El Odio y el Amor

El odio llora;

El odio es triste;

El odio irrita;

El odio es vengativo;

El odio siembra y
levanta desengaños;

El odio aulla como el lobo;

El odio es oscuro como la noche;

 El odio es amargo como la hiél;

El odio es un mundo de tinieblas;

 El odio enardece;

El odio destruye;

 El odio es un río de lágrimas;

 El odio es un desierto de

mentiras y engaños;

El odio es terrenal;

El odio es el infierno;

el amor sonríe,

 el amor es alegre,

el amor calma,

el amor es perdonar,

el amor siembra,
pero cosecha bendiciones,

el amor canta como el ave.

el amor es claro como el día.

el amor es dulce como la miel,

el amor es un cielo de luz.

el amor pacifica,

el amor construye,

el amor es un mar de felicidad,

el amor es un santuario de

dicha y de verdad,

el amor es celestial,

el amor es el cielo

El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor.

El Mercader y la Bolsa

Cierto día, un mercader ambulante iba caminando hacia un pueblo. Por el camino encontró una bolsa con 800 dólares. El mercader decidió buscar a la persona que había perdido el dinero para entregárselo, pues pensó que el dinero pertenecía a alguien que llevaba su misma ruta.

Cuando llegó a la ciudad, fue a visitar a un amigo.

¿Sabes quién ha perdido una gran cantidad de dinero?- le preguntó a éste.

Sí, sí. Lo perdió Juan, nuestro vecino, que vive en la casa de enfrente.

El mercader fue a la casa indicada y devolvió la bolsa.

Juan era una persona avara, y apenas terminó de contar el dinero gritó:

  • ¡Faltan 100 dólares! Esa era la cantidad de dinero que yo iba a dar como recompensa. ¿Cómo lo has tomado sin mi permiso? Vete de una vez. Ya no tienes nada que hacer aquí.

El honrado mercader se sintió indignado por la falta de agradecimiento. No quiso pasar por ladrón y fue a ver al juez.

El avaro fue llamado a la corte. Insistió ante el Juez que la bolsa contenía 900 dólares. El mercader aseguraba que eran 800. El juez, que tenía fama de sabio y honrado, no tardó en decidir el caso. Le preguntó al avaro:

Tú dices que la bolsa contenía 900 dólares ¿verdad? Sí, señor, respondió Juan.

Tú dices que la bolsa contenía 800 dólares, le preguntó el juez al mercader.

Sí, señor. Pues bien, dijo el juez, considero que ambos son personas honradas e incapaces de mentir. A tí, porque has devuelto la bolsa con el dinero, pudiéndote quedar con ella. A Juan, porque lo conozco desde hace tiempo. Esta bolsa de dinero no es la de Juan; aquella contenía 900 dólares. Esta sólo tiene 800. Así pues, quédate tú con ella, hasta que aparezca su dueño. Y tú, Juan, espera que alguien te devuelva la tuya.

No dejes tus decisiones importantes al azar; esfuérzate por llegar a la cima, a tu meta, y a tu premio.

El Libro de Tu Vida

Hoy cierras un volumen más del libro de tu vida. Cuando comenzaste este libro, todo era tuyo, te lo puso Dios en las manos, podías hacer con él lo que quisieras: un poema, una pesadilla, una blasfemia, un sistema, una oración.

Podías…, hoy ya no puedes; no es tuyo, ya lo has escrito, ahora es de Dios. Te lo va a leer todo Dios el mismo día en que te mueras, con todos sus detalles. Ya no puedes corregirlo. Ha pasado al dominio de la eternidad.

Piensa unos momentos en esta última noche del año. Toma tu libro y hojéalo despacio, deja pasar sus páginas por tus manos y por tu conciencia. Ten el gusto de verte a ti mismo. Lee todo. Repite aquellas páginas de tu vida, en las que pusiste tu mejor estilo.

No olvides, que uno de tus mejores maestros eres tú mismo. Lee también aquellas páginas que nunca quisieras haberlas escrito. No… no intentes arrancarlas, es inútil. Ten valor para leerlas, son tuyas. No puedes arrancarlas, pero puedes anularlas cuando escribas tu siguiente libro. Si lo haces, Dios pasará éstas de corrido cuando te lea tu libro en el último día.

Lee tu libro viejo en la última noche del Año. Hay en él, trozos de tí mismo; es un drama apasionado en el que el primer personaje eres tú. Tú en escena con Dios, con tu familia, con tu trabajo, con la sociedad. Tú lo has escrito con el instrumento asombroso de tu libre albedrío, sobre la superficie inmensa y movediza del mundo. Es un libro misterioso, que en su mayor parte, la más interesante, no puede leerlo nadie más que Dios y tú.

Si tienes ganas de besarlo, bésalo; si tienes ganas de llorar, llora fuerte sobre tu viejo libro en esta última noche del año.

Pero, sobre todo, ora sobre tu libro viejo. Tómalo en tus manos, levántalo hacia el cielo y dile a Dios sólo dos frases:

¡Gracias Papito!… ¡Perdóname Señor!… Después…, dáselo a Cristo.

No importa como esté, aunque tenga páginas negras, Cristo sabe perdonar. Esta noche te ha de dar Dios otro libro completamente blanco y nuevo. Es todo tuyo. Vas a poder escribir en él lo que quieras.

Pon el nombre de Dios en la primera página. Sí…, ¡ponlo en el primer lugar de tu vida! Después, dile que no te deje escribirlo solo. Dile que te tenga siempre de la mano…, y en su corazón.

El Leproso Agradecido

Nuestra vida estaba marcada por la soledad…, nos obligaban a vivir alejados de la sociedad…, nos consideraban malditos pues estábamos enfermos de la lepra.

Compartíamos esta triste condición diez hombres en un miserable leprosario. Cada día, no hacíamos otra cosa que esperar la llegada de la muerte…, para nosotros no había otra esperanza.

De pronto, corrió como reguero de pólvora la noticia de los prodigios hechos por un hombre llamado Jesús. Era la novedad y la plática de todos en los alrededores de Judea, Samaría y Galilea, pues su fama se había extendido hasta donde nos encontrábamos.

Fue entonces, que unos de los nuestros supo que Jesús y sus discípulos se dirigían hacia Jerusalén e iban a pasar por el pueblo en el que vivíamos. Nos quedamos mudos… Para gente como nosotros, tan metidos en la desesperanza, pensar en algo como recuperar la salud es un sueño que hasta duele tener… El miedo nos hacía ser cínicos y comenzamos a burlarnos del que propuso buscar al maestro milagroso… Una noche, no me pude contener y les expuse la necesidad que yo sentía de intentar sanar por medio de Jesús: hablé, grité…, terminé llorando. El grupo me escuchó en silencio. Finalmente, uno a uno me apoyó y pensamos en salirle al encuentro para pedirle que nos curara del mal que padecíamos.

El día tan ansiado llegó. No nos era fácil cumplir nuestro propósito pues no podíamos acercarnos a la gente pero, ¿qué teníamos que perder?; nos decidimos a acercarnos al poblado.

Al fin, lo encontramos en el camino, y nuestra alegría no se hizo esperar, pues teníamos la esperanza de que él podía curarnos. Los otros me mandaron por delante y, aunque nos mantuvimos a distancia, yo le pedí a gritos que nos curara de nuestra enfermedad, diciéndole:

"Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros". El nos miró de una manera que expresaba una ternura muy al ejada a la simple lástima…, era una compasión que parecía compartir nuestro sufrimiento. Con una voz firme, nos mandó:

"Vayan y preséntense a los sacerdotes". Y es que la Ley de Moisés estipulaba, que los sacerdotes eran los encargados de determinar si alguien tenía lepra, o si alguien sanaba de ella (Levítico 13-14).

Mis compañeros se miraron unos a otros desconcertados. -"¿Eso es todo lo que va a hacer por nosotros?"-, alguien dijo. Una vez más, tuve que hacer gala de mi capacidad de convencimiento para lograr que nos pusiéramos en camino.

  • "Es ridículo", -opinó alguno. -"Es peligroso", -opinó otro. Yo les expresé la confianza que me había inspirado la ternura y la compasión con la que nos había hablado.
  • "Si ustedes no quieren sanar, quédense aquí a pudrirse en vida.

Yo me voy a conseguir lo que el Maestro me prometió". Empecé a caminar y, uno tras otro, me siguieron.

En realidad, Jesús nos había pedido mucho, ya que estábamos realmente lejos de Jerusalén y no contábamos con los recursos, ni las posibilidades de llegar sanos y salvos siendo, como todavía lo éramos, leprosos.

La primera jornada de viaje fue muy difícil. A algunos de los compañeros les costaba mucho caminar…, nos acostamos con hambre y frío, pero gracias al cansancio nos dormimos como piedras. Yo tuve un sueño: ángeles del cielo me limpiaban las llagas con lienzos celestiales y con óleos preciosos.

Me costaba trabajo decidirme a despertar de un sueño tan hermoso. Pero de pronto me despertó un grito. Abrí los ojos espantado, esperando lo peor, pero el grito se repitió y luego otra voz lo acompañó… ¡Estábamos limpios! ¡Sanados! ¡Ninguno de nosotros tenía las nauseabundas llagas que estaban terminando nuestras vidas! Yo me uní a los gritos y tal vez con más euforia que los demás.

Entonces, ya nada nos importó, corrimos de alegría hacia el Templo, a presentarnos, para que nuestra curación fuera certificada y pudiéramos regresar a nuestros hogares… cuando de pronto pensé:

"Realmente Jesús nos ha curado. El debe ser el Mesías, el Hijo de Dios". Les dije a mis compañeros que deberíamos volver para agradecerle a Jesús.

Pero ellos me dijeron: "¡Estás loco! Queremos ir rápidamente a Jerusalén para
poder volver a casa". Esta vez, mi elocuencia no consiguió nada… Con tristeza, miré a mis compañeros alejarse. Yo, cambié el rumbo y me devolví a buscarle para darle las gracias por haberme curado. Al fin lo encontré y me arrodillé ante El y le dije:

"Gracias, Señor, por haber me curado". Él levantó su mirada y dijo:

  • "¿No eran diez los hombres que curé? ¿Dónde están los otros nueve? Solamente uno me ha dado las gracias". Triste sentí a mi Señor cuando con su mirada no encontró a los otros nueve que había sanado. Y lo peor es que yo era el único que no era judío, sino samaritano. Tal vez yo fui un símbolo de lo que pasaría después, cuando el amado Maestro fue abandonado por su pueblo, pero su obra progresaría entre los no judíos. Como fuera… ¡qué afortunado fui al conocerlo!

Y tú, ¿ya conoces al Señor Jesús? ¿Te has acercado a Él con fe? ¿Has sabido agradecerle los muchos beneficios que te ha hecho?

El Juego de Fútbol

Un muchacho vivía solo con su padre; ambos tenían una relación extraordinaria y muy especial. El joven pertenecía al equipo de fútbol americano de su colegio. Usualmente no tenía la oportunidad de jugar, bueno, casi nunca. Sin embargo, su padre permanecía siempre en las gradas, haciéndole compañía.

El joven era el más bajo de la clase cuando comenzó la secundaria, e insistía en participar en el equipo de fútbol del colegio; su padre siempre le daba orientación y le explicaba claramente que "él no tenía que jugar fútbol si no lo deseaba en realidad"…, pero el joven amaba el fútbol, ¡no faltaba a una práctica, ni a un juego!, estaba decidido en dar lo mejor de sí, ¡se sentía felizmente comprometido!

Durante su vida en secundaria lo recordaron como el "calentador de la banca", debido a que siempre permanecía sentado…; su padre, con espíritu de lucha, siempre estaba en las gradas, dándole compañía, palabras de aliento y el mejor apoyo que hijo alguno podría esperar.

Cuando comenzó la Universidad, intentó entrar al equipo de fútbol, todos estaban seguros que no lo lograría, pero a todos venció, entrando al equipo. El entrenador le dio la noticia, admitiendo que lo había aceptado, además, por como él demostraba entregar su corazón y su alma en cada una de las prácticas, y al mismo tiempo, le daba a los demás miembros del equipo el entusiasmo perfecto.

La noticia llenó por completo su corazón; corrió al teléfono más cercano y llamó a su padre quien compartió con él la emoción. Le enviaba en todas las temporadas, todas las entradas para que asistiera a los juegos de la Universidad.

El joven atleta era muy persistente; nunca faltó a una práctica ni a un juego durante los cuatro años de la Universidad, y nunca tuvo la oportunidad de participar en ningún juego.

Era el final de la temporada, y justo unos minutos antes que comenzara el primer juego de las eliminatorias, el entrenador le entregó un telegrama. El joven lo tomó, y luego de leerlo se quedó en silencio… temblando, le dijo al entrenador:

"Mi padre murió esta mañana, ¿no hay problema de que falte al juego hoy?". El
entrenador lo abrazó, y le dijo "Toma el resto de la semana libre, hijo. Y no se te ocurra venir el sábado"

Llegó el sábado y el juego no estaba muy bien. En el tercer cuarto, cuando el equipo tenía 10 puntos de desventaja, el joven entró a los vestidores y, calladamente, se colocó el uniforme y corrió hacia donde estaba el entrenador y su equipo, quienes estaban impresionados de ver a su luchador compañero de regreso.

"Entrenador, por favor, permítame jugar… yo tengo que jugar hoy"-, imploró el joven. El entrenador pretendió no escucharle. De ninguna manera podía permitir que su peor jugador entrara en el cierre de las eliminatorias. Pero el joven insistió tanto que, finalmente, el entrenador sintiendo lástima lo aceptó: "Bien hijo, puedes entrar, el campo es todo tuyo".

Minutos después, el entrenador, el equipo y el público no podían creer lo que estaban viendo. El pequeño desconocido, que nunca había participado en ningún juego, estaba haciendo todo perfectamente brillante; nadie podía detenerlo en el campo, corría fácilmente como toda una estrella. Su equipo comenzó a ganar hasta que empató el juego. En los segundos de cierre, el muchacho interceptó un pase y corrió todo el campo hasta ganar con un touchdown. La gente que estaba en las gradas gritaba emocionada y su equipo lo llevó cargado por todo el campo. Finalmente, cuando todo terminó, el entrenador notó que el joven estaba sentado calladamente y solo en una esquina; se acercó y le dijo:

"Muchacho, no puedo creerlo, ¡estuviste fantástico! Dime, ¿cómo lo lograste?" El joven miró al entrenador y le dijo:

"Usted sabe que mi padre murió… pero no sabía que mi padre era ciego". El joven hizo una pausa y trató de sonreír. - "Mi padre asistió a todos mis juegos, pero hoy era la primera vez que podía verme jugar… y yo quise demostrarle que sí podía hacerlo".

El Inventario

Aquel día lo vi distinto. Tenía la mirada enfocada en lo distante. Casi ausente. Pienso ahora, que tal vez presentía que ese era el último día de su vida. Me aproximé, y le dije:

  • ¡Buen día, abuelo!

Y él extendió su silencio. Me senté junto a su sillón, y luego de un misterioso instante, exclamó:

¡Hoy es día de inventario, hijo! ¿Inventario? – pregunté sorprendido.

Sí. ¡El inventario de las cosas perdidas! - me contestó con cierta energía, y no sé si con tristeza o alegría. Y prosiguió: Del lugar de donde yo vengo, las montañas quiebran el
cielo, como monstruosas presencias constantes. Siempre tuve deseos de escalar la más
alta. Nunca lo hice, no tuve el tiempo ni la voluntad suficientes para sobreponerme a mi inercia existencial…

Recuerdo también a Mará, aquella chica que amé en silencio por cuatro años, hasta que un día se marchó del pueblo sin yo saberlo.

¿Sabes algo? También estuve a punto de estudiar ingeniería, pero mis padres no pudieron pagarme los estudios. Además, el trabajo en la carpintería de mi padre no me permitía viajar.

Tantas cosas no concluidas, tantos amores no declarados, ¡tantas oportunidades perdidas!

Luego, su mirada se hundió aún más en el vacío. Y continuó:

  • En los treinta años que estuve casado con Rita, creo que sólo cuatro o cinco veces le dije: "te amo".

Luego de un breve silencio, regresó de su viaje mental, y mirándome a los ojos, me dijo: - Este es mi inventario de cosas perdidas, la revisión de mi vida. A mí ya no me sirve. A ti sí. Te lo dejo como regalo, para que puedas hacer tu inventario a tiempo.

Y luego, con cierta alegría en el rostro, continuó con entusiasmo, y casi divertido:

¿Sabes qué he descubierto en estos días? ¿Qué, abuelo? –Aguardé unos segundos y no contestó, sólo me interrogó nuevamente ¿Cuál es el pecado más grave en la vida de un hombre?

No lo había pensado - contesté con inseguridad, sorprendido por la pregunta.

Supongo que matar a otros seres humanos, odiar al prójimo y desearle el mal. Tener malos pensamientos, ¿tal ves? Movió su cara de lado a lado, como reacción a mi respuesta errada. Me miró intensamente, como remarcando el momento, y en tono grave y firme me señaló:

  • El pecado más grave en la vida de un ser humano, es el pecado de omisión. Y lo más doloroso, es recordar las cosas perdidas, sin tener tiempo para encontrarlas y recuperarlas.

Al día siguiente, regresé temprano a casa, luego del entierro del abuelo, para realizar en forma urgente mi propio inventario de las cosas perdidas.

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