por makf | 28 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Un joven a quien su padre había dejado, con la nobleza, muchos bienes de fortuna, por haberse dado a los vicios, vino a ser tan pobre, que tuvo que ponerse a pedir limosna, y al cabo se fue de su patria para vivir con menos vergüenza donde nadie le conociese.
Encontró en el camino a un hombre que había sido criado de su casa, el cual, viéndole tan derrotado y miserable, le dijo que se alegrase, porque él le presentaría a un señor muy poderoso, de quien seguramente podía esperar cuanto necesitase.
Era este hombre, por lo visto, un malvado hechicero, y llevando consigo al mozo por un bosque cerca de una laguna, empezó a hablar con persona invisible.
El joven, admirado, le preguntó con quién hablaba y él respondió: «Con el demonio.» Y al mismo tiempo le animaba a no temer, viéndole tan asustado. Siguió conversando, y dijo: «Señor, este joven se ve reducido a extrema necesidad, y quisiera recobrar lo perdido.»
«Si está dispuesto a obedecerme —contestó el espíritu infernal - le haré más rico que antes era: pero con la condición que reniegue de Dios.»
Al oír esto, el joven se horrorizó; pero instigado por el maldito hechicero, al fin lo hizo, y renegó de su Criador.
«No basta — volvió a decir el diablo —; también ha de renegar de la Virgen, porque ésta es la que nos hace mayor daño. ¡Oh, a cuántos nos arrebata de las manos, volviéndolos a Dios y alcanzándoles la salvación!» «Eso, no —dijo el joven—; yo no reniego de mi Madre, porque Ella es toda mi esperanza; más quiero ir toda mi vida por el mundo pidiendo limosna.» Dicho esto, huyó de allí.
A la vuelta encontró una iglesia de nuestra Señora, donde, habiendo entrado, se postró ante una imagen suya, y empezó a suplicar con muchas lágrimas que le alcanzase misericordia y perdón. He aquí que María se pone al instante a pedir a su Santísimo Hijo por aquel infeliz; pero el Señor respondió: «Es un ingrato, que ha renegado de Mí.»
La Virgen, a pesar de esto, no cesaba de rogar por él, hasta que al fin le dijo el Señor: «Madre: nunca os he negado nada; quede perdonado, pues que Vos lo queréis.»
Todo esto lo estuvo escuchando a escondidas un hombre rico que era el mismo que había comprado las haciendas del joven, y viendo el favor que la Virgen le dispensaba, le llevó a su casa y le dio por mujer a una hija suya única, haciéndole heredero de cuanto tenía. Así recobró el joven a un tiempo, por medio de la Virgen, la gracia de Dios y los bienes temporales.
por makf | 28 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Que el invocar y hacer oración a los Santos, y especialmente a la Reina de todos, María Santísima, para que nos alcancen del Señor gracias y favores, es cosa no solamente lícita, sino útil y santa; es verdad de fe, definida en los Concilios, contra los herejes, que la motejan de injuriosa a Jesucristo, único medianero nuestro.
Pues si Jeremías, después de su muerte, ruega por la ciudad de Jerusalén (2 Macab., 15, 14); si los ancianos del Apocalipsis (6, 8) presentan a Dios las oraciones de los Santos; si promete San Pedro a sus discípulos (2 Pftr, 1,15) acordarse de ellos después de pasar de este mundo; si San Esteban (Act., 7, 59) ruega por sus perseguidores; si San Pablo (Act., 27, 24) lo hace por sus compañeros; si pueden los Santos
pedir por nosotros ¿por qué no hemos de solicitar su intercesión? El mismo San Pablo (/ Tesal., 5, 25) se encomendó en las oraciones de sus discípulos. Y Santiago (5, 16) nos exhorta a rogar los unos por los otros. Luego bien podemos hacerlo con toda seguridad.
¿Quién niega que Jesucristo sea nuestro medianero de justicia, que con sus méritos nos ha reconciliado con el Padre? Mas ¿no será también cosa impía el decir que desagrada a Dios dispensar mercedes por intercesión de los Santos, y con especialidad por medio de su Madre amantísima, a quien desea grandemente ver amada y venerada de todos? ¿Quién no sabe que el honor tributado a la madre redunda en honor de los hijos? (Prov., 17,6).
¿Quién ha de creer que se oscurezca la gloria del Hijo alabando a su Madre, sino, al contrario, que cuantos más elogios se le den a Ella, más se le dan a Él? Bendecir a la Reina Madre, dice San Ildefonso, es bendecir al Hijo.
No se duda que por los merecimientos de Jesucristo se concedió a María la dignidad de ser medianera de nuestra salud, no de justicia, sino de gracia y de intercesión, corno la llaman el espejo de nuestra señora y San Lorenzo Justiniano.
Y, por lo mismo, el acudir a la Virgen para que nos alcance las gracias no proviene, dice el Padre Suárez, de que desconfiemos de Dios y de su misericordia, sino del temor de nuestra propia indignidad y vileza, conociendo la cual recurrimos a María para que supla nuestra miseria con sus méritos e intercesión. Que esto sea cosa útil y santa,lo dudará solamente quien no tenga fe.
Mas lo que ahora intentamos probar es que su intercesión es necesaria para salvarnos, si no de una manera absoluta y rigurosa, a lo menos, moralmente, hablando con toda propiedad.
Y decimos que esta necesidad dimana de la voluntad positiva de Dios, que ha determinado que todas las gracias que a los hombres dispensa hayan de pasar por manos de María, según la opinión de San Bernardo, que ya es común hoy entre los doctores y teólogos, como lo explica bien el autor del libro intitulado reino de maría.
Esta es la opinión de Vega, Mendoza, Segneri, Poiré, Crasset, Contenson otros innumerables. Hasta Natal Alejandro, autor ordinariamente tan mirado en lo que dice, lo segura sin titubear.
Sólo un escritor moderno (1) ha mostrado ser le diverso sentir, aunque habla con mucha piedad v doctrina cuando explica la verdadera y falsa devoción.
Mas con la Madre de Dios ha sido muy avaro en concederle esta prerrogativa, que le «tribuyen largamente San Germán, San Anselmo, San Juan Damasceno, San Buenaventura, San Antonino, San Bernardino de Sena y tantos otros doctores sagrados, que sin dificultad aseguran ser la intercesión de María no sólo útil, sino también necesaria.
Dice dicho autor que el suponer que Dios ninguna gracia conceda sino por medio de la Virgen es una hipérbole o exageración deslizada al fervor de algunos Santos, la cual, entendida como se debe, quiere decir que de María hemos recibido a Jesucristo, por cuyos méritos lo alcanzamos todo; pues sería error, añade, el creer que Dios no puede concedernos favores sin la intervención de su Madre, enseñando el Apóstol (1 Tim., 2, 5) que los cristianos sólo reconocemos a un Dios y a un mediador entre Dios y los hombres, que es Jesucristo.
Pero, con licencia de este escritor, una es mediación de justicia, por vía de merecimiento; otra de gracia, por vía de ruegos.
Y una cosa es decir que Dios no puede; otra, que no quiere conceder sus gracias, sino por medio de María. Nadie niega que Dios, como fuente de todo bien, es dueño absoluto de sus beneficios, ni que María, si nos da, es porque lo recibe graciosamente de Dios.
Mas ¿quién pondrá tampoco en duda ser cosa muy puesta en razón que, habiendo amado y honrado a Dios esta criatura excelentísima más que ninguna otra, y sido ensalzada a la dignidad incomparable de Madre del mismo Dios, quiera el Señor que todas las gracias que haya de conceder pasen por sus manos virginales?
Confesamos que Jesucristo es el único mediador de justicia, y por sus méritos alcanzamos gracia y salvación; pero añadimos que María es mediadora por gracia, y que si bien cuantos favores nos impera son en virtud de los méritos del Redentor, y pidiéndolos Ella en nombre del Redentor, pero, al fin, pasan todos por sus benditas manos.
En esto no hay nada que se oponga a los dogmas de nuestra fe; antes bien, es muy conforme a lo que tiene y cree la santa Iglesia, enseñándonos en las oraciones públicas que de continuo acudamos a esta dulce Madre y la invoquemos, llamándola salus infirmorum, refugium peccatorum, auxilium christianorum, vita, spes nostra, Y en el Oficio divino, que manda rezar en las festividades de la Virgen, aplicándole una palabras de la Sabiduría (Eccli,, 24, 25), nos dice que hemos de poner en Ella toda la esperanza de gracia, de vida, de salvación eterna, como medio para preservarnos de pecar, cosas todas que declaran manifiestamente la necesidad que tenemos de su poderosa intercesión.
Y en este creer y sentir nos confirman innumerables teólogos y Santos Padres, de los que no es justo que digamos que por ensalzar a María hallaron con hipérboles y se les cayeron de la boca exageraciones, porque el exagerar y aumentar con exceso es traspasar los límites de la verdad, vicio muy ajeno de los Santos, asistidos en lo que escribían del espíritu de Dios, que es espíritu de verdad.
Y aquí se me permita decir en breve digresión que cuando una opinión tiene algún fundamento y mira de alguna manera el honor de María Santísima, no conteniendo nada que sea contrario a la fe, decretos de la Iglesia o a la verdad en sí, el no admitirla o impugnarla con pretexto de que la contraria puede también ser verdadera, denota poca devoción a la misma Señora.
En la lista de los pocos devotos no quisiera estar yo, ni que se contase ninguno de mis lectores; antes bien, que todos no hallásemos comprendidos en el número de los que firmemente creen cuanto sin error se puede creer de su grandeza, pues entre los obsequios que más le agradan, uno es el de creer con firmeza sus excelencias y prerrogativas.
Y cuando otra razón no hubiera, bastaría saber lo que enseñan los Santos, que todo cuanto se diga en alabanza de María todo es poco para lo que merece su dignidad de Madre de Dios. Añádase lo que nos propone la santa Iglesia, que en su Misa nos manda decir estas palabras:
«Feliz eres, ¡oh sagrada Virgen!; feliz y dignísima de toda alabanza.»
Pero volviendo al punto, veamos lo que dicen los Santos: San Bernardo la llama Acueducto lleno, de cuya plenitud recibimos todos.
Dice también que antes no había en el mundo esta fuente copiosa; pero que, ya nacida, de ella corre la gracia hasta nosotros continuamente. Por lo que, así como para tomar la ciudad de Betulia mandó romper Holofernes las cañerías que iban a la ciudad, así el demonio, para apoderarse de las almas, procura que pierdan la devoción a nuestra Señora, y si lo consigue, tiene hecho lo demás.
¡Oh alma!, añade el Santo, mira con cuánta devoción y afecto desea Dios ver honrada a su Madre, pues depositó en sus manos todos los tesoros de su bondad para que sepamos que todo cuanto tenemos de esperanza, de gracia y de salvación lo recibimos de María. Y considerando el nombre que la santa Iglesia le da de Puerta del Cielo, dice que de allí no viene gracia ninguna que no pase por sus manos benditísimas.
San Antonino asegura que todas cuantas misericordias se han dispensado a los hombres, todas han sido por medio de María. Por eso la comparan con la luna, porque así como la luna se interpone entre el sol y la tierra, y derrama sobre ésta los rayos que recibe del sol, así María es medianera entre Dios y nosotros, y nos transmite la gracia.
San Jerónimo, o quien sea el autor de un sermón de la Asunción inserto en sus obras, confirma esta verdad, diciendo que en Jesucristo está la plenitud de gracia como en cabeza de quien se derivan los espíritus vitales; esto es, los auxilios divinos con que se alcanza la salvación eterna, y que en María está la gracia en plenitud, como en cuello y conducto por donde todo pasa a los miembros.
San Bernardino de Sena lo trae aún más expresamente, enseñando que por su medio se transmiten a los fieles, que son el cuerpo místico de Jesucristo, todas las gracias de la vida espiritual que desciende del mismo Señor; añadiendo que en el punto en que fue concebido en su seno virginal el Verbo eterno, adquirió la Madre cierto derecho y jurisdicción a todos los dones que proceden del Espíritu Santo, en términos que ya ninguna criatura recibe gracia ni favor que no pase por sus manos virginales, con derecho y autoridad para dispensarlas a quien, cuándo y en el modo que más la agrade.
El Padre Crasset, S. J., explicando aquellas palabras donde anuncia el profeta Jeremías (31, 22) la encarnación del Verbo divino, diciendo: Una mujer rodeará al Hombre-Dios, compara las gracias que vienen por su mano a las líneas que salen de un círculo, las cuales han de pasar por la circunferencia; así, de Jesucristo nuestro Señor, que es centro de la gracia, no procede ninguna sin que haya de pasar por medio de María, que en la Encarnación le tuvo en su seno inmaculado.
Por esto el abad de Celles nos exhorta a recurrir a la tesorera de todas las gracias, pues únicamente por su medio deben aguardar los hombres todo el bien que pueden esperar.
El Padre Suárez enseña ser hoy sentir de la Iglesia universal que la intercesión de la Virgen no sólo es útil, sino necesaria.
Necesaria, vuelvo a decir, no en sentido absoluto, porque precisa y absoluta sólo nos es la de Jesucristo nuestro Señor, sino en sentido moral, por haber Dios determinado no conceder al hombre cosa alguna que no pase por manos de su Madre, conforme a la doctrina de San Bernardo, enseñada mucho tiempo antes por aquel Santo, que, hablando con la misma Señora, dice así:
«¡Oh María! El Señor ha dispuesto que por vuestras manos pasen todos los bienes que ha de repartir a los hombres, y para ello os ha confiado todos los tesoros y riquezas de su gracia.»
Otro escritor mariano asegura igualmente que sin el consentimiento de esta purísima Doncella no liso Dios hacerse hombre, por dos motivos: el uno, para que quedásemos sumamente obligados a gran bienhechora, y el otro, para que supiésemos que la salvación de todos quedaba pendiente de la voluntad y arbitrio de la misma Señora.
En fin, el espejo de nuestra señora, comentando aquellas palabras del profeta Isaías (11, 1-3), que dice que de la estirpe de Jesé, padre de David, brotará un retoño, que es María, y de éste una flor, que es el Verbo encarnado, dice hermosamente: «Todo el que aspire a conseguir la gracia del Espíritu Santo, busque la flor en su tallo, porque en éste se halla la flor, y en la flor, a Dios.»
Y sobré aquel texto de San Mateo (2, 11): Hallaron al Niño con María, su Madre, escribe: «Jamás hallará nadie a Jesús sino por medio de María.»
De todo lo dicho se infiere claramente que cuando estos Santos y Doctores enseñan que todas las gracias del Cielo vienen por sus manos, no han querido decir solamente que sea porque de Ella hemos recibido a Jesucristo, fuente de todo bien, sino porque, además, quiere Dios que cuantos favores y auxilios se han dispensado después a los hombres, y se dispensarán hasta el fin del mundo por los méritos de Jesucristo, todos hayan de ser debidos a la intercesión de su Madre santísima.
Por eso escribe San Ildefonso: «Siervo del Hijo quiero ser; mas porque nadie puede lograrlo sin ser siervo de la Madre, por eso ambiciono serlo de la Madre.»
por makf | 27 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Vivía en Reisberg un canónigo regular devotísimo de la Virgen María, llamado Amoldo, el cual, viéndose a las puertas de la muerte, y habiendo ya recibido todos los Sacramentos, llamó a sus compañeros y Íes pidió no le dejasen solo en aquel punto.
Dicho esto, empezó a temblar, y con un sudor frío, los ojos desencajados y voz espantosa, dijo: «¿No veis que los demonios me quieren llevar?» Después dio un grito, diciendo: «Hermanos, pedid por mí a María Santísima; en Ella confío.»
Se pusieron al instante a rezar la Letanía de nuestra Señora, y al decir: Santa María, ruega por él, exclamó el moribundo: «Repetid, repetid muchas veces el nombre de María que ya me hallo en el tribunal divino.» Aquí se detuvo, y a poco dijo, como respondiendo:
«Es cierto que lo hice, pero también hice penitencia.» Y volviéndose a la Virgen, imploraba su favor, diciendo:
«Señora, si Vos me ayudáis me salvaré.» Le volvieron los demonios a dar otro asalto, pero él se defendía santiguándose con un santo Cristo y llamando sin cesar a su dulce abogada.
Así pasó la noche. A la mañana se serenó, y alzando la voz dijo con alegría: «Mi Señora y refugio me ha alcanzado misericordia y salvación.»
En esto vio que le convidaba a que le siguiese, y respondió al instante: «Voy, Señora, voy», y hacía fuerza para levantarse; mas no pudiendo seguirla con el cuerpo, expiró dulcemente, y, como esperamos, voló el alma en su compañía al reino de la eterna felicidad.
por makf | 27 Ago, 2025 | Glorias de Maria
No sólo del Cielo y de los Santos es María Santísima Reina poderosa, sino que también tiene dominio sobre el infierno y los enemigos infernales, por haberlos vencidos valerosamente con las armas de sus virtudes.
Ya desde el principio del mundo anunció Dios a la serpiente maligna que una Mujer la quebrantaría la cabeza (Gen., 3, 15).
Y esta Mujer única fue María, que, con la fuerza de su humildad y demás virtudes, alcanzó del enemigo completa victoria. Y para que nadie se equivocase, no dijo Dios: Pongo, sino Pondré enemistad entre ti y la mujer; no creyese alguno que era Eva la victoriosa.
El triunfo se reservaba, dice San Vicente Ferrer, a una Virgen descendiente de Eva, por cuyo medio habían de alcanzar nuestros primeros padres y todos sus hijos un bien mucho mayor que el que ellos perdieron por el pecado.
Dudan algunos si aquellas palabras quebrantará tu cabeza pertenecen a María o a Jesucristo, porque el texto de los Setenta intérpretes dice: El quebrantará; pero en la Vulgata latina, que en la Iglesia tiene tanta autoridad, como declaró el sagrado Concilio de Trento, la palabra es Ella, no Él; y así lo entendieron San Ambrosio, San Jerónimo, San Agustín, San Juan Crisóstomo y otros muchos.
Mas sea como quiera, o la Madre por virtud del Hijo, ambos vencieron al diablo, que, como prisionero de guerra, quedó bajo los pies de esta Virgen benditísima. Añade San Bruno:
«Eva fue vencida, y nos acarreó tinieblas y muerte; María venció, y nos trajo la luz y la vida, dejando a su contrario atado tan fuertemente, que ya no puede hacer el más mínimo daño a sus devotos.»
Sobre aquellas palabras de los Proverbios (31, 11): En Ella confia el corazón de su Esposo; no la faltarán trofeos; dice un escritor mariano que este Esposo es Jesucristo, al cual enriquece su Madre con los despojos arrebatados al diablo.
Y Cornelio a Lapide dice que puso Dios en manos de María el Corazón de Jesús para que le gane la voluntad de los hombres, y así no le faltarán trofeos; es decir, almas que Ella le conquiste y con que le enriquezcan, arrancadas del poder de los enemigos infernales.
Se sabe que la palma es símbolo de la victoria, y nuestra Reina, como erguida palma, está en medio de los principes celestiales: Quasi palma exáltala sum in Cades (Eccli., 24. 18), en señal de la victoria que ganan cuantos se ponen bajo su patrocinio.
Hijos — parece que nos está diciendo —, cuando os acose el enemigo, venid a Mí, miradme a Mí y cobrad ánimo, porque en Mí, que os defiendo, veréis al instante segura la palma de la victoria.
Verdaderamente, el recurso a María es medio segurísimo para salir bien de todos los asaltos del enemigo. pues la Virgen -dice San Bernardino- se llama dominadora de los demonios porque los doma y refrena y por eso es contra las potestades del infierno terrible como los reales de un ejército en orden de batalla.
Pone en su boca estas palabras el Espíritu Santo (Eccli., 24, 23): Doy, como la vid, fruto de olor suave, porque así como dicen que de la vid, cuando está en flor, huyen las serpientes, así, dice San Bernardo, huyen los demonios de aquellas almas dichosas en quienes sienten el olor de la devoción a María. — Por lo mismo es llamada cedro: Quasi cedrus exatata sum in Líbano (Eccli., 24, 17), no sólo porque, como el cedro, está libre de corrupción, sino también porque, como el cedro con su buen olor ahuyenta las serpientes venenosas, así María pone en fuga a los demonios.
Los judíos antiguamente alcanzaron muchas victorias llevando consigo el Arca de la Alianza. Con ella venció Moisés, con ella fueron vencidos los filisteos, con ella se ganó Jericó.
Y es cosa bien sabida que el Arca era figura de la Virgen; y que así como dentro se guardaba el maná, así en el vientre purísimo de esta Doncella estuvo encerrado el Salvador del mundo, maná del Cielo. Por medio de esta arca mística, se gana victoria, y el día que esta Señora fue ensalzada y coronada en los Cielos quedó enteramente abatido el poder del infierno, dice San Bernardino de Sena.
¡Qué temor tan grande tienen los enemigos a María y a su santo nombre! Se comparan bien (Job., 24, 16) a los ladrones que andan robando de noche, pero al despuntar la aurora huyen de la luz como de la muerte.
Así, dice el espejo de nuestra señora, viene el enemigo a despojar las almas cuando viven en las tinieblas de la ignorancia; pero luego que las ve iluminadas por la gracia de Dios y la misericordia de María, huye de allí precipitado. ¡Dichoso, pues, el que en medio de la pelea invoca su santísimo nombre!
En confirmación de esta verdad, fue revelado a Santa Brígida que Dios le ha dado tanto poder sobre aquellos espíritus soberbios, que cuantas veces asaltan a sus devotos y éstos la llaman, a una señal suya huyen despavoridos y con tal espanto, que mejor sufrirán dobladas penas que no el verse vencidos por Ella.
Particularmente es eficacísimo el auxilio que presta en las tentaciones contra la castidad, y por esta razón la compara el Esposo divino (Cant., 2, 2) con la azucena entre espinas; a la cual dicen que nunca llega tampoco animal ponzoñoso.
Todos los que tienen la dicha de ser devotos de esta Señora pueden confiadamente decir: «¡Oh Madre mía!, si en Vos espero, no seré vencido; antes bien, con vuestra defensa perseguiré a mis enemigos, y oponiéndoles como poderoso escudo vuestra protección y auxilio omnipotente, quedaré victorioso.»
Y ciertamente que lo quedarán, porque tenerla de su parte es lo mismo que tener un arma irresistible contra el poder de todo el infierno junto.
Cuando sacó Dios su pueblo de la cautividad de Egipto, le guiaba por el desierto con una nube (Exodo, 13, 21), que de día era reparo contra los ardores del sol, y de noche, columna de luz; figura de María y de los oficios piadosos que ejercita continuamente.
Como nube, nos defiende de los rigores de la divina justicia, y como columna luciente, de la malignidad de los demonios. Porque no se derrite la cera tan pronto puesta cerca del fuego, como pierden los enemigos infernales toda la fuerza contra las almas que traen presente el santísimo nombre de María y la invocan y procuran imitar.
¡Cómo tiemblan los malignos sólo de oír su nombre sacrosanto! A la manera que los hombres caen a tierra cuando un rayo da cerca de ellos, así los demonios quedan aterrados al oír el nombre de María.
¡Cuántas victorias han alcanzado sus devotos con la invocación de este santísimo nombre! Así los venció San Antonio de Padua, el Beato Enrique Susón y otros muchísimos; entre los cuales hubo un cristiano en "el Japón que, acometido visiblemente por ellos en gran multitud, les dijo:
«Yo no tengo armas que os puedan infundir temor; si Dios os da licencia, haced de mí lo que más os agrade; pero invoco en mi ayuda los dulcísimos nombres de Jesús y María.»
Apenas dicho esto, se abre de repente la tierra y caen precipitados por allí los espíritus infernales. Y por experiencia sabemos que todo el que se vale de igual medio sale con victoria de cualquier peligro.
¡Glorioso y admirable es tu nombre, Señora!, dice el salterio mariano. Los que a la hora de la muerte se acuerden de invocarle no se espantarán del infierno, porque los demonios huyen cuando le oyen, siéndole más terrible que un ejército armado.
Así es Señora. Vos, con el escudo de vuestro piadosísimo nombre, libráis a vuestros devotos del poder de los príncipes de las tinieblas.
¡Qué dolor que todos los cristianos, en el acto de la tentación, no le invoquen con gran confianza! Cierto que si lo hiciesen, no llegaría ninguno a caer, porque es nombre de tanta eficacia, que al oírle pronunciar tiembla todo el abismo. ¿Qué más diré?
Aun del pecador más perdido, apartado de Dios y poseído ¡de los demonios, huyen ellos al instante que, con ánimo de enmendarse, pronuncia este nombre poderosísimo; aunque también es cierto que si no (sigue la enmienda, como propuso, vuelven a él con más ímpetu que antes.