por Makf | 5 Abr, 2026 | Apologética 9
Autor: Guillermo Juan Morado | Fuente: arvo.net
El emperador carecía de la preparación teológica necesaria para dominar los problemas que se abordaron en Nicea.
Frente a la herejía de Arrio, que negaba la verdadera divinidad de Jesucristo, el Concilio de Nicea (325) fijó la ortodoxia cristiana al definir que el Hijo es “consustancial” con el Padre (“homoousios”). Una palabra no bíblica, “consustancial”, es introducida en el Credo para defender, con términos nuevos, la peculiaridad de la fe cristiana, profesada desde los orígenes: Jesucristo es el Hijo encarnado, de la misma sustancia que el Padre, unido esencialmente al Padre. No es una criatura, ni una especie de ser intermedio entre Dios y los seres creados, sino “Dios de Dios y Luz de Luz”. Sólo si Jesucristo es verdadero Dios, nosotros estamos salvados.
La confesión de fe no se cambia en absoluto, sino que se explicita para hacer frente a explicaciones teóricas equivocadas que, con el pretexto de asimilar el cristianismo a la cultura helenística, terminaban por traicionar la herencia apostólica.
El Concilio de Nicea tiene lugar en un momento particularmente significativo, por cuanto estaba cuajando la instauración de un sistema de Iglesia imperial. Un teólogo notable como Eusebio de Cesarea se sentía fascinado por la idea de la convergencia, en los planes de Dios, entre el Cristianismo y el Imperio.
La Providencia había guiado los destinos de la historia para hacer coincidir la aparición del Mesías con la paz imperial; la monarquía celeste con la monarquía romana.
El emperador Constantino personificaba, a los ojos de Eusebio, esa feliz coincidencia. Su papel no era meramente político, sino también religioso. Hará falta esperar el genio de San Agustín para que se plantee la adecuada distancia entre la Ciudad terrena y la Ciudad de Dios.
En la “Vita Constantini”, Eusebio de Cesarea exagera el papel desempeñado por el Emperador en los concilios y, en concreto, en el Concilio de Nicea.
Al emperador le atribuye la tarea de abrir los debates, reconciliar a los adversarios, convencer a unos y doblegar a otros, instando a todos a la concordia. Constantino, según la imagen que de él nos da Eusebio, parece imponerse, incluso en cuestiones doctrinales, sobre los obispos reunidos en el Concilio.
¿Es real esta visión? ¿Puede sostenerse, con argumentos, la idea de que Constantino manipuló el Concilio de Nicea, imponiendo a todos los Obispos la doctrina del “homoousios” con la finalidad de garantizar la unidad religiosa del Imperio?
La realidad se distancia de esta imagen trazada por Eusebio. Es verdad que el Emperador defendió la relación entre la Iglesia y el Imperio; entre el bien del Estado y el bien de la Iglesia, pero su participación en el Concilio de Nicea, aunque destacada, fue mucho menos importante de lo que Eusebio de Cesarea nos quiere hacer creer.
El investigador J. M. Sansterre , en su obra “Eusebio de Cesarea y el nacimiento de la teoría cesaropapista”, examinó críticamente catorce textos que proceden del emperador, datados entre 325 y 335. Del análisis de esta documentación extrajo importantes conclusiones, decisivas para desmontar históricamente la construcción de Eusebio.
Constantino convocó el Concilio de Nicea con la finalidad de fomentar la unidad y eliminar la herejía. Se sintió obligado a velar por las resoluciones dogmáticas y disciplinares, pero jamás aspiró a suplantar a los Obispos.
La intervención imperial la entendía como meramente subsidiaria, puesto que la norma última en cuestiones doctrinales había de ser, como de hecho fue, las tradiciones y los cánones eclesiales y la asistencia del Espíritu Santo a los Obispos. Únicamente si los Obispos no conseguían hacer cumplir las decisiones conciliares, el Emperador estaba dispuesto a intervenir para aplicarlas; jamás para imponerlas él mismo.
Constantino no reclama para sí una supremacía sobre el concilio en cuestiones de fe; prerrogativa que, junto a otras, sí está dispuesto a reconocerle Eusebio, quien convierte al emperador en algo más que un guardián de la Iglesia, viendo en él la cúspide religiosa suprema del mundo visible.
El análisis de los documentos imperiales de 325 a 335 prueba, por tanto, de modo concluyente que el emperador no influyó en el Credo de Nicea. Pero, además, idéntica conclusión se deduce del estudio de la cristología de Constantino, que se deja entrever en alguna de sus cartas. El emperador carecía de la preparación teológica necesaria para dominar los problemas que se abordaron en Nicea. Su cristología es decidamente pre-nicena, como muy bien ha explicado Alois Grillmeier en su importante estudio “Cristo en la tradición cristiana”.
Más allá de visiones precipitadas, bien sean polémicas o apologéticas, el estudio serio de las fuentes se presenta, también en este caso, como el único recurso para reconstruir, de modo fiable, el pasado.
por Makf | 5 Abr, 2026 | Apologética 9
Autor: Xavier Villalta
¿Benedicto XVI penúltimo papa antes del fin del mundo?.
La elección de Joseph Ratzinger no ponía, en principio, fácil a los partidarios de la autenticidad de la profecía de san Malaquías casar al nuevo papa con el lema que le corresponde según el augurio.
´De gloria olivae´ (de la gloria del olivo) es un dístico ideal para un nativo de cualquier país olivarero; pero difícilmente encaja en la biografía de un alemán, por mucho que sea de origen campesino. Además, si el pontífice hubiera hablado del olivo o de la paz durante su primera comparecencia pública, su identificación con la divisa habría sido automática; pero no lo hizo: se presentó como "un humilde trabajador de la viña del Señor".
La profecía de san Malaquías consta de 111 dísticos y un último comentario, que corresponderían a los 112 papas habidos entre Celestino II (1143-1144) y el Juicio Final. Fue publicada por primera vez por Arnoldo de Wyon en 1595 en su libro ´El árbol de la vida´, donde atribuía la lista de lemas a san Malaquías (1094-1148). Este monje irlandés gozó de dotes proféticas, según la biografía escrita por su amigo san Bernardo de Claraval, quien no cita ninguna profecía de los papas.
El jesuita Claude-François Menestrier apuntó ya en el siglo XVII que el augurio se había confeccionado en 1590 para propiciar la elección del cardenal Girolamo Simoncelli como sucesor de Urbano VII. El lema que le tocaba al nuevo papa -´Ex antiquetate urbis´ (de la antigüedad de la ciudad)- parecía hecho a medida de un prelado natural de Orvieto, cuyo nombre procede del latín ´urbs vetus´ (ciudad vieja).
La tesis de Menestrier se basa, además, en que la profecía fue desconocida hasta 1595, cuando la publicó Arnoldo de Wyon, y que las divisas casan bien con los papas anteriores a esa fecha; pero no tanto con los posteriores.
Un reciente estudio del historiador José Luis Calvo, revela que hasta 1590 todos los dísticos encajan con la familia, el nacimiento, la carrera eclesiástica o las características del papado del protagonista. Después, la cosa cambia: la mayoría responde a otras particularidades del pontífice, algunas bastante traídas por los pelos, simplemente porque el autor puso esas divisas al tuntún.
Desde el siglo XVII, los ´malaquistas´ han forzado el significado de los lemas hasta el extremo de dar varias explicaciones excluyentes para el mismo papa. Así, de Juan Pablo II (´De labore Solis´, del trabajo del Sol), han dicho que nació durante un eclipse solar, que vino del Este -de donde nace el Sol- o que fue un incansable trabajador. Y de Juan Pablo I (´De meditate Lunae´, de la mitad de la Luna), que reinó en la Iglesia de una media luna a otra o que su nombre, Albino Luciani, ´significa´ luz blanca, luz de Luna.
¿Cómo casa ´de la gloria del olivo´, el lema del penúltimo papa antes del fin del mundo, con Ratzinger? No es por su país de origen ni por su etnia -el olivo simboliza a los judíos-; pero puede ser por el nombre que ha elegido como papa: Benedicto. Esta denominación puede ligarse a san Benito, fundador de la orden benedictina, conocida como la ´olivetana´. Es lo mejor que hay de momento para vincular al ´cardenal de hierro´ con un texto que no escribió san Malaquías y en el que los lemas son tan ambiguos que permiten cualquier tipo de identificación, a gusto del consumidor.
Publicado originariamente en el diario "El Correo" - Abril 20, 2005
por Makf | 5 Abr, 2026 | Apologética 9
Autor: Card. Joseph Ratzinger | Fuente: apologetica
La Verdad reconocida es fuente de reconciliación y de paz porque, como afirma el mismo Papa, "el amor de la verdad, buscada con humildad, es uno de los grandes valores capaces de reunir a los hombres de hoy a través de las diversas culturas".
La Iglesia es una sociedad viva que atraviesa los siglos. Su memoria no está sólo constituida por la tradición que se remonta a los Apóstoles, normativa para su fe y para su vida, sino que es también rica por la variedad de las experiencias históricas, positivas y negativas, que ella ha vivido. El pasado de la Iglesia estructura en amplia medida su presente.
La tradición doctrinal, litúrgica, canónica y ascética nutre la vida misma de la comunidad creyente, ofreciéndole un muestrario incomparable de modelos a imitar. A través del peregrinaje terreno, sin embargo, el grano bueno permanece siempre mezclado con la cizaña de manera inextricable, la santidad se establece al lado de la infidelidad y del pecado (13).
Y así es como el recuerdo de los escándalos del pasado puede obstaculizar el testimonio de la Iglesia de hoy y el reconocimiento de las culpas cometidas por los hijos de la Iglesia de ayer puede favorecer la renovación y la reconciliación en el presente.
El estudio del tema "La Iglesia y las culpas del pasado" fue propuesto a la Comisión Teológica Internacional de parte de su Presidente, el Cardenal J. Ratzinger, con vistas a la celebración del Jubileo del año 2000.
Para preparar este estudio se formó una Sub-Comisión compuesta por el Rev. Christopher BEGG, por Mons. Bruno FORTE (presidente), por el Rev. Sebastian KAROTEMPREL, S.D.B., por Mons. Roland M1NNERATH, por el Rev. Thomas NORRIS, por el Rev. P. Rafael SALAZAR CARDENAS, M.Sp.S., y por Mons.
Anton STRUKELJ. Las discusiones generales sobre este tema se han desarrollado en numerosos encuentros de la Sub-Comisión y durante las sesiones plenarias de la misma Comisión Teológica Internacional, tenidas en Roma en 1998 y en 1999.
El presente texto ha sido aprobado en forma específica, con el voto escrito de la Comisión, y ha sido sometido después a su Presidente, el Cardenal J. Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cual ha dado su aprobación para la publicación.
por Makf | 5 Abr, 2026 | Apologética 9
Autor: Jesús Sáiz Luca de Tena y Mercedes Soto Falcó | Fuente: Arbil
Las agresiones a la religión católica en los medios de comunicación y por todas partes. ¿Qué hay detrás? ¿Cómo reaccionar?.
Tras una introducción previa, el artículo trata sobre los ataques que sufre la Religión Católica, de donde vienen éstos, sus autores, sus víctimas, quienes apoyan estos ataques, las motivaciones de esos ataques, las tácticas con que se desarrollan, como esos ataques permanecen impunes, como se defiende y como debiera hacerlo y propuestas para solucionar el problema.
Ante una realidad que nadie discute de agresiones permanentes a la Iglesia, a sus dogmas, a sus instituciones, a sus ministros y a su estética, los católicos no podemos ni debemos permanecer insensibles o pasivos.
Debemos reaccionar buscando los canales adecuados para hacemos escuchar, defendiéndonos de estos ataques y difundiendo los valores del Evangelio en todos los ámbitos donde transcurre la vida del hombre.
Debido a que por un lado los medios de comunicación son un campo difícil y competitivo y por otro que los católicos arrastramos todavía un habito adquirido de una situación histórica ya pasada de no haber tenido que luchar para que nuestros principios cristianos fueran socialmente reconocidos, nos encontramos ante un gran desafío. Hemos de tomar conciencia de nuestra escasa preparación para responder a esta nueva situación y evitar el inhibimos a la hora de entrar en los sucesivos debates que se vayan planteando.
Estamos profundamente convencidos de que hoy en día ninguna sociedad puede prescindir de los medios de comunicación, del gran adelanto que estos significan y de la gran labor que desempeñan o deberían desempeñar en su adecuado desarrollo social y democrático.
Es claro también que pueden convertirse en instrumentos de manipulación, de odio, mentira, calumnia, y encubrimientos al servicio de intereses económicos y políticos ilícitos de determinados sectores o personas. En este caso en vez de informar, desinforman y en vez de formar, deforman. Se trata de la ambivalencia de muchos de los progresos técnicos del hombre, cuya bondad o maldad viene dada por el uso que se haga de ellos y por los fines a los que se dediquen.
En un mundo que se ha hecho pequeño por la rapidez con que la información viaja de un extremo al otro, su difusión y la transmisión de las ideas es también inmediata y fácil por lo que se puede hablar de globalización del pensamiento. No es un disparate decir que los medios de comunicación son actualmente para muchos los principales educadores inspirando comportamientos, estilos de vida, y maneras de comprender el mundo y al hombre.
Hoy en día se delega en estos medios algo tan personal como es la capacidad de pensar por uno mismo. El hombre ya no piensa, es pensado desde fuera. La televisión, la radio, la prensa, Internet se convierten así en las primeras instancias morales, dictan lo que esta bien y lo que esta mal, lo feo y lo bello, lo que debe hacerse o permitirse y lo que no. Se acaba viviendo a base de unas pocas ideas o tópicos que se repiten hasta la saciedad sin que nadie los someta a un análisis riguroso para averiguar de donde vienen, a que intereses o intenciones responden y si responden a la verdad.
Tampoco se puede olvidar el gran el uso que de estos medios hacen los niños y los jóvenes, sin tener en muchísimos casos la preparación necesaria para desarrollar frente a ellos el necesario espíritu crítico . De esta forma estos medios van moldeando sus criterios, conductas y vida y la visión que de ella van adquiriendo, habiendo delegado los padres en ellos la responsabilidad de educadores prioritarios de sus hijos.
La Iglesia reconoce en los medios de comunicación social unos grandes aliados para su tarea evangelizadora. Ha utilizado el término de primer "areópago" para referirse a ellos en el sentido de que son el primer lugar de propagación y transmisión de las ideas.
A lo largo de su historia la Iglesia siempre se ha servido para transmitir el mensaje de salvación de los medios de comunicación disponibles en cada época. Así desde la antigüedad se sirvió del arte, la pintura o la escultura en pórticos, fachadas, retablos y manuscritos iluminados, es decir de la imagen, por dirigirse prácticamente siempre a una población en su mayoría analfabeta.
Cuando se inventó la imprenta, la iglesia igualmente utilizó ese medio de transmisión para difundir su doctrina a través de libros y demás textos escritos.
Actualmente se da una proliferación de enorme variedad y posibilidades de medios de comunicación, cine, vídeo, teatro..etc de los que la Iglesia, que somos todos, siguiendo su tradición histórica, debe servirse cada vez más para cumplir su misión pastoral.
Ahora bien, si es verdad que los medios de comunicación pueden ser para la Iglesia grandes aliados en su misión evangelizadora, también lo es, como hemos dicho al comienzo, que se pueden convertir en grandes adversarios cuando son utilizados como arma contra ella, como desgraciadamente está ocurriendo con demasiada frecuencia.
Raro es el día que pasa que no veamos en alguno de estos medios cómo la Iglesia, sus ministros o sus declaraciones son objeto de visiones deformadas o desinformadas, juicios apresurados, o silencios cómplices ante ataques desmesurados o mentiras manifiestas. Ya Cristo anunció a sus discípulos que serían perseguidos, hecho que a lo largo de la historia nunca ha dejado de ocurrir.
La diferencia con el pasado es que hoy al producirse esta persecución y ataques con los instrumentos mediáticos modernos, tienen una resonancia mucho mayor pues llegan rápidamente a todo el mundo y a todas partes. Utilizando fórmulas sensacionalistas y de escaso contenido y rigor se crea con mucha facilidad un estado de opinión pública errónea y contraria a la Iglesia que posteriormente es muy difícil corregir. Y esto una y otra vez contribuye eficazmente a denigrar y a poner bajo sospecha a la Iglesia cada vez que surgen cuestiones que la atañen directa o indirectamente. Una cosa es el disentir o la crítica razonada y otra es el sectarismo y la tendenciosidad.
Los ataques
Lo primero que hemos de precisar es la identidad de los autores de estos ataques. Los encontramos dentro y fuera de la Iglesia.
Desde dentro:
- Algunos teólogos y asociaciones de teólogos así como algunos sacerdotes que disienten en ocasiones con la enseñanzas de la Iglesia.
- Ciertos movimientos que se sitúan en la frontera de la ortodoxia.
- Algunos de los cristianos que son responsables de la organización, y programación de programas en radio y televisión, como son informativos, entrevistas, conferencias, debates; columnistas, periodistas, escritores intelectuales y también artistas que escriben en los periódicos o participan en dichos programas, debates… etc.
- Muchos de nosotros que somos miembros de la iglesia, y callamos o permitimos estos ataques.
Desde fuera:
- personas que se declaran no creyentes o al margen de la Iglesia y que tienen acceso, utilizan o trabajan en cualquiera de los medios de comunicación.
- Sectas manifiestamente hostiles a la Iglesia Católica.
Sobre quienes recaen estos ataques:
- la iglesia, en sus dogmas, declaraciones o documentos, instituciones, estética, liturgia, devociones y tradiciones.
- Los ministros, religiosos y religiosas, miembros de la jerarquía y en especial S.S. el Papa.
Soportes de estos ataques
Aunque ya los hemos mencionado en el punto anterior, nos estamos refiriendo a los diferentes medios de comunicación de los que se sirven los que llevan a cabo las agresiones que venimos denunciando, tales como son: diarios, revistas, radio, televisión, Internet, sin olvidar su relación con el mundo de la literatura, el arte, el cine y el teatro, a los que sirven como caja de resonancia.
Los ataques aparecen tanto en información general, artículos de opinión, editoriales, columnas, como en entrevistas, debates, mesas redondas, programas de humor.
Se da la paradoja que muchos de estos medios de comunicación son propiedad de personas próximas a la religión o al menos no contrarias. Los que manipulan, hacen o deshacen son los llamados profesionales de la comunicación, empleados y pagados por los dueños de esos medios.
Motivaciones de esos ataques
Todas estas agresiones ¿son fruto de un anticlericalismo sin más, del que en España, por cierto, hay una larga tradición? ¿Responden a experiencias personales negativas que no han podido digerirse? ¿Obedecen a un pasado histórico sobre el que todavía no se es capaz de tener una visión objetiva?
Sin duda y debido al peso que la Iglesia Católica sigue teniendo en España, sus posiciones en determinadas cuestiones siguen siendo incómodas para muchos, que desearían una Iglesia más permisiva y condescendiente. La denuncia sistemática de las bolsas de pobreza de nuestro país, del escándalo del enriquecimiento fraudulento de algunas personas o entidades, su desacuerdo con la prácticamente nula política de protección y ayuda a la familia, la promoción de una educación que favorece la promiscuidad entre los jóvenes, la falta de protección a la vida desde su concepción… etc molesta y mucho.
La Verdad con mayúscula no tiene mucha aceptación en sociedades hedonistas y materialistas, ni en el entramado de intereses políticos y económicos por las que estas se mueven. Tiene bastante lógica que ante el relativismo imperante donde ninguna verdad es definitiva y absoluta y la opinión de la mayoría es ley, la popularidad de la Iglesia en ciertos medios ande en cotas muy bajas.
Tácticas
Analicemos ahora algunas de las estrategias que se utilizan para llevar a cabo estas agresiones.
Se niega a la Iglesia el derecho de defenderse, y cuando lo hace se la tacha de victimismo, de cultivar la cultura de la queja, o de repetición de tics extemporáneos. En definitiva se ridiculiza su derecho a defenderse, lo que no se hace con ninguna otra institución.
Se parte de posiciones que presuponen la culpabilidad de la Iglesia a la que se exige todo tipo de explicaciones.
Arrogarse el derecho absoluto de establecer lo que está bien y lo que está mal en contra de la opinión de la Iglesia. Se erigen en jueces infalibles resolviendo muchas veces las cuestiones más arduas por medio de juicios sumarísimos.
Negar que la Iglesia pueda tener sus propias normas.
Poner en tela de juicio su doctrina, frecuentemente en base a declaraciones de personas de cierta popularidad que no están en posición de poder opinar y no dejan sino entrever su profunda ignorancia sobre las cuestiones religiosas tratadas.
Como desde el campo de la doctrina se carece de argumentos serios para ir contra la Iglesia, se recurre a la ironía, la burla, el sarcasmo, el descrédito, el desprecio y la desacralización. Esto se da también mucho en programas de televisión donde con una absoluta falta de respeto a la sensibilidad religiosa de muchas personas, se trata de forma frívola y superficial a personas de la jerarquía de la iglesia, o temas específicamente religiosos.
Negarse a considerar que la Iglesia deba opinar sobre cuestiones temporales. Se pretende relegar la fe y la doctrina católicas, así como la práctica de la religión, a la esfera de lo privado, eliminándolas lo más posible de la esfera pública. Parecería un intento de hacerla volver al tiempo de las catacumbas.
Favorecer la diatriba contra la Iglesia en forma de apoyo a los que disienten abiertamente contra ella, ya sean personas individuales o movimientos sociales.
Sistemática asociación de lo que peyorativamente llaman nacionalcatolicismo con el franquismo. Se ignora, o se silencia el hecho de las numerosísimas iglesias profanadas e incendiadas durante nuestra contienda civil o no se quiere atribuir la condición de mártires a las miles de personas que murieron en ella sólo a causa de su condición de obispos, sacerdotes, religiosos o religiosas o de ser simplemente cristianos confesos.
Identificar progreso con el permitir el aborto, la eutanasia, matrimonios de homosexuales, ordenación de las mujeres, equiparación de las uniones de hecho a las formas de familia tradicional …etc y tachar de reaccionaria la postura de la Iglesia que manifiesta su disconformidad con ellas.
Se practica la cicatería en el elogio o en el reconocimiento de la labor positiva de la Iglesia a favor de los más desfavorecidos, en educación, con los enfermos, en la promoción de los valores sociales y económicos y en la defensa a ultranza de todos aquellos valores en los que se asienta la dignidad humana.
Se hace uso de una calculada ambigüedad a la hora de tratar determinados temas que tienen que ver con la Iglesia. Se da una de cal y otra de arena, manifestando como un temor a ponerse completamente de parte de ella, quedando de manifiesto esa tibieza evangélica tan frecuente en los medios cristianos de hoy.
Tomar la excepción, el pecado o error de algunos como la norma general dentro de la iglesia. Se hipertrofian deliberadamente las excepciones.
Coger un tema que perjudique a la Iglesia y apurarlo hasta el límite en artículos, editoriales, entrevistas.
Se recurre con frecuencia a la calumnia, la mentira, el infundio, sin preocuparse de contrastar la información para comprobar su veracidad. Ello obedece a la táctica de que se sabe que una vez vertida una información negativa sobre algo o alguien, cosa que es muy fácil, demostrar la verdad requiere un gran esfuerzo y tiempo y gran parte del daño queda hecho de todas maneras.
Las rectificaciones se hacen en pocas ocasiones y frecuentemente de manera solapada en un pequeño recuadro en no se sabe que página.
Una forma de ataque más sutil que las habituales pero de mayores efectos a la larga, es denigrar de forma indirecta la estética tradicional de la iglesia. Si las ideas de Belleza y Bondad fueron consideradas siempre como un reflejo de la Belleza y Bondad divinas, ahora se procura eliminar esta inspiración sustituyéndola por el feismo gratuito e intrascendente o recurriendo a tácticas esperpénticas.
Un ejemplo reciente lo tenemos en el supuesto rostro de Jesús confeccionado por un sedicente antropólogo y que los medios de comunicación se apresuraron a publicar.
Impunidad de los ataques
Es clara la gran pasividad de los católicos ante todos estos hechos que de una manera progresiva se han ido instalando en nuestra vida cotidiana. Nos hemos ido acostumbrando a convivir con ellos y muchas veces los observamos hasta en clave de humor.
No nos damos cuenta que con nuestra falta de reacción nos hacemos culpables de que los fundamentos cristianos sobre los que se ha ido tejiendo nuestra historia y cultura con sus gestas heroicas y tragedias, con sus aciertos y equivocaciones, con sus épocas de esplendor y decadencias, van siendo minados.
Se nos sustrae el alma de nuestra cultura y quedamos impasibles ante la consecuencia de su inevitable decadencia y las repercusiones que ello trae.
Pareciera que predomina una actitud de resignación ante lo que se considera inevitable o de obligado tributo que habría que pagar al progreso de nuestras sociedades aconfesionales en las que al final parece que todo vale.
Y la paradoja es que precisamente en unas sociedades saturadas por la variedad de medios de comunicación, y por tanto de canales para hacer llegar a la opinión pública nuestra voz, los católicos permanecemos en gran parte mudos, facilitando la impunidad de estas agresiones constantes.
Es claro que los medios de comunicación social protagonizan un constante bombardeo contra la concepción cristiana de la vida y del hombre cuando promueven esta política de ataques mas o menos directos contra la Iglesia. Contribuyen al establecimiento de una atmósfera cada vez mas contraria a los valores del humanismo cristiano, y a la acentuación de ese vacío existencial que amenaza al hombre de hoy, y que es origen de tantas lacras en las nuevas generaciones tales como las drogas, la promiscuidad sexual, el alcohol, las enfermedades mentales, la incapacidad para mantener la fidelidad conyugal…etc.
Como cristianos tenemos pues, que ser conscientes de la trascendencia que supone nuestra pasividad ante estos hechos. Si queremos de verdad sociedades mas justas, y libres donde el hombre pueda desarrollarse plenamente como tal y creemos que en el mensaje de salvación cristiano esta la clave para que así sea, no podemos asistir inermes a los ataques a nuestra religión y a nuestra Iglesia, vengan de donde vengan.
Si estos ataques permanecen impunes es responsabilidad de todos el que así sea. Y si no miremos a otras sociedades o grupos de creyentes. Sin elogiar posturas extremas, ¿qué pasa cuando un medio de comunicación social se mete contra los judíos o musulmanes? La reacción suele ser contundente social y económicamente (casos IBM, Telefónica, o BBC) y la retractación por parte de quien ha hecho el ataque, inmediata.
Si se declara delito el antisemitismo ¿por qué no también el anticatolicismo o el ataque a otra religión cualquiera? No se puede confundir la tolerancia y el respeto a otras creencias con la indefensión y la falta de exigencia de respeto a las propias.
Defensas
Cabe ahora preguntarse cómo nos defendemos y cómo se defiende la Iglesia ante estos ataques. Sin duda los católicos nos podríamos hacer acreedores en muchísimas ocasiones de aquellas palabras con que Jesús acababa la parábola del administrador infiel: « los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz»(Lc.16, 8). Es claro que ante el acoso y críticas poco rigurosas a las que en muchas ocasiones es sometida nuestra Iglesia no ofrecemos una adecuada respuesta y estrategia.
En primer lugar se tarda mucho en responder. La contestación llega cuando en los medios de comunicación se lleva hablando días o semanas sobre el tema en cuestión. Se han divulgado ya toda una serie de pareceres de la más variada procedencia, sobre una información que muchas veces es parcial e incompleta, y que hábilmente manipulada consigue dar una imagen en algunos casos muy desfavorable de la Iglesia, sus ministros o de sus actuaciones.
Cuando se responde se hace frecuentemente sin mucha contundencia, con un lenguaje poco asequible para el hombre de la calle.
Se utilizan largos y densos comunicados, poco atractivos, que no captan el interés o la atención de lector u oyente. Al final solo un reducidísimo grupo de personas es el que se los lee o escucha hasta el final. Se suele tratar de los ya convencidos, de ninguna manera de los que no lo están.
Se echa de menos también el que a la hora de contestar en favor de las posturas de la iglesia prácticamente siempre sean los obispos o algún ministro ordenado los que lo hacen y no laicos, preparados en el campo de las comunicaciones sociales, que puedan ser sus portavoces.
Pareciera que no hay casi laicos en la iglesia que esten preparados para salir a la calle para dialogar, argumentar, y defender las posturas, opiniones o pensamiento de la Iglesia en las distintas cuestiones planteadas. Vaya aquí en el campo de las excepciones nuestro homenaje y gratitud al comentario semanal de «Gonzalo de Berceo» en el Alfa y Omega.
Tampoco se consigue que los numerosos movimientos y asociaciones de fieles laicos dentro de la iglesia logren hacer escuchar una voz unitaria frente a estos ataques. Hay que tener en cuenta que todos ellos reúnen a un gran número de personas y que podrían tener una presencia muchísimo mayor y activa en los medios de comunicación. Se evitaría así que la defensa frente a estos ataques quedara circunscrita a charlas en una sala de conferencias o a quejas en la sobremesa en la propia casa.
La consecuencia de todo esto es que se produce una sensación de desánimo, resignación, impotencia y desorientación entre los católicos, que acostumbrados ya a las permanentes agresiones, acaban por creerse todo lo que les cuentan los medios de comunicación, incapaces de formarse una opinión que responda a la verdad de los hechos. Se va creando así una especie de complejo de ser cristiano y de opinar en cristiano. Parece que el serlo solo sirve para el ámbito de lo privado, para el interior de las iglesias y para unos nostálgicos de tradiciones pasadas pero inservibles para los tiempos modernos.
De aquí a dejarse arrastrar por el relativismo moral imperante en todos los campos hay muy poco trecho, porque al enturbiarse el juicio, se acaba pensando que todas las opiniones son igual de buenas y válidas.
Propuestas
Como postura previa habría que abandonar una permanente actitud defensiva que lleva aparejada siempre una cierta debilidad de la Iglesia y la pérdida de la iniciativa a la hora de hacer llegar sus propuestas, explicar sus posturas y propiciar un diálogo que lleve a un mayor y mejor entendimiento entre las distintas partes.
La iglesia no puede ir siempre por detrás de las cuestiones que salen a debate público y que la atañen directa o indirectamente, ni esperar a que se hayan vertido contra ella o contra sus actuaciones todo tipo de juicios y opiniones muchas veces faltas de rigor y veracidad. Debe por el contrario ir por delante, prever lo que va a saltar a la actualidad, tener a punto sus comunicados para responder de forma inmediata en todos los medios posibles, en un plano de igualdad con los que no piensan como ella o la critican.
Otra cuestión muy importante es la del lenguaje o la forma de expresar su pensamiento en los medios. Las respuestas tendrán que ser ágiles, claras , directas , concisas y oportunas, evitando que sus comunicados puedan parecer catequesis. Ante una cuestión polémica no es necesario esperar a tener elaborado un complejo documento con toda suerte de matizaciones. El tiempo que se necesita para ello es perder el factor oportunidad en la respuesta.
Para esto sería necesario crear o reforzar si ya existe un equipo de comunicadores profesionales, capaces de pulsar continuamente la opinión pública, y lo que se dice o va a decir en los medios para poder tener a punto los comunicados propios. Este equipo tendría que ser algo así como un puente entre los obispos y la gente de la calle, siendo capaces de traducir al lenguaje corriente y de sintetizar el pensamiento de la iglesia en un momento dado.
Desde aquí hacemos un llamamiento a los periodistas y a las Facultades de Ciencias de la Comunicación para que al igual que en los planes de estudio se contempla la formación en temas económicos, políticos e históricos, se incluya también la formación en cuestiones religiosas independientemente del credo de cada uno.
Estamos convencidos, como dijo recientemente Monseñor Foley en Madrid que «un periodista no puede ser un buen profesional sin apreciar la importancia de la religión en la vida humana». Ello sin duda facilitará la comprensión de fenómenos como los que estamos viviendo a propósito de los fundamentalismos, así como de comprender mejor y en todo su alcance las declaraciones de la Iglesia, en vistas a una mejor información. Se evitaría de este modo el tener que recurrir a tantos tópicos, y argumentos que han quedado completamente obsoletos y que cualquier historiador con un mínimo de rigor y honradez profesional podría desmontar con toda facilidad.
Siguiendo con las propuestas, es necesario reforzar e incrementar la presencia de los católicos en los medios de comunicación, tanto de forma permanente como esporádica a través de los canales habilitados para ello (cartas al director, colaboraciones, entrevistas … etc.)
Creación y financiación de periódicos, revistas, canales de televisión, y emisoras de radio que sean propiedad de la Iglesia y de asociaciones católicas, en las que la Iglesia pueda expresar de forma continuada su opinión sobre cualquier tema. En el caso de las publicaciones escritas, buscar el que sean asequibles económicamente
para todos y la forma de darles una amplia difusión. Pedimos medios de comunicación católicos y medios de comunicación respetuosos con lo católico.
Organización y participación de los laicos en conferencias, debates, reuniones en los que se analice, explique y argumente el pensamiento y las posturas de la Iglesia en temas de actualidad.
Promover la unión de movimientos y asociaciones de la Iglesia con el fin de encontrar canales comunes a través de los que se pueda hacer llegar a la opinión publica su voz unitaria.
Como medidas de presión ante situaciones de agresión manifiesta a la Iglesia proponemos:
- recurrir a la aplicación de la legislación vigente por medio de las oportunas denuncias.
- Rechazar los medios hostiles a la Iglesia, negándoles nuestra audiencia y seguimiento, así como las marcas comerciales que los patrocinan.
Como conclusión de esta comunicación pedimos ante estas agresiones: conocimiento a fondo de la situación denunciada; reacción valerosa y oportuna ante ellas; búsqueda del criterio justo, con la humildad suficiente para corregir los propios errores y dejarse inspirar siempre por el máximo precepto evangélico: IN OMNIA CHARITAS.
por Makf | 5 Abr, 2026 | Apologética 9
Autor: n/a | Fuente: Revista Cristiandad
Acusada de todos los crímenes y pecados imaginables para la carne y el espíritu…
Corrían los turbulentos años del gobierno anticatólico de Napoleón Bonaparte. Las aparicias conservadoras no disimulaban la infernal parodia que intentaba hacer del Sacro Imperio.
El espíritu de la Revolución Francesa se afianzaba con fingidos retrocesos e intimidantes golpes que la institucionaban poco a poco en los principios anticristianos.
Pero la violencia no conquista corazones. A lo sumo impone formas de vida que más tarde o más temprano van impregnandose en las mentes y se va asumiendo todo como normal. Pero no crea una cultura, una forma particular de ser, de pensar y de sentir que tenga resonancia con el deseo del opresor.
Es así como la agresión anticatólica se divide - como siempre - con ofertas que van desde los moderados y hasta pseudoconservadores a los más radicales y exagerados. Ambos extremos están destinados a desaparecer por la línea del medio, la que no quiere a los extremos pero no se opone al mal que se le propone.
Es así como el mal se sirve de las armas de apariencia más inofensiva, como son las artes. ¿Quién exige, acaso, rigor histórico, moral o fidelidad doctrinaria a una obra de arte? "¡Pero si están hechas para divertiros!", dirá el hombre moderno. Y sin embargo, sonreirá el artista, toda obra de arte expresa una idea, una idea cargada de simbolismo e ideología, de fuerza para cambiar e impactar al observador.
Victor Hugo y su creación de Lucrecia Borgia
El renombrado escritor francés Víctor Hugo (1802-1885) ingresa en escena. El mayor exponente del romanticismo decimonónico, lanza su teoría de lo grotesco como opuesto a lo bello. Tras su "Hernani", pone en las tablas la exitosa Lucrèce Borgia (1833). Intentó con dos obras más pero el fracaso de la última le alejó del teatro. Sin embargo serán Les Misérables (1862) y Notre-Dame de Paris (novela «gótica», 1831) los que le llevarán a la inmortalidad.
Dejamos al lector el estudio y juicio sobre semejantes panfletos desbordante de anticatolicismo. Son bellísimas obras de arte cargadas de veneno. No negamos su valor artístico: sólo cuestionamos su recalcitrante espíritu anticatólico para que se abandone el espíritu de falsa inocencia con que se contempla el arte.
Volvamos a nuestro asunto. Sobre una Lucrecia Borgia debilitada por algunos comentarios maliciosos e infundados lanzados por los enemigos políticos del papa Alejandro VI (su padre), Victor Hugo construye toda una leyenda negra venenosa y calumniosa hasta lo irreal y absurdo.
Gracias a su obra de teatro el bajo pueblo sacia sus oídos ávidos de morbosidad. Desalentado por sus infructuosas investigaciones deseosas de encontrar nombres y datos de los asesinatos ordenados o perpetrados por Lucrecia Borgia, el novelista cita a varios… ¡escogidos al tuntún!
En la introducción a Thèatre, de Víctor Hugo (Garnier-Flammarion, parís, 1979) el profesor d ela Universidad de Lovaina Raymond Pouilliar afirma: "Tomasi había escrito un libro, tres veces editado en francés, las Memorias para sevir a la historia de César Borgia, duque de valentinois; muy tarde, casi en el momento de su redacción, Victor Hugo encontró uno de estos ejemplares en la biblioteca real.
Los nombres italianos estaban afrancesados por el traductor de Tomasi; la Biografía Universal de Michaud los da en su forma original…" Esto es, toma los nombres de una Biografía universal que por muy gramnde que fuera no podía mencionar a todas las víctimas que le carga a Lucrecia.
Más delante (nota a la página 76) señala: "Hugo inventa parientes próximos para asegurar la existencia de vengadores". Toma algunos de entre los enemigos de Alejandro VI. En el colmo del peor dramón de su carrera literaria y el colmo de la ficción antihistórica, Victor Hugo hace que Lucreacia, en el último acto, envenene a su hijo Juan y a cinco amigos suyos… ¡y su hijo moribundo, en un acto de estremecedora justicia, la apuñala, matándola!.
Lo malo de esto es que pese al relativo poco éxito que tuvo la obra en Francia (estrenada el 2 de febrero de 1833), en el extranjero tuvo tal acogida que para diciembre ya la habñan convertido en ópera. Hugo demanda a Felice Romani - libretista - por plagiar de forma literal su obra. Donizzeti compuso la música y la estrenó en la misma Scala de Milán. Hugo impide que se estrene en París. La ópera es reconstruida y retitulada La Rinnegata (La Repudiada) y se estrena en 1845.
Otro colega de Victor Hugo, Alejandro Dumas, padre, también las emprende contra Lucrecia y le agrega todo el mito del veneno, extendiéndolo a ser un uso común en la familia. Un exéntrico Manuel fernández y González (1821-1888) publica un folletón titulado Lucrecia Borgia, Memorias de Satanás. Y así por delante.
Lucrecia era, a ojos de todos, el mismo demonio en persona. Pasada la moda de desprestigiarla, aparece en 1941 un panfleto con forma de libro titulado Lucrecia Borgia, la princesa de los venenos…
De nada habían servido los esfuerzos de un Giusepe Campori quien en 1866 publicó un hiperdocumentado estudio titulado "Una vittima della Storia: Lucrezia Borgia". Como si faltasen más pruebas, Ferdinand Gregorovius (Lucrecia Borgia, Stuttgart, 1874), renombrado experto en historia romana, añade nada menos que setenta y cinco nuevos documentos para acabar con el mito.
Las más recientes investigaciones publicadas demuestran que Lucrecia Borga no sólo no fue la infiel esposa como se dice (y aún sería poco esperable dada la vergonzosa corrupción de costumbres del Renacimiento) sino que jamás utilizó ni mandó utilizar un puñal, espada ni arma alguna.
Tampoco utilizó el mítico veneno d elos Borgia (la cantarella). Es más, en palabras del inmortal historiador inglés William Thomas Walsh, "Lucrecia (…) según la historia, documentos y memorias dignas de fe, era en su época una d elas mujeres más virtuosas y dignas de alabanza" (cfr. Isabel La Cruzada, Espasa Calpe Argentina, 1945)
Situándola en el marco de la historia
El amor a la verdad exige ser rigurosos y abiertos a todas las posibilidades que los hechos y sanos razonamientos nos vayan presentando ante los ojos. Por ello repasaremos brevemente la verdad histórica que envolvió a Lucrecia y a Alejandro VI.
Como origen debemos remontarnos poco antes, cuando el papa Calixto III (1378-1458) es entronizado en Roma. De origen español - obispo de Valencia - hizo frente a la invasión turca y a la agresión de las tropas otomanas. Rehabilitó la memoria de Juana de Arco mediante un nuevo proceso (1456).
El problema comienza con las justificadas acusaciones levantadas en su contra por las numerosas pruebas que dio de sostener nepotismo exagerado, al conceder muchos cargos y privilegios a los miembros de su familia, en especial a su sobrino Rodrigo de Borja, el futuro papa Alejandro VI (1431-1503).
Éste, español como su tío provenia de la familia Borja. Italianizaron su apellido adoptando el de tradicional Borgia. Prefecto de Roma, bajo Sixto IV fue nombrado legado papal, reconcilió a Enrique IV de Castilla con su hermana Isabel (1472). Logró rechazar a Carlos VIII de Francia de los Estados Pontificios, y después se alió con Luis XII.
En 1493 promulgó una bula fijando la línea alejandrina, que determinó la divisoria del Nuevo Mundo entre Castilla y Portugal. Favoreció a sus hijos (habidos sacrílegamente de Vanozza Catanei), en especial a César y a Lucrecia.
De Alejandro VI se ha dicho demasiado y se ha calumniado tanto su memoria como a la de su hija. Las calumnias, básicamente, se popularizaron cuando el hereje y apóstata Savonarola predicaba un miserabilismo pre-calvinista comenzó a gritar por las calles que todo quien siguiera al papa era enemigo de Cristo y profetizaba por doquier.
"Yo os aseguro, in verbo Domine, que este Alejandro no es en absoluto Papa y no debe ser tratado como tal", sostenía. Llegó a sostener que habia comprado el cargo y que ni siquiera creía en Dios. La gente sencilla se escandalizaba, pero la verdad es que pese a sus pecados personales, la doctrina que enseñó fue fidelísima a la Tradición y a la Revelación y aún manifestaba una gran y tierna devoción por la Santísima Virgen.
Recordemos que ya nos encontramos en el Renacimiento y que las luchas de poderes se daban ya no por motivos religiosos sino por motivos viles, materiales y humanos.
Las "familias" o Casas asesinaban, calumniaban, corrompían o exiliaban conforme necesitaban para asegurar y aumentar su poder. Por eso los enemigos políticos de la casa de los Borgia (favorecida en demasía, como ya hemos dicho, desde el gobierno de Calixto III) azuzaban al pueblo con historias de simonía, de inmoralidad y de corrupción. Vicios creíbles en tanto que eran harto frecuentes en esa época.
Alejandro VI fue proclamado tras haber servido como fiel y sagaz Canciller del Papa. Unió, como dijimos, a Europa contra los turco e inició un programa de reformas para Iglesia.
Pero lo que originó las gravísimas e infamantes calumnias dirigidas contra sus hijos César y Lucrecia, fue el haber iniciado el plan de centralización y de unificación de Italia, conforma se estilaba en la Europa del momento. Esto significó, de paso, arrasar con las noblezas y poderes corruptos que oprimían duramente al pueblo. Así actuó Luis XI en Francia, Enrique VII en Inglaterra, Isabel y Fernando en España. Trayendo orden a la anarquía renacentista, los nobles y reyezuelos despojados, nada creyeron demasiado vil como para decir del Papa y su familia.
Lucrecia fue víctima de las intrigas, la casaron y descasaron según conveniencias de la política circunstancial. Salvó de la muerte a su primer marido, se enamoró y vivió feliz con el segundo que le designaron, soportó las infidelidades del tercero con dignidad… y el final de su vida fue ejemplar.
Quizá fue frívola y ligera como las mujeres de su época. Pero ya con su tercer matrimonio se dedica a asistir al teatro, a leer mucho, a divertir con su presencia: era elegante, culta (hablaba italiano, español, latín y griego), bella, y con mucha clase. Se dedicaba a obras de caridad, visitaba hospitales y hospicios, asistiendo personalmente a los dedichados y enfermos. Les levantaba la moral con sus cuidados, sus dádivas y alegre presencia.
Los ultimos años de su vida se retiraba con frecuencia a pasar largas temporadas al convento de San Bernardino.
Su muerte fue producida por un alumbramiento complicado. Una sietemesina fue la causa de su muerte. Tras nueve días de fiebre, murió con el consuelo de los sacramentos y rodeada del amor familiar que comenzaba a disfrutar.
por Makf | 5 Abr, 2026 | Apologética 9
Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net
Parece que el núcleo de la historia fuera un relato popular romano que desembocó en una serie de circunstancias consideradas muy sospechosas.
Se trata de una leyenda que se remonta al s. XIII (Crónica Universal de Metz), y que trata de hacer existir a este personaje en siglos diversos, sin que haya mucho acuerdo en las fechas (siglos IX, X y XI) o en el nombre (Inés, Gilberta, Ute…).
Cuenta esta leyenda medieval que una mujer, para poder salir de la pobreza, vistió el habito de un monje muerto por la peste y se dedicó a predicar por los pueblos. Su fama creció tanto que más adelante tuvo su propia iglesia… después fue nombrada obispo…, cardenal…, y papa. Juana fue descubierta públicamente, ya que quedó embarazada y dio a luz durante una procesión.
Parece que el núcleo de la historia fuera un relato popular romano que desembocó en una serie de circunstancias consideradas muy sospechosas: como el que los Papas evitaran pasar por determinadas calles que eran angostas, o el supuesto hallazgo de la estatua de una joven que amamanta a un bebé, o una inscripción, o una teoría de que cada Papa elegido debiera someterse a pruebas que confirmasen su virilidad… Fue un motivo muy desagradable para atacar al papado durante el S. XIX.
Quien demolió las bases de esta leyenda fue precisamente un protestante, David Blondel (1590-1655), que publicó sus resultados en Ámsterdam en 1647 y 1657.
Esta vicisitud no necesita hoy ni siquiera la más mínima credibilidad, ya que no hay ningún indicio documentado que sea contemporáneo al mito para ninguna de las fechas que se sugieren.
Más aún, los hechos relacionados con esos períodos terminan por hacer imposible toda la historia. Es probable también que haya influido negativamente en todo esto la vida de mujeres sin escrúpulos, como las dos Teodoras y Marocia, durante el S. X.
Puede consultar las obras siguientes:
- C. D´Onofrio, Mille anni di leggenda (Roma 1978).
- La papesa Giovanna (Roma 1979).
- M. Praz, La leggenda della papessa Giovanna.
- A. Boureau, La papessa Giovanna, storia d´una leggenda medioevale (Torino 1991).