por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Deben haber pasado algunos días.
Lo digo porque veo que los cereales, que en las últimas visiones eran apenas un palmo de altos, después del último aguacero y el hermoso sol consecutivo, están altos y anuncian ya la espiga. Un viento leve cimbrea estos cereales de tallos aún tiernos.
Y la brisa juguetea con las frondas tiernas de los más precoces árboles frutales, que, apenas caída la flor, o mientras ésta revuela todavía y cae, han abierto ya las hojitas de esmeralda clara, tiernas, brillantes, hermosas como todo lo que es virgen y nuevo.
Más remolonas, las vides están aún desnudas y nudosas, pero en los retorcidos cordones de sus sarmientos, que se entrelazan unos con otros de uno a otro tronco de que brotaron, las yemas han roto ya la funda oscura que las contenía, y, aún cerradas, muestran ya el vello gris-plata que es el nido de las futuras pámpanas y de los nuevos zarcillos, y las leñosas y serpeantes hileras de los viñedos parecen suavizarse con una gracia nueva.
El Sol, ya caliente, empieza su obra colorativa y destiladora de vegetales aromas y, mientras pinta de tonos más vivos lo que tan sólo ayer era más pálido, calienta y, por tanto, extrae de los terrones, de los prados en flor, de los campos de cereales, de las huertas y pomares, de los bosques, de las tapias, de la ropa tendida para secarse… los distintos matices de olores, para crear una única sinfonía que permanecerá durante todo el verano hasta apagarse en un violento tufo de mostos en las tinas, donde las uvas pisadas se transforman en vino.
Un intenso canto de pájaros entre las ramas, un vehemente balar de carneros y machos cabríos entre los rebaños. Cantos de hombres en las laderas. Voces risueñas de niños. Sonrisas de mujeres. Es primavera. La naturaleza ama. Y el hombre goza del amor de esta naturaleza que mañana lo hará más rico. Y goza de sus amores, que se avivan en este despertar sereno. Y más amada le parece la esposa. Más protector parece el hombre a su consorte. Más amados a ambos, los hijos que, sonrisa y trabajo ahora, serán mañana, en la vejez, sonrisa aún y protección para los ancianos que declinan.
Jesús pasa por los campos, que suben y bajan siguiendo los desniveles del monte. Está solo. Vestido de lino, porque dio a Samuel su última túnica de lana. Pero lleva también un manto ligero, de un azul marino más bien vivo, echado sobre uno de los hombros y puesto, sin ceñirlo, en torno al cuerpo, recogido luego con un brazo a la altura del pecho; el extremo echado sobre el brazo ondea levemente con el viento suave que barre el suelo. Pasa.
Donde hay niños se inclina a acariciar sus cabecitas inocentes y a escuchar sus pequeñas confidencias, a admirar lo que, como si se tratara de un tesoro, corren a enseñarle.
Una niñita, tan pequeña que todavía tropieza al correr, y que se enreda en la tuniquita, demasiado larga para ella, heredada quizás del hermanito que la precedió en el nacimiento, llega -toda ella una sonrisa que le enciende los ojos y le descubre los diminutos incisivos entre los labiecitos rosados-con un ramo de mayas, un grueso ramo sujeto con las dos manos grueso cuanto pueden llevar esas manitas tan tiernas y menudas-y alza su trofeo diciendo:
-¡Toma! Es tuyo. A mamá después. ¡Un beso, aquí! -y da palmas delante de la boca con las manitas, ya liberadas de su ramito, que Jesús ha tomado con palabras de admiración y agradecimiento; y está con la cabeza vuelta hacia arriba, puesta de puntillas sobre sus piececitos descalzos, hasta casi perder el equilibrio en el vano intento de alargar su minúsculo cuerpecito hasta la cara de Jesús, que ríe y la toma en brazos, y que ahora va, con ella acurrucada allá arriba como un pajarito en un alto árbol, hacia un grupo de mujeres que sumergen telas nuevas en las cristalinas aguas de un río para tenderlas luego al sol a blanquearse.
Las mujeres, agachadas antes hacia el agua, se levantan y saludan. Una dice sonriendo:
-Tamar te ha incomodado… Pero llevaba cogiendo flores aquí desde el amanecer con la secreta esperanza de verte pasar. Y no me ha dado ni siquiera una, porque antes quería dártelas a ti.
-Las aprecio más que a los tesoros de los reyes. Porque son inocentes como los niños y han sido ofrecidas por una inocente como las flores.
Besa a la niña, la pone en el suelo y se despide de ella:
-Descienda a ti la gracia del Señor.
Saluda a las mujeres y prosigue su camino, saludando a los agricultores o a los pastores que, desde los campos o los prados, lo saludan.
Parece dirigirse hacia abajo, hacia el lado que lleva a Jericó. Pero luego vuelve atrás y toma otro sendero que sube de nuevo hacia los montes situados al norte de Efraím. Aquí el suelo, bien expuesto al aire y al sol y al abrigo de los vientos del norte, tiene cereales aún más hermosos. El sendero, que va entre dos campos, presenta a un lado árboles frutales a distancias casi constantes, y los botones -parecen perlas-de los próximos frutos pueblan ya las ramas.
Una calzada que baja del norte hacia el sur corta el sendero. Debe ser una vía bastante importante, porque en el punto de intersección hay uno de esos hitos usados por los romanos. Éste tiene escrito en la cara septentrional:
«Neapoli» y debajo de este nombre (que está esculpido bien grande, con los caracteres lapidarios de los latinos, fuertes como ellos mismos.), mucho más pequeño y apenas incidido en el granito: «Siquem»; en la cara occidental: «Silo-Jerusalén»; y en la orientada a mediodía: «Jericó». En la cara oriental no hay ningún nombre.
Pero se podría decir que, si no hay nombre de ciudad, sí lo hay de desventura humana. Porque en el suelo, entre el hito y la fosadura que bordea el camino (como en todas las calzadas mantenidas por los romanos, excavada para desagüe en tiempos de lluvias), hay un hombre, contraído, verdadero amasijo de andrajos y huesos, quizás muerto.
Jesús, cuando advierte su presencia entre las hierbas de la cuneta, exuberantes por los chaparrones primaverales, se agacha hacia él, lo toca y lo llama:
-Hombre, ¿qué te sucede?
Un gemido es la respuesta. Pero el amasijo se mueve, se desenvuelve, y un rostro caquéctico, de un color de muerte, aparece; y dos ojos cansados, dolientes y lánguidos miran estupefactos a Aquel que está inclinado sobre su miseria. Trata de sentarse hincando en el suelo las manos esqueletadas; pero está tan débil, que sin la ayuda de Jesús no podría.
Jesús le ayuda y le apoya la espalda contra el poste. Le pregunta:
-¿Qué te sucede? ¿Estás enfermo?
-Sí.
Un «sí» debilísimo.
-¿Cómo te has puesto en viaje tú solo, en este estado? ¿No tienes a nadie?
El hombre hace un gesto afirmativo. Pero está demasiado débil como para responder.
Jesús mira a su alrededor. No hay nadie en los campos. Es un lugar del todo desierto. Al norte, casi en la cima de una colina, un montoncito de casas; al oeste, sobre el verdor de la ladera, que, subiendo otras prominencias se va transformando de campos en prados y bosques, unos pastores con un rebaño de inquietas cabras.
Jesús baja otra vez los ojos hacia el hombre. Pregunta:
-¿Si te sujetara, crees que podrías ir a aquel pueblo?
El hombre menea la cabeza y dos lágrimas ruedan por sus mejillas, tan ajadas que son rugosas como por ancianidad, cuando en realidad su barba de azabache demuestra que es joven todavía. Reúne las fuerzas para decir:
-Me han echado… Miedo de la lepra… No estoy… Y muero… de hambre.
Jadea por debilidad. Se mete un dedo en la boca y extrae una masa informe verdosa:
-Mira… he masticado trigo… pero es hierba todavía.
-Voy donde aquel pastor. Te voy a traer leche tibia. Vuelvo enseguida.
Y, casi corriendo, se dirige hacia el rebaño, a unos doscientos metros más arriba respecto a la calzada.
Llega donde ese pastor, lo mira, señala hacía el hombre.
El pastor se vuelve y mira. Parece titubear respecto a si acceder o no a la petición de Jesús. Luego se decide. Coge de su cinturón la escudilla de madera que lleva colgada, como todos los pastores, y ordeña a una cabra. Da a Jesús la escudilla, colma. Y Jesús baja cuidadosamente la ladera, seguido por un niño que estaba con el pastor.
Ya está de nuevo junto al hambriento. Se arrodilla a su lado, le pasa un brazo por detrás de los hombros para sujetarlo y le acerca la taza, con la leche todavía espumosa, a los labios. Le da de beber en pequeñas dosis. Luego pone la taza en el suelo y dice:
-Por ahora así. Todo de una vez te haría daño. Deja que tu estómago se reanime absorbiendo lo que te he dado.
El hombre no protesta. Cierra los ojos y calla, observado por el niño con gran estupor.
Pasado un rato, Jesús ofrece de nuevo la taza para un sorbo más largo, y esto lo repite, con pausas cada vez más breves, hasta que la leche se termina. Devuelve la taza al niño y se despide de él.
El hombre se reanima lentamente. Trata, con movimientos todavía inseguros, de aviarse un poco. Expresa una sonrisa de gratitud mirando a Jesús, que se ha sentado en la hierba a su lado. Se disculpa:
-Te estoy haciendo perder tiempo.
-¡No te aflijas! Nunca es tiempo perdido el usado en amar a los hermanos. Cuando estés mejor, hablaremos.
-Estoy mejor. Me vuelve el calor a los miembros, y la vista… Creía que iba a morir aquí… ¡Pobres hijos míos! Había perdido toda esperanza… ¡Y hasta ahora había tenido mucha!… Si no hubieras venido Tú, me habría muerto… así… en un camino…
-Habría sido muy triste. Es verdad. Pero el Altísimo ha mirado a su hijo y lo ha socorrido. Descansa un poco.
El hombre obedece durante un rato. Luego abre de nuevo los ojos y dice:
-Me siento revivir. ¡Si pudiera ir a Efraím!
-¿Por qué? ¿Te espera allí alguien? ¿Eres de allí?
-No. Soy de los campos de Jabnia, cerca del mar Grande. Pero fui a Galilea, siguiendo la orilla, hasta Cesárea.
Luego fui a Nazaret. Porque estoy enfermo aquí (se da unos golpecitos en el estómago). Es un mal que ninguno sabe curar y que no me deja trabajar la tierra. Soy viudo. Y con cinco hijos… Uno de nuestra zona -porque soy natural de Gaza, nacido de padre filisteo y madre sirofenicia-, uno de los nuestros, que era seguidor del Rabí galileo, vino donde nosotros con otro, para hablar de este Rabí. Yo también escuché. Y cuando cogí esta enfermedad dije: "Soy siro y filisteo, inmundicia para Israel.
Pero Hermasteo decía que el Rabí de Galilea tiene tanta bondad como poder. Yo lo creo. Voy donde Él". Así que, en cuanto mejoró el tiempo, dejé a mis hijos con la madre de mi mujer, recogí mis pocos ahorros, porque muchos ya los había consumido con la enfermedad, y fui a buscar al Rabí.
Pero de viaje el dinero termina pronto, especialmente cuando no se puede comer de todo… y uno, cuando los dolores le impiden andar, tiene que alojarse en una posada. En Seforí vendí el asno, porque no tenía ya dinero para mí y para dar lo que debiera dar al Rabí.
Pensaba que, una vez curado, podría comer de todo por e1 camino y volver pronto a casa. Y allí rehacerme con el trabajo en mis campos y en los de otros…
Pero el Rabí no está en Nazaret, ni en Cafarnaúm. Me lo dijo su Madre. Me dijo: "Está en Judea. Búscalo en casa de José de Seforí en Beceta, o en el Getsemaní. Te sabrán decir dónde está". Volví sobre mis pasos, a pie. El mal progresaba… y el dinero disminuía. En Jerusalén, adonde me habían mandado, encontré a los hombres, pero no al Rabí.
Me dijeron: "Hace mucho que lo han expulsado. El Sanedrín lo ha maldecido. Ha huido y no sabemos dónde está". Yo… me sentí morir… como hoy, más incluso que hoy. Fui por las ciudades y los campos, preguntando a todo el mundo.
Ninguno sabía nada. Alguno se solidarizaba con mi llanto, muchos me golpearon. Un día que me había puesto a mendigar fuera de las murallas del Templo, oí a dos fariseos que decían: “Ahora que se sabe que Jesús de Nazaret está en Efraím…".
No perdí tiempo. Vine hasta aquí, débil como estaba, mendigando un pan, cada vez más andrajoso y con más aspecto de enfermo. Y, no conociendo bien estos lugares, me equivoqué de camino… Hoy vengo de allí, de aquel pueblo. Hacía dos días que sólo chupaba unos hinojos silvestres, masticaba raíces Y trigo en verde. Me han creído leproso por mi palidez y me han echado a pedradas.
Sólo pedía un pan y la indicación del camino hacia Efraím… Aquí me he caído… Pero querría ir a Efraím. ¡Estoy ya tan cerca de la meta! ¿Pero va a ser posible que no la toque? Yo creo en el Rabí. No soy israelita. Pero tampoco Hermasteo lo era y Él lo amaba igualmente.
¡Pero es posible que el Dios de Israel asiente su mano sobre mí para vengarse de las culpas de quien me generó?
-El Dios verdadero es padre de los hombres. Justo, pero bueno. Premia a quien tiene fe y no hace pagar a los inocentes las culpas no propias. Pero ¿por qué has dicho que, cuando oíste que se desconocía el lugar de morada del Rabí te sentiste morir más que hoy?
-¡Hombre, porque dije: "Lo he perdido antes incluso de haberlo encontrado"! -¡Ah, por tu salud!
-No. No sólo por mi salud, sino porque Hermasteo decía de Él cosas que me parecía que si yo lo hubiera conocido habría dejado de ser inmundicia.
-¿Entonces crees que es el Mesías?
-Lo creo. No sé bien qué es el Mesías, pero creo que el Rabí de Nazaret es el Hijo de Dios.
Jesús sonríe luminosamente mientras pregunta:
-¿Y estás seguro de que, si es eso que dices, te escucha favorablemente a ti, que eres incircunciso?
-Estoy seguro porque lo decía Hermasteo. Decía: "Él es el Salvador de todos. Para Él no hay hebreos o idólatras, sino sólo criaturas a quienes salvar, porque el Señor Dios lo ha enviado para esto". Muchos se reían. Yo creí. Si puedo decirle: "Jesús, ten piedad de mí", Él me concederá lo que le voy a pedir. ¡Si eres de Efraím, llévame a Él!
Quizás Tú eres uno de sus discípulos…
Jesús sonríe cada vez más y aconseja:
-Pues prueba a pedirme a mí que Yo te cure…
-Tú eres bueno, hombre. A tu lado hay mucha paz. Sí, eres bueno; como… como el propio Rabí. Y no dudo que te haya concedido el poder de hacer milagros. Porque, para ser tan bueno como eres, necesariamente tienes que ser discípulo suyo.
A todos los que se me han manifestado como discípulos suyos, los he encontrado buenos. Pero no te ofendas si te digo que podrás, no digo que no, curar los cuerpos, pero no las almas. Y yo quisiera también la curación del alma, como fue el caso de Hermasteo. Hacerme justo… Y eso sólo puede hacerlo el Rabí.
Yo, además de un enfermo, soy un pecador. No quiero curarme físicamente para luego morirme un día, con una muerte también del alma. Quiero vivir. Hermasteo decía que el Rabí es Vida del alma y que el alma que en Él cree vive para siempre en el Reino de Dios. Llévame donde el Rabí.
¡Anda, hazme este favor! ¿Por qué sonríes? ¿Quizás porque piensas que soy audaz pretendiendo una curación sin poder dar un donativo? Mira, cuando esté curado podré seguir cultivando la tierra. Tengo unas frutas espléndidas. Que vaya el Rabí en el tiempo de la fruta madura y le pagaré con una hospitalidad todo lo larga que Él quiera.
-¿Quién te ha dicho que el Rabí quiera dinero? ¿Hermasteo?»
-No. Al contrario, él decía que el Rabí tiene compasión de los pobres y a los pobres es a quienes socorre antes. Pero eso es habitual en todos los médicos y… y, en fin, con todos.
-Con Él, no. Te lo aseguro. Y te digo que si sabes llevar tu fe hasta pedir aquí el milagro, y creerlo posible, lo tendrás.
-¿Dices la verdad?… ¿Estás seguro de eso? Bueno, claro, si eres un discípulo suyo, no puedes mentir ni errar. Y, aunque me duela no ver al Rabí… quiero obedecerte…
Quizás Él, dado que le persiguen… no quiere ser visto… no se fía ya de nadie. Tiene razón. Pero no seremos nosotros los que lo hundamos. Serán los verdaderos hebreos… Pero, bueno, yo digo aquí (se pone de rodillas con dificultad):
“¡Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí!"
-Hágase en ti como tu fe merece -dice Jesús con su gesto de dominio sobre las enfermedades.
El hombre queda como deslumbrado, o sea, recibe como una luz súbita. Comprende -no sé si por una apertura del intelecto o si por una sensación física o si por las dos cosas-quién es el que tiene delante, y emite un grito tan agudo, que el pastor, que había bajado hacia la calzada quizás para ver, acelera el paso.
El hombre está echado en el suelo con el rostro entre la hierba. Y el pastor, señalándolo con el cayado, dice:
-¿Está muerto? ¡No basta la leche cuando uno está acabado! -y menea la cabeza.
El hombre oye esto y se alza, fuerte, sano. Grita:
-¿Muerto? ¿Estoy curado! He resucitado. Él me ha hecho esto. Ya no siento ni desfallecimiento por hambre ni dolor por enfermedad. ¡Estoy como en los días de mi boda! ¡Oh, Jesús bendito! ¡¿Y cómo no te he reconocido antes?! ¡Tu piedad habría debido sugerirme tu nombre! ¡La paz que sentía a tu lado! He sido un necio. ¡Perdona a tu pobre siervo! -y se arroja de nuevo al suelo, adorando.
El pastor deja plantadas a sus cabras y se marcha corriendo, dando saltos, hacia el pueblecillo.
Jesús se sienta al lado del hombre que ha sido curado y dice:
-Me hablabas de Hermasteo como de un muerto. Por tanto, conoces su final. Sólo quiero una cosa de ti: que vengas conmigo a Efraím; que narres su final a quien está conmigo. Luego te mandaré a Jericó, donde una discípula, para que te ayude en el viaje de regreso.
-Si quieres, iré. De todas formas, ahora que estoy sano, no tengo miedo a morir por el camino. Hasta la hierba me puede nutrir, y no resulta vergonzoso extender la mano, porque he consumido mi dinero no en crápulas sino por un justo fin.
-Lo quiero. Le dirás que me has visto y que la espero aquí. Que ya puede venir. Nadie la importunará. ¿Sabrás decir esto?
-Sabré decirlo. Pero ¿por qué te odian, siendo tan bueno?
-Porque muchos hombres tienen dentro de sí un espíritu que los posee. Vamos.
Jesús se pone en camino hacia Efraím. El hombre lo sigue seguro. Sólo la gran delgadez queda como recuerdo de la enfermedad y de las penurias pasadas.
Entretanto, del pueblo bajan gesticulando y hablando alto muchas personas. Llaman a Jesús. Le dicen que se pare.
Jesús no les presta oídos; al contrario, acelera el paso. Y ellos… detrás…
De nuevo está en los aledaños de Efraím. Los cultivadores que se preparan ya para volver a sus casas, pues el ocaso empieza, saludan a Jesús, y miran al hombre que va con Él.
Por una trocha aparece Judas de Keriot. Al ver al Maestro, se sobresalta por la sorpresa. Pero Jesús no se muestra sorprendido en absoluto. Lo único que hace es decirle al hombre:
-Éste es un discípulo mío. Háblale de Hermasteo.
-¡Bien, lo digo brevemente! Era incansable en predicar al Cristo, incluso después de que -así lo quiso-se separó de su compañero para quedarse con nosotros. Decía que nosotros tenemos más necesidad que todos los demás de conocerte, Rabí, y que él quería darte a conocer en su patria, y que regresaría a tu lado cuando en todos los pueblos, hasta en los más pequeños, hubiera predicado tu Nombre. Vivía como un penitente. Si alguna persona compasiva le daba un pan, la bendecía en tu nombre; si le tiraban piedras, se retiraba, pero bendiciéndolos también.
Se nutría de fruta silvestre o de moluscos marinos que arrancaba de los escollos o sacaba de la arena. Muchos lo llamaban "loco". Pero, en el fondo, ninguno lo odiaba. Al máximo, lo arrojaban de su presencia como a un signo de mal agüero. Un día lo encontraron muerto en un camino, muy cerca de la zona de donde yo, en el camino que entra en Judea, casi en el confín.
Nunca se ha sabido la causa de la muerte. Pero se dice que lo mató uno que no quería que se predicara al Mesías.
Tenía una herida grande en la cabeza. Se dijo que le había atropellado un caballo. Pero yo no lo creo. Extendido sobre el camino, sonreía.
Sí, verdaderamente parecía sonreír a las últimas estrellas de la más serena noche de Elul y a los primeros rayos de sol de la mañana. Lo encontraron unos hortelanos que iban, con las primeras luces, a la ciudad con sus verduras, y cuando pasaron a retirar mis pepinos me lo dijeron. Fui corriendo a ver. Tenía una expresión muy serena.
-¿Has oído? -pregunta Jesús a Judas.
-He oído. ¿Pero Tú no le habías dicho que te serviría y que viviría una larga vida?
-No le dije eso exactamente. El tiempo transcurrido te empaña la mente. Pero ¿acaso no me ha servido evangelizando en lugares de misión?, ¿y acaso no tiene una vida larga? ¿Qué vida es más larga que la que conquista el que muere sirviendo a Dios? Larga y gloriosa.
Judas se ríe con esa risita extraña que tanto me molesta, y no replica.
Mientras tanto, los del pueblecito se han unido a muchos de Efraím y hablan con ellos señalando hacia Jesús.
Jesús ordena a Judas:
-Acompaña a este hombre a casa y ocúpate de que se reponga del todo. Se marchará después del sábado, que ya comienza.
Judas obedece. Jesús se queda solo. Anda lentamente, inclinándose a observar tallitos de trigo que empiezan a tener un empiece de espiga.
Unos hombres de Efraím le preguntan:
-¿Bien hermoso este trigo, no?
-Sí. Pero no es distinto del de otras regiones.
-Claro, Maestro. ¡Es trigo también! Por fuerza tiene que ser igual.
-¿Lo creéis así? Entonces el trigo es mejor que los hombres. Porque basta con que sea sembrado con el arte conveniente para que dé el mismo fruto aquí, en Judea, en Galilea o, digamos, en las llanuras de las riberas del Mar Grande. Los hombres, sin embargo, no dan el mismo fruto. Y también la tierra es mejor que los hombres porque cuando se le confía una semilla es buena para ésta, sin hacer diferencias si es una semilla de Samaria o de Judea.
-Eso es así. ¿Pero por qué dices que la tierra y el trigo son mejores que los hombres?
-¿Que por qué?… Hace poco, un hombre ha pedido por piedad un pan a las puertas de un pueblo. Y, creyendo la gente de ese lugar que era judío, ha sido rechazado; ha sido rechazado con piedras y con el grito de "leproso", que él ha creído que se lo aplicaban a su delgadez pero que en realidad lo decían por su procedencia. Y ese hombre ha estado a punto de morir de hambre en un camino.
Por tanto, la gente de ese pueblo, esos de allí que os han mandado a preguntarme y que querrían acercarse a la casa donde estoy para ver al que ha sido curado milagrosamente, tienen menos bondad que el trigo y la tierra: porque no han sabido -a pesar de que Yo, a quien ven desde hace tiempo, haya aplicado en ellos un buen trabajo-dar el mismo fruto que ha dado ese hombre, que no es ni judío ni samaritano, que no me había visto ni oído nunca, pero que ha acogido las palabras de un discípulo mío y ha creído en mí sin conocerme; y porque tienen menos bondad que la tierra, pues han rechazado al hombre por ser de otra sangre.
Ahora quisieran venir para satisfacer su hambre de curiosidad, ellos, que no supieron satisfacer el hambre de un hombre desfallecido. Decid a esa gente que el Maestro no va a satisfacer esa curiosidad inútil. Y aprended todos la gran ley del amor, sin el cual no podréis nunca ser mis seguidores. No es el amor por mí. No es sólo eso lo que salvará vuestras almas, sino el amor a mí doctrina.
Y mí doctrina enseña el amor fraterno sin distinciones de raza ni de patrimonio. Márchense, pues, esos duros de corazón que han apenado mi Corazón, y arrepiéntanse si quieren que los ame. Porque-recordad esto todos-, si es verdad que soy bueno, también lo es que soy justo; si no hago distinciones y os amo como a los otros de Galilea y Judea, eso no debe producir en vosotros el estúpido orgullo de pensar que sois los preferidos, ni debe daros licencia para hacer el mal sin temer mi censura.
Yo alabo o censuro, como lo requiere la justicia, a mis parientes y a los apóstoles, al igual que a cualquier otro ser humano; y en mí reproche hay amor, porque lo hago porque quiero la justicia en los corazones para poder, un día, conceder el premio a quien la haya practicado.
Marchaos y referid esto. Y que la lección produzca fruto en todos.
Jesús se arrolla en el manto y se echa a andar raudo hacia Efraím dejando plantados a sus interlocutores, que se marchan, más mohínos, a transmitir las palabras del Maestro a la gente de pueblecito que no tuvo piedad.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
La plaza principal de Siquem.
En ella pone una nota de primavera las ramas y hojas nuevas de los árboles, que en doble fila a lo largo del cuadrado de las paredes de las casas bordean aquélla formando como una galería.
El sol juguetea con las hojas tiernas de los plátanos, dibujando un bordado de luces y sombras en el terreno. El pilón que hay en el centro de la plaza es una superficie de plata bajo el sol. Gente conversando en corrillos acá o allá y hablando de sus negocios.
Algunos -dan la impresión de ser forasteros porque todos se preguntan quiénes son-han entrado en la plaza. Observan y se acercan al primer grupo que encuentran. Saludan. Los saludan (con estupor). Pero, cuando dicen: «Somos discípulos del Maestro de Nazaret», toda desconfianza desaparece, y hay quien va a avisar a los otros grupos, mientras que los que se han quedado dicen:
-¿Os manda Él?
-Él. Una misión muy secreta. El Rabí corre grave peligro. Ya nadie lo aprecia en Israel, y Él, que es tan bueno, dice que al menos vosotros sigáis siéndole fieles.
-¡Pero si es lo que queremos! ¿Qué debemos hacer? ¿Qué quiere de nosotros?
-¡Bueno, Él sólo quiere amor! Porque se fía demasiado de la protección de Dios. ¡Y con lo que se dice en Israel!
¿No sabéis que se le acusa de satanismo e insurrección?
¿Sabéis lo que significa esto? Represalias de los romanos contra todos. ¡Nosotros, que ya somos tan infelices, vamos a sufrir aún más atropellos! Y represalias de condena por parte de los santos de nuestro Templo. Cierto que los romanos…
Incluso por vuestro bien deberíais rebelaros, convencerlo de que se defienda, defenderlo, ponerlo casi, y sin el casi, en la imposibilidad de que lo capturen y cause un mal sin querer hacerlo. Convencedlo de que se retire al Garizim.
Donde está ahora, está todavía demasiado expuesto, y no aquieta las iras del Sanedrín ni las sospechas de los romanos. ¡El Garizim sí que tiene el derecho de asilo! Es inúti1 decírselo a Él. Si se lo dijéramos, nos maldeciría por aconsejarle la cobardía.
Pero no es así. Es amor. Lo nuestro es prudencia. Nosotros no podemos hablar. ¡Pero vosotros! Os ama. Ha preferido ya vuestra región a las otras. Organizaos, pues, para recibirlo. Porque, al menos, sabréis con precisión si os ama o no. Si rechazara vuestra ayuda, sería signo de que no os ama, y entonces bien estaría que se marchara a otro lugar.
Porque, habéis de creerlo -y lo decimos con dolor porque lo amamos-su presencia es un peligro para quien le da alojamiento. Aunque es cierto que vosotros sois mejores que todos los demás y no miráis los peligros. De todas formas, es justo que si arriesgáis las represalias romanas, pues que, al menos, lo hagáis por correspondencia de amor.
Nosotros os aconsejamos por el bien de todos.
-Es como decís. Y haremos lo que decís. Iremos donde Él…
-¡Sed cautos! ¡Que no se dé cuenta de que os lo hemos sugerido nosotros!
-¡No temáis! ¡No temáis! Lo haremos bien. ¡Seguro!
Dejaremos claro que los despreciados samaritanos valen como cien, como mil judíos y galileos para defender al Cristo. Venid. Entrad en nuestras casas, vosotros, emisarios del Señor. ¡Será como si entrara Él! ¡Hace mucho que Samaria espera el amor de los siervos de Dios!
Se alejan llevando en medio, como en triunfo, a estos que creo no equivocarme si los defino como emisarios del Sanedrín. Y dicen:
-Ya vemos que nos ama, porque en pocos días es el segundo grupo de discípulos que nos envía. Y hemos hecho bien tratando con amor a los primeros, ¡y también mostrándonos tan buenos con Él en orden a los hijitos de esa mujer nuestra muerta! El ya nos conoce…
Se alejan contentos.
Toda Efraím se echa a la calle para ver el insólito hecho de un cortejo de carros romanos cruzándola. Son muchos carros y literas cubiertas, flanqueadas por esclavos, precedidas y seguidas por legionarios. La gente intercambia gestos significativos y bisbisea. El cortejo, llegado al camino que se desvía hacia Betel y Ramá, se separa en dos partes. Se quedan parados un carro y una litera con una escolta de soldados; el resto prosigue.
Las cortinas de la litera se descorren un instante y una mano adornada con gemas, blanca, de mujer, hace una señal al jefe de los esclavos para que se acerque. El hombre obedece sin decir nada. Escucha. Se acerca a un grupo de mujeres curiosas. Pregunta:
-¿Dónde está el Rabí de Nazaret?
-En aquella casa. Pero a esta hora normalmente está en el torrente. Allí hay una pequeña isla. Hacia aquellos sauces. Donde está aquel chopo. Allí pasa orando días enteros.
El hombre vuelve y refiere. La litera se pone de nuevo en movimiento. El carro permanece donde está. Los soldados siguen a la litera hasta las orillas del torrente y cortan el camino. Sólo la litera va, costeando el curso de agua, hasta la altura de la isla, la cual, avanzando la estación climática, se ha poblado mucho de vegetación: es ahora una espesura impenetrable dominada por el tronco y la copa argéntea del chopo.
Una orden y la litera cruza el pequeño curso de agua, entrando en ella los portadores, que llevan vestimentas cortas. Baja Claudia Prócula con una liberta, y Claudia hace a un esclavo negro de la escolta de la litera una señal de seguirla. Los otros vuelven a la orilla.
Claudia, seguida por los dos, se adentra en la corta islita, en dirección hacia el chopo que descuella en el centro. Las altas hierbas ahogan el ruido de los pasos.
Llega casi al lugar donde está Jesús, absorto, sentado al pie del árbol. Lo llama mientras avanza ella sola; contemporáneamente, con un gesto imperioso, clava en el lugar en que estaban a los dos fieles que la acompañan.
Jesús alza la cabeza y, al ver a la mujer, se pone en pie enseguida. La saluda, pero permaneciendo erguido contra el tronco del chopo; no muestra ni estupor, ni molestia o enfado por la intrusión.
Claudia, después del saludo, va al grano sin rodeos:
-Maestro, han venido a mí, mejor dicho: a Poncio, algunos… Yo no hago largos discursos. Pero, dado que te admiro, te digo, como habría dicho a Sócrates si hubiera vivido en sus días, o a cualquier otro hombre virtuoso perseguido injustamente: "yo no puedo mucho, pero lo que me sea posible lo haré". Y, entretanto, escribiré a donde pueda para otorgarte protección y también… poder. Viven entronizados, o en los puestos altos, muchos que no lo merecen…
-Dómina, no te he pedido ni honores ni protección. El verdadero Dios te premie tu pensamiento. Pero da tus honores y tus protecciones a quien los ambicione. Yo no tiendo a eso.
-¡Ah, esto es lo que quería! ¡Tú eres, entonces, verdaderamente el Justo que yo presentía! ¡Y los otros, tus indignos calumniadores! Se han presentado a nosotros y…
-No hace falta que hables, dómina. Yo sé.
-¿Sabes también que se dice que por tus pecados has perdido todo poder y que por eso vives aquí segregado?
-También lo sé. Y sé que esta última cosa te ha resultado más fácil de creer que la primera. Porque tu mente pagana tiene capacidad de discernir el poder humano o la bajeza humana de un hombre; pero no puedes todavía comprender lo que es el poder del espíritu.
Estás… desilusionada de tus dioses, que en vuestras religiones aparecen en continuas controversias y con un muy lábil poder sujeto a fáciles interdicciones por contrastes de unos con otros. Y tienes la misma idea del Dios verdadero. Pero no es así. Como era cuando me viste la primera vez curar a un leproso, así soy ahora, y así seré cuando parezca completamente destruido. ¿Ése es tu esclavo mudo, no es verdad?
-Sí, Maestro.
-Dile que se acerque.
Claudia lanza una voz y el hombre se acerca y se postra en tierra entre Jesús y su ama. Su pobre corazón de salvaje no sabe a quién venerar más. Tiene miedo de que, si venera más al Cristo que a su ama, ésta lo castigue. Pero, a pesar de todo, mirando primero suplicantemente a Claudia, repite el gesto llevado a cabo en Cesárea: toma el pie desnudo de Jesús entre sus gruesas manos negras y, arrojándose rostro en tierra, se pone el pie encima de la cabeza.
-Dómina, escucha. Según tú, ¿es más fácil conquistar solos un reino o hacer renacer una parte del cuerpo que ya no existe?
-Conquistar un reino, Maestro. La fortuna ayuda a los audaces. Pero nadie, o sea, sólo Tú, puede hacer renacer a un muerto y dar nuevos ojos a un ciego.
-¿Y por qué?
-Porque… Porque Dios puede hacer todo.
-¿Entonces para ti Yo soy Dios?
-Sí… o, al menos, Dios está contigo.
-¿Puede Dios estar con un malvado? Hablo del verdadero Dios, no de vuestros ídolos, que son delirios de quien busca aquello que siente que existe, sin saber lo que es, y se crea fantasmas para apagar el ansia de su alma.
-Yo diría que no. No. Diría que no. Nuestros mismos sacerdotes pierden el poder en cuanto caen en culpa.
-¿Qué poder?
-Pues… el de leer los signos del cielo y los oráculos de las víctimas, el vuelo y el canto de las aves. Ya sabes… los augures, los arúspices…
-Sé. Sé. ¿Y entonces? Mira. Y tú alza la cabeza y abre la boca, oh hombre al que un cruel poder humano privó de un don de Dios. Y por voluntad del Dios verdadero, único, Creador de cuerpos perfectos, recibe lo que el hombre te quitó.
Ha metido su dedo blanco en la boca abierta del mudo.
La liberta, curiosa, no sabe contenerse en su sitio y se acerca para mirar. Claudia está muy agachada observando.
Jesús quita el dedo y grita:
-Habla, usa la parte renacida para alabar al Dios verdadero.
Y, imprevisto como toque de trompeta de un instrumento mudo hasta ese momento, gutural pero neto, responde un grito:
-¡Jesús! -y el negro cae a tierra llorando su alegría, y lame, verdaderamente lame, los pies desnudos de Jesús, como podría hacer un perro agradecido.
-¿He perdido mi poder, dómina? A quienes insinúan esto, dales esta respuesta. Y tú álzate y sé bueno, pensando en lo mucho que te he amado. Te he llevado en mi corazón desde el día de Cesárea. Y contigo a todos los que son como tú. Considerados mercancía, considerados menos que los animales, cuando en realidad sois hombres, iguales que César en cuanto a la concepción y quizás mejores que él en cuanto a la voluntad del corazón… Puedes retirarte, dómina. No hay más que decir.
-Sí que hay más. Lo que hay es que yo había dudado… Lo que hay es que yo, con dolor, casi creía en lo que se decía de ti. Y no sólo yo. Perdónanos a todas, menos a Valeria, que siempre ha tenido un único pensamiento; más aún, que cada vez progresa más en ese pensamiento.
Y también otra cosa: que aceptes mi don: este hombre -ahora que habla, ya no podría servirme-y mi dinero.
-No. Ni lo uno ni lo otro.
-¡Entonces no me perdonas!
-Si perdono incluso a los de mi pueblo, doblemente culpables de no conocerme en lo que soy, ¿no iba a perdonaros a vosotros, vacíos de toda cognición divina?
Mira, he dicho que no aceptaba ni el dinero ni al hombre. Ahora tomo dinero y hombre, y con el dinero emancipo al hombre. Te devuelvo tu dinero porque compro a este hombre.
Y lo compro para devolverlo a la libertad, para que vaya a sus tierras y diga que está en la Tierra Aquel que ama a todos los hombres, y que cuanto más infelices los ve más los ama. Ten tu bolsa.
-No, Maestro. Es tuya. El hombre es libre de todas formas.
Es mío. Te lo he donado. Tú lo liberas. No es necesario dinero para eso.
-Bueno, pues… ¿Tienes un nombre? -pregunta al hombre.
-Lo llamábamos Calixto, por chanza. Pero cuando fue tomado…
-No importa. Conserva ese nombre. Y hazlo verdadero haciéndote hermosísimo en tu espíritu. Ve. Sé feliz, porque Dios te ha salvado.
¡Marcharse! El negro no se cansa de besar y decir: « ¡Jesús! ¡Jesús!, y vuelve a ponerse el pie de Jesús en la cabeza, y dice:
-Tú. Mi único Amo.
-Yo. Tu verdadero Padre. Dómina, te encargarás de él para que vuelva a su tierra. Usa el dinero para eso. Y el resto que se le dé a él. Adiós, dómina. No acojas nunca las voces de las tinieblas. Sé justa. Y que sepas conocerme. Adiós, Calixto. Adiós, mujer.
Jesús pone fin al coloquio. Cruza de un solo salto el torrente, por la parte opuesta a donde está parada la litera, y se adentra entre los matorrales, los sauces y las cañas.
Claudia llama a los portadores de la litera. Pensativa, sube a ella. Pero si Claudia calla, la liberta y el esclavo emancipado hablan por diez, y hasta los legionarios pierden su estatuaria disciplina ante el prodigio de una lengua renacida. Claudia está demasiado pensativa como para ordenar silencio.
Semiechada en la litera, hincado el codo en los almohadones, apoyada la cabeza en la mano, no oye nada.
Está absorta. Ni siquiera se da cuenta de que la liberta no está con ella, sino que habla como una urraca con los portadores mientras Calixto habla con los legionarios, los cuales, si bien mantienen las filas, no mantienen el silencio.
¡Demasiada emoción para hacerlo! Desandando el camino, llegan a la bifurcación para Betel y Ramá; la litera deja Efraím para reunirse con el resto del cortejo.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
-Y yo os digo que sois todos unos necios si creéis ciertas cosas. Necios y más ignorantes que los carneros llanos, que, al estar mutilados, ni siquiera conocen las reglas del instinto.
Van por las ciudades una serie de hombres calificando de anatema al Maestro; y otros llevando órdenes que no pueden, ¡no pueden, por el Dios verdadero!, no pueden venir de Él. Vosotros no lo conocéis.
Yo lo conozco. ¡Y no puedo creer que haya cambiado de esa forma! ¡Pues que vayan! ¿Vosotros decís que son discípulos suyos? ¿Pero quién los ha visto alguna vez con Él! ¿Decís que una serie de rabíes y fariseos han dicho sus pecados? ¿Pero quién ha visto sus pecados? ¿Le habéis oído alguna vez hablar de cosas obscenas? ¿Le habéis visto alguna vez en pecado?
¿Entonces? ¿Cómo pensáis que, si fuera pecador, Dios le movería a hacer esas obras tan grandes? Necios, necios os digo, torpes, ignorantes como patanes que ven por primera vez a un histrión en un mercado y creen verdadero lo que el histrión finge. Así sois vosotros.
Observad si los sabios y los que tienen inteligencia abierta se dejan seducir por las palabras de los falsos discípulos, que son los verdaderos enemigos del Inocente, de nuestro Jesús ¡al que vosotros no sois dignos de tener por hijo! Observad si Juana de Cusa-¡oye, que digo a mujer del administrador de Herodes!-, la princesa Juana, se aleja de María. Observad si… ¿Hago bien en decirlo?…
Sí, hago bien, porque no hablo por hablar, sino para convenceros a todos… ¿Habéis visto, la pasada luna, ese carro tan bonito que vino al pueblo y fue a pararse delante de la casa de María? ¿Sabéis ya? Ese que tenía un toldo tan bonito como una casa. Bueno, pues ¿sabéis quién venía en el carro? ¿Sabéis quién bajó del carro para ir a postrarse ante María? Lázaro de Teófilo, Lázaro de Betania.
¿Os dais cuenta? ¡El hijo del primer magistrado de Siria, el noble Teófilo, casado con Euqueria de la tribu de Judá y de la familia de David! El gran amigo de Jesús. El hombre más rico e instruido de Israel, respecto a nuestras historias Y a las de todo el mundo. El amigo de los romanos. El benefactor de todos los pobres. En fin, el resucitado de la muerte después de cuatro días de estar en el sepulcro.
¿Ha abandonado él, acaso, a Jesús por creer lo que dice el Sanedrín? ¿Vosotros decís que es porque lo ha resucitado?
No.
Es porque sabe quién es el Cristo que es Jesús. ¿Y sabéis qué vino a decir a María? Que estuviera preparada porque él la iba a acompañar a Judea. ¿Os dais cuenta? ¡Él, Lázaro, como si fuera el siervo de María! Yo sé esto porque estaba allí cuando entró y la saludó arrodillándose en el suelo, sobre las pobres losas de la pequeña habitación, él, vestido como Salomón, acostumbrado a las alfombras, ahí, en el suelo, besando el extremo de la túnica de la Mujer nuestra y saludándola:
"Te saludo, María, Madre de mi Señor. Yo, tu siervo, el último de los siervos de tu Hijo, vengo a hablarte de Él y
a ponerme a tus órdenes". ¿Comprendéis? Yo… me conmoví tanto… que cuando me saludó también a mí llamándome "hermano en el Señor” ya no supe decir ni una palabra.
Pero Lázaro comprendió, porque es inteligente. Y durmió en el lecho de José, mandando adelante a los sirvientes a esperarlo en Seforí. Porque iba a sus tierras de Antioquía.
Y dijo a las mujeres que estuvieran preparadas porque para final de esta luna pasará a recogerlas para evitarles la fatiga del viaje. Y Juana se unirá a la caravana con su carro para llevar a las discípulas de Cafarnaúm y Betsaida. ¿Todo esto no os dice nada?
Por fin el buen Alfeo de Sara toma respiro en medio del remolino de gente que hay en medio de la plaza. Y Aser e Ismael, y también los dos primos de Jesús, Simón y José -más abiertamente Simón, más reticentemente José-, le ayudan aprobando todo lo que ha dicho.
José dice:
-Jesús no es bastardo. Si tiene necesidad de hacer saber algo, tiene aquí parientes dispuestos a hacerse embajadores suyos. Y tiene discípulos fieles y poderosos, como Lázaro. Lázaro no ha hablado de eso que dicen otros.
-Y nos tiene también a nosotros. Antes éramos burreros, pero ahora somos sus discípulos, y también servimos para decir: "Haced esto o aquello" -dice Ismael.
-Pero la condena que pende de la puerta de la sinagoga la ha traído un enviado del Sanedrín y lleva el sello del Templo objetan algunos.
-Eso es verdad. Pero ¿y qué? ¿Va a ser ésta la única cosa por la que nosotros -que tenemos fama en todo Israel de saber captar lo que realmente es el Sanedrín y, por tanto, somos despreciados como cosa poco buena-vamos a considerar sabio al Templo? ¿Es que no conocemos a los escribas y fariseos y a los jefes de los sacerdotes? -rebate Alfeo.
-Es verdad. Alfeo tiene razón. Yo he decidido bajar a Jerusalén para saber a través de verdaderos amigos cómo están las cosas. Y lo haré mañana mismo -dice José de Alfeo.
-¿Y te vas a quedar allí?
-No. Regreso. Luego volveré a bajar para la Pascua. No puedo estar mucho tiempo lejos de casa. Es un esfuerzo que me impongo. Pero para mí es un deber hacerlo. Soy el cabeza de familia y sobre mí pesa la responsabilidad de la presencia de Jesús en Judea. Yo insistí que fuera allá…
El hombre yerra en sus juicios. Creía que fuera bien para Él. Sin embargo… ¡Que Dios me perdone! Y debo, al menos, seguir de cerca las consecuencias de mi consejo, para confortar a mi Hermano -dice José de Alfeo con su lento y grave modo de hablar.
-En otros tiempos no hablabas así. Es que tú también estás seducido por las amistades de los grandes. Tus ojos están llenos de brumas -dice un nazareno.
-No son las amistades de los grandes lo que me seduce, Eliaquim. Lo que me convence es la conducta de mi Hermano.
Si me equivoqué y ahora cambio, muestro que soy un hombre justo. Porque errar es propio del hombre, pero ser obstinados lo es del animal.
-¿Y dices que vendrá Lázaro en persona? ¡Pues querríamos verlo! ¿Cómo es uno que regresa de la muerte? Estará ofuscado, como asustado. ¿Qué dice de su permanencia entre los muertos? -preguntan muchos a Alfeo de Sara.
-Está como yo y vosotros. Alegre, con vitalidad, tranquilo. No habla del otro mundo. Como si no recordara. Pero sí recuerda su agonía.
-¿Por qué no nos has avisado de que estaba en el pueblo?
-¡Ya, claro! ¡Para que hubierais invadido la casa! Me retiré también yo. Se requiere un poco de delicadeza, ¡¿no?!
-Pero, cuando vuelva, ¿no será posible verlo? Avísanos. Está claro que serás como siempre el guardián de la casa de María.
-¡Claro! Tengo la gracia de estar cerca de Ella. Pero no voy a avisar a nadie. Apañáoslas vosotros. El carro se ve, y Nazaret no es Antioquía, ni tampoco Jerusalén como para que pase desapercibida una Mole tan grande. Montad guardia y… arreglaos vosotros. De todas formas, esto es una cosa vana.
Más bien, haced que al menos su ciudad no tenga fama de necia por creer en las palabras de los enemigos de nuestro Jesús. ¡No creáis, no creáis!; ni a quien dice que es un Satanás, ni a quien os anima a rebelaros en su nombre. Un día sentiríais el remordimiento.
Y si luego el resto de Galilea cae en la trampa y cree en lo que no es verdad, pues peor para ella. Adiós. Me marcho porque cae la tarde…
Y se marcha, contento de haber defendido a Jesús.
Los otros se quedan discutiendo entre sí. Pero, aunque estén divididos en dos campos y el más numeroso sea, por desgracia, el de los crédulos, acaba imponiéndose la idea propuesta por los pocos amigos de Cristo, que es la de esperar, a agitarse y a acoger calumnias o invitaciones a la rebelión, a que lo hagan las otras ciudades galileas, que -dice Aser, el discípulo«más astutas que Nazaret, por ahora se ríen en la cara de los falsos enviados».
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Jesús está solo, todavía en la caverna. Una lumbre resplandece dando luz y calor, un fuerte olor de resinas y ramajes se esparce, entre chasquidos y chisporroteos, por el antro. Jesús se ha retirado al fondo, a una concavidad en cuyo suelo hay ramajes secos; allí está meditabundo.
La llama, de vez en cuando, ondea y merma y aumenta, alternativamente, debido a rachas de viento que enfilan la espesura de las plantas para introducirse silbando en la caverna, que resuena como una bocina.
No es un viento continuo: cesa, luego se levanta de nuevo, como las olas de un mar en momentos de ola larga. Cuando silba fuerte, impulsa las cenizas y hojas secas hacia el estrecho pasillo rocoso por el que Jesús ha ido a la gruta más grande, y la llama se pliega hasta lamer el suelo en aquella dirección; luego, cuando cesa la racha de viento, la llama se eleva de nuevo, todavía ondulante, para resplandecer otra vez enhiesta. Jesús no hace caso. Medita.
Luego, al sonido del viento se une el de la lluvia, que golpea, primero rala, luego más densa, contra el ramaje y hojas de las plantas. Un verdadero turbión transforma pronto los senderos de las laderas en ruidosos torrentes.
Y ahora es la voz del agua la que predomina porque el viento lentamente calla. La luz, muy relativa, del crepúsculo borrascoso, y la del fuego, que, terminada la hojarasca, rojea, pero sin llama, apenas dan claridad a la caverna, cuyos rincones ya están totalmente en sombra. A Jesús, que está vestido de oscuro, ya no se le distingue; a duras penas, si levanta la cara -la tiene agachada, sobre las rodillas dobladas-, se ve un blancor que contrasta con la pared oscura.
Fuera de la gruta, en el sendero, ruido de pasos y palabras entrecortadas por jadeo, propias de uno cansado y agitado. Luego una sombra oscura que chorrea agua por todas partes se proyecta en el vacío de la entrada.
El hombre, porque es un hombre, y de barba tupida y negra, emite un «¡oh!» de alivio y arroja al suelo la prenda empapada de agua-que cubre su cabeza, sacude el manto y monologa: «¡Mmm'. ¡Bien vas a tener que sacudirlo, Samuel! ¡Parece que se hubiera caído en la hoya de un batanero! ¿Y las sandalias? ¡Barcas! ¡Barcas en el fondo del río! ¡Estoy mojado hasta los huesos! ¡Fíjate qué regueros de los pelos! Parezco un canalón roto que suelte agua por mil agujeros. ¡Pues bien empezamos! ¿Será que Belcebú está de su parte y lo defiende? ¡Mmm! ¡La recompensa es alta… pero…!
Se sienta dejándose caer sobre una piedra cercana al fuego, cuyos tizones, terminada ya la llama, rojean formando esos dibujos extraños que constituyen la última vida de la leña quemada, y trata de reavivarlo soplando. Se quita las sandalias y trata de secarse los pies fangosos con algunas partes del manto que están menos mojadas que el resto. Pero se seca con agua. Su esfuerzo sirve sólo para quitar el barro de los píes y pasarlo al manto.
Sigue monologando:
-¡Malditos sean ellos, él y todos! Y he perdido incluso la bolsa. ¡Claro! Mucho es ya que no haya perdido la vida…
"Es el camino más seguro" dijeron. ¡Ya! ¡Pero ellos no lo recorren! ¡Si no hubiera visto esta llama! ¿Quién la habrá encendido? Algún desgraciado como yo. Pero ¿dónde estará ahora? Allí hay un agujero… Quizás otra gruta… ¿No serán bandoleros? ¡Pero… qué tonto! ¡Qué me van a robar, si no tengo ni una perra? Bueno, no importa. Este fuego es más que un tesoro. ¡Si tuviera algo de ramaje para reavivarlo! Me quitaría y me secaría la ropa. ¡Digo yo, ¿no?! ¡No tengo otra cosa hasta el regreso!…
-Si quieres ramas, amigo, aquí hay -dice Jesús sin moverse de su sitio.
El hombre, que estaba vuelto de espaldas respecto a Jesús, se sobresalta por esa voz imprevista; se pone inmediatamente en pie y se vuelve. Parece muy asustado.
-¿Quién eres? -pregunta abriendo desmesuradamente los ojos para tratar de ver.
-Un viandante como tú. He sido Yo el que ha encendido el fuego, y me alegro de que te haya servido de guía.
Jesús se acerca con un haz de leña en los brazos y lo deja caer al lado del fuego. Dice:
-Reaviva la llama antes de que la ceniza cubra todo. No tengo ni yesca ni eslabón, porque el que me los prestó se ha marchado después de la puesta del sol.
Jesús habla en tono amistoso, pero no se acerca hasta el punto de que el fuego lo ilumine. Al contrario, vuelve a su rincón y permanece allí, más envuelto que antes, en su manto.
El hombre, mientras, se agacha para soplar en las hojas que ha arrojado al fuego, y está ocupado en eso hasta que la llama resurge. Ríe mientras sigue echando ramas cada vez más gruesas que reaniman la llama. Jesús se ha vuelto a sentar en su sitio y lo observa.
-Ahora tendría que desnudarme para secar la túnica. Prefiero estar desnudo antes que mojado como estoy. Pero ni puedo quitármela. Se ha venido abajo un trozo de ladera y me he visto debajo de una cascada de tierra y agua. ¡Ah, ahora estoy bien! ¡Fíjate! He roto la túnica. ¡Maldito viaje! ¡Si, al menos, hubiera transgredido el sábado! Pero no. Hasta la puesta del sol he estado parado. Después… ¿Y ahora cómo me apaño? Para salvarme he soltado la bolsa, que se habrá caído hacia el valle o se habrá quedado enganchada en algún matorral, ¡a saber dónde!…
-Aquí tienes mi túnica. Está seca y caliente. A mí me basta con el manto. Tómala. Estoy sano. No temas.
-Y también eres bueno. Un buen amigo. ¿Cómo agradecértelo?
-Queriéndome como a un hermano.
-¿Queriéndote como a un hermano? Pero si no me conoces. ¿Querrías mi estima aunque fuera un malvado?
-La querría para hacerte bueno.
El hombre, que es joven, más o menos de la edad de Jesús, agacha la cabeza y reflexiona. Tiene la túnica de Jesús en sus manos, pero no la ve. Piensa. Y, instintivamente, se la pone sobre la piel desnuda (y es que se ha quitado todo, incluso la túnica de debajo).
Jesús, que había vuelto a su rincón, pregunta:
-¿Cuándo has comido?
-A la hora sexta. Hubiera debido comer al llegar al pueblo, abajo en el valle. Pero he perdido el camino, la bolsa y el dinero.
-Mira. Tengo aquí todavía algo de comida. Debía servirme para mañana. Pero tómalo. A mí no me pesa el ayuno.
-Pero… si tienes que andar, necesitarás fuerzas…
-No voy lejos. Sólo a Efraím…
-¿A Efraím?! ¿Eres samaritano?
-¿Sientes repulsa? No soy samaritano.
-Efectivamente… tu acento es galileo. ¿Quién eres? ¿Por qué no muestras tu cara? ¿Necesitas ocultarte por algún delito? No te voy a denunciar.
-Soy un viandante, lo he dicho antes. Mi Nombre no te diría nada, o te diría demasiado. Y, además, ¿qué es el nombre? ¿Si te ofrezco una túnica para tu cuerpo aterido, un pan para tu hambre y, sobre todo, mi piedad para tu corazón, acaso necesitas saber mi Nombre para sentir el alivio de la ropa seca, la comida y el afecto? Pero, si quieres darme un nombre, llámame "Piedad".
No tengo nada vergonzoso que me obligue a ocultarme. Pero no por ello no me denunciarías, porque tu corazón tiene dentro un pensamiento no bueno y los malos pensamientos dan frutos de malas acciones.
El hombre se sobresalta y va donde Jesús, pero de Jesús se ven solamente los ojos, y, además, velados por los párpados semicerrados.
-Come, come, amigo. No hay otra cosa que hacer.
El hombre se acerca de nuevo al fuego y come lentamente, sin decir nada. Está pensativo. Jesús está todo aovillado en su rincón. El hombre va reponiéndose. El calor de la hoguera, el pan y la carne asada que Jesús le ha dado lo ponen contento. Se levanta, se estira, extiende desde una punta de roca hasta una gruesa escarpia oxidada -a saber quién, y cuándo, la clavó allí-el cordón que llevaba como cinto y tiende encima, para que se sequen, túnica, manto y gorro; sacude las sandalias, las acerca a la llama a la que alimenta generosamente.
Jesús parece estar adormilado. El hombre también se sienta, y piensa. Luego se vuelve y mira al Desconocido. Pregunta:
-¿Duermes?
Jesús responde:
-No. Pienso y oro.
-¿Por quién?
-Por todos los necesitados, de todas las clases. ¡Y son muchos!»
-¿Eres un penitente?
-Soy un penitente. La Tierra tiene mucha necesidad de penitencia, para que los débiles en ella reciban la fuerza para rechazar a Satanás.
-Es como has dicho. Hablas como un rabí. Sé distinguir porque soy saforim. Estoy con el rabí Jonatán ben Uziel.
Soy su discípulo preferido. Y ahora, si el Altísimo me asiste, me apreciará todavía más. Todo Israel alabará mi nombre.
Jesús no replica.
E1 otro, pasado un rato, se alza y va a sentarse al lado de Jesús. Dice, mientras se alisa con la mano el pelo, que casi lo tiene ya seco, ordenándose la barba:
-Oye, has dicho que vas a Efraím. Pero ¿vas por azar o es que estás allí?
-Vivo en Efraím.
-¡Pero has dicho que no eres samaritano!
-Lo repito: no soy samaritano.
-¿Y quién puede vivir allí si no…? Oye, se dice que en Efraím se ha refugiado el Rabí de Nazaret, el proscrito, el maldito. ¿Es verdad?
-Es verdad. Jesús, el Cristo del Señor, está allí.
-¡No es el Cristo del Señor! ¡Es un embustero! ¡Un blasfemo! ¡Un demonio! Es la causa de todos nuestros males. ¡Y no surge un vengador de todo el pueblo que lo derribe! -exclama, fanático de odio.
-¿Acaso te ha hecho algún mal, que hablas de Él con tanto odio en la voz?
-A mí no. Sólo lo vi una vez, en los Tabernáculos, y en medio de un gentío tal, que me costaría reconocerlo.
Porque aunque sea discípulo del gran rabí Jonatán ben Uziel, hace poco que estoy definitivamente en el Templo.
Antes… no podía por muchas razones, y sólo cuando el rabí estaba en su casa estaba a sus pies bebiendo justicia y doctrina. Pero tú… me has preguntado si lo odio, y he sentido una celada reprensión en tus palabras. ¿Es que eres un seguidor del Nazareno?
-No lo soy. Pero cualquiera que sea justo condenará el odio.
-El odio es santo cuando va contra un enemigo de Dios y de la Patria. El Rabí nazareno es eso. Destruirlo y odiarlo es santo.
-¿Destruir al hombre o a la idea que representa y la doctrina que proclama?
-¡Todo! ¡Todo! No se puede destruir una de esas cosas si se pasa por alto otra. En el hombre está su doctrina y su idea. O se abate todo o no sirve para nada. Cuando se abraza una idea se abraza conjuntamente al hombre que la representa y a su doctrina. Esto lo sé porque lo experimento respecto a mi maestro. Sus ideas son las mías; sus deseos, leyes para mí.
-Efectivamente, un buen discípulo actúa así. Pero hay que saber distinguir si es bueno el maestro, y seguir sólo a un maestro bueno. Porque no es lícito perder la propia alma por amor hacia un hombre.
-Jonatán ben Uziel es bueno».
-No. No lo es.
-¿Qué dices? ¿Me dices a mí eso estando aquí solos y pudiendo matarte para vengar a mi maestro? Ten en cuenta que soy robusto.
-No tengo miedo. No tengo miedo de la violencia. Y no tengo miedo ni aun sabiendo que, si arremetes contra mí, no voy a reaccionar.
-¡Ah, ahora entiendo! Eres un discípulo del Rabí, un "apóstol". Él llama así a sus discípulos más fieles. Y vas donde Él. Quizás el que estaba contigo era un compañero tuyo y estás esperando a algún otro compañero.
-Espero a alguien, sí.
-¡Al Rabí!
-No hay necesidad de que lo espere. Él no necesita mi palabra para ser curado de su enfermedad: no tiene ni el alma ni el cuerpo enfermos. Espero a una pobre alma envenenada, delirante, para curarla.
-¡Eres un apóstol! Porque se sabe que Él los manda a evangelizar, ya que Él tiene miedo de ir desde que ha sido condenado por el Sanedrín. ¡Por eso tú tienes sus doctrinas! No reaccionar contra el que ofende es una de sus doctrinas.
-Es una de sus doctrinas porque enseña el amor, el perdón, la justicia, la mansedumbre. Ama a los enemigos y no sólo a los amigos. Porque lo ve todo en Dios.
-Si me encontrara… si, como espero, lo encuentro, no creo que a mí me ame. ¡Sería un necio! Pero no puedo hablar contigo, que eres un apóstol suyo. Y me arrepiento de haber dicho lo que he dicho, porque se lo referirás a Él.
-No hay necesidad. Pero, en verdad te digo que te amará; es más, que te ama, a pesar de que vayas a Efraím para tenderle una trampa y entregarlo al Sanedrín, que ha prometido un cuantioso premio al que haga eso.
-¿Eres… profeta o tienes espíritu pitón? ¿Te ha comunicado Él su poder? ¿Eres un maldito tú también? ¡Y yo he aceptado tu pan, tu túnica! ¡Te has comportado conmigo como amigo! Está escrito: "No alzarás tu mano contra el que te ha hecho el bien". ¡Y tú esto has hecho! Porque, si sabías que yo… ¿Quizás para impedirme actuar? Bueno pues, si contigo voy a ser clemente por haberme dado pan, sal, fuego y vestido, y faltaría contra la justicia haciéndote un mal, no voy a ser clemente con tu Rabí, porque a Él no lo conozco y no me ha hecho el bien sino el mal.
-¡Desdichado! ¿No te das cuenta de que deliras? ¿Cómo puede uno que no conoces haberte hecho el mal? ¿Cómo puedes respetar el sábado si no respetas el precepto de no matar?…
-Yo no mato.
-Materialmente, no. Pero no hay diferencia entre quien mata y quien pone la víctima en las manos del que mata.
Respetas la palabra de un hombre, que dice que no se debe perjudicar a quien te ha echo un bien, y luego no respetas la palabra de Dios y, tendiendo una trampa, por un puñado de monedas, por un poco de honor, el sucio honor de haber sabido traicionar a un inocente, te preparas a cometer un delito…
-No lo hago sólo por las monedas y el honor, sino por hacer una cosa grata a Yeohveh y beneficiosa para la Patria. Repito el gesto de Yael y Judit (el gesto de Yael (contra Sisara) en Jueces 4, 17-22, y Judit (contra Holofernes) en Judit 12, 10-20; 13).
Está más exaltado que antes.
-Sisara y Holofernes eran enemigos de nuestra Patria. Eran invasores. Eran crueles. ¿Pero qué es el Rabí de Nazaret? ¿Qué invade? ¿Qué usurpa? Es pobre y no quiere riquezas, es humilde y no quiere honores, es bueno, bueno con todos.
Los que se han visto agraciados por Él se cuentan a millares. ¿Por qué lo odiáis? ¿Tú por qué lo odias? No te es lícito hacer el mal a tu prójimo. Sirves al Sanedrín.
Pero ¿será el Sanedrín el que te juzgue en la otra vida, o será Dios? ¿Y cómo te juzgará? No te digo que te vaya a juzgar por haber matado al Cristo, pero sí te digo que te juzgará por haber matado a un inocente.
Tú no crees que el Rabí de Nazaret sea el Cristo, y por eso, por tu idea de que no lo es, no se te imputará este delito. Dios es justo y no juzga como culpa el acto llevado a cabo sin plena advertencia. No te juzgará, por tanto, por haber matado al Cristo, porque para ti Jesús de Nazaret no es el Cristo.
Pero sí que te acusará de haber matado a un inocente. Porque tú sabes que es inocente. Te han envenenado, embriagado con palabras de odio; pero no lo estás tanto como para no entender que Él es inocente. Sus obras hablan en su favor. Vuestro miedo -más el de los maestros que el vuestro de discípulos-teme y ve lo que no existe; es el miedo de quienes temen que Él los suplante. ¡No temáis, que Él os abre los brazos para deciros: "Hermanos"!
No envía soldados contra vosotros. No os maldice. Lo único que quisiera sería salvaros, salvaros a vosotros, a los grandes y a los discípulos de los grandes, de la misma forma que quiere salvar al último de Israel; a vosotros más que al ínfimo de Israel, más que al niño que todavía no sabe lo que es el odio y el amor. Porque vosotros tenéis más necesidad de ser salvados que los ignorantes y los niños, porque sabéis, y pecáis sabiendo.
¿Tu conciencia de hombre, si la despojas de las ideas que en ella han metido, si la depuras de los venenos que te hacen delirar, te puede decir que Él es culpable? ¡Dilo!
Sé sincero. ¿Acaso lo has visto un solo día faltar contra la Ley, o aconsejar que se falte contra ella? ¿Lo has visto pendenciero, ávido, lujurioso, calumniador, duro de corazón? ¡Habla! ¿Lo has visto, acaso, irrespetuoso para con el Sanedrín?
Vive como un proscrito por obedecer al veredicto del Sanedrín. Podría lanzar un grito y toda Palestina lo seguiría para marchar contra los pocos que lo odian, y, sin embargo, aconseja a sus discípulos paz y perdón.
Podría -de la misma manera que da vida a los muertos, vista a los ciegos, movimiento a los paralíticos, oído a los sordos, liberación a los endemoniados, porque ni el Cielo ni el Infierno son insensibles a su voluntad-podría fulminaros con el rayo divino y liberarse así de sus enemigos.
Y, sin embargo, ruega por vosotros y os cura a vuestros parientes, os cura el corazón, os da pan, vestidos, fuego.
Porque Yo soy Jesús de Nazaret, el Cristo, Aquel que tú buscas para recibir la recompensa prometida a quien lo entregue al Sanedrín y ganarte los honores de liberador de Israel.
Yo soy Jesús de Nazaret, el Cristo. Aquí me tienes. Préndeme, pues. Como Maestro y como Hijo de Dios te libero y te absuelvo de la obligación y del pecado de no alzar o de haber alzado la mano contra quien te ha favorecido.
Jesús se ha levantado quitándose de la cabeza el manto, y extiende las manos como para ser capturado, atado. Pero con su altura -y, habiéndose quedado sólo con la túnica interna, corta y ceñida, con el manto oscuro pendiéndole de los hombros, y bien erguido, parece incluso más esbelto-, con sus ojos clavados en el rostro de su perseguidor, el reflejo móvil de las llamas que le encienden puntos luminosos en sus cabellos sueltos y hacen brillar sus grandes pupilas dentro del círculo zafíreo de los iris, y con esa majestad suya y lealtad sin miedo, infunde más respeto que si estuviera rodeado de un ejército que le defendiera.
El hombre está como hechizado… paralizado de estupor.
Sólo al cabo de un rato logra susurrar:
-¡Tú! ¡Tú! ¡Tú!
Parece como si no supiera decir nada más.
Jesús insiste:
-¡Captúrame, pues! Quita esa inútil cuerda extendida para sostener una túnica sucia y desgarrada, y ata mis manos.
Te seguiré como un cordero sigue al matarife. Y no te voy a odiar porque me lleves a la muerte. Ya te lo he dicho.
Es el fin el que justifica la acción y transforma su naturaleza (Jesús quiere corroborar lo que ya había sido dicho sobre el caso de su interlocutor (el cual pensaba matarlo porque no creía que fuera el Mesías y porque estaba instigado por otros y convencido de obrar bien) sin querer afirmar un principio moral, que, no obstante, encontraremos, en cierto sentido, formulado y aclarado en 580.3)
Para ti Yo soy la ruina de Israe1 y tú crees salvar a Israel matándome. Para ti Yo soy responsable de todo delito, y, por tanto, sirves a la justicia eliminando a un malhechor. No eres, pues, más culpable que el verdugo que ejecuta una orden recibida.
¿Quieres inmolarme aquí en el sitio? Ahí, a mis pies, está el cuchillo con el que te he rebanado la comida. Cógelo.
Puede transformarse, de hoja que ha servido para el amor a mi prójimo, en cuchillo de sacrificador. Mi carne no es más dura que la carne de cordero asado que mi amigo me había dejado para que saciara mi hambre y que Yo te he dado a ti, enemigo mío, para saciar tu hambre.
Pero tienes miedo de las patrullas romanas, que arrestan al que ata a un inocente y que no permiten que nosotros administremos la justicia porque nosotros somos los súbditos y ellos los dominadores.
Por eso no te atreves a matarme y luego ir adonde los que te han enviado, con el Cordero degollado cargado sobre tus hombros cual mercancía que hace ganar dinero. Bueno, pues deja aquí mi cadáver y ve a advertir a tus amos. Porque tú tanto has renunciado a esa soberana libertad de pensamiento y voluntad que el propio Dios deja a los hombres, que no eres un discípulo, sino un esclavo.
Y sirves, rendidamente sirves, a tus amos; hasta llegar al delito, los sirves. Pero no eres culpable. Estás "envenenado". Tú eres esa alma envenenada que Yo esperaba.
¡Ánimo, pues! La noche y el lugar son propicios para el delito. ¡Mejor dicho: para la redención de Israel! ¡Oh, pobre niño!. ¡Dices palabras proféticas sin saberlo!
Verdaderamente mi muerte significará redención, y no de Israel solamente, sino de toda la Humanidad. Y Yo he venido para ser inmolado. Ardo en deseos de serlo para ser Salvador. De todos. Tú, saforim del docto Jonatán ben Uziel, ciertamente conoces Isaías (Isaías 52, 13-15; 53, 1-12). Pues mira, tienes delante de ti al Varón de dolores.
Y si no lo parezco, si no parezco aquel que fue visto también por David (Salmo 22), con los huesos descubiertos y dislocados, si no soy como el leproso visto por Isaías, es porque no veis mi corazón. Soy todo una llaga. Vuestro desamor y odio, vuestra dureza e injusticia me han llagado y quebrantado por entero.
¿Y no tenía escondido mi rostro mientras me vejabas por ser lo que realmente soy: el Verbo de Dios, el Cristo?
¡Pero soy el hombre avezado a padecer! ¿Y no me juzgáis como hombre castigado por Dios? ¿Y no me sacrifico porque quiero hacerlo para, con mi sacrificio, devolveros la salud?
¡Animo! ¡Descarga tu mano! Mira: no tengo miedo y tú tampoco debes tenerlo: Yo porque soy el Inocente y no temo el juicio de Dios; Yo porque, ofreciendo mi cuello para tu cuchillo hago que se cumpla la voluntad de Dios, anticipando un poco mi hora para bien vuestro. También cuando nací anticipé la hora por amor a vosotros, para daros la paz antes de su tiempo. Pero vosotros, de esta ansia mía de amor, hacéis arma para negar… ¡No temas! No invoco para ti el castigo de Caín ni los rayos divinos.
Oro por ti. Te amo. Nada más. ¿Soy demasiado alto para tu mano de hombre? ¡Así es! ¡Es verdad! El hombre no podría asestar golpe alguno contra Dios si Dios no se pusiera voluntariamente en las manos del hombre. Pues bien, Yo me arrodillo ante ti. El Hijo del hombre está delante de ti, a tus pies. ¡Descarga el golpe, pues!
Y Jesús, efectivamente, se arrodilla y ofrece a su perseguidor el cuchillo sujetándolo por la hoja. El hombre retrocede susurrando:
-¡No! ¡No!
-¡Animo! Un momento de valor… ¡y serás más célebre que Yael y Judit! Mira, oro por ti. Lo dice Isaías: "… y oró por los pecadores. ¿No vienes todavía? ¿Por qué te alejas?
¡Ah!, ¿es porque temes no ver cómo muere un Dios? Pues mira, voy ahí, al lado del fuego. El fuego no falta nunca en los sacrificios. Forma parte de ellos. Mira, ahora me ves bien.
-Se ha arrodillado cerca del fuego.
-¡No me mires! ¡No me mires! ¡Oh! ¿A dónde huyo para no ver tu mirada? -grita el hombre.
-¿A quién? ¿A quién quieres no ver?
-A ti… y tampoco mi delito. ¡Verdaderamente mi pecado está frente a mí! ¿A dónde, a dónde huir?
El hombre está aterrorizado…
-¡A mi corazón, hijo! Aquí, en estos brazos cesan las pesadillas y los miedos. Aquí hay paz. ¡Ven! ¡Ven! ¡Hazme feliz!
Jesús se ha levantado y ahora alarga los brazos. El fuego los separa. Jesús centellea con el reflejo de las llamas.
El hombre cae de rodillas, se cubre el rostro y grita:
-¡Piedad de mí, oh Dios! ¡Piedad de mí! ¡Borra mi pecado! ¡Quería matar a tu Cristo! ¡Piedad! ¡Ah, no puede haber piedad para un delito de esta naturaleza! ¡Estoy condenado!
Llora rostro en tierra, convulso por los sollozos, y gime:
-¡Piedad! -e impreca:
-¡Malditos!…
Jesús da la vuelta a la llama y va donde él; se agacha, le toca en la cabeza, le dice:
-No maldigas a los que te pervirtieron. Te han procurado el mayor de los bienes: el que Yo te hablara, así, y te tuviera así, entre mis brazos.
Lo ha tomado de los hombros y lo ha levantado. Se ha sentado en el suelo y lo ha acercado a su corazón. El hombre se relaja sobre las rodillas de Jesús, con un llanto menos delirante. Pero ¡qué llanto tan purificador!
Jesús acaricia su cabeza morena mientras lo deja calmarse.
El hombre, al fin, alza la cabeza y, cambiada su cara, gime:
-¡Tu perdón!
Jesús se inclina y lo besa en la frente. El hombre le echa los brazos al cuello y, reclinada su cabeza sobre el hombro de Jesús, llora y narra, quisiera narrar, cómo lo habían persuadido a que cometiera el delito. Pero Jesús no deja que lo haga, diciéndole: -¡Calla! ¡Calla! No ignoro nada. Cuando has entrado te he conocido, respecto a lo que eras y a lo que querías hacer. Habría podido alejarme de allí y evitarte. Me he quedado allí para salvarte. Salvado estás. El pasado ha muerto. No lo evoques ya.
-Pero… ¿te fías así? ¿Y si pecara de nuevo?
-No, no pecarás de nuevo. Lo sé. Tú estás curado.
-Sí, estoy curado, pero son muy astutos; no me mandes otra vez con ellos.
-¿Y a dónde vas a ir que ellos no estén?
-Contigo, a Efraím. Si ves lo que hay en mi corazón, verás que no estoy tendiendo una trampa, sino que sólo hay una súplica de ser protegido.
-Lo sé. Ven. Pero te advierto que allí está Judas de Keriot, que está vendido al Sanedrín y es un traidor del Cristo.
-¡Divina Misericordia! ¿También sabes eso?
El estupor alcanza su punto máximo.
-Sé todo. Él cree que Yo no lo sé. Pero sé todo. Y sé también que tú estás tan convertido, que no hablarás a Judas ni a ningún otro de esto. Pero piensa que si Judas sabe traicionar a su Maestro, ¿qué no habrá hacer en perjuicio tuyo?
El hombre piensa durante un largo rato. Luego dice:
-¡No importa! Si no me rechazas, me quedo contigo; al menos durante un tiempo, hasta la Pascua, hasta que vuelvas a reunirte con tus discípulos. Yo me uniré a ellos. ¡Oh, si es verdad que me has perdonado, no me rechaces!
-No te rechazo. Ahora vamos allá. Esperaremos sobre esas hojas a que llegue la mañana. Al amanecer iremos a Efraím. Diremos que el azar nos ha unido y que vienes con nosotros. Es la verdad.
-Sí, es la verdad. Al amanecer estará seca mi ropa y te devolveré tu túnica…
-No. Deja ahí esa ropa. Son un símbolo: el hombre que se despoja de su pasado y viste el nuevo uniforme. La madre de Samuel, el antiguo, cantó jubilosa (1 Samuel 2, 6): "El Señor da la muerte y la vida, conduce a la morada de los muertos y de ella hace regresar". Tú has muerto y has renacido. Vienes de la morada de los muertos a la verdadera Vida Deja la indumentaria que ha estado en contacto con los sepulcros llenos de inmundicia. ¡Y vive! Vive para tu verdadera gloria: servir a Dios con justicia, poseerle eternamente.
Se sientan en la concavidad de la roca, donde están amontonadas las hojas, y pronto el silencio desciende, porque el hombre, cansado, se duerme con la cabeza relajada sobre el hombro de Jesús, que sigue orando.
…Y en una hermosa mañana de primavera llegan frente a la casa de María de Jacob, por el sendero del torrente, que está poniéndose otra vez cristalino después del aguacero, y canta más fuerte por el mayor nivel del agua, y brilla bajo el sol, enmarcado entre las luminosas orillas todavía brillantes de lluvia.
Pedro, que está en la puerta, da un grito y corre al encuentro de ellos. Se abalanza sobre Jesús -el cual está bien arropado en su manto-y lo abraza. Dice:
-¡Oh, Maestro mío bendito! ¡Qué triste sábado me has hecho pasar! No me decidía a marcharme sin haberte visto antes. ¡Si me hubiera marchado con la incertidumbre en el corazón y sin tu despedida, habría estado toda la semana atolondrado!
Jesús lo besa sin liberarse del manto. Pedro está tan atento a contemplar a su Maestro, que no advierte la presencia del extraño que le acompaña. Pero, entretanto, también los demás han llegado, y Judas de Keriot exclama:
-¡Tú, Samuel!
-Yo. El Reino de Dios está abierto a todos en Israel. He entrado en él -responde seguro el hombre.
Judas se ríe extrañamente, pero no replica.
La atención de todos converge hacia el que ha venido nuevo. Pedro pregunta: -¿Quién es?
-Un nuevo discípulo. El azar ha hecho que nos encontráramos. O sea, Dios ha hecho que nos encontráramos, y, como persona enviada a mí por el Padre mío, lo he acogido, y lo mismo os digo a vosotros acogedlo. Y, dado que hay gran fiesta cuando uno entra a formar parte del Reino de los Cielos, dejad las bolsas y los mantos, vosotros que estabais para salir, y vamos a estar juntos hasta mañana. Ahora déjame, Simón, porque le he dado mi túnica y, estando aquí parado, el aire de la mañana muerde mis carnes.
-¡Ya decía yo! ¡De esa manera, Maestro, vas a enfermar!
-Yo no quería, pero Él quiso -se disculpa el hombre.
-Sí. Le había pillado una avalancha y se había salvado por su voluntad. Y, para que nada de ese penoso momento perdurase en él, y viniera a nosotros sin suciedades, le he dicho que dejara donde nos hemos encontrado su túnica desgarrada y sucia, y lo he vestido con mía -dice Jesús, y mira a Judas de Keriot, el cual repite su risita extraña de antes, la misma también de cuando Jesús ha dicho que se hace una gran fiesta cuando uno entra a formar parte del Reino de los Cielos.
Luego entra en casa sin demora para irse a vestir.
Los otros se acercan al nuevo y le dan el saludo de la paz.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Es un camino muy dificultoso el que ha tomado Manahén para guiar a Jesús al lugar donde lo esperan. Es un camino todo él montano, estrecho, pedregoso, entre espesuras y bosques.
La luz de una clarísima Luna en su primera fase a duras penas se abre paso entre la maraña de las ramas. A veces desaparece por completo y Manahén la suple con antorchas ya preparadas, que ha llevado consigo en bandolera como armas bajo el manto.
Él delante y Jesús detrás, caminan en silencio en medio del gran silencio de la noche. Dos o tres veces algún animal salvaje, corriendo por los bosques, hace un rumor semejante a sonido de pasos, y ello hace que Manahén se detenga receloso. Pero, aparte de esto, ninguna otra cosa turba el camino, ya de por sí muy fatigoso.
-Maestro, aquello de allí es Gofená. Ahora torcemos por aquí. Cuento trescientos pasos y estaré en las grutas donde esperan desde la puesta del Sol. ¿Te ha parecido largo el camino? Pues hemos venido por atajos que creo que mantienen la distancia legal.
Jesús hace un gesto como queriendo decir: «No se podía hacer de otra manera».
Manahén, atento a contar sus pasos, se calla. Ahora están en un pasaje rocoso y pelado, que asemeja a una caverna ensubida entre las paredes del monte que casi se tocan. Se diría que la fractura -tan extraña es-la produjo algún cataclismo, una enorme cuchillada en la roca del monte que hubiera cortado a éste al menos un tercio desde la cima.
Arriba, por encima de las paredes cortadas a pico, por encima del rumor agitado de las plantas nacidas en el borde del enorme tajo, brillan las estrellas; pero la Luna no baja aquí, a esta sima. La luz humosa de la antorcha despierta a algunas aves de rapiña, que gañen agitando las alas en los bordes de sus nidos entre las grietas.
Manahén dice: « ¡Ahí es!», e introduce en una brecha de la pared rocosa un grito semejante al quejido de un voluminoso búho.
Del fondo viene una luz rojiza por otro pasillo rocoso que está cerrado por encima, como un zaguán. José aparece:
-¿El Maestro? -pregunta, al no ver a Jesús, que está un poco atrás.
-Estoy aquí, José. Paz a ti.
-A ti, la paz. ¡Ven! Venid. Hemos encendido fuego para ver sierpes y escorpiones y combatir el frío. Yo voy delante.
Se vuelve y, por las ondulaciones del sendero que va entre las entrañas del monte, los guía hacia un lugar iluminado con lumbre. Allí está Nicodemo, alimentando el fuego con ramajes y enebros.
-La paz también a ti, Nicodemo. Aquí estoy, con vosotros. Hablad.
-Maestro, ¿nadie se ha percatado de que venías aquí?
-¿Quién se hubiera podido dar cuenta, Nicodemo?
-¿Tus discípulos no están contigo?
-Conmigo están Juan y Judas de Simón. Los otros evangelizan desde el día siguiente del sábado hasta el ocaso del viernes. Pero he salido de casa antes de la hora sexta diciendo que no se me esperara antes del alba siguiente al sábado. Ya es demasiado habitual en mí ausentarme durante varias horas, como para que ello pueda suscitar sospechas en alguno. Estad, por tanto, tranquilos. Tenemos todo el tiempo que queramos para hablar sin preocupación alguna de ser sorprendidos. Éste… es lugar propicio.
-Sí. Madrigueras de serpientes y buitres.., y de bandidos cuando tiene el tiempo bueno, cuando estos montes se llenan de rebaños. Pero ahora los bandidos prefieren otros lugares en que puedan abalanzarse más rápidamente sobre apriscos y caminos de caravanas.
Sentimos haberte traído hasta aquí, pero es que de aquí nosotros podremos marcharnos por caminos distintos; sin llamar la atención de nadie. Porque, Maestro, la atención del Sanedrín está apuntada hacia los lugares donde hay sospecha de que te estiman.
-Bueno, en esto disiento de José. A mí me parece que ya somos nosotros los que vemos sombras donde no las hay. Y también me parece que, desde hace algunos días, se ha calmado mucho la cosa… -dice Nicodemo.
-Te engañas amigo. Te lo digo yo. Se ha calmado en cuanto que ya no existe el estímulo de buscar al Maestro, porque ya saben dónde está. Por eso lo vigilan a Él y no a nosotros. Por eso le he recomendado que no dijera a nadie que nos íbamos a ver. No fuera que hubiera alguno dispuesto… a cualquier cosa -dice José.
-No creo que los de Efraím… -objeta Manahén.
-No, los de Efraím no, y ningún otro de Samaria. Sólo por actuar de forma distinta a como actuamos nosotros, los de la otra parte…
-No, José. No es por ese motivo. Es porque ellos no tienen en su corazón esa maligna serpiente que tenéis vosotros.
Ellos no temen ser despojados de ninguna prerrogativa. No tienen que defender intereses sectarios ni de casta. No tienen nada, aparte de una instintiva necesidad de sentirse perdonados y amados por Aquel al que sus antepasados ofendieron y al que ellos siguen ofendiendo al permanecer fuera de la Religión perfecta.
Y permanecen fuera porque, siendo orgullosos ellos y siéndolo vosotros, no se sabe, por ambas partes, deponer el rencor que divide y tender la mano en nombre del único Padre. Claro que, aunque ellos tuvieran tanta voluntad como para eso, vosotros la demoleríais, porque no sabéis perdonar, no sabéis decir, hollando toda necedad:
"El pasado ha muerto porque ha surgido el Príncipe del Siglo futuro, que a todos recoge bajo su Signo". Yo, en efecto, he venido y recojo. Pero vosotros, ¡oh, vosotros consideráis siempre maldito incluso aquello que Yo he considerado merecedor de ser recogido!
-Eres severo con nosotros, Maestro.
-Soy justo. ¿Podéis, acaso, decir que en vuestro corazón no me censuráis por ciertas acciones mías? ¿Podéis decir que aprobáis mi pareja misericordia hacia judíos y galileos y hacia samaritanos y gentiles, o incluso más amplia para con éstos y los grandes pecadores, precisamente porque ellos la necesitan mayormente?
¿Podéis decir que no pretenderíais de mí gestos de violenta majestad para manifestar mi origen sobrenatural y, sobre todo, fijaos bien, y, sobre todo, mi misión de Mesías según vuestro concepto del Mesías?
Decid sinceramente la verdad: aparte de la alegría de vuestro corazón por la resurrección de vuestro amigo, ¿no habríais preferido, antes que esta resurrección, que Yo hubiera llegado a Betania apuesto y cruel, como nuestros antiguos respecto a los amorreos y los de Basán, y como Josué respecto a los de Ay y Jericó, o, mejor aún, haciendo caer con mi voz las piedras y los muros sobre los enemigos, como las trompetas de Josué hicieron respecto a las murallas de Jericó, o haciendo caer del cielo sobre los enemigos gruesas piedras, como sucedió en el descenso de Beterón también en tiempos de Josué, o, como en tiempos más recientes, llamando a celestes jinetes que corrieran por los aires, vestidos de oro, armados de lanzas, formados en cohortes, y que hubiera movimiento de escuadrones de caballería, y asaltos por una y otra parte, y agitación de escudos, y ejércitos con yelmos y espadas desenvainadas, y lanzamiento de dardos para aterrorizar a mis enemigos? (gestas narradas en: Números 21, 21-35 Deuteronomio 2, 26-37; Josué 6-8; 10; 2 Macabeos 5, 1-4)
Sí, habríais preferido esto porque, a pesar de que me améis mucho, vuestro amor es todavía impuro, y la seducción en cuanto a desear lo no santo, se la proporciona vuestro pensamiento de israelitas, vuestro viejo pensamiento.
El que tiene Gamaliel igual que el último de Israel, el que tiene el Sumo Sacerdote, el tetrarca, el labriego, el pastor, el nómada, el hombre de la Diáspora. El pensamiento fijo del Mesías conquistador.
La pesadilla de quien teme ser aniquilado por Él. La esperanza de quien ama a la Patria con la violencia de un humano amor. El suspiro de quien está oprimido por otras potencias en otras tierras.
No es culpa vuestra. El pensamiento puro como había sido dado por Dios acerca de lo que Yo soy se ha ido cubriendo, a lo largo de los siglos, de estratos de escorias inútiles. Y pocos saben, con sufrimiento, restituir a la idea mesiánica su pureza inicial.
Ahora, además estando ya cercano el tiempo en que será dado el signo que Gamaliel espera, y todo Israel con él, y llegando ya el tiempo de mi perfecta manifestación-, Satanás trabaja para hacer más imperfecto vuestro amor y más torcido vuestro pensamiento.
Llega su hora. Yo os lo digo. Y, en esa hora de tinieblas, incluso los que actualmente ven o están solamente un poco privados de vista, resultarán ciegos del todo.
Pocos, muy pocos, en el Hombre abatido reconocerán al Mesías. Pocos lo reconocerán como verdadero Mesías, precisamente porque será abatido, como le vieron los profetas.
Yo quisiera, por el bien de mis amigos, que supieran verme y conocerme mientras es de día para poder también reconocerme desfigurado y verme en las tinieblas de la hora del mundo…
Pero decidme ahora lo que queríais decirme. La hora avanza rápida y vendrá el alba. Lo digo por vosotros, porque Yo no temo encuentros peligrosos.
-Pues lo que te queríamos decir era que alguien debe haber dicho dónde estás, y que este alguien ciertamente no somos ni yo ni Nicodemo ni Manahén ni Lázaro y sus hermanas ni Nique. ¿Con quién más has hablado del lugar elegido para refugio tuyo?
-Con ninguno, José.
-¿Estás seguro?
-Seguro.
-¿Y has dado orden a tus discípulos de que no hablaran de ello?
-Antes de partir no les hablé del lugar. Llegado a Efraím, di orden de que fueran evangelizando y de actuar en representación mía. Y estoy seguro de su obediencia.
-Y… ¿estás Tú solo en Efraím?
-No. Estoy con Juan y Judas de Simón. Ya lo he dicho. Él, Judas, porque leo tu pensamiento, no puede haberme perjudicado con su irreflexión, porque nunca se ha alejado de la ciudad y en esta época no pasan por ella peregrinos de otros lugares.
-Entonces… Ha sido Belcebú en persona el que ha hablado. Porque en el Sanedrín se sabe que estás allí.
-¿Y entonces? ¿Cuáles han sido las reacciones del Sanedrín ante este movimiento mío?
-Varias, Maestro. Muy distintas unas de otras. Hay quien dice que es lógico: dado que te han proscrito en los lugares santos, no te quedaba otra solución que refugiarte en Samaria. Otros, sin embargo, dicen que esto revela de ti lo que eres: un samaritano de alma, más que si lo fueras de raza; y que ello es suficiente para condenarte.
Bueno y todos están muy contentos de haberte podido reducir al silencio y de poder señalarte ante las masas como amante de samaritanos. Dicen: "Ya hemos ganado la batalla. Lo demás será un juego de niños". Pero, haz que eso no sea verdad. Te lo rogamos.
-No será verdad. Dejad que hablen. Los que me aman no se turbarán por las apariencias. Dejad que el viento cese del todo. Es viento de tierra. Luego vendrá el viento del Cielo y se abrirá el entrecielo apareciendo la gloria de Dios. ¿Tenéis algo más que decirme?
-Respecto a ti, no. Vigila, sé cauto, no salgas de donde estás. Y decirte que te tendremos informado…
-No. No hace falta. Permaneced donde estáis. Pronto tendré conmigo a las discípulas y -esto sí-decid a Elisa y a Nique que se unan a las otras, si quieren. Decídselo también a las dos hermanas. Siendo ya conocido el lugar donde me hallo, los que no temen al Sanedrín pueden ya venir y experimentar recíproca consolación.
-No pueden venir las dos hermanas hasta que Lázaro no regrese. Salió con gran pompa. Toda Jerusalén ha sabido que se marchaba a sus propiedades lejanas, y no se sabe cuándo va a volver. Pero su criado ha vuelto ya de Nazaret y ha dicho -también tenemos que decirte esto-que tu Madre estará aquí con las otras antes de que concluya esta luna.
Ella está bien, y también María de Alfeo. El criado las ha visto. Pero tardan un poco porque Juana quiere venir con ellas y no puede hacerlo hasta el final de esta luna. Y también… como amigos fieles, aunque… imperfectos como dices, si nos lo permites, quisiéramos ofrecerte una ayuda…
-No.
Los discípulos que están evangelizando traen cada vigilia de sábado cuanto necesitan ellos y cuanto necesitamos nosotros los que estamos en Efraím. Más no hace falta. El obrero vive de su salario. Eso es justo. Lo demás sería superfluo. Dádselo a algún necesitado. Lo mismo he impuesto a los de Efraím y a mis propios apóstoles.
Exijo que a su regreso no tengan ni una moneda de reserva y que toda dádiva sea repartida por el camino, tomando para nosotros lo mínimo indispensable para la frugalísima comida de una semana.
-¿Por qué, Maestro?
-Para enseñarles el desapego de las riquezas y el dominio espiritual sobre las preocupaciones del mañana. Y por esto y por otras buenas razones mías de Maestro, os ruego que no insistáis.
-Como quieras. Pero nos apena el no poder servirte.
-Llegará la hora en que lo haréis… ¿No es ya aquella la primera luz del alba? -dice volviéndose hacia Oriente, o sea, hacia el lado puesto a aquel por el que ha venido, e indicando un tímido claror que aparece lejano a través de una abertura.
-Lo es. Tenemos que dejarnos. Yo vuelvo a Gofená, donde he dejado la cabalgadura, y Nicodemo, por esta otra parte, bajará hacia Berot, y desde allí a Ramá, terminado el sábado.
-¿Y tú, Manahén?
-Bueno, yo iré abiertamente por los caminos descubiertos que van hacia Jericó, donde ahora está Herodes. Tengo el caballo en una casa de gente pobre que por una limosna no sienten repulsa de nada, ni siquiera de un samaritano como creen que soy. Pero por ahora sigo contigo. En la bolsa tengo comida para dos.
-Entonces nos despedimos. Para la Pascua nos veremos de nuevo.
-¡No! ¡No querrás ya arriesgarte a esa prueba! -dicen José y Nicodemo. ¡No lo hagas, Maestro!
-Verdaderamente sois malos amigos porque me aconsejáis el pecado y la cobardía. ¿Cómo, reflexionando sobre el gesto que pongo, podríais amarme? Decidlo. Sed sinceros. ¿A dónde habría que ir para adorar al Señor en la Pascua de los Ázimos? ¿Al monte Garizim? (al monte Garizim, donde los samaritanos tenían su Templo, opuesto al de Jerusalén
(Deuteronomio 11, 2632; 27,11-13; Josué 8; 30-35; 2 Macabeos 6,1-2))
¿O no debería, más bien, presentarme ante el Señor en el Templo de Jerusalén, como deben hacer todos los varones de Israel en las tres grandes fiestas anuales?
¿Habéis olvidado que ya se me acusa de no respetar el sábado, a pesar de que -Manahén lo puede testificar-, hoy sin ir más lejos, Yo, secundando vuestro deseo, de noche haya recorrido un camino que armonizara vuestro deseo y la ley sabática?
-Nosotros también hemos estado en Gofená por este motivo… Y ofreceremos un sacrificio para expiar una involuntaria transgresión por un motivo ineluctable. ¡Pero Tú, Maestro!… Te van a ver inmediatamente…
-Si no me vieran ellos, Yo me encargaría de que me vieran.
-¡Buscas tu destrucción! Es como si te mataras…
-No. Vuestra mente está muy envuelta en sombras. No es como quererme matar. Es únicamente obedecer a la voz del Padre mío que me dice: "Ve. Es la hora".
Siempre he buscado conciliar la Ley con las necesidades, incluso el día que tuve que huir de Betania y refugiarme en Efraím porque todavía no era la hora de ser capturado.
El Cordero de Salvación sólo puede ser inmolado en la Pascua de los Ázimos. ¿Podréis pretender que, sí eso he hecho respecto a la Ley, no lo haga respecto a la orden del Padre mío? Ahora marchaos, y no os aflijáis de esa manera. ¿Para qué he venido, sino para ser proclamado Rey de todas las gentes? Porque eso quiere decir "Mesías", ¿no es verdad? Sí, quiere decir eso. Y "Redentor" también quiere decir eso.
Pero la verdad del significado de estos dos nombres no corresponde con lo que vosotros os imagináis. "De todas formas, os bendigo, implorando que un rayo celeste descienda sobre vosotros junto con mi bendición. Porque os quiero y porque me queréis. Porque quisiera que vuestra justicia fuera plenamente luminosa. Y es que no sois malos pero sois, también vosotros, "viejo Israel" y no tenéis la voluntad heroica de despojaros del pasado y haceros nuevos. Adiós, José.
Sé justo. Justo como aquel que durante muchos años fue para mí tutor y fue capaz de realizar toda renovación para servir al Señor su Dios. Si él estuviera aquí entre nosotros, ¡cómo os enseñaría a saber servir a Dios con perfección; a ser justos, justos, justos! ¡Pero justo es que esté ya en el seno de Abraham!… Para no ver la injusticia de Israel. ¡Oh, santo siervo de Dios!… Nuevo Abraham -de corazón traspasado pero de voluntad perfecta-, él no me habría aconsejado la cobardía, sino que me habría dicho las palabras que usaba cuando alguna realidad penosa pesaba sobre nosotros: "Levantemos el espíritu.
Encontraremos la mirada de Dios y olvidaremos que son los hombres los que causan el dolor. Y hagamos todas las cosas que nos significan un peso como si el Altísimo nos las presentase. De esta manera santificaremos hasta las más pequeñas cosas y Dios nos amará". Eso habría dicho, incluso animándome a sufrir los más graves dolores… Nos habría animado… ¡Oh, Madre!…
Jesús suelta a José -lo tenía abrazado-y, agachando la cabeza, permanece en silencio, contemplando, sin duda, su ya cercano martirio y el de su pobre Madre…
Luego alza la cabeza y abraza a Nicodemo diciendo:
-La primera vez que viniste a mí como discípulo oculto te dije que para entrar en el Reino de Dios y tener el Reino de Dios en vosotros era necesario que renacierais en espíritu y vuestro amor por la Luz fuera mayor del que por ella tenga el mundo. Hoy, y quizás es la última vez que nos encontramos en secreto, te repito las mismas palabras.
Renace tu espíritu, Nicodemo, para poder amar la Luz que soy Yo, y Yo more en ti como Rey y Salvador. Ahora marchaos. Que Dios esté con vosotros.
-Los dos Ancianos se marchan por la parte opuesta a aquella por la que ha venido Jesús.
Cuando ya el ruido de sus pasos se ha alejado, Manahén, que había ido hasta la entrada de la gruta para verlos marcharse, vuelve y dice con cara muy expresiva:
-¡Al menos una vez serán ellos los que infrinjan la medida sabática! ¡Y no se sentirán tranquilos hasta que no regularicen su deuda con el Eterno con el sacrificio de un animal! ¿No sería mejor para ellos sacrificar su tranquilidad declarándose abiertamente "tuyos"? ¿No sería eso más grato al Altísimo?
-Ciertamente lo sería. Pero no los juzgues. Son masa que fermenta despacio. Pero, en su momento, ellos, cuando muchos que se creen mejores caigan, se erguirán contra todo un mundo.
-¿Lo dices por mí, Señor? Quítame la vida, antes que permitir que reniegue de ti.
-Tú no me renegarás. Pero en ti hay elementos distintos de los suyos para ayudarte a ser fiel.
-Sí. Yo soy… el herodiano. O sea, era el herodiano.
Porque, de la misma manera que me he apartado del Consejo, me he apartado del partido desde que lo veo ruin e injusto -como los otros-respecto a Ti. ¡Ser herodiano!… Para las otras castas es poco más que pagano. No digo que seamos unos santos. Es verdad que no lo somos. Hemos incurrido en impureza por una finalidad impura.
Hablo como si fuera todavía el herodiano de antes de ser tuyo. Somos, por tanto, doblemente impuros, según el juicio humano: porque nos hemos aliado con los romanos y porque lo hemos hecho buscando nuestro propio beneficio.
Pero, dime, Maestro, Tú que siempre dices la verdad y no te abstienes de decirla por temor a perder un amigo. Entre nosotros, que nos hemos aliado con Roma para… gozar todavía de efímeros triunfos personales, y los fariseos, jefes de los sacerdotes, escribas, saduceos, que se alían con Satanás para destruirte a ti, ¿quién es más impuro?
Yo, ya ves que, ahora que he visto que el partido de los herodianos se pone contra ti, los he dejado. No digo esto para que me alabes, sino para manifestarte cómo pienso. ¡Y ellos -hablo de los fariseos y sacerdotes, escribas y saduceos-creen que sacan un beneficio de esta inesperada alianza de los herodianos con ellos! ¡Desdichados! No saben que los herodianos lo hacen para ganar méritos ante los romanos y, por tanto, mayor protección de éstos, y, después… definidos y terminados la causa y el motivo que los une ahora, abatir a los que ahora toman como aliados.
Éste es el juego recíproco de los unos y los otros. Todo está basado en el engaño. Y esto me repugna de tal manera, que me he independizado del todo. Tú… Tú apareces como un gran fantasma amedrentador. ¡Para todos! Y eres también el pretexto para el sucio juego de los intereses de los distintos partidos. ¿El motivo religioso? ¿El sagrado desdén hacia "el blasfemo", como te llaman? ¡Todo engaños!
El único motivo es, no la defensa de la Religión, no el sagrado celo por el Altísimo, sino sus intereses, ávidos, insaciables. Me dan asco como cosa inmunda. Y quisiera… quisiera que fueran más valerosos los pocos que no son inmundicia. ¡Ya me es gravoso llevar una vida doble!
Quisiera seguirte sólo a ti, pero te sirvo así más que si te siguiera. Siento este peso… Pero dices que será pronto… Como… "¿Pero realmente serás inmolado como el Cordero? ¿No es lenguaje figurado? La vida de Israel está tejida con símbolos y figuras…
-Y quisieras que conmigo fuera así. No, mi caso no es una figura.
-¿No lo es? ¿Estás completamente seguro? Yo podría… Muchos podríamos repetir antiguos gestos haciendo que te ungieran como Mesías, y podríamos defenderte. Bastaría una palabra para que surgieran a millares los defensores del verdadero Pontífice santo y sabio.
Ya no hablo de un rey terreno, porque ya sé que tu Reino es enteramente espiritual. Pero, dado que humanamente fuertes y libres no lo seremos ya nunca, pues, al menos, que sea tu santidad la que gobierne y dé nueva salud al corrompido Israel.
Nadie -Tú lo sabes-aprecia al actual sacerdocio o a quienes lo sostienen. ¿Quieres esto, Señor? Ordena y yo actuaré.
-Ya has avanzado mucho en tu pensamiento, Manahén. Pero todavía estás tan lejos de la meta como la Tierra del Sol.
Yo seré Sacerdote, y lo seré eternamente, Pontífice inmortal, en un organismo que vivificaré hasta el final de los siglos. Pero no seré ungido con el óleo de la alegría, ni proclamado y defendido con actos violentos -expresión de la voluntad de un puñado de fieles-que llevarían a la Patria a una escisión más feroz aún y a hacerla más esclava que nunca.
¿Y crees que una mano de hombre puede ungir al Cristo? En verdad te digo que no. La verdadera Autoridad que me ungirá Pontífice y Mesías es la de Aquel que me ha enviado.
Nadie, aparte de Dios, podría ungir a Dios como Rey de reyes y Señor de señores para toda la eternidad.
-¡¿Entonces nada?! ¡¿Nada que hacer?! ¡Oh, mi dolor!
-Todo. Amarme. En eso se resume todo. Amar no a la criatura que lleva por nombre Jesús, sino a lo que Jesús es.
Amarme con la humanidad y con el espíritu, de la misma forma que Yo os amo con el Espíritu y la Humanidad para estar conmigo más allá de la Humanidad. Mira qué hermosa aurora. La luz tímida de las estrellas no llegaba hasta aquí dentro; pero la luz segura del Sol, sí. Lo mismo sucederá en los corazones de aquellos que lleguen a amarme con justicia. Vamos afuera, al silencio del monte, exento de voces humanas enronquecidas de intereses. Mira aquellas águilas.
Mira cómo se alejan con amplios vuelos en busca de presa. ¿Vemos las presas? Nosotros, no; pero las águilas sí, porque el ojo del águila es más poderoso que el nuestro y, desde arriba, donde se cierne en vuelo, ve un amplio horizonte y sabe elegir. Yo también. Lo que vosotros no veis Yo lo veo. Y, desde arriba, donde aletea mi espíritu, sé elegir a mis dulces presas. No para despedazarlas, como hacen los buitres y las águilas, sino para llevarlas conmigo. ¡Seremos así felices allí, en el Reino del Padre mío, nosotros, que nos hemos querido!…
Y Jesús, que, hablando, ha salido a sentarse al sol a la entrada de la caverna, teniendo a su lado a Manahén, lo arrima ahora hacia sí y calla y sonríe contemplando quién sabe qué visión…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
La noticia de que Jesús está en Efraím, quizás por jactancia de los propios habitantes de la ciudad, quizás por otros motivos por mí ignorados, debe haberse difundido porque ya son muchos los que vienen a buscarlo: la mayor parte, enfermos; alguna persona afligida por algo o que tiene deseos de verlo.
Comprendo esto porque oigo a Judas Iscariote decir a un grupo de peregrinos venidos de la Decápolis:
-El Maestro no está. Pero estamos yo y Juan y es lo mismo. Decid, pues, qué deseáis y nosotros lo haremos.
-Pero jamás podréis enseñar lo que Él enseña -objeta uno.
-¡Piensa que nosotros somos otro Él! Recuerda esto siempre. Pero si quieres oír al Maestro en persona vuelve antes del sábado y márchate después del sábado. El Maestro ahora es un verdadero maestro. Ya no habla en todos los caminos, en los bosques o encima de las peñas como un errante, y a todas horas como un siervo. Habla aquí, el sábado, como le corresponde. ¡Y hace bien! ¡Para lo que le ha servido agotarse de fatigas y amor!
-Pero nosotros no tenemos la culpa de que los judíos…
-¡Todos! ¡Todos! ¡Judíos y no judíos! Todos habéis sido, y seréis, iguales; Él, todo a vosotros; vosotros, nada a Él. Él, dar; vosotros, no dar: ni siquiera el óbolo que se da al mendigo.
-Tenemos dádivas para Él. Míralas, si no nos crees.
Juan, que ha estado todo este tiempo callado, pero con visible sufrimiento y mirando a Judas con ojos de súplica y reproche (o, mejor: de amonestación), ya no sabe contenerse, y, mientras Judas alarga la mano para tomar las dádivas, él lo para poniéndole una mano en el brazo, y le dice:
-No, Judas, esto no. Tú sabes cuál es la orden del Maestro -y se dirige a los peregrinos; dice:
-Judas se ha explicado mal y vosotros habéis comprendido mal. No es eso lo que quería decir mi compañero. Lo que nosotros -yo, mis compañeros, vosotros, todos-debemos dar por lo mucho que el Maestro nos da es sólo una ofrenda de sincera fe, de amor fiel. Cuando peregrinábamos por Palestina, Él aceptaba vuestras dádivas porque eran necesarias para nuestro camino y porque encontrábamos a muchos mendigos en él, o veníamos a enterarnos de situaciones ocultas de miseria.
Ahora, aquí, no tenemos necesidad de nada -alabada sea por ello la Providencia-, y tampoco encontramos mendigos. Quedaos con vuestras dádivas y dádselas en nombre de Jesús a personas desdichadas. Éstos son los deseos del Señor y Maestro nuestro, y las órdenes que ha dado a nuestros compañeros que van evangelizando por las distintas ciudades.
Y, si tenéis enfermos entre vosotros, o a alguno que tenga verdadera necesidad de hablar con el Maestro, pues decidlo, que yo voy y lo busco donde se aísla en oración porque su espíritu tiene grandes deseos de recogerse en el Señor.
Judas murmulla entre dientes algo, pero no se opone abiertamente. Se sienta junto a la lumbre como desinteresándose de la cosa.
-Verdaderamente… no tenemos grandes necesidades. Pero hemos sabido que estaba aquí y hemos cruzado el río para venir a verlo. De todas formas, si hemos hecho mal…
-No, hermanos. No es ningún mal amarlo y buscarlo, incluso no sin incomodidades y esfuerzo. Y vuestra buena voluntad recibirá recompensa. Voy a decirle al Señor que habéis venido. Él seguro que viene. Pero, aun en el caso de que no viniera, yo os traería su bendición.
Y Juan sale al huerto para ir a buscar al Maestro.
-¡Deja! Voy yo -dice Judas imperiosamente, y se levanta y sale afuera raudo. Juan lo ve marcharse, pero no objeta nada.
Entra de nuevo en la cocina, donde están, bastante
estrechos, los peregrinos. Pero casi inmediatamente les propone:
-¿Qué os parece si vamos al encuentro del Maestro?
-Y si Él no quisiera…
-¡No deis a un malentendido más importancia de la que tiene, os lo ruego! Vosotros sabéis cuáles son las razones de nuestra presencia aquí. Son los demás los que obligan al Maestro a estas medidas de discreción. Ciertamente, no es la voluntad de su corazón, que siempre guarda los mismos sentimientos de afecto para todos vosotros.
-Lo sabemos. Los primeros días que siguieron a la lectura del decreto se dieron a buscarlo afanosamente en la Transjordania y en los lugares donde pensaban que pudiera estar.
En Betabara, Betania. Pel.la, Ramot Galaad, e incluso más allá. Y sabemos que lo mismo hicieron en Judea y Galilea.
Las casas de sus amigos han estado muy vigiladas, porque… si bien es cierto que son muchos sus amigos y discípulos, muchos son también los que no son amigos y creen servir al Altísimo persiguiendo al Maestro. Luego, enseguida, la búsqueda ha cesado, y ha corrido la voz de que estaba aquí.
-¿Pero vosotros por quién lo habéis sabido?
-A través de discípulos suyos.
-¿Mis compañeros? ¿Dónde?
-No. Ninguno de ellos. Otros. Nuevos, porque no los hemos visto nunca ni con el Maestro ni con discípulos antiguos. Es más, nos extrañó el que Él hubiera mandado a unos desconocidos con el encargo de decir dónde estaba; pero también pensamos después que quizás lo hubiera hecho porque los judíos no conocían a los nuevos como discípulos.
-Yo no sé lo que os dirá el Maestro, pero por mi parte os digo que de ahora en adelante no debéis fiaros sino de los discípulos conocidos. Sed prudentes. Todos los habitantes de esta nación saben lo que sucedió al Bautista…
-¿Crees que…?
-Si Juan, odiado sólo por una, fue capturado y muerto, ¿qué no le sucederá a Jesús, a quien odian por igual el Palacio y el Templo, fariseos, escribas, sacerdotes y herodianos? Así que estad muy atentos para no tener luego remordimientos… Pero, ahí viene. Vamos a su encuentro.
Es plenamente de noche. Una noche sin Luna, aunque clara de estrellas. No podría decir la hora que es, pues no veo la posición de la Luna ni su fase. Veo sólo que es una noche serena. Todo Efraím ha desaparecido bajo el velo negro de la noche. El torrente también, y ahora no es sino una voz; sus espumas y reflejos han quedado totalmente anulados bajo la bóveda verde de los árboles de las orillas, que son obstáculo incluso para esa luz no luz que viene de las estrellas.
Un pájaro nocturno se lamenta en algún lugar. Luego se calla a causa de un rumor de ramajes y crujir de cañas, un rumor proveniente de la parte de la montaña y que se va acercando a la casa siguiendo el torrente. Luego una forma alta y robusta surge de la orilla por el sendero que sube hacia la casa. Se detiene un poco como para orientarse.
Pasa al ras de la pared, tanteándola con las manos; encuentra la puerta. La roza, pero sigue adelante. Dobla, aún tanteando, la esquina de la casa. Llega a la pequeña puertecita del huerto. La palpa, la abre, la empuja, entra. Ahora va al ras de las paredes que dan al huerto.
En llegando a la puerta de la cocina, vacila; pero luego continúa hasta la escalerita externa. Sube ésta a tientas.
Se sienta -sombra oscura en la sombra-en el último escalón. Pero, por el Oriente, el color del cielo nocturno -un entrecielo oscuro percibido como tal sólo por estar tachonado de estrellas-empieza a cambiar de tonalidad, a tomar un color que el ojo logra percibir como tal: un color ceniciento oscuro de pizarra, que parece bruma densa y humosa y es -no otra cosa-el claror del alba que avanza: se produce lentamente el cotidiano milagro nuevo de la luz que regresa.
La persona, acurrucada en el suelo, toda aovillada y cubierta con el manto oscuro, se mueve, ahora se desovilla, alza la cabeza, echa un poco hacia atrás el manto. Es Manahén. Está vestido como un hombre cualquiera, con una gruesa túnica marrón y un manto igual; es una tela basta, de trabajador o peregrino, sin franjas ni hebillas ni cinturones. Un cordón de lana trenzada sujeta la túnica a la cintura. Se pone en píe. Se desentorpece. Mira al cielo, donde la luz avanza y ya permite ver lo que hay alrededor.
Una puerta, abajo, se abre chirriando. Manahén se asoma, sin hacer ruido, para ver quién sale de casa. Es Jesús, que suavemente cierra de nuevo la puerta y se dirige hacia la escalera. Manahén se retira un poco y carraspea para llamar la atención de Jesús, que alza la cabeza y se detiene a media escalera.
-Soy yo, Maestro. Soy Manahén. Ven, ven, que tengo que decirte algo. Te esperaba… -susurra Manahén, y se inclina saludando.
Jesús sube los últimos escalones:
-Paz a ti. ¿Cuándo has venido? ¿Cómo? ¿Por qué?» pregunta.
-Creo que apenas había pasado el galicinio cuando he puesto pie aquí. Pero en los matorrales, allá al fondo, estaba desde la segunda vigilia de ayer.
-¡Toda la noche al raso!
-No había otra solución. Tenía que hablar contigo a solas. Tenía que conocer el camino para venir, y la casa, sin ser visto. Por eso vine de día y me metí entre la espesura allá arriba. Vi aquietarse la actividad en la ciudad. Vi a Judas y a Juan volver a casa. Es más, Juan pasó casi a mi lado con su carga de leña. Pero no me vio porque yo estaba bien adentro en la espesura. Vi, mientras hubo luz para ver, a una anciana entrar y salir, y vi que lucía la lumbre en la cocina, y que Tú bajabas de aquí arriba ya en pleno crepúsculo. Y vi que cerrabais la casa. Entonces vine con la luz de la Luna nueva y estudié el camino. Entré incluso en el huerto. Aquella puertecita es menos útil que si no estuviera. Oí que hablabais. Pero tenía que hablarte a solas. Me marché para volver a la tercera vigilia y estar aquí. Sé que normalmente te levantas a orar antes de que se haga de día. Y esperaba que también hoy lo hicieras. Alabo al Altísimo porque haya sido así.
-¿Pero cuál es el motivo de tener que verme con tanta incomodidad?
-Maestro, José y Nicodemo quieren hablar contigo, y han pensado hacerlo eludiendo todo tipo de vigilancia. Han intentado ya otras veces hacerlo, pero Belcebú debe ayudar mucho a tus enemigos. Han tenido que renunciar siempre a venir, porque ni su casa ni la de Nique dejaban de ser vigiladas.
Es más, la mujer iba a haber venido antes que yo. Es una mujer fuerte y se había puesto en camino, ella sola, a través del Adomín. Pero la siguieron y la pararon en la Cuesta de la Sangre (Llamaban "Cuesta de la sangre"-observa MV en una copia mecanografiada-a un punto del monte Adomín por los delitos que en ese lugar llevaban a cabo los bandoleros).
Ella, para no revelar el lugar en que estabas y para justificar las provisiones que llevaba en su cabalgadura, dijo: "Subo adonde un hermano mío que está en una gruta arriba en los montes. Si queréis venir, vosotros que enseñáis sobre Dios, haríais una obra santa porque está enfermo y tiene necesidad de Dios".
Y con esta argucia los convenció de que se marcharan. Pero ya no se atrevió a venir aquí y fue verdaderamente donde uno que dice que está en una gruta y que Tú lo has confiado a ella.
-Es verdad. Pero, ¿y cómo ha hecho Nique para decírselo a los otros?
-Yendo a Betania. Lázaro no está, pero sí las hermanas.
Está María. ¿Y María es acaso mujer que se encoja por alguna cosa? Se vistió como quizás no lo hizo Judit para ir donde el rey, y fue a la vista de todos al Templo junto con Sara y Noemí, y luego a su palacio de Sión. Y desde allí envió a Noemí donde José con las cosas que había que decir. Y, mientras… taimadamente los judíos iban o mandaban a alguien donde ella para… honrarla, y así podían verla como señora en su casa, Noemí, anciana y vestida modestamente, iba a Beceta, donde el Anciano.
Nos pusimos, entonces, de acuerdo en mandarme a mí aquí; a mí, al nómada que no levanta sospechas si se le ve cabalgar a rienda suelta de una a otra residencia de Herodes; mandarme aquí, a decirte que la noche del viernes al sábado José y Nicodemo, yendo uno desde Arimatea y el otro desde Rama, antes del ocaso, se encontrarán en Gofená y te esperarán allí.
Conozco el lugar y el camino, y vendré aquí al atardecer para guiarte. De mí te puedes fiar. Pero fíate sólo de mí, Maestro. José advierte que ninguno tenga noticia de este encuentro nuestro. Por el bien de todos.
-¿También por el tuyo, Manahén?
-Señor… yo soy yo. Pero no tengo bienes e intereses familiares que tutelar, como José.
-Esto confirma lo que digo, que las riquezas materiales son siempre un peso… Pero puedes decir a José que ninguno tendrá noticia de nuestro encuentro.
-Entonces puedo marcharme, Maestro. El sol ya ha salido y podrían levantarse tus discípulos.
-Bien, márchate, y que Dios esté contigo. Es más, te voy a acompañar para mostrarte el punto donde nos encontraremos la noche del sábado…
Bajan sin hacer ruido y salen del huerto. Y, enseguida, están abajo, en las orillas del torrente.