604- Los procesos. Las negaciones de Pedro. Consideraciones sobre Pilato

Empieza el doloroso camino por la vereda pedregosa que lleva desde el calvero donde Jesús fue apresado hasta el Cedrón, y desde el Cedrón, por otro camino, hasta la ciudad. E inmediatamente empiezan las palabras y los gestos burlescos y las vejaciones.

Jesús, yendo atado por las muñecas, e incluso por la
cintura, como si de un loco peligroso se tratara, confiados los cabos de las cuerdas a unos energúmenos embriagados de odio, se ve tirado de un lado y de otro como un trapajo abandonado a la ira de una manada de cachorros.

Pero aún podrían tener justificación los que así actúan si fueran perros; sin embargo, tienen nombre de hombres, aunque de hombre no tengan más que la figura.

Y si han pensado en esa atadura de dos sogas opuestas ha sido para causar mayor dolor. Una de las dos tiene la única función de inmovilizar las muñecas, y las lacera y va serrando con su áspero roce; la otra, la de la cintura, comprime los codos contra el tórax, y sierra y oprime la parte alta del abdomen, torturando el hígado y los riñones, donde han hecho un enorme nudo y donde, de vez en cuando, el que lleva los cabos de las sogas da latigazos con ellos y dice:

« ¡Arre! ¡Vamos! ¡Trota, burro!», y añade patadas detrás de las rodillas del Torturado, que a causa de estas patadas se tambalea y si no cae del todo es porque las sogas lo mantienen en pie.

De todas formas, las cuerdas no evitan que -tirando de Él hacia la derecha el que se ocupa de las manos y hacia la izquierda el que sujeta la soga de la cintura-Jesús vaya chocando contra muretes y troncos y que, debido a un tirón más cruel, recibido cuando está para cruzar el puente del Cedrón, caiga duramente contra el pretil del puentecillo.

La boca magullada sangra. Jesús alza las manos atadas, para limpiarse la sangre que embadurna la barba, y no habla: es verdaderamente el cordero que no muerde a sus torturadores.

Unos de entre la gente, entretanto, han bajado al guijarral a coger piedras y guijarros, y desde abajo empieza una pedrea contra el fácil objetivo; porque a duras penas se puede andar en el puentecillo estrecho e inseguro donde la gente se apiña obstaculizándose a sí misma, y las piedras golpean a Jesús en la cabeza, en los hombros; no sólo a Jesús, sino también a sus torturadores, que reaccionan lanzando palos y devolviendo las propias piedras. Y todo contribuye a golpear más a Jesús en la cabeza y en el cuello.

El puente acaba por fin, y ahora la callejuela estrecha proyecta sombras sobre el gentío, porque la Luna, que comienza su ocaso, no desciende a esa callejuela tortuosa y, además, muchas antorchas, en medio de esa confusión, se han apagado. Mas el odio hace de lámpara para ver al pobre Mártir, para el que hasta su alta estatura es elemento torturador.

Es el más alto de todos. Fácil, pues, golpearlo, agarrarlo por los cabellos, obligarlo a echar violentamente hacia atrás la cabeza y echarle encima un puñado de materia inmunda que, por fuerza, debe entrarle en la boca y en los ojos, produciéndole náusea y dolor.

Empieza el trayecto a través del arrabal de Ofel, ese arrabal donde tanto bien y tantas caricias Él ha distribuido. La turba vociferante atrae a las puertas a los que duermen, y, si las mujeres gritan movidas por el dolor y, aterrorizadas, huyen al ver lo que ha sucedido, los hombres, esos hombres que incluso han recibido de Él curación, ayuda, palabras de Amigo, o bien agachan la cabeza con indiferencia, fingiendo desinterés al menos, o bien pasan de la curiosidad al livor, a la burla, al gesto amenazador, e incluso se ponen detrás del tropel de gente para vejar.

Satanás está ya actuando… Un hombre casado (Jacob, curado por Jesús, capítulo 374) que quiere seguirle para vejarlo, es aferrado por su mujer, que grita, que le grita:

-¡Miserable! Si estás vivo es por Él, inmundo hombre lleno de podredumbre. ¡Recuérdalo!».

Pero el hombre se impone a la mujer golpeándola brutalmente y arrojándola al suelo, y luego corre hasta donde el Mártir contra cuya cabeza lanza una piedra.

Otra mujer, anciana, trata de cortar el paso a su hijo (Samuel, desleal a Analía capítulos 374 y 375), que viene con cara de hiena y con un palo, para golpear también a Jesús, y grita a su hijo:

-¡Asesino de tu Salvador no serás mientras yo viva!
Pero la pobre, alcanzada en la ingle por una patada brutal de su hijo, se desploma gritando:

-¡Deicida y matricida! ¡Por el seno que abres por segunda vez y por el Mesías al que hieres, maldito seas!
La escena, a medida que van acercándose a la ciudad, va aumentando en violencia.

Antes de llegar a las murallas están Juan y Pedro. Ya están abiertas las puertas, y los soldados romanos, dispuestos para la defensa, observan dónde y cómo se desarrolla el tumulto, preparados para intervenir si el prestigio de Roma se viera dañado.

Creo que Juan y Pedro han llegado allí por un atajo tomado cruzando el Cedrón más arriba del puente, y adelantándose rápidamente a la turba, que, obstaculizándose tanto a sí misma, se mueve lenta

. Están en la penumbra de un zaguán, en una placita que precede a las murallas. Tienen cubiertas sus cabezas con los mantos, ocultando así sus caras. Pero, cuando Jesús llega, Juan -bajo la libre luz de la Luna, que allí todavía ilumina antes de desaparecer tras el collado que hay más allá de las murallas y que oigo que los esbirros capturadores lo llaman Tofet-deja caer el manto y muestra su pálido y descompuesto rostro. Pedro, aun no atreviéndose a destaparse, se adelanta para ser visto…

Jesús los mira… y sonríe (una sonrisa de una bondad infinita). Pedro se vuelve y regresa a su ángulo oscuro, llevándose las manos a los ojos, encorvado, envejecido, ya un despojo de hombre. Juan se queda valerosamente donde está, y sólo cuando la turba vociferante termina de pasar se reúne de nuevo con Pedro, lo toma de un codo, lo guía como un muchacho guiaría a su padre ciego, y entran ambos en la ciudad detrás de la muchedumbre vociferante.

Oigo las exclamaciones de asombro o burlescas o apenadas de los soldados romanos: hay quien lanza maldiciones por haber sido sacado de la cama por ese «necio lacayo»; hay quien se burla de los judíos, que han sido capaces de «prender a una media hembra», hay quien se muestra compasivo hacia la Víctima, diciendo: «Siempre lo he visto bueno», y hay quien dice: «Hubiera preferido que me hubieran matado a mí, antes que verlo a Él en esas manos.

Es un grande. Tengo dos devociones en el mundo: Él y Roma». « ¡Por Júpiter! -exclama el de grado más alto-Yo no quiero líos después. Voy donde el alférez. Que se encargue él de decírselo a quien tenga que decírselo. No quiero que me manden a luchar contra los Germanos. Estos hebreos hieden y son sierpes y carroñas, pero aquí la vida es segura. ¡Estoy para terminar mi tiempo y en Pompeya tengo una muchacha…!».

Pierdo el resto por seguir a Jesús, que continúa caminando por la calle que hace un arco en subida para ir al Templo. Pero veo y comprendo que la casa de Anás, a donde quieren llevarlo, está y no está en ese laberíntico conglomerado que es el Templo y que ocupa todo el collado de Sión. Está en el extremo, cerca de una serie de muros que parecen delimitar por esta parte a la ciudad y que desde ahí se prolongan en pórticos y patios, siguiendo la ladera del monte, hasta llegar al recinto de lo que es el Templo en el pleno sentido de la palabra, o sea, el lugar a donde van los israelitas para sus distintas manifestaciones de culto.

Una alta puerta guarnecida de hierro se abre en el muro. Se acercan a ella solícitas hienas y llaman con fuerza. En cuanto se entreabre, ya irrumpen dentro, casi tirando al suelo y pisoteando a la criada que ha venido a abrir; y abren la puerta de par en par, para que la turba vociferante, con el Capturado en el centro, pueda entrar. Una vez dentro, cierran y trancan, temerosos quizás de Roma o de los facciosos del Nazareno.

¡Sus facciosos! ¿Dónde están?…

Recorren el atrio de entrada y luego cruzan un amplio patio, un corredor, y otro pórtico y un nuevo patio, y suben a tirones a Jesús por tres escalones, haciéndole recorrer casi corriendo una galería realzada respecto al patio, para llegar antes a una rica sala donde hay un hombre anciano vestido de sacerdote.

-¡Que Dios te consuele, Anás -dice el que parece el oficial, si oficial puede llamarse al bribón que manda a esa canalla -Aquí tienes al culpable. En manos de tu santidad lo pongo, para que Israel sea purificado de la culpa.

-Que Dios te bendiga por tu audacia y tu fe.
¡Vaya una audacia! Había sido suficiente la voz de Jesús para hacerle besar la tierra en el Getsemaní.
-¿Quién eres Tú?
-Jesús de Nazaret, el Rabí, el Cristo. Y tú me conoces. No he actuado en las tinieblas.

-En las tinieblas, no. Pero has inducido a error a las muchedumbres con doctrinas tenebrosas. Y el Templo tiene el derecho y el deber de tutelar el alma de los hijos de Abraham.

-¡El alma! Sacerdote de Israel, ¿puedes decir que por el alma del más pequeño o del más grande de este pueblo has sufrido?
-¿Y Tú entonces? ¿Qué has hecho que pueda llamarse sufrimiento?

-¿Qué he hecho? ¿Por qué me lo preguntas? Todo Israel habla. Desde la ciudad santa al mísero pueblecillo, hasta las piedras hablan para decir lo que he hecho. He dado la vista a los ciegos: la de los ojos y la del corazón. He abierto los oídos a los sordos: para las voces de la Tierra y para las del Cielo. He hecho caminar a los tullidos y a los paralíticos, para que empezaran la marcha hacia Dios desde la carne y luego siguieran con el espíritu. He limpiado a los leprosos: de las lepras que la Ley mosaica señala y de las que hacen a un hombre leproso ante Dios, o sea, de los pecados.

He resucitado a los muertos. Y no señalo que sea grande llamar a una carne de nuevo a la vida, sino que digo que grande es redimir a un pecador; y lo he hecho. He socorrido a los pobres, enseñando a los avarientos y ricos hebreos el precepto santo del amor al prójimo; y, siendo pobre a pesar del río de oro que ha pasado por mis manos, he enjugado Yo solo más lágrimas que todos vosotros, que poseéis riquezas. En fin, he dado una riqueza inefable: el conocimiento de la Ley, el conocimiento de Dios, la certeza de que somos todos iguales y de que, ante los ojos santos del Padre, igual es el llanto derramado -o el delito cometido-por el Tetrarca o por el Pontífice, por el mendigo o el leproso que mueren en el camino. Esto es lo que he hecho. Nada más.

-¿Sabes que por ti mismo te acusas? Dices: las lepras que hacen leprosos ante Dios y no son señaladas por Moisés. Estás insultando a Moisés e insinúas que hay lagunas en su Ley…

-No suya: de Dios. Así es. Digo que más grave que la lepra, desgracia de la carne, desgracia acotada en el tiempo, es el pecado, que es desgracia, eterna, del espíritu.

-Osas decir que puedes absolver los pecados. ¿Cómo lo haces?

-Si con un poco de agua lustral y el sacrificio de un macho cabrío es lícito y creíble cancelar un pecado, expiarlo y quedar limpio de él, ¿cómo no habrá de poder hacerlo mi llanto, mi Sangre y mi deseo?
-Pero Tú no estás muerto. ¿Dónde está, entonces, la Sangre?

-No estoy muerto todavía. Pero lo estaré, porque está escrito: en el Cielo, desde antes que Sión fuera, desde antes que existiera Moisés, desde antes de Jacob, desde antes de Abraham, desde cuando el rey del Mal hincó su mordedura en el corazón del hombre y envenenó el corazón del hombre y el de sus hijos; está escrito en la Tierra, en el Libro que recoge las palabras de los profetas; está escrito en los corazones, en el tuyo, en el de Caifás y de los miembros del Sanedrín, que no me perdonan. No, estos corazones no me perdonan el ser bueno. Yo he absuelto anticipadamente en vistas de la Sangre, ahora cumplo la absolución con el lavacro en la Sangre.

-Nos llamas ambiciosos y dices que ignoramos el precepto del amor…

-¿Y no es, acaso, cierto? ¿Por qué me dais muerte? Porque tenéis miedo de que os destrone. ¡Oh! No temáis. Mi Reino no es de este mundo. Os dejo la posesión de todo poder. El Eterno sabe cuándo decir el "¡basta!" que os hará caer fulminados…

-¿Como Doras, ¡eh!?

-Él murió de ira, no por un rayo celeste. Dios lo esperaba en la otra parte para fulminarlo.

-¿Y esto me lo dices a mí, que soy su pariente? ¿Cómo te atreves?

-Yo soy la Verdad. La Verdad nunca es cobarde.
-¡Soberbio y loco!

-No: sincero. Me acusas de ofenderos. Pero ¿acaso no odiáis todos vosotros? Os odiáis unos a otros. Ahora os une el odio contra mí. Pero mañana, cuando me hayáis matado, volverá el odio a reinar entre vosotros. Y será un odio más fiero. Y viviréis con esa hiena sobre vuestras espaldas y esta serpiente en el corazón. Yo he enseñado el amor. Por piedad hacia el mundo. He enseñado a no ser ambiciosos sino a tener misericordia. ¿De qué me acusas?
-De haber introducido una doctrina nueva.

-¡Oh, sacerdote! Israel está poblado de nuevas doctrinas: los esenios tienen la suya; los sadoquitas, la suya; los fariseos, la suya. Cada uno tiene su secreta doctrina, que para unos se llama placer, para otros oro, para otros poder; y cada uno tiene su ídolo. No Yo. Yo he tomado de nuevo la Ley de mi Padre, del Dios Eterno, que había sido pisoteada, y he vuelto a decir sencillamente las diez proposiciones del Decálogo, secándome los pulmones para hacerlas entrar en los corazones que ya no las conocían.
-¡Horror! ¡Blasfemia! ¿Decirme esto a mí, sacerdote? ¿No tiene un Templo Israel? ¿Somos como los castigados de Babilonia? Responde.

-Eso sois. Y más todavía. Hay un Templo, sí; un edificio. Dios no está. Se ha alejado, ante el abominio que hay en su casa. Pero ¿para qué me interrogas tanto, si en realidad mi muerte ya está decidida?

-No somos asesinos. Matamos si, por una culpa probada, tenemos derecho a hacerlo. Pero yo quiero salvarte. Respóndeme y te salvaré. ¿Dónde están tus discípulos? Si me los entregas, te dejaré libre. El nombre de todos, y más los ocultos que los conocidos. Di: ¿Nicodemo es tuyo?, ¿es tuyo José?, ¿y Gamaliel?, ¿y Eleazar?, ¿y…? Bueno de éste lo sé… no es necesario. Habla. Habla. Sabes que puedo darte muerte y salvarte. Soy poderoso.

-Eres fango. Dejo al fango el oficio de espía. Yo soy Luz.
Un esbirro le suelta un puñetazo.

-Yo soy Luz. Luz y Verdad. He hablado al mundo abiertamente. He enseñado en las sinagogas y en el Templo donde se reúnen los judíos, y nada he dicho en secreto. Lo repito. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que han oído lo que he dicho. Ellos lo saben.
Otro esbirro le suelta un bofetón, gritando:

-¿Así respondes al Sumo Sacerdote?

-Estoy hablando a Anás. El Pontífice es Caifás. Y hablo con el respeto debido a los ancianos. Pero, si crees que he hablado mal, demuéstramelo; si no, ¿por qué me hieres?
-Déjalo, déjalo. Voy donde Caifás. Vosotros tenedlo aquí hasta nueva orden mía. Y ved porque no hable con nadie.
Anás sale.

No habla Jesús, no. Ni siquiera con Juan, que se atreve a estar en la puerta, desafiando a toda la turba de los esbirros. Pero Jesús, sin pronunciar palabra, debe darle una orden, porque Juan, después de una mirada afligida, sale de allí y lo pierdo de vista.

Jesús se queda entre sus verdugos. Zurriagazos con las cuerdas, esputos, burlas, patadas, tirones de pelo: esto es lo que le queda. Hasta que uno de la servidumbre viene a decir que lleven al Prisionero a la casa de Caifás.
Y Jesús, que sigue atado y sufriendo malos tratos, sale, y pasa al pórtico, lo recorre hasta un zaguán para cruzar luego un patio donde hay mucha gente calentándose alrededor de una hoguera (y es que la noche, ahora, en estas primeras horas del viernes, se ha puesto cruda y ventosa). Está también Pedro, con Juan; mezclados ambos entre el gentío hostil. Y deben tener mucho valor para estar allí… Jesús los mira. En su boca, ya hinchada por los golpes recibidos, se dibuja un atisbo de sonrisa.
Un largo camino entre pórticos y atrios, patios y corredores (¡pero que casas tenía esta gente del Templo!).

Mas la gente no entra en el recinto pontificio. Se les impide ir más allá del atrio de Anás. Jesús va solo, entre esbirros y sacerdotes. Entra en una vasta sala que parece perder su forma rectangular debido a los asientos, muchos, dispuestos en forma de herradura y dejando en el centro un espacio vacío, tras el cual hay dos o tres asientos elevados sobre tarimas.

Cuando ya Jesús está para entrar, el rabí Gamaliel llega, y los guardias pegan un tirón al Prisionero para que ceda el paso al rabí de Israel. Pero éste, rígido como una estatua, hierático, aminora el paso y, moviendo apenas los labios, sin mirar a nadie, pregunta:
-¿Quién eres? Dímelo.
Y Jesús, dulcemente:

-Lee a los profetas y obtendrás la respuesta. El primer signo está en ellos, el otro vendrá.

Gamaliel recoge su manto y entra. Y tras él entra Jesús, de quien, mientras Gamaliel va a un sitial, tiran para ponerlo en el centro de la sala, frente al Pontífice, que verdaderamente tiene cara de malhechor. Se espera hasta que entran todos los miembros del Sanedrín.
Luego empieza la sesión. Pero Caifás ve dos o tres asientos vacíos y pregunta: -¿Dónde está Eleazar? ¿Dónde está Juan?

Se alza un joven escriba -creo-, hace una reverencia y dice:
-Han rehusado venir. Aquí está el escrito.
-Que se conserve y se escriba. Responderán de ello. ¿Qué tienen que decir los santos miembros del Consejo acerca de éste?

-Yo hablo. En mi casa violó el sábado. Dios me es testigo de que no miento. Ismael ben Fabí no miente nunca.

-¿Es verdad, acusado?
Jesús calla.

-Yo lo vi convivir con conocidas meretrices. Fingiéndose profeta, había hecho de su guarida un prostíbulo, y, para colmo, con mujeres paganas. Conmigo estaban Sadoq, Calasebona y Nahúm, apoderado de Anás. ¿Es verdad lo que digo, Sadoq y Calasebona? Desacreditad mi testimonio, si lo merezco.

-Es verdad. Es verdad.
-¿Qué dices?
Jesús calla.

-No desaprovechaba ocasión de burlarse de nosotros o de exponernos a la burla. La gente ya no nos estima, por Él.
-¿Los estás oyendo? Has profanado a los miembros santos.
Jesús calla.

-Este hombre está endemoniado. Vuelto de Egipto, ejercita la magia negra.
-¿Cómo lo pruebas?
-¡Ante mi fe y las tablas de la Ley!

-Grave acusación. Justifícate.
Jesús calla.
-Es ilegal tu ministerio, ¿lo sabes? Merece pena de muerte. Habla.

-Ilegal es esta sesión nuestra. Álzate, Simeón. Vamos -dice Gamaliel.
-Pero, rabí, ¿estás perdiendo la razón?

-Respeto los procedimientos. No es lícito proceder como lo estamos haciendo. Y presentaré una acusación pública por ello.

Y el rabí Gamaliel sale, rígido como una estatua, seguido por un hombre que se le parece, de unos treinta y cinco años.

Hay un poco de confusión, lo cual es aprovechado por Nicodemo y José para hablar en favor del Mártir.

-Gamaliel tiene razón. Son ilícitos la hora y el lugar. Y las acusaciones no son consistentes. ¿Puede alguien acusarlo de visible vilipendio a la Ley? Yo soy amigo suyo, y juro que siempre lo he visto respetuoso a la ley -dice Nicodemo.

-Y yo también. Y para no aceptar un delito me cubro la cabeza, no por Él, sino por vosotros, y salgo.
Y José hace ademán de bajar de su sitio y salir.
Pero Caifás grita en modo descompuesto:
-¡Ah! ¿Eso decís? Vengan entonces los testigos jurados. Y escuchad. Luego os marcháis.

Entran dos individuos de la peor calaña: miradas huidizas, risitas crueles, ademanes falsos.
-Hablad.

-¡No es lícito oírlos juntos! -grita José.
-Yo soy el Sumo Sacerdote. Yo ordeno. ¡Y silencio!
José da un puñetazo en una mesa y dice:

-¡Se abran sobre tu cabeza las llamas del Cielo! Desde este momento sabe que el Anciano José es enemigo del Sanedrín y amigo del Cristo. Y con esta determinación voy a decir al Pretor que aquí, sin respeto a Roma, se da muerte -y sale violentamente, dando un empujón a un delgado y joven escriba que intenta frenarlo.

Nicodemo, más morigerado, sale sin decir nada más. Y, al salir, pasa por delante de Jesús y lo mira…
Nueva agitación. Se teme a Roma. Y la víctima expiatoria sigue siendo Jesús.

-¡Por ti todo esto, ¿lo ves?! Tú, corruptor de los mejores judíos. Los has pervertido.
Jesús calla.

-¡Que hablen los testigos! -grita Caifás.
-Sí. Éste usaba el… el… Lo sabíamos… ¿Cómo se llama esa co-sa?

-¿Quizás el tetragrama?
-¡Eso es! ¡Tú lo has dicho! Invocaba a los muertos. Enseñaba la rebelión contra el sábado y la profanación del altar. Lo juramos. Decía que quería destruir el Templo para reedificarlo en tres días con la ayuda de los demonios.

-No. Él decía que no sería fabricado por el hombre.
Caifás baja de su sitial y se acerca a Jesús. Pequeño, obeso, feo, parece un enorme sapo al lado de una flor. Porque Jesús, a pesar de estar herido, magullado, sucio y despeinado, aparece todavía muy hermoso y majestuoso.
-¿No respondes? ¡Qué acusaciones contra ti! ¡Horrendas! Habla, para descargarte de su ignominia.
Pero Jesús calla. Lo mira y calla.

-Respóndeme a mí, entonces. Soy tu Pontífice. En nombre del Dios vivo, te conjuro. Dime: ¿eres Tú el Cristo, el Hijo de Dios?

-Tú lo has dicho. Lo soy. Y veréis al Hijo del hombre, sentado a la derecha del Poder de Dios, venir sobre las nubes del cielo. Pero, además, ¿por qué me interrogas? He hablado en público durante tres años. Nada he dicho ocultamente. Pregunta a los que me han oído. Ellos te dirán lo que he dicho y lo que he hecho.

Uno de los soldados que lo tienen sujeto le golpea en la boca, haciéndola sangrar de nuevo, y grita:

-¡Así respondes, satanás, al Sumo Pontífice?
Y Jesús, mansamente, responde a éste como al de antes:

-Si he hablado bien, ¿por qué me hieres? Si mal, ¿por qué no me dices dónde yerro? Repito: Yo soy el Cristo, Hijo de Dios. No puedo mentir. El sumo Sacerdote, el eterno Sacerdote soy Yo. Y sólo Yo llevo el verdadero Racional, en que está escrito: Doctrina y Verdad. Y a éstas soy fiel. Hasta la muerte, ignominiosa a los ojos del mundo, santa a los ojos de Dios; y hasta la bienaventurada Resurrección. Yo soy el Ungido. Pontífice y Rey Yo soy. Y estoy para tomar mi cetro y con él, como con aventador, limpiar la era. Este Templo será destruido y resurgirá, nuevo, santo, porque éste está corrompido y Dios lo ha abandonado a su destino.

-¡Blasfemo! -gritan todos en coro. ¿En tres días lo construirás, loco, poseído?
-No éste, sino el mío es el que resurgirá, el Templo del Dios verdadero, vivo, santo, tres veces santo.
-¡Anatema! -gritan de nuevo en coro.
Caifás alza su voz ronca y se desgarra las vestiduras de lino, con gestos de estudiado horror, y dice:
-¿Qué otra cosa hemos de oír de -testigos? La blasfemia está ya dicha. ¿Qué hacemos entonces?
Y todos, en coro:
-Sea reo de muerte.

Y con gestos de desdén y de escándalo salen de la sala y dejan a Jesús a merced de los esbirros y de la chusma de los falsos testigos, que, dándole bofetadas, puñetazos, escupiéndole, vendándole los ojos con un trapajo y luego tirándole violentamente de los cabellos, lo arrojan de un lado para otro, con las manos atadas, de manera que choca contra mesas, sitiales y paredes. Y le preguntan:

-¿Quién te na pegado? Adivina.

Y varias veces, poniéndole zancadillas, le hacen caer de bruces, y se ríen a carcajadas al ver cómo, con las manos atadas, a duras penas se levanta.

Pasan así las horas. Los torturadores, cansados, piensan en tomarse un poco de descanso. Llevan a Jesús a un tabuco haciéndole cruzar muchos patios exponiéndolo a las burlas de la turba, ya muy numerosa en el recinto de las casas pontificales.

Jesús llega al patio donde está Pedro, al lado de su hoguera. Y lo mira. Pero Pedro evita encontrar su mirada. Juan ya no está; supongo que se habrá marchado con Nicodemo…

El alba avanza fatigosamente, glauca. Una orden ha sido dada: llevar de nuevo al Prisionero a la sala del Consejo para un proceso más legal. Es el momento en que Pedro niega por tercera vez que conoce al Cristo, cuando Él pasa ya marcado por los padecimientos. Con la luz verdosa del alba, los moratones parecen aún más atroces en el rostro térreo, los ojos más hundidos y vítreos: un Jesús empañado por el dolor del mundo…

Un gallo lanza al aire apenas móvil del alba su grito burlón, sarcástico, pícaro. Y en este momento de gran silencio que se ha creado ante la presencia de Cristo, sólo se oye la voz áspera de Pedro decir: «Lo juro, mujer. No le conozco»: afirmación seca, segura, a la cual, como una carcajada burlona, responde en seguida el ribaldo canto del gallito.

Pedro reacciona. Se vuelve para huir, y se encuentra a Jesús de frente, mirándolo con infinita piedad, con un dolor tan intenso y sentido, que me parte el corazón (como si después de eso yo hubiera de ver disolverse, para siempre, a mi Jesús). Pedro experimenta un conato de llanto. Sale, tambaleándose como si estuviera borracho.

Huye detrás de dos domésticos que también salen. Se pierde cuesta abajo por la calle todavía semioscura.
Llevan otra vez a la sala a Jesús. Le repiten en coro la pregunta capciosa:

-En nombre del Dios verdadero, dinos: ¿eres el Cristo?
Y, habiendo recibido la respuesta de antes, lo condenan a muerte y dan la orden de conducirlo ante Pilatos.

Jesús, escoltado por todos sus enemigos, menos Anás y Caifás, sale, pasando de nuevo por esos patios del Templo donde tantas veces había hablado, favorecido y curado; franquea el cinturón almenado, entra en las calles de la ciudad y, más arrastrado que conducido, baja hacia ésta, ahora rojiza por un primer anuncio de la aurora. Creo que con la única finalidad de alargarle el tormento le hacen recorrer un largo trayecto superfluo por Jerusalén, pasando arteramente por las barracas de mercado, por delante de las caballerizas y de posadas colmadas de gente por la Pascua.

Y tanto las verduras de desecho de los puestos como los excrementos de los animales de las cuadras se transforman en proyectiles para el Inocente, cuyo rostro presenta, cada vez más, mayores moraduras, pequeñas magulladuras sanguinolentas, y aparece velado por distintas inmundicias en él esparcidas. Los cabellos, ya recargados y ligeramente tiesos debido al sudor sanguíneo, y más opacos, ahora penden despeinados, impregnados de paja e inmundicias, y caen sobre los ojos, porque le revuelven aquéllos para taparle la cara.

La gente que está en las barracas, compradores y vendedores, abandonan todo para seguir -no con amor precisamente -al Desdichado. Los estableros y los criados de las posadas salen en masa, sordos a las voces de las amas (las cuales, como casi todas las otras mujeres, la verdad es que se muestran, si no totalmente contrarias a estas ofensas, sí, al menos, indiferentes a esta agitación, y se retiran echando pestes porque las dejan solas y tienen mucha gente a la que atender).

La turba vociferante se engrosa así a cada minuto que pasa, y parece como si por una repentina epidemia los corazones y las fisonomías cambiaran su naturaleza: aquéllos, transformándose en corazones de malhechores; éstas, en máscaras de crueldad en caras verdes de odio o rojas de ira. Las manos son ahora garras, las bocas adquieren forma y aullido de lobo, los ojos se hacen torvos, rojos, torcidos… como los de los locos. Sólo Jesús sigue igual, aunque cubierto de inmundicias esparcidas por su cuerpo alterado por moratones y tumefacciones.

Al llegar a un tramo abovedado que estrecha la calle como un anillo, mientras todo se tapona y se hace más lento, un grito corta el aire:

-¡Jesús!
Es Elías, el pastor, que trata de abrirse paso enarbolando y haciendo girar un grueso palo. Viejo, robusto, con aire amenazador, fuerte, logra llegar casi donde el Maestro. Pero la muchedumbre, desbaratada por el inesperado asalto, aprieta sus filas y aparta, rechaza, vence a este hombre solo contra toda la turba.

-¡Maestro! -grita, mientras el remolino de la muchedumbre lo absorbe y rechaza.
-¡Vete!… Mi Madre… Te bendigo…

Y la turba rebasa el estrechamiento. Ahora, como agua que hallara respiro después de una esclusa, se vuelca, en tumulto, por un amplio paseo elevado respecto a una depresión del terreno situada entre dos lomas en cuyos límites pueden verse espléndidos palacios de señores de alta alcurnia.

Vuelvo a ver el Templo en lo alto de su monte, y comprendo que la vuelta ociosa que han hecho dar al Condenado para exponerlo al escarnio de toda la ciudad y permitir a todos insultarlo -habiendo aumentando a cada paso los que participaban en estos insultos-está para concluirse, volviendo así otra vez a los lugares de antes.

De un palacio sale al galope un caballero. La gualdrapa purpúrea sobre la blancura del caballo árabe y la solemnidad de su aspecto, la espada blandida desnuda, descargada de plano y filo sobre espaldas y cabezas que ya sangran, le hacen parecer un arcángel. Cuando un caracol, una empinadura del caballo que corvetea -haciendo de los cascos un arma de defensa para sí mismo y para su amo, y el más eficaz de los instrumentos de apertura para abrirse paso entre la multitud-, provoca la caída del velo de púrpura y oro que cubría su cabeza y que estaba sujeto por una cinta de color de oro, entonces reconozco a Manahén.

-¡Atrás! – grita -¿Cómo os permitís turbar el descanso del Tetrarca?

Pero esto es sólo una excusa para justificar su intervención y su intento de llegar hasta Jesús.
-Este hombre… dejádmelo ver… Apartaos, o llamo a la guardia…

La gente, tanto por la lluvia de mandobles, como por las patadas del caballo, y por la amenaza del caballero, abre paso. Manahén puede, así, llegar al grupo de Jesús y de los miembros de la guardia del Templo que lo tienen sujeto.

-¡Fuera! El Tetrarca es más que vosotros, sucios siervos. Atrás. Quiero hablar con Él -y lo obtiene, cargando con su espada contra el más encarnizado de sus apresadores.
-¡Maestro! …
-Gracias. ¡Pero vete! ¡Y que Dios te conforte!

Y, como puede con las manos atadas, Jesús hace un gesto de bendición.

La muchedumbre silba desde lejos y, en cuanto ve que Manahén se retira, de haber sido arredrada se venga con una lluvia de piedras y porquerías contra el Condenado.

Por el paseo en subida, ya calentado por el sol, se va hacia la Torre Antonia, cuya mole ya aparece lejos.
Un grito agudo de mujer (« ¡Oh, mi Salvador! ¡Mi vida por la tuya, oh Eterno!») hiende el aire.

Jesús vuelve la cabeza y ve, en la alta terraza florida que corona una casa muy bonita, a Juana de Cusa, tendiendo los brazos al cielo, entre miembros de la servidumbre, hombres y mujeres, con los pequeños María y Matías al lado de ella. ¡Pero el Cielo hoy no escucha oraciones! Jesús alza las manos y traza un gesto de adiós y bendición.

-¡Muerte! ¡Muerte al blasfemo, al corruptor, al satanás! ¡Muerte a sus amigos! -y lanzan silbidos y piedras hacia la alta terraza. No sé si hieren a alguno. Oigo un grito agudísimo y luego veo que el grupo se deshace y desaparece.

Y siguen adelante, adelante, subiendo… Jerusalén muestra sus casas al sol, vacías, vaciadas por el odio, que impulsa a toda una ciudad (con los habitantes efectivos y los transeúntes que se han dado cita para la Pascua) contra un inerme.

Unos soldados romanos, un entero manipulo, sale, corriendo, de la Antonia, apuntadas las lanzas contra la chusma, que, gritando, se dispersa. Se quedan en medio de la calle Jesús y los miembros de la guardia con los jefes de los sacerdotes, algunos escribas y algunos Ancianos del pueblo.

-¿Este hombre? ¿Esta sedición? Responderéis ante Roma -dice, altanero, un centurión.
-Es reo de muerte, según nuestra ley.

-¿Y desde cuándo se os ha devuelto el ius gladii et sanguinis? -pregunta el mismo, el más anciano de los centuriones (de rostro severo, verdaderamente romano, con una mejilla dividida por una profunda cicatriz); y habla con el desprecio y el desdén con que hablaría a piojosos galeotes.

-Sabemos que no tenemos este derecho. Somos los fieles subordinados de Roma…

-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Mira lo que dicen, Longinos! ¡Fieles! ¡Subordinados!… ¡Carroña! Las flechas de mis arqueros os daría como premio.

-¡Demasiado noble una muerte así! ¡Las espaldas de los mulos requieren el flagrum y no otra cosa!… responde con irónica flema Longinos.

Los jefes de los sacerdotes, escribas y Ancianos, espuman veneno. Pero, como quieren obtener su objetivo, callan; tragan la ofensa sin dar muestras de haberla entendido, e inclinándose ante los dos jefes, piden que Jesús sea llevado a la presencia de Poncio Pilato para que “juzgue y condene con la bien conocida y honesta justicia de Roma».

-¡Ja! ¡Ja! ¡Mira lo que dicen! Ahora somos más sabios que Minerva… ¡Aquí! ¡Venga! ¡Id por delante! ¡Nunca se sabe! Sois unos chacales, y además hediondos. Teneros detrás es un peligro. ¡Venga!
-No podemos.

-¿Por qué? Cuando uno acusa debe estar delante del juez con el acusado. Esta es la regla de Roma.
-La casa de un pagano es impura ante nuestros ojos, y ya estamos purificados para la Pascua.

-¡Oh, pobrecitos! ¡Si entran, se contaminan!… ¿Y matar al único hebreo que es hombre, y no un chacal y un reptil como vosotros, no os contamina? Bien, de acuerdo, quedaos ahí. Si dais un paso adelante os veréis clavados en las lanzas. Una decuria en torno al Acusado. Las otras contra esta chusma hedionda de pico mal lavado.

Jesús entra en el Pretorio en medio de los diez asteros, que forman un cuadrado de alabardas en torno a su persona. Los dos centuriones van delante. Mientras Jesús espera en un vasto atrio, tras el cual hay un patio visible en parte a través de una cortina que el viento agita, ellos desaparecen tras una puerta.

Vuelven con el Gobernador, que viene vestido con una toga blanquísima, sobre la cual trae un manto de color escarlata: quizás vestían así cuando representaban oficialmente a Roma. Entra indolentemente, con una sonrisita escéptica en su cara afeitada. Tritura entre sus manos hojas de hierba luisa y las huele con voluptuosidad.

Va a un cuadrante solar, lo mira, se vuelve, echa unos granos de incienso en un brasero que está colocado a los pies de un numen. Manda que le traigan agua de cidra y hace gárgaras con ella. Se contempla el peinado, hecho todo de ondas, en un espejo de metal tersísimo. Parece como si se hubiera olvidado del Condenado, que espera su aprobación para ser ejecutado. Haría airarse hasta a las mismas piedras.

Los hebreos, dado que el atrio está por el frente todo abierto y elevado sobre tres altos escalones respecto del vestíbulo -el cual, a su vez, respecto a la calle a la que da, está ya de por sí elevado sobre otros tres escalones-ven todo perfectamente, y hierven por dentro. Pero no osan rebelarse por miedo a las lanzas y a las jabalinas.
Por fin, después de haber ido y venido por el amplio lugar; Pilatos va hacia Jesús. Lo mira y pregunta a los dos centuriones:
-¿Este?
-Éste.

-Que vengan sus acusadores -y va a sentarse en la silla que está encima de la tarima. Las enseñas de Roma, sobre su cabeza, se entrecruzan con las águilas doradas y la poderosa sigla.

-No pueden venir. Se contaminan.
-¡¡¡Hala!!! Mejor. Nos ahorraremos ríos de esencias para quitar el olor a cabra. Que se acerquen al menos. Aquí abajo. Y cuidad de que no entren, dado que no quieren hacerlo. Puede ser un pretexto este hombre para una sedición.

Un soldado sale para llevar la orden del Procurador romano. Los demás forman, delante del atrio a iguales distancias unos de otros, hermosos como nueve estatuas de héroes.

Se acercan los jefes de los sacerdotes, escribas y Ancianos. Saludan con serviles reverencias y se detienen en la placita que está delante del Pretorio, delante de los tres escalones del vestíbulo.

-Hablad y sed concisos. Ya tenéis culpa por haber turbado la noche y haber obtenido la apertura de las puertas con violencia. Pero verificaré estas cosas y mandantes y mandatarios responderán de la desobediencia al decreto.
Pilato ha ido hacia ellos (aunque se ha quedado en el vestíbulo).

-Venimos a someter a Roma, a cuyo divino emperador tú representas, nuestro juicio sobre éste.
-¿Qué acusación traéis contra El? Me parece un hombre inocuo…

-Si no fuera un malhechor, no te lo habríamos traído.
Y con afán de acusar dan unos pasos hacia delante.
-¡Arredrad a esta plebe! Seis pasos más allá de los tres escalones de la plaza. ¡Las dos centurias, a las armas!
Los soldados obedecen rápidamente alineándose cien sobre el escalón externo más alto, vueltas las espaldas al vestíbulo, y cien en la placita a la que da el portal de entrada de la morada de Pilato.

He dicho "portal", debería decir "zaguán" o arco triunfal, porque se trata de un vastísimo lugar abierto limitado por una verja, que ahora está abierta de par en par y que da acceso al atrio por el largo corredor del vestíbulo -de, al menos, seis metros de ancho-, de forma que se ve con claridad lo que sucede en el atrio realzado. A1 pie del amplio vestíbulo se ven las caras bestiales de los judíos mirando, amenazadoras y satánicas, hacia el interior, mirando desde el otro lado de la barrera armada que, codo con codo, como para una revista, presenta doscientas puntas a los conejos asesinos.

-Repito: ¿qué acusación traéis contra éste?
-Ha cometido delito contra la Ley de los padres.
-¿Y venís a darme la lata a mí por esto? Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestras leyes.

-Nosotros no podemos ajusticiar a nadie. No somos doctos. El Derecho hebreo es un niño deficiente respecto al perfecto Derecho de Roma. Como ignorantes y como sujetos a Roma, maestra, tenemos necesidad…

-¿Desde cuándo sois miel y mantequilla?… De todas formas, vosotros, maestros del embuste, habéis dicho una verdad. ¡Tenéis necesidad de Roma! Sí. Para deshaceros de este que os molesta. Entiendo.

Y Pilato se ríe mientras mira al cielo sereno encuadrado como una lámina rectangular de turquesa oscura entre las marmóreas y cándidas paredes del atrio. -Decidme: ¿en qué ha cometido delito contra vuestras leyes?

-Hemos visto que éste introducía el desorden en nuestra nación e impedía pagar el tributo a César, presentándose como el Cristo, rey de los judíos.

Pilato vuelve a acercarse a Jesús, que está en el centro del atrio (¡tan clara se ve su mansedumbre, que los soldados lo han dejado allí, atado pero sin custodia!). Y le pregunta:

-¡Eres Tú el rey de los judíos?

-¿Lo preguntas por ti o por insinuación de otros?
-¿Y qué me importa a mí de tu reino? ¿Soy yo, acaso, judío? Tu nación y los jefes de ella te han entregado a mí para que juzgue. ¿Qué has hecho? Sé que eres leal. Habla. ¿Es verdad que aspiras a reinar?»

-Mi Reino no viene de este mundo. Si fuera un reino del mundo, mis ministros y soldados habrían luchado para impedir que cayera en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de la Tierra. Y tú sabes que no tiendo al poder.
-Eso es verdad. Lo sé. Me lo han dicho. De todas formas, ¿no niegas que eres rey?

-Tú lo dices. Yo soy Rey. Para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la Verdad. El que es amigo de la Verdad escucha mi voz.

-¿Y qué es la Verdad? ¿Eres filósofo? No sirve de nada frente a la muerte. Sócrates murió igualmente.
-Pero le sirvió ante la vida, para vivir bien. Y también para morir bien. Y para ir a la vida segunda sin nombre de traidor de las virtudes ciudadanas.
-¡Por Júpiter!

Pilato lo mira admirado unos momentos. Luego vuelve a caer en el sarcasmo escéptico. Hace un gesto de fastidio, le vuelve las espaldas y va hacia los judíos.
-No encuentro en Él ninguna culpa.

La muchedumbre, temiendo perder la presa y el espectáculo del suplicio, se agita. Gritan:
-¡Es un rebelde!»; «es un blasfemo»; «incita al libertinaje»; «anima a la rebelión»; «niega respeto a César»; «se finge profeta sin serlo»; «hace magia»; «es un satanás»; «agita al pueblo con sus doctrinas, enseñando en toda Judea, a donde ha venido de Galilea enseñando»; «¡a muerte!»; «¡a muerte!».

-¿Es galileo? ¿Eres galileo? -Pilato vuelve a acercarse a Jesús:
-¿Oyes cómo te acusan? Justifícate.
Pero Jesús calla.
Pilato piensa… y decide.

-Una centuria, y éste donde Herodes. Que lo juzgue él. Es súbdito suyo. Reconozco el derecho del Tetrarca y ratifico de antemano su veredicto. Que se le informe. Marchaos.
Y Jesús, encuadrado como un granuja por cien soldados, vuelve a cruzar la ciudad, y vuelve a ver a Judas Iscariote, al que ya había visto una vez en un mercado. Antes, invadida por el desagrado del alboroto del pueblo,
me había olvidado de decirlo. La misma mirada de piedad hacia el traidor…
Ahora es más difícil descargar sobre Él patadas y palos,

pero no faltan ni las piedras ni las porquerías, y si las piedras caen y sólo suenan, sin herir, en los yelmos y corazas romanos, sí que dejan señal cuando caen sobre Jesús, que camina sólo con la túnica, pues que había dejado el manto en el Getsemaní.

Al entrar en el fastuoso palacio de Herodes, Jesús ve a Cusa… que no sabe mirarlo, y que huye para no verlo en ese estado, cubriéndose la cabeza con el manto.
Ya está en la sala en presencia de Herodes. Y detrás de Jesús -escoltado hasta el Tetrarca sólo por el centurión y cuatro soldados-ya entran como acusadores embusteros los fariseos escribas, que aquí se sienten a sus anchas.
Herodes baja de su sitial y da vueltas en torno a Jesús mientras escucha las acusaciones de sus enemigos. Sonríe.

Hace burla. Luego finge una piedad y un respeto que no turban al Mártir, como tampoco le han turbado las burlas.
-Eres grande. Lo sé. He seguido tus pasos con atención, y me he alegrado cuando he visto que Cusa era amigo tuyo y Manahén discípulo. Yo… las preocupaciones del Estado… Pero sentía un gran deseo de decirte que eres grande… de pedirte perdón… La mirada de Juan… su voz… me acusan y siempre están delante de mí. Tú eres el santo que borra los pecados del mundo. Absuélveme, Cristo.
Jesús calla.

-He oído que te acusan de haberte alzado contra Roma. ¿Pero no eres Tú la vara prometida para castigar a Asur? (Isaías 30, 30-32)
Jesús calla.
-Me han dicho que profetizas el final del Templo y de Jerusalén. Pero, dado que existe por voluntad del Eterno, ¿no es eterno el Templo como espíritu?
Jesús calla.
-¿Estás loco? ¿Has perdido el poder? ¿Es que Satanás te traba la palabra? ¿Te ha abandonado?
Herodes ahora se ríe.

Luego da una orden, y unos siervos traen un galgo con una pata rota, que ladra quejumbrosamente, y a un establero idiota, hidrocéfalo, baboso, un aborto de hombre, juguete de los siervos. Los escribas y los sacerdotes huyen, gritando por el sacrilegio, cuando ven la camilla del perro. Herodes, falso y burlón, explica:
-Es el preferido de Herodías. Regalo de Roma. Ayer se rompió una pata y ella llora. Ordena que se cure. Haz el milagro.

Jesús lo mira severamente. Y calla.
-¿Te he ofendido? Entonces a éste. Es un hombre, aunque en poco supere a un animal salvaje. Dale la inteligencia, Tú, Inteligencia del Padre… ¿No dices eso? -Y se ríe, ofensivo.

Otra mirada, más severa, de Jesús. Y silencio.
-Este hombre está demasiado abstinente, y ahora está aturdido por los desprecios. Vino y mujeres, aquí. Y desatadlo.

Lo desatan y, mientras gran número de servidores traen ánforas y copas, entran bailarinas… tapadas con nada: una franja multicolor de lino ciñe, como único vestido, desde la cintura a los muslos, sus gráciles cuerpos; nada más. Broncíneas -son africanas-, livianas como gacelas jovencitas, comienzan una danza silenciosa y lasciva.
Jesús rechaza las copas y cierra los ojos. Calla. La corte de Herodes, ante este desdén suyo, ríe.

-Toma la que quieras. ¡Vive! ¡Aprende a vivir!… -insinúa Herodes.

Jesús parece una estatua. Con los brazos cruzados, los ojos bien cerrados, no reacciona ni siquiera cuando las impúdicas bailarinas le pasan rozando con sus cuerpos desnudos.

-Basta. Te he tratado como a Dios y no has actuado como Dios. Te he tratado como hombre y no has actuado como hombre. Estás loco. Una túnica blanca. Ponédsela para que Poncio Pilato sepa que el Tetrarca ha juzgado loco a su súbdito. Centurión, dirás al Procónsul que Herodes le presenta humildemente sus respetos y venera a Roma. Marchaos.

Y Jesús, atado de nuevo, sale, con una túnica de lino que le llega hasta la rodilla, encima de la túnica roja de lana.
Y vuelven donde Pilato.

Ahora, cuando la centuria a duras penas hiende la masa de gente -no se han cansado de esperar ante el palacio proconsular, y es extraño el ver a tanta gente en ese sitio y en los lugares cercanos mientras que el resto de la ciudad aparece vacío-, Jesús ve en grupo a los pastores. Están al completo, o sea: Isaac, Jonatán, Leví, José, Elías, Matías, Juan, Simeón, Benjamín y Daniel. Con ellos también un grupito de galileos, de los cuales reconozco a Alfeo y a José de Alfeo, junto a dos otros que no conozco, pero que, por el peinado, diría que son judíos. Y un poco detrás, semiescondido tras una columna, junto a un romano que parece ser un servidor, ve a Juan, que ha entrado en el vestíbulo. Jesús sonríe a éste y a aquéllos… sus amigos… Pero ¡qué son estos pocos y

Juana y Manahén y Cusa en medio de un océano de odio en agitación?…

El centurión saluda a Poncio Pilato e informa.
-¡¿Aquí otra vez?! ¡Uf! ¡Maldita esta raza! Que se acerque la chusma. Traed aquí al Acusado. ¡Uf, qué lata!
Va hacia la muchedumbre, aunque también esta vez se detiene en la mitad del vestíbulo.

-Hebreos, escuchad. Me habéis traído a este hombre como agitador del pueblo. Delante de vosotros lo he examinado y no he hallado en Él ninguno de los delitos de que lo acusáis. Herodes no ha encontrado más que yo. Y nos lo ha devuelto. No merece la muerte. Roma ha hablado. De todas formas, por no contrariaros privándoos de la recreación, os daré a cambio a Barrabás. Y a Él mandaré que le den cuarenta azotes. Así basta.

-¡No, no! ¡No a Barrabás! ¡No a Barrabás! ¡A Jesús la muerte! ¡Y una muerte horrenda! Libera a Barrabás y condena al Nazareno.

-¡Pero oíd! He dicho fustigación. ¡No es suficiente? ¡Entonces mandaré que lo flagelen! ¿Sabéis que es atroz? Puede morir por ello. ¿Qué mal ha hecho? No encuentro ninguna culpa en Él, así que lo liberaré.

-¡Crucifica! ¡Crucifica! ¡A muerte! ¡Eres un protector de los malhechores! ¡Pagano! ¡Tú también otro satanás!
La muchedumbre se acerca hasta el pie del vestíbulo y la primera formación de soldados, no pudiendo usar las lanzas, ondea por el choque. Pero la segunda fila, bajando un peldaño, blande las lanzas y libera a los compañeros.
-Que sea flagelado -ordena Pilato a un centurión.
-¿Cuánto?

-Lo que te parezca… Total, ésta es una cuestión concluida. Y yo ya estoy aburrido. Venga, ve.

Cuatro soldados llevan a Jesús al patio que está después del atrio. En él, enteramente enlosado con mármoles de color, en su centro hay una alta columna semejante a las del pórtico. A unos tres metros del suelo, la columna tiene un brazo de hierro que sobresale al menos un metro y que termina en una argolla. A ésta columna -tras haberlo hecho desvestirse, de forma que ha quedado únicamente con un pequeño calzón de lino y las sandalias-atan a Jesús, con las manos unidas por encima de la cabeza. Levantan las manos, atadas por las muñecas, hasta la argolla, de forma que Él, a pesar de ser alto, no apoya en el suelo más que la punta de los pies… Y también esta postura debe ser un tormento.

He leído, no sé dónde, que la columna era baja y que Jesús estaba encorvado. Será eso. Yo lo veo así y así lo digo.
Detrás de Él se coloca uno de cara de verdugo y neto perfil hebreo; delante, otro, con la misma cara. Están armados con el flagelo de siete tiras de cuero unidas a un mango y acabadas en un martillito de plomo. Rítmicamente, como si estuvieran haciendo un ejercicio, se ponen a dar golpes. Uno, delante; el otro, detrás. De forma que el tronco de Jesús se halla dentro de una rueda de azotes y flagelos.

Los cuatro soldados a los que ha sido entregado, indiferentes, se han puesto a jugar a los dados con otros tres soldados que han llegado en ese momento. Y las voces de los jugadores se acompasan con el sonido de los flagelos, que silban como sierpes y luego suenan como piedras arrojadas contra la membrana tensa de un tambor, golpeando el pobre cuerpo, ese pobre cuerpo tan delgado y de un color blanco de marfil viejo, que primero se pone cebrado, de un rosa cada vez más vivo, luego morado, para tornarse luego de relieves de color añil, hinchados de sangre, y luego se abre y rompe y suelta sangre por todas partes. Los verdugos se ceban especialmente en el tórax y en el abdomen; pero no faltan los golpes en las piernas y en los brazos, e incluso en la cabeza, para que no hubiera un lugar de la piel sin dolor.

Y ni una queja siquiera… Si no estuviera sujetado por la cuerda, se caería. Pero ni se cae ni gime. Eso sí, la cabeza le pende –después de golpes y más golpes recibidos-sobre el pecho, como por desvanecimiento.
-¡Eh, para ya! -grita un soldado, y, en tono de mofa:
-Que tienen que matarlo estando vivo.
Los dos verdugos se paran y se secan el sudor.
-Estamos agotados» dicen -Dadnos la paga, para poder echar un trago y así reponernos…

-¡La horca os daría! En fin, tomad… -y un decurión arroja una moneda grande a cada uno de los dos verdugos.

-Habéis trabajado a conciencia. Parece un mosaico. Tito: ¿tú dices que era éste el amor de Alejandro? Le daremos la noticia para que cumpla el luto. Lo desatamos un poco, ¿eh?

Lo desatan, y Jesús se derrumba como muerto. Lo dejan ahí en el suelo, y de vez en cuando lo golpean con el pie calzado con las cáligas para ver si gime. Pero Él calla.

-¿Estará muerto? ¿Pero es posible? Es joven. Y artesano. Eso me han dicho… Parece una dama delicada.

-Déjalo de mi cuenta -dice un soldado. Y lo sienta con la espalda apoyada en la columna. Donde estaba, ahora hay grumos de sangre… Luego va a una pequeña fuente que gorgotea bajo el pórtico. Llena de agua un barreño y lo arroja sobre la cabeza y el cuerpo de Jesús.

-¡Así! A las flores les viene bien el agua.
Jesús suspira profundamente. Intenta levantarse. Pero todavía tiene los ojos cerrados.

-¡Eso es! ¡Bien! ¡Arriba, majo! ¡Que te espera la dama!…
Pero Jesús inútilmente apoya en el suelo los puños intentando erguirse.
-¡Arriba! ¡Rápido! ¿Te sientes débil? Con esto te vas a reponer -dice otro soldado con sonrisa socarrona. Y con el asta de su alabarda descarga un golpe en la cara de Jesús, dándole entre el pómulo derecho y la nariz, por donde empieza a sangrar.

Jesús abre los ojos, los vuelve. Es una mirada empañada… Mira fijamente al soldado que lo ha golpeado. Se enjuga la sangre con la mano. Luego, con mucho esfuerzo, se pone de pie.

-Vístete. No es decente estar así. ¡Impúdico!
Todos se ríen, en corro alrededor de Él.

Él obedece sin decir nada. Pero, mientras se encorva -y sólo Él sabe lo que sufre al agacharse, estando tan magullado y con esas llagas que al estirarse la piel se abren más todavía, y con otras que se forman al romperse las ampollas-, un soldado da una patada a la ropa y la disemina, y cada vez que Jesús, tambaleándose, llega a donde ha caído la ropa, un soldado las echa en otra dirección. Y Jesús sufriendo agudamente, sigue a la ropa sin decir una palabra, mientras los soldados se burlan de Él en modo repugnante.

Por fin puede vestirse. Se pone también la túnica blanca, que estaba apartada y no se ha manchado. Parece querer ocultar su pobre túnica roja, que ayer mismo estaba tan bonita y ahora está ensuciada de porquerías y manchada por la sangre sudada en Getsemaní. Es más, antes de ponerse sobre la piel la túnica corta interior, se enjuga con ella la cara, que está mojada, limpiándola así de polvo y esputos. Y la pobre, santa faz, aparece limpia, sólo signada de moratones y pequeñas heridas. Se ordena también el pelo, que pendía desordenado, y la barba, por una innata necesidad de arreglo corporal.

Y luego se acurruca al sol. Porque tiembla mi Jesús… La fiebre empieza a serpear en Él con sus escalofríos. Y también se pone de manifiesto la debilidad por la sangre perdida, el ayuno y el mucho camino andado.
Le atan de nuevo las manos. Y la cuerda sierra de nuevo en donde ya hay un rojo aro de piel levantada.
-¿Y ahora? ¿Qué hacemos con Él? ¡Yo me aburro!
-Espera. Los judíos quieren un rey. Vamos a dárselo. Ése… -dice un soldado.

Y sale raudo -sin duda, a un patio de detrás-. Vuelve con un haz de ramas de espino albar agreste, todavía flexible porque la primavera mantiene blandas las ramas, de espinas bien duras y aguzadas. Con la daga, quitan hojas y florecillas. Luego hacen un círculo con las ramas y lo acalcan en la pobre cabeza… Pero la bárbara corona penetra hasta el cuello.

-No va bien. Más pequeña. Quítasela.
La sacan, y, al hacerlo, arañan las mejillas -incluso con el peligro de cegar a Jesús-y arrancan cabellos. La hacen más pequeña. Ahora está demasiado estrecha y, aunque aprietan -hincando en la cabeza las espinas-, puede caerse. Otra vez afuera, arrancando más pelo. La modifican de nuevo. Ahora va bien. Delante hay un triple cordón espinoso; detrás, donde los extremos de las tres ramas se entrecruzan, hay un verdadero nudo de espinas que entran en la nuca.

-¡Ves qué bien estás! Bronce natural y rubíes puros. Mírate, rey, en mi coraza -dice, burlón, el que ha ideado el suplicio.
-No es suficiente la corona para hacerlo a uno rey. Se necesita la púrpura y el cetro. En el establo hay una caña y en la cloaca hay una clámide roja. Ve por ellas, Cornelio.

Y, cuando éste las trae, ponen el sucio trapajo sobre los hombros de Jesús y, antes de ponerle entre las manos la caña, le dan con ella en la cabeza, hacen reverencias y saludan:
-¡Ave, rey de los Judíos! -y se tronchan de risa.
Jesús no les opone resistencia. Se deja sentar en el "trono" (un barreño colocado boca abajo, usado, sin duda, para dar de beber a los caballos), y se deja golpear y escarnecer, sin decir nada nunca. Solamente los mira… y es una mirada de una dulzura tan grande y de un dolor tan atroz, que no puedo mirar yo sin sentir mi corazón traspasado.

Los soldados concluyen el escarnio sólo cuando oyen la voz de un superior que ordena sea conducido el reo ante Pilato.
¡Reo! ¿De qué?

Sacan de nuevo a Jesús al atrio, cubierto ahora éste por un valioso entrecielo para el sol. Jesús tiene todavía la corona, la clámide y la caña.
-Acércate, para mostrarte al pueblo.
Jesús, ya quebrantado, se yergue con porte digno: ¡oh, verdaderamente es un rey!

-Oíd, hebreos. Aquí está el hombre. Yo lo he castigado. Pero ahora dejadlo marcharse.

-¡No, no! ¡Queremos verle! ¡Que salga! ¡Queremos ver al blasfemo!

-Traedlo aquí afuera. Y atentos a que no lo prendan.
Y mientras Jesús sale al vestíbulo y puede vérsele dentro del cuadrado formado por los soldados, Poncio Pilato lo señala con la mano diciendo:
-He aquí al Hombre. A vuestro rey. ¿No es suficiente todavía?

El sol de un día de bochorno llegado ya al medio de la tercia desciende casi perpendicular, encendiendo y resaltando miradas y c-ras: ¿son hombres esa gente? No: hienas hidrófobas. Gritan, muestran los puños, piden muerte…

Jesús está erguido. Nunca tuvo esa nobleza de ahora. Ni siquiera cuando ejecutaba los más poderosos milagros. Nobleza de dolor. Tan divino, que bastaría para signarlo con el nombre de Dios. Pero para pronunciar ese Nombre hay que ser, al menos, hombres, y Jerusalén hoy no tiene hombres, sólo demonios.

Jesús recorre con su mirada la muchedumbre y, en el mar de caras cargadas de odio, encuentra rostros amigos.

¿Cuántos? Menos de veinte amigos entre millares de enemigos… Y agacha la cabeza, bajo la impresión de este abandono. Una lágrima rueda… y otra… y otra… El ver su llanto no genera piedad; antes bien, un odio aún más sañudo.

De nuevo le llevan al atrio.
-¿Entonces? Dejadlo marcharse. Es justicia.
-No. A muerte. Crucifica.
-Os doy a Barrabás.
-No. ¡Al Cristo!
-Pues entonces pase a vuestras manos y crucificadlo vosotros, porque yo no encuentro en Él delito alguno para hacerlo.

-Se ha llamado Hijo de Dios. Nuestra ley establece la muerte para el reo de una blasfemia como ésa.
Pilato está ahora pensativo. Vuelve a entrar. Se sienta en su pequeño trono. Pone, mientras escruta a Jesús, una mano en la frente, y el codo encima de la rodilla. -Acércate -dice.

Jesús va hasta el pie de la tarima.
-¿Es verdad? Responde.
Jesús calla.
-¿De dónde vienes? ¿Quién es Dios?
-Es el Todo.

-Y… bueno, ¿y qué quiere decir "el Todo"? ¿Qué es el Todo para uno que muere? Estás desquiciado… Dios no existe. Yo existo.

Jesús guarda silencio. Ha dejado caer la gran palabra y ahora de nuevo se viste de silencio.
-Poncio: la liberta de Claudia Prócula pide permiso para entrar. Tiene un escrito para ti.

-¡Domine! ¡Y ahora, además, las mujeres! Que pase.

Entra una romana. Se arrodilla mientras entrega una tablilla encerada. Debe ser la tablilla en que Prócula ruega a su marido que no condene a Jesús. La mujer se retira caminando hacia atrás mientras Pilato lee.

-Se me aconseja evitar el homicidio contra ti. ¿Es verdad que eres más que un arúspice? Me causas miedo.
Jesús guarda silencio.

-¿Pero no sabes que tengo poder para liberarte o para crucificarte?

-No tendrías ningún poder, si no se te diera de arriba. Por eso el que me ha entregado a ti es más culpable que tú.
-¿Quién es? ¡Tu Dios? Tengo miedo…
Jesús calla.

Pilato está en ascuas. Quisiera y no quisiera. Teme el castigo de Dios, teme el de Roma, teme las venganzas judías. El miedo a Dios vence un momento. Va al extremo frontal del atrio y dice con voz potente:
-No es culpable.

-Si dices eso, eres enemigo de César. Quien se hace rey es su enemigo. Lo que quieres es liberar al Nazareno. Ya nos encargaremos de que lo sepa César.

Se apodera de Pilato el miedo al hombre.
-En definitiva, que queréis verlo muerto, ¿no? Pues así sea. Pero no manche mis manos la sangre de este justo.
Pide un balde y se lava las manos ante la presencia del pueblo, que parece ebrio de frenesí mientras grita:

-¡Sobre nosotros, sobre nosotros caiga su sangre; caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos! ¡No la tememos! ¡A la cruz! ¡A la cruz!

Poncio Pilato vuelve a su pequeño trono, llama al centurión Longinos y a un esclavo. Manda a éste que le traiga una tabla. Sobre ésta apoya un cartel y en él manda escribir: «Jesús Nazareno, Rey de los Judíos». Y lo muestra al pueblo.

-No. Eso no. No "Rey de los Judíos". Sino que Él se ha llamado rey de los Judíos -Esto gritan muchos.
-Lo que he escrito he escrito -dice, duro, Pilato.
Y, en pie, erguido, extiende la mano con la palma hacia delante y vuelta hacia abajo y ordena:

-Que vaya a la cruz. Soldado, ve, prepara la cruz». (Ibis ad crucem! I, miles, expedi crucem).
Y baja sin siquiera volverse hacia la muchedumbre agitada, ni hacia el pálido Condenado. Sale del atrio… en cuyo centro se queda Jesús, custodiado por los soldados, esperando la cruz.

Dice Jesús (a María Valtorta):
-Quiero ofrecer a tu meditación el punto que se refiere a mis encuentros con Pilato.
Juan -que, habiendo estado casi siempre presente, o por lo menos muy cercano, es el testigo y narrador más exacto­refiere cómo, una vez que salí de la casa de Caifás, fui conducido al Pretorio. Y especifica "por la mañana temprano".

Efectivamente, has visto que apenas rayaba el alba. También especifica Juan que "ellos (los judíos) no entraron para no contaminarse y poder comer la Pascua".
Hipócritas como siempre, veían peligro de contaminarse en pisar el polvo de la casa de un gentil, pero no encontraban que fuera pecado matar a un Inocente; y con el corazón satisfecho con el delito cumplido, pudieron saborear aún mejor la Pascua.

Tienen también ahora muchos seguidores. Todos los que por dentro actúan mal y por fuera profesan respeto a la religión y amor a Dios son semejantes a ellos.

¡Fórmulas, fórmulas y no religión verdadera! Me producen repugnancia y desdén.

No entrando los judíos en la casa de Pilato, salió éste para oír lo que pasaba con la muchedumbre vociferante, y, siendo experto en el gobierno y en el juicio, con una sola mirada comprendió que el reo no era Yo, sino ese pueblo ebrio de odio.

El encuentro de nuestras miradas fue recíproca lectura de nuestros corazones. Yo juzgué al hombre en lo que él era. Él me juzgó a mí en lo que Yo era. Yo sentí compasión por él porque era un hombre débil; él sintió compasión de mí porque Yo era inocente. Trató de salvarme desde el primer momento. Y, dado que únicamente a Roma se defería y reservaba el derecho de ejercer la justicia hacia los malhecho̹ trató de salvarme diciendo: “Juzgadlo según vuestra ley”.

Hipócritas por segunda vez, los judíos no quisieron emitir la condena. Es verdad que Roma tenía el derecho de justicia, pero cuando, por ejemplo, Esteban fue lapidado, Roma seguía imperando en Jerusalén, y ellos, a pesar de todo, sin preocuparse de Roma, definieron y consumaron el juicio y el suplicio.

Conmigo, respecto a quien sentían no amor sino odio y miedo -no querían creer que fuera el Mesías, pero, por la duda de que lo fuera, no querían quitarme materialmente la vida-actuaron de forma distinta, y me acusaron de agitador contra el poder de Roma (vosotros diríais: "rebelde") para conseguir que Roma me juzgara.

En su aula infame, y en muchas ocasiones durante los tres años de mi ministerio, me habían acusado de blasfemo y falso profeta, así que habría debido ser lapidado por ellos, o, en todo caso, ejecutado. Pero en este caso, para no llevar a cabo materialmente el delito (por el cual sentían por instinto que habrían sido castigados), hacen que lo lleve a cabo materialmente Roma, acusándome de ser un malhechor y un rebelde.

Nada más fácil, cuando las muchedumbres están pervertidas y los jefes endemoniados, que acusar a un inocente, para apagar la sed de crueldad y de usurpación y quitar de enmedio a quien representa un obstáculo y un juicio. Hemos vuelto a los tiempos de entonces. El mundo, cada cierto tiempo, después de una incubación de ideas perversas, estalla con estas manifestaciones de perversión. Como una inmensa gestante, la multitud, después de haber nutrido en su seno con doctrinas de fiera a su monstruo, lo pare para que devore. Para que devore, primero, a los mejores; luego, a ella misma.

Pilato entra de nuevo en el Pretorio y me dice que me acerque. Me hace preguntas.

Ya había oído hablar de mí. Entre sus centuriones, había algunos que repetían mi Nombre con amor agradecido, con lágrimas en los ojos y sonrisa en el corazón, y hablaban de mí como de un benefactor.

En sus informes al Pretor -solicitada su opinión sobre este Profeta que atraía hacia sí a las multitudes y predicaba una doctrina nueva en que se hablaba de un reino extraño, inconcebible para la mente pagana-habían respondido siempre que Yo era un hombre manso, bueno, que no buscaba honores de esta Tierra y que inculcaba y practicaba el respeto y la obediencia hacia las autoridades. Más sinceros que los israelitas, veían y testificaban la verdad.

El domingo anterior, él, atraído por el clamor de la muchedumbre, se había asomado a la calle y había visto pasar, montado en una jumenta a un hombre desarmado, un hombre que iba bendiciendo, rodeado de niños y mujeres. Había comprendido con claridad que no entrañaba un peligro para Roma.

Quiere, pues, saber si Yo soy rey. Movido por su irónico escepticismo pagano, quiere reírse un poco de esa forma de regalidad que monta un asno, que tiene como cortesanos a niños descalzos y a mujeres sonrientes, a hombres del pueblo; de esta forma de regalidad que desde hace tres años predica el desapego por las riquezas y el poder, y que no habla de otras conquistas sino de las de espíritu y alma.

¿Qué es el alma para un pagano? Ni siquiera sus dioses tienen un alma. ¿Podrá tenerla el hombre? Ahora también este rey sin corona, sin palacio, sin corte, sin soldados, le repite que su reino no es de este mundo. Tan verdadero es eso, que ningún ministro se levanta en defensa de su rey, ningún soldado interviene para arrancarlo de las manos de sus enemigos.

Pilato, sentado en su sitial, me escudriña porque para él soy un enigma. Si hubiera liberado su alma de las preocupaciones humanas, de la soberbia del cargo, del error del paganismo, habría comprendido enseguida quién era Yo. Mas ¿cómo podrá la luz penetrar en donde demasiadas cosas ocluyen las aperturas para que entre?

"Siempre ha sido así, hijos. También ahora. ¿Cómo pueden entrar Dios y su luz en un lugar donde no hay espacio para ellos y las puertas y ventanas están trancadas y defendidas por la soberbia, la humanidad, el vicio, la usura, y por muchos, muchos guardianes al servicio de Satanás contra Dios?

Pilato no puede entender qué reino es este reino mío. Y no pide -y esto es doloroso-que Yo se lo explique. Ante mi invitación a que conozca la Verdad, él, el indomable pagano, responde: "¿Qué es la verdad?", permitiendo que se zanje la cuestión encogiéndose de hombros.

¡Oh hijos, hijos míos! ¡Oh mis Pilatos de ahora! También vosotros, como Poncio Pilato, dejáis que se zanjen las cuestiones más vitales encogiéndoos de hombros. Os parecen cosas inútiles, superadas. ¿Qué es la Verdad? ¿Dinero? No. ¿Mujeres? No. ¿Poder? No. ¿Salud física? No. ¿Gloria humana? No.

Entonces, mejor olvidarse; no merece la pena correr tras una quimera. Dinero, mujeres, poder, buena salud, comodidades, honores: éstas son cosas concretas, útiles, cosas apetecibles y que merece la pena alcanzar cueste lo que cueste. Razonáis así.

Y, peor que Esaú, trocáis los bienes eternos por un alimento de baja calidad que perjudica a vuestra salud física y os daña en orden a la salud eterna. ¿Por qué no persistís en preguntar: "¿Qué es la Verdad?"? Ella, la Verdad, sólo pide darse a conocer para instruiros sobre sí. Está frente a vosotros como frente a Pilato, y os mira con ojos de amor suplicante implorándoos: "Pregúntame. Te instruiré".

¿Ves cómo miro a Pilato? Igual os miro a todos vosotros.

Y, si tengo mirada de sereno amor para el que me ama y solicita mis palabras, tengo miradas de amor doliente para aquel que no me ama, no me busca, no me escucha. Pero amor, en todo caso amor, porque el Amor es mi naturaleza.

Pilato me deja donde estoy y no sigue interrogándome. Va a los malvados, que se hacen oír más y se imponen con su violencia. Y este hombre mísero, que no me ha escuchado a mí y que con un gesto de encogerse de hombros ha rechazado mi invitación a conocer la Verdad, los escucha a ellos.

Escucha a la Mentira. La idolatría, bajo cualquier forma en que se presente, siempre tiende a venerar y a aceptar a la Mentira, comoquiera que se presente. Y la Mentira, aceptada por un débil, conduce al débil al delito.

También Pilato a las puertas del delito quiere salvarme, una vez, dos veces. Es entonces cuando me manda a Herodes.

Bien sabe que el rey astuto, que se mueve entre dos aguas, Roma y su pueblo, actuará de un modo que no perjudicará a Roma y que no significará un choque con el pueblo hebreo.

Pero, como todos los débiles, aplaza unas horas esa decisión para la que no se ve con fuerzas, esperando que la agitación plebeya se calme.

Yo dije: "Que vuestro lenguaje sea: sí, sí; no, no". Pero él no lo ha oído, o, si alguien se lo ha repetido, ha vuelto, como de costumbre, a encogerse de hombros. Para vencer en el mundo, para obtener honores y lucro, hay que saber hacer del sí un no, o del no un sí, según lo que aconseje el buen sentido (lee: sentido humano).

¡Cuántos, cuántos Pilatos tiene el siglo veinte (y veintiuno)! ¿Dónde están los héroes del cristianismo que decían "sí", constantemente "sí" a la Verdad y por la Verdad, y "no", constantemente "no" por la Mentira? ¿Dónde están los héroes que saben afrontar el peligro y los acontecimientos con fortaleza de acero y serena prontitud, sin dejar las cosas para otro momento, porque el Bien debe cumplirse enseguida y del Mal hay que alejarse inmediatamente, sin ningún "pero" y sin ningún "si"?

Cuando regreso del palacio de Herodes, se produce el nuevo paliativo de Pilato: la flagelación. ¿Cuál era la esperanza de Pilato? ¿No sabía que la masa es una fiera que en cuanto empieza a ver la sangre se vuelve más feroz? Pero Yo debía ser quebrantado para expiar vuestros pecados de la carne. Y me quebrantan. No habrá en todo mi cuerpo un lugar que no reciba golpes. Soy el Hombre de que habla Isaías. Y al suplicio ordenado se añade el no ordenado, el creado por la crueldad humana, el de las espinas.

¿Veis, hombres, a vuestro Salvador, a vuestro Rey, coronado de dolor para liberar vuestra cabeza de los muchos pensamientos pecaminosos que en ella se incuban? ¿No pensáis qué dolor sufrió mi cabeza inocente por pagar por vosotros, por vuestros cada vez más atroces pecados de pensamiento que se transforman en acción? Vosotros, que os sentís ofendidos incluso sin motivo, mirad al Rey ultrajado -y es Dios-, con su sarcástico manto de púrpura desgarrada, con el cetro de caña y la corona de espinas.

Es ya un moribundo y lo siguen abofeteando con las manos y las burlas. Y ni siquiera os compadecéis de Él. Como los judíos, seguís mostrándome los puños y gritando: "¡Fuera, fuera, no tenemos más Dios que a César!". ¡Oh, idólatras que no adoráis a Dios sino que os adoráis a vosotros mismos y adoráis al que puede más entre vosotros! No aceptáis al Hijo de Dios. No os ayuda en vuestros delitos.

Más servicial es Satanás; aceptáis, por tanto, a Satanás.

Del Hijo de Dios tenéis miedo. Como Pilato. Y, cuando sentís que se cierne sobre vosotros con su poder, que rebulle en vosotros con la voz de la conciencia que en su nombre os censura, preguntáis como Pilato: "¿Quién eres?".

Sabéis quién soy. Incluso los que me niegan saben que existo y saben quién soy. No mintáis. Veinte siglos (veintiuno) están en torno a mí y os ilustran acerca de quién soy, y os instruyen acerca de mis prodigios. Es más perdonable Pilato. No vosotros, que disponéis de una herencia de veinte (veintiuno) siglos de cristianismo para sostener vuestra fe, o para inculcárosla, y no queréis saber nada de ello. Y fui más severo con Pilato que con vosotros. No respondí. Con vosotros, sin embargo, hablo. Y, no obstante, no consigo convenceros de que soy Yo y de que me debéis adoración y obediencia.

Ahora también, como entonces, me acusáis de ser Yo la causa de mi propio fracaso en vosotros porque no os escucho. Decís que perdéis la fe por esto. ¡Embusteros! ¿Dónde tenéis la fe? ¿Dónde, vuestro amor? ¿Cuándo, pero cuándo, oráis y vivís con amor y fe? ¿Sois personas importantes? Recordad que lo sois porque Yo lo permito.

¿Sois personas anónimas en medio de la masa? Recordad que no hay otro Dios aparte de mí. Ninguno está por encima de mí, ninguno me precede. Dadme pues ese culto de amor que me corresponde y Yo os escucharé, porque dejaréis de ser bastardos para ser hijos de Dios.

Y ahí tenéis el último intento de Pilato para salvarme la vida, supuesto que pudiera salvarla después de la despiadada e ilimitada flagelación. Me presenta a la multitud: "¡Aquí tenéis al Hombre!". A él, humanamente, le inspiro compasión. Espera en la compasión colectiva. Pero, ante la dureza que resiste y la amenaza que avanza, no sabe llevar a cabo un acto sobrenaturalmente justo, y, por tanto, bueno, diciendo: "Lo libero porque es inocente.

Vosotros sí sois culpables. Y si no disolvéis el tumulto conoceréis el rigor de Roma". Esto es lo que habría debido decir, si hubiera sido un justo; sin calcular el futuro mal que ello le hubiera acarreado.

Pilato es un falso bueno. Bueno es Longinos, el cual, menos poderoso que el Pretor, y menos protegido, en medio de la calle, rodeado de pocos soldados y de una multitud enemiga, se atreve a defenderme, a ayudarme, a concederme descansar y tener el consuelo de las mujeres compasivas y ser ayudado por el Cireneo y, en fin, tener a mi Madre al pie de la Cruz. Longinos fue un héroe de la justicia y vino a ser, por esto, un héroe de Cristo.

Sabed, hombres que os preocupáis sólo de vuestro bien material, que incluso respecto a éste vuestro Dios interviene cuando os ve fieles a la justicia, que es emanación de Dios.

Yo premio siempre a quien actúa con rectitud. Defiendo a quien me defiende. Lo amo y lo socorro. Sigo siendo Aquel que dijo: "El que dé un vaso de agua en mi nombre recibirá recompensa". A quien me da amor, agua que calma la sed de mi labio de Mártir divino, le doy a mí mismo como don, y ello significa protección y bendición».

603- Reflexiones sobre la agonía del Getsemaní y premisa acerca de los otros dolores de la Pasión

Dice Jesús (a María Valtorta):

-Contemplaste en la noche del Jueves el sufrimiento de mi agonía espiritual. Viste abatirse a tu Jesús cual hombre herido de muerte que siente que la vida se le escapa por las heridas que lo desangran, o como uno que se siente desbordado por un trauma psíquico superior a sus fuerzas.

Viste las fases crecientes de este trauma, culminadas en la efusión de sangre provocada por el desequilibrio circulatorio causado por el esfuerzo de vencerme y de resistir el peso que sobre mí se había abatido.

Yo era, soy, el Hijo del Dios Altísimo. Pero era también el Hijo del hombre. A través de estas páginas quiero que brote nítida esta dúplice naturaleza mía, igualmente total y perfecta.

Testimonio de mi Divinidad son mis palabras, que tienen
tonos que sólo un Dios puede tener; de mi Humanidad lo son las necesidades, las pasiones, los sufrimientos que os presento y que Yo padecí en mi carne de verdadero Hombre, propuesta como modelo de vuestra humanidad, de la misma forma que instruyo vuestro espíritu con mi doctrina de verdadero Dios.

Tanto mi santísima Divinidad como mi perfectísima Humanidad, durante el transcurso de los siglos y por la acción disgregadora de "vuestra" humanidad imperfecta, han resultado, al ilustrarlas, menoscabadas, tergiversadas.

Habéis hecho irreal mi Humanidad, la habéis hecho inhumana; de la misma forma que habéis empequeñecido mi figura divina, rechazándola en muchos aspectos que no os resultaba agradable reconocer o que ya no podíais reconocer con vuestros espíritus disminuidos a causa de las consunciones del vicio y del ateísmo, de lo humanal, del racionalismo.

Yo vengo, en esta hora trágica (Segunda Guerra Mundial), prefacio de universales desventuras, vengo a refrescar en vuestra mente mi dúplice figura de Dios y Hombre para que la conozcáis tal como es; para que la reconozcáis después de tanto oscurantismo, oscurantismo con que la habéis cubierto ante vuestros espíritus; para que la améis y volváis a Ella y os salvéis por medio de Ella. Es la figura de vuestro Salvador. Quien la conozca y ame se salvará.

En estos días te he dado a conocer mis sufrimientos físicos, que torturaron mi Humanidad. Te he dado a conocer mis sufrimientos morales relacionados, entrelazados, fundidos con los de mi Madre, como lo están las enmarañadas lianas de las selvas ecuatoriales, que no se pueden separar para cortar una de ellas solamente, sino que hay que romperlas con un único golpe de hacha para abrir brecha, matándolas juntas; o como están las venas de un cuerpo, de las que no puede ser privada de sangre una, porque un único humor las llena; o como -mejor todavía-no puede ser impedido que entre la muerte en la criatura que se está formando en el seno materno si la madre muere, puesto que la vida, el calor, la nutrición, la sangre de la madre son lo que, con ritmo sonante al compás del materno corazón, penetra, a través de las membranas internas, hasta la criatura que ha de nacer, y la completa en orden a la vida.

Ella, ¡oh Ella, la Madre mía pura, me llevó no sólo durante los nueve meses en que toda hembra de hombre lleva el fruto del hombre, sino durante toda la vida! Nuestros corazones estaban unidos por fibras espirituales y palpitaron juntos siempre, y no había lágrima materna que cayera sin surcar mi corazón con su salinidad, ni había un lamento mío interior que no resonara en Ella despertando su dolor.

Os produce pena la madre de un hijo destinado a la muerte a causa de una enfermedad incurable, la madre de un condenado al suplicio por el rigor de la justicia humana.

Pues pensad en mi Madre, que desde el momento en que me concibió tembló al pensar que Yo era el Condenado; pensad en esta Madre que cuando dio el primer beso en mis blandas y róseas carnes de recién nacido sintió las futuras llagas de su Criatura; en esta Madre que habría dado diez, cien, mil veces su vida por impedirme hacerme Hombre y llegar al momento de la Inmolación; en esta Madre que conocía y que debía desear aquella hora tremenda por aceptar la voluntad del Señor, por la gloria del Señor, por bondad para con la Humanidad. No, no ha habido agonía más larga -ni terminada en un dolor más grande-que la de mi Madre.

Y no ha habido un dolor mayor, más completo que el mío. Era Uno con el Padre. Él me había amado desde la eternidad como sólo Dios puede amar. Se había complacido en mí y había encontrado en mí su divina alegría.

Y Yo lo había amado como sólo un Dios puede amar y encontraba en la unión con Él mi alegría divina. La inefable relación que une ab aeterno al Padre con el Hijo no puede seros explicada ni siquiera con mi palabra, porque, si bien ella es perfecta, vuestra inteligencia no lo es y no podéis comprender y conocer lo que es Dios mientras no estéis con Él en el Cielo.

Pues bien, Yo sentía, cual agua que asciende y que presiona contra una presa, crecer, hora tras hora, el rigor del Padre respecto a mí.

Como testimonio contra los hombres-animales, que no querían comprender quién era Yo, Él había abierto, durante el tiempo de mi vida pública, tres veces el Cielo: en el Jordán, en el Tabor y en Jerusalén en la víspera de la Pasión. Pero lo había hecho por los hombres, no para aliviarme; Yo ya era el Expiador.

Muchas veces, María, Dios da a conocer un siervo suyo a los hombres, para que éstos reciban un impacto de este siervo, y a través de éste se vean atraídos hacia Dios. Pero esto sucede no sin el dolor de ese siervo, que paga en primera persona -comiendo el pan amargo del rigor de Dios-los consuelos y la salvación de sus hermanos.

¿No es verdad? Las víctimas de expiación conocen el rigor de Dios. Luego viene la gloria. Pero después de que la Justicia haya sido aplacada. No es como en el caso de mi Amor, que a sus víctimas da sus besos. Yo soy Jesús, soy el Redentor, Aquel que ha sufrido y sabe, por personal experiencia, lo que es el dolor de ser mirado por Dios con severidad y ser abandonado de Dios, y no soy nunca severo ni abandono nunca. Consumo igualmente, pero en una hoguera de amor.

Cuanto más cerca estaba la hora de la expiación, más sentía Yo alejarse al Padre. Cada vez más separada del Padre, mi Humanidad se sentía cada vez menos sujetada por la Divinidad de Dios. Y por ello sufría en todos los modos.

La separación de Dios trae consigo miedo, trae consigo un agarrarse a la vida, y abatimiento y cansancio y tedio. Cuanto más profunda es esta separación, más fuertes son estas consecuencias; cuando es total, comporta la desesperación. Y cuanto más uno -por un decreto de Dios-la experimenta sin haberla merecido, más sufre por ella, porque el espíritu vivo siente la separación de Dios como una carne viva siente la separación de un miembro. Es un estupor doloroso, desalentador, que el que no lo ha experimentado no lo comprende.

Yo lo experimenté. Tuve que conocerlo todo, incluso vuestras desesperaciones, para poder, respecto a todo, interceder a favor de vosotros ante el Padre. ¡Oh, Yo experimenté lo que significa decir: "Estoy solo. Todos me han traicionado, abandonado. Tampoco el Padre, tampoco Dios me ayuda ya". Y por esto obro misteriosos prodigios de gracia en los pobres corazones sobrepujados por la desesperación, y por esto pido a mis predilectos que beban este cáliz mío de tan amarga experiencia, para que ellos -los que naufragan en el mar de la desesperación-no rehúsen la cruz que ofrezco como ancla y salvación, sino que a ella se aferren y Yo pueda llevarlos a la bienaventurada orilla donde sólo habita la paz.

¡Sólo Yo sé cuánto hubiera necesitado al Padre en la noche del Jueves! Era un espíritu ya agonizante por el esfuerzo de haber tenido que superar los dos mayores dolores de un hombre: el adiós a una madre amadísima, la cercanía del amigo infiel. Eran dos llagas que me quemaban el corazón: una con su llanto, la otra con su odio.

Había tenido que compartir mi pan con mi Caín. Había tenido que hablarle como amigo para no acusarlo ante los otros ­-cuya violencia no me daba garantías-e impedir un delito, por lo demás inútil, puesto que todo estaba escrito ya en el gran libro de la vida: tanto mi Muerte santa como el suicidio de Judas. Inútiles otras muertes reprobadas por Dios. Aparte de la mía, ninguna otra sangre debía ser derramada, y no lo fue. El dogal estranguló esa vida cerrando en el saco repelente del cuerpo del traidor su sangre impura vendida a Satanás, sangre que no debía mezclarse, cayendo en la Tierra, con la Sangre purísima del Inocente.

Habrían sido suficientes esas dos llagas para hacer de mí un agonizante en mi Yo. Pero era el Expiador, la Víctima, el Cordero. El cordero, antes de ser inmolado, conoce la marca incandescente, conoce los golpes, conoce el desnudamiento, conoce la venta al matarife.

Lo último que conoce es el hielo del cuchillo que penetra en el cuello y abre las venas y mata. Antes debe dejar todo: los pastos donde ha crecido, la madre en cuyo pecho ha hallado nutrición y calor, los compañeros con que ha vivido. Todo. Yo he conocido todo: Yo, Cordero de Dios.

Por eso vino Satanás mientras el Padre se retiraba a los Cielos. Ya había venido en el comienzo de mi misión, a tentarme para desviarme de ella. Ahora volvía. Era su hora, la hora del aquelarre satánico.

Hordas de demonios estaban esa noche en la Tierra para llevar a cabo la seducción de los corazones y disponerlos a querer al día siguiente que mataran a Cristo.

Cada uno de los miembros del Sanedrín tenía el suyo, y el suyo Herodes y el suyo Pilato, y el suyo cada uno de los judíos que iba a invocar que cayera sobre sí mi Sangre.

También los apóstoles tenían a su tentador a su lado, que los adormilaba mientras Yo languidecía, que los preparaba para la cobardía. Observa el poder de la pureza. Juan, el puro, fue el primero que se liberó de la garra demoníaca, y volvió enseguida a su Jesús y comprendió su celado deseo, y me trajo a María.

Pero Judas tenía a Lucifer, y Yo tenía a Lucifer: Judas, en el corazón; yo, al lado. Éramos los dos principales personajes de la tragedia y Satanás se ocupaba personalmente de nosotros. Después de conducir a Judas hasta un punto del que ya no podía retroceder, se volvió hacia mí.

Con su astucia perfecta, me presentó las torturas de la carne con un realismo insuperable. En el desierto también empezó por la carne. Lo vencí orando. El espíritu sojuzgó los miedos de la carne.

Me presentó entonces la inutilidad de mi muerte, la utilidad de vivir para mí mismo sin ocuparme de los hombres ingratos. Vivir rico, feliz, amado. Vivir por razón de mi Madre, por no hacerla sufrir. Vivir para llevar a Dios con un largo apostolado a muchos hombres, los cuales, por el contrario, si Yo muriera, me olvidarían, mientras que, si fuera Maestro no durante tres años sino durante muchos lustros, terminarían identificándose con mi doctrina. Sus ángeles me ayudarían a seducir a los hombres.

¿No veía que los ángeles de Dios no intervenían para ayudarme? Después, Dios me perdonaría al ver la cosecha de creyentes que le habría llevado. En el desierto también me había inducido a tentar a Dios con la imprudencia. Lo vencí con la oración. El espíritu sojuzgó a la tentación moral.

Me presentó el abandono de Dios. Él, el Padre, ya no me amaba. Yo estaba cargado con los pecados del mundo. Le producía repulsa.

Estaba ausente, me dejaba solo. Me abandonaba al escarnio de una muchedumbre despiadada. Y no me concedía ni siquiera su divino consuelo. Solo, solo, solo. En esa hora sólo estaba Satanás al lado del Cristo. Dios y los hombres estaban ausentes porque no me amaban. Me odiaban o se mostraban indiferentes. Yo oraba para cubrir con mi oración las palabras satánicas. Pero la oración ya no subía a Dios. Caía sobre mí de nuevo como piedras de lapidación y me aplastaba bajo su cúmulo. La oración, que para mí era siempre caricia hecha al Padre, voz que subía y a la que respondían la caricia y la palabra paternas, ahora estaba muerta, era costosa, en vano lanzada contra el Cielo cerrado.

Entonces sentí la amargura del fondo del cáliz. El sabor de la desesperación. Era esto lo que quería Satanás. Llevarme a desesperar para hacer de mí un esclavo suyo. Vencí la desesperación, y la vencí sólo con mis fuerzas, porque quise vencerla. Sólo con mis fuerzas de Hombre. Ya no era sino el Hombre. Y ya no era sino un hombre sin la ayuda de Dios. Cuando Dios ayuda es fácil mantener elevado hasta al mundo y sostenerlo como juguete de niño. Pero cuando Dios ya no ayuda, hasta el peso de una flor nos resulta fatigoso.

Vencí la desesperación y a Satanás, su creador, por servir a Dios y a vosotros dándoos la Vida. Pero conocí la Muerte. No la muerte física del crucificado -ésa fue menos atroz-, sino la Muerte total, consciente, del luchador que cae, después de haber triunfado, con el corazón quebrantado, rezumándole la sangre con el trauma de un esfuerzo superior a lo posible. Y sudé sangre. Sudé sangre por ser fiel a la voluntad de Dios.

Por eso el ángel de mi dolor me presentó, como medicina para mi agonía, la esperanza de todos los salvados por mi sacrificio. ¡Vuestros nombres! Cada uno de ellos fue para mí una gota medicinal infundida en las venas para devolverles el tono y la función; cada uno de ellos significó para mí vida que volvía, luz que volvía, fuerza que volvía.

En medio de las inhumanas torturas, para no gritar mi dolor de Hombre y para no desesperar de Dios y decir que era demasiado severo e injusto para con su Víctima, Yo me repetí vuestros nombres. Yo os vi. Os bendije desde entonces. Desde entonces os llevé en mi corazón. Y cuando llegó para vosotros la hora de estar en la Tierra, me asomé al Cielo y me incliné para acompañar vuestra venida, exultando ante el pensamiento de que una nueva flor de amor había nacido en el mundo y que viviría por mí.

¡Oh, benditos míos, consuelo de Cristo agonizante! La Madre, el Discípulo, las Mujeres pías acompañaban mi morir. Pero vosotros también estabais. Mis ojos agonizantes veían, junto con el rostro acongojado de la Madre mía, vuestras caras amorosas, y se cerraron así, felices de cerrarse porque os habían salvado, ¡oh, vosotros que compensáis el Sacrificio de un Dios!
Ya has conocido todos los dolores que precedieron a la Pasión propiamente dicha. Ahora te daré a conocer los dolores concretos de la Pasión. Los dolores que más impresionan vuestra mente cuando meditáis en ellos.

Pero meditáis en ellos muy poco, demasiado poco. No reflexionáis en cuánto me costasteis ni en la tortura de que está hecha vuestra salvación. Vosotros que os quejáis de una excoriación, de un golpe contra un saliente, de un dolor de cabeza, no pensáis que Yo era por entero una llaga, que esas llagas estaban sulfuradas por muchas cosas, que las cosas mismas servían como tormento de su Creador porque torturaban al ya torturado Dios-Hijo sin respeto a Aquel que, siendo Padre de la Creación, las había formado.

Pero las cosas no tenían culpa. El culpable era el de siempre: el hombre; culpable desde el día en que prestó oídos a Satanás en el Paraíso terrenal. Hasta ese momento, las cosas de la Creación no le reservaban al hombre, criatura elegida, ni espinas ni venenos ni saña. Dios había constituido rey a este hombre hecho a su imagen y semejanza, y, en su paterno amor, no había querido que las cosas pudieran causar insidias al hombre. Satanás introdujo la insidia. Primero, en el corazón del hombre; luego ésta parió para el hombre, con el castigo del pecado, tríbulos y espinas.

Y he aquí que Yo, el Hombre, tuve que sufrir no sólo de mano de las personas, sino también por las cosas, recibir sufrimiento de las cosas. Las personas me propinaron insultos y vejaciones; éstas fueron el arma usada.

La mano que Dios había hecho al hombre para distinguirlo de los animales; esa mano que Dios enseñó al hombre a usar, esa mano que Dios había puesto en relación con la mente, esa mano a la que Dios había hecho ejecutora de las órdenes de la mente, esta parte vuestra que es tan perfecta y que hubiera debido ofrecer solamente caricias al Hijo de Dios -de quien había recibido sólo caricias y salud si estaba enferma-se volvió contra Él y le propinó bofetones y puñetazos, y se armó de azote y se transformó en tenaza para arrancar el pelo y 1a barba, o se armó de maza para hincar los clavos.

Los pies del hombre, que hubieran debido sólo correr diligentes para ir a adorar al Hijo de Dios, se movieron veloces para venir a capturarme y llevarme por las calles hasta mis verdugos, a empujones y tirones; fueron veloces para darme patadas de un modo que no es lícito usar con un mulo terco.

La boca del hombre, que hubiera debido usar la palabra, esa palabra que es cualidad otorgada únicamente al hombre y a ningún animal creado, para alabar y bendecir al Hijo de Dios, se llenó de blasfemias y mentiras y arrojó éstas, junto con su baba, contra mi persona.
La mente del hombre, que es la prueba de su origen celeste, se fatigó en inventar tormentos de un refinado rigor.

E1 hombre, el hombre entero hizo uso de todos y cada uno de sus elementos para torturar al Hijo de Dios. Y llamó a la tierra, con sus formas, como ayuda en la tortura. Hizo de las piedras de los torrentes proyectiles para herirme; de las ramas de los árboles, palos para golpearme; del trenzado cáñamo, lazo para arrastrarme serrándome las carnes; de las espinas, una corona de punzante fuego para mi cabeza cansada; de los minerales, un exasperante azote; de la caña, un instrumento de tortura; de las piedras de las calles, obstáculo para el pie vacilante de Aquel que subía, muriendo, para morir crucificado.

Y a las cosas de la tierra se unieron las del cielo. El frío del alba para mi cuerpo ya exhausto por la agonía del huerto, el viento que encrudecía las heridas, el sol que aumentaba la quemazón y la fiebre y traía moscas y polvo, y cegaba los ojos cansados que no podían ser protegidos por las manos apresadas.

Y a las cosas del cielo se unieron las fibras concedidas al hombre para revestir su desnudez: el cuero que se transformó en azote, la lana de la túnica, que se pegaba a las abiertas llagas de los azotes y producía la tortura de las rozaduras y laceración en cada movimiento.

Todo, todo, todo sirvió para atormentar al Hijo de Dios. Él, por quien todas las cosas fueron creadas, en la hora en que era la Hostia ofrecida a Dios, tuvo como enemigas a todas las cosas. María, tu Jesús no halló alivio en ninguna cosa. Cuales víboras enfurecidas, todo lo que existía se volvió a morderme las carnes y aumentar el padecimiento.

Esto sería necesario pensar, cuando sufrís; y, comparando vuestras imperfecciones con mi perfección y mi dolor con el vuestro, reconocer que el Padre os ama como no me amó a mí en aquella hora; y amarlo, por tanto, con todo vuestro ser, como Yo lo amé a pesar de su rigor.

602- Hacia el Getsemaní con once apóstoles. La agonía y el prendimiento

La calle está llena de silencio.
Sólo una fuentecilla que vierte su agua en una pila de piedra pone un sonido en medio de tanto silencio.

En las paredes de las casas, en el lado oriental, todavía hay oscuridad, mientras que en el otro lado la Luna empieza a blanquear la cima de las casas y, donde la calle se ensancha formando una placita, el lácteo color de plata de la Luna desciende a embellecer también los cantos y la tierra de la calle.

Pero debajo de los frecuentes arcos que van de casa a casa, semejantes a puentes levadizos o a puntales de estas viejas casas de escasísimas aperturas hacia la calle, y que a esta hora están del todo cerradas y oscuras como si fueran casas abandonadas, hay oscuridad perfecta, y el color rojizo de la antorcha que lleva Simón adquiere una vivacidad singular y una utilidad aún mayor. Los rostros, con esa luz roja y móvil, muestran un relieve neto, y cada uno de ellos revela un estado de ánimo distinto.

El más solemne y tranquilo es el de Jesús, aunque el cansancio lo avejente marcándolo con líneas que normalmente no tiene y que hacen ya aparecer la futura efigie de su rostro recompuesto en la muerte.

Juan, que camina a su lado, va posando su mirada atónita, doliente, en todo lo que ve a su alrededor; parece un niño aterrorizado por alguna narración que haya oído contar o por alguna promesa amedrentadora, y parece invocar la ayuda de alguien que sepa más que él. Pero ¿quién podrá ayudarle?

Simón, que va al otro lado de Jesús, tiene una expresión cerrada, sombría, propia de quien va rumiando dentro de sí pensamientos atroces; y aun así es el único que, además de Jesús, mantiene un aspecto de noble gravedad.

Los demás, en dos grupos cuya formación continuamente se altera, son la agitación personificada. De vez en cuando, la voz ronca de Pedro y la voz de barítono de Tomás se elevan con extraña resonancia; y la moderan luego, como temerosos por lo que dicen. Van discutiendo sobre lo que debe hacerse: quién propone una cosa, quién otra; pero todas las propuestas son inconsistentes, porque realmente está para comenzar "la hora de las tinieblas" y los juicios humanos quedan oscurecidos y confusos.

-Había que habérmelo dicho antes -dice Pedro con estrangulada voz.

-Pero nadie ha hablado. Tampoco el Maestro… -dice Andrés.

-¡Sí, ya, Él te lo iba a decir! ¡Vamos, hermano, parece que no lo conocieras!… -le responde Pedro.

-Yo percibía algo turbio. Y lo dije: "Vamos a morir con Él". ¿Os acordáis? ¡Pero, por nuestro santísimo Dios, si hubiera sabido que era Judas de Simón!… -brama Tomás amenazador.

-¿Y qué querías hacer? -pregunta Bartolomé.
-¿Yo? ¡Todavía intervendría ahora, si me ayudarais!
-¿Qué harías? ¿Irías a matarlo? ¿Y a dónde?
-No. Me llevaría al Maestro. Es más fácil.
-¡No iría!
-No se lo preguntaría. Lo raptaría como se rapta a una mujer.
-¡Pues no sería mala idea! -dice Pedro.

Y, impulsivo, vuelve hacia atrás, se pone en el grupo de los dos hijos de Alfeo, los cuales, con Mateo y Santiago, van bisbiseando como conjurados.

-Oíd: Tomás propone llevarnos a Jesús. Todos juntos. Se podría… desde Get-Sam-mí, por Betfagé, hasta Betania, y de allí… en barca hacia algún lugar. ¿Lo hacemos? Puesto en salvo Él, volvemos y nos quitamos de en medio a Judas.

-Es inútil. Todo Israel es una trampa -dice Santiago de Alfeo.

-Próxima ya a cerrarse. Esto se comprendía. ¡Demasiado odio!

-¡Pero Mateo! ¡Me da rabia oírte eso! ¡Eras más valiente cuando eras pecador! Di tú, Felipe.

Felipe, que va completamente solo y parece monologar, alza
la cara y se para. Pedro se acerca a él. Hablan los dos en voz baja. Luego se unen al grupo de antes:

-Yo diría que el sitio mejor es el Templo -dice Felipe.
-¿Estás loco? -gritan los primos y Mateo y Santiago.
-¡Pero si allí quieren su muerte!
-¡Chss! ¡Cuánto jaleo armáis! Yo sé lo que digo. Lo buscarán por todas partes, pero allí no. Tú y Juan tenéis buenas amistades entre los servidores de Anás. Se da una buena cantidad de oro… y todo arreglado. ¡Creedme! El sitio mejor para esconder a uno perseguido es la casa de los carceleros.

-Yo no lo hago -dice Santiago de Zebedeo -De todas formas, mira a ver lo que dicen también los demás. El primero, Juan. ¿Y si luego lo arrestan? No quiero que se diga que soy yo el traidor…

-No había pensado en eso. ¿Y entonces?
Pedro está completamente descorazonado.
-Entonces, yo diría que es compasivo hacer una cosa. La única que podemos hacer. Alejar a la Madre… -dice Judas de Alfeo.

-¡Ya!… Pero… ¿Y quién va? ¿Qué se le dice? Ve tú, que eres pariente.

-Yo me quedo con Jesús. Tengo derecho. Ve tú.
-¡¿Yo?! Me he armado de espada para morir como Eleazar de Saura. Atravesaré legiones para defender a mi Jesús y descargaré mi espada sin contemplaciones. Si muero por la fuerza de un número mayor, no importa. Lo habré defendido ­proclama Pedro.

-¿Pero estás totalmente seguro de que es Judas Iscariote? -pregunta Felipe a Judas Tadeo.
-Estoy seguro. Ninguno de nosotros tiene corazón de serpiente. Sólo él… Ve tú, Mateo, donde María, y dile…
-¿Yo? ¿Engañarla? ¿Verla a mi lado desconocedora de lo que sucede y luego…? ¡Ah, no! Estoy dispuesto a morir, pero no a traicionar a esa paloma…

Las voces se mezclan en un susurro.

-¿Oyes? Maestro, nosotros te queremos -dice Simón.
-Lo sé. No necesito esas palabras para saberlo. Y, si dan paz al corazón del Cristo, le hieren el alma.

-¿Por qué, mi Señor? Son palabras de amor.
-De amor enteramente humano. En verdad, en estos tres años no he hecho nada, porque sois todavía más humanos que en la primera hora. Actúan en vosotros todos los fermentos, los más fangosos, esta noche. Pero no es culpa vuestra…
-¡Sálvate, Jesús! -dice Juan gimiendo.
-Me salvo.

-¿Sí? ¡Oh, mi Dios, gracias!
Juan parece una flor, primero combada por un calor abrasador y ahora erguida de nuevo en su tallo, fresca.

-Voy a decírselo a los otros. ¿A dónde vamos?
-Yo a la muerte, vosotros a la Fe.
-¿Pero no acabas de decir que te ibas a salvar?
El predilecto se abate otra vez.

-Me salvo, eso es, me salvo. Si no obedeciera al Padre me perdería. Obedezco y, por tanto, me salvo. ¡No llores de esa manera! Eres menos valiente que los discípulos de aquel filósofo griego de que te hablé un día. Ellos estuvieron al lado del maestro que moría a causa de la cicuta, confortándolo con su dolor viril. Tú… pareces un niño que haya perdido a su padre.

-¿Y no es, acaso, así? ¡Yo pierdo más que a mi padre! Te pierdo a ti…

-No me pierdes, porque sigues queriéndome. Se pierde a uno que esté separado de nosotros, por el olvido en la Tierra, por el Juicio de Dios en el más allá. Pero nosotros no estaremos separados. Nunca. Ni por una cosa ni por la otra.

Pero Juan no comprende razones.
Simón se acerca todavía más a Jesús, y le confía en voz baja
-Maestro… yo… yo y Simón Pedro teníamos la esperanza de hacer una cosa buena… Pero… Tú que sabes todo, dime: ¿dentro de cuántas horas esperas ser capturado?
-En cuanto la Luna ocupe el ápice de su arco.

Simón pone un gesto de dolor y de impaciencia, por no decir de irritación. -Entonces todo ha sido inútil… Maestro, ahora te explico. Casi nos has reprendido a mí y a Simón Pedro por haberte dejado tan solo en estos últimos días… Pero estábamos lejos por ti… por amor a ti.

Pedro, en la noche del lunes, impresionado por tus palabras, vino a mí mientras dormía y me dijo: "Yo y tú, de ti me fío, tenemos que hacer algo por Jesús. También Judas ha dicho que quiere intervenir". ¡Oh! ¿Por qué no hemos comprendido entonces? ¿Por qué no nos dijiste nada Tú? Pero, dime: ¿no se lo has dicho a nadie? ¿A nadie en absoluto? ¿Es que te has percatado de ello hace sólo unas horas?

-Lo he sabido siempre. Aun antes de que formara parte de los discípulos. Y para que su delito no fuera perfecto, tanto en lo divino como en lo humano, he tratado por todos los medios de alejarlo de mí. Los que quieren que Yo muera son los verdugos de Dios; éste, mí discípulo y amigo, es también el traidor, el verdugo del Hombre. Mi primer verdugo, porque ya he recibido de él muerte con el esfuerzo de tenerlo a mi lado, en la mesa, y de deber protegerlo a costa de mí mismo contra vosotros.
-¿Y ninguno lo sabe?

-Juan. Se lo he dicho al final de la Cena. Pero ¿qué habéis hecho?

-¿Y Lázaro? ¿Lázaro no sabe nada en absoluto? Hoy hemos estado en su casa. Porque ha venido muy de mañana, ha sacrificado y se ha vuelto a marchar sin siquiera detenerse en su palacio ni ir al Pretorio. Porque él va siempre, por costumbre tomada de su padre. Y Pilato, ya lo sabes, está en estos días en la ciudad…

-Sí. Todos están. Está Roma: la nueva Sión, con Pilato; está Israel, con Caifás y Herodes; está todo Israel, porque la Pascua ha congregado a los hijos de este pueblo a los pies del altar de Dios… ¿Has visto a Gamaliel?

-Sí. ¿Por qué esta pregunta? Tengo que verlo también mañana…

-Gamaliel esta noche está en Betfagé. Lo sé. Cuando lleguemos al Getsemaní irás donde él y le dirás: "Dentro de poco tendrás el signo que esperas desde hace veintiún años". Nada más. Luego volverás con tus compañeros.

-Pero ¿cómo lo sabes? ¡Oh, Maestro mío, pobre Maestro que no tienes ni siquiera el consuelo de ignorar las obras ajenas!

-Bien dices: ¡pobre Maestro! ¡El consuelo de ignorar! Porque son más las obras malas que las buenas. Pero veo también las buenas y exulto por ellas.
-Entonces sabes que…
-Simón: es mi hora de pasión. Para que sea más completa, el Padre, a medida que ésta se va aproximando, me retira la luz. Dentro de poco tendré sólo tinieblas y la contemplación de lo que son tinieblas: o sea, todos los pecados de los hombres. No puedes, no podéis entender.

Ninguno, excepto el llamado por Dios a ello por especial misión, comprenderá esta pasión en la gran Pasión; y, dado que el hombre es material incluso en el amar y en el meditar, habrá quien llore y sufra por mis golpes, por las torturas del Redentor; pero no se medirá esta espiritual tortura que -creedlo vosotros que me escucháis-será la más atroz… Habla, por tanto, Simón. Guíame por los senderos por donde tu amistad fue por causa mía, porque soy un pobre que va perdiendo la visión y ve fantasmas, no cosas reales…

Juan lo abraza y pregunta:

-¿Pero es que ya no ves a tu Juan?
-Te veo. Pero los fantasmas surgen de las brumas de Satanás. Visiones de pesadilla y de dolor. Todos estamos envueltos en este miasma de infierno, esta noche. En mí trata de crear cobardía, desobediencia y dolor; en vosotros creará desilusión y miedo; en otros -personas que incluso no son ni medrosos ni dados al delito-creará miedo y delincuencia; en otros, que ya son de Satanás, creará la perversión sobrenatural (lo llamo así porque su perfección en el mal será tal, que superará las humanas posibilidades y alcanzará la perfección que siempre es propia de lo sobrehumano). Habla, Simón.

-Sí. Desde el martes no hacemos otra cosa sino salir para saber, para prevenir, para buscar ayuda.
-¿Y qué habéis podido hacer?
-Nada. O muy poco.
-Y ese poco será "nada" cuando el miedo paralice los corazones.

-He tenido también un choque con Lázaro… Es la primera vez que me sucede… Un choque porque me parecía inactivo… Podría hacer algo. Es amigo del Gobernador.

¡Sigue siendo el hijo de Teófilo! Pero Lázaro ha rechazado todas mis propuestas. Lo he dejado gritándole: "¡Pienso que eres tú ese amigo del que habla el Maestro! ¡Me produces horror!". Y no quería yo volver a su casa… Pero esta mañana me ha llamado y me ha dicho: "¿Puedes pensar todavía que sea yo su traidor?". Yo había visto ya a Gamaliel y a José y a Cusa, y a Nicodemo y Manahén, en fin, a tu hermano José… y ya no podía creer esa cosa. Le he dicho: "Perdona, Lázaro. Pero siento mi mente más confusa que cuando yo mismo era un condenado". Y es así, Maestro… Yo ya no soy yo… Pero ¿por qué sonríes?
-Porque esto confirma todo lo que te he dicho antes. La bruma de Satanás te envuelve y te turba. ¿Qué ha respondido Lázaro?

Ha dicho: "Te comprendo. Ven hoy, con Nicodemo. Necesito verte". Y es lo que he hecho mientras Simón Pedro iba donde los galileos. Porque tu hermano -él, desde tan lejos-está más informado que nosotros. Dice que lo ha sabido por azar, hablando con un galileo anciano que vive cerca de la zona de mercado, amigo de Alfeo y José.
-¡Ah!… sí… un gran amigo de la casa…

-Él está allá, con Simón y las mujeres; también está la familia de Caná.
-He visto a Simón.
-Bueno, pues José, por este amigo suyo, que además es amigo de uno del Templo que ahora es pariente suyo por enlaces con mujeres, ha sabido que está decidida tu captura, y le ha dicho a Pedro: "Siempre me opuse a Él. Pero por amor y mientras Él era fuerte. Pero ahora que es como un niño a merced de sus enemigos, yo, pariente suyo que siempre le ha querido, estoy con Él. Es deber de sangre y de corazón".

Jesús sonríe, y vuelve a verse en Él, un instante, la cara serena de las horas de alegría.

-Y José le ha dicho a Pedro: "Los fariseos de Galilea son áspides como todos los fariseos. Pero Galilea no está compuesta sólo de fariseos. Y aquí hay muchos galileos que lo quieren. Vamos y les proponemos unirse para defenderlo. No tenemos más que cuchillos. Pero hasta un palo es un arma, si se maneja bien. Y si no vienen los soldados romanos, pronto nos impondremos a esa canalla vil que son los esbirros del Templo". Y Pedro fue con él. Yo, mientras, iba donde Lázaro, con Nicodemo. Habíamos decidido convencer a Lázaro de que viniera con nosotros y de que abriera su casa para estar contigo. Nos dijo: "Debo obedecer a Jesús y estar aquí, sufriendo el doble…". ¿Es verdad?

-Es verdad. Le di esa orden.

-Pero me dio las espadas. Son suyas. Una para mí, una para Pedro. También Cusa quería darme las espadas. Pero… ¿qué son dos hierros contra todo un mundo? Cusa no puede creer que sea verdad todo esto que dices. Jura que no sabe nada y que en la corte la única idea que hay es la de gozarse la fiesta… Una juerga, como de costumbre. Tanto es así, que le ha dicho a Juana que se retire a una casa que tienen ellos en Judea. Pero Juana quiere quedarse aquí; dentro de su palacio y como si no estuviera. No se aleja.

Con ella están Plautina, Ana, Nique y dos damas romanas de la casa de Claudia. Lloran, oran e incitan a orar a los inocentes. Pero no es tiempo de oraciones, es tiempo de sangre. ¡Siento revivir en mí al "zelote" y ya ansío matar para cobrar venganza!…

-¡Simón!
Jesús habla severísimo.
-¡Si mi intención hubiera sido que murieras bajo la maldición, no te hubiera sacado de tu desgracia! …
-¡Oh, perdón, Maestro… perdón! Soy como un borracho, como uno que delira.

-¿Y Manahén qué dice?
-Manahén dice que no puede ser verdad, y que si lo fuera te seguiría hasta en el suplicio.

-¡Cómo os fiáis todos de vosotros mismos!… ¡Cuánta soberbia hay en el hombre! ¿Y Nicodemo y José? ¿Qué saben?

-No más que yo. Hace tiempo, en una asamblea, José se enfrentó al Sanedrín. Los llamó asesinos por querer matar a un inocente, y dijo: "Todo es ilegal aquí dentro. Razón tiene Él. El abominio está en la casa del Señor. Es necesario destruir este altar, porque ha sido profanado".

No lo lapidaron por ser quien era. Pero desde entonces lo han mantenido en una total falta de información. Sólo Gamaliel y Nicodemo han seguido manteniendo la amistad con él. Pero el primero no habla, y el segundo… Ni él ni José han vuelto a ser llamados al Sanedrín para las decisiones más genuinas. Se reúnen ilegalmente, acá o allá, a distintas horas, por miedo a ellos y a Roma. ¡Ah, se me olvidaba!… Los pastores. También ellos están con los galileos. ¡Pero somos pocos! ¡Si Lázaro hubiera querido escucharnos e ir a ver al Pretor! Pero no nos prestó oídos… Esto es lo que hemos hecho…

-Mucho… y nada… Y me siento tan abatido que me dan ganas de ir por los campos gritando como un chacal, de degradarme en una orgía, de matar como un bandolero, con tal de alejar de mí este pensamiento que, como han dicho Lázaro, José, Cusa, Manahén y Gamaliel, es "completamente inútil"… -El Zelote no parece él…
-¿Qué ha dicho el rabí?

-Ha dicho: "No conozco exactamente los propósitos de Caifás. Pero os respondo que lo que decís está profetizado sólo para el Cristo. Y como no admito en este profeta al Cristo, no veo que haya motivo para intranquilizarse. Se dará muerte a un hombre, a un hombre bueno, amigo de Dios. Pero ¡¿de cuántos como él ha bebido Sión la san-gre?!". Y, dado que insistíamos en tu divina Naturaleza, ha repetido testarudamente: "Cuando vea el signo, creeré". Y ha prometido abstenerse de votar por tu muerte; es más, ha prometido que, si es posible, convencerá a los otros de no condenarte. Esto, no más. ¡No cree! ¡No cree! Si se pudiera llegar a mañana… Pero dices que no. "¡Oh, ¿qué vamos a hacer nosotros?!

-Tú irás donde Lázaro y tratarás de llevar contigo a todos los que puedas. No sólo de los apóstoles, sino también de los discípulos que encuentres vagando por los caminos de la campiña. Trata de ver a los pastores y dales esta orden. La casa de Betania es más que nunca la casa de Betania, la casa de la buena hospitalidad. Los que no tengan el valor de afrontar el odio de todo un pueblo, que se refugien allí. A esperar…

-Pero nosotros no te dejaremos».
-No os separéis… Separados no seríais nada; unidos seréis todavía una fuerza. Simón: prométeme esto. Tú eres un hombre sereno, fiel, con palabra e influencia incluso ante Pedro. Y estás muy obligado conmigo. Te recuerdo esto, por primera vez, para imponerte la obediencia. Mira: estamos en el Cedrón. Por ahí subiste, leproso, hacia mí, y de ahí saliste ya limpio. Por lo que te di, dame: da al Hombre lo que Yo di al hombre: ahora el leproso soy Yo…

-¡Nooo! ¡No digas eso! -gimen juntos los dos discípulos.
-¡Así es! Pedro, mis hermanos, serán los más abatidos. Mi honesto Pedro se sentirá como un malhechor y no tendrá paz. Y mis hermanos… No tendrán corazón para mirar ni a su madre ni a la mía… Te los confío…

-¿Y yo, Señor, de quién seré? ¿En mí no piensas?
-¡Niño mío! Tú estás confiado a tu amor. Es tan fuerte, que te guiará como una madre. No te doy ni orden ni guía; te dejo en las aguas del amor: son en ti un río tan tranquilo y profundo, que no me plantean ninguna duda sobre tu futuro. Simón, ¿has comprendido?
-¡Prométemelo! ¡Prométemelo!

Es penoso ver a Jesús tan angustiado… Sigue diciendo:
-¡Antes de que vengan los otros! ¡Oh, gracias! ¡Bendito seas!
Todo el grupo se reúne.

-Ahora vamos a separarnos. Yo voy arriba, a orar. Quiero conmigo a Pedro, Juan y Santiago. Vosotros quedaos aquí. Y si os vierais en grave apuro, llamad. Y no temáis. No os tocarán ni un pelo. Orad por mí. Deponed el odio y el miedo. Será sólo un momento… Luego el júbilo será completo. Sonreíd. Que lleve Yo en mi corazón vuestras sonrisas. Y, una vez más, gracias por todo, amigos. Adiós. Que el Señor no os abandone…

Jesús se echa a andar y se separa de los apóstoles, mientras Pedro pide la antorcha a Simón, después de que éste ha encendido con ella ramas secas resinosas, que arden crujiendo en el extremo del olivar y expanden olor de enebro. Me aflige ver a Judas Tadeo mirar a Jesús con tan intensa y doliente mirada, que Jesús se vuelve buscando al que lo ha mirado. Pero Judas Tadeo se esconde detrás de Bartolomé y se muerde los labios para contenerse.

Jesús hace un gesto con la mano, entre una bendición y un adiós, y luego prosigue su camino. La Luna, ya bien alta, envuelve con su luz la alta figura de Jesús, y parece hacerla más alta incluso, espiritualizándola, haciendo más clara la túnica roja y más pálido el oro de sus cabellos. Detrás de Él, aceleran el paso Pedro -con la antorcha-y los dos hijos de Zebedeo.

Prosiguen hasta el límite del primer desnivel del rústico anfiteatro del olivar, cuya entrada sería el calvero irregular y cuyas gradas serían las terrazas, que ascienden formando escalones de olivos en el monte. Luego Jesús dice:

-Deteneos, esperadme aquí mientras oro. Pero no os durmáis. Podría necesitaros. Y os lo pido por caridad: ¡orad! Vuestro Maestro está muy abatido.

En efecto, su abatimiento es ya profundo. Parece ya bajo un peso que lo oprime. ¿Dónde está ese Jesús vigoroso que hablaba a las multitudes, hermoso, fuerte, de mirada dominadora, sonrisa serena, voz sonora y bellísima? Parece ya apoderarse de Él la congoja. Es como uno que hubiera corrido o llorado. Tiene voz cansada, entrecortada. Está triste, triste, triste…

Pedro responde por los tres:

-Puedes estar tranquilo, Maestro. Vigilaremos y estaremos en oración. Sólo tienes que llamarnos e iremos.

Y Jesús los deja mientras los tres se agachan para recoger hojas y ramos secos y encender así una hoguerita que sirva para mantenerlos despiertos y combatir el relente, que empieza a descender abundante.

Camina, dándoles la espalda, de occidente a oriente; de forma que tiene de frente la luz lunar. Veo que un gran sufrimiento dilata aún más sus ojos. Quizás es un bistre de cansancio lo que los agranda, o quizás es la sombra del arco superciliar; no lo sé. Sé que tiene los ojos más abiertos y hundidos. Sube cabizbajo. Sólo de vez en cuando alza la cabeza, suspirando como si le costara esfuerzo y jadeara, y entonces recorre con su mirada tristísima el plácido olivar. Sube algunos metros. Luego tuerce por detrás de una elevación que queda entre Él y los tres dejados más abajo.

Este saliente de la ladera, que al principio tiene una altura de pocos decímetros, es cada vez más alto, y, después de un pequeño trecho tiene ya una altura de más de dos metros, de forma que resguarda completamente a Jesús de toda mirada más o menos discreta y amiga.

Jesús prosigue hasta una voluminosa piedra que en un determinado punto corta el senderillo (una roca que quizá ha sido puesta como sostén de la vertiente que hacia abajo cae más inclinada y desnuda hasta un inerte cúmulo de piedras que precede a los muros tras los que está Jerusalén, y que hacia arriba sigue subiendo con más terrazas y más olivos).

Junto a esta voluminosa piedra, justo un poco más arriba, prominente, hay un olivo todo nudoso y retorcido: parece un caprichoso signo de interrogación puesto por la naturaleza para preguntar algún porqué. Sus tupidas ramas en la cima de su copa responden a la pregunta del tronco, diciendo ora "sí" plegándose hacia el suelo, ora "no" moviéndose de derecha a izquierda, al son de un leve viento que sopla a intervalos entre las frondas, y que a veces huele sólo a tierra, a veces a ese olor amargoso de los olivos, y a veces trae una mezcla de perfume de rosas y muguetes que quién sabe de dónde pueda venir.

Al otro lado del senderillo, hacia abajo, hay otros olivos, uno de los cuales, justo debajo de la roca, está hendido por algún rayo y aun así vivo todavía, o bifurcado por una causa que desconozco, a partir del tronco inicial y que ha hecho dos troncos que se alzan como los dos segmentos de una gran V en carácter de imprenta; y las dos copas se asoman hacia acá y allá de la roca como queriendo ver y vigilar al mismo tiempo, o formarle a esta peña un suelo de un gris plata lleno de paz.

Jesús se detiene allí. No mira a la ciudad, que aparece abajo, blanca toda bajo la luz lunar. Antes al contrario, le vuelve las espaldas. Y ora con los brazos abiertos en cruz, alzada la cara hacia el cielo. No veo su cara porque está en la sombra (tiene la Luna casi en la vertical de su cabeza, pero los tupidos ramajes del olivo están entre Él y la Luna, que se filtra apenas entre unas y otras hojas, formando aritos y agujas de luz en constante movimiento).
Es una larga, ardiente oración. De vez en cuando, un suspiro y alguna palabra más nítida.

No es un salmo, no es un Pater; es una oración hecha del amor y necesidad que de Él brotan: verdadera elocución dirigida a su Padre. Lo comprendo por las pocas palabras que capto: «Tú lo sabes… Soy tu Hijo… Todo. Pero ayúdame… Ha llegado la hora… Yo ya no soy de la Tierra. Cesa toda necesidad de ayuda a tu Verbo… Que el Hombre te aplaque como Redentor, de la misma forma que la Palabra te ha sido obediente… Lo que Tú quieras… Para ellos te pido piedad. ¿Los salvaré?

Esto te pido. Así lo quiero: salvados del mundo, de la carne, del demonio… ¿Puedo pedir aún? Es una petición justa, Padre mío. No para mí. Para el hombre, que es creación tuya y que quiso transformar en barro también su alma. Yo echo en mi dolor y en mi Sangre ese barro, para que vuelva a ser esa incorruptible esencia del espíritu grato a ti… Y está por todas partes. Él es rey esta noche. En el palacio y en las casas. Entre los soldados y en el Templo… La ciudad está henchida de él, y mañana será un infierno…

Jesús se vuelve, apoya su espalda en la roca y cruza los brazos. Mira a Jerusalén. La cara de Jesús va tomando una expresión cada vez más triste. Susurra:

-Parece de nieve… y es toda ella un pecado. ¡A cuántos he curado también en ella! ¡Cuánto he hablado!… ¿Dónde están los que parecían serme fieles?…

Jesús agacha la cabeza y mira fijamente al suelo, cubierto de hierba corta, brillante de rocío. Pero, aunque tenga la cabeza baja, comprendo que está llorando, porque algunas gotas, al caer de la cara al suelo, brillan. Luego levanta la cabeza, separa los brazos y une las manos más arriba de la cabeza, y las mueve manteniéndolas unidas.

Luego anda. Regresa donde los tres apóstoles, que están sentados alrededor de su hoguerita de hornija. Los encuentra medio dormidos. Pedro ha apoyado su espalda en un tronco, y, cruzados los brazos, cabecea, envuelto por las primeras brumas de un fuerte sueño. Santiago está sentado -también su hermano-encima de una gruesa raíz que sobresale del suelo y sobre la cual han extendido los mantos para sentir menos las protuberancias; pero, a pesar de estar más incómodos que Pedro, también están adormilados. Santiago tiene su cabeza relajada sobre el hombro de Juan, y éste tiene la suya apoyada en el de su hermano, como si el duermevela los hubiera inmovilizado en esa postura.

-¿Dormís? ¿No habéis sabido velar una hora tan sólo? ¡Tengo mucha necesidad de vuestro consuelo y vuestras oraciones!

Los tres se sobresaltan, confundidos. Se restriegan los ojos. Susurran una disculpa. Atribuyen la primera causa de este estado suyo de duermevela al esfuerzo de digerir:
-Es el vino… la comida… Pero se pasa ahora. Ha sido un momento. No sentíamos ganas de hablar y esto nos ha llevado al sueño. Pero ahora vamos a orar en voz alta y no se va a repetir esto.

-Sí. Orad y velad. También para vosotros lo necesitáis.
-Sí, Maestro. Te obedeceremos.

Jesús se marcha de nuevo. La Luna de tan fuerte claror de plata, que va haciendo ver cada vez más pálida la túnica roja, como si la cubriera de un blanco polvo brillante-, ilumina su rostro y me lo muestra desconsolado, doliente, envejecido. Sus ojos siguen bien abiertos, pero parecen empañados; su boca presenta un frunce de cansancio

Vuelve a su piedra, aún más lento y encorvado. Se arrodilla y apoya los brazos en la roca, que no es lisa, sino que a mitad de altura tiene como un entrante -parece labrado adrede así-, en el que ha nacido una plantita que creo es una de esas florecillas semejantes a pequeñas azucenas (cimbalarias), que he visto también en Italia, con hojitas pequeñas, redondas pero denticuladas, y carnosas, de florecillas muy pequeñas en sus delgadísimos tallos): parecen pequeños copos de nieve, y salpican el gris de la roca y las hojitas verde oscuro. Jesús apoya las manos ahí al lado. Las florecillas le acarician la mejilla, porque apoya la cabeza en las manos juntas y ora. Pasado un poco de tiempo, siente el frescor de las pequeñas corolas, alza la cabeza, las mira, las acaricia, les dice:

-¡También estáis vosotras!… ¡Me aliviáis! Había florecillas como éstas también en la gruta de mi Madre… y Ella las quería, porque decía: "Cuando era pequeña, decía mi padre: “Eres una azucena diminuta toda llena de rocío celeste”… ¡Oh, mi Madre! ¡Oh, Mamá!

Rompe a llorar. Reclinada la cabeza en las manos unidas, un poco apoyado en los calcañares, lo veo y oigo llorar, mientras las manos aprietan los dedos y los mortifican, la una a la otra. Oigo que dice:

-También en Belén… y te las llevé, Mamá. ¿Pero éstas quién te las llevará?…

Luego prosigue en su oración y meditación. Debe ser muy triste su meditación, angustiosa más que triste, porque para evitarla se alza y va y viene, susurrando palabras que no capto, alzando la cara, bajándola de nuevo, gesticulando, pasándose las manos por los ojos, las mejillas, el pelo, con mecánicos y agitados movimientos, propios de quien está sumido en una gran angustia: decirlo no es nada, describirlo es imposible, verlo es entrar en su angustia.

Gesticula hacia Jerusalén. Luego vuelve a alzar los brazos hacia el cielo como para invocar ayuda.

Se quita el manto como si tuviera calor. Lo mira… Pero ¿qué ve? Sus ojos no miran sino su tortura, y todo contribuye a esta tortura, a aumentarla. Hasta el manto tejido por su Madre. Lo besa y dice:

-¡Perdón, Mamá! ¡Perdón!
Parece como si se lo pidiera al paño hilado y tejido por el amor materno…

Vuelve a ponérselo. Está lleno de congoja. Quiere orar para superarla. Pero con la oración vuelven los recuerdos, los temores, las dudas, las añoranzas… Es un alud de nombres… ciudades… personas… hechos… No puedo seguirlo, porque es rápido y entrecortado. Es su vida evangélica lo que desfila ante Él… y le trae el recuerdo de Judas el traidor.

Es tanta la congoja, que grita, para vencerla, el nombre de Pedro y Juan. Y dice:

-Ahora vendrán. ¡Ellos son muy fieles! Pero "ellos" no vienen. Llama de nuevo. Parece aterrorizado, como viendo algo que no sabemos.

Huye rápidamente hacia donde están Pedro y los dos hermanos, y los encuentra más cómoda e intensamente dormidos, alrededor de unas pocas brasas que, ya mortecinas, presentan sólo algunos zigzagues de color rojo entre el gris de la ceniza.

-¡Pedro! ¡Os he llamado tres veces! ¿Pero qué hacéis? ¿Dormís todavía? ¡Pero no sentís cuánto sufro! Orad. Que la carne no venza, en ninguno. Que no os venza. El espíritu está pronto, pero la carne es débil. Ayudadme…

Los tres se despiertan con mayor lentitud. Pero al final lo hacen, y con ojos atónitos se disculpan. Se ponen en pie, primero sentándose, luego irguiéndose del todo.

-¡Pues fíjate! -dice Pedro en tono quedo -¡No nos ha sucedido nunca esto! Debe haber sido ese vino, sin duda.

Era fuerte. Y también este fresco. Nos hemos tapado para no sentirlo (en efecto, se habían tapado hasta la cabeza incluso, con los mantos) y hemos dejado de ver el fuego y hemos dejado de tener frío y, bueno, pues, el sueño ha venido. ¿Dices que has llamado? Es curioso, no me parecía dormir tan profundamente… Arriba, Juan, vamos a buscar algunas ramitas, vamos, pongámonos en movimientos. Se nos pasará. Estáte seguro, Maestro, que a partir de ahora… estaremos en pie… -y arroja a las brasas un puado de hojitas secas, y sopla hasta que la llama resucita; luego la alimenta con las ramas de zarza que ha traído Juan. Mientras, Santiago trae una gruesa rama de enebro, o de un árbol similar, que ha cortado de una espesura poco lejana, y la une al resto.

La llama se alza, alta y festiva, e ilumina la pobre faz de Jesús. ¡Una faz de una tristeza… de una tristeza, que no se puede mirar sin llorar! Toda la luminosidad de ese rostro ha quedado diluida en un cansancio mortal. Dice:
-¡Estoy en una angustia que me mata! ¡Oh, sí! Mi alma está triste hasta el punto de morir. ¡Amigos… ¡Amigos! ¡Amigos!

Pero, aunque no dijera esto, su aspecto es ya de por sí el de un moribundo, el de un moribundo que, además, muere en el más angustioso y desolado de los abandonos. Cada palabra parece un acceso de llanto…

Pero los tres están demasiado cargados de sueño. Y se mueven con pasos inciertos y ojos semicerrados, tanto que parecen casi ebrios… Jesús los mira… No los mortifica con reproches. Menea la cabeza, suspira y vuelve a marcharse, al lugar de antes.

Ora de nuevo, en pie con los brazos en cruz; luego de rodillas, como antes., curvado el rostro sobre las florecillas. Piensa. Calla… Luego da en gemir y sollozar fuertemente, tan abatido sobre los calcañares, que está casi prosternado. Llama al Padre, cada vez con más congoja…

-¡Oh! -dice -¡Es demasiado amargo este cáliz! ¡No puedo! ¡No puedo! Está por encima de lo que Yo puedo. ¡Todo lo he podido! Pero no esto… ¡Aléjalo, Padre, de tu Hijo! ¡Piedad de mí!… ¿Qué he hecho para merecerlo?
Luego, cobrando nuevas fuerzas, dice:

-Pero, Padre mío, no escuches mi voz si pide algo contrario a tu voluntad. No recuerdes que soy Hijo tuyo, sino sólo servidor tuyo. No se haga mi voluntad, sino la tuya.

Permanece así durante un rato. Luego emite un grito ahogado y levanta la cara: es un rostro desencajado. Un instante sólo. Luego se derrumba, rostro en tierra, y se queda así. Un deshecho de hombre sobre el que pesa todo el pecado del mundo, sobre el que se abate toda la Justicia del Padre, sobre el que desciende la tiniebla, la ceniza, la hiel, esa tremenda, tremenda, tremendísima cosa que es el abandono de Dios mientras Satanás nos tortura… Es la asfixia del alma, es estar sepultados vivos en esta cárcel que es el mundo cuando ya no puede sentirse que entre nosotros y Dios hay una ligazón, es sentirse encadenados, amordazados, lapidados por nuestras propias oraciones que caen sobre nosotros cuajadas de agudas puntas y llenas de fuego, es chocar de plano contra un Cielo cerrado en que no penetran ni voz ni mirada de nuestra angustia, es estar "huérfanos de Dios", es la locura, la agonía, la duda de habernos engañado hasta ese momento, es la persuasión de ser rechazados por Dios, de estar condenados. ¡Es el infierno!…

¡Oh, lo sé! Y no puedo, no puedo ver ese espasmo de mi Cristo, y saber que es un millón de veces más atroz que el que me consumió el año pasado y que cuando me vuelve a la mente todavía me perturba profundamente.

Jesús gime, entre estertores y suspiros agónicos:
-¡Nada!… ¡Nada!… ¡Fuera!… ¡La voluntad del Padre! ¡Eso! ¡Sólo eso!… Tu voluntad, Padre; la tuya, no la mía… Inútil. No tengo sino un Señor: Dios santísimo. Una ley: la obediencia. Un amor: la redención… No. Ya no tengo ni Madre ni vida ni divinidad ni misión. Inútilmente me tientas, demonio, con la Madre, la vida, mi divinidad, mi misión. Tengo por madre a la Humanidad y la amo hasta morir por ella. La vida se la devuelvo a quien me la dio y ahora me la pide, supremo Señor de todo viviente. La divinidad la afirmo siendo capaz de esta expiación. La misión la cumplo con mi muerte. No tengo nada más. Nada, aparte de hacer la voluntad del Señor, mi Dios.

¡Retrocede, Satanás! Lo dije la primera y la segunda vez. Vuelvo a decirlo la tercera: "Padre, si es posible pase de mí este cáliz. Pero, hágase tu voluntad, no la mía". Retrocede, Satanás. Yo soy de Dios.

Luego ya no habla. Sólo para decir entre jadeos: « ¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!». Lo llama a cada latido de su corazón, y parece rezumar la sangre a cada latido. La tela, estirada sobre los hombros, se embebe de sangre y adquiere de nuevo un tono oscuro, a pesar del intenso claror lunar que todo lo envuelve.

Y, no obstante, un claror más vivo se forma sobre su cabeza, suspendido a un metro de Él aproximadamente; un claror tan vivo, que incluso el Postrado lo ve filtrarse entre las ondas de sus cabellos, ya densos de sangre, y tras el velo que la sangre pone en los ojos. Alza la cabeza…

Resplandece la Luna sobre esta pobre faz, y aún más resplandece la luz angélica, semejante a la del diamante blanco-azul de la estrella Venus. Aparece toda la tremenda agonía en la sangre que rezuma a través de los poros. Las pestañas, el pelo, el bigote, la barba están asperjados y rociados de sangre. Sangre rezuma en las sienes, sangre brota de las venas del cuello, gotas de sangre caen de las manos; y, cuando tiende las manos hacia la luz angélica y las anchas mangas se deslizan hacia los codos, aparecen los antebrazos de Cristo también llenos de sudor de sangre. En la cara sólo las lágrimas forman dos líneas netas sobre la máscara roja.

Se quita otra vez el manto y se seca las manos, la cara, el cuello, los antebrazos. Pero el sudor continúa. Él presiona varias veces la tela contra la cara, y la mantiene apretada con las manos; y cada vez que cambia el sitio aparecen nítidamente en la tela de color rojo oscuro las señales, las cuales, estando húmedas, parecen negras. La hierba del suelo está roja de sangre.

Jesús parece próximo al desfallecimiento. Se desata la túnica en el cuello, como si sintiera ahogo. Se lleva la mano al corazón y luego a la cabeza y la agita delante de la cara como para darse aire, manteniendo entreabierta la boca. A rastras, se pega a la roca, pero más hacia el borde del desnivel del terreno. Apoya la espalda contra la piedra, de forma que -como si estuviera ya muerto-quédanle colgando los brazos, paralelos al cuerpo; y la cabeza, contra el pecho. Ya no se mueve.

La luz angélica va decreciendo poco a poco, para acabar como absorbida en el claror lunar.
Jesús abre sus ojos de nuevo. Con esfuerzo levanta la cabeza. Mira. Está solo, pero menos angustiado. Alarga una mano. Arrima hacia sí el manto que había dejado abandonado en la hierba y vuelve a secarse la cara, las manos, el cuello, la barba, el pelo.

Coge una hoja ancha, nacida justo en el borde del desnivel, empapada de rocío, y con ella termina de limpiarse mojándose la cara y las manos y luego secándose de nuevo todo. Y repite, repite lo mismo con otras hojas, hasta que borra las huellas de su tremendo sudor. Sólo la túnica, especialmente en los hombros y en los pliegues de los codos, en el cuello y la cintura, en las rodillas, está manchada. La mira y menea la cabeza. Mira también el manto, y lo ve demasiado manchado; lo dobla y lo pone encima de la piedra, en el lugar en que ésta forma una concavidad, junto a las florecillas.

Con esfuerzo -como por debilidad-se vuelve y se pone de rodillas. Ora, apoyada la cabeza en el manto donde tiene ya las manos. Luego, tomando como apoyo la roca, se alza y, todavía tambaleándose ligeramente, va donde los discípulos. Su cara está palidísima. Pero ya no tiene expresión turbada. Es una faz llena de divina belleza, a pesar de aparecer más exangüe y triste que de costumbre.
Los tres duermen sabrosamente. Bien arrebujados en sus mantos, echados del todo, junto a la hoguera apagada. Se les oye respirar profundamente, con comienzo incluso de un sonoro ronquido.

Jesús los llama. Es inútil. Debe agacharse y dar un buen zarandeo a Pedro.

-¿Qué sucede? ¿Quién viene a arrestarme? -dice Pedro mientras sale, atónito y asustado, de su manto verde oscuro.

-Nadie. Te llamo Yo.
-¿Es ya por la mañana?
-No. Ha terminado casi la segunda vigilia.
Pedro está todo entumecido.

Jesús da unos meneos a Juan, que emite un grito de terror al ver inclinado hacia él un rostro que, de tan marmóreo como se ve, parece de un fantasma.

-¡Oh… me parecías muerto!
Da unos meneos a Santiago, el cual, creyendo que lo llama su hermano, dice:

-¿Han apresado al Maestro?
-… Todavía no, Santiago -responde Jesús -Pero, alzaos ya. Vamos. El que me traiciona está cerca.
Los tres, todavía atónitos, se alzan. Miran a su alrededor… Olivos, Luna, ruiseñores, leve viento, paz… nada más. Pero siguen a Jesús sin hablar. También los otros ocho están más o menos dormidos alrededor del fuego ya apagado.

-¡Levantaos! -dice Jesús con voz potente -¡Mientras viene Satanás, mostrad al insomne y a sus hijos que los hijos de Dios no duermen!

-¡Sí, Maestro!
-¡Dónde está, Maestro?
-Jesús, yo…
-¿Pero ¿qué ha sucedido?

Y entre preguntas y respuestas enredadas, se ponen los mantos…

El tiempo justo de aparecer en orden a la vista de la chusma capitaneada por Judas, que irrumpe en el quieto solar y lo ilumina bruscamente con muchas antorchas encendidas: son una horda de bandidos disfrazados de soldados, caras de la peor calaña afeadas por sonrisas maliciosas demoníacas; hay también algún que otro representante del Templo.

Los apóstoles, súbitamente, se hacen a un lado. Pedro delante y, en grupo, detrás, los demás. Jesús se queda donde estaba.

Judas se acerca resistiendo a la mirada de Jesús, que ha vuelto a ser esa mirada centelleante de sus días mejores.

Y no baja la cara. Es más, se acerca con una sonrisa de hiena y lo besa en la mejilla derecha.

-Amigo, ¿y qué has venido a hacer? ¿Con un beso me traicionas?

Judas agacha un instante la cabeza, luego vuelve a levantarla… Muerto a la reprensión como a cualquier invitación al arrepentimiento. Jesús, después de las primeras palabras, dichas todavía con la solemnidad del Maestro, adquiere el tono afligido de quien se resigna a una desventura.

La chusma, con un clamor hecho de gritos, se acerca con cuerdas y palos y trata de apoderarse de los apóstoles ­excepto de Judas Iscariote, se entiende-además de tratar de prender a Cristo.

-¿A quién buscáis? -pregunta Jesús calmo y solemne.
-A Jesús Nazareno.
-Soy Yo.

La voz es un trueno. Ante el mundo asesino y el inocente, ante la naturaleza y las estrellas, Jesús da de sí -y yo diría que está contento de poder hacerlo--este testimonio abierto, leal, seguro.

¡Ah!, pero si de Él hubiera emanado un rayo no habría hecho más: como un haz de espigas segadas, todos caen al suelo. Permanecen en pie sólo Judas, Jesús y los apóstoles, los cuales, ante el espectáculo de los soldados derribados se rehacen, tanto que se acercan a Jesús, y con amenazas tan claras contra Judas, que éste súbitamente se retira -huye al otro lado del Cedrón y se adentra en la negrura de una callejuela-, con el tiempo justo de evitar el golpe maestro de la espada de Simón, y seguido en vano de piedras y palos que le lanzan los apóstoles que no iban armados de espada.

-Levantaos. ¿A quién buscáis?, vuelvo a preguntaros.
-A Jesús Nazareno.
-Os he dicho que soy Yo -dice con dulzura Jesús. Sí: con dulzura.

-Dejad, pues, libres a estos otros. Yo voy. Guardad las espadas y los palos. No soy un bandolero. Estaba siempre entre vosotros. ¿Por qué no me habéis arrestado entonces?

Pero ésta es vuestra hora y la de Satanás…

Mientras Él habla, Pedro se acerca al hombre que está extendiendo las cuerdas para atar a Jesús y descarga un golpe de espada desmañado. Si la hubiera usado de punta, lo habría degollado como a un carnero. Así, lo único que ha hecho ha sido arrancarle casi una oreja, que queda colgando en medio de un gran flujo de sangre. El hombre grita que lo han matado. Se produce confusión entre aquellos que quieren arremeter y los que al ver lucir espadas y puñales tienen miedo.

-Guardad esas armas. Os lo ordeno. Si quisiera, tendría como defensores a los ángeles del Padre. Y tú, queda sano.

En el alma lo primero, si puedes.

Y antes de ofrecer sus manos para las cuerdas, toca la oreja y la cura.

Los apóstoles gritan alteradamente… Sí, me duele decir esto, pero es así. Quién dice una cosa; quién, otra. Quién grita: « ¡Nos has traicionado!», y quién: « ¡Pero ha perdido la razón!», y quién dice: « ¿Quién puede creerte?». Y el que no grita huye… Y Jesús se queda solo… Él y los esbirros… Y empieza el camino…

601- Introducción

Dice Jesús:

-Y ahora ven (a María Valtorta). Aunque estés esta noche como uno próximo a expirar, ven, que quiero guiarte hacía mis sufrimientos. Largo será el camino que tendremos que recorrer juntos, porque no se me eximió de ningún dolor. De ningún dolor de la carne, de ninguno de la mente, de ninguno del corazón, de ninguno del espíritu. Todos los experimenté, con todos me alimenté, todos fueron bebida para mi sed, hasta morir por causa de ellos.

Si apoyaras en mi labio tu boca, sentirías en él todavía la amargura de tanto dolor. Si pudieras ver mi Humanidad en su aspecto fúlgido de ahora, verías que ese fulgor emana de las innumerables heridas que cubrieron con una túnica de púrpura viva mis miembros lacerados, desangrados, maltratados, traspasados por amor a vosotros.

Ahora es fúlgida mí Humanidad. Pero hubo un día en que, de tanto como la maltrataron y humillaron, asemejó a la de un leproso. El Hombre-Díos, que tenía en sí la perfección de la belleza física porque era Hijo de Dios y de la Mujer sin mancha, apareció entonces, ante los ojos de quien lo miraba con amor, con curiosidad o mirada despreciadora, feo: un "gusano" como dice David, el oprobio de los hombres, el desecho de la plebe.

(Salmo 22, 7. Siguen citas de: Isaías 53, 4-5; Cantar de los Cantares 2, 10-12)

El amor al Padre y a las criaturas de mi Padre me llevó a abandonar mi cuerpo a los que me golpeaban, a ofrecer mi rostro a los que me abofeteaban y escupían, a los que creían hacer una obra meritoria arrancándome los mechones de cabello y la barba, hincando en mi cabeza espinas, haciendo cómplices incluso a la tierra y a sus frutos de los tormentos que ellos infligían a su propio Salvador, dislocándome los miembros, descubriendo mis huesos, arrancándome las vestiduras y dando así a mi pureza la mayor de las torturas, clavándome en un madero y levantándome como el matarife cuelga de los ganchos a un cordero degollado, y ladrando alrededor de mí agonía como una manada de lobos famélicos, cuya ferocidad aumenta con el olor de la sangre.

Acusado, condenado, matado. Traicionado, negado, vendido. Abandonado incluso por Dios, al estar sobre mí los delitos con que Yo me había cargado. En un estado de pobreza mayor que el de un mendigo asaltado por bandoleros, porque no me dejaron ni siquiera el vestido para cubrir mi lívida desnudez de mártir. No eximido, ni siquiera después de la muerte, de la agresión de una herida ni de las calumnias de los enemigos. Sumergido en el fango de todos vuestros pecados, hundido hasta el fondo de las tinieblas del dolor, sin luz del Cielo que respondiera a mi mirada agonizante, ni voz divina que respondiera a mi extrema invocación.

Isaías expresa la razón de tanto dolor: "Verdaderamente Él ha tomado sobre sí nuestros males y ha llevado nuestros dolores". ¡Nuestros dolores! ¡Sí, por vosotros los he llevado! Para aliviar los vuestros, para mitigarlos, para anularlos, si me hubierais sido fieles. Pero no habéis querido serlo. ¿Y qué he recibido a cambio? Me habéis "mirado como a un leproso, como a uno castigado por Dios".

Sí, sobre mí estaba la lepra de vuestros pecados infinitos; sobre mí estaba, como un vestido de penitencia, como un cilicio. ¿Y cómo no habéis visto transparentarse a Dios con su infinita caridad a través de esa vestidura que echó sobre su santidad por vosotros!

"Llagado por nuestras iniquidades, traspasado por nuestros desmanes" dice Isaías, que con sus ojos proféticos veía al Hijo del hombre transformado todo en una equimosis para sanar las de los hombres. ¡Ah, si sólo hubieran sido heridas infligidas en mi carne! No.

Lo que más heristeis fue mi sentimiento y mi espíritu. De uno y de otro habéis hecho objeto de burla y blanco de agresión. Me heristeis, a través de Judas, en la amistad que había depositado en vosotros; a través de Pedro, que niega, en la fidelidad que de vosotros esperaba; a través de los que -después de haberlos curado de tantas enfermedades-me gritaban "¡Muere!", me heristeis en lo relativo a la gratitud por mis beneficios; me heristeis en el amor, por la congoja infligida a mi Madre; en orden a la religión, declarándome blasfemo contra Dios (a mí que por el celo de la causa de Dios me había puesto en las manos del hombre encarnándome y padeciendo durante toda la vida y abandonándome a la crueldad humana sin emitir ni palabra ni quejido).

Habría bastado que Yo hubiera vuelto la mirada, para que mis acusadores, jueces y verdugos hubiesen quedado reducidos a cenizas. Pero había venido voluntariamente para cumplir el sacrificio; y, como un cordero, porque era el Cordero de Dios y lo soy eternamente, me dejé llevar para ser despojado y matado y para hacer de mi Carne vuestra Vida.

Cuando fui elevado ya estaba consumido por padecimientos sin nombre, con todos los nombres.

Empecé a morir en Belén, al ver la luz de la Tierra, tan angustiosamente distinta para mí, que era el Viviente del Cielo. Seguí muriendo en la pobreza, en el destierro, en la huida, en el trabajo, en la incomprensión, en la fatiga, en la traición, en los sentimientos arrancados, en las torturas, en las mentiras, en las blasfemias.

¡Esto es lo que dio el hombre a Aquel que venía a unirlo de nuevo con Dios!

María, mira a tu Salvador. No lleva una vestidura blanca ni sus cabellos son rubios, no tiene esa mirada de zafiro que tú conoces: su túnica está roja de sangre, lacerada y cubierta de porquerías y esputos; su cara, tumefacta y desencajada; su mirada, velada por la sangre y el llanto, y te mira a través de la costra de sangre y llanto y polvo que cargan sus párpados. ¿Mis manos? Ya ves, son ya una entera llaga y esperan la llaga última.

Mira, pequeño Juan, (así llamaba Jesús a María Valtorta) como me miró tu hermano Juan. Tras mis pasos van quedando huellas de sangre. El sudor diluye la sangre que fluye de las heridas de los azotes y la que todavía queda de la agonía del Huerto. La palabra sale -en el jadeo de la fatiga de un corazón ya moribundo por toda suerte de torturas-de esos labios abrasados y contusos.

De ahora en adelante, frecuentemente, me verás así. Soy el Rey del Dolor y vendré a hablarte del dolor mío con mi vestidura regia. Sígueme a pesar de tu agonía. Soy el Compasivo, y sabré también poner delante de tus labios amargados por mi dolor la miel aromática de más serenas contemplaciones. Pero debes preferir estas de sangre, porque por ellas tú tienes la Vida y con ellas llevarás a otros a la Vida. Besa mi mano ensangrentada y estáte vigilante, meditando en mí como Redentor.

Veo a Jesús como Él se describe. Esta noche, desde las siete (ya es la una y cuarto del día once) me hallo verdaderamente en agonía.

Me dice Jesús esta mañana, 11 de febrero, a las siete y media: «Ayer por la noche he querido hablarte sólo de mí como Cristo penante, porque he comenzado la descripción y visión de mis dolores. Ayer por la noche ha sido la introducción. ¡Y estabas tan agotada, amiga mía! Pero antes de que vuelva la agonía debo reprocharte dulcemente algo.

Ayer por la mañana te comportaste egoístamente. Le dijiste al Padre (al Padre Migliorini): "Esperemos que yo continúe, porque mi fatiga es la mayor". No. La suya es la mayor, porque es fatigosa y no tiene la compensación de la beatitud que significa el ver y tener a Jesús, presente como lo tienes tú, incluso con su santa Humanidad. No seas nunca egoísta, ni siquiera en las cosas más pequeñas. Una discípula, un pequeño Juan, debe ser humildísimo y amantísimo como su Jesús.

Y ahora ven a estar conmigo. "Han aparecido las flores… el tiempo de la poda ha llegado… se ha oído en el campo la voz de la tortolita…". Y son las flores nacidas en las pozas de la Sangre de tu Cristo. Y Aquel que será cortado como rama podada es el Redentor. Y la voz de la tórtola, que llama a su esposa a su banquete de boda dolorosa y santa, es mi voz que te quiere.

Álzate y ven, como dice la Misa de hoy. Ven a contemplar y a sufrir. Es el don que concedo a los predilectos.

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