Dando, recibimos

El científico Louis Pasteur anduvo siempre escaso de dinero para sostener el Instituto de investigación que creó.

Un día, acudió a la señora Bondicant, dueña de una gran cadena de almacenes, para pedir su apoyo.

Pasteur era ya un anciano de apariencia humilde. La señora lo recibió, y el investigador le expuso el motivo de su visita.

Al final, la dueña de la casa le dijo lo que tantas veces se dice en estos casos:

  • Ya he distribuido mis limosnas a tanta gente que pide. Usted perdone, de todos modos le daré algo para su obra.

La señora salió y regresó con un cheque firmado. Pasteur lo miró antes de dar las gracias, y se quedó asombrado. El cheque era por un millón de francos.
Entonces, fue la señora la que se adelantó y le dijo:

  • ¡Gracias, profesor, por acordarse de mí! ¡Gracias por darme la oportunidad de compartir!

Excelente lección: Cuando damos, los más beneficiados somos nosotros mismos. Alguien nos permite servir, crecer en el amor y alcanzar felicidad

Cuento de la cebolla

Había una vez un huerto lleno de hortalizas, árboles frutales, y toda clase de plantas. Como todos los huertos, éste tenía mucha frescura y agrado. Por eso daba gusto sentarse a la sombra de cualquier árbol a contemplar todo aquel verdor y escuchar el canto de los pájaros. De pronto, un buen día, empezaron a nacer unas cebollas centelleantes, como el color de una mirada, el color de una sonrisa o el color de un bonito recuerdo.

Después de algunas investigaciones sobre la causa de ese resplandor, resultó que cada cebolla tenía adentro, en el corazón, una piedra preciosa. Ésta tenía un topacio, la otra un rubí, aquélla una esmeralda… ¡Una maravilla! Por alguna incomprensible razón, se empezó a decir que aquello era peligroso, intolerable, inadecuado y vergonzoso…

Total, que las bellísimas cebollas tuvieron que esconder sus piedras preciosas en capas y capas cada vez más oscuras y feas, para disimular cómo eran por dentro, hasta que empezaron a convertirse en unas cebollas de lo más vulgar.
Pasó entonces por allí un sabio al que le gustaba sentarse a la sombra de los árboles del huerto y que, sabia tanto, que entendía hasta el lenguaje de ias cebollas, y empezó a preguntar una por una:

  • ¿Por qué no eres por fuera, como eres por dentro?
    Y ellas iban respondiendo: - Me obligaron a ser así. - Me fueron poniendo capas. - Incluso me puse algunas para que no dijeran nada.
    Algunas tenían hasta diez capas y casi no se acordaban de por qué se pusieron las primeras.

Al final, el sabio se puso a llorar; y, cuando la gente le vio llorando, pensó que llorar ante las cebollas era propio de personas inteligentes: Por eso, aún hoy, todos siguen llorando cuando una cebolla nos abre el corazón.

“¿Cuántas capas tienes tapando tu interior?

Cuando perdemos a Dios

Dijo un discípulo a su maestro:

  • Maestro, hay días en que mi cruz parece tan pesada, que liego a pensar que perdí a Dios .Voy a todos los rincones de la casa en busca de una señal de que El aún está conmigo.

Respondió el maestro:

  • No lo buscaste en gavetas, armarios y estantes.

Saca de los cajones y de los armarios toda la ropa y calzado hace tanto tiempo guardados y que no usas.

Saca de las gavetas; lozas, vasijas y utensilios que hace tanto tiempo tampoco tienen uso.

Saca de los estantes los libros empolvados, lápices, plumas y papeles. Saca de aquella cómoda, hace tanto tiempo cerrada, los juguetes olvidados y las sobras de materiales de construcción.

Saca de aquél pequeño armario todas las muestras gratis de medicinas, que guardas sólo por hábito.

Después, haz paquetes y entrégaselos a aquéllos que dan asistencia a los pobres, a los niños, a los ancianos, a los enfermos y a los animales.

Después de esas providencias sentirás la agradecida presencia de Dios.

Lo que para ti es inútil y abandonado en lo oscuro, para otros es manifestación de luz.

Cuando los pesados paquetes sean abiertos, habrás aliviado el peso de tu cruz.

"Basta un instante para hacer un héroe, pero se necesita una vida entera para hacer una persona de bien." Paul Brulat

Cuando la fruta no alcance

Una vez un grupo de tres hombres se perdieron en la montaña, y había solamente una fruta para alimentarlos a los tres, quienes casi desfallecían de hambre.

Se les apareció entonces Dios y les dijo que probaría su sabiduría y que dependiendo de lo que mostraran les salvaría. Les preguntó entonces Dios qué
podían pedirle para arreglar aquel problema y que todos se alimentaran.

El primero dijo:
"Pues aparece mas comida", Dios contestó que era una respuesta sin sabiduría, pues no se debe pedir a Dios que aparezca mágicamente la solución a los problemas sino trabajar con lo que se tiene.

Dijo el segundo entonces:
"Entonces haz que la fruta crezca para que sea suficiente", a lo que Dios contestó que No, pues la solución no es pedir siempre multiplicación de lo que se tiene para arreglar el problema, pues el ser humano nunca queda satisfecho y por ende nunca sería suficiente.

El tercero dijo entonces: "Mi buen Dios, aunque tenemos hambre y somos orgullosos, haznos pequeños a nosotros para que la fruta nos alcance".
Dios dijo:

"Has contestado bien, pues cuando el hombre se hace humilde y se empequeñece delante de mis ojos, verá la prosperidad".

Saben, se nos enseña siempre a que otros arreglen los problemas o a buscar la salida fácil, siempre pidiendo a Dios que arregle todo sin nosotros cambiar o sacrificar nada.

Por eso muchas veces parece que Dios no nos escucha pues pedimos sin dejar nada de lado y queriendo siempre salir ganando. Muchas veces
somos egoístas y siempre queremos de todo para nosotros.

Seremos felices el día que aprendamos que la forma de pedir a Dios es reconocernos débiles, y ser humildes dejando de lado nuestro orgullo. Y veremos
que al empequeñecernos en lujos y ser mansos de corazón veremos la prosperidad de Dios y la forma como El SI escucha.

Pídele a Dios que te haga pequeño…Haz la prueba!!!!

Creo en ti

Cuando llega la dificultad y las pruebas, en los momentos de angustia, de duda o enfermedad, es bueno decir al Señor que seguimos creyendo en Él.

Señor, Tú siempre me has dado la fuerza necesaria, y yo, aunque débil, creo en Ti.

Señor, Tú siempre me has dado la paz de cada día, y yo, aunque angustiado, creo en Ti.

Señor, Tú siempre me has guardado en la prueba, y yo, aunque estoy en ella, creo en Ti.

Señor, Tú siempre has alumbrado mis tinieblas, y yo, aunque
no tengo luz, creo en Ti.

Crees en ti

Dios está orgulloso de ti, cree plena y totalmente en ti. Cree en tu persona, en tus cualidades, en tus posibilidades. Por eso, te invita y te llama cada día a que demuestres una fe, grande y sólida en ti, en tus valores, en tus capacidades.

Si Dios cree en ti, es porque vales.

Creer en ti significa estar convencido de que vales por ti mismo, porque Dios te ha creado valioso.

Crees en ti cuando vives abierto a Dios y lleno de su amor te abres a los demás, dando lo mejor de ti mismo.

Crees en ti cuando explotas y sacas el máximo partido a tus cualidades, empeñado en nuevas metas, en escalar cimas más altas.

Crees en ti cuando eres partidario, entusiasta y decidido de la vida, y la sabes dar convencido de que, cuanto más te das, más persona eres.

Crees en ti cuando eres inteligente con corazón y amoroso con inteligencia.

Crees en ti cuando ensanchas tu corazón cada día, queriendo abarcar al mundo entero: con sus esperanzas, sufrimientos, alegrías y preocupaciones.

Crees en ti cuando vas por la vida sembrando, a manos llenas, bondad, alegría, generosidad, esperanza.

Crees en ti si te empeñas en poner tu granito de arena en la construcción de un mundo más humano, más justo y solidario.

Crees en ti cuando eres positivo y sabes hacer sentir importantes a los demás.

Crees en ti si oras con la vida y vives en continua oración.

Crees en ti cuando esperas activamente y luchas por el bienestar y salvación de todos, sin desmayar nunca.

Crees en ti cuando amas, sirves, te entregas desinteresadamente, buscando sólo el beneficio y crecimiento del prójimo.

Crees en ti cuando aceptas la cruz de cada día, convencido de que la cruz es el camino necesario para poder llegar a la luz.

Crees en ti si crees, de verdad, en la bondad y valor de todo ser humano, aun cuando con su comportamiento se empeña en demostrar todo lo contrario.

Crees en ti si hablas bien de todos y, si no puedes, callas y oras.

Crees en ti cuando vives con dignidad y actúas con responsabilidad.

Crees en ti si te mantienes firme, contra viento y marea, en tu fe, en tus principios, sin importarte nada el que hablen mal de ti o te marginen.

Crees en ti cuando trabajas "con mística", poniendo alma, corazón y vida en todo lo que haces.

Crees en ti cuando tu lenguaje es digno y siempre cuidas tu vocabulario, tu forma de expresarte.

Crees en ti creyendo decidida y amorosamente en Dios, en quien te apoyas, te fortaleces y te eternizas.

CREE EN TI
APASIONADAMENTE,
PORQUE DIOS CREE EN TI
AMOROSAMENTE.

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