por makf | 27 Ago, 2025 | Glorias de Maria
¡Oh Madre de Dios y única esperanza mía! Ved aquí a vuestros pies a un pecador miserable, que implora vuestra clemencia. A una vos os dice toda la Iglesia Madre de pecadores. Pues si lo sois, a Vos me acojo; Vos me habéis de salvar. Bien sabéis cuánto desea vuestro amantísimo Hijo mi salvación y lo mucho que padeció por ella.
Hoy os ofrezco todas sus fatigas y dolores, el desabrigo del pesebre, los trabajos de la huida a Egipto, el cansancio y sudor, la sangre derramada y las penas con que expiró en la cruz a vuestra presencia.
Dad a conocer a todo el mundo, favoreciéndome, lo mucho que la «amáis, pues por el amor que le tenéis imploro vuestro valimiento.
Das la mano a un caído digno de compasión. Si yo fuese justo, no pedirla misericordia; pero como soy pecador, os busco a Vos. que «sois Madre de piedad; y pues vuestro amoroso corazón se alegra de favorecer a los miserables que no se obstinan, hoy le podéis dar este gusto y a mí un gran consuelo, que, aunque pecador y digno de las penas eternas, no estoy obstinado todavía, por la divina misericordia.
Decidme, Señora, qué tengo que hacer, y alcanzadme fuerza para ello; por mi parte, dispuesto me hallo a todo lo que fuese menester para recobrar la gracia perdida.
Bajo vuestro manto me acojo. Vuestro Hijo santísimo quiere que acuda a Vos, que sois su Madre, para que por la virtud de su sangre y de vuestros ruegos poderosos, sea de ambos la gloria de haberme salvado. Él me envía para que Vos me socorráis.
Aquí me tenéis; en Vos confío. Ya que pedís por otros, decid también por mi siquiera una palabra. Decid al Señor que deseáis mi salvación, y me salvará. Decid que soy vuestro, y me basta.
por makf | 27 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Cuenta el P. Bovio, S. J., que una mala mujer, por nombre Elena, entró una vez en la iglesia, donde oyendo predicar un sermón de las excelencias del santo Rosario, al salir compró uno, pero de vergüenza le llevaba escondido.
Empezó, con todo, a besarlo, y aunque al principio lo hacía sin devoción, después le infundió la Virgen tal consuelo y dulzura, que ya quería estarle siempre rezando.
Con esto concibió un horror tan grande de su mala vida, que no podía sosegar, sintiéndose como impelida a ir a confesarse.
Hízolo con extraordinarias muestras de arrepentimiento y admiración del confesor. Acabada la confesión, fue a dar gracias a la Virgen Santísima delante de un altar; allí rezó el Rosario, y la Señora le habló así desde aquella imagen:
«Elena, basta ya de ofensas; desde hoy muda de vida y Yo te favoreceré.» Confusa con estas palabras, respondió: «¡Ah, Señora, es cierto que hasta aquí he sido muy mala; pero Vos, que todo lo podéis, ayudadme; en vuestras manos me pongo; haré penitencia todo lo que me queda de vida.»
Salió de allí con esta firme resolución; vendió cuanto tenía, lo repartió a los pobres y emprendió una vida muy penitente. Tenía tentaciones, y muy terribles; pero acudiendo a la Virgen, salía victoriosa. Así llegó con el tiempo hasta merecer favores sobrenaturales, como visiones, revelaciones y profecías.
Finalmente, antes de morir (de que ya tenía aviso de María Santísima) se le apareció la misma Señora en compañía de su divino Hijo, y al tiempo de expirar vieron algunas personas que el alma de aquella pecadora volaba a los Cielos en figura de una paloma muy hermosa.
por makf | 27 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Para conocer el motivo por qué la santa Iglesia llama a la Reina de los ángeles vida nuestra, es de saber que así como el alma es la que da vida al cuerpo, así la divina gracia es la vida del alma. Porque un alma sin la gracia de Dios tiene nombre de viva; pero, en verdad, está muerta, como se dijo en el Apocalipsis (3, 1), a uno:
Tienes nombre de vivo; pero estás muerto. Y María es la que, alcanzando a los pecadores la divina gracia, les restituye la vida verdadera. Así lo enseña la santa Iglesia, que le pone en la boca estas palabras de los Proverbios (8, 17): Los que madruguen para venir a Mí, me hallarán. Y el madrugar quiere decir acudir al instante que puedan.
Los setenta intérpretes traducen: Hallarán la gracia; de manera que es lo mismo hallar a María que recobrar la gracia de Dios. Y poco más abajo dice el mismo libro de los Proverbios (8, 35): El que me encuentre, hallará la vida y recibirá de Dios la salvación. «Oíd —dice el salterio mariano-, oíd, los que deseáis el reino de Dios: honrad a la Virgen María y hallaréis la vida y la salud eterna.»
Llegó a decir San Bernardino de Sena que si Dios no aniquiló a los hombres después del pecado, fue por el amor especial con que ya miraba a esta futura Hija suya; y que no dudaba que por Ella sola había concedido perdón y hecho todas las misericordias que usó con los pecadores en la antigua Ley. Por esto nos exhorta San Bernardo a buscar la gracia, y buscarla por medio de María, porque Ella fue quien la encontró, y así la llama el Santo:
la que halló la gracia: inventrix gratiae; de lo cual la cercioró el ángel San Gabriel, diciéndole, para consuelo nuestro (Le., 1, 30): No temas, María, que has hallado gracia. Pero, ¿cómo podía decir el ángel esto, si María nunca la había perdido? Una cosa dícese con verdad, que la encuentra quien antes no la tenía; y la Virgen siempre estuvo con Dios, siempre con la gracia, y aun llena de gracia, según el mismo Arcángel testificó diciendo:
Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo. Pues si para sí no la encontró, por haber estado siempre llena, ¿para quién fue? Para los pecadores que la habían perdido. Corran, pues, a María los pecadores que han perdido la gracia y la hallarán seguramente; corran y díganle con un piadoso escrito:
«Señora, las cosas deben restituirse a quien las pierde; nosotros perdimos esta joya preciosa, a nosotros se ha de devolver.» Corno que agradó siempre a Dios, y le agradará eternamente, si acudimos a Ella, sin duda ninguna hallaremos lo que buscamos. Dice en los Cantares (8, 10) la misma Señora: Yo soy muro y mis pechos como una torre; y añade: Desde que fui en sus ojos como la que halla paz.
Es decir, que Dios la puso en el mundo para que fuese nuestro muro y defensa. Con cuyas palabras alienta San Bernardo al pecador y le dice: «Ve, y busca la Madre de la misericordia, y muéstrale las llagas de tu alma, que Ella pedirá a su Hijo santísimo que te perdone, por aquel licor precioso con que le alimentó; y el Hijo, que la ama tanto, no dejará de oírla.»
Con este espíritu nos manda la santa Iglesia pedir en aquella oración que decimos frecuentemente: «Ayuda nuestra fragilidad, ¡oh Dios misericordioso!, para que por la intercesión de nuestra Madre, cuya memoria renovamos, nos veamos libres de nuestras iniquidades.»
Motivo tenía, pues, San Lorenzo Justiniano para llamarla «Esperanza de malhechores», por ser Ella la única que les alcanza el perdón. Motivo San Bernardo para llamarla «Escala de pecadores», porque Ella es la que da la mano a todos los caídos, sacándolos del precipicio y levantándolo de nuevo a Dios. Motivo tenía San Agustín para llamarla «Única esperanza de los pecadores», pues sólo por su medio podemos esperar la remisión de todos nuestros pecados.
Motivo San Juan Crisóstomo para saludarla así en nombre de todos: «Dios te salve, Madre de Dios y Madre nuestra, cielo donde Dios reside, trono en que dispensa toda suerte de gracia; pide siempre a Jesús por nosotros, a fin de que por tus oraciones obtengamos el perdón en el día de la cuenta, y después la eternidad feliz.»
Motivo hay, pues, para llamarla Aurora (Cant., 6, 9), porque así como la aurora es fin de la noche y principio del día, dice el Papa Inocencio III, así la Virgen Santísima fue extirpación y fin de todos los vicios.
Aquellos admirables efectos que produjo en el mundo cuando nació, los produce siempre que en un alma nace su devoción, pues disipa las tinieblas de nuestros pecados y nos pone en el camino de la virtud. Por eso dice San Germán: «¡Oh Madre de Dios! Vuestra defensa es inmortal, vuestra intercesión es vida, vuestro nombre, a quien le pronuncia con devoción, es señal de tener ya vida o de haberla de recibir en breve.»
Anunció María en su Cántico (Le., 1, 48) que todas las generaciones habían de llamarla bienaventurada. «Sí, Señora — repite San Bernardo —; todas las generaciones ahora y siempre os han de llamar bienaventurada, porque para todas habéis engendrado la vida y la gloria, y por Vos han de hallar los pecadores misericordia, y los justos, gracia.»
Pecador, no desconfíes aunque hayas cometido todos los pecados imaginables, sino acude a María, y verás sus manos llenas de misericordia, y conocerás por experiencia que es mayor su deseo de usarlas contigo que el tuyo de recibirlas.
San Andrés Cretense llama a María «Fianza del perdón divino y prenda de nuestra reconciliación». Siempre con el bien entendido que nos hemos de valer de su amparo para reconciliarnos con Dios, pues de este modo es como el Señor promete perdonarnos, y lo asegura con una prenda.
¿Y cuál es la prenda? María, a quien Él mismo Dos dio por abogada, y por cuya intercesión, unida los méritos de Jesucristo, perdona Dios a cuantos Recurren a Ella. Santa Brígida oyó de boca de un ángel que ya en tiempos antiguos se alegraban los profetas al saber que por la humildad y pureza de esta Virgen preciosa había Dios de aplacarse y reconciliar consigo a los pecadores, que tenían provocada su justa ira.
Nunca, pues, debe temer el pecador que le despida María cuando la invoca, porque es Madre de misericordia, y como tal, desea que se salven aún los más miserables, como que es arca de refugio y ninguno de cuantos se acogen a Ella padecerá el naufragio de la eterna perdición, dice San Bernardo. En el Arca de Noé, hasta los animales se libraron de las aguas del Diluvio, y bajo el mato de María quedan salvos los pecadores.
Una vez la vio Santa Gertrudis con el manto extendido, bajo el cual se habían refugiado muchas fieras: leones, osos y tigres; y María, lejos de echarlos de Sí, los recibía y acariciaba con grandísimo agrado, entendiendo por aquí la Santa que cuando los pecadores más perdidos buscan a María, no son desechados, sino acogidos y libres de la muerte eterna.
Entremos, pues, en esta arca saludable, refugiémonos bajo este manto sagrado, y hallaremos misericordia y lograremos la salvación.
por makf | 26 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Oh Reina soberana, digna Madre de Dios! El conocimiento de mi vileza y la multitud de mis pecados debieran quitarme el ánimo de acercarme a Vos y llamaros Madre.
Pero aunque es tanta mi infelicidad y miseria, es mucho también el consuelo y confianza que siento en llamaros Madre. Merezco, bien lo sé, que me desechéis; pero humildemente os ruego que miréis lo que hizo y padeció por mí vuestro divino Hijo, y entonces, si podéis, despedidme.
Es cierto que no hay pecador que haya ofendido tanto como yo a la divina Majestad: pero estando el mal ya hecho, ¿qué recurso me queda sino acudir a Vos, que podéis ayudarme? Sí, Madre mía, ayudadme.
No digáis «no puedo», porque sois omnipotente y alcanzáis de Dios todo cuanto queréis. No respondáis tampoco «no quiero», o bien decidme a quién he de acudir pidiendo el remedio de mi desventura.
A Vos y a vuestro Hijo os diré con San Anselmo: Señor, compadeceos de este infeliz, y Vos, Señora, intercede por mí o mostradme otros corazones más piadosos a quienes pueda recurrir con más confianza, pero, ¡ah!, que ni en la tierra ni en el Cielo se encuentra quien tenga de los desdichados más compasión, ni quien mejor los pueda socorrer. Vos, Jesús mío, sois mi Padre; Vos dulce María, sois mi Madre.
Cuanto más infelices somos los pecadores, más nos amáis y con mejor solicitud nos buscáis para salvarnos. Yo soy reo de muerte eterna, yo soy el más miserable de todos los hombres; pero con todo, no es menester buscarme, ni es esto lo que ahora pretendo, pues voluntariamente corro a vuestros pies. Aquí me tenéis; no seré desdichado, no quedaré confundido; Jesús mío, perdonadme; Madre mía, interceded por mí.
por makf | 26 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Cuenta el P. Carlos Bovio, S. J., que en la ciudad de Radulfo, en Inglaterra, hubo un joven de casa noble, llamado Ernesto, el cual, habiendo repartido sus bienes a los pobres, abrazó la vida religiosa en un monasterio, donde vivía con tal observancia y perfección, que los superiores le estimaban grandemente, en especial por su singular devoción a la Virgen nuestra Señora.
Tanta era su virtud, que habiendo entrado una epidemia en aquella ciudad, y acudiendo la gente al monasterio para solicitar de los religiosos asistencia y oraciones, mandó el abad a Ernesto que fuese a pedir favor a la Virgen, delante de su altar, sin apartarse de allí hasta que le diese respuesta. Ernesto obedeció, y a los tres días de perseverar en esta disposición, le ordenó la Virgen ciertas oraciones que se habían de decir, y así cesó la peste.
Pero después se entibió, y el enemigo empezó a molestarle con varias tentaciones, especialmente contra la castidad, y con la sugestión de que huyese del monasterio.
El infeliz, por no haberse encomendado a la Virgen, se dejó al cabo vencer, determinado a descolgarse por una pared. Pero pasando con este mal pensamiento delante de una imagen que estaba en el claustro, le habló la piadosísima Virgen, diciéndole:
«Hijo, ¿por qué me dejas?» Sobrecogido y con gran compunción, respondió: «¿No veis, Señora, que ya no puedo resistir más? ¿Por qué Vos no me ayudáis?» «Y tú — replicó la Virgen —, ¿por qué no me invocas? Si te hubieras encomendado a Mí, no te sucedería eso; hazlo en adelante, y no temas.» Fortalecido con estas palabras, se volvió a la celda.
Allí le asaltaron de nuevo las tentaciones, y como ni entonces acudió a la Virgen, finalmente se escapó del monasterio, y a poco se dio a todos los vicios, viniendo a parar, de pecado en pecado, hasta hacerse salteador de caminos. Después alquiló una venta, donde, por la noche, por robar a los pasajeros, les quitaba la vida.
Entre las muertes que hizo, mató a un primo del gobernador, quien por varios indicios empezó a formarle proceso. Entre tanto llegó al mesón un caballero joven, y luego que anocheció, el huésped fue donde dormía, con ánimo de asesinarle, según costumbre. Se acerca, y en lugar del caballero, ve tendido en la cama un Santo Cristo, que, mirándole benignamente, le dice:
«Ingrato, ¿no te basta que haya muerto por ti una vez? ¿Quieres volverme a quitar la vida? Pues extiende la mano y hiéreme.» Admirado y confuso, Ernesto empezó a llorar amargamente, diciendo así:
«Vedme aquí, Señor: ya que usáis conmigo de tan grande misericordia, quiero volverme a Vos.» Y sin diferirlo un instante, salió con dirección al monasterio. Pero en el camino fue preso por los ministros de la justicia y llevado al juez, delante del cual confesó todos sus delitos, por los que fue condenado a la pena de horca, y tan ejecutiva, que ni siquiera le dieron tiempo de confesión.
El se encomendó entonces de veras a la Virgen misericordiosa, y al tiempo de echarle los cordeles al cuello, la Virgen le detuvo para que no muriese, y después soltó la cuerda y le dijo: «Vuelve al monasterio, haz penitencia, y cuando me vuelvas a ver con una cédula en la mano, en que estará escrito el perdón de tus pecados, disponte a morir.»
Así lo hizo: contó al abad todo lo sucedido, hizo penitencia rigurosa por muchos años, al cabo de los cuales vio a la Virgen dulcísima con el papel en la mano, se acordó del aviso, se dispuso para la última partida y acabó santamente.