582- La víspera del sábado anterior a la entrada en Jerusalén. Ofrenda extrema por la salvación de Judas Iscariote

-Podéis marcharos, si lo estimáis oportuno, donde queráis. Yo me quedo aquí con Judas y Santiago.

Tienen que venir las discípulas -dice Jesús a sus apóstoles, que están reunidos en torno a Él bajo el pórtico de la casa. Y añade:

-Pero estad aquí antes de la puesta de1 sol. Y sed prudentes. Tratad de pasar desapercibidos para evitar represalias contra vosotros.

-¡Yo no! ¡Yo me quedo! ¿Qué tengo que hacer en Jerusalén? -dice Pedro.

-Yo sí que voy. Mi padre seguro que me espera. Quiere ofrecer el vino. Es una antigua promesa, antigua pero mantenida como siempre, y es que mi padre es un hombre honesto. ¡Vais a ver qué vino en el banquete pascual! ¡Los viñedos de mi padre en Ramá! ¡Célebres en la comarca! -dice Tomás.

-También estos de Lázaro son vinos extraordinarios. Se me ha quedado grabado el banquete de las Encenias… -dice, involuntariamente goloso, Mateo.

-Pues entonces mañana más que nunca se te refrescará el recuerdo, porque creo que para mañana Lázaro va a disponer una gran cena. ¡He visto unos preparativos…! -dice Santiago de Zebedeo.

-¿Sí? ¿Vendrán también otros? -pregunta Andrés.
-No. Se lo he preguntado a Maximino y me ha contestado que no.
-¡Ah, porque en el caso contrario me pondría la túnica nueva que me ha mandado mi mujer! -dice Felipe.
-Yo me la pondré. Quería hacerlo para Pascua, pero me la voy a poner mañana. Sin duda, estaremos más tranquilos aquí mañana que no dentro de unos días… -dice Bartolomé, e interrumpe sus palabras pensando.

-Yo me visto con ropa nueva para la entrada en la ciudad. ¿Y Tú, Maestro? -pregunta Juan.
-Yo también. Me pondré la túnica teñida de púrpura.
-¡Parecerás un rey! -dice admirado el Predilecto, que ya lo ve, con el pensamiento, vestido con esa túnica espléndida…

-¡Sí, pero si no hubiera sido por mí! Esa púrpura la he procurado yo, hace años… -se jacta el Iscariote.
-¿De verdad? No, no lo habíamos pensado… El Maestro es siempre tan humilde…

-Demasiado. Ahora es el momento de que sea rey. ¡Basta de esperar! Si no es rey de tronos, al menos que, por su dignidad, tenga vestiduras acordes con su grado. Yo estoy en todo.

-Tienes razón, Judas. Tú tienes conocimiento del mundo. Nosotros… somos unos pobres pescadores… -dicen humildemente los del lago… Y, como siempre sucede a la luz del mundo -la falsa, crepuscular luz del mundo-, la aleación de baja ley del metal de Judas parece metal más noble que el basto pero puro, sincero, honesto oro de los corazones galileos…

Jesús, que estaba hablando con el Zelote y los hijos de Alfeo, se vuelve y mira a Judas Iscariote, y también a estos hombres honestos, tan humildes y apesadumbrados por estar tan… poco dotado respecto a Judas… y menea la cabeza sin decir nada. Pero, al ver a éste atándose los cordones de las sandalias y colocándose el manto como en actitud de ponerse en camino, le dice:

-¿A dónde vas?
-A la ciudad.
-He dicho que te retengo aquí con Santiago…
-¡Ah! Pensaba que te referías a Judas tu hermano… Entonces… Yo… soy como un prisionero… ¡Ja! ¡Ja!
Se ríe con mala compostura

-Betania no tiene cadenas ni rejas; al menos, eso creo. Tiene sólo el deseo de tu Maestro, y yo estaría muy contento de estar prisionero de su deseo -observa el Zelote.

-¡Claro! Yo estaba de broma… Es que… quisiera tener noticias de mi madre. Seguro que han llegado a Jerusalén peregrinos de Keriot y…
-No. Dentro de dos días estaremos todos en Jerusalén.

Ahora tú te quedas aquí -dice autoritario Jesús.
Judas no insiste. Se quita el manto diciendo:
-¿Y entonces? ¿Quién va a la ciudad? Sería conveniente saber también cómo están los ánimos… Lo que hacen los discípulos… Quería también informarme a través de amigos… Se lo había prometido a Pedro…
-No importa. Te quedas. No es necesario nada de eso que dices. No es estrictamente necesario…
-Pero si va Tomás…

-Maestro, también yo quisiera ir. Porque también lo he prometido. Tengo amigos en casa de Anás y… -dice Juan.
-¿Irías allí, hijo mío? ¿Y si te apresan? -pregunta Salomé, que se ha acercado.

-¿Si me apresan? ¿Qué he hecho de malo? Nada. Por tanto, no debo temer al Señor. Por eso, aunque me apresen, no me echaré a temblar.

-¡Oh, el leoncito arrogante! ¿No te vas a echar a temblar? ¿Pero no sabes cómo nos odian? Apresarnos significa la muerte, ¿eh? -dice Judas Iscariote queriendo amedrentar.

-¿Y tú, entonces, por qué quieres ir? ¿Es que tú tienes la inmunidad? ¿Qué has hecho para tenerla? Dímelo y yo también lo haré.

Judas reacciona con un ademán de miedo e ira; pero el rostro de Juan es tan nítido, que el traidor se calma.

Comprende que no hay asechanzas ni sospechas en esas palabras y dice:

-Nada he hecho. Lo que sucede es que tengo algunos amigos buenos que están cerca del Procónsul, por eso…

-¡Bien! El que quiera venir que venga, dado que ya no llueve. Aquí perdemos el tiempo y quizás para la hora sexta vuelva la lluvia. El que quiera venir que no se demore -exhorta Tomás.

-¿Voy, Maestro? -pregunta Juan.
-Ve.
-¡Claro! ¡Siempre así! Él sí. Los otros sí. Yo no. ¡Siempre no!

-Trataré de tener noticias de tu madre -dice Juan para calmarlo.
-Y también yo. Voy contigo y con Tomás -dice el Zelote, y añade:

-Mi edad frenará a los jóvenes, Maestro. Y conozco bien a los de Keriot. Si veo a alguno me acerco a él. Te traeré noticias de tu madre, Judas. ¡Sé bueno! ¡Estáte tranquilo! Es la Pascua, Judas. Todos sentimos la paz de esta fiesta, la alegría de esta solemnidad.

¿Por qué quieres ser tú sólo el que esté siempre tan inquieto, tan sombrío y malcontento, sin paz? Pascua es paso de Dios… Pascua es para nosotros los hebreos fiesta de liberación de un duro yugo. Nos liberó de él Dios Altísimo. Ahora, no pudiendo repetir el antiguo acontecimiento, permanece su símbolo individual… Pascua: liberación de los corazones, purificación, bautismo puedes decir, con la sangre del cordero, para que las fuerzas enemigas no causen el mal al que lleve su señal.

¡Qué hermoso empezar el nuevo año con esta fiesta de purificación, de liberación, de adoración a Dios Salvador nuestro!… ¡Oh, perdona, Maestro! He hablado cuando en realidad habría debido guardar silencio porque estás Tú para corregir nuestros corazones…

-Eso es lo que estaba pensando yo, Simón. Justo eso: que ahora tengo dos maestros en vez de uno. Y me parecían demasiados -dice airado Judas Iscariote.
Pedro… ¡ah, Pedro esta vez no se puede contener!, y reacciona:

-Y, si no te callas pronto, vas a tener un tercero, que voy a ser yo. Y te juro que voy a tener argumentos más persuasivos que las palabras.

-¿Alzarías la mano contra un compañero? ¿Después de tanto esfuerzo por sujetar en el fondo al viejo galileo, aflora de nuevo tu verdadera naturaleza?

-No aflora de nuevo. Siempre ha estado clara en la superficie. No uso ficciones. Lo que sucede es que para los asnos salvajes, como tú, para domarlos, sólo hay un argumento: los trallazos. ¡Deberías avergonzarte de abusar de su bondad y de nuestra paciencia! ¡Ven, Simón! ¡Ven, Juan! Ven, Tomás.

Adiós, Maestro. Me voy yo también porque si me quedo… no, ¡viva Dios que ya no me contengo! -y Pedro agarra su manto, que estaba encima de un asiento, y se lo pone a toda prisa; tan inquieto, que no ve que se lo ha puesto al revés, abajo la parte de arriba, de forma que debe advertirle Juan del error, y ayudarle a vestirse bien. Y se marcha a toda prisa, pegando un fuerte golpe con el pie en el suelo para descargar así un poco de su ira: parece un torillo encabritado.

¿Y los otros?… Los otros parecen libros abiertos en que se puede leer lo que tienen escrito. Bartolomé levanta su afilado rostro de anciano hacia el cielo todavía borrascoso y parece estudiar los vientos para no tener que estudiar los rostros: demasiado apenado el de Cristo, demasiado pérfido el de Judas Iscariote. Mateo y Felipe miran a Judas Tadeo, que tiene fosforescencias de ira en sus ojos, tan parecidos a los de Jesús, y toman la misma decisión: lo ponen en medio de ellos y le incitan a salir, hacia el paseo interior que lleva a la casa de Simón, diciendo:

-Tu madre nos requería para aquel trabajo. Ven también tú, Santiago de Zebedeo -y se llevan consigo también al hijo de Salomé.

Andrés mira a Santiago de Alfeo, y Santiago lo mira a él: dos caras que reflejan el mismo, contenido sufrimiento, y que no sabiendo qué decir, se cogen de la mano, como dos niños, y se alejan tristes.

Salomé es la única discípula presente, y no se atreve ni a moverse ni a hablar, pero tampoco sabe decidirse a marcharse, como si con su presencia quisiera frenar otras palabras del indigno apóstol. Por suerte no está presente ninguno de la familia de Lázaro. Está ausente también María Stma.

Judas se ve solo con Jesús y Salomé. No quiere estar con ellos y les vuelve la espalda para alejarse hacia el cenador de jazmines. Jesús lo mira mientras se marcha. Lo vigila. Ve que, después de haber fingido que se sentaba en el cenador, Judas desaparece a hurtadillas por la parte de atrás y se adentra entre los setos de rosas, laureles y bojes, que separan al verdadero jardín de los cuadros de las especias, en el lugar donde están las colmenas.

Por ahí se puede salir por una de las puertas secundarias abiertas en las paredes del vasto jardín, un verdadero parque que por dos lados termina en setos altísimos, dobles como una avenida -abiertos por cancillas, acá o allá, para poner en comunicación al jardín con los prados, campos, matas de árboles frutales y olivares, y también con la casa de Simón, y que prolongan el jardín en las tierras, teniendo a éstas y a aquél unidos y separados al mismo tiempo-; y, por los otros dos, tiene gruesas paredes que se abren a dos caminos, uno secundario y otro de primer orden, en que desemboca el secundario, que, cortando a Betania, prosigue hacia Belén. Los ojos de Jesús, que se alza cuanto puede y se mueve cuanto necesita para ver lo que hace Judas Iscariote, echan llamas.
María Salomé los ve e intuye -aunque por su estatura poco alta no pueda ver-, intuye lo que sucede hacia el extremo del parque, y susurra:

-¡Misericordia de nosotros, Señor!

Jesús oye ese suspiro y se vuelve un instante para mirar a esta buena, sencilla discípula, que puede haber tenido un pensamiento de soberbia materna al pedir el lugar de honor para sus hijos, pero que, al menos, podía hacerlo porque ellos son buenos apóstoles.

A esta discípula que aceptó humildemente la corrección del Maestro sin ofenderse, sin alejarse de Él; es más, que se hizo más humilde, más servicial respecto al Maestro, al que sigue como una sombra (basta con que pueda hacerlo); respecto al Maestro, cuyas más pequeñas expresiones estudia para poder, si puede, adelantarse a sus deseos y darle alegría. Y también ahora la buena y humilde Salomé trata de consolar al Maestro, de aplacar la sospecha que le hace sufrir, diciendo:

-¿Ves? No se marcha lejos. Ha dejado ahí su manto y no lo ha recogido. Irá por los prados a descargar su estado de ánimo… Nunca iría Judas a la ciudad sin estar perfectamente arreglado…

-Hasta desnudo iría, si quisiera ir. Y así es… ¡Mira! ¡Ven aquí!
-¡Está tratando de abrir la cancilla! ¡Pero está cerrada! ¡Y llama a un criado de las colmenas!
Jesús grita fuerte:

-¡Judas! ¡Espérame! Tengo que hablar contigo -y quiere ponerse en camino.

-¡Por el amor de Dios, Señor! Voy a llamar a Lázaro… a tu Madre… ¡No vayas solo!

Jesús, aun caminando rápido, se vuelve un poco y dice:
-Te ordeno que no lo hagas. Al contrario: guarda silencio con todos. Si preguntan por mí, di que he salido con Judas cerca. Si vienen las discípulas, que esperen. Vuelvo pronto.

Salomé no reacciona, como tampoco lo hace Judas Iscariote. Ella junto a la casa y él junto a la cerca, se quedan en el sitio donde la voluntad de Jesús los ha detenido. Y lo miran: ella, mientras se aleja; él, mientras se acerca.

-Abre la puerta, Jonás. Salgo un poco con mi discípulo. Si te quedas por aquí, no hace falta que la cierres cuando salgamos. Vuelvo pronto -dice con bondad al criado agricultor, que se había quedado sin saber cómo reaccionar, con la voluminosa llave en la mano. El portillo, de hierro pesado, chirría al abrirse, de la misma forma que rechina la llave para mover el dispositivo.

-Una puerta que se abre raras veces -dice el criado sonriendo -¡Claro, te has oxidado! Cuando uno está ocioso se deteriora… La herrumbre, el polvo,… los gamberros… A nosotros nos pasa lo mismo… ¡Si no trabajamos continuamente nuestra alma!
-¡Muy bien, Jonás! Has tenido un pensamiento sabio. Muchos rabíes te lo envidiarían.

-Son mis abejas las que me los sugieren… y tus palabras.

Verdaderamente son tus palabras. Pero luego también las abejas me las hacen comprender. Porque nada carece de voz, si se sabe oír. Y yo digo que si ellas, que son abejas, obedecen la orden del que las ha creado, y son animalitos que no sé dónde pueden tener cerebro y corazón, yo, que tengo corazón, cerebro y espíritu, y que oigo al Maestro, también deberé saber hacer lo que hacen ellas, y trabajar continuamente, hacer siempre lo que el Maestro dice que hay que hacer, y poner así hermoso mi espíritu, esplendoroso, sin herrumbre ni polvo ni barro, y sin pajas, que hayan metido en las cerraduras los enemigos infernales, ni piedras ni otras asechanzas.

-Es exactamente como dices. Imita a tus abejas y tu alma será una rica colmena llena de preciosas virtudes, y Dios descenderá a recrearse en ella. Adiós, Jonás. La paz sea contigo.

Pone la mano en la cabeza entrecana del criado, que está frente a Él inclinado, y sale al camino en dirección hacia los prados de trébol rojo, prados hermosos como alfombras tupidas y gruesas, de colores verde y carmesí, donde las abejas, volando de flor en flor, introducen reflejos y zumbidos.

Cuando están suficientemente lejos de la cerca como para no ser oídos por nadie que estuviera en el jardín de Lázaro, Jesús dice.

-¿Has oído a ese criado? Es un labriego. Ya es mucho si sabe leer alguna palabra… Y, no obstante… lo que ha dicho habría podido salir de mis labios sin que mis palabras de Maestro parecieran necias. Ese hombre siente que hay que velar para que el espíritu no se vea corrompido por sus enemigos…

Yo… por esos enemigos te retengo a mi lado, ¡y tú me odias por esto! Quiero defenderte de ellos y de ti mismo, y tú me odias. Te ofrezco el medio para salvarte -puedes hacerlo todavía-y tú me odias. Te lo digo una vez más: vete, Judas; vete lejos. No entres en Jerusalén. Estás enfermo. No es mentira el decir que estás tan enfermo, que no puedes participar en la Pascua.

Harás la Pascua suplementaria. La Ley permite hacer la Pascua suplementaria cuando una enfermedad u otra grave razón impiden hacer la Pascua solemne. Le pediré a Lázaro -es un amigo prudente y no preguntará nada-que te lleve hoy mismo al otro lado del Jordán.

-No. Te he dicho muchas veces que me echaras. No has querido. Ahora soy yo el que no quiere.

-¿No quieres? ¿No quieres salvarte? ¿No tienes piedad de ti mismo? ¿No tienes piedad de tu madre?

-Deberías decirme: "¿No tienes piedad de mí?". Serías más sincero.

-Judas, infeliz amigo mío, no te ruego por mí. Por ti, por ti te ruego. "¡Mira! Estamos solos. Tú sabes quién soy Yo, Yo sé quién eres tú. Es el Último momento de gracia que aún se nos concede para impedir tu ruina…

¡Oh, no te rías tan satánicamente, amigo mío! No te burles de mí como si estuviera loco porque digo: "tu ruina" y no la mía. Lo mío no es ruina; lo tuyo, sí… Estamos solos, Yo y tú, y sobre nosotros está Dios…

Dios que no te odia todavía, Dios que asiste a esta lucha suprema entre el Bien y el Mal que se disputan tu alma.

Sobre nosotros está el Empíreo, observándonos, ese Empíreo
que pronto se llenará de santos, que ya, en su lugar de espera, sienten la emoción porque presienten la alegría… Judas, entre ellos está tu padre…

-Era un pecador. No está.
-Era un pecador, pero no un réprobo. Por eso la alegría se acerca también a él. ¿Por qué quieres causarle un dolor en medio de su alegría?

-Está al margen del dolor. Está muerto.
-No. No está al margen del dolor de verte a ti culpable, a ti… ¡oh, no me arranques esa palabra!…

-¡Sí, hombre, sí, dila! ¡Yo hace meses que me la digo a mí mismo! Réprobo. Lo sé. Ya nada puede ser cambiado.

-¡Todo! Judas, Yo lloro. ¿Quieres, pues, hacer brotar tú las extremas lágrimas del Hombre?… Judas, te lo ruego.

Piensa, amigo: el Cielo asiente a mi oración; tú, tú… ¿me dejarás orar en vano? Piensa que delante de ti, orando, tienes al Mesías de Israel, al Hijo del Padre… ¡Judas, escúchame!… ¡Detente mientras puedes!…
-¡No!

Jesús se tapa la cara con las manos y se deja caer en el linde del prado. Llora sin clamor, pero llora mucho. Sus hombros se estremecen con los profundos sollozos…

Judas lo mira, ahí, a sus pies, destrozado, llorando… y por el deseo de salvarlo… y siente un momento de piedad.

Dice, dejando el tono duro, de verdadero demonio, que tenía antes:

-No puedo irme… He dado mi palabra…

Jesús alza su cara llena de aflicción. Le interrumpe:

-¿A quién? ¿A quién? ¡A unos pobres hombres! ¿Y de ellos, de aparecer sin honor ante ellos, te preocupas?

¿Y no me habías dado a mí tu propio ser hace tres años? ¿Y piensas en los comentarios de un puñado de malhechores y no en el juicio de Dios?

¡Oh, qué debo hacer, Padre, para resucitar en él la voluntad de no pecar?

Baja de nuevo su cabeza, abatido, deshecho… Parece ya el penante Jesús de la agonía del Getsemaní.

Judas siente piedad y dice:

Me quedo. ¡No sufras de ese modo! Me quedo… ¡Ayúdame a quedarme! ¡Defiéndeme!

-¡Siempre! ¡Siempre! Basta con que tú lo quieras. Ven. No hay culpa de la que no sienta conmiseración y no perdone. Di "quiero” y te habré redimido…

Jesús se ha levantado y tiene a Judas abrazado.
El llanto de Jesús-Dios cae entre los cabellos de Judas, pero la boca de Judas permanece cerrada. No dice la palabra requerida. No dice ni siquiera "perdón" cuando Jesús le susurra entre sus cabellos “¡Mira si te quiero!

¡Habría debido reprenderte! Te beso. Tendría derecho de decirte: "Pide perdón a tu Dios" y te pido sólo que tengas el deseo del perdón. ¡Estás tan enfermo…! No se puede pedir mucho a uno que está muy enfermo. A todos los pecadores que han venido a mí les he pedido el absoluto arrepentimiento para poder perdonarlos. A ti, amigo mío, te pido sólo el deseo de arrepentirte; después…corre de mi cuenta.

Judas calla…
Jesús lo suelta. Dice:

-Quédate aquí al menos hasta el día siguiente del sábado.
-Me quedaré… Vamos a volver a casa. Notarán nuestra ausencia Quizás te esperan las mujeres. Son mejores que yo y no debes descuidarlas por mí.

-¿No recuerdas la parábola de la oveja perdida? Tú eres esa oveja… Ellas, las discípulas, son las ovejas buenas que están dentro del aprisco. No corren peligro, aunque busque tu alma durante todo el día para llevarla de nuevo al redil…

-¡Bien, de acuerdo! ¡De acuerdo! ¡Vuelvo al redil! Me voy a encerrar en la biblioteca de Lázaro, a leer. No quiero que me molesten, no quiero ver ni saber nada. Así… no sospecharás siempre de mí. Y si refieren al Sanedrín alguna cosa de lo que aquí sucede, tendrás que buscar las serpientes entre tus predilectos. ¡Adiós! Entro por la cancilla principal. No temas. No voy a escaparme. Puedes ir a comprobarlo cuando quieras -y, volviéndole la espalda, se va con largos pasos.

Jesús, altura blanca vestida de lino en la linde del prado verde -rojo, alza los brazos al cielo sereno y alza su afligidísimo rostro y alza su alma al Padre suyo gimiendo:

-¡Oh, Padre mío! ¿Podrás recriminarme el haber dejado de hacer algo que pudiera salvarlo? Tú sabes que es por su alma y no por mi vida por la que lucho por impedir su delito… ¡Padre! ¡Padre mío! ¡Te lo suplico!: acelera la hora de las tinieblas, la hora del Sacrificio, porque demasiado atroz me es vivir junto al amigo que no quiere ser redimido… ¡El mayor dolor! -y Jesús se sienta entre el tupido, alto, hermosísimo trébol, agacha la cabeza y la pone entre sus rodillas dobladas y apretadas entre sus brazos. Y llora…

¡Oh, no puedo ver ese llanto! Es ya demasiado semejante -en desolación, en soledad, en… persuasión de que el Cielo nada hará por consolarlo, y que Él debe padecer ese dolor-, demasiado semejante al del Getsemaní. Y me aflige demasiado…

Jesús llora largamente, en ese lugar solitario y silencioso. Testigos de su llanto, las abejas de oro, el trébol que emana fragancia y se mece lentamente con las ondas de un viento de tormenta, y las nubes, que al principio de la mañana eran como una leve red en el cielo azul y ahora se han adensado, oscurecido, sobrepuesto unas a otras, prometiendo nueva lluvia.

Jesús deja de llorar. Alza la cabeza para oír… Un ruido de ruedas y cascabeles viene del camino de primer orden; luego cesa el ruido de las ruedas, pero no el de los cascabeles.

Jesús dice:
-¡Vamos! Las discípulas. Ellas son fieles… ¡Padre mío, hágase como Tú quieres! Te ofrezco el sacrificio de este deseo mío de Salvador y de Amigo. ¡Está escrito! Él lo ha querido. Es verdad. Pero deja, Padre mío, que continúe mi obra por él hasta que todo termine.

Ya desde ahora te digo: Padre, cuando ore por los pecadores, siendo ya víctima impotente para la acción directa, Padre, toma Tú mi sufrimiento y presiona con él en el alma de Judas. Sé que te pido algo que la Justicia no puede conceder. Pero de ti han venido la Misericordia y el Amor y Tú los amas a Éstos que de ti vienen y son una sola cosa contigo, Dios uno y trino, santo y bendito.

Yo me voy a dar a mis amados como alimento y bebida. Padre, ¿es que habrán de ser mi Sangre y mi Carne condena para uno de ellos? ¡Padre, ayúdame! ¡Un germen de arrepentimiento es ese corazón!…

¿Padre, por qué te alejas? ¿Ya te alejas de tu Verbo que ora? Padre, es la hora. Lo sé. ¡Hágase tu bendita voluntad! Pero deja en tu Hijo, en tu Cristo -en quien, por insondable decreto tuyo, disminuye en esta hora la visión segura del futuro; y no te digo que esto sea crueldad, sino piedad tuya hacia mí-, deja en mí la esperanza de salvarlo aún.

¡Oh, Padre mío! Lo sé; lo he sabido desde que Yo soy; lo he sabido desde que, no sólo Verbo, sino Hombre, vine a la Tierra; lo he sabido desde que encontré al hombre en el Templo… Siempre lo he sabido… Pero ahora… ¡oh!, ahora me parece -¡gran piedad tuya, santísimo Padre!-, me parece como si fuera sólo un horrendo sueño, suscitado por su comportamiento, pero que no fuera lo ineluctable… y es como si pudiera seguir esperando, esperando siempre, porque infinito es mi sufrir e infinito será el Sacrificio; es como si pudiera hacer algo también por él… ¡Ah, estoy delirando! ¡Es el Hombre el que quiere esperar esto! ¡El Dios que está en el Hombre, el Dios hecho Hombre no se puede hacer ilusiones! Se alejan las ligeras nieblas que me ocultaban un momento el abismo, el abismo ya abierto para atrapar a aquel que prefirió las Tinieblas a la Luz… ¡Piedad el hecho de ocultármelo! Piedad el hecho de mostrármelo, ahora que me has reconfortado. Sí, Padre. ¡También esto! ¡Todo! Y seré Misericordia hasta el final, porque ésta es mi Esencia.

Sigue orando, en silencio, con los brazos abiertos en cruz. Su rostro deshecho se va serenando para tomar un aspecto de paz augusta (se hace casi luminoso: una luz de alegría interior, aunque en sus labios, cerrados, no haya sonrisa). Es la alegría de su espíritu, en comunión con el Padre, lo que rezuma por los velos de la carne y borra los signos que el dolor ha excavado y dibujado en ese enflaquecido y espiritualizado rostro que se ha ido mostrando en el Maestro en la medida en que Él se iba adentrando en el dolor y hacia el Sacrificio. No es ya un rostro de la Tierra el rostro de Cristo en estos últimos tiempos mortales suyos, y ningún artista será nunca capaz de darnos, aunque el Redentor al artista se mostrara, ese rostro de Hombre Dios cincelado en sobrenatural belleza por el amor y dolor perfectos y completos.

Jesús está de nuevo en la puerta de la cerca. Entra. La cierra con el cerrojo y se adentra hacía la casa. El criado de antes lo ve y acude presuroso a tomar la voluminosa llave que Jesús tiene en sus manos.
Continúa. Ve a Lázaro, que dice:

-Maestro, han venido las mujeres. Las he pasado a la sala blanca, porque en la biblioteca está Judas leyendo, con aspecto atribulado.

-Lo sé. Gracias por las mujeres. ¿Son muchas?

-Juana, Nique, Elisa y Valeria con Plautina y otra amiga o liberta, no lo sé, de nombre Marcela, y una anciana que dice que te conoce: Ana de Merón; y luego Analfa, y con ella otra, jovencita, de nombre Sara. Están con las discípulas tu Madre y mis hermanas.

-¿Y esas voces de niños? -Ana ha traído a los hijos de su hijo; Juana a los suyos; Valeria a la suya. Los he llevado al patio interno…

581- En Betania en la casa de Lázaro

Deben haber hecho un alto a mitad de camino en la vía que va de Jericó a Betania; en efecto, cuando llegan a las primeras casas de Betania, el rocío está acabando de evaporarse en las hojas y en las hierbezuelas de los prados, y el sol todavía asciende en la bóveda del cielo.

Los agricultores de la zona dejan sus aperos y van sin demora junto a Jesús, que pasa bendiciendo a hombres y árboles (como piden, con insistencia, los agricultores).

Y mujeres y niños acuden con las primeras almendras -envueltas todavía en la leve felpa verde-plata de la cáscara-y las últimas flores de los árboles frutales de florescencia más tardía.

Pero observo que aquí, en la zona de Jerusalén, quizás por la altitud, quizás por los vientos que provienen de 1as cimas más altas de Judea, o no sé por qué otro motivo (quizás también por una diferencia en el tipo de plantas), muchos son los árboles frutales todavía florecidos en graduaciones blanco-rosadas suspendidas como nubes ligeras por encima del verde de los prados.

Palpitan bajo los altos troncos las tiernas hojas de las vides, como grandes mariposas de precioso color esmeralda, mantenidas ligadas por un hilo a los ásperos sarmientos.

Mientras Jesús está parado en la fuente -que es donde el campo se transforma ya en ciudad-y recibe el respetuoso saludo de casi toda Betania, vienen Lázaro y sus hermanas, y se postran ante su Señor. Y aunque haga poco más de dos días que María ha dejado a su Maestro, tan incansablemente besa sus pies calzados con las polvorientas sandalias, que parece que hiciera siglos que no lo veía.

-Ven, Señor mío. La casa te espera para alegrarse de tu presencia -dice Lázaro poniéndose al lado de Jesús mientras caminan, lentamente, al ritmo consentido por la gente que se arremolina en torno, y por los niños que se agarran a las vestiduras de Jesús y caminan delante de Él, vueltos hacia Él, con la cara alzada, de forma que tropiezan y hacen tropezar (tanto que primero Jesús y luego Lázaro y los apóstoles suben en brazos a los más pequeños para poder andar más ligeros).

En el lugar donde una callecita conduce a la casa de Simón Zelote están María y su cuñada, y Salomé y Susana. Jesús se detiene para saludar a su Madre y luego prosigue hasta la gran cancilla, abierta de par en par, donde están Maximino, Sara y Marcela, y, detrás de éstos, los numerosos siervos de la casa, empezando por los domésticos y terminando por los de los campos.

Todos ordenados, alegres; con una alegría inquieta que se manifiesta impetuosa en exclamaciones de hosanna y agitando gorros y velos, y arrojando flores y ramas de arrayán y laurel, de rosas y jazmines, que resplandecen bajo el sol con sus pomposas corolas o se esparcen como cándidas estrellas sobre el color pardo de la tierra. Un olor de flores deshojadas y de hojas aromáticas pisadas sube del suelo calentado por el sol. Jesús pasa por esa alfombra de fragancias.

María de Magdala, que, mirando al suelo, lo sigue, se agacha a cada paso -parece una espigadora siguiendo al que va atando las gavillas-recogiendo ramas y corolas, y también pétalos deshojados, pisados por los pies de Jesús.

Maximino, para poder cerrar la cancilla y dar sosiego a los huéspedes, ordena que den a los niños unos dulces que ya están preparados (práctica manera de distraer del Señor a los niños y de poder hacer que se marchen sin suscitar coros de llantos). Y los criados llevan esto a cabo sacando a la calle cestas colmadas de pequeñas tortas que tienen encima una almendra blanco-parda.

Y mientras los pequeñuelos se apiñan allí, otros servidores echan hacia atrás a los adultos, entre los cuales están todavía Zaqueo y los cuatro (Joel, Judas, Eliel y Elcana) con otros que no sé quiénes son porque están del todo tapados, incluso por protegerse del sol ya fuerte y del polvo que un viento más bien vigoroso levanta.

Pero Jesús, ya muy adelante, se vuelve y dice:
-¡Esperad! Tengo que decir algo a alguien.
Se dirige a los hermanos de Juana, los toma aparte y les dice:

-Por favor, id donde Juana y decidle que venga con todas las mujeres que están en su casa y con Analía, la discípula de Ofel. Que venga mañana, porque con el ocaso de mañana empieza e1 sábado y quiero pasarlo en paz con los amigos de Betania.

-Se lo diremos, Señor. Juana vendrá.
Jesús se despide de ellos. Luego pasa a Joel:
-Dirás a José y a Nicodemo que he venido y que al día siguiente del sábado entraré en la ciudad.

-¡Oh! ¡Ten cuidado, Señor! -dice acongojado el escriba, que es bueno.
-Márchate, y sé fuerte. No debe tener miedo quien sigue la justicia y cree en mi verdad. Al contrario, debe sentirse gozoso porque ha llegado el cumplimiento de la antigua Promesa.

-¡Huiré de Jerusalén, Señor! Ya ves que soy un hombre de débil constitución; Tú lo sabes; y se burlan de mí por esto. Yo no podría ver esos… esas…
-Tu ángel te guiará. Ve en paz.
-¿Te… te volveré a ver, Señor?

-Claro que me volverás a ver. De todas formas, hasta que me veas, piensa que tu amor me ha producido mucha alegría en las horas del dolor.

Joel toma la mano que Jesús le había puesto en el hombro y la aprieta contra sus labios; a través del sutil velo que cubre su cabeza, besos y lágrimas van a la mano de Jesús.
Luego se aleja. Jesús entonces se acerca a Zaqueo:
-¿Dónde están los tuyos?
-Se han quedado en la fuente, Señor. Les he dicho que esperen allí.

-Vuelve y ve con ellos a Betfagé, donde están mis discípulos más antiguos y fieles. Dile a Isaac, que es su jefe, que se distribuyan por la ciudad para avisar a todos los grupos de los discípulos, porque en la mañana del día siguiente del sábado, hacia la hora tercera, pasando por Betfagé, entraré en Jerusalén y subiré solemnemente al Templo. Le dirás a Isaac que este aviso es sólo para los discípulos. Isaac comprenderá lo que quiero decir.

-También yo lo comprendo, Maestro. Quieres sorprender a los judíos para que no puedan obstaculizar tu entrada.
-Así. Haz esto. Recuerda que te estoy dando un encargo de confianza. Me sirvo de ti y no de Lázaro.
-Esto me dice que tu bondad hacia mí no tiene medida. Gracias. Señor.

Besa la mano al Maestro y se marcha.
Jesús va a volver ya con sus huéspedes. Pero, en ese momento, un joven se separa de la cancilla donde las últimas personas, rechazadas por los criados, están saliendo, y corre a echarse a los pies de Jesús. Grita:

-¡Una bendición, Maestro! ¿Me reconoces? -dice levantando la cara, libre de todo velo.

-Sí. Eres José, llamado Bernabé, el discípulo de Gamaliel que salió a mi encuentro cerca de Yiscala.

-Y que te sigue desde hace muchos días. Estaba en Silo. Llegué allí de Yiscala, adonde había ido con el rabí en el tiempo de tu ausencia. En Yiscala había estado estudiando los libros hasta la luna de Nisán. Estaba en Silo cuando hablaste, y te seguí a Lebona y a Siquem; luego te esperé en Jericó porque había sabido que Tú…

Al improviso se calla, como si se hubiera dado cuenta de que estaba diciendo algo de lo que debería guardar silencio.
Jesús sonríe mansamente y dice:

-La verdad brota impetuosa de los labios veraces, y muchas veces supera los diques que la prudencia pone delante de las bocas. Pero voy a terminar Yo tu pensamiento… “porque habías sabido por Judas de Keriot, que se había quedado en Siquem, que Yo iba a Jericó para reunirme con mis discípulos y darles mis indicaciones.” Y fuiste allí para esperarme, sin preocuparte de ser visto, de perder tiempo y de faltar del lado de tu maestro Gamaliel.

-Él no me reprenderá cuando sepa que me he retrasado por seguirte. Lo llevaré como regalo tus palabras…
-El rabí Gamaliel no tiene necesidad de palabras! ¡Es el rabí sabio de Israel!

-Sí. Ningún otro rabí puede enseñarle nada de lo antiguo, nada, porque de lo antiguo sabe todo. Pero Tú sí, porque tienes palabras nuevas, llenas de la fresca vida de lo nuevo. Tu palabra es como savia de primavera.

Es el rabí Gamaliel el que dice esto, y dice también que la sabiduría cubierta por el polvo de los siglos, y, por tanto, desecada y opaca, adquiere nueva vida y luz cuando tu palabra la explica. ¡Le llevaré tus palabras!

-Y mi saludo. Dile que abra su corazón, su intelecto, su vista, su oído; y su pregunta de ya hace más de dos decenios recibirá respuesta. Ve, que Dios esté contigo.
El joven se encorva de nuevo para besar los pies del Maestro y se marcha.

Los criados, definitivamente, pueden cerrar la cancilla. Jesús puede reunirse con sus amigos.
-Me he permitido invitar aquí, para mañana, a las discípulas – dice Jesús, acercándose a Lázaro y poniéndole un brazo en los hombros.

-Has hecho bien, Señor. Tú sabes que mi casa es la tuya. Tu Madre ha preferido residir en la casa de Simón, y he respetado su deseo; pero espero que Tú estés bajo mi techo.

-Sí. Aunque… es techo tuyo también la otra casa. Uno de tus primeros actos de generosidad hacia mí y hacia mis amigos. ¡Cuántos actos de generosidad has tenido conmigo, amigo mío!

-Y espero poder tenerlos todavía durante mucho tiempo. Aunque, Maestro sabio, esta palabra es incorrecta. No soy yo generoso contigo. Eres Tú el que eres generoso conmigo. Yo soy el deudor. Y si ante los tesoros que me has dado deposito una moneda para ti, ¿que será esa mísera ofrenda mía comparada con tus tesoros? "Dad y se os dará" dijiste.

"Os será vertida en vuestro seno una medida generosa y colmada, y tendréis el céntuplo de lo que disteis", dices.

Yo he recibido el céntuplo del céntuplo ya desde cuando todavía no te había dado nada. ¡Ah, recuerdo nuestro primer encuentro! Tú, Señor y Dios al que no son dignos de acercarse los serafines, viniste a mí, que estaba solo y afligido… cerrado dentro de estas paredes, dentro de mis tristezas; viniste a ese hombre que era Lázaro, un hombre al que todos evitaban, si exceptúo a José y Nicodemo y a mi fiel amigo Simón, que desde su tumba de vivo no dejaba de quererme…

No quisiste que mi alegría de verte quedara turbada por las salpicaduras corrosivas del desprecio del mundo… ¡Ah, nuestro primer encuentro! Podría repetirte todas tus palabras de entonces… ¿Qué te había dado, entonces, si nunca te había visto, para recibir de ti inmediatamente el céntuplo de cien?

-Tus oraciones al Altísimo, nuestro Padre. Nuestro, Lázaro. Mío. Tuyo. Mío como Verbo y como Hombre. Tuyo como hombre. ¿Cuando orabas con tanta fe, no me estabas dando ya todo tu ser? Tú mismo puedes ver que te di el céntuplo, como es justo, de lo que tú me dabas.

-Tu bondad es infinita, Maestro y Señor. Premias anticipadamente, y con divina generosidad, a los que tu pensamiento conoce como siervos tuyos, aun antes de que ellos sepan que lo son.

-Amigos míos, no siervos. Porque, en verdad, los que hacen la voluntad del Padre mío y siguen a la Verdad que ha sido enviada por Él son mis amigos, no ya mis siervos. Más todavía: son mis hermanos, siendo así que Yo soy el primero en hacer la voluntad del Padre. Así pues, el que hace lo que Yo hago es mi amigo porque solamente el amigo hace espontáneamente lo que hace su amigo.

-Que así sea siempre entre Tú y yo, Señor. ¿Cuándo vas a la ciudad?
-Después del sábado. Al día siguiente por la mañana.
-Iré yo también.

-No, no vendrás conmigo. Ya te diré Yo. Tengo otras cosas que pedirte…
-Sigo tus órdenes, Maestro. Yo también tengo que hablar contigo…

-Hablaremos.
-¿Prefieres que el sábado lo pasemos nosotros solos o puedo invitar a amigos comunes?

-Te pediría que no. Deseo vivamente pasar estas horas en vuestra amistad prudente y pacífica, sólo la vuestra, sin forzamientos de pensamientos ni de formas; pasarlas en la dulce libertad de quien está rodeado de amigos tan queridos, que se siente entre ellos como en su propia casa.

-Como quieras, Señor. Es más… yo deseaba esto, pero me parecía egoísmo hacia mis amigos, todos inferiores en amistad respecto a ti, Amigo único, pero, de todas formas, queridos. Pero si lo quieres así… Quizás estás cansado, Señor; o pensativo…

Lázaro pregunta más con la mirada que con las palabras a su Amigo y Maestro, que le responde solamente con la luz de sus ojos, un poco tristes, un poco absortos, y con la parca sonrisa de su boca.

Se han quedado solos junto al pilón que canta con su chorrillo… Los otros, todos, han entrado en casa, donde se oye sonido de voces y de vajilla…
María de Magdala, dos o tres veces, asoma su cabeza rubia por la puerta, por la puerta tapada con una tupida cortina que ondea levemente con el viento, con el viento que aumenta mientras el cielo se va cubriendo de nubes deshilachadas cada vez más oscuras.

Lázaro alza la cabeza para examinar el cielo.
-Quizás tengamos tormenta -dice.
Y añade:

-Servirá para abrir las yemas rebeldes, que este año se resisten mucho… Quizás han sido las inclemencias tardías las que han retardado los vástagos. También mis almendros han sufrido, y mucho fruto se ha perdido. Me decía José que un huerto suyo que está fuera de la Judiciaria parece este año completamente estéril: los árboles retienen las yemas, como bajo el influjo de algún sortilegio; tanto que se duda si dejarlos o venderlos como leña. Nada. Ni una flor.

Como estaban en Tébet siguen ahora. Cabecitas de yemas, duras, cerradas, que no se hinchan nunca. Es verdad que el viento de septentrión sopla fuerte en ese lugar, y que ha habido mucho viento en invierno. También los frutos del huerto que tengo más allá del Cedrón han sufrido daños. Pero el fenómeno del huerto de José es tan extraño, que muchos van a ver ese lugar que no quiere despertarse en primavera.

Jesús sonríe…
-¿Sonríes? ¿Por qué?
-Por el infantilismo de esos niños eternos que son los hombres. Todo lo que tiene apariencia extraña los hechiza… Pero el huerto florecerá. En su debido momento.
-Ya ha pasado el debido momento, Señor. ¿Cuándo ha sucedido que en la Luna de Nisán un grupo numeroso de árboles de un mismo lugar no haya dado muestras de florescencia? ¿A qué tiempo tiene que esperar ese lugar para que sea el debido momento?

-Al tiempo de dar gloria a Dios floreciendo.
-¡Ah, comprendo! ¡Irás allí a bendecir el lugar, por amor a José; y los árboles florecerán, dando así nueva gloria a Dios y a su Mesías con un nuevo milagro! ¡Así es! Tú vas allí. Si veo a José, ¿se lo puedo decir?

-Si crees que se lo debes decir… Sí, iré allí…
-¿Qué día, Señor? Quisiera estar yo también.
-¿También tú eres un eterno niño?
Jesús sonríe más vivamente, meneando la cabeza manso y sencillo ante la curiosidad de su amigo, que exclama:
-¡Me siento feliz de haberte alegrado, Señor! Vuelvo a ver tu cara con esa sonrisa luminosa que hacía tiempo que no veía. ¿Entonces… voy?

-No, Lázaro. Para la Parasceve me serás necesario aquí.
-¡Pero en la Parasceve uno se ocupa sólo de la Pascua! Tú… Maestro, ¿por qué quieres hacer algo que te será censurado? Ve allá otro día…

-Me veré obligado a ir justo en la Parasceve. Pero no seré Yo el único que haga cosas que no sean preparación para la Pascua antigua; también los más rigurosos de Israel (un Elquías, un Doras, un Simón, y Sadoq e Ismael, y hasta Caifás y Anás) harán cosas completamente nuevas…
-¡¿Se está volviendo loco Israel?!
-Tú lo has dicho.

-Pero Tú… ¡Ah, está lloviendo! Vamos a la casa, Maestro… Yo… estoy preocupado… ¿No me vas a explicar…?

-Sí. Antes de dejarte te diré… Mira, aquí viene con una tela gruesa tu hermana, que teme el agua por nosotros… ¡Marta, tú siempre previsora y activa! Pero no es mucha la lluvia.

-¡Mi querida hermana! ¡Mis queridas hermanas! Porque ahora son las dos como dos tiernas niñas que ignoran cualquier tipo de malicia. Tanto María como Marta. Y cuando, anteayer, vino de Jericó María, parecía -cayéndole por los hombros las trenzas, porque había vendido sus horquillas para comprar unas sandalias a un niño y las horquillas delgadas de hierro eran insuficientes para sujetar sus cabellos-, parecía verdaderamente una niña. Se rió y, al bajar del carro, me dijo:

"Hermano mío, ahora sé lo que es tener que vender para comprar, y lo difíciles que son para el pobre hasta las cosas más simples, como es sujetarse el pelo con horquillas de veinte por un didracma. Lo recordaré para ser todavía más misericordiosa en el futuro para con los pobres". ¡Cómo la has cambiado, Señor!

La mujer de que hablan mientras ponen pie en la casa está ya preparada con ánforas y barreños para servir a su Señor. No cede a nadie el honor de servirle, y no se siente satisfecha hasta que no ha proporcionado todo alivio a los miembros y vísceras de su Maestro, y hasta que no le ve irse con sandalias frescas a la habitación que le han reservado, donde lo espera su Madre con una fresca túnica de lino todavía fragante de sol…

580- Delaciones de Judas Iscariote y profecías sobre Israel. Milagros en el camino de Jericó a Betania

Es un alba que apenas diluye su candor en un primer rosicler de aurora. Y el silencio fresco de los campos se va rompiendo, va adornándose con el gorjeo de los pajarillos ya despiertos.

Jesús es el primero en salir de la casa de Nique. Entorna silenciosamente la puerta y se dirige al verde huerto donde se liberan las nítidas notas de las currucas y emiten los mirlos su flautado canto.

Pero aún no ha llegado y ya del huerto vienen cuatro personas (cuatro de los que ayer estaban en el grupo de desconocidos y que en ningún momento habían descubierto su rostro). Se postran profundamente. Y luego, cuando oyen la orden y la pregunta que Jesús -después de haberlos saludado con su saludo de paz-les dirige:

-¡Alzaos! ¿Qué queréis de mí? -se levantan y echan hacia atrás los mantos de lino y las prendas, también de lino, que cubren su cabeza y con las cuales habían tenido celado su rostro como beduinos.

Reconozco la cara pálida y delgada del escriba Joel de Abías, ya visto en la visión de Sabea. Los otros me son desconocidos, hasta que se nombran: «

-Yo, Judas de Beterón, último de los verdaderos asideos, amigos de Matatías Asmoneo.

-Yo, Eliel, y mi hermano Elcaná de Belén de Judá, hermanos de Juana, tu discípula; y no hay para nosotros un título mayor que éste. Ausentes cuando eras fuerte, presentes ahora que te persiguen.

-Yo, Joel de Abías, con los ojos ciegos durante mucho tiempo, pero ahora abiertos a la Luz.
-Os había despedido ya. ¿Qué queréis de mí?
-Decirte que… si estamos tapados no es por ti, sino… -dice Eliel.

-¡Hablad! ¡Hablad os digo! -Pero… Habla tú, Joel. Porque eres el que más sabe de todos…

Señor… Lo que yo sé es tan… horrendo… que quisiera que ni la tierra supiera lo que estoy para decir…
-Esta tierra se estremecerá; no Yo, porque sé lo que quieres decir. De todas formas, habla…

-Si lo sabes… deja que mis labios no tiemblen diciendo esta cosa horrible. No es que piense que mientes al decir que lo sabes y que quieres que lo diga para saberlo, sino, verdaderamente, porque…

-Sí. Porque es una cosa que clama al Señor. La diré Yo para convencer a todos de que conozco el corazón de los hombres. Tú, miembro del Sanedrín y conquistado para la Verdad, has descubierto algo que no has sabido sobrellevar tú solo, porque es demasiado grande, y has ido donde éstos, verdaderos judíos en los que sólo hay espíritu bueno, para asesorarte con ellos.

Has hecho bien, aunque no tenga ninguna utilidad lo que has hecho. El último de los asideos estaría dispuesto a repetir el gesto de sus padres (1 Macabeos 2, 42-48) para servir al Libertador verdadero. Y no está solo. También su pariente Barzelái lo haría, y con él otros muchos. Y los hermanos de Juana, por amor a mí y a su hermana, además de por amor a la Patria, estarían con él. Pero Yo no triunfaré por lanzas ni por espadas. Entrad del todo en la Verdad. Yo triunfaré con un triunfo celeste.

Tú -y esto es lo que te hace aparecer aún más pálido y enflaquecido de lo que en ti es normal-sabes quién ha presentado los elementos de acusación contra mí, esos elementos que, si bien son falsos en su espíritu, son verdaderos en la realidad de sus palabras, porque Yo en verdad violé el sábado cuando tuve que huir, al no haber llegado todavía mi hora, y cuando arrebaté dos inocentes a los bandidos; y podría decir que la necesidad justifica el acto, de la misma forma que la necesidad justificó a David por haberse nutrido con los panes de proposición (1 Samuel 21, 2-7).

En verdad, me refugié en Samaria, aunque, llegada mi hora y habiéndome propuesto los samaritanos quedarme con ellos como Pontífice, rechacé honores y seguridad por permanecer fiel a la Ley, aun significando esto entregarme a los enemigos. Y es verdad que quiero a los pecadores y a las pecadoras hasta el punto de arrancarlos del pecado.

Y es verdad que predico la destrucción del Templo, si bien estas palabras mías no son sino confirmación del Mesías de las palabras de sus profetas.

El que es fuente de éstas y de otras acusaciones, aquel que incluso hace de los milagros motivo de acusación y no ha dejado de servirse de nada de la Tierra para tratar de llevarme al pecado y poder añadir otras acusaciones a las primeras, ése es un amigo mío. Y esto también lo dijo el rey profeta (Salmo 41, 10) de quien a través de mi Madre desciendo:

"El que comía mi pan alzó contra mí su calcañar". Lo sé. Moriría dos veces, si pudiera no ya impedir que llevara a cabo el delito -ya… su voluntad se ha entregado a la Muerte, y Dios no fuerza la libertad del hombre-, sino, al menos, hacer que el choque del horror cumplido lo arrojara arrepentido a los pies de Dios… Por esto tú, Judas de Beterón, advertías ayer a Manahén de que se callara.

Porque la serpiente estaba allí y podía dañar, además de al Maestro, al discípulo. No. El daño alcanzará sólo al Maestro.

No temáis. No será por mí por quien recibáis penas y desventuras. Por el delito de todo un pueblo, por eso sí, todos recibiréis lo que anunciaron los profetas.

¡Desdichada, desdichada Patria mía! ¡Desdichada tierra que conocerá el castigo de Dios! ¡Desdichados habitantes, desdichados niños que ahora bendigo y quisiera ver salvos y que, aun siendo inocentes, conocerán en la edad adulta la dentellada de la más grande desventura! Mirad esta tierra vuestra exuberante, hermosa, verde y florida cual alfombra admirable, fértil como un Edén…

Grabaos su belleza en vuestro corazón y luego… vuelto Yo al lugar de donde vine… huid. Huid mientras podáis hacerlo, antes de que, cual rapaz de infierno, la desolación de la destrucción se extienda aquí y derribe y destruya, y yerme y queme, más que en Gomorra, más que en Sodoma…

Sí, más que en esas ciudades, donde sólo hubo una rápida muerte. Aquí… Joel, ¿recuerdas a Sabea? Ella hizo una última profecía sobre el futuro del Pueblo de Dios que ha rechazado al Hijo de Dios.

Los cuatro están como aturdidos. El miedo del futuro los enmudece. Se decide a hablar Eliel:
-¿Tú nos aconsejas…?

-Sí. Idos. Ya nada habrá aquí suficientemente válido como para retener a los hijos del pueblo de Abraham. Además, especialmente vosotros, notables del pueblo, no seríais respetados… Los poderosos hechos prisioneros embellecen el triunfo del vencedor. El Templo nuevo e inmortal llenará de sí la Tierra, y todo el que me busque me tendrá, porque donde un corazón me ame, allí estaré Yo.

Idos. Llevaos con vosotros a vuestras mujeres, a vuestros hijos, a los ancianos… Vosotros me ofrecéis salvación y ayuda, Yo os aconsejo que os pongáis en salvo, y os ayudo con este consejo… No lo despreciéis.

-Pero ya… ¿qué más daño nos va a causar Roma? Ya estamos dominados. Y, aunque su ley sea dura, también es verdad que Roma ha reedificado casas y ciudades y…

-En verdad, sabedlo, en verdad, ni una sola piedra de Jerusalén quedará intacta. Fuego, ariete, hondas y jabalinas caerán, morderán, desbaratarán todas las casas, y la Ciudad sagrada se transformará en antro. Y no solo Jerusalén… Esta Patria nuestra se transformará en antro.

Lugar de onagros y chacales, como dicen los profetas. Y no durante un año o algunos años, o durante siglos, sino para siempre. El desierto, la sequía, la esterilidad… ¡Ésta será la suerte de estas tierras! Campo de luchas, lugar de torturas, sueño de reconstrucción destruido una y otra vez por una condena inexorable, intentos de resurgimiento ahogados en el momento de su nacimiento: la suerte de la tierra que rechazó al Salvador y quiso un rocío que es fuego sobre los culpables.

-¿Entonces… entonces no volverá a haber nunca un Reino de Israel? ¿Ya nunca más seremos lo que soñábamos ser? ­preguntan con voz entrecortada los tres notables judíos. (El escriba Joel llora)…

-¿Habéis observado alguna vez un árbol añoso con la médula destruida por una enfermedad? Durante años vegeta a duras penas, tan a duras penas, que ni florece ni da fruto; sólo alguna, rara hoja en las ramas exhaustas dice que todavía un poco de savia sube… Luego, en un mes de Abril, se le ve florecer milagrosamente y cubrirse de numerosas hojas, y se alegra su dueño, que durante muchos años lo cuidó sin obtener frutos; se alegra al pensar que el árbol está curado y vuelve a la exuberancia después de tanta languidez…

¡Oh, engaño! Después de tan exuberante explosión de vida, sobreviene enseguida la muerte. Caen las flores, las hojas, los pequeños frutos que parecían ya cuajar en las ramas y prometían una pingüe recolección, y con improviso estruendo el árbol, podrido en su base, se viene abajo. Lo mismo hará Israel. Después de siglos de estéril vegetar disperso, se reunirá en el añoso tronco y parecerá estar reconstruido; al fin reunido el pueblo disperso; reunido y perdonado. Sí.

Dios esperará esa hora para cortar los siglos. Ya no habrá siglos, habrá eternidad ¡Bienaventurados aquellos que, perdonados, constituyan la floración fugaz del último Israel -de ese Israel que será, después de tantos siglos, de Cristo-, y mueran redimidos, junto con todos los pueblos de la Tierra, bienaventurados con los pueblos de la Tierra que no sólo han conocido la existencia mía, sino que también han abrazado mi Ley como ley de Salud y Vida! Oigo las voces de mis apóstoles. Marchaos antes de que lleguen…

-Señor, si tratamos de permanecer ocultos no es por cobardía, sino para servirte, para poderte servir. Si se supiera que nosotros, que yo, sobre todo, hemos venido a ti, quedaríamos excluidos de las deliberaciones… -dice Joel.

-Comprendo. Pero atención porque la serpiente es astuta. Tú especialmente sé cauto, Joel…

-¡Aunque me mataran… preferiría mi muerte a la tuya… y no ver esos días de que hablas! Bendíceme, Señor, para fortalecerme…

-Os bendigo a todos en el nombre de Dios Uno y Trino, y en el nombre del Verbo encarnado para salvación de los hombres de buena voluntad.

Los bendice colectivamente con un amplio gesto, y luego pone la mano, individualmente, sobre cada una de las cuatro cabezas inclinadas que tiene a sus pies.

Luego se levantan ellos, se tapan de nuevo la cara y se adentran entre los árboles del huerto y entre los matorrales de moras que separan a los perales de los manzanos y a éstos de otros árboles; a tiempo, porque, en grupo, ya salen de la casa los doce apóstoles buscando al Maestro para ponerse en camino.
Y Pedro dice:

-En la parte de delante de la casa, hacia la ciudad, hay una muchedumbre de gente, a la que a duras penas hemos contenido para dejarte orar. Quieren seguirte. Ninguno de los que has despedido se ha marchado. Es más, muchos han regresado, y muchos otros han venido luego. Les hemos reprendido…

-¿Por qué? ¡Dejad que me sigan! ¡Ah, si todos lo hicieran! ¡Vamos!

Y Jesús se coloca el manto que le ha pasado Juan y se pone a la cabeza de los suyos. Llega a la casa, la bordea, pone pie en el camino que va a Betania y entona con fuerte voz un salmo. La gente, una verdadera muchedumbre -primero todos los hombres, luego las mujeres y los niños-lo sigue, cantando con Él…

La ciudad, rodeada de verde, va quedando lejos. Muchos peregrinos van por este camino, en cuyas orillas muchos mendigos elevan sus lamentos para suscitar la compasión de la muchedumbre y conseguir así pingües limosnas. Lisiados, mancos, ciegos… La miseria que en todas las épocas y regiones habitualmente se da cita en los lugares en que una festividad congrega a las muchedumbres. Y si los ciegos no ven quién pasa, los otros sí lo ven, y, conociendo la bondad del Maestro para con los pobres, lanzan su grito, más fuerte de lo habitua1, para atraer la atención de Jesús. Pero no piden el milagro; solamente la limosna; y Judas da la limosna.

Una mujer de noble aspecto, al pie de un recio árbol que da sombra a un cruce de caminos, para el burrito en que va montada y espera a Jesús.

Cuando Él está cerca, desciende de su cabalgadura y se postra, no sin dificultad porque tiene en brazos una criaturita muy falta de vida. La eleva sin decir una palabra. Sus ojos suplican en su afligido rostro. Pero Jesús está rodeado por una barrera de gente y no ve a la pobre madre arrodillada en la orilla del camino.

Un hombre y una mujer, que parecen acompañar a la madre afligida, le dicen: -No hay nada para nosotros -dice el hombre meneando la cabeza.

-Ama, no te ha visto; llámalo con fe y te concederá lo que pides -dice la mujer.
La madre sigue el consejo de la mujer y grita, fuerte para vencer el ruido de los cantos y los pasos:
-¡Señor, piedad de mí!

Jesús, que está unos metros más adelante, se detiene y se vuelve, busca a la que ha gritado. La sirvienta dice:
-Ama, te busca. Álzate y ve donde Él, y Fabia se curará -y la ayuda a levantarse y la guía hacia el Señor, que dice:

-Quien me ha invocado que venga a mí. Es tiempo de misericordia para quien sabe esperar en la misericordia.

Las dos mujeres se abren paso (primero la sirvienta, para preparar el camino a la madre, luego la propia madre), y están para llegar donde Jesús cuando una voz grita: -¡Mi brazo perdido! ¡Mirad! ¡Bendito el Hijo de David, el siempre poderoso y santo nuestro verdadero Mesías!

Se produce un alboroto, porque muchos se vuelven y la muchedumbre, con movimiento como de ondas contrarias en torno a Jesús, se mezcla y entremezcla. Todos quieren saber, ver… Preguntan a un anciano, que agita su brazo derecho como si fuera una bandera y que responde:

-Él se había parado. Yo había logrado agarrar un borde de su manto y taparme con él, y como un fuego y la vida me han recorrido el brazo muerto; mirad, el derecho está como el izquierdo, sólo porque me ha tocado su túnica.
Jesús, mientras, pregunta a la mujer:

-¿Qué quieres?»
La mujer alarga los brazos con su criatura y dice:
-Ella también tiene derecho a la vida. Es inocente. No ha pedido ser de uno u otro lugar, ni de una u otra sangre. Yo soy la culpable. A mí el castigo, no a ella.

-¿Tienes la esperanza de que la misericordia de Dios sea mayor que la de los hombres?

-Tengo esa esperanza, Señor. Yo creo. Por mí y por mi hija. Tengo la esperanza de que le devuelvas el pensamiento y el movimiento. Dicen que eres la Vida… -y llora.
-Yo soy la Vida, y quien cree en mí tendrá la vida del espíritu y de sus miembros. ¡Quiero!
Jesús ha gritado estas palabras con voz fuerte. Ahora baja la mano hacia la niñita inmóvil, que se estremece, sonríe y dice una palabra:
-¡Mamá!

-¡Se menea! ¡Sonríe! ¡Ha hablado! ¡Fabio! ¡Amo!
Las dos mujeres han seguido las fases del milagro y las han proclamado con voz fuerte. Y han llamado al padre, que se abre paso entre la gente y llega donde las mujeres cuando ya ellas están a los pies de Jesús llorando: y, mientras la sirvienta dice: « ¡Te había dicho que Él tiene piedad de todos!», la madre dice: «y ahora perdóname también mi pecado».

-¿No te muestra el Cielo, con la gracia concedida, que tu error está perdonado? Levántate y anda; en la vida nueva, con tu hija y el hombre que has elegido. Ve. Paz a ti. Y a ti, niñita. Y a ti, israelita fiel. Mucha paz a ti por tu fidelidad a Dios y a la hija de la familia a la que servías y que con tu corazón has mantenido cercana a la Ley. Y paz también a ti, hombre, que te has mostrado más respetuoso hacia el Hijo del hombre que muchos otros de Israel.

Se despide mientras la gente, dejado el anciano, se interesa por el nuevo milagro realizado en la niñita imposibilitada de movimientos y pensamiento (quizás por una meningitis), que ahora salta feliz diciendo las únicas palabras que sabe, las que quizás sabía cuando enfermó y que ahora halla de nuevo en su mente revivida:

-Padre, mamá, Elisa. ¡El Sol bonito! ¡Las flores!…
Jesús hace ademán de marcharse. Pero en esto, provenientes del cruce que ya han dejado atrás, llegan, de donde están los asnos que los que han recibido el milagro han dejados plantados, otros dos gritos, quejumbrosos, con la típica modulación hebrea: -¡Jesús, Señor! ¡Hijo de David, ten piedad de mí!

Y, de nuevo, más fuerte, para superar los gritos de la gente que dice: «Callad. Dejadle marcharse al Maestro. El camino es largo y el sol se alza cada vez más fuerte. Que pueda estar en los montes antes del calor intenso», gritan:

-¡Jesús, Señor, Hijo de David, ten piedad de mí!
Jesús se para otra vez y dice:

-Id por esos que gritan y traédmelos aquí.
Algunas personas solícitas van hacia los ciegos. Llegan donde ellos y dicen: -Venid. Tiene compasión de vosotros. Alzaos, que quiere concederos lo que pedís. Nos ha mandado a llamaros en su nombre -y tratan de guiar a los dos ciegos por entre la muchedumbre.

Pero, si uno de los dos se deja guiar, el otro, más joven y quizás más creyente, anticipa el deseo de aquéllos y camina solo, tendiendo su bastoncito hacia delante, con la expresión y el gesto propios de los ciegos: la típica sonrisa y el rostro alzado en busca de la luz… Y va tan rápido y seguro, que parece guiarlo su ángel: si no tuviera los ojos blancos, no parecería ciego.

Es el primero en llegar a la presencia de Jesús, que lo
para y le dice:

-¿Qué quieres que te haga?
-Que vea, Maestro. Haz, Señor, que mis ojos y los de mi compañero se abran. Ha llegado ya el otro ciego y lo arrodillan junto a su compañero.

Jesús pone las manos en sus caras alzadas y dice:
-Hágase como pedís. ¡Idos, vuestra fe os ha salvado!

Quita las manos y… dos gritos salen de los labios de los ciegos:
-¡Yo veo, Uriel!
-¡Yo veo, Bartimeo! -y luego, juntos:

-¡Bendito el me viene en nombre del Señor! ¡Bendito el que lo ha enviado! ¡Gloria a Dios! ¡Hosanna al Hijo de David! -y dos rostros se agachan hasta el suelo para besar los pies de Jesús; luego se levantan los dos que eran ciegos, y el que lleva por nombre Uriel dice:

-Voy a presentarme a mis familiares y luego vuelvo para seguirte, Señor. Bartimeo, no; Bartimeo dice:
-Yo no te dejo. Mando a alguien para que se lo diga. Se alegrarán en todo caso. Pero, separarme de ti, no. Tú me has dado la vista, yo te consagro la vida; ten piedad del deseo de tu ínfimo siervo.

-Ven y sígueme. La buena voluntad iguala todos los niveles, y sólo es grande el que mejor sabe servir al Señor.

Y Jesús reanuda la marcha entre los gritos de hosanna de la multitud. Bartimeo se une a la gente y, elevando con ella

sus alabanzas, va diciendo: -Había venido buscando un pan y he encontrado al Señor. Era pobre y ahora soy ministro del Rey santo. Gloria al Señor y a su Mesías…

579- Judíos desconocidos refieren las acusaciones recogidas por el Sanedrín. Alegoría dirigida a Jerusalén

Un gran número de personas está agrupado en los prados de Nique, en que el heno se seca al sol. Dos carros pesados y cubiertos están esperando en estos prados.

Comprendo la razón de la espera cuando veo que acompañan a ellos a todas las discípulas, y que éstas suben en los carros después de la despedida y bendición del Maestro. También María Sanísima se marcha con las otras discípulas.

Se marcha también el jovencito de Enón. Muchos discípulos se ponen a los lados de los carros, y, cuando éstos se mueven al paso lento de los bueyes también ellos se ponen en marcha. En los prados permanecen los apóstoles, Zaqueo y sus amigos y un grupito de personajes muy cubiertos con su manto (como si no quisieran ser muy reconocidos).

Jesús vuelve lentamente sobre sus pasos, hasta el centro del prado, y se sienta en un montón de heno ya semiseco que pronto será llevado al henil. Está absorto, y todos, manteniéndose en tres grupos distintos y un poco separados de Él y entre sí, respetan esta concentración suya.

La meditación se alarga. Se alarga la espera. El sol se hace cada vez más fuerte y cae intenso sobre el prado, que emana un fuerte olor de tallos herbáceos en desecación.

Los que esperan se refugian en los extremos del prado, en los lugares en que los últimos árboles del huerto proyectan su sombra refrescadora.

Jesús se queda solo, solo bajo el sol ya fuerte, blanco todo con su túnica de lino y la prenda de cendal -quizás es la que tejió Síntica-que cubre su cabeza y ondea levemente con el paso de la brisa. De algún establo cercano llegan mugidos tenues, quejumbrosos, de vacas; de las frondas del huerto, piar de pájaros implumes; de las eras, piar de pollitos petulantes: la vida que continúa, renovándose en todas las primaveras.

Las palomas vuelan alto describiendo círculos antes de regresar con vuelo firme y seguro a los nidos, bajo los aleros de los tejados. No sé si en la cercana casa de Nique o si en algún campo, una voz de mujer canta una nana arrulladora, y la vocecita del niño, primero alta y trémula como un balido de corderito, ahora se atenúa y luego calla… Jesús piensa, sigue pensando, piensa sin cesar, insensible al sol.

En distintas ocasiones he advertido esta superior resistencia de Jesús bendito frente a las inclemencias climáticas. Nunca he comprendido si sentía calor y frío fuertemente y los soportaba sin quejarse por espíritu de mortificación, o si era que, de la misma forma que dominaba los elementos desatados, dominaba también el frío y calor excesivos. No lo sé.

Lo que sé es que, aun viéndolo todo mojado bajo aguaceros o sudado todo bajo el intenso sol, nunca he advertido en Él gestos de desazón por el frío o el calor, como tampoco lo he visto tomar las medidas de prevención que el hombre toma contra los excesos del sol o del frío helador.

Un día alguien me hizo la observación de que en Palestina no se lleva descubierta la cabeza, y que, por tanto, cuando yo decía que la cabeza rubia de Jesús, descubierta, aparecía esplendorosa bajo el so1, hablaba con desacierto.

No digo que no, respecto a que en Palestina no se pueda ir con la cabeza descubierta; no he estado allí y no sé. Lo que sé es que Jesús habitualmente iba sin nada en la cabeza.

Y si llevaba alguna prenda sobre su cabeza al principio de la marcha, pronto se lo quitaba, como si le desagradaran los estorbos, y llevaba en la mano, y lo usaba más que nada para limpiarse la cara del polvo del camino o para enjugarse el sudor.

Si llovía, alzaba un extremo del manto y con él se cubría la cabeza; si hacía sol, especialmente cuando iba caminando, buscaba una hilera de sombra, aunque estuviera entrecortada, para resguardarse de los rayos solares. Raramente llevaba, como hoy, un velo ligero en la cabeza.

Esta observación podrá parecerles a algunos inútil, pero forma parte también de lo que veo; y yo lo digo, mientras Jesús piensa…

-¡Pero estar tanto tiempo ahí le va a hacer daño! -exclama uno de1 grupo que no es ni el grupo apostólico ni el de Zaqueo.

-Vamos a decírselo a sus discípulos… Además… yo quisiera… quisiera no detenerme demasiado tiempo -responde otro.

-¡Sí, claro! Que los montes Adomín son poco seguros durante la noche…

Van donde los apóstoles y hablan con ellos.
-De acuerdo. Voy a decirles que queréis marcharos -dice Judas Iscariote.

-No. No eso. Quisiéramos estar al menos en Ensemes antes de que se haga de noche.

Judas se marcha sonriendo con ironía. Se inclina hacia el Maestro y le dice: -Dicen que es porque te puede hacer daño el sol -aunque lo que realmente sucede es que a ellos puede perjudicarles el ser vistos demasiado-, pero los judíos desean ya que los despidas.

-Voy… Estaba pensando… Tienen razón -y Jesús se levanta.
-Todos, menos yo… -dice Judas Iscariote con tono de enfado.
Jesús lo mira y calla. Van juntos adonde estos hombres a los que Judas ha llamado judíos.

-Ya me había despedido de todos vosotros. Ayer ya lo dije. Hablaré solamente en Jerusalén…
-Es verdad. Pero es que quisiéramos decirte algo, nosotros que… ¿Podemos hablar aparte contigo?

-Dales este gusto. Tienen miedo de nosotros, o más exactamente de mí -dice Judas de Keriot con esa sonrisa suya de serpiente.

-No tenemos miedo de nadie. Si quisiéramos, sabríamos cómo tutelar nuestra tranquilidad. Pero todavía no todos son villanos en Palestina. Somos descendientes de los prohombres de David, y, si no eres esclavo ni despreciado todavía, debes mostrarte deferente con nuestras estirpes, las primeras junto al rey santo, las primeras junto a los Macabeos, las primeras también ahora, cuando se trata de honrar al Hijo de David, y de aconsejarle. Porque Él es grande, pero todas las criaturas, por grandes que sean, pueden tener necesidad de un amigo en las horas decisivas de la vida -responde con vehemencia uno que está del todo vestido de lino (incluso el manto y la prenda que cubre su cabeza y que poco deja descubierto de su rostro severo).

-Nos tiene a nosotros por amigos. Lo somos desde hace tres años, desde que vosotros…

-No lo conocíamos: Demasiadas veces hemos sufrido engaño con los falsos Mesías como para creer fácilmente en cualquier aserción. Pero los últimos acontecimientos nos han iluminado. Sus obras son divinas y nosotros decimos que es Hijo de Dios.

-¡Y creéis que tiene necesidad de vosotros!

-Como Hijo de Dios, no; como Hombre, sí. Ha venido para ser el Hombre, y el Hombre siempre tiene necesidad de hombres hermanos suyos. Pero, además, ¿por qué tienes miedo? ¿Por qué no quieres que hablemos con Él? Ésta es nuestra pregunta a ti.

-¿Yo? ¡Hablad! ¡Hablad! Los pecadores son más escuchados que los justos.

-¡Judas! ¡Creía que palabras como éstas deberían parecerte fuego en los labios! ¿Cómo te atreves a juzgar aquello que tu Maestro no juzga? Está escrito (Isaías 1, 18): "Si vuestros pecados son como la escarlata se harán blancos como la nieve, y si son bermejos como la cochinilla se harán blancos como la lana".

-Pero Tú no sabes que entre éstos…

-¡Silencio! Hablad vosotros.

-Señor, sabemos que está preparada la acusación contra ti.

Se te acusa de violar la Ley y los sábados, de amar más a los de Samaria que a nosotros, de defender a publicanos y meretrices, de recurrir a Belcebú y a otras fuerzas tenebrosas, de magia negra, de odiar al Templo y querer su destrucción, de…

-Basta así. Todos pueden acusar, probar la acusación es más difícil.

-Pero tienen dentro de ellos a quienes la sostienen. ¿O es que crees que allí dentro son justos?

-Os respondo con las palabras de Job (Job 27, 5-8), que es figura de mí como Paciente: "Lejos de mí el pensamiento de consideraros justos a todos. Hasta el final sostendré mi inocencia. No renunciaré a la justificación mía, que ya he comenzado. Porque mi corazón no me censura nada en toda mi vida". Y todo Israel puede testimoniar -porque no me justifico a mí mismo, con palabras que puede decir también un embustero-, todo Israel puede atestiguar que Yo siempre he enseñado el respeto a la Ley; es más, que he perfeccionado la obediencia la Ley, y que no he violado los sábados… ¡Habla! ¿Qué querías decir? Has hecho un gesto y luego te has contenido. ¡Habla!

Uno del grupito… misterioso dice:
-Señor, en la última sesión del Sanedrín se leyó una denuncia contra ti. Venía de Samaria, de Efraín donde Tú estabas, y decía que había quedado probado, en numerosas ocasiones, que violabas el sábado y…

-Y sigo respondiéndote con Job: "¿Y cuál es la esperanza del hipócrita si roba por avaricia y Dios no libera su alma?". Este infeliz, que presenta una cara fingida y que debajo tiene un corazón distinto quiere cometer el gran robo por avidez de mi bien, ya va por el camino del Infierno, y vano será para él tener dinero y esperar honores y soñar con subir a donde Yo no quise subir para no traicionar el decreto santo. ¿Pero nos vamos a ocupar de él, si no es para orar por él?

-Pero el Sanedrín ha tenido para contigo palabras de burla: "Éste es el amor que le profesan los samaritanos: lo acusan para atraerse la benevolencia de todos nosotros".

-¿Y estáis seguros de que haya sido una mano samaritana la que ha escrito esas palabras?

-No. Pero Samaria en estos días ha sido dura contigo…

-Porque los enviados del Sanedrín han creado en ella subversión y la han azuzado con falsos consejos, suscitando descabelladas esperanzas que he tenido que abatir. Además, escrito está (Job 27, 5-8), tanto respecto a Efraím como respecto a Judá (y se podría decir respecto a cualquier otro lugar, porque es voluble el corazón del hombre, que se olvida de los beneficios y se doblega ante las amenazas):

"Vuestra bondad es como nube matutina, como rocío que por la mañana desaparece". Pero esto no prueba que los samaritanos sean los acusadores del Inocente. Un amor equivocado los lanzó sañosos contra mí, pero era un amor delirante. ¿Qué otra prueba hay de esta acusación de preferencia por los samaritanos?

-Se te acusa de que los quieres tanto, que siempre dices: "Escucha Israel", en vez de decir: "Escucha, Judá". Y que no puedes censurar a Judá…

-¿Verdaderamente? ¿La sabiduría de los rabíes aquí se pierde? ¿Y no soy Yo el Germen de justicia brotado de David por el que, como dice Jeremías (32, 6-9; 33, 15-17), Judá será salvado? Entonces el Profeta prevé que Judá, sobre todo Judá, tendrá necesidad de salvación. Y este Germen, sigue diciendo el Profeta, será llamado el Señor, nuestro Justo, "porque, dice el Señor, nunca le faltará a David un descendiente que se siente en el trono de la casa de Israel".

¿Y entonces? ¿Erró el Profeta? ¿Acaso estaba ebrio? ¿Ebrio de qué? Sin duda, de penitencia y no de otra cosa. Porque, para acusarme a mí, ninguno podrá sostener que Jeremías fuera un hombre dado a la crápula.

Bueno, pues él dice que el Germen de David salvará a Judá y se sentará en el trono de Israel. Así pues, se diría que, por sus luces, el Profeta ve que, más que Judá, será elegido Israel; que el Rey irá a Israel, y ya será una gracia si Judá obtiene la salvación, aunque sólo sea la salvación.

¿Al Reino, entonces, se le llamará Reino de Israel? No. Se le llamara Reino de Cristo, de Aquel que une las partes dispersas y reconstruye en el Señor tras haber -según el otro Profeta (Zacarías 11, 4-17) juzgado y condenado, en un mes -en realidad, en menos de un día-, a los tres falsos pastores y tras haberles cerrado mi alma, porque la suya quedó cerrada para mí y deseándome en figura no supieron amarme en mi naturaleza.

Así pues, Aquel que me envía romperá los dos cayados que me ha dado, para que la Gracia quede perdida para los crueles, para que el Flagelo no venga ya del Cielo, sino del mundo. Y nada es más duro que los flagelos que los hombres dan a los hombres. Así será. ¡Oh, así! Yo recibiré golpes, y dos tercios de las ovejas serán dispersados.

Sólo un tercio, siempre sólo un tercio de ellas se salvará y perseverará hasta el final. Y esta tercera parte pasará por el fuego por el que Yo, Yo el primero, paso; y será purificada y probada como plata y oro, y oirá estas palabras:

"Tú eres mi pueblo", y ella me dirá: "Tú eres mi Señor". Y alguien habrá pesado las treinta monedas, precio de la horrenda obra, infame paga. Y no podrán volver al lugar de donde salieron, porque hasta las piedras gritarían de horror al ver esas monedas manchadas con la sangre del Inocente y el sudor del perseguido, del perseguido por la más atroz de las desesperaciones; y servirán, como está escrito, para comprar de los esclavos de Babilonia el campo para los extranjeros. ¡Oh, el campo para los extranjeros! ¿Sabéis quiénes son estos extranjeros?

Son los de Judá e Israel, que pronto y durante siglos y siglos carecerán de patria y ni siquiera la tierra de su antiguo suelo los querrá acoger y los vomitará aun estando muertos, porque ellos quisieron rechazar la Vida. ¡Horror
infinito!

Jesús calla, como quien se siente abatido, con la cabeza baja, que luego alza. Extiende la mirada a su alrededor. Ve a los presentes: los apóstoles, los discípulos ocultos, Zaqueo con los suyos. Suspira como quien se despierta de una pesadilla. Habla así:

-¿Qué más decíais? ¡Ah, que se me acusa de querer a publicanos y meretrices! Es verdad. Son los enfermos, los moribundos. Yo, Vida, me doy a ellos como vida. Venid, redimidos de mi rebaño -ordena a Zaqueo y a los suyos. Venid y escuchad mi orden. A muchos, más blancos que vosotros, dije: "No vayáis a Jerusalén". A vosotros os digo: "Id". Esto podrá parecer injusticia…
-Y lo es -interrumpe el Iscariote.

Jesús, como si no oyera, sigue hablando a Zaqueo y a sus compañeros:

-Pero os digo: id, precisamente porque vosotros sois plantas que tenéis más necesidad del rocío que otras, para que vuestra buena voluntad reciba el auxilio del Poderoso y ya crezcáis libremente en la Gracia. Sobre las otras cosas… el mismo Cielo responderá con signos inconfundibles.

En verdad, podrá ser destruido el Templo vivo, y en tres días reedificado, y para toda la eternidad. Pero el Templo muerto, que ahora será solamente zarandeado y creerá haber triunfado, perecerá para nunca más renacer. ¡Marchaos! Y no temáis. Esperad en penitencia mi Día. Su aurora os conducirá definitivamente a la Luz -dice dirigiéndose a los que están cubiertos con el manto. Y luego dice a Zaqueo:

-Y marchaos también vosotros, pero no ahora. Estad en Jerusalén para la aurora del día siguiente del sábado. Al lado de los justos quiero que estén los resucitados, porque en el Reino del Cristo infinitos son los lugares: cuantos son los hombres de buena voluntad.

Y se encamina hacia la casa de Nique a través del tupido huerto umbroso.

Un pequeño sendero pone una cinta amarillenta en medio del verde del suelo, y una gallina cloqueante lo cruza seguida de sus pollitos del color del oro; y ante tantos desconocidos la madre tiembla, se acurruca y, temiendo agresiones a sus crías, extiende sus alas defensoras cloqueando más fuerte. Y los pollitos, piando, van y se esconden bajo la pluma materna, y su piar se apaga al seguro y parece que ya no están…

Jesús se para a contemplarla… y caen lágrimas de sus ojos.

-¡Llora! ¿Por qué llora? ¡Él llora! -susurran todos: apóstoles, discípulos, pecadores redimidos.
Y Pedro dice a Juan:

-Pregúntale el por qué de su llanto…
Y Juan, con su ademán habitual, un poco inclinado en señal de reverencia y la cara elevada de abajo hacia arriba para mirarlo a la cara, pregunta: ¿Por qué lloras, mi Señor?

¿Es por lo que antes te han dicho y has dicho?

Jesús reacciona. Sonríe con tristeza y, señalando a la clueca, que sigue tutelando amorosamente a su prole, dice:

-Yo también, Uno con el Padre mío, vi a Jerusalén, como dice Ezequiel (Ezequiel 16), desnuda y llena de vergüenza; y vi y pasé cerca de ella y, llegado el tiempo, el tiempo de mi amor, extendí mi manto sobre ella y cubrí su desnudez. Quería hacerla reina después de haber sido padre para ella, y quería protegerla como esa gallina hace con sus crías… Pero, mientras que los pequeñuelos de la gallina muestran su agradecimiento por los cuidados de su madre y se refugian bajo sus alas, Jerusalén rechaza mi manto… Pero Yo mantendré mi proyecto de amor… Yo…

Luego el Padre mío obrará según su voluntad.
Y Jesús baja por la hierba, para no turbar a la gallina, y pasa, y más lágrimas ruedan sobre su rostro enjuto y pálido.

Todos lo imitan siguiéndole. Hablan en voz baja hasta llegar al límite de la casa de Nique. Y sólo Jesús entra en la casa, con los apóstoles; los demás prosiguen hacia sus respectivas metas..

578- Encuentro con discípulos y hombres de relieve conducidos por Manahén. Llegada a Jericó

Ya las blancas paredes de las casas de Jericó y sus palmas resaltan contra el cielo, azul intenso de cerámica o esmalte, cuando, al pie de un pequeño bosque de tamarices de desordenadas frondas, y de sensibles mimosas y espinos blancos de larguísimas espinas, y de otras plantas en su mayoría espinosas, que parecen haber sido arrojadas allí desde la áspera montaña situada a espaldas de Jericó, Jesús se encuentra con un nutrido grupo de discípulos capitaneados por Manahén.

Parece que están esperando. Lo están, efectivamente; y lo dicen, después de haber saludado al Maestro; y añaden que otros han ido hasta otros caminos, para tener noticias, dado que el retraso de toda una noche en llegar a Jericó los había alarmado.

-Yo he venido aquí con éstos. Y no te dejaré hasta que te vea a salvo en casa de Lázaro -dice Manahén.
-¿Por qué? ¿Hay peligro de algo?… -pregunta Judas Tadeo.

-Estáis en Judea… El decreto ya lo conocéis. Y el odio también. Por tanto, todo se puede temer -responde Manahén, quien, dirigiéndose a Jesús, explica:

-He tomado conmigo a los más fuertes, porque era presumible que -si no te habían apresado-pasaras por aquí. Y por la entidad de los discípulos y los hombres confiamos poder impresionar a los malvados y hacer que te respeten.
En efecto, están con él los ex discípulos de Gamaliel, el sacerdote Juan, Nicolái de Antioquía, Juan de Efeso y otros hombres vigorosos -no los conozco-que están en la flor de la vida y tienen un aspecto más noble de lo común.

Manahén, rápidamente, presenta a algunos de éstos, mientras que a otros no los presenta. Son hombres procedentes de todas las regiones palestinas (entre ellos hay dos de la corte de Herodes Filipo). Así, nombres de las más antiguas familias de Israel resuenan en el camino, al pie del pequeño bosque de frondas desordenadas, en que el viento hace temblar las hojitas de las mimosas y pliega los tiernos retoños de los espinos blancos.

-Vamos. ¿No hay ninguno con las mujeres, donde Nique? -pregunta Jesús.
-Los pastores. Todos menos Jonatán, que espera a Juana en el palacio de Jerusalén. Pero tus discípulos han crecido de forma desmesurada.

Ayer, en Jericó, estaban esperándote unos quinientos; hasta el punto de que los servidores de Herodes se habían impresionado y le habían informado de ello. Y Herodes no sabía si reaccionar temeroso o agresivo. Pero el recuerdo de Juan lo tiene obsesionado y ya no se atreve a levantar la mano contra ningún profeta…

-¡Bien! ¡Esto no te perjudicará! -exclama Pedro frotándose contento las manos.

-De todas formas, es el que menos cuenta. Es un ídolo al que todos pueden mover como les venga en gana. Y quien lo tiene en sus manos sabe moverlo.
-¿Y quién lo tiene en sus manos? ¿Pilato? -pregunta Bartolomé.

-Pilato no necesita a Herodes en sus actos. Herodes es un siervo, los poderosos no se dirigen a los siervos -responde Manahén.

-¿Y entonces quién? -pregunta Bartolomé.
-El Templo -dice sin vacilar uno que está con Manahén.
-Pero si para el Templo Herodes está anatematizado. Su pecado…

-¡Eres muy ingenuo con todo tu saber y tus años, Bartolomé! ¿Es que no sabes que el Templo, con tal de conseguir sus objetivos, sabe superar muchas, demasiadas cosas? Por eso ya no merece permanecer -dice Manahén con gesto de severo desprecio.

-Tú eres israelita. No debes hablar así. El Templo es siempre el Templo para nosotros -dice Bartolomé con tono de reconvención.

-No. Es el cadáver de lo que era. Y un cadáver, cuando lleva ya un tiempo muerto, se transforma en inmunda carroña. Por eso Dios ha mandado al Templo vivo, para que pudiéramos postrarnos ante el Señor sin que ello fuera una pantomima execrable.

-¡Calla! -susurra a Manahén otro que está con él, porque está hablando demasiado claramente (es uno de los que no han sido presentados, uno que está muy tapado).
-¿Y por qué debería callarme, si así habla mi corazón? ¿Piensas que hablando así pueda perjudicar al Maestro? Si es así, me callo: pero no por otro motivo. Aunque me condenaran sabría decir: "Así pienso, y no castiguéis a nadie aparte de mí".

-Manahén tiene razón. Basta ya de callar por miedo. Es ya hora de que cada uno tome su sitio a favor o en contra y diga lo que tiene en su corazón. Yo pienso como tú, hermano en Jesús; y si ello puede causarnos la muerte moriremos perseverando en confesar la verdad -dice Esteban con ímpetu.

-¡Sed prudentes! ¡Sed prudentes! -exhorta Bartolomé -El Templo es siempre el Templo. Está claro que no es perfecto y cometerá errores, pero es… es… Después de Dios no hay personas más grandes ni fuerzas mayores que el Sumo Sacerdote y el Sanedrín… Representan a Dios. Y nosotros debemos ver aquello que representan, y no lo que son. ¿O me equivoco, Maestro?

-No te equivocas. En toda constitución hay que saber ver su origen, en este caso el Eterno Padre, que ha constituido el Templo y las jerarquías, los ritos y las autoridades de los hombres antepuestos para representarlo.

Hay que saber dejar en las manos del Padre el juicio. El sabe cuándo y cómo intervenir; qué medidas tomar para que la corrupción, extendiéndose, no corrompa a todos los hombres y les haga dudar de Dios… Y en esto Manahén, viendo la razón de mi venida en esta hora, ha sabido ver con exactitud. En fin, es necesario suavizar tu estaticidad, Bartolmái, con el espíritu innovador de Manahén, para que sea precisa la medida y, por tanto, perfecto el sentir.

Todo exceso es siempre dañino, para el agente y para el que lo sufre, o para el que lo percibe y se escandaliza -y, si no es un alma honesta, se sirve de ello para denunciar a los hermanos-. Pero ésta es una acción de Caín y, siendo obra de las Tinieblas, no lo será de los hijos de la Luz.

El que advirtió a Manahén de que no hablara demasiado, y que está cubierto del todo por el manto, de forma que apenas pueden vérsele los ojos negros, vivísimos, se arrodilla, toma la mano de Jesús y dice:

-Tú eres bueno, Maestro. ¡Demasiado tarde te he conocido, oh Palabra de Dios! ¡Pero aún es tiempo, si no de servirte largamente como abría deseado, como ahora quisiera, sí de amarte como mereces!

-Nunca es demasiado tarde para la hora de Dios. Esa hora llega en el momento preciso. Y concede tanto tiempo para servir a la Verdad cuanto la voluntad quiere.
-¿Pero quién es? -se preguntan unos a otros, bisbiseando, los apóstoles; y se lo preguntan a los discípulos. En vano: ninguno sabe quién es, o, sabiéndolo, ninguno quiere decirlo.

-¿Quién es, Maestro? -pregunta Pedro cuando puede acercarse a Jesús, que va en el centro del grupo (detrás de Él, las mujeres; delante, los discípulos; a los lados, sus primos; en torno a Él, los apóstoles).

-Un alma, Simón. Nada más que eso.
-Pero… ¿Te fías de él sin saber quién es?
-Sé quién es. Y conozco su corazón.
-¡Ah, comprendo! Es como en el caso de la Velada de Agua Especiosa… Ya no pregunto más… -y Pedro se pone contento porque Jesús, separándose de Santiago, lo arrima a sí.

Llegan ya a Jericó. Por la puerta de las murallas irrumpe la gente elevando voces de hosanna, y a Jesús le es difícil proseguir para cruzar la ciudad e ir donde Nique, que está fuera de Jericó, en el extremo opuesto. Súplicas para que hable. Niños aupados, que casi forman un seto vivo infranqueable (se cuenta con el amor de Jesús a los pequeños). Gritos de: « ¡Puedes hablar! ¡Ése ya ha huido a Jerusalén!» gestos que, junto con estas palabras, señalan hacia el palacio, espléndido y cerrado, de Herodes.
Manahén confirma:

-Es verdad. Se ha marchado durante la noche, silenciosamente. Tiene miedo.

Pero nada detiene a Jesús, que camina diciendo:
-¡Paz! Paz! El que tenga alguna pena o algún dolor que vaya a casa de Nique. El que quiera oírme que vaya a Jerusalén. Aquí soy el Peregrino, como todos vosotros. En la casa del Padre hablaré. ¡Paz! ¡Paz y bendición! ¡Paz!

Es ya un pequeño triunfo, un preludio de la entrada en Jerusalén, ya tan cercana.

Me sorprende la ausencia de Zaqueo. Pero luego lo veo, erguido en la linde de la propiedad de Nique, rodeado de sus amigos y con los pastores y las discípulas.

Todos acuden presurosos al encuentro de Jesús, y le abren paso disponiéndose en dos filas, y se postran, mientras Él, bendiciendo, se adentra en el huerto en dirección a la casa que, hospitalaria, lo recibe.

577- Tercer anuncio de la Pasión. María de Alfeo evoca la figura de José. La insensata petición de los hijos de Zebedeo

Apenas el alba aclara el cielo, aunque no hace todavía fácil el camino, cuando Jesús deja Doco aún durmiente.

Las pisadas ciertamente no las oye nadie, porque son cautelosas y la gente duerme todavía en las casas cerradas.

Ninguno habla hasta que están fuera de ciudad, hasta que están en el campo, que lentamente se despierta bajo la parca luz, llena de frescura después del lavacro del rocío.

Entonces Judas Iscariote dice:

-Camino inútil, descanso negado; hubiera sido mejor no haber venido hasta aquí.

-¡No nos han tratado mal los pocos que hemos encontrado! Han dedicado la noche a escucharnos y a ir por los enfermos de los campos. No, no, venir aquí ha sido una cosa verdaderamente buena, porque los que, por enfermedad u otros motivos, no podían aspirar a ver al Señor en Jerusalén lo han visto aquí y han recibido el consuelo de la salud y de otras gracias. Los otros ya sabemos que han ido ya a la ciudad…

Es costumbre de todos nosotros, a nada que se pueda, ir algunos días antes de la fiesta -dice delicadamente Santiago de Alfeo, porque es siempre manso; todo lo contrario de Judas de Keriot, que incluso en los momentos buenos es siempre violento e imperioso.

-Precisamente porque vamos también nosotros a Jerusalén, era inútil venir aquí. Nos habrían oído y visto allí…
-Pero no las mujeres y los enfermos… -rebate, interrumpiéndole, Bartolomé, en ayuda de Santiago de Alfeo.

Judas hace como que no oye y, como continuando lo que estaba diciendo, añade: -Al menos creo que vamos a Jerusalén, aunque ahora ya no estoy seguro, después de lo que se le dijo a aquel pastor…

-¿Y a dónde piensas que vayamos, si no es allí? -pregunta
Pedro.
-¡Yo qué sé! Todo lo que hacemos desde hace algunos meses es tan irreal, todo tan contrario a lo previsible, al buen sentido, incluso a la justicia, que…

-¡Hala! ¡Pues si te he visto beber leche en Doco, ¿cómo es que hablas como un borracho?! ¿En qué ves cosas contrarias a la justicia? -pregunta Santiago de Zebedeo, con unos ojos que poco bien prometen. Y añade:

-¡Basta ya de reproches al Justo! ¿Entiendes que ya basta? No tienes derecho a censurarlo. Ninguno tiene este derecho porque Él es perfecto, y nosotros… ninguno de nosotros lo es, y tú el que menos.

-¡Eso es! Si estás enfermo, te curas; pero no nos amargues con tus protestas. ¡Si eres un lunático, allí está el Maestro: ve a que te cure y corta ya, ¿eh?! -dice Tomás perdiendo la paciencia.

Efectivamente, Jesús viene detrás, junto con Judas de Alfeo y Juan; y ayudan a las mujeres, que, menos acostumbradas a andar entre dos luces, avanzan con dificultad por este sendero no bueno y además, más oscuro que el campo porque va por un tupido olivar. Y Jesús habla animadamente con las mujeres, enajenándose de lo que sucede más adelante, lo cual, de todas formas, es oído por los que van con Él, pues, aunque las palabras lleguen mal, su tono denota que no son palabras suaves, sino que, ciertamente, tienen sabor de disputa.

Los dos apóstoles, Judas Tadeo y Juan, se miran… y no dicen nada. Miran a Jesús y a María. Pero María está tan velada con su manto, que casi no se le ve la cara. Jesús parece no haber oído. Mas, acabado lo que estaba diciendo -hablaban de Benjamín y de su futuro, y hablan de la viuda Sara de Afeq, que se ha establecido en Cafarnaúm y es madre amorosa no sólo del niñito de Yiscala, sino también de los hijitos de la mujer de Cafarnaúm que, pasada a segundo matrimonio, no quería ya a los hijos del primero, y que murió luego «tan mal, que verdaderamente se ha visto la mano de Dios en su muerte» dice Salomé-, Jesús va hacia delante junto con Judas Tadeo y llega donde los apóstoles (pero antes, al marcharse, ha dicho:

«Quédate aquí, Juan, si quieres. Voy a responder al inquieto y a poner paz».).

Pero Juan, después de algunos otros pasos con las mujeres, y visto que el sendero se abre más y se hace más luminoso, se echa a correr y alcanza a Jesús justo cuando está diciendo:

-Así que, tranquilízate, Judas. Nada irreal haremos, como nunca lo hemos hecho. Tampoco ahora estamos haciendo nada contrario a lo previsible. Éste es el tiempo en que está previsto que todo israelita que no esté impedido por enfermedades o causas gravísimas suba al Templo. Y al Templo estamos subiendo. -No todos. Margziam he oído que no estará. ¿Acaso está enfermo? ¿Por qué motivo no viene? ¿Tú crees que puedes substituirlo por el samaritano?

El tono de Judas es insoportable.
Pedro susurra:

-¡Oh prudencia, encadena mi lengua, que soy hombre! -y aprieta fuertemente los labios para no decir nada más. Sus ojos, un poco saltones, tienen una mirada conmovedora, y es que son muy visibles en ellos el esfuerzo que hace el hombre por frenar su indignación y la aflicción de oír hablar a Judas de ese modo.

La presencia de Jesús mantiene inmóviles todas las lenguas. Él el único que habla, diciendo con una calma verdaderamente divina:

-Venid un poco adelante para que las mujeres no oigan. Tengo que deciros una cosa, ya desde hace algunos días. Os la prometí en los campos de Tersa. Pero quería que estuvierais todos para oírla; todos vosotros, no las mujeres. Dejémoslas en su humilde paz… En lo que os voy a decir estará incluida también la razón por la cual Margziam no estará con nosotros, y tampoco tu madre, Judas de Keriot, tus hijas, Felipe, ni las discípulas de Belén de Galilea con la jovencita. Hay cosas que no todos pueden soportarlas.

Yo, Maestro, sé lo que es un bien para mis discípulos, y sé cuánto pueden ellos, o no pueden, soportar. Ni siquiera vosotros tenéis la suficiente fortaleza como para soportar la prueba. Y quedar excluidos de ella sería una gracia para vosotros. Pero vosotros debéis continuarme, y debéis saber cuán débiles sois, para ser después misericordiosos con los débiles.

Por eso vosotros no podéis veros excluidos de esta tremenda prueba que os dará la medida de lo que sois, de lo que habéis seguido siendo después de tres años de estar conmigo y de lo que habéis venido a ser después de estos mismos tres años. Sois doce.

Vinisteis a mí casi contemporáneamente. Y no son los pocos días que transcurrieron desde mi encuentro con Santiago, Juan y Andrés, hasta el día en que tú, Judas de Keriot, fuiste recibido entre nosotros, ni hasta el día en que tú, Santiago, hermano mío, y tú, Mateo, vinisteis conmigo, los que pueden justificar tanta diferencia de formación entre vosotros. Estabais todos, también tú, docto Bartolmái, y vosotros, hermanos míos, muy informes, completamente informes respecto a lo que es la formación en mi doctrina.

Es más, vuestra formación, mejor que la de otros de entre vosotros respecto a la doctrina del viejo Israel, os suponía un obstáculo para formaros en mí. Pero ninguno de vosotros ha recorrido tanto camino como habría sido suficiente para llevaros a todos a un único punto.

Uno lo ha alcanzado, otros están cerca, otros más lejos, otros muy atrás, otros… sí, debo decir también esto: en vez de avanzar han retrocedido. ¡No os miréis! No busquéis entre vosotros quién es el primero y quién el último.

Aquel que, quizás, se cree el primero y es considerado el primero, debe todavía tomarse a sí mismo el pulso. Aquel que se cree el último está para resplandecer en su formación como una estrella del cielo.

Por tanto, una vez más, os digo: no juzguéis. Los hechos juzgarán con su evidencia. Por ahora no podéis entender. Pero pronto, muy pronto recordaréis estas palabras mías y las comprenderéis.

-¿Cuándo? Nos has prometido que nos vas a decir, que nos vas a explicar también por qué la purificación pascual será distinta este año, pero no nos lo dices nunca -se queja Andrés.

-De esto os quería hablar. Porque aquellas palabras y éstas son una única cosa, pues tienen su raíz en una única cosa. Mirad, estamos subiendo a Jerusalén para la Pascua.

Allí se cumplirán todas las cosas dichas por los profetas respecto al Hijo del hombre. En verdad, como vieron los profetas, como ya estaba dicho en la orden dada a los hebreos de Egipto, como fue ordenado a Moisés en el desierto, el Cordero de Dios muy pronto va a ser inmolado y su Sangre muy pronto va a rociar las jambas de los corazones, y el ángel de Dios pasará sin descargar su mano sobre los que tengan sobre sí, y con amor, la Sangre del Cordero inmolado, que muy pronto va a ser levantado como la serpiente de precioso metal en el palo transversal, como signo para los que han sido heridos por la serpiente infernal, para salud de los que lo miren con amor.

El Hijo del hombre, vuestro Maestro Jesús, muy pronto va a ser entregado en manos de los príncipes de los sacerdotes, de los escribas y Ancianos, los cuales lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles para ser escarnecido.

Y lo abofetearán, lo golpearán, le escupirán, lo arrastrarán por las calles como a un andrajo inmundo, y luego los gentiles, después de haberlo flagelado y coronado de espinas, prefiriendo el pueblo hebreo, reunido en Jerusalén, su muerte en vez de la de un ladrón, lo condenarán a la muerte de cruz, propia de los malhechores; y así lo matarán.

Pero, como está escrito en los signos de las profecías, después de tres días resucitará. Ésta es la prueba que os espera, la que mostrará vuestra formación.

En verdad os digo, a todos vosotros los que os creéis tan perfectos como para despreciar a los que no son de Israel e incluso a muchos del propio pueblo nuestro, en verdad os digo que vosotros, mi parte elegida del rebaño, cuando apresen al Pastor, sufriréis la embestida del miedo y huiréis a la desbandada, como si los lobos que a mí me morderán desde todas las partes se hubieren vuelto contra vosotros. Pero os digo que no temáis, que no os tocarán un solo cabello. Yo seré suficiente para saciar a los lobos feroces…

Los apóstoles, a medida que Jesús va hablando, van pareciendo criaturas expuestas a una granizada de piedras.

Incluso se encorvan, cada vez más, mientras Jesús va hablando. Y, cuando termina:

-Y todo esto que os digo ya es inminente; no es como las otras veces, que había tiempo antes de esa hora. Ya ha llegado la hora. Yo voy para ser entregado a mis enemigos e inmolado para salvación de todos.

Y este capullo de flor no habrá perdido todavía sus pétalos, después de haber florecido, y Yo estaré ya muerto -cuando termina así, quién se tapa la cara con las manos, quién gime como si lo estuvieran hiriendo. Judas Iscariote está lívido, literalmente lívido…

El primero en recobrarse es Tomás, que proclama:
-Esto no te sucederá porque te defenderemos o moriremos juntos contigo, y así demostraremos que te habíamos alcanzado en tu perfección y que éramos perfectos en el amor a ti.

Jesús lo mira en silencio.

Bartolomé, después de un largo silencio meditativo, dice:
-Has dicho que serás entregado… Pero ¿quién, quién puede entregarte en manos de tus enemigos? Eso no está escrito en las profecías. No. No está escrito. Sería demasiado horrible si un amigo tuyo, un discípulo tuyo, un seguidor tuyo, aunque fuera el último de todos, te entregara a los que te odian. ¡No! Quien te haya oído con amor, aunque hubiera sido una sola vez, no puede cometer ese delito.

Son hombres, no fieras, no diablos… No, mi Señor. Y tampoco los que te odian podrán… Tienen miedo del pueblo, ¡y el pueblo estará, por entero, en torno a ti!
Jesús mira también a Natanael y no habla.

Pedro y el Zelote hablan mucho entre sí. Santiago de Zebedeo maltrata de palabra a su hermano porque lo ve sereno, y Juan responde:

-Es porque hace tres meses que lo sé -y dos lágrimas surcan su rostro.

Los hijos de Alfeo hablan con Mateo, que, descorazonado, menea la cabeza.

Andrés se vuelve hacia el Iscariote:

-Tú que tienes tantos amigos en el Templo…
-Juan conoce al propio Anás -replica Judas, y termina:
-¿Y qué solución ves? ¿Qué crees que va a poder la palabra de un hombre si así está predestinado?

-¿Estás convencido de esto? -preguntan al mismo tiempo Tomás y Andrés.

-No. Yo no creo nada. Son alarmas inútiles. Bartolomé tiene razón. Todo el pueblo apoyará a Jesús. Ya se percibe por la gente que vamos viendo por el camino. Y será un triunfo. Veréis como será así-dice Judas de Keriot.

-¿Pero entonces por qué Él…? -dice Andrés señalando a Jesús que se ha parado para esperar a las mujeres.

-¿Que por qué lo dice? Porque está impresionado.., y porque quiere probarnos. Pero no ocurrirá nada. Y yo, además, iré…

-¡Sí, sí! ¡Ve a ver…! -suplica Andrés.

Se callan porque Jesús está ya tras ellos, entre su Madre y María de Alfeo.

María expresa una pálida sonrisa al mostrarle su cuñada unas semillas, que no sé dónde las habrá conseguido, diciéndole que quiere sembrarlas en Nazaret después de la Pascua, junto a la gruta que Ella tanto estima. Y María de Alfeo dice:

-Cuando eras niña, te recuerdo siempre con estas flores en tus manitas. Las llamabas las flores de tu venida.

Efectivamente, cuando naciste, tu huerto estaba cuajado de ellas, y en el atardecer en que toda Nazaret se apresuró a ir a ver a la hija de Joaquín, los hacecillos de estas estrellitas eran verdaderamente un diamante por el agua que había caído del cielo; por el último rayo de sol que desde el Poniente incidía en ellos; y, dado que te llamabas "Estrella", todos decían, mirando a esas muchas, pequeñas estrellas brillantes:

"Las flores se han adornado para festejar a la flor de Joaquín, y las estrellas han dejado el cielo para acercarse a la Estrella"; y todos sonreían, felices por el signo venturoso y por la alegría de tu padre. Y José, el hermano de mi marido, dijo:

"Estrellas y gotitas de agua. ¡Es verdaderamente María!".

¿Como podía imaginar, entonces, que habrías de ser su estrella? ¡Cuando volvió de Jerusalén elegido para esposo tuyo!… Toda Nazaret quería festejarlo, porque grande era el honor que le venía del Cielo y de su matrimonio contigo, hija de Joaquín y Ana; y todos querían invitarlo a un banquete.

Pero él, con su dulce pero firme decisión rechazó toda fiesta. De modo que asombró a todos, porque ¿quién es el hombre que, destinado a noble matrimonio y con símil decreto del Altísimo, no celebre su felicidad de alma y de carne y sangre? Pero él decía:

“A gran elección gran preparación”. Y con una continencia que alcanzaba también a las palabras y al alimento -pues que pues que toda otra continencia siempre había existido en él-pasó ese tiempo trabajando y orando, porque, si se puede orar con el trabajo, yo creo que cada golpe de martillo y cada señal hecha con el escoplo se transformaban en oración. Tenía su rostro como extático.

Yo iba a arreglar la casa, a blanquear sábanas u otras cosas que había dejado tu madre y que con el tiempo se habían puesto amarillentas, y lo miraba mientras trabajaba en el huerto y en la casa para ponerlos otra vez en orden, como si nunca hubieran estado abandonados; y le hablaba incluso…

Pero estaba como absorto. Sonreía… pero no era a mí o a otros, sino a un pensamiento suyo que no era, no, el pensamiento de todos los hombres que se aproximan a su boda. Ésa es una sonrisa de alegría maliciosa y carnal…

Él… parecía sonreír a los invisibles ángeles de Dios,
parecía que hablara con ellos y los consultara… ¡Oh, porque estoy convencida de que los ángeles le instruían acerca de cómo tratarte a ti! Porque después, y fue otro motivo de estupor de toda Nazaret, y casi de desdén de mi Alfeo, pospuso la boda lo más que pudo, y no se comprendió nunca cómo fue que al improviso se decidiera antes del tiempo fijado. Y también cuando se supo que ibas a ser madre, ¡cómo se asombró Nazaret por su alegría ausente!…

Pero también mi Santiago es un poco así. Y cada vez más lo es. Ahora que lo observo bien -no sé por qué, pero desde que fuimos a Efraím me parece completamente nuevo-, lo veo así… justamente como a José. Míralo ahora también, María, ahora que se está volviendo otra vez para mirarnos.

¿No tiene ese aspecto absorto tan habitual en José, tu esposo? Sonríe con esa sonrisa que no sé si llamarla triste o lejana. Mira y tiene esa mirada larga, que va más allá de nosotros, que muchas veces tenía José. ¿Recuerdas cómo le pinchaba Alfeo? Decía:

"Hermano, ¿ves todavía las pirámides?". Y él meneaba la cabeza sin decir nada, paciente y reservado en sus pensamientos. Poco hablador siempre. ¡Pero desde que volvisteis de Hebrón…! Ya ni siquiera a la fuente iba solo, como hasta entonces había hecho, y como hacen todos: o contigo o a su trabajo. Y; aparte del sábado en la sinagoga, o cuando se dirigía a otro lugar para alguna gestión, nadie puede decir que viera a José de paseo en esos meses. Luego os marchasteis… ¡Qué angustia la ausencia de noticias vuestras después de la matanza! Alfeo fue ̇ hasta Belén…

“Se marcharan” dijeron. Pero… ¿cómo creerlos, si os odiaban a muerte en esa ciudad en que todavía rojeaba la sangre inocente y se elevaba e1 humo de las ruinas y se os acusaba de que por vosotros esa sangre había corrido? Fue a Hebrón, y vosotros al Templo, porque Zacarías tenía su turno. Isabel no le dio más que lágrimas, y Zacarías palabras de consuelo. El uno y la otra, angustiados por Juan y temiendo nuevos actos de crueldad, lo habían escondido y estaban verdaderamente en ascuas por él.

De vosotros no sabían nada. Y Zacarías dijo a Alfeo: "Si están muertos, su sangre ha caído sobre mí, porque yo los convencí de que se quedaran en Belén". ¡Mi María! ¡Mi Jesús, visto tan guapo durante la Pascua que siguió a su nacimiento! ¡Y no recibir noticia durante tanto tiempo! Pero… ¿por qué nunca una noticia?…

-Porque convenía guardar silencio. En el lugar donde estábamos muchas eran las Marías y muchos los Josés, y convenía pasar por una pareja cualquiera de esposos -responde serena María, y suspira:

-Y eran, dentro de su tristeza, días aún felices. ¡El mal estaba tan lejos todavía! ¡Aunque nuestra humanidad careciera de muchas cosas, el espíritu se saciaba con la alegría de tenerte, Hijo mío!

-También ahora tienes contigo a tu Hijo. ¡Falta José, es verdad! Pero Jesús está aquí y con su completo amor de adulto ­observa María de Alfeo.

María levanta la cabeza para mirar a su Jesús. Y en su mirada hay congoja, aunque su boca sonría levemente. Pero no añade ninguna otra palabra.

Los apóstoles se han detenido para esperarlos. Todos se agrupan, incluso Santiago y Juan, que estaban detrás de todos, con su madre. Y, mientras descansan del camino realizado y algunos comen un poco de pan, la madre de Santiago y Juan se acerca a Jesús y se postra ante Él, que, apremiado por reanudar la marcha, ni siquiera se ha sentado.

Jesús, puesto que es claro en ella el deseo de pedir algo, le pregunta:
-¿Qué quieres, mujer? Habla.
-Concédeme una gracia, antes de que te marches, como dices.

-¿Cuál?
-La de ordenar que estos dos hijos míos, que por ti han dejado todo, se sienten uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando Tú estés sentado, en tu gloria, en tu Reino.

Jesús mira a la mujer y luego a los dos apóstoles, y dice:
-Habéis sugerido este pensamiento a vuestra madre interpretando muy mal mis promesas de ayer. El céntuplo por lo que habéis dejado no lo recibiréis en un reino de la Tierra. ¿También vosotros os habéis hecho codiciosos y habéis perdido la inteligencia? No, no vosotros: ya es el crepúsculo mefítico de las tinieblas, que avanza, y el aire contaminado de Jerusalén, que se acerca y os corrompe y os ciega… ¡Yo os digo que no sabéis lo que pedís!

¿Podéis, acaso, beber el cáliz que voy a beber Yo?

-Lo podemos, Señor.

-¿Y por qué decís eso, si todavía no habéis comprendido la amargura que tendrá mi cáliz? No se trata solamente de la amargura que ayer os describí: la mía de Varón de todos los dolores. Habrá torturas que, aunque os las describiera, no estaríais en condiciones de comprenderlas… De todas formas… sí… dado que -a pesar de ser todavía como dos niños que desconocen el valor de lo que piden-, dado que sois dos espíritus justos y que me quieren, beberéis, ciertamente beberéis de mi cáliz.

Pero lo de sentaros a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde a mí concedéroslo: ésa es una cosa que se concederá a aquellos para los que mi Padre lo ha preparado.

Los otros apóstoles, mientras Jesús está todavía hablando, hacen ásperas críticas sobre lo que los hijos de Zebedeo y la madre de estos han pedido.

Pedro le dice a Juan:
-¡Precisamente tú! ¡Ya ni te reconozco, respecto a lo que eras!

Y Judas Iscariote, con su sonrisa de demonio:

-¡Verdaderamente los primeros son los últimos! Tiempo de sorpresas y de comprender una serie de cosas… -y se ríe burlón.

-¿Acaso por los honores hemos seguido a nuestro Maestro? -dice Felipe en tono de reproche.

Tomás no se dirige a los dos, sino a Salomé, diciendo:
-¿Por qué poner en evidencia a tus hijos? Si no ellos, al menos tú debías haber reflexionado e impedido esto.
-Es verdad. Nuestra madre no lo habría hecho -dice Judas Tadeo.

Bartolomé no habla, pero su cara es toda una desaprobación. Simón Zelote, queriendo calmar el desdén, dice:

-Todos podemos equivocarnos…
Mateo, Andrés y Santiago de Alfeo no hablan; es más, visiblemente sufren por este incidente que mella la hermosa perfección de Juan.
Jesús hace un gesto para imponer silencio y dice:

-¡Un momento! ¿Es que de un error van a venir muchos? Vosotros, que reprocháis indignados, ¿no os dais cuenta de que también vosotros pecáis? Dejad tranquilos a estos hermanos vuestros.

Mi reprensión es suficiente. Su abatimiento es evidente; su arrepentimiento, humilde y sincero. Debéis amaros entre vosotros, apoyaros mutuamente. Porque, en verdad, ninguno de vosotros es perfecto todavía. No debéis imitar al mundo ni a los hombres del mundo. En el mundo -lo sabéis-los príncipes de las naciones dominan a sus pueblos, y sus notables ejercen el poder sobre éstos en nombre de los príncipes. Pero entre vosotros no debe ser así.

No debe haber en vosotros afán de dominar a los hombres ni a vuestros compañeros. Antes al contrario, el que de entre vosotros quiera ser el mayor póngase a vuestro servicio, y el que quiera ser el primero hágase siervo de todos. Lo mismo que ha hecho vuestro Maestro.

¿Acaso he venido para avasallar y dominar? ¿Para ser servido? No, verdaderamente no. Yo he venido para servir. Y eso -de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en redención de muchos-, Eso mismo deberéis saber hacer vosotros, si queréis ser como Yo y estar donde Yo. Ahora marchaos. Y estad en paz entre vosotros, como Yo lo estoy con vosotros.

Me dice Jesús (a María Valtorta):

-Señala mucho el punto: "… vosotros ciertamente beberéis de mi cáliz". En las traducciones se lee: "mi cáliz". He dicho: "del mío", no "el mío". Ningún hombre habría podido beber mi cáliz. Solamente Yo, Redentor, debí beber todo mi cáliz. A mis discípulos, a mis imitadores, a los que me aman, ciertamente se les concede beber de ese cáliz en que Yo bebí: esa gota, ese sorbo o esos sorbos que la predilección de Dios les concede beber. Pero nunca ninguno lo beberá todo como Yo lo bebí. Así pues, es correcto decir "de mi cáliz" y no "mi cáliz".

(La expresión "beber el cáliz" parece traducción correcta del texto griego de los evangelistas Mateo y Marcos; pero podría ser interpretada como "beber del cáliz" si se dice en arameo, la lengua que Jesús hablaba, en la cual no habría distinción de forma entre "beber el cáliz" y "beber del cáliz")

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