II 3b.Ejemplo: María asiste a una pobre moribunda desamparada

Demos fin a este discurso con otro ejemplo que descubre igualmente la ternura de tan buena Madre para con sus hijos queridos en aquella hora.

Estaba ayudando a bien morir el párroco de cierto lugar a un hombre rico, en una casa muy bien puesta, con asistencia de muchos criados, parientes y amigos; pero veía también a los diablos que, en forma de perros hambrientos, estaban cerca esperando su alma; y así fue que al instante que acabó de expirar se la llevaron, por haber muerto en pecado mortal.

En el ínterin fue el cura mandado llamar a casa de una pobre que estaba también para morir y pedía los Santos Sacramentos.

Mas no pudiendo a un tiempo asistir a los dos, envió a otro sacerdote con el Viático, el cual no halló en la estancia de aquella buena mujer ni criados ni muebles preciosos, y acaso estaba echada por su pobreza en un poco de paja; pero vio el cuarto lleno de resplandor, y cerca de la moribunda, a la Reina de los ángeles, consolándola y enjugándole con un lienzo el sudor de la muerte.

Por respeto a tan gran Señora, no se atrevía a entrar; pero la Virgen le hizo señas que entrase, y le mostró un banquillo para que, sentado en él, oyese la confesión de su sierva, la cual se confesó, recibió con gran devoción el Santísimo Sacramento y a poco entregó su alma dichosamente en brazos de María.

II 3a. María hace dulce la muerte a sus devotos

El amigo ama en todo tiempo y en la adversidad se conoce el hermano, dicen los Proverbios (17, 17). Pero los amigos del mundo, como no suelen ser verdaderos, sólo duran mientras hay prosperidad; luego que nos ven en desgracia, y mucho más a la hora de la muerte, nos abandonan. No lo hace así María con los suyos.

En todos los trabajos de la vida, y especialmente en las angustias de la muerte, que son los mayores que puede haber en este valle de lágrimas, no se aparta de sus queridos siervos, y si nuestro proceder correspondió a la profesión de cristianos, nos proporciona una muerte dulce y feliz.

Porque desde aquel gran día en que con tanta pena asistió en el Calvario a la muerte del Señor y caudillo de todos los predestinados, adquirió el derecho de asistir a la muerte de todos ellos, y por esta causa nos enseña la santa Iglesia a decir frecuentemente en el Avemaría:
Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.

Grandes son las angustias de un moribundo, ya por los remordimientos que dejan los pecados de la vida pasada, ya por el temor del juicio cercano, ya por las dudas de la salvación.

Todo el infierno se arma y acomete con más violencia que nunca para arrebatar aquel alma en las puertas de la eternidad, viendo que le quedan pocos instantes (Apoc., 12, 12), y que si la pierde, la pierde para siempre, y el tentador, que en vida nos persiguió tan obstinadamente, no se contenta entonces con venir solo, sino que trae consigo otros muchos compañeros y limadores.

Y sus casas, dice Isaías (13, 21), se llenarán de dragones. Diez mil se dice que vinieron a tentar a San Andrés Avelino a la hora de su muerte, habiendo tenido con ellos un combate tan recio y porfiado, que hacía temblar a los buenos religiosos que le asistían, como en su Vida se lee, pues vieron hinchársele la cara hasta ponerse negra, estremecerse sus miembros, crujir los huesos, caerle un torrente de lágrimas y dar con la cabeza violentas sacudidas, señales todas de la batalla espantosa que estaba sufriendo.

Todos lloraban de compasión, redoblaban el fervor de las súplicas, y al mismo tiempo estaban espantados de ver morir a un Santo de aquella manera, aunque, por otra parte, se consolaba advirtiendo que de cuando en cuando levantaba la vista, como pidiendo socorro a una devota imagen de María Santísima, que tenía delante, y acordándose de que había dicho muchas veces que en aquel trance sería esta Señora su amparo y refugio.

Plugo, finalmente, a la divina Bondad que acabase la lucha con gloriosa victoria; porque, cesando la conmoción del cuerpo, y deshinchado y vuelto a su primer color el semblante, fijó los ojos amorosamente en aquella imagen; hizo, como en acción de gracias, devota inclinación a María (que se le apareció en el acto, según se cree), y expirando dulcemente en sus brazos maternales, voló para siempre a los gozos del Paraíso.

Y al mismo tiempo una religiosa capuchina, que estaba también en la agonía, se volvió a las monjas que la asistían, y les dijo: «Recemos un Avemaría, porque ahora acaba de morir un Santo.»
¡Oh, qué cierto es que a la presencia de María huyen los rebeldes! Si en aquella hora la tenemos de nuestra parte, ¿qué temor nos podrán causar todos los enemigos del infierno?

Temeroso David de las angustias de la muerte, se confortaba con la confianza en el Redentor que había de venir y en los méritos de la que había de ser su Madre; dice (Ps., 22, 4): Cuando camine por la sombra de la muerte, tu vara, Señor, y tu báculo me consolarán.

Explica Hugo, Cardenal, por el báculo el árbol de la Cruz, y por la vara, la intercesión de María, vara florida que anunció el profeta Isaías (11, 1), diciendo: Saldrá una vara o vástago de la raíz de Jese (es decir, de la familia de David, hijo de Jesé) y de ella brotará una flor.

Es, ciertamente, María vara de gran poder, vara que vence y quebranta toda la violencia de los enemigos infernales.

Y si Ella está por nosotros, ¿quién se nos opondrá?
Hallándose el Padre Manuel Padial, de la Compañía de Jesús, cercano a la muerte, se le apareció la celestial Señora, llenándole de gozo, y diciéndole:

«Ya, finalmente, llegó la hora de que te den los ángeles el parabién, cantando así: ¡Oh trabajos dichosos! ¡Oh mortificaciones remunerada'» Y al mismo tiempo salió de allí, huyendo, un ejercito de enemigos, que iban rabiosamente gritando:

«¡Ay que nada podemos! ¡Le defiende la que no tiene mancha!» También fue asaltado en aquel trance el Padre Gaspar Hayevod, de la Compañía, con una gran tentación contra la fe; pero acudiendo a la Virgen fervorosamente, se le oyó decir en alta voz: «Gracias os doy. Señora, de que vengáis a socorrerme.»

El autor del espejo de nuestra señora afirma que la Virgen manda en aquella hora al príncipe San Miguel, con toda su celestial milicia, para que defiendan a sus devotos, reciban sus almas y las suban a los Cielos en triunfo.

Y aunque, como dice Isaías (14, 9) todo el infierno se pone también en movimiento y envía a los peores diablos, con orden de tentar al alma primero, y de acusarla después en el divino tribunal; con todo, si es alma que María haya tenido bajo su protección, no se atreverá a tanto, sabiendo que nunca se condenó ni condenará ninguna de las que Ella patrocine.

Escribe San Jerónimo a la virgen Eustoquia que María no sólo socorre a los moribundos, sino también les sale al encuentro para acompañarlos al tribunal divino, amparándolos bajo su manto, con lo que seguramente logran sentencia de salvación.

Así lo hizo con Carlos, hijo de Santa Brígida, de cuya muerte estaba la madre temerosa, por haber muerto lejos de su presencia y en el ejercicio peligroso de la milicia; pero nuestra Señora le reveló que se había salvado por el amor que siempre le había tenido, para lo cual Ella misma le había asistido al tiempo de morir, sugiriéndole todo lo que entonces debe hacer un cristiano.

Vio al mismo tiempo al Juez sentado en su trono, y que el demonio tuvo atrevimiento de presentarle dos quejas contra su Santísima Madre: la primera, que le hubiese estorbado tentar a Carlos cuando estaba para morir; la segunda, que le hubiese llevado Ella delante del Juez, alcanzándole de este modo la salvación, sin darle siquiera lugar a que expusiese las razones que le asistían para probar que aquella alma era suya.

Pero el Señor le echó de su presencia, y el alma de Carlos entró triunfante en la gloria.

Sus lazos son ligaduras saludables, y en la última hora encontrarás en Ella descanso (Eccli., 6, 31).

¡Dichoso tú, hermano mío, si aquella hora te encuentra ligado con las dulces cadenas del amor de María! Estas son cadenas de salvación, que te aseguran la eterna felicidad, y te darán a gustar por anticipación aquella paz envidiable, principio del eterno descanso.

Refiere el Padre Binet, en su libro De LAS PERFECCIONES DE NUESTRA SEÑORA, que estando él ayudando a bien morir a un hombre muy devoto de María Santísima, le dijo el moribundo, poco antes de expirar: «Padre, ¡si usted supíese qué alegría siento en esta hora de haber servido a la Madre de Dios! No hallo palabras con que explicarlo.»

Y el Padre Suárez, por haberlo sido también (tanto, que aseguraba hubiera trocado todo su saber por el mérito de un Avemaria) murió con tanto gozo, que, expirando como estaba, decía: «Nunca hubiera pensado fuese cosa tan dulce el morir.»

Igual contento sentirás tú, sin duda, devoto lector, si amas ahora a esta buena Madre; la cual no podrá entonces dejar de mostrarse correspondida con los hijos amantes que la hubieren fielmente servido, visitándola con frecuencia, rezando su santo Rosario, ayunando en su honor, y, especialmente, dándole sin cesar gracias y alabanzas por sus continuos favores, y encomendándose de veras a su poderoso patrocinio.

Ni el haber sido pecador algún tiempo te quitará este consuelo, si desde hoy quieres enmendarte y empezar a servirla con fervor; y en las tentaciones y angustia que fraguará el demonio para desalentarte, Ella, que es agradecida y benignísima, te confortará con su auxilio y aun vendrá en persona para asistirte en aquella hora.

Cuenta San Pedro Damián que, temeroso un día un hermano suyo, llamado Martín, de los pecados de la vida pasada, se puso delante de un altar de la Virgen, dedicándose por esclavo suyo, y atándose por señal una cinta al cuello, dijo: «Señora y espejo de pureza: yo, pobre pecador, ofendí a Dios y a Vos, mancillando la castidad. Ya no me queda otro remedio que ofrecerme por vuestro esclavo.

Vedme aquí; a Vos me dedico para siempre; recibid a esté rebelde pecador, y no me desechéis.» Y luego puso en la peana del altar unas monedas, con promesa de traer cada año otras tantas, en señal de tributo. Así llegó, en fin, la hora de su muerte, cuando, de pronto, empezó a decir:

«Levántense todos y hagan acatamiento a mi Señora»; añadiendo después: «¡Oh, qué favor, Reina del Cielo, ¡que os dignéis visitar a este pobre esclavo! Bendecidme, Señora, y no permitáis que se pierda mi alma después de haberme favorecido con vuestra soberana presencia.»

En esto, llegó su hermano, a ¡quien refirió todo lo sucedido, quejándose de que no se hubiesen levantado los circunstantes al entrar la Virgen, y a poco expiró plácidamente en el Señor. Tan dichosa como ésta será tu muerte, piadoso lector, si hubieses sido fiel a María; y aunque en el tiempo pasado hayas ofendido a Dios, tendrás, arrepentido ya, una muerte dulce y feliz con su amparo maternal y asistencia amorosa.

Si te desalientan los pecados de la vida pasada, te asistirá, como lo hizo con Adolfo, conde de Alsacia, el cual, habiendo trocado el mundo por la religión de San Francisco, fue muy devoto de la Madre de Dios, como se refiere en la Crónica de la Orden; y estando ya en los últimos días de su vida, acordándose de los años mal empleados en el siglo, y temeroso del rigor del tribunal divino, comenzó a desconsolarse y dudar de su salvación.

Pero he aquí que María, la cual no duerme en las angustias de sus devotos, acompañada de muchos Santos, se le aparece, le conforta y le dice estas tiernas palabras:

«Amado Adolfo, ¿cómo siendo mío temes la muerte?)» Al instante se disipó todo el temor, y murió con indecible gozo.

Animémonos también nosotros, aunque pecadores, esperando que, si ahora la servimos con fidelidad, se dignará entonces venir y asistirnos y consolamos con su amabilísima presencia, como Ella misma lo prometió a Santa Matilde, diciéndole:

«A todos los que piadosamente me sirven quiero fídelísimamente asistirles como Madre piadosísima y consolarlos y ampararlos.» ¡Oh Dios mío, y qué dulce consuelo tendremos cuando, ya cercanos a las puertas de la eternidad, y en aquel momento en que se ha de sentenciar la causa de nuestra salvación o condenación eterna, veamos a nuestro lado a la Reina del Cielo asistiéndonos, animándonos y prometiéndonos su protección!

Hay de estos otros ejemplos innumerables. Favor tan señalado hizo a Santa Clara de Asís, San Félix de Cantalicio, Santa Clara de Monte-Falcó, Santa Teresa, San Pedro Alcántara. Pero contemos otros pocos para nuestro consuelo.

Refiere el Padre Crasset, de la Compañía de Jesús, que Santa María Oñacense vio una vez que la Virgen Santísima estaba a la cabecera de la cama de una devota viuda de Villebroek, consolándola y mitigándole el ardor de una calentura muy ardiente. — San Juan de Dios, estando para morir, esperaba que llegase esta Señora, de quien había sido devotísimo; pero viendo que se tardaba, empezó a afligirse y a quejarse quizá. Pero cuando fue tiempo se. le apareció, y como reprendiéndole le su poca confianza, le dijo estas dulces palabras:

«Juan, no dejo Yo a los míos en esta hora»; como si le dijese: «¿Pensabas, acaso, que te había Yo de abandonar?

¿No sabes que a la hora de la muerte no desamparo a los que me aman? No he venido antes porque no era tiempo; ahora que ya lo es, veme aquí, que vengo a llevarte conmigo al Cielo.» poco expiró el Santo, y voló a la gloria, donde estará dando gracias eternas a su amantísima ladre y Señora.

II 2c. Oración

!Oh Madre de piedad. Virgen sacratísima! Ved aquí a vuestros pies al pecador ingrato que, menospreciando tantas veces la gracia divina, hizo traición a Dios y a Vos; pero mi gran miseria no me quita la confianza, antes bien, me la aumenta, porque espero que así también serán mayores las muestras de vuestra misericordia.

Dad a conocer a todo el mundo que, del mismo modo que sois para cuantos acuden a Vos clemente y generosa, igualmente lo sois para conmigo. Basta, Señora, que me miréis y os compadezcáis de mí, porque, mirándome, no podréis dejar de protegerme.

Y si Vos me protegéis, ¿qué podré temer?
Nada; ni a mis pecados, porque Vos podréis remediar el daño hecho; ni a los enemigos infernales, porque sois más poderosa que todo el infierno; ni tampoco la ira justa de vuestro Hijo, indignado contra mí, porque una palabra que Vos le digáis será suficiente para aplacarle.

Sólo temo dejar por mi culpa de encomendarme a Vos en las tentaciones y perderme así. Pero esto es lo que hoy os prometo, solicitando al mismo tiempo que me ayudéis a cumplirlo con fidelidad.

Ved qué hermosa ocasión se os presenta de dar contento a vuestro piadoso corazón favoreciendo a un miserable. En Vos coloco toda mi esperanza; alcanzadme gracia de llorar mis pecados con verdadero arrepentimiento y fortaleza, para no volver a pecar.

Enfermo estoy, pero tenéis a vuestra disposición la medicina del Cielo. Si mis pecados me han hecho débil, vuestra protección me puede hacer fuerte y robusto. En fin, todo lo espero de vuestra mano, porque todo lo podéis para con Dios.

II 2b.Ejemplo: Conversión de María Egipciaca

Es famosa la historia de Santa María Egipcíaca, como se cuenta en el libro primero de las Vidas de los Padres del yermo. A los doce años se escapó de casa de sus padres, y se fue a Alejandría, donde con su mala vida era el escándalo de toda la ciudad.

Pasados otros dieciséis, salió de allí y vagando llegó á Jerusalén, a tiempo que se celebraba la fiesta de la Santa Cruz, y viendo entrar en la iglesia mucha gente, quiso también entrar en ella, más por curiosidad que por devoción; pero en la puerta sintió que una mano invisible la detenía.

Hizo otra vez por entrar, y le sucedió lo mismo, hasta tercera y cuarta vez. Entonces la infeliz, retirándose a un rincón del atrio, conoció con luz superior que su mala conducta la echaba de la iglesia.

Alzó los ojos y vio allí cerca, por dicha suya, una imagen de María Santísima, a la cual empezó a decir, llorando, de esta manera: «¡Oh Madre de Dios, tened piedad de esta pecadora! No merezco que me miréis, pero Vos sois el refugio de los pecadores:

amparadme y favorecedme por el amor de Jesucristo, vuestro Santísimo Hijo. Haced que pueda entrar en la iglesia, y mudaré de vida, y me iré a hacer penitencia donde Vos me digáis.» Entonces oyó una voz interior, como de la Virgen, que le decía:

«Pues que acudes a Mí con propósito de enmendarte, ya puedes entrar.» Entró, adoró la Santa Cruz con abundancia de lágrimas, volvió a la imagen, y le dijo: «Vedme pronta, Señora: ¿dónde queréis que me retire?» «Pasa el Jordán —le respondió la Virgen —, y allí encontrarás tu descanso.»

Confesó y comulgó, y, pasando el río, llegó al desierto, y entendió que allí era donde se debía quedar.

Los diecisiete años primeros tuvo que sufrir terribles asaltos de los demonios; pero acudía siempre a la Virgen, y la Virgen Santísima le alcanzaba fuerzas para resistir y vencer.

Finalmente, habiendo pasado en aquella soledad cincuenta y siete años, siendo ya de edad de ochenta y siete, la encontró por divina providencia San Zósimo, abad, a quien refirió todo el relato de su vida, suplicándole que volviese al año siguiente con la sagrada Comunión.

Hizólo así, y le pidió lo mismo para otro año, al cabo del cual volvió, pero la halló ya muerta, aunque rodeada de un gran resplandor, y con estas palabras escritas de su mano:

«Entierra aquí el cadáver de esta pecadora y pide a Dios por su alma.» Vino corriendo un león, hizo un hoyo con las garras, el Santo la sepultó, y volvió al monasterio, contando a todos las misericordias que Dios había obrado con aquella felicísima penitente.

II 2a. La Virgen también es nuestra vida, porque nos obtiene la perseverancia

Es la perseverancia final don tan alto y precioso, que ningún hombre lo merece, sino que es del todo gratuito, como tiene la Iglesia declarado en el Concilio de Trento.

Con todo, San Agustín enseña que se puede alcanzar con la oración, y aun infaliblemente. Añade el Padre Suárez:

«… con tal que no cesemos de pedirlo hasta él fin»; pues, en expresión de San Roberto Belarmino, cada día se debe pedir para que cada día se pueda obtener. Ahora bien: conforme a la opinión común, y cierta para mí, como probaré en el capítulo V, si es verdad que dispensa Dios, por mano de María, todas las gracias que concede a los hombres, no habrá duda en que también alcanzaremos por su medio el don de la perseverancia, que es la gracia suprema.

Sí, la alcanzaremos pidiéndosela siempre con toda confianza. Ella misma lo promete a cuantos la sirvan con fidelidad; y la santa Iglesia, que es infalible, le pone en la boca las palabras que lo aseguran (EcclL, 24, 30): Los que se guían por Mí no pecarán; los que me dan a conocer obtendrán la vida eterna.

Para perseverar en gracia hasta la muerte necesitamos fortaleza espiritual con que resistir a los asaltos del enemigo, la cual sólo se alcanza por medio de María (Prov., 8, 14): Mía es la fortaleza. En mi mano ha puesto- el Altísimo este don, para que le dispense a mis devotos.

Por Mí reinan los reyes. Con mi fervor rigen mis siervos sus sentidos, dominan sus pasiones y se hacen dignos de reinar después eternamente. ¡Oh, qué esfuerzo sienten en sí los siervos de esta gran Señora para vencer todas las tentaciones! María es aquella torre inexpugnable ceñida de escudos y defensa, donde tienen las almas fieles armas en abundancia para pelear y vencer a todos sus contrarios (Cant., 4, 4).

También se llama platano (Eccli., 24, 19), porque el plátano tiene las hojas grandes y parecidas a un escudo; esta propiedad explica bien la protección y firmeza con que María defiende a los suyos; o bien, dice el Beato Amadeo, porque así como los viajeros se guarecen de la fuerza del sol y la lluvia bajo las hojas de este árbol, así los hombres bajo el manto de María hallan refugio contra el ardor de las pasiones y la violencia de la tentación.

¡Desdichado de aquel que se aparta de tan segura defensa! ¡Desdichado del que olvida su devoción y no recurre a Ella en los peligros! ¿Qué sucedería si llegase a faltar el sol?, dice San Bernardo.

¿Qué sería entonces el mundo, sino un caos tenebroso y horrendo? Pierda el alma la devoción de María, y luego se cubrirá de tinieblas, de aquellas tinieblas donde sólo habitan fieras terribles, cuales son el pecado y el diablo (Ps., 103, 20). ¡Ay de aquellos que se ofenden de la luz de este sol, que desprecien la devoción de María!

Con sobrado motivo dudaba mucho San Francisco de Borja de la perseverancia de aquellos en quienes no veía una devoción especial a esta soberana Señora. Preguntó una vez a ciertos novicios cuáles eran los Santos de su mayor devoción, y advirtiendo que algunos de ellos no la tenían particular con la Virgen Santísima, avisó al Maestro de novicios que estuviese alerta; y fue así que, al fin, aquellos desdichados salieron de la religión.

También tenía San Germán motivo para llamar a la Santísima Virgen «Respiración y aliento de todo cristiano»; porque si el cuerpo sin respirar no puede vivir, tampoco el alma puede conservar la vida de la gracia, sino por medio de María, que nos la consigue seguramente.

Tuvo un día el Beato Alano una gravísima tentación, y por no haberse encomendado a la Virgen, poco le faltó para ser vencido y perecer; pero la Soberana Señora se le apareció, y para que otra vez fuese más advertido, le dio una bofetada y le dijo: «Si hubieses acudido a Mí, no te hubieras visto en semejante peligro.»

Al contrario, dice María: Dichoso el que oye mi voz, y va todos los días a pedir a las puertas de mi misericordia luz y socorro (Prov., 8, 34). Abundancia de luz y pronto socorro le dará María para salir de sus vicios y volver al camino de la virtud.

Inocencio III la llama hermosamente «Luna en la noche, y Aurora temprana, y Sol al mediodía». Luna, al que vive ciego en la oscuridad del pecado, iluminando su alma, para que vea su infeliz estado y el peligro en que se halla de condenarse; Aurora, al que comienza a conocer el riesgo, para ayudarle a recobrar la gracia; y Sol clarísimo, al que ya está en gracia de Dios, para que no vuelva a caer en el precipicio.

Aplican a María los Doctores sagrados aquellas palabras de la Escritura santa (Eccli., 6, 31): Sus lazos son ataduras saludables. ¿Y por qué lazos y ataduras? Porque liga a sus devotos para que no huyan y se extravíen por los campos del vicio. Añade el espejo de nuestra señora:

María descansa en la plenitud de los Santos (Eccli., 24, 16), porque vive en medio de los Santos, y los detiene para que no vuelvan atrás, y les conserva la virtud para que no descaezcan, y sujeta con su poder al diablo para que no les haga daño.

Todos sus devotos tienen dos vestidos (Prov., 31, 21); es decir, las virtudes de Cristo y las de María, como explica doctamente Cornelio a Lapide; y así vestidos viven bien y acaban bien; por lo cual exhortaba tantas veces San Felipe Neri a sus penitentes, diciéndoles: «Hijos, si queréis perseverar, sed devotos de la Virgen Santísima»; y lo mismo aseguraba San Juan Berchmans, como ya dijimos.

Es hermosa la reflexión de un piadoso abad a propósito de la parábola del hijo pródigo. Dice que si hubiera tenido madre, aunque tan díscolo, no se hubiera ido de la casa paterna, o hubiera vuelto mucho antes; dando a entender que el que tiene la dicha de ser hijo de María, o no se aparta nunca de Dios, o, si le acontece tal desgracia, vuelve pronto por medio de la Madre amantísima.

¡Oh, si amasen a esta benignísima y amorosísima Señora todos los hombres! Si luego que sintiesen la tentación corriesen a sus brazos, ¿quién caería jamás?, ¿quién se perdería? Sólo se pierde quien no la invoca. San Lorenzo Justiniano le aplica aquellas palabras de la Escritura:

Anduve sobre las olas del mar; como si dijese: «Yo me hallo con mis siervos en medio de las tempestades, para asistirlos y librarlos de la perdición eterna.»

Cuenta el Padre Bernardino de Bustos que a un pajarillo le enseñaron a decir A ve María, y viniendo una vez a cogerle un gavilán, dijo: Ave María, y el gavilán quedó muerto.

Pues si el ave, sin entender lo que decía, se libró de la muerte, mucho más debe esperar esto una persona racional si invoca de corazón su dulce nombre cuando le asalte el enemigo de las almas.

Al sentir la tentación, dice Santo Tomás de Villanueva, no hay que discurrir ni hacer otra cosa sino acogernos al instante bajo el manto de María, como los polluelos bajo las alas de la madre cuando el milano viene.

Vos, Madre y Señora, nos defenderéis, porque no tenemos otro amparo ni otra esperanza y protección en quien, después de Dios, podamos confiar.

Concluyamos con aquellas palabras tan afectuosas de San Bernardo: «¡Oh tú, quienquiera que seas, advierte que en esta vida, más bien que andar por tierra firme, vas navegando entre peligros y borrascas!

Si quieres no quedar sumergido, mira la estrella, llama a María. En los peligros de pecar, en las tentaciones porfiadas, en las dudas, piensa que María te puede socorrer, y llámala de contado.

No falte jamás su nombre en tu corazón con la confianza, ni de tu lengua con la invocación. Si la sigues, no errarás el camino de la salud.

Si acudes a Ella, no desconfiarás. Si te tiene de su mano, no caerás. Si te protege, nada temerás. Si te guía llegarás al puerto sin trabajo. En una palabra: si María toma a su cargo defenderte, alcanzarás la bienaventuranza. Hazlo así y vivirás (Le., 10, 28).

Categorías