por makf | 26 Ago, 2025 | Glorias de Maria
La misma piadosísima Virgen aseguró a Santa Brígida que no sólo es Madre de los inocentes y justos, sino también de los pecadores, con tal de que propongan enmendarse.
¡Oh, y con qué benignidad recibe a sus pies esta Madre de misericordia a cualquier pecador arrepentido! Así lo escribía San Gregorio'VII a la princesa Matilde: «Pon fin al pecado y encontrarás a María más amorosa que una madre carnal; te lo prometo con toda certidumbre.» La condición que nos pide para ser sus hijos es dejar la culpa.
Sobre aquellas palabras de los Proverbios (31, 28): Se levantaron sus hijos, reflexiona un escritor devoto que antes puso se levantaron y después los llama hijos; porque no puede ser hijo de María quien primero no se levanta del estado de la culpa donde había caído. En efecto, si mis obras son contrarias a las de María, niego con ellas ser hijo suyo, o es lo mismo que decir que no lo quiero ser.
¿Cómo es posible que uno sea su hijo y al mismo tiempo soberbio, deshonesto, envidioso? ¿Quién tendrá el arrojo de llamarse hijo suyo dándole con las malas obras tantos disgustos? Le decía una vez cierto pecador: «Señora, muestra que eres Madre»; y la Virgen le respondió:
«Muestra que eres hijo.» Y a otro que le invocaba como Madre de misericordia, le dijo: «Vosotros, cuando queréis que os favorezca, me llamáis Madre de misericordia; pero con tanto pecar, me hacéis Madre de miseria y dolor.»
Dice el Señor en el libro del Eclesiástico (3, 18): Maldito es de Dios el hombre que exaspera a su Madre; es decir, a su Madre María, como explica el mismo autor, porque Dios, sin duda, maldice al que con su mala vida y obstinación aflige a una Madre tan buena.
Otra cosa es cuando, a lo menos, se esfuerza el pecador por salir de su mal estado, y se vale para ello del favor de María; que entonces no dejará, por cierto, esta piadosa Madre de socorrerle, para que, al fin, recobre la gracia y amistad de Dios. Así los oyó Santa Brígida una vez, de boca del mismo Jesucristo, que dijo a su Madre amantísima estas palabras:
«Al que se esfuerza por volver a mí, Tú, Madre mía, le ayudas, sin dejar privado a nadie de consuelo.» Si el pecador se obstina, no puede merecer el amor de María; pero si aunque alguna pasión le tenga cautivo, sigue encomendándose y pidiéndole con humildad y confianza que le ayude a salir de su mal estado, sin duda le dará la mano, siendo Madre tan misericordiosa, y romperá sus prisiones y le pondrá en camino de salvación.
El sagrado Concilio de Trento (sess. 6, c. 7) condenó como herejía el decir que las oraciones y demás buenas obras hechas por la persona que está en pecado son pecados.
No lo son, porque si bien «la oración en la boca del pecador no es hermosa», como dice San Bernardo, por no ir acompañada de la caridad, es, por lo menos, útil y fructuosa para salir del estado de la culpa; y aunque tampoco es meritoria, Santo Tomás enseña que sirve para alcanzar la gracia del perdón, supuesto que la virtud para conseguirla no se funda en los méritos del que ruega, sino en la bondad divina y en la promesa y merecimientos de Jesucristo, que dijo en el Evangelio (Le., 11, 10):
Todo el que pida, recibirá. Y lo mismo debe entenderse en orden a la Madre de Dios. Si el que pide no merece ser oído, los méritos de María, a quien se encomienda, harán que lo sea. Por lo cual, exhorta San Bernardo a todos los pecadores a dirigirse a María en sus oraciones con gran confianza.
«Porque te habías hecho indigno de recibir la gracia, se concedió a María que por Ella recibas cuanto has menester.» Este es su oficio, oficio de Madre, y de tan buena Madre.
¿Qué no haría cualquiera madre por reconciliar a dos hijos suyos que se aborreciesen y buscasen para matarse? María es Madre de Jesús y Madre del pecador; y como no puede sufrir verlos enemistados, no descansa hasta ponerlos en paz.
Dice el espejo de nuestra señora: «Oh María, Tú eres la Madre del reo, tú la Madre del Juez; y siendo Madre de ambos, no puedes tolerar que haya discordia entre tus dos hijos.» Sólo exige del pecador que él se lo ruegue y tenga propósito de enmendarse. Cuando le ve pidiendo a sus pies misericordia, no mira los pecados que trae, sino el ánimo con que viene.
Si viene con buena intención, aunque haya cometido todos los pecados del mundo, le abraza, y sin desdeñarse de tanta miseria, le sana las heridas del alma, siendo, como es, .Madre de misericordia, no sólo en el nombre, sino ¡en las obras y en el amor y ternura con que nos ¡recibe y favorece.
En estos mismos términos le dijo la Santa Brígida la misma Señora: «Por mucho que uno peque, al punto le recibo; no miro a los ¡pecados que trae, sino a la intención con que viene; ¡no me desdeño de ungir y curar sus llagas, pues me llamo y soy en verdad Madre de misericordia.»
María, pues, es Madre de los pecadores que desean convertirse, y como tal, no sólo se compadece de ellos, sino que parece que siente como propio el mal de sus hijos. Cuando la Cananea rogó al Señor que librase a su hija de un demonio que la [atormentaba, dijo (Mt., 15, 22):
Ten misericordia de 'mí; una hija mía es molestada por el demonio. Si la hija lo era y no la madre, parece que debió haber dicho: «Señor, compadeceos de mi hija.»
Pero la mujer habló bien, porque las madres sienten como propios los males de sus hijos. Pues así es, puntualmente, como pide a Dios María por cualquier pecador que se acoge a Ella, y podemos creer que le dice de esta manera: «Señor, esta pobre alma, que está en pecado, es hija mía; ten misericordia, no lanío de ella como de Mí, que soy su Madre.»
¡Ojalá que todos los pecadores recurriesen a tan dulce Madre! Todos alcanzarían perdón. «¡Oh María! —exclama, maravillado, el autor del espejo dz nuestra señora — , Tú abrazas con afecto materno al pecador que todo el mundo desecha, sin que le dejes hasta verle reconciliado con el supremo Juez.»
Quiere decir que, cuando el hombre, por el pecado, se ve aborrecido y desechado de todos; cuando aun las criaturas insensibles, como el fuego, el aire y la tierra, quisieran castigarle y vengar el honor de su Criador ofendido, María le estrecha en sus brazos con afecto de madre, si él llega arrepentido a sus pies, y no le deja hasta reconciliarle con Dios y volverle a la gracia perdida.
Se echó a las plantas de David, como cuenta el libro II de Samuel (14,.6), una mujer de Tecua, celebrada por su discreción, y le dijo así:
Señor, yo tenía dos hijos, los cuales, por desgracia mía, riñeron, y el uno mató al otro, y después de haber quedado sin el uno, ahora quiere la justicia quitarme el otro. Tened compasión de mí y no permitáis, Señor, que me vea privada de mis dos hijos. El rey, compadecido, perdonó al delincuente, y se lo mandó volver libre. Pues esto viene a ser lo que dice María cuando ve a Dios airado contra el pecador que la invoca:
Dios mío, Yo tenía dos hijos, que eran Jesús y el hombre; éste ha dado a Jesús la muerte, y vuestra justicia quiere castigar al culpable; pero, Señor, tened compasión de Mí.
y si perdí al uno. No consintáis que pierda al otro también. ¡Ah! ¿Cómo Dios le ha de condenar, amparándole María y pidiéndole por él así, cuando el mismo Señor le dio por hijos a los pecadores?
«Yo se los di por hijos, parece que dice Su Divina Majestad, y Ella es tan solícita en el desempeño de su oficio, que a ninguno deja perecer de cuantos tiene a su cargo, especialmente si la invocan, sino que hace los mayores esfuerzos para restituirlos a mi amistad.»
Y ¿quién podrá comprender la bondad, misericordia y caridad con que nos recibe siempre que imploramos su ayuda y favor? Postrémonos a sus sagrados pies, dice San Bernardo, abracémoslos con toda confianza, y no nos apartemos de allí hasta lograr que nos bendiga y nos reconozca por hijos.
Nadie desconfie de su amor, sino dígale con todos los afectos del alma: «Madre y Señora mía, bien merezco por mis pecados ser desechado de Vos y recibir de vuestra mano cualquier castigo; pero aunque supiera perder la vida, no he de perder la confianza de que me habéis de salvar.
Toda mi esperanza la pongo en Vos, y con sólo que me concedáis morir delante de una imagen vuestra, implorando vuestra misericordia, no dudaré conseguir el perdón y volar al Cielo a bendeciros en compañía de tantos siervos vuestros que murieron implorando vuestro auxilio y fueron salvos por vuestra poderosa intercesión.»
Léase el ejemplo siguiente, y véase si podrá
ningún pecador desconfiar de la misericordia y amor de esta buena Madre, siempre que la invoque de corazón.
por makf | 26 Ago, 2025 | Glorias de Maria
¡Oh Señora, os diré como San Buenaventura, oh amabilísima Señora, que amando y dispensando gracias robáis los corazones de los hombres!: llevaos también el mío, pues, aunque miserable, desea amaros ardientemente.
Vos, Madre mía, con vuestra belleza enamorasteis al mismo Dios, y le trajisteis del Cielo a vuestro seno purísimo; ¿cómo podré yo vivir sin amaros? Igualmente os diré con aquel otro vuestro amante hijo San Juan Berchmans:
«No descansaré hasta conseguir un amor muy afectuoso a mi dulcísima Madre», un amor tierno y constante, pues que fue tan grande el vuestro para conmigo, sin merecerlo, antes bien, a no haber sido por él y por las muchas misericordias que de Dios me habéis alcanzado, ¿qué sería ya de mi? Si, pues, aun entonces, que no os amaba.
Vos me amabais tanto. 6qué no debo esperar de la bondad de vuestro corazón ahora que ya os amo? Os amo. Madre mía, sí, os amo, y quisiera juntar en mi pecho el amor de cuantos infelices hay en el mundo que no quieren amaros.
Quisiera tener millares de lenguas para dar a conocer vuestra grandeza, vuestra santidad, vuestra misericordia y el amor grande con que correspondéis a todos los que as aman. Si tuviere riquezas, todas las emplearía en vuestro honor y bulto; si tuviese vasallos, a todos los quisiera obligar a ser vuestros amantes.
Quisiera dar la vida por Vos, siendo necesario. Os amo, madre mía, pero, por otra parte, temo que el mío no es amor Verdadero, pues dicen que el amor hace semejantes a las personas que se aman.
Y así, viéndome tan diferente a Vos, lo tengo por señal je no amaros como debo. Vos tan pura, yo tan inmundo; Vos tan humilde, yo tan soberbio:
Vos tan santa, yo tan pecador. Mas esto es lo que hoy humildemente os pido, que ya que vuestro amor para conmigo es tan grande, que me hagáis semejante a Vos.
Poder tenéis para mudar los corazones; aquí está el mío: tomadle en vuestras manos sacratísimas y trocadle enteramente, dando a conocer al mundo lo mucho que podéis en favor de los que amáis, y haciéndome de este modo santo e hijo digno de tan alta Madre, como lo espero con toda confianza por vuestra bondad. Amén.
por makf | 26 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Una pastorcilla que guardaba ganado tenía puesta toda su afición y delicia en ir muchas veces a una ermita de nuestra Señora, edificada en el monte, y pasar allí el tiempo en obsequios y amorosos coloquios con su dulce Madre.
Y por no estar la imagen, que era de bulto, tan adornada como convenía, le hizo con mucha fatiga un manto decente. Un día trajo una guirnalda de flores silvestres, y subiéndose al altar, se la puso, diciendo:
«Madre mía, yo quisiera que fuese una corona de oro y piedras preciosas; pero como pobre os ofrezco esta guirnalda de flores; aceptadla en testimonio de lo mucho que os amo.» Con estos y otros obsequios semejantes procuraba venerarla y servirla.
Veamos ahora cuál fue la recompensa de parte de la tierna Señora para con esta su querida hija. Habiendo caído enferma de peligro, sucedió que yendo por allí de viaje dos religiosos, y habiéndose sentado a descansar a la sombra de un árbol, tuvieron una visión, el uno en sueños y el otro despierto.
Vieron que «e acercaba una compañía de doncellas muy hermosas, y una entre todas mucho más hermosa y llena de majestad, a la que preguntó uno de ellos:
«Señora, ¿quién sois y a dónde vais por estos caminos?» «Soy la Madre de Dios -respondió-, que con estas santas vírgenes voy a visitar aquí cerca a una pastorcilla que se está muriendo, pues ella me ha visitado muchas veces a Mí.» Y dicho esto, desaparecieron.
Los dos religiosos siervos de Dios se dijeron uno a otro: «Vamos también nosotros.»
Y llegando a la choza, hallaron a la moribunda echada en la paja. La saludaron, y ella les dijo:
«Hermanos, pedid a Dios que os abra los ojos del alma para que veáis la compañía que me asiste.»
Se arrodillaron y vieron a la Virgen, que, con una corona en la mano, estaba consolándola.
En esto comenzaron las vírgenes a cantar, y al mismo tiempo se desató del cuerpo aquella alma dichosa. María le puso la corona, y tomándola en sus dulces brazos, se la llevó consigo al Cielo.
por makf | 26 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Si, pues, María es nuestra Madre, consideremos ahora cuánto es el amor que nos profesa.
No pueden dejar los padres de amar a sus hijos; razón por la que, habiendo impuesto la divina Ley, como reflexiona Santo Tomás, obligación estrecha de amar a los padres, para éstos no hay mandamiento escrito, por estar impreso en la misma naturaleza tan fuertemente como aun en las fieras se ve, dice San Ambrosio. Y así, refieren las historias que ha habido casos en que, oyendo los tigres rugir a sus hijos, han ido nadando hasta la nave donde los llevaban.
Pues si aun los tigres hacen esta demostración, ¿cómo podrá olvidar a sus hijos una Madre que tiene el corazón tan tierno y amoroso? ¿Puede la mujer olvidarse del hijo que salió de sus entrañas? Pues dado por imposible que alguna madre se olvidase del suyo, dice María:
Yo jamás me olvidaré de ti (Is., 49, 15).
María es nuestra Madre, no según la carne, como antes dijimos, sino Madre por amor: Yo soy la Madre del Amor Hermoso (Prov., 24, 24). Por amor se hizo Madre nuestra, y de ello se gloría, siendo tanto el que nos tiene, aunque sin merecerlo, que no lo alcanza la imaginación, y tan ardiente, que deseó con vivas ansias morir por nosotros juntamente con su Hijo santísimo, inmolada en el ara de la cruz a manos de los verdugos. «Colgado estaba el Hijo de la cruz, y la Madre se ofrecía a los verdugos por nosotros.»
Pero consideremos los motivos que tiene para amarnos, a así vendremos mejor en conocimiento de la grandeza de su amor.
1. El primero nace del que tiene a Dios. Porque el amor a Dios y al prójimo están enlazados y contenidos en un mismo precepto, como enseña el evangelista San Juan (1 Jn., 4, 21); de manera, que, a medida que el uno crece, crece también el otro.
Por esta causa, los Santos, como amaban tanto a Dios, ¿qué no hicieron por amor del hombre? Exponer y aun perder la libertad y la vida por la salvación de cualquiera.
Sabemos los trabajos que pasó en las Indias San Francisco Javier, donde a veces, buscando las almas, se encaramaba por las breñas, entre mil peligros, hasta encontrar a los miserables en las cavernas, donde habitaban como fieras, y traerlos al conocimiento del verdadero Dios.
Sabemos lo que hizo por convertir a los herejes de la provincia de Chablais San Francisco de Sales, que durante un año estuvo cada día atravesando el río, por cima de un madero cubierto de hielo, con el peligro que se deja entender. Sabemos que San Paulino se vendió como un esclavo por rescatar al hijo de una pobre viuda.
Sabemos que San F.idel dio gustoso la vida predicando en otra parte a los herejes para ganarlos a Dios. Y así todos los santos, como tenían tan grande amor de Dios, hicieron por el prójimo cosas heroicas y admirables.
Ahora bien: ¿quién hubo que amase a Dios más que María? ¿Qué digo más, si en el primer instante de su ser excedía ya con mucho en el amor al de todos los Santos y ángeles juntos en todo el discurso de su vida? (Esto después lo probaremos detenidamente.)
Revelo ¡a misma Virgen a una ferviente religiosa que era tan grande su amor para con Dios, que con él se pudieran abrasar y consumir los cielos y la tierra, siendo en su comparación como un hielo todo el amor de los serafines.
Por este motivo, así como ni entre los espíritus bienaventurados hay quien más ame a Dios que María, así tampoco podemos tener nosotros quien más nos ame, siendo tan ardiente su amor, que si en un pecho se acumulase todo el de los padres y esposos, y también el de todos los Santos a sus devotos, no llegaría ni de lejos al que la Virgen sacratísima tiene a cualquier alma.
Confirmando esta verdad, escribe el P. Nieremberg que, en la misma comparación, todo el amor de las madres para con sus hijos es una sombra, pues que la Virgen nos ama sola más que todos los ángeles y santos juntos.
2. Además, nos ama tan ardientemente nuestra Señora porque Jesús, antes de expirar, nos encomendó a su maternal Cora/.ón, como hijos, en la persona de San Juan (Jn., 19. 26) Mujer, ése es tu hijo; que fue la postrera palabra dicha a su afligida Madre. Los últimos recuerdos que nos dejan a la hora de la muerte las personas a quienes mucho amamos, son ios que más se estiman y más impresos quedan en la memoria.
3. Además, nos ama tanto porque fue mucho lo que le costamos, como sucede a todas las madres, que aman comúnmente más a los hijos cuya vida les costó más trabajo y dolor.
Mas nosotros somos aquellos hijos por los cuales sufrió la pena indecible de ofrecer la vida de su amantísimo Jesús, y la de verle morir al rigor de los tormentos, con cuya oferta nos alcanzó la vida de la gracia. Así, pues, somos hijos suyos, y muy queridos, porque fue mucho lo que le costamos.
Y si el amor del Eterno Padre para con el mundo llegó a tal extremo que por él entregó a la muerte a su unigénito Hijo (Jn., 3, 16), de María también se puede decir: de tal modo nos amó María, que nos dio a su unigénito Hijo.
Mas Ella, ¿cuándo lo entregó? Cuando, como dice el Padre Nieremberg, le dio licencia para ir a padecer; cuando, de todos los demás abandonado, por odio o por temor, hubiera podido defenderle delante de los jueces, y no lo hizo.
Que bien es creíble que las palabras de una Madre tan amante y discreta hubieran bastado a inclinar en su favor el ánimo de aquellos hombres, especialmente de Pilato, que conoció y confesó públicamente la inocencia de Jesús; pero la Madre no despegó sus labios por no impedir la muerte del que pendía la redención del mundo.
Finalmente, le entregó mil veces al pie de la cruz, porque durante tres horas de agonía no cesó de ofrecer la vida de su querido Hijo por nuestro remedio, con sumo dolor, pero también con tal resolución y constancia, que San Antonino llegó a decir (¡cosa que pasma!) que por sí misma le hubiera inmolado, a ser así la voluntad expresa del Eterno Padre.
Porque si la fortaleza de Abrahán fue tan grande, que iba ya a sacrificar a su hijo por cumplir el divino mandato, mucho más santa y obediente que Abrahán fue María.
¡Oh, qué agradecidos debemos estar a su excesivo amor! ¿Con qué se puede pagar una fineza semejante? Dios no dejó sin premio la obediencia del gran Patriarca; mas nosotros, ¿qué podíamos retribuir a la Madre por la vida de aquel Hijo incomparablemente más amado y excelente que Isaac?
Muy obligados nos tenéis, Señora, dice San Buenaventura, pues que nadie nos amó jamás tanto, habiendo ofrecido tan a costa vuestra, por nuestro bien, al Hijo a quien amabais más que a la propia vida.
4. De aquí nace otra de las razones de su amor, y es el ver que fuimos comprados con el precio de la sangre de Jesucristo.
¡Cuánto estimaría una madre a un cautivo rescatado por un hijo suyo a costa de veinte años de cárceles y trabajos! Mucho más nos aprecia María, que sabe muy bien que sólo por rescatarnos con su vida vino al mundo nuestro divino Redentor, según Él ¡mismo lo dijo (Le., 19, 10): Yo vine a salvar lo que habia perecido; y para salvarlo tuvo a bien entregar la propia vida.
Por lo cual, si esta Señora nos amase poco, no sería mostrar toda la estimación debida a tan preciosa sangre. Santa Isabel de Hungría, terciaria franciscana, tuvo revelación de que la Virgen, desde el día que se consagró a Dios en el templo, no cesó de pedir por nosotros, solicitando con instancia la pronta venida del Mesías. Pues ¿cuánto más debemos creer que nos ame ahora, después de vernos tan estimados y ya redimidos a tanta costa por su Hijo amantísimo?
Y como todos lo fuimos igualmente, no excluye a ninguno de su amor, ni a nadie deja de favorecer.
Vestida del sol la vio San Juan (Apoc., 12, 1), porque así como no hay en la tierra cosa que pueda esconderse del calor del astro (Ps., 18, 7), así no hay viviente privado del calor de María, esto es, de su amor.
¿Quién podrá comprender el cuidado que tiene de todos, siendo Madre tan amorosa? A todos, dice San Antonino, nos ofrece y dispensa su misericordia inagotable; a todos nos deseó la salvación eterna, cooperando eficazmente para que la alcanzásemos.
Por esto es útilísima la práctica de algunos devotos, los cuales, como atestigua el jesuíta Padre Salazar, tienen la costumbre de decir a Dios en sus oraciones: «Señor, dadme lo que pide por mí la santísima Virgen María»; y hacen bien en ello, dice el mismo autor, pues que nuestra Madre nos desea beneficios mucho mayores que los que nosotros podemos desear; y por igual razón le aplica San Alberto Magno aquellas palabras de la Sabiduría (6, 14):
Praeoccupat qui se concupiscunt, ut U lis se prior ostendat. Se anticipa y viene a buscar aun a los que no la buscan. Antes de llamarla ya está allí.
Pues si es tan benigna aun con los ingratos" e indolentes, que la aman poco, y no se cuidan de acudir a Ella, ¿cuál será su amor para con los que fervientemente la aman y de continuo la invocan? Fácilmente se deja ver de los que la aman (Sap., 6, 13).
¡Qué dulzura para nosotros hallarla tan llena de piedad y amor! No puede dejar de amar viéndose amada (Prov., 8, 17), mayormente a los que corresponden a su amor con mayor ternura; que bien conoce los que son, bien sabe distinguirlos entre los demás, llegando hasta presentarse a servir a los que le sirven, en expresión de un sabio religioso.
Hallábase próximo a la muerte, como cuenta la Crónica, Leonardo, de la Sagrada Orden de Predicadores, el cual había tenido la práctica de invocarla doscientas veces al día. De pronto, ve a su lado a una Reina hermosísima, que le dice: «Leonardo, ¿quieres venir conmigo donde mi Hijo está?» «¿Quién sois Vos?», preguntó el religioso.
«La Madre de misericordia —respondió la Virgen-, y pues que tantas veces me has llamado, ahora vengo por ti; vente conmigo al Cielo.» En esto expiró el religioso, dejando prendas tan envidiables de salvación.
¡Oh dulcísima Reina! ¡Felices los que os aman! Decía San Juan Berchmans, de la Compañía de Jesús: «Si amo a María, puedo estar seguro de la perseverancia, y todo cuanto quiera lo alcanzaré de Dios.» Por todo esto, el devotísimo joven no se cansaba nunca de repetir:
«Quiero amar a María.» Mas, aunque sus devotos la amen cuanto alcancen sus fuerzas, María los ama mucho más.
Ámenla tanto como San Estanislao de Kostka, cuyo amor era tan ferviente, que en empezando a hablar de la Virgen comunicaba su fervor a todos los presentes; tan ingenioso, que siempre estaba inventando nuevos nombres y títulos con que venerarla; tan continuo, que no empezaba ninguna cosa sin pedirle antes su bendición; tan afectuoso, que cuando rezaba su Oficio o el santo Rosario, u otras oraciones, parecía que la estaba viendo; tan tierno, que de sólo oír cantar la Salve se le inflamaba el pecho y el semblante; tan filial, que si le preguntaban que si le amaba mucho, respondía: «¿Cómo no la he de amar, si es mi Madre?», acompañando estas expresiones con aspecto y semblante de ángel.
— Ámenla tanto como el Beato Hermán, que le decía su amada esposa, con cuyo dulce nombre le había honrado la misma soberana Señora. — Tanto como San Felipe Neri, que sólo de pensar en Ella se llenaba su alma de consuelo, llamándola su delicia.— Tanto como San Buenaventura, que le decía, no sólo Madre y Señora, sino su corazón y su alma.
— Ámenla tanto como aquel su finísimo amante Bernardo, que con la fuerza del amor la llegó a llamar robadora de corazones, asegurando que el suyo de cierto se lo había robado.— Llámenla su querida, como San Bernardino, el cual, iba diariamente a una capilla suya, y allí pasaba con Ella las horas enteras en amoroso coloquio.
—Ámenla tanto como San Luis Gonzaga, que de sólo oírla nombrar se le encendía el corazón y el rostro. — Ámenla tanto como San Francisco Solano, que algunas veces, como fuera de sí, llevado de una santa locura, se ponía a cantar coplas cariñosas delante de una imagen, a semejanza de lo que hacen de noche los amantes del mundo.
Ámenla tanto como la amaron todos sus siervos, los cuales ya no sabían qué hacer en prueba de su amor: como el Padre Juan de Trejo, de la Compañía, que se llenaba de júbilo al considerarse esclavo suyo, y en testimonio de esclavitud iba muchas veces a visitarla a las iglesias, y allí bañaba el suelo con abundancia de lágrimas, besándole y limpiando el polvo con la cara y la lengua, por ser casa de su amada Señora; como el Padre Diego Martínez, también de la Compañía, que, en premio a su gran devoción a la celestial Señora, en todas sus festividades le llevaban los ángeles al Cielo, a que viese la solemnidad con que allí se celebraban, y al subir iba diciendo a voces:
«Quisiera tener todos los corazones de ángeles y santos para amar a María; quisiera tener las vidas de todos los hombres para darlas todas en obsequio de María»; protestando que de muy buena gana hubiera sufrido los mayores tormentos por que María no hubiese perdido (bien que no podía) un solo gramo de toda su grandeza, y que si ésta hubiera estado en su mano, toda se la hubiera cedido, por ser Ella incomparablemente más digna.
Amémosla como Carlos, hijo de Santa Brígida, que aseguraba no haber en el mundo cosa que más le llenase de gozo que el saber lo mucho que Dios amaba a María; o como San Alonso Rodríguez, que deseaba ardientemente dar la vida por Ella; o como Francisco Binans, religioso, y Santa Radegunda, reina, que se esculpieron en el pecho su dulce nombre.
Lleguen hasta a marcársele a fuego, como hicieron, arrebatados de amor, Juan Bautista Arquinto y Agustín Espinosa, ambos jesuitas.
Hagan, finalmente, todo lo que el amor más apasionado y ardiente les pueda inspirar, que nunca llegarán sus amantes a quererla tanto como Ella los ama. «Sé muy bien, Señora —decía un discípulo de San Bernardo —, que sois amantísima y que en el amar no os dejáis vencer de nadie.»
Se hallaba una vez delante de una imagen suya San Alonso Rodríguez, y sintiéndose abrasado en su amor, le dijo: «Madre mía, ¡si Vos me amarais tanto como os amo yo!» A lo cual respondió la Virgen:
«Eso no, Alonso: que, aunque es grande el amor que me tienes, es mucho más lo que yo te amo.» Tiene razón el piadoso autor del Salterio Mariano para exclamar: «¡Felices los que son firmes en el amor de esta amabilísima Señora!»
Felices, porque siendo tan agradecida, no deja que nadie la exceda en el amor, imitando en esto, como en todo lo demás, a su Hijo santísimo, que en pago de cualquier obsequio vuelve duplicados los favores.
Exclamaré yo también, con San Anselmo: Derrítase mi corazón en el amor de Jesús y María.
Haced, Señor; haced, Madre mía, que llegue a amaros tanto como merecéis.
¡Oh Dios, enamorado de los hombres!, pues que disteis voluntariamente la vida por ellos, ¿podréis negar ahora vuestro amor a quien pide amaros con todo el corazón a Vos y a vuestra dulce Madre?
por makf | 26 Ago, 2025 | Glorias de Maria
¡Oh Madre santísima! ¿Cómo es posible que teniendo una Madre tan santa sea yo tan pecador?, ¿una Madre abrasada en el amor divino, y ame yo tan locamente a las criaturas?, ¿una Madre riquísima en virtudes, y me vea yo tan pobre y desnudo de todas ellas?
Verdaderamente, Señora, no soy digno de llamarme hijo vuestro, y así me tendré por feliz en que siquiera me contéis como el menor de vuestros esclavos, que por sólo ese título renunciaría gustoso todos los reinos de la tierra.
No me privéis de la dicha de poder, a lo menos, deciros Madre. Este nombre dulcísimo me llena de tanta confianza, que, aunque, por otra parte, me aterran mis pecados y el rigor de la divina justicia, me conforta y alienta el pensar que sois Madre mía.
Permitidme, pues, que os llame Madre, y Madre amabilísima. Así quiero llamaros, y así os llamaré siempre. Después de Dios habéis de ser toda mi esperanza, refugio y amor, mientras viva en este valle de lágrimas, y cuando llegue la hora de mi muerte, pondré mi alma en vuestras manos benditísimas, diciendo con toda seguridad: Madre mía.
Madre mía, vuestro soy; amparadme y tened misericordia de mí. Amén.