por Makf | 29 Oct, 2025 | La Eucaristía el Tesoro Más Grande del Mundo
Autor: P. Angel Peña O.A.R
Dios desea nuestra santidad. La voluntad de Dios es vuestra santificación (1 Tes 4, 3). Y el mejor medio para conseguirla es acudir a la Eucaristía.
De la Eucaristía salen ríos inmensos de gracias y bendiciones, mucho más de lo que podemos pensar o imaginar.
La Eucaristía es el mejor alimento espiritual para subir a la cumbre de la santidad.
Por eso, todos los que no creen en Jesús presente en la Eucaristía se pierden inmensas bendiciones para su santificación personal.
De ahí que, en opinión de muchos santos, solamente entre los católicos y ortodoxos puede haber grandes santos, pues a los demás les faltarán los medios necesarios para subir la empinada cuesta de la santidad.
Supongamos que un alpinista quisiera llegar a la cima del monte Everest, el monte más alto del mundo con aproximadamente 8.868 metros de altitud.
Si está mal alimentado, si no tiene los implementos necesarios, si no tiene oxígeno para aquellas alturas, por muy buena voluntad que tenga, nunca podrá llegar a la cumbre.
Eso les pasa a muchos buenos protestantes, que aman sinceramente a Jesús y desean ser santos, pero están mal alimentados espiritualmente, porque les falta el mejor alimento del alma: Jesús Eucaristía.
El mismo Papa Juan Pablo II lo decía muy bien: Todo compromiso de santidad, toda acción orientada a realizar la misión de la Iglesia, toda puesta en práctica de planes pastorales, ha de sacar del misterio eucarístico la fuerza necesaria y se ha de ordenar a él como a su culmen (EE 60)
La adoración del Santísimo Sacramento se convierte en fuente inagotable de santidad (EE 10). Y esto lo podemos decir, especialmente, de la misa.
Benedicto XVI decía el 18 de setiembre de 2005: Hay una relación entre la santidad y la Eucaristía. En la Eucaristía está el secreto de la santificación personal.
por Makf | 29 Oct, 2025 | La Eucaristía el Tesoro Más Grande del Mundo
Autor: P. Angel Peña O.A.R
Jesús en el sagrario nos da ejemplo de humildad: tiene apariencia pobre y humilde, escondido en la hostia santa.
También es obediente. Se deja llevar y traer por el sacerdote.
Le obedece, al pronunciar las palabras de la consagración de la misa, y se hace presente en la hostia y en el cáliz.
Se deja llevar por los ministros extraordinarios de la comunión, como si fuera un humilde corderito. Y ¡cuántas veces tiene que soportar los sacrilegios y ultrajes de quienes van a comulgar en pecado mortal o sin haberse preparado!
¡Qué pocos son los agradecidos a tantos beneficios recibidos! ¡Y Él nos sigue esperando con paciencia y humildad, sin hablar, sin quejarse, sin defenderse!
Y pareciera que nos mirara con ojos tristes, diciéndonos a cada uno: Ven a visitarme, te necesito, necesito un poco de cariño, porque casi nadie me quiere.
Los ángeles y los santos que lo rodean son los que principalmente suplen nuestra falta de amor. ¡Si los ángeles pudieran hablar!
¿Qué nos dirían? Ellos saben muy bien que Jesús no es un hombre cualquiera, sino que es nuestro Dios.
¿Hasta cuándo seguiremos con nuestra soberbia y podremos decir que estamos demasiado ocupados y que no tenemos tiempo para Él?
¿Acaso nuestra fe es tan pequeña que no creemos que es Él quien nos está esperando?
Jesús Eucaristía nos habla con su presencia, sin palabras, de su infinito amor por cada uno de nosotros.
Toda la vida de Jesús fue una obediencia total a su Padre.
Existiendo en forma de Dios, se anonadó tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Fil 2, 6-8).
Por eso, tenemos que ser humildes nosotros también y cumplir siempre su voluntad.
En la película Salvad al soldado Ryan, de Steven Spielberg, se ve a Ryan, ya viejo, que va al cementerio a ver las tumbas, donde reposan los restos de sus compañeros, cuya muerte le había permitido vivir. Y, volviéndose a su esposa, le dice: Dime que he vivido bien.
Como diciendo, ¿cómo podría haber vivido mal, si tantos otros, jóvenes como yo, dieron la vida para que yo pudiera seguir viviendo?
Eso mismo podríamos decir nosotros: ¿Cómo puedo vivir mal, si Jesús ha dado su vida para que yo pueda seguir viviendo?
¿Cómo puedo vivir sin ser agradecido a su infinito amor?
Decía san Juan de la cruz que en la tarde de la vida nos examinarán del amor.
Yo diría que, en la tarde de la vida, al final, en el momento definitivo, cuando estemos en el umbral de la eternidad, Jesús nos examinará sobre el amor que hemos tenido como católicos a su Cuerpo y a su Sangre, es decir, sobre nuestro amor a la Eucaristía, a su presencia eucarística.
¿Aprobaremos el examen? ¿Tendremos la humildad suficiente para reconocerlo como nuestro Dios bajo las sencillas apariencias de pan y vino?
por Makf | 29 Oct, 2025 | La Eucaristía el Tesoro Más Grande del Mundo
Autor: P. Angel Peña O.A.R
Hay una película, titulada Un príncipe en Nueva York (Coming to America), donde Eddie Murphy hace el papel de un príncipe de África a punto de convertirse en rey.
Todas las mujeres del reino quieren casarse con él por su riqueza, pero él desea encontrar a alguien que lo ame por sí mismo.
Con esta intención va a USA, donde nadie sabe quién es. Se viste sencillamente y consigue un trabajo como empleado de McDonalds y vive en un lugar pobre de Harlem en Nueva York.
Con el fin de encontrar la mujer de su vida, se convierte, por decirlo así, en un pobre empleado con apariencia pobre y humilde.
De esta manera, llega a conocer en una iglesia a una joven muy atractiva que lo quiere mucho y ambos se enamoran.
Ella acepta su propuesta matrimonial y, al descubrir que es un príncipe disfrazado, queda asombrada. Pero ella ha sido quien le ha robado el corazón y él la convierte en una princesa y en la mujer más rica del mundo.
Esta es la historia de la película, pero algo parecido podemos decir de Jesús. No quiere que lo busquemos solamente por interés, porque es rico y nos puede ayudar.
Muchos sólo lo invocan, cuando lo necesitan. Él quiere que lo amemos por sí mismo.
Por eso, ha querido tener una pobre apariencia en la hostia consagrada y estar en el sagrario, como en una casa pequeña y pobre, esperando encontrar al amor de sus amores.
Pero muchos pasan de largo y no sienten necesidad de Él y menos de perder su tiempo visitándolo, porque no se dan cuenta de que Él es el mismo Jesús de Nazaret, el Dios-Hombre, creador de universo, en persona.
Quizás se den cuenta demasiado tarde, cuando ya no tengan remedio.
Mientras tanto, Jesús sigue buscando sinceros y verdaderos adoradores que lo amen por sí mismo, sin interés, sin buscar nada a cambio, simplemente para agradecerle todos los beneficios recibidos y para disfrutar de su sincera amistad.
¿Quieres ser un verdadero amigo de Jesús? Jesús está enamorado de ti.
¿Estás tú enamorado de Jesús? Quizás Él quiere que seas su esposa a tiempo completo y para siempre, consagrándote a Él en la vida religiosa.
Pero, al menos, no lo olvides, Él desea que le des todo tu amor y que le digas muchas veces: Jesús, yo te amo, yo confío en Ti.
por Makf | 29 Oct, 2025 | La Eucaristía el Tesoro Más Grande del Mundo
Autor: P. Angel Peña O.A.R
Marta dijo a su hermana María:
El Maestro está ahí y te llama (Jn 11, 28). Sí, Jesús está esperándote todos los días y todas las noches.
¿No tendrás al menos cinco minutos cada día para ir a visitarlo?
¡Qué solo se encuentra Jesús en tantos sagrarios del mundo, donde se pasa horas y horas sin que nadie lo visite!
¡Qué pocos se dan cuenta del enorme deseo que tiene de ser visitado y amado en este Santísimo Sacramento del altar!
No olvidemos que en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están contenidos verdaderamente, real y sustancialmente el cuerpo y la sangre junto con el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y, por consiguiente, Cristo entero (Cat 1374).
La Eucaristía es el corazón y la cumbre de la vida de la Iglesia (Cat 1407).
Por eso, el sagrario debe estar colocado en un lugar particularmente digno de la iglesia; debe estar construido de tal forma que subraye y manifieste la verdad de la presencia real de Cristo en el santo sacramento (Cat 1379).
El sagrario es el trono de Dios en la tierra, es el lugar más hermoso del mundo. Allí el Dios omnipotente, el autor de todo la creación, está habitando en una pequeña casita de cuatro tablas, humilde como la pequeña cueva de Belén.
Por eso, el sagrario nos trae el recuerdo de la Navidad, pues Jesús está como un niño pequeñito, oculto en la hostia santa.
El sagrario es el lugar donde habita Dios en medio de los hombres. Es su casa, siempre abierta para nosotros, y a la que estamos invitados cada día, pues nos espera con los brazos abiertos.
¡Qué dicha para nosotros saber que Jesús, para estar con nosotros, no escogió el rayo, que es la fuerza cumbre de la naturaleza y que sólo aparece de vez en cuando y no en todas partes; tampoco escogió el diamante, cuyo brillo cautiva los ojos.
No escogió la rosa ni ninguna otra bella flor. Quiso escoger un pedazo de pan y algunas gotas de vino para que todos los días pudiera estar con nosotros y pudiéramos asimilarlos para ser UNO con Él!
Por eso, aunque escasee el tiempo, aunque solo dispongas de unos minutos, no dejes de entrar cada día a visitar a Jesús.
Y, si algún día no puedes, suple tu visita con amor; porque Jesús, desde el sagrario, te está preguntando como a Pedro:
¿Me amas? Cuantas más veces visites a Jesús sacramentado, más robusta estará tu alma.
¡Qué momentos tan sublimes serán los que pases delante de Jesús! La luz roja de la lámpara parpadea como si fuera un corazón que late de amor por Jesús.
Ofrécele toda tu vida y tu amor y déjate bañar por sus benditos rayos de luz y de amor invisibles, pero reales.
Lo que es el sol para la vida física eso es el sol de la Eucaristía para la vida espiritual. El mismo Papa Benedicto XVI decía: Dios nos espera en Jesucristo, presente en el santo sacramento.
¡No le hagamos esperar en vano! No pasemos de largo…
Tomémonos algún tiempo durante la semana, entremos al pasar y permanezcamos un momento ante el Señor que está tan cerca.
Nuestras iglesias no deberían ser durante el día casas muertas, que están ahí vacías y, aparentemente, sin ninguna finalidad. Siempre sale de dentro de ellas una invitación de Jesucristo.
Lo más hermoso de las iglesias católicas es, justamente, que en ellas siempre hay liturgia, porque en ellas siempre permanece la presencia eucarística del Señor24.
El sagrario es, en una palabra, la locura de un Dios omnipotente que ha querido vivir entre los hombres con un corazón humano. Y Jesús te sigue diciendo desde el sagrario:
Dame, hijo mío, tu corazón y que tus ojos hallen deleite en mis caminos (Prov 23, 26).
Jesús no necesita cosas materiales, Jesús sólo busca nuestro cariño y nuestro amor.
¡Cuán consoladores y suaves son los momentos pasados con este Dios de bondad! ¿Estás dominado por la tristeza? Ven un momento a echarte a sus plantas y quedarás consolado.
¿Eres despreciado del mundo? Ven aquí y hallarás un amigo, que jamás quebrantará la fidelidad.
¿Te sientes tentado? Aquí es donde vas a hallar las armas más seguras y terribles para vencer al enemigo.
¿Temes el juicio de Dios? ¿Estás oprimido por la pobreza?
Ven aquí, donde hallarás a un Dios inmensamente rico, que te dirá que todos sus bienes son tuyos25.
¡Cuántos, en el silencio del sagrario, han encontrado la fe perdida! ¡Cuántos han regresado a la fe católica abandonada!
En tu sagrario, Señor, hay plenitud de vida. ¿Qué haces ahí solitario tantos días y tantas noches? ¿Esperándome?
¿Tanto me quieres? Señor, yo te amo y quiero amarte con todo mi ser. Te ofrezco mi amor, con todos los besos y flores de mi corazón.
24 Eucaristía centro de la vida, o.c., p. 114.
25 Cura de Ars, Sermón sobre el Corpus Christi..
por Makf | 29 Oct, 2025 | La Eucaristía el Tesoro Más Grande del Mundo
Autor: P. Angel Peña O.A.R
Entre los primeros cristianos, el sagrario fue ocupando el lugar del arca de la alianza (del antiguo Testamento).
Efectivamente, el sagrario cumple plenamente la función asignada antaño al arca de la alianza.
Es la sede del “Santísimo”. Es la tienda de Dios, el trono que lo coloca en medio de nosotros… Esto ocurre en las iglesias rurales más humildes, lo mismo que en las catedrales más suntuosas…
Que nadie diga que la Eucaristía existe sólo para ser comida. No se trata de un “pan ordinario”…
Comerlo significa adorarlo, dejarlo entrar dentro de mí. La adoración no está reñida con la comunión.
La comunión sólo alcanza un auténtico grado de profundidad en el momento en que halla justificación y contexto en la adoración.
La presencia eucarística en el sagrario no tiene por qué dar lugar a una interpretación contraria o yuxtapuesta a la Eucaristía celebrada.
Significa, por el contrario, su plena realización. Y es que esa celebración es el origen de que la Eucaristía siempre pueda conservarse en la iglesia.
Así una iglesia jamás aparecerá como un recinto muerto, sino que se verá siempre vivificada por la presencia del Señor.
Él viene a nosotros en la celebración eucarística, la cual coloca en medio de nosotros su presencia y nos da la oportunidad de tomar parte en la Eucaristía cósmica.
¿Qué fiel no ha experimentado esto alguna vez?
Una iglesia sin la presencia de Cristo se halla de algún modo muerta, aunque pretenda invitar a los hombres a la oración.
Pero una iglesia, en la cual hay un sagrario ante el cual luce la lamparita, está siempre viva y es algo más que una edificación de piedra.
Yo sé que, en ese recinto, siempre me espera el Señor; me llama desde allí, y allí quiere hacerme “eucarístico”.
Por eso, el sagrario debe tener un lugar digno dentro de la planificación arquitectónica del templo, a fin de que la presencia del Señor nos toque el alma22.
Veamos un caso concreto.
En una misión de África del Sur, una tarde conversaban juntos una madre con su hijo pequeño, que ya era catecúmeno y se preparaba para recibir el bautismo en la misión católica.
La madre le preguntó a su hijo:
- ¿Por qué en la iglesia siempre hay una luz roja que brilla?
- Porque es la lámpara de Jesús, que está allí.
- Pero por la noche no hay nadie en la iglesia.
- Sí, mamá, allí siempre está Jesús, que nos espera y la lámpara nos indica su presencia.
La madre se quedó pensativa y, pasado un tiempo, le comunicó al misionero que ella también quería ser cristiana, y le dijo:
¿Ves aquella luz roja? Todos los días la veía desde mi cabaña y parecía que me llamaba. No quería hacer caso de esa llamada, pero no me dejaba tranquila.
Ayer quise visitar el pesebre de Navidad con mi hijo y allí estaba la luz que me iluminaba.
No he podido resistir más a la llamada de Jesús. Quiero ser cristiana para amar a Jesús que me espera todos los días en la iglesia23.
El amor de Jesús se proyecta desde el sagrario sobre todos los que vienen con fe a visitarlo.
Su amor es como un soplo de brisa fresca en las horas de intenso calor, como un rayo de luz en los días fríos de invierno del alma.
Del sagrario sale una luz poderosa que ilumina nuestra vida para ver el camino que debemos seguir, eliminando así las tinieblas y las dudas.
El amor de Jesús Eucaristía no tiene comparación con nada de este mundo.
Podemos juntar en una caricia todos los cariños de los padres a sus hijos, todos los besos que han brotado de los labios de las madres para sus hijos a lo largo de los siglos, o todo el fuego de amor de todos los corazones amantes que han existido en la tierra.
Y todo ello no será ni una sombra de todo lo que nos ama Jesús. Jesús, en el sagrario, tiene un corazón que palpita de amor por nosotros, tiene ojos que nos miran con amor y tiene oídos para oír nuestras súplicas.
¡No lo dejemos abandonado! ¡No nos perdamos tantas bendiciones que tiene reservadas para nosotros!
Como diría el Papa Juan Pablo II: Jesús Eucaristía es el corazón palpitante de la Iglesia.
Por eso, ir todos los días al sagrario es como ir a un mundo de infinitas maravillas, pues nos encontramos con Jesús, el Dios Amor, el Dios de las maravillas y de las divinas sorpresas.
Cada día tendrá un regalo especial para nosotros, aunque no nos demos cuenta de cuál es. Pero, sin duda alguna, cada día recibiremos inmensas bendiciones, que no hubiéramos recibido de haber faltado a la cita con Jesús.
Él espera que tú seas como una lámpara ardiente, que está siempre vigilando ante el sagrario, para decir a todos los que pasen: Aquí está Jesús.
Debes ser un ángel del sagrario, asociándote a todos los ángeles que lo adoran y asemejarte a ellos en la pureza, alegría y amor.
22 Ratzinger Joseph, Introducción al espíritu de la liturgia, Ed. san Pablo, Bogotá, 2005, pp. 75-76
23 Tomado del libro del padre Victorino Capánaga, El milagro de las lámparas, Ed. Augustinus,
Madrid, 1958, p. 112.
por Makf | 29 Oct, 2025 | La Eucaristía el Tesoro Más Grande del Mundo
Autor: P. Angel Peña O.A.R
San Antonio María Claret se acercaba todo lo que podía al sagrario, permaneciendo allí como extático.
Y decía: Delante del Santísimo Sacramento siento una fe tan viva que no lo puedo explicar. Casi se me hace sensible18.
Proháskza escribió:
Hay quienes dicen: Voy al bosque para rezar mejor; voy a la orilla del mar, porque allí siento la infinidad de Dios…
Yo os digo: Me voy delante del Santísimo Sacramento; porque, si rezo, quiero sentir más cerca a Dios y esto en ninguna parte lo experimento tanto como aquí delante del sagrario19.
Ciertamente, uno puede rezar en cualquier parte; pero, como dice el Papa Benedicto XVI:
Si sólo se diera esto, la iniciativa de la oración sería solamente nuestra y Dios sería, en ese caso, un postulado de nuestro pensamiento y, aunque contestara, aunque quisiera y pudiera contestar, el horizonte permanecería abierto.
Pero la Eucaristía significa que Dios ha respondido y que la propia Eucaristía es Dios hecho respuesta, ella es su presencia que responde.
Ahora la iniciativa de la relación entre Dios y el hombre ya no se encuentra en nosotros, sino en Él y, por eso, solamente ahora podemos considerarla realmente en serio.
Por ello, la oración, en el marco de la adoración eucarística, alcanza una dimensión completamente nueva: Sólo ahora reúne los dos planos (hombre y Dios) y sólo ahora es realmente auténtica…
Y, al orar ante la presencia eucarística, nunca estamos solos, pues con nosotros siempre estará orando toda la Iglesia20.
Antes de que existiera la cercanía de Dios en la Eucaristía, el hombre debía tener la iniciativa y buscar a Dios.
En todos los pueblos había templos para orar o lugares sagrados, pero sin la presencia viva de Dios.
Ahora Dios nos ama tanto que ha querido ser Él quien nos busque y nos espere. Por eso, se pasa tantas horas y tantos días, esperándonos tan cerca, en nuestras iglesias.
En el libro del Éxodo ya manifiesta Dios su deseo de estar cerca de nosotros.
Se manifestaba a Moisés en la tienda del encuentro, que él instalaba fuera del campamento. Y Dios se manifestaba por medio de una columna de nube y Yahvé hablaba con Moisés cara a cara como habla un hombre con su amigo (Ex 33, 11).
Esta tienda del encuentro podemos considerarla como una figura de lo que sería el sagrario de nuestras iglesias, donde podemos ir a encontrarnos cara a cara con nuestro Dios, sin necesidad de sacar cita previa.
Antes de ir, Él ya nos está esperando. Por esto mismo, podemos decir nosotros lo que decían aquellos judíos del antiguo Testamento:
¿Qué nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos a ella como lo está de nosotros nuestro Dios? (Det 4, 7).
Por supuesto que nosotros no somos santos y, a veces, podemos estar delante de Jesús sacramentado y no sentir nada; quizás, porque nuestra fe es pequeña o también porque Dios permite que estemos insensibles para vivir sólo de la fe.
Pero lo cierto es que, con mucha frecuencia, se siente la presencia viva de Jesús a través de una gran paz interior.
Por eso, los católicos que visitan frecuentemente a Jesús Eucaristía se sienten atraídos por él como por una fuerza invisible y ya no lo pueden dejar. Poco a poco, se enamoran de Jesús sacramentado.
Sin embargo, no hay que esperar siempre consolaciones sensibles o experiencias de amor de Jesús. Basta con saber que Él está ahí como nos lo dice el mismo Jesús, que no puede mentir:
Éste es mi cuerpo… Ésta es mi sangre (Mt 26, 26-28). Yo soy el pan de vida…, el que come de este pan vivirá para siempre y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo (Jn 6, 48-51).
Es triste que haya muchos católicos que son vecinos de Jesús, que viven muy cerca de Jesús, y no tengan tiempo para ir a visitarlo.
Por eso, al menos, al pasar delante de una iglesia, tengamos el detalle de saludar a distancia a Jesús.
Y, cuando por enfermedad o vejez no podamos salir de casa, pensemos que podemos hacerle visitas espirituales, pensando en el sagrario más cercano. E, incluso, podemos pedir que algún ministro extraordinario de la comunión venga a nuestra casa para poder recibir a Jesús en comunión.
En ese momento, pensemos que debemos hacerle un recibimiento lo mejor posible, colocando una mesita con un mantel nuevo, una vela encendida… Y todo aquello que nos dicte nuestro amor a Jesús.
¡Cuántas gracias reciben los ministros de la Eucaristía que llevan a Jesús a los enfermos por la calle, acompañados de millones de ángeles!
Y ¡cuántas gracias recibirán también los sacerdotes, religiosas y empleados, que viven bajo el mismo techo de Jesús, en las parroquias y conventos!
El Papa Pablo VI, en la encíclica Mysterium fidei, decía que Cristo está presente en la Palabra de Dios y en la Iglesia, pero es muy distinto el modo verdaderamente sublime con el que Cristo está presente en el sacramento de la Eucaristía.
Tal presencia se llama real; no por exclusión, como si las otras no fueran reales, sino por antonomasia, porque es también corporal y sustancial, ya que por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro (No. 21-22).
Por eso, podemos decir: Las devociones de la Iglesia católica son todas bellas, todas santas, pero la devoción al Santísimo Sacramento es, entre todas ellas, la más sublime, la más tierna y la más eficaz21.
De ahí que todo lo que hagamos para demostrarle a Jesús sacramentado nuestro amor será poco. Él se merece más, porque es nuestro Dios y Señor.
Él nos espera cada día en el sagrario con la puerta abierta y los brazos abiertos ¿Hasta cuándo?
18 Autobiografía, Ed Claret, Barcelona, 1985, p. 367.
19 Tihamer Toth, Eucaristía¸Ed. Atenas, Madrid, 1994, p. 229.
20 Ratzinger Joseph, Eucaristía, centro de la vida, Ed. Edicep, Valencia, 2003, p. 99.
21 San Pío X a la adoración nocturna española el 6-VIII-1908.