Sobre las Horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo » Las Horas de la Pasión Escritas por el Alma Solitaria

Autora: Luisa Piccarretta

La Divina Providencia, que en todo tiempo suscita almas que conozcan a Dios, que lo amen y que lo hagan conocer y amar por los demás, ha suscitado un alma, como fue ya dicho en la primera página de esta Introducción, que se ha consagrado a las penas del Divino Redentor.

La particular inspiración que ha tenido esta alma forma un nuevo y muy proficuo método de cómo contemplar los padecimientos de nuestro Señor Jesucristo; y éste es:

Ordenar una por una las veinticuatro horas, de las 5 a las 6 de la tarde del Jueves Santo hasta las 5 de la tarde del Viernes Santo, y contemplar, hora por hora, lo que Jesucristo sufrió sucesivamente en aquellas veinticuatro horas.

He dicho “nuevo” este método no en cuanto a la ordenación de los padecimientos de Nuestro Señor en veinticuatro horas, sino nuevo en cuanto a la forma, a los sentimientos y a la finalidad, que forman un todo nuevo.

No es nuevo dividir en veinticuatro horas la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, y esto es lo que se llama “El Reloj de la Pasión”, y que se encuentra en varios libros devotos, como por ejemplo en “El Jardín Espiritual” y en las obras espirituales de San Alfonso y si bien entre los diversos autores existen siempre pequeñas diferencias en los horarios y los acontecimientos esto no tiene importancia.

Como todos podrán ver, esta obra de “Las Horas de la Pasión”, entre todas las que se refieren a la Pasión de nuestro Señor Jesucristo y a los dolores de su Santísima Madre, está entre las primeras y más importante, pues analiza, desmenuza y medita uno por uno los padecimientos externos e internos del adorable Redentor nuestro Jesucristo.

Es una especie de Vía Crucis más entero y completo, porque toma a Nuestro Señor no desde la condena a muerte en el tribunal de Pilatos, sino que comienza desde donde propiamente comenzó la dolorosa Pasión, esto es, desde la despedida de nuestro Señor Jesucristo de su Santísima Madre, como es piadosa creencia universal, para ir a morir, sigue luego el Cenáculo, el Huerto, la captura, etc.

Lo que hay de verdaderamente nuevo en “Las Horas de la Pasión” del Alma Solitaria que las escribió y me confió, sí, es, en primer lugar, que de la repartición de las 24 horas no ha hecho sólo el enunciado de cada una, como lo hacen los autores por mí antes citados, los que se contentan con decir, por ejemplo: de las 6 a las 7 de la mañana, Jesús es llevado a Pilatos.

De las 7 a las 8, es conducido a Herodes, etc., etc,; pero de cuanto sucedió en esa hora en particular, nada dicen.

En cambio, el Alma solitaria hace una viva descripción de cuanto sucedió y agrega consideraciones, afectos y REPARACIONES.

Y en segundo lugar, estos afectos y estas reparaciones son tan singulares, nuevas e íntimas que no parecen ser obra humana sino Celestial…

Todo parece nuevo en estas santas meditaciones, y si bien no se meditan sino los mismos misterios sobre los cuales tanto se ha escrito y meditado por tan variados y santos autores, pero aquí, ciertamente, la divina inspiración, que siempre obra cosas nuevas y varía en tantas formas su gracia (Multiformis gratia Dei), se manifiesta por medio de esta Alma en un modo todo singular.

Debo decir que el Alma Solitaria que escribe estas “Horas” no es una letrada, ¡apenas sabe leer y escribir!, y sin embargo, los padecimientos, los maltratos, los ultrajes, los dolores y heridas del adorable Redentor Jesús están a lo vivo descritos y con términos que penetran el corazón, lo conmueven, lo impresionan y lo atraen al Amor.

El Amor, y debemos subrayarlo, sí, el Amor Divino, en su tierna expresión, es la nota predominante de estas “Horas de la Pasión”; esto es, ¡el Amor de Jesucristo por los hombres y el amor de esta Alma Solitaria por Jesucristo!

Ella es una enamorada que se funde en la más amorosa compasión por su Amado; lo compadece, lo acaricia, lo abraza, lo besa y lo besa, lo acompaña en todos y en cada uno de sus padecimientos, con una SUBSTITUCIÓN continua, es decir, se pone ella misma, por cuanto está en ella, en el puesto del Amado penante, y recibe todo sobre sí, como si en esta piadosa substitución quisiera aligerar, dividir y evitar los padecimientos al Sumo Bien ahora por entonces, pues para esta alma contemplativa no hay pasado.

Ella reproduce las escenas como presentes y en ellas se funde, se ensimisma, y en el exceso de la compasión del amor ella se arroja con tal confianza que, al besarlo en los ojos, en el rostro, en la boca, en las manos, en los pies, en el Corazón, le pide también ella besos amorosos a Jesús, con una confianza tal que en ninguna de las más amantes almas se encuentra una semejante. ¡Es la Esposa del Cantar que exclama:

¡Béseme Él con el beso de sus labios!”. No se puede poner en duda que si a Nuestro Señor place mucho el reverente temor, no le plazca menos a su amantísimo Corazón la filial y tierna confianza.

¿Y cómo no tenerla con Aquel que pudiéndose salvar con derramar una sola gota de su Preciosísima Sangre, toda la quiso derramar, en medio de los más inauditos tormentos y de los más ignominiosos ultrajes, para demostrarnos cuánto nos ama?

¿Acaso pide mucho un alma cuando pide besos a aquél Jesús que se ha dado y se da siempre todo Sí mismo?

¿Y por qué deberían privarnos de esta gran confianza de amor nuestros pecados, cuando hemos sido de ellos purificados con el arrepentimiento, la Penitencia y la humildad?

¿No es acaso cierto que el padre del hijo pródigo cuando lo vio volver le echó los brazos al cuello y lo colmó de besos?

¿Y la oveja perdida, encontrada y en los hombros del Buen Pastor no habrá sido también ella acariciada y besada?

¿No sea cierto, entonces, lo que aquella angelical enamorada de Jesús, Santa Inés, dijo: Yo amo a Aquel que por cuanto más lo abrazo y lo toco, tanto más pura y casta me hago?

¡Ah, más bien: La confianza amorosa que parte de un corazón humilde roba el Corazón de Dios! Y es en este modo como se hace uno niño, como enseñó Nuestro Señor cuando abrazando en su regazo amoroso a un tierno niño, dijo:

“De éstos es el Reino de los Cielos”. Tal es la confianza que transpira cada página de estas “Horas de la Pasión”.

Y el alma que pone en sus manos este libro y se interna en este piadoso ejercicio con esta guía, poco a poco se encontrará partícipe de los sentimientos, de la compasión, del amor y de la confianza, de todos los cuales está este libro lleno y rebosante.

A veces, el Alma Solitaria en este libro hace hablar a Nuestro Señor, y entonces todas esas palabras no son ya un particular sentimiento suyo, sino una inspiración que se manifiesta con las palabras que el alma es capaz, puesto que toda inspiración y toda revelación que pasa por el canal humano brota según la capacidad, o mejor, según la intuición mística del sujeto.

De ahí la diversidad en expresarse de las almas contemplativas sobre un mismo tema. Pero sí, el Alma Solitaria, autora de estas “Horas”, las hace nuevas en los afectos, y novísimas, y diría yo, únicas, en las REPARACIONES.

En verdad, la reparación por todas las ofensas que recibe nuestro Señor Jesucristo ha sido siempre el principal objeto de tantas almas amantes, de tantos libros de devoción y, tal vez, de especiales Revelaciones.

Así, por ejemplo, tenemos los escritos de Santa Margarita María de Alacoque, que en la devoción del Corazón Santísimo de Jesús incluye especiales reparaciones.

Más dirigidas a este objeto son las devociones del Santísimo Nombre de Jesús y de su Sagrado Rostro, de las que tuvo bellas revelaciones la Sierva de Dios Sor María de San Pedro, carmelita.

Ordinariamente, todas estas reparaciones son formadas de atenciones, de intenciones y de plegarias.

En cambio, las reparaciones de estas “Horas de la Pasión” que ahora publicamos, son un fundirse, un ensimismarse, un revestirse con las Reparaciones mismas de nuestro Señor Jesucristo; es un internarse en los sentimientos del Corazón Santísimo de Jesús, en sus divinos padecimientos y con Jesús que sufre, que reza, que ofrece y que repara, el alma compadece, sufre, reza, ofrece y repara. ¿y por qué cosa repara?

Aquí las reparaciones se extienden, se multiplican y se adaptan a toda especie de pecados que puedan tener relación con los particulares padecimientos de Nuestro Señor.

Desde la primera hasta la última palabra, se puede decir, esta Obra es una continua y variada REPARACIÓN de todos los pecados con todas sus especies; y no solamente de los pecados graves, sino también de los veniales y más leves; no solamente de los pecados que fueron cometidos contra la Persona adorable de Jesucristo cuando estuvo en manos de sus enemigos, sino por todas la culpas pasadas, presentes y futuras en persona de todos los pecadores, sean de los llamados como de los elegidos.

El Alma compadeciente se arroje y se sumerge en casi todos los padecimientos de nuestro Señor, y mide, por cuanto lo puede hacer un ser humano, el infinito abismo de cada uno, y uniéndose a las infinitas intenciones reparadoras del Hombre-Dios penante, ofrece a Él, ofrece al padre, ofrece a la Divina Justicia REPARACIONES INFINITAS por todos y por todo.

Y es precisamente la grande, necesaria y universal REPARACIÓN lo que exigen éstos nuestros tan tristes tiempos, las innumerables iniquidades de las presentes generaciones y el justo y tremendo airarse de los divinos castigos.

Sobre las Horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo » Una Comparación

Autora: Luisa Piccarretta

La enorme ingratitud del hombre que no corresponde amor por amor y se olvidad de cuanto por él ha sufrido el Sumo y Eterno Amante, se demuestra con esta comparación, propuesta por el gran Doctor de la Iglesia, San Alfonso M. De Ligorio, y que yo quiero reproducir aquí, ampliándola:

Un esclavo, por sus delitos fue condenado a muerte por un rey. Puesto en la cárcel, entre cadenas esperaba temblando el momento de ser conducido al patíbulo.

Pero el rey tenía un hijo único que era toda su delicia.

Este joven Príncipe, por una bondad incomparable, tiempo hacía que había nutrido un gran afecto, junto con una gran compasión, por aquel mísero esclavo.

Habiendo conocido el estado infeliz en que aquel se encontraba, ya próximo a ser ajustado, fue invadido por tal dolor, por tan tierno y piadoso amor, que presentándose ante su padre y arrojándose a sus pies, con lágrimas y suspiros le suplicó que perdonara al mísero esclavo y que revocara la terrible sentencia.

El padre, que amaba intensamente a aquel su único hijo, fue presa también él de un profundo e inaudito dolor en lo más íntimo de su corazón, y dirigiéndose a su Hijo le dijo:”

Oh Hijo mío y delicia de mi corazón, grande es mi pena por haber sido obligado a condenar a muerte a aquel culpable esclavo, y tú bien conoces las inevitables exigencias de mi tremenda Justicia.

Tú sabes que Yo no puedo, sin gran deshonor mío, dispensarme de exigir una satisfacción digna de mi Majestad ultrajada; y la satisfacción puede venirme solo de la muerte del culpable, pues se necesita que mi Justicia sea satisfecha”.

“Padre mío amantísimo, replicó el joven Príncipe, es tiempo ya de que Yo os manifieste que mi amor por este esclavo es tal y tanto que Yo no puedo resistir ante el solo pensamiento de su condena; por tanto, oh Padre mío, ya que vuestra justicia no puede revocar la terrible sentencia, Yo os pido una gracia, pero Vos, Padre mío, prometedme que me la concederéis.”

“Hijo mío, agregó el Rey, Yo empeño mi palabra de que, conque no me pidas lo que pueda lesionar mi Justicia, cualquier otra gracia te la concederé”.

Empeñada así la palabra del Padre, el Hijo, rompiendo en lágrimas de amor le dijo: “Padre mío, Padre y Señor mío, aceptad otra víctima y dejad libre al esclavo…”

“¿Otra víctima?” exclamó el Padre, “Oh Hijo mío amadísimo, para poder Yo aceptar otra víctima en lugar del culpable, ésta debería ser no otro esclavo, no un ser cualquiera, sino una víctima digna de mi Majestad ofendida, uno igual a mí.¿Y dónde encontrar a esta tal víctima?”

“Héme aquí, héme aquí Padre, esta Víctima soy Yo”, respondió el hijo.”Ecce ego, mitte me (Is.6, 8). Mandadme a Mí, mandadme a Mí a la muerte! ¡Muera Yo y viva el esclavo! ¡Esta es la gracia que os pido y que habéis empeñado vuestra palabra en concedérmela!”.

Oh momento tremendo…El Rey no puede retirar su palabra… Su Justicia no puede evitar el tener una satisfacción… Y queda obligado a aceptar el cambio… y lo acepta.

Pero el generoso Hijo no está aún satisfecho, y le pide a su Padre otra gracia más y le dice: “Padre mío, en este momento no podéis negarme nada, Yo os suplico que al esclavo culpable no solo lo perdonéis de corazón, sino que además lo toméis y lo recibáis como hijo en lugar mío, y lo hagáis partícipe en todos los bienes de vuestro Reino y heredero de los mismos.”

¡El Rey y Padre está vencido! Traspasado por el dolor y profundamente conmovido concede todo al Hijo… El cual inmediatamente, despidiéndose de su Padre y Rey, se encamina a la prisión del esclavo, hace abrir la puerta, quita de sus manos las cadenas al culpable, lo besa tiernamente, lo estrecha a su noble corazón con un fuerte abrazado, llorando le dice:

“¡Oh esclavo, mira cuánto te he amado! Eres ya libre, eres el nuevo hijo y el heredero del rey, mi Padre, el cual te acogerá en su seno como a mi misma Persona, pero yo voy a morir en lugar tuyo para satisfacer la Justicia de mi Padre y Rey.

‘Adiós, hermano mío amado, hijo de mi dolor y de mi muerte… ¿Ves cuánto te amo? ¡Tú pecaste y Yo pago por ti! Antes de morir sufriré, según la ley del Reino, mil torturas, que debías sufrir tú, y luego seré llevado al patíbulo! Pero una sola cosa te pido:

Que no te olvides de cuánto te amé y de cuanto por ti voy a sufrir. No me seas ingrato y me desconozcas, prométeme que te recordarás siempre de las torturas y de los tormentos a cuyo encuentro voy por amor a ti, y de la muerte ignominiosa que voy por ti solo a sufrir… ¿me lo prometes?”.

En este punto considera, oh lector mío, cuál habría sido tu respuesta si tú te hubieras encontrado en el lugar d aquel esclavo culpable…

Seguramente que arrojándote a los pies de tan enamorado Príncipe, en medio de un diluvio de lágrimas le hubieras dicho:

“Oh generoso e inapreciable Príncipe ¡Ah nobilísimo corazón, rico de inefable Bondad y Caridad! ¿Qué habéis encontrado en mí para amarme hasta este exceso? Yo he pecado. Yo, miserable esclavo que nada valgo… seré libre, seré hijo del Gran Rey, partícipe de los bienes de su Reino, su heredero…

Mi infelicidad será cambiada en una suerte tan inmensamente grande que no podría no soñarla! ¡Y todo esto sólo porque Vos os habéis ofrecido a sufrir y a morir por mí, oh generosísimo Amante mío!

Y ahora Vos, en este momento en que os encamináis al encuentro de los tormentos y de la muerte en el Patíbulo por amor mío, me pedís de favor que yo no olvide vuestros dolores y vuestra muerte, ni el amor con el que, para hacerme feliz los abrazáis.

Ah mi ternísimo Amante!, ¿Cómo podré jamás olvidarlos?

¡No, no!¡Desde este momento mi vida no será sino una vida de lágrimas, pensando en cuánto habéis sufrido y la muerte que habéis encontrado por amor mío!

¡Os prometo, os juro que recorreré todos los días el mismo camino por el que ahora vais a morir, me postraré sobre vuestra tumba, y ahí pensará en vuestro amor, en las ternuras para mí de vuestro nobilísimo Corazón; tendré continuamente en mi pensamiento las torturas que, por el riguroso decreto Real, me correspondía sufrir, y que Vos las habéis querido sufrir en lugar mío.

Meditaré continuamente en la agonía mortal, en la muerte lenta e ignominiosa que os será dada ante todo el pueblo. Y quiero tanto llorar y amaros que querré morir de dolor sobre vuestra tumba!”.

Mi querido lector, mi devota lectora, vosotros habéis ya comprendido todo el significado de esta comparación, la cual, por cuanto conmovedora sea, está aún inmensamente lejana de poder representar los extremos de amor del Hijo Eterno de Dios por el hombre. Y no sólo por toda la humanidad, sino por cada alma en particular.

Cada uno de nosotros es ese esclavo culpable ante Dios, que es el Rey del Cielo y de la tierra; esclavo digno y merecedor de eterna muerte y eternos tormentos…

El hijo Unigénito de Dios, delicia eterna del Eterno Padre, lleno de amor infinito e incomprensible por este esclavo , se presentó al Padre y le dijo:

“ Padre mío, tu Divina Justicia exige una víctima digna de Ti para poder liberar a este mísero esclavo. Nadie podrá jamás darte tan digna satisfacción, excepto Yo.

¡Pues bien…Muera Yo y viva el esclavo! “Ecce ego, mitte me”. “Héme aquí envíame a la tierra, fórmame un cuerpo pasible, en el cual yo pueda experimentar los más atroces, los más inauditos tormentos y la muerte más dolorosa e ignominiosa por amor de este esclavo.

Quiero ponerme enteramente en su lugar, me haré Yo el esclavo, me haré encadenar, me haré arrastrar a los tribunales, me someteré al juicio de inicuos jueces; de inocente pasaré a ser declarado reo malhechor; Pues quiero demostrar a este mísero esclavo hasta dónde llega mi amor por él.

Y con tal de que él sea libre y feliz, Yo me haré ultrajar, golpear, maldecir; me haré el oprobio, el vituperio de todos; seré semejante a un gusano que todos pisotean; pero te suplico, oh Padre Mío, que el esclavo, siempre y cuando te sea fiel y agradecido, entre en tu Gracia como mi misma Persona, que Tú lo ames como me amas a Mí mismo, que él sea hijo adoptivo, que todos nuestros bienes eternos se los participes en vida y después de la muerte; que por los méritos de mi muerte en Cruz, él sea enriquecido de gracias, sea confortado en sus penas, le sean aliviados los indispensables dolores de la vida, le sirva de mérito eterno la misma necesaria penitencia por el pecado; tenga, en el final de su vida, una muerte tranquila y preciosa, y, de ahí, venga a reinar con Nosotros eternamente en nuestro mismo gozo.”

Y así, o bastante mejor que así, habló el Verbo Divino a su Padre. Y el Padre, encendido de un igual amor por el mísero esclavo culpable que soy yo, que eres tú, oh lector o lectora míos, le concedió todo lo que con lágrimas, suspiros y clamores le pidió.

Como dice el Apóstol: “Oravit cum lacrimis et clamore valido, et exauditus est pro reverentia sua.” (Oró con lágrimas y clamor válido, y fue escuchado con reverencia. Hebreos 5, 7).

Y así sucedió que por este mísero esclavo rebelde, el Santo de los Santos, el Impecable, el Inocentísimo, el Cordero Inmaculado, se dio a toda clase de sufrimientos y vivió treinta y cuatro años ahogado en inefables penas, nunca interrumpidas ni por un solo instante, penas en el alma y en el cuerpo, y que luego todas se reunieron en su tremenda Pasión desde la tarde del Jueves hasta el Viernes Santo, en el que expiró como el más abyecto y el más nefando de los culpables, sobre el patíbulo, entonces infame, de la Cruz.

¡Oh hombre! ¿Cómo podrás tú olvidar cuánto te amó y cuánto sufrió y soportó tu Divino Eterno Amante? ¿No eres tú, no soy yo, más duro que el granito y más cruel que la más feroz bestia si olvidamos lo que Jesucristo, Sumo Bien, padeció por nuestro amor?.

Considera, oh alma cristiana, que Jesús yendo a morir y a sufrir por ti, te haya dicho como a aquel joven Príncipe de la misteriosa narración:

“Oh, hijito mío, ah alma que Yo voy a redimir derramando toda mi Sangre, esta correspondencia y esta compensación de amor te pido: que no olvides cuánto habré sufrido por amor tuyo.

Recuérdate a menudo de los dolores, de las heridas y de las llagas de mi cuerpo santísimo, a que me someteré. Recuérdate que para arrancarte de la muerte eterna venceré una tal lucha con la humana repugnancia al sufrir y al morir que agonizaré y sudaré sangre.

¡Ah, recuérdate de cuánto me cuestas! Recuérdate de cómo, por amor tuyo, presentaré mi adorable rostro a los golpes, a las escupitinas, a los crueles tirones de mi barba, a los puñetazos; mira esta corona de espinas que me traspasará la cabeza con penas tales que ni criatura humana ni angélica comprenderá jamás…

Pero he aquí que ya me condenan a muerte, como indigno ya de vivir; he aquí que me cargan con la pesantísima Cruz…

Adiós, hijito mío amado, delicia de mi Corazón, no más esclavo, sino heredero de mi Reino, adiós…, otros tormentos más atroces me esperan, seré extendido horriblemente y clavado a un madero en cruz, estaré tres horas en una agonía terrible, tan desprovisto de todo socorro, tan abandonado por todos, hasta por mi Padre, tan miserable y oprimido en el alma y en el cuerpo… que estas tres horas no serán tres horas, sino tres siglos de dolores.

Todo, todo lo voy a sufrir por ti, por amor tuyo. ¡ Pero no me seas tan ingrato que olvides mi sufrir y mi morir!

Yo recorreré contento la Vía Dolorosa, llevaré contento la Cruz, contento abrazaré las terribles agonías que me esperan, me será ligera la ignominiosa y amarguísima muerte, con tal de que tú me prometas que no olvidarás mi sufrir ni mi morir, ni el amor infinito con el que, por ti, tanto a uno como a otro me someteré!”.

¡Alma! ¿Qué cosa habías respondido tú en aquel momento a tu Dios, a tu Divino y amorosísimo Redentor?

Jesucristo, verdadero Hombre y verdadero Dios, tuvo todo presente.

Él vio la frialdad e indiferencia inexcusables de quienes nunca, o casi nunca, meditan en su adorabilísima Pasión y muerte, y también tuvo presente el piadoso y santo fervor de aquellas almas que de esta salutífera y obligada meditación hacen su alimento cotidiano.

Subió al Calvario con el Corazón desolado por los primeros y experimentó un consuelo por la fidelidad y el amor de las segundas.

¿Y qué cosa vió Él de ti, oh mi lector, oh mi lectora?

¿Eres tú esclavo redimido con tantas penas, que olvidas qué te redimió y lo que por ti sufrió tu Redentor, para pasarla distraído entre bagatelas y vanidades del mundo, y renuevas al Amante de las almas todos sus padecimientos y su atrocísima muerte con tus pecados y con tu ingratitud y olvido?

¡Ah, meditemos, meditemos diariamente en la Pasión adorable del amantísimo Redentor nuestro Jesús! “Non debet nos taedere meditare quod Chirstus ipsum non taedit tolerari”.

¡No nos cansemos de meditar en lo que Jesucristo no se cansó de soportar por nosotros! La meditación de la Pasión Santísima de nuestro Señor Jesucristo produce bienes inestimables en quien la hace diariamente.

Esta meditación enciende el alma de amor y gratitud; produce la verdadera y perfecta contrición de los pecados, esto es, el arrepentimiento no por temor a los castigos, temporales o eternos, sino por el motivo del puro amor a Dios; desapega de las cosas terrenas; aleja el pecado, el cual no puede subsistir con esta santa meditación; mortifica sin violencia y por vía de amor las pasiones; purifica el espíritu; infunde la Ciencia y la Sabiduría, suscita grandes deseos de perfección; fortifica al alma en el sufrimiento; aumenta de día en día la gracia santificante; acelera la perfecta unión con Dios…”

¡Oh hombre -exclama San Buenaventura-, ¿quieres siempre crecer de virtud en virtud, de gracia en gracia?

¡Medita diariamente la Pasión del Redentor!” el alma que medita con amor diariamente la Pasión de nuestro adorable Redentor y Sumo Bien de nuestros corazones, la medita, se puede decir, en compañía de Jesús penante, Jesús la asiste, la transporta, la llena de compunción, la compenetra, la ilumina, la inflama, y frecuentemente le comunica el don tan precioso de las lágrimas, ese don que es una de las ocho bienaventuranzas en esta tierra, pues nuestro Señor Jesucristo dijo: “Beati qui lugent”, Bienaventurados los que lloran.

Y oh, cuántas almas elegidas, meditando cotidianamente en las dolorosas escenas de la Pasión, finalmente, de las arideces han pasado a la profunda conmoción de los sollozos, del llanto y de los suspiros.

Quiera también a nosotros el Sumo Bien darnos tan grande gracia dándonos la santa perseverancia en esta amorosa meditación. Leemos de un San Francisco de Asís que por el tanto llorar sobre la Pasión de nuestro Señor se quedó ciego.

El profeta Zacarías, como si tuviera presente todas las lágrimas que habrían derramado en el tiempo del cristianismo las almas amantes de Jesucristo sobre sus penas, y todos los lamentos que habrían elevado, dijo:

“¡Y se llorará sobre Él como suelen llorar las madres, las muertes de sus unigénitos!” (Zac.12,10). Yo no sé si entre los signos de predestinación a la vida eterna haya alguno mayor que éste; por eso el Apóstol dijo que si compadecíamos a Jesucristo, seríamos con Él glorificados.

Y si ahora lloramos y nos interesamos por los padecimientos, por las ignominias, por las angustias sufridas por Jesucristo por amor nuestro, es muy justo que un día participemos también de su gozo y de su eterna felicidad.

Otro gran provecho de meditar diariamente en la Pasión de nuestro Señor Jesucristo es el del más eficaz medio que se adquiere para obtener toda gracia del Eterno Padre.

Quien se familiariza con los misterios de la Pasión de nuestro Señor, los cuales son innumerables, adquiere como un derecho de presentarse ante el Divino Padre y pedirle todo lo que quiera.

Fue esta también una revelación de nuestro Señor Jesucristo a Santa Gertrudis:

“Mi Padre -le dijo-, no puede negar nada que se le pida en virtud de mi Pasión”. Y no debemos olvidarnos que el objeto principal de nuestro Señor Jesucristo en su inmenso sufrir y humillarse fue el amor, la obediencia y el celo hacia su Eterno Padre. Y por eso, Él mismo en el Evangelio nos dejó dicho:

“Hasta ahora habéis pedido y no habéis obtenido, porque no habéis pedido en mi nombre, y Yo ahora en verdad os digo que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, todo se os concederá, y vuestro gozo será pleno”.

¿Y en dónde esta petición hecha al Eterno Padre por los méritos de la Pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo tiene su mayor eficacia?

Sí, en el gran Sacrificio de la Santa Misa, en el cual se renueva, si bien de manera incruenta e impasible, el misterio del Gólgota.

¿Y qué cosa es la Santísima Eucaristía si no el memorial continuo de la Pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo? Precisamente por esto, nuestro Señor la instituyó la tarde del Jueves Santo, mientras sus enemigos preparaban sus padecimientos y su muerte, y, al instituirla como exceso de su infinito amor por el hombre, dijo:

“Tomad y comed, esto es mi Cuerpo, que por vosotros será entregado a los flagelos y a la muerte. Tomad y bebed, esto es mi Sangre, la Sangre del Nuevo y Eterno Testamento, que será derramada por vosotros y por muchos en remisión de los pecados.

Esto que Yo he hecho, hacedlo en memoria mía”. Y con esto dicho, ¿Quién puede separar la Pasión de nuestro Señor de la Santísima Eucaristía, o ésta de aquella?

Y he aquí otro gran e inmenso provecho de la cotidiana meditación de la pasión y muerte del Divino redentor, el cual es el crecer en el conocimiento, en el amor y en el acercamiento al Santísimo Sacramento del altar.

De los pies de Jesús crucificado se va a los pies del Sacramento, donde se adora, se ama y se pasa a la unión más íntima que pueda haber entre el alma y Dios mediante la Santísima Comunión Eucarística.

Ninguno que se acerque a recibir la Santa Comunión debe descuidar dedicar media hora de meditación sobre los sufrimientos de nuestro Señor Jesucristo. Especialmente las almas que tienen el gran bien de acercarse diariamente a la Mesa de los Ángeles deben antes dedicarse a meditar cualquier pasaje de la Pasión de nuestro Señor.

El doctor de la Iglesia, San Alfonso, expresa este concepto cuando comienza la preparación de la Santa Comunión en sus “Obras Espirituales” con aquellas palabras del sagrado Cantar: “Ecce iste venit in montes, transaliens colles, “He aquí que Él viene por los montes, superando las colinas. Y explica:

Oh mi Divino Redentor Jesús, cuántos collados difíciles y ásperos habéis debido superar, etc. Quién descuida la santa meditación de la adorable Pasión de nuestro Señor Jesucristo nunca hará una comunión fervorosa ni sacará nunca verdadero provecho de ella.

Lector o lectora mía, la meditación cotidiana de los padecimientos y de la muerte de nuestro Señor Jesucristo, mientras en nosotros produce los citados provechos, y mil otros que yo, mísero no sé decir, otro bien inmenso produce, y del cual gran aprecio hemos de tener:

¡Ella nos une a la compasión de la más pura, de la más Santa entre las criaturas, de la Santísima Virgen María, de la Madre misma del Verbo Divino hecho Hombre!

¡Oh, qué otro misterio de amor y de dolor hay aquí, y que el cristiano no debe jamás olvidar! ¡Maria Santísima Dolorosa, Desolada, Reina de los mártires, copartícipe de todas las penas del Redentor Divino!

¡María Santísima Corredentora del género humano en unión con el Hombre Dios! Los dolores de la gran Madre de Dios menos se pueden comprender y penetrar por quien no los medita diariamente, pues éstos no tienen nada de corporal y visible, sino que todas son penas interiores, desolaciones íntimas, proporcionadas al amor incompresible de esta gran Madre de Jesucristo, su Dios y su Hijo…

Aquí los extremos son también ellos excesivos, tanto por la sensibilidad delicadísima y materna de la Santísima Virgen, que porcuanto era Inmaculada, purísima, santísima y sapientísima, tanto más era susceptible de penas interiores, como por la medida del amor por Jesús, que en Maria era inconmensurable, tanto, que superaba al ardor de todos los Serafines, y también por el conocimiento de la infinita majestad y dignidad de Jesucristo, a quien Ella veía tan ignominiosamente ultrajado y pisoteado como un gusano.

Y también por la inmensidad de su caridad por el género humano y por cada alma en particular, puesto que por cada alma entregaba con pleno consentimiento de su voluntad a su Divino Hijo a los dolores, a los oprobios, la muerte…y también conocía y ponderaba la pérdida de tantas almas.

Sólo Ella comprendió y dividió las penas interiores y las agonías del Corazón Santísimo de Jesús, desde la Encarnación hasta la muerte, y todas las sufrió, bebiendo hasta las heces el cáliz doloroso.

Y de esta manera el Martirio de la Santísima Virgen, como dicen los autores sagrados, empezó en el momento de la Encarnación y continuó siempre creciendo hasta la muerte del Redentor Divino; y desde ésta hasta la Resurrección de Jesucristo nuestro Señor tenemos lo que se llama Desolación de la Santísima Virgen, que es el mayor de sus insuperables dolores; y después del misterio de la Resurrección tenemos un período de penas sensibilísimas de la Inmaculada Señora, que es precisamente la gran Escuela abierta a todas las almas amantes de Jesucristo acerca de la obligación y del modo de meditar la pasión de Jesucristo bendito, período éste que duró todo el tiempo restante de la vida mortal de la Santísima Virgen Maria, que según unos fue de doce años, según otros, de dieciséis, y según otros de veintiún años.

Durante todo este tiempo la Santísima Virgen no hizo sino repasar día y noche en su alma santísima y uno por uno todos los padecimientos de nuestro Señor Jesucristo en el modo más íntimo que sólo Ella podía recordar y penetrar, tanto los padecimientos que Jesús soportó en su Santísima Humanidad como las ignominias y los ultrajes a los que se quiso someter, como también las penas aún más tremendas de su Divino Corazón y de su alma.

La Santísima Virgen, al recordar estos divinos padecimientos, los renovaba todos dentro de Ella misma con tanto dolor y con tanta pena que por ello habría podido morir a cada momento si la virtud divina no la hubiese continuamente sostenido, como la sostuvo con un continuo milagro durante la Pasión de Nuestro Señor, en la cual no una sino innumerables veces habría muerto de puro dolor.

Durante el tiempo que vivió en Jerusalén, Ella visitaba todos los lugares en lo que su Divino Hijo padeció por nosotros, y en modo particular recorría personalmente, con profundas y dolorosas contemplaciones, la Vía de la Cruz, comenzando desde el palacio de Pilatos, donde Nuestro Señor fue condenado a muerte, y siguiendo hasta el Calvario.

¡De aquí nació el piadoso ejercicio del Vía Crucis, que es una de las más santas devociones de la Iglesia!

¡Así que, la Escuela de la Meditación de la Pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo la encontramos en María Dolorosa y Desolada!

Oh, bienaventurada el alma que se está todo su tiempo pensando entre Jesús y María, compadeciendo ora al Hijo ora a la Madre, ora llorando con Una, ora con Otro, ora representándose las escenas del Huerto, de la Captura, de los tribunales, de los flagelos, de las espinas, de la condena, del camino al Calvario, de la Crucifixión, de las tres horas de agonía, de la sed, del abandono, y luego dirigiendo los ojos del alma a toda la parte que tuvo en tales misterios de amor y de dolor la Madre de Dios, la más afligida de las madres, la Cual sufrió con Jesucristo, si bien en un modo todo espiritual, y por eso más doloroso, el Huerto, la captura, los ultrajes, los flagelos, las espinas, el camino al Clavario, los clavos, la agonía de la Cruz y la misma amarguísima muerte…

¡Bienaventurada el alma que, internándose en los Corazones Santísimos de Jesús y de María, entrevé, por cuanto es posible, el abismo de las penas interiores, y en las olas tempestuosas de esta “ contrición tan grande como un mar sin playas” (Magna velut mare contritio), mezcla afanosamente sus lágrimas de amor, extraídas por la cotidiana contemplación de las penas de Jesús y de María!

Sobre las Horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo » Notas Finales

Autora: Luisa Piccarretta

Por esto leemos en las revelaciones de Santa Gertrudis, de Santa Matilde, de la Venerable Le Royer, del Beato Enrique Susson, y de muchos otros santos contemplativos, que Jesucristo mismo les ha revelado que Él acepta la piadosa contemplación de sus divinos padecimientos como si en el tiempo de su Pasión el alma que hoy lo compadece lo hubiera ayudado y socorrido, le hubiera dado alivio y descanso en sus mismos brazos y en su mismo corazón.

Y cuán grande sea el bien espiritual que obtiene un alma de la asidua y cotidiana meditación de los padecimientos de nuestro amorosísimo Bien Jesús, no hay lengua humana que lo pueda dignamente expresar.

Ante todo es imposible que el alma no se sienta inflamar de día en día de amor hacia el Divino Redentor Jesús. Aquí se realiza lo dicho por el Profeta:

“In meditatione meaexardescit ignis”(En la meditación el fuego se enciende).

¿Y cómo podrá quedar indiferente un alma considerando diariamente los excesos, o mejor los extremos de la Pasión de Nuestro Señor?.

¿Y cuáles son estos extremos? En primer lugar: quién es Aquel que se somete a padecer y a las humillaciones? ¡Es el Hijo eterno del Eterno Padre; Dios igual al Padre; Creador, con el Padre, del Cielo y de la Tierra, de los ángeles y de los hombres! Aquel que si mira indignado la Tierra, la Tierra tiembla y los montes eructan.

Aquel bajo cuyos pies se inclinan los más sublimes coros de los ángeles. Aquel de quien nadie puede hablar dignamente, y cuyas grandezas son tan infinitas que ni siquiera María

Santísima puede llegar a comprenderlas enteramente. Ese es Jesucristo, Hombre y Dios, el Santísimo, de belleza inenarrable; la dulzura, la Bondad y Caridad infinitas.

Y este Hombre Dios, digno de todas las adoraciones y de los homenajes de los ángeles y de los hombres es Aquel que por nuestro amor se hizo como un leproso, escarnecido y humillado, colmado de oprobios y pisoteado como un vil gusano de la tierra… En segundo lugar:

¿Cuáles son las penas que sufrió? Estas son de tres clases: Sufrimientos corporales, ignomias y sufrimientos interiores.

Cada una de estas tres categorías es un abismo inconmensurable…

Si contemplamos los padecimientos que sufrió Jesucristo Nuestro Señor en su cuerpo adorable, nos sentimos estremecer ante el Varón de Dolores, como lo llamó Isaías, y en el Cual no había parte sana, porque se hizo una sola llaga, desde las plantas de los pies hasta el extremo de la cabeza…, hasta el punto de quedar irreconocible:”

Et vidimus eum et non erat aspectus”. (Y lo vimos y no era de mirarse. Is.53, 2). Meditando en los padecimientos de la humanidad Santísima de Jesucristo, nuestro Sumo Bien, los Santos se deshacían en lágrimas, se desvanecían de amor y no cesaban de flagelarse y mortificarse de todas maneras a sí mismos.

Otra categoría de inauditos padecimientos son las ignominias sufridas por el Verbo Divino hecho Hombre.

Aquí el alma contemplativa se siente desmayar viendo la Santísima puede llegar a comprenderlas enteramente.

Ese es Jesucristo, Hombre y Dios, el Santísimo, de belleza inenarrable; la dulzura, la Bondad y Caridad infinitas. Y este Hombre Dios, digno de todas las adoraciones y de los homenajes de los ángeles y de los hombres es Aquel que por nuestro amor se hizo como un leproso, escarnecido y humillado, colmado de oprobios y pisoteado como un vil gusano de la tierra…

En segundo lugar: ¿Cuáles son las penas que sufrió? Estas son de tres clases: Sufrimientos corporales, ignomias y sufrimientos interiores. Cada una de estas tres categorías es un abismo inconmensurable…

Si contemplamos los padecimientos que sufrió Jesucristo Nuestro Señor en su cuerpo adorable, nos sentimos estremecer ante el Varón de Dolores, como lo llamó Isaías, y en el Cual no había parte sana, porque se hizo una sola llaga, desde las plantas de los pies hasta el extremo de la cabeza…, hasta el punto de quedar irreconocible:” Et vidimus eum et non erat aspectus”.

(Y lo vimos y no era de mirarse. Is.53, 2). Meditando en los padecimientos de la humanidad Santísima de Jesucristo, nuestro Sumo Bien, los Santos se deshacían en lágrimas, se desvanecían de amor y no cesaban de flagelarse y mortificarse de todas maneras a sí mismos.

Otra categoría de inauditos padecimientos son las ignominias sufridas por el Verbo Divino hecho Hombre. Aquí el alma contemplativa se siente desmayar viendo la Tercera:

La vista amarguísima de todas las ingratitudes humanas, y el terrorífico espectáculo mismo de todas las almas que se habrían condenado, y para las cuales su Pasión no habría servido sino para hacerlas más infelices eternamente…

¡Oh, qué dolor para el Corazón Santísimo de Jesús que ama infinitamente a cada alma! Por esto, Él habla con el Profeta diciendo:

”Doloris inferni circumdederunt me” (Los dolores del Infierno me circundaron. Sal. 17, 6). Como si dijera: Siento en Mí los acerbísimos dolores en los que serán atormentados eternamente los pecadores que se condenarán.

Cuarta: La vista de todas las aflicciones que habría sufrido su Santa Iglesia. La vista de todas las penas corporales y espirituales a las que habrían sido sometidos inevitablemente todos los elegidos, tanto en esta vida como en el Purgatorio, y mucho más la pena del detrimento de los elegidos en las virtudes y en la adquisición de los bienes eternos, habiendo Él dicho que la adquisición de todo el Universo no es de compararse a un simple detrimento del espíritu…”

¿Quid enim proderit homini, si lucretur mundum totum, et detrimentum animae suae faciat? (¿De qué sirve al hombre ganr todo el mundo y perder su alma?) Mc.8, 36).

Uno de los extremos de estas interminables categorías de padecimientos del alma y del cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo que ha de considerarse también es su duración, la cual no es desde el Jueves Santo en la tarde hasta el Viernes Santo, sino desde el primer instante de su Encarnación en el Seno Purísimo de María Virgen hasta el último respiro dado en la Cruz.

Son treinta y cuatro años de continua agonía y de continuo inefable sufrir del alma y del cuerpo, en lo que se realiza de un modo misterioso la palabra del Profeta: “Abyssus abyssum invocat, in voce cataractarum tuarum”.

(Un abismo llama a otro abismo, al fragor de tus cataratas. Salmo 41, 8). El alma Santísima de Jesucristo bajo el ímpetu y la caída continua de las cataratas anegadoras de sus penas espirituales y de las agonías de su Corazón Divino pasaba de abismo en abismo, porque un abismo de penas llamaba a otro, y a otro…hasta lo infinito.

¡Ah, Él debía pagar en Sí mismo toda la deuda de culpa y de pena eterna de sus elegidos y sentir todas sus penas temporales!.

De aquí venía que Nuestro Señor amorosísimo moría a todo momento, en cuanto que el colmo de sus penas era tal que como puro Hombre Él habría muerto a cada instante, pero que, como Dios, sostenía con un milagro continuo su vida mortal para prolongar hasta el fin sus padecimientos y coronarlos con todos los dolores y los ultrajes de su Pasión y de su muerte de Cruz.

¡Cuán cierto es entonces que estamos obligados ante Nuestro Sumo Bien Jesús no por una muerte sola, sino por miles y cientos de miles de muertes por amor nuestro! Y sin embargo, Jesucristo Nuestro Señor, tratando con sus criaturas durante los treinta y tres años y tres meses de su vida terrena, aparecía calmado, dulce, sereno, tranquilo, manso, conservador…y hasta sonriente.

Él mantuvo perfectísimamente y comunicó este estado de paz y serena quietud en medio de abismos absolutamente inescrutables de penas interiores, diciendo por boca del Profeta, con una expresión que sólo el Espíritu Santo podía dictar: “Ecce in pace amaritudo mea amarissima”.

(He aquí en la paz mi amargura amarguísima. Is.38, 17).

Otro extremo, o mejor, exceso, que se debe meditar en la Pasión adorable de Jesucristo Nuestro Señor es que para salvar las almas nuestras, para redimir el mundo todo, no era en realidad necesario que Él sufriera las penas inefables del Alma y del Cuerpo a que se quiso sujetar, no todas las ignominias a que se quiso someter.

Héchose Hombre en el Seno Inmaculado de su Santísima Madre, le bastaba elevar una sola oración a su Padre, hacer un solo acto de adoración a la Divinidad, derramar una sola gota de su Sangre Preciosísima, cuanta se puede derramar por una pequeña herida hecha con la punta de un alfiler, y con esto habría podido redimir no un mundo solo, sino millones y millones de mundos, pues cada acción, aún la más pequeña, del adorable Señor Nuestro Jesucristo era de valor infinito.

¿Pero por qué, entonces, quiso ser más que inundado, sumergido en tantos cruelísimos, acerbísimos y dolorosísimos tormentos, penas, ignominias y agonías…que lo hicieron decir con el Profeta: “Veni in altitudinem maris et tempestas demersit me”?

(Me he adentrado en altamar y la tempestad me ha anegado. Sal.68, 3). ¡Oh misterio de amor infinito del Corazón de Jesús! Lo que bastaba para redimir millones de mundos era nada para el amor suyo por nosotros.

Él quiso mostrarnos cuánto nos ama, hasta dónde se extiende su amor por nosotros, y quiso prepararnos una Redención copiosa de demostraciones, de expiaciones, de ejemplos admirables y de inobjetables argumentos y pruebas de su ternísimo y obligantísimo amor.

¡Ah, que bien dijo el Apóstol Pablo: “Si quis non amat Jesum Chirstum anathema sit” (Quien no ama a Jesucristo sea maldito). ¿Y qué corazón es el nuestro si somos insensibles a una amo que para convencernos y atraernos se quiso manifestar a nosotros con las pruebas de penas tan inauditas como continuas?

Ah, una de las causas de nuestra dureza e insensibilidad es precisamente el imperdonable descuido en meditar y considerar cotidianamente la Pasión adorable de Nuestro Sumo Bien.

Jesús no se cansó de sufrir y agonizar treinta y cuatro años, en su alma y en su cuerpo, por nosotros.

¿Y nosotros nos cansamos en dirigir, por lo menos media hora al día, la mirada del alma a meditar penas tan inefables y por amor a nosotros sufridas por el Hijo de Dios hecho Hombre, por el Santo de los Santos, por el Impecable, que por nosotros se hizo pecado, esto es, víctima de todos los pecados, como lo proclamó el enamorado Bautista? Por todo lo cual sabiamente San Buenaventura escribe:

“Non debet nos taedere meditari quod Christum ipsum non taesuit tolerari.”(No debemos nosotros cansarnos en meditar en lo que Jesucristo no se cansó en soportar en Él mismo).

Pero otro extremo de tan infinito amor debemos considerar en la dolorosa e ignominiosa Pasión de NuestroSeñor Jesucristo.

Un extremo que es como el golpe decisivo para destrozar la frialdad y dureza de nuestro corazón y encadenarlo todo al amor del Eterno Divino Amante de las almas, extremo que si no sirve para conmovernos, servirá para hacernos reos de la más culpable crueldad, y para precipitarnos por el camino de la perdición.

Este extremo, sí, es considerar que todo lo que Jesucristo Nuestro Señor sufrió por amor y salvación de todas las generaciones humanas, es decir, por un número interminable de almas, lo sufrió igualmente por cada alma en particular.

Es decir, que si en el mundo no hubiera existido sino una sola alma, por aquella alma sola Nuestro Señor Jesucristo habría hecho y sufrido cuanto hizo y sufrió por la redención de todo el género humano.

O sea, oh lector o lectora míos, que si en el mundo no hubiera existido sino sólo tu alma que salvar, por ti sola el Hijo de Dios habría bajado del Cielo a la tierra, se habría encarnado tomando un cuerpo pasible, habría sufrido treinta y cuatro años, sin un solo instante de tregua, en el alma y en el cuerpo; se habría entregado por ti sola en manos de los mismos sufrimientos, de los mismos ultrajes, de las agonías, de los flagelos, de las espinas, de la misma Cruz y de la misma muerte…

¡Sí, así es! Pues es verdad que Nuestro Señor Jesucristo ama tanto a un alma cuanto ama a todas las almas presentes, pasadas y futuras, juntamente tomadas.

¿Quién podrá permanecer indiferente ante esta Caridad Infinita?

El alma que contempla la dolorosa e ignominiosa Pasión del Redentor Divino, debe contemplarla con esta consideración; debe decir:

Por mí, Jesús sufrió treinta y cuatro años; por mí sudó Sangre en el Huerto, por mí se hizo capturar, por mí se hizo conducir a los injustos tribunales, por mí soportó ignominias, golpes, escupitinas, empellones; por mí se hizo flagelar, coronar de espinas, condenar a muerte; por mí subió al Calvario, se hizo crucificar, agonizó tres horas, sufrió la sed, la hiel, el vinagre, el abandono; por mí por amor a mí, murió sumergido en un abismo de sufrimientos…

¡Qué ingratitud…Olvidarse de Jesús sufriente; esto es, de cuanto sufrió por amor a nosotros, que no somos más que vilísimos gusanos!

¿Qué, acaso Él tenía necesidad de nosotros? ¡Ah, Él, que sin criatura alguna habría sido, por virtud de su misma Divinidad, eterna e infinitamente feliz, como lo es!

Sobre las Horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo » Epílogo

Autora: Luisa Piccarretta

Unas palabras acerca de la autora de estas Horas de la Pasión: Luisa Piccarretta.

Nació el 23 de abril de 1865 en la pequeña ciudad de Corato, en la provincia de Bari, al sur de Italia, ahí vivió siempre, y ahí murió en olor de santidad el 4 de marzo de 1947.

Ochenta y dos años de vida, sesenta y cuatro de los cuales, sí, sesenta y cuatro, los pasó en la “celda más pequeña que haya habido en el mundo”: su cama.

Encima y alrededor de su cama una ligera estructura metálica de la cual por los cuatro costados pendían sendas cortinas, que hacían de su cama un claustro de escasos dos metros cuadrados; espacio suficiente para ella y su Amado:

Jesús, que casi a diario la visitaba y la amaestraba para que ella modelara todo su interior a semejanza de Él. Y no sólo para Él, sino también había espacio para la Mamá- la Santísima Virgen, a quien Luisa llamaba-, la que con la misma finalidad de hacer de Luisa una copia perfecta del interior de Jesús y del de Ella, la visitaba también con frecuencia.

Luisa estuvo siempre bajo la potestad de la “Señora Obediencia”, ante la que siempre se doblegó y sometió, y que desde el Obispo le venía por medio del Confesor en turno.

Nuestro Señor intervino para poner a Luisa definitivamente y sin dudas en su estado de víctima de reparación, para lo cual se sirvió de una epidemia de cólera que en 1886 cosechaba muchas víctimas en la región de Corato.

Jesús le pidió que aceptara un estado de sufrimientos para poner fin a aquel flagelo, y habiendo aceptado Luisa, después de tres días de sufrimientos desapareció el cólera, que desde meses antes cundía.

Cuando ella tenía 21 años, su nuevo confesor, Don Michele de Benedictis, para conocer, probar y discernir su espíritu, le impuso por primera cosa que, si debía sufrir, debía primero pedirlo a la obediencia.

Un año después, Jesús le pidió ofrecerse a sufrir, pero no ya a intervalos, como en el pasado, sino de modo continuo, y todo para reparar a la Divina Justicia, demasiado airada, y evitar a los hombres tantos castigos que cada vez más merecían y que estaban a punto de llover.

Luisa hizo saber estos deseos de Jesús al Confesor y le pidió que le diera la obediencia, pues debía sufrir “por un cierto tiempo”- que ella pensaba fueran cuarenta días-; el Confesor consintió y Luisa quedó así definitivamente en cama, desde los 22 años, en el otoño de 1887.

Y aún debió vivir por otros 60 años, sí, 60, en su “celda”, pues la obediencia le venía renovada, y los vivió así sin haber estado NUNCA enferma de nada y sin que jamás presentara una llaga debido a su estado.

Se inició, entonces, una nueva cadena de gracias singulares, Jesús se hacía ver frecuentísimamente, disponiéndola a los “Desposorios Místicos” y llevándola a una perfecta conformidad con la Voluntad de Dios.

Jesús continuó preparándola para otros desposorios, los “Desposorios de la Cruz”, y, una mañana, mostrándose crucificado, le comunicó los dolorosísimos estigmas de su Pasión, pero, consintiendo los deseos de Luisa de dejárselos invisibles, ninguna señal externa le dejó.

Desde entonces le era renovada por Jesús mismo la crucifixión. Luisa, que se veía consumar por un hambre insaciable de sufrir, años más tarde debió aprender que todo, voluntad de sufrir y aún el deseo de ver sensiblemente a Jesús, todo debía morir en la Divina Voluntad.

Muerto este Confesor, uno nuevo, Don Gennaro di Gennaro, en 1899, la tomó a su cuidado y así fue durante 24 años.

Y por primera cosa le dio la obediencia, dolorosísima para ella, de escribir todo lo que había sucedido, desde el inicio, entre Jesús y ella, y empezó a escribir en febrero de 1899.

Jesús continuó enseñándola y preparándola a su excelsa misión, a la máxima gracia y a un “estado superior”:

Vivir en y de la Divina Voluntad.

En 1900 le habla por primera vez de esto y da a ella por primera esta Gracia de las gracias y la constituye como la Pequeña Hija de la Divina Voluntad, iniciando así con ella, en el silencio y en lo escondido, la nueva Era de Gracia, el verdadero Reino de la Divina Voluntad en la Tierra, el cumplimiento del Pater Noster:

Fíat Voluntas Tua Sicut in Coelo et in Terra. Hágase Tu Voluntad como en el Cielo en la Tierra.

Luisa escribió, a partir de entonces, 36 volúmenes acerca de esta doctrina del vivir en la Divina Voluntad, y otros escritos, entre los cuales estas Horas de la Pasión, de las que se publicaron cuatro edicicones, en 1915, 1917 y 1921.

La obediencia de escribir cesó y el último capítulo del Vol.36 lo escribió el 28 de febrero de 1938.

Finalmente, el 4 de marzo de 1947, a las 6 de la mañana, murió, después de una breve pero inmensa pulmonía.

Después de 4 días de veneración pública de sus restos, tuvo su primera apoteosis: sus triunfales funerales, en los que participaron innumerables personajes de la Iglesia local de Trani, diócesis a la que pertenece Corato, así como de otras partes, según se puede constatar en algunas fotografías de la época.

Pero dejemos ahora la palabra a uno de sus Confesores, uno con el que estuvo en contacto por 17 años, si bien solo casi 2 años fue su confesor extraordinario, hasta la muerte de él en 1927; aquel que se interesó de tal manera en la persona, en los escritos de Luisa y en la doctrina de la Divina Voluntad, que fue quien publicó estas Horas de la Pasión: San Annibale María de Francia.

El P. Annibale Maria di Francia llegó a Corato en 1910, iniciando una serie de visitas y un frecuente e íntimo contacto espiritual con Luisa.

Conocerla, para él significó un viraje trascendental en su vida, y el conocimiento de la Divina Voluntad fue decisivo en su espiritualidad.

El Arzobispo de Trani lo nombró Censor eclesiástico de su diócesis y director en lo que se relacionaba con los escritos de Luisa, en vista de la publicación que el Padre deseaba hacer.

Entonces el P. Di Francia se dedicó, con todos sus deseos y energías, a la publicación de estas Horas de la Pasión, para las que escribió una larga introducción, e hizo cuatro ediciones, siempre con el Imprimatur y el Nihil Obstat.

El Padre, como Censor de los escritos de Luisa obtuvo de S.E: el Azobispo de Trani el Imprimatur para los primeros 19 volúmenes escritos por Luisa, que eran los que a la sazón había escrito.

Dejémosle, pues, la palabra a él, transcribiendo parte del válido testimonio que de Luisa dejó escrito:

“…Ella quiere vivir solitaria, oculta y desconocida. Por ninguna razón habría puesto por escrito las íntimas y prolongadas comunicaciones con Jesús adorable, desde su más tierna edad hasta hoy, y que continúan quién sabe hasta cuándo, si Nuestro Señor mismo no la hubiera obligado, ya sea directamente por Él o por medio de la santa obediencia a sus directores, obediencia a la que siempre se rinde con gran violencia por su parte, junto con una grande fortaleza y generosidad, porque el concepto que ella tiene de la Obediencia le haría rehusar aún la entrada al Paraíso…”

“Y esto constituye uno de los más importantes caracteres de un espíritu verdadero, de una virtud sólida y probada, y además se trata de cuarenta años en los que con la más fuerte violencia contra sí misma se somete a la gran Señora Obediencia, la que la domina…”

“Esta Alma Solitaria es una virgen purísima, toda de Dios, objeto de singular predilección del Divino Redentor Jesús Nuestro Señor, que de siglo en siglo acrecienta siempre más las maravillas de su amor, parece que de esta virgen, a quien Él llama la más pequeña que haya encontrado en la tierra, desprovista de toda instrucción, ha querido formar un instrumento apto para una misión tan sublime que NINGUNA OTRA se le puede comparar, esto es, para el triunfo de la Divina Voluntad en la tierra, de conformidad con lo que está dicho en el Pater Noster: Fiat Voluntas Tua Sicut in Coelo et in Terra”.

“Esta Virgen del Señor, desde hace más de cuarenta años, desde que era adolescente, fue puesta en cama como víctima del Amor Divino.

Y durante todo este tiempo ha vivido una larga serie de dolores naturales y sobrenaturales, de embelesamientos de la Caridad eterna del Corazón de Jesús.

Origen de dolores que exceden todo orden ha sido una casi continua y alternada “privación de Dios…”.

“A los sufrimientos del alma se agregan también los del cuerpo, todos originados por el estado místico: sin que ninguna señal aparezca en las manos, en los pies, en el costado o en la frente, ella recibe de Nuestro Señor mismo una frecuente crucifixión…

Y si Jesús no lo hiciera así, sería para esta alma un sufrimiento espiritual inmensamente más grande… Y esta es otra señal de verdadero espíritu…”.

“Después de cuanto hemos dicho acerca de la larga y continua vida de años y años en una cama en calidad de víctima, con participación de tantos dolores espirituales y corporales, podría parecer que la vista de tal desconocida virgen debería ser una cosa dolorosa y afligente, pues sería ver a una persona que yace con todas las señales de los dolores sufridos…pero aquí hay otra cosa admirable:

Esta Esposa de Jesús Crucificado, que pasa las noches en éxtasis dolorosos y en sufrimientos de todo género, al verla luego en el día, medio sentada en su cama, trabajando en sus bordados, nada, nada se transparenta, ni lo más mínimo, de una que en la noche haya sufrido tanto.

Ninguno, ningún aire de extraordinareidad o de sobrenaturalidad. Se ve en todo con el aspecto de una persona sana, alegre y jovial; habla, discurre y a veces ríe, si bien recibe a pocas personas amigas…”.

“No continúo más. La vida de esta virgen Esposa de Jesús es MÁS CELESTIAL QUE TERRENA, y quiere pasarla en el mundo ignorada y desconocida, no buscando sino a Jesús y a su Santísima Madre, quien la ha tomado bajo su particular protección”…

Y para terminar esta Presentación, diré que el Padre Di Francia, que con tanto fervor publicó esta obra y cuyo testimonio acerca de LUISA en parte he reproducido, fue BEATIFICADO por el Papa Juan Pablo II el pasado 7 de octubre de 1990 y fue por Él elogiado y puesto como ejemplo para los sacerdotes de nuestros días.

José Luis Acuña

Enero de 1991

Nota: El 16 de mayo de 2004 Aníbal María di Francia fue canonizado por el Papa Juan Pablo II

Sobre las Horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo » Algunas Consideraciones acerca del Modo de Hacer estas Horas de la Pasión

Autora: Luisa Piccarretta

A algunos les parecerá cosa difícil, si no imposible, hacer estas Horas de la Pasión.

¿Cómo, podrá decir alguno, se puede estar todos los días editando 24 horas, desde las 5 de la tarde de hoy hasta las 5 de la tarde de mañana… y luego empezar de nuevo?

Ciertamente que esto es humanamente imposible.

Y decimos humanamente porque con el concurso especial de la gracia divina, este ejercicio continuo, ininterrumpido, es el que ha hecho y desde hace tantos años el Alma solitaria que lo ha escrito.

Pero sin pretender nosotros tanto, el ejercicio de las 24 horas puede hacerse de diversas maneras, según las condiciones y las circunstancias de cada quien.

“Hacer” una Hora de la Pasión significa leerla con atención, meditándola, contemplándola, haciendo interiormente lo que el Alma Solitaria hace, y todo esto para hacer de la Pasión la vida propia.

Sí, porque no se trata de la meditación en general de la Pasión, como cuando se meditan los misterios dolorosos en el Santo Rosario o se lee una narración de lo que pasó, por muy elocuente que sea, sino que es un modo concreto, específico y eficaz, inspirado por el Amor mismo de Jesús, de fundirse el alma antes que todo con la Voluntad Divina para repetir, para rehacer continuamente la vida interior, los actos y los sentimientos que Jesús hizo y tuvo en el curso de su vida y de su Pasión.

No se trata, entonces, de sólo meditarlas, no se trata sólo de una devoción más, sino que se trata de una EDUCACIÓN A UNA VIDA.

Y con esta finalidad es con la que el alma ha de hacer estas Horas. Como primera cosa, es importante que el alma memorice el Horario, con el título o enunciado del contenido de cada Hora.

Esto le servirá muy bien para referenciar interiormente las diversas horas de la jornada diaria con los correspondientes pasos de la Pasión.

Para quien no puede, no es necesario hacer la meditación de alguna Hora precisamente en la hora del día que está transcurriendo; es decir, a las 7 de la mañana se puede hacer la hora de las 6 a las 7 de la tarde, por ejemplo.

Se debe meditar todas las Horas, de principio a fin, de acuerdo con las circunstancias y condiciones de cada quien, haciendo hoy una o unas y mañana la o las siguientes, según se pueda, hasta terminar y volver a empezar, pero siempre con la intención de continuarlas, aunque sólo sea con el enunciado o título de cada una, mientras no se puede uno retirar o dedicar a la meditación.

Otro modo será el de formar y organizar un grupo de cuatro, ocho o doce personas y repartirse el Horario completo, comprometiéndose cada una a hacer las que le correspondan en los diversos momentos del día de que pueda disponer, y todos los integrantes del “grupo” con la intención comunitaria, uniéndose en sus intenciones a las demás personas.

Jesús tendrá entonces sus “Relojes” que no se detienen nunca: su Vida y sus intenciones en acto en ese grupo.

¡Y oh, cuántas gracias divinas lloverán sobre el grupo y sobre cada uno de sus integrantes y se difundirán en bien de los demás!

Deberán rotarse periódicamente las diferentes Horas para que cada uno en un período razonable pueda hacerlas todas.

Pero quien tenga interés y empeño en hacer personal o comunitariamente este santo ejercicio podrá encontrar otros modos, siempre válidos, de hacerlo.

Sobre las Horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo » Exhortación

Autora: Luisa Piccarretta

Oh almas que amáis a Jesucristo, oh almas que hacéis profesión de vida espiritual, y vosotras especialmente, Esposas de Jesucristo, consagradas a Él con votos o con pertenecer a santas Congregaciones, considerad, después de haber leído todo lo anterior, cuánto agrado dais al Corazón Santísimo de Jesús con practicar estas Horas de la Pasión.

Ha sido para vosotras, especialmente, para quienes han sido inspiradas por Nuestro Señor estas Horas de la Pasión a aquella Alma Solitaria y contemplativa, que desde hace tantos años las ejercita con gran provecho para ella y para toda la Iglesia.

Gracias especiales os están reservadas si os aficionáis a este santo ejercicio cotidiano y os internáis en los mismos sentimientos y en las mismas disposiciones del Alma que lo escribió y que lo practica desde hace tantos años.

Y de los sentimientos tan íntimos y de las disposiciones tan amorosas de esta Alma, vosotras pasaréis a los sentimientos y a la disposiciones mismas de Nuestro Señor Jesucristo en las veinticuatro horas en las que sufrió por amor nuestro.

Y es imposible que en este ejercicio el alma no se encuentre con la dolorosísima Madre María, y no se una a la misma compasión y a los mismos afectos incomprensibles de la Dolorosa Madre de Dios.

¡Será un vivir con Jesús sufriente y con María doliente, y un cosechar todos los inmensos eternos bienes para sí y para todos!

¿Qué decir del gran medio que sería este ejercicio para toda la Comunidad Religiosa para adelantar en santidad, para conservarse, para crecer en número de almas elegidas y para lograr toda verdadera prosperidad?

¡Cuágrande empeño, entonces, cada Comunidad debería tener en practicar constantemente este ejercicio!

¡Y las almas de la Comunidad, que se llegan diariamente a la Sagrada Mesa, oh, entonces sí que la Santa Comunión la harían con tales disposiciones de fervor y con tal amor a Jesús que cada Comunión sería un renovado esponsal del alma con Jesús en la más íntima y creciente unión de amor!

¡Si Jesús, por un alma sola que haga estas Horas evitará castigos a esa ciudad en que se hagan y hará gracias a tantas almas por cuantas son las palabras de este Reloj Dolorosa, ¿Cuántas gracias no podrá esperar una Comunidad?, ¿de cuántos defectos y relajamientos no será curada y preservada?, ¿y de cuántas almas no procurará su santificación y de otras su salvación si practica este piadosísimo ejercicio?

¡Hubiera en cada Comunidad un alma que se aplicase a practicarlo con atención en el día, si bien entre las ocupaciones diarias, y en la tarde y noche con un poco de vigilia; pero sería el colmo del divino y máximo provecho para la Comunidad y para todo el mundo si un tal ejercicio fuera practicado por todas, turnándose de día y de noche!

P. Annibale Maria de Francian

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