552- Preparativos y recibimientos en Efraím

-Maestro, la paz a ti -dicen Pedro y Santiago de Zebedeo, que vuelven a casa cargados de ánforas llenas de agua.
-La paz a vosotros. ¿De dónde venís?

-Del torrente. Hemos cogido el agua y todavía traeremos más, para asearnos. Dado que hacemos un alto en el camino… Y no es justo que la anciana se fatigue por nosotros. Está allí haciendo una hoguera para calentar el agua. Mi hermano ha ido al bosque por leña. No llueve desde hace tiempo y arde como si fuera brezo -explica Santiago de Zebedeo.

-La cosa es que, a pesar de que acabara de despuntar el día, nos han visto en el torrente y también en el bosque. Y pensar que yo había ido al torrente por no ir a la fuente… -dice Pedro.
-¿Y por qué, Simón de Jonás?

-Porque en la fuente siempre hay gente, y podían reconocernos y venir enseguida aquí…

Mientras hablan, han entrado en el largo pasillo que divide la casa los dos hijos de Alfeo, Judas de Keriot y Tomás. Por tanto, también ellos oyen las últimas palabras de Pedro y la respuesta de Jesús:

-Lo que no hubiera sucedido en las primeras horas de hoy, hubiera sucedido más tarde, mañana como mucho, porque nos quedamos aquí…

-¿Aquí? Yo creía que íbamos a hacer sólo un alto en el camino… -dicen varios.

-No es una pausa de descanso. Es la pausa. De aquí no nos marcharemos sino para volver a Jerusalén para la Pascua.
-Pues yo había creído que cuando hablaste de tierra de lobos y matarifes te estabas refiriendo a esta región por la que querías pasar, como hiciste otras veces, para ir a otros lugares sin recorrer los caminos más transitados por judíos y fariseos… ­dice Felipe, que ha llegado en ese momento; y otros dicen:

-Yo también creía lo mismo.

-Habéis entendido mal. No es ésta la tierra de lobos y matarifes, a pesar de que en sus montes tengan guarida los verdaderos lobos. No hablo de los lobos animales…

-¡Eso lo habíamos entendido! -exclama Judas de Keriot con buena carga de ironía -Para ti que te llamas Cordero se comprende que son lobos los hombres. No somos necios del todo.

-No. No sois necios sino en aquello que no queréis comprender. O sea, sobre mi naturaleza y misión y sobre el dolor que me causáis no trabajando asiduamente en prepararos para el futuro. Por bien vuestro os hablo y os enseño con obras y palabras. Pero vosotros rechazáis aquello que disturba a vuestra humanidad con presagios de dolor o con solicitud de esfuerzos contra vuestro yo.

Escuchad antes de que haya extraños. Os voy a dividir en dos grupos de cinco. Iréis, bajo la guía del que esté a la cabeza de cada grupo, por las tierras cercanas, como en los primeros tiempos en que os enviaba. Recordad todo lo que dije entonces y ponedlo en práctica. La única salvedad es que ahora pasaréis anunciando como próximo el día del Señor, a los samaritanos también, para que estén preparados cuando ese día llegue y sea más fácil para vosotros el convertirlos al único Dios. Id llenos de caridad y prudencia, sin prevenciones.

Ya veis y más que veréis-que lo que se nos niega en otros lugares aquí se nos concede. Por tanto, sed buenos con estos que expían, inocentes, las culpas de sus antepasados. Pedro guiará el grupo de Judas de Alfeo, Tomás, Felipe y Mateo; Santiago de Alfeo, el de Andrés, Bartolomé, Simón Zelote y Santiago de Zebedeo. Judas de Keriot y Juan sé quedan conmigo. Esto a partir de mañana.

Hoy vamos a descansar, haciendo los preparativos para los próximos días. El sábado lo pasaremos juntos. Haced, pues, las cosas de forma que estéis aquí antes del sábado, para volver a salir una vez transcurrido éste, que será el día del amor entre nosotros después de haber amado al prójimo en el rebaño que salió del redil paterno. Ahora, cada uno a su tarea.

Se queda solo y se retira a una habitación que está al final del pasillo.

Rumor de pasos y voces llena la casa, aunque todos estén en las habitaciones y no se vea a ninguno, aparte de la ancianita, que una y otra vez cruza el pasillo ocupándose de sus tareas, de las cuales una, sin duda, es el pan, porque tiene harina en el pelo, y las manos cubiertas de masa.

Jesús sale un poco después y sube a la terraza de la casa. Pasea arriba meditando, y mira de vez en cuando a lo que le rodea.

Se acercan a Él Pedro y Judas de Keriot; no muy alegres, verdaderamente. Quizás a Pedro le apena el separarse de Jesús. Quizás a Judas Iscariote le apena el no poder hacerlo y no poder ir a llamar la atención por las ciudades. Lo cierto es que están muy serios cuando suben a la terraza.

-Venid. Mirad qué bonito panorama se ve desde aquí.
Y señala al horizonte variopinto. Al noroeste, montes altos, boscosos, que se alargan como una espina dorsal orientados de norte a sur (uno, detrás de Efraím, es verdaderamente un gigante verde que domina sobre los otros).

Al nordeste y al sureste, ondulantes collados más suaves. El pueblo está en una cuenca verde con horizontes lejanos -poco ondulados, entre las dos cadenas: la más alta y 1a más baja-que desde el centro de la región descienden hacia la llanura jordánica.

A través de un corte entre los montes más bajos, se vislumbra esa llanura verde en cuyo extremo está el Jordán azul. En plena primavera debe ser éste un lugar hermosísimo, todo verde y fértil. Por ahora los viñedos y huertos de árboles frutales interrumpen con su oscuro color el verde de los campos sembrados de cereales (que ya echan sus tiernos tallos afuera de la tierra) y de los pastos nutridos con este suelo feraz.

Si Juan llama desierto a eso que está tras Efraím, señal es de que bien suave era el desierto de Judea, al menos en esa zona -o hay que decir al menos que era desierto sólo por carecer de lugares habitados-, llena de bosques y pastos entre alegres torrentillos, bien distinta de las tierras de la zona del Mar Muerto, que con preciso nombre ya pueden ser llamadas desierto, porque son áridas y carecen de vegetación, si se exceptúan las matas bajas, espinosas, retorcidas, salpicadas de sal, de las pocas plantas desérticas nacidas entre los pedruscos diseminados y las arenas cargadas de sales. Pero este dulce desierto que está allende Efraím se decora, todavía en un largo espacio de terreno, con vides, olivos y árboles frutales; y ahora los almendros sonríen bajo el sol, esparcidos acá o allá y formando matas blanco-rosas en las laderas que pronto estarán cubiertas de los festones de las vides abiertas para nuevas frondas.

-Parece casi como estar en mi ciudad -dice Judas.
-También asemeja a Yuttá. Lo único es que allí el torrente está abajo y la ciudad arriba. Aquí, por el contrario, el pueblo parece estar dentro de una vasta concha con el río en el centro. ¡Es un pueblo rico de vid! Debe ser muy hermoso, y muy bueno, para los dueños, tener estas tierras -observa Pedro.

-Bendiga el Señor su tierra con los frutos del cielo y el rocío, con los manantiales que surgen de las profundidades, con los frutos producidos por el Sol y la Luna, con los frutos de las cimas de sus antiguos montes, con los frutos de sus eternos collados y las mieses de la abundancia de la tierra" está escrito (Deuteronomio 33, 13-16).

Y en estas palabras del Pentateuco basan su orgullosa obstinación en creerse superiores. Así es. Hasta la palabra de Dios y los dones de Dios, si caen en corazones soberbios, vienen a ser causa de ruina. No por sí, sino por la soberbia que altera su savia buena -dice Jesús.

-Y ellos del justo José han conservado sólo la furia del toro y la cerviz del rinoceronte. No me gusta estar aquí.

¿Por qué no me dejas ir con los otros? -dice Judas Iscariote.

-¿No te gusta estar conmigo? -pregunta Jesús dejando de observar el paisaje y volviéndose para observar a Judas.

-Contigo sí, pero no con los de Efraím.

-¡Bonita razón! ¿Y nosotros, entonces, que vamos a ir por Samaria o por la Decápolis -porque en el tiempo prescrito de sábado a sábado no podremos ir a otro lugar-vamos a ir, acaso, con santos? -dice Pedro reprendiendo a Judas, que no responde.

-¿Qué te importa quién tienes a tu lado si sabes amar todo a través de mí? Ámame en el prójimo y todos los lugares te serán iguales -dice tranquilo Jesús.

Judas tampoco le responde a Él.

-Y pensar que yo me tengo que marchar… ¡Con mucho gusto me quedaría aquí! Total… ¡para lo que sé hacer! Pon, al menos, al frente a Felipe o a tu hermano, Maestro. Yo… mientras se trate de decir: vamos a hacer esto, vamos a aquel sitio… bueno, todavía. ¡Pero si tengo que hablar!… Lo estropearé todo.

-La obediencia te hará hacer bien todo. Lo que hagas me gustará.

-Entonces… si te gusta a ti, me gusta a mí. Me basta con contentarte. Pero… ¡Ah, ya lo había dicho! ¡Ahí viene media ciudad!… ¡Mira! El arquisinagogo… los notables… sus mujeres… los niños y la gente! …

-Vamos a bajar a su encuentro -ordena Jesús, y se apresura a bajar la escalera mientras da una voz a los otros apóstoles para que salgan con Él fuera de casa.
Los habitantes de Efraím se acercan con señales de la más viva deferencia. Después de los saludos de rigor, uno, quizás el arquisinagogo, habla por todos:

-Bendito sea el Altísimo por este día, y bendito sea su Profeta que ha venido a nosotros porque ama a todos los hombres en nombre del Dios altísimo. Bendito seas Tú, Maestro y Señor, que te has acordado de nuestro corazón y de nuestras palabras y has venido a descansar en medio de nosotros. Te abrimos corazón y casas, pidiendo tu palabra para nuestra salud. Bendito sea este día porque por él el que sepa acogerlo con recto espíritu verá fructificar el desierto.

-Bien has hablado, Malaquías. El que sepa acoger con recto espíritu al que ha venido en nombre de Dios verá fructificar su desierto y convertirse en domésticas las plantas, fuertes pero agrestes, que en él hay. Yo estaré en medio de vosotros. Y vosotros vendréis a mí. Como buenos amigos. Y éstos llevarán mi palabra a los que la sepan acoger.

-¿No vas a enseñar Tú, Maestro? -pregunta un poco desilusionado Malaquías.

-He venido aquí para recogerme y orar. Para prepararme a las grandes cosas que van a suceder. ¿No os agrada el que
haya elegido vuestro lugar para mi sosiego?

-¡Sí! Verte orar será ya hacernos sabios. Gracias por habernos elegido para esto. No turbaremos tus oraciones ni permitiremos que sean turbadas por tus enemigos. Porque ya se sabe lo que ha sucedido y sucede en Judea. Haremos buena guardia. Y nos contentaremos con una palabra tuya cuando buenamente puedas decirla. Entretanto, acepta los dones de la hospitalidad.

-Soy Jesús y no rechazo a nadie. Por tanto, acepto lo que me ofrecéis para mostraros que no os rechazo. Pero si queréis amarme dad de ahora en adelante lo que me daríais a mí a los pobres del pueblo o a los que estén de paso. Yo sólo necesito paz y amor.

-Lo sabemos. Todo lo sabemos. Y esperamos darte eso, tanto como para hacerte exclamar: "La tierra que habría debido ser para mí Egipto, o sea, dolor, ha sido, como para José de Jacob, tierra de paz y gloria".

-Si me amáis aceptando mi palabra, lo diré.

Los habitantes de Efraím pasan sus dones a los apóstoles y luego se retiran, menos Malaquías y otros dos que le dicen algo en voz baja a Jesús.

Y se quedan los niños, cautivados por el hechizo habitual que Jesús emana hacia los niños; se quedan, sordos a las voces de sus madres, que los llaman, y no se marchan hasta que Jesús no los ha acariciado y bendecido. Entonces, gárrulos como golondrinas, cual golondrinas que baten las alas para alzar el vuelo, se echan a correr. Tras ellos se marchan también los tres hombres.

551-Los apóstoles son informados, después de un alto donde Nique, del decreto del Sanedrín.

Llegada a los confines de Judea
Al rayar, fresco y límpido, el alba, los campos que rodean la casa de Nique son todo un verdecer de cereales tiernos de pocos centímetros de altura y color delicado de clarísima esmeralda. Más cercano a la casa, el huerto, todavía desnudo de hojas, parece aún más oscuro y sólido en comparación con la delicadeza de los tallos herbáceos y con el cielo leve de serenidad paradisíaca. El vuelo de las palomas corona la casa blanca bajo los primeros rayos del día.

Nique está ya levantada. Diligente, se ocupa de que los que se marchan tengan todo lo que podrá aprovecharles en el camino. De los primeros que se despide es de los criados de Lázaro, a quienes ha hecho quedarse esa noche.

Ahora ellos, repuestas las fuerzas, se marchan poniendo sus caballos al trote. Luego entra en la cocina, donde las domésticas preparan leche y comida en unos fuegos grandes, y echa, de una jarra grande, aceite en dos jarras más pequeñas, y vino en pequeños odres de piel. Apremia a una criada, que está preparando formas de pan sutiles como tortas, para que las lleve enseguida al horno ya pronto.

Elige, de unas mesas grandes en que se secan los quesos al calor de la cocina, las piezas más logradas. Coge miel y la echa en pequeños recipientes con una tapadera segura.

Luego hace paquetes con todos estos alimentos: uno de ellos contiene un cabritillo entero, o lechazo, que la criada ha sacado de la varilla en que se asaba; otro es de manzanas rojas como corales; otro, de aceitunas ya compuestas; un tercero, de uvas secadas; uno, de cebada

limpia.
Está metiendo este último en el talego cuando entra en la cocina Jesús y saluda a todos los presentes.
-Maestro, paz a ti. ¿Ya levantado?

-Hubiera debido levantarme antes. Pero estaban tan cansados mis discípulos, que los he dejado dormir más. ¿Qué haces, Nique?

-Estoy preparando… No pesarán, ¿ves? Doce pesos. Y he calculado las fuerzas de los que los van a llevar.
-¿Y Yo?

-Maestro, Tú ya tienes tu peso… -y en los ojos de Nique se forma un reflejo de llanto.

-Ven conmigo afuera, Nique. Vamos a hablar tranquilamente.
Salen y se alejan de la casa.

-Mi corazón llora, Maestro…
-Lo sé. Pero se requiere ser fuertes. Fuertes pensando que no se me ha causado dolor…

-¡Eso nunca! Pero me había hecho ilusiones de poder estar a tu lado y por eso había ido a Jerusalén. Si no, me habría quedado aquí, donde tengo las tierras…
-También Lázaro, María y Marta creían que iban a poder estar conmigo. ¡Y ya ves!…

-Ya veo, sí, ya veo. No vuelvo a Jerusalén, ahora que no estás allí. Aquí estaré, en todo caso, más cerca de ti, y podré ayudarte.

-Ya has dado mucho…

-No he dado nada. Quisiera poder llevarte mi casa a donde vas. Pero iré, claro que iré, para ver lo que necesitas.

Ahora es justo lo que me has dicho que haga. Estaré aquí hasta que se convenzan de que Tú no estás. Pero luego…
-Es camino largo y penoso para una mujer, e inseguro.
-¡No tengo miedo! Soy demasiado vieja para gustar como mujer, y no llevo tesoros para ser deseada como presa. Los bandoleros son mejores que muchos que se creen santos y que son ladrones y quieren robarte la paz y la libertad…

-No los odies, Nique.

-Esto es más difícil para mí que cualquier otra cosa. Pero trataré de no odiar por tu amor… ¡He pasado toda la noche llorando, Señor!

-Te oía ir y venir por la casa, incansable como una abeja. Y me parecías una mamá apenada por el hijo perseguido… No llores. Deben llorar los culpables, no tú. Dios es bueno con su Mesías. En las horas más tristes pone siempre a mi lado un corazón materno…

-¿Y qué vas a hacer respecto a tu Madre? Me habías dicho que pronto iba a venir…

-Irá a Efraím… Lázaro se va a ocupar de avisarle. Ahí están Simón de Jonás y mis hermanos…
-¿Lo saben?

-Todavía nada, Nique. Se lo diré cuando estemos lejos…
-Y yo te diré a ti, cuando vaya, lo que sucede aquí y en Jerusalén.
Se unen a los apóstoles, que van saliendo de la casa uno tras otro en busca de Jesús.

-Venid, hermanos. Reponed fuerzas antes de salir. Está todo preparado.

-Nique, por nosotros, no ha dormido esta noche. Dad las gracias a esta buena discípula -dice Jesús, y entra en la amplia cocina en que, encima de una mesa de refectorio -tan grande es-humean tazones llenos de leche y emanan fragancia las tortas recién sacadas del horno, en las cuales Nique unta generosamente mantequilla y miel, diciendo que son alimentos fortalecedores para quien tiene que recorrer un largo camino en esas horas todavía muy frescas.

Pronto terminan de comer. Nique, mientras tanto, ha hecho los últimos envoltorios con el pan desenhornado, crujiente y fragante. Cada apóstol carga su peso, atado de forma que pueda ser llevado sin excesiva molestia.

Es la hora de salir. Jesús se despide y bendice. Los apóstoles se despiden. Pero Nique quiere acompañarlos hasta los lindes de sus campos, para regresar luego, lentamente, llorando en su velo mientras Jesús se aleja por un camino secundario que ella le ha indicado. Los campos están todavía desiertos.

La vereda pasa por campos de trigo tierno y por viñedos deshojados. Por tanto, faltan también los pastores, porque no llevan los rebaños a los terrenos cultivados. El sol calienta un poco el aire matinal. Las primeras florecillas en los lindes brillan como gemas bajo el velo del rocío que el sol enciende.

Los pájaros cantan sus primeros cantos de amor. Viene la primavera. Todo se embellece y renace, todo ama… Y Jesús va al exilio que precede a la muerte que el odio ha querido.

Los apóstoles no hablan. Van pensativos. La subitánea partida los ha desorientado. ¡Estaban tan seguros de que las aguas habían vuelto ya a su cauce! Caminan más encorvados de lo que el peso correspondiente de sus fardeles y de las provisiones de Nique pudieran plegarlos; los pliega la desilusión, la constatación de lo que son el mundo y los hombres.

Jesús, sin embargo, aunque no esté sonriente, no está triste ni deprimido. Va con la cabeza alta, delante de todos, sin arrogancia, pero también sin temor. Va como quien supiera bien a dónde debe ir y lo que debe hacer. Va como un hombre fuerte, como un héroe al que nada altera ni amilana.

El camino secundario termina en el principal. Jesús prosigue por este camino de primer orden manteniendo la dirección norte. Los apóstoles detrás, sin hablar. Siendo éste el camino que viene de Galilea, por la Decápolis y Samaria, hacia Judea, está transitado (más que nada, por caravanas de mercaderes).

La hora pasa y el sol tonifica cada vez más cuando Jesús deja el camino de primer orden para tomar otra senda que, por campos de trigo, se dirige hacia las primeras colinas.
Los apóstoles se miran unos a otros. Quizás empiezan a entender que no van hacia Galilea por el camino del valle del Jordán, sino que van hacia Samaria. Pero todavía no hablan.

Jesús, llegado a los primeros bosques de las colinas, dice:

-Vamos a pararnos y a descansar comiendo. El sol señala la mitad del día.

Están en la orilla de un pequeño torrente que lleva poca agua porque hace tiempo que no llueve. Pero la que lleva se ve limpia sobre el lecho guijarroso; y en sus orillas hay piedras grandes, esparcidas acá o allá, que pueden hacer de mesa y de asientos. Jesús bendice y ofrece los alimentos. Se sientan. Comen en silencio y como absortos.
Jesús los saca del ensimismamiento diciendo:

-¿No me preguntáis a dónde vamos? ¿La preocupación por el mañana os hace muda la lengua, o es que ya no os parezco vuestro Maestro?

Los doce levantan la cabeza. Son doce caras afligidas, o, al menos, desconcertadas, que se vuelven hacia el rostro tranquilo de Jesús, y un unánime «¡oh!» sale de las doce bocas. Y a la exclamación de todos sigue la respuesta de Pedro, que habla en nombre de todos:

-Maestro, sabes que para nosotros sigues siéndolo. Pero es que desde ayer estamos como uno que hubiera recibido un golpe fuerte en la cabeza. Y todo nos parece un sueño. Y Tú… Vemos y sabemos que eres Tú, pero nos pareces… ya como lejano. Nos ha quedado un poco esta sensación desde que hablaste con tu Padre antes de llamar a Lázaro, y desde que lo sacaste de allí así, atado, sólo con el medio de tu voluntad, y le diste vida sólo con la fuerza de tu poder. Casi nos das miedo. Hablo por mí.., pero creo que lo mismo les sucede a todos… Y además ahora…

Nosotros… ¡Marcharnos así… tan rápida y misteriosamente! …

-¿Tenéis doble miedo? ¿Sentís más amenazador el peligro?

¿No tenéis, sentís que no tenéis fuerza para afrontar y superar las últimas pruebas? Decidlo con la máxima libertad. Estamos todavía en Judea. Estamos cerca de los caminos bajos que llevan a Galilea. El que quiera puede marcharse, y marcharse a tiempo de no ganarse el odio del Sanedrín…

Los apóstoles se intranquilizan ante estas palabras: algunos, que estaban casi echados sobre la hierba templada por el sol, se sientan; otros, que estaban sentados, se ponen en pie.

Jesús continúa:

-Porque desde hoy soy el Perseguido legal; sabedlo. A esta hora está para ser leído, en las más de quinientas sinagogas de Jerusalén y en las de las ciudades que han podido recibir el decreto emitido ayer a la hora sexta, que soy el Gran Pecador y que quienquiera que sepa dónde estoy tiene el deber de denunciarme al Sanedrín para que éste me capture…

Los apóstoles gritan como si ya lo vieran preso. Juan se le echa al cuello gimiendo:

-¡Ah, siempre lo he presagiado! -y solloza fuertemente.

Unos imprecan contra el Sanedrín, otros invocan la justicia, otros lloran, otros permanecen como estatuas.

-Callad. Escuchad. Yo nunca os he engañado. Siempre os he dicho la verdad. Si he podido, os he defendido y tutelado.

Vuestra cercanía me ha resultado grata como la de los hijos. No os he ocultado ni siquiera mi última hora… mis peligros… mi pasión. Pero éstas eran cosas mías, exclusivamente mías. Ahora lo que hay que considerar son vuestros peligros, vuestra seguridad, la de vuestras familias. Os ruego que lo hagáis. Con libertad absoluta.

No lo consideréis a través del amor que me tenéis, a través de la elección que Yo he hecho de vosotros.

Imaginaos -puesto que Yo os dispenso de todo compromiso respecto a Dios y a su Cristo-que nos hemos encontrado aquí, ahora, por primera vez, y que vosotros, después de haberme escuchado, os sopesáis respecto a si conviene o no seguir al Desconocido cuyas palabras os han conmovido.

Imaginaos que me oís y veis por primera vez y que os digo: "Tened en cuenta que soy perseguido y odiado, y que el que me ama y sigue es perseguido y odiado como Yo, en la persona, en los intereses, en los afectos. Tened en cuenta que la persecución puede terminar incluso en la muerte y en la confiscación de los bienes familiares". Pensad, decidid

Y, aunque me digáis: "Maestro, yo no puedo seguir yendo contigo", os amaré. ¿Os entristecéis? No, no debéis entristeceros. Somos buenos amigos. Amigos que deciden con paz y amor lo que se ha de hacer, con recíproca compasión.

No puedo dejaros ir al encuentro del futuro sin haceros reflexionar. No os desdeño. Os amo a todos. Pero Yo soy el Maestro. Es evidente que el Maestro conoce a los discípulos. Yo soy el Pastor, y es evidente que el pastor conoce a sus corderos. Yo sé que mis corderos, introducidos en una prueba sin estar suficientemente preparados -no sólo en la sabiduría que viene del Maestro, y que, por tanto, es buena y perfecta, sino también en la reflexión que debe venir de ellos-, podrían fracasar o, al menos, no triunfar como atletas en un estadio. Sopesarse y sopesar es siempre una sabia medida. En las pequeñas cosas y en las grandes. Yo, Pastor, debo decir a mis corderos:

"Ved que ahora me adentro en un país de lobos y matarifes. ¿Tenéis fuerza para caminar entre ellos?". Podría también deciros quién no tendrá fuerza para resistir la prueba, a pesar de que os puedo tranquilizar y asegurar que ninguno de vosotros caerá a manos de los verdugos que sacrificarán al Cordero de Dios. Mi captura es de tal valor que les bastará… Pero, de todas formas, os digo: "Reflexionad".

Hace tiempo os decía: "No temáis a los que matan". Os decía: “Aquel que ha puesto la mano en el arado y se vuelve a considerar el pasado y lo que puede perder o ganar no es idóneo para mi misión".

Pero eran normas para daros la medida de lo que significaba ser los discípulos; eran normas para el futuro que vendrá cuando Yo ya no sea el Maestro, sino que lo serán mis fieles; estaban dadas para daros un alma fuerte.

Pero incluso esta fortaleza, que es innegable que habéis alcanzado respecto a la nada que erais -hablo de vuestro espíritu-, es todavía demasiado poca respecto a la magnitud de la prueba. No penséis en vuestro corazón: "¡El Maestro se escandaliza de nosotros!". No me escandalizo.

Es más, os digo que tampoco vosotros debéis, ni deberéis, escandalizaros de vuestra debilidad. En todos los tiempos que vendrán, entre los miembros de mi Iglesia, tanto corderos como pastores, habrá personas que estarán por debajo de la magnitud de su misión. Habrá épocas en que los pastores ídolos y los fieles ídolos sean más numerosos que los verdaderos pastores y fieles; épocas de eclipse del espíritu de fe en el mundo. Pero el eclipse no significa la muerte de un astro. Es únicamente un momentáneo oscurecimiento más o menos parcial del astro.

Después, su belleza vuelve a aparecer y parece más luminosa. Lo mismo sucederá con mi Redil. Os digo:

"Reflexionad". Os lo digo como Maestro, Pastor y Amigo. Os dejo en plena libertad de examinar esto conjuntamente. Voy allí, a aquella espesura, a orar. Uno por uno iréis a decirme lo que habéis pensado. Y bendeciré vuestra honestidad sincera, sea cual fuere. Y os querré por todo lo que ya hasta ahora me habéis dado. Adiós.
Se levanta y se va.

Los apóstoles están asustados, perplejos, impresionados. En ese momento no son capaces ni siquiera de hablar. El primero que habla es Pedro. Dice:

-¡Que me trague el infierno si quiero dejarlo! Estoy seguro de mí. ¡Ni aunque arremetieran contra mí todos los demonios que hay en la Gehena, con Leviatán a la cabeza, me separaría de Él por miedo!

-Y yo tampoco. ¿Voy a ser yo menos que mis hijas? -dice Felipe.

-Estoy seguro de que no le van a hacer nada. El Sanedrín amenaza, pero lo hace para convencerse de que existe todavía. El Sanedrín es el primero en saber que nada sucede si Roma no quiere. ¡Sus condenas! ¡Es Roma la que condena! -dice Judas Iscariote ufano.

-Pero para cosas religiosas es todavía el Sanedrín -observa Andrés.

-¿Acaso tienes miedo, hermano? Mira que en la familia no ha habido nunca gente vil -advierte con tono amenazador Pedro, que siente en su corazón un espíritu muy belicoso.

-No tengo miedo y espero poder demostrarlo. Sólo le estoy diciendo a Judas lo que pienso.

-Tienes razón. Pero el error del Sanedrín es querer usar el arma política para no querer decir, y no querer oír que le digan, que ellos han alzado la mano contra el Cristo.

Lo sé seguro. Quisieran, es decir, hubieran querido, hacer caer al Cristo en pecado para que la muchedumbre lo despreciara. ¿Pero, matarlo? ¿Ellos? ¡No! ¡Tienen miedo! Un miedo sin cotejo humano, porque es miedo de alma. ¡Bien saben ellos que Él es el Mesías! Lo saben. Lo saben tanto, que sienten que es el fin de ellos porque llega el tiempo nuevo. Y quieren destruirlo. Pero, ¿destruirlo ellos? No.

Por eso buscan la razón política, para que sea el Gobernador, para que sea Roma, quienes lo destruyan. Pero el Cristo no causa perjuicios a Roma, y Roma no le hará ningún mal. Así que el Sanedrín alza en vano sus gritos.

-¿Entonces tú sigues con Él?
-Por supuesto. ¡Más que nadie!

-Yo no tengo nada que perder ni que ganar, sea que me quede, sea que me vaya. Sólo tengo el deber de amarlo. Y lo haré -dice el Zelote.

-Yo lo reconozco como el Mesías y, por tanto, le sigo -dice Natanael.

-Yo también. Creo que lo es desde que Juan el Bautista me lo indicó diciendo que lo era -dice Santiago de Zebedeo.

-Nosotros somos sus hermanos. A la fe unimos el amor de la sangre. ¿No es verdad, Santiago? -dice Judas Tadeo.

-Jesús es mi Sol desde hace años. Sigo su curso. Si cae en el abismo excavado por los enemigos, yo le seguiré -responde Santiago de Alfeo.

-¿Y yo? ¿Puedo olvidarme de que me ha redimido? -pregunta Mateo.

-Mi padre me maldeciría siete y siete veces si lo dejara. Además, aunque sólo sea por amor a María, no me separaré jamás de Jesús -dice Tomas.

Juan no habla. Está cabizbajo, abatido. Los otros toman su actitud como debilidad y, muchos de ellos, le preguntan.

-¿Y tú? ¿Sólo tú te quieres marchar?

Juan levanta la cara, una cara llena de pureza incluso en gestos y miradas, y, mirando fijamente con sus limpios ojos azules a los que le preguntan, dice:

-Estaba orando por todos nosotros. Porque nosotros queremos hacer y decir, y presumimos de nosotros, y no nos damos cuenta de que, haciéndolo, ponemos en duda las palabras del Maestro. Si Él considera deficiente nuestra formación, señal es que es así. Si en tres años no nos hemos formado, no nos vamos a formar en unos pocos meses…

-¿Qué dices? ¿En unos pocos meses? ¿Y tú qué sabes? ¿Acaso eres profeta? -le acometen casi censurándolo.
-Nada soy yo.

-¿Y entonces? ¿Qué sabes? ¿Es que te lo ha dicho Él? Tú sabes siempre sus secretos… -dice, envidioso, Judas de Keriot.

-No me aborrezcas, amigo, porque sepa comprender que el tiempo sereno ha terminado. ¿Cuándo será? No lo sé. Sé que será. Él lo dice. ¡Cuántas veces lo ha dicho! No queremos creer. Pero el odio de los otros confirma sus palabras…

Y entonces oro; porque no hay otra cosa que hacer; rogar a Dios que nos haga fuertes. ¿No recuerdas, Judas, cuando nos dijo que oró al Padre para tener fuerza en las tentaciones? Toda fuerza viene de Dios. Yo imito a mi Maestro, como debe hacerse…

-Bueno, pero ¿te quedas? -pregunta Pedro.
-¿Y a dónde quieres que vaya sí no me quedo con Él, que es mi vida y mi bien? Pero, dado que soy un pobre niño, el más mísero de todos, pido todo a Dios, Padre de Jesús y nuestro.

-Ya está dicho. Entonces todos nos quedamos. Vamos donde Él. Está triste. Nuestra fidelidad le pondrá alegre -dice Pedro.

Jesús está postrado en oración. Rostro en tierra entre las hierbas, suplicando, ciertamente, a su Padre. Pero, con el rumor de los pasos, se alza y mira a sus doce; los mira con una seriedad un poco triste.

-Alégrate, Maestro. Ninguno de nosotros te abandona -dice Pedro.

-Habéis decidido demasiado pronto y…
-Ni horas ni siglos modificarán nuestro pensamiento -dice Pedro.

-Ni las amenazas nuestro amor -profesa Judas Iscariote.
Jesús deja de mirarlos en grupo para fijar su mirada en cada uno de ellos. Es una mirada larga, aguantada sin miedo por todos. Su mirada se detiene especialmente en Judas Iscariote, que lo mira más seguro que ningún otro.

Abre los brazos con gesto de resignación y dice:
-Vamos. Vosotros, todos, habéis signado vuestro destino.
Vuelve al sitio de antes, recoge su fardel, ordena:
-Tomamos el camino que lleva a Efraím, el que nos han enseñado.

-¿A Samaria?
El estupor es enorme.

-A Samaria. Al menos a la zona limítrofe de ella. También Juan fue a esos lugares para vivir hasta la hora señalada para su predicación del Cristo.

-¡Pero no se salvó por ello! -objeta Santiago de Zebedeo.

-No busco salvarme. Busco salvar. Y salvaré en la hora señalada. El Pastor perseguido va hacia las ovejas más desdichadas, para que ellas, las abandonadas, tengan su parte de sabiduría que las prepare para el tiempo nuevo.

Va con paso veloz, después de este alto en el camino que ha servido para descansar y respetar el sábado, queriendo llegar antes de que la noche haga impracticables los senderos.

Cuando llegan al torrentillo que viene de Efraím y va hacia el Jordán, Jesús llama a Pedro y a Natanael y les da una bolsa diciéndoles:

-Adelantaos. Buscad a María de Jacob. Recuerdo que Malaquías me dijo que era la más pobre del lugar, a pesar de que tenga una casa grande, ahora que ya no tiene en ella hijos ni hijas. Estaremos en su casa. Dadle buen dinero, para que nos dé enseguida alojamiento sin hablar con mil. La casa sabéis cuál es. La grande que está a la sombra de los cuatro granados, casi en el puente del torrente.

-Lo sabemos, Maestro. Haremos como Tú dices.
Se marchan diligentemente. Jesús los sigue, con los demás, lentamente.

Desde la cuenca que el torrente divide en dos semicuencas, se ve albear el pueblo con las últimas luces del día y los primeros candores lunares. No hay un alma por la calle cuando llegan a la casa ya toda blanca de luna. Sólo el torrente tiene voz en el silencio nocturnal. Volviéndose y mirando al horizonte, se ve un gran espacio de cielo estrellado curvado sobre una gran vastedad de terreno en declive hacia la llanura desierta que baja al Jordán. Una paz profunda reina en esa tierra.

Llaman a la puerta. Pedro abre:

-Todo hecho, Señor. La anciana, al ver que le daban monedas, ha llorado. Ya no tenía una perra. Le he dicho:

"No llores, mujer. Donde está Jesús de Nazaret el dolor deja de estar". Me ha respondido: "Lo sé. He sufrido toda mi vida y ahora me sentía realmente en el límite del sufrimiento. Pero el Cielo se ha abierto para mí en el ocaso de mi vida y me trae la Estrella de Jacob para darme paz". Ahora está allí preparando las habitaciones que llevan mucho tiempo cerradas. ¡Mmm! Hay muy poco. Pero la mujer parece muy buena. ¡Ahí está! "¡Mujer! ¡El Rabí está aquí!

Se acerca una viejecita avellanada, de mansos ojos llenos de melancolía. Se para azarada a unos pasos de Jesús. Está acobardada.

-La paz a ti, mujer. No te voy a causar muchas molestias.
-Yo… quisiera… quisiera que caminaras sobre mi corazón para hacerte más dulce la entrada en mi pobre casa. Entra, Señor y entre Dios contigo.

Con la luz de la mirada de Jesús, ha cobrado nuevo aliento y valor.

Entran todos. Cierran la puerta. La casa es tan grande como una posada y está tan vacía como un lugar abandonado.

Sólo la cocina está alegre, debido al fuego que llamea en el centro de ella, en el hogar.

Bartolomé, que alimentaba el fuego, se vuelve y sonríe mientras dice:

-Consuela a la mujer, Maestro. Está apenada porque no puede honrarte como quisiera.

-Me basta tu corazón, mujer. No te preocupes de nada. Mañana remediaremos las carencias. Yo también soy un pobre. Traed las provisiones. Entre los pobres se comparte el pan y la sal sin avergonzarse y con amor fraterno, que, para ti, mujer, es filial porque podrías ser mi madre y Yo te honro como hijo…

La mujer derrama silenciosas lágrimas de anciana afligida y se enjuga los ojos con su velo; susurra:

-Tenía tres hijos varones y siete niñas. A un hijo se me lo llevó el torrente y a otro la fiebre, el tercero me abandonó. Cinco de las niñas se cogieron el mal de su padre y murieron, la sexta murió de parto y la séptima… lo que no hizo la muerte lo hizo el pecado. En mi vejez no recibo honor de mis hijos, y ello me causa… En el pueblo son buenos… pero con la pobre mujer, mientras que Tú eres bueno con la madre…

-Tengo una madre Yo también. En toda mujer que es madre honro a la mía. Pero no llores. Dios es bueno. Ten fe, y los hijos que te quedan podrán regresar a ti todavía. Los otros descansan en paz…

-Yo lo veo como un castigo por ser de estos lugares…
-Ten fe. Dios es más justo que los hombres…

Vuelven los apóstoles que habían ido con Pedro a las habitaciones. Traen las provisiones. Calientan en el fuego el corderito que Nique había asado. Lo llevan a la mesa. Jesús ofrece y bendice, y quiere que la ancianita esté con ellos, no comiendo en su rinconcito la pobre achicoria de su cena…

El exilio en los confines de Judea ha comenzado…

550- Misión de amor para Lázaro y contemplación absoluta para su hermana María.

Jesús debe huir a Samaria
Es hermoso estar así, descansando, rodeado del amor de los amigos, con el Maestro, en estos días de sol que ya reflejan una primera precoz sonrisa de la primavera; mirando a los campos, que ya abren su tierra al verdecer inocente de los cereales que brotan; mirando a los prados, que rompen el verde uniforme del invierno con las primeras florecillas multicolores; mirando a los setos, que, en los lugares más expuestos al sol, presentan ya sonrisas de yemas semiabiertas, mirando a los almendros, que ya forman espuma en sus copas por las primeras flores que nacen.

Y Jesús goza de ellos, y también los apóstoles, como los tres amigos de Betania. ¡Parecen tan lejanos la malevolencia, el dolor, la tristeza, la enfermedad, la muerte, el odio, la envidia, todas aquellas cosas que constituyen dolor, tormento, preocupación en la Tierra…!

Los apóstoles, todos, están jubilosos, y lo expresan. Manifiestan su persuasión -¡tan segura, tan triunfante!-de que ya Jesús ha vencido a todos sus enemigos, de que su misión irá adelante sin obstáculos, de que será reconocido como Mesías hasta por los más tenaces en negar esto. Hablan un poco exaltados. Están eufóricos, haciendo proyectos para el futuro, soñando… soñando mucho… y humanamente; tanto, que se los ve rejuvenecidos.

El más exaltado, por esa psique suya que le lleva siempre a los extremos, es Judas de Keriot. Se autofelicita por haber sabido esperar y por haber actuado hábilmente; se autofelicita por su larga fe en el triunfo del Maestro, por haber plantado cara a las amenazas del Sanedrín…

Está tan exaltado, que al final dice, en medio del estupor atónito de sus compañeros, algo que hasta este momento ha mantenido oculto: -Sí, me querían comprar, me querían seducir con lisonjas, y con amenazas, al ver que aquéllas no producían efecto. ¡Si supierais! Pero les he pagado con la misma moneda.

He fingido estima por ellos, como ellos por mí; les he lisonjeado, como ellos me lisonjeaban; los he traicionado, como ellos querían traicionarme… porque es lo que querían hacer. Querían hacerme creer que probaban al Maestro con espíritu bueno para poder proclamarlo solemnemente el Santo de Dios.

¡Pero yo los conozco! Yo los conozco. Y, en todas las cosas que me decían que querían hacer, me movía hábilmente, de forma que la santidad de Jesús apareciera más radiante que el Sol de mediodía en un cielo sin nubes… Este juego mío era peligroso, porque… ¡si se hubieran dado cuenta!…

Pero estaba dispuesto a todo, incluso a la muerte, por servir a Dios en mi Maestro. Y de esta forma sabía todo… ¡Claro, algunas veces os habré parecido un loco, o malo o huraño! ¡Si hubierais sabido esto!… ¡Sólo yo sé cómo han sido mis noches, y qué precauciones debía tener para hacer el bien sin llamar la atención de nadie! Todos me habéis mirado un poco con sospecha. Ya lo sé.

Pero no os guardo rencor por ello. Mi modo de actuar… sí… podía crear sospechas. Pero el fin era bueno, y eso era lo único que me preocupaba. Jesús no sabe nada. O sea, creo que Él también me mira con sospechas. Pero sabré callar, sin exigir una alabanza suya. Guardad silencio también vosotros. Un día, al principio de estar con Él -y tú, Simón Zelote, y tú, Juan de Zebedeo, estabais conmigo— me corrigió porque me había gloriado de tener sentido práctico de las cosas. Desde entonces yo… no le he hecho observar esta cualidad, pero he seguido usándola, para bien suyo. He obrado como una madre con su hijo inexperto.

La madre le quita los obstáculos del camino, le acerca la rama sin espinas y le alza la que puede herirle; o, con juiciosas acciones, lo lleva a hacer aquello que debe saber hacer y a evitar lo malo, sin que siquiera el hijo se dé cuenta. Es más, el hijo cree que ha conseguido por sí solo caminar sin tropezar, recoger una bonita flor para su mamá, o hacer esa cosa o aquella otra.

Yo he hecho lo mismo con el Maestro. Porque la santidad no es suficiente en un mundo de hombres y de diablos. Hay que luchar con armas iguales, al menos con armas de hombre… y, algunas veces… no viene mal meter entre las otras armas un poco de astucia de infierno. Así pienso yo. Pero Él no quiere oír estas ideas… Es demasiado bueno… Bien. Yo comprendo todo y comprendo a todos, y os perdono a todos los malos pensamientos que hayáis podido tener respecto a mí.

Ahora ya sabéis. Ahora nos queremos como buenos compañeros, todo por amor a Él y para gloria suya -y señala a Jesús, que pasea mucho más lejos, por un paseo lleno de sol, hablando con Lázaro, que lo escucha con una sonrisa de éxtasis en su rostro.

Los apóstoles se alejan en dirección a la casa de Simón. Jesús, sin embargo, se acerca con su amigo. Los oigo.
Dice Lázaro:

-Sí. Había comprendido que había una finalidad grande, benigna sin duda, en el hecho de dejarme morir. Pensaba que quizás era por evitarme ver la persecución de que eres objeto. Y, Tú sabes que digo la verdad, estaba contento de morir para no verla. Me irrita. Me turba. Mira, Maestro, he perdonado muchas cosas a los jefes de nuestro pueblo. He tenido que perdonar hasta en los últimos días…
Elquías… Pero la muerte y la resurrección han borrado lo que había antes de ellas. ¿Para qué recordar las últimas acciones de ellos para causarme dolor? He perdonado todo a María. Ella parece dudarlo. Es más, no sé por qué, pero desde que he resucitado ha tomado respecto a mí una actitud tan… no sé cómo definirla; de una mansedumbre y acatamiento tan poco comunes en mi María… Ni siquiera en los primeros momentos después de volver aquí, redimida por ti, era así…

Bueno, quizás Tú sabes y me puedes decir algo al respecto, porque María te dice todo… Quizás sabes si los que vinieron aquí la censuraron demasiado. Yo siempre, cuando la veía absorta en la idea de su pasado, trataba de disminuir el recuerdo de su error, para medicar su sufrimiento. No logra restablecerse en sosiego.

¡Y parece tan… por encima de cualquier tipo de abatimiento!… A algunos les podrá parecer incluso poco arrepentida… Pero yo comprendo… Yo sé. Hace de todo por expiar. Pienso que hace grandes penitencias, de todo tipo. No me extrañaría que bajo sus vestidos llevara un cilicio, ni que su carne conociera las dentelladas de los azotes…

Pero el amor fraterno que tengo yo y que quiere sostenerla interponiendo un velo entre el pasado y el presente, no lo tienen los demás… ¿Tú sabes si, acaso, ha sido maltratada por alguien que no sepa perdonar… de forma que esté necesitada de perdón?

-No lo sé, Lázaro. María no me ha hablado de esto. Sólo me ha dicho que ha sufrido mucho oyendo la insinuación de los fariseos de que Yo no era el Mesías porque no te curaba o no te resucitaba.

-¿Y… no te ha dicho nada de mí? Es que… yo sufría mucho… y recuerdo que mi madre, en sus últimas horas, manifestó cosas que tanto a Marta como a mí nos habían pasado desapercibidas: fue como si el fondo de su alma y de su pasado subiera nuevamente a la superficie con las últimas convulsiones del corazón.

Mi temor es… Mi corazón ha sufrido mucho por María… y ha hecho mucho esfuerzo para que no percibiera nunca lo que por ella he sufrido… Mi temor es el haberla herido ahora que es buena, mientras que, antes por amor de hermano y luego por amor a ti, nunca la había herido en el tiempo infame, cuando ella era un oprobio. ¿Qué te ha dicho de mí, Maestro?

-Me ha manifestado su dolor por haber tenido demasiado poco tiempo para darte su santo amor de hermana y condiscípula. Perdiéndote ha medido toda la extensión de los tesoros de afecto que en el pasado había pisoteado… y ahora se siente feliz de poderte dar todo el amor que quiere darte, para decirte que tú para ella eres el santo, amado hermano.

-¡Ah, es lo que había intuido! Esto me da satisfacción. Temía haberla ofendido… Desde ayer pienso, pienso… me esfuerzo en recordar… pero no lo logro…

-¿Pero por qué quieres recordar? Tienes el futuro por delante. El pasado ha quedado en la tumba. Es más, ni siquiera ha quedado allí. Ha sido consumido por el fuego junto con las vendas fúnebres.

Pero, si esto te tranquiliza, te diré las últimas palabras que tuviste para tus hermanas, para María sobre todo. Dijiste que por María Yo he venido aquí y vengo, porque María sabe amar más que todos los demás. Es verdad. Le dijiste que ella te ha amado más que todos los que te han amado. Esto también es verdad, porque ella te ha amado renovándose por amor a Dios y a ti.

Le dijiste que toda una vida de delicias no te habría dado la alegría que has experimentado gracias a ella. Y las bendijiste, como los patriarcas bendecían a sus más amados hijos. Bendijiste igualmente a Marta, y la llamaste "tu paz", y a María, y la llamaste "tu alegría". ¿Te sientes en paz ahora?

-Ahora sí, Maestro. Me siento en paz.
-Pues entonces, dado que la paz da misericordia, perdona también a los jefes del pueblo que me persiguen. Porque esto es lo que querías decir: que todo puedes perdonarlo, pero no el mal que me hacen a mí.

-Así es, Maestro.
-No, Lázaro. Yo los perdono. Tú debes perdonarlos, si quieres asemejarte a mí.

-¡Oh! ¡Asemejarme a ti! No puedo. ¡Soy un simple hombre!
-El hombre ha quedado allá abajo. ¡El hombre! Tu espíritu… Tú sabes lo que sucede cuando muere un hombre…

-No, Señor, no recuerdo nada de lo que me ha sucedido -interrumpe vehementemente Lázaro.
Jesús sonríe y responde:

-No hablaba de tu personal saber, de tu experiencia particular. Hablaba de lo que todo creyente sabe que le sucede cuando muere.

-¡Ah! El Juicio particular. Lo sé. Lo creo. El alma se presenta a Dios, y Dios la juzga.

-Así es. Y el juicio de Dios es justo e inviolable. Y tiene un infinito valor. Si el alma juzgada es culpable mortalmente, pasa a ser alma réproba; si es levemente culpable, es enviada al Purgatorio; si es justa, va a la paz del Limbo, a la espera de que Yo abra las puertas de los Cielos. Así pues, Yo he hecho regresar a tu espíritu habiendo sido ya juzgado él por Dios. Si hubieras sido un réprobo, no te habría podido llamar de nuevo a la vida, porque, haciéndolo, habría anulado el juicio de mi Padre.

Para los réprobos no hay ya mutaciones. Están juzgados para siempre. Por tanto, tú estabas dentro del número de los no réprobos, y, por tanto, estabas en la clase de los bienaventurados o de los que son bienaventurados después de la purificación. Pero, reflexiona, amigo mío. Si la sincera voluntad de arrepentimiento que puede tener el hombre siendo todavía hombre, o sea, carne y alma, tiene valor de purificación; si un simbólico rito de bautismo en las aguas, buscado por contrición respecto a las inmundicias contraídas en el mundo y por la carne, tiene para nosotros, hebreos, valor de purificación, ¿qué valor tendrá el arrepentimiento, más real y perfecto, mucho más perfecto, de un alma liberada de la carne, consciente de lo que Dios es, iluminada acerca de la gravedad de sus errores, iluminada acerca de la magnitud de la alegría que ha alejado de sí por horas, años o siglos: la alegría de la paz del Limbo, que poco después será la alegría de una posesión de Dios ya alcanzada:

¿qué será la purificación dúplice, ternaria, del arrepentimiento perfecto, del amor perfecto, del baño en el ardor de las llamas encendidas por el amor de Dios y por el amor a los espíritus, en el cual y por el cual los espíritus se despojan de toda impureza y surgen hermosos como serafines, coronados por algo que no corona ni siquiera a los serafines: el martirio terreno y ultraterreno, contra los vicios y por el amor? ¿Qué será? Dilo, amigo mío.

-Pues… no sé… una perfección. Mejor… una nueva creación.

-Eso es. Has dicho la palabra precisa. El alma queda como recreada. El alma queda como la de un recién nacido. Es nueva. Desaparece todo el pasado, su pasado de hombre.

Cuando desaparezca la culpa de origen, el alma, ya sin mancha ni sombra de manchas, será supercreada y será digna del Paraíso. Yo he hecho regresar tu alma, que ya se había recreado por la determinación al Bien, por la expiación del sufrimiento y de la muerte, y por tu perfecto arrepentimiento y amor alcanzados después de la muerte.

Tienes, pues, un alma completamente inocente, cual la de un niño de unas horas. Y si eres un niño recién nacido, ¿por qué quieres vestir esta niñez espiritual con los molestos, pesados indumentos del hombre adulto? Los niños tienen alas y no cadenas para su espíritu alegre. Los niños me imitan con facilidad, porque no han adquirido todavía ninguna personalidad. Se hacen como Yo soy, porque en su alma exenta de improntas se puede imprimir, sin confusión de rasgos, mi figura y mi doctrina. En su alma no hay recuerdos humanos, ni resentimientos ni prejuicios.

No hay nada, y puedo estar Yo ahí, perfecto, absoluto, como estoy en el Cielo. Tú, que te encuentras como renacido, uno que ha nacido nuevamente, porque en tu vieja carne la capacidad motora es nueva, no tiene pasado, ni mancha, ni huellas de lo que fue; tú, que has regresado para servirme, sólo para esto, debes, más que todos, ser como Yo soy.

Mírame. Mírame bien. Espéjate en mí, refléjame en ti: dos espejos que se miren para reflejar, el uno en el otro, 1a figura de lo que aman. Tú eres hombre y eres niño. Eres hombre por la edad, eres niño por la pureza de corazón.

Tienes, respecto a los niños, la ventaja de conocer ya el Bien y el Mal, y de haber sabido ya elegir el Bien incluso antes del bautismo en las llamas del amor. Pues bien, Yo te digo a ti, hombre cuyo espíritu está limpio por la purificación vivida:

"Sé perfecto como lo es el Padre nuestro de los Cielos y como Yo lo soy. Sé perfecto, o sea, semejante a mí, que te he amado tanto, que he ido contra todas las leyes de la vida y de la muerte, del Cielo y de la Tierra, para tener de nuevo en la Tierra a un siervo de Dios y a un verdadero amigo; y, en el Cielo, un bienaventurado, un gran bienaventurado". Esto lo digo a todos:

"Sed perfectos". Y ellos, la mayoría, no tienen el corazón que tú tenías, digno del milagro, digno de ser tomado como instrumento para esta glorificación de Dios en su Hijo. Y ellos no tienen tu deuda de amor para con Dios… Puedo decírtelo, puedo exigírtelo a ti. Y en primer lugar lo exijo en una cosa: en no guardar rencor a quien te ha ofendido y me ofende. Perdona, perdona, Lázaro. Has sido sumergido en las llamas, en las llamas encendidas por el amor. Debes ser "amor", para no conocer nunca otra cosa que no sea el abrazo de Dios.

-¿Y, haciéndolo así, cumpliré la misión para la que me has resucitado?

-Haciéndolo la cumplirás.

-Es suficiente esto, Señor; no necesito ni preguntar ni saber más. Servirte era mi sueño. Si te he servido incluso en la nada que puede hacer un enfermo y un muerto, y si voy a poder servirte en lo mucho que puede hacer uno que ha sido curado, mi sueño está cumplido y no pido nada más.

¡Bendito seas, Jesús, Señor y Maestro mío! Y, contigo, bendito sea el que te ha enviado.

-Bendito sea siempre el Señor Dios omnipotente.
Van hacia la casa, deteniéndose de vez en cuando a observar el despertar de los árboles, y Jesús alza un brazo y, como es alto, coge un ramito de flores de un almendro que se calienta al sol contra la pared meridional de la casa.

Sale María, que los ve y se acerca a oír lo que Jesús dice:

-¿Ves, Lázaro? También a éstas el Señor les ha dicho: "Salid afuera". Y ellas han obedecido para servir al Señor.

-¡Qué misterio es la germinación! Parece imposible que del tronco duro o de la dura semilla puedan salir pétalos tan frágiles y tallos tan tiernos, y transformarse en fruta o en plantas. ¿Es erróneo, Maestro, decir que la savia o el germen son como el alma de la planta o de la semilla?

-No es erróneo, porque es la parte vital. En ellas no es eterna, y creada para cada especie en el primer día en que árboles y cereales existieron. En el hombre es eterna, semejante a su Creador, creada una a una para cada nuevo hombre que es concebido. Pero es por ella por la que la materia vive.

Por este motivo te digo que sólo por el alma el hombre vive. No sólo aquí, sino también después. Vive por su alma. Nosotros, hebreos, no hacemos dibujos en los sepulcros, como los hacen los gentiles. Pero, si los hiciéramos, deberíamos dibujar siempre no la antorcha apagada, no la clepsidra vacía u otro símbolo de fin; antes bien, la semilla arrojada al surco y que se hace espiga. Porque es la muerte de la carne la que libera al alma de la corteza y la hace fructificar en los jardines de Dios. La semilla: esa chispa vital que Dios ha puesto en nuestro polvo y que se hace espiga, si sabemos, con la voluntad, y también con el dolor, hacer fértil a la porción de tierra que la ciñe. La semilla: el símbolo de la vida que se perpetúa… Pero Maximino te llama…

-Voy, Maestro. Serán administradores… Todo estaba parado en estos últimos meses. Ahora vienen solícitos a presentarme las cuentas…

-Que apruebas de antemano porque eres un buen patrón.
-Y porque ellos son buenos subordinados.
-El buen patrón hace buenos subordinados.

-Entonces yo voy a ser un buen subordinado, porque te tengo a ti como perfecto Patrón -y se marcha sonriendo, ágil, ¡tan distinto del pobre Lázaro de antes, del Lázaro de los años anteriores!…
Con Jesús se queda María.
-¿Y tú, María, vas a ser una buena sierva de tu Señor?
-Tú puedes saberlo, Rabbuní. Yo… sólo sé que he sido una gran pecadora.
Jesús sonríe:

-¿Has visto a Lázaro? También él era un gran enfermo, y, a pesar de ello, ¿no te parece que ahora está bien sano?
-Así es, Rabbuní. Tú lo has curado. Lo que haces Tú es siempre total. Lázaro no ha estado nunca tan fuerte y alegre como desde que ha salido del sepulcro.

-Tú lo has dicho, María. Lo que hago Yo es siempre total. Por eso, también tu redención es total, porque Yo la he realizado.

-Es verdad, mi amado Salvador, Redentor, Rey, Dios. Es verdad. Y, si así lo quieres, yo también seré una buena sierva de mi Señor. Yo, por mi parte, lo quiero, Señor. No sé si Tú lo quieres.

-Lo quiero, María. Una buena sierva mía. Hoy más que ayer, mañana más que hoy. Hasta que Yo te diga: “Basta así,
María. Es la hora de tu descanso".

-De acuerdo, Señor. Quisiera que me llamaras Tú entonces, como has llamado a mi hermano del sepulcro. ¡Llámame de la vida!

-No "de la vida". Te llamaré a la Vida, a la verdadera Vida. Te llamaré del sepulcro que son la carne y la Tierra, te llamaré al desposorio de tu alma con tu Señor.

-¿Mi desposorio? Tú amas a los que son vírgenes, Señor…
-Yo amo a los que me aman, María.

-¡Eres divinamente bueno, Rabbuní! Por eso no lograba serenarme cuando oía que te llamaban malo porque no venías. Era como sentir que todo se venía abajo. ¡Qué esfuerzo el tener que decirme a mí misma: "No. ¡No! No debes aceptar esta evidencia. Esto que te parece evidencia es un sueño. La realidad es el poder, la bondad, la divinidad de tu Señor"!

¡Cuánto he sufrido! Mucho ha sido el dolor por la muerte de Lázaro y por sus palabras… ¿Te ha referido algo? “No recuerda" Dime la verdad…

-No miento nunca, María. Lázaro teme haber hablado y haber manifestado lo que había sido el dolor de su vida. Pero Yo, sin mentir, lo he serenado, y ahora está tranquilo.

-Gracias, Señor. Esas palabras… en mí produjeron un bien. Sí. Como produce un bien la cura de un médico que pone al descubierto las raíces de un mal y las cauteriza. Esas palabras terminaron de aniquilar a la vieja María. Tenía todavía un concepto demasiado alto de mí. Ahora… mido el fondo de mi ruindad y sé que debo andar mucho para remontarlo. Pero lo andaré, si me ayudas.

-Te ayudaré, María. Incluso cuando me haya marchado, te ayudaré.

-¿Cómo, mi Señor?

-Aumentando tu amor hasta una medida incalculable. Para ti no hay otro camino aparte de éste.

-¡Demasiado dulce para lo que tengo que expiar! Todos se salvan con el amor. Todos ganan el Cielo. Pero lo que es suficiente para los puros, para los justos, no es suficiente para la gran culpable.

-No hay otro camino para ti, María. Porque, cualquiera que sea el camino que tomes, ese camino será siempre amor: amor si haces el bien en mi Nombre, amor si evangelizas, amor si te aíslas, amor si te martirizas, amor si te entregas al martirio. Tú sólo sabes amar, María. Es tu naturaleza.

Las llamas sólo pueden arder, bien sea que se arrastren por el suelo quemando pajuz, bien sea que suban como un abrazo de resplandores en torno a un tronco, a una casa o a un altar para lanzarse al cielo. A cada uno su naturaleza. La sabiduría de los maestros de espíritu está en saber aprovechar las tendencias del hombre orientándolas hacia el camino por el que puedan resolverse en bien.

En las plantas y en los animales también existe esta ley, y sería necio el pretender que un árbol frutal diera sólo flores, o que diera frutos distintos de los que se siguen de su naturaleza, o que un animal llevara a cabo funciones que son propias de otra especie.

¿Podrías pretender que esa abeja destinada a producir miel se transformara en un pajarillo que cantara entre las ramas de los setos? ¿O que esta ramita de almendro que tengo en mis manos, junto con el propio almendro de donde la he arrancado, en vez de almendras diera a través de su corteza gotas de resinas aromáticas? La abeja trabaja, el pájaro canta, el almendro da fruto, el árbol de resina produce sustancias aromáticas. Y todos sirven para su función. Lo mismo las almas. Tú tienes la función de amar.

-Entonces enciéndeme, Señor. Te lo pido como gracia.
-¿No te basta la fuerza de amor que posees?
-Es demasiado poca, Señor. Podría servir para amar a seres humanos; no, para ti, que eres el Señor infinito.

-Pero, precisamente por serlo, sería necesario un amor sin límites…
-Sí, mi Señor. Esto es lo que quiero, que pongas en mí un amor sin límites.

-María, el Altísimo, que sabe lo que es el amor, dijo al hombre: "Me amarás con todas tus fuerzas". No exige más. Porque sabe que ya es martirio amar con todas las fuerzas…

-No importa, mi Señor. Dame un amor infinito para amarte como debes ser amado, para amarte como no he amado a nadie.

-Me pides un sufrimiento semejante a una hoguera que quema y consume, María. Quema y consume lentamente… Piénsalo.
-Hace mucho que lo pienso, mi Señor, pero no me atrevía a pedírtelo. Ahora sé cuánto me amas. Ahora sí que sé en qué medida me amas, y me atrevo a pedírtelo. Dame este amor infinito, Señor.

Jesús la mira. Ella está delante de É1, todavía enflaquecida a causa de las vigilias y el dolor, modesta y sencillamente vestida y peinada, como una niña sin malicia, pálida su cara que se enciende de deseo, ojos suplicantes, aunque ya brillantes de amor; ya más serafín que mujer: es, verdaderamente, la contempladora que pide el martirio de la contemplación absoluta.
Jesús dice una sola palabra, después de haberla mirado atentamente como queriendo medir la voluntad de ella:
-Sí.

-¡Ah, mi Señor! ¡Qué don, morir de amor por ti! -cae de rodillas y besa los pies de Jesús.

-Levántate, María. Ten estas flores. Serán las de tu desposorio espiritual. Sé dulce como el fruto de este almendro, pura como su flor y luminosa como el aceite que de este fruto se extrae, cuando lo encienden, fragante como ese aceite cuando, saturado de esencias, es esparcido en los banquetes o sobre las cabezas de los reyes, fragante por tus virtudes. Entonces, verdaderamente, derramarás sobre tu Señor el bálsamo que Él apreciará infinitamente.

María coge las flores, pero no se levanta, sino que anticipa los bálsamos del amor regando de lágrimas y besos los pies de su Maestro. Se acerca Lázaro:

-Maestro, un niño pregunta por ti. Había ido a la casa de Simón a buscarte y ha encontrado allí sólo a Juan, que lo ha mandado hacia acá. Pero quiere hablar solamente contigo.

-De acuerdo. Acompáñalo aquí. Voy hacia la pérgola de los jazmines.

María vuelve a la casa con Lázaro. Jesús va a la pérgola. Vuelve Lázaro trayendo de la mano al niño que vi en casa de José de Seforí. Jesús lo reconoce enseguida y le saluda:

-¿Tú, Marcial? La paz sea contigo. ¿Cómo por aquí?
-Me envían para decirte una cosa… -y mira a Lázaro, que comprende y hace ademán de marcharse.
-Quédate, Lázaro. Éste es mi amigo Lázaro. Puedes hablar delante de él, niño, porque Yo no tengo otro amigo más fiel que él.

El niño cobra confianza. Dice:

-Me manda José el Anciano -porque ahora estoy con él-a decirte que vayas sin demora, enseguida, a Betfagé, a la casa de Cleonte. Tiene que decirte algo urgentemente. Algo urgentísimo. Y ha dicho que vayas solo porque tiene que hablar contigo muy secretamente.

-¡Maestro! ¿Qué sucede? -pregunta Lázaro sobresaltado.
-No lo sé, Lázaro. Hay que ir. Ven conmigo.
-Enseguida, Señor. Podemos ir con el niño.

-No, Señor. Voy solo. José me lo ha dicho así. Ha dicho: "Si sabes hacerlo tú solo y bien, te querré como un padre". Yo quiero que José me quiera como hijo. Me marcho enseguida, corriendo. Tú ven después. Adiós, Señor. Adiós, hombre.

El niño se echa a correr, cual golondrina echándose a volar.

-Vamos, Lázaro. Tráeme el manto. Me adelanto porque, como ves, el niño no logra abrir la cancilla y no quiere llamar a nadie.

Jesús va rápido a la cancilla; Lázaro, rápido, a la casa: el primero abre los cierres de hierro al niño, que se marcha raudo; el segundo lleva el manto a Jesús y, al lado de Jesús, va por el camino que lleva a Betfagé.

-¿Qué es lo que querrá José, para enviar con tanto secreto a un niño?…

-Un niño pasa desapercibido a quien pueda estar vigilando -responde Jesús.

-¿Crees que?… ¿Sospechas que?… ¿Te sientes en peligro, Señor?
-Estoy cierto de ello, amigo.
-¡Pero todavía ahora! ¡Prueba más grande no habrías podido darla!…

-El odio crece azuzado por las realidades.

-¡Entonces por causa mía! ¡Yo te he perjudicado!… ¡Mi dolor es sin igual! -dice Lázaro, verdaderamente afligido.

-No por causa tuya. No te aflijas sin motivo. Has sido el medio, pero la causa ha sido la necesidad, comprende esto, la necesidad de dar al mundo la prueba de mi naturaleza divina. Si no hubieras sido tú, otro habría sido, porque Yo debía probar al mundo que, como Dios que soy, puedo todo lo que quiero. Y devolver a la vida a uno ya muerto días antes y ya descompuesto no puede ser obra nada más que de Dios.

-¡Lo que quieres es consolarme! Pero para mí la alegría, toda mi alegría, se ha esfumado… Sufro, Señor.
Jesús hace un gesto como queriendo decir: "¡en fin!", y callan luego los dos.

Caminan a buen paso. La distancia es corta entre Betania y Betfagé, y pronto llegan.

José pasea arriba y abajo por el camino que está al principio del pueblo. Está vuelto de espaldas cuando Jesús y Lázaro aparecen por una callejuela ocultada por un seto. Lázaro lo llama.

-¡Ah! Paz a vosotros. Ven, Maestro. Te estaba esperando aquí para verte inmediatamente. Pero vamos al olivar. No quiero que nos vean…

Los lleva detrás de las casas, a una espesura de olivos que, con sus frondas tupidas y revueltas que cubren las laderas, es un cómodo refugio para hablar sin ser notados.

-Maestro, he mandado al niño, que es espabilado y obediente y me quiere mucho, porque debía comunicarte algo y no debía ser visto. He recorrido el Cedrón para venir aquí… Maestro, tienes que marcharte enseguida de aquí.

El Sanedrín ha sentenciado tu captura y mañana será leído el decreto en las sinagogas. Quienquiera que sepa dónde estás tiene el deber de comunicarlo. No hace falta que te diga, Lázaro, que tu casa será la primera en ser vigilada. He salido del Templo a la hora sexta. Me he puesto inmediatamente a la obra porque mientras hablaban yo ya había hecho mi plan. He ido a casa. He tomado al niño. He salido a caballo de un asno por la puerta de Herodes como para dejar la ciudad. Luego he cruzado el Cedrón y lo he seguido. He dejado el asno en el Getsemaní. He enviado corriendo al niño, que ya sabía el camino porque había ido conmigo a Betania. Márchate inmediatamente, Maestro. A un lugar seguro. ¿Sabes a dónde ir? ¿Tienes dónde ir?

-¿Pero no basta con que se aleje de aquí? ¿De Judea al máximo?

-No basta, Lázaro. Están furiosos. Debe ir a un lugar al que ellos no vayan…

-¡Pero si ellos van a todas partes! ¡No querrás que el Maestro deje Palestina! ¿No?… -dice Lázaro inquieto.

-¿Y qué quieres que yo te diga? El Sanedrín quiere capturarlo…

-Por causa mía, ¿no es verdad? ¡Dilo!
-¡Mmm! ¡Pues… sí! Por causa tuya… es decir, por causa de que todos se convierten a Él, y ellos esto… no lo quieren.

-¡Pero es un delito! ¡Es un sacrilegio!… ¡Es…!

Jesús, pálido pero tranquilo, alza la mano e impone silencio. Dice:

-Calla, Lázaro. Cada uno hace su trabajo. Todo está escrito. Te agradezco esto, José, y te aseguro que me voy. Vete, vete, José; que no noten tu ausencia… Que Dios te bendiga. A través de Lázaro, te diré dónde estoy.

Márchate. Te bendigo a ti, a Nicodemo y a todos los justos de corazón.

Lo besa y se separan. Jesús vuelve con Lázaro, por el olivar, hacia Betania, mientras José va hacia la ciudad.
-¿Qué vas a hacer, Maestro? -pregunta angustiado Lázaro.

-No lo sé. Dentro de pocos días vendrán las discípulas con mi Madre. Hubiera querido esperarlas…

-Respecto a esto… yo las recibiría en tu nombre y te las llevaría. Pero Tú, mientras, ¿a dónde vas? A casa de Salomón, no me convence. Tampoco a alguna casa de discípulos conocidos. ¡Mañana!… ¡Tienes que marcharte inmediatamente!

-Tendría un lugar. Pero quisiera esperar a mi Madre. Su angustia comenzaría demasiado pronto si no me viera…

-¿Qué lugar es ése, Maestro?
-Efraím.
-¿Samaria?

-Samaria. Los samaritanos son menos samaritanos que muchos otros, y me estiman. Efraím es tierra de frontera…

-¡Y por contrariar a los judíos te dispensarán honor y protección! Pero… ¡espera! Tu Madre sólo puede venir por el camino de Samaria o por el del Jordán. Iré yo con los criados por uno y Maximino con otros criados por el otro, y uno u otro se encontrará con Ella. No volveremos si no es con ellas. Tú sabes que ninguno de la casa de Lázaro puede traicionar. Tú, entretanto, vas a Efraím.

Inmediatamente. ¡Era el destino que no pudiera gozar de ti! Pero iré. Por los montes de Adomín. Ahora estoy sano.

Puedo hacer lo que desee. Es más… sí… haré creer que por el camino de Samaria voy a Tolemaida para tomar una nave para Antioquía. Todos saben que allí tengo tierras… Mis hermanas se quedan en Betania… Tú… Sí. Voy a mandar que preparen dos carros y vais con ellos a Jericó. Luego, mañana, al amanecer, reanudáis a pie el camino. ¡Oh, Maestro! ¡Maestro mío! ¡Sálvate! ¡Sálvate!

Pasada la agitación del primer momento, Lázaro cae en la tristeza y llora.

Jesús suspira, pero no dice nada. ¿Y qué podría decir?…
Ya están en la casa de Simón. Se separan. Jesús entra en la casa. Los apóstoles, ya de por sí extrañados de que el Maestro se haya marchado sin decir nada, se arriman a Él, que está diciendo:

-Tomad la ropa. Preparad las sacas. Tenemos que marcharnos
inmediatamente de aquí. Rápido, rápido. Y os reunís conmigo en casa de Lázaro.

-¿También la ropa mojada? ¿No podemos recogerla al volver? -pregunta Tomás.

-No volveremos. Coged todo.

Los apóstoles se marchan hablándose unos a otros con las miradas.

Jesús va por sus cosas a la casa de Lázaro y se despide de las hermanas, que están consternadas…

Los carros están pronto preparados. Carros pesados, cubiertos, tirados por robustos caballos. Jesús se despide de Lázaro, de Maximino, de los criados que han venido.

Montan en los carros, que esperan en una salida posterior.

Los carreros golpean con la tralla a los animales, y el viaje comienza por el mismo camino por el que Jesús ha venido a resucitar a Lázaro unos pocos días antes.

549- Sesión del Sanedrín y audiencia en el palacio de Pilato

Si la noticia de la muerte de Lázaro había impresionado y agitado a Jerusalén y a buena parte de Judea, la noticia de su resurrección termina de producir impresión y penetrar en los lugares en que no había producido agitación la noticia de su muerte.

Quizás los pocos fariseos y escribas -o sea, los miembros del Sanedrín- presentes en la resurrección no hayan hablado de ella a la gente. Pero lo que es cierto es que los judíos sí lo han hecho, y la noticia se ha extendido en un abrir y cerrar de ojos; y, de casa a casa, de terraza a terraza, voces de mujeres la transmiten, mientras que, en la calle, el vulgo la difunde con un gran júbilo por el triunfo de Jesús y por Lázaro.

La gente puebla de nuevo las calles, presurosa, de un lado para otro, creyendo llegar siempre antes a dar la noticia, pero quedando desilusionada, porque la noticia se sabe en Ofel y en Beceta y en Sión y en el Sixto; se sabe en las sinagogas, en los bazares, en el Templo y en el palacio de Herodes; se sabe en la Antonia, y desde la Antonia se difunde -o viceversa- hacia los puestos de guardia situados en las puertas; llena tanto los palacios como los tugurios:

«El Rabí de Nazaret ha resucitado a Lázaro de Betania, que había muerto el día antes del viernes y que había sido sepultado antes del comienzo del sábado, y ha resucitado a la hora sexta de hoy Las aclamaciones judías al Cristo y al Altísimo se entremezclan con los diferentes «¡Por Júpiter! ¡Por Pólux! ¡Por Líbítina!» etc., etc. de los romanos.

A los únicos que no veo entre la gente que habla por las calles es a los del Sanedrín. No veo ni a uno de ellos, mientras que sí veo a Cusa, a Manahén salir de un espléndido palacio; y oigo que Cusa dice:

-¡Grande! ¡Grande! He enviado inmediatamente la noticia a Juana. ¡Él el realmente Dios! -y Manahén le responde:

-Herodes, que ha venido de Jericó a presentar sus obsequios… a su amo, a Poncio Pilato, parece enloquecido en su palacio; Herodías, por su parte, está rabiosa y le insta para que ordene el arresto del Cristo. Ella tiembla por su poder; él, por los remordimientos.

A Herodes le castañean los dientes mientras dice a los más fieles que lo defiendan… de los espectros. Se ha embriagado para infundirse valor, y el vino le da vueltas en la cabeza presentándole fantasmas. Grita, diciendo que el Cristo ha resucitado también a Juan, el cual le grita de cerca las maldiciones de Dios.

Yo he huido de esa Gehena. Me ha sido suficiente decirle: "Lázaro ha resucitado por obra de Jesús Nazareno. Ojo con tocarlo, porque es Dios". Mantengo en él ese miedo para que no ceda a los deseos homicidas de ella.

-Yo, sin embargo, tendré que ir allá… Debo ir. Pero he querido antes pasar a ver a Eliel y a Elcaná. Viven su propia vida, ¡pero siguen siendo voces influyentes en Israel! Y Juana está contenta de que los honre. Y yo…

-Una buena protección para ti. Es verdad. Pero nunca como el amor del Maestro. Ese amor es la única protección que tiene valor…

Cusa no replica. Piensa… Yo los pierdo de vista.
De Beceta viene presuroso José de Arimatea. Lo paran. Se trata de un grupo de vecinos de la ciudad que no están seguros todavía de que se deba creer la noticia. Y se lo preguntan a él.

-Verdadera. Verdadera. Lázaro ha resucitado, e incluso está curado. Lo he visto con mis propios ojos.
-Pero entonces… ¿realmente es el Mesías!

-Ésas son sus obras. Su vida es perfecta. Los tiempos son éstos. Satanás combate contra Él. Que cada uno concluya en su corazón lo que es el Nazareno -dice, con prudencia y al mismo tiempo con justicia, José. Saluda y se marcha.

Ellos intercambian sus opiniones y terminan por concluir:
-Realmente es el Mesías.

Un grupo de legionarios habla. Dicen:

-Si mañana puedo, voy a Betania. ¡Por Venus y Marte, mis dioses preferidos! Podré dar la vuelta al mundo, desde los desiertos ardientes hasta las heladas tierras germánicas, pero encontrarme donde resucite uno que ha muerto días antes no me sucederá nunca más. Quiero ver cómo es uno que vuelve de la muerte. Estará negro por las aguas de los ríos de ultratumba…

-Si era virtuoso estará lívido, porque habrá bebido de las aguas cerúleas de los Campos Elíseos. Allí no está sólo el Estigio…

-Nos dirá cómo son los prados de asfódelo del Hades… Voy yo también…

-Si Poncio quiere…

-¡Claro que quiere! Ha mandado inmediatamente un correo a Claudia para llamarla. A Claudia le gustan estas cosas. La he oído más de una vez conversar, con las otras y con sus libertos griegos, de alma y de inmortalidad.

-Claudia cree en el Nazareno. Para ella es mayor que ningún otro hombre.

-Sí. Pero para Valeria es más que hombre. Es Dios. Una especie de Júpiter y de Apolo, por poder y hermosura, dicen, y más sabio que Minerva. ¿Vosotros lo habéis visto? Yo he venido con Poncio por primera vez aquí y no sé…

-Creo que has llegado a tiempo para ver muchas cosas. Hace poco, Poncio gritaba como Estentor, diciendo: “¡Aquí hay que cambiar todo! ¡Tienen que comprender que Roma manda y que ellos, todos, son siervos! ¡Y cuanto más grandes sean, más siervos, porque son más peligrosos!". Creo que era por esa tablilla que le había llevado el criado de Anás…

-Sí, claro, no quiere escucharlos… Y nos cambia a todos porque… no quiere amistades entre nosotros y ellos.

-¿Entre nosotros y ellos? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¿Con esos narigudos que saben sólo de boquilla? Poncio digiere mal el demasiado cerdo que come. Todo lo más… la amistad es con alguna mujer que no desprecia el beso de bocas sin barba… -ríe uno maliciosamente.

-El hecho es que después de la agitación de los Tabernáculos ha pedido y obtenido el cambio de todos los soldados, y que nosotros tenemos que irnos…

-Eso es verdad. Ya estaba anunciada en Cesárea la llegada de la galera que trae a Longinos y a su centuria.

Suboficiales nuevos, soldados nuevos… y todo por esos cocodrilos del Templo. Yo estaba bien aquí.
-Mejor estaba yo en Brindis… Pero me acostumbraré -dice el que ha llegado hace poco a Palestina.
Se alejan también ellos.

Pasan miembros de la guardia del Templo, con tablillas enceradas. La gente los ve y dice:
-El Sanedrín se reúne con carácter de urgencia. ¿Qué querrán hacer?

Uno responde:
-Vamos a subir al Templo y lo vemos…
Se encaminan hacia la calle que va al Moria.

El sol desaparece tras las casas de Sión y tras los montes occidentales. Se viene la noche, que pronto desaloja de curiosos las calles. Los que han subido al Templo bajan inquietos, porque habían sido alejados incluso de las puertas, donde se habían detenido para ver pasar a los miembros del Sanedrín.

El interior del Templo, vacío, desierto, envuelto en la luz de la Luna, parece inmenso. Los Ancianos se reúnen lentamente en la Sala del Sanedrín. Están todos, como para la condena de Jesús, pero no están los que entonces hacían de escribanos. Sólo están los miembros del Sanedrín, parte en sus respectivos sitios, parte formando grupos junto a las puertas.

Entra Caifás con su cara y su cuerpo de sapo obeso y malo, y va a su sitio.

Empiezan inmediatamente a discutir sobre los hechos ocurridos, y tanto les apasiona la cosa, que pronto la sesión se anima mucho: dejan los sitiales y bajan al espacio vacío, y gesticulan y hablan alto.

Hay quien aconseja la calma, y que se ponderen bien las cosas antes de tomar decisiones.
Otros rebaten esa postura:

-¿Pero no habéis oído a los que han venido aquí después de la hora nona? Si perdemos a los judíos más importantes, ¿de qué nos servirá acumular acusaciones? Cuanto más viva, menos seremos creídos si lo acusamos.

-Este hecho no se puede negar. No se les puede decir a los muchos que estaban allí: "Habéis visto mal. Es una ficción. Estabais borrachos". El muerto estaba muerto. Descompuesto. Deshecho. El muerto estaba colocado en el sepulcro cerrado. El sepulcro estaba bien tapiado.

El muerto estaba desde días antes vendado y con los ungüentos. El muerto estaba atado. Y, a pesar de todo, ha salido de su sitio, ha venido él solo sin andar hasta la entrada. Y, una vez liberado, en su cuerpo no había muerte. Respiraba. No estaba descompuesto. Mientras que antes, cuando vivía, estaba llagado, y, ya muerto, estaba todo descompuesto.

-¿Habéis oído a los más influyentes judíos, a los que habíamos llevado allí para conquistárnoslos del todo para nosotros? Han venido a decirnos: "Para nosotros, es el Mesías". ¡Casi todos han venido! ¡Y… bueno, el pueblo…!

-¿Y a estos malditos romanos llenos de fantasías no los tenéis en cuenta? Para ellos es Júpiter Máximo. ¡Y si les da por esa idea…! Nos han dado a conocer sus historias y ha sido causa de maldición.

¡Maldición sobre quienes quisieron el helenismo en nosotros y por adulación nos profanaron con costumbres no nuestras! De todas formas, eso también enseña. Y hemos aprendido que enseguida el romano derriba y eleva con conjuras y golpes de estado. Pero, si alguno de estos locos se entusiasma con el Nazareno y lo proclama César, y, por tanto, divino, ¿quién le toca un pelo después?

-¡No, hombre! ¿Quién va a hacer eso, según tú? Ellos se burlan de Él y de nosotros. Por muy grande que sea lo que hace, para ellos sigue y seguirá siendo "un hebreo", por tanto, un miserable. El miedo te hace desvariar, hijo de Anás.

-¿El miedo? ¿Has oído cómo ha respondido Poncio a la invitación de mi padre? Te digo que está alterado. Está alterado por este último hecho, y teme al Nazareno.

¡Pobres de nosotros! ¡Ese hombre ha venido para nuestra ruina!

-¡Si al menos no hubiéramos ido allí y no hubiéramos ordenado casi que fueran los judíos más influyentes! Si Lázaro hubiera resucitado sin testigos…

-¿Y en qué hubiera cambiado la cosa? ¡No hubiéramos podido hacerlo desaparecer, ¿no?, para que la gente creyera que seguía muerto!

-Eso no. Pero hubiéramos podido decir que había sido una falsa muerte; gente pagada para falsos testimonios siempre se encuentra.

-Pero ¿por qué tan nerviosos? ¡No veo el motivo! ¿Acaso ha hecho algo que incite contra el Sanedrín y el Pontificado? No. Se ha limitado a hacer un milagro.

-¿Se ha limitado? Pero ¿desvarías o estás vendido a Él, Eleazar? ¿No ha incitado contra el Sanedrín y el Pontificado? ¿Y qué más querías que hiciera? La gente…

-La gente puede decir lo que quiera, pero las cosas son como dice Eleazar. El Nazareno lo único que ha hecho ha sido un milagro.

-¡Ahí tenemos al otro que lo defiende! ¡Ya no eres un justo, Nicodemo! ¡Ya no eres un justo! Esto es un acto contra nosotros. Contra nosotros, ¿comprendes? Ya nada convencerá a la masa. ¡Pobres de nosotros! Hoy algunos judíos se burlaban de mí. ¡Burlarse de mí! ¡De mí!

-¡Calla, Doras! Tú eres sólo un hombre. ¡Es la idea la que sufre el daño! Nuestras leyes. ¡Nuestras prerrogativas!
-Bien dices, Simón. Y hay que defenderlas.
-¿Sí, pero cómo?

-¡Atacando, destruyendo las suyas!
-Se dice pronto, Sadoq. ¿Cómo las destruyes, si tú no sabes por ti mismo hacer que reviva un mosquito? Aquí lo que se requeriría sería un milagro más grande que el suyo.

Pero ninguno de nosotros puede hacerlo, porque… -el que está hablando no sabe el porqué.

-José de Arimatea termina la frase:
-Porque nosotros somos hombres, sólo hombres.

Se le echan encima preguntándole:
-¿Y Él, entonces, quién es?
El de Arimatea responde seguro:
-Él es Dios. Si todavía lo hubiera dudado…
-Pero no lo dudabas. Lo sabemos, José. Lo sabemos. ¡Dilo, hombre, di abiertamente que lo estimas!

-¿Qué hay de malo en que José lo estime? Yo mismo le reconozco como el mayor Rabí de Israel.

-¡Tú! ¿Tú, Gamaliel, dices eso?
-Lo digo. Y me honro que Él… me destrone. Porque hasta ahora yo había conservado la tradición de los grandes rabíes, el último de los cuales fue Hil.lel, pero no sabía quién hubiera podido después de mí recoger la sabiduría de los siglos. Ahora me marcho contento, porque sé que la sabiduría no morirá, sino que, al contrario, se hará mayor, porque estará aumentada por la suya, en la que, sin duda, está presente el Espíritu de Dios.

-¿Pero qué estás diciendo, Gamaliel?
-La verdad. No es tapándonos los ojos como podemos ignorar lo que somos. No somos más sabios porque el principio de la sabiduría es el temor de Dios, y nosotros somos pecadores sin temor de Dios. Si tuviéramos este temor, no oprimiríamos al justo, ni tendríamos la necia avidez de las riquezas de este mundo. Dios da y Dios quita; según los méritos y los deméritos. Y si Dios ahora nos quita lo que nos había dado, para dárselo a otros, bendito sea, porque santo es el Señor y santas son todas sus acciones.

-Pero estábamos hablando de milagros, y queríamos decir que ninguno de nosotros los puede hacer porque Satanás no está con nosotros.

-No. Porque Dios no está con nosotros. Moisés separó las aguas y abrió la roca. Josué detuvo el Sol. Elías resucitó al niño e hizo caer la lluvia. Pero con ellos estaba Dios.

Os recuerdo (Proverbios 6, 16-19) que seis son las cosas que Dios odia, y execra la séptima: los ojos soberbios, la lengua mentirosa, las manos que derraman sangre inocente, el corazón que trama planes malvados, los pies que corren rápidos hacia el mal, el falso testimonio que dice mentiras, y a aquel que introduce discordias entre los hermanos.

Nosotros hacemos todas estas cosas. Digo "nosotros", pero las hacéis sólo vosotros, porque yo me abstengo de gritar "hosanna" y de gritar "anatema". Yo espero.

-¡La señal! ¡Sí, tú esperas la señal! ¿Pero qué señal esperas de un pobre… desquiciado, si es que queremos ser máximamente indulgentes con Él?

Gamaliel alza las manos y, con los brazos extendidos hacia delante, los ojos cerrados, la cabeza levemente inclinada, más hierático que nunca, dice lentamente y con voz lejana:

-He invocado ansiosamente al Señor para que me indicara la verdad, y Él me ha iluminado las palabras de Jesús, hijo de Sirá. Éstas (Eclesiástico 24, 8.18-26.28-32):

"El Creador de todas las cosas me habló y me dio sus órdenes, y Aquel que me creó descansó en mi Tabernáculo y me dijo: “Habita en Jacob, esté tu herencia en Israel, echa tus raíces entre mis elegidos"… Y también me iluminó éstas, y las reconocí: "Venid a mí, vosotros, todos los que me anheláis, y saciaos con mis frutos, porque mi espíritu es más dulce que la miel y mi herencia lo es más que el panal.

El recuerdo de mí perdurara en las generaciones a través de los siglos. Quienes me coman tendrán hambre de mí, quienes me beban tendrán sed de mí, quienes me escuchen no deberán avergonzarse, quienes trabajen para mí no pecarán, quienes me expliquen tendrán la vida eterna". Y la luz de Dios aumentó en mi espíritu mientras mis ojos leían estas palabras:

"Todas estas cosas contiene el libro de la Vida, el testamento del Altísimo, la doctrina de la Verdad… Dios prometió a David que haría nacer de él al Rey potentísimo, que ha de estar sentado eternamente en el trono de la gloria.

Rebosa de sabiduría como el Pisón y el Tigris en el tiempo de los nuevos frutos; como el Éufrates rebosa de inteligencia y crece como el Jordán en el tiempo de la cosecha. Irradia la sabiduría como la luz… Él ha sido el primero en conocerla perfectamente". ¡Esto es lo que me ha hecho ver Dios! Pero, ¿qué digo? No, la Sabiduría que está entre nosotros es demasiado grande para que nosotros la comprendamos y acojamos un pensamiento mayor que los mares, un consejo más profundo que el gran abismo.

Y le oímos gritar: "Yo, como canal de aguas inmensas broté del Paraíso y dije: “Regaré mi jardín”, y mi canal se hizo río; y el río, mar. Cual aurora, irradio a todos mi doctrina, y la daré a conocer a los más lejanos. Entraré en los lugares más bajos, dirigiré mi mirada a los que duermen, iluminaré a los que esperan en el Señor. Y seguiré difundiendo mi doctrina como profecía y la dejaré a aquellos que buscan la sabiduría; no dejaré de anunciarla hasta el siglo santo.

No he trabajado para mí sólo, sino para todos aquellos que buscan la verdad". Esto me hizo leer Yeohveh, el Altísimo - y baja los brazos y alza la cabeza.

-¿Pero entonces para ti es el Mesías? ¡Dilo!
-No es el Mesías.

-¿No es? ¿Y entonces qué es para ti? Demonio, no; ángel, no; Mesías, no…

-Es el que es.

-¡Tú deliras! ¿Es Dios? ¿Es Dios para ti ese demente?

-Es el que es. Dios sabe lo que Él es. Nosotros vemos sus obras. Dios ve también sus pensamientos. Pero no es el Mesías, porque para nosotros Mesías quiere decir Rey. Él no es, no será rey. Pero es santo. Y sus obras son obras de santo. No podemos alzar la mano contra el inocente, si no es cometiendo pecado. Yo no doy mi consentimiento al pecado.

-¡Pero con esas palabras casi lo declaras el Esperado!

-Así le consideré; mientras duró la luz del Altísimo, lo vi como tal. Luego… no manteniéndome ya la mano del Señor sobreelevado en su luz, me encontré siendo de nuevo… hombre, hombre de Israel, y las palabras ya no eran más que palabras a las que el hombre de Israel, yo, vosotros, los de antes de nosotros y -que Dios no lo permita-los que vendrán después de nosotros, dan el significado de su, de nuestro, pensamiento, no el significado que tienen en el Pensamiento eterno que las dictara a su siervo.

-Estamos hablando, divagando, perdiendo el tiempo.

Mientras tanto, el pueblo se agita -dice Cananías con una voz que es un graznido.

-¡Así es! Lo que hay que hacer es decidir y actuar, para salvarnos y triunfar.

-Decís que Pilato no nos quiso auxiliar cuando le pedimos su ayuda contra el Nazareno. Pero si le informáramos…

Habéis dicho antes que, si los soldados se exaltan, pueden proclamarlo César… ¡Je! ¡Je! Buena idea. Vamos a exponer al Procónsul este peligro. Recibiremos honores como los reciben los fieles servidores de Roma, y… si interviene, nos veremos libres del Rabí. ¡Vamos! ¡Vamos! Tú, Eleazar de Anás, que tienes más amistad con él que los demás, sé nuestro guía -dice Elquías, riéndose con aspecto viperino.

Hay un poco de indecisión, pero luego un grupo de los más fanáticos sale para dirigirse hacia la Antonia. Se queda Caifás junto con los otros.

-¡A esta hora! No los recibirá -objeta uno.
-No, no, al contrario; es la mejor. Poncio está siempre de buen humor cuando ha comido y bebido como bebe y come un pagano…

Los dejo allí discutiendo y se me representa la escena de la Antonia.

Pronto y sin dificultad se recorre el breve trayecto. Hay una luna tan límpida, que crea un fuerte contraste con la luz roja de las antorchas encendidas en el vestíbulo del palacio pretorial.

Eleazar logra que anuncien su llegada a Pilato. Los pasan a una sala grande y vacía, completamente vacía; hay sólo una pesada silla, de respaldo bajo, cubierta con un paño purpúreo, que resalta vivamente en la blancura completa de la sala. Están en grupo, un poco amedrentados, con frío, en pie sobre el mármol blanco del suelo. No viene nadie.

El silencio es absoluto. Pero, de cuando en cuando, una música lejana rompe este silencio.

-Pilato está sentado a la mesa. Sin duda, con los amigos.

Esta música la están tocando en el triclinio. Habrá danzas en honor de los invitados -dice Eleazar de Anás.

-¡Degenerados! Mañana me purificaré. Estas paredes rezuman lujuria -dice Elquías con expresión de repulsa.

-¿Por qué has venido, entonces? Tú mismo lo has propuesto -le replica Eleazar.

-Por el honor de Dios y el bien de la Patria sé hacer cualquier sacrificio. ¡Y éste es grande! Me había purificado por haberme acercado a Lázaro… y ahora… ¡Qué día más terrible hoy!…

Pilato no viene. El tiempo pasa. Eleazar, que conoce este lugar, ve si puede abrir alguna puerta, pero están todas cerradas. El miedo se apodera de ellos. Reafloran historias terribles. Se arrepienten de haber ido allí. Se sienten ya perdidos.

Por fin, por el lado opuesto a aquel en que están ellos (están junto a la puerta por la que han entrado), o sea, cerca de la única silla de la sala, se abre una puerta y entra Pilato, vestido con cándidas vestiduras, cándido como la sala cándida. Entra hablando con unos convidados.
Ríe.

Se vuelve para ordenarle a un esclavo que tiene alzada la cortina que hay al otro lado de la puerta que eche esencias en un brasero y que traiga perfumes y aguas para las manos; y para ordenar que un esclavo lleve espejo y peines. De los hebreos ni se ocupa; es como si no estuvieran. Ellos rabian, pero no se atrever a hacer ningún gesto…

Entretanto, están bajando braseros, y esparcen las resinas encima de los fuegos y echan aguas perfumadas en las manos de los romanos. Un esclavo, con diestros movimientos, peina según la moda de los ricos romanos de la época. Y los hebreos rabian.

Los romanos se ríen y bromean unos con otros, mirando de vez en cuando al grupo que espera en el fondo de la sala.

Uno de ellos dice algo a Pilato, que ni una vez se ha vuelto para mirar. Pero Pilato se encoge de hombros en señal de fastidio y da unas palmadas para llamar a un esclavo, al cual le ordena, en voz alta, que lleve dulces y haga pasar a las bailarinas. Los hebreos rabian de ira y de sentimiento de escándalo.

¡Pensar en un Elquías obligado a ver a las bailarinas! Su cara es todo un poema de sufrimiento y odio.

Llegan los esclavos con los dulces en preciosas copas.

Detrás de ellos, las bailarinas, coronadas con flores y apenas cubiertas por unas telas tan ligeras que parecen velos. Sus carnes blanquísimas se transparentan tras los ligeros vestidos de color rosa y azul, cuando pasan por delante de los braseros encendidos y de las muchas antorchas puestas en el fondo de la sala.

Los romanos admiran la gracia de los cuerpos y movimientos, y Pilato pide que se repita un paso de baile que le ha gustado más. Elquías -y sus compinches hacen lo mismo-se vuelve indignado hacia la pared para no ver a las bailarinas trasvolar como mariposas entre un ondeo descompuesto de vestidos.

Terminada la breve danza, Pilato pone en la mano de cada una de ellas una copa colmada de dulces y en cada copa echa con expresión de desinterés una pulsera, y les da el permiso de marcharse. Por fin, se digna volverse para mirar a los hebreos, y dice a los amigos con voz cansina:

-Y ahora… tengo que pasar del sueño a la realidad… de la poesía a la… hipocresía… de la gracia a las repelentes cosas de la vida. ¡Miserias de ser Procónsul!… ¡Adiós, amigos, y tened compasión de mí!

Ya está solo. Se acerca lentamente a los hebreos. Se sienta. Se observa las bien cuidadas manos, y descubre alguna deficiencia bajo una uña. Se ocupa y se preocupa de ello sacando de entre sus vestiduras una fina y áurea barrita y poniendo remedio al gran daño de una uña imperfecta…

Luego -bondad suya- vuelve lentamente la cabeza. Sonríe burlón al ver a los hebreos todavía servilmente inclinados, y dice:

-¡Eh, vosotros! ¡Aquí! Y sed breves. No tengo tiempo que perder en cosas sin valor.
Los hebreos, conservando su gesto servil, se acercan, hasta que un:
-¡Basta! No demasiado cerca -los clava en el suelo.
-¡Hablad! Y enderezaos, que estar inclinados hacia el suelo es sólo propio de animales -y se ríe.

Los hebreos, al recibir la burla, se enderezan engallados.
-¿Entonces? ¡Hablad! Os habéis empeñado en venir… bueno, pues hablad ahora que estáis aquí.
-Queremos decirte… Nos consta… Nosotros somos siervos fieles de Roma…

-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Siervos fieles de Roma! Me encargaré de que lo sepa el divino César. Se pondrá contento. Sí, se pondrá contento. ¡Hablad payasos! ¡Y rápidamente!

Los miembros del Sanedrín están que rabian, pero no reaccionan. Elquías toma la palabra por todos:
-Debes saber, oh Poncio, que hoy en Betania ha sido resucitado un hombre…

-Ya lo sé. ¿Para decirme esto habéis venido? Lo sé desde hace muchas horas. ¡Dichoso él, que ya sabe lo que es morir y lo que es el otro mundo! ¿Y qué puedo hacer yo, si Lázaro de Teófilo ha resucitado? ¿Me ha traído, acaso, un mensaje del Hades?

Se muestra irónico.

No. Pero su resurrección es un peligro…
-¿Para él? ¡Claro! Peligro de tener que morir otra vez.

Operación poco agradable. ¿Y bien? ¿Qué puedo hacer yo?

¿Soy Júpiter, acaso?

-Peligro no para Lázaro, sino para César.

-¿Para?… ¡Dómine! ¡Quizás es que he bebido! ¿Habéis dicho: para César? ¿Y en qué puede perjudicar Lázaro a César? ¿Acaso teméis que el hedor de su sepulcro pueda corromper el aire que respira el Emperador?

¡Tranquilizaos! ¡Demasiada distancia!

-No sea eso. Es que Lázaro con su resurrección puede causar la caída del Emperador.

-¿La caída del Emperador? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Esta estupidez si que es grande, ¡más grande que el mundo! Pero entonces el borracho no soy yo, sino vosotros. Quizás el susto os ha trastornado la mente. Ver resucitar… Creo, creo que puede trastornar. Marchaos, marchaos a dormir. Un buen descanso. Y un baño caliente, muy caliente. Saludable contra los delirios.

-No estamos delirando, Poncio. Te decimos que, si no tomas las medidas oportunas, pasarás horas tristes. El usurpador, ciertamente, arremeterá contra ti, si es que no te mata incluso. Dentro de poco, el Nazareno será proclamado rey, rey del mundo, ¿comprendes?

Tus propios legionarios lo harán. Ellos están seducidos por el Nazareno, y el hecho de hoy los ha exaltado. ¿Qué siervo eres de Roma, si no te preocupas de su paz? ¿Es que quieres ver al Imperio agitado, dividido por causa de tu pasivismo? ¿Quieres ver vencida a Roma y abatidas las enseñas, asesinado el Emperador, todo destruido…?

-¡Silencio! Hablo yo. Y os digo: ¡sois unos dementes! Más aún. Sois unos embusteros, unos sinvergüenzas. Mereceríais la muerte. Salid de aquí, ruines siervos de vuestro interés, de vuestro odio, de vuestra bajeza… Los siervos sois vosotros, no yo. Yo soy ciudadano romano, y los ciudadanos romanos no son siervos de nadie. Yo soy el funcionario imperial y trabajo para los bienes patrios.

Vosotros…, sois los que estáis subyugados. Vosotros… vosotros sois los dominados. Vosotros… vosotros sois los galeotes amarrados a los bancos y rabiáis inútilmente. El látigo del patrón está sobre vosotros. ¡El Nazareno!…

¿Querríais que matara al Nazareno? ¿Querríais que lo recluyera? ¡Por Júpiter! Si por salvar a Roma y al divino Emperador tuviera que apresar a los sujetos peligrosos, o matarlos aquí donde gobierno, al Nazareno y a sus seguidores debería dejarlos libres y vivos, sólo a ellos.

Marchaos. Desalojad y no volváis nunca más a mi presencia.

¡Turbulentos! ¡Instigadores de rebelión! ¡Ladrones y favorecedores de ladrones! No ignoro ninguno de vuestros manejos. Sabedlo. Y sabed también que armas nuevas y nuevos legionarios han servido para descubrir vuestras trampas y vuestros instrumentos. Gritáis por los impuestos romanos. Pero, ¿cuánto os han costado Melquías de Galaad, Jonás de Escitópolis, Felipe de Soko, Juan de Betavén, José de Ramaot, y todos los demás que pronto serán apresados?

Y no vayáis hacia las grutas del valle, porque allí hay más legionarios que piedras, y la ley y la galera son iguales para todos. ¡Para todos! ¿Comprendéis? Para todos.

Y espero vivir lo suficiente como para veros a todos encadenados, esclavos entre los esclavos bajo el talón de Roma.

¡Salid! Id -tú también, Eleazar de Anás, a quien no deseo volver a ver en mi casa- y referid que el tiempo de la clemencia ha terminado, y que yo soy el Procónsul y vosotros los súbditos. Los súbditos. Y yo mando. En nombre de Roma.

¡Salid! ¡Serpientes nocturnas! ¡Vampiros! ¿Y el Nazareno os quiere redimir? ¡Si Él fuera Dios, debería fulminaros!

Y desaparecería del mundo la mancha más asquerosa. ¡Fuera! Y no os atreváis a tramar conjuras, o conoceréis la espada y el flagelo. Se levanta y se va dando un portazo delante de los palidecidos y amedrentados miembros del Sanedrín, que no tienen tiempo de reaccionar, porque entra un grupo armado que los echa fuera de la sala y del palacio como si fueran perros.

Regresan al aula del Sanedrín. Refieren lo sucedido. La agitación es máxima. La noticia del arresto de muchos bandidos y de las batidas en las grutas para atrapar a los otros turba fuertemente a todos los que están todavía allí (porque muchos, cansados de esperar, se han marchado).

-Pues, a pesar de todo, no podemos dejar que viva -gritan unos sacerdotes. -No podemos dejar que actúe. Él actúa; nosotros, no. Y día tras día perdemos terreno. Si lo dejamos libre todavía, seguirá haciendo milagros y todos creerán en Él. Y los romanos terminarán por arremeter contra nosotros y destruirnos completamente. Poncio se expresa de esta forma, pero si la muchedumbre lo aclamara rey, ¡ah!, entonces Poncio tendría el deber de castigarnos a todos. No debemos permitirlo -grita Sadoq.

-De acuerdo. Pero ¿cómo? La vía… legal romana ha fracasado. Poncio no abriga dudas respecto al Nazareno. La vía… legal nuestra es impracticable. No peca… -objeta uno.

-Se inventa la culpa, si no la hay -insinúa Caifás.
-¡Pero es pecado hacer esto! ¡Jurar lo falso! ¡Hacer condenar a un inocente! ¡Es… demasiado!… -dice con horror la mayoría.

-Es un delito, porque significará la muerte para Él.
-¿Y bien? ¡Eso os asusta? Sois unos necios y no sabéis de nada. Después de lo que ha sucedido, Jesús debe morir. ¿No os dais cuenta todos vosotros que es mejor para nosotros que muera un hombre en vez de que mueran muchos? Muera Él, pues, para salvar a su pueblo, para que no perezca toda nuestra nación. Además… Él mismo dice que es el Salvador. Por tanto, que se sacrifique por salvar a todos -dice Caifás, con un odio frío y astuto que causa repugnancia.

-¡Pero Caifás! ¡Reflexiona! Él…

-He dicho. El Espíritu del Señor está sobre mí, Sumo Sacerdote. ¡Ay de aquel que no respete al Pontífice de Israel! ¡Los rayos de Dios se abatirán sobre él! ¡Basta ya de espera! ¡Basta ya de angustias! Ordeno y decreto que quien sepa -quienquiera que sea-dónde se encuentra el Nazareno, venga y denuncie su paradero, y maldición sobre el que no obedezca a mis palabras.

-Pero Anás… -objetan algunos.

-Anás me ha dicho: "Todo lo que hagas será santo". Levantamos la sesión. El viernes, entre las horas tercera y sexta, todos aquí para deliberar. Todos, he dicho. Comunicádselo a los ausentes. Y que sean convocados todos los jefes de las familias y de las clases, todo lo mejor de Israel. El Sanedrín ha hablado. Marchaos.

Y él es el primero en retirarse por donde ha venido, mientras que los otros se marchan por otras partes y, hablando en tono moderado, salen del Templo en dirección a sus casas.

548- La resurrección de Lázaro

Jesús viene de Ensemes hacia Betania.

Deben haber hecho una marcha verdaderamente fatigosa por los altos, empinadísimos senderos de los montes Adomín.

Los apóstoles, jadeantes, a duras penas logran seguir a Jesús, que va raudo, como si el amor lo llevara en sus alas de fuego, y tiene una sonrisa radiante mientras camina precediendo al grupo, con la cabeza alta bajo los suaves rayos del sol de mediodía.

Antes de que lleguen a las primeras casas de Betania, lo ve un muchachito descalzo que va con un ánfora de cobre vacía hacia la fuente de los aledaños del pueblo. El muchacho grita, deja en el suelo el ánfora y se echa a correr con toda la velocidad de sus piernecitas hacia el interior del pueblo.

-Está claro que va a avisar de tu llegada -observa Judas Tadeo quien, como todos los demás, ha sonreído por la resolución… enérgica del muchachito, que ha dejado incluso su ánfora a la merced del primero que pase.

La pequeña ciudad, vista así, desde la fuente, que está un poco elevada respecto a ella, aparece serena, como desierta.

El humo gris que sube de las chimeneas es el único indicio de la presencia de las mujeres -ocupadas en preparar la comida del mediodía-en las casas, mientras que alguna voz gruesa varonil, entre los olivos y 1os grandes y silenciosos huertos de frutales, advierte de que los hombres están en su trabajo. A pesar de todo, Jesús prefiere tomar una callejuela que pasa por detrás del pueblo, para poder llegar a la casa de Lázaro sin llamar la atención de los habitantes.

Están casi a mitad de trayecto cuando perciben detrás de ellos al muchachito de antes, que los adelanta corriendo y luego se planta en medio de la calle y mira, pensativo, a Jesús…

-Paz a ti, pequeño Marcos. ¿Por qué te has marchado corriendo? ¿Es que tenías miedo de mí? -pregunta Jesús acariciándolo.

-Yo no, Señor. Yo no he tenido miedo. Pero como durante muchos días Marta y María han mandado a criados suyos a los caminos que vienen aquí, para ver si venías, pues ahora que te he visto he ido corriendo a decir que venías…

-Has hecho bien. Las hermanas prepararán su corazón para verme.

-No, Señor. Las hermanas no se prepararán nada porque no saben nada. No han querido que lo dijera. Me han agarrado cuando he dicho al entrar en el jardín: "Está el Rabí", y me han echado afuera diciendo: "Eres o un mentiroso o un estúpido. Él ya no viene, porque a estas alturas está seguro de que ya no puede hacer el milagro". Y como yo decía que sí que eras Tú, me he llevado dos tortazos como nunca hasta ahora me había llevado… Mira qué rojos tengo los carrillos. ¡Me queman! Y me han echado a empujones diciendo:

"Esto para que te purifiques de haber mirado a un demonio". Y yo te miraba para ver si te habías vuelto un demonio. Pero no lo veo… Sigues siendo mi Jesús, tan guapo como los ángeles de que me habla mi mamá.
Jesús se agacha a besarlo en los carrillos que han recibido las bofetadas y dice:

-Así se te pasará el picor. Me duele que hayas sufrido por mí…
-Yo no, Señor, porque esos tortazos han hecho que me dieras dos besos -y se agarra a las piernas de Jesús esperando otros besos.

-Respóndeme, Marcos. ¿Quién te ha echado? ¿Los de Lázaro? -pregunta Judas Tadeo.
-No. Los judíos. Vienen para el duelo todos los días. ¡Son muchos! Están en casa y en el jardín. Vienen pronto y se marchan tarde. Parecen los amos. Maltratan a todos. ¿Ves como no hay nadie por las calles? Los primeros días la gente observaba… pero luego… Ahora sólo nosotros, los niños, estamos en las calles… ¡Ay, mi ánfora! Mi mamá esperando el agua… ¡Ahora me va a pegar también ella!…
Sonríen todos al ver la desolación del niño ante la perspectiva de otros bofetones. Jesús dice:

-Ve pues, rápido…
-Es que… quería entrar contigo y verte hacer el milagro… -y termina: -y ver sus caras… para vengarme de los tortazos…

-Eso no. No debes desear venganza. Debes ser bueno y perdonar… Pero tu mamá está esperando el agua…
-Voy yo, Maestro. Sé dónde vive Marcos. Le explico a la mujer lo que ha sucedido y luego te alcanzo… -dice Santiago de Zebedeo, y se marcha rápidamente.

Reanudan el camino lentamente. Jesús lleva de la mano al niño, que va todo alborozado…

Ya están delante del vallado del jardín. Lo orillan. Hay muchas cabalgaduras atadas a él, vigiladas por los criados de cada uno de los propietarios. El bisbiseo que se alza capta la atención de algún judío, que se vuelve hacia la cancilla abierta, justo en el momento en que Jesús cruza el umbral del jardín.

-¡El Maestro! -dicen los primeros que lo ven. Y esta palabra corre, como el frufrú del viento, de un grupo a otro, y se propaga y va -llevada por los muchos judíos presentes, o por algún fariseo, rabí o escriba o saduceo esparcidos por el lugar-, va, cual ola lejana que viene a romperse en la orilla, a chocar contra las paredes de la casa, y penetra en ésta.

Jesús se adentra muy lentamente, a la par que todos, aun acudiendo de todas las partes, se apartan del paseo por el que Él va. Y, dado que ninguno lo saluda, Él no saluda a ninguno, como si no conociera a muchos de los que están congregados allí mirándolo con ira y odio en sus ojos (excepto los pocos que, siendo discípulos ocultos suyos, o por lo menos siendo de recto corazón aunque no lo amen como Mesías, lo respetan como a un justo). Y éstos son:

José, Nicodemo, Juan, Eleazar, el otro Juan (escriba, ya visto en la multiplicación de los panes), y el otro Juan (el que sació el hambre de los que habían bajado del monte de las bienaventuranzas), Gamaliel y su hijo, Josué, Joaquín, Manahén, el escriba Joel de Abías (encontrado en el Jordán en el episodio de Sabea), José Bernabé, discípulo de Gamaliel, Cusa, que mira a Jesús desde lejos, un poco amedrentado por verlo de nuevo después del error cometido, o quizás cohibido por el respeto humano que le impide acercarse como amigo. Lo cierto es que ni los amigos, u observadores sin odio, ni los enemigos, saludan.

Y Jesús no saluda. Se ha limitado a un gesto de inclinación no personalizado, al poner pie en el paseo; luego ha seguido recto, como ajeno a la mucha gente que tiene ahí. El muchachito sigue a su lado, vestido como un labradorcito, descalzos sus pies como un niño pobre, pero con una cara luminosa, propia de uno que está de fiesta, y con sus ojitos negros, vivos, bien abiertos para verlo todo… y para desafiar a todos…

Marta sale de la casa, rodeada de un grupo de judíos venidos de visita, entre los cuales están Elquías y Sadoq.

Pone la mano como visera, para ayudar a los ojos cansados de llanto, dolorosamente sensibles a la luz, para ver dónde está Jesús. Lo ve. Se separa de quienes la acompañan y corre hacia Jesús, que está a pocos pasos del estanque brillante de reflejos por el sol que en él incide.

Se arroja a los pies de Jesús después de la primera reverencia, y le besa los pies mientras, en medio de un fuerte estallido de llanto, dice:
-¡La paz a ti, Maestro!

También Jesús le ha dicho, en cuanto la ha visto cerca:

-¡La paz a ti! -y ha levantado su mano para bendecir. Para ello, ha soltado la mano del niño, al cual Bartolomé toma y retira un poco hacia atrás.

Marta prosigue:
-Pero ya no hay paz para tu sierva.

Levanta la cara hacia Jesús, siguiendo de rodillas, y, con un grito de dolor que se oye bien en el silencio que se ha creado, exclama:

-¡Lázaro ha muerto! Si hubieras estado aquí, no habría
muerto. ¡Por qué no has venido antes, Maestro?

Expresa un involuntario tono de reproche al hacer esta pregunta. Luego vuelve al tono abatido de una persona que ya no tiene fuerzas para reprochar y cuyo único consuelo es el poder recordar los últimos movimientos y deseos de un hermano al que se ha tratado de dar lo que deseaba (de forma que no existe remordimiento en el corazón):

-¡Te ha llamado muchas veces Lázaro, nuestro hermano!… Ahora, ya lo ves. Yo estoy acongojada y María llora y no encuentra resignación. Y él ya no está aquí. ¡Tú sabes cómo lo queríamos! ¡Esperábamos todo de ti!…

Un murmullo de compasión hacia la mujer y de censura hacia Jesús, un asentimiento al pensamiento implícito: "y podías habernos escuchado, porque nosotras lo merecemos por el amor que te profesamos, y, sin embargo, has quebrado nuestra esperanza" va de un grupo a otro de gente, de personas que menean la cabeza y miran burlonamente. Sólo los pocos, ocultos discípulos que están esparcidos entre la numerosa gente congregada tienen miradas de compasión hacia Jesús, que escucha, muy pálido y triste, a esta Marta angustiada que le está hablando.

Gamaliel, cruzados sus brazos, vestido con su amplia y rica túnica de lana finísima adornada con caireles azules, un poco aparte, rodeado de un grupo de jóvenes entre los que están su hijo y José Bernabé, mira fijamente a Jesús, sin odio ni amor.

Marta, habiéndose enjugado la cara, sigue diciendo:
-Pero sigo esperando, porque sé que el Padre te concederá cualquier cosa que Tú le pidas.

Una dolorosa, heroica profesión de fe, expresada con voz temblorosa de llanto, con ansia temblorosa en la mirada, con la última esperanza, temblorosa, en el corazón.
-Tu hermano resucitará. Levántate, Marta.

Marta se levanta, aunque permanece inclinada ante Jesús en señal de veneración, y responde:

-Lo sé, Maestro. Resucitará en el último día.
-Yo soy la Resurrección y la Vida. El que crea en mí, aunque haya muerto, vivirá. Y quien crea y viva en mí no morirá para siempre. ¿Crees tú todo esto?

Jesús, que antes había hablado con voz más bien baja únicamente a Marta, alza el tono de la voz para decir estas frases con que proclama su potencia de Dios, y el perfecto timbre de aquélla resuena como tañido de oro en el vasto jardín. Un estremecimiento, casi de espanto, sacude a los presentes; pero luego algunos hacen sonrisas maliciosas y menean la cabeza.

Marta -a quien Jesús, teniendo apoyada una mano sobre su hombro, parece querer transfundirle una esperanza cada vez más fuerte-que tenía baja la cabeza, alza la cara. La alza hacia Jesús, y fija sus ojos afligidos en las luminosas pupilas de Cristo. Entonces, apretando las manos contra el pecho con un ansia distinta, responde:

-Sí, Señor, Yo creo esto. Creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, que ha venido al mundo. Y que puedes todo lo que quieres. Creo. Voy a avisar a María -y se marcha rápida. Desaparece dentro de la casa.

Jesús permanece donde está. Es decir, da algunos pasos hacia delante y se acerca al cuadro de jardín que rodea al estanque, cuadro todo sembrado de brillantes por ese lado, debido al fino polvillo acuoso del surtidor, inclinado, como si fuera una plumita de plata, hacia ese lado por un leve vientecillo; y parece perderse, Jesús, contemplando los zigzagueos de los peces bajo el velo de agua cristalina. Y sus juegos, que ponen comas de plata y visos de oro en el cristal de esa agua en que el sol incide.

Los judíos lo observan. Involuntariamente, se han separado formando grupos bien distintos. Por una parte, frente a Jesús, todos los enemigos suyos, habitualmente divididos entre sí por espíritu sectario pero que ahora se armonizan en hostigarlo.

A su lado, detrás de los apóstoles (a los que se ha unido Santiago de Zebedeo), José, Nicodemo y los otros de espíritu benévolo. Más allá, Gamaliel, que sigue en su sitio y en su postura de antes, y que está solo, porque su hijo y sus discípulos se han separado para distribuirse entre los dos grupos principales para estar más cerca de Jesús.

Con su grito habitual: « ¡Rabbuní!», María sale de la casa y corre hacia Jesús extendiendo hacia delante los brazos. Se arroja a sus pies. Le besa los pies entre fuertes sollozos. Una serie de judíos, que estaban en casa con ella y que la han seguido, unen sus llantos, de dudosa sinceridad, al de ella. También Maximino, Marcela, Sara y Noemí han seguido a María, y lo mismo todos los dependientes de casa. Los lamentos son fuertes y altos.

Creo que dentro de la casa no ha quedado nadie. Marta, al ver llorar así a María, llora fuertemente también.

-¡La paz a ti, María. ¡Álzate! ¡Mírame! ¿Por qué este llanto, como el de uno que no tiene esperanza?

Jesús se inclina, para decir en tono bajo estas palabras, sus ojos en los ojos de María, que, estando de rodillas, relajada sobre sus talones, tiende hacia Él las manos en un gesto de invocación; y que, debido a su fuerte sollozo, no puede hablar.

-¿No te dije que esperaras más allá de lo creíble para ver la gloria de Dios? ¿Acaso ha cambiado tu Maestro, para que hubiera motivo de angustiarse de esa manera?

Pero María no recoge estas palabras que quieren prepararla ya a una alegría demasiado fuerte después de tanta angustia. Grita, por fin dueña de su voz:

-¡Oh, Señor! ¿Por qué no has venido antes? ¿Por qué te has alejado tanto de nosotros? ¡Sabías que Lázaro estaba enfermo! Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano., ¿Por qué no has venido? Tenía que mostrarle todavía que le amabas. Él debía vivir. Yo debía mostrarle que perseveraba en el bien. ¡Mucho angustié a mi hermano!

¿Y ahora? ¡Ahora que podía hacerlo feliz, me ha sido arrebatado! Tú podías conservármelo. Podías haber dado a la pobre María la alegría de consolarlo después de haberle causado tanto dolor. ¡Oh! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Maestro mío!

¡Salvador mío! ¡Esperanza mía! -y cae otra vez al suelo, con la frente sobre los pies de Jesús, que reciben otra vez el lavacro del llanto de María. Y gime:

-¿Por qué has hecho esto, Señor? Incluso por los que te odian y gozan de todo esto que está sucediendo… ¿Por qué has hecho esto, Jesús?

Pero no hay reproche en el tono de María, como lo ha habido en el de Marta. María tiene sólo esa angustia de quien, además de su dolor de hermana, siente también el de discípula que percibe menoscabado en el corazón de muchos el concepto de su Maestro.

Jesús, muy agachado para recoger estas palabras susurradas rostro en tierra, se yergue y dice fuerte:
-¡María, no llores! También tu Maestro sufre por la muerte del amigo fiel… por haber debido dejarlo morir…

¡Oh, qué risitas y miradas de rencoroso júbilo hay en las caras de los enemigos de Cristo! Lo sienten vencido, y exultan, mientras que los amigos se ponen cada vez más tristes.

Jesús dice aún más fuerte:

-Pero Yo te digo: no llores. ¡Álzate! ¡Mírame! ¿Crees tú que Yo, que te he amado tanto, he hecho esto sin motivo?

¿Eres capaz de pensar que te he dado este dolor inútilmente? Ven. Vamos donde Lázaro. ¿Dónde lo habéis puesto?

Jesús, más que a María y a Marta -las cuales, llorando ahora más violentamente, no hablan-, pregunta a todos los demás, especialmente a los que han salido de la casa con María y parecen los más turbados. Quizás son parientes más mayores, no lo sé.

Y éstos responden a Jesús, que está visiblemente compungido:

-Ven y velo tú -y se encaminan hacia el sitio del sepulcro, que está en el extremo del huerto, en un lugar en que el suelo tiene ondulaciones y vetas de roca calcárea que afloran a la superficie.

Marta, al lado de Jesús, que ha forzado a María a ponerse en pie y la está guiando porque está cegada por el fuerte llanto, indica con la mano a Jesús dónde está Lázaro; y, llegados al lugar, dice:

-Ahí es, Maestro, donde tu amigo está sepultado -y señala hacia la piedra que está puesta oblicuamente contra la boca del sepulcro.

Jesús, para ir a ese sitio, seguido por todos, ha tenido que pasar por delante de Gamaliel. Pero ni Él ha saludado a Gamaliel ni Gamaliel lo ha saludado a Él.

Luego, Gamaliel se ha unido a los otros y se ha parado, igual que todos los más inflexibles fariseos, a unos metros del sepulcro. Jesús, por su parte, sigue adelante, hasta muy cerca de la tumba, junto con las hermanas, con Maximino y con esos que quizás son los parientes. Jesús contempla la pesada piedra, que hace de puerta del sepulcro y de pesado obstáculo entre Él y el amigo fenecido, y llora. El llanto de las hermanas aumenta, como también el de los íntimos y familiares.

-¡Quitad esta piedra! -grita Jesús al improviso, habiendo enjugado antes su llanto.

En todos se manifiesta un gesto de estupor. Un murmullo recorre la aglomeración de gente, que ha crecido con algunos de Betania que han entrado en el jardín y se han agregado a los convocados. Veo a algunos fariseos que se tocan la frente meneando la cabeza como diciendo: « ¡Está loco!».

Nadie ejecuta la orden. Hasta los más fieles titubean y sienten repulsa por hacerlo. Jesús repite más fuerte su orden, haciendo estremecerse más todavía a la gente, la cual, experimentando dos sentimientos opuestos, hace ademán como de huir y, inmediatamente después, de acercarse más, para ver, desafiando el inminente hedor del sepulcro que Jesús quiere ver abierto.

-Maestro, no se puede -dice Marta esforzándose en contener el llanto para hablar -Hace ya cuatro días que está ahí abajo. ¡Y Tú sabes de qué enfermedad ha muerto!

Sólo nuestro amor podía cuidarlo… Ahora, sin duda alguna y a pesar de los ungüentos, olerá fuertemente… ¿Qué quieres ver? ¿Su podredumbre?… No se puede… incluso por la impureza de la corrupción y…

-¿No te Es un grito de voluntad divina… Un « ¡oh!» quedo brota de todos los pechos. Palidecen las caras Alguno tiembla, como si hubiera pasado por todos un viento gélido de muerte.

Marta hace una señal a Maximino, y éste ordena a los dependientes de la casa que cojan las herramientas que se requieren para quitar la pesada piedra.

Ellos se marchan, a buen paso. Vuelven con picos y fuertes palancas. Y trabajan: introducen las puntas de los relucientes picos entre la roca y la piedra; sustituyen luego los picos por las palancas; en fin, retiran cuidadosamente la piedra haciéndola rodar por un lado para correrla luego cautamente hasta la pared rocosa.

Un hedor pestilente sale de la galería oscura y hace retroceder a todos.

Marta pregunta en voz baja: -Maestro, ¿quieres bajar ahí? Si quieres bajar, se necesitan antorchas…

Pero el pensamiento de tener que hacerlo la pone pálida.

Jesús no le responde. Alza los ojos al cielo, abre los brazos en cruz y ora con voz fortísima, recalcando bien las palabras:

-¡Padre! Te doy gracias por haberme escuchado. Sabía que siempre me escuchas. Pero lo he dicho por estos que están aquí, por la gente que tengo a mi alrededor, ¡para que crean en ti, en mí, en que Tú me has enviado!

Permanece así unos momentos. Tan transfigurado está, que parece raptado en éxtasis. Mientras, sin sonido de voz, dice otras, secretas palabras de oración o adoración, no sé.

Lo que sí sé es que está tan espiritualizado, que no se le puede mirar sin sentirse temblar el corazón en el pecho.

Parece hacerse, de cuerpo, luz; espiritualizarse, crecer en estatura, elevarse del suelo. Aun conservando sus colores de pelo, ojos, piel, indumentos -no como durante la transfiguración del Tabor, durante la cual todo se hizo luz y blancor deslumbrantes-, parece emanar luz y que todo en Él se haga luz. La luz parece ponerle alrededor una aureola, especialmente en torno al rostro, elevado al cielo y arrobado en la contemplación del Padre.

Está así un rato. Luego vuelve a ser Él, el Hombre, aunque con una majestad poderosa. Se acerca hasta el umbral del sepulcro. Mueve los brazos -hasta ese momento los había tenido extendidos en cruz y con las palmas vueltas hacia el cielo-, los mueve hacia delante; vuelve las palmas hacia abajo: las manos, por tanto, están ya dentro de la galería del sepulcro y su blancor resalta en la negrura que la llena.

Él hunde en esa negrura muda el fuego azul de sus ojos, cuyo fulgor de milagro es hoy insostenible; y, con voz potente, con un grito que es mayor que cuando en el lago mandó al viento calmarse, con una voz cual en ningún otro milagro lo he oído, grita:

-¡Lázaro! ¡Sal fuera!

La voz, por el eco, se refleja en la cavidad sepulcral, y se expande, para salir luego a todo el jardín; y retumba en los desniveles de las ondulaciones de Betania: yo creo que llega hasta las primeras lomas que se elevan más allá de la campiña, y desde allí vuelve, repetida y queda, cual imperativo que no cesa; lo cierto es que desde infinitas partes se oye: « ¡fuera! ¡fuera! ¡fuera!».

Todos sienten un estremecimiento más intenso, y, si la curiosidad tiene clavados a todos en sus sitios, las caras palidecen y los ojos se dilatan, mientras las bocas se entreabren involuntariamente con el grito de estupor ya en la garganta.

Marta, un poco hacia atrás y al lado, está como hechizada mirando a Jesús. María cae de rodillas; ella, que no se ha separado nunca de su Maestro, cae de rodillas en el umbral del sepulcro, con una mano en el pecho para frenar los latidos del corazón y la otra agarrada, inconsciente y convulsamente, a un extremo del manto de Jesús (y se comprende que tiembla, porque el manto recibe leves vibraciones de la mano que lo aferra).

Algo, de color blanco, parece surgir del fondo profundo de la galería. Primero es una casi imperceptible, pequeña línea convexa; luego se transforma en una forma oval; luego a este óvalo se le añaden líneas más amplias, más largas, cada vez más largas… Y el que estaba muerto, envuelto en su mortaja, va acercándose lentamente, va siendo cada vez más visible, espectral, impresionante.

Jesús retrocede, retrocede, insensiblemente, pero continuamente a medida que el otro avanza; la distancia entre los dos es, por tanto siempre igual.

María debe soltar el borde del manto, pero no se mueve de donde está. La alegría, la emoción, todo, la clavan al sitio en que estaba. Un «¡oh!» cada vez más nítido sale de las gargantas, cerradas antes por un espasmo de espera: de susurro casi imperceptible, pasa a ser voz; de voz, a grito potente.

Lázaro está ya en el umbral. Ahí se para, rígido, mudo, semejante a una estatua de yeso apenas esbozada (por tanto, informe); una forma larga, estrecha en la cabeza, estrecha en las piernas, más ancha en el tronco, macabra como la misma muerte, espectral con el blancor de la mortaja sobre el fondo oscuro del sepulcro.

A la luz del sol que incide en él, se ve que la mortaja ya chorrea podredumbre por varios puntos.

Jesús grita fuerte:

-¡Desatadlo y dejadlo libre! ¡Dadle ropa y comida!
-¡Maestro!… -dice Marta, y quizás querría decir más.

Pero Jesús la mira fijamente y la subyuga con su fúlgida mirada; dice:

-¡Aquí ¡Enseguida! ¡Traed una túnica! ¡Vestidlo en presencia de todos y dadle de comer!

Da órdenes, pero no se vuelve ni una sola vez a mirar a los que tiene detrás y en torno. Sus ojos miran sólo a Lázaro, a María, que está cerca del resucitado y sin preocuparse del asco que da a todos la mortaja purulenta, y a Marta, que jadea como si se le estallase el corazón y no sabe si gritar su alegría o si llorar…

Los criados se apresuran a ejecutar las órdenes. Noemí es la primera que se pone en movimiento, rápida, y la primera que vuelve, con la ropa colgada en el brazo. Algunos desatan los lazos de las vendas, después de haberse remangado y haberse ceñido las túnicas para que no toquen la podredumbre que fluye. Marcela y Sara vuelven con ánforas de perfumes, seguidas de criados, unos con barreños y ánforas que despiden vapor de agua, otros con bandejas, tazas llenas de leche, y vino, fruta, tortas cubiertas de miel.

Las vendas, estrechas y larguísimas, de lino creo, con bordes en los dos lados, tejidas, claro está, para ese uso, se desenrollan como rollos de cinta de una gran bobina, y se van acumulando en el suelo, cargadas de ungüentos aromáticos y de podredumbre. Los criados las apartan haciendo uso de palos. Han empezado por la cabeza, donde también hay materia purulenta (sin duda, supurada por la nariz, las orejas y la boca).

El sudario colocado sobre la cara está todo empapado de estas supuraciones que ensucian el rostro de Lázaro (un rostro palidísimo, esqueletado, con los ojos cerrados por los ungüentos puestos en las órbitas, y con el pelo apelmazado, al igual que la barbita rala del mentón).

Va cayendo lentamente la sábana, el sudario colocado en torno al cuerpo, a medida que las vendas van bajando, bajando, bajando, liberando así el tronco que habían tenido oprimido durante días, devolviendo así forma humana a lo que antes habían hecho parecer una gran crisálida.

Los osudos hombros, los brazos esqueletados, las costillas apenas cubiertas de piel, el vientre hundido van apareciendo lentamente. Y a medida que las vendas van cayendo, las hermanas, Maximino, los criados, dan en quitar el primer estrato de suciedad y de bálsamos, e insisten hasta que -cambiando continuamente el agua y añadiendo a ellas productos aromáticos que las hacen detergentes-la piel aparece limpia.

Lázaro, cuando le liberan la cara y puede mirar, dirige su mirada a Jesús, antes incluso que a sus hermanas, y, mirando a su Jesús con una sonrisa de amor en los pálidos labios y un brillo de llanto en las profundas órbitas, se olvida y abstrae de todo lo que sucede. También Jesús le sonríe con un brillo de llanto en el lagrimal de los ojos, y, sin hablar, dirige la mirada de Lázaro al cielo; Lázaro comprende, y mueve los labios en una silenciosa oración.

Marta piensa que quiere decir algo y que todavía no tiene voz, y pregunta:

-¿Qué me dices, Lázaro mío?
-Nada, Marta. Daba gracias al Altísimo.

La pronunciación es segura, fuerte la voz. La gente exhala un nuevo «¡oh!» de estupor. Ya le han liberado hasta las caderas (liberado y limpiado). Ya pueden vestirlo con la túnica corta, una especie de camisón que supera la ingle y cuelga sobre los muslos.

Le sugieren que se siente para desatarlo y lavarle las piernas. En cuanto quedan éstas al descubierto, Marta y María, señalando piernas y vendas, gritan fuerte. Y, a pesar de que en las vendas que ciñen las piernas y en la sábana puesta debajo de aquéllas la supuración es tan abundante que forma pequeños regueros en la tela, las piernas aparecen completamente cicatrizadas. Las cicatrices rojo-cianóticas son el único indicio que señala dónde estaban las gangrenas.

La gente, toda, grita más fuerte, estupefacta. Jesús sonríe, y sonríe a Lázaro, que mira un instante sus piernas curadas, para abstraerse luego de nuevo mirando a Jesús. Parece no poder saciarse de verlo. Los judíos, fariseos, saduceos, escribas, rabíes, se acercan, cautos para no contaminarse la ropa. Miran bien de cerca a Lázaro. Miran bien de cerca a Jesús. Pero ni Lázaro ni Jesús se ocupan de ellos. Se miran, y todo lo demás no cuenta.

Le ponen las sandalias a Lázaro. Él se pone en pie, ágil, seguro. Toma la túnica que Marta le ofrece. Se la pone él solo, se abrocha el cinturón, se coloca los pliegues. Ahí está, delgado y pálido, pero igual que todos. Se lava otra vez las manos y los brazos hasta el codo arremangándose. Y luego, con agua nueva, otra vez se lava cara y cabeza, hasta que se siente completamente limpio. Se seca pelo y cara, devuelve la toalla al criado y va derecho hacia Jesús. Se postra. Le besa los pies.

Jesús se agacha, lo pone en pie, lo estrecha contra su corazón y le dice: -¡Bienvenido de nuevo, amigo mío! La paz sea contigo, y la alegría. Vive para cumplir tu feliz destino. Alza tu cara para darte el beso de saludo.

Y lo besa en las mejillas. Lázaro corresponde en igual
manera al beso de Jesús.

Sólo después de haber venerado y besado al Maestro, Lázaro habla con sus hermanas y las besa. Luego besa a Maximino y a Noemí, que lloran de alegría, y a algunos de los que creo que están emparentados con la casa o son amigos muy íntimos. Luego besa a José, a Nicodemo, a Simón Zelote y a algún otro.

Jesús va personalmente hacia uno de los criados, que tiene en sus brazos una bandeja con comida, y toma una torta con miel, una manzana, una copa de vino, y se las da a Lázaro -antes las ofrece y bendice-para que coma y beba.

Y Lázaro come con el sano apetito de una persona que goza de salud. Todos exhalan otro « ¡oh!» de estupor.
Jesús parece ver sólo a Lázaro, pero en realidad observa todo y a todos, y, al ver que, con gestos de ira, Sadoq, Elquías, Cananías, Félix, Doras, Cornelio y otros están para marcharse, dice fuerte:

-Espera un momento, Sadoq. Debo decirte una palabra. A ti y a los tuyos.

Ellos se paran, con facha de delincuentes. José de Arimatea se asusta y hace una señal al Zelote para que retenga a Jesús.

Pero Él ya está yendo hacia el grupo rencoroso, y ya está diciendo con voz fuerte:

-¿Te basta, Sadoq, lo que has visto? Me dijiste un día que para creer necesitabais, tú y los que son como tú, ver que un muerto descompuesto se recompusiera y recuperara la salud. ¿Te ha saciado la podredumbre que has visto? ¿Eres capaz de confesar que Lázaro estaba muerto y que ahora está vivo y tan sano como no lo estaba desde hacía años?

Lo sé: vosotros habéis venido aquí a tentar a éstos, a crear en ellos duda y mayor dolor. Habéis venido aquí a buscarme, esperando encontrarme escondido en la habitación del moribundo.

Habéis venido aquí no por un sentimiento de amor y por el deseo de honrar al difunto, sino para aseguraros de que Lázaro estaba realmente muerto, y habéis seguido viniendo, cada vez más contentos a medida que el tiempo pasaba. Si las cosas hubieran ido según vuestras esperanzas -como ya creíais que iban- habríais tenido motivo para estar jubilosos.

El Amigo que cura a todos pero no cura al amigo; el Maestro que premia todas las fes, pero no las de sus amigos de Betania; el Mesías impotente ante la realidad de una muerte. Esto era lo que os daba motivo para estar jubilosos. Pero Dios os ha respondido. Ningún profeta pudo nunca reunir lo que estaba deshecho, además de muerto.

Dios lo ha hecho. Ahí tenéis el testimonio vivo de lo que Yo soy. Hubo un día en que Dios tomó barro e hizo con él una forma y exhaló en él el espíritu vital y el hombre comenzó a ser. Dije Yo:

"Hágase al hombre a nuestra imagen y semejanza". Porque Yo soy el Verbo del Padre. Hoy, Yo, Verbo, he dicho a lo que es aún menos que fango, a la materia descompuesta: "Vive", y la materia descompuesta se ha vuelto a componer formando carne, carne íntegra, viva, palpitante.

Ahí la tenéis, os está mirando. Y con la carne he reunido el espíritu que yacía desde hacía días en el seno de Abraham. Lo he llamado con mi voluntad, porque todo lo puedo, Yo, el Viviente, Yo, el Rey de reyes al que están sujetas todas las criaturas y las cosas.

¿Ahora qué me respondéis?

Está frente a ellos, alto, radiante de majestad, verdaderamente Juez y Dios. Ellos no responden.

Él insta:
-¿Todavía no os es suficiente para creer, para aceptar lo ineluctable?

-Has mantenido sólo una parte de la promesa. Ésta no es la señal de Jonás… -dice Sadoq en tono áspero.

-Recibiréis también esa señal. Lo he prometido y lo mantengo -dice el Señor -Y otro que está aquí presente, y que espera otra señal, la recibirá. Y la aceptará, porque es un justo. Vosotros no. Vosotros seguiréis siendo lo que sois.

Da media vuelta y ve a Simón, el miembro del Sanedrín hijo de Elí-Ana (al que su propio hijo mandó asesinar…).

Lo mira fijamente, fijamente. Deja plantados a los de antes y, llegando hasta estar cara a cara con éste, le dice en voz baja pero incisiva:

-¡Mejor para ti que Lázaro no recuerde su permanencia entre los muertos! ¿Qué has hecho de tu padre, Caín?

Simón huye lanzando un grito, un grito de miedo que luego se transforma en grito de maldición:

-¡Maldito seas, Nazareno! -al cual Jesús responde:
-¡Tu maldición sube al Cielo y desde el Cielo el Altísimo te la arroja! ¡Llevas en ti la marca, desalmado!

Vuelve hacia los grupos de gente asombrada, casi asustada. Se cruza con Gamaliel, que se dirige hacia la calle. Lo mira, y Gamaliel lo mira a Él. Jesús, sin pararse, le dice:

-Estáte preparado, rabí. Pronto vendrá la señal. No miento nunca.

La gente va desalojando lentamente el jardín. Los judíos están como aturdidos, pero la mayoría de ellos rezuma ira por todos los poros. Si las miradas pudieran reducir a ceniza, Jesús estaría pulverizado ya desde hacía mucho.

Hablan, discuten entre sí. Se marchan, tan vencidos ya por esta derrota que les ha sido infligida, que ya no saben ocultar bajo una hipócrita amistad el motivo de su presencia ahí. Se marchan sin saludar ni a Lázaro ni a las hermanas.

Se quedan atrás algunos que el milagro ha conquistado para el Señor. Entre éstos, José Bernabé, que se arroja al suelo, de rodillas ante Jesús y lo adora.

Otro es el escriba Joel de Abías, que hace lo mismo antes de marcharse. Y otros más, que no conozco, pero que deben ser influyentes.

Lázaro, entretanto, rodeado de sus más íntimos, se ha retirado a casa. José, Nicodemo y los otros buenos saludan a Jesús y se marchan. Se marchan con profundas reverencias los judíos que estaban con Marta y María. Los criados cierran la cancilla. La casa vuelve a la calma.

Jesús mira a su alrededor. Ve humo y rojo de fuego en el fondo del jardín, en la parte del sepulcro. Jesús, solo, erguido en medio de un sendero, dice:

-La podredumbre que es aniquilada por el fuego… La podredumbre de la muerte… Pero, la de los corazones… la de esos corazones ningún fuego la aniquilará… Ni siquiera el fuego del Infierno. Será eterna… ¡Qué horror!… Más que la muerte… Más que la corrupción… Y… Pero ¿quién te salvará, oh Humanidad, si tanto estimas el estar corrompida? Quieres estar corrompida. Y Yo… Yo he arrebatado al sepulcro a un hombre con una palabra… Y con un mar de palabras… y uno de dolores… no podré arrebatar al pecado al hombre, a los hombres, a millones de hombres.

Se sienta y se tapa la cara con las manos, abatido…
Lo ve un criado que pasa. Va a casa. Poco después, sale de casa María. Va donde Jesús, ligera como si no tocara el suelo. Se acerca a Él. Dice suavemente:

-Rabbuní, estás cansado… Ven, mi Señor. Tus apóstoles, cansados, han ido a la otra casa; todos menos Simón el Zelote… ¿Estás llorando, Maestro? ¿Por qué?…

Se arrodilla a los pies de Jesús… lo observa… Jesús la mira. No responde. Se levanta y va hacia la casa, seguido por María.

Entran en una sala. Lázaro no está, y tampoco el Zelote.

Pero Marta sí, feliz, transfigurada de alegría. Se vuelve hacia Jesús y explica:

-Lázaro ha ido a bañarse. Para purificarse más. ¡Oh, Maestro! ¡Maestro! ¡Qué puedo decirte!

Lo adora con todo su ser. Advierte la tristeza de Jesús y dice:

-¿Estás triste, Señor? ¡No estás contento de que Lázaro…?

Le viene una sospecha:
-¡Ah, estás serio conmigo! He pecado. Es verdad.
-Hemos pecado, hermana -dice María.

-No, tú no. ¡Maestro, María no ha pecado! María ha sabido obedecer. Sólo yo he desobedecido. Yo te envié aviso porque… porque no podía seguir oyendo que ésos insinuaran que no eras el Mesías, el Señor… y no podía seguir viendo ese sufrimiento… Lázaro te anhelaba mucho, te llamaba mucho… Perdóname, Jesús.

-¿Y tú no hablas, María? -pregunta Jesús.

-Maestro… yo… Yo he sufrido en ese momento sólo como mujer. Sufría porque… Marta, jura, jura aquí, delante del Maestro, que nunca, nunca contarás a Lázaro su delirio… Maestro mío… Yo te he conocido del todo, ¡oh Divina Misericordia!, en las últimas horas de Lázaro. ¡Oh, mi Dios! ¡Cuánto me has amado Tú, Tú que me has perdonado, Tú, Dios, Tú, Puro, Tú…, si mi hermano, que también me ama, siendo hombre, sólo hombre, no ha perdonado todo en el fondo de su corazón!

No, no es así; debo decir: no ha olvidado mi pasado y, cuando la debilidad de la agonía ha obnubilado en él su bondad que yo creía olvido del pasado, ha expresado su dolor a gritos, su indignación por mí… ¡Oh!…
María llora…

-No llores, María. Dios te ha perdonado y ha olvidado. El alma de Lázaro también ha perdonado y ha olvidado, ha querido olvidar. El hombre no ha podido olvidar todo. Y cuando la carne ha dominado con su extrema convulsión a la voluntad desfallecida, el hombre ha hablado.

-No estoy enojada por ello, Señor. Me ha servido para amarte más y para amar más todavía a Lázaro. Pero desde ese momento también yo he anhelado tu presencia… porque era demasiado angustioso pensar en Lázaro muerto sin paz por causa mía… y después, después, cuando te he visto escarnecido por los judíos… cuando he visto que no venías ni siquiera después de la muerte, ni siquiera después de que te había obedecido esperando más allá de lo creíble, esperando hasta cuando el sepulcro se abrió para recibirlo, entonces también mi espíritu ha sufrido. Señor, si debía expiar, y, sin duda, debía hacerlo, he expiado, Señor…

-¡Pobre María! Conozco tu corazón. Has merecido el milagro. Que ello te afirme en saber esperar y creer.

-Maestro mío, ya esperaré y creeré siempre. No dudaré ya, nunca más, Señor. Viviré de fe. Tú me has dado la capacidad de creer lo increíble.

-¿Y tú, Marta? ¿Tú has aprendido? No. Todavía no. Eres mi Marta. Pero no eres todavía mi perfecta adoradora. ¿Por qué obras y no contemplas? Es más santo. ¿No lo ves? Tu fuerza, estando demasiado dirigida a cosas terrenas, ha cedido ante la constatación de esos hechos terrenos que pueden parecer algunas veces sin remedio. En verdad, las cosas terrenas no tienen remedio, si Dios no interviene.

La criatura necesita por eso saber creer y contemplar; necesita amar hasta el extremo de las fuerzas de todo el hombre, con el pensamiento, el alma, la carne, la sangre, con todas las fuerzas del hombre, repito. Te quiero fuerte, Marta. Te quiero perfecta.

No has sabido obedecer porque no has sabido creer y esperar completamente, y no has sabido creer y esperar porque no has sabido amar totalmente. Pero Yo te absuelvo de ello. Te perdono, Marta.

He resucitado a Lázaro hoy. Ahora te doy un corazón más fuerte. A él le he devuelto la vida, a ti te infundo la fuerza de amar, creer y esperar perfectamente. Ahora estad contentas y en paz. Perdonad a quienes os han ofendido en estos días…

-Señor, en esto yo he pecado. Hace poco, al viejo Cananías, que te había tomado a burla los otros días, le he dicho: "¿Quién ha triunfado? ¿Tú o Dios? ¿Tu burla o mi fe? Cristo es el Viviente y es la Verdad. Yo sabía que su gloria refulgiría con mayor fuerza. Y tú, viejo, reconstrúyete el alma, si no quieres conocer la muerte".

-Está bien lo que has dicho. Pero no disputes con los malvados, María. Y perdona. Perdona si me quieres imitar… Ahí está Lázaro. Oigo su voz.

En efecto, Lázaro está entrando, vestido de nuevo, bien afeitadas las mejillas, los cabellos en orden y perfumados. Con él están Maximino y el Zelote.

-¡Maestro!
Lázaro se arrodilla, adorando todavía.
Jesús le pone una mano en la cabeza y sonríe. Dice:

-La prueba ha sido superada, amigo mío. Para ti y para tus hermanas. Ahora estad alegres y sed fuertes para servir al Señor. ¿Qué recuerdas, amigo, del pasado? Quiero decir: de tus últimas horas.

-Un gran deseo de verte y una gran paz envuelto en el amor de mis hermanas.

-¿Y qué es lo que más te dolía dejar al morir?
-A ti, Señor, y a mis hermanas: A ti, por no poderte servir; a ellas, porque me han dado toda suerte de alegrías…

-¡Oh! ¿Yo, hermano?! -suspira María.
-Tú más que Marta. Tú me has dado a Jesús y la medida de lo que es Jesús. Y tú has sido dada por Jesús a mí: tú, María, eres el don de Dios.

-Lo decías también cuando morías… -dice María, y escudriña el rostro de su hermano.
-Porque es mi constante pensamiento.
-Pero te he causado mucho dolor…

-También la enfermedad me causó dolor. Pero con ella espero haber expiado las culpas del viejo Lázaro, y haber resucitado purificado para ser digno de Dios. Tú y yo, los dos resucitados para servir al Señor, y Marta entre nosotros, ella que siempre fue la paz de la casa.

-¿Lo estás oyendo, María? Lázaro dice palabras de sabiduría y verdad. Ahora me retiro y os dejo a que gocéis de vuestra alegría…

-No, Señor. Quédate con nosotros, aquí; quédate en Betania, en mi casa. Será hermoso…

-Me quedaré. Quiero compensarte todo lo que has padecido.

Marta, no estés triste. Marta piensa que me ha causado dolor. Pero mi dolor no es tanto por vosotros, cuanto por los que no quieren redimirse. Ellos odian cada vez más.

Tienen el veneno en el corazón… Pues bien… de todas formas, perdonamos…

-Perdonamos, Señor -dice Lázaro con su benévola sonrisa… y en estas palabras todo termina.

Como glosa a la resurrección de Lázaro y en relación a una frase de S. Juan. Dice Jesús:

-En el Evangelio de Juan, como se lee desde hace ya siglos, está escrito: “Jesús no había entrado todavía en Betania" (Jn11, 30). Para prevenir posibles objeciones, hago la observación de que entre esta frase y la de la Obra -que Yo me encontré con Marta a pocos pasos del estanque, en el jardín de Lázaro-no hay contradicciones de hechos, sino sólo de traducción y descripción. Tres cuartas partes de Betania eran de Lázaro. Como también era suya una buena parte de Jerusalén.

Pero vamos a hablar de Betania. Siendo tres cuartas partes de ella de Lázaro, podía decirse: Betania de Lázaro. Por tanto, no contendría error el texto, como algunos quieren decir, ora hubiera visto a Marta en el pueblo, ora la hubiera visto en la fuente. Y, en verdad, Yo no había entrado en el pueblo, evitando así que vinieran los de Betania, todos ellos hostiles contra los del Sanedrín.

Había pasado por detrás de Betania para ir a la casa de Lázaro, que estaba en el extremo opuesto respecto a una persona que entrara en Betania viniendo de Ensemes. Por tanto, es exacto lo que dice Juan, de que Jesús no había entrado todavía en el pueblo. Y también habla con exactitud el pequeño Juan (María Valtorta) al decir que me había parado cerca del estanque (fuente para los hebreos), ya en el jardín de Lázaro; pero que estaba todavía muy lejos de la casa. Consideren éstos, además, que mientras se estaba en el tiempo del luto y de la impureza (todavía no era el séptimo día después de la muerte), las hermanas no salían de la casa; por tanto, en el recinto de su propiedad se produjo este encuentro.

Nótese que el pequeño Juan habla de la llegada de los de Betania al jardín no antes de que Yo hubiera ordenado retirar la piedra. Antes Betania no sabía que estaba en Betania; solo cuando se esparció la noticia vinieron a casa de Lázaro.

Habría podido intervenir a tiempo para impedir la muerte de Lázaro. Pero no quise hacerlo. Sabía que esta resurrección sería un arma de doble filo, porque convertiría a los judíos de pensamiento recto y haría más rencorosos a los de pensamiento no recto. De éstos, y al son de esta última manifestación de mi poder, provendría mi sentencia de muerte. Pero había venido al mundo para esto, y la hora ya había madurado para que ello se cumpliera.

También hubiera podido ir donde Lázaro inmediatamente. Pero necesitaba convencer a los incrédulos más obstinados con la resurrección a partir de un estado de descomposición ya avanzado; y también a mis apóstoles, que, destinados a llevar mi fe al mundo, tenían necesidad de poseer una fe fortalecida por milagros excelentes.

En los apóstoles había mucha humanidad. Ya lo he dicho.
No era éste un obstáculo insuperable; más bien, era una lógica consecuencia de su condición de hombres llamados a ser míos a una edad ya adulta. No se cambia una mentalidad, una forma mentis, de un día para otro. Y Yo, en mi sabiduría, no quise tampoco elegir y educar a niños y formarlos según mi pensamiento para hacer de ellos mis apóstoles. Habría podido hacerlo.

No quise hacerlo, para que las almas no me criticaran el haber despreciado a aquellos que no son inocentes y alegaran como disculpa y justificación el que también Yo había significado con mi elección que quienes están ya formados no pueden cambiar. No. Todo se puede cambiar, si se quiere. Y, efectivamente, Yo, de pusilánimes, pendencieros, usureros, sensuales, incrédulos, hice mártires, santos, evangelizadores del mundo. Sólo el que no quiso no cambió.

Yo amé y amo al pequeño y al débil -tú eres un ejemplo de ello (se dirige a María Valtorta) —, con tal de que tengan la voluntad de amarme y de seguirme, y de estas "nadas" hago mis predilectos, mis amigos, mis ministros. Y me sigo sirviendo de ellos, y es un milagro continuo que hago, para llevar a los otros a creer en mí, a no ahogar las posibilidades de milagro. ¡Qué débil es ahora esta posibilidad!: cual lámpara a la que le falta el aceite, esta posibilidad agoniza y muere, ahogada por la escasa o inexistente fe en el Dios del milagro.

Hay dos formas de prepotencia al pedir el milagro. A una, Dios cede con amor; a la otra, le vuelve las espaldas desdeñado. La primera es la que pide, como he enseñado a pedir, sin desconfianza ni cansancio, y no admite que Dios pueda no escucharla, porque Dios es bueno y quien es bueno escucha, porque Dios es poderoso y lo puede todo. Esta forma es amor, y Dios concede a quien ama. La otra es la prepotencia de los rebeldes que quieren que Dios sea su siervo y que se humille ante sus maldades y que les dé a ellos aquello que ellos no le dan a Él: amor y obediencia.

Esta forma es una ofensa, que Dios castiga negando sus gracias.

Os quejáis de que Yo ya no efectúo los milagros colectivos. ¿Cómo podría efectuarlos? ¿Dónde están las colectividades que creen en mí? ¿Dónde, los verdaderos creyentes? ¿Cuántos son, en una colectividad, los verdaderos creyentes? Cuales flores supervivientes en un bosque quemado por un incendio, así veo Yo, de vez en cuando, un espíritu creyente; el resto lo ha quemado Satanás con sus doctrinas. Y cada vez lo quemará más.

Os ruego que tengáis presente, para regla vuestra sobrenatural, mi respuesta a Tomás. No se puede ser verdadero discípulo mío si uno no sabe dar a la vida humana el peso que le conviene: como medio para conquistar la Vida verdadera, no como fin. El que quiera salvar su vida en este mundo perderá la Vida eterna. Lo dije y lo repito. ¿Qué son las pruebas? La nube que pasa. El Cielo permanece y os espera más allá de la prueba.

Yo he conquistado el Cielo para vosotros con mi heroísmo. Vosotros debéis imitarme. El heroísmo no está reservado sólo a aquellos que deben conocer el martirio. La vida cristiana es un continuo heroísmo, porque es una continua lucha contra el mundo, el demonio y la carne. Yo no os fuerzo a seguirme. Os dejo libres. Pero hipócritas no os acepto. O conmigo y como Yo, o contra mí. Cierto es que no podéis engañarme. A mí no me podéis engañar. Y Yo no desciendo a pactos con el Enemigo. Si le preferís antes que a mí, no podéis pensar en tenerme a mí por Amigo contemporáneamente. O él o Yo, elegid.

El dolor de Marta es distinto del de María, debido a la distinta psicología de las dos hermanas y al distinto modo de comportarse que habían tenido. ¡Dichosos aquellos que se comportan de forma que no tienen luego el remordimiento de haber causado dolor a alguien que ahora está muerto y que ya no puede ser consolado del dolor que se le causó! Pero ¡cuánto más dichoso es aquel que no tiene el remordimiento de haber causado dolor a su Dios, a mí, a Jesús, y no teme su encuentro conmigo; antes al contrario, suspira por este encuentro, como alegría ansiosamente soñada durante toda la vida y por fin alcanzada!

Yo soy vuestro Padre, Hermano, Amigo. ¿Por qué, pues, me herís tantas veces? ¿Sabéis cuánto os queda de vida todavía?, ¿de vida para hacer reparación? No lo sabéis. Pues entonces, hora tras hora, día tras día, obrad bien; siempre bien. Me haréis siempre feliz. Y aunque llegue a vosotros el dolor -porque el dolor es santificación, es la mirra que preserva de la corrupción de la carnalidad-tendréis siempre en vosotros la certidumbre de que os amo, y que os amo incluso en ese dolor, y siempre tendréis la paz que proviene de mi amor. Tú, pequeño Juan, sabes si sé consolar incluso en el dolor.

En mi oración al Padre se repitió cuanto he dicho al principio: era necesario zarandear con un milagro excelente la obtusidad de los judíos y del mundo en general. Y la resurrección de una persona sepultada hacía cuatro días, y que había descendido a la tumba después de una larga, crónica, repugnante, conocida enfermedad, no era algo que debiera dejar indiferente a nadie, y tampoco en duda.

Si lo hubiera curado mientras vivía, o si hubiera infundido en él el espíritu inmediatamente después de la muerte, la mordacidad de los enemigos hubiera podido crear dudas acerca de la entidad del milagro. Pero el hedor del cadáver, la podredumbre en las vendas, el largo tiempo pasado en el sepulcro, no permitían dudas. Y ­milagro en el milagro-quise que a Lázaro le quitaran las vendas y lo limpiaran en presencia de todos, para que se viera que había vuelto no sólo la vida, sino también la integridad de los miembros donde antes la carne ulcerada había introducido en la sangre gérmenes de muerte. Al conceder una gracia, doy siempre más de lo que pedís.

Lloré delante de la tumba de Lázaro. Y se ha dado muchos nombres a este llanto. Pero, antes de nada, sabed que las gracias se obtienen -ambas cosas unidas-con dolor y fe segura en el Eterno. Lloré no tanto por la pérdida del amigo y por el dolor de las hermanas, cuanto porque, cual fondo submarino que se agita, afloraron en aquella hora, más vivas que nunca, tres ideas que, como tres clavos, habían hincado siempre su punta en mi corazón.

La constatación de la ruina a la que había llevado Satanás al hombre seduciéndolo al Mal. Ruina cuya condena humana era el dolor y la muerte. La muerte física, emblema y metáfora viva de la muerte espiritual, que la culpa procura al alma hundiéndola -a ella que es reina destinada a vivir en el reino de la Luz-en las tinieblas infernales.

La persuasión de que ni siquiera este milagro, puesto casi como corolario sublime de tres años de evangelización, convencería al mundo judío acerca de la Verdad de que Yo era Portador. Y que ningún milagro iba a convertir para Cristo al mundo que habría de venir. ¡Oh, qué dolor el estar próximo a la muerte por tan pocos!

La visión mental de mi próxima muerte. Era Dios. Pero también era Hombre. Y para ser Redentor debía sentir el peso de la expiación; por tanto, también el horror de la muerte, de esa muerte. Yo era uno que vivía, uno que estaba sano y que se decía a sí mismo: "Pronto estaré muerto, estaré en un sepulcro como Lázaro. Pronto tendré por compañera a la más atroz de las agonías. Debo morir". La bondad de Dios os exonera del conocimiento del futuro. Pero Yo no fui exonerado de ello.

Vosotros que os quejáis de vuestra condición. Ninguna fue más triste que la mía, porque tuve la constante presciencia de todo lo que debía sucederme, unida ella a la pobreza, las incomodidades, los comportamientos malévolos que me acompañaron desde el nacimiento hasta la muerte. No os quejéis, pues, y esperad en mí.
Os doy mi paz.

547- Jesús decide ir a Betania

La luz ya no es luz en el huertecito de la casa de Salomón, y los árboles, los contornos de las casas que hay al otro lado del camino, y especialmente el fondo del propio camino -donde la callecita deja de ser tal calle en la zona arbórea del río-, van perdiendo sus perfiles nítidos, para unificarse en una única línea de sombras más o meno claras, más o menos oscuras, con la sombra del anochecer, que se adensa cada vez más.

Más que colores, las cosas esparcidas sobre la tierra son ya sonidos. Voces de niños provenientes de las casas, madres que llaman, hombres que azuzan a las ovejas o al burro, algún que otro chirrido de poleas en los pozos, frufrú de hojas con el viento del anochecer, golpes secos, como de palos entrechocados, de los eléboros esparcidos por el boscaje. Arriba el primer titileo de las estrellas, todavía inseguro porque hay aún un vestigio de luz y porque la primera claridad de la Luna empieza a extenderse en el cielo.

-El resto lo diréis mañana. Ahora ya basta. Es de noche. Que cada uno vaya a su casa. La paz a vosotros. La paz a vosotros. Sí… Sí… Mañana. ¿Eh? ¿Qué dices? ¿Que tienes un escrúpulo? Déjalo tranquilo hasta mañana. Si mañana no se te ha pasado, vienes. ¡Pues sólo faltaba eso! ¡Ahora también los escrúpulos para cansarlo más! ¡Y los ávidos de ganancia! Y las suegras que quieren hacer cambiar a las nueras, y las nueras que quieren hacer menos ariscas a las suegras, y que unas y otras merecerían que les cortaran la lengua. ¿Y qué otras cosas hay? ¿Tú? ¿Qué dices? ¡Oh, éste sí! ¡Pobrecito! Juan, lleva a este niño donde el Maestro.

Su madre está enferma y lo manda para decir a Jesús que ore por ella. ¡Pobrecito! Se ha quedado atrás porque es pequeño. Y viene de lejos. ¿Cómo va a volver a casa? ¡Eh, todos vosotros! En vez de estar aquí para gozar de Él, ¿no podríais poner en práctica lo que el Maestro os ha dicho: ayudarse unos a otros, y los más fuertes prestar ayuda a los más débiles? ¡Venga! ¿Quién acompaña a casa al niño? Pudiera ser -no lo quiera Dios- que se encontrara a su madre muerta… Pues que al menos la vea. Asnos tenéis…

¿Que es de noche? ¿Y qué hay más hermoso que la noche? Yo he trabajado durante lustros a la luz de las estrellas, y estoy sano y robusto. ¿Lo llevas tú a casa? Que Dios te bendiga, Rubén. Aquí tienes al niño. ¿Te ha consolado el Maestro? Sí. Entonces puedes marcharte. Y sé feliz. Pero, habrá que darle comida. Quizás no come desde esta mañana.

-El Maestro le ha dado leche caliente, pan y fruta; lo tiene en la tuniquita -dice Juan.

-Entonces ve con este hombre. Te lleva a casa con el burro.

Por fin toda la gente se ha marchado y Pedro puede descansar, y también Santiago, Judas, el otro Santiago y Tomás, que le han ayudado a mandar a las casas a los más obstinados.

-Vamos a cerrar. No sea que alguno se arrepienta y vuelva, como esos dos. ¡Uf, qué cansado es el día después del sábado! -dice Pedro, y entra en la cocina y cierra la puerta; y añade:

-¡Ahora estaremos en paz!
Mira a Jesús, que está sentado al lado de la mesa, apoyando el codo en ella, sujetando la cabeza sobre la mano, pensativo, absorto.

Se acerca a Él, le pone la mano en el hombro y le dice:
-¡Estás cansado, ¿no?! ¡Mucha gente! Vienen de todas partes, a pesar de la estación en que estamos.
-Parece como si tuvieran miedo a perdernos pronto -observa Andrés, que está quitando las tripas a unos peces. También los otros se dedican a preparar el fuego para asarlos, o a remover unas achicorias que hay en un caldero hirviendo.

Sus sombras se proyectan sobre las paredes oscuras que el fuego, más que la luz, esclarece. Pedro busca una taza para dar leche a Jesús, que parece muy cansado. Pero no encuentra la leche y pregunta por ella a los otros.

-El niño se ha bebido la última que teníamos. La otra ha sido para el viejo mendigo y para la mujer que tenía a su marido enfermo -explica Bartolomé.

-¡Y el Maestro se ha quedado sin ella! No habríais debido darla toda.

-Lo ha querido Él así…
-Siempre querría así. Pero no debemos dejarlo. Da la ropa, da su parte de leche, se da a sí mismo, y se agota… -Pedro está disgustado.

-¡Tranquilo, Pedro! Dar es mejor que recibir -dice Jesús saliendo serenamente de su abstracción.

-¡Sí, claro! Y Tú das, das y te agotas. Y cuanto más te muestras dispuesto a todo acto de generosidad más se aprovechan los hombres.

Mientras dice esto, frota la mesa con unas hojas ásperas que dan un olor mitad a almendra mitad a crisantemo y la deja bien limpia, para poner encima pan y agua, y coloca una copa delante de Jesús, quien, sin demora, como teniendo mucha sed, se echa de beber. Pedro pone otra copa en el otro lado de la mesa, junto a un plato que contiene aceitunas y tallos de hinojo silvestre. Añade la bandeja de la achicoria -ya condimentada por Felipe-y, junto con los compañeros, trae unos taburetes muy rústicos para añadirlos a las cuatro sillas que hay en la cocina y que son insuficientes para trece personas.

Andrés ha estado cuidando el asado del pescado en la brasa Y ahora lo coloca en otro plato y se acerca a la mesa con otros panes. Juan quita la lámpara del lugar donde estaba y la coloca en medio de la mesa.

Jesús se levanta mientras todos se acercan a la mesa para cenar. Ora en voz alta, ofreciendo el pan y bendiciendo luego la mesa. Se sienta. Los demás también. Distribuye el pan y los peces (o sea, coloca los peces encima de las formas de pan, anchas y poco altas; del pan, en parte hecho recientemente y en parte no, que cada uno se ha puesto delante).

Luego los apóstoles se sirven la achicoria, usando para ello el tenedor grande de madera que está hundido en ella.

Para la verdura también hace de plato el pan. Sólo Jesús tiene delante un plato, de metal, grande y más bien deteriorado, y lo usa para la repartición del pescado, dando, ora a uno ora a otro, una porción de exquisito manjar: parece un padre entre sus hijos; padre siempre, aunque Natanael, Simón Zelote y Felipe puedan parecer padres de Él, y Mateo y Pedro puedan parecer sus hermanos mayores.

Comen y hablan de los hechos del día; Juan se ríe con ganas por el enfado de Pedro respecto al pastor de los montes de Galaad, que pretendía que Jesús subiera hasta donde estaba el rebaño, para que lo bendijera y le hiciera ganar mucho dinero a él para la dote que debía dar a su hija.

-Pues tiene poca gracia. Mientras decía: "Tengo enfermas a las ovejas y, si se mueren, me quedo en la ruina" -he sentido compasión de él. Es como si a nosotros, pescadores, nos entrara la carcoma en una barca. No se podría pescar, ni comer. Y todos tenemos derecho a comer.

Pero, cuando ha dicho: "Y quiero tenerlas sanas porque quiero hacerme rico y asombrar al pueblo por la dote que voy a dar a Ester y por la casa que me voy a construir", entonces me he puesto de mal talante. Le he dicho:

¿Y para esto has recorrido tanto camino? ¿Sólo te preocupan la dote, las riquezas y las ovejas? ¿No tienes un alma?". Me ha contestado: "Para el alma tengo tiempo.

Ahora me preocupan las ovejas y la boda, porque es un buen partido y Ester ya empieza a hacerse mayor". Entonces, bueno, pues, si no hubiera sido porque me he acordado de que Jesús dice que debemos ser misericordiosos con todos, ¡fresco hubiera ido ese hombre! Le he hablado entre tramontana y siroco.

-Y parecía que no ibas a acabar nunca. No cogías aliento.
Se te habían engrosado las venas del cuello, las tenías salientes como dos palos -dice Santiago de Zebedeo.

-Hacía un buen rato que se había marchado el pastor y tú seguías predicando. ¡Y dices que no sabes hablar a la gente! ¡Si llegas a saber! -añade Tomás, y lo abraza diciendo: -¡Pobre Simón! ¡Qué furia te ha venido!
-¿Pero es que no tenía razón? ¿Qué es el Maestro? ¿El hacedor de fortunas de todos los estúpidos de Israel? ¿Un paraninfo para las bodas de los otros?

-No te inquietes, Simón. Te sienta mal el pescado, si te lo comes con ese enojo -le hurga afablemente Mateo.
-Tienes razón. Siento en todo el sabor de los banquetes en casa de los fariseos, cuando como pan con temor y carne con furia.

Todos se ríen. Jesús sonríe y calla.
Están al final de la cena. Saciados, satisfechos de alimento y calor, están, un poco emperezados, alrededor de la mesa. También hablan menos. Algunos dan cabezadas. Tomás se distrae dibujando con el cuchillo una ramita de flores en la madera de la mesa.

Los hace reaccionar la voz de Jesús, quien, abriendo los brazos -los tenía cruzados y apoyados en el borde de la mesa-y extendiendo las manos, como hace el sacerdote cuando pronuncia "Dominus vobiscum", dice:

-¡Pues a pesar de todo tenemos que marcharnos!
-¿A dónde, Maestro? ¿Donde ese de las ovejas? -pregunta Pedro.
-No, Simón. A casa de Lázaro. Volvemos a Judea.
-¡Maestro, recuerda que los judíos te odian! -exclama Pedro.

-Hace no mucho, querían lapidarte -dice Santiago de Alfeo.
-¡Pero, Maestro, es una imprudencia! -exclama Mateo.
-¿Lo que sea de nosotros no te importa? -pregunta Judas Iscariote.

-¡Oh, Maestro y hermano mío, te conjuro en nombre de tu Madre y de la Divinidad que está en ti: no permitas que los diablos te pongan las manos encima para mordaza de tu palabra. Estás solo, demasiado solo, contra todo un mundo que te odia y que, en la Tierra es poderoso-dice Judas Tadeo.

-¡Maestro, tutela tu vida! ¿Qué sería de mí, de todos, si nos faltaras? -Juan, muy turbado, lo mira con ojos dilatados de niño asustado y afligido.

Pedro, después de la primera exclamación, se ha vuelto hacia los más ancianos, y hacia Tomás y Santiago de Zebedeo, y habla nerviosamente con ellos. Todos opinan que Jesús no debe acercarse a Jerusalén, al menos mientras el tiempo pascual no haga más segura la permanencia allí, porque -dicen-la presencia de gran número de seguidores del Maestro -congregados allí de todas las partes de Palestina para las fiestas pascuales-sería una defensa para el Maestro. Ninguno de los que lo odian se atrevería a tocarlo teniendo a todo un pueblo estrechado en torno a Él con amor… Y se lo dicen, angustiadamente, casi queriendo imponerse… El amor los mueve a hablar.

-¡Tranquilidad! ¡Tranquilidad! ¿No tiene, acaso, doce horas la jornada? Si uno anda durante el día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero, si anda de noche, tropieza, porque no ve. Yo sé lo que me hago, porque la Luz está en mí. Vosotros dejaos guiar por quien ve.

Y sabed, además, que hasta que no llegue la hora de las tinieblas, nada tenebroso podrá producirse. Pero cuando llegue esa hora, ninguna lejanía ni ninguna fuerza, ni siquiera los cuerpos militares de César, podrán salvarme de los judíos. Porque lo que está escrito debe producirse, y las fuerzas del mal ya actúan ocultamente para cumplir su obra.

Por tanto, dejadme moverme, y hacer el bien mientras me encuentre libre para ello. Llegará la hora en que no pueda mover un dedo ni decir una palabra para obrar milagros. El mundo estará vacío de mi fuerza. Hora tremenda de castigo para el hombre. No para mí. Para el hombre que no haya querido amarme. Y esa hora se repetirá, por voluntad del hombre que haya rechazado a la Divinidad hasta hacer de sí un sin Dios, un seguidor de Satanás y de su hijo maldito.

Hora que vendrá cuando esté próximo el fin de este mundo. La no-fe imperante inutilizará mi potencia de milagro. No porque Yo pueda perderla, sino porque el milagro no puede ser concedido donde no hay fe y voluntad de obtenerlo; donde del milagro se haría un objeto de burla y un instrumento de mal, usando el bien recibido para hacer un mayor mal.

Ahora puedo hacer todavía milagros, y hacerlos para dar gloría a Dios. Vamos, pues, donde nuestro amigo Lázaro, que duerme. Vamos a despertarlo de este sueño, para que esté lozano y preparado para servir a su Maestro.

Le observan:
-Pero está bien que duerma. Acabará de curarse. El sueño es ya de por sí un remedio. ¿Por qué despertarlo?

-Lázaro ha muerto. He esperado a que hubiera muerto para ir allá. No por las hermanas ni por él, sino por vosotros.

Para que creáis. Para que crezcáis en la fe. Vamos a casa de Lázaro.

-¡Bueno, de acuerdo, pues vamos! Moriremos todos, como ha muerto él y como Tú quieres morir -dice Tomás, resignado fatalista.

-Tomás, Tomás, y todos vosotros, que por dentro criticáis y rezongáis, sabed que el que quiera seguirme deberá tener respecto a su vida la misma preocupación que tiene el ave por la nube que pasa: dejarla pasar siguiendo el viento que la desplaza. El viento es la voluntad de Dios, quien puede daros o quitaros la vida según le plazca; y vosotros no debéis quejaros de ello, de la misma manera que el ave no se queja de la nube que pasa, sino que canta igualmente, segura de que más tarde volverá el tiempo sereno.

Porque la nube es la incidencia y el cielo es la realidad.

El cielo permanece siempre azul, aun cuando las nubes parecen ponerlo gris. Es y permanece azul por encima de las nubes. Lo mismo sucede con la Vida verdadera: es y permanece, aunque la vida humana decline. El que quiera seguirme no deberá conocer ni ansia por la vida ni miedo por ella.

Os mostraré cómo se conquista el Cielo. Pero ¿cómo podréis imitarme, si tenéis miedo de ir a Judea, vosotros a quienes ahora no se hará mal alguno? ¿Tenéis escrúpulos de que os vean conmigo? Sois libres para abandonarme. Pero, si queréis quedaros, debéis aprender a desafiar al mundo, con sus críticas, sus trampas, sus burlas, sus tormentos para conquistar el Reino mío. Vamos, pues, a sacar de la muerte a Lázaro, que duerme en el sepulcro desde hace dos días; pues murió la noche que vino aquí el criado de Betania.

Mañana, a la hora sexta, después de la despedida de los que esperan a mañana para recibir de mí confortación y premio a su fe, nos marcharemos, pasaremos el río y nos alojaremos durante la noche en casa de Nique. Luego, al amanecer, saldremos para Betania, recorriendo el camino que pasa por Ensemes. Estaremos en Betania antes de la sexta. Habrá mucha gente. Y los corazones experimentarán una profunda impresión. Lo he prometido y lo mantengo…

-¿A quién, Señor? -pregunta casi con miedo Santiago de Alfeo.

-A quien me odia y a quien me ama, en ambos casos de forma absoluta. ¿No os acordáis de la discusión en Quedes con los escribas? Les cabía aún llamarme engañador por haber resucitado a una niña que acababa de morir y a uno que había muerto el día anterior. Dijeron: "Todavía no has sabido recomponer a uno que esté descompuesto".

Efectivamente, sólo Dios puede del fango sacar un hombre y de la materia putrefacta rehacer un cuerpo intacto y vivo.

Pues bien, Yo lo haré. Durante la luna de Kisléu, a orillas del Jordán, recordé Yo mismo a los escribas este reto, y dije: "En la nueva luna se cumplirá". Esto para quienes me odian. Y a las hermanas, que me aman de forma absoluta, les prometí que premiaría su fe si continuaban esperando contra lo creíble.

Las he probado mucho y las he afligido mucho, y sólo Yo conozco los sufrimientos de su corazón en estos días, y su perfecto amor. En verdad os digo que merecen un gran premio, porque, más que por no ver resucitado a su hermano, se angustian porque Yo pueda ser escarnecido. Os daba la impresión de estar absorto, cansado y triste.

Estaba a su lado con mi espíritu y oía sus gemidos y contaba sus lágrimas. ¡Pobres hermanas! Ahora me consumo de ansia por conducir de nuevo a un justo a la Tierra, a un hermano a los brazos de sus hermanas, a un discípulo al grupo de mis discípulos. ¿Lloras, Simón? Sí. Tú y Yo somos los mayores amigos de Lázaro, y en tu llanto está el dolor por el dolor de Marta y María y la agonía del amigo, pero también está ya la alegría de saber que pronto será devuelto a nuestro amor.

Vamos a levantarnos, para preparar las bolsas e ir a descansar para levantarnos al amanecer y poner orden aquí… donde no es seguro que regresemos. Habrá que distribuir entre los pobres cuanto tenemos, y decir a los más activos que contengan a los peregrinos para que no me busquen hasta que no esté en otro lugar seguro.

Y habrá que decirles que avisen a los discípulos de que me busquen en casa de Lázaro. Muchas cosas hay que hacer, y todas estarán hechas antes de que lleguen los peregrinos… ¡Venga, ánimo! Apagad el fuego y encended las lámparas y que cada uno vaya a hacer lo que debe y luego a descansar. La paz a todos vosotros.

Se levanta, bendice y se retira a su pequeña habitación…
-¡Ha muerto hace varios días! -dice el Zelote.
-¡Esto sí que es un milagro! -exclama Tomás.
-¡Quisiera saber qué van a encontrar después para dudar! -dice Andrés.
-¿Pero cuándo ha venido el criado? -pregunta Judas Iscariote.

-La noche de antes del viernes -responde Pedro.
-¿Sí? ¿Y por qué no lo has dicho? -pregunta otra vez Judas Iscariote.
-Porque el Maestro me había dicho que guardara silencio -replica Pedro.

-¿Entonces… cuando lleguemos allí… llevará ya cuatro días en el sepulcro?

-¡Pues claro! Noche del viernes, un día; noche del sábado, dos días; esta noche, tres días; mañana, cuatro… Cuatro días y medio, por tanto… ¡Oh, poder eterno! ¡Pero ya estará desmembrado! -dice Mateo.

-Estará desmembrado… Quiero verlo, y luego…
-¿Qué, Simón Pedro? -pregunta Santiago de Alfeo.
-Y luego, si Israel no se convierte, ni siquiera Yeohveh entre rayos puede convertirlo.

Salen hablando así.

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