Yo sé por qué lo hago

Escucha lo que le pasó a un filósofo:

Un día, se acercó a un pescador y entabló con él, el siguiente diálogo:

  • ¿Para qué pesca usted? - Vaya una pregunta… Para sacar peces. - ¿Para qué? - Para venderlos. -

¿Para qué? - Para vivir. - ¿Y para qué vivir?

  • ¡Para pescar!

Poco conforme con esa respuesta, el filósofo se alejó, y viendo a un labrador, le preguntó:

  • ¿Para qué trabaja la tierra? - Para sembrar. - ¿Para qué? - Para poder comer.
  • ¿Para qué comer?

El labrador le miró con desdén y sin responder, continuó su trabajo.

Mas adelante, vio una niña de unos 4 años que juntaba flores y acercándose, le preguntó:

  • Dime, niñita: ¿para qué juntas esas flores?
  • Para ofrecérselas a la Virgen. - ¿Para qué?
  • Para ser su amiga y me enseñe a amar a su hijo Dios. - ¿Para qué?
  • Para que después de muerta, ¡me lleve con Él al cielo!

Ante esta respuesta, el filósofo ya no preguntó más.

  • ¡Por fin he encontrado alguien que sabe por qué hace las cosas!

Es curioso. Muchas personas se afanan y trabajan para ganar dinero, más y más dinero, y lo único que consiguen es estar cada día más preocupados.

¡Y no son felices! Entonces, ¿para qué les sirve?

NO IMPORTA EL FRÍO…
Siempre encontrarás todo el calor de la gente que te quiere.
NO IMPORTAN LOS PROBLEMAS DE HOY…
Serán anécdotas mañana.

NO EDIFIQUES SOBRE TU SOLEDAD.
Piensa en los amigos que harás hoy.

HAZ UN REGALO A ALGUIEN HOY, SÍ…¡Sonríele!

NO RESPONDAS A NINGUNA AGRESIÓN…
Tu agresor NO necesita más de eso.

SÍENTETE ESPECIAL…
Porque de verdad lo eres, único e insustituible…

¿Y usted quien es?

Hace mucho tiempo, un sargento de un batallón insultaba y reprendía fuertemente a los soldados que no podían sacar un vehículo atascado en el fango.

En ese momento se presentó un señor de figura alta y delgada.

Observó la situación y preguntó al sargento por qué no ayudaba a los soldados.

  • ¿Por qué he de hacerlo? Yo soy el sargento - contestó con altanería.

Sin pérdida de tiempo, el hombre recién llegado, alto y flacucho, se quitó la chaqueta y se unió a los soldados en la dura faena de sacar el vehículo del lodazal en que estaba sumergido.

Terminada la tarea, ese hombre se lavó las manos en un pozo de agua, se puso la chaqueta y dijo al sargento:

  • Cuando usted necesite de mí ayuda, le ruego llamarme, que con mucho gusto le ayudaré.
  • ¿Y quién es usted? - le preguntó el sargento.
  • Soy ABRAHAM LINCOLN, presidente de la Nación.

Existen esos hombres que, con sus acciones, aun ostentando una posición superior, no dudan en servir a los de más baja posición, sin necesariamente tener que humillarlos con ello.

Más bien llevan un mensaje de grandeza, porque el hombre se eleva más precisamente cuando está de rodillas.

¿Y tú, siembras?

En un pueblo, rodeado de montañas, habitaba un hombre de apariencias muy raras. La gente del pueblo le llamaba así: "el loco", ¿y por qué le llamaban así?

Porque hacía cosas disparatadas, cosas raras, cosas diferentes a las que hacen la mayoría de las personas, al menos en el modo de entender de la gente de ese pueblo.

La gente, al verlo pasar, se reía y se burlaba de él, humildemente vestido, sin posesiones, sin una casa que se dijera de su propiedad, sin una esposa ni hijos; "un desdichado, un infeliz", pensaba la gente, alguien que no beneficiaba a la sociedad, "un inútil, un retrasado" comentaban otros.

Mas he aquí, que este viejo ocupaba su vida sembrando árboles en todas partes donde pudiera, sembraba semillas de las cuales nunca vería ni las flores ni el fruto de dichos árboles, y nadie le pagaba por ello y nadie se lo agradecía, nadie lo alentaba, por el contrario, era objeto de burla ante los demás.

Y así pasaba su vida, poniendo semillas, plantando arbolitos ante la burla irónica de los demás. Y he aquí que ese hombre era un gran ejemplo, poniendo la muestra de cómo se deben hacer las cosas, sembrando, siempre sembrando sin esperar a ver el fruto, sin esperar a saborearlo.

Y sucedió que un día, cabalgaba por esos rumbos el Sultán de aquellos lugares, rodeado de su escolta. Para observar con sus propios ojos lo que sucedía verdaderamente en su reino, para no escucharlo a través de la boca de sus ministros y así no ser manipulado.

Al pasar por este lugar y al encontrarse a este enigmático personaje, le preguntó:

  • ¿Qué haces, buen hombre? Y el viejo le respondió:
  • Sembrando, señor, sembrando.

Nuevamente inquirió el Sultán:

  • Pero, ¿cómo es que siembras? Estás viejo y cansado, y seguramente no verás siquiera un árbol cuando crezca. ¿Para qué siembras entonces?

A lo que el viejo contestó:

  • Señor, otros sembraron y he comido, es tiempo de que yo siembre para que otros coman.

El Sultán quedó admirado de la sabiduría de aquel hombre al que llamaban "loco", y nuevamente le preguntó:

  • Pero no verás los frutos, y aún sabiendo eso continúas sembrando… por ello te regalaré
    unas monedas de oro, por esa gran lección que me has dado.

El Sultán llano a uno de sus escoltas, para que trajera una pequeña bolsa con monedas de oro y las entregó al sembrador.

El sembrador respondió:

  • Ves, señor, cómo ya mi semilla ha dado fruto; aún no la acabo de sembrar y ya me está dando frutos, y aún más, si alguna persona se volviera loca como yo y se dedicara solamente a sembrar sin esperar los frutos, sería el más maravilloso de todos los frutos que yo hubiera obtenido, porque siempre esperamos algo a cambio de lo que hacemos, porque siempre queremos que se nos devuelva igual que lo que hacemos.

Esto, desde luego, sólo cuando consideramos que hacemos bien, y olvidándonos de lo malo que hacemos.

El Sultán le miró asombrado y le dijo:

  • ¡Cuánta sabiduría y cuánto amor hay en ti! Ojalá hubiera más personas como tú en este mundo, con unos cuantos que hubiera, el mundo sería otro; mas nuestros ojos tapados con los velos propios de nuestro ego, de nuestros condicionamientos, propios de la humanidad, nos impiden ver la grandeza de seres como tú…
  • Ahora me retiraré porque, si sigo conversando contigo, terminaré por darte todos mis tesoros; aunque sé que los emplearías bien, tal vez mejor que yo.
  • ¡Que Dios te bendiga!

Y terminado esto, partió el Sultán junto con su séquito, y el "loco" siguió sembrando y no se supo de su fin, no se supo si terminó muerto y olvidado por ahí en algún cerro, pero él había cumplido su labor, realizó la misión, la misión de un loco.
Este cuento puede servir para ilustramos lo que es la "humildad en el dar sin esperar nada a cambio, sólo sembrar, sembrar luz y amor". Pero con silencio, sin esperar recompensa, ni querer llegar a ningún sitio en especial.

He aquí que se requieren muchos locos en este mundo, seres que repartan la luz, que irradien la luz interna, que sean guías en este mundo tan material y a la vez tan hambrientos y sedientos de la enseñanza espiritual, para poder llenar este vacío interno.

Vivir amando

No te detengas en lo malo que has hecho; camina en lo bueno que puedes hacer.

No te culpes por lo que hiciste, más bien decídete a
cambiar.

No te mires con tus ojos, contémplate con la mirada de quien amas.

No pienses en lo largo que es el camino de tu transformación, sino en cada paso que puedes dar, para ser lo que quieres ser.

No confíes en tus propias fuerzas; pon tu vida en manos de Dios.

No trates que otros cambien; sé tú el responsable de tu propia vida, y trata de cambiar tú.

Deja que el amor te toque y no te defiendas de él.

Sólo contempla la meta, y no veas qué tan difícil es alcanzarla.

Vive cada día, aprovecha el pasado para bien y deja que el futuro llegue a su tiempo.

No sufras por lo que viene, recuerda que "cada día tiene su propia finalidad".

No te des por vencido, piensa que si Dios te ha dado la vida, es porque sabe que tú puedes con ella.

Busca alguien con quien compartir tus luchas hacia la libertad; una persona que te entienda, te apoye y te acompañe en ella.

Si reaccionas ante toda provocación, trata de responder en lugar de reaccionar.

Si tu felicidad y tu vida dependen de otra persona, despréndete de ella y ámala, sin pedirle nada a cambio.

Aprende a mirarte con amor y respeto.

"Vivir Sirviendo, Vivir Amando. Que éste sea el mejor día de tu vida”

Vivir

Vivir es vibrar a cada instante ante la emoción de percibir la maravilla de la creación que nos rodea.

Vivir es entender que cada minuto que transcurre no volverá.

Es atraparlo intensamente, porque forma parte del tiempo, que sabemos ha quedado en el ayer.

Vivir es saber dar lo mejor de nosotros, es vibrar en la bondad y llevar a su máxima expresión nuestra capacidad de ser.

Vivir es gozar los momentos ; bellos, y desafiarse a sí mismo ante las adversidades.

Vivir es aprender más cada día, es evolucionar y cambiar para hacer de nosotros un ser mejor que ayer, un ser que justifica su existir.

Vivir es amar intensamente a través de una caricia; es escuchar en silencio la palabra del ser amado.

Es perdonar sin réplica una ofensa, es aspirar la presencia del otro; es besar con pasión a quien nos ama.

Vivir es contemplar apaciblemente la alegría de un
niño, escuchar ai adolescente aceptando sus inquietudes sin protestar, acompañar con gratitud al anciano en su soledad.

Vivir es comprender al amigo ante la adversidad, y aunque se tenga mil argumentos para contradecirlo o justificarlo, finalmente sólo escucharlo; es tener la capacidad de regocijarme ante sus triunfos y sus realizaciones.

Vivir es sentir que nuestro existir no fue en vano, y en la medida en que nos atrevamos a dar lo mejor de nosotros en cada momento, logremos manifestar la grandeza de nuestra alma para amar.

Vivir es permanecer en paz ante la presencia de Dios, contemplando en silencio la inmensidad de su Ser.

Vivir es vibrar y sentir, es amar y gozar, es observar y superar, es dar y aceptar, es ser y permanecer, es comprender que nuestro tiempo es lo único que poseemos para realizar plenamente nuestro ser.

Violines

Tres jóvenes vecinos, Salvatore, Julio y Antonino, vivían y jugaban en Cremona, Italia, a mediados del siglo XVII.

Salvatore tenía una voz hermosa, y Julio lo acompañaba tocando el violín, mientras tocaban en la plazas o llevaban serenatas a las prometidas de los novios ocasionales que recurrían de sus servicios. Aunque a Antonino le encantaba la música, su voz chirriante hacía que la gente se burlara de él.

No obstante, Antonino no carecía de talento. Su posesión más valiosa era una navaja de bolsillo, con la que hacía unas preciosas figuras en trozos de madera.

Un día de fiesta, los tres amigos salieron para la plaza de la catedral. Mientras caminaban, Antonino reflexionaba respecto a su incapacidad para cantar. Eso hacía llorar su corazón, porque amaba la música tanto como los otros.

Una vez en la plaza, Julio tomó el violín, en tanto que Salvatore cantaba con su potente voz de cantor. La gente se detenía a escucharlos, y la mayoría dejaba una o dos monedas para los andrajosos muchachos. Un anciano salió de la multitud, los felicitó y puso una brillante moneda en la mano de Salvatore. El muchacho abrió la mano y exclamó:

-¡Miren! es una moneda de oro.

Los tres muchachos estaban entusiasmados y se pasaban la moneda entre sí.

  • Pero ese anciano muy bien puede permitirse dar limosnas de esa cantidad -dijo Julio- es el gran Amati.
  • ¿Y quién es Amati?, ¿y por qué es grande? - preguntó tímidamente Antonino.
  • Amati es el gran "hacedor de música" -respondió Salvatore-, él fabrica los mejores violines de Italia, y vive en nuestra ciudad.

Su corazón empezó a latir fuertemente y una idea cruzó por su mente. A la mañana siguiente, el joven salió de casa llevando consigo su preciosa navaja y algunas cosas que con ella había hecho: un bello pájaro, un cofre, una flauta, varias estatuillas y un exquisito barco de madera.

Tocó a la puerta del gran maestro, y le dijo:

  • Traje estas cosas para que usted las vea, señor -mientras mostraba el producto de sus manos- ¿seré digno de ser su aprendiz?

El maestro Amati, con cuidado, recogió y examinó cada pieza, deteniéndose en la exquisitez de los detalles del pequeño barco, e invitó a Antonino a entrar a su casa.

  • ¿Y por qué quieres hacer violines? Inquirió el anciano artista.
  • Porque amo la música, pero no puedo cantar, pues mi voz suena como una bisagra que rechina. Ayer usted dio una moneda a mis amigos, en la plaza de la Catedral. Yo también quiero hacer que la música tome vida - concluyó Antonino.

En muy poco tiempo se convirtió en discípulo del gran artista. Después de muchos años no había secreto en la fabricación de un violín, de sus setenta diferentes partes que él no conociera.

Cuando cumplió 22 años de edad, su maestro le permitió poner su propio nombre en un violín que había fabricado. Durante su vida Antonino fabricó más de mil cien de ellos, tratando de hacer cada uno mejor y más bello que el anterior.

Cualquier persona que posea un violín fabricado por Antonino STRADIVARIUS es dueña de un TESORO, de una obra maestra

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