar LA PAZ?
Siguiendo en su búsqueda, se acercó a un sacerdote que iba camino a su iglesia, y le hizo la misma pregunta: -Hijo mío, LA VIDA es la cosa más bella del mundo.
El artista se quedó muy decepcionado ¿Cómo podría pintar un cuadro de LA VIDA?
Casi desesperado, después de tanta indagación frustrada, volvió para su casa, cansado de cuerpo y de espíritu. A su llegada, su esposa lo recibió con mucha ternura y calor.
Y el artista encontró EL AMOR de que le había hablado la novia. Todo en su hogar respiraba tranquilidad y seguridad. Era LA PAZ de que hablaba el soldado. Y cuando sus hijos lo besaban vio en sus ojos de niños…LA VIDA descrita por el sacerdote.
Feliz, encontró la inspiración que tanto había buscado fuera de su casa… ¡EN SU FAMILIA!
por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
Se acercaba mi cumpleaños, y quería ese año pedir un deseo especial al apagar las velas de mi pastel. Caminando por el parque, me senté al lado de un mendigo que estaba en uno de los bancos, el más retirado, viendo dos palomas revolotear cerca del estanque, y me pareció curioso ver al hombre de aspecto abandonado, mirar a las avecillas, con una sonrisa en la cara, que parecía eterna. Me acerqué a él con la intención de preguntarle por qué estaba tan feliz.
Quise también sentirme afortunado al conversar con él, para sentirme más orgulloso de mis bienes, porque yo era un hombre al que no le faltaba nada; tenía mi trabajo, que me producía mucho dinero, (claro, cómo no iba a producírmelo trabajando tanto); tenía mis hijos a los cuales, gracias a mi esfuerzo, tampoco les faltaba nada, y tenían los juguetes que quisieran.
En fin, gracias a mis interminables horas de trabajo, no le faltaba nada ni a mi esposa ni a mi familia completa. Me acerqué entonces al hombre, y le pregunté:
- Caballero, ¿qué pediría usted como deseo en su cumpleaños?
Pensé que el hombre me contestaría que dinero, y así de paso, le daría unos billetes que tenía y hacer la obra de caridad del año.
No sabe usted mi asombro, cuando el hombre me contesta lo siguiente, con la misma sonrisa en su rostro, que no se le había borrado y nunca se le borrará.
- Amigo, si pidiera algo más de lo que tengo sería muy egoísta, yo ya he tenido de todo lo que necesita un hombre en la vida y más.
Vivía con mis padres y mi hermano, antes de perderlos una tarde de junio. Hace mucho, conocí el amor de mi padre y mi madre, que se desvivían por darme todo el amor que les era posible, dentro de nuestras limitaciones económicas; al perderlos sufrí muchísimo, pero entendí que hay otros que nunca conocieron ese amor que yo viví, y me sentí mejor.
Cuando joven, conocí una niña de la cual me enamoré perdidamente. Un día, la besé y estalló en mí el amor hacia aquella joven tan bella que después se marchó. Mi corazón sufría mucho, pero recordé ese momento, y pensé que hay personas que nunca han conocido el amor, y me sentí mejor. Un día, en este parque, un niño correteando cayó al piso y comenzó a llorar; yo fui y lo ayudé a levantarse, le sequé las lágrimas con mis manos y jugué con él por unos instantes, y aunque no era mi hijo, me sentí padre, y me fui feliz porque pensé que muchos no han conocido ese sentimiento. Cuando siento frío y hambre en el invierno, recuerdo la comida de mi madre y el calor de nuestra pequeña casita y me siento mejor, porque hay otros que nunca lo han sentido y tal vez no lo sientan nunca.
Cuando consigo dos piezas de pan, comparto una con otro mendigo del camino y siento el placer que da compartir con quien lo necesita, y recuerdo que hay unos que jamás sentirán esto. Por eso, mi querido amigo, qué más puedo pedir a Dios o a la vida, cuando lo he tenido todo, y lo más importante es que estoy consciente de ello; puedo ver la vida en su más simple expresión, como esas dos palomitas jugando, ¿qué necesitan ellas?, ¡lo mismo que yo, nada! Estamos agradecidos al cielo de esto, y sé que usted pronto lo estará también.
Luego de haberme dado esa respuesta, miré hacia el suelo un segundo, como perdido en la grandeza de las palabras de aquel sabio que me había abierto los ojos en su sencillez, y cuando miré a mi lado ya no estaba, sólo las palomitas allí, en su mundo, revoloteando. En ese momento sentí un arrepentimiento enorme de la forma en que había vivido sin haber conocido la vida; jamás pensé que aquel mendigo, tal ve/ un ángel enviado por el Señor, me daría el regalo más precioso que se le puede dar a un ser humano: LA HUMILDAD.
por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
Un día, la señora Robles se encontraba en la sala de espera de su médico, cuando un niño y su madre entraron al consultorio. El niño llamó la atención de la señora Robles, porque llevaba un parche sobre el ojo. Se sorprendió, al ver qué poco parecía importarle la pérdida de un ojo, y lo observó mientras seguía a su madre a la silla más cercana.
Aquel día el consultorio del médico estaba lleno, así que la señora Robles tuvo la oportunidad de conversar con la madre del niño, mientras él jugaba con sus soldados. Al principio se mantuvo en silencio, jugando con los soldados sobre el brazo de la silla. Luego se trasladó silenciosamente al piso, lanzando una mirada a su madre.
En algún momento, la señora Robles tuvo ocasión de preguntarle al niño qué le había sucedido en el ojo. Consideró la pregunta durante largo rato y luego replicó, levantando el parche:
- No tengo nada en el ojo. ¡Soy un pirata! Luego regresó a su juego.
La señora Robles se encontraba allí, porque en un accidente automovilístico había perdido una pierna desde la rodilla. La cita de aquel día era para determinar si estaba lo suficientemente curada como para acomodar una prótesis. La pérdida había sido algo devastador para ella. Aun cuando se esforzaba por ser valiente, se sentía como una inválida; racionalmente sabía que esta pérdida no interfería con su vida, pero emocionalmente no podía superar este obstáculo.
Su médico le había sugerido visualizaciones que le ayudaran a aceptar su situación, y ella lo había intentado, pero no podía imaginarse de una manera perdurable y emocionalmente aceptable. En su mente se veía como una inválida.
La palabra "Pirata" cambió su vida. De inmediato se sintió transportada, se vio vestida como el Corsario Negro, a bordo de un barco pirata. Estaba de pie con las piernas separadas, y una de ellas era una pata de palo; sus manos estaban aferradas a las caderas, su cabeza y hombros erguidos y sonreía frente a la tormenta. Los vientos tempestuosos azotaban su casaca y su cabello. Un rocío helado barría la balaustrada de cubierta, mientras grandes olas se rompían contra el barco. El navio se mecía y gemía bajo la fuerza de la tormenta. Pero ella ¿ permanecía firme, orgullosa y serena.
En aquel momento, esta imagen sustituyó a la de la inválida y recobró su valor. Miró al niño, ocupado con sus soldados. Pocos minutos más tarde, la llamó la enfermera. Mientras se balanceaba en sus muletas, el niño advirtió su amputación.
- Señora, ¿qué le pasó a su pierna? - La madre del niño estaba mortificada.
La señora Robles contempló por un momento su pierna más corta. Luego respondió con una sonrisa:
- Nada. Yo también soy pirata.
por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
Un virtuoso ermitaño vivía en la cumbre de una montaña, consagrado a la oración y a la penitencia. Sólo de vez en cuando descendía al valle, para subir a cuestas un cántaro de agua, con que regaba las miserables y raquíticas plantas, que crecían en las grietas de las rocas, y que le servían de alimento y para apagar la sed de las pobres avecillas, y de algunos animales que vagaban hambrientos por la montaña y que, conociendo su bondad, lejos de huir de él, le lamían las manos.
Mientras vivió en el mundo, antes de retirarse a la vida contemplativa, era ya un modelo de virtud; pero deseando alcanzar la perfección posible en esta vida para merecer la gloria eterna, había renunciado para siempre a los placeres y a la cómoda posición que disfrutaba en la sociedad.
Desde que se consagró a la vida solitaria, Dios, que veía la pureza de su corazón, le enviaba todos los días un ángel con el pan necesario para su alimento.
Así pasaron largos años.
El ángel no dejó de ir ni un solo día a la solitaria gruta.
Hacía más de treinta años que el ermitaño hacía penitencia, y había cumplido ya los setenta y cinco, cuando una mañana vio a lo lejos una tropa que llevaba a la horca a un mísero criminal.
- ¡Buen sujeto será ése cuando lo ahorquen - pensó el ermitaño.
Y añadió: - ¡Qué el demonio lo lleve al infierno, ya que sólo ha sabido hacer daño en el mundo!
Por la tarde, cuando subió como de costumbre con su cántaro de agua, no encontró su pan acostumbrado en la piedra que le servía de mesa. El ángel divino había faltado aquel día.
Comprendió el ermitaño que había desagradado a Dios, e hizo su examen de conciencia; pero no recordó haber cometido ningún pecado. Sin embargo, se postró humildemente, y pasó toda la noche rezando y golpeándose el pecho con una piedra.
Al amanecer del siguiente día, hallándose muy afligido por haber ofendido al Rey de los cielos, oyó el alegre cántico de un pajarillo.
- ¡Dichoso tú! -le dijo el ermitaño-; ¡bien se conoce que no has ofendido a Dios, y que
estás contento de ti mismo!
El pajarillo continuó cantando y revoloteando alrededor del anciano. Éste, que conocía el idioma de las aves, porque los justos lo saben todo, le dijo:
Oye, pajarito, ¿podrías decirme qué pecado he cometido yo? Quería saberlo para
arrepentirme y hacer la debida penitencia de mi culpa.
Voy a decírtelo, -respondió el pájaro-. Has lanzado una maldición al infeliz criminal que
ejecutaron ayer y que no te había hecho ningún daño; por eso está Dios ofendido contigo… Si te arrepientes, te perdonará.
En aquel momento, volvió a aparecer el ángel y entregó al viejo ermitaño una rama seca.
Después le dijo:
- Ya sabes cuál es tu pecado.
Ahora oye la penitencia que te impone Dios. Escucho - dijo el ermitaño, cayendo de rodillas y postrando su frente en el polvo.
Vas a volver al mundo del que saliste, y a mendigar de puerta en puerta el pan
de cada día. Si de noche te dan hospitalidad en alguna casa caritativa, de ésas que
tan poco abundan, Dios te prohibe permanecer en ella al día siguiente. Para dormir no
apoyarás tu cabeza, sino en una rama seca, aunque te ofrezcan buenas almohadas. Hasta que broten de la rama seca tres retoños verdes, tu pecado no habrá tenido expiación; pero si aquello sucede, en el mismo instante quedarás perdonado.
Al conocer el ermitaño su pecado, dio gracias a Dios, alabó su justicia, y dispuesto a la penitencia, emprendió la peregrinación que el ángel le ordenaba.
¡Cuántas veces le humillaron, dándole groseramente con la puerta en las narices, aquéllos a quienes pedía un pedazo de pan por amor de Dios!
Otras veces le daban como limosna insultos y sarcasmos, precisamente cuando se hallaba más fatigado y hambriento.
Muchos vagos le tiraban piedras, sin tener compasión de su vejez ni de su desgracia.
Pasó días enteros sin tener para llevarse a la boca ni una migaja de pan.
Sin embargo, ni aun con el pensamiento, murmuraba contra su dura suerte.
Al contrario, reconocía la gravedad de la falta que había cometido maldiciendo a un desgraciado, pues lo había hecho cuando él recibía de Dios el alimento diario, beneficio que tal vez no gozaría aquel delincuente.
El anciano ermitaño pasó una vez dos días seguidos sin encontrar quién le diera ni un vaso de agua. Estaba desfallecido.
En cuantas casas llamó fue maltratado, y en alguna lo amenazaron con echarle al perro.
Cuando llegó la noche, se arrastró penosamente hasta el bosque vecino y fue a tocar a una caverna en la que había visto luz. Entró en ella y encontró una vieja, que estaba preparando una cena.
Buena señora –dijo humildemente el ermitaño al verla-, ¿podría usted darme un
poco de pan, y dejarme pasar aquí la noche?
Le daré a usted pan - contestó la vieja-; pero pasar aquí la noche, es imposible.
¡Por caridad! Precisamente por caridad le aconsejo a usted que se vaya
de aquí… Tengo tres hijos que son bandoleros y no tardarán en venir, pues es hora de cenar; si le encuentran a usted aquí, lo matarán, y quizá a mí también por haberlo recibido.
¿Serían capaces de matar a un pobre anciano, inofensivo y enfermo?
Ya le he dicho a usted cuál es su profesión… Ésta es una cueva de ladrones, y aquí no
entra nadie sin que peligre su vida.
No me despida usted de ese modo… Mi edad no me permite pasar esta noche tan
fría a la intemperie, con la tempestad que se aproxima, y entre lobos que me devorarán.
La vieja tenía en el fondo buenos sentimientos y compadecida, condujo al
ermitaño a un rincón oscuro donde pudiera hallar algún reposo su fatigado cuerpo.
Cuando la vieja vio que apoyaba su cabeza en la rama seca del árbol que llevaba consigo y que estaba llena de nudos, le preguntó por qué no la ponía sobre un montón de paja que ella le había dado.
El ermitaño entonces le contó el pecado que había cometido, y la penitencia que le había impuesto Dios.
Al oír esto, la vieja empezó a sollozar, y dijo muy afligida:
- Pues si Dios te castiga así sólo por un mal pensamiento, ¿qué hará con mis hijos, que
son unos criminales desalmados, cuando se presenten ante su tribunal?
Era ya más de media noche, cuando entraron los bandidos jurando y prorrumpiendo blasfemias, porque no habían hecho nada. El negocio que habían preparado para aquella noche les había salido mal. Su furor creció al ver al viejo ermitaño acostado en un rincón de la cueva.
Madre -dijo uno de ellos-, ¿por qué has admitido a este hombre?, ¿te has empeñado en que se descubra nuestro escondite?, ¿no te hemos prohibido que recibas a nadie?
No tengan cuidado, hijos míos, -contestó la vieja-, es un
pobre ermitaño que está haciendo penitencia para expiar una falta.
- Ven acá, viejo tuno, -dijo uno de los salteadores, agarrando brutalmente de una oreja al ermitaño;- cuéntanos tus crímenes y eso nos divertirá un rato; así sabremos si eres tan pillo como nosotros.
El anciano ermitaño les contó su historia, la falta que le había hecho incurrir en el desagrado de Dios, y el castigo que le había impuesto.
Aunque aquellos perversos eran hombres acostumbrados al crimen y empedernidos en el mal, Dios les tocó en el corazón, por la elocuencia de aquel anciano.
Al oírle derramaron lágrimas, reconocieron sus delitos, midieron la gravedad de sus
culpas y penetró en sus almas el arrepentimiento.
Se arrepintieron tanto, que juraron cambiar de vida, y así lo hicieron.
A la mañana siguiente, llamaron al ermitaño creyéndole dormido, y le encontraron inmóvil, con los ojos abiertos, el semblante apacible y una dulce sonrisa en los labios.
En vano le llamaron repetidas veces: el anciano no despertaba.
Entonces comprendieron que había muerto; le cerraron piadosamente los ojos, y vieron con sorpresa que de la rama seca habían brotado tres retoños verdes, símbolo de los tres pecadores arrepentidos que él había llevado a la senda del bien.
Dios había perdonado al pecador, llevándoselo al cielo.
S. Calleja
por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
Un día, Dios miró al mundo y sintió una profunda misericordia. Decidido, levantó su mano y durante la noche más oscura, convirtió el mundo entero en un paraíso.
Al día siguiente, cuando sus hijos despertaron, se vieron diferente. Ya no había enfermedades, todos eran muy hermosos. Aún la persona que era más pobre, se vestía de oro y tenía comida en abundancia.
Llenos de felicidad, todos comenzaron a gritar felices por el mundo "era un paraíso".
Fue unos días después que un hombre, mirando la casa de su vecino (en realidad, un palacio) vio que éste tenía unas vacas en su jardín.
Entonces decidió aprovechar un momento en que estaba fuera para tomar de la leche. El vecino, sin embargo, llegó antes de que el hombre se fuera y quedó muy enojado.
Cosas así comenzaron a suceder en todo el mundo. Y, un mes después de la creación del paraíso, estalló una guerra entre dos ciudades. ¡Dios no lo podía creer!
Todos tenían todo y aún así batallaban por cosas que realmente no necesitaban.
Diez años después, cuando el paraíso se había tornado en una mera historia… un cuento narrado a los niños en la escuela…
Dios nuevamente miró a su creación. Suspiró hondo y pensó que la próxima vez va a crear el paraíso primero en los corazones de los hombres.
por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
Cuenta la historia que un niño que estaba en el cielo junto con otros niños, transbordaron un avión juntos con destino al mundo.
Este niño, ansioso por nacer, por venir a la tierra y amar a sus padres, un día se encuentra en el mismo vuelo a un niño que sufría mucho porque no quería nacer. Entonces, el niño entusiasmado y ansioso por nacer, le pregunta al niño triste:
- ¿Por qué estás tan triste? El niño triste le responde: - Es que no quiero nacer,
porque voy a nacer en una familia pobre y voy a sufrir mucho; voy a padecer hambre, y prefiero quedarme aquí en vez de irme a sufrir allá.
Y el niño feliz por nacer, lo alienta y le dice: -No te preocupes, yo voy a
nacer en una familia de mucho dinero, de buena posición, y cuando nazca me voy a hacer
tu amigo para ayudarte, y le voy a decir a mis papitos que te ayudemos… pero ya no estés
triste, que tus papas ansian tu llegada.
Entonces el niño triste se pone contento, con la esperanza que el niño optimista le dio.
Más tarde, el niño feliz se encuentra a un niño de piel negrita llorando, y le pregunta:
- ¿Por qué lloras? Y el niño de piel negrita le contesta: Porque mi papá nos va a
abandonar a mi mamita y a mí. ¿Pero por qué? - pregunta el niño entusiasmado.
Entonces el niño de piel negrita le contesta: Porque mis papitos son de piel blanca y yo voy a nacer negrito, y cuando mi papi me vea golpeará a mi mamita pensando que le fue infiel por haber nacido negrito, y voy a ser muy infeliz.
- No te preocupes, -dice el niño alegre-. Mira que yo voy a nacer en una familia de buena posición, mis papitos van a tener mucho dinero, además ellos me van a querer mucho y todo lo que yo les pida me lo darán y lo que les voy a pedir es que los ayudemos a que hagan una investigación y prueba de sangre, para que tu papito se de cuenta de que tú eres de él y que tu mamita nunca lo engañó.
Entonces el niño de piel negrita se quedó muy contento, al ver que había encontrado solución para que no sufrieran él y su mamita.
Más tarde, el niño feliz, andando por el avión caminando, encuentra otro niño decepcionado y cansado de sufrir y llorar, el niño ansioso y entusiasmado le pregunta: -¿Qué te sucede, por qué estás tan afligido?
Entonces el tercer niño le responde: Es que no quiero nacer.
Pero, ¿por qué? – pregunta el niño contento, y responde el niño afligido: Es que al momento de nacer mi mamita morirá, ya que será muy difícil el parto y escogerán entre la vida de mi mamita y la mía; ella decidirá por mi vida y ella morirá, y será un gran dolor para mi papito, y por la desesperación y el gran dolor de su muerte él se suicidará y yo iré a parar a un lugar a donde llevan a los niños desamparados, y no voy a poder estar con mis papitos, y es por eso que no quiero nacer todavía. Entonces, el niño entusiasmado le dice:
-No te preocupes, mira que cuando yo nazca voy a tener
mucho dinero, y mis papitos serán tan buenos que les voy a pedir que ayudemos a tu papá para salir adelante, y comprenda que Dios se llevó a tu mamita para que no sufriera, y te dio a cambio a ti, para que no estuviera sólito, y en ti vea el recuerdo de ella y verás que tu papito saldrá adelante y te va a querer tanto como me van a querer a mí, mis papitos. Entonces el niño afligido ahora esperaba con ansias su llegada al mundo, y por poder tener un amigo tan especial como él.
Cuando la hora llegó de su partida para venir al mundo, "el piloto" encargado de enviar a los niños a su destino empezó a llamarlos y el primero que fue al mundo fue el niño de piel negrita; entonces el niño entusiasmado le grita antes de nacer:
- No te preocupes, que allá nos veremos, y recuerda que te quiero.
El segundo en venir al mundo fue el niño que nacería pobre, pero él iba contento porque tenía una esperanza y la promesa del niño optimista; y el niño entusiasta, al igual que al otro niño, le dijo que allá se verían en la tierra, que no estuviera más triste.
El tercer niño fue al que se le moriría su madre, pero su actitud era positiva, ya que el niño entusiasta iba a ayudar a su papito a reponerse pronto del dolor, y al igual que a los demás, el niño feliz le dijo que se verían en la tierra y que serían los mejores amigos del mundo los cuatro.
Después de haber mandado a los tres niños, el piloto cierra las puertas; entonces el niño entusiasmado grita:
- ¡¡Espere señor, falto yo, falto yo!! Yo también quiero ir al mundo para decirle a mi papito cuánto lo amo, y agradecerle a mi mamita todo el amor que me dará cuando yo nazca, y para que vean que soy tan bonito como ellos. ¡Espere señor… falto yo!
Entonces hubo un gran silencio… Y el piloto le responde:
Lo siento, pero hoy tus padres decidieron no tenerte. Pero es que yo tenía tantas
ilusiones de conocer a mis papitos y vieran lo chiquito que y, y que soy parte de ellos. Además, quería ayudar a mis amigos, porque no quiero que sufran; es que yo… quería nacer.
Luego se oyó un suspiro de Dios, y se alcanzó a escuchar:
- Cómo a veces pueden terminar con las ilusiones de los hijos, cuando es el regalo rnás hermoso que les doy para complementar sus vidas.