X 1b. Ejemplo: Arrancada de las garras del demonio

Cuenta el P. Rho, S. J., en su Libro de los Sábados, que en un pueblo de Gueldres, por el año de 1465, una soltera llamada María fue enviada por un tío suyo a comprar algunas cosas al mercado de Nimega, con orden de quedarse aquella noche a dormir en casa de otra tía suya.

Esta no la quiso recibir, y tuvo la sobrina que volverse; mas haciéndosele de noche en el camino, empezó, despechada, a llamar al demonio, que no tardó en aparecérsele en figura de hombre prometiéndole que la ayudaría con tal de que hiciese dos cosas.

«Todo lo haré» —respondió la infeliz— . «Pues la una es —volvió a decir el diablo— que de hoy en adelante no te has de hacer la señal de la Cruz, y la otra, que has de mudar de nombre.»

«En lo de la cruz, convengo — contestó ella —; pero nombre tan dulce como el de María no me lo mudo.»

«Pues yo no te favorezco» —replicó el enemigo — .

Finalmente, después de una larga contienda quedaron en que se llamaría con la primera sílaba de su nombre, esto es MA, y se fueron juntos a la ciudad de Amberes, donde vivió seis años con tan mal compañero en el estado infelicísimo que se deja pensar, al cabo de los cuales tuvo deseo de volver a su patria, y aunque él se negaba mucho, al fin condescendió.

Al entrar en Nimega hallaron que se estaba representando en público un drama de la vida de la Virgen, a cuya vista la pobre MA sintió avivarse la centella que conservaba en el corazón de afecto para con la Virgen Santísima, y empezó a llorar.

A esto, el demonio le dijo, muy enojado:

«¿Qué hacemos aquí? ¿Quieres que nosotros representemos otra comedia más graciosa?» Y tiraba de ella para apartarla de allí por fuerza, mas ella resistía.

Conociendo entonces que iba a perderla para siempre, la levantó en el aire y la dejó caer en el tablado.

Se hizo poco daño, y contó en alta voz toda su historia, yendo desde allí a buscar al párroco para confesarse, quien la mandó al obispo de Colonia, y éste al Papa, el cual, oídola en confesión, le mandó por penitencia llevar siempre tres aros de hierro, uno al cuello y dos a los brazos.

Obedeció la penitente, y llegando a Maestricht, se encerró en una casa de recogidas, donde vivió catorce años en rígida penitencia, al cabo de los cuales, al levantarse una mañana, vio rotas por sí las tres argollas, y pasados otros dos, murió con fama de santidad, dejando dicho que la enterrasen con aquellos hierros, que de esclava del demonio la habían hecho sierva feliz de su divina libertadora.

X 1a. El nombre de María es dulcísimo en viday en muerte.

No fue inventado en la tierra el nombre santísimo de María, como lo son los nuestros, sino que descendió del Cielo por divina ordenación, según afirman San Antonino, San Epifanio y otros muchos escritores sagrados.

Del trono de la divinidad salió vuestro excelso nombre, Señora, como el más excelente de todos, después del nombre adorable de Jesús, habiendo querido la Santísima Trinidad señalaros y enriqueceros con uno tan santo, que, oyéndole pronunciar, doblen la rodilla el Cielo, la tierra y los abismos.

Mas, entre las otras excelencias que el Señor le concedió, veamos ahora cuan dulce le hizo a sus devotos, así en la vida como en la muerte.

En vida, su nombre santísimo, dice un santo anacoreta, es la misma dulzura y suavidad celestial. El glorioso San Antonio de Padua hallaba tanta en él como San Bernardo en el sacrosanto de Jesús: El nombre de Jesús, decía el uno; el nombre de María, respondía el otro, es júbilo al corazón, miel en la boca, música al oído.

El Beato Juvenal Ancina, obispo de Saluzzo, siempre que pronunciaba el nombre de María sentía en la boca una dulzura sensible, tan suave, que se relamía los labios; y otro tanto afirma Marsilio, obispo, de una devota mujer de Colonia, por cuyo consejo, practicándolo él, empezó también a sentir el mismo sabor, y muy exquisito.

Hasta los ángeles preguntaban repetidas veces el día de su gloriosa Asunción (Cant., 3, 6): ¿Quién es Esta?, por oír reiterado su dulcísimo nombre, de tanta delicia para ellos.

Mas aquí no hablamos del gusto sensible, porque éste se concede a pocos, sino de la dulzura saludable de consuelo, amor, alegría, confianza y fortaleza que de ordinario da esté suavísimo nombre a todos los que le invocan devotamente.

Después del santo nombre de Jesús, es el de María tan rico de bienes soberanos, que ni en la tierra ni en el Cielo resuena otro con el cual experimenten las almas piadosas tantas avenidas de gracia, confianza y dulzura; porque en sí contiene suavidad tan inefable, que siempre que llega a los corazones de los amigos sienten como fragancia y recreo de santidad.

Y su maravillosa propiedad es que, oído mil veces de los amantes de María, mil veces les parece nuevo, mil veces prueban el mismo gozo y dulzura.

Decía el B. Enrique Suson que al oírle o pronunciarle se le reanimaba tanto la esperanza y tanto se le enardecía el corazón, que entre el júbilo y lágrimas, que le empezaban a correr en abundancia, deseaba exhalar el espíritu por la boca, pareciéndole que este delicioso nombre se le derretía como un panal en el fondo del alma; y así le dice:

¡Oh nombre suavísimo de María! ¿Qué será la persona que tiene nombre tan dulce, si tan lleno está sólo él de gracia y amabilidad? ¡Oh excelsa, oh piadosa, oh dignísima de toda alabanza!, no se puede pronunciar vuestro nombre sin que inflame los corazones, ni pensar en él sin recrear y alegrar los ánimos de todos los que os aman.

Y si hablar de tesoros alegra tanto a los pobres, ¡cuánto más nos debe regocijar a nosotros vuestro santo nombre, más deseable y precioso que todas las riquezas del mundo, más eficaz y poderoso para aliviar los males de la vida presente que todos los remedios terrenos!

Lleno está de gracia y bendiciones divinas, como dice San Metodio, ni puede nunca ser proferido sin hacer bien a quien le pronuncie con afecto de devoción.

Esté duro un corazón más que la piedra, sienta en sí gran desaliento y desconfianza, dice el sabio Idiota, si llega a proferir vuestro nombre, oh María, es tanta su divina virtud, que al instante se alentará, ablandará y trocará en otro muy diverso que antes, porque Vos confortáis al pecador, animándole a esperar y disponiéndole a recibir la gracia.

En fin, escribe San Ambrosio, es vuestro nombre bálsamo lleno de celestial fragancia, y así, Virgen piadosísima, os pido que descienda hasta lo íntimo de mi corazón, concediéndome que le traiga siempre estampado en él con amor y confianza, pues quien os tenga y os nombre así, puede estar seguro de haber alcanzado ya la gracia divina, o, a lo menos, prenda segura de haberla pronto de poseer.

Su solo recuerdo, dice Landulfo de Sajonia, consuela a los afligidos, vuelve a los extraviados al sendero de la salud y conforta a los pecadores temerosos, para que no se dejen vencer por la desesperación.

Con sus cinco llagas dio al mundo el Salvador el remedio de todos los males, y Vos, con vuestro nombre dulcísimo, que tiene cinco letras, alcanzáis a cada hora perdón a los pecadores.

¡Dichoso el que a la hora de la muerte le invoque confiadamente! Gracia especial será y signo muy cierto de salvación.

Por esto el santo nombre de María es comparado al bálsamo en los sagrados Cantares (1, 2): Bálsamo derramado es tu nombre. Así como el bálsamo sana a los enfermos, difunde el olor y enciende la llama, así el nombre de María sana a los pecadores, recrea los corazones y los inflama en el divino amor.

Por lo cual los pecadores han de acudir a este gran nombre, pues él solo bastará para curarlos de todos sus males, asegurando que no hay enfermedad tan maligna que no ceda al instante a la fuerza de este nombre.

Al contrario, los demonios, afirma Tomás de Kempis, temen de tal manera a la Reina del Cielo, que al pronunciar su nombre huyen de quien le profiere como de un fuego que abrasa.

La misma bienaventurada Virgen reveló a Santa Brígida que no hay en esta vida pecador tan tibio en el amor divino que, invocando su santo nombre, con propósito de enmendarse, no ahuyente luego de él al demonio.

Y se lo confirmó diciéndole que todos los demonios de tal modo veneran su nombre y le temen, que al oírle resonar desprenden luego del alma las uñas con que la tenían asida.

Y así como los ángeles rebeldes huyen de los pecadores que invocan el nombre de María, así, por el contrario, dijo la misma nuestra Señora a Santa Brígida, los ángeles buenos se aproximan mucho más a las almas justas que con devoción lo profieren.

Y atestigua San Germán que así como la respiración es señal de vida, así también el pronunciar a menudo el nombre de María es señal, o de vivir ya en la divina gracia o de que presto vendrá la vida; pues este poderoso nombre tiene la virtud de alcanzar el auxilio y la vida a quien devotamente le invocare.

Finalmente, este admirable nombre es como una torre inexpugnable, en la cual, acogiéndose, el pecador se librará de la muerte; porque esta torre celestial defiende y salva a los pecadores más perdidos.

Con efecto, es torre, y torre de tal fortaleza, que no sólo libra a los pecadores del castigo, sino que defiende también a los justos de los asaltos del infierno.

Después del nombre de Jesús, no hay ningún nombre en el que se halle tanto auxilio ni que comunique tanta salud a los hombres como el gran nombre de María; y como generalmente lo experimentan los devotos de esta buena Madre, su excelso nombre comunica fuerza especial para vencer las tentaciones contra la castidad.

Sobre las palabras de San Lucas: Y el nombre de la Virgen era María, dice un autor que el Evangelista reúne estos dos nombres de María y de Virgen para darnos a entender que el nombre de esta purísima Donce-Hita no debe jamás ir separado del de la castidad. Por lo cual afirma San Pedro Crisólogo que el nombre de María es indicio de castidad, queriendo decir que quien dudare de haber o no pecado en las tentaciones impuras, si recordare haber invocado el nombre de María, tendrá una señal cierta de no haber ofendido la castidad.

Sigamos, pues, siempre el admirable consejo de San Bernardo, el cual dice: En todos los peligros de perder la divina gracia pensemos en María, e invoquemos a María juntamente con el nombre de Jesús, pues estos dos nombres van estrechamente unidos.

Jamás se aparten estos dos dulcísimos y poderosísimos nombres de nuestro corazón ni de nuestra boca, porque ellos nos darán fuerza para no caer y para vencer todas las tentaciones.

Son magníficas las gracias que Jesucristo ha prometido a los devotos del nombre de María, como Él mismo hablando con su santa Madre, lo manifestó a Santa Brígida, revelándole que quien invocare el nombre de María con confianza y propósito de enmienda recibirá tres gracias singulares, a saber: un perfecto dolor de sus pecados, la satisfacción de ellos y la fortaleza para llegar a la perfección: y, además, finalmente, la gloria celestial.

Porque, añadió el divino Salvador, son para Mí tan dulces y queridas, oh Madre mía, tus palabras, que no puedo negarte nada de cuanto me pides.

En suma, San Efrén llega a decir que el nombre de María es la llave de la puerta del Cielo para el que devotamente le invoca. Por esto, el salterio mariano llama, con razón, a María Salud de todos los que la invocan.

Como si fuera lo mismo invocar el nombre de María que alcanzar la salud eterna; porque afirma el sabio Idiota que la invocación de este santo y dulce nombre sirve para obtener una gracia sobreabundante en esta vida y una gloria sublime en la otra. Si deseareis, pues, oh, hermanos, concluye Tomás de Kempis, hallar consuelo en todos los trabajos, acudid a María, invocad a María, obsequiad a María, encomendaos a María.

on María regocijaos, con María llorad, con María rogad, con María caminad, con María buscad a Jesús. Con Jesús y María, finalmente, desead vivir y morir. Haciéndolo así, dice, siempre adelantaréis en los caminos del Señor; pues María rogará gustosa por vosotros, y el Hijo ciertamente escuchará a la Madre.

Muy dulce es, por tanto, ya en esta vida el santísimo nombre de María para sus devotos, por las innumerables gracias que, como hemos visto, les alcanza; pero más dulce lo hallarán en la hora suprema por la dulce y santa muerte que les obtendrá.

El Padre Sertorio, de la Compañía de Jesús, exhortaba a todos los que auxiliaban a algún moribundo que le repitieran a menudo el nombre de María, diciendo que este nombre de vida y esperanza, pronunciado en la hora de la muerte, basta para disipar a los enemigos y para confortar a los moribundos en todas sus angustias.

Igualmente, San Camilo de Lelis dejó muy recomendado a sus religiosos que recordasen con frecuencia a los moribundos el invocar el nombre de María y de Jesús, como él ya lo practicó después consigo mismo en la hora de su muerte, en la cual invocaba con tanta ternura los amados nombres de Jesús y de María, que inflamaba de amor aun a los que le escuchaban.

Y, finalmente, con los ojos fijos en sus adoradas imágenes y los brazos cruzados, expiró con semblante y paz celestial, invocando en las últimas palabras que pronunció los dulcísimos nombres de Jesús y de María.

Esta breve oración invocando los sacrosantos nombres de Jesús y de María, dice Tomás de Kempis, es tan fácil de retener en la memoria cuanto es dulce para considerarla, y fuerte al propio tiempo para proteger a quien la usa de todos los enemigos de su salvación.

¡Bienaventurado, dice el espejo de nuestra señora, el que ama vuestro dulce nombre, oh Madre de Dios! Es tan glorioso y admirable vuestro nombre, que todos los que se acuerdan de invocarle en el trance de la muerte no temen los asaltos de los enemigos.

¡Oh, quién tuviera la dicha de morir como murió el Padre fray Fulgencio de Ascoli, capuchino, el cual expiró cantando: ¡Oh María! ¡Oh María, la más hermosa de las criaturas, quiero ir en vuestra compañía!

Oh, también, como murió el Beato Enrique, cisterciense, de quien se refiere en los Anales de su Orden que terminó su vida articulando el nombre de María.

Ruguemos, pues, ¡oh devoto lector mío!, reguemos a Dios que nos conceda esta gracia de que la última palabra que pronuncien nuestros labios en la hora de la muerte sea el nombre de María, como lo deseaba y rogaba San Germán.

¡Oh muerte dulce, muerte segura, la que va acompañada y protegida del nombre de salud, que Dios sólo concede invocar en la hora de la muerte a los que quiere que se salven!

¡Oh dulce Madre mía, os amo, y porque os amo tengo también amor y devoción a vuestro santísimo nombre! Con vuestro favor y benignidad espero que le invocaré toda mi vida, y particularmente a la hora de la muerte.

Por la gloria, pues, y dignidad de vuestro nombre dulcísimo, salid al encuentro de mi alma cuando parta de este mundo, y recibidla en vuestros brazos maternales, consolándola con la hermosura de vuestra presencia, abogando por mí en el Tribunal de la divina justicia y poniéndome, ya perdonado, en posesión del eterno descanso.

IX 1c. Oración

¡Oh Madre de misericordia!, ya que son tan ardientes vuestros deseos de acceder a las súplicas de los pecadores, yo, el más infeliz de todos, vengo hoy a las puertas de vuestra piedad.

Pidan otros lo que quisieren: salud, honores, fortuna; yo pretendo lo que Vos misma principalmente deseáis de mí y es más conforme con la bondad de vuestro amantísimo Corazón.

Vos fuisteis humildísima: alcanzadme la verdadera humildad y la alegría en los desprecios.

Vos fuisteis pacentísima en sufrir las penas de esta vida: alcanzadme paciencia en las adversidades.

Vuestro amor para con Dios fue ardentísimo: haced que yo también le ame con amor puro y santo.

Para con los prójimos fue beneficentísimo: yo solicito para con todos la caridad cristiana, mayormente con los que me son molestos y contrarios.

Vuestra voluntad estuvo siempre unida a la voluntad de Dios: pedid para mí una entera resignación en todo cuando el Señor dispusiere de mi.

En suma: Vos sois la criatura más santa de cuantas salieron de la mano de Dios; ayudadme a santificarme a mí también. Ni amor ni poder os falta, y sólo puede ser motivo para no lograr vuestros favores, o mi descuido en recurrir a Vos, o mi poca confianza en vuestra intercesión.

Pues estas dos gracias especiales son las que ahora pido y espero de vuestra bondad: acudir siempre a Vos y confiar siempre en Vos.

Vos sois mi Madre, mi esperanza, mi mor, mi vida, mi refugio y mi consuelo, y espero seréis mi gozo por toda la eternidad. Amén.

IX 1b. Ejemplo: Convertida por rezar el Avemaría

Refiere el P. Carlos Bovio, de la Compañía de Jesús, que en Dormans, de Francia, hubo un ombre que, aunque casado, vivía mal con otra mujer.

No pudiendo la suya sufrir esto, de continuo (os maldecía, y clamaba al Cielo venganza hasta delante de una imagen de nuestra Señora que estaba en la iglesia, pidiendo justicia contra su adversaria,, la cual tenía costumbre de rezar diariamente un Avemaria a la misma Virgen.

Una noche se le apareció en sueños a la casada, ésta empezó al instante a repetir su canción:

Justicia, Señora, justicia.» Pero la Virgen le respondió:

«¿Justicia me pides a Mí? Búscala en otra parte.» Después añadió: «Has de saber que aquella pobre pecadora me reza todos los días una salutación tan de mi agrado, que nadie, que la rece puedo consentir sufra ni reciba castigo por sus pecados.»

Por la mañana fue a oír misa donde se veneraba la imagen que en sueños había visto y encontrándose, al salir, con la amiga de su marido, comenzó a voces a llenarla de injurias y a tratarla de hechicera, que con sus hechicerías había también encantado o engañado a la Virgen.

La gente espantada, le decía que se callase; pero ella respondía:

«No quiero callar, y lo que digo es la pura verdad; esta noche se me ha aparecido la Virgen, y, pidiéndole justicia, me la negó por una salutación que esta malvada le dice.»

Preguntaron a ésta qué salutación era aquélla y respondió que no era más que un Avemaria; pero oyendo al mismo tiempo que por tan poca cosa la miraba María Santísima con tanta piedad, corrió a echarse a los pies de aquella santa imagen, y, pidiendo perdón de sus escándalos, hizo allí públicamente voto de perpetua continencia; después se puso hábito de beata, edificó una estancia reducida cerca de la iglesia, y allí encerrada perseveró hasta la muerte haciendo rigurosa penitencia.

IX 1a. Cuan grande sea la clemencia y piedad de María

Hablando un escritor mariano de la piedad con que mira por nosotros la Virgen nuestra Señora, dice que bien se le puede llamar la tierra prometida que mana leche y miel; y añade San Alberto Magno que María, por la misericordia de sus entrañas, merece apellidarse, no sólo misericordiosa, sino la misma misericordia; y el autor del estímulo de amor, considerando haber sido ensalzada a la dignidad de Madre de Dios para bien de todos los desdichados, con el oficio anejo de dispensar mercedes, y con tanta solicitud y ternura, como si ninguna otra ocupación tuviese, dice que siempre que se paraba a contemplarla perdía de vista la justicia divina y no veía más que aquella misericordia sin término en que está rebosando su Corazón amante.

Verdaderamente, tanta es la de sus entrañas amorosas, que ni un instante cesa de hacernos experimentar los efectos que de Ella proceden.

¿Qué otra cosa, exclama San Bernardo, puede brotar de una fuente de clemencia, sino clemencia? Oliva es llamada en los libros sagrados (Eccli., 24, 19), porque así como la oliva no da por fruto más que aceite, símbolo de la misericordia, así de las manos de María no sale otra cosa que misericordia y gracia, de manera que con razón puede llamarse Madre del óleo de la piedad, dice el venerable Padre Luis de la Puente, pues es Madre de misericordia.

Yendo a pedir a esta dulce Madre el óleo de su piedad, no tenemos que temer lo rehuse, como lo hicieron las vírgenes prudentes negando el suyo a las vírgenes locas (Mt., 25, 9), por ser tan rica que, por más que dé mucho, más le queda por dar.

Pero, ¿por qué se dice (Eccli., 24, 19) que está plantada en medio del campo como frondosa oliva, y no más bien dentro de un jardín cercado? Para que sin estorbos puedan todos ir a ponerse bajo su sombra.

¡Cuántas veces, sin más que interponer sus ruegos, revocó la sentencia del castigo que teníamos merecido por nuestros pecados! Pregunta Tomás de Kempis:

¿Qué otro seno tan amoroso como el suyo podremos encontrar? Seno donde el pobre halla socorro; el enfermo, salud; el triste, alivio, y el desamparado, consuelo.

¡Infelices de nosotros si careciésemos de esta Madre misericordiosísima, siempre cuidadosa y atenta a socorrer todas nuestras necesidades! Dice el Espíritu Santo (Eccli., 38, 27): Donde no hay mujer, gime y padece el enfermo.

María es esta Mujer piadosa por excelencia, y como todas las gracias se dispensan por su mano, si Ella faltase, no habría misericordia ni esperanza.

Ni hay que temer que no ve nuestra miseria, o que no se compadezca de vernos en necesidad.

Mejor que nosotros, y mejor que ningún Santo del Cielo, las observa, y se compadece con tanto amor y solicitud, que verlas y acudir al remedio todo es uno. Señora, con larga mano dais dondequiera que descubrís la falta; oficio de clemencia, propio de Madre, y oficio que Vos haréis mientras el mundo dure.

Figura suya, en los tiempos antiguos, fue Rebeca (Gen., 24, 19), la cual estaba sacando agua de un pozo cuando llegó sediento el criado de Abrahán, y, pidiéndole de beber, respondió ella que con mucho gusto se la daría, y también a sus camellos, como lo hizo.

Con esta imagen, hablando San Bernardo a la Virgen Santísima, le dice:

«Señora, más piadosa y compasiva sois que fue Rebeca, no contentándoos con dispensar las gracias de vuestra ilimitada liberalidad a los siervos de Abrahán, figura de los siervos de Dios fieles y leales, sino también a los pecadores, figurados por los camellos.»

Rebeca no dio más de un cántaro de agua, y esta Madre amantísima da con gran exceso mucho más de lo que se le pide, siendo en liberalidad muy semejante a su divino Hijo, cuyas bondades, como tan rico en misericordia con todos los que le invocan, siempre son mayores que nuestros deseos y peticiones.

Rogad Vos, Señora, por mí, porque pediréis con más devoción que yo, y me alcanzaréis mayores beneficios de cuantos yo nunca sabré pedir.

Una vez que, por negarse los habitantes de Samaría a hospedar al Señor, querían dos de sus discípulos (Le., 9, 54) que cayese fuego del Cielo sobre la ciudad, les corrigió diciendo que ignoraban cuál era su espíritu, espíritu de paz y mansedumbre, no habiendo venido al mundo a castigar a los pecadores, sino a salvarlos.

Y siendo el espíritu de María tan parecido al de su Santísimo Hijo, bien podemos estar ciertos de la bondad y clemencia de su corazón.

Es Madre, y, además, Dios la hizo dulce y amorosa con todos en sumo grado; que por eso la vio San Juan (Apoc., 12. 1) vestida del sol.

Vistió de su carne inmaculada al Sol divino, dice San Bernardo, y Él la revistió de su poder y misericordia, la cual es tan grande, que cuando se le presenta un pecador implorando su valimiento, no se pone a examinar si merece o no ser oído, pues tiene de costumbre acoger favorablemente a todos los que llegan a sus pies, sin distinción ninguna.

Y el compararla con la luna los libros santos (Cant., 6, 9) es porque si este planeta da luz a los cuerpos inferiores, María ilumina y vivifica a los pecadores más abatidos y abandonados.

Así, pues, si temiendo la potestad y justicia del Altísimo, o el peso de nuestras culpas, no nos atrevemos alguna vez a ponernos cerca de aquella Majestad infinita a quien ofendimos, no hay que recelar de aproximarnos a María, porque en Ella nada veremos que nos cause temor.

Santa y justa es, Reina del Cielo es y Madre de Dios; pero como hija de Adán, es también de nuestra propia carne, y es toda piedad, toda gracia, a todo se presta, a todos abre el seno de su benignitud, todos reciben de la abundancia de su amor, empleada en hacer a todas horas lo contrario de lo que el diablo hace.

El diablo nos rodea con intención de acometernos y tragarnos (1 Petr., 5, 8), y María nos busca por darnos vida y salvación.

Debemos, además, persuadirnos, dice San Germán, de que no tiene límites su poder, especialmente para desarmar el brazo de la justicia divina.

¿De dónde nace que Dios, que en la antigua Ley era tan severo en castigar, use ahora comúnmente de tanta blandura con los pecadores? Consiste en los merecimientos y amor de María.

¡Cuánto tiempo ha que se hubiera hundido y aniquilado el mundo si Ella, con sus ruegos, no le sustentase!

Al contrario, bien podemos prometernos de la divina liberalidad todo género de bienes ahora que tenemos a Jesucristo como mediador con el Eterno Padre, y a la Reina del Cielo con el Hijo amoroso.

¿Cómo podrá negarse al Hijo cosa alguna cuando muestre a su Padre, las llagas que sufrió por nosotros, ni a la Madre Santísima cuando muestre al Hijo los pechos virginales que le alimentaron?

Hermosamente dice San Pedro Crisólogo que, habiendo hospedado a Dios en su seno esta Doncella sin mancilla, pide como paga del hospedaje la paz del mundo, la salud de los desahuciados y la vida de los muertos; de forma que de sus manos está pendiente todo nuestro bien, y por eso hemos de recurrir siempre a su amparo como a puerto, refugio y asilo segurísimo.

Ella es aquel trono de gracia a donde el Apóstol (Hebr., 4, 16) nos exhorta a ir sin temor, dice San Antonino, ciertos de obtener la divina misericordia, con todos los auxilios necesarios al logro de la eterna felicidad.

Concluyamos con el estimulo de amor sobre las palabras de la Salve:

¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Clemente a los necesitados, piadosa a los que piden, dulce a los que aman.

Clemente a los penitentes, piadosa a los aprovechados, dulce a los contemplativos.

Clemente, librando; piadosa, perdonando; dulce, dándose a los suyos en premio y posesión eterna.

Categorías