por makf | 27 Ago, 2025 | Glorias de Maria
¡Oh Madre de Dios, Reina de los ángeles y esperanza de los hombres! Vos, que escucháis a todo el que os llama, quienquiera que sea, ved aquí postrado a vuestros pies a un desventurado que hasta ahora fue cautivo del demonio, pero que ya desea consagrarse del todo por esclavo vuestro, ofreciendo honraros y serviros en adelante lo que le dure la vida.
Bien conozco que, habiendo ofendido a vuestro Hijo Santísimo, poco es el honor que os puede resultar de que os sirva, un esclavo tan vil y rebelde como he sido yo; pero Vos tenéis poder para trocarme en otro hombre distinto, y si lo hacéis, el honor será debido a vuestra sola misericordia.
No rehuséis esta oferta, Madre mía. Ovejas perdidas vino a buscar el Verbo eterno, y por salvarlas se hizo Hijo vuestro. ¿Cómo habéis Vos de desechar a esta ovejuela que por vuestro medio vino buscando el buen Pastor? Ya se dio el rescate por mi remedio; ya mi Redentor derramó aquella sangre preciosa que pudiera redimir infinitos mundos.
Sólo falta que a mí también se me aplique, y esto la Vos os toca, Virgen benditísima, pues, como San Bernardo nos enseña.
Vos sois la que dispensáis a quien os agrada todo su valor y merecimiento. Vos salváis a todo el que queréis, añade San Buenaventura. Conque, Señora, Vos me habéis de valer, Vos me habéis de salvar. En vuestras manos pongo mi alma. Vos la salvaréis.
por makf | 27 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Bien experimentó la eficacia de esta oración San Francisco de Sales, como en su Vida se cuenta.
Tenía el Santo diecisiete años, y hallándose en París dado al estudio y juntamente a la devoción y amor de Dios, en cuyo trato gozaba su alma delicias indecibles, permitió el Señor, para probarle y unirle más consigo, que el demonio le hiciese creer que todo cuanto bien hacía era inútil, porque estaba ya reprobado.
Al mismo tiempo le dejó el Señor en gran oscuridad y aridez de espíritu, pues quedó como insensible a toda buena consideración, aunque fuese de la dulzura y bondad divina, con lo que la tentación tuvo más fuerza para afligir el ánimo del santo joven, en términos que perdió apetito, sueño, color y alegría, causando compasión el mirarle. En medio de esta deshecha borrasca, todos los pensamientos y palabras del Santo eran de confianza y dolor, prorrumpiendo en estos o semejantes afectos:
«¿Conque he de vivir privado de la gracia de mi Dios que antes se mostraba conmigo tan suave y amoroso? ¡Oh amor, oh belleza infinita, a quien he consagrado toda mi alma! ¿Se acabaron para mí vuestras consolaciones? ¡Oh Virgen purísima, Madre de Dios, la más hermosa de las hijas de Jerusalén!
¿Conque jamás he de ver en el Cielo vuestro hermoso rostro? ¡Ah Señora! Si ha de ser tan grande mi desgracia, a lo menos no permitáis que en el infierno diga blasfemias contra Vos.» Tales eran los tiernos afectos de aquel amor afligido y enamorado de Dios y de su santísima Madre.
Un mes duró la prueba, al cabo del cual Señor por bien librarle por medio del consuelo del mundo, María Santísima, a quien el Santo había consagrado su virginidad, y en quien decía tener colocada toda su esperanza. Se volvió una tarde a casa y de paso entró en una iglesia, donde vio una imagen de la Virgen, y escrita al pie la oración de San Bernardo, que empieza: Memorare, etc.
«Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen!, que nunca se oyó haber sido abandonado ninguno de cuantos acudieron a refugiarse a Vos.» Se postra allí delante, dice esta oración con íntimo efecto, renueva el voto de virginidad, promete, además, rezar el santo Rosario todos los días, y añade:
«Reina y Señora mía, valedme de abogada con vuestro Santísimo Hijo, a quien no me atrevo yo a recurrir. Madre mía, si es que en el otro mundo he de tener la suma desgracia de no amar a un Señor tan digno de ser amado, alcanzadme, a lo menos, que en éste le ame todo cuanto yo pueda. Esta es la gracia que os pido y espero de Vos.»
Acabada esta súplica, quedó como quien descansa en los brazos de la divina Providencia, resignado enteramente en la voluntad de Dios. Y en el acto mismo se sintió libre de la tentación por mano de aquella Madre dulcísima. Volvió la serenidad a su alma y juntamente la salud corporal.
Siguió siendo devotísimo de María, cuyas misericordias y excelencias no cesó de publicar en sermones y libros todo el tiempo que le duró la vida.
por makf | 27 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Desterrados y peregrinos, vamos caminando por este valle de lágrimas los hijos de Eva, reos de su misma culpa, condenados a la misma pena y siempre lamentando los males que sufrimos de cuerpo y alma. Feliz el que entre tantas miserias vuelva con frecuencia los ojos al consuelo del mundo, al amparo de los afligidos, a la Madre de Dios. Feliz, dice María (Prov., 8, 34), quien oye mis consejos y viene de continuo a las puertas de mi piedad solicitando mi patrocinio.
Bien nos enseña la santa Iglesia la solicitud y confianza con que hemos de acudir continuamente a nuestra amorosísima Protectora ordenando venerarla con un culto muy especial:
tantas festividades, el sábado de cada semana, tres veces al día, y los eclesiásticos en el Oficio divino a cada hora, por sí y a nombre de los demás fieles, sin contar las novenas, oraciones, procesiones y peregrinaciones a sus imágenes y santuarios en tiempo de aflicción o calamidades. Esto es lo que la misma Señora pretende, recibiendo nuestros obsequios, aunque tan mezquinos, con el fin de consolarnos y socorrernos al ver nuestra confianza y devoción.
Dice el estímulo de amor que de María Santísima fue en los tiempos antiguos figura muy expresa aquella mujer llamada Rut, nombre que en su lengua significa la que ve y la que se apresura; porque luego que ve nuestras miserias, viene con celeridad a remediarlas, siendo tanto el deseo que tiene de hacernos bien, que no lo difiere para después; y como, por una parte, no es avara de sus beneficios, y, por otra, es Madre amorosísima, corre a dispensarnos los tesoros de su liberalidad.
¡Oh y cuan veloz corre a favorecer a todos los que la invocan de corazón! Tus dos pechos sen como dos cabritillas mellizos (Caní., 4, 5). Sobre estas palabras dice Ricardo de San Víctor que los pechos de María están prestos a dar leche de misericordia a quien se la demanda, como para correr son veloces los cabritos.
La piedad de la Virgen se derrama sobre quien la implora, aunque sólo sea rezando un Avemaría. Y no sólo corre, sino vuela, a semejanza del Señor, que para responder a quien le llama y conceder lo que se le pide, en cumplimiento de su promesa, vuela veloz.
De este modo se entiende quién es aquella Mujer insigne del Apocalipsis (12, 14), a quien dieron alas de águila, expresión que el Padre Ribera explica del amor con que siempre voló hacia Dios; pero otros dicen, más a nuestro propósito, que significa velocidad mayor que vuelo de serafín, con que acude a socorrer a todos sus hijos. Por esto dice San Lucas en su Evangelio (1,39) que cuando fue a visitar a su prima y a llenar de bendición aquella casa, iba con gran ligereza.
Por lo mismo se dice también en los Cantares (5, 14) que sus manos fueron hechas a torno; porque así como el arte de tornear es más fácil y pronto que los demás, así más pronto es María que ningún Santo en favorecer a sus devotos Según es el deseo que tiene de consolarlos, así es la prontitud con que acude luego que se siente llamar.
Por eso el salterio mariano la llama Salud de los que la invocan; y, al decir de los Santos, basta llamarla para ser uno amparado, basta invocarla para salvarse; siendo mucho mayor su voluntad de dispensarnos favores, que la nuestra de recibirlos.
Ni la muchedumbre de nuestros pecados debe hacernos desconfiar cuando nos llegamos a sus pies, porque es Madre de misericordia, y la misericordia no ha lugar cuando faltan miserables.
Al modo que una madre natural no deja de atender a la cura de un hijo tinoso, aunque le cause asco, así María no nos desecha cuando la buscamos, a pesar la fealdad de nuestros delitos. Esto significó la piadosa Señora cuando, como vio Santa Gertrudis, extendía su piadoso manto para cubrir a los que venían buscando refugio en él, o mandaba a los ángeles que los defendiesen del enemigo.
Es tanta la clemencia con que nos mira y tanto el amor que nos tiene, que no espera nuestras súplicas para socorrernos, pues (Sab., 6, 14) nos alcanza los favores divinos antes que nosotros los solicitemos. Hermosa como la luna es llamada, no sólo por la apacibilidad con que sale iluminándonos y alegrándonos, sino porque, llevada de su entrañable amor, se anticipa a nuestras súplicas y deseos.
Esta bondad proviene, dice Ricardo de San Víctor, de tener un pecho santísimo tan lleno de piedad, que de suyo difunde misericordia, sin poder oír que un alma se halle en necesidad y no correr al punto a su remedio.
Bien lo dio a conocer en aquella boda del Evangelio, estando todavía en carne mortal. Luego que advirtió el sonrojo de los esposos, por habérseles acabado el vino, sin que nadie se lo rogase, y únicamente movida de sus piadosísimas entrañas, se acercó a su Hijo querido y le pidió que hiciese el milagro y consolase a aquella familia.
No tienen vino, dijo; y el Señor, para consolar a los esposos, y mucho más dar gusto a su Madre, lo hizo benignamente. Pues si favorece así aun a los que de Ella no se valen, ¿cuánto más pronto se mostrará en socorrer a los que la llaman con devoción?
Si alguno lo pone en duda, oiga el testimonio de los Santos que dice:
¿Quién jamás acudió a María, ¡y dejó de encontrar amparo? ¿Quién, oh Virgen Santa; recurrió a valerse de vuestro patrocinio, con el cual podéis aliviar a todo miserable y salvar a todo pecador, y le abandonasteis?
No, nunca sucedió ni sucederá que habiendo alguno acudido a Vos, le hayáis faltado. Y si esto se ha visto alguna vez, «no se hable más de vuestra misericordia», dice San Bernardo:
«Antes faltarán los cielos y la tierra, añade Blosio, que María en socorrer a los que la invoquen sinceramente, poniendo en ella su confianza.» Y aun a veces seremos oídos más pronto recurriendo a Ella que si acudiésemos al Señor.
No porque la Madre sea más poderosa que su Hijo, puesto que bien sabemos que nuestro único Salvador es Jesucristo, sino porque recurriendo al Señor, y considerándolo como Juez, a quien también pertenece castigar, puede suceder que nos falta la confianza necesaria para ser oído; pero yendo a María, que otro oficio no tiene más que el de la misericordia para defendernos como aboga-Ida, parece nuestra confianza mayor y más segura.
Y así, vemos que muchas cosas pedimos a Dios, y no las alcanzamos. Las pedimos a María, y las alcanzamos. ¿Por qué? No porque sea más poderosa, sino por la razón ya dicha, y también porque Dios quiere de esta manera honrar a su Madre Santísima.
Dulce es la promesa que acerca de esto oyó Santa Brígida de boca del Señor, cuando, hablando una vez a su querida Madre, le dijo así: «Pídeme cuanto quieras: nada te negaré. Y todos los que por tu medio busquen misericordia, con propósito de enmendarse, alcanzarán la gracia.»
Lo mismo oyó Santa Gertrudis otra vez en que Jesús dijo a María que Él, por su omnipotencia, le había concedido el que usase de misericordia con los pecadores, de cualquier modo que quisiese.
Repitamos todos con gran confianza: Acordaos, Señora piadosísima, que a ninguno jamás habéis desechado. Y así, perdonadme si me atrevo a decir que no quiero ser yo el primer desdichado que deje de hallar clemencia recurriendo a Vos.
por makf | 27 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Purísima Virgen María, adoro vuestro santísimo corazón, donde tuvo el Rey de los Cielos su descanso y delicia.
Yo, pecador miserable, vengo a vuestra presencia con el mío lleno de manchas. y así no alego méritos ni virtudes, antes bien, sé que por mis vicios no merezco más que tormentos eternos.
Pero ahora que siento deseos vivos de enmendarme, me valgo con toda confianza de vuestra bondad y misericordia. Mirad, Señora, lo que vuestro dulcísimo Hijo padeció por mí, y de esta suerte no podéis desecharme.
Os ofrezco todas las penas de su santísima vida, el desabrigo del pesebre, los trabajos de la huida a Egipto, la pobreza, agonía, sudor de sangre y muerte afrentosa con que a vuestra presencia expiró en la cruz.
Por todas estas penas y por el tierno amor que le tenéis, os pido me deis la mano para conseguir mi salvación. Madre mía, no creo que me abandonéis ahora que arrepentido, acudo a Vos e imploro vuestro valimiento.
Si otra cosa pensara, haría injuria a vuestra misericordia, que siempre busca a los más infelices para salvarlos. No, no negaréis vuestra piedad a quien Jesús no negó su preciosa sangre; pero como sus méritos no le aplican si Vos no intercedéis, así lo espero de vuestra piedad.
No ion riquezas, honores, ni otros bienes del mundo lo que solicito. Pido la gracia de Dios, su amor santísimo, el cumplimiento de su voluntad, y después, la gloria, para amarle eternamente.
¿Será posible que me escuchéis? Sí, ya me escucháis; ya me recibís bajo Vuestro manto; ya rogáis por mí; ya me alcanzáis lo que deseo. Sea Mli Madre mía, y no me dejéis nunca ni ceséis un instante de pedir por mi hasta verme salvo en el Cielo, donde, postrado a vuestras plunlus. no me cansaré de bendeciros y ensalzaros eternamente. Amen.
por makf | 27 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Un hombre casado vivía en desgracia de Dios; La mujer era buena, y no pudiendo apartarle del mal camino, le rogó que, a lo menos, siempre que hallase alguna imagen de la Virgen le rezase una Avemaria. El tomó el consejo, y yendo una noche a ofender a Dios vio una lámpara encendida delante de una de sus imágenes con el Niño en los brazos.
Le rezó su Avemaria; pero, al acabarla, notó que el Niño estaba todo llagado, y de las heridas corriendo sangre.
Admirado y compungido por conocer que sus culpas eran la causa, empezó a llorar; pero viendo que el Señor le volvía las espaldas, lleno de confusión se dirige a la Virgen, diciendo: «Madre de misericordia, vuestro Hijo me desecha, pero en Vos, que sois Madre suya y tan compasiva, tengo abogada.
Favorecedme y pedidle por mí.» La Virgen le respondió desde la imagen: «Madre de misericordia me llamáis los pecadores; pero me hacéis Madre de miseria renovando la Pasión de mi Hijo y mis dolores.»
Con todo, como Ella no acierta a despedir desconsolado a ninguno de los que llegan a su puertas, se puso a pedir a su Santísimo Hijo que se dignase perdonarle. Mostraba el Señor repugnancia, pero la benignísima Señora dejándole en el nicho, se le puso de rodillas, diciendo: «Hijo mío, no me levanto de aquí hasta que perdones a este pecador.»
Entonces respondió Jesús: «Madre mía, nada puedo negaros; pues queréis que le perdone, le perdono por amor vuestro.
Traedle a que bese mis llagas.» Con esta licencia se acercó él, y, conforme las iba besando, se iban cerrando y quedando sanas.
Al fin de todo le dio el Niño un abrazo, y desde aquella hora mudó el hombre de vida, pasando santamente lo restante de ella y amando con ternura a su Protectora, por quien alcanzó gracia tan especial.