por makf | 28 Ago, 2025 | Glorias de Maria
¡Oh Reina soberana, Madre del amor santo!, pues que sois la más amable y de Dios la más amada entre todas las criaturas, permitid que os ame también este pecador, aunque el más ingrato y despreciable de todos los pecadores, el cual, viéndose por gracia vuestra libre de los tormentos eternos y colmado de favores, sin ningún merecimiento suyo, ha colocado en Vos toda su afición y esperanza.
Os amo, Señora, y quisiera exceder en el amor a los Santos que os amaron más.
Quisiera dar a conocer a todos los que no tienen noticia de Vos cuan digna sois de ser amada, para que todos a una os amasen y bendijesen, y, si fuere necesario, tendría por fortuna grande dar la vida en defensa de vuestra virginidad, de la prerrogativa de Madre de Dios o del misterio de vuestra Concepción Inmaculada.
¡Oh amantísima Madre mía!, séaos agradable la sinceridad de mis afectos, y no permitáis que un siervo y amante vuestro tenga en adelante enemistad con Dios, a quien Vos tanto amáis!
¡Cuan desdichado fui en haber vivido algún tiempo en desgracia suya!
Pero entonces no os amaba, ni hacía por ser de Vos amado.
Ahora, de ninguna cosa tengo deseo, después de la gracia de Dios, como de merecer vuestro amor, no desconfiando de alcanzar, al fin, esta dicha, a pesar de mis culpas, porque sé que vuestra benignidad llega hasta el extremo de amar con ternura a los pecadores que os aman, por miserables que sean, y que no consentís que en amar y favorecer os lleva nadie ventaja.
Ir al Cielo deseo para amaros allí con todo mi corazón. Allí conoceré del todo vuestra amabilidad, allí descubriré lo mucho que hicisteis por salvarme, allí os amaré con amor más inflamado, allí os amaré sin temor de entibiarme ni de perder jamás dicha tan grande.
Rogad al Señor por mí, y basta; rogad por mí, y de cierto me salvaré; rogad por mí, y mientras llega tan dichoso día, suspiraré por esa patria bienaventurada, y aliviaré las penas de mi destierro cantando muchas veces así:
¡Oh Madre del alma mía,
mi esperanza y mi alegría!
Este será mi cantar:
que Vos me habéis de salvar.
por makf | 28 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Cuenta Cesáreo que un monje cisterciense, llamado Tomás, devotísimo de la Reina de los ángeles, deseaba y pedía ardientemente verla una vez.
Salió una noche al jardín, y poniéndose a mirar al Cielo y exhalar suspiros abrasados, ve de improviso bajar una virgen muy hermosa y resplandeciente, que le preguntó:
«Tomás, ¿quieres oír cómo canto?» «Sí, por cierto», respondió él; y aquella virgen cantó con tal dulzura, que el devoto religioso se imaginaba hallarse en el Paraíso.
Acabado el canto, desapareció, dejándole con gran deseo de saber quién fuese, cuando he aquí otra virgen hermosísima, que igualmente se puso a cantar.
Ya no se pudo contener, y le preguntó quién era. «La otra que viste —le fue respondido— fue Catalina, y yo soy Inés, ambas mártires de Jesucristo y enviadas a consolarte por nuestra Señora. Dale muchas gracias, y disponte a recibir favor mucho más alto.»
Dicho esto, desapareció; pero el religioso quedó con gran esperanza de ver finalmente a la Reina del Cielo.
No esperó mucho tiempo, porque de allí a poco vislumbra una clarísima luz, siente rebosarle el pecho de alegría y ve aparecer en medio de resplandores a la Madre de Dios, rodeada de ángeles, incomparablemente más hermosa que las dos vírgenes anteriores, y le dice:
«Siervo e hijo amado mío, me complazco en el amor con que me sirves, y accedo a tu súplica. Veme aquí.
Quiero que oigas también mi canto.» Comenzó a cantar aquella boca dulcísima, y fue tanta la suavidad, que el afortunado religioso, de gozo, perdió el sentido y cayó en tierra.
Tocaron a maitines, y no viéndole comparecer en el coro le buscaron por todas partes y finalmente le hallaron como muerto en el jardín. Le mandó el superior decir lo que le había sucedido, y viéndose obligado por obediencia, contó con humildad la visita y favor que había recibido de la Reina del Cielo.
por makf | 28 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Prenda segura de salvación tienen todos los siervos de María. Pone en su boca la santa Iglesia estas palabras del libro del Eclesiástico (24, 11): En todas las cosas busqué dónde reposar, y en la heredad del Señor fijé mi morada.
¡Dichosos aquellos en cuya morada halle María su descanso! Porque siendo tan extremado el amor que nos tiene, y procurando de mil maneras arraigar en nuestros corazones su devoción, muchos, o la desechan o no la conservan.
¡Dichoso el que abra su pecho a tan dulcísima devoción, y allí la mantenga viva y ferviente! Dice la Virgen que habitará en la heredad del Señor, los cuales la han de ver y bendecir eternamente en el Cielo.
Prosigue diciendo las palabras siguientes, en el lugar citado: Mi criador descansó en mi tabernáculo, y me dijo: Habita en Jacob, ten tu herencia en Israel y echa raíces entre mis escogidos, o más claramente:
«Mi criador tuvo a bien de morar en mi seno, y quiso que Yo habitase en los corazones de todos los escogidos (herencia de la Virgen y figurados en Jacob), y dispuso que estuviese radicada en todos los predestinados la devoción y enseñanza en Mí.»
¡Cuántos de los bienaventurados no estarían en el Cielo si María, con su poderosa intercesión, no les hubiese obtenido la felicidad! Yo hice que naciese en el Cielo el sol indeficiente —añade la divina Señora —.
Tantos soles brillantes como son mis devotos, por Mí resplandecen en la gloria y resplandecerán eternamente. Sí, porque a todos los que confían en su protección, dice el salterio mariano, se les han de abrir de par en par las puertas eternales.
A Vos, Señora, están fiadas las llaves y tesoros del Cielo, y por esta razón clamamos de continuo, diciendo: «Abridnos, Virgen piadosísima, esas puertas eternas, pues tenéis en la mano las llaves, o, por mejor decir, Vos sois la puerta, que así os lo dice la Iglesia santa: Janua coeli, ora pro nobis.»
Estrella del mar la llamamos también, porque así como guiados por la estrella dirigen al puerto el rumbo los navegantes, así, dice Santo Tomás a los cristianos, es la Virgen guía, con dirección al Cielo.
Igualmente, San Pedro Damián la llama escala por donde bajó Dios a la tierra y nosotros subimos a Dios. Dios la llenó de gracia para que fuese camino seguro por donde subiésemos al monte de la gloria.
Felices aquellos que os conocen, ¡oh Madre dulcísima!, porque el conoceros y publicar vuestras grandezas y virtudes es ir por el sendero de la vida eterna.
Leemos en las Crónicas de la religión de San Francisco que una vez fray León vio una escala de color encarnado, en que estaba nuestro Señor Jesucristo, y otra de color blanco, en que estaba la Virgen. Empezaron algunos religiosos a subir por la primera, y a los pocos peldaños caían al suelo; volvían a subir, y volvían a caer.
Entonces oyeron que los animaban a subir por la otra, y así lo hicieron con toda felicidad, porque la Virgen les iba dando la mano, con lo cual llegaban todos arriba.
Pregunta Dionisio Cartujano: ¿Quiénes son los que se salvan? Y responde: Aquellos por quienes esta Señora benignísima interpone la autoridad de sus ruegos. Ella misma lo asegura (Prov., 8, 15):
Por Mí reinan los reyes: por Mí, las almas reinan primero en esta vida mortal, enseñoreándose de sus pasiones, y después reinan eternamente en el Cielo, donde todos son reyes. Es en el Cielo arbitra y Señora, porque la prerrogativa de Madre le da pleno derecho para mandar todo lo que quiere y dar a cuantos quiere entrada en aquellos gozos eternos.
Y aún se puede con verdad añadir que les tiene ya de antemano asegurada tan grande felicidad, pudiendo vivir tan ciertos de poseerla, supuesta la perseverancia, como si ya la hubiesen conseguido.
Servir a María y pertenecer a su corte es el honor más alto que nos puede caber. Servir a la Reina del Cielo es ya reinar en el Cielo; vivir a sus órdenes vale mil veces más que reinar en la tierra; así como está fuera de toda duda que los que no la sirven no se salvarán, porque privados del favor de la Madre, los abandona el Hijo y toda la corte celestial.
Bendita y ensalzada sea la bondad infinita de nuestro Dios, que la tiene allí constituida por abogada nuestra, para que, como Madre del Supremo Juez y Madre de misericordia, intervenga, con eficacia, en el negocio de nuestra salvación.
Oíd, gentes, dice el salterio mariano, vosotros los que deseáis veros salvos, servid y honrad a María, y lo seréis seguramente.
Y los que, por criminales, habéis merecido las penas del infierno, confiad también si empezáis a servirla.
¡Cuántos pecadores, esforzándose, hallaron por su medio a Dios y se salvaron! Dice San Juan (Apoc., 12, 1) que la vio coronada de estrellas. Y en el Cántico de los Cánticos (4, 8) parece indicarse que su corona eran despojos de fieras bravas, como leones y leopardos.
¿Cómo se entiende esto? Estas fieras son los pecadores, convertidos por su intercesión como en estrellas de gloria, más hermosas y dignas de ceñir aquellas sienes soberanas que todos los astros del pabellón del Cielo.
Haciendo en cierta ocasión la novena de la Asunción, una sierva de Dios pidió a nuestra Señora la conversión de mil pecadores; pero después, temiendo que fuese la súplica demasiado atrevida, se le apareció la misma Señora y la corrigió, diciendo:
«¿Por qué temes? ¿No tengo Yo poder para alcanzarte de mi Hijo la conversión de mil pecadores? Ya tienes concedida la gracia.»
Y en seguida la llevó en espíritu al Cielo, donde le mostró innumerables almas que, habiendo merecido el infierno, estaban, por su protección poderosa, gozando de la eterna bienaventuranza.
Verdad es que nadie en esta vida puede tener certeza de haberse de salvar. Pero, como dice el salterio mariano, acudamos a María, arrojémonos a sus pies, y no los dejemos hasta que nos dé su bendición, que si nos bendice serenos salvos. Basta, Señora, que Vos queráis, para que nos salvemos, y necesariamente, como aseguran los Santos
Con razón predijo la celestial Señora (Le., 1, 48) que la llamarían bienaventurada todas las generaciones, pues por su medio, dice San Ildefonso, han de alcanzar la bienaventuranza todos los escogidos.
Sois, en realidad, Madre amantísima, dice San Metodio, principio, medio y fin de nuestra dicha; principio, porque nos alcanzáis perdón de los pecados; medio, porque nos conseguís el don de la perseverancia, y fin, porque nos lleváis a las moradas del eterno descanso.
Vos abristeis las puertas del Cielo. Vos cerrasteis las del abismo. Vos nos recobrasteis la felicidad, y por Vos se dio la vida eterna a los desventurados, merecedores de eterna perdición.
Pero mayormente debe animarnos a esperar esto la dulce promesa con que estimula la misma Virgen a todos los que la honren en este mundo, y en particular a los que de obra o de palabra procuren, según sus fuerzas, darla a conocer y venerar.
Los que se guían de Mí no pecarán; los que me dan a conocer alcanzarán la vida eterna (Eccli., 24, 30).
¡Afortunados los que con preferencia lleguen a merecer su favor! A éstos ya los reconocen por compañeros los cortesanos celestiales, y como que llevan en sí la marca de siervos de María, ya sus nombres están inscritos en el libro de la vida.
¿De qué sirve, pues, inquietar la conciencia con las disputas de las Escuelas sobre si la predestinación es antes o después de haber previsto Dios los méritos de cada uno, o con la duda de si nuestros nombres estarán o no escritos en aquel libro? Sin duda, estarán escritos si de María somos siervos verdaderos y estamos guarecidos a la sombra de su protección.
Porque aseguran los Santos que sólo a los que Dios quiere salvar les da como prenda y gracia especialísima la devoción a su Madre, conforme lo que parece prometió por boca de San Juan (Apoc., 3, 12), en estos términos: El que venciere, llevará escrito de mi mano el nombre de Dios y el de la Ciudad de Dios. Y los Santos Padres declaran que la Ciudad de Dios es María Santísima.
Cosas gloriosas se han dicho de Ti, Ciudad de Dios (Ps. 83,3).
Bien podemos decir con San Pablo (2 Tim., 2, 19) que a los que tengan este signo los reconocerá Dios por suyos; siendo la devoción a su Madre señal tan evidente de predestinación, que el sólo rezar devota y frecuentemente la salutación angélica o el Rosario cada día se tiene por indicio muy grande de salvación.
Sus siervos, añade el Padre Nieremberg, no sólo se ven más privilegiados y favorecidos en esta vida, sino que serán más honrados y aventajados en la gloria, llevando allá vestida una librea y divisa particular mucho más preciosa y elegante que los demás gloriosos cortesanos, con que se distingan por familiares de la Reina del Cielo y servidumbre de su corte, según aquello de los Proverbios (31, 31): Todos los de su casa visten doble vestidura.
Vio Santa María Magdalena de Pazzis en medio del mar una navecilla en que iban todos los devotos de la Virgen, y la celestial Princesa, haciendo el oficio de piloto, con la proa derecha al puerto; entendiendo la Santa que las personas que viven bajo la protección de María, en medio de los peligros de esta vida, quedan a salvo del pecado y del infierno, porque los guía la misma Virgen con toda seguridad al puerto de bonanza, que es la gloria eterna. Entremos, pues, en esta barca feliz; acojámonos al manto
de María, y así nos salvaremos indefectiblemente, pues que la Iglesia le dice así:
«¡Oh Santísima Madre de Dios!: todos cuantos han de participar de las delicias celestiales habitan en Vos y están amparados a vuestra sombra maternal.»
por makf | 28 Ago, 2025 | Glorias de Maria
¡Oh Sacratísima Reina de los ángeles.
Madre de Dios y Señora nuestra, la más excelente y amable de todas las criaturas!
Cierto es que hay en el mundo muchos que ni os aman ni os conocen, mas en el Cielo tenéis millares y millares de ángeles y Santos que os aman y alaban incesantemente.
También en la tierra se encuentran almas felices, enardecidas en vuestro amor y prendadas de vuestra bondad. ¡Oh si yo os amase igualmente!
¡Si de continuo estuviese pensando en cómo serviros mejor y ensalzaros y veneraros, procurando mover a otros al mismo amor y veneración!
El Eterno se enamoró de vuestra incomparable hermosura, con tanta fuerza, que le hizo como desprenderse del seno del Padre y escoger esas virginales entrañas para hacerse Hijo vuestro.
¿Y yo, gusanillo de la tierra, no he de amaros? Sí, dulcísima Madre mía, quiero arder en vuestro
amor y propongo exhortar a otros a que os amen también.
Aceptad mis deseos y ayudadme a lograrlos.
Sé que a vuestros amantes los mira Dios con particular benevolencia, no deseando nada tanto, después de la dilatación de su gloria, como veros amada, honrada y servida de todo el mundo. Con este convencimiento procuraré amaros más y más, y esperaré de Vos toda mi dicha.
Vos me habéis de conseguir el perdón de mis pecados; Vos, la perseverancia final; Vos me habéis de asistir a la hora de mi muerte; Vos me habéis de sacar de las penas del purgatorio, y Vos habéis de llevar mi alma en vuestros brazos maternales hasta presentarla ante el trono de la Santísima Trinidad.
Todo esto esperan vuestros hijos de Vos, y ninguno de ellos queda jamás burlado. Pues lo mismo espero yo, que os amo con todo mi corazón y, después de Dios, sobre todas las cosas.
por makf | 28 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Cuenta el P. Eusebio Nieremberg que en una ciudad del reino de Aragón vivía una doncella, por nombre Alejandra, a la cual, por su hermosura y nobleza, pretendían dos jóvenes principales.
Vinieron a las manos un día, y ambos quedaron muertos en la calle; y por haber ella sido la ocasión, fueron a su casa los parientes, la degollaron y arrojaron su cabeza a un pozo.
Pocos días después, pasando por aquel sitio el patriarca Santo Domingo, inspirado de Dios, se arrimó al pozo, y dijo:
«Alejandra, sal fuera»; y he aquí que aparece viva en el brocal la cabeza de Alejandra, pidiendo confesión.
El Santo la confiesa y le da también la sagrada Comunión, todo a vista del gran concurso de gentes que habían acudido a ver tan gran maravilla.
Después le mandó que publicase por qué había Dios usado con ella misericordia tan señalada.
Respondió la joven que cuando le cortaron la cabeza estaba en pecado mortal; pero por la devoción que había tenido de rezar el Rosario, la Virgen le había conservado la vida.
Dos días permaneció la cabeza hablando a la orilla del pozo, al cabo de los cuales fue destinada el alma al fuego del purgatorio; mas pasados otros quince, se apareció al mismo Santo más hermosa y resplandeciente que el sol, y le declaró que uno de los sufragios más eficaces que tienen las benditas ánimas es el santo Rosario ofrecido por ellas, por lo cual, agradecidas, luego que llegan a verse en la presencia de Dios, piden por las personas que les aplicaron esta oración poderosa.
Dicho esto, vio el glorioso Santo Domingo entrar aquel alma llena de regocijo en la mansión de la eterna bienaventuranza.