por makf | 28 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Es tan grande la autoridad que tiene una madre sobre sus hijos, que, aunque alguno llegue a ser gran monarca, con absoluto dominio de todas las personas de su reino, nunca la madre viene a estarle sujeta.
Verdad es que, sentado a la diestra del Padre, Jesucristo nuestro Señor adquirió, en cuanto hombre, por razón de la unión hipostática con la persona del Verbo, dominio general sobre todas las criaturas, incluso María; pero también es positivo que mientras vivió en carne mortal quiso humillarse y serle subdito, como atestigua el Evangelio de San Lucas (2, 51).
Y aún llegó a decir San Ambrosio que, supuesto que se dignó escoger a María por Madre, el obedecerle como Hijo fue obligación.
Lo más que se dice de los Santos es que están con Dios; pero de la Reina de los Santos se afirma que tuvo la suerte, no sólo de haber estado siempre sumisa a la divina voluntad, sino de haber tenido a la suya sujeta y obediente al mismo Dios.
Las demás vírgenes siguen al Cordero dondequiera que va (Apoc., 14,4); pero la Virgen de vírgenes fue en este mundo seguida del Cordero, subdito suyo.
Ahora, en el Cielo, si bien ya no puede mandar en su divino Hijo, es indudable que sus ruegos maternales son eficacísimos para conseguir cuanto pide. Lo que pide y desea lo puede en tierra y Cielo, y hasta volver la esperanza a los que ya estaban desesperados.
Cada vez que se acerca al altar de la misericordia y presenta a Jesucristo cualquier petición en beneficio nuestro, es tanto lo que el Señor se agrada, y accede tan pronto, que más parece precepto que súplica, más de señora que de sierva.
De esta manera honra Jesús a su querida Madre, de quien fue tan honrado mientras vivió entre nosotros, concediéndole al instante todo cuanto desea. Sois omnipotente, Señora, en salvar a los pecadores, sin tener necesidad de otra recomendación que el ser Madre de la verdadera Vida.
Todo, hasta el mismo Dios, obedece al mandato de María, dice francamente San Bernardino de Sena; esto es, Dios oye sus ruegos como si fueran preceptos. Sí, Virgen purísima; a tanto os ha Dios ensalzado, que, por gracia, no hay para Vos cosa imposible. Vuestro auxilio es omnipotente, pues conforme a buena ley gozáis todas las prerrogativas de que el Rey goza, como que sois la Reina.
Poderoso es el Hijo, poderosa la Madre; omnipotente el Hijo, omnipotente la Madre, y tanto, que tiene puesta Dios a toda la Iglesia, no bajo vuestro amparo solamente, sino también bajo vuestra jurisdicción y dominio.
Una es la diferencia: que el ser omnipotente el Hijo es por naturaleza, y la Madre, por gracia, como fue revelado a Santa Brígida, que un día oyó que el Señor dijo a su dulce Madre:
«Madre mía, pide cuanto quieras, porque no pueden dejar tus ruegos de ser oídos. Tú, en la tierra, nada me negaste, y Yo en el Cielo, nada te negaré.» Con esto, bien entendemos lo que quiere decir ser omnipotente María, no que lo sea en todo rigor, cosa de que una criatura no es capaz, por perfecta que sea, sino porque pide y alcanza cuanto quiere.
Basta que sea empeño vuestro, Señora, y todo se hará; basta que queráis levantar al mayor pecador del mundo, y será santo. Y así, decía: Lo que los hombres me deben suplicar es que Yo quiera, porque todo aquello que me agrada necesariamente se hace.
Muévaos, Señora, vuestra benignidad y poder, porque cuanto sois más poderosa, debéis ser más misericordiosa. ¡Oh dulce abogada nuestra!, pues que tenéis corazón tan piadoso que no podéis ver nuestras miserias sin compasión, y juntamente con Dios, poder tan grande para salvarnos, no os desdeñéis de mirar por nosotros, miserables pecadores, los que en Vos hemos puesto toda la esperanza.
Y si nuestras oraciones son ineficaces, confiemos en Vos, sabiendo que Dios os ha ensalzado tanto para que tan rica como sois en poder, tan misericordiosa seáis en querer favorecernos. Pero de vuestra misericordia, dice San Bernardino, ¿quién ha de dudar? Si es inmenso el poder, inmensa es la bondad, e inmensa la caridad, como por los efectos vemos cada día.
Desde que vivía aquí, en la tierra, su único pensamiento fue, después de la gloria de Dios, el bien de los hombres, con el privilegio de conseguir cuanto pidiese, ilimitadamente.
Lo comprueba el suceso de las bodas de Cana, cuando, habiendo faltado vino, compadecida del rubor de aquella buena gente, se acercó a pedir a su Hijo que los consolase con obrar un milagro. Al principio parecía que el Señor se negaba, y así dijo (Jn., 2, 4): Mujer, ¿a nosotros qué nos importa? El tiempo de hacer milagros no ha llegado aún; los haré cuando empiece a predicar, en confirmación de mi doctrina.
Con todo, María como si ya estuviese acordada la gracia, les dice (1) que llenen las vasijas de agua. Pero ¿cómo es esto? Si el tiempo determinado de obrar los milagros había de ser el de la predicación,¿cómo se anticipa contra el decreto divino?
No, dice San Agustín; no hay aquí nada opuesto a lo que Dios tenía decretado, porque aunque, generalmente hablando, todavía estaba por venir el tiempo de las señales y prodigios de nuestro divino Salvador, tenía Dios también determinado desde toda la eternidad, con otro decreto general y absoluto, que a su Madre todo se lo había de conceder luego que se lo pidiese.
Y por esto, sabedora Ella de este privilegio, aunque, al parecer, se le negaba aquella petición, manda, como cosa ya hecha, que llenen las vasijas de agua. Quiere decir, que, a pesar de la aparente repulsa, el Señor, para honrarla, accede prontamente a sus ruegos, o que con aquellas palabras quiso dar a entender que, por entonces, a los de ningún otro hubiera accedido; pero hablando su Madre, no lo dilata un punto.
Ciertamente, no hay criatura alguna que pueda obtener tantas misericordias a los miserables desterrados en este valle de lágrimas como esta medianera santísima, honrada por Dios como querida Madre. Basta que abra los labios.
Hablando el Esposo de los Cantares (8, 13), en quien está figurada María, le dice de este modo: Tú que habitas en los jardines, los amigos escuchan; oiga Yo tu voz.
Los amigos son los Santos, los cuales, siempre que piden algo en beneficio de sus devotos, esperan que su Reina presente la súplica y alcance la gracia, pues que ninguna se concede sino por su mediación.
¿Y cómo las impetra? Basta que se oiga su voz. Consigue las gracias rogando, sí, pero al mismo tiempo interpone la autoridad materna, con la que obtiene cuanto pide y desea. No hay en esto duda.
Cuenta Valerio Máximo que, teniendo Coriolano sitiada la ciudad de Roma, su patria, y no bastando súplicas de ciudadanos y amigos a persuadirle a alzar el cerco, saliendo, al fin, su madre, Veturia, no pudo el hijo resistir a sus ruegos y lágrimas, y al instante se retiró.
¡Cuánto más aceptos serán los ruegos de tan buena Madre a un hijo tan amante! Un sólo suspiro suyo vale más que las oraciones de todos los Santos. Suspiros son de Madre, a cuyo poder y eficacia no hay resistencia.
Acudamos, pues, a esta poderosísima abogada, diciendo: Señora, pues que tenéis autoridad de Madre, fácil os es obtenernos perdón de nuestros pecados, por enormes que sean, no pudiendo menos de acceder a cuanto le pedís a aquel Señor de infinita piedad, que os escogió por Madre.
Todo el Cielo, a una voz, os llama bendita, diciendo que lo que Vos queréis es lo que se hace, y nada más, según aquel célebre verso:
Lo que Dios con su imperio, Tú, Señora, lo puedes con tu ruego. Pues qué, ¿no ha de ser cosa propia de la benignidad del Señor dar gusto a su dulcísima
Madre, puesto que vino al mundo, no a quebrantar, sino a cumplir la Ley, entre cuyos Mandamientos, uno muy principal es honrar padre y madre? Y aun en cierto modo está obligado a ello, por ser deudor a la suya del ser humano que en su seno purísimo recibió, con el consentimiento de la misma Señora.
Bien le podemos decir: Alégrate, Virgen Santa, de tener por deudor a un Hijo que a todos da y de ninguno recibe. Nosotros debemos todos a Dios (Manto tenemos, porque todo es don suyo. Unica ante a Vos ha querido ser deudor, tomando carne Piangre en vuestras purísimas entrañas.
Contribuísteis a dar el precio de la redención para librar lal hombre de la muerte eterna, y por eso sois más ¡poderosa que ningún Santo en ayudarnos a conseguir la eterna vida. Vuestro Hijo gusta que le pidáis, porque desea darlo todo por vuestro respeto, para pagaros así la preciosa dádiva que le hicisteis dándole forma humana.
Sí, Virgen sin mancilla, a todos nos podéis salvar con vuestros ruegos, dignificados con la autoridad que os da el ¡título y ser de Madre.
Concluyamos con las regaladas palabras del ESTlMULO DE AMOR.
Inmensa y admirable fue, por cierto, la bondad de Dios, que, siendo nosotros pecadores vilísimos, darnos le plugo en Vos una abogada de quien podemos esperar toda suerte de bien: abogada en cuyas manos beneficentísimas están los tesoros inagotables de la divina gracia; abogada piadosísima, por quien alcanzásemos redención de culpas, galardón de gloria.
por makf | 28 Ago, 2025 | Glorias de Maria
¡Oh Reina y Madre de misericordia, que dispensáis los favores con liberalidad de reina y amor de madre, hoy acudo a Vos, viéndome tan falto de méritos y virtudes y tan alcanzado en deudas con la divina justicia! Vos, Señora, que tenéis la llave de todas las misericordias, no os olvidéis de mi gran miseria, ni me dejéis en esta pobreza y desnudez. Siendo con todos tan generosa, que dais siempre mucho más de lo que os piden, sedlo también conmigo, protegiéndome y amparándome, que es todo lo que pretendo y pido. Si Vos me protegéis, nada temo.
No temo al demonio, porque sois mucho más poderosa que todo el infierno; no a mis pecados, porque me podéis alcanzar el perdón con sólo una palabra que digáis; ni aún temo la cólera del Juez airado, porque una súplica vuestra basta para aplacarle.
En suma: valiéndome de Vos, todo lo espero, porque todo lo podéis. Madre de misericordia, sé que vuestro gusto es favorecer a los desdichados, y sé que los protegéis, si de su parte no hay obstinación. Pues yo, aunque pecador, no me obstino, sino que propongo de veras enmendarme.
Vos me podéis ayudar. Ayudadme, pues, a recobrar la gracia y salvar mi alma. Hoy me pongo enteramente en vuestras manos clementísimas.
Inspiradme lo que tengo que hacer para agradar a Dios, que estoy resuelto a ponerlo por obra, y con vuestro favor espero que lo haré. ¡Oh María, oh María, Madre, luz, consuelo, refugio y esperanza mía! Amén, amén, amén.
por makf | 28 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Famosa es la historia de Teófilo, escrita por Eutiquiano, patriarca de Constantinopla, testigo ocular, y confirmada por los Santos Pedro Damián, Bernardo, Buenaventura, Antonio y otros, alegados por el P. Crasset.
Era Teófilo arcediano de la iglesia de Adana, ciudad de Cilicia, y tan estimado generalmente, que el pueblo le pedía por obispo, rehusando él por humildad.
Con todo, como por acusación de algunos malévolos fuese depuesto de la prebenda, concibió tan gran sentimiento, que, ciego de pasión, fue a buscar a un mago judío, y éste le proporcionó abocarse con Satanás, para que le ayudase en aquella desgracia. Respondió el demonio que para merecer su favor, primero había de renegar de Jesús y María, y ponérselo por escrito. Teófilo firmó la escritura execrable.
Al día siguiente, habiendo conocido el obispo la sinrazón, le pidió excusa y le repuso en el ejercicio de la dignidad. Entonces conoció Teófilo lo grave de su crimen, y con gran remordimiento comenzó a llorar amargamente.
¿Qué hacer? Se va a una iglesia, se postra delante de una imagen de nuestra Señora, y con abundancia de lágrimas le dice: «Madre de Dios, no quiero caer en desesperación teniéndoos a Vos, que sois tan clemente y me podéis valer.»
Con esta súplica estuvo cuarenta días, siempre llorando a los pies de la Virgen, hasta que una noche se hace la Señora visible, diciéndole: «¿Qué es lo que has hecho, Teófilo?
Me has negado a Mí y a mi Hijo. Y ¿a quién has vendido tu alma? A mi enemigo y tuyo.» «Vos, Señora — respondió —, me habéis de perdonar y obtener perdón de vuestro Santísimo Hijo.» Viendo María tanta confianza, le volvió a decir: «Consuélate, que pediré por ti.»
Animado con esto, dio mayor rienda a los sollozos, penitencias y ruegos, sin desviarse de la vista de aquella sagrada imagen, y al cabo de otros nueve días se le volvió a aparecer, diciendo:
«Teófilo, alégrate, que he presentado en el acatamiento divino tus plegarias y han sido bien oídas, y ya Dios te ha perdonado.
De hoy en adelante séle fiel y agradecido.» «No basta, Señora —replicó Teófilo—; tiene todavía el enemigo aquella escritura abominable, y Vos podéis hacer que se me devuelva.»
Tres días pasaron, y la tercera noche despertó y se halló con el papel en el pecho.
A la mañana siguiente, estando el obispo en el templo, con gran concurso de gente, fue allá Teófilo, se le echó a los pies, contó cuanto había pasado, y hecho un mar de lágrimas le puso en las manos el papel, que se quemó allí en público, llorando todos de alegría con bendiciones y alabanzas a Dios y a su Madre, por la misericordia que había usado con aquel pecador, el cual se volvió desde allí a la iglesia de su abogada, donde tres días después murió, lleno de gratitud y júbilo.
por makf | 28 Ago, 2025 | Glorias de Maria
A la manera que un hombre y una mujer causaron nuestra ruina, dice San Bernardo, así fue conveniente que el daño se reparase por otro hombre y otra mujer, que fueron Jesús y María.
Suficientísimo era Jesucristo para redimirnos; pero, pues ambos sexos concurrieron al mal, convino, por congruencia, que ambos nos trajesen el bien. Y así, San Alberto Magno llama a María cooperadora de nuestra redención.
Y como la misma Señora reveló a Santa Brígida, por una manzana vendieron el mundo Adán y Eva, y con un corazón le rescataron Jesús y su Madre dulcísima. De la nada creó Dios el mundo, añade San Anselmo; pero habiéndose perdido por la culpa, no quiso repararle sin la cooperación de María.
De tres maneras cooperó la divina Madre a nuestra salvación, como explica el Padre Suárez; primera, mereciendo con mérito de congruencia la Encarnación del Verbo eterno: segunda, rogando por nosotros instantemente mientras vivió en la tierra; tercera, ofreciendo con pronta voluntad la vida de su Hijo por nuestro remedio.
Habiendo, pues, contribuido así, con amor ardentísimo, a la gloria de Dios y a nuestra salvación eterna, tiene decretado el Señor que todos hayamos de conseguirla por su mediación y valimiento.
Se llama cooperadora de la justificación, porque Dios ha puesto en sus manos todas las gracias que han de hacer a los hombres; y todos los hombres pasados, presentes y por venir, dice San Bernardo, tienen que mirar a María como el medio de su eterna felicidad y como el centro de todos los siglos. Lo que dijo el Señor (Jn., 6, 44): Ninguno viene a Mí si mi Padre no le trae, lo puede también decir de su Madre:
Ninguno viene a Mí si, con sus ruegos, no los trae mi Madre. Jesús fue el fruto bendito de aquel vientre inmaculado (Le., 1,42), como exclamó Santa Isabel cuando la vio entrar por sus puertas; y así, quien apetezca el fruto ha de ir al Árbol: quien quiera hallar a Jesús, tiene que buscar a María, y hallar a uno es hallar al otro. Luego que Santa Isabel la vio, no sabiendo cómo agradecerle aquella fineza tan singular, dijo en alta voz:
¿De dónde a mí, que la Madre de mi Dios venga a visitarme?
¿Pero acaso ignoraba que allí venía el Señor también? ¿Cómo no dice o no se tiene más bien por indigna de recibirle a Él? ¡Ah, que la Santa entendió muy bien que cuando viene María trae consigo a Jesús, y por eso le bastó dar a gracias a la Madre, sin que fuese menester nombrar al Hijo!
Fue como navio de mercader, que de lejos trae el sustento (Prov., 31, 14), María es aquella nave feliz que nos trajo al Salvador, pan vivo bajado del Cielo, para darnos vida de gracia y gloria, corno dijo el mismo Señor (Jn., 6, 51); y así, puede asegurarse que todos los que en el borrascoso mar de este mundo no se refugien a esta nave de salud, perecerán.
Por esto siempre que nos veamos en peligro de caer, dirijamos pronto a María nuestros clamores, y digamos (Mí., 8, 25): Socorrednos, Señora, sin tardanza, que perecemos.
Nótese aquí, de paso, que el piadoso autor de quien tomamos estas palabras no tiene reparo en decir sálvanos, que perecemos, como lo tuvo el otro que voy rebatiendo (1), fundado en que la prerrogativa de salvar sólo pertenece a Dios.
Mas si un hombre que haya sido sentenciado a muerte puede muy bien suplicar a un favorito que, imponiendo su valimiento con el rey, le salve, obteniéndole la gracia de la vida, ¿por qué no ha de poder un cristiano decir a la Madre de Dios que le salve y alcance de Dios la gracia de la vida eterna?
Ninguna dificultad hallaba el himnógrafo griego en decirle: «Reina inmaculada, Reina purísima, sálvame y líbrame de la eterna condenación; ni el salterio mariano en llamarla Salud de todo el que la invoca; ni la santa Iglesia en invocarla como Salud de los enfermos.
¿Y hemos todavía de tener escrúpulos en suplicarle que nos salve, cuando a nadie se da entrada por el Cielo sino por Ella, nadie se salva sino por María, como dijo San Germán? ¿No dicen claramente los Santos que nos es necesario la intercesión de la divina Madre? Decía San Cayetano:
Bien podemos buscar la gracia, pero jamás la encontraremos sino por medio de María. Pero sin valerse de Ella, añade San Antonino, es como volar sin alas. Porque así como cuando las gentes, acosadas del hambre pedían pan a Faraón, éste les decía (Gen., 41, 55): Id a José, así dice Dios: Id a María, pues ha decretado, dice San Bernardo, no conceder a nadie cosa alguna sino por su medio. Nuestra salud está en su mano.
La salud de todo el mundo consiste en ser por Ella favorecidos y amparados.
San Bernardino de Sena la llama Dispensadora de todas las gracias. Al modo que una piedra cae si no tiene cosa que la detenga, así, dice otro escritor, un alma sin el sostén de María cae primero en el pecado, y después en el infierno.
El salterio mariano añade: Sin su intercesión no salva Dios a nadie. Un niño sin alimento, muere, y un hombre sin amparo de María, perece. Procura, pues, que tu alma tenga sed de la devoción de María; ásete a Ella y no la dejes hasta que te bendiga.
¡Oh Virgen hermosa!, exclamó San Germán, ¿quién hubiera conocido a Dios sino por Ti? ¿Quién se libraría de los peligros, quién recibiría gracia alguna sino por Ti? ¡Oh Virgen! ¡Oh Madre! ¡Oh llena de gracia!
Para llegar al Padre, dice San Bernardo, no tenemos acceso sino por Jesucristo; y para Jesucristo, el medio más seguro es María Santísima; por Ella nos recibe el que por Ella se nos dio. ¿Qué será, pues, de nosotros, Señora, si nos abandonáis, Vos, que sois la vida de todo cristiano?
Replica el referido autor moderno que si ello es así, que todas las gracias pasan por María, También habrán de recurrir los Santos a la Virgen para alcanzar por su medio los favores que les pedimos, esto, dice, nadie lo cree, nadie lo ha soñado.
Respondo que en creerlo no hay error ni inconveniente alguno. ¿Qué inconveniente puede haber si decimos que, habiéndola Dios constituido Reina de todos los Santos y decretado que todo favor pase por sus manos, quiera, para más honrarla, que aun los Santos recurren a Ella, y por su medio alcancen a sus devotos cualquier beneficio? Y en cuanto a que nadie lo ha soñado, yo encuentro que lo afirman terminantemente San Bernardo, San Anselmo, San Buenaventura, y con ellos el eximio doctor Francisco Suárez, diciendo todos unánimemente que en vano acude a los Santos cuando la Virgen no le favorece ni ayuda.
Lo mismo enseña un piadoso escritor moderno explicando aquellas palabras del Profeta Rey (Ps., 44, 13): Todos los ricos del pueblo buscarán tu rostro y te pedirán.
Dice que los ricos de aquel gran pueblo de Dios son los Santos, los cuales, cuando desean alcanzar alguna merced para sus devotos, se encomiendan a nuestra Señora para que se la obtenga. Y así, dice el Padre Suárez, aunque entre los Santos no acostumbramos valemos de la intercesión de uno para con otro, pues todos son iguales; pero respecto de la Virgen, con gran razón les pedimos que sean nuestros intercesores para con la que es su Reina y Señora.
Prueba de esto es que el Patriarca San Benito, apareciéndosele a Santa Francisca Romana, le prometió abogar por ella delante de la Sacratísima Virgen. Sin duda, Virgen soberana, exclama San Anselmo, todo lo que los Santos pueden alcanzar unidos con Vos, lo podéis Vos sola conseguir.
¿Y por qué sois tan poderosa? Porque sola sois Madre del Salvador, sois la Esposa escogida del mismo Dios, sois Reina universal de Cielos y tierra.
Si Vos no pedís por nosotros, no lo hará ningún Santo; mas si ellos ven que Vos empezáis la súplica, al instante se pondrán a vuestro lado, y pedirán y tendrán empeño en favorecernos. Porque cuando se dirige a orar por nosotros, dice el espejo de nuestra señora, como Reina que es de los ángeles y los Santos, le manda juntar sus ruegos con los suyos para inclinar la voluntad del Altísimo.
Así, finalmente, se entiende la razón por que la santa Iglesia nos manda invocar y saludar a esta Madre dulcísima con el título precioso de esperanza nuestra: Spes nostra, salve. El impío Lulero decía que para él era cosa insufrible que la Iglesia romana llamase a María su esperanza, mal fundado en que sólo Dios y Jesucristo pueden ser esperanza del hombre; tanto, que por Jeremías (17, 5) maldice Dios al que la coloca en alguna criatura.
Pero la Iglesia que no se engaña, nos dice que la invoquemos sin cesar, llamándola en alta voz esperanza nuestra: Spes nostra, salve. El que la pone en alguna criatura independientemente de Dios, será el maldito, porque Dios es la única fuente y dador de todo bien, y la criatura sin Dios, como nada tiene, nada puede dar. Pero el Señor ha dispuesto, como ya hemos probado, que todas las gracias pasen por manos de su Madre, canal de misericordia, y por esto se puede y debe decir que es esperanza nuestra, y que por su mediación recibimos todos los favores del Cielo.
En efecto, Señora, os diré, con San Bernardo, con San Juan Damasceno, Santo Tomás y San Efrén: Vos sois toda mi confianza, toda mi esperanza. Os miro atentamente, y sé que de vuestra mano está pendiente mi dicha.
Protegedme bajo las alas de vuestra piedad. Procuremos venerarla con todos los afectos del corazón, pues que así lo quiere Dios, habiéndola constituido medio y canal para dispensarnos todas sus bondades, y siempre que deseemos alcanzar alguna merced de la piedad divina, encomendémonos a María, y no dudemos de conseguirla, que si lo desmerecemos, bien lo merece la que por nosotros interpone sus ruegos; así como si aspiramos a que acepte Dios lo que de nuestra poquedad le ofrecemos, sea María el conducto, y el Señor admitirá la ofrenda benignamente.
por makf | 28 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Alma mía, conoce la esperanza grande de salvación eterna que el Señor te da con haberte, por su misericordia, puesto bajo el patrocinio de su bendita Madre, después que por tus pecados mereciste mil veces el infierno. Rinde gracias a Dios, y a su dulcísima Madre muy afectuosas por la bondad con que te acoge bajo su manto sagrado, colmándote de favores.
Sí, amorosa Madre mia, de lo íntimo del corazón os doy gracias por todo el bien que me habéis prodigado, siendo yo, como he sido, esclavo del demonio. ¡De cuántos peligros me habéis librado! ¡Cuánta luz y misericordia me habéis impetrado del Señor! ¿Y qué habéis recibido Vos de mí parte para que así me colmaseis de beneficios? Nada.
Vuestra sola bondad fue la que os movió. ¡Ah Señora!, que aunque diese por Vos la sangre y la vida, todo sería poco, habiéndome librado Vos de la muerte eterna, obtenido, como confio, la divina gracia y siendo el origen de toda mi felicidad. No puedo corresponder con otra cosa que con amor y alabanza.
No desechéis los afectos de un miserable pecador que se ha prendado de vuestra bondad. Si es indigno de amaros por verse tan lleno de pasiones e inclinaciones terrenas, purificad y trocad Vos enteramente su corazón.
Unidme a Dios con lazo tan estrecho que no vuelva jamás a separarme de su santísimo amor. Esto es lo que Vos me pedis, y esto es lo que yo os pido también a Vos.
Alcanzadme esta gracia, que otra cosa no pido ni deseo.