570- En Lebona, la parábola de los mal aconsejados

Están para entrar en Lebona, ciudad que no me parece muy importante ni bonita, pero que, en cambio, está muy llena de gente, la razón es que ya están en movimiento las caravanas que para la Pascua bajan a Jerusalén, procedentes de Galilea, Iturea, la Gaulanítida, la Traconítida, la Auranítida y la Decápolis. Yo diría que es que Lebona está situada en un camino de caravanas; es más, diría que es un nudo de caminos, caminos de caravanas, que vienen de esas regiones (del Mediterráneo y del este y norte de Palestina), para confluir en este lugar, en la vasta vía que conduce a Jerusalén.

Probablemente la preferencia de la gente se debe al hecho de que esta vía está muy patrullada por los romanos, de forma que se sienten más seguros del peligro de malos encuentros con bandidos. Pienso esto, pero quizás la preferencia se debe a otras causas, a recuerdos históricos o sagrados, no lo sé.

Las caravanas se están poniendo en movimiento -la hora es propicia por el sol, opino que son aproximadamente las ocho de la mañana-en medio de un gran rumor de voces, gritos, rebuznos, cascabeles, ruedas. Mujeres que llaman a los niños. Hombres que azuzan a los animales.

Vendedores ofreciendo mercancías. Tratos entre vendedores samaritanos y gente… menos hebrea, o sea, de la Decápolis y de otras regiones, poco intransigentes por estar más fundidas con el elemento pagano; rechazos desdeñosos, incluso con improperios, cuando un desdichado vendedor de Samaria se acerca a ofrecer su género a algún campeón del judaísmo.

Tanto gritan éstos sus anatemas, que parece como si se les hubiera acercado el diablo en persona… lo cual suscita vivísimas reacciones de los samaritanos ofendidos y se produciría algún tumulto si no estuvieran los soldados romanos vigilando bien.

Jesús avanza en medio de este jaleo. En torno a Él, los apóstoles; detrás, las discípulas; detrás de éstas, la fila de los de Efraím engrosada por muchos de Silo.
Un murmullo precede al Maestro, y se propaga desde los que lo ven hasta los que están más lejos y todavía no lo ven. Un murmullo más fuerte le sigue. Y muchos suspenden la salida para ver lo que sucede.

Se preguntan:
-¿Cómo? ¿Se aleja cada vez más de Judea? ¿Es que predica ahora en Samaria?
Una voz cantarina de Galilea:
-Los santos lo han rechazado y se dirige a los no santos para santificarlos, para bochorno de los judíos.
Una respuesta más mordaz que un ácido venenoso:

-Ha encontrado ya su nido, y también a quien entiende sus palabras de demonio. Otra voz:
-¡Callad, asesinos del Justo! ¡Esta persecución os marcará con el más triste nombre para todo el futuro; a vosotros, tres veces más corrompidos que nosotros los de la Decápolis!

Otra voz, de anciano, también mordaz:
-Es tan justo, que huye del Templo en la Fiesta de las fiestas. ¡Je! ¡Je! ¡Je!
Uno de Efraím, rojo de ira:
-No es verdad. ¡Mientes, vieja serpiente! Va ahora a su Pascua.

Un barbado escriba, con desprecio:
-Por el camino del Garizim.
-No. Del Moria. Viene a bendecirnos porque sabe amar; luego subirá hacia vuestro odio, ¡malditos!
-¡Calla, samaritano!
-¡Calla tú, demonio!

-Quien cree tumulto irá a las galeras. Así lo tiene ordenado Poncio Pilato. No lo olvidéis. Y desalojad este lugar -impone un suboficial romano haciendo maniobrar a sus subordinados para separar a algunos que están ya para enzarzarse por una de esas muchas disputas regionales y religiosas que fácilmente surgían en la Palestina de los tiempos de Cristo.

La gente se separa, pero ya ninguno parte. Llevan a los asnos a las caballerizas, a los encaminan hacia el lugar a donde se ha dirigido Jesús. Mujeres y niños se apean y siguen a sus maridos o padres, o bien se quedan en grupo charlador, si el estado de ánimo del marido o del padre así lo ordena, “para que no oigan hablar al demonio”. Pero los hombres, amigos, enemigos, o simplemente curiosos, se apresuran a ir al lugar a donde se ha dirigido Jesús. Y, mientras van, se miran mal, o se gozan de esta inesperada alegría, o hacen preguntas: según sean amigos y enemigos, o amigos entre sí, o curiosos.

Jesús se ha parado en una plaza, junto a la inevitable fuente ubicada a la sombra de algún árbol. Está allí, contra la húmeda pared de la fuente, que aquí está como cubierta por un pequeño pórtico abierto solamente por un lado. Quizás es un pozo, más que una fuente. Se parece al pozo de En Royel.

Está hablando con una mujer, que le muestra al hijito que lleva en sus brazos. Veo que Jesús asiente y pone su mano en la cabeza del niño. Enseguida veo que la madre alza al niño y grita:

-¡Malaquías!, ¡Malaquías!, ¿dónde estás? Nuestro hijo ya no es deforme -y la mujer, eleva cantarina su hosanna, al que se une el de la gente mientras un hombre se abre paso y va a postrarse ante el Señor.

La gente comenta lo sucedido. Las mujeres -la mayor parte de ellas, madres-se congratulan con la mujer agraciada. Los más lejanos, después de haber gritado «^hosanna!» para unirse a los que saben lo que ha sucedido, alargan el cuello y preguntan: «¿Pero qué ha pasado?».

-Un niño jorobado. Tan jorobado, que a duras penas podía sostenerse sobre sus piernas. Era así de alto sólo. No exagero, así, de lo encorvado que estaba. Parecía de tres años y tenía siete. ¡Miradlo ahora! Tiene la altura de todos, está derecho como una palma, y ágil. Mirad cómo se encarama al murete de la fuente para que lo vean y para ver. ¡Mirad cómo ríe feliz!

Un galileo se vuelve a uno que, a juzgar por los esponjosos caireles del cinturón, creo adivinar sí digo que es un rabí; le pregunta:

-¡Eh! ¿Tú que piensas? ¿También esto es una obra del demonio? Verdaderamente, si así actúa el demonio, o sea, eliminando tantas desventuras para hacer felices a los hombres y hacer que Dios sea alabado, ¡habrá que decir que es el mejor siervo de Dios!
-¡Blasfemo, calla!

-No estoy blasfemando, rabí. Comento lo que veo. ¿Por qué vuestra santidad nos acarrea sólo pesos y desventuras, y nos trae improperios a los labios, y pensamientos de desconfianza en el Altísimo, mientras que las obras del Rabí de Nazaret nos dan la paz y la certeza de que Dios es bueno?

El rabí no responde. Se separa y va a cuchichear algo con otros, amigos suyos. Y uno de ellos se separa del grupo.

Se abre paso entra la gente y, llegado frente a Jesús, le pregunta sin saludarlo antes:

-¿Qué piensas hacer?
-Hablar a los que piden mi palabra -responde Jesús mirándole a los ojos, sin desprecio, pero también sin miedo.

-No te es lícito. El Sanedrín no quiere.
-Lo quiere el Altísimo, del que el Sanedrín debería ser siervo.

-¿Sabes que has sido condenado. Calla, o…
-Mi nombre es Palabra. Y la Palabra habla.

-A los samaritanos. Si fuera verdadero que eres quien dices ser, no darías a los samaritanos tu palabra.

-Se la he dado, y seguiré dándosela, a galileos, a judíos, a samaritanos, porque a los ojos de Dios no hay diferencia.

-¡Intenta hablar en Judea, si te atreves!…
-En verdad, hablaré. Esperadme. ¿No eres Eleazar ben Parta? Entonces verás antes que Yo a Gamaliel. Dile en nombre mío que también a él le daré, después de veintiún años, la respuesta que espera. ¿Comprendes? Recuérdalo bien: también a él le daré, después de veintiún años, la respuesta que espera. Adiós.

-¿Dónde? ¿Dónde quieres hablar? ¿Dónde quieres responder al gran Gamaliel? Seguro que ha dejado Gamala de Judea para entrar en Jerusalén. Pero, aunque estuviera todavía en Gamala, no podrías hablar con él.

-¿Dónde? ¿Y dónde se reúnen los escribas y rabíes de Israel?
-¿En el Templo? ¿Tú en el Templo? ¿Te atreverías? ¿Pero no sabes…?

-¿Qué me odiáis? Lo sé. Me basta con no ser odiado por mi Padre. Dentro de poco el Templo se estremecerá por mi palabra.

Y, sin preocuparse ya más de su interlocutor, abre los brazos para imponer silencio a la gente, alterada entre opuestas corrientes y alborotada contra los perturbadores. Se produce enseguida silencio, y en el silencio Jesús habla:

-En Silo he hablado de los malos consejeros, y de lo que puede realmente hacer, de un consejo, un bien o un mal. A vosotros, que no sois sólo de Lebona, sino que ya sois de todas las partes de Palestina, propongo ahora esta parábola. La llamaremos: "La parábola de los mal aconsejados".

Oíd. Había una familia numerosísima. Tan numerosa, que era una tribu. Numerosos hijos se habían casado y habían formado, en torno a la primera familia, muchas otras familias ricas en hijos, los cuales, casándose, a su vez habían formado otras familias. De manera que el anciano padre se había encontrado como a la cabeza de un pequeño reino donde él era el rey.

Como siempre sucede en las familias, los muchos hijos, y los hijos de los hijos, tenían caracteres distintos. Unos eran buenos y justos, otros avasalladores e injustos. Unos estaban contentos con su estado, otros eran envidiosos y les parecía menor su parte que la de su hermano o pariente. Y, junto al peor, estaba el mejor de todos. Era natural que este bueno fuera el más amado, el más tiernamente amado, por el padre de toda esa gran familia.

Y, como siempre sucede, el malvado y los que más se parecían a él odiaban al bueno, porque era el más amado, no reflexionando en que también ellos habían podido ser amados, si hubieran sido buenos como éste. Y al bueno, a quien el padre confiaba sus pensamientos para que, a su vez, los manifestara a todos, le seguían los otros buenos.

De manera que, pasada una serie de años, esa gran familia se había divido en tres partes: la de los buenos y la de los malos, y entre ésta y aquélla, la tercera, compuesta por los titubeantes (los cuales se sentían atraídos hacía el hijo bueno pero temían al hijo malo y a los de su partido). Esta tercera parte oscilaba entre las dos primeras y no sabía decidirse con firmeza por una o por otra.

Entonces el anciano padre, viendo esta incertidumbre, dijo a su hijo amado: "Hasta ahora has dedicado tu palabra especialmente a los que la aman y a los que no la aman, porque los primeros te la piden para amarme cada vez más con justicia, y los otros son necios que deben ser corregidos en orden a la justicia.

Pero, como ves, éstos, los necios, no sólo no la acogen -de forma que siguen siendo lo que eran-, sino que a su primera injusticia, respecto a ti, portador de mi deseo, añaden la de corromper con malos consejos a aquellos que todavía no saben decidirse fuertemente por el camino mejor. Ve, pues, donde estos últimos y háblales de lo que soy yo y de lo que eres tú, y de lo que deben hacer para estar conmigo y contigo".

El hijo, siempre obediente, fue, como quería el padre. Y cada día que pasaba conquistaba algún corazón. De forma que el padre vio así con claridad quiénes eran los verdaderos hijos suyos rebeldes, y los miraba con severidad, aunque no los increpaba, porque era padre y quería atraerlos a sí con la paciencia, el amor y el ejemplo de los buenos.

Pero los malos, al verse solos, dijeron: "De esta forma, demasiado claramente se ve que nosotros somos los rebeldes. Antes nos camuflábamos entre los que no eran ni buenos ni malos. ¡Ahora ahí los veis! Van todos detrás del hijo predilecto. Hay que hacer algo. Destruir su obra.

Vamos, fingiendo que hemos cambiado, y nos introducimos entre los recién convertidos, y también entre los más simples de los mejores, y difundimos la voz de que el hijo predilecto finge servir al padre, pero que en realidad se está atrayendo seguidores para sublevarse contra él; o también decimos que el padre tiene intención de eliminar al hijo y a sus seguidores porque triunfan demasiado y empañan su gloria de padre-rey, y que, por tanto, para defender al hijo predilecto traicionado, debemos retenerlo con nosotros, lejos de la casa paterna donde le espera la traición".

Y se pusieron en marcha. Y fueron tan astutamente sutiles en sugerir y extender voces y consejos, que muchos cayeron en la celada, especialmente los que hacía poco que se habían convertido, a los que los malos consejeros daban este mal consejo: "¿Veis cuánto os ha amado?

Ha preferido venir a vosotros antes que estar junto a su padre, o, cuando menos, junto a los buenos hermanos. Tanto ha hecho, que ante los ojos del mundo os ha levantado de la abyección en que os encontrabais: erais personas que no sabían lo que querían y, por eso, erais objeto de burla por parte de todos.

Por esta predilección que ha mostrado hacia vosotros, tenéis el deber de defenderlo, incluso tenéis el deber de retenerlo con la fuerza, si no bastan vuestras palabras de persuasión para que se quede en vuestros campos. O… sublevaros. Proclamadlo vuestro caudillo y rey y marchad contra el inicuo padre y sus hijos, inicuos como él".

Y a los que titubeaban haciendo esta observación: "Pero él quiere, ha querido que le acompañáramos a rendir honor al padre, y nos ha obtenido bendiciones y perdón", a éstos, les decían: "¡No lo creáis! os ha dicho toda la verdad, ni el padre os ha mostrado toda la verdad.

El hijo ha actuado así porque siente que el padre está para traicionarlo y ha querido probar vuestros corazones para saber dónde encontrar protección y refugio. Pero, quizás… ¡es tan bueno!… quizás luego se arrepienta de haber dudado de su padre y quiera volver donde él. No se lo permitáis".

Y muchos prometieron: "No lo permitiremos" y se pusieron, apasionadamente, a buscar planes adecuados para retener al hijo predilecto, sin darse cuenta de que mientras los malos consejeros decían: les ayudaremos a salvar al bendito" sus ojos estaban llenos de luces de falsedad y crueldad, y sin darse cuenta de que éstos se intercambiaban miradas frotándose las manos y bisbiseando:

"¡Caen en la trampa! ¡Triunfaremos!" cada vez que alguno se adhería a sus subrepticias palabras.

Luego se marcharon los malos consejeros. Se marcharon esparciendo por otros lugares la voz de que pronto tendría lugar la traición del hijo predilecto, que había salido de las tierras de su padre para crear un reino, contrario al padre, con aquellos que odiaban a su padre, o que, por lo menos, le profesaban incierta estima. Y, entretanto, los que habían sido sugestionados por los malos consejeros tramaban cómo podrían inducir al hijo predilecto al pecado de rebelión que habría de escandalizar al mundo.

Sólo los más sabios de entre ellos -aquellos en que había penetrado más profundamente la palabra del justo, aquellos en que la palabra del justo había arraigado por haber caído en terreno deseoso de acogerla-, tras haber reflexionado, dijeron:

"No. Hacer eso no es bueno. Es un acto de maldad hacia el padre, hacia el hijo y también hacia nosotros. Conocemos la justicia y sabiduría del uno y del otro, las conocemos aunque, por desgracia, no siempre las hayamos seguido. Y no debemos pensar que los consejos de los que han estado siempre abiertamente contra el padre y la justicia, y también contra el hijo predilecto del padre, pueden ser más justos que los que nos ha dado el hijo bendito". Y no los siguieron.

Es más, con amor y dolor, dejaron marcharse al hijo a donde debía ir, limitándose a acompañarlo con signos de amor hasta los confines de sus campos, y a prometerle en la despedida: "Vete. Nosotros nos quedamos. Pero tus palabras están en nosotros, y de ahora en adelante haremos lo que el padre quiere. "Ve tranquilo. Tú nos has sacado para siempre del estado en que nos hallaste. Ahora, de nuevo en el buen camino, sabremos ir por él hasta llegar a la casa paterna, y así recibir la bendición del padre".

Por el contrario, algunos prestaron su adhesión a los malos consejos y pecaron, tentando a pecar al hijo predilecto y burlándose de él como necio por obstinarse en cumplir con su deber.

Ahora Yo os pregunto: "¿Por qué el mismo consejo obró en manera distinta?". ¿No respondéis? Os lo diré Yo, como lo dije en Silo. Porque los consejos adquieren valor o resultan nulos según que sean o no acogidos. Si uno no quiere pecar, no pecará.

Inútilmente será tentado con malos consejos. Y no será castigado por haber tenido que oír las insinuaciones de los malvados. No será castigado porque Dios es justo y no castiga por culpas no cometidas.

Será castigado sólo si, después de haber debido escuchar el Mal que tienta, sin hacer uso del intelecto para meditar sobre la naturaleza y origen del consejo, lo pone en práctica. Y no tendrá disculpa por decir: "Lo consideré bueno". Bueno es lo que agrada a Dios.

¿Puede, acaso, Dios aprobar y aceptar con agrado una desobediencia o algo que induzca a la desobediencia? ¿Puede Dios bendecir algo que se oponga a su Ley, o sea, a su Palabra? En verdad os digo que no. Y os digo también en verdad que hay que saber morir, antes que transgredir la Ley divina.

En Siquem seguiré hablando para haceros justos en orden a saber querer o no querer practicar el consejo que se os ofrece. Podéis iros.

La gente se marcha haciendo comentarios.

-¿Has oído? ¡Sabe lo que nos dijeron! Y nos ha dado un toque de atención en orden a la rectitud -dice un samaritano.

-Sí. ¿Y has visto cómo se han inquietado los judíos y los escribas que estaban presentes?

-Sí. Ni siquiera han esperado al final para marcharse.

-¡Malas víboras! Pero… Él dice lo que quiere hacer. Hace mal. Podría causarse problemas. ¡Los del Ebal y el Garizim se han exaltado mucho!…

-Yo… nunca me he forjado una falsa idea. El Rabí es el Rabí. Y diciendo esto está dicho todo. ¿Puede, acaso, pecar el Rabí no subiendo al Templo de Jerusalén?

-Encontrará la muerte. ¡Ya verás!… ¡Y será el final!…
-¿Para quién? ¿Para Él? ¿Para nosotros? ¿O… para los judíos?

-Para Él. ¡Si muere!
-Eres un necio. Yo soy de Efraím. Lo conozco bien. He vivido a su lado dos lunas enteras. Más de dos lunas.

Siempre hablaba con nosotros. Será doloroso… pero no será el final, ni para Él ni para nosotros. No puede morir, acabar, el Santo de los santos. Ni puede acabar así para nosotros. Yo… soy un ignorante, pero siento que el Reino vendrá cuando los judíos crean que ha acabado… Y serán ellos los que encontrarán su final…

-¿Piensas en una venganza del Maestro por parte de los discípulos? ¿Una rebelión? ¿Una matanza? ¿Y los romanos?…

-¡No hay necesidad de discípulos, de venganzas humanas, de matanzas! Será el Altísimo el que los vencerá. ¡Bien nos ha castigado a nosotros, durante siglos, y por mucho menos! ¿Piensas que no los castigará por su pecado de atormentar a su Cristo?

-¡Verlos derrotados! ¡Ah!
-Tienes un corazón como no querría el Maestro que lo tuvieras. Él ora por sus enemigos…

-Yo… mañana lo seguiré. Quiero oír lo que dirá en Siquem.
-Yo también.
-Y yo también…

Muchos de Lebona tienen el mismo pensamiento y, fraternizando con los de Efraím y Silo, van a prepararse para la partida del día siguiente.

569- En Silo, la parábola de los malos consejeros

Jesús está hablando en medio de una plaza arbolada. El sol, cuyo ocaso apenas ha comenzado, y filtrándose a través de las hojas nuevas de gigantescos plátanos, la ilumina con una luz entre amarilla y verde: parece como si sobre la vasta plaza estuviera extendido un entrecielo sutil y de gran valor, que filtrara la luz solar sin obstaculizarla.

-Dice Jesús:

-Escuchad. Un día un gran rey mandó a su amado hijo a la parte de su reino cuya justicia quería probar, diciéndole: "Ve, visita todos los lugares, haz el bien en mi nombre, instruye acerca de mí, haz que me conozcan y me quieran.

Te doy todos los poderes. Todo lo que hagas estará bien hecho". El hijo del rey, recibida la bendición paterna, fue a donde el padre le había mandado, y, con algún escudero suyo y amigo, púsose a recorrer, infatigable, esa parte del reino de su padre.

Ahora bien, esa región, debido a una serie de acontecimientos desafortunados, se había dividido moralmente en partes contrarias entre sí, partes que -cada una por su cuenta-elevaban grandes gritos y enviaban urgentes súplicas al rey para decir que cada una de ellas era la mejor, la más fiel, mientras que las partes vecinas serían pérfidas y merecerían ser castigadas.

Por tanto, el hijo del rey se encontró frente a unas personas cuyos ánimos cambiaban según la ciudad a la que pertenecían, pero que coincidían en dos cosas: la primera, en creerse cada uno mejor que los otros; la segunda, en querer hundir a la ciudad vecina y enemiga empequeñeciéndola ante los ojos del rey.

Siendo justo y sabio, el hijo del rey trató, entonces, de instruir con mucha misericordia en orden a la justicia a cada una de las partes de esa región, para conquistarla por entero para la amistad y la estima de su padre.

Y, siendo bueno como era, lo conseguía, aunque lentamente, porque, como siempre sucede, sólo los rectos de corazón de cada una de las distintas provincias de la región seguían sus consejos. Es más -es justo decirlo-, precisamente en los lugares en que con desprecio se decía que escaseaba más la sabiduría y la voluntad, encontró más voluntad de escucharlo y de hacerse sabia en la verdad.

Entonces los de las provincias cercanas dijeron: "Si no hacemos nada, la gracia del rey irá por entero a estos a los que despreciamos. Vayamos y creemos subversión en esos a quienes odiamos. Pero vamos fingiendo que nosotros mismos hemos cambiado y estamos dispuestos a deponer los odios para tributar honor al hijo del rey". Y fueron.

Se diseminaron, con apariencia de amigos, por las ciudades de la provincia rival. Iban aconsejando con falsa bondad lo que convenía hacerse para honrar cada vez más y mejor al hijo del rey, y, por tanto, a su padre el rey (porque el honor tributado al hijo, enviado de su padre, es siempre honor tributado a aquel que lo ha enviado).

Pero ésos no honraban al hijo del rey; antes al contrario, lo odiaban intensamente, hasta el punto de que querían hacerlo odioso ante los súbditos y ante el propio rey. Tan astutos fueron en presentarse cándidos, tan bien supieron presentar como óptimos sus consejos, que muchos de la región vecina recibieron por bueno lo que era malo y abandonaron el camino recto que seguían, tomando un camino desviado. Y el hijo del rey constató que en muchos su misión fallaba.

Ahora decidme vosotros: ¿Quién fue el mayor pecador ante los ojos del rey? ¿Cuál fue el pecado de los que aconsejaban, y cuál el de los que aceptaron el consejo? Y también os pregunto: ¿Con quién ese rey bueno habrá sido más severo? ¿No sabéis responderme? Os lo diré Yo.

El mayor pecador ante los ojos del rey fue el que incitó al mal a su prójimo, por odio a éste, al que quería arrojar a tinieblas de ignorancia aún más profundas; por odio hacia el hijo del rey, al que quería quebrantar en lo tocante a su misión, haciéndolo aparecer incapaz ante los ojos del rey y de los súbditos; por odio hacia el mismo rey, porque si el amor que se tributa al hijo es amor al padre, igualmente el odio dirigido contra el hijo es odio contra el padre.

Así pues el pecado de los que aconsejaban el mal, con plena inteligencia de que estaban aconsejando el mal, era pecado de odio, además de ser pecado de embuste; de odio premeditado. Sin embargo, el de los que aceptaron el consejo, creyéndolo bueno, era únicamente pecado de estupidez.

Pero, bien sabéis vosotros que es responsable de sus acciones el inteligente, mientras que el que, por enfermedad o por otra causa carece de inteligencia no es responsable en primera persona, sino que sus padres son responsables por él. Por eso, hasta que un niño no es mayor de edad, es considerado irresponsable, y es el padre el que responde de las acciones del hijo.

Por tanto, el rey, que era bueno, fue severo con los malos consejeros inteligentes, y fue benigno con los que por éstos habían sido engañados, y simplemente los amonestó por haber creído a un súbdito cualquiera en vez de preguntar directamente al hijo del rey y así haber sabido de labios de éste lo que verdaderamente había que hacer: porque sólo el hijo conoce realmente los designios del padre suyo.

Ésta es la parábola, pueblo de Silo, ciudad que en una serie de ocasiones, durante el transcurso de los siglos, recibió consejos, provenientes de Dios, de los hombres o de Satanás, consejos de distinta naturaleza, consejos que florecieron en orden al bien cuando fueron seguidos como consejos de bien o cuando, habiéndolos reconocido como consejos de mal, se rechazaron; y que florecieron en orden al mal cuando, siendo santos, no fueron acogidos, o cuando, siendo malos, fueron acogidos.

Porque el hombre tiene esta magnífica libertad de arbitrio, y puede querer libremente el bien o el mal, y posee también ese otro magnífico don que es un intelecto capaz de discernir el bien y el mal; de manera que no es tanto el consejo en sí mismo, cuanto el modo con que puede ser recibido, lo que puede acarrear premio o castigo.

Pues ninguno puede impedir a los malos tentar a su prójimo para causarle la ruina, nada puede impedir a los buenos rechazar la tentación y permanecer fieles al bien. El mismo consejo puede perjudicar a diez y beneficiar a otros diez, porque, si el que lo sigue se perjudica, el que no lo sigue beneficia a su alma.

Por tanto, que ninguno diga: "Nos dijeron que hiciéramos tal cosa. Sino que cada cual diga con sinceridad: "Quise hacerlo". Recibiréis entonces, al menos, el perdón que se da a los sinceros. Y si dudáis acerca de la bondad del consejo que recibís, meditad antes de aceptarlo y de ponerlo en práctica.

Meditad invocando al Altísimo, que nunca niega sus luces a los espíritus de buena voluntad. Y si vuestra conciencia, iluminada por Dios, ve aunque sólo sea un punto, pequeño, imperceptible, pero que no puede darse en una obra de justicia, entonces decid: "No haré esto porque es justicia impura".

En verdad os digo que el que haga buen uso de su intelecto y libertad de arbitrio e invoque al Señor para ver la verdad de las cosas, no será quebrantado por la tentación, porque el Padre de los Cielos le ayudará a hacer el bien contra todas las insidias del mundo y Satanás.

Traed a vuestra memoria a Ana de Elcaná y a los hijos de Elí (1 Samuel 1-2). El ángel luminoso de Ana le había aconsejado que hiciera un voto al Señor si la hacía fecunda.

El sacerdote Elí aconseja a sus hijos que vuelvan a la justicia y que no pequen más contra el Señor. Y, a pesar de que al hombre, por el lastre que le grava, le sea más fácil comprender la voz de otro hombre que no el espiritual e insensible -invisible para los sentidos físicos-decir del ángel del Señor que habla al espíritu; a pesar de ello, Ana de Elcaná, porque es buena y mantiene su rectitud en la presencia de Dios, acoge el consejo y da a luz a un profeta, mientras que, por el contrario, los hijos de Elí, por ser malos y vivir alejados de Dios, no acogen el consejo de su padre y mueren castigados por Dios con una muerte violenta.

Los consejos tienen dos valores: el de la fuente de que provienen (valor que ya de por sí es grande porque puede tener consecuencias incalculables), y el del corazón destinatario. El valor que los consejos reciben del corazón al que se proponen no sólo es incalculable, sino que también es inmutable. Porque, si el corazón es bueno y sigue un consejo bueno, da al consejo el valor propio de una obra justa, y, si no lo hace, le quita la segunda parte de valor: el consejo, entonces, sigue siendo consejo, pero no obra, o sea, es mérito sólo para el que lo da.

Y, sí el consejo es malo y no es acogido por el corazón bueno -en vano tentado con lisonjas o con el terror para que lo ponga en práctica-, adquiere el valor de victoria sobre el Mal y de martirio por fidelidad al Bien, y, por tanto, prepara un gran tesoro en el Reino de los Cielos.

Así pues, cuando vuestro corazón se vea tentado por otros, meditad -poniéndoos a la luz de Dios-si eso pueden ser palabras buenas; y si, con la ayuda de Dios, que permite las tentaciones pero no quiere vuestra perdición, veis que no es una cosa buena, sabed deciros a vosotros mismos y también a quien os tienta:

"No. Yo permanezco fiel a mi Señor, y que esta fidelidad me absuelva de mis pecados pasados y me admita de nuevo dentro del Reino -y no quede fuera, en la puerta-, porque también para mí el Altísimo ha enviado a su Hijo para conducirme a la salvación eterna".

Idos. Si alguno me necesita, ya sabéis dónde estoy para el descanso nocturno. Que el Señor os ilumine.

541- Comienzo del viaje por Samaria partiendo de Efraím en dirección a Silo

-Deja que te sigamos, Maestro. No te causaremos molestias -suplican muchos de Efraím que están reunidos delante de la casa de María de Jacob, la cual libera todas sus lágrimas apoyada en la jamba de la puerta abierta de par en par.

Jesús está entre sus doce apóstoles. Más allá, en un grupo congregado en torno a su Madre, están Juana, Nique, Susana, Marta y María, Salomé y María de Alfeo. Tanto los hombres como las mujeres están preparados para el viaje, con túnicas ceñidas y un poco abolsadas en la cintura, para dejar más libres los pies, sandalias nuevas y muy atadas (no sólo a la altura del tobillo, sino también en la parte baja de las piernas) con delgadas tiras de cuero entrecruzadas (como cuando deben recorrer caminos más bien impracticables). Los hombres han cargado sobre sí las bolsas de las discípulas.

La gente suplica para obtener de Jesús el consentimiento de seguirle. Mientras, los pequeñuelos, con las caritas hacia arriba y los brazos alzados, lanzan sus gritos:

« ¡Un beso! ¡Súbeme en brazos! ¡Vuelve, Jesús! ¡Vuelve pronto para decirnos muchas parábolas bonitas! ¡Te voy a guardar las rosas de mi jardín! ¡No voy a comer fruta para guardarla para ti! ¡Vuelve, Jesús! Mi ovejita está criando y quiero regalarte el corderito: así te haces con su lana una túnica como la mía… Si vienes pronto, para ti las tortas que mi mamá hace con el trigo primero…

Gorjean como pajarillos, en torno a su Amigo. Y le tiran de la túnica, y se cuelgan del cinturón tratando de trepar hasta sus brazos. Amorosamente despóticos; tanto, que Jesús se ve impedido para responder a los adultos, porque siempre hay una nueva carita que besar.

-¡Fuera! ¡Basta! ¡Dejad tranquilo al Maestro! ¡Mujeres, tomaos vuestros niños! -gritan los apóstoles, apremiados por la idea de emprender el camino en esas primeras horas del día. Y sueltan también alguna pescozada bondadosa a los niños más impulsivos.

-No. Dejadlos. Para mí su dulzura es más fresca que la de la aurora. Dejadlos a ellos y dejadme a mí. Dejad que me conforte en este amor exento de cálculos y desazón -dice Jesús defendiendo a sus minúsculos amigos, sobre los cuales ­abriendo, como abre, los brazos -cae su amplio manto; y los acoge bajo sus azules alas protectoras. Los pequeños se aprietan bajo ese calorcito en esa penumbra azul, y se callan felices como pollitos bajo las alas maternas.

Jesús puede por fin dirigirse a los adultos:
-Venid si queréis, si creéis que podéis hacerlo.
-¿Y quién nos lo prohíbe, Maestro? ¡Estamos en nuestra región!

-Las mieses, las vides, los árboles frutales exigen todo vuestro trabajo. Y las ovejas están en tiempo de esquila y apareamiento, y las que ya se aparearon la vez pasada van a tener corderos de un momento a otro, y es tiempo de forraje…

-No importa, Maestro. Para el esquileo y la monta de las ovejas bastan los viejos y los niños; para sus partos, las mujeres, y lo mismo para el forraje. Los árboles frutales y los campos pueden esperar, porque aunque el trigo ya se esté endureciendo dentro de las espigas, todavía hay tiempo para la hoz; y las vides, los olivos y los árboles frutales solamente tienen que hinchar con el sol los frutos de sus muchas uniones.

Nosotros no podemos hacer nada respecto a ellos sino en la temporada de la recolección, lo mismo que hace la madre de familia, que no puede hacer nada con el pan hasta que la levadura no ha fermentado en la harina. El sol es la levadura de los frutos. Es él que actúa ahora, lo mismo que antes ha actuado el viento para unir a las flores de las ramas. ¡Y, además… si se perdiera algún racimo y algún fruto, o si las corregüelas y cizañas ahogaran alguna espiga, en todo caso sería poco daño respecto a perder una palabra tuya! -dice un anciano al que siempre he visto muy honrado por la gente de su ciudad.

-Has hablado bien. Vamos, pues. María de Jacob, te doy las gracias y te bendigo porque has sido para mí una madre buena.¡No llores! No debe llorar quien ha hecho una obra buena.
-¡Te pierdo y no te volveré a ver!
-Ciertamente nos volveremos a ver.

-¿Vas a volver aquí, Señor? -pregunta la mujer con una sonrisa entre lágrimas. ¿Cuándo?
-Aquí no volveré, así, como ahora…

-¿Y entonces dónde nos vamos a ver?, si yo, pobre y vieja, no puedo ir a buscarte por los caminos del mundo.
-En el Cielo, María. En la Casa de nuestro Padre. En donde hay sitio no sólo para los judíos, sino también para los samaritanos; en donde hay un sitio para los que me amen en espíritu y verdad. Tú ya lo haces, porque crees que soy el Hijo de Dios verdadero…

-¡Claro que lo creo! Pero para nosotros no hay esperanza, porque sólo Tú nos amas sin diferencias.
-Cuando Yo me haya ido, éstos (señala a los apóstoles) vendrán en nombre mío; y, en memoria mía, al que pida entrar en el rebaño del verdadero y único Pastor no le preguntarán quién es.

-Soy vieja, Señor. No viviré lo suficiente como para ver eso. Tú eres joven y estás fuerte. Tu Madre te tendrá largo tiempo, y te tendrán los que te quieren y son de tu pueblo… ¿Por qué lloras, María del Bendito? -pregunta asombrada de ver que caen lágrimas de los ojos de la Virgen Madre.

-Nada tengo excepto mi dolor… Adiós, María. Que Dios te bendiga por lo que has hecho con mi Hijo. Y recuerda que, si tu dolor es grande, un dolor mayor que el mío no existe ni existirá sobre la tierra. ¡Jamás! Acuérdate de la dolorosa María de Nazaret… ¡Adiós! Y María se separa llorando, tras haber besado a la viejecita en el umbral de la puerta de la casa, y se pone en camino entre las mujeres, con Juan al lado.

Juan, que, con su gesto habitual (un poco inclinado y con la cara alzada para mirar a Aquella con la que habla), le dice:
-No llores así, María. Si muchos odian a tu Jesús, muchos lo quieren. Conforta tu espíritu, Madre, mirando a los que aman y amarán a tu Hijo con todo su ser: a éstos de ahora y a los que vendrán en los siglos futuros -y termina, en voz baja, casi susurrándoselo sólo a María a la que guía y sostiene teniéndola pegada al codo para que no tropiece en las piedras de la vereda, pues está cegada por las lágrimas:

-No todas las madres podrán ver amado a su hijo… Algunas gritarán angustiadas: "¿Por qué lo concebí?"
Jesús los alcanza (María y Juan se habían quedado solos, un poco retrasados respecto a las discípulas). Con Jesús está Santiago de Alfeo. Los otros vienen detrás, en grupo, pensativos y tristes, igual que las discípulas, que van delante de todos. Cierran la marcha, agrupados, muchos hombres de Efraím, que van hablando con rumor contenido y confuso.

-Las despedidas son siempre tristes, Mamá. Sobre todo, cuando no se sabe que un final es principio de algo más perfecto. Es la triste consecuencia del pecado. Y permanecerá incluso después del perdón. Pero los hombres la soportarán con más coraje teniendo a Dios por amigo.
-Tienes razón, Jesús. Pero hay un dolor que Dios deja degustar, aún siendo el más paterno Amigo que pueda existir. Para mí… es así, ¡Oh, Dios es bueno! Muy bueno.

No quisiera que Santiago y Juan, ni ningún otro, se escandalizara de mi llanto. Dios es bueno. Siempre ha sido bueno con la pobre María. Esto me lo he dicho todos días desde que sé pensar. Y ahora… ahora lo digo cada hora que pasa, cada momento de cada hora. Cuanto más se aproxima el dolor, más me lo digo… Dios es bueno. Tú me has sido dado por Él, Tú, Hijo amante y santo, un Hijo que, incluso considerado sólo como criatura compensaría cualquier dolor de una mujer… Me has sido dado Él. A mí, pobre joven elevada a Madre de su Verbo encarnado… Y esta alegría de poderte llamar "Hijo", oh mi adorado Señor, es tanta, que no debería caer el llanto de mis pestañas por martirio alguno, si yo fuera perfecta como Tú enseñas.

¡Pero soy una pobre mujer, Hijo mío! Y Tú eres mi Criatura… ¿Y… dónde está esa madre que pueda no llorar cuando sabe que su hijo es odiado, y sabe…? Hijo mío socorre a tu sierva… Claro que había todavía soberbia en mí cuando pensaba que era fuerte… Pero entonces… estaba todavía lejana la hora… Ahora está aquí… Lo percibo… ¡Socórreme, Jesús, mi Dios! Claro que si Dios me deja sufrir así, es con un fin de bondad para mí. Porque, si Él quisiera, podría no permitirme sufrir por lo que sucede… ¡El te ha formado en mi seno así!… Como…

No existe un parangón que exprese cómo Tú te formaste… Pero quiere que sufra. ¡Bendito sea!… ¡Siempre! Pero Tú ayúdame, Jesús. Ayudadme todos… todos… Porque muy amargo es el mar en que calmo mi sed…

-Vamos a decir la oración. Nosotros cuatro. Nosotros que te queremos con todo el corazón, Mamá. Aquí, Yo, tu Hijo, y Juan y Santiago, que te aman como si fueras su madre… Padre nuestro que estás en el Cielo…, -y Jesús, dirigiendo el pequeño coro de las tres voces que en voz baja le siguen, dice toda la oración dominical, recalcando mucho algunas frases, como: «hágase tu voluntad»… «no nos dejes caer en tentación.» Luego dice:

-Bien. El Padre nos ayudará a hacer su voluntad, aunque tenga tales características, que nuestra debilidad de humanos piense que no puede cumplirla, y no nos dejará caer en la tentación de considerarlo menos bueno, porque, mientras estemos bebiendo el amarguísimo cáliz, nos dará a su ángel, que limpiará con refrigerio celeste nuestros labios impregnados de amargura.

Jesús tiene cogida de la mano a su Madre, la cual ha luchado valientemente contra el llanto hasta arrojarlo al fondo de su corazón. Al lado de ellos (junto a María, Juan; junto a Jesús, Santiago de Alfeo), los dos apóstoles los miran conmovidos.

Las discípulas se han vuelto alguna vez al oír el llanto de María y la oración de los cuatro. Pero se han abstenido de unirse a ellos.

Detrás, los apóstoles se han preguntado: « ¿Por qué llora así María?». He dicho "los apóstoles", pero quería decir "todos menos Judas de Keriot", que camina un poco aislado y muy pensativo, casi lóbrego, tanta que Tomás lo advierte y dice a los otros: -¿Pero qué le pasa a Judas, que está así? ¡Parece uno que fuera al encuentro con la muerte!
-¿Qué sé yo? Tendrá miedo de volver a Judea -le responde Mateo.

-Yo… ¿Qué te ha dicho el Maestro respecto al dinero? – pregunta el Zelote.
-Nada especial. Me ha dicho: “Ahora volvemos a las condiciones de antes. Judas como tesorero y vosotros como
dinero, que me resulta odioso.

-Y socorren bien las discípulas. Estas sandalias tan seguras. No parece ni siquiera que estemos andando por montaña. ¡Quién sabe lo que costarán! -dice Pedro mirando a sus pies calzados con esas sandalias nuevas que protegen el talón y la punta y sujetan los tobillos con esas correas finas de cuero.

-Se ha ocupado de ello Marta. Se ve su mano rica y previsora. Las otras veces nos atábamos también nosotros así, pero aquellas tiras eran un suplicio. No se perdía la suela, pero se perdía la piel de la pierna… -dice Andrés.

-Y uno se pinchaba en los dedos y en los talones… ¡Por eso ese de atrás las llevaba siempre así! -dice Pedro señalando a Judas de Keriot.

La vereda sube, sube hacia la cresta del monte. Mirando hacia atrás, se ve a Efraím, toda blanca bajo el sol, y parece ya muy abajo respecto a ellos, que caminan…
Luego los apóstoles se reúnen con las discípulas para ayudarles a superar la senda, muy empinada en ese punto; es más, Bartolomé, que se ha quedado rezagado, dice a los de Efraím:

-Habéis enseñado un sendero penoso, amigos.
-Sí. Pero una vez pasado ese bosque, hay un camino fácil que en poco pone en Silo. Así que podréis descansar allí más horas que llegando de noche por otro camino -responde uno.

-Tienes razón. El camino, cuanto más fatigoso es, más rápido lleva a la meta.
-Tu Maestro lo sabe. Por eso no ahorra esfuerzos. ¡Ah, no podremos olvidar… sobre todo, que nos ha concedido una serie de gracias en estos últimos días… después de haber oído a algunos de nuestra región que lo han insultado de forma muy injusta! Sólo Él es bueno, y por eso favorece incluso a los que lo odian.

-Vosotros no lo habéis odiado.
-Nosotros no. Pero también a muchos otros nosotros no los odiamos, y, no obstante, somos odiados sin razón.
-Imitadlo a Él, sin miedo, y veréis como…

-¿Y vosotros por qué no lo hacéis, entonces? Es lo mismo. Nosotros en esta parte, vosotros en la otra; en medio, un monte: el monte alzado por comunes errores; arriba, el Dios común. ¿Por qué, entonces ni unos ni otros subimos la inclinada pendiente para encontrarnos arriba, a los pies de Dios, cerca los unos de los otros?

Bartolomé comprende el reproche justo, porque él, salvando su innegable virtud, tiene el marcado pundonor de ser israelita, un israelita intransigente con todo lo que no es Israel-y desvía la conversación sin responder directamente. Dice:

-No hay necesidad de ir. Dios ha bajado a nosotros. Basta seguirlo.
-Seguirlo, sí. Quisiéramos hacerlo. Pero, si entráramos en Judea con Él, ¿no lo perjudicaríamos quizás? Tú mismo sabes de qué se le acusa, y de qué se nos acusa: de ser samaritanos, que es como decir demonios.
Bartolomé suspira y, diciendo:

-Me están haciendo señal de que vaya… -los deja plantados y acelera el paso.
Los de Efraím miran cómo se aleja, y uno de ellos murmura:
-¡Ah, no es como Él! ¡Lo que perdemos perdiéndolo! -y hace un gesto de desaliento.

-¿Sabes, Elías, que ayer Él llevó una fuerte suma al arquisinagogo para que la pasara a María de Jacob y así ella deje de pasar hambre?
-No. ¿Y por qué no se la ha dado a ella?

-Para evitar que le dé las gracias la anciana. Ella todavía no lo sabe. Yo lo sé porque el jefe de la sinagoga me lo ha dicho para pedir consejo sobre si conviene comprarle los terrenos de Juan -quiere venderlos su hermano-, o si es mejor pasarle el dinero dosificadamente.

Le he aconsejado que compre los terrenos de Juan. Para María darán trigo, aceite y vino, suficientes para vivir sin pasar hambre. Mientras que el dinero… Ese…
-¡¿Pero entonces es mucho dinero?! -dice un tercero.
-Sí. Nuestro arquisinagogo ha recibido mucho. También para otros pobres de la ciudad y del campo. Para que "puedan ellos también hacer fiesta en la Pascua de los Ácimos, para saludar el tiempo nuevo", ha dicho el Maestro.
-Habrá dicho el nuevo año.

-No. Ha dicho: "el tiempo nuevo". Tanto es así que el jefe de la sinagoga no va a usar ese dinero antes de la Fiesta de los Ácimos.

-¿Y qué habrá querido decir? -preguntan varios.
-No sé qué habrá querido decir. Ninguno lo sabe. Ni siquiera Juan, su predilecto, ni Simón de Jonás, que es el jefe de los discípulos. Se lo he preguntado a ellos: el primero se ha puesto pálido, el segundo se ha quedado absorto, como una persona que tratara de adivinar.

-¿Y Judas de Keriot? Cuenta mucho entre ellos. Quizás más que los otros dos. Sabe todo. Eso dice él. Sabrá también esto. Pues vamos a preguntarle. Le gusta decir lo que sabe.

Caminan para alcanzar a Judas, que sigue aislado como al principio, ahora solo en el sendero porque los otros han torcido y parece como si se los hubiera tragado la tupida vegetación de la pendiente.

-Judas, escúchanos. El Maestro dice que quiere una gran fiesta para la Pascua de los Ácimos para saludar el tiempo nuevo. ¿Qué querrá decir?

-No lo sé… ¿Acaso estoy yo en el pensamiento del Maestro? Preguntádselo a Él, que tanto os quiere -y acelera el paso, dejándolos desilusionados.

-Tampoco él es el Maestro. No hay ninguno que tenga su piedad… -dicen meneando la cabeza.
-Bueno, a fin de cuentas, no es a ellos a los que seguimos. ¡Lo seguimos a Él! Y bien hacemos. Vamos. A lo mejor de sus labios podemos saber, antes de que llegue a Judea, lo que quiso decir.

Y aceleran el paso, de forma que dan alcance a los otros, que están sentados descansando en un bosque de robles centenarios, teniendo frente a sus ojos uno de los más hermosos panoramas de Palestina.

567- Parábola de la tela desgarrada. Milagro a la mujer parturienta. Judas Iscariote, sorprendido robando, es censurado por Jesús

Jesús está con las discípulas y los dos apóstoles en una de las primeras ondulaciones del monte situado a espaldas de Efraím. Juana no tiene consigo ni a los niños ni a Ester.

Supongo que ya han sido enviados a Jerusalén acompañados de Jonatán. Están, pues, además de la Madre de Jesús, solamente María de Cleofás, María Salomé, Juana, Elisa, Nique y Susana. No están todavía las dos hermanas de Lázaro.

Elisa y Nique doblan unas túnicas que han sido lavadas en un arroyo que brilla abajo -o, quizás, las han traído del torrente-y luego han sido tendidas en este rellano soleado. Nique observa una, se la lleva a María de Cleofás y dice:

-También a ésta tu hijo le ha descosido el jaretón.
María de Alfeo toma la túnica y la pone con las otras que tiene al lado en la hierba.

Todas las discípulas están cosiendo, reparando los desperfectos producidos durante los varios meses en que los apóstoles han estado solos.

Elisa, que se acerca trayendo otras túnicas secas, dice:
-¡Se ve que desde hace tres meses no habéis tenido una mujer ducha con vosotros! No hay una túnica en condiciones, excepto la del Maestro, que, además, tiene sólo dos, la que lleva y la lavada hoy.
-Las ha dado todas. Parecía ansioso de quedarse sin nada. Va vestido de lino desde hace muchos días -dice Judas.

-Menos mal que tu Madre se ha ocupado de traerte otras nuevas. La teñida de púrpura es verdaderamente bonita. Lo necesitabas, Jesús, a pesar de que estés así muy bien, vestido de lino. ¡Pareces verdaderamente una azucena! -dice María de Alfeo.
-¡Una azucena muy alta, María! -dice Judas en tono satírico.

-Pero con una pureza que ciertamente tú no tienes, como tampoco tienes la de Juan. Tú también estás vestido de lino. ¡Pero créeme que no tienes aspecto de azucena! -rebate con franqueza María de Alfeo.

-Yo soy moreno de pelo y tez. Por eso soy distinto.
-No, no depende de eso. Es que tú el candor lo llevas puesto, y Él lo tiene dentro y transpira por su mirada, por su sonrisa, por sus palabras. ¡Ésa es la cosa! ¡Ah, qué bien se está aquí con mi Jesús!

Y buena María pone en la rodilla de Jesús una de sus manos deterioradas de mujer anciana y que ha trabajado. Y Jesús acaricia esta mano honesta.

María Salomé, que está examinando una túnica, exclama:
-¡Esto es peor que un desgarrón! ¡Hijo mío! ¿Pero quién te ha cerrado el agujero de esta manera? -y muestra escandalizada a sus compañeras una especie de… ombligo muy crespo que forma un anillo en relieve en la tela unido con unos puntajos que ciertamente a una mujer le causan horror. La extraña reparación es epicentro de unos fruncidos que, formando radios, se extienden por la espalda de la túnica.

Todos se ríen. El primero, Juan, que es el autor del recosido que explica:

-¡No podía estar con ese desgarrón, así que… lo cerré
-¡Ya lo veo! ¡Pobre de mí! ¡Ya lo veo! ¿Pero no podías pedir a María de Jacob que te lo arreglara?
-¡Pobre mujer, si está casi ciega! Y, además… lo malo era que no estaba desgarrado, sino que era un verdadero agujero. La túnica quedó pillada en el haz de leña que llevaba en el hombro, y, al descargarlo, el haz se llevó el trozo de túnica. ¡Y lo reparé así!

-Lo estropeaste así, hijo mío. Necesitaría…
Examina la túnica pero menea la cabeza, y dice:
-Pensaba quitar el jaretón, pero ya tiene…
-Se lo quité yo en Nob porque estaba roto en el pliegue. Pero lo que quité se lo di a tu hijo… -explica Elisa.
-Sí, pero lo usé para hacer los cordones para mi bolsa…
-¡Pobres hijos! ¿Qué necesario es que nos tengáis cerca a nosotras! -dice María Stma., a la par que cose una túnica no sé de quién.

-Pues sería necesario un trozo de tela. Mirad. Los puntos han terminado de romper toda la tela de alrededor, de modo que de un daño ya de por sí grande se ha creado uno irreparable; a menos que se pueda encontrar algo que sustituya al trozo que falta. En ese caso, aunque se vea… quedará pasable.

-Me has sugerido una parábola… -dice Jesús, y al mismo tiempo dice Judas: -Creo que en el fondo de la bolsa tengo un trozo de tela de ese color, que sobró de una túnica que estaba demasiado descolorida para poderla llevar y se la di a un hombre pequeño, mucho más bajo que yo; tanto, que tuvimos que cortar casi dos palmas. Si esperas, voy a buscártelo. Pero antes quisiera oír la parábola.

-Que Dios te bendiga. Pues escucha la parábola si quieres, mientras, pongo los cordones a esta de Santiago, que están completamente gastados.
-Habla, Maestro, y luego doy esta satisfacción a María Salomé.

-Hablo. Comparo con un trozo de tela el alma. Cuando es infundida es nueva, no tiene laceraciones; sólo la mancha original, y no presenta en su textura ninguna herida, ninguna otra mancha ni deterioro. Luego, con el tiempo y por acoger en sí una serie de vicios, se desmedra, llegando a veces a desgarrarse; por las imprudencias se mancha; por los desórdenes se lacera. Una vez lacerada, no se debe hacer un torpe remiendo, que sería origen de otros, más numerosos desgarrones, sino que hay que hacer un paciente y lento remiendo, perfecto, para anular lo más posible el daño creado. Y, si la tela está demasiado lacerada, es más: si está tan lacerada que ha perdido un trozo, no debe uno, con soberbia, pretender anular el daño por sí sólo, sino que debe ir a Aquel que se sabe que puede restituir nueva integridad al alma, porque nada le está vedado y todo lo puede.

Estoy hablando de Dios, mi Padre, y de mí, que soy el Salvador. Pero el orgullo del hombre es tal, que cuanto mayor es el desperfecto de su alma más trata de arreglarlo de cualquier manera con remedios incompletos que lo que hacen es causar un daño cada vez mayor.

Me podréis objetar que un desgarrón siempre se verá. Esto lo ha dicho también Salomé. Sí, se verán siempre las heridas que un alma ha sufrido. Pero el alma acomete su batalla y, consecuentemente, recibe heridas. Muchos son, en efecto, los enemigos que tiene alrededor. Pero nadie, viendo a un hombre cubierto de cicatrices, señales de gloriosas heridas recibidas en la batalla por conseguir la victoria, puede decir:

"Este hombre es inmundo". Dirán, más bien: "Éste es un héroe. Ahí están las señales purpúreas de su valor". Y nunca se verá que un soldado evite las curas avergonzándose de una gloriosa herida; antes al contrario, irá al médico y le dirá con santo orgullo: “Mira, he luchado y he vencido. No he mirado por mí. Ya lo ves. Ahora cierra mis heridas para estar preparado para otras batallas y victorias".

Sin embargo, el que está llagado por enfermedades inmundas, causadas en él por vicios indignos, se avergüenza de sus llagas ante sus familiares y amigos, e incluso ante los médicos, y, a veces, es tan completamente necio, que las mantiene ocultas hasta que el hedor no las pone de manifiesto. Pero entonces es demasiado tarde para poner remedio.

Los humildes son siempre sinceros, y también son personas valientes, que no tienen motivo para avergonzarse de las heridas recibidas en la lucha. Los soberbios son siempre embusteros y cobardes; por su orgullo, por no querer ir a Aquel que puede curarlos y decir̜ “Padre, he pecado. Pero, si Tú quieres, me puedes curar", llegan a la muerte.

Muchas son las almas que por el orgullo de no tener que confesar una culpa inicial llegan a la muerte. Y entonces también para éstas es demasiado tarde. No reflexionan en que la misericordia divina es más fuerte y vasta que cualquier gangrena, por fuerte y vasta que ésta sea, y que todo lo puede curar. Pero ellas, las almas de los orgullosos, cuando se dan cuenta de que han despreciado todo género de salvación, caen en la desesperación, porque están sin Dios, y, diciendo: "Es demasiado tarde", se proporcionan la última muerte, la de la condenación.

-Puedes ir por tu tela, Judas…
-Voy por ella, pero esta parábola no me ha gustado. No la he entendido.

-¡Con lo clara que es! ¡La he entendido yo, que soy una pobre mujer!… -dice María Salomé.
-Pues yo no. Antes decías parábolas más bonitas. Ahora… las abejas… la tela… las ciudades que cambian de nombre… las almas barcas… Cosas tan pobres y tan confusas, que ya ni me gustan ni las entiendo… Pero voy por el trozo de tela porque, desde el punto de vista práctico, opino que es necesario, aunque también digo que seguirá siendo una túnica echada a perder -y Judas se levanta y se marcha.

María, a medida que iba hablando Judas, ha ido inclinando cada vez más su cabeza hacia su trabajo. Juana, por el contrario, la ha 1evantado y ha clavado en el imprudente sus ojos imperiosos y cargados de indignación. También Elisa ha alzado la cabeza, pero luego ha hecho lo mismo que María; y Nique también. Susana, estupefacta, ha abierto desmesuradamente sus grandes ojos y luego ha mirado en vez de al apóstol, a Jesús, como preguntándose por qué no reacciona. Ninguna ha hablado ni ha hecho gestos. Pero María Salomé y María de Alfeo, más llanas en sus modales, se han mirado, han meneado la cabeza y, en cuanto ha salido Judas, Salomé ha dicho:

-¡Es él el que tiene echada a perder la cabeza!
-Sí. Por eso no comprende nada. Y no sé si ni siquiera Tú vas a poder arreglársela. Si fuera así mi hijo, acabaría de rompérsela del todo. Sí, de la misma forma que se la habría formado para que fuera cabeza de justo, se la rompería. ¡Mejor tener desfigurada la cara que no el corazón! -dice María de Alfeo.

-Sé indulgente, María. No puedes comparar a tus hijos, que se han desarrollado en una familia honesta, en una ciudad como Nazaret, con este hombre -dice Jesús.
-Su madre es buena. Su padre he oído decir que no era un hombre malo -replica María de Alfeo.

-Sí. Pero el orgullo no le faltaba en el corazón. Por eso alejó de la madre demasiado pronto al hijo, y contribuyó a desarrollar la herencia moral que él mismo había dado a su hijo mandándolo a Jerusalén. Es doloroso decirlo, pero el Templo no es un lugar donde el orgullo hereditario pueda disminuir… -dice Jesús.

-Ningún lugar de honor de Jerusalén es adecuado para hacer disminuir el orgullo o cualquier otro defecto -suspira Juana.
Y añade:

-Ni tampoco cualquier lugar de honor, bien sea en Jericó, bien en Cesárea de Filipo, o en Tiberíades o en la otra Cesárea… -y cose deprisa, inclinando más de lo necesario su cabeza hacia su trabajo.
-María de Lázaro es imperiosa, pero no tiene orgullo – observa Nique.

-Ahora. Pero antes era muy soberbia. Lo contrario de sus padres, que nunca lo fueron -responde Juana.
-¿Cuándo van a venir? -pregunta Salomé.
-Pronto, si dentro de tres días tenemos que partir.
-Vamos a trabajar deprisa, entonces. Casi no tenemos tiempo para terminar todo -exhorta María de Alfeo.
-Hemos tardado en venir por causa de Lázaro. Pero ha sido una cosa buena, porque así a María se le ha evitado mucha fatiga -dice Susana.

-¿Pero te sientes con fuerzas de recorrer tanto camino? ¡Es que estás tan pálida y cansada, María! -pregunta María de Alfeo poniendo la mano en el regazo de María y mirándola con preocupación.

-No estoy enferma, María. Puedo andar, por supuesto.
-Enferma, no; pero apenada, mucho, Madre. Yo daría todos los años que fueran, de mi vida, y abrazaría todos los dolores, con tal de verte de nuevo como te vi la primera vez -dice Juan, que la mira con compasión.

-Tu amor ya es medicina, Juan. Siento que se calma mi corazón al ver cómo amáis a mi Hijo. Porque no es otra la causa de mi sufrimiento; no es otra, sino el ver que no lo aman. Aquí, a su lado y en medio de vosotros, que sois tan fieles, renazco. Pero, claro… estos meses… sola en Nazaret… habiéndolo visto partir ya tan agobiado y perseguido.., y oyendo todas esas voces…

¡Oh, cuánto, cuánto dolor! Estando a su lado, veo, y digo: "Al menos mi Jesús tiene a su Madre que lo consuele, que le diga palabras que cubran otras palabras", y veo también que no todo el amor ha muerto en Israel. Y siento paz, un poco de paz. No mucha… porque… -María ya no dice nada más. Agacha la cabeza -la había levantado para hablar con Juan-y ahora sólo se le ve la parte de arriba de la frente, que se enrojece por una emoción silenciosa. Luego dos lágrimas brillan en la túnica oscura que está cosiendo.

Jesús suspira. Se levanta de su sitio y va a sentarse a sus pies, delante. Ahí pone la cabeza sobre las rodillas de María, le besa la mano que tiene la tela y se queda luego así, como un niño que estuviera reposando. María quita la aguja de la tela para no herir a su Hijo y luego pone la mano derecha en la cabeza reclinada sobre sus rodillas.

Alza la cara y mira al cielo, ciertamente orando, aunque no mueva los labios; todo su aspecto dice que está orando. Luego se inclina para besar a su Hijo en el pelo, junto a la sien que queda descubierta.
Las otras mujeres no hablan, hasta que Salomé dice:
-¿Pero cuánto tiempo tarda Judas? ¡Así va a ponerse el sol y no voy a ver bien! -Quizás alguien lo ha entretenido -responde Juan, y pregunta a su madre: -¿Quieres que vaya a meterle un poco deprima?

-Harías bien en hacerlo. Porque, si no ha encontrado el trozo de tela igual, te acorto las mangas… total, está acercándose el verano., para el otoño ya te prepararé otra túnica porque esta ya no está bien, y con el trozo que sobre te arreglaré esto. Para ir a pescar valdrá todavía. Porque está claro que después de Pentecostés volvéis a Galilea…

-Voy entonces -dice Juan, y, amable como siempre, pregunta a las otras mujeres:

-¿Tenéis túnicas ya arregladas que pueda llevar a nuestras casas? Si las tenéis, dádmelas. Así volveréis menos cargadas.

Las mujeres recogen todo lo que han arreglado ya y se lo dan a Juan, que se vuelve para marcharse, pero… se para inmediatamente al ver que viene deprisa hacia ellos María de Jacob.

La buena viejecita corre, renqueando, todo 1o deprisa que sus muchos años consienten, y grita a Juan:
-¿Está allí el Maestro?
-Sí, madre. ¿Qué quieres?

La mujer, mientras sigue corriendo, responde:
-Ada está mal, mal… y su marido quisiera llamar a Jesús para consolarla… Pero después de que esos samaritanos se han portado… tan mal, no se atreve… Yo he dicho: "No lo conoces todavía. Yo voy y no… me dirá que no" -La viejecita jadea por la carrera y la subida.

-Párate de correr. Voy contigo. Es más, me adelanto. Tú síguenos a paso tranquilo. Eres anciana, madre, para estas carreras -le dice Jesús. Y luego, a su Madre y a las discípulas:

-Me quedo en el pueblo. La paz a vosotras.
Toma a Juan de un brazo y baja con él rápidamente. La viejecita, cobrado nuevo aliento, le seguiría, después de haber respondido a las preguntas de las mujeres:
-¡Mmm! Sólo el Rabí la puede salvar. Si no, morirá como Raquel. Se está enfriando y está perdiendo las fuerzas y ya se retuerce de los espasmos del dolor.
Pero las mujeres la retienen diciéndole:

-¿Pero no habéis probado con ladrillos calientes debajo de los riñones?

-¡No! Mejor envolverla en paños de lana empapados de vino con aromas, lo más caliente que se pueda.
-A mí, para Santiago, me sentaron bien las fricciones de aceite y luego los ladrillos calientes.
-Hacedle beber mucho.

-Si pudiera estar en pie y dar unos pasos y, mientras tanto, una le friccionara mucho la parte de los riñones.
Las mujeres-madres, o sea, todas menos Nique y Susana, y María que no sufrió los dolores de todas las mujeres cuando dio a luz a su Hijo, aconsejan quién una cosa, quién otra.

-Todo. Han probado todo. Pero tiene demasiado fatigados los riñones. ¡Es el hijo número once! Bueno, ahora me marcho, que ya he cobrado el aliento. ¡Rezad por esa madre! Que el Altísimo la mantenga viva hasta que llegue donde ella el Rabí.

Y la pobre anciana sola y buena reanuda su trotecillo.
Jesús, entretanto, baja ligero hacia la ciudad, llena de calor de sol. Entra en ella por la parte opuesta a donde está situada su casa, o sea, entra por el noroeste de Efraím, mientras que la casa de María de Jacob está en el sureste. Anda ligero, sin detenerse a hablar con los que quisieran pararlo: los saluda y sigue.

Un hombre observa:
Está inquieto con nosotros. Los de los otros lugares hicieron mal. Tiene razón.
-No. Va a casa de Yanoé. Se le está muriendo su mujer en el undécimo parto.

-¡Pobres hijos! ¿Y el Rabí va allí? Tres veces bueno. Ofendido, se muestra benéfico.
-¡Yanoé no lo ha ofendido! ¡Ninguno de nosotros lo ofendió!

-Pero en todo caso eran hombres de Samaria.

-El Rabí es justo y sabe distinguir. Vamos a ver el milagro.
-No podremos entrar, Es una mujer, y en el momento del parto.
-Pero oiremos llorar a la nueva criatura y será voz de milagro.
Corren para dar alcance a Jesús. Otros también se agregan para ver.

Jesús llega a la casa, desolada por la inminente desventura. Los diez hijos -1a mayor es una jovencita que llora rodeada por sus hermanitos más pequeños, que también lloran-están en un ángulo del pasillo, junto a la puerta abierta de par en par. Amigas del vecindario que van y vienen, susurros de voces, pisaduras de pies descalzos que corren sobre el enlosado.

Una mujer ve a Jesús y grita:
-¡Yanoé! ¡Espera! ¡Ha venido! -y corre con una ánfora humeante.

Viene inmediatamente un hombre. Se postra. Se limita a señalar a sus hijos y a decir estas palabras:
-Creo. Piedad. Por ellos.
-Levántate y ten ánimo. El Altísimo ayuda a quien tiene fe y compasión de sus hijos afligidos.

-¡Ven, Maestro! ¡Ven! Ya está negra, ahogada por las convulsiones. Casi no respira. ¡Ven!

El hombre, que ha perdido la cabeza y acaba de perderla del todo al oír el grito de una de las vecinas:
-¡Yanoé, corre! ¡Ada se muere! -empuja a Jesús, tira de Él, para que vaya enseguida, enseguida, a la habitación de la moribunda, sordo a las palabras de Jesús, que dice:
-¡Ve y ten fe!

Fe tiene el pobre hombre. Lo que le falta es la capacidad de comprender el sentido de esas palabras, el sentido celado, que es ya seguridad del milagro. Y Jesús, empujado y remolcado, sube la escalera para entrar en la habitación de arriba, donde está la mujer. Pero Jesús se detiene en el descansillo de la escalera, a unos tres metros de la puerta, abierta, que permite ver una cara exangüe, o, más bien, cárdena, ya estirada por la máscara de la agonía.

Las vecinas ya no intentan nada. Han tapado a la mujer hasta el mentón y miran. Están petrificadas a la espera de la defunción.
Jesús extiende los brazos y grita:

-¡Quiero! -y se vuelve para marcharse.
El marido, las vecinas, los curiosos que se han congregado, se quedan desilusionados porque quizás esperaban que Jesús hiciera cosas más espectaculares, que el niño naciera instantáneamente. Pero Jesús, abriéndose paso y mirándolos fijamente mientras pasa por delante de ellos, dice:

-No dudéis. Un poco de fe todavía. Un momento. La mujer debe pagar el amargo tributo del parto. Pero está salvada.
Y, dejándolos desconcertados, baja la escalera.

Pero, cuando está para salir a la calle, diciendo al pasar a los diez hijos amedrentados:

-¡No temáis! Vuestra mamá está fuera de peligro -(y al decirlo hace una caricia en las caritas asustadas), un fuerte grito retumba en la casa y se esparce hasta la calle, de donde llega en ese momento María de Jacob, la cual, creyendo que ese grito es presagio de muerte, grita a su vez:
-¡Misericordia!

-¡No temas, María! ¡Ve deprisa! Verás nacer al pequeño. Le han vuelto las fuerzas y los dolores. Pero dentro de poco habrá alegría.

Se marcha con Juan. Ninguno lo sigue porque todos quieren ver si se cumple el milagro. Es más, otros se dirigen presurosos hacia la casa, porque se ha esparcido la noticia de que el Rabí ha ido a salvar a Ada. Y así Jesús, metiéndose por una callecita secundaria, puede ir sin obstáculos hacia una casa, en la cual entra llamando:
-¡Judas ¡Judas!

Nadie responde.
-Ya ha subido, Maestro. Podemos ir también nosotros a casa. Pongo aquí las túnicas de Judas, Simón y tu hermano Santiago; luego dejaré las de Simón Pedro, Andrés, Tomás y Felipe, en casa de Ana.

Así hacen efectivamente, y comprendo que, para dejar sitio libre a las discípulas, los apóstoles se han distribuido por otras casas; si no todos, al menos una parte de ellos.
Liberados ya de esos indumentos, van hablando hacia la casa de María de Jacob, y entran por la puertecita del huerto, que está simplemente entornada. La casa está silenciosa y vacía. Juan ve puesta en el suelo un ánfora llena de agua, y quizás piensa que la ha puesto ahí la viejecita antes de que la llamaran para asistir a la mujer; la agarra y se dirige hacia una habitación cerrada.

Jesús se retrasa en el pasillo para quitarse el manto y doblarlo con el consabido cuidado antes de ponerlo en el arquibanco del pasillo.

Juan abre la puerta. Emite un « ¡ah!» casi de terror. Deja caer el ánfora y se tapa los ojos con las manos, plegándose como para hacerse pequeño, para anularse, para no ver. De la habitación proviene un ruido de monedas que se esparcen por el suelo tintineando.

Jesús está ya en la puerta. He tenido más tiempo yo para describir que Él para llegar. Aparta con ímpetu a Juan, que gime: « ¡Fuera! ¡Márchate!». Abre de par en par la puerta, que estaba entornada. Entra.

Es la habitación donde comen, ahora que están las mujeres.

En ella hay dos viejas arcas herradas. Delante de una de ellas, concretamente la que está enfrente de la puerta, está Judas, lívido, con los ojos llenos de ira y de temor al mismo tiempo, con una bolsa en las manos… El arca está abierta… En el suelo hay monedas. Otras se están cayendo todavía, saliendo de la bolsa que está en el borde del arca, abierta su boca y medio echada. Todo testifica, de manera indubitada, lo que estaba sucediendo. Judas ha entrado en casa, ha abierto el arca y ha robado, estaba robando.

Ninguno dice nada. Ninguno se mueve. Pero es peor que si todos gritaran o arremetieran el uno contra el otro. Tres estatuas: Judas, demonio; Jesús, el Juez; Juan, el hombre aterrorizado por la revelación de la bajeza de su compañero.

La mano de Judas, que sujeta la bolsa, tiembla, de forma que las monedas que contiene tintinean amortiguadamente.
Juan tiembla. Tiembla todo él. Y, aunque se haya quedado apretando la boca con las manos, sus dientes castañean.

Sus ojos asustados miran a Jesús más que a Judas.
Jesús no tiembla en absoluto. Está bien derecho, glacial incluso, glacial, de tan rígido como está. Y da un paso, hace un gesto, dice una palabra: un paso hacia Judas; un gesto, indicando a Juan que se retire; una palabra:
-¡Márchate!

Pero Juan siente miedo y gime:
-¡No! ¡No! ¡No me digas que me marche! Déjame estar aquí. No diré nada… pero déjame estar aquí contigo.
-¡Márchate! ¡No temas! Cierra todas las puertas… y, si viene alguien… quienquiera que sea… aunque fuera mi Madre… no dejes que vengan aquí. Ve. ¡Obedece!
-¡Señor!…

Juan se muestra tan suplicante y está tan abatido que parece como si fuera el culpable.
-Vete, te digo. No sucederá nada. Vete -y Jesús mitiga la orden poniendo la mano en la cabeza del Predilecto con un gesto de caricia. Y veo que esa mano ahora tiembla. Y Juan la siente temblar y la toma y la besa con un sollozo que dice mucho. Sale.

Jesús cierra la puerta con cerrojo. Se vuelve de nuevo para mirar a Judas, que debe sentirse muy apabullado si, siendo tan osado como es, no se atreve a decir una palabra ni a hacer un gesto. Jesús rodeando la mesa que está en el centro de la habitación, va directamente a ponerse enfrente de él.

No sé decir si va rápido o lento. Estoy demasiado asustada de su cara como para poder medir el tiempo. Veo sus ojos y, como Juan, tengo miedo. El mismo Judas tiene miedo, retrocede y se mete entre el arca y una ventana que está completamente abierta y cuya luz, roja por el ocaso, incide toda sobre Jesús.

¡Qué ojos tiene Jesús! No dice ni una palabra. Pero cuando ve que del cinturón de la túnica de Judas sobresale una especie de ganzúa reacciona terriblemente. Alza el brazo con el puño cerrado como para golpear al ladrón, y su boca empieza la palabra: « ¡Maldito!» o « ¡Maldición!».

Pero se sobrepone. Detiene el brazo que ya estaba descendiendo y corta la palabra en las tres primeras letras. Se limita, con un esfuerzo de dominio que le hace temblar por entero, a abrir el puño cerrado, a bajar, hasta la altura de la bolsa que Judas tiene en la mano, el brazo alzado y a arrebatar la bolsa y arrojarla al suelo. Y, mientras pisotea la bolsa y las monedas y las disemina con un furor contenido pero terrible, dice:

-¡Fuera! ¡Inmundicia de Satanás! ¡Oro maldito! ¡Esputo del Infierno! ¡Veneno de la serpiente! ¡Fuera!

Judas, que ha emitido un grito estrangulado cuando ha visto a Jesús ya casi maldiciéndolo, ahora ya no reacciona. Pero al otro lado de la puerta cerrada otro grito resuena cuando Jesús tira contra el suelo la bolsa, y este grito de Juan exaspera al ladrón. Lo pone furioso. Casi se arroja contra Jesús. Grita:

-¡Me has puesto un espía para desacreditarme! ¡Un espía que es un muchacho ignorante que no sabe ni siquiera guardar silencio, que me desacreditará ante todos! Es lo que Tú querías. De todas maneras… ¡Sí! Yo también lo quiero. ¡Esto quiero! Ponerte en la tesitura de echarme, de maldecirme. ¡Moverte a maldecirme! ¡A maldecirme! Todo lo he intentado para que me echaras.

Está ronco de ira y feo como un demonio. Jadea como si tuviera algo que lo estrangulara.

Jesús le repite, terrible aunque con voz contenida:
-¡Ladrón! ¡Ladrón! ¡Ladrón -y termina: «Hoy ladrón. Mañana asesino. Como Barrabás. Peor que él.

Le musita esa palabra en la cara, porque ahora están cercanísimos, a cada frase del otro.
Judas, recobrado el aliento, responde:

-Sí. Ladrón. Y por culpa tuya. Todo el mal que hago es por culpa tuya, y Tú no te cansas nunca de destruirme. Salvas a todos. Das amor y honores a todos. Acoges a los pecadores, no te dan asco las prostitutas, tratas amistosamente a los ladrones y a los usureros y alcahuetes de Zaqueo, acoges como si fuera el Mesías al espía del Templo. ¡Qué necio eres! Y haces jefe nuestro a un ignorante, tesorero a un cobrador de tributos, confidente tuyo a un necio.

Y a mí me mides la mota, no me dejas una moneda, me tienes a tu lado como los galeotes están amarrados al banco del remo, no quieres ni siquiera que nosotros… digo nosotros, pero soy yo, yo sólo, el que no debe aceptar dádivas de los peregrinos.

Es para que no toque el dinero, por lo que has ordenado que no aceptáramos dinero de nadie. Porque me odias. Pues bien, ¡también yo te odio! Hace un momento, no has sabido golpearme ni maldecirme. Tu maldición me habría reducido a cenizas. ¿Por qué no la has proferido? Hubiera preferido tu maldición antes que verte tan inepto, tan enervado… un hombre acabado, derrotado…

-¡Calla!
-¡No! ¿Tienes miedo de que Juan oiga? ¿Tienes miedo de que él por fin comprenda quién eres y te deje? ¡Ah, tienes este miedo, Tú que te haces el héroe! ¡Claro que lo tienes! ¡Y tienes miedo de mí! ¡Tienes miedo! Por eso no me has sabido maldecir. Por eso finges que me estimas, cuando en realidad me odias. ¡Para halagarme! Para tenerme calmo. ¡Tú sabes que soy una fuerza! Sabes que soy la fuerza, la fuerza que te odia y te vencerá. Te he prometido que te seguiré hasta la muerte ofreciéndote todo, y todo te lo he ofrecido, y estaré junto a ti hasta tu hora y la mía.

¡Magnífico rey que no sabe maldecir ni arrojar a uno de su presencia! ¡Rey-nube! ¡Rey ídolo! ¡Rey necio! ¡Embustero! Traidor de tu propio destino. Siempre me has despreciado, desde nuestro primer encuentro. No has correspondido conmigo. Te creías sabio. Eres un obtuso. Yo te enseñaba el camino adecuado. Pero Tú… ¡Oh, Tú eres el puro! Eres la criatura que es hombre pero que es Dios, y desprecias los consejos del Inteligente. Te equivocaste desde el primer momento y sigues equivocándote. Tú… Tú eres… ¡Aj!

El río de palabras cesa de repente, y a tanto clamor le sigue un silencio lúgubre; a tantos gestos, una lúgubre inmovilidad. Porque mientras escribía sin poder decir lo que sucedía, Judas, encorvado, semejante, sí, verdaderamente semejante aun perro furioso que acechara a su presa y se aproximara a ella preparado para saltar, se ha ido acercando cada vez más a Jesús, con una cara que no se podía mirar, con las manos torcidas, los codos apretados contra el cuerpo, verdaderamente como si estuviera para saltar sobre Jesús, el cual no ha dado muestras del más mínimo miedo, y se ha movido, volviéndole incluso las espaldas -Judas hubiera podido saltar sobre Él y agarrarlo por el cuello, pero que no lo ha hecho-para abrir la puerta y mirar en el pasillo si Juan se había ido realmente.

El pasillo estaba vacío y semioscuro, pues Juan había salido por la puerta que da al huerto y la había cerrado.

Jesús, entonces, ha vuelto a cerrar con cerrojo y se ha puesto contra la puerta, esperando, sin un gesto ni una palabra, a que la furia cesara.

Yo no soy competente en la materia, pero creo que no me equivoco si digo que por la boca de Judas ha hablado Satanás en persona; si digo que éste es un momento de evidente posesión de Satanás en el apóstol pervertido, ya en el umbral del Delito, ya condenado por propia voluntad.

La misma manera de cesar el río de palabras, dejando como aturdido al apóstol, me recuerda otras escenas de posesión vistas en los tres años de vida pública de Jesús.

Jesús, apoyado en la puerta, todo blanco contra la madera oscura, no hace el más mínimo gesto. Solamente mira al apóstol con sus potentes ojos de dolor y fervor. Si se pudiera decir que los ojos oran, yo diría que los ojos de Jesús oran mientras mira a este desdichado. Porque no es sólo dominio lo que emana de esos ojos tan afligidos, sino que es también fervor de oración.

Luego, hacia el final de las palabras de Judas, Jesús abre los brazos que tenía pegados a los costados, pero no los abre ni para tocar a Judas ni para hacer un gesto hacia él o levantarlos hacia el cielo. Los abre horizontalmente, tomando la postura del Crucificado, ahí, contra la madera oscura y la pared rojiza. Es en ese momento cuando en la boca de Judas se hacen más lentas las últimas palabras y se oye ese « ¡Aj!» que las trunca.

Jesús se queda como está, con los brazos abiertos. Sigue mirando al apóstol con esos ojos de dolor y oración. Y Judas, como uno que saliera de un estado de delirio, se pasa la mano por la frente, por la cara sudada… piensa, recuerda y, rememorando todo, cae al suelo, no sé si llorando o no. Lo cierto es que se derrumba como si le faltaran las fuerzas.

Jesús baja la mirada y los brazos, y con voz baja pero clara dice:

-¿Y entonces? ¿Te odio? Podría golpearte con mi pie, aplastarte llamándote "gusano"; podría maldecirte, de la misma manera que te he librado de la fuerza que te hace delirar. Has pensado que es debilidad mi imposibilidad de maldecirte. ¡No es debilidad! Es que Yo soy el Salvador, y el Salvador no puede maldecir; puede salvar, quiere salvar… Tú has dicho: "Yo soy la fuerza, la fuerza que te odia y te vencerá". Yo también soy la Fuerza; es más, soy la única Fuerza. Pero mi fuerza no es odio, es amor. Y el amor no odia ni maldice, nunca.

La Fuerza podría incluso vencer las batallas en particular, como ésta entre Yo y tú, entre Yo y Satanás, que está en ti, y arrebatarte de las manos de tu amo, para siempre, como he hecho ahora adquiriendo la semblanza del signo que salva, de la Tau (Tau, letra del alfabeto griego en forma de cruz, es el signo de los salvados indicado en Ezequiel 9, 4-6) que Lucifer no puede ver.

Podría vencer incluso estas batallas en particular, como vencerá la próxima batalla contra Israel incrédulo y asesino, contra el mundo y Satanás, derrotado por la Redención. Podría vencer incluso estas batallas en particular, como vencerá la última, lejana para quien cuenta por siglos, cercana para quien mide el tiempo con la medida de la eternidad.

¿Pero qué beneficio, de violar las reglas perfectas del Padre mío? ¿Será justicia? ¿Habría mérito? No. No sería justicia ni habría mérito. No sería justicia, respecto a los otros hombres culpables, a los cuales no se les quita la libertad de serlo, y los cuales podrían, en el último día, preguntarme el porqué de la condena y echarme en cara la parcialidad usada sólo contigo.

Serán diez, cien mil, setenta veces diez, cien mil los que cometan tus mismos pecados y vendrán a ser poseídos por el demonio por voluntad propia, y serán ofensores de Dios, torturadores de su padre y madre, asesinos, ladrones, embusteros, adúlteros, lujuriosos, sacrílegos y, finalmente, deicidas, matando a Cristo: materialmente, en un día cercano; espiritualmente, en sus corazones, en los tiempos futuros. Y todos podrían decirme, cuando venga a separar a los corderos de los cabros, a bendecir a los primeros y a maldecir, entonces sí, a maldecir a los segundos -a maldecir porque entonces ya no habrá redención, sino gloria o condena, a maldecirlos después de haberlos maldecido ya en particular en muerte primera y en el juicio individual; porque el hombre, tú lo sabes porque me lo has oído decir muchísimas veces, porque el hombre puede salvarse mientras dura la vida, en el momento incluso de los últimos estertores; basta un instante, una milésima de minuto para que todo quede dicho entre el alma y Dios, para pedir perdón y obtener la absolución…-; todos, decía, todos estos condenados podrían decirme: "¿Por qué a nosotros no nos ligaste al Bien como hiciste con Judas?". Y tendrían razón.

Porque todo hombre nace con las mismas cosas naturales y sobrenaturales: un cuerpo, un alma. Y mientras el cuerpo, siendo generado por hombres, puede ser más o menos fuerte y sano desde el nacimiento, el alma, creada por Dios, es para todos igual y está dotada de las mismas propiedades, de los mismos dones recibidos de Dios. Entre el alma de Juan -me refiero al Bautista-y la tuya no había diferencia cuando fueron infundidas en la carne.

Y, no obstante, te digo que, aun cuando la Gracia no lo hubiera presantificado para que el Heraldo de Cristo no tuviera mancha alguna (como sería propio de todos los que me predican, al menos en lo que se refiere a los pecados actuales), su alma habría venido a ser muy distinta de la tuya. O mejor: la tuya habría venido a ser distinta de la suya. Porque él habría conservado a su alma en la frescura propia de los no culpables, es más, la habría ido adornando cada vez más de justicia, secundando la voluntad de Dios, que desea que seáis justos, desarrollando con una perfección cada vez más heroica, los dones gratuitos recibidos.

Tú, sin embargo… has devastado tu alma y has desbaratado los dones que Dios le había dado. ¿Qué has hecho de tu libertad de arbitrio?

¿Qué has hecho de tu intelecto? ¿Has conservado en tu espíritu la libertad que tenía? ¿Has usado la inteligencia de tu mente con inteligencia? No.

Tú, tú que no quieres obedecerme a mí – no digo sólo a mí como Hombre, sino tampoco a mí como Dios-, has obedecido a Satanás. Has usado la inteligencia de tu mente y la libertad de tu espíritu para comprender las Tinieblas.

Voluntariamente. Han sido puestos ante ti el Bien y el Mal. Has elegido el Mal. Es más, ha sido puesto ante ti sólo el Bien: Yo. Tu Eterno Creador, que ha seguido la evolución de tu alma -es más: que conocía esta evolución porque nada de cuanto palpita desde que el Tiempo existe ignora el Eterno Pensamiento-, te ha puesto delante el Bien, sólo Bien, porque sabe que eres más débil que una alga de reguera.

Tú me has gritado que te odio. Ahora bien, siendo Yo Uno con Padre y el Amor, Uno tanto aquí como en el Cielo ­porque, si en Mí se hallan las dos Naturalezas, y Cristo, por su naturaleza humana y mientras la victoria no lo libere de las limitaciones humanas, está en Efraím y no puede estar en otro lugar en este instante; como Dios, Verbo de Dios, estoy tanto en el Cielo como en la Tierra, siendo siempre omnipresente y omnipotente mi Divinidad-, siendo Yo Uno con el Padre y el Espíritu Santo, la acusación que has hecho contra mí la has hecho contra Dios Uno y Trino. Contra Dios Padre, que por amor te ha creado; contra Dios Hijo, que por amor se ha encarnado para salvarte; contra Dios Espíritu, que por amor te ha hablado tantas veces para darte buenos deseos.

Contra este Dios Uno y Trino, que tanto te ha amado, que te ha traído a mi camino, haciéndote ciego para el mundo para darte tiempo de verme a mí; sordo para el mundo para darte la manera de oírme a mí. ¡Y tú!… ¡Y tú!… Después de haberme visto y oído, después de haber venido libremente al Bien, sintiendo con tu intelecto que ése era el único camino de la verdadera gloria, has rechazado el Bien y te has entregado libremente al Mal.

¿Podrás, entonces, tú que con tu libre arbitrio has querido esto, tú que has rechazado cada vez más bruscamente mi mano, que se te ofrecía para sacarte del remolino, tú que te has alejado cada vez más del puerto para sumirte en el enfurecido mar de las pasiones, del Mal, podrás decirme a mí y a Aquel de quien procedo y a Aquel que me ha formado como Hombre para intentar tu salvación, podrás decirnos que te hemos odiado?

Me has acusado de que quiero tu mal… También el niño enfermo acusa al médico y a su madre por las amargas medicinas que le hace beber y por las cosas que él desea y que, por su bien, le niegan. ¿Tan ciego y demente te ha vuelto Satanás, que no comprendes ya la verdadera naturaleza de las medidas que he tomado contigo; tan ciego y demente, que has llegado a tachar de malevolencia, de deseos de hundirte, lo que en realidad es cuidado próvido de tu Maestro, de tu Salvador, de tu Amigo para curarte?

Te he tenido a mi lado… Te he quitado de las manos el dinero. Te he impedido que toques ese maldito metal que te enloquece… ¿Pero es que no sabes, es que no sientes que ese metal es como esos brebajes mágicos que despiertan una sed inapagable, que introducen en la sangre un ardor, un frenesí que conducen a la muerte? Tú -leo tu pensamiento-me censuras así:

"¿Y entonces por qué durante tanto tiempo me has dejado ser el que administraba el dinero?". ¿Por qué? Porque si te hubiera impedido antes tocarlo, te habrías vendido antes y habrías robado antes. De todas formas, te has vendido, porque poco podías robar… Pero Yo debía tratar de impedirlo sin violentar tu libertad. El oro es tu ruina. Por el oro te has hecho lujurioso y traidor…

-¡Ah, entonces has creído a Samuel! Yo no soy…
Jesús, que había ido adquiriendo un tono más vivo, pero sin asumir en ningún momento matices de violencia o castigo, de improviso emite un grito imperioso, yo diría colérico. Asaetea con sus miradas rostro de Judas, que lo había alzado para decir esas palabras, e impone un « ¡Calla!» que parece el estallido de un rayo.

Judas se apoya de nuevo en los calcañares y ya no abre la boca.

Es un momento de silencio en que Jesús, con visible esfuerzo, recompone su humanidad con una compostura, con un dominio tan poderoso, que por sí solo testifica lo divino que hay en Él. Continúa hablando con su voz habitual, cálida, dulce incluso cuando es severa, persuasiva, conquistadora… Sólo los demonios pueden oponer resistencia a esa voz.

-No necesito que hable Samuel, o quien sea, para conocer tus acciones. ¡Oh, desdichado! ¿Pero sabes ante quién estás? ¡Es verdad! Dices que ya no comprendes mis parábolas. No comprendes ya mis palabras. ¡Pobre infeliz!

Ya no te comprendes ni a ti mismo. Ya no comprendes ni siquiera el bien y el mal. Satanás, al cual te has entregado de muchas maneras, Satanás, al que has secundado en todas las tentaciones que te presentaba, te ha hecho estúpido. ¡Pero antes me comprendías! ¡Creías que era quien soy! Y este recuerdo no está apagado en ti. ¿Y puedes creer que el Hijo de Dios necesite, que Dios necesite las palabras de un hombre para conocer el pensamiento y las acciones de otro hombre?

No estás todavía tan pervertido, que no creas que soy Dios, y en esto está tu mayor culpa. Porque el miedo que sientes de mi ira demuestra que crees que soy Dios. Sientes que no luchas contra un hombre, sino contra Dios mismo, y tienes miedo. Tienes miedo porque -Caín- no puedes ver a Dios ni pensar en Él sino como Vengador de sí mismo y de los inocentes.

Tienes miedo de que te suceda lo que a Coré, Datán y Abirón y a sus seguidores. (Coré, Datán y Abirón, cuya rebelión y sus consecuencias están narradas en Números 16 y evocadas en: Levítico 10, 1-3, Salmo 106, 16-18 y Eclesiástico 45, 18-20) Y, a pesar de todo, sabiendo quién soy Yo, luchas contra mí. Debería decirte: "¡Maldito!". Pero no sería ya el Salvador…

Querrías que te expulsara. Haces de todo, dices de todo, para conseguirlo. Esta razón no justifica tus acciones.

Porque no hay necesidad de pecar para separarse de mí. Lo puedes hacer, te lo digo. Te lo tengo dicho desde Nob, cuando me volviste, una mañana pura, sucio de mentiras y lascivia, como si hubieras salido del infierno para caer en el cieno de los puercos o en la cama de monos libidinosos, y Yo tuve que hacer un esfuerzo sobre mí mismo para no alejarte con la punta de mi sandalia como se hace con un trapajo asqueroso, para frenar la náusea que me revolvía no sólo el espíritu sino también las vísceras.

Siempre te lo he dicho. Incluso antes de aceptarte. Y antes de venir aquí. En ese momento, precisamente para ti, para ti solo hablé. Pero tú siempre has querido quedarte. Para perdición tuya ¡Tú! ¡Mi mayor dolor!

Pero, claro, tú piensas y dices, primer hereje de muchos que vendrán, que estoy por encima del dolor. No.

Sólo estoy por encima del pecado, sólo por encima de la ignorancia: de aquél, porque soy Dios; de ésta, porque no puede haber ignorancia en el alma que no está lesionada por la Culpa original. Pero Yo te hablo como Hombre, como el Hombre, como el Adán Redentor que ha venido a expiar la Culpa del Adán pecador y a mostrar lo que habría sido el hombre si hubiera permanecido como fue creado: inocente.

¡Entre los dones de Dios a Adán no se contaban -dado que la unión con Dios infundía las luces del Padre omnipotente en el hijo bendito-una inteligencia sin taras y una ciencia grandísima? Yo, nuevo Adán, estoy por encima del pecado por voluntad mía propia…

Un día de un tiempo ya lejano, te asombraste de que Yo hubiera sido tentado, y me preguntaste si no había cedido nunca. ¿Lo recuerdas? Y Yo te respondí. Sí. Como podía responderte… porque ya entonces eras un hombre tan menoscabado, que era inútil abrir ante tus ojos las perlas preciosísimas de las virtudes del Cristo. No habrías comprendido su valor y… las habrías tomado por… piedras, debido a sus medidas excepcionales. También en el desierto te respondí, repitiendo las palabras, el sentido de las palabras que te había dicho en aquel anochecer yendo hacia el Getsemaní.

Si hubiera sido Juan, o Simón el Zelote, quienes me hubieran hecho esa pregunta, habría respondido de otra manera, porque Juan es hombre puro y no la habría hecho con la malicia con que tú, estando lleno de malicia, la hiciste…, y porque Simón es un anciano sabio y aun no ignorando la vida como la ignora Juan, ha alcanzado esa sabiduría que sabe contemplar todos los episodios sin sufrir turbación en el yo.

Pero ellos no me preguntaron si había cedido alguna vez a las tentaciones, a la tentación más común, a esa tentación. Porque en la pureza inmaculada del primero no hay recuerdos de lujuria y en la mente meditativa del segundo hay mucha luz para ver resplandecer en mí la pureza.

Tú preguntaste… Y Yo te respondí. Como podía hacerlo.

Con esa prudencia que no debe nunca separarse de la sinceridad, santas la una y la otra ante los ojos de Dios. Esa prudencia que es como el ternario velo extendido entre el Santo y el pueblo, corrido para celar el secreto del Rey. Esa prudencia que regula las palabras según la persona que las escucha, según la capacidad intelectiva para comprender, según la pureza espiritual y justicia de esta persona. Porque hay verdades que en los oídos de los impuros se hacen objeto de risa, no de veneración…

No sé si recuerdas todas aquellas palabras. Yo sí las recuerdo. Y te las repito aquí, en esta hora en que Yo y tú, ambos, estamos en la orilla del Abismo. Porque… no, esto no hace falta decirlo. Yo, como respuesta al "por qué" que mi primera explicación no te había satisfecho, dije en el desierto:

"El Maestro nunca se ha sentido superior al hombre por ser “el Mesías”; antes bien, sabiéndose Hombre, ha querido serlo en todo menos en el pecado. Para ser maestro hay que haber sido escolar. Mi inteligencia divina podía hacerme comprender por poder intelectivo e intelectualmente las luchas del hombre.

Pero un día algún pobre amigo mío hubiera podido decir: “No sabes lo que quiere decir ser hombre y tener sentidos y pasiones”. Habría sido un reproche justo. He venido aquí para prepararme no sólo para la misión, sino también para la tentación. Tentación satánica. Porque el hombre no habría podido tener poder sobre mí.

Satanás ha venido cuando ha cesado mi unión solitaria con Dios y he sentido que era el Hombre con una verdadera carne sujeta a las debilidades de la carne: hambre, cansancio, sed, frío. He sentido la materia con sus exigencias, lo moral con sus pasiones. Y si, por mi voluntad, he doblegado en su origen todas las pasiones no buenas, he dejado, en cambio que crecieran las santas pasiones".

¿Recuerdas estas palabras? Y también dije -esto a ti sólo-la primera vez: "La vida es un don santo, por lo que hay que amarla santamente. La vida es medio que sirve para el fin, que es la eternidad". Dije: "Démosle, entonces, a la vida aquello que necesita para mantenerse y servir al espíritu en su conquista: continencia de la carne en sus apetitos, continencia de la mente en sus deseos, continencia del corazón en todas las pasiones que tienen sabor humano, impulso ilimitado en orden a las pasiones que son del Cielo: amor a Dios y al prójimo, voluntad de servir a Dios y al prójimo, obediencia a la voz de Dios, heroísmo en el bien y en la virtud".

Y en aquella ocasión me dijiste que Yo podía hacer eso porque era santo, pero que tú no podías porque eras un hombre joven, lleno de vitalidad. ¡Como si ser joven y sentirse vigoroso fuera un atenuante para el vicio! ¡Como si sólo los viejos o los enfermos, por edad o debilidad impotentes para lo que tú -abrasado como estás de lujuria-pensabas, estuvieran libres de las tentaciones de la carne!

Hubiera podido rebatirte muchas cosas en aquel momento, pero no estabas en condiciones de comprenderlas. Tampoco ahora lo estás, pero al menos ahora no puedes sonreír con tu sonrisa incrédula si te digo que el hombre sano, si por sí mismo no acoge las seducciones demonio y de la carne, puede ser casto.

Castidad es afecto espiritual, es movimiento que se refleja en la carne penetrándola toda, elevándola, perfumándola, preservándola. En quien está saturado de castidad no hay sitio para otros movimientos menos buenos.

En él no entra la corrupción. No hay sitio para ella. ¡Y, además, la corrupción no entra de afuera! No es un movimiento de penetración desde fuera hacia dentro. Es un movimiento desde dentro, desde el corazón, desde la mente, sale hacia la cobertura externa, hacia la carne, y la penetra y la empapa.

Por eso Yo he dicho que lo que corrompe sale del corazón.

Todo adulterio, toda lujuria, todo pecado sensual vienen de una maquinación de la mente que, corrompida, viste de estimulante aspecto todo lo que ve. Esos pecados no se originan en lo externo.

Todos los hombres tienen ojos para ver. ¿Por qué sucede, entonces, que una mujer que deja indiferentes a diez, que la miran como a una criatura semejante a ellos, que incluso la ven como una hermosa obra de la Creación, sin sentir por ello que surjan estímulos y fantasmas obscenos, esa mujer turba, en cambio, al undécimo hombre y lo lleva a indignas concupiscencias? Pues sucede porque ese undécimo tiene el corazón y la mente corrompidos, y donde diez ven a una hermana él ve a una hembra.

Aun no diciéndote esto entonces, te dije que Yo había venido precisamente para los hombres, no para los ángeles.

He venido para devolver a los hombres su realeza de hijos de Dios, enseñándoles a vivir como dioses. En Dios no hay lujuria, Judas. Pero Yo os he querido mostrar que también el hombre puede estar exento de lujuria; y os he querido mostrar que se puede vivir como Yo enseño. Para mostraros esto he debido tomar una carne verdadera, para poder padecer las tentaciones del hombre y decirle al hombre, después de haberlo instruido: "Haced como Yo".

Y tú me preguntaste si, tentado, pequé. ¿Lo recuerdas? Y Yo, viendo que no podías comprender que hubiera sido tentado y no hubiera caído (pues que te parecía inadecuada la tentación para el Verbo e imposible el no pecar para el Hombre), pues te respondí que todos pueden ser tentados, pero que pecadores son sólo aquellos que quieren serlo.

Tu estupor fue grande, un estupor incrédulo. (María Valtorta explica con la siguiente nota en una copia mecanografiada. “Como Adán, inocente y lleno de Gracia, fue tentado, también Jesús, segundo Adán, Inocente y, como Hombre, lleno de Gracia, fue igualmente tentado, y por el propio Tentador. Pero el segundo Adán no cedió a la tentación. Y no se diga que así fue por "ser Dios". ¡Aun siendo Dios, por tanto eterno e impasible, murió en una cruz! Y murió en ella porque era verdadero Hombre. Como verdadero Hombre fue, pues, también tentado, pero, no queriendo pecar, no pecó)

Tanto fue así, que insististe: "¿Has pecado alguna vez?". Entonces podías ser incrédulo. Nos conocíamos desde hacía poco. Palestina está llena de rabíes en los que la doctrina que enseñan es la antítesis de la vida que llevan. Pero ahora tú sabes que Yo no he pecado, que no peco. Sabes que la tentación, aun la más violenta, dirigida contra el hombre sano, viril, que vive en medio de los hombres, rodeado de los hombres y de Satanás, no me turba hasta el pecado.

Antes al contrario, toda tentación, a pesar de que el hecho de rechazarla aumentase su virulencia, porque el demonio la hacía cada vez más violenta para vencerme, era una victoria mayor. Y no sólo respecto a la lujuria, torbellino que ha estado dando vueltas en torno a mí sin poder mover ni mellar mi voluntad.

No hay pecado donde no hay consentimiento a la tentación, Judas. Hay, sí, pecado donde, aun sin consumar el acto, se da cabida a la tentación y se la contempla. Será pecado venial, pero es ya un camino que conduce al pecado mortal que aquél prepara en vosotros.

Porque acoger la tentación y detener en ella el pensamiento, seguir mentalmente las fases de un pecado significa que uno se debilita a sí mismo. Satanás sabe esto, y por eso lanza insistentemente llamaradas, siempre esperando que una de ellas penetre y trabaje dentro…

Después sería fácil hacer que el tentado se transformara en culpable.

Tú, entonces, no comprendiste. No podías comprender.

Ahora puedes. Ahora mereces menos entender que en aquella ocasión, y no obstante, te repito las palabras que te dije a ti, que dije para ti, porque es en ti, no en mí, donde la tentación rechazada no se acalla… Y no se acalla porque no la rechazas totalmente. No cumples el acto, pero acaricias el pensamiento del acto. Hoy así, y mañana… mañana caes en el verdadero pecado. Por eso en aquella ocasión te enseñé a pedir al Padre que no te dejara caer en la tentación. Yo, el Hijo Dios, Yo, habiendo vencido ya a Satanás, he pedido ayuda al Padre porque soy humilde.

Tú, no. Tú no has pedido a Dios salvación, preservación. Tú eres soberbio. Y por eso te hundes…

¿Recuerdas todo esto? ¿Y puedes comprender ahora lo que significa para mí, verdadero Hombre, con todas las reacciones del hombre, y verdadero Dios, con todas las reacciones de Dios, el verte así: lujurioso, embustero, ladrón, traidor, homicida?

¿Sabes qué esfuerzo me impones teniendo que soportar tu compañía? ¿Sabes qué fatigoso resulta dominarme, como ahora, para cumplir hasta el extremo mi misión en ti?

Cualquier otro hombre que hubiera visto que eras un ladrón, que te hubiera sorprendido descerrajando para coger monedas, y que te viera traidor, y más que traidor… te habría echado manos al cuello… Yo te he hablado. Todavía con piedad. Mira. No estamos en verano.

Por la ventana entra la brisa fresca del atardecer, y obstante, sudo como si hubiera bregado en el más rudo de los trabajos. ¿Pero no te das cuenta de lo que me cuestas?, ¿de lo que eres? ¿Quieres que te aleje de mí? No. Nunca. Cuando uno se está ahogando es asesino el otro que lo deja abandonado. Tú te encuentras entre dos fuerzas que te atraen: Yo y Satanás. Pero, si te dejo, al único que tendrás será a él. ¿Cómo te salvarás entonces? Y, a pesar de todo, tú me dejarás… Ya me has dejado con tu espíritu… Bien, pues Yo, de todas formas, retengo junto a mí la crisálida de Judas. Tu cuerpo desprovisto de la voluntad de amarme, tu cuerpo inerte en orden al Bien. Lo retengo mientras tú no exijas incluso esta nada que son tus despojos para reunirla con el espíritu y pecar con todo tu ser…

¡Judas!… ¿No me hablas, Judas? ¿No tienes una palabra para tu Maestro? ¿No tienes nada que suplicarme? No exijo que me digas: “¡Perdón!”. Demasiadas veces te he perdonado, sin resultado. Sé que esa palabra es un sonido en tus labios; sé que no es un movimiento del espíritu contrito. Yo quisiera un movimiento de tu corazón. ¿Estás tan muerto que ya no tienes ni deseo? ¡Habla! ¿Tienes miedo de Mí? ¡Oh, si tuvieras miedo!, ¡al menos miedo!

Pero no me temes. Si tuvieras temor de mí, te diría las palabras de aquel lejano día en que hablamos de tentaciones y pecados: "Yo te digo que incluso después del Delito de los delitos, si el culpable corriera a echarse a los pies de Dios con verdadero arrepentimiento y, llorando, le suplicara que lo perdonase ofreciéndose con confianza a expiar, sin desesperarse, Dios lo perdonaría, y, a través de la expiación, el culpable salvaría todavía su espíritu". De todas formas, Judas, aunque tú no me temas Yo te sigo amando. ¿No tienes nada que pedir en esta hora a mi amor infinito?

-No. O, como mucho, una cosa; que le impongas a Juan que no hable. ¿Cómo crees que podré expiar, si soy un oprobio en medio de vosotros? -Lo dice con arrogancia.

Y Jesús le contesta:

-¿Y lo dices así? Juan no hablará. Pero tú al menos -y esto soy Yo el que te lo pide-actúa de forma que esta desventura tuya no se manifieste en nada. Recoge esas monedas y mételas otra vez en la bolsa de Juana… Voy a tratar de cerrar el arca…
con el hierro que has usado tú para abrirla…

Y mientras Judas, de mala gana, recoge las monedas que han rodado por todas partes, Jesús se apoya en el arca abierta, como cansado. La luz merma en la habitación, pero no tanto como para no permitir ver que Jesús llora quedo mientras mira al apóstol, que está agachado recogiendo las monedas esparcidas.

Judas termina. Va al arca. Toma la amplia, pesada bolsa de Juana y mete las monedas; la cierra y dice:

-¡Pues ya está! -y se aparta.

Jesús alarga la mano para coger la rudimentaria ganzúa fabricada por Judas, y con mano temblorosa hace saltar el resorte y cierra el arca. Luego pone el hierro contra la rodilla y lo dobla en forma de uve y con el pie termina de apretarlo, de forma que lo deja inservible; luego lo recoge y se lo esconde en el pecho (al hacer esto, unas lágrimas caen en el lino de la túnica).

Judas, por fin, hace un gesto de autorreconocimiento: se tapa la cara con las manos y rompe a llorar, diciendo:

-¡Soy un maldito! ¡Soy el oprobio de la Tierra!
-¡Eres el desventurado eterno! ¡Y pensar que, si quisieras, podrías ser todavía dichoso!

-¡Júrame! Júrame que ninguno sabrá nada… y yo te juro que me redimiré -grita Judas.

-No digas: "y yo me redimiré". Tú no puedes. Sólo Yo puedo redimirte. El que antes hablaba por tus labios sólo puede ser vencido por mí. Dime las palabras de la humildad:

"¡Señor, sálvame!", y Yo te liberaré del que te domina.

¿No comprendes que espero más estas palabras que el beso de mi Madre?

Judas llora, llora, pero no dice estas palabras.

-Ve. Sal de aquí. Sube a la terraza. Ve donde quieras, pero no montes escenas espectaculares. Márchate. Márchate. Ninguno te va descubrir porque Yo estaré atento. Desde mañana tendrás el dinero. Ya todo es inútil.

Judas sale sin replicar. Jesús, solo ahora, se deja caer sobre un asiento que está junto a la mesa y cruzados los brazos y apoyados en la mesa, apoyada la cabeza encima de los brazos, llora angustiosamente.

Pasados unos minutos, entra despacio Juan. Se queda un momento en el umbral de la puerta. Luego corre hasta Jesús y lo abraza suplicando:

-¡No llores, Maestro! ¡No llores! Yo te quiero… Incluso por ese desdichado…

Lo levanta, lo besa, bebe el llanto de Dios y, a su vez, llora.

Jesús lo abraza. Las dos cabezas rubias, la una junto a la otra se intercambian lágrimas y besos. Pero Jesús pronto se sobrepone y dice:

-Juan, por amor a mí, olvida todo esto. Lo quiero.

-Sí, mi Señor. Trataré de hacerlo. Pero Tú deja de sufrir… ¡Ah, qué dolor! Y me ha hecho pecar, mi Señor.

He mentido. He tenido que mentir porque han vuelto las discípulas. No. Antes los de la mujer: te buscaban para bendecirte: ha nacido felizmente un niño varón. He dicho que habías vuelto al monte… Luego han venido las mujeres y he vuelto a mentir diciendo que estabas fuera y que quizás estabas en la casa donde había nacido el niño… No he encontrado otra cosa que decir. ¡Estaba tan desconcertado! Tu Madre ha visto que había llorado, y me ha preguntado: "¿Qué te sucede, Juan?". Estaba inquieta…

Parecía como si supiera lo que sucedía. He mentido por tercera vez, diciendo: "Me he emocionado por esa mujer…". ¡A tanto puede llevar la cercanía con el pecador! A la mentira… Absuélveme, Jesús mío.

-Queda en paz. Cancela todo recuerdo de esta hora. Nada. Nada ha ocurrido… Un sueño…
-¡Pero se trata de tu dolor! ¡Oh, qué cambiado se te ve, Maestro! Dime esto, sólo esto: ¿Judas se ha arrepentido, al menos?
-¿Y quién puede entender a Judas, hijo mío?
-Ninguno de nosotros. Pero Tú sí.
Jesús no responde sino con nuevas lágrimas silenciosas en su cansado rostro.
-¡Ah, no se ha arrepentido!… -Juan está estremecido.

-¿Dónde está ahora? ¿Lo has visto?

Sí. Se ha asomado a la terraza, ha mirado para ver si había alguien y, viendo que estaba yo solo sentado y afligido bajo la higuera, ha bajado corriendo y ha salido por la portezuela del huerto. Entonces he venido…

-Has hecho bien. Vamos a poner en su sitio aquí los asientos descolocados. Y recoge el ánfora. Que no haya señales…

-¿Ha entablado pelea contigo?
-No, Juan. No.

Maestro, estás demasiado afectado por lo sucedido como para quedarte aquí; tu Madre comprendería… y sufriría.

-Es verdad. Vamos a salir… Dale la llave a la vecina. Yo me voy adelantar, por la orilla del torrente, hacia el monte…

Jesús sale y Juan se queda para poner todo en orden. Luego sale también. Da la llave a una mujer que tiene la casa cerca y, corriendo se adentra entre los matorrales de la orilla para no ser visto.

A unos cien metros de la casa está Jesús, sentado en una voluminosa piedra. Al oír los pasos del apóstol, se vuelve. El blancor de su cara resalta en la luz del anochecer. Juan se sienta en la tierra, a su lado, y pone la cabeza en el regazo de Jesús, y alza la cara para mirarlo. Ve que en las mejillas de Jesús hay llanto todavía.

-¡No sufras más! ¡No sufras más, Maestro! ¡No puedo verte sufrir!

-¿Puedo, acaso, no sufrir por esto? ¡Es mi mayor dolor! ¡Recuerda. Juan, que éste será para siempre mi mayor dolor! Tú no puedes todavía comprender todo… Mi mayor dolor… -Jesús está abatido. Juan lo tiene abrazado por la cintura, angustiado de no poderlo consolar.
Jesús alza la cabeza, abre los ojos -los tenía cerrados para contener el llanto-y dice:

-Recuerda que tres lo sabemos: el culpable, Yo y tú. Y que nadie más debe saberlo.

-Nadie lo sabrá de mis labios. Pero ¿cómo ha sido capaz de eso? Mientras cogía dinero de la bolsa común… ¡Pero llegar a esto! Cuando he visto eso, he pensado que yo había perdido el juicio… ¡Qué horror!

-Te he dicho que olvides… -Me estoy esforzando, Maestro. Pero es demasiado horrible. -Es horrible. Sí. ¡Juan! ¡Juan!

Y Jesús, abrazando al Predilecto, apoya en su hombro la cabeza, y llora todo su dolor. Las sombras, que descienden rápidas a esa espesura, esfuman entre sus tinieblas a los dos abrazados.

566- En Efraím el día de la llegada de la Madre de Jesús con Lázaro y las discípulas

En la casa de María de Jacob ya están levantados, aunque apenas raya el alba. Yo diría que es sábado porque veo que están también los apóstoles, quienes normalmente están en misión.

En la casa hay un intenso movimiento de preparación de fuegos y agua caliente. A María la ayudan a cribar harina y a amasarla para hacer pan.

La ancianita está muy inquieta-una inquietud de niña-y, mientras diligentemente trabaja, pregunta a éste o a aquél:

-¿Es hoy, no? ¿Los otros lugares están preparados? ¿Estáis seguros de que no son más de siete?

Le responde por todos Pedro, que está desollando a un cordero para prepararlo para ser guisado:

-Debían estar aquí antes del sábado, pero quizás las mujeres no estaban preparadas todavía y por eso se han retrasado. Pero hoy seguro que llegan. ¡Ah, esto me pone contento! ¿El Maestro ha salido? A lo mejor ha ido a su encuentro…

-Sí. Ha salido con Juan y Samuel en dirección al camino de la Samaria central -responde Bartolomé, saliendo con un ánfora colmada de agua hirviendo.

-Entonces podemos estar seguros de que llegan. Él sabe siempre todas las cosas -profesa Andrés.

-Yo quisiera saber por qué te ríes así. ¿Qué tiene de gracioso el que hable mi hermano? -pregunta Pedro, que ha advertido la risita de Judas, ocioso en un rincón.

-No me río por tu hermano. Todos estáis contentos. Yo también puedo estarlo y reírme incluso sin motivo.
Pedro lo mira con expresión clara, pero vuelve al trabajo que estaba haciendo.

-¡Mirad! He conseguido encontrar una rama de árbol en flor. No es almendro, como quería; pero Ella, ahora que ha terminado de florecer el almendro, tiene otras ramas, así que aceptará esta mía – dice Judas Tadeo, que regresa goteando rocío como si viniera de los bosques, y con un haz de ramas florecidas: un milagro de candor aljofarado de rocío que parece transmitir claridad y belleza a la cocina.

-¡Qué bonitas! ¿Dónde las has encontrado?

-En el huerto de Noemí. Sabía que era tardío por la orientación hacia tramontana, que lo tiene retrasado. Y he subido allí.

-¡Por eso pareces tú también un árbol del bosque! Las gotas de rocío te brillan en el pelo y te han mojado la túnica.

-El sendero estaba húmedo como si hubiera llovido. Ya se dan los rocíos abundantes de los meses más bonitos.
Judas Tadeo se marcha con sus flores y, al cabo de un rato, llama a su hermano para que le ayude a colocarlas.
-Voy yo, que entiendo de eso. Mujer, ¿no tienes alguna ánfora de cuello alto, si es posible de tierra roja? -dice Tomás.

-Tengo lo que buscas y también otros recipientes… Los que usaba en los días de fiesta… para las bodas de mis hijos o en otras ocasiones importantes. Si esperas un momento a que meta estas tortas en el horno, voy a abrirte el baúl donde están guardadas las cosas buenas… ¡pocas ya, después de tantas desventuras! Pero he conservado algunas para… recordar… y sufrir porque, aunque sean recuerdos de alegría, ahora hacen llorar porque recuerdan lo que ha terminado.

-Entonces hubiera sido mejor que no te las hubiera pedido nadie ¡Total! No quisiera que nos sucediera como en Nobe: tantos preparativos para nada… -dice Judas Iscariote.

-¿Si te digo que nos ha advertido un grupo de discípulos? ¿Qué crees?, ¿que lo han soñado? Han hablado con Lázaro.

Los ha enviado por delante de propósito. Venían aquí a avisar que antes del sábado estaría aquí la Madre con el carro de Lázaro, y Lázaro y las discípulas…
-De momento no han venido…

-Vosotros que habéis visto a ese hombre: ¿no da miedo? -pregunta la ancianita mientras se seca las manos en el mandil tras haber confiado sus tortas a Santiago de Zebedeo y Andrés, que las llevan al horno.
-¿Miedo? ¿Por qué?

-¡Un hombre que vuelve de estar con los muertos!
Está toda nerviosa.

-Cálmate, madre. Es en todo como nosotros -la tranquiliza Santiago de Alfeo.

-Más bien estáte atenta al palique con las otras mujeres. No sea que vayamos a tener a toda Efraím aquí dentro dando la lata – dice imperiosamente Judas Iscariote.

-Desde que estáis aquí no he tenido conversaciones imprudentes. Ni con los de la ciudad ni con los peregrinos. He preferido pasar por necia antes que aparentar saber las cosas, para no crear dificultades al Maestro y perjudicarlo. Y sabré callar también hoy. Ven, Tomás… -y sale para ir a sacar sus tesoros escondidos.

-Esa mujer está asustada pensando que va a ver a un resucitado -dice Judas Iscariote, y se ríe irónicamente.

-No es la única. Me han dicho los discípulos que en Nazaret estaban todos inquietos, y lo mismo en Caná y en Tiberíades. Uno que vuelve de la muerte después de cuatro días de sepulcro no se encuentra tan fácilmente como las margaritas en primavera. ¡Bien pálidos estábamos nosotros también, cuando salió del sepulcro! Pero, en vez de estar ahí haciendo comentarios inútiles, ¿no podrías trabajar?

Todos estamos trabajando, y hay todavía mucho que hacer… Hoy que se puede hacer, ve al mercado y compra lo que se necesite Lo que hemos traído nosotros no es suficiente ahora que vienen ellas, y no nos daba tiempo a volver a la ciudad para hacer compras; nos habría detenido en el sitio en que estábamos la puesta del Sol.

Judas llama a Mateo, que está volviendo a la cocina todo aseado, y los dos salen.
Vuelve a la cocina también el Zelote, también él ya en perfecto orden respecto al vestido. Dice:
-¡Este Tomás! Es verdaderamente un artista. Con nada ha decorado la habitación como para un banquete bodas. Id a ver.

Todos menos Pedro, que está terminando su operación, van inmediatamente a ver. Pedro dice:

-Estoy suspirando por verlos aquí. Quizás venga también Margziam. Dentro de un mes estamos en Pascua. Ya habrá salido de Cafarnaúm o Betsaida.

-Estoy contento de que venga María. Por el Maestro. Lo confortará más que todos los demás. Y necesita ser confortado -le responde Zelote.

-Mucho. Pero ¿te has dado cuenta de lo triste que está también Juan? Le he preguntado, pero ha sido inútil; dentro de su dulzura, tiene más firmeza que todos nosotros y, si no quiere, nada le hace hablar. Pero estoy seguro de que sabe algo. Y parece la sombra del Maestro. Lo sigue siempre. Lo mira siempre. Y cuando no ve que alguno observa -porque, si lo ve, entonces responde a tu mirada con esa sonrisa suya que amansaría hasta a un tigre-, cuando no se ve observado, su cara se pone tristísima.

Intenta preguntarle tú. Te quiere mucho. Y sabe que eres más prudente que yo…

-¡No, eso no! Tú te has hecho un ejemplo de prudencia para todos nosotros. Ya no se reconoce en ti al Simón de otros tiempos. Eres verdaderamente esa piedra que, dura y sólidamente escuadrada, nos sostiene a todos nosotros.
-¡Venga, hombre, no digas eso! Yo soy un pobre hombre. Bueno, claro… estando con Él tantos años uno se hace un poco como Él. Un poco… muy poco, pero ya muy distinto de como uno era antes. Todos nos hemos… no, no todos, por desgracia. Judas sigue siendo igual, lo mismo aquí que en Agua Especiosa…

-¡Dios lo quiera, que sea igual! -¿Qué? ¿Qué quieres decir?
-Nada y todo, Simón de Jonás. Si el Maestro me oyera, me diría: “No juzgues". Pero esto no es juzgar, es temer.
Temo que Judas sea peor que cuando estábamos en Agua Especiosa.

-Ya de por sí lo es, aún en el caso de que sea ahora como entonces. Lo es porque debía haber cambiado mucho, crecido en justicia, y, sin embargo, es siempre igual. Tiene, pues, en su corazón el pecado de acidia espiritual, que entonces no tenía. Porque al principio… loco sí, pero lleno de buena voluntad… Dime una cosa: ¿qué te dice el que e1 Maestro haya decidido mandar con nosotros a Samuel y reunir a todos los discípulos, todos los que puedan reunirse en Jericó, para la neomenia de Nisán? Antes había dicho que ese hombre se iba a quedar aquí… y antes también nos había prohibido decir dónde estaba Él. Yo tengo sospechas…

-No. Yo veo las cosas claras y lógicas. A estas alturas -sin saber ni por quién ni cómo ha sido divulgada-toda Palestina tiene noticia de que el Maestro está aquí. Ya ves que han venido peregrinos y discípulos de lugares tan separados como Quedes y Engadí, Joppe y Bosra. Por tanto, es inútil seguir conservando el secreto. Además, la Pascua se acerca y está claro que el Maestro quiere tener consigo a los discípulos para su regreso a Jerusalén. El Sanedrín dice, ya lo has oído, que está derrotado y ha perdido a todos los discípulos; y Él le responde entrando en la ciudad a la cabeza de ellos…

-¡Tengo miedo, Simón! Mucho miedo… ¿Ya has oído, no? Todos, incluso los herodianos, se han unido contra Él…
-¡Ya! ¡Que Dios nos ayude!…
-¿Y por qué manda con nosotros a Samuel?
-Sin lugar a dudas, para prepararlo para su misión. No veo motivo de inquietud… ¡Llaman! ¡Tienen que ser las discípulas!…

Pedro se quita el ensangrentado mandil y, corriendo, sigue al Zelote, que presurosamente ha ido hacia la puerta de casa. Aparecen por las distintas puertas los otros que están en casa, y todos gritan:
-¡Ahí están! ¡Son ellas!

Pero, cuando se abre la puerta, se quedan tan claramente desencantados al ver a Elisa y a Nique, que las dos discípulas preguntan:
-¿Pero ha sucedido algo?

-¡No! ¡No! Es que… creíamos que fuera la Madre y las discípulas galileas… -dice Pedro.

-¡Ah!, y os habéis llevado un chasco. Nosotras, sin embargo, estamos muy contentas de veros y de saber que está para llegar María -dice Elisa.

-Un chasco, no… ¡Bueno, desilusionados! ¡Pero, venid! ¡Entrad!. Paz a las buenas hermanas -saluda por todos Judas Tadeo.

-También a vosotros. ¿El Maestro no está?
-Ha salido con Juan al encuentro de María. Se sabe que viene por el camino de Siquem en el carro de Lázaro -explica el Zelote. Entran en casa mientras Andrés se ocupa del burrito de Elisa. Nique ha venido a pie.

Hablan de lo que sucede en Jerusalén, preguntan por los amigos y discípulos… por Analía, María y Marta, el anciano Juan de Nobe, José, Nicodemo… por muchos otros. La ausencia de Judas Iscariote permite que hablen en paz y abiertamente.

Es más, Elisa, mujer anciana y de experiencia, y que estuvo en los tiempos de Nobe en contacto con Judas y que ya lo conoce muy bien, y que «lo ama sólo por amor a Dios», como dice abiertamente, se informa de si no está en casa, no unido a los otros por algún capricho, y sólo cuando sabe que está fuera para las compras habla de lo que sabe. Dice:

-En Jerusalén parece todo calmado; es más, ya no se hacen preguntas a los discípulos conocidos. Se comenta que eso es así porque Pilato ha hablado enérgicamente a los del Sanedrín, recordándoles que la justicia en Palestina la ejercita sólo él, y que, por tanto, dejen ya ese asunto.

-Pero también -observa Nique -se dice -y es precisamente Manahén el que lo dice, y con él otros, o mejor dicho, otras, porque la otra voz es Valeria-que Pilato está verdaderamente tan cansado de estos disturbios que tienen agitado al país y que pueden causarle problemas, e incluso impresionado por la insistencia con que los judíos le insinúan que Jesús lo que quiere es proclamarse rey, que, si no fuera por los informes concordantes y favorables de los centuriones, y, sobre todo, por las presiones de su mujer, acabaría por castigar al Cristo, por ejemplo con el destierro, con tal de quitarse ya de encima estos problemas.

-¡Sólo faltaría eso! ¡Y es capaz de hacerlo! ¡Muy capaz! Es el más leve de los castigos romanos, y el más usado después de la flagelación. ¿Pero os lo imagináis? Jesús solo, ¿quién sabe en qué lugar? Y nosotros desperdigados… -dice el Zelote.

-¡Ya, ya! ¡Desperdigados! Eso lo dices tú. A mí no me desperdigan. Voy detrás de Él… -dice Pedro.

-¡Simón! ¡Simón! ¿Eres tan ingenuo como para pensar que te dejarían? Te atan como a un galeote y te llevan a donde quieran ellos; a lo mejor incluso a las galeras, o a una de sus prisiones, y no puedes seguir al Maestro -le dice Bartolomé.

Pedro se alborota el pelo, inseguro, descorazonado.

-Se lo diremos a Lázaro. Lázaro irá abiertamente donde Pilato, que, sin duda, lo recibirá con mucho gusto, porque a estos gentiles les gusta ver seres extraordinarios… -dice el Zelote.

-¡Habrá ido a verlo antes de salir y ya Pilato no tendrá deseos de recibirlo de nuevo! -dice Pedro abatido.
-Entonces irá como hijo de Teófilo. O acompañará a su hermana María a ver a las damas. Eran amigas cuando… bueno, en fin, cuando María era pecadora…

-¿Sabéis que Valeria, después de que su marido se ha divorciado de ella, se ha hecho prosélita? Valeria ha tomado una decisión seria. Lleva una vida de mujer justa que es un ejemplo para muchos de nosotros. Ha emancipado a sus esclavos y los instruye a todos en orden al verdadero Dios. Había tomado una casa en Sión. Pero, ahora que Claudia ha venido, ha vuelto donde ella…

-¿Entonces?…

-No. A mí me ha dicho: "En cuanto venga Juana, voy con ella. Pero ahora quiero convencer a Claudia"… Parece que Claudia no logra superar el límite suyo en orden a creer en Cristo; para ella es un sabio, nada más… Incluso parece que, antes de ir a la ciudad, se hubiera intranquilizado bastante por las voces que corrían y que, escéptica, hubiera dicho:

"Es un hombre como nuestros filósofos, y no de los mejores, porque su palabra no corresponde con su vida", y parece que ha tenido unos… unas… en definitiva que se haya permitido una serie de cosas que antes había abandonado -dice Nique.

-Era de esperar. ¡Almas paganas! ¡Mmm! Una buena puede haberla… ¡Pero las otras!… ¡Inmundicias! ¡Inmundicias! ­sentencia Bartolomé.

-¿Y José? -pregunta Judas Tadeo.

-¿Quién? ¿El de Seforí? ¡Tiene un miedo! ¡Ah! Ha estado vuestro hermano José. Llegó y se marchó enseguida, pero pasando por Betania para decir a las hermanas que a toda costa le impidan al Maestro ir a la ciudad y quedarse allí.

Yo estaba allí y lo oí. Así supe también que José de Seforí ha tenido muchos problemas y ahora tiene mucho miedo. Vuestro hermano le ha encargado de que esté al corriente de los complots que se traman en el Templo. Ese hombre de Seforí lo puede saber por medio de ese pariente que es marido no se si de la hermana o de la hija de la hermana de su mujer, y que tiene unos cometidos en el Templo -dice Elisa.

-¡Cuántos miedos! Ahora, cuando vayamos a Jerusalén, quiero mandar a mi hermano a casa de Anás. Podría ir también yo porque también yo conozco bien a ese viejo zorro. Pero Juan sabe hacer mejor las cosas. Y Anás lo apreciaba mucho, entonces, cuando escuchábamos las palabras de ese viejo lobo… ¡creyendo que era un cordero!

Le mandaré a Juan, que sabrá soportar incluso improperios sin reaccionar. Yo… si me pronunciara maldiciones contra el Maestro, o sólo con que las pronunciara contra mí porque lo sigo, le saltaría al cuello, lo atraparía y apretaría ese viejo cuerpajo como si estuviera escurriendo una red. ¡Le haría vomitar esa alma torva que tiene dentro! ¡Aunque tuviera a su alrededor a todos los soldados del Templo y a los sacerdotes!

-¡Si te oyera el Maestro hablar así! -dice escandalizado Andrés.

-¡Lo digo precisamente porque no está!
-¡Tienes razón! No eres el único que tiene ciertos deseos.

¡Yo también los tengo! -dice Pedro.
-Y yo también, y no sólo respecto a Anás -dice Judas Tadeo.

-Si es por eso… a muchos les encendería yo el pelo. Tengo una lista larga… Esos tres carcamales de Cafarnaúm excluyo al fariseo Simón, porque parece pasablemente bueno-, esos dos lobos de Esdrelón y ese viejo montón de huesos de Cananías, y luego… bueno, una degollina, os digo que una degollina en Jerusalén, y el primero de todos Elquías.

¡Me tienen ya hasta la coronilla todas esas serpientes apostadas al acecho! -Pedro está furioso.
Judas Tadeo, diciéndolo con calma, pero aún más impresionante, con esa calma suya glacial, que si estuviera furioso como Pedro, dice:

-Y yo te ayudaría. Pero… quizás empezaría por eliminar las serpientes que están cercanas.
-¿Quién? ¿Samuel?

-¡No, no! No tenemos cerca sólo a Samuel. ¡Hay muchos que muestran una cara y tienen un alma distinta de la cara que muestran! Yo no los pierdo de vista. Nunca. Quiero estar seguro antes de actuar. ¡Pero cuando lo esté…! La sangre de David es caliente, y también la de Galilea. Las dos, por línea paterna y por línea materna, están en mí.
-¡Si llega el caso, me lo dices, eh! Que te ayudo… -dice Pedro.

-No. La venganza de la sangre corresponde a los parientes.

A mí me corresponde.

-¡Pero hijos! ¡Hijos! ¡No habléis así! ¡No es eso lo que enseña el Maestro! ¡Parecéis cachorros de león furiosos, en vez de ser los corderos del Cordero! Abandonad tanto espíritu de venganza. ¡Han quedado muy atrás ya los tiempos de David! Cristo anula la ley de la sangre y del talión.

Él deja los diez mandamientos inmutables, pero abroga las otras duras leyes mosaicas. De Moisés quedan las prescripciones de piedad, humanidad y justicia, compendiados y perfeccionados por nuestro Jesús en su mayor mandamiento:

“Amar a Dios con todo el ser, amar al prójimo como a nosotros mismos, perdonar al que ofende, dar amor a quien nos odia". ¡Oh, perdonad si yo siendo mujer me he atrevido a enseñar a mis hermanos, y mayores que yo! Pero soy una madre anciana. Y una madre puede hablar siempre. ¡Creedlo, hijos míos!

Si vosotros mismos convocáis a Satanás odiando a los enemigos, teniendo deseos de venganza, Satanás entrará en vosotros y os corromperá. Satanás no es una fuerza. Creedlo. Fuerza es Dios. Satanás es debilidad, es peso, es entumecimiento. No sabríais ya ni mover un dedo, no sólo contra los enemigos, sino tampoco para ofrecer una caricia a nuestro afligido Jesús, si el odio y la venganza os encadenaran.

¡Ánimo, hijos! Todos hijos, incluso vosotros, los que tenéis mis años, y quizás más. Todos hijos para una mujer que os quiere, para una madre que ha vuelto a encontrar la alegría de ser madre amándoos como a hijos a todos. No me hagáis de nuevo una mujer angustiada por haber perdido otra vez a mis hijos amados, y para siempre; porque, si morís con el odio o el delito, muertos estaréis para toda la eternidad y no podremos reunirnos arriba, jubilosos, en torno a nuestro común amor: Jesús.

Prometedme aquí, enseguida, a mí, que os lo suplico, a una pobre mujer, a una pobre mamá, que no volveréis a tener nunca estos pensamientos. ¡Oh, hasta os afean la cara! ¡Me parecéis desconocidos, distintos! ¡Qué feos os pone el rencor! ¡Tan dulces como erais! ¿Qué está sucediendo?

¡Escuchadme! María os diría las mismas palabras. Con más fuerza porque Ella es María. Pero mejor es que Ella no conozca todo el dolor… ¡Oh pobre Madre! ¿Qué está sucediendo? ¿Tengo que pensar, entonces que ya surge la hora de las tinieblas, la hora que se tragará a todos, la hora en que Satanás será rey en todos, menos en el Santo, y descarriará incluso a los santos, incluso a vosotros, haciéndoos cobardes, perjuros, crueles como es él? ¡Oh, hasta ahora había tenido siempre esperanza! Siempre he dicho:

"Los hombres no prevalecerán contra Cristo". ¡Pero ahora!… ¡Ahora, por primera vez, temo y tiemblo! Sobre este cielo sereno de Adar veo alargarse invasora la gran Tiniebla que se llama Lucifer, y entenebreceros a todos y esparcir venenos que os enferman. ¡Oh, tengo miedo!
Elisa, que ya desde hacía un rato lloraba aunque sin estremecimientos, se abandona ahora, apoyada la cabeza en la mesa junto a la cual está sentada, y solloza dolorosamente.

Los apóstoles se miran unos a otros. Luego, afligidos, tratan de consolarla. Pero ella no quiere consuelos, y lo dice:

-Uno, uno sólo me vale: vuestra promesa. ¡Por vuestro bien! Porque Jesús no tenga entre sus dolores éste, el mayor: el de veros condenados a vosotros, sus predilectos.

-¡Sí, Elisa, si esto es lo que quieres! ¡No llores, mujer! Te lo prometemos. Escucha. No vamos a alzar ni un dedo contra ninguno, no vamos ni siquiera a mirar, para no ver.

¡No llores! ¡No llores! Perdonaremos a quienes nos ofenden. ¡Amaremos a quienes nos odia! ¡Ánimo! No llores.
Elisa alza su rugoso rostro, brillante por el llanto, y dice:

-¡Recordad que me lo habéis prometido! ¡Repetidlo!
-Te lo prometemos, mujer.

-¡Amados hijos míos! ¡Ahora sí me agradáis! Os reconozco como buenos. Ahora que se ha calmado mi angustia, ahora que habéis abandonado esa levadura amarga y habéis vuelto a ser puros como antes, vamos a preparar las cosas para recibir a María. ¿Qué hay que hacer? -dice mientras termina de secarse los ojos.

-La verdad es que… ya lo habíamos hecho nosotros. Como hombres. Pero María de Jacob nos ha ayudado. Es una samaritana, pero muy buena. Ahora la verás. Está en el horno cuidando del pan. Está sola. Los hijos muertos u olvidados de ella, los bienes esfumados, y, no obstante, no guarda rencores…

-¿Lo veis? ¿Veis como, incluso entre los paganos y samaritanos, hay quien sabe perdonar? ¡Y debe ser terrible, ¡eh?, ¿lo sabéis?, tener que perdonar a un hijo!

¡Ah! ¿Estáis seguros de que Judas no está?

-Si no se ha transformado en pájaro, no puede estar, porque las ventanas están abiertas pero, menos ésta, todas las puertas están cerradas.

-Entonces… Estuvo en Jerusalén María de Simón, con su pariente. Fue para ofrecer sacrificios en el Templo. Luego vino donde nosotras. Parece una mártir. ¡Qué afligida está! Me preguntó, a todas nos preguntó, si sabíamos algo de su hijo, si estaba con el Maestro, si había estado siempre con Él.

-¿Qué le sucede a esa mujer? -pregunta, asombrado, Andrés.
-Pues… su hijo. ¿No te parece suficiente? -pregunta Judas Tadeo.

-Yo la conforté. Quiso volver con nosotras al Templo. Fuimos todas juntas a orar… Luego se marchó, pero todavía con su pesar. Le dije: "Si te quedas con nosotras, dentro de poco vamos donde el Maestro. Allí está tu hijo". Ella sabía ya que Jesús estaba aquí. Se ha oído hasta en los confines de Palestina. Me dijo: "¡No, no! El Maestro me dijo que no estuviera en Jerusalén para la primavera.

Yo obedezco. Pero he querido, antes del tiempo de su regreso, subir al Templo. Tengo mucha necesidad de Dios". Y dijo una extraña frase… Dijo: "Soy inculpable, pero, tanta es mi tortura, que el infierno está dentro de mí y yo dentro de él"… Mucho la preguntamos, pero no quiso expresarse más, ni sobre sus torturas ni sobre las razones de la prohibición de Jesús. Nos pidió que no dijéramos nada ni a Jesús ni a Judas.

-¡Pobre mujer! ¿Entonces para Pascua no estará? -pregunta Tomás.
-No estará.

-¡En fin… si Jesús se lo ha impuesto, sus motivos tendrá!… ¿Habéis oído, no? ¡En todas partes se sabe que Jesús está aquí! ¡Pero en todas! -dice Pedro.
-Sí. Y quienes lo decían convocaban en su nombre para una sublevación "contra los tiranos". Esto decían algunos; otros, que está aquí porque se ha visto desenmascarado…
-¡Siempre las mismas razones! ¡Deben haber gastado todo el oro del Templo para enviar a todas partes a esos… siervos suyos! -observa Andrés.

Unos golpes en la puerta.

-¡Están aquí! -dicen, y van rápidamente a abrir.
Sin embargo, es Judas con sus compras. Mateo lo sigue. Judas ve a Elisa y a Nique y las saluda. Pregunta:
-¿Estáis solas?
-Solas. María no ha venido todavía.

-María no viene por las comarcas del sur, así que no puede estar con vosotras. Me refería a si no estaba Anastática.
-No. Se ha quedado en Betsur.

-¡Por qué? También ella es discípula. ¿No sabes que de aquí se irá a Jerusalén para la Pascua? Debía estar. ¡Si no son perfectos laS discípulas y los fieles, quién lo va a ser? ¿Quién va a formar e1 acompañamiento del Maestro para demostrar la inconsistencia de la leyenda de que todos le han abandonado?

-¡Si es por eso!… No será una pobre mujer la que colme los vacíos. Las rosas están bien entre las espinas y en los huertos cerrados. Yo soy madre para ella y así lo he impuesto.

-¿Entonces para Pascua no estará?
-No estará.
-¡Ya son dos! -exclama Pedro.
-¿Qué dices? ¿Quiénes dos? -pregunta Judas, siempre receloso.

-¡Nada, nada! Un cálculo mío. Se pueden contar muchas cosas, ¿no? Incluso las… moscas, por ejemplo, que se posan en mi cordero desollado.

Vuelve María de Jacob seguida de Samuel y Juan, que traen los panes sacados del horno. Elisa saluda a la mujer y también lo hace Nique. Y Elisa expresa unas palabras para que la mujer, enseguida -se sienta a gusto.
-Estás entre hermanas en el dolor, María. Yo, habiendo perdido a mi esposo y a mis hijos, estoy sola; y ésta es viuda Por tanto nos querremos, porque sólo quien ha llorado sabe comprender.

Pero, en esto, Pedro dice a Juan:
-¿Cómo estás aquí? ¿El Maestro?
-En el carro. Con su Madre. ¿Y no lo decías?

-No me has dado tiempo. Están todas. ¡Pero ya veréis qué desmejorada está María de Nazaret! Parece que han pasado por ella lustros. Dice Lázaro que se acongojó mucho cuando le dijo que Jesús estaba aquí refugiado.

-¿Por qué se lo ha dicho ese necio? Antes de morir era inteligente. Pero quizás en el sepulcro su cerebro se ha deshecho y no se ha rehecho luego. ¡Uno no está muerto sin quebranto!… -dice irónico y con desprecio Judas de Keriot.

-Nada de eso. Espera a saber para hablar. Lázaro de Betania se lo dijo a María ya de camino, al extrañarse Ella del camino que tomaba Lázaro -dice severo Samuel.

-Sí, cuando pasó la primera vez por Nazaret dijo sólo: "Te llevaré donde tu Hijo dentro de un mes". Y ni siquiera le dijo: "Vamos a Efraím" cuando estaban para partir, sino… -dice Juan.

-Todos saben que Jesús está aquí. ¿La única que no lo sabía era Ella? -pregunta -esto también groseramente-Judas, interrumpiendo a su compañero.

-María lo sabía, lo había oído decir. Pero, dado que por Palestina corre, fangoso, un río de diferentes embustes, Ella no recibía como verdadera ninguna noticia. Se consumía en el silencio, orando. Pero una vez en viaje y habiendo tomado Lázaro el camino que va a lo largo del río, para desorientar a los nazarenos y a todos los de Caná, Seforí, Belén de Galilea…

-¡Ah! ¿Está también Noemí con Mirta y Áurea? -pregunta Tomás.

-No. Jesús se lo ha prohibido. Esta orden la llevó Isaac cuando volvió a Galilea».

-Entonces… tampoco estas mujeres estarán con nosotros como el pasado año.
-No estarán con nosotros. ¡Y son tres!

-Tampoco nuestras mujeres e hijas. El Maestro se lo dijo a ellas mismas antes de dejar Galilea. Es más, lo repitió. Porque mi hija Mariana me dijo que Jesús lo había dicho ya desde la pasada Pascua.

-¡Bueno… muy bien! ¿Al menos está Juana? ¿Salomé? ¿María de Alfeo?
-Sí. Y Susana.

-Y también Margziam, claro… Pero ¿qué es ese ruido?
-¡Los carros! ¡Los carros! Y todos los nazarenos que no se han dado por vencidos y han seguido a Lázaro… y los de Caná… -responde Juan, echándose a la calle con los otros.

Abierta la puerta, un espectáculo tumultuoso se ha presentado ante la vista. Además de María, que está sentada junto a su Hijo y a las discípulas, además de Lázaro, además de Juana (que está en su carro junto con María y Matías, Ester y otros domésticos y el hombre de confianza, Jonatán), hay una multitud: caras conocidas, caras desconocidas: de Nazaret, Caná, Tiberíades, Naím, Endor. Y los samaritanos de todos los pueblos por que han pasado durante el viaje, y de otros cercanos. Y pasan inmediatamente delante de los carros, de forma que obstruyen el paso, tanto a quien quiere salir como a quien quiere entrar.

-¿Pero qué quieren éstos? ¿Por qué han venido? ¿Cómo lo han sabido?

-¡Hombre!, los de Nazaret estaban alerta y, cuando llegó Lázaro al anochecer para salir por la mañana, durante la noche fueron sin demora a los centros habitados cercanos.

Y lo mismo los de Caná, porque Lázaro había pasado para recoger a Susana y encontrarse con Juana. Y lo han seguido o precedido. Por ver a Jesús y por ver a Lázaro. Y también los de Samaria han tenido noticia y se han agregado. ¡Y aquí están todos!… -explica Juan.

-Di, tú que temías que el Maestro no tuviera acompañamiento. ¿Te parece suficiente? -dice Felipe a Judas Iscariote.

-Han venido por Lázaro…
-Dado que ya lo vieron se habrían podido marchar. Pero, sin embargo, han seguido hasta aquí. Señal de que hay también quien viene por el Maestro.

-Bueno. No digamos palabras inútiles. Más bien, vamos a tratar de abrir paso para que puedan entrar. ¡Ánimo, muchachos! ¡Para ponerse de nuevo en ejercicio! ¡Hace mucho que no damos codazos para abrir paso al Maestro! -y Pedro es el primero que se pone a abrir el surco entre la gente aclamadora o curiosa o devota o chismosa, según los casos.

Y, conseguido, ayudado por los otros y por muchos discípulos que, diseminados entre la multitud, tratan de reunirse con los apóstoles, mantiene vacío un espacio para que las mujeres puedan refugiarse en casa, y lo mismo Jesús y Lázaro, y luego cierra la puerta. El último en retirarse es él, y tranca con cerrojos y barras y manda a otros a cerrar por la parte del huerto.

-¡Por fin! ¡La paz sea contigo, María bendita! ¡Por fin te veo de nuevo! ¡Ahora todo es hermoso porque estás con nosotros! -saluda Pedro, haciendo una profunda reverencia ante María, una María de cara triste, pálida y cansada, un rostro ya de María Dolorosa.

-Sí, ahora todo es menos doloroso porque estoy aquí con Él.

-¡Te había asegurado que te estaba diciendo estrictamente la verdad! -dice Lázaro.

-Tienes razón… Pero para mí el Sol se oscureció y toda paz cesa cuando supe que mi Hijo estaba aquí… Comprendí… ¡Oh!

Otras lágrimas ruedan por las pálidas mejillas.
-¡No llores, Mamá mía! ¡No llores! Estaba aquí en medio de esta buena gente, y con otra María que es una madre…
Jesús la guía hacía un cuarto que da al huerto tranquilo.

Todos los siguen.
Lázaro se excusa:

-No he tenido más remedio que decirlo, porque Ella sabía el camino y no comprendía por qué tomaba ese otro. Creía que estaba conmigo en Betania… Y en Siquem también un hombre gritó: "¡También nosotros a Efraím a ver al Maestro!". No me ha sido posible excusa alguna… Esperaba también poder distanciar a esa gente partiendo de noche por caminos insólitos. Pero ¡ya, ya! Estaban de guardia en todas partes, y mientras un grupo me seguía el otro iba por los alrededores a avisar.

María de Jacob trae leche, miel, mantequilla y pan reciente, y ofrece todo, empezando por María; mira de soslayo a Lázaro, de abajo arriba, mitad curiosa mitad asustada, y su mano se estremece cuando, al ofrecer la leche a Lázaro le roza la mano, y su boca no retiene un

«¡oh!» cuando lo ve comer su torta como a todos.
Lázaro es el primero en reírse. Dice, afable, señorial y seguro, como todos los hombres de alta cuna:

-Sí, mujer. Como exactamente igual que tú, y me gusta tu pan y tu leche, y también tu lecho, porque como siento el hambre también siento el cansancio.
Se vuelve a todos y dice:

-Hay muchos que buscan alguna disculpa para tocarme, para sentir si soy carne y huesos, si tengo calor y respiro. Es una lata llevadera. Terminada mi misión, me clausuraré en Betania. A tu lado, Maestro, crearía demasiadas distracciones. He brillado, he testimoniado tu poder hasta en Siria. Ahora me oculto. Sólo Tú debes resplandecer en el cielo del milagro, en el cielo de Dios y en la presencia de los hombres.

María, mientras tanto, dice a la ancianita:
-Has sido buena con mi Hijo. Él me ha dicho cuánto. Deja que te bese para expresarte mi agradecimiento. No tengo nada con que pagarte, aparte de mi amor. Yo también soy pobre… y yo también puedo decir que ya no tengo hijo porque Él es de Dios y de su misión… Y así sea siempre porque santo y justo es todo lo que Dios quiere.
María se muestra dulce, pero ¡cuán quebrantada está ya!…

Todos los apóstoles la miran con compasión, tanto que se olvidan de los que afuera se agitan, y también de preguntar por los parientes lejanos. Pero Jesús dice:
-Subo a la terraza para despedir y bendecir a la gente.
Entonces Pedro reacciona y dice:

-¿Pero dónde está Margziam? He visto a todos los discípulos menos a él.
-No está Margziam -responde Salomé (la madre de Santiago y Juan).
-¿No está Margziam? ¿Por qué? ¿Está enfermo?
-No. Está bien. Y también tu mujer. Pero no está Margziam. Porque no lo ha dejado venir.

-¡Qué mujer más insensata! ¡Dentro de un mes es Pascua y Margziam tiene que venir, claro, para la Pascua! Hubiera podido ya ahora dejarlo venir y dar una alegría al hijo y a mí. Pero es más corta que una oveja para entender las cosas y…

-Juan y Simón de Jonás, y tú, Lázaro, con Simón Zelote, venid conmigo. Todos los demás quedaos aquí hasta que haya despedido a la gente separando de ella a los discípulos -ordena Jesús, y sale con los cuatro, cerrando tras sí la puerta.

Cruza el pasillo, la cocina, sale al huerto seguido por Pedro, que refunfuña, y por los otros. Pero antes de poner pie en la terraza se detiene en la pequeña escalera, se vuelve, pone una mano en el hombro de Pedro, que levanta su cara descontenta:

-Escúchame bien, Simón Pedro y deja de acusar y censurar a Porfiria. Ella es inocente. Obedece a una orden mía. Soy Yo el que mandé, antes de los Tabernáculos, que no dejara venir a Margziam a Judea…

-¡Pero la Pascua, Señor!
-Soy el Señor. Tú lo dices. Y, como Señor, puedo ordenar cualquier cosa, porque toda orden mía es justa. Por tanto, no te turbes con los escrúpulos. ¿Recuerdas lo que está escrito en los Números? “Si alguno de vuestra nación está contaminado por un muerto o realizando un viaje lejano, que celebre la Pascua del Señor el día catorce del segundo mes, al atardecer" (Números 9, 10-11).

-Pero Margziam no está impuro. Espero, al menos, que Porfiria no se vaya a morir precisamente ahora; y no está en viaje… -objeta Pedro.

-No importa. Yo quiero que sea así. Hay cosas que contaminan más que un cadáver. Margziam… no quiero que se contamine. Déjame actuar, Pedro. Yo sé las cosas. Sé capaz de obedecer como lo es tu mujer y el mismo Margziam.

Celebraremos con él la segunda Pascua, el catorce del segundo mes. Y así nos sentiremos felices entonces. Te lo prometo.

Pedro hace un gesto como para decir: «Resignémonos», pero no objeta nada.

El Zelote observa:
-¡Hace mucho que no sigues haciendo cuenta de los que no estarán para Pascua en la ciudad!
-Ya no tengo ganas de contar. Todo esto me da una cierta impresión… que me hiela… ¿Se puede decir a los otros?
-No. Intencionadamente os he llamado aparte.
-Entonces… yo también tengo algo que decir aparte a Lázaro.

-Dilo. Si puedo, te responderé -dice Lázaro.
-Bueno, aunque no me respondas a mí, no importa. Me basta con que vayas donde Pilato -la idea es de tu amigo Simón­y que, así, entre una y otra palabra, le saques qué es lo que piensa hacer respecto a Jesús, en bien o en mal…. Ya sabes… con arte… ¡Porque corren todo tipo de voces!…

-Lo haré. En cuanto llegue a Jerusalén. Pasaré por Betel y Ramá en vez de por Jericó, para ir a Betania. Me quedaré en el palacio de Sión e iré donde Pilato. Estáte tranquilo, Pedro, que seré hábil y sincero.

-Y perderás tiempo para nada, amigo. Porque Pilato -tú lo sabes como hombre; Yo, como Dios-no es sino una caña que se pliega por la parte opuesta al huracán, tratando de evitarlo. No es nunca insincero, porque siempre está convencido que querer hacer -y hace-lo que dice en ese momento.

Pero al momento siguiente, a causa de un silbo de borrasca que llega de otra parte, olvida -¡no es que falte a sus promesas y a su voluntad!-, olvida, sólo eso, olvida todo lo que quería antes. Lo olvida porque el silbo de una voluntad más fuerte que la suya le hace perder la memoria; soplando, le arrebata todos los pensamientos que otro silbo le había metido y le mete dentro los nuevos.

Y luego, por encima de todas las borrascas que con mil voces, desde la de su mujer, que le amenaza con separarse si no hace lo que ella quiere -y una vez separado de ella, adiós toda su fuerza, toda su protección ante el "divo" César, como ellos dicen aunque estén convencidos de que este César es más abyecto que ellos… Pero ellos saben ver la Idea en el hombre, es más, la Idea anula al hombre que la representa, y la Idea no se puede decir que sea abyecta porque todo ciudadano ama, es justo que ame a la Patria, que quiera su triunfo… y César es la Patria… así que… incluso un miserable es… un grande por lo que representa…

Pero no quería hablar de César, sino de Pilato-; decía, pues, que por encima de todas las voces, desde la de su mujer a la de las muchedumbres, está la voz -¡y qué voz!-de su yo. De ese yo pequeño del hombre pequeño, de ese yo ávido del hombre ávido, de ese yo orgulloso del hombre orgulloso.

Y esta pequeñez, esta avidez, este orgullo quieren reinar para hacerse grandes, para llenarse de dinero, para poder dominar a un montón de súbditos reverentes en actitud rendida.

El odio, por debajo, incuba, pero no lo ve el pequeño César llamado Pilato, nuestro pequeño César… Él ve sólo las espaldas curvas que fingen rendimiento y temor ante él, o sienten realmente una y otra cosa. Y por esta voz procelosa del yo él está dispuesto a todo. Digo: a todo.

Con tal de seguir siendo Poncio Pilato, el Procónsul, el servidor de César, el Dominador de una de las tantas regiones del Imperio. Y, por todo esto, aunque ahora sea mi defensor, mañana será mi juez, y, además, inexorable.

Siempre inestable es el pensamiento del hombre, y muy inestable cuando ese hombre se llama Poncio Pilato. Pero tú, Lázaro da esta satisfacción a Pedro si quieres… Si eso lo va a consolar…

-Consolar no, pero… hacer que esté más tranquilo, sí…
-Pues complace a nuestro buen Pedro y ve donde Pilato.

-Iré, Maestro. Pero has descrito al Procónsul como ningún historiador o filósofo habría podido hacer. ¡Es una descripción perfecta!

-De la misma manera, podría describir a cada hombre con su verdadera efigie: su carácter. Pero vamos donde éstos que están alborotados.

Sube los últimos escalones y se presenta. Alza los brazos y dice fuerte:

-Hombres de Galilea y de Samaria, discípulos y seguidores.

Vuestro amor, vuestro deseo de honrarme y de honrar a mi Madre y a mi amigo escoltando el carro de ellos me dice cuál es vuestro pensamiento. Por él no puedo sino bendeciros. Pero ahora volved a vuestras casas, a vuestros asuntos. Vosotros, los de Galilea, id y decid a los que se han quedado allí que Jesús de Nazaret los bendice. Hombres de Galilea, nos veremos para la Pascua en Jerusalén, donde entraré el día siguiente del sábado que precede a la Pascua.

Hombres de Samaria, idos también vosotros, y sabed no limitar vuestro amor por mí a seguirme y buscarme por los caminos de la Tierra, sino también por los del espíritu.

Id y que la Luz brille en vosotros. Discípulos del Maestro, separaos de los fieles y quedaos en Efraím para recibir mis instrucciones. Idos. Obedeced.

-¡Tiene razón! Lo estamos incomodando. ¡Quiere estar con su Madre! -gritan los discípulos y los nazarenos.

-Nos marchamos. Pero antes queremos su promesa de que va a venir a Siquem antes de la Pascua. ¡A Siquem! ¡A Siquem!

-Iré. Marchaos. Iré antes de subir para la Pascua a Jerusalén.

-¡No vayas! ¡No vayas! ¡Quédate con nosotros! ¡Con nosotros! ¡Te defenderemos! ¡Te haremos Rey y Pontífice! ¡Ellos te odian! ¡Nosotros te queremos! ¡Abajo los judíos! ¡Viva Jesús!

-¡Silencio! ¡No creéis alboroto! A mi Madre le hacen sufrir estos gritos que me pueden perjudicar más que una voz de maldición. No es todavía mi hora. Marchaos. Pasaré por Siquem.

Pero suprimid de vuestro corazón el pensamiento de que pueda, por una baja cobardía humana, no cumplir mi deber de israelita adorando al verdadero Dios en el único Templo en que puede ser adorado, y por una sacrílega rebelión contra la voluntad del Padre mío, no cumplir mi deber de Mesías, asumiendo una corona en otro lugar que no sea Jerusalén-donde seré ungido Rey universal según la palabra y la verdad vista por los grandes profetas.

-¡Abajo! ¡No hay otro profeta después de Moisés! Eres un iluso.

-Y vosotros también. ¿Sois acaso libres? No. ¿Cómo se llama Siquem? ¿Cuál es su nuevo nombre? Y como para ella, para muchas otras ciudades de Samaria, Judea, Galilea.

Porque la catapulta romana nos nivela a todos. ¿Se llama, acaso, Siquem? No. Neapoli se llama. Lo mismo que Bet-San se llama Escitópolis, y muchas otras ciudades que, o por voluntad de los romanos o de los vasallos aduladores, han tomado el nombre que el dominio o la adulación les han puesto. Y vosotros, individualmente, ¿pretendéis ser más que una ciudad, más que nuestros dominadores, más que Dios? No. Nada puede cambiar aquello que está destinado para salvación de todos. Yo sigo el camino derecho.

Seguidme, si queréis entrar conmigo en el Reino eterno.

Hace ademán de retirarse. Pero los samaritanos se alborotan tanto, que los galileos reaccionan. Y contemporánea y presurosamente salen de la casa, al huerto y luego escaleras arriba hasta la terraza, los que estaban en la casa. Aparece en primer lugar, de detrás de Jesús, el rostro pálido y triste, angustiado de María. Y la Madre lo abraza, y lo estrecha entre sus brazos, como queriendo defenderlo de las injurias que suben de abajo:

-¡Nos has traicionado! ¡Te has refugiado entre nosotros haciéndonos creer que nos apreciabas y luego nos desprecias! ¡Seremos más despreciados todavía, por tu culpa!-y otras cosas similares.

Se acercan a Jesús también las discípulas, los apóstoles y, la última, asustada, María de Jacob. Los gritos que llegan de abajo explican los orígenes del alboroto, orígenes lejanos pero seguros:

-¿Por qué nos has mandado, entonces, a tus discípulos para decirnos que te estaban persiguiendo?

-No he enviado a nadie. Ahí están los de Siquem. Que den la cara, ¿qué les dije a ellos un día en la montaña?
-Es verdad. Nos dijo que, hasta que se instaure el tiempo nuevo para todos, sólo puede haber adoradores en el Templo. Maestro, créenos, nosotros no somos culpables, sino éstos, engañados por los falsos enviados tuyos.

-Lo sé. Pero ahora marchaos. A Siquem iré de todas formas. No tengo miedo de ninguno. Ahora marchaos para no perjudicar ni a los de vuestra sangre ni a vosotros mismos. ¿Veis allí que, bajando por camino, brillan al sol las corazas de los legionarios? Está claro que os han seguido a distancia, al ver tanta gente, y se han quedado en el bosque esperando. Vuestros gritos ahora los atraen hacia aquí. Marchaos, por vuestro bien.

Efectivamente, lejos, en el camino principal que se ve subir hacia los montes, el camino en que Jesús encontró al hambriento, se ve un brillo de luces que se mueven y avanzan. La gente se dispersa lentamente. Se quedan los de Efraím, los galileos, los discípulos.

-Marchaos también vosotros a vuestras casas, efraimitas. Y vosotros, los galileos, poneos en camino. ¡Obedeced a quien os ama!

También éstos se marchan. Se quedan sólo los discípulos. Y Jesús indica que los dejen pasar a la casa y al huerto. Pedro y los otros bajan a abrir.

Judas de Keriot no baja. ¡Se ríe! Se ríe mientras dice:

-¡Ahora verás cómo te van a odiar los "buenos samaritanos"! Para construir el Reino desparramas las piedras. Y las piedras de una construcción desparramadas se transforman en armas agresivas. ¡Los has despreciado! No olvidarán.

-Pues que me odien. No por miedo a su odio dejaré de cumplir mi deber. Ven, Madre. Vamos a decir a los discípulos antes de despedirlos lo que deben hacer -y, entre María y Lázaro, baja por la escalera y entra en la casa, donde están apiñados los discípulos que han concurrido en Efraím, y a éstos les imparte la orden de que se dispersen por todas partes para avisar a todos los compañeros de que estén en Jericó para la neomenia de Nisán y de que lo esperen hasta su llegada; y a los habitantes de los lugares por donde pasen, de que Él deja Efraím y de que lo busquen en Jerusalén para la Pascua.

Luego los distribuye en grupos de a tres y confía el nuevo discípulo Samuel a Isaac, Hermas y Esteban. Éste último lo saluda así:

-La alegría de verte en la luz atenúa mi angustia de ver que todas las cosas se transforman en piedras contra el Maestro.

Hermas, sin embargo, lo saluda así:« -Has dejado a un hombre por un Dios. Y Dios ahora está verdaderamente contigo.

Isaac, humilde y reservado, dice sólo:
-La paz sea contigo, hermano.

Ofrecidos pan y leche -los efraimitas han tenido el buen pensamiento de ofrecerlo-, también los discípulos parten. Por fin, hay paz.

Pero, mientras se prepara el cordero, Jesús tiene todavía cosas que hacer: se acerca a Lázaro y le dice:

-Ven conmigo. Vamos por la orilla del torrente.
Lázaro obedece con su habitual prontitud.

Se alejan unos doscientos metros de la casa. Lázaro calla en espera de que Jesús hable. Y Jesús dice:

-Quería decirte esto: mi Madre está muy postrada. Ya lo ves tú mismo. Manda aquí a tus hermanas. Yo realmente voy a ir hasta Siquem con todos los apóstoles y las discípulas. Pero luego les voy a indicar que se adelanten hasta Betania mientras Yo me detengo un tiempo en Jericó.

En Samaria… puedo tener la osadía de llevar conmigo algunas mujeres, pero no en otra parte…

-¡Maestro! ¿Verdaderamente temes que…? Si es así, ¿por qué me has resucitado?
-Para tener un amigo.

-¡¡Pues eso!! ¡Entonces aquí me tienes! Cualquier pena, para mí no es nada, si te puedo confortar con mi amistad.

-Lo sé. Por eso echo mano de ti como del más perfecto de los amigos, y seguiré haciéndolo.

-¿Tengo que ir verdaderamente donde Pilato?

Si lo consideras oportuno. Pero por Pedro, no por mí.
-Maestro, te tendré informado… ¿Cuándo vas a dejar este lugar?

-Dentro de ocho días. Apenas queda tiempo para ir a donde quiero y estar luego en tu casa antes de la Pascua. Cobrar nuevas fuerzas en Betania, el oasis de paz, antes de sumirme en el tumulto de Jerusalén.

-¿Ya sabes, Maestro, que el Sanedrín está bien decidido a crear las acusaciones, puesto que no las hay, para obligarte a marcharte para siempre? Esto lo he sabido por el Anciano Juan, al que encontré por casualidad en Tolemaida, contento por el nuevo hijo que le va a nacer de un momento a otro.

Me dijo: "Me apena el que haya decidido esto el Sanedrín porque hubiera querido que el Maestro estuviera presente en la circuncisión de mi hijo, que espero que sea varón. Nacerá para primeros de Tammuz. Pero, para entonces, ¿estará todavía con nosotros el Maestro? Yo quisiera… para que bendijera al pequeño Emmanuel -y el nombre ya te puede decir cómo pienso-en el momento de su primer acto en el mundo. Porque mi hijo, ¡dichoso él!, no tendrá que luchar para creer, como hemos tenido que hacer nosotros.

Crecerá en el tiempo mesiánico y le será fácil aceptar la idea". Juan ha alcanzado a creer que eres el Prometido.

-Y este uno sobre muchos me compensa de lo que los otros no hacen. Lázaro, vamos a despedirnos aquí, en paz. Y gracias por todo, amigo mío. Eres verdaderamente un amigo. Con diez como tú, hubiera sido incluso hasta dulce la vida entre tanto odio…

-Ahora tienes a tu Madre, mi Señor. Ella vale por diez y por cien Lázaros. Pero recuerda siempre que cualquier cosa que puedas necesitar -basta con que pueda-te la procuraré. Ordéname y yo seré tu siervo en todo. No seré sabio ni santo, como otros que te aman, pero otro más fiel que yo, si excluyes a Juan, no podrás encontrarlo.

No creo ser soberbio diciendo esto. Y ahora que hemos hablado de ti, te voy a hablar de Síntica. La vi. Y la vi activa y sabia como sólo una griega que se ha hecho seguidora tuya puede serlo. Sufre por estar lejos. Pero dice que goza preparando tus caminos. Espera verte antes de morir.

-Ciertamente me verá. No defraudo las esperanzas de los justos.

-Tiene una pequeña escuela, a la que van muchas jóvenes procedentes de los más variados lugares. Y, al atardecer, está con alguna pobre niña de raza mixta y, por tanto, de ninguna religión; y las instruye sobre ti. Le dije: "¿Por qué no te haces prosélita? Te ayudaría mucho". Me respondió:

"Porque no quiero dedicarme a los de Israel sino a los altares vacíos que esperan a un Dios. Los preparo para que reciban a mi Señor. Luego, establecido ya su Reino, iré a mi patria y, bajo el cielo de la Hélade, consumiré mi vida preparando los corazones de los maestros. Esto es lo que sueño. Pero sí muero antes por enfermedad o persecución, me iré igualmente feliz, porque será signo de que he cumplido mi trabajo y que Él llama a su presencia a su sierva que lo amó desde el primer encuentro"

-Es verdad. Síntica me ha amado realmente desde el primer encuentro.

-Quería mantenerle oculto lo apurado que te encuentras. Pero Antioquía resuena como una valva y en ella se oyen todas las voces del vasto imperio de Roma y, por tanto, también todo lo que aquí sucede. Síntica no ignora tus penas. Y aún más le duele el estar lejos. Quería darme dinero, que no acepté. Le dije que lo usara para sus niñas. Pero sí tomé un gorro tejido por ella con lino cendalí de dos cuerpos. Lo tiene tu Madre.

Síntica ha querido escribir con el hilo tu historia y la suya y la de Juan de Endor. ¿Y sabes cómo? Tejiendo todo alrededor del cuadrado una guarnición en que está representado un cordero que está defendiendo de una manada de hienas a dos palomas, de las cuales una tiene las alas rotas y la otra tiene rota la cadena que la tenía atada. Y la historia se desarrolla, alternándose hasta que la paloma de las alas rotas emprende el vuelo, y la otra se hace cautiva, a los pies del cordero, voluntariamente.

Parece una de esas historias que con el mármol hacen los escultores griegos en las cenefas de los templos o en las estelas de sus muertos, o que también los pintores pintan en las vasijas. Quería mandártelo con dependientes míos. Lo he cogido yo.

-Lo llevaré porque viene de una buena discípula. Vamos hacia la casa. ¿Cuándo tienes pensado salir?

-Mañana al alba. Para dejar descansar a los caballos. Luego no voy a hacer ningún alto en el camino hasta llegar a Jerusalén, e iré a ver a Pilato. Si puedo hablar con él, te mandaré sus respuestas con María.

Lentamente, entran de nuevo en casa hablando de cosas menores.

565- Jesús conforta a Samuel, turbado por Judas de Keriot. Lecciones de las abejas yde la vela plegada por el torbellino

Sigue estando Jesús. Va lentamente, sólo y absorto, hacia la zona espesa del bosque que está al oeste de Efraím. Del torrente sube un frufrú de aguas, de los árboles descienden cantos de pájaros.

La luz del sol primaveral y vivo es dulce bajo la trabazón de las ramas; silencioso, el camino por la exuberante alfombra herbosa. Los rayos solares crean una móvil alfombra de aros y estrías dorados sobre el verdor de las hierbas, y alguna flor todavía rociada, alcanzada de lleno por un pequeño disco de luz y rodeada toda de sombra, resplandece como si sus pétalos fueran preciosas lascas.

Jesús sube, sube hacia el promontorio que sobresale como un balcón sobre el vacío subyacente; un balcón en que se alza una encina colosal, y del que penden flexibles ramas de zarzas silvestres o de escaramujo, hiedras y clemátides, que, no hallando sitio o apoyo en el lugar en que han nacido, demasiado angosto para su exuberante vitalidad, se vuelcan hacia el vacío como una melena desordenada y suelta, y extienden sus ramas esperando poder asirse a algo.

Ya está Jesús a la altura de este promontorio. Se dirige hacia su punta más prominente, apartando la maraña de matas. Una bandada de pajarillos huye con aleteo y trino provocados por el miedo.

Jesús se para y observa al hombre que le ha precedido allí arriba y que, prono sobre la hierba, casi en el límite del promontorio, hincados los codos sobre el suelo, la cara apoyada en las manos, mira al vacío, hacia Jerusalén. El hombre es Samuel, el ex discípulo de Jonatán ben Uziel. Está pensativo. Suspira. Menea la cabeza… Jesús mueve unas ramas para llamar su atención, y, habiendo visto que su intento ha sido vano, coge una piedra que estaba entre la hierba y la echa a rodar hacia abajo por el sendero.
El ruido de esta piedra que al bajar choca una y otra vez hace reaccionar al joven, que se vuelve sorprendido y diciendo:

-¿Quién está aquí?»

-Yo, Samuel. Me has precedido en uno de mis lugares preferidos para la oración -dice Jesús, saliendo de tras el robusto tronco de la encina asentada en el límite del senderillo que conduce allí. Y 1o hace como si hubiera llegado en ese momento.

-¡Oh, Maestro! Lo siento… Te dejo enseguida el sitio -dice, y se apresura a levantarse y a recoger el manto (se lo había quitado y se lo había extendido debajo, en el suelo).

-No. ¿Por qué? Hay sitio para los dos ¡Es tan bonito este lugar! ¡Tan aislado y solitario y suspendido en el vacío, con tanta luz y tanto horizonte delante! ¿Por qué quieres dejarlo?

-Pues… para dejarte orar libremente…
-¿Y no podemos hacerlo juntos, o incluso meditar, hablando entre nosotros, elevando el espíritu en Dios… y olvidando a los hombres y sus faltas pensando en Dios nuestro Padre y Padre bueno de todo: aquellos que lo buscan y aman con buena voluntad?
Samuel pone un gesto de sorpresa cuando Jesús dice

«olvidar a los hombres y sus faltas…». Pero no replica. Se vuelve a sentar. Jesús se sienta a su lado, en la hierba. Le dice:

-Estáte aquí sentado. Estemos aquí juntos. Mira qué limpio está hoy el horizonte. Si tuviéramos ojos de águila, podríamos ver el blancor de los pueblos de las cimas de los montes que forman corona en torno a Jerusalén. Y, quién sabe, quizás veríamos un punto reluciente como una gema, en el aire, un punto que nos haría palpitar el corazón: las cúpulas de oro de la Casa de Dios… Mira.

Allí está Betel. Se ven albear las casas. Y allí, más allá de Betel, está Berot. ¡Qué aguda astucia la de los antiguos habitantes de ese lugar y de los aledaños! Pero salió bien, aunque el engaño no sea nunca un arma buena.

Salió bien porque los puso al servicio del verdadero Dios.

Conviene siempre perder los honores humanos por conquistar la cercanía con lo divino. Aunque aquellos honores humanos eran muchos y de valor, mientras que la cercanía con lo divino es humilde y desconocida. ¿No es verdad?

-Sí, Maestro, así es, como Tú dices. En mi caso ha sido así.

-Pero estás triste, a pesar de que el cambio debería hacerte feliz. Estás triste. Sufres. Te aíslas. Miras hacia los lugares que has dejado. Pareces un pájaro cautivo que, atrapado entre las barras de su prisión, mirase con mucha añoranza hacia el lugar de sus amores. No te digo que no lo hagas. Eres libre. Puedes marcharte y…
-Señor, ¿hablas así porque Judas te ha hablado mal de mí?

-No. Judas no me ha hablado. A mí no me ha hablado. Pero a ti, sí. Y estás triste por ese motivo. Y por ese motivo te aíslas con un sentimiento de desánimo.

-Señor, si sabes estas cosas sin que nadie te las haya dicho, sabrás también que si estoy triste no es por un deseo de dejarte o por un arrepentimiento de haberme convertido, ni por nostalgia del pasado… y tampoco por miedo a los hombres, por un miedo que se me trata de provocar, a sus castigos. Estaba mirando allí, es verdad; miraba hacia Jerusalén, pero no por ganas de volver. Me refiero a no por ganas de volver para lo que era antes.

Porque claro que sueño con volver allí como un israelita ­como todos nosotros-que desea entrar en la Casa de Dios y adorar al Altísimo; y no creo que Tú me puedas reprender por eso.

-Yo soy el primero que, en mi dúplice Naturaleza, sueño con ese altar, y quisiera verlo rodeado de santidad como corresponde. Como Hijo de Dios, todo aquello que para Él es honor es para mí suave voz; como Hijo del hombre, como israelita y, por tanto, Hijo de la Ley, veo el Templo y el altar como el lugar más sagrado de Israel, el lugar en que nuestra humanidad puede acercarse a lo divino y perfumarse con esa aura que rodea al trono de Dios. Yo no anulo la Ley, Samuel. Para mí es sagrada porque la ha dado mi Padre. Yo la perfecciono e introduzco las partes nuevas.

Como Hijo de Dios, puedo hacerlo. Para esto me ha enviado el Padre. Vengo para fundar el Templo espiritual de mi Iglesia, contra el cual ni hombres ni demonios prevalecerán. Pero las tablas de la Ley tendrán necesariamente un puesto de honor en él, porque son eternas, perfectas, intocables. Ese "no hagas eso ni ese pecado" contenido en esas tablas, que comprenden en su lapidaria brevedad todo lo necesario para ser justos ante los ojos de Dios, no resulta anulado por mi palabra. ¡Al contrario!, Yo también os repito esos diez mandamientos.

La única cosa es que os digo que los pongáis por obra con perfección, o sea, no por miedo a la ira de Dios contra los transgresores, sino por amor a vuestro Dios, que es Padre.

Yo vengo a poner vuestra mano de hijos en la de vuestro Padre. ¡Cuántos siglos hace que esas manos están separadas! El castigo separaba. Y la Culpa separaba. Pero, habiendo venido el Redentor, el pecado está para ser anulado. Caen las barreras. Sois de nuevo los hijos de Dios.

-Es verdad. Tú eres bueno y das ánimos. Siempre. Y sabes las cosas. Por lo cual no te voy a manifestar mi angustia.

Lo que sí que te pregunto es esto: ¿por qué los hombres son tan perversos, tan insensatos y necios?; ¿cómo, qué artes tienen para podernos sugestionar tan diabólicamente en orden al mal?; y nosotros
¿cómo somos tan ciegos, que no vemos la realidad y creemos en las mentiras?;
¿y cómo podemos transformarnos tanto en demonios?;
¡¿y persistir estando a tu lado?! Yo miraba allí, y pensaba… sí, pensaba en cuántos regueros venenosos salen de allí para turbar a los hijos de Israel.

Pensaba que cómo puede la sabiduría de los rabíes desposarse con tanta maldad, con una maldad que altera las cosas para hacer caer en trampas.

Pensaba, sobre todo, esto, porque… -Samuel, que había hablado fogosamente, se detiene y agacha la cabeza.
Jesús termina la frase:

…Porque Judas, mi apóstol, es como es, y me causa dolor a mí y se lo causa a quienes me rodean o vienen a mí, como tú has venido.

Lo sé. Judas trata de alejarte de aquí y se burla de ti y te hace insinuaciones…

-No sólo a mí. Sí, envenena mi alegría de haber entrado en la justicia. Me la envenena con tanto arte, que me veo aquí como un traidor, de mí mismo y tuyo. De mí, porque me engaño creyendo ser mejor, cuando en realidad voy a ser la causa de tu ruina. Yo, efectivamente, no me conozco todavía… y podría, al encontrarme con los del Templo, ceder en mi propósito y ser… ¡Oh, si lo hubiera hecho ahora, habría tenido el atenuante de que no te conocía en lo que Tú eres!, porque de ti sabía lo que se me decía para hacer de mí un maldito. ¡Pero si lo hiciera ahora!

¡Qué maldición caerá sobre el que traicione al Hijo de Dios! Yo estaba aquí… pensativo, sí. Pensaba a dónde huir para ponerme al amparo de mí mismo y de ellos.

Pensaba huir a algún lugar lejano, para unirme a los de la Diáspora… Lejos, lejos, para impedirle al demonio hacerme pecar… Tu apóstol tiene razón en desconfiar de mí.

Él me conoce, porque, conociendo a los Jefes, nos conoce a todos nosotros… Y tiene razón en dudar de mí Cuando dice: "¿Pero no sabes que Él nos dice que seremos débiles?

¡Imagínate, nosotros que somos los apóstoles y que llevamos con Él tanto tiempo! ¡Y tú, que estás emponzoñado con el viejo Israel y que acabas de llegar, y, además, que has llegado en unos momentos que a nosotros nos hacen temblar, crees que vas a tener la fuerza de mantenerte justo?". Tiene razón.

El hombre, descorazonado, agacha la cabeza.
-¡Cuántas tristezas saben darse los hijos del hombre! En verdad Satanás sabe usar esta tendencia de ellos para sumirlos en el terror y separarlos de la Alegría que sale a su encuentro para salvarlos Porque la tristeza del espíritu, el miedo al mañana, las preocupaciones son siempre armas que el hombre pone en manos de su adversario, el cual lo aterroriza con los mismos fantasmas que el propio hombre se crea. Y hay otros hombres que, en verdad, se alían con Satanás para ayudarle a aterrorizar a los hermanos.

Pero, hijo mío ¿es que no hay un Padre en el Cielo?, ¿un Padre que de la misma forma que dispone, providente, para este tallito herbáceo esta fisura en la roca -esta fisura llena de tierra, hecha de forma que la humedad del rocío, deslizándose por la piedra lisa, se recoja en ese surco estrecho para que el tallito pueda vivir y florecer con esta florecilla diminuta cuya belleza no es menos admirable que la del gran Sol que resplandece en el cielo: ambos obra perfecta del Creador-, un Padre que, de la misma forma que prodiga su cuidado para con el tallito de una hierba nacida en una roca, tendrá cuidado ­¿cómo no?-de un hijo suyo que quiere firmemente servirle? ¡Oh, en verdad, Dios no defrauda los buenos deseos del hombre, porque es Él mismo el que los enciende en vuestros corazones.

Es Él, providente y sabio, el que crea las circunstancias para favorecer el deseo de sus hijos, y no sólo para eso, sino también para enderezar y perfeccionar un deseo de honrarlo que va por caminos imperfectos, para que sea un deseo de honrarlo por caminos justos. Tú estabas entre éstos. Creías, querías, estabas convencido de honrar a Dios persiguiéndome a mí.

El Padre vio que en tu corazón no había odio a Dios, sino un deseo de darle gloria quitando de este mundo a Aquel del que te habían dicho que era enemigo de Dios y corruptor de almas.

Y entonces creó las circunstancias para satisfacer tu deseo de dar gloria a tu Señor. Y, ya ves, ahora estás entre nosotros. ¿Y vas a pensar que te va a abandonar Dios ahora que te ha traído aquí? Sólo si tú lo abandonas podrá sobrepujarte la fuerza del mal.

-Yo no lo quiero. ¡Es sincera mi voluntad! -proclama el hombre.

-¿Y entonces de qué te preocupas? ¿De la palabra de un hombre? Déjalo que hable. Él piensa con su pensamiento. El pensamiento del hombre es siempre imperfecto. De todas formas, me ocuparé de esto.

-No quiero que le reprendas. Me basta con que me asegures que no pecaré.

-Te lo aseguro. No te sucederá porque tú no quieres que te suceda. Porque, mira, hijo mío, no te valdría el ir a la Diáspora, y ni siquiera el ir a los extremos confines de la Tierra, para preservar tu alma del odio al Cristo y del castigo por ese odio.

Muchos en Israel no se mancharán materialmente con el Delito, pero no serán menos culpables que los que me condenen y ejecuten la sentencia. Contigo puedo hablar de estas cosas porque tú ya sabes que todo está dispuesto para esto. Sabes los nombres y conoces los pensamientos de los que están más enfurecidos contra mí. Tú lo has dicho:

“Judas nos conoce a todos porque conoce a todos los Jefes". Pero si es verdad que él os conoce, también lo es que vosotros, menores -porque sois como estrellas menores en torno a los astros mayores-, sabéis igualmente lo que se trabaja y cómo se trabaja y quién trabaja, y qué complots se hacen y qué medios se planean… Por eso, puedo hablar contigo.

No podría hacerlo con los otros… Otros no saben lo que sé padecer y compadecer…

-Maestro, ¿y cómo es que conociendo así las cosas te muestras tan…?… ¿Quién sube por el sendero?
Samuel se levanta para ver. Exclama:

-¡Judas!

-Sí, soy yo. Me han dicho que había pasado por aquí el Maestro Y, sin embargo, te encuentro a ti. Entonces me vuelvo y te dejo con tus pensamientos -y se ríe con esa risita suya tan insincera, que es más lúgubre que el lamento de una lechuza.

-Estoy aquí también Yo. ¿Me requieren en el pueblo? -dice Jesús apartándose de detrás de Samuel y mostrándose.

-¡Ah, Tú! ¡Entonces estabas en buena compañía, Samuel! Y también Tú, Maestro…

-Sí, es siempre buena la compañía de uno que abraza la justicia Me buscabas para estar conmigo, ¿no? Ven. Aquí hay sitio para ti. Y también para Juan, si estuviera contigo.

-Él está abajo, bregando con otros peregrinos.
-Entonces, si hay peregrinos, tendré que ir.
-No. Van a estar todo el día de mañana. Juan los está distribuyendo en nuestras camas para mientras estén. Se siente feliz de hacerlo. Cierto es que todo lo hace contento. Verdaderamente os parecéis. Y no sé como podéis estar contentos siempre y con todo, con las cosas más… enojosas.

-¡Ésa es la misma pregunta que iba a hacerle yo cuando has llegado! -exclama Samuel.

-¿Ah, sí? Entonces tú tampoco te sientes feliz, y te asombra el que otros, en condiciones aún más… difíciles que las nuestras, puedan sentirse felices.

-Yo no me siento infeliz. No me refiero a mí. Mi pregunta es: de qué fuente proviene la serenidad del Maestro, que, no ignorando su futuro, no se turba por nada.

-¡Pues, hombre, de la fuente celeste! ¡Es natural! ¡Él es Dios! ¿Acaso lo dudas? ¿Puede un Dios sufrir? Él está por encima del dolor. El amor del Padre es para Él como… un vino embriagador.

Como es también para Él un vino embriagador la convicción de que sus acciones… significan la salvación del mundo.

Y… bueno ¿puede tener las reacciones físicas que tenemos nosotros, humildes seres humanos? Eso es contrario al buen sentido. Si Adán, cuando era inocente, no conocía ningún tipo de dolor, ni lo hubiera conocido nunca si hubiera permanecido inocente, Jesús, el… Superinocente, la criatura… no sé si llamarla increada, pues que es Dios, o creada porque tiene padres… ¡Oh, Maestro mío, cuántas cuestiones insolubles para los que vengan! Si Adán era ajeno al dolor por su inocencia, ¿cómo se puede pensar que Jesús vaya a sufrir?

Jesús tiene agachada la cabeza. Ha vuelto a sentarse en la hierba. Su pelo hace de velo para su rostro, por eso no veo su expresión. Samuel, en pie, frente a Judas, que también está de pie, rebate:

-Pero si debe ser el Redentor, debe realmente sufrir. ¿No recuerdas a David y a Isaías?

-¡Los recuerdo! ¡Los recuerdo! Pero ellos, aun viendo la figura del Redentor, no veían la ayuda inmaterial que el Redentor tendría para ser… digámoslo así - ¿por qué no?-, torturado y no sentir dolor.

-¿Cuál? Una criatura podrá amar el dolor, o sufrirlo con resignación, según la perfección de su justicia. Pero siempre lo sentirá. Si no… si no lo sintiera… no sería dolor.

-Jesús es Hijo de Dios.

-¡Pero no es un fantasma! ¡Es verdadera Carne! La carne sufre si es torturada. ¡Es verdadero Hombre! El ánimo del hombre sufre si es ofendido o despreciado.

-La unión suya con Dios elimina en Él estas cosas propias del hombre.

Jesús levanta la cabeza y dice:

-En verdad te digo, Judas, que sufro y sufriré como todo hombre, y más que los demás hombres. Pero puedo, a pesar de ello, tener la santa y espiritual felicidad de aquellos que han obtenido la liberación de las tristezas de la Tierra por haber abrazado la voluntad de Dios como única esposa suya.

Puedo eso porque he superado el concepto humano de la felicidad, la inquietud de la felicidad, esa felicidad como los hombres la imaginan. Yo no voy tras eso que, según el hombre, constituye la felicidad, sino que pongo más alegría precisamente en aquello que está en el polo opuesto de lo que el hombre persigue como felicidad.

Las cosas de las que el hombre huye, las cosas que el hombre desprecia, porque están consideradas como peso y dolor, representan para mí la cosa más dulce. Yo no miro a la hora concreta, sino a las consecuencias que esa hora puede crear en la eternidad. Mi episodio cesa, pero su fruto permanece. Mi dolor acaba; sus valores, no.

¿Y para qué me serviría a mí una hora de eso que se dice "ser felices" en la Tierra, una hora alcanzada tras haberla perseguido durante años y lustros, si luego esa hora no puede venir conmigo a la eternidad como gozo; si debiera gozarla Yo solo, sin hacer partícipes de ese gozo a aquellos a quienes amo?

-¡Pero si Tú triunfaras, nosotros, tus seguidores, tendríamos parte en tu felicidad! -exclama Judas.

-¿Vosotros? ¿Y qué sois vosotros respecto a las multitudes pasadas, presentes, futuras, a las que mi dolor dará la alegría? Yo veo más allá de la felicidad terrena; adelanto mi mirada, más allá de la felicidad terrena, hasta lo sobrenatural.

Veo que mi dolor se transforma en gozo eterno para una multitud de criaturas. Y abrazo el dolor como la fuerza más poderosa para alcanzar la felicidad perfecta, que consiste en amar al prójimo hasta el punto de sufrir para darle la alegría, hasta el punto de morir por él.

-No comprendo esta felicidad -proclama Judas.
-No eres sabio todavía; si no, la comprenderías.

-¿Y Juan lo es? ¡Es más ignorante que yo! Humanamente, sí. Pero posee la ciencia del amor.

-De acuerdo. Pero no creo que el amor impida a los palos ser palos y a las piedras ser piedras y producir dolor en la carne golpeada por ellos. Siempre dices que amas el dolor porque para ti es amor. Pero cuando realmente te capturen y te torturen -en el caso de que eso sea posible-no sé si seguirás pensando así. Reflexiona mientras puedas evitar el dolor. ¡Será terrible, eh! ¡Si los hombres logran capturarte… no se van a andar con contemplaciones contigo!

Jesús lo mira. Está palidísimo. Sus ojos, bien abiertos, parecen ver, tras el rostro de Judas, todas las torturas que le esperan, y, a pesar de todo y a pesar de la tristeza que reflejan, permanecen mansos y dulces y, sobre todo, serenos: dos ojos límpidos de inocente en paz. Responde:

-Lo sé. Sé también lo que tú no sabes. Pero espero en la misericordia de Dios. Él, que es misericordioso con los pecadores, lo será también conmigo. No le pido no sufrir, sino saber sufrir. Y ahora vámonos. Samuel, adelántate un poco y avisa a Juan de que pronto estaré en el pueblo.
Samuel hace una reverencia y se marcha con paso ágil.

Jesús empieza a bajar. El sendero es tan estrecho, que deben caminar uno detrás del otro. Pero esto no impide a Judas hablar:

-Te fías demasiado de ese hombre, Maestro. Ya te he dicho quién es. Es el más exaltado y exaltable de los discípulos de Jonatán. La verdad es que ya es tarde. Te has puesto en sus manos. Samuel es un espía a tu lado. ¡Y Tú, que más de una vez, y más que Tú los otros, habéis pensado que lo fuera yo…! Yo no soy un espía.

Jesús se para y se vuelve. Dolor y majestad se funden en su cara y en su mirada, que se clava en el apóstol. Dice:

-No. No eres un espía. Eres un demonio. Has robado a la Serpiente su prerrogativa de seducir y engañar para separar de Dios. Tu comportamiento no es ni piedra ni palo, pero me hiere más que los golpes de las piedras o de los palos.

¡Oh, en mi atroz padecimiento nada superará a tu comportamiento en capacidad de dar martirio al Mártir!

Jesús se tapa la cara con las manos, como para esconder su horror, y se echa a correr sendero abajo.
Judas grita detrás de Él:

-¡Maestro! ¡Maestro! ¿Por qué me das dolor? Ese falso verdaderamente te ha dicho calumnias… ¡Escúchame, Maestro!

Jesús no escucha. Corre, vuela ladera abajo. Pasa sin detenerse al lado de los leñadores o pastores que lo saludan; pasa, saluda, pero no se para. Judas se resigna a callar…

Están casi abajo cuando se cruzan con Juan, que, con su claro rostro, luminoso con su serena sonrisa, estaba subiendo hacia ellos. Trae de la mano a un niñito que gorjea chupando un panal de miel.

-¡Maestro, aquí estoy! Hay personas de Cesárea de Filipo.

Han sabido que estás aquí y han venido. Pero, ¡qué extraño, ninguno ha hablado y todos saben dónde estás! Están descansando. Están muy cansados. He ido a pedir a Diná leche y miel porque hay un enfermo. Lo he puesto en mi cama. No tengo miedo. Y el pequeño Anás ha querido venir conmigo. No lo toques, Maestro, que está todo pegajoso de miel -y ríe el buen Juan, que tiene ya numerosas marcas de dedos y gotas de miel en la túnica.

Ríe tratando de tener atrás al niño, que querría ir a ofrecer a Jesús su panal medio chupado y que grita:
-¡Ven! ¡Hay muchos panales para ti!

-Sí, están recogiendo los panales donde Diná. Yo lo sabía. Sus abejas han enjambrado hace poco -explica Juan.
Se ponen en camino otra vez. Llegan a la primera casa, donde todavía se oye el tam, tam que usan, no sé exactamente por qué, los apicultores.

Racimos de abejas -parecen voluminosas piñas de un extraño tipo de uva-penden de algunas ramas y algunos hombres los recogen para llevarlos a las nuevas colmenas. Más allá, en las colmenas ya aprestadas, un salir y entrar de abejas, incansables, zumbadoras.

Los hombres saludan. Una mujer viene con unos maravillosos panales y se los ofrece a Jesús.
-¿Por qué te privas tú de ellos? Ya has dado a Juan…
-Mis abejas han dado copioso fruto. No me resulta gravoso ofrecerlo. Pero, bendice los nuevos enjambres. Mira, están recogiendo el último. Este año se han duplicado nuestras colmenas.

Jesús va hacia las minúsculas ciudades de las abejas y, una a una, las bendice alzando la mano en medio del zumbido de las obreras, que no se detienen en su trabajo.
-Están del todo jubilosas y agitadas. Casa nueva… -dice un hombre.

-Y nuevas bodas. Realmente parecen mujeres preparando la fiesta nupcial -dice otro.

-Sí, pero las mujeres hablan más que trabajan. Éstas, sin embargo, trabajan calladas, y trabajan incluso en días de festejo de bodas. Trabajan sin pausa para crearse su reino y sus riquezas -responde un tercero.

-Trabajar sin pausa en la virtud es lícito; es más, debe hacerse. Trabajar sin pausa por lucro, no. Esto lo pueden hacer sólo aquellos que no saben que tienen un Dios al que hay que honrar en el día suyo. Trabajar en silencio es un mérito que todos deberíamos aprender de las abejas. Porque en el silencio se hacen santamente las cosas santas. Sed vosotros en la justicia como vuestras abejas, incansables y silenciosos. Dios ve. Dios premia. La paz a vosotros -dice Jesús.

Se queda solamente con sus dos apóstoles. Entonces dice:
-Y especialmente a los que trabajan para Dios les propongo como modelo a las abejas. Ellas depositan en lo recóndito de la colmena la miel formada en su interior con el infatigable trabajo en corolas sanas. Su esfuerzo ni siquiera parece esfuerzo, al estar lleno de buena voluntad. Y así vuelan -puntos de oro-de flor en flor, y luego entran cargadas de extractos, a elaborar su miel en lo recóndito de las celdillas. Habría que saber imitarlas.

Elegir enseñanzas, doctrinas, amistades sanas, capaces de ofrecer extractos de verdadera virtud; y luego saber aislarse para elaborar, a partir de aquello que solícitamente se ha recogido, la virtud, la justicia, que son como la miel extraída de muchos elementos sanos (entre los cuales no es la última la buena voluntad, sin la cual esos extractos recogidos acá o allá para nada sirven).

Saber humildemente meditar, en lo recóndito del corazón, sobre las cosas buenas que hemos visto y oído, sin envidias por el hecho de que haya, además de abejas obreras, abejas reinas: de que haya alguien más justo que ese que medita. Todas las abejas son necesarias en la colmena, tanto las obreras como las reinas. ¡Ay de ellas, si todas fueran reinas! ¡Ay, si todas fueran obreras!

Morirían las unas y las otras. Porque las reinas no tendrían, si faltaran las obreras, alimento para procrear; y las obreras dejarían de existir si las reinas no procrearan.

No se envidie a las reinas, que también ellas tienen sus penalidades y su penitencia. El Sol lo ven sólo una vez, en su único vuelo nupcial. Antes y después, para ellas, sólo y siempre, existe la clausura entre las paredes ambarinas de la colmena.

Cada uno tiene su misión, y cada misión es una elección, y cada elección es un honor, sí, pero también una carga. Y las obreras no pierden tiempo en vuelos inútiles o peligrosos hacia flores enfermas o venenosas. No intentan la aventura. No desobedecen a su misión, no se rebelan contra el fin para el que han sido creadas. ¡Oh, admirables, pequeños seres! ¡Cuánto enseñáis a los hombres!…

Jesús, sumiéndose en una meditación suya, calla.

Judas, de repente, se acuerda de que tiene que ir a no sé dónde y se marcha casi corriendo. Se quedan Jesús y Juan.

Éste mira a Jesús sin que se note; es una mirada atenta, de amorosa angustia. Jesús alza la cabeza y se vuelve un poco, de forma que encuentra la mirada escrutadora del Predilecto. Su rostro se aclara mientras lo arrima a sí.

Juan, abrazado así, caminando, pregunta:

-¿Judas te ha causado nuevo dolor, no es verdad? Y debe haber turbado también a Samuel.

-¿Por qué? ¿Te ha hablado de eso?

-No. Pero lo he captado. Ha dicho sólo: "Generalmente, conviviendo con uno que es verdaderamente bueno, nos hacemos buenos. Pero Judas no lo es, a pesar de que viva con el Maestro desde hace tres años. Está corrompido en la profundidad de su ser. Tan lleno está de maldad, que la bondad de Cristo no penetra en él". Yo no he sabido qué decir… porque es verdad… Pero ¿por qué es así Judas?

¿Es posible que no cambie nunca? Y todos recibimos las mismas lecciones… y cuando vino no era peor que nosotros…

-¡Juan mío! ¡Mi dulce niño!

Jesús lo besa en esa frente suya tan despejada y pura, y, entre los cabellos rubios y ligeros que se alzan en su parte más alta, le susurra:

-Hay criaturas que parecen vivir para destruir el bien que hay en ellas. Tú eres pescador y sabes qué le sucede a la vela bajo la presión de un torbellino. Tanto se baja hacia el agua, que vuelca casi la barca y se vuelve peligrosa para ésta, de forma que a veces es necesario amainarla y prescindir de esa ala que lleva al nido, porque la vela, cuando está a merced del torbellino deja de ser ala para ser lastre que lleva al fondo, a la muerte en vez de a la salvación.

Pero si el indomable soplo del torbellino se aplaca, aunque sólo fuera durante breves instantes, la vela enseguida vuelve a ser ala que veloz corre hacia el puerto conduciendo a la salvación. Esto es lo que sucede con muchas almas.

Basta con que el torbellino de las pasiones se aplaque para que esa alma plegada y casi sumergida por el… por lo que no es bueno, vuelva a sentir aspiraciones hacia el Bien.

-Sí, Maestro. Pero y… dime… ¿llegará alguna vez Judas a tu puerto?

-¡Oh, no me hagas mirar al futuro de uno de aquellos a quienes más aprecio! ¡Tengo delante de mí el futuro de millones de almas para las que será inútil mi dolor!…

Tengo delante de mí todas las repugnancias del mundo… La náusea me estremece profundamente. La náusea de todo este bullir de cosas inmundas que como un río cubre la Tierra y la cubrirá con aspectos diversos, pero en todo caso horrendos para la Perfección, hasta el final de los siglos.

¡No me hagas mirar! ¡Deja que calme mi sed y me consuele en un manantial sin sabor a corrupción, y que olvide la podredumbre verminosa de demasiados mirándote sólo a ti, mi paz! -y lo besa otra vez, entre las cejas, sumiendo su mirada en los límpidos ojos del virgen y amoroso.

Entran en casa. En la cocina está Samuel, partiendo leña para ahorrarle a la anciana el esfuerzo de encender el fuego.

Jesús le dice a la mujer:
-¿Duermen los peregrinos?

-Creo que sí. No oigo ningún ruido. Ahora voy a llevar esta agua a las caballerías. Están en la leñera.
-Lo hago yo, madre. Mejor, ve tú donde Raquel. Me ha prometido queso fresco. Dile que se lo pagaré el sábado -dice Juan cargándose con dos artesas colmadas de agua.

Se quedan solos Jesús y Samuel. Jesús se acerca a él, el cual, agachado hacia el fuego, está soplando para que se encienda la llama. Le pone una mano en los hombros y dice:

-Judas nos ha interrumpido allí arriba… Quiero decirte que te voy a mandar con mis apóstoles para el día después del sábado. Quizás lo prefieres…

-Gracias, Maestro. Siento perder tu compañía. Pero en tus apóstoles te veré también. Y prefiero, sí, estar lejos de Judas. No me atrevía a pedírtelo…

-De acuerdo. Queda decidido. Y ten piedad de él. Como la tengo Yo. Y no digas a Pedro ni a nadie…

-Sé guardar silencio, Maestro.

-Después vendrán los discípulos. Allí están Hermas y Esteban, también Isaac, dos sabios y un justo; y muchos otros. Te encontrarás bien, entre hermanos verdaderos.

-Sí, Maestro. Tú comprendes y auxilias. Eres verdaderamente el Maestro bueno -y se inclina para besar la mano de Jesús.

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