VI 2c. Oración

¡Oh Madre Santísima!, bien conozco que habiendo sido por laníos años ingrato a Dios y a Vos, merezco justamente que me abandonéis, porque el ingrato no es acreedor a ningún beneficio. Pero yo, Señora, tengo formada muy alta idea de vuestra bondad.

Proseguid, ¡oh refugio segurísimo de pecadores!, proseguid en favorecer a un desdichado que en Vos confia. Extended la mano y levantad a un pobre caído que pide favor.

Defendedme, y si no, decidme a quién he de ir, que me pueda valer mejor que Vos. Pero, ¿dónde encontraré para con el Altísimo abogado de más poder y bondad que su misma Madre? Madre sois del Salvador del mundo, y nacisteis para salvar los pecadores.

¡Oh María, salvad a un infeliz que humilde a Vos recurre! No merezco vuestro amor; pero el deseo que arde en vuestro pecho dulcísimo de salvarnos a todos me dice que me amáis, y si Vos me amáis, no me perderé.

¡Oh amada Madre mía, si por Vos me salvo, como lo espero, ya no seré desgraciado, sino felicísimo, y con alabanzas perpetuas desquitaré mis ingratitudes pasadas, bendeciré vuestro amor y besaré vuestras manos sacrosantas, para mí tan benéficas, en aquella patria celestial donde reináis y reinaréis eternamente!

¡Oh libertadora, oh esperanza, oh Reina, oh abogada, oh Madre mía, os amo y siempre os amaré! Amén, amén. Asi lo espero, así sea.

VI 2b.Ejemplo: La Virgen, portera de un monasterio

Bien acredita cuan amorosa es con los miserables pecadores lo que hizo con una monja, portera del monasterio de Fuente-Heraldo, llamada Beatriz.

Vencida y apasionada de un joven concertó fugarse con él del monasterio.

Llegado el día señalado, se fue la infeliz delante de una imagen de la Virgen nuestra Señora, le dejó las llaves y se escapó.

Lejos de allí, tomó dentro de poco tiempo la infame ocupación de ramera, y en tan miserable estado vivió por el transcurso de quince años.

Al cabo de tanto tiempo sucedió que encontrándose una vez con el administrador de los bienes del monasterio, le preguntó si conocía a una monja por nombre Beatriz.

«La conozco bien — respondió el hombre — es una santa; ahora la han hecho maestra de novicias.» Ella quedó pasmada, no entendiendo cómo fuese aquello posible, y para salir de la duda, se disfrazó y volvió al monasterio.

Pide que salga Sor Beatriz, y se le presenta la Reina del Cielo en la forma de aquella imagen a cuyos pies había dejado el hábito y las llaves, le habló la señora y le dijo:

«Beatriz, mirando por tu reputación, tomé tu mismo semblante, y he desempeñado tu oficio todo el tiempo que has vivido fugitiva del monasterio y de Dios. Hija, vuelve a entrar y haz penitencia de tus desórdenes, que aún te espera mi amantísimo Hijo, procurando con una conducta ejemplar mantener el buen nombre que Yo te he granjeado», y desapareció.

Entonces Beatriz entró en el monasterio, se vistió el hábito, y agradecida grandemente a la Reina de los ángeles por tan especial beneficio, vivió en adelante como verdadera santa, y a la hora de la muerte manifestó lo sucedido a gloria de María Santísima.

VI 2a. María es abogada compasiva y no rehusa defender la causa de ningún desvalido

Son tantos los motivos que hay de nuestra parte para amar a esta amabilísima Señora, que si en toda la tierra resonasen continuamente sus alabanzas y todos los hombres diesen en su obsequio la vida, sería poca gratitud y retorno al entrañable amor que profesa aun a los más pecadores, en quienes ve, a lo menos, algún vestigio de devoción para con Ella.

Decía el sabio Idiota que María paga amor con amor, y aun de servir a quien la sirve no se desdeña, empleando (si éste se halla en pecado) todo su valimiento, hasta alcanzarle misericordia y perdón.

Tanta es su benignidad, que nadie debe recelar, aunque ya se dé por perdido, de ir a sus pies buscando el remedio, pues a ninguno despide.

Como abogada amantísima, cuida de presentar a Dios nuestras oraciones, mayormente las que van por su medio, pues así como con el Padre intercede su Hijo, así con el Hijo intercede la Madre, no dejando nunca de agenciar el negocio de nuestra salvación, y de solicitar las gracias que le pedimos.

Con razón, pues, la llama Dionisio Cartujano Refugio singular de perdidos, Esperanza de miserables, Abogada de todos los pecadores, que se valen de su protección.

Podrá ser que algún pecador, sin dudar del poder de María, desconfíe con todo eso, temiendo, acaso, que no quiera favorecerle, enojada y retraída por la gravedad de las culpas.

Mas aliéntese considerando, dice el espejo de nuestra señora, que aquel señalado privilegio de ser para con su Hijo poderosísima, de algo ciertamente nos ha de servir, y de nada nos serviría si de nosotros no cuidase.

Estemos seguros de que así como tiene más poder que ningún otro Santo, así no hay quien abogue con más amor y solicitud.

Y así, exclama alborozado San Germán: «¿Quién, después de vuestro Santísimo Hijo, mira por nuestro bien, Madre de misericordia, tanto como Vos? ¿Quién nos libra más pronto de todos los males? ¿Quién más empeño toma en proteger y defender, casi luchando, a los infelices pecadores.

Vuestro patrocinio, añade el sabio Idiota, nos es más útil de lo que nadie puede imaginar, y si alcanzan los Santos a favorecer a los hombres, y con especialidad a sus devotos, Vos mucho más, que sois Reina de todos los Santos, abogada de todos los hombres, refugio de todos los pecadores.

Sí, por cierto; aun de los pecadores tiene cuidado y de lo que más se gloría, después del título de Madre de Dios, es de que la llamen su abogada, intercediendo sin cesar por ellos en la presencia de la Majestad divina, y socorriendo todo género de necesidades con afecto de madre. Acudamos a Ella implorando su intercesión con gran confianza, porque a todas horas la encontraremos pronta y deseosa de favorecernos.

¡Con cuánta solicitud y amor promueve y solicita el negocio de nuestra salvación! Cierto es que todos los bienaventurados la desean y la piden; mas la caridad y ternura que Vos, Señora, mostráis en el Cielo, alcanzándonos del Todopoderoso misericordias y gracias sin húmero, nos obliga a confesar que no tenemos propiamente más abogada que a Vos, y que Vos sois la que verdaderamente está cuidadosa de nuestro bien.

¿Qué entendimiento podrá comprender adonde llega tan continuo y amoroso empeño? Es tanta la compasión que tenéis de nuestras miserias; es tan ardiente el amor con que nos miráis, que pedís y volvéis a pedir, y jamás os cansáis de rogar por nosotros, defendiéndonos de todo mal y alcanzándonos toda suerte de bien.

¡Infelices de nosotros si no nos amparase esta abogada tan poderosa, tan benigna, tan prudente y sabia, que el Juez no puede condenar a reo ninguno que Ella defienda! Es más prudente que Abigaíl.

Esta fue una mujer muy discreta, que con la blandura de sus ruegos aplacó el ánimo de David a tiempo que iba, irritado, contra Nabal, su marido (Sam., 25, 3); y lo fue tanto, que el mismo David, al fin, la bendijo y dio gracias de que con su dulces palabras le hubiese impedido correr a la venganza. Otro tanto hace María en el Cielo a beneficio de innumerables pecadores.

Con sus dulces y discretas razones sabe aplacar tan bien la ira divina, que el mismo Dios la bendice, y como que le da gracias de que le desarme el brazo para que no los castigue según merecen.

A este fin, dice San Bernardo, queriendo el Padre Eterno usar de misericordia con nosotros, nos dio a Jesucristo por abogado principal para con Él, y María por abogada para con Jesucristo.

Indudablemente, Jesucristo es el único mediador de justicia entre Dios y los hombres, que en virtud de sus propios merecimientos puede y quiere alcanzarnos perdón y gracia, como lo tiene prometido.

Pero, como los hombres reverencian o temen tanto la Majestad divina que en Él resplandece, fue necesario que se les diese otra abogada a quien puedan acudir con menos recelo, y de tanta bondad y merecimiento, que nadie le llegue en poder para con Dios, ni en indulgencia para con nosotros.

Haría, pues, grave injuria a tan grande bondad quien aún temiese acercarse a esta Señora, de quien está muy lejos la severidad y el terror, pues toda es benignidad, clemencia y dulzura. Lee y vuelve a leer con atención el sagrado Evangelio, y si hallas que María se muestra alguna vez severa con alguno, entonces podrás temer.

Pero seguramente nada de esto hallarás, y así, bien puedes buscarla con alegría para que te ampare y favorezca.

Digámosle con los afectos de un alma devota: ¡Oh Madre de mi Dios!, a Vos acudiré, y aun me atreveré a reconveniros con humildad y filial confianza, porque toda la Iglesia da gritos llamándoos Madre de misericordia.

Vos sois aquella criatura escogida que, por haber sido tan amada del Señor, siempre sois oída; vuestra piedad a nadie ha faltado nunca, y vuestra suavísima afabilidad jamás ha desechado a ningún pecador, por miserable que fuese. Pues qué, ¿acaso la Iglesia os dice vanamente su abogada y refugio de pecadores?

No sean jamás mis culpas causa para retraeros de tan piadoso oficio. Sois, después del Salvador, nuestro refugio y mayor esperanza; mas toda la alteza de gracia, gloria y dignidad de Madre de Dios la debéis a los pecadores (sea lícito decirlo así), porque por causa suya se hizo Hijo vuestro el Hijo de Dios. Lejos, pues, de Vos, que disteis al mundo la fuente de misericordia, pensar que la neguéis a ningún infeliz de cuantos se valen de vuestro patrocinio.

Y pues que vuestro dulce empleo es hacer las paces entre la criatura y su Criador, muévaos a mirarnos con ojos de clemencia vuestra misma bondad, mayor incomparablemente que todo el cúmulo de nuestros pecados.
Terminemos, pues, con las palabras de Santo Tomás de Villanueva:

Consolaos ya, pusilánimes; respirad y alentaos, desdichados pecadores, porque esta Virgen purísima es Madre del Juez, abogada del género humano; idónea y pronta, más que otra ninguna para defendernos en el acatamiento del Señor; sapientísima en excogitar los modos de amansar su cólera, y universal en el amor materno, pues que a ningún infeliz rehusa nunca de proteger.

VI 1c. Oración

¡Oh Madre de mi Dios!, decid hoy una palabra en favor mío, que soy tan miserable. Vuestro hijo Santísimo no espera más sino que habléis, para contentaros. No olvidéis que también a beneficio nuestro recibisteis tanto poder y dignidad.

El mismo Dios quiso constituirse deudor vuestro, tomando carne en vuestro seno purísimo, con el fin de que a vuestra voluntad dispensaseis a los infelices los tesoros de su misericordia.

Siervos vuestros somos, dedicados estamos a vuestro servicio y tenemos la gloria de vivir bajo vuestro amparo. Si aun los que ni os veneran ni os conocen, si hasta quien os desprecia y blasfema experimenta vuestra piedad, ¿no hemos de esperar nosotros, que os adoramos, amamos y confiamos en Vos?

Es cierto que somos pecadores; pero Dios os ha dotado de un poder y clemencia mayor que todos nuestros deméritos. Podéis y queréis salvarnos y nosotros lo esperamos con tanta mayor seguridad cuanto menos lo merecemos, porque así tendremos mayor motivo de bendeciros en la gloria, salvos por vuestra intercesión.

Madre de misericordia, ved nuestras almas, antes tan hermosas, como que fueron lavadas con la preciosa Sangre de nuestro divino Redentor, y después feas y abominables por el pecado.

A vos las presentamos para que las purifiquéis de toda mancha. Alcanzadnos una verdadera enmienda, el amor de Dios y la posesión de la eterna bienaventuranza.

Cosas grandes os pedimos; pero Vos ¿no lo podéis todo? ¿No es todo muy poco comparado con el amor que Dios os tiene? Basta que abráis los labios; a ellos nadie se niega. Rogad, rogad por nosotros y seréis oída y nosotros salvos.

VI 1b.Ejemplo: Camino del patíbulo, salvado por María

Cierto joven, hijo de viuda, fue enviado por su madre, muy devota de nuestra Señora, a la corte de un príncipe, haciendo que al despedirse le prometiese rezarle diariamente un Avemaria, y, al fin, esta corta oración:

«Virgen benditísima, ayudadme a la hora de mi muerte.»

Llegó a la corte el joven, y a poco se envició con tal desenfreno, que su amo se vio precisado a despedirle.

El, entonces, no hallando cómo sustentar la vida, desesperado, se echó a bandolero, siguiendo, con todo, en practicar todos los días la devoción aconsejada por su madre. Finalmente cayó en poder de la justicia, y fue sentenciado a pena capital.

Estando para ser llevado al patíbulo, considerando entonces al vivo su deshonra, la aflicción de su madre y tan cerca la muerte, lloraba sin consuelo.

El demonio, viendo esto, acudió disfrazado en forma de un gallardo joven prometiendo librarle de la muerte y prisión si consentía en hacer lo que le propusiese.

Vino en todo el reo, y sin más preámbulos se le declaró el demonio, y primero exigió que renegase de Jesucristo y los Sacramentos. Lo hizo.

Después quería que renegase también de María Santísima y renunciase su patrocinio. «Eso nunca lo haré», contestó; y volviéndose a la Señora, le rezó la oración de su madre:

«Virgen benditísima, ayúdame a la hora de mi muerte.» A estas palabras desapareció el enemigo, pero el joven quedó angustiadísimo por la maldad cometida de haber negado al Señor. Acudió a la Virgen, de quien alcanzó un dolor grande de todos los pecados y la gracia de confesarlos con gran pesar y llanto.

Ya le llevaban a ajusticiar por una calle donde había una imagen suya, a quien invocó, al pasar, con su oración acostumbrada:

«Virgen benditísima, ayudadme a la hora de mi muerte», y la Virgen inclinó la cabeza a vista del concurso, con cuyo favor, enternecido él, suplicó le permitiesen acercarse a besarle los pies.

Rehusaban los ministros de justicia; mas alzando un grito la gente, se lo permitieron. Se inclina, pues, para satisfacer su devoción, y María, desde su imagen, alarga su brazo y le toma por la mano, con tanta fuerza, que no fue posible arrancarle de allí. Al ver un prodigio tan manifiesto, empezaron todos a clamar: «¡Perdón, perdón!», y hubo perdón.

Volvió a su tierra, y de allí en adelante emprendió una vida muy ejemplar, agradecido y aficionado grandemente a la bienhechora clementísima que le había librado de la muerte temporal y eterna.

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