546- El día de los funerales de Lázaro

La noticia de la muerte de Lázaro debe haber hecho el efecto que produce el hurgar con un palo dentro de una colmena.

Toda Jerusalén habla de ello. Personalidades del lugar, mercaderes, gente humilde, pobres, gente de la ciudad, de los campos cercanos, forasteros de paso -pero no completamente nuevos en el lugar-, extranjeros que están allí por primera vez -y que preguntan que quién es ese cuya muerte es motivo de tal manifestación popular-, romanos, legionarios, gente de la administración pública, levitas, sacerdotes… que se reúnen y se separan continuamente corriendo acá o allá… Corros de gente que con distintas palabras y expresiones hablan de este hecho.

Y hay quien alaba, quien llora, quien se siente más mendigo que de costumbre ahora que ha muerto el benefactor; hay quien gime: «No volveré a tener nunca más un jefe como él»; hay quien enumera sus méritos y quien da datos sobre su patrimonio y parentela, sobre los servicios y los cargos del padre y sobre la belleza y riqueza de la madre y su nacimiento "propio de una reina"; y hay quien, por desgracia, evoca también páginas familiares sobre las cuales sería bonito correr un velo, especialmente cuando hay de por medio un muerto que por aquéllas ha sufrido…

Las noticias más heterogéneas sobre la causa de la muerte, sobre el lugar del sepulcro, sobre la ausencia de Cristo de la casa de su gran amigo y protector, precisamente en aquella circunstancia…

Todo esto hace hablar a los corrillos de gente. Y las opiniones que predominan son dos: una, la de que esto ha sucedido, es más: ha sido producido, por la mala actitud de los judíos, Ancianos del Sanedrín, fariseos y otros semejantes, contra el Maestro; otra, la de que el Maestro, teniendo de frente una verdadera enfermedad mortal, se ha difuminado porque aquí sus engaños no habrían salido triunfadores.

No hace falta ser muy agudos para comprender de qué fuente proviene esta última opinión, que sulfura a muchos, que replican: «¿Tú también eres fariseo? Si lo eres, ¡ojo, porque delante de nosotros no se blasfema contra el Santo!

¡Malditas víboras nacidas de hienas unidas con Leviatán! ¿Quién os paga por blasfemar contra el Mesías?

Y en las calles se oyen discusiones, insultos, y se asiste a algún puñetazo incluso, y a mordaces improperios a los pomposos fariseos y escribas que pasan con aire de dioses sin conceder ni una mirada a la plebe que vocifera a favor de ellos o contra ellos, a favor del Maestro o contra Él. Y se oyen acusaciones. ¡Cuántas acusaciones!

-¡Éste dice que el Maestro es un falso! Sin duda, es uno que ha echado esa tripa con el dinero que le han dado esas serpientes que acaban de pasar.

-¿Con su dinero? ¡Con el nuestro, debes decir! ¡Nos chupan la sangre para estas cosas tan interesantes! Pero, ¿dónde está éste? Quiero ver si es uno de los que ayer han venido a decirme…

-Ha huido. ¡Viva Dios que aquí debemos unirnos y actuar! ¡Son demasiado descarados!

Otra conversación:
-Te he oído y te conozco. ¡Diré cómo hablas del supremo Tribunal a quien debo decírselo!
-Soy del Cristo y la baba del demonio no me daña. Díselo también a Anás y Caifás, si quieres, y que sirva para hacerlos más justos.

Y, más allá:
-¿A mí? ¿A mí me llamas perjuro y blasfemo por seguir al Dios vivo? Tú si que eres perjuro y blasfemo, tú que lo ofendes y lo persigues. Te conozco, ¡eh! Te he visto y oído. ¡Espía! ¡Vendido! ¡Venid a echarle mano a éste… -y, mientras tanto, empieza a plantarle a un judío unos bofetones tales, que le ponen roja la cara huesuda y verdinosa.

-¡Cornelio, Simeón, mirad! Me están pegando -dice, dirigiéndose a un grupo de miembros del Sanedrín, otro que está más allá.

-Soporta por la fe y no te ensucies los labios ni las manos en la víspera de un sábado -responde uno de los llamados, sin siquiera volverse a mirar al desdichado contra el que un grupo de gente del pueblo ejercita una rápida justicia…

Las mujeres llaman a sus maridos con gritos, con súplicas, para que no se comprometan.
Los legionarios patrullan, abriéndose paso con sendos golpes de asta y amenazando arrestos y castigos.

La muerte de Lázaro, que es el hecho principal, es el motivo para pasar a hechos secundarios, desahogo de la larga tensión que hay en los corazones… Los miembros del Sanedrín, los Ancianos, los escribas, los saduceos, los judíos influyentes, pasan con expresión de indiferencia, con aire socarrón, como si toda esa explosión de pequeñas iras, de venganzas personales, de nerviosismo, no tuviera la raíz en ellos. Y a medida que van pasando las horas va creciendo la agitación y los corazones se van encendiendo cada vez más.

-Éstos dicen -¡fijaos!-que el Cristo no puede curar a los enfermos. Yo estaba leproso y ahora estoy sano. ¿Los conocéis a éstos? No soy de Jerusalén, pero nunca los he visto entre los discípulos del Cristo de dos años a esta parte.

-¿Estos? ¡Déjame que vea a ese del medio! ¡Ah, vil bandido! Éste es el que la pasada Luna me vino a ofrecer dinero en nombre del Cristo diciendo que Él paga a una serie de hombres para apoderarse de Palestina. Y ahora dice… ¿Pero por qué lo has dejado huir?

-¿Te das cuenta? ¡Qué granujas! ¡Y poco faltó para pegármela! Tenía razón mi suegro. Ahí está José el Anciano, y Juan y Josué. Vamos a preguntarles si es verdad que el Maestro quiere formar ejércitos. Ellos son justos, y además saben.

Se acercan, rápidamente y en masa, a los tres miembros del Sanedrín. Exponen su pregunta.

-Marchaos a casa, hombres. Por las calles se peca y se causa daño. No polemicéis. No os alarméis. Ocupaos de vuestras cosas y vuestras familias. No prestéis oídos a los agitadores de gente ilusa, ni dejéis que os forjen falsas ilusiones. El Maestro es un maestro, no un guerrero. Vosotros lo conocéis. Y lo que piensa lo dice.

No os habría enviado a otros a deciros que lo siguierais como guerreros, si hubiera querido que lo fuerais. No le perjudiquéis a Él, ni os perjudiquéis a vosotros mismos ni perjudiquéis a nuestra Patria. ¡A casa, hombres! ¡A casa!

No hagáis de lo que ya de por sí es una desventura (la muerte de un justo) una serie de desventuras. Volved a las casas y orad por Lázaro, benefactor de todos -dice el de Arimatea, que debe ser muy estimado y escuchado por el pueblo, que lo conoce como justo. También Juan -el que estuvo celoso-dice:

-Es hombre de paz, no de guerra. No prestéis oídos a los falsos discípulos. Recordad lo distintos que eran los otros que se presentaban como Mesías. Recordad, comparad, y vuestra justicia os dirá que esas incitaciones a la violencia no pueden venir de Él. ¡A casa! ¡A casa! Con las mujeres, que lloran, y con los niños, que están asustados. Está escrito: "¡Ay de los violentos y de los que favorecen los litigios!".

Un grupo de mujeres, llorando, se acerca a los tres miembros del Sanedrín. Una de ellas dice:
-Los escribas han amenazado a mi marido. ¡Tengo miedo! José, háblales tú.

-Lo haré. Pero que tu marido sepa guardar silencio. ¿Os pensáis que hacéis un bien al Maestro con estos alborotos, y que honráis al difunto? Os equivocáis. Perjudicáis al Uno y al otro -responde José -y las deja para dirigirse hacia Nicodemo, que, seguido por los criados, viene por una calle:

-No esperaba verte, Nicodemo. Yo mismo no sé cómo he podido. El criado de Lázaro ha venido, pasado el galicinio, a darme noticia de la desgracia.
-Y a mí más tarde. Me he puesto en camino inmediatamente.

¿Sabes si en Betania está el Maestro?
-No, allí no. Mi intendente de Beceta ha estado allí en la hora tercera y me ha dicho que no está.
-Hay una cosa que no comprendo… ¿Cómo… a todos el milagro y a él no? -exclama Juan.

-Quizás porque a esa casa le ha dado ya más que una curación: ha redimido a María y ha restituido la paz y el honor… ­dice José.

-¡Paz y honor! De los buenos a los buenos. Porque muchos… no han dado ni dan honor, ni siquiera ahora que María… Vosotros no lo sabéis… Hace tres días estuvieron allí Elquías y muchos otros… y no dieron ningún honor. María los echó de casa. Me lo dijeron furiosos. Y yo dejé hablar para no descubrir mi corazón… -dice Josué.

-¿Y ahora van a ir a los funerales? -pregunta Nicodemo.
-Han recibido el aviso y se han reunido en el Templo para debatir este asunto. ¡Los criados han tenido que correr mucho esta mañana al amanecer!

-¿Por qué tan rápido el funeral? ¡Inmediatamente después de la hora sexta!…

-Porque Lázaro estaba ya descompuesto en el momento de su muerte. Me ha dicho mi administrador que, a pesar de las resinas que arden en las habitaciones y los aromas vertidos encima del muerto, el hedor del cadáver se percibe ya desde el pórtico de la casa. Y además con el ocaso empieza el sábado. No era posible de otra manera.

-¿Y dices que se han reunido en el Templo? ¿Para qué?
-Bueno… La verdad es que la reunión ya estaba anunciada para examinar la cuestión de Lázaro. Quieren decir que estaba leproso… -dice Josué.

-Eso no. Él habría sido el primero que se habría aislado, según la Ley -dice, en tono de defensa, José. Y añade: «
-He hablado con su médico. Lo ha excluido rotundamente. Estaba enfermo de una consunción pútrida.
-Pues si Lázaro estaba ya muerto, ¿de qué han discutido? -pregunta Nicodemo.

-De si ir o no a los funerales, después de que María los había echado de casa. Unos sí que querían, otros no. Pero la mayoría quería ir, por tres motivos: la primera razón, común a todos, es ver si está el Maestro; la segunda razón es ver si hace el milagro; tercera razón es el recuerdo de recientes palabras del Maestro a los escribas a la orilla del Jordán en la zona de Jericó ­explica Josué.

-¡El milagro! ¿Cuál, si ya está muerto? -pregunta Juan encogiéndose de hombros, y termina:
-¡Siempre iguales!… ¡Buscadores de lo imposible!
-El Maestro ha resucitado a otros muertos -observa José.

-Es verdad. Pero si hubiera querido mantenerlo vivo no lo habría dejado morir. Tu razón de antes es válida. Ellos ya han recibido.

-Sí. Pero Uziel se ha acordado -y también Sadoq-de un reto de hace muchas lunas. El Cristo dijo que daría la prueba de saber recomponer incluso un cuerpo descompuesto.

Y Lázaro está en esa situación. Y Sadoq, el escriba, dice también que, a orillas del Jordán, el Rabí, motu propio, le dijo que con la nueva luna vería cumplirse la mitad del reto. Esta mitad: la de uno que, en estado de descomposición, revive, y ya sin estado de descomposición ni enfermedad. Y han vencido ellos. Si ello sucede, es, sin duda, porque está el Maestro. Y también, si ello sucede, ya no hay duda sobre Él.

-Con tal de que no sea para mal… -susurra José.
-¿Para mal? ¿Por qué? Los escribas y fariseos se convencerán….

-¡Juan! ¿Pero es que eres un extranjero, para decir eso? ¿No conoces a tus paisanos? ¿Pero cuándo los ha hecho santos la verdad? ¿No te dice nada el hecho de que a mi casa no hayan llevado la invitación para la asamblea?
-Tampoco a la mía. Dudan de nosotros y frecuentemente nos excluyen -dice Nicodemo. Y pregunta:
-¿Estaba Gamaliel?

-Su hijo. Irá en lugar de su padre, que está enfermo en Gamala de Judea.
-¿Y qué decía Simeón?
-Nada. Nada de nada. Ha escuchado. Se ha marchado. Hace poco ha pasado con unos discípulos de su padre, iba hacia Betania.

Están casi en la puerta que se abre en el camino de Betania. Juan exclama:
-¡Mira! Está vigilada. ¿Por qué será? Y paran a los que salen.

-La ciudad está revuelta…
-¡No es una agitación de las más fuertes!…
Llegan a la puerta y los paran como a todos los demás.
-¿La razón de esto, soldado? Toda la Antonia me conoce, y de mí no podéis decir nada malo. Os respeto y respeto vuestras leyes -dice José de Arimatea.

-Orden del centurión. El Prefecto está para entrar en la ciudad y queremos saber quién sale por las puertas, y especialmente por esta que da al camino de Jericó. Nosotros te conocemos. Pero conocemos también vuestro humor respecto a nosotros. Tú y los tuyos pasad. Y si tenéis influencia sobre el pueblo decid que les conviene estar tranquilos. Poncio no es amigo de cambiar sus costumbres por súbditos que causan molestias… y podría ser demasiado severo. Este es un consejo leal para ti que eres leal.

Pasan…
-¿Has oído? Preveo días duros… Habrá que aconsejar a los otros, más que al pueblo… -dice José.

El camino de Betania está lleno de gente. Todos van en una dirección: hacia Betania. Todos van a los funerales. Se ve a miembros del Sanedrín y a fariseos mezclados con saduceos y escribas, y éstos con agricultores, siervos, administradores de las distintas casas y fincas rústicas que Lázaro tiene en la ciudad y en el campo, y, cuanto más se acerca uno a Betania, más va agregándose gente -procedente de todos los senderos y caminos-a este camino, que es el principal.

Ahí está Betania, una Betania de luto en torno a su más grande vecino. Todos los habitantes, con los vestidos mejores, están ya fuera de las casas, ahora cerradas como si nadie estuviera en ellas. Pero todavía no han entrado en la casa del muerto. La curiosidad los retiene junto a la cancilla, en la orilla del camino. Observan qué invitados pasan y se transmiten unos a otros nombres e impresiones.

-Ahí está Natanael ben Faba. ¡Oh, el viejo Matatías, pariente de Jacob! ¡El hijo de Anás! Míralo allí con Doras, Calasebona y Arquelao. ¡Mira! ¿Cómo se las han arreglado los de Galilea para venir? Están todos. Mira:

Elí, Jocanán, Ismael, Urías, Joaquín, Elías, José… El viejo Cananías con Sadoq, Zacarías y Jocanán saduceos. Está también Simeón de Gamaliel. Solo. El rabí no está.

¡Ahí están Elquías con Nahúm, Félix, Anás el escriba, Zacarías, Jonatán de Uziel! Saúl con Eleazar, Trifón y Joazar. ¡Buenos son! Otro de los hijos de Anás. El más pequeño. Está hablando con Simón Camit. Felipe con Juan el de Antipátrida. Alejandro, Isaac, y Jonás de Babaón. Sadoq. Judas, descendiente de los Asideos, el último, creo, de la clase. Ahí están los administradores de los distintos palacios. No veo a los amigos fieles. ¡Cuánta gente!

-¡Verdaderamente! ¡Cuánta gente! Todos con aspecto grave; parte con cara de circunstancias, parte con signos de verdadero dolor en el rostro. La cancilla abierta de par en par se traga a todos. Veo pasar a todos los que en sucesivas ocasiones he visto, benevolentes o enemigos, en torno al Maestro. Todos, menos Gamaliel y menos el Anciano Simón. Y veo a otros que no he visto nunca, o que quizás haya visto, pero sin haber sabido su nombre, en las controversias alrededor de Jesús…

Pasan rabíes con sus discípulos, y grupos compactos de escribas. Pasan judíos cuyas riquezas oigo enumerar… El jardín está lleno de gente que, tras haberse acercado a decir palabras de pésame a las hermanas -las cuales, como será, quizás, costumbre, están sentadas bajo el pórtico y por tanto fuera de la casa-, vuelven a distribuirse por el jardín formando una continua mezcla de colores y haciendo continuas, pronunciadas reverencias.

Marta y María están deshechas. Están agarradas de la mano como dos niñas, asustadas por el vacío que se ha creado en su casa, por la nada que llena su día, ahora que ya no hay que cuidar a Lázaro. Escuchan las palabras de los que han venido.

Lloran con los verdaderos amigos, con los subordinados fieles. Hacen gestos de reverencia a los gélidos, solemnes, rígidos miembros del Sanedrín, que han venido más para hacer ostentación de sí mismos que para honrar al difunto. Responden, cansadas de repetir las mismas cosas cientos de veces, a quienes les preguntan algo acerca de los últimos momentos de Lázaro.

José, Nicodemo, los amigos más leales, se ponen a su lado con pocas palabras, pero con una amistad que consuela más que cualquier palabra.

Vuelve Elquías con los más intransigentes, con los cuales ha estado hablando mucho, y pregunta:

-¿No podríamos observar al muerto?
Marta se pasa con dolor la mano por la frente y pregunta:

-¿Pero desde cuándo se hace eso en Israel? Ya está preparado… -y lágrimas lentas se deslizan por sus mejillas.

-No se hace, es verdad. Pero nosotros deseamos hacerlo.

Los amigos más fieles bien tienen derecho a ver por última vez al amigo.

-También nosotras, sus hermanas, hubiéramos tenido este derecho. Pero ha sido necesario embalsamarlo enseguida…

Y, cuando volvimos a la habitación de Lázaro, ya vimos solamente la forma envuelta en las vendas…

-Deberíais haber dado órdenes claras. ¿No hubierais podido, y no podríais ahora, levantar el sudario y descubrir la cara?

-Ya está descompuesto… Y ya es la hora de los funerales.
José interviene:

-Elquías, me parece que nosotros… por exceso de amor, causamos dolor. Dejemos tranquilas a las hermanas…

Se acerca Simón, hijo de Gamaliel, e impide la respuesta de Elquías. Dice:

-Mi padre vendrá en cuanto pueda. Lo represento. Él apreciaba a Lázaro, y yo también.

Marta se inclina y contesta:
-El honor que hace el rabí a nuestro hermano sea recompensado por Dios.

Elquías, estando allí el hijo de Gamaliel, no insiste y se retira, conversa con otros, que le hacen esta observación:
-¿Pero no sientes el hedor? ¿Lo vas a poner en duda? Además, veremos si tapian el sepulcro. No se vive sin aire.

Otro grupo de fariseos se acerca a las hermanas. Son casi todos los de Galilea. Marta recibe sus manifestaciones de pésame, no se puede retener de expresar su estupor por su presencia.

-Mujer, el Sanedrín se reúne para deliberaciones de suma importancia. Estamos en la ciudad por este motivo -explica Simón de Cafarnaúm, y mira a María, cuya conversión ciertamente recuerda; pero se limita a mirarla.

Ahora se acercan Jocanán, Doras hijo de Doras e Ismael, con Cananías y Sadoq, y con otros que no conozco. Ya antes de abrir la boca hablan con sus caras de víbora. Y, para poder herir, esperan a que José se haya separado, con Nicodemo, para hablar con tres judíos. Es el viejo Cananías el que, con su voz ronca de viejo decrépito, descarga la puñalada:

-¿Tú qué opinas, María? Vuestro Maestro es el único ausente de entre los muchos amigos de tu hermano. ¡Una amistad muy particular! ¡Mucho amor mientras Lázaro estaba bien! ¡Indiferencia cuando era la hora de amarlo! Todos han recibido milagros de Él. Pero aquí no hay milagro.

¿Qué opinas, mujer, de una cosa como ésta? ¡Bien te ha engañado, bien, el apuesto Rabí galileo! ¡Je! ¡Je! ¿No dijiste que se había dicho que esperaras más allá de lo esperable? ¿Es que no has esperado o es que no sirve para nada esperar en Él? Dijiste que esperabas en la Vida. ¡Sí, claro! Él se llama "la Vida", ¡je! ¡Je! Pero ahí adentro está tu hermano muerto. Y allí está ya abierta la boca del sepulcro. Y el Rabí no está. ¡Je! ¡Je!

-Sabe dar la muerte, no la vida -dice con una sonrisita
burlona Doras.
Marta agacha la cabeza y mete la cara entre sus manos.
Llora. La realidad está bien clara; su esperanza, bien desilusionada: el Rabí no está, ni siquiera ha venido a consolarlas; y ya habría tenido tiempo de estar allí. Marta llora, ya sólo sabe llorar.

También María llora. También ella tiene ante sí la realidad. Ha creído, ha esperado más allá de lo creíble… y nada ha sucedido, y los criados ya han apartado la piedra de la boca del sepulcro, porque empieza a declinar el sol, y el sol desciende pronto en invierno, y es viernes, y todo debe estar concluido a tiempo y de manera que los que han venido no deban transgredir las leyes del sábado, que dentro de poco comienza. Ha esperado mucho, siempre, demasiado; ha consumido sus capacidades en esta esperanza. Y se siente desilusionada.
Cananías insiste:

-¿No me respondes? ¿Te convences ahora de que es un impostor que se ha aprovechado y burlado de vosotras?

¡Pobres mujeres! -y menea la cabeza en medio de los otros como él, los cuales hacen lo mismo y también dicen:
-¡Pobres mujeres!
Maximino se acerca:

-Es la hora. Dad la orden. Os compete a vosotras.
Marta cae al suelo. La socorren. Se la llevan usando para ello sólo los brazos, entre los gritos de los criados, que comprenden que ha llegado la hora de depositar el cuerpo en el sepulcro, y entonan lamentaciones.

María aprieta las manos, convulsa. Suplica:
-¡Todavía un poco! ¡Todavía un poco! Mandad criados al camino que va a Ensemes y a la fuente; a todos los caminos. Criados a caballo. Que vean si viene…

-¡Pero, desdichada, ¿esperas todavía?! ¿Pero qué se necesita para convencerte de que os ha traicionado y defraudado? Os ha odiado y se ha burlado de vosotras…

¡Es demasiado! Con la cara lavada por el llanto, torturada pero fiel, en medio del semicírculo que forman los que han venido y están reunidos para ver salir el cadáver, María proclama:

-Si Jesús de Nazaret lo ha hecho así, bien hecho está, y grande es su amor por todos nosotros de Betania. ¡Todo para gloria de Dios y suya! Él ha dicho que esto significará gloria para el Señor, porque la potencia de su Verbo resplandecerá completa. Haz lo que debes hacer, Maximino; el sepulcro no es un obstáculo para el poder de Dios…

Se separa, sujetada por Noemí, que se ha acercado presurosa, y hace un gesto… El cadáver, envuelto en su mortaja, sale de la casa, cruza el jardín entre dos filas de gente, entre los gritos del duelo. María quisiera seguirlo, pero se tambalea. Se pone al final de la gente cuando ya todos van hacia el sepulcro.

Llega a tiempo para ver desaparecer la larga forma inmóvil en el interior oscuro del sepulcro donde rojean las antorchas, mantenidas en alto por los criados para iluminar la escalera a los que bajan con el muerto. Porque el sepulcro de Lázaro está más bien enterrado, quizás para aprovechar unos estratos de roca subterránea.

María grita… Está en el ápice de la congoja… Grita…

Y junto nombre de su hermano está el de Jesús. Parece que le arrancaran el corazón. Pero sólo dice esos dos nombres, y los repite hasta que el denso ruido del cierre devuelto a la boca de la tumba le dice que Lázaro ya no está en la Tierra ni siquiera con el cuerpo. Entonces cede y pierde la conciencia de todo. Cae rendida sobre quien la sujeta y, mientras se hunde en la nada del desvanecimiento, todavía suspira: ¡Jesús! ¡Jesús!
Se la llevan.

Se queda Maximino para despedir a los que han venido, y para darles las gracias en nombre de toda la familia. Se queda para oírles decir a todos que volverán para el duelo todos los días…

Poco a poco van despejando el lugar. Los últimos que se marchan son José, Nicodemo, Eleazar, Juan, Joaquín, Josué. Y en la cancilla ven a Sadoq y a Uriel riéndose con maldad y diciendo:

¡Su reto! ¡Y nosotros le hemos temido!

-¡Bien muerto está! ¡Cómo olía, a pesar de los aromas! ¡No hay duda, no! No había necesidad de destapar la cara. Yo creo que está ya agusanado.

Están contentos.
José los mira. Una mirada tan severa que cercena palabras y risas. Todos se apresuran a regresar para estar en la ciudad antes del final del ocaso.

545- El criado de Betania refiere a Jesúsel mensaje de Marta

Anochece cuando el criado, remontando las zonas boscosas del río, espolea al caballo, humoso de sudor, para que supere el desnivel que en ese punto hay entre el río y el camino del pueblo.

Los lomos del pobre animal palpitan por la carrera veloz y larga. El pelaje negro está todo vareteado de sudor, la espuma del bocado ha salpicado el pecho de blanco; resopla arqueando el cuello y meneando la cabeza.

Ahí está ya, en el caminito. Pronto llega a la casa. El criado pone pie en tierra de un salto, ata el caballo al seto y lanza una voz.

Por la parte de atrás de la casa se asoma la cabeza de Pedro, y su voz un poco áspera pregunta:

-¿Quién llama? El Maestro está cansado. Hace muchas horas que no goza de tranquilidad. Es casi de noche. Volved mañana.

-No quiero nada del Maestro, yo. Estoy sano y sólo tengo que darle un mensaje.
Pedro se acerca diciendo:

-¿Y de parte de quién, si se puede preguntar? Sin un seguro reconocimiento, no dejo pasar a nadie, y menos a uno que huela a Jerusalén, como tú.

Se ha acercado lentamente, más escamado por la belleza del caballo negro ricamente ensillado que por el hombre. Pero cuando está justo frente a frente de éste reacciona con estupor:

-¿Tú? ¿Pero tú no eres un criado de Lázaro?
El criado no sabe qué decir. Su señora le ha dicho que hable sólo con Jesús. Pero el apóstol parece bien decidido a no dejarlo pasar. El nombre de Lázaro -él lo sabe-es influyente ante los apóstoles. Se decide a decir:

-Sí. Soy Jonás, criado de Lázaro. Debo hablar con el Maestro.
-¿Está mal Lázaro? ¿Te envía él?
-Está mal, sí. Pero no me hagas perder tiempo. Debo regresar lo antes posible.
Y para que Pedro se decida dice:

-Han estado los miembros del Sanedrín en Betania… -¡Los miembros del Sanedrín! ¡Pasa! ¡Pasa! -y abre la portilla mientras dice: -Retira el caballo. Ahora le damos de beber y hierba, si quieres. -Tengo forraje. Pero un poco de hierba no vendrá mal. El agua después. Antes le sentaría mal.

Entran en la habitación grande donde están las yacijas. Atan al animal en un rincón para tenerlo resguardado del aire; el criado lo cubre con la manta que iba atada a la silla, le da el forraje y la hierba que Pedro ha cogido no sé de dónde. Luego vuelven afuera. Pedro lleva al criado a la cocina y le da un vaso de leche caliente tomada de un caldero que está puesto al fuego, en vez del agua que había pedido.

Mientras el criado bebe y se repone junto al fuego, Pedro, que es heroico en no hacer preguntas curiosas, dice:
-La leche es mejor que el agua que querías. ¡Y dado que la tenemos…! ¿Has hecho todo el camino en una etapa?
-Todo en una etapa. Y lo mismo haré a la vuelta.
-Estarás cansado. ¿Y el caballo te resiste?
-Espero que resista. Además, a la vuelta no voy a galopar como cuando he venido.

-Pero pronto será de noche. Empieza ya a alzarse la Luna… ¿Qué vas a hacer con el río?
-Espero llegar al río antes de que se ponga la Luna. Si no, esperaré en el bosque hasta el alba. Pero llegaré antes.

-¿Y después? El camino desde el río hasta Betania es largo. Y la Luna se pone pronto. Está en sus primeros días.
-Tengo un buen farol. Lo enciendo y voy despacio. Por muy despacio que vaya, me iré acercando a casa.
-¿Quieres pan y queso? Tenemos. Y también pescado. Lo he pescado yo. Porque hoy me he quedado aquí; yo y Tomás. Pero ahora Tomás ha ido por el pan a casa de una mujer que nos ayuda.

-No. No te prives tú de ninguna cosa. He comido por el camino. Lo que tenía era sed, y también necesidad de algo caliente. Ahora estoy bien. Pero ¿vas a avisar al Maestro? ¿Está en casa?

-Sí, sí. Si no hubiera estado, te lo habría dicho inmediatamente. Está allí, descansando. Porque viene mucha gente aquí… Tengo miedo incluso de que la cosa tenga resonancia y se presenten los fariseos a molestar. Toma un poco más de leche. Total, tendrás que dejar comer al caballo… y que dejarlo descansar: sus lomos palpilaban como una vela mal tensada…

-No. Vosotros necesitáis la leche. Sois muchos.
-Sí. Pero nosotros, que estamos fuertes -menos el Maestro, que habla tanto que tiene el pecho cansado, y los más viejos-, comemos cosas que hagan trabajar a los dientes. Toma. Es la de las ovejitas que dejó el anciano. La mujer, cuando estamos aquí, nos la trae. Pero si queremos más todos nos la dan. Aquí nos estiman y nos ayudan. Y dime: ¿eran muchos los miembros del Sanedrín?

-¡Casi todos! Y, con ellos, otros: saduceos, escribas, fariseos, judíos de alto rango, algún herodiano…
-¿Y qué ha ido a hacer esa gente a Betania? ¿Estaba José con ellos? ¿Nicodemo estaba?

-No. Habían venido días antes. Y también Manahén había venido. Éstos no eran de los que aman al Señor.
-¡Bien lo creo! ¡Son tan pocos los miembros del Sanedrín que lo estiman! ¿Pero qué cosa querían en concreto?
-Al entrar dijeron que saludar a Lázaro…
-¡Mmm! ¡Qué amor más extraño! ¡Siempre lo han marginado, por muchas razones!… ¡Bien!… Vamos a suponerlo… ¿Han estado allí mucho tiempo?

-Bastante. Y se marcharon inquietos. Yo no soy criado de la casa, y por eso no servía a las mesas; pero los otros que estaban dentro sirviendo dicen que hablaron con las señoras y que querían ver a Lázaro. Fue a ver a Lázaro Elquías y…

-¡Buen elemento!… -susurra entre dientes Pedro.
-¿Qué has dicho?
-¡Nada, nada! Sigue. ¿Y habló con Lázaro?
-Creo que sí. Fue con María. Pero luego, no sé por qué…

María se irritó, y los criados, que estaban alerta en las habitaciones contiguas para acudir enseguida, dicen que los ha echado de casa como a perros…

-¡Viva ella! ¡Eso es lo que hace falta! ¿Y te han mandado a decirlo?

-No me hagas perder más tiempo, Simón de Jonás.
-Tienes razón. Ven.
Lo guía hacia una puerta. Llama. Dice:
-Maestro, ha venido un criado de Lázaro. Quiere hablar contigo.

-Que pase -dice Jesús.
Pedro abre la puerta, invita al criado a pasar, cierra, se retira y va, meritoriamente, junto al fuego a mortificar su curiosidad.

Jesús, sentado en el borde de su yacija, en el pequeño cuarto donde apenas hay espacio para la yacija y la persona que está en él -cuarto que antes era, sin duda, un reposte de víveres, porque todavía tiene ganchos en las paredes y tablas apoyadas en estacas-, mira sonriente al criado, que se ha arrodillado. Lo saluda:
-La paz sea contigo.

Luego añade:
-¿Qué nuevas me traes? Levántate y habla.
-Me mandan mis señoras, a decirte que vayas enseguida a su casa, porque Lázaro está muy enfermo y el médico dice que va a morir. Marta y María te lo suplican, y me han enviado a decirte: "Ven, porque sólo Tú lo puedes curar".
-Diles que estén tranquilas. Ésta no es una enfermedad que cause la muerte, sino que es gloria de Dios para que su potencia sea glorificada en el Hijo suyo.
-¡Pero está muy grave, Maestro! Su carne se corrompe y él ya no se alimenta. He deslomado al caballo para llegar más deprisa…

-No importa. Es como Yo digo.
-¿Pero vas a ir?
-Iré. Diles a ellas que iré y que tengan fe. Que tengan fe. Una fe absoluta. ¿Has comprendido? Ve. Paz a ti y a quien te envía. Te repito: "Que tengan fe. Absoluta". Ve.
El criado saluda y se retira.
Pedro inmediatamente se llega a él:

-Lo has dicho en poco tiempo. Creía que fueran largas palabras…
Lo mira, lo mira… El deseo de saber transpira por todos los poros de la cara de Pedro. Pero se contiene…
-Me marcho. ¿Me das agua para el caballo? Luego me marcharé.

-Ven. ¡Agua!… Tenemos todo un río para dártela, además del pozo para nosotros -y Pedro, provisto de una luz, le precede y le da el agua que ha pedido.
Dan de beber al caballo. El criado quita la manta, observa las herraduras, la cincha, las bridas, los estribos. Explica:

-¡He corrido lucho! Pero todo está en orden. Adiós, Simón Pedro, y ora por nosotros.
Saca fuera al caballo. Sujetándolo por las bridas, sale al camino, pone un pie en el estribo, hace ademán de montar en la silla.

Pedro lo retiene poniéndole una mano en el brazo, y dice:
-Sólo quiero saber esto: ¿Aquí hay peligro para Él?, ¿han mencionado esta amenaza?, ¿querían saber por las hermanas dónde estábamos? ¡Dilo en nombre de Dios!

-No, Simón. No. No se ha hablado de esto. Han venido por Lázaro. Nosotros sospechamos que era para ver si estaba el Maestro y si Lázaro estaba leproso, porque Marta gritaba fuerte que no estaba leproso, y lloraba… Adiós, Simón. Paz a ti.

-Y a ti y a tus señoras. Que Dios te acompañe en tu regreso a casa…
Lo mira mientras se marcha… hasta que desaparece, pronto, en el fondo del camino, porque el criado, antes que el sendero oscuro del bosque que sigue la orilla del río, prefiere tomar el camino principal, claro con el blancor de la Luna. Se queda pensativo. Luego cierra la portilla y vuelve a la casa.

Va donde Jesús, que sigue sentado en la yacija, teniendo las manos apoyadas en el borde, absorto. Pero reacciona al sentir cerca a Pedro, que lo mira interrogativamente. Le sonríe.
-¿Sonríes, Maestro?
-Te sonrío a ti, Simón de Jonás. Siéntate aquí, cerca de mí. ¿Han vuelto los otros?
-No, Maestro. Tomás tampoco. Habrá encontrado ocasión de hablar.

-Eso está bien.
-¿Está bien que hable? ¿Está bien que tarden los demás? Él habla incluso demasiado. ¡Siempre está alegre! ¿Y los otros? Estoy siempre preocupado hasta que regresan. Siempre tengo temor yo.

-¿De qué, Simón mío? No sucede nada malo por ahora, créelo. Tranquilízate e imita a Tomás, que está siempre alegre. Tú, sin embargo, de un tiempo a esta parte, estás muy triste.

-¡Hombre claro, ¿y quién te quiere y no lo está?! Yo ya soy viejo, y reflexiono más que los jóvenes. También ellos te quieren, pero son jóvenes y piensan menos… De todas formas, si alegre te agrado más lo estaré; me esforzaré en estarlo. Pero para poder estarlo dame al menos una cosa que me dé motivo para ello. Dime la verdad, mi Señor. Te lo pido de rodillas (y, efectivamente, se arrodilla). ¿Qué te ha dicho el criado de Lázaro? ¿Que te buscan? ¿Que quieren causarte algún mal? ¿Que…?

Jesús pone la mano en la cabeza de Pedro:
-¡No, hombre, no, Simón! Ninguna de esas cosas. Ha venido a decirme que Lázaro se ha agravado mucho, y no hemos hablado de nada sino de Lázaro.

-¿Nada, nada?
-Nada, Simón. Y he respondido que tengan fe.
-Pero, en Betania han estado los del Sanedrín, ¿lo sabes?
-¡Es natural! La casa de Lázaro es una casa importante. Y la costumbre nuestra prevé estos honores a una persona influyente que está muriendo. No te intranquilices, Simón.
-¿Pero estás seguro de que no han aprovechado esta disculpa para…?

-Para ver si estaba Yo allí. Bueno, pues no me han encontrado ¡Animo!, no estés tan asustado como si ya me hubieran capturado Vuelve aquí, a mi lado, pobre Simón que de ninguna forma quieres convencerte de que a mí no me puede suceder nada malo hasta el momento decretado por Dios, y que en ese momento… nada servirá para defenderme del Mal…

Pedro se le enrosca al cuello y le tapa la boca besándolo en ella y diciendo: ¡Calla! ¡Calla! ¡No me digas estas cosas! ¡No quiero oírlas! (repetimos que el beso en la boca en Israel entre varones no era algo degenerativo ni desviacionista sino usual, costumbrista, igual que actualmente se hace en países del Este de Europa, Rusia entre ellos)

Jesús logra librarse lo suficiente como para poder hablar, y susurra:

-¿No las quieres oír! ¡Éste es el error! Pero soy indulgente contigo… Mira, Simón. Dado que aquí estabas sólo tú, de todo lo sucedido, sólo tú y Yo debemos tener noticia. ¿Me entiendes?

-Sí, Maestro. No hablaré con ninguno de los compañeros.
-¡Cuántos sacrificios! ¿No es verdad, Simón?
-¿Sacrificios? ¿Cuáles? Aquí se está bien. Tenemos lo necesario.

-Sacrificios de no preguntar, de no hablar, de soportar a Judas… de estar lejos de tu lago… Pero Dios te recompensará por todo ello.

-¡Si te refieres a eso!… En vez del lago, tengo el río y… me arreglo para que me baste. Respecto a Judas… te tengo a ti, que me compensas plenamente… ¡Por las otras cosas!… ¡Menudencias! Y me sirven para ser menos basto y más semejante a ti.

¡Qué feliz me siento de estar aquí contigo! ¡Entre tus brazos! El palacio de César no me parecería más hermoso que esta casa, si pudiera estar en ella siempre así, entre tus brazos.

-¿Qué sabes tú del palacio de César! ¿Acaso lo has visto?
-No, y no lo veré nunca. Pero no tengo particular interés por verlo. De todas formas, supongo que será grande, hermoso, que estará lleno de objetos hermosos… y también de inmundicia. Como toda Roma, me imagino. ¡No estaría allí ni aunque me cubrieran de oro!

-¿Dónde? ¿En el palacio de César o en Roma?
-En ninguno de los dos sitios. ¡Lugares de maldición!
-Precisamente por serlo, hay que evangelizarlos.
-¿Y qué pretendes hacer en Roma? ¡Es un completo prostíbulo! No hay nada que hacer allí, a menos que vayas Tú. ¡Entonces!…

-Iré. Roma es cabeza del mundo. Conquistada Roma, está conquistado el mundo.

-¿Vamos a Roma? ¡Te proclamas rey allí! ¡Oh, misericordia y poder de Dios! ¡Esto es un milagro!

Pedro se ha puesto de pie y está con los brazos alzados frente a Jesús, que sonríe y le responde:

-Yo iré en mis apóstoles. Vosotros me la conquistaréis. Y Yo estaré con vosotros. Pero allí hay alguien. Vamos, Pedro.

544- La muerte de Lázaro

Han abierto todas las puertas y ventanas en la habitación de Lázaro, para hacerle menos difícil la respiración.

Alrededor de él, que está ausente, en estado de coma -un coma profundo, semejante ya a la muerte, de la que difiere sólo por el movimiento de la respiración-, están las dos hermanas, Maximino, Marcela y Noemí, pendientes de cualquier mínimo gesto del moribundo.

Cada vez que una contracción espasmódica altera la boca, pareciendo que se preparara para hablar, o que los ojos, entreabriéndose los párpados, aparecen, las dos hermanas se inclinan para aferrar una palabra, una mirada… Pero es inútil. Son sólo acciones sin coordinación, independientes de la voluntad y la inteligencia, las cuales ya están inertes, perdidas; son acciones que provienen del sufrimiento de la carne, como de ésta viene el sudor que da brillo al rostro del moribundo, y el temblor que a intervalos agita los esqueletados dedos y les transmite una contracción de garra.

Y lo llaman las dos hermanas, con todo el amor en su voz. Pero el nombre y el amor chocan contra las barreras de la insensibilidad intelectiva, y la respuesta a su llamada es el silencio de las tumbas

Noemí, llorando, sigue poniendo en los pies -sin duda, helados-ladrillos envueltos en fajas de lana. Marcela tiene en sus manos una copa de la que saca un pañito fino que Marta usa para mojar los labios secos de su hermano. María, con otro paño, seca el abundante sudor que desciende en regueros por el rostro esqueletado y que moja las manos del moribundo.

Maximino, apoyado en una arquimesa alta y oscura, junto a la cama del moribundo, observa, en pie, a espaldas de María, que se inclina hacia su hermano. Nadie más. El máximo silencio, como si estuvieran en una casa vacía, en un lugar desierto. Las criadas que traen los ladrillos calientes están descalzas y no hacen ruido en el suelo marmóreo. Semejan apariciones.

María rompe el silencio diciendo:

-Me parece que está volviendo calor a las manos. Mira, Marta, los labios están menos pálidos.
-Sí. También respira más libremente. Lo estoy mirando desde hace un rato -observa Maximino.

Marta se inclina y llama despacio, pero con acento intenso:

-¡Lázaro! ¡Lázaro! ¡Oh, mira, María! Ha expresado como una sonrisa y un parpadeo. ¡Está mejorando, María! ¡Está mejorando! ¿Qué hora tenemos?

-Hemos pasado ya en una vigilia el crepúsculo.
-¡Ah! -y Marta se yergue apretando las manos contra el pecho y alzando los ojos hacia arriba en un visible gesto de muda pero confiada oración. Una sonrisa ilumina su cara.

Los otros la miran asombrados y María le dice:
-No veo por qué el haber superado el crepúsculo te deba poner contenta… -y la escruta, sospechosa, ansiosa.

Marta no contesta, pero toma de nuevo la postura de antes. Entra una criada con ladrillos. Se los pasa a Noemí. María le ordena:

-Trae dos lámparas. La luz mengua y quiero verlo.

-La criada sale sin hacer ruido y vuelve al cabo de poco con dos lamparillas encendidas. Las coloca: una encima del bargueño en que está apoyado Maximino; la otra, encima de una mesa llena de vendas y pequeñas ánforas, puesta en el otro lado de la cama.

-¡Oh, María! ¡María! ¡Mira! Está realmente menos pálido.
Y tiene aspecto menos agotado. ¡Se está reanimando! -dice Marcela.

-Dadle algunas gotas más de ese vino con los aromas que ha preparado Sara. Le ha hecho bien -sugiere Maximino.

María toma de la tabla de la arquimesa una anforita de cuello finísimo en forma de pico de ave y, con precaución, introduce algunas gotas de vino en los labios entreabiertos.

-Ve despacio, María. ¡No vaya a ser que se ahogue! -aconseja Noemí.

-¡Oh, traga! ¡Lo busca! ¡Mira, Marta! ¡Mira! Saca la lengua queriendo…

Todos se inclinan para mirar. Noemí lo llama:
-¡Tesoro! ¡Mira a tu nodriza, alma santa! -y se aproxima para besarlo.

-¡Mira! ¡Mira, Noemí, bebe tu lágrima! Le ha caído junto a los labios y la ha sentido; la ha buscado y la ha absorbido.

-¡Oh, tesoro mío! ¡Si tuviera todavía la leche de antaño, la exprimiría gota a gota en tu boca, corderito mío, aunque tuviera que exprimir mi corazón y morir después!
Intuyo que Noemí, nodriza de María, lo haya sido también de Lázaro.

-Señoras, ha vuelto Nicomedes -dice un criado que se presenta a la puerta.

-¡Que venga! ¡Que venga! Nos ayudará a hacerlo mejorar. ¡Fijaos! ¡Fijaos! Abre los ojos, mueve los labios -dice Maximino.

-¡Y a mí me aprieta los dedos con sus dedos! -grita María. Y se inclina diciendo:

-¡Lázaro! ¡Me oyes? ¿Quién soy?
Lázaro abre del todo los ojos y mira. Es una mirada insegura, empañada, pero, en todo caso, es una mirada. Mueve con dificultad los labios y dice:
-¡Mamá!
-¡Soy María! María! ¡Tu hermana!
-¡Mamá!

-No te reconoce y llama a su madre. Los moribundos. Siempre así -dice Noemí con el rostro lavado en llanto.

-Pero habla. Después de tanto tiempo, habla. Ya es mucho… Luego estará mejor. ¡Oh, mi Señor, premia a tu sierva! ­dice Marta mientras permanece todavía en ese gesto de ferviente y confiada oración.

-¿Pero qué te ha sucedido? ¿Es que has visto al Maestro? ¿Se te ha aparecido? ¡Dímelo, Marta! ¡Quítame la angustia! ­dice María.

La entrada de Nicomedes impide la respuesta. Todos se vuelven hacia él. Cuentan cómo después de su partida Lázaro se había agravado hasta el punto de tocar la muerte, y ya lo habían dado por muerto; pero que luego, con unos auxilios, habían logrado hacerlo recuperarse, pero sólo en lo referente a la respiración. Y cómo, desde hacía poco, después de que una de sus mujeres hubiera preparado vino con aromas, le había vuelto el calor y había tragado, tratando de beber, y también había abierto los ojos y había hablado… Hablan todos juntos, encendidas de nuevo sus esperanzas, que ellos lanzan contra la serenidad no poco escéptica del médico, que les deja hablar sin decir una palabra

Por fin han terminado y él dice:
-De acuerdo. Permitidme que vea.

Y los aparta. Se aproxima a la cama y ordena que acerquen las lámparas y cierren la ventana porque quiere descubrir al enfermo. Se inclina sobre él, lo llama, le hace preguntas, hace que pasen la lámpara por delante de la cara de Lázaro, que ahora tiene los ojos abiertos y parece como asombrado de todo; luego lo descubre, estudia su respiración, los latidos del corazón, el calor y la rigidez de los miembros… Todos están ansiosos en espera de su palabra. Nicomedes cubre de nuevo al enfermo, le sigue mirando, piensa. Luego se vuelve hacia los presentes y dice:

-Es innegable que ha recuperado vigor. Actualmente está mejorado respecto a la última vez que lo he visto. Pero no os hagáis ilusiones. Esto es sólo la ficticia mejoría de la muerte. Estoy tan seguro de ello -como estaba seguro de que es-a a las puertas de la muerte-, que, como podéis ver, he vuelto, después de haberme liberado de todos los compromisos, para hacerle menos penosa la muerte, en la medida en que puedo hacerlo… o para ver el milagro si… ¿Ya habéis hecho aquello?

-Sí, sí, Nicomedes -le interrumpe Marta. Y, para impedirle otras palabras, dice:

-Pero no habías dicho que… en el plazo de tres días…
Llora.

-He dicho eso. Soy un médico. Vivo entre agonías y llantos. Pero el estar acostumbrado a escenas de dolor no me ha dado todavía un corazón de piedra. Y hoy… os he preparado… con un plazo bastante largo… e impreciso…

Pero mi ciencia me decía que el desenlace era más rápido, y mi corazón mentía por engaño piadoso… ¡Ánimo! ¡Sed fuertes!… Salid afuera… Nunca se sabe hasta qué punto los moribundos entienden…

Las impele a salir. Ellas salen llorando. Y repite:
-¡Sed fuertes! ¡Sed fuertes!
Junto al moribundo se queda Maximino… También el médico se aleja para preparar unos medicamentos que sirven para hacer menos angustiosa la agonía, que, dice, «preveo muy dolorosa».

¡Hazlo vivir! Hazlo vivir hasta mañana. Es casi de noche, ya lo ves, Nicomedes. ¿Qué es para tu ciencia mantener en pie una vida durante menos de un día? ¡Hazle vivir!
-Dómina, yo hago lo que puedo. ¿Pero cuando el estambre se acaba, nada hay que pueda mantener la llama!-responde el médico, y se marcha.

Las dos hermanas se abrazan, llorando desoladas (y la que llora más, ahora, es María; la otra tiene su esperanza en el corazón)…

La voz de Lázaro viene de la habitación. Una voz fuerte e imperiosa. Y hace que ellas se sobresalten, porque es una voz inesperada en medio de tanto abatimiento. Las llama:

-¡Marta! ¡María! ¿Dónde estáis? Quiero levantarme. ¡Vestirme! ¡Decir al Maestro que estoy curado! Tengo que ir donde el Maestro. ¡Un carro! ¡Inmediatamente! Y un caballo rápido. Sin duda es Él el que me ha curado…
Habla rápido, articulando bien las palabras, sentado en la cama encendido de fiebre, tratando de abandonar la cama, e impedido en ello por Maximino, el cual a las mujeres, que entran corriendo, les dice:

-¡Está delirando!
-¡No! Déjalo levantarse. ¡El milagro! ¡El milagro! ¡Oh, me siento feliz de haberlo suscitado! ¡En cuanto Jesús ha tenido noticia! Dios de los padres, bendito seas y alabado por tu poder y por tu Mesías…

Marta, que ha caído de rodillas, está ebria de alegría
Mientras tanto, Lázaro continúa, cada vez más dominado por la fiebre (Marta no comprende que es la causa de todo):

-Ha venido muchas veces a mi casa, enfermo. Justo es que yo vaya donde Él para decirle: "Estoy curado". ¡Estoy curado! ¡Ya no tengo dolores! Estoy fuerte. Quiero levantarme. Ir. Dios ha querido probar mi resignación. Seré llamado el nuevo Job…
Pasa a un tono hierático haciendo amplios gestos:

-"El Señor se conmovió de la penitencia de Job (Job 42, 10-1);… y le aumentó en el doble cuanto había tenido. Y el Señor bendijo los últimos años de Job más aún que los primeros… y él vivió hasta…". ¡Oh, no, yo no soy Job! Me envolvían las llamas y me sacó de ellas, estaba en el vientre del monstruo y vuelvo a la luz; entonces soy Jonás, (29) y soy los tres muchachos de Daniel (3.3)…

-Llega el médico, avisado por alguno. Le observa:
-Es el delirio. Me lo esperaba. La corrupción de la sangre enciende el cerebro.

Se esfuerza en colocarlo en la cama y recomienda mantenerlo así, y vuelve afuera, a sus tisanas.
Lázaro un poco se inquieta por estar sujeto y un poco llora como un niño: alternativamente.
-Está realmente en estado de delirio -gime María.

-No. Ninguno entiende nada. No sabéis creer. ¡Eso es! No sabéis… A esta hora el Maestro sabe que Lázaro está agonizando. Sí. ¡Lo he hecho, María! Lo he hecho sin decirte nada…

-¡Ah, infame! ¡Has destruido el milagro! -grita María.
-¡Que no! Lázaro, tú lo has visto, ha empezado a mejorar en el momento en que Jonás ha llegado donde el Maestro. Está delirando… sí… Está débil y tiene todavía el cerebro obnubilado por la muerte, que ya lo aprisionaba. Pero no delira como cree el médico. ..¡Escúchalo! ¿Son palabras de delirio éstas?

En efecto, Lázaro está diciendo: «He inclinado la cabeza ante el decreto de muerte y he probado cuán amargo es morir, y Dios se ha considerado satisfecho de mi resignación y me devuelve a la vida y lo mantiene con mis hermanas.

Podré seguir sirviendo al Señor y santificarme junto con Marta y María… ¡Con María! ¿Qué es María? María es el don de Jesús para el pobre Lázaro. Me lo había dicho…

¡Cuánto tiempo desde entonces! "Vuestro perdón hará más que ninguna otra cosa. Me ayudará". Me lo había prometido:

"Ella será tu alegría". Y aquel día en que estaba inquieto porque ella había traído su vergüenza aquí, junto al Santo, ¡qué palabras para invitarla al regreso! La Sabiduría y la Caridad se habían unido para tocarle el corazón… ¿Y el otro, que me encontró ofreciéndome por ella, por su redención?…

¡¡Quiero vivir para gozar de ella redimida! ¡Quiero alabar con ella al Señor! Ríos de lágrimas, afrentas, vergüenza, amargura… todo me penetró y me quitó la vida por causa de ella… ¡Este es el fuego, el fuego el horno! Vuelve, con el recuerdo…

María de Teófilo y de Euqueria, mi hermana, la prostituta. Podía ser reina y se ha hecho fango que hasta el puerco pisotea. Y mi madre muere. Y, no poder ya ir con la gente sin tener que soportar sus burlas. ¡Por ella! ¿Dónde estás, desventurada? ¿Te faltaba el pan, acaso, para venderte como te has vendido? ¿Qué has succionado del pezón de la nodriza? ¿Tu madre qué te ha enseñado? ¿Lujuria una? ¿Pecado la otra? ¡Fuera! ¡Deshonor de nuestra casa!

La voz es un grito. Parece loco.

Marcela y Noemí se apresuran a cerrar herméticamente las puertas y a correr de nuevo las cortinas gruesas para amortiguar las resonancias, mientras el médico, que ha vuelto a la habitación, se esfuerza inútilmente en calmar el delirio, que cada vez se va haciendo más furioso.

María, arrojada al suelo como un trapajo, solloza bajo la implacable acusación del moribundo, que prosigue:

-Uno, dos, diez amantes. El oprobio de Israel pasaba de unos brazos a otros… Su madre moría, ella se consumía en sus amores indecentes. ¡Bestia feroz! ¡Vampiro! Has succionado la vida a tu madre. Has destruido nuestra alegría. Marta sacrificada por ti: nadie se casa con la hermana de una meretriz. Yo… ¡Ah! ¡Yo! Lázaro, caballero hijo de Teófilo… ¡Me escupían los gamberros de Ofel!

"He ahí: cómplice de una adúltera e impura" decían escribas y fariseos, y sacudían sus vestiduras para significar que rechazaban el pecado con que yo estaba manchado por el contacto con ella. "¡Ahí está el pecador!

El que no sabe castigar al culpable es culpable como él gritaban los rabíes cuando subía al Templo. Y sudaba bajo el fuego de las pupilas sacerdotales…

El fuego. ¡Tú! Tú vomitabas el fuego que llevabas dentro. Porque eres un demonio, María. Eres inmunda. Eres la maldición. Tu fuego prendía en todos, porque tu fuego estaba hecho de muchos fuegos, y había, ¡vaya que si había!, para los lujuriosos, que parecían peces apresados en el trasmallo cuando pasabas… ¿Por qué no te maté?

Arderé en la Gehenna por haberte dejado vivir destruyendo tantas familias, dando escándalo a mil… ¿Quién dice:

"¡Ay de aquel por el que se produce el escándalo!"? ¿Quién lo dice? ¡Ah, el Maestro! ¡Quiero ver al Maestro! ¡Quiero verlo! Para que me perdone. Quiero decirle que no podía matarla porque la amaba… María era el sol de nuestra casa…

¡Quiero ver al Maestro! ¿Por qué no está aquí? ¡No quiero vivir! Pero sí quiero el perdón por el escándalo que he dado dejando vivir al escándalo. Ya estoy en las llamas.

Es el fuego de María. Me ha apresado. A todos apresaba. Para lujuria suya, para odio a nosotros, y para quemarme las carnes a mí. ¡Fuera estas mantas, fuera todo! Estoy en el fuego. Me ha apresado la carne y el espíritu. Estoy perdido a causa de ella.

¡Maestro! ¡Maestro! ¡Tu perdón! No viene. No puede venir a la casa de Lázaro. Es un estercolero por causa de ella.

Entonces… quiero olvidar. Todo. Ya no soy Lázaro. Dadme vino. Lo dice Salomón (Proverbios 31, 6-7: "Dad vino a los que tienen el corazón acongojado. Que beban y olviden su miseria, y no recuerden ya de su dolor". No quiero recordar. Dicen todos: "Lázaro es rico, es el hombre más rico de Judea". ¡No es verdad! Todo es paja No es oro. ¿Y las casas? Nubes. ¿Las viñas, los oasis, los jardines, los olivares? Nada. Engaños. Yo soy Job (1-2. No tengo ya nada. Tenía una perla. ¡Hermosa! De infinito valor. Era mi orgullo. Se llamaba María. Ya no la tengo. Soy pobre. El más pobre de todos. El más engañado de todos…

También Jesús me ha engañado, porque me había dicho que me la traería de nuevo, y, sin embargo, ella… ¿Dónde está ella? Ahí está. ¡Parece una hetaira pagana la mujer de Israel, hija de una santa! Semidesnuda, borracha, enloquecida… Y alrededor… con los ojos fijos en el cuerpo desnudo de mi hermana, la jauría de sus amantes…

Y ella ríe de ser admirada y deseada así. Quiero expiar mi delito. Quiero ir por Israel diciendo: "No vayáis a casa de mi hermana. Su casa es el camino del infierno y desciende a los abismos de la muerte". Y luego quiero ir donde ella y pisotearla, porque está escrito (Eclesiástico 9, 10):

"Toda mujer lasciva será pisoteada como estiércol en el camino". ¡Oh!, ¿te atreves a presentarte a mí, que muero deshonrado, destruido por ti?, ¿a mí, que he ofrecido mi vida como rescate de tu alma, y en vano? ¿Cómo quería que fueras, dices? ¿Cómo quería que fueras para no morir así? Pues te quería como Susana, la casta. ¿Dices que te han tentado?

¿Y no tenías un hermano para que te defendiera? Susana, ella sola, respondió (Daniel 13, 23);: "Mejor es para mí caer en vuestras manos que pecar en la presencia del Señor", y Dios hizo relucir su candor. Yo habría dicho las palabras contra tus tentadores y te habría defendido.

¡Pero tú… te marchaste! Judit era viuda y vivía en una habitación apartada, ceñido el cilicio y ayunando, y gozaba de grandísima estima de todos porque temía al Señor, y de ella se canta: "Eres gloria de Jerusalén, alegría de Israel, honor de nuestro pueblo, porque has obrado virilmente y tu corazón ha sido fuerte, porque has amado la castidad y después de tu matrimonio no has conocido a otro hombre. Por eso la mano del Señor te ha hecho fuerte y serás bendecida eternamente (Judith 15, 10 – 11) Si María hubiera sido como Judit, el Señor me habría curado. Pero no ha podido hacerlo por causa de ella. Por eso no he pedido la curación. No puede haber milagro donde está ella. Pero morir, sufrir, no es nada; una y mil veces más, una y mil muertes, con tal de que ella se salve.

¡Oh! ¡Señor Altísimo! ¡Todas las muertes! ¡Todo el dolor! ¡Pero que María se salve! ¡Gozar de ella una hora, sólo una hora! ¡Gozar de ella santa otra vez, pura como en la infancia! ¡Una hora de esta alegría! Gloriarme en ella, la flor de oro de mi casa, la gacela primorosa de dulces ojos, el ruiseñor a la caída de la tarde, la amorosa paloma…

Quiero ver al Maestro para decirle que lo que quiero es a María, a María. ¡Ven! ¡María! ¡Cuánto dolor tiene tu hermano, María! Pero, si vienes, si te redimes, mi dolor se hace dulce. ¡Buscad a María! ¡Estoy a las puertas de la muerte! ¡María! ¡Alumbrad! Aire Yo… Me ahogo… ¡Oh, qué cosa siento!…

El médico hace un gesto y dice:

-Es el final. Después del delirio el sopor y luego la muerte. Pero puede volver a la lucidez. Acercaos. Tú especialmente. Le será motivo de alegría -y colocado de nuevo Lázaro, agotado después de tanta agitación, se acerca a María, que ha estado todo este tiempo llorando en el suelo y diciendo entre gemidos: «¡No dejéis que siga!».

La alza y la conduce al pie de la cama Lázaro ha cerrado los ojos. Pero debe sufrir atrozmente. Todo él es estremecimiento y contracción. El médico trata de socorrerlo con jarabes… Pasan así un tiempo.

Lázaro abre los ojos. Parece desmemoriado de lo que ha sucedido antes, pero está en sí. Sonríe a sus hermanas y trata de cogerles las manos y responder a sus besos.

Palidece mortalmente. Gime:
-Tengo frío…
Le castañean los dientes. Trata de cubrirse hasta la boca Gime:
-Nicomedes, ya no resisto estos dolores. Los lobos me arrancan la carne de las piernas y me devoran el corazón.

¡Cuánto dolor! Y, si así es la agonía, ¿qué será la muerte? ¿Qué voy a hacer? ¡Si tuviera aquí al Maestro! ¿Por qué no me lo habéis traído? Habría muerto feliz en su pecho…
Llora.

Marta mira a María severamente. María comprende esa mirada y, todavía abatida por el delirio de su hermano, cae en el remordimiento y, inclinándose, arrodillada como está contra la cama besando la mano de su hermano, gime:

-Soy yo la culpable. Marta quería hacerlo desde hace ya dos días. Yo no he querido. Porque Él nos había dicho que le avisáramos sólo después de tu muerte. ¡Perdóname, Yo te he dado todo el dolor de la vida… Y, no obstante, te he amado y te amo, hermano. Después del Maestro, tú eres la persona a quien más amo; y Dios ve que no miento. Dime que me absuelves del pasado, dame paz…

-¡Dómina! -interviene el médico -El enfermo no tiene necesidad de emociones.
-Es verdad… Dime que me perdonas el haberte negado a Jesús…

-¡María! Por ti Jesús ha venido aquí… y viene por ti… porque tú has sabido amar… más que ningún otro… Me has amado más que ningún otro… Una vida… de delicias no me habría… no me habría dado la… alegría que he gozado por ti… Te bendigo… Te digo… que has hecho bien… en obedecer a Jesús… Yo no sabía eso… Sé… Digo… está bien… ¡Ayudadme a morir!… Noemí… tú, en el pasado, eras capaz de… hacerme dormir… Marta… bendita… paz mía,… Maximino… con Jesús. También… por mí… Mi parte… para los pobres,… a Jesús… para los pobres… Y perdonad… a todos… ¡Ah, qué espasmos!… ¡Aire!… Luz… Todo tiembla… Tenéis como una luz en torno a vosotros y me ciega si… os miro… Hablad… fuerte…

Ha puesto la mano izquierda en la cabeza de María y ha dejado desmayada la izquierda entre las manos de Marta. Jadea…

Lo alzan con precaución añadiendo almohadas. Nicomedes le hace sorber todavía otras gotas de jarabes. La pobre cabeza, mortalmente relajada, se hunde y pende. Toda la vida está en la respiración. No obstante, abre los ojos y mira a María, que le sujeta la cabeza, y le sonríe diciendo:

-¡Mamá! Ha vuelto… ¡Mamá! ¡Habla! Tu Voz… Tú sabes… el secreto… de Dios… ¿He servido… al Señor?…
María, con voz blanca por la pena, susurra:

-El Señor te dice: Ven conmigo, siervo bueno y fiel, porque has escuchado todas mis palabras y has amado al Verbo que he enviado".
-¡No oigo! ¡Más fuerte!

María repite más fuerte…

-¡Es verdaderamente mamá!… -dice satisfecho Lázaro, y abandona la cabeza en el hombro de su hermana…

Ya no habla. Sólo gemidos y temblores convulsos, sólo sudor y estertores. Ya insensible respecto a la Tierra, a los sentimientos, se hunde en la oscuridad cada vez más absoluta de la muerte. Los párpados descienden sobre los ojos vidriosos en que brilla la última lágrima.

-¡Nicomedes! ¡Se entumece! ¡Se pone frío!… -dice María.

-Dómina, para él la muerte es un alivio.

-Mantenlo en vida! Mañana, sin duda, estará aquí Jesús. Se habrá puesto en camino enseguida. Quizás ha tomado el caballo del criado, u otra cabalgadura -dice Marta. Y, vuelta hacia su hermana:

-¡Oh, si me hubieras dejado enviar aviso antes!

Luego, al médico:
-¡Haz que viva! -impone convulsa.

El médico abre los brazos. Prueba con unos cordiales. Pero Lázaro ya no deglute. El estertor aumenta… aumenta. Es acongojante…

-¡No se puede soportar ya oírlo! -gime Noemí.
-Sí. Tiene una larga agonía… -asiente el médico.

Pero, casi no ha terminado de decir esto y, con una convulsión de todo el cuerpo, que se arquea y luego se abate, Lázaro exhala el último suspiro.

Las hermanas gritan… al ver esa convulsión; gritan al ver ese abatimiento. María llama a su hermano, besándolo; Marta se agarra al médico, que se inclina sobre el muerto y dice:

-Ha expirado. Ya es demasiado tarde para esperar a que suceda el milagro. Ya no hay espera. ¡Demasiado tarde!…

Yo me marcho, señoras. Ya no hay motivo para que siga aquí. Apresuraos en los funerales, porque ya está descompuesto.

Baja los párpados del muerto y, observándolo, dice todavía esto:

-¡Qué pena! Era un hombre virtuoso e inteligente. ¡No debía haber muerto!

Se vuelve hacia las hermanas, se inclina, se despide:
-¡Dómine, salve! -y se marcha.

Los llantos llenan la habitación. María, ya sin fuerzas, se deja caer sobre el cuerpo de su hermano gritando sus remordimientos, invocando su perdón. Marta llora en los brazos de Noemí.

Luego María grita:

-¡No has tenido fe! ¡Ni obediencia! ¡Yo lo maté antes, tú ahora; yo pecando, tú desobedeciendo!

Está como fuera de sí. Marta la levanta, la abraza, se excusa.

Maximino, Noemí, Marcela tratan de inducir a las dos a entrar en razón y a resignarse. Y lo logran recordando a Jesús…

El dolor se hace más ordenado, y, mientras la habitación se llena de domésticos que lloran, mientras entran los encargados de la preparación del cadáver, las dos hermanas son conducidas a otro lugar a llorar su dolor. Maximino, que las guía, dice:

-Ha expirado al concluir la segunda vigilia de la noche.
Y Noemí:

-Mañana habrá que darle sepultura, y pronto, antes de la puesta del sol, porque viene el sábado. Dijisteis que el Maestro quería grandes honores…

-Sí, Maximino. Ocúpate tú de todo eso. Yo estoy aturdida -dice Marta.

-Me retiro para enviar a criados a la gente cercana o lejana, y para dar todas las demás indicaciones -dice Maximino, y se retira.

Las dos hermanas, abrazadas, lloran. Ya no se echan culpas la una a la otra. Lloran. Tratan de consolarse…

Pasan las horas. El muerto está preparado en su habitación. Una larga forma envuelta en vendas bajo el sudario.

-¿Por qué ya cubierto así? -exclama Marta con tono de reproche.

-Señora… Hedía mucho por la nariz, y al moverlo ha arrojado sangre corrompida -se excusa un doméstico anciano.

Las hermanas lloran intensamente. Lázaro está ya más lejos bajo esas vendas… Otro paso en la lejanía de la muerte.

Lo velan con lágrimas hasta el alba, hasta que regresa del otro lado del Jordán el criado; este criado que se queda anonadado, pero que, no obstante, informa de la veloz carrera que ha realizado para llevar la respuesta de que Jesús va.

-¿Ha dicho que viene? ¡No ha hecho ningún reproche? -pregunta Marta.

-No, señora. Ha dicho: "Iré. Diles que iré y que tengan fe". Y antes había dicho: "Diles que estén tranquilas. No es una enfermedad de muerte, sino que es para gloria de Dios, para que su poder sea glorificado en su Hijo".

-¿Ha dicho exactamente eso? ¿Estás seguro de ello? -pregunta María.

-¡Señora, durante todo el camino he venido repitiendo las palabras!

-Márchate, márchate. Estás cansado. Has hecho todo bien. ¡Pero ya es demasiado tarde!… -suspira Marta, y rompe a llorar ruidosamente en cuanto se queda con su hermana.
-¡Marta!, ¿Por qué?…

-¡Oh, además de la muerte la desilusión! ¡María! ¡María!

¿No piensas en que el Maestro esta vez se ha equivocado? Mira a Lázaro. ¡Está bien muerto! Hemos esperado más allá de lo creíble y no ha servido. Cuando le he mandado el aviso -me habré equivocado, no digo que no, Lázaro estaba ya más muerto que vivo. Y nuestra fe no ha recibido fruto ni premio. ¡Y el Maestro envía el mensaje de que no es enfermedad de muerte! ¿Es que el Maestro ya no es la Verdad? Ya no es… ¡Oh! ¡Todo! ¡Todo! ¡Todo está terminado!

María se retuerce las manos. No sabe qué decir. La realidad es realidad… Pero no habla. No dice una palabra contra su Jesús. Llora, verdaderamente agotada.

Marta tiene un pensamiento obsesivo en su corazón, el de haber tardado demasiado:

-Es por culpa tuya -dice en tono de reproche -Jesús quería probar nuestra fe así. Obedecer, sí. Pero también desobedecer por fe y demostrarle que creíamos que sólo Él podía y debía hacer el milagro. ¡Pobre hermano mío! ¡Y cuánto ha deseado su presencia! Al menos esto: ¡verlo!

¡Pobre hermano nuestro! ¡Pobrecillo! ¡Pobrecillo! Y el llanto se transforma en grito, al que hacen coro tras la puerta los gritos de las criadas y de los criados, según la costumbre oriental…

543- Marta llama a un criado a llamar al Maestro

Me encuentro todavía en la casa de Lázaro, y veo que Marta y María salen al jardín acompañando a un hombre entrado ya en años, de aspecto muy noble, y del que diría que no es hebreo, porque tiene la cara completamente afeitada, como los romanos.

Una vez que se han alejado un poco de la casa, María le pregunta:

-Bueno, Nicomedes, ¿qué nos dices, entonces, de nuestro hermano? Nosotras lo vemos muy… enfermo… Habla.

El hombre abre los brazos en un gesto de conmiseración y de constatación de lo innegable, y, parándose, dice:

-Está muy enfermo… Desde los primeros momentos en que empecé a cuidar de su salud nunca os he engañado. He intentado todo. Vosotras lo sabéis. Pero no ha sido eficaz. Esperaba también… sí, esperaba que, al menos, pudiera vivir reaccionando al agotamiento de la enfermedad con la buena nutrición y los cordiales que le preparaba.

He probado incluso con tóxicos adecuados para preservar a la sangre de la corrupción y para sostener las fuerzas, según las viejas escuelas de los grandes maestros de la medicina. Pero la enfermedad es más fuerte que los medios para curarla. Estas enfermedades son como corrosiones.

Destruyen. Y cuando se manifiestan externamente ya los huesos por dentro están invadidos, y, de igual manera que la savia en un árbol se alza desde lo profundo hasta la cima, aquí la enfermedad se ha extendido desde los pies a todo el cuerpo…

-Pero tiene enfermas sólo las piernas -gime Marta
-Sí, pero la fiebre destruye donde vosotras pensáis que no hay sino salud. Mirad esta ramita caída de ese árbol. Parece carcomido aquí, junto a la fractura. Pero, mirad… (la desmenuza con sus dedos). ¿Veis? Bajo la corteza, todavía lisa, está la caries hasta el extremo superior, donde todavía parece que hay vida porque tiene todavía unas hojitas. Lázaro está ya… muriendo. ¡Oh, pobres hermanas!

El Dios de vuestros padres, y los dioses y semidioses de nuestra medicina, nada han podido hacer… o… querido hacer (me refiero a vuestro Dios)… Así que… sí, preveo ya cercana la muerte, incluso por el aumento de la fiebre, que es síntoma de que la descomposición ha entrado en la sangre, por los movimientos desordenados del corazón y por la falta de estímulos y reacciones en el enfermo y en todos sus órganos. ¡Ya lo veis vosotras! No se alimenta, no retiene lo poco que toma y no asimila lo que retiene.

Es el final… Y -creed en lo que os dice un médico que recordando a Teófilo os está agradecido-y la cosa más deseable en estos momentos es la muerte… Son enfermedades terribles. Desde hace miles de años destruyen al hombre y el hombre no logra destruirlas a ellas. Sólo los dioses podrían, si… -se para, las mira mientras se pasa repetidamente los dedos por el mentón rasurado. Piensa. Luego dice:

-¿Por qué no llamáis al Galileo? Es vuestro amigo. Él puede, porque lo puede todo. Yo he observado a personas que estaban condenadas y que se curaron. Una fuerza extraña sale de Él. Un fluido misterioso que reanima y reúne las reacciones disgregadas y les impone la voluntad de curar… No sé. Sé que lo he seguido incluso, mezclado con la muchedumbre, y he visto cosas maravillosas…

Llamadlo. Yo soy un gentil, pero honro al Taumaturgo misterioso de vuestro pueblo. Y me alegraría si Él pudiera lo que yo no he podido.

-Es Dios, Nicomedes. Por eso puede. La fuerza que llamas fluido es su voluntad divina -dice María.

-No ridiculizo vuestra fe. Al contrario, la impulso a que crezca hasta lo imposible. Además… se lee que los dioses alguna vez han descendido a la Tierra. Yo… nunca lo había creído… Pero, con ciencia y conciencia de hombre y médico, tengo que decir que es así, porque el Galileo obra curaciones que sólo un dios puede obrar.

-No un dios, Nicomedes. El verdadero Dios -insiste María.
-Bueno, de acuerdo, como tú quieras. Y yo lo creeré y me haré discípulo suyo, si veo que Lázaro… resucita. Porque ya, más que de curación, hay que hablar de resurrección.

Llamadlo, pues, y con urgencia… porque, si no me he vuelto un ignorante, al máximo a la tercera puesta de sol a partir de ésta, morirá. He dicho "al máximo". Podría ser antes.

-¡Oh, si pudiéramos! Pero no sabemos dónde está… -dice Marta.
-Yo lo sé. Me lo dijo un discípulo suyo que iba donde Él llevándole unos enfermos (y dos eran míos). Está al otro lado del Jordán, en los alrededores del vado. Eso dijo. Vosotros quizás conocéis mejor el lugar.

-¡Ah, sin duda, en casa de Salomón! -dice María.
-¿Muy lejos?
-No, Nicomedes.
-Pues mandad inmediatamente a un criado para decirle que venga. Yo vuelvo más tarde y me quedo aquí para ver su acción en Lázaro. Salve, señoras. Y… animaos mutuamente.

Les hace una reverencia y se marcha hacia la salida. Allí un criado lo espera para sujetarle el caballo y abrirle la cancilla.

Marta ve partir al médico y luego pregunta:
-¿Qué hacemos, María?
-Obedecemos al Maestro. Dijo que le avisáramos después de la muerte de Lázaro. Y nosotras lo haremos.
-Pero, una vez muerto… ¿de qué sirve tener aquí al Maestro? Para nuestro corazón sí, será útil. ¡Pero para Lázaro!… Yo mando a un criado a llamarlo.

-No. Destruirías el milagro. Él dijo que había que saber esperar y creer contra toda realidad contraria. Si lo hacemos, tendremos el milagro; estoy segura. Si no sabemos hacerlo, Dios nos dejará con nuestra presunción de querer hacer las cosas mejor que Él, y no nos concederá nada.

-¿Pero no ves cuánto sufre Lázaro? ¿No oyes cómo, en los momentos que está consciente, desea la presencia del Maestro? ¿Quieres negarle la última alegría al pobre hermano nuestro? ¡No tienes corazón!… ¡Pobre hermano nuestro! ¡Pobre hermano nuestro! ¡Dentro de poco ya no tendremos hermano! ¡Sin padre, sin madre, sin hermano! La casa destruida, y nosotras solas, como dos palmas en un desierto.

Cae en una crisis de dolor. Yo diría que también en una crisis de nervios típica oriental: se contorsiona, se golpea el rostro, se despeina.
María la agarra. Le impone:

-¡Calla! ¡Calla, te digo! Lázaro puede oír. Yo lo quiero más y mejor que tú, y sé dominarme. Pareces una mujer enferma. ¡Calla, digo! No se cambia el curso de las cosas con estas vehemencias, ni tampoco así se conmueven los corazones. Si lo haces para conmover el mío, te equivocas. Piénsalo bien. El mío queda aplastado en la obediencia, pero resiste en ella.

Marta, dominada por la fuerza de su hermana y por sus palabras se calma mucho; pero -expresión de su dolor, ahora más tranquilo-gime invocando a la madre: -¡Mamá!

¡Oh, madre mía, consuélame! Ya no hay paz en mí, desde que moriste. ¡Si estuvieras aquí, madre! ¡Si la pena no te hubiera matado! Si tú estuvieras, nos guiarías y nosotras te obedeceríamos, por el bien de todos… ¡Oh!…
María cambia de color y, silenciosamente, llora con un rostro angustiado y retorciéndose las manos sin decir nada.

Marta la mira y dice:
-Nuestra madre, estando ya para morir, me hizo prometer que sería una madre para Lázaro. Si ella estuviera aquí…

-Obedecería al Maestro porque era una mujer justa. En vano tratas de conmoverme. Dime, si quieres, que he sido la asesina de mi madre por las penas que le causé. Te diré: "Tienes razón". Pero, si quieres hacerme decir que tienes razón queriendo que venga el Maestro, te digo: "No". Y siempre diré: "No". Y estoy segura de que desde el seno de Abraham ella me aprueba y bendice. Vamos a casa.
-¡Ya no tenemos nada! ¡Nada!

-¡Todo! ¡Debes decir: "Todo"! La verdad es que escuchas al Maestro y pareces atenta mientras habla, pero luego no recuerdas lo que dice. ¿No ha dicho siempre que amar y obedecer nos hace hijos de Dios y herederos de su Reino? ¿Y entonces cómo es que dices que nos vamos a quedar sin nada?, pues tendremos a Dios y poseeremos el Reino por nuestra fidelidad. ¡Oh, verdaderamente hemos de ser absolutas como yo lo fui en el mal, incluso para poder ser, y saber, y querer ser absolutas en el bien, en la obediencia, en la esperanza, en la fe, en el amor!…

-Tú consientes que los judíos ridiculicen al Maestro y hagan insinuaciones respecto a Él. Los has oído anteayer…

-¿Y piensas todavía en el graznido de esas cornejas, en los chillidos de esos buitres? ¡Déjalos que escupan lo que tienen dentro! ¡Qué te importa el mundo! ¿Qué es el mundo respecto a Dios? Mira: menos que este sucio moscón, entorpecido o envenenado por haber chupado inmundicias, que piso así -y da un enérgico golpe con el talón a un tábano de torpes movimientos que camina lentamente por el guijarros del paseo. Luego toma a Marta de un brazo y dice:

-Venga, ven a casa y…
-Comuniquémoselo al menos al Maestro. Mandémosle aviso de que está muriendo. Sin decirle nada más…
-¡Como si tuviera necesidad de saberlo por nosotras! No, he dicho. Es inútil. Él dijo: "Cuando haya muerto, comunicádmelo". Y lo haremos. No antes de que suceda.

-¡Nadie, nadie tiene piedad de mi dolor! Tú menos que nadie…
-Deja de llorar de esa manera, ¿no? No puedo soportarlo…
Sufriendo ella, se muerde los labios para dar fuerza a su hermana sin llorar ella también.

Marcela sale corriendo de la casa, seguida por Maximino:
-¡Marta! ¡María! ¡Corred! Lázaro está mal. Ya no responde…

Las dos hermanas se echan a correr, raudas, y entran en la casa… Después de un poco, se oye la voz fuerte de María que da órdenes para los socorros propios de esta situación, y se ve a criados correr con cordiales y barreños humeantes de agua hirviendo; se oyen bisbiseos y se ven gestos de dolor…

A tanta agitación, poco a poco, le va sustituyendo la calma. Se ve a los criados que cuchichean unos con otros, menos nerviosos pero con gestos de intenso desconsuelo que remarcan lo que dicen: quién menea la cabeza, quién la alza al cielo abriendo los brazos, como diciendo: "así es", quién llora, quién quiere esperar todavía en un milagro.

Ahí tenemos de nuevo a Marta, pálida como una muerta. Mira tras sí, para ver si la siguen. Mira a los siervos que están apretadamente en torno a ella angustiados. Vuelve a mirar para ver si de la casa sale alguien a seguirla. Luego dice a un criado:
-¡Tú, ven conmigo!

El criado se separa del grupo y la sigue hacia la pérgola de los jazmines y dentro de ella. Marta habla, sin perder de vista la casa, que se puede ver a través de la tupida maraña de las ramas:

-Escucha bien. Cuando todos los criados hayan entrado y yo les dé indicaciones para que estén ocupados en la casa, tú irás a las caballerizas, tomarás un caballo de los más rápidos, lo ensillarás… Si por casualidad alguien te ve, di que vas por el médico… No mientes tú ni te enseño a mentir yo, porque verdaderamente te envío donde el Médico bendito… Toma contigo forraje para el animal y comida para ti, y esta bolsa para todo lo que puedas necesitar.

Sal por la puerta pequeña y, pasando por los campos arados, que no producen ruido con los: y, pasando por los campos arados, que no producen ruido con los cascos, te alejas de la casa. Luego tomas el camino de Jericó y galopa sin detenerte nunca, ni siquiera de noche. ¿Has comprendido? Sin detenerte nunca. La Luna nueva te iluminará el camino, si viene la oscuridad mientras todavía sigues galopando. Piensa que la vida de tu señor está en tus manos y en tu rapidez. Me fío de ti.

-Señora, te serviré como un esclavo fiel.
-Ve al vado de Betabara. Pasas y vas al pueblo que hay más allá de Betania de la Transjordania. ¿Sabes? Donde al principio bautizaba Juan.

-Lo sé. Fui allí yo también, a purificarme.
-En ese pueblo está el Maestro. Todos te dirán cuál es la casa donde le dan alojamiento. Pero si sigues en vez del camino principa1 las orillas del río, es mejor. Te ven menos y encuentras por ti mismo la casa. Es la primera de la única calle del pueblecito, la que va de los campos al río. No tienes posibilidad de error. Una casa baja, sin terraza ni habitación alta, con un huerto que se encuentra, viniendo del río, antes de la casa, un huerto cerrado por una pequeña portilla de madera y un seto de espino albar, creo… bueno, un seto. ¿Entendido? Repite.
El criado repite pacientemente.

-Bien. Solicita hablar con Él, sólo con Él, y le dices que tus señoras te envían para decirle que Lázaro está muy enfermo, que está agonizando, que nosotras ya no podemos más, que él lo precisa y que venga enseguida, enseguida, por piedad. ¿Has comprendido bien?
-He comprendido, señora.

Y después vuelve inmediatamente, de forma que ninguno note mucho tu ausencia. Toma un farol contigo, para las horas de oscuridad. Ve, corre, galopa, revienta al caballo, pero vuelve pronto con la respuesta del Maestro.

-Lo haré, señora.
-¡Ve! ¡Ve! ¿Ves? Han entrado ya todos en casa. Ve inmediatamente. Nadie te va a ver hacer los preparativos. Yo misma te llevo la comida. ¡Ve! Te la pongo al pie de la puerta pequeña. ¡Ve! Que Dios te acompañe. ¡Ve! …

Lo empuja, ansiosa, y luego corre a casa, rápida y cauta, para salir después sigilosa por una puerta secundaria que está en el lado sur, con un pequeño saco en sus manos; camina rozando un seto hasta la primera apertura, tuerce, desaparece…

542- Los judíos en casa de Lázaro

Aunque esté deshecha de dolor y cansancio, Marta sigue siendo la señora que sabe recibir y ofrecer la casa, y honrar a las personas con ese porte señorial perfecto propio de la verdadera señora.

Así, ahora, habiendo antes conducido al grupo a una de las salas, da las indicaciones para que se traigan los refrescos habituales y para que los huéspedes tengan todo aquello que pueda serles reconfortante.

Los criados van de acá para allá sirviendo bebidas calientes o vinos de calidad, ofreciendo fruta espléndida, dátiles dorados como topacios, uva seca, parecida a nuestra uva moscatel, de racimos de una perfección fantástica, y miel virgen; todo en ánforas, copas, bandejas, platos preciosos.

Y Marta vigila atentamente, para que ninguno quede desatendido; es más, según la edad, y quizás también según las personas (cuyos caracteres le resultan bien conocidos), da la pauta para el servicio a los criados. Así, para a un criado que se dirige a Elquías con un ánfora llena de vino y con una copa y le dice:

-Tobías, no vino, sino agua de miel y jugo de dátiles.
Y a otro:

-Sin duda, Juan prefiere el vino. Ofrécele el blanco de uva pasa.

Y, personalmente, al viejo escriba Cananías le ofrece leche caliente, abundantemente dulcificado por ella con la dorada miel mientras dice:

-Te vendrá bien para tu tos. Te has sacrificado para venir, estando enfermo y en un día crudo. Me conmueve el veros tan solícitos.

-Es nuestro deber, Marta. Euqueria era de nuestra estirpe. Una verdadera judía que nos honró a todos.
-El honor a la venerada memoria de mi madre toca mi corazón. Transmitiré a Lázaro estas palabras.

-Pero nosotros queremos saludarlo. ¡Un hombre tan amigo! -dice, falso como siempre, Elquías, que se ha acercado.
-¿Saludarlo? No es posible. Está demasiado agotado.

-¡No le vamos a molestar! ¿No es verdad, vosotros? Nos contentamos con un adiós desde la puerta de su habitación ­dice Félix.
-No puedo, no puedo de ninguna manera. Nicomedes se opone a cualquier tipo de fatiga o de emoción.
-Una mirada al amigo moribundo no puede matarlo, Marta – dice Calasebona. ¡Demasiado nos dolería el no haberle saludado!

Marta está nerviosa, vacilante. Mira hacia la puerta, quizás para ver si María viene en su ayuda. Pero María está ausente.

Los judíos observan este nerviosismo suyo, y Sadoq, el escriba, se lo dice a Marta:

-Se diría que viniendo te hemos puesto nerviosa, mujer.
-No. Nada de eso. Comprended mi dolor. Hace meses que vivo al lado de uno que agoniza y… ya no sé… ya no sé moverme como antes en las fiestas…

-¡Esto no es una fiesta! ¡No queríamos tampoco que nos dieras estos honores! Pero… quizás… quizás nos escondes algo y por eso no nos dejas ver a Lázaro ni permites que pasemos a su habitación. ¡Je! ¡Je! ¡Esto se sabe! Pero, no temas, que la habitación de un enfermo es lugar sagrado de asilo para cualquiera. Créelo… -dice Elquías.

-No hay nada que esconder en la habitación de nuestro hermano. Nada hay escondido en ella. Esa habitación únicamente acoge a un moribundo para el que sería un acto de piedad evitarle todo recuerdo penoso. Y tú, Elquías, y todos vosotros, sois recuerdos penosos para Lázaro -dice María con su espléndida voz de órgano, apareciendo en la puerta y manteniendo apartada la cortina purpúrea con la mano.

-¡María! -gime Marta, suplicante para frenarla.
-Nada, hermana. Déjame hablar…
Se dirige a los otros:
-Y para quitaros todas las dudas, que uno de vosotros -sólo un recuerdo del pasado volverá a causar dolor-venga conmigo, si ver a un moribundo no le molesta y el hedor de la carne que muere no le produce náuseas.

-¿Y tú no eres un recuerdo que causa dolor? -dice, irónico, el herodiano, que ya he visto aunque no sé dónde, saliendo del rincón en que se hallaba y poniéndose frente a María.

Marta gime. María mira con mirada de águila inquieta, sus ojos centellean; se yergue altiva, olvidándose del cansancio y el dolor, que verdaderamente encorvan su cuerpo, y, con una expresión de reina ofendida, dice:

-Sí, yo también soy un recuerdo, pero no de dolor como tú dices; soy el recuerdo de la Misericordia de Dios. Y, viéndome a mí, Lázaro muere en paz, porque sabe que encomienda su espíritu en las manos de la infinita Misericordia.

-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡No eran éstas las palabras de otros tiempos! ¡Tu virtud! A quien no te conoce podrías mostrársela…

-Pero a ti no, ¿no es así? Pues precisamente a ti te la pongo delante de los ojos, para decirte que uno se hace como aquellos con quienes va. Yo, en aquellos tiempos, por desgracia, estaba contigo, y era como tú; ahora estoy con el Santo, y me hago honesta.

-Una cosa destruida no se reconstruye, María.
-Efectivamente, tú, todos, vosotros, no podéis reconstruir el pasado; no podéis reconstruir lo que habéis destruido: no puedes tú que me causas horror; ni vosotros, que ofendisteis en el tiempo del dolor a mi hermano y que ahora, por torcida finalidad, queréis aparecer como amigos suyos.

-¡Oh, eres audaz, mujer! El Rabí habrá expulsado de ti muchos demonios, pero mansa no te ha hecho -dice uno de aproximadamente cuarenta años.

-No, Jonatán ben Anás, no me ha hecho débil; al contrario, me ha hecho más fuerte, con esa audacia que es propia de la persona honesta, de la persona que ha querido volver a ser honesta y ha roto todo vínculo con el pasado para hacerse una vida nueva. "¡Vamos! ¿Quién viene donde Lázaro?!

Se muestra imperiosa como una reina. Los domina a todos con su franqueza, despiadada incluso contra sí misma.

Marta, por el contrario, está angustiada, con lágrimas en esos ojos suyos que miran fijamente a María suplicándole que calle.

-¡Voy yo! -dice, acompañando sus palabras de un suspiro de víctima, Elquías, falso como una serpiente. Salen juntos.
Los otros se vuelven hacia Marta:

-¡Tu hermana!… Siempre ese carácter. No debería. Tiene que ganarse mucho perdón -dice Uriel, el rabí visto en Yiscala, el que allí lanzó piedras a Jesús y lo hirió. Marta, azuzada por estas palabras, encuentra de nuevo su fuerza y dice:

-La ha perdonado Dios. Cualquier otro perdón no tiene valor después de ése. Y su vida actual es ejemplar para el mundo.

Pero la audacia de Marta pronto decae y se muda en llanto. Gime, entre lágrimas:

-¡Sois crueles! Con ella… conmigo… No tenéis compasión ni del dolor pasado ni del dolor actual. ¿A qué habéis venido? ¿A ofender y dar dolor?

-No, mujer, no. Sólo para saludar a este judío grande que agoniza. ¡Para ninguna otra cosa! ¡Para ninguna otra cosa! No debes tomar a mal nuestras rectas intenciones. Hemos sabido por José y Nicodemo que había habido un agravamiento, y hemos venido… de la misma forma que ellos, los dos grandes amigos del Rabí y de Lázaro. Por qué esa actitud de tratarnos de manera distinta a nosotros que amamos al Rabí y a Lázaro como ellos? No sois justas.

¿Puedes, acaso, decir que ellos -con Juan, Eleazar, Felipe, Josué y Joaquín-no hayan venido a informarse de cómo estaba Lázaro?, ¿y que Manahén no ha venido?…

-Yo no digo nada. Lo que me asombra es que sepáis todo también. No sabía que hasta por dentro las casas fueran vigiladas por vosotros. No sabía que existiera un nuevo precepto, además de los seiscientos trece que ya existen: el de indagar, espiar dentro de las familias… ¡Perdón! ¡Os estoy ofendiendo! El dolor me hace perder los cabales, y vosotros lo agudizáis.

-¡Te comprendemos, mujer! Hemos venido a daros un consejo bueno porque pensamos que estáis fuera de vuestros cabales. Avisad al Maestro. Ayer incluso, siete leprosos vinieron a dar gloria al Señor porque el Rabí los había curado. Llamadlo también para Lázaro.

-¡Mi hermano no está leproso! -grita Marta muy agitada -¿Éste es el motivo por el que queríais verlo? ¿Para esto habéis venido? ¡No! ¡No está leproso! Mirad mis manos. Lo curo desde hace años y yo no tengo lepra. Tengo la piel enrojecida por los ungüentos aromáticos, pero no tengo lepra. No tengo…

-¡Calma! Calma, mujer. ¿Quién ha dicho que Lázaro esté leproso? ¿Quién sospecha en vosotras un pecado tan horrendo como el de ocultar a un leproso? ¿Tú crees que, a pesar de vuestro poder, no habríamos descargado nuestra mano sobre vosotras si hubierais pecado? Nosotros somos capaces de pasar por encima incluso del cuerpo de nuestro padre y de nuestra madre, de nuestra esposa y de nuestros hijos, con tal de hacer obedecer los preceptos. Esto te lo digo yo, yo, Jonatán de Uziel.

-¡Cierto! ¡Es así! Y ahora te decimos, por el amor que te profesamos, por el amor que profesábamos a tu madre, por el que profesamos a Lázaro: llamad al Maestro. ¿Meneas la cabeza? ¿Quieres decir que ya es tarde? ¿Cómo es eso? ¿No tienes fe en Él, tú, Marta, discípula fiel? ¡Eso es grave! ¿Tú también empiezas a dudar? -dice Arquelao.
-Blasfemas, escriba. Creo en el Maestro como en el Dios verdadero.

-¿Y entonces por qué no quieres intentarlo? Él ha resucitado a muertos… A1 menos, eso se dice… ¿Es que no sabes dónde está? Si quieres, te lo buscamos nosotros, te ayudamos nosotros -insinúa Félix.

-¡No, hombre, no! En casa de Lázaro ciertamente se sabe dónde está el Rabí. Dilo con franqueza, mujer, y nos pondremos en marcha para buscártelo y te lo traeremos aquí, y estaremos presentes en el milagro para exultar contigo, con todos vosotros -dice, tentador, Sadoc
Marta vacila, casi tentada a ceder. Los otros instan, mientras ella dice:

-No sé dónde está… No tengo la menor idea… Se marchó hace unos días y nos saludó como quien se marcha para largo
tiempo… Para mí sería consolador saber dónde está… Al menos, saberlo… Pero no lo sé, de verdad…

-¡Pobre mujer! Nosotros te ayudaremos… Te lo traeremos aquí-dice Cornelio.

-¡No! No hace falta. El Maestro… ¿Os referís a Él, no es verdad? El Maestro dijo que debíamos esperar más de lo esperable, y esperar únicamente en Dios. Y nosotras así lo haremos -dice María con voz de trueno mientras regresa con Elquías, quien inmediatamente la deja y habla, encorvado, con tres fariseos.

-¡Pero se está muriendo, por lo que oigo! -dice uno de ellos, que es Doras.

-¿Y entonces? ¡Pues muera! No pondré obstáculos al decreto de Dios, ni desobedeceré al Rabí.

-¿Y qué pretendes esperar después de la muerte, insensata? -dice, burlón, el herodiano.

-¿Qué? ¡Pues la Vida!

La voz es un grito de fe absoluta.

-¿La Vida? ¡Ja! ¡Ja! Sé sincera. Tú sabes que ante una verdadera muerte nulo es su poder, y en tu insensato amor por Él no quieres que eso se ponga de manifiesto.

-¡Salid todos! Le correspondería a Marta hacerlo, pero Marta os teme; yo sólo temo ofender a Dios, que me ha perdonado. Por eso, lo hago en vez de Marta. Salid todos.

No hay lugar en esta casa para los que odian a Jesucristo. ¡Fuera! ¡A vuestras guaridas tenebrosas! ¡Fuera todos! ¡O haré que os expulsen los criados como a un hatajo de harapientos inmundos!

Se muestra majestuosa en su ira. Los judíos ahuecan el ala, extremadamente cobardes, ante esta mujer (verdad es que parece un arcángel airado)…

La sala se desaloja. Las miradas de María, según van cruzando de uno en uno la puerta pasando por delante de ella, crean una inmaterial horca caudina bajo la cual debe humillarse la soberbia de los derrotados judíos. Por fin, la sala queda vacía.

Marta, rompiendo a llorar, se derrumba sobre la alfombra.

-¿Por qué lloras, hermana? No veo la razón de ello…
-¡Oh!, los has ofendido… y ellos te han, nos han ofendido… y ahora se vengarán… y…

-¡Cállate, mujer desatinada! ¿En quién piensas que se van a vengar? ¿En Lázaro? Antes tienen que deliberar, y antes de que decidan… ¡Oh, en un gulal uno no se venga! ¿En nosotras? ¿Es que, acaso, necesitamos su pan para vivir?

Los haberes no nos los tocarán. Se proyecta sobre ellos la sombra de Roma. ¿En qué, entonces? Y aunque pudieran hacerlo, ¿no somos, acaso, fuertes y jóvenes las dos? ¿No vamos a poder trabajar? ¿No es pobre Jesús? ¿No ha sido, acaso, nuestro Jesús obrero? ¿No seríamos más semejantes a Él, siendo pobres y trabajadoras? ¡Gloríate si lo eres! ¡Espera serlo! ¡Pídeselo a Dios!

-Pero lo que te han dicho…

541- Judíos en Betania de visita

Un nutrido y pomposo grupo de judíos, que montan cabalgaduras de lujo, entra en Betania. Son escribas y fariseos, además de algún saduceo y herodiano ya vistos otra vez (si no me equivoco, en el banquete en casa de Cusa para tentar a Jesús a que se proclamara rey). Los siguen criados a pie.

El grupo a caballo cruza lentamente la pequeña ciudad. El sonido de los cascos contra el terreno duro, el tintineo de los jaeces, las voces de los hombres convocan a las puertas a los habitantes, que miran y -visiblemente cohibidos-se inclinan haciendo profundas reverencias, para erguirse luego y reunirse y bisbisear en grupos.

-¿Habéis visto?
-Todos los miembros del Sanedrín de Jerusalén.
-No. José el Anciano, Nicodemo y otros no estaban.
-Y los fariseos más conocidos.
-Y los escribas.

-¿Y el que iba en ese caballo quién era?
-Está claro que van donde Lázaro.
-Debe estar a las puertas de la muerte.
-No logro entender por qué el Rabí no está aquí.
-¿Y cómo iba a estar, si lo buscan los de Jerusalén para matarlo?

-Tienes razón. Es más, esas serpientes que han pasado vienen, sin duda, para ver si el Rabí está aquí.

-¡Alabado sea Dios porque no está!
-¿Sabes lo que le han dicho a mi marido en los mercados de Jerusalén? Que estén preparados, porque pronto se proclamará rey, y todos tendremos que ayudarle en…

-¿Cómo han dicho?
-¡Bueno! Una palabra que quería decir como si yo dijera que echo a todos de casa y me hago la dueña.
-¿Un complot?… ¿Una conjura?… ¿Una sedición?… -preguntan y sugieren.

Un hombre dice:
-Sí. También me lo han dicho a mí. Pero no lo creo.
-¡Pero si lo dicen discípulos del Rabí!…
-¡Mmm! Yo no creo que el Rabí haga uso de la violencia y que destituya al Tetrarca y usurpe un trono que, con justicia o sin ella, es de los herodeos. Haríais bien en decirle a Joaquín que no crea en todo lo que oye…

-¿Pero sabes que el que le ayude será premiado en la Tierra y en e1 Cielo? Bien contenta estaría yo de que mi marido recibiera este premio: estoy cargada de hijos y la vida es difícil. ¡Si pudiéramos tener un puesto entre los siervos del Rey de Israel!

-Mira, Raquel, creo que será mejor cuidar mi huerto y mis dátiles. Si me lo dijera Él… sí que dejaría todo y lo seguiría. Pero… dicho por otros…

-¡Son discípulos suyos!
-Nunca los he visto con Él. Y además… No. Fingen que son corderos, pero tienen unas caras de maleantes que no me convencen.

-Es verdad. Desde hace un tiempo, suceden hechos extraños, y siempre se dice que son los discípulos del Rabí los que los hacen. El último día antes del sábado, algunos de ellos trataron con ultrajes a una mujer que llevaba huevos al mercado y le dijeron: "Los queremos en nombre del Rabí galileo".

-¿Tú crees que Él puede querer que se hagan estas cosas, Él, que da y no toma, É1, que podría vivir entre los ricos y prefiere estar entre los pobres, y quitarse el manto, como decía a todos aquella leprosa curada que se encontró con Jacob?

Otro hombre, que se ha acercado al grupo y ha estado escuchando, dice:
-Tienes razón. ¿Y eso otro que se dice, entonces?: ¿que el Rabí nos va a acarrear grandes desventuras porque los romanos nos castigarán a todos nosotros por causa de sus instigaciones a la gente? ¿Vosotros lo creéis?

Yo digo y no me equivoco, porque soy anciano y cuerdo-, digo que tanto los que nos dicen, a nosotros, gente sencilla, que el Rabí quiere apoderarse del trono con violencia, y también expulsar a los romanos -¡Ah, si así fuera!, ¡si fuera posible hacerlo!-, como los que cometen actos violentos en su nombre, como los que nos instigan a la rebelión con promesas de una futura ganancia, como los que quisieran que odiáramos al Rabí como individuo peligroso que nos ha de llevar a la desventura… todos éstos son enemigos del Rabí, y tratan de destruirlo para triunfar ellos.

¡No los creáis! ¡No creáis en los falsos amigos de la gente sencilla! ¿Veis lo soberbios que han pasado? A mí por poco si no me dan un palo, porque me era difícil hacer que las ovejas entraran, y les obstaculizaba su camino…

¿Amigos nuestros ésos? Nunca. Son nuestros vampiros, y -¡Dios no lo quiera!-vampiros también de Él.
-Tú que estás cerca de los campos de Lázaro, ¿sabes si ha muerto?

-No. No ha muerto. Está allí, entre la muerte y la vida… Le he preguntado por él a Sara, que estaba cogiendo flores aromáticas para los lavatorios.

-¿Y entonces para qué han venido ésos?

-¡Pues si ya lo he dicho yo! ¡Han venido para ver si estaba el Rabí! Para hacerle algún daño. ¿Sabes lo que sería para ellos el poder causarle algún mal? ¡Y precisamente en casa de Lázaro! Dilo tú, Natán, ¿ese herodiano no era el que hace tiempo era el amante de María de Teófilo?

-Era él. Quizás quería vengarse así de María…

Llega corriendo un muchachito. Grita:
-¡Cuánta gente en casa de Lázaro! Yo volvía del arroyo con Leví, Marcos e Isaías, y hemos visto eso. Los criados han abierto la cancilla y han tomado las caballerías.

Y Maximino ha salido al encuentro de los judíos, y otros han acudido y han saludado con grandes reverencias. Han salido de la casa Marta y María con sus criadas, para saludar. Y hubiéramos querido ver más, pero han cerrado la cancilla y se han metido todos en la casa.

El jovencito está todo emocionado por las noticias que trae, por lo que ha visto…

Los adultos hacen comentarios entre sí.

Categorías