» Ofrecimiento Después de Cada Hora

Autora: Luisa Piccarretta

Amable Jesús mío, Tú me has llamado en esta Hora de tu Pasión a hacerte compañía y yo he venido.

Me parecía sentirte angustiado y doliente que orabas, que reparabas y sufrías y que con las palabras más elocuentes y conmovedoras suplicabas la salvación de las almas.

He tratado de seguirte en todo, y ahora, teniendo que dejarte por mis habituales obligaciones, siento el deber de decirte: “Gracias” y “Te Bendigo”.

Sí, oh Jesús!, gracias te repito mil y mil veces y Te bendigo por todo lo que has hecho y padecido por mí y por todos...

Gracias y Te bendigo por cada gota de sangre que has derramado, por cada respiro, por cada latido, por cada paso, palabra y mirada, por cada amargura y ofensa que has soportado.

En todo, oh Jesús mío, quiero besarte con un “Gracias” y un “Te bendigo”.

Ah Jesús, haz que todo mi ser te envíe un flujo continuo de gratitud y de bendiciones, de manera que atraiga sobre mí y sobre todos el flujo continuo de tus bendiciones y de tus gracias...

Ah Jesús, estréchame a tu Corazón y con tus manos santísimas séllame todas las partículas de mi ser con un “Te Bendigo” tuyo, para hacer que no pueda salir de mí otra cosa sino un himno de amor continuo hacia Ti.

Dulce Amor mío, debiendo atender a mis ocupaciones, me quedo en tu Corazón. Temo salir de Él, pero Tú me mantendrás en Él, ¿no es cierto? Nuestros latidos se tocarán sin cesar, de manera que me darás vida, amor y estrecha e inseparable unión Contigo.

Ah, te ruego, dulce Jesús mío, si ves que alguna vez estoy por dejarte, que tus latidos se sientan más fuertemente en los míos, que tus manos me estrechen más fuertemente a tu Corazón, que tus ojos me miren y me lancen saetas de fuego, para que sintiéndote, me deje atraer a la mayor unión Contigo.

Oh Jesús mío!, mantente en guardia para que no me aleje de Ti. Ah bésame, abrázame, bendíceme y haz junto conmigo lo que debo ahora hacer...

Décimo Octava Hora – De las 10 a las 11 de la Mañana 18 » Jesús abraza la cruz

Autora: Luisa Piccarretta

Jesús mío, amor insaciable, veo que no te das tregua; siento tus delirios de amor y tus dolores; el Corazón te late con fuerza, y en cada latido siento explosiones, torturas, violencias de amor; y Tú, no pudiendo contener el fuego que te devora, te afanas, gimes, suspiras, y oigo que en cada gemido dices “¡Cruz!”, y cada gota de tu sangre repite “¡Cruz!”.

Y todas tus penas, en las cuales nadas como en un mar interminable, repiten entre ellas “¡Cruz!”. Y Tú exclamas:

“¡Oh Cruz amada y suspirada, tú sola salvarás a mis hijos, y en ti concentro Yo todo mi amor!”.

Entre tanto, tus enemigos te hacen nuevamente entrar en el pretorio y te quitan la púrpura y quieren ponerte de nuevo tus vestidos.

¡Pero ay, cuánto dolor! ¡Más dulce me sería morir que verte sufrir tanto! ¡La vestidura se atora en la corona y no pueden sacártela por arriba, así que, con crueldad jamás vista, te arrancan todo junto: la púrpura y la corona.

A tan cruel tirón se rompen muchas espinas y quedan clavadas en tu cabeza; la sangre te llueve a chorros, y es tan intenso el dolor, que gimes; pero tus enemigos no teniendo en cuenta tus torturas, te ponen tus vestiduras y de nuevo vuelven a ponerte la corona, y oprimiéndola fuertemente a tu cabeza hacen que las espinas te hieran en los ojos, en las orejas… De manera que no hay parte en tu santísima cabeza en que no sientas las punzadas de ellas.

Y tan intenso es el dolor bajo esas manos crueles que vacilas, te estremeces de los pies a la cabeza y entre atroces espasmos estás a punto de morir… pero con tus ojos apagados y llenos de sangre, penosamente me miras para pedirme ayuda en medio de tanto dolor…

Jesús mío, Rey de los dolores, déjame que te sostenga y te estreche a mi corazón.

Quisiera tomar el fuego que te devora para hacer cenizas a tus enemigos y ponerte a salvo, pero Tú no quieres, porque las ansias de la Cruz se hacen aún más ardientes y quieres inmolarte ya sobre ella, aun para bien de tus mismos enemigos…

Pero mientras te estrecho a mi corazón, Tú estrechándome al tuyo, me dices: “Hija mía, hazme desahogar en amor y repara conmigo por aquellos que haciendo el bien me deshonran…

Estos judíos me visten con mis ropas para desacreditarme aun más ante el pueblo, tratándolo de convencer de que Yo soy un malhechor. En apariencia, el acto de vestirme era bueno, pero en sí mismo era malvado…

Ah, cuántos hacen obras buenas, administran Sacramentos o los frecuentan, pero lo hacen con fines humanos e incluso perversos, y como el bien, mal hecho, conduce a la dureza, Yo quiero por segunda vez ser coronado, y con dolores más atroces que en la primera, para romper esta dureza y así atraer con mis espinas a las criaturas a Mí…

Ah, hija mía, esta segunda coronación es para Mí aun más dolorosa, la cabeza me la siento nadando entre espinas, y en cada movimiento que hago y en cada golpe que me dan, otras tantas muertes crueles sufro.

Y así reparo por la malicia de las ofensas, reparo por aquellos que, en cualquier estado de ánimo que estén, en lugar de ocuparse de la propia santificación, se disipan y rechazan mi Gracia, y vuelven a procurarme espinas aun más punzantes, y Yo me veo obligado a gemir, a llorar con lágrimas de sangre y a suspirar por su salvación…

¡Ah, Yo hago de todo por amar a las criaturas, y ellas hacen de todo por ofenderme! Al menos tú no me dejes solo en mis penas y en mis reparaciones”.

Destrozado Bien mío, contigo reparo, contigo sufro; mas veo que tus enemigos te precipitan por la escalinata; el populacho con ansia y furor te espera; ya te hacen encontrar preparada la cruz, que con tantos suspiros ansías; con amor la miras y con paso decidido te acercas a abrazarla, pero antes la besas, y corriéndote un estremecimiento de alegría por tu santísima Humanidad, con sumo contento tuyo vuelves a mirarla midiendo su longitud y su anchura…

En ella estableces la porción para todas y cada una de las criaturas, y las dotas suficientemente para vincularlas a la Divinidad con un vínculo nupcial y hacerlas herederas del Reino de los Cielos; y luego, no pudiendo contener el amor con que las amas, vuelves a besar la Cruz y le dices:

“Cruz adorada, por fin te abrazo… Tú eras el suspiro de mi Corazón, el martirio de mi Amor; pero tú, oh Cruz, tardaste hasta ahora, en tanto que mis pasos siempre se dirigían hacia ti…

Cruz Santa, tú eras la meta de mis de mis deseos, la finalidad de mi existencia acá abajo. En ti concentro todo mi ser; en ti pongo a todos mis hijos…

Tú serás su vida y su luz, su defensa, su protección, su fuerza…

Tú los sostendrás en todo y me los conducirás gloriosos al Cielo.

Oh Cruz, cátedra de Sabiduría, sólo tú enseñarás la verdadera santidad, sólo tú formarás los héroes, los atletas, los mártires, los Santos…

Cruz hermosa, tú eres mi trono, y teniendo Yo que abandonar la tierra, quedarás tú en mi lugar…

A ti te entrego en dote a todas las almas: ¡Custódiemelas, sálvamelas… te las confío! “. Y diciendo esto, ansioso te la haces poner sobre tus hombros…

Ah Jesús mío, la Cruz para tu amor es demasiado ligera, pero el peso de la Cruz se une al de nuestros enormes e inmensos pecados, tan enormes e inmensos como es la extensión de los cielos; y Tú, triturado bien mío, te sientes aplastar bajo el peso de tantos pecados.

Tu alma se horroriza ante su vista y sientes la pena propia de cada pecado; tu Santidad queda conmocionada ante tanta fealdad, y por esto, sosteniendo la Cruz sobre tus hombros, vacilas, jadeas, y de tu Humanidad santísima brota un sudor mortal.

Ay, Amor mío, no tengo ánimo de dejarte solo; quiero dividir contigo el peso de la Cruz, y para aliviarte del peso de los pecados me estrecho a tus pies…

Y en nombre de todas y de cada una de las criaturas quiero darte amor por la que no te ama; alabanzas, por la que te desprecia, y bendiciones, gratitud y obediencia, por todas.

Declaro que por cualquier ofensa que recibas quiero ofrecerte todo mi ser en reparación y hacer el acto opuesto a las ofensas que las criaturas te hagan y consolarte con mis besos y con mis continuos actos de amor…

Pero veo que soy demasiado miserable, por lo que tengo necesidad de ti para poder darte reparación de verdad.

Por eso me uno a tu santísima Humanidad, y junto contigo uno mis pensamientos a los tuyos para reparar los pensamientos malos míos y los de todos; uno mis ojos a los tuyos para reparar por las malas miradas; uno mi boca a la tuya para reparar por las blasfemias y por las malas conversaciones; uno mi corazón al tuyo para reparar por las inclinaciones, por los deseos y por los actos malos; en una palabra, quiero reparar por todo lo que repara tu santísima Humanidad, uniéndome a la inmensidad de tu amor por todos y al bien inmenso que haces a todos.

Pero no me contento aún… Quiero unirme a tu Divinidad para perder mi nada en ella y así poder dar todo…

Camino al Calvario

Pacientísimo Jesús mío, veo que das los primeros pasos bajo el enorme peso de la Cruz… Y uno mis pasos a los tuyos, y cuando Tú, débil, desangrado y agobiado, vayas a caer, a tu lado estaré yo para sostenerte, y pondré mis hombros bajo la Cruz para compartir contigo el peso.

No me desdeñes, sino acéptame como tu fiel compañera…

Oh Jesús, me miras y veo que reparas por aquellos que no llevan con resignación su propia cruz, sino que reniegan, se irritan, se suicidan o cometen homicidios; y Tú impetras para todos resignación y amor a la propia cruz…

Pero es tanto tu dolor, que te sientes aplastar bajo el peso de la Cruz.

Son los primeros pasos apenas que das y ya caes bajo ella, y al caer te golpeas en las piedras, las espinas se clavan más profundamente aun en tu cabeza y todas tus heridas se abren y sangran nuevamente; y no teniendo fuerzas para levantarte, tus enemigos, irritados, a puntapiés y empellones tratan de ponerte en pie.

Amor mío caído, déjame que te ayude a ponerte de pie, que te bese, que te limpie la sangre y que contigo repare por quienes pecan por ignorancia, por fragilidad y por debilidad, y te ruego que des ayuda a todas estas almas.

Vida mía Jesús, tus enemigos, haciéndote sufrir dolores inauditos, han logrado ponerte de pie… Y mientras caminas vacilante, oigo tus respiros afanosos; tu Corazón late con más fuerza y nuevas penas te lo traspasan acerbamente; y sacudes la cabeza para quitar de tus ojos la sangre que los llena, y miras con ansiedad…

Ah Jesús mío, comprendo todo: Es tu Mamá, que, como gimiente paloma, va en tu búsqueda y quiere decirte una palabra y recibir una última mirada tuya; y Tú sientes sus penas, sientes en tu Corazón el suyo lacerado, y enternecido y herido por vuestro común amor la descubres abriéndose paso entre la gente, pues quiere a toda costa verte, abrazarte y darte su último adiós…

Pero Tú quedas aún más traspasado al ver su palidez mortal y todas tus penas reproducidas en Ella por la fuerza del amor. Y si Ella continúa viviendo es sólo por un milagro de tu Omnipotencia…

Ya diriges tus pasos al encuentro de los suyos, pero dificilmente podéis apenas cruzaros una mirada…

¡Oh dolor del corazón de ambos! Los soldados han caído en la cuenta y a empellones impiden que la Madre y el Hijo os deis un último adiós, y es tan grande el dolor y la angustia de los dos, que tu Mamá queda petrificada por el dolor y está a punto de desfallecer…

Pero el fiel Juan y las piadosas mujeres la sostienen mientras Tú caes nuevamente bajo la Cruz. Entonces tu Mamá dolorosa, lo que no hace con el cuerpo porque se ve imposibilitada, lo hace con el alma:

Entra en ti, hace suyo el Querer del Eterno y asociándose en todas tus penas te hace el oficio de Mamá, te besa, te repara, te cura, y en todas tus llagas derrama el bálsamo de su materno y doloroso amor.

Penante Jesús mío, yo también me uno con la traspasada Madre; hago mías todas tus penas, y en cada gota de tu sangre, en cada una de tus llagas quiero hacerte de madre, y junto con Ella y contigo reparo por todos los encuentros peligrosos y por quienes se exponen a las ocasiones de pecado, o que forzados a exponerse por necesidad, quedan atrapados por el pecado…

Y Tú entre tanto gimes caído bajo la Cruz… Los soldados temen que mueras bajo el peso de tantos tormentos y por haber perdido tanta sangre; y es por esto por lo que a fuerza de latigazos y a puntapiés tratan de ponerte en pie…

Y así reparas por las repetidas caídas en el pecado, los pecados graves cometidos por toda clase de personas, y ruegas por los pecadores obstinados, llorando con lágrimas de sangre por su conversión.

Quebrantado Amor mío, mientras te sigo en las reparaciones, veo que no eres ya capaz de sostenerte bajo el peso enorme de la Cruz…

Vacilas… Y a los continuos golpes que recibes, las espinas penetran cada vez más en tu santísima cabeza; y la Cruz, por su gran peso, se hunde en tu hombro, formando en él una llaga tan profunda que te descubre los huesos…

A cada paso me parece que te mueres, y por todo esto te ves imposibilitado para seguir adelante… Pero tu amor, que lo puede y lo vence todo, te da nuevas fuerzas.

Y al sentir que la Cruz se hunde en tu hombro reparas por los pecados ocultos, que no siendo reparados acrecientan la crudeza de tus dolores…

Jesús mío, déjame que ponga mi hombro bajo la Cruz para aliviarte, y que repare contigo por todos los pecados ocultos.

Entonces tus enemigos, por temor de que mueras bajo la Cruz, obligan al Cirineo a ayudarte a llevar la Cruz, y él te ayuda, pero de mala gana y vociferando; no por amor, sino por fuerza…

Y ante esto, en tu Corazón resuenan como un inmenso eco todos los lamentos de quienes sufren, las faltas de resignación, las rebeliones, los enojos y los desprecios en el sufrir; pero quedas aun más dolorido al ver que las almas consagradas a ti, a quienes llamas por compañeras y ayudas en tu dolor, te huyen, y si Tú con el dolor las estrechas a ti, ah, se liberan de tus brazos para ir en busca de placeres y te dejan a ti solo en el sufrir…

Jesús mío, mientras reparo contigo, te ruego que me estreches entre tus brazos, y tan fuerte, que no haya ninguna pena que Tú sufras en la que yo no tome parte, para transformarme en ellas y para compensarte por el abandono de todas las criaturas.

Quebrantado Jesús mío, a duras penas y todo encorvado caminas… pero veo que te detienes y tratas de mirar. Corazón mío, ¿qué pasa, qué quieres?

Ah, es la Verónica que, sin temor a nada; valientemente te enjuga con un paño el rostro, cubierto todo de sangre. Y Tú se lo dejas estampado en señal de gratitud…

Generoso Jesús mío, también yo quiero enjugarte, pero no con un paño, sino que quiero presentar todo mi ser para aliviarte, quiero entrar en tu interior y darte, oh Jesús mío, latidos por latidos, respiros por respiros, afectos por afectos, deseos por deseos…

Quiero arrojarme en tu santísima inteligencia, y haciendo correr todos esos latidos, respiros, afectos y deseos en la inmensidad de tu Voluntad, quiero multiplicarlos infinitamente…

Quiero, oh Jesús mío, formar olas de latidos para hacer que ningún otro latido malo repercuta en tu Corazón, y así poderte aliviar todas tus amarguras íntimas; quiero formar olas de afectos y de deseos para alejar todos los afectos y deseos malos que pudieran entristecer en lo más mínimo a tu Corazón; y deseo así mismo formar oleadas de respiros y de pensamientos que pongan en fuga cualquier respiro y pensamiento que pudiesen desagradarte en lo más mínimo…

Estaré bien atenta, oh Jesús, para que nada más te aflija y añada otras amarguras a tus penas internas…

Oh Jesús mío, haz que todo mi interior nade en la inmensidad del tuyo; así podré encontrar amor suficiente y voluntad capaz de hacer que no entre en tu interior un amor malo ni una voluntad que pudieran desagradarte.

Entre tanto, tus enemigos, viendo mal este acto de la Verónica, te empujan, te azotan y te hacen proseguir el camino… Otros pocos pasos y de nuevo te detienes, pero tu amor, bajo el peso de tantas penas, no se detiene, y viendo a las piadosas mujeres que lloran por tus penas, te olvidas de ti mismo y las consuelas diciéndoles:

“Hijas, no lloréis mis penas, sino por vuestros pecados y los de vuestros hijos.” ¡Qué enseñanza sublime! ¡Qué dulce es tu. palabra!

Oh Jesús, contigo reparo por las faltas de caridad y te pido la gracia de olvidarme de mí misma para que no me acuerde sino sólo de ti. Pero tus enemigos; al oírte hablar se llenan de furor, tiran de ti con las cuerdas y te empujan con tanta rabia que te hacen caer, y cayendo te golpeas en las piedras.

El peso de la Cruz te oprime, te tortura y te sientes morir… Déjame que te sostenga y que con mis manos alivie tu santísimo rostro… Veo que tocas la tierra y te ahogas en tu misma sangre.

Pero tus enemigos te quieren poner de pie, tiran de ti con las cuerdas, te levantan por los cabellos, te dan empellones y puntapiés… pero todo es en vano.

¡Te mueres, Jesús mío! ¡Qué pena! ¡El corazón se me rompe por el dolor! Y casi arrastrándote te llevan al monte Calvario; y mientras te arrastran, siento que reparas por todas las ofensas de las almas consagradas a ti, que te dan tanto peso, que Tú, por más que te esfuerzas por levantarte, te resulta imposible…

Y así, arrastrado y pisoteado llegas al Calvario, dejando por donde pasas rojas huellas de tu sangre preciosa.

Jesús es despojado de Sus vestiduras

Y aquí en el Calvario te esperan nuevos dolores. Te desnudan de nuevo y te arrancan vestidura y corona de espinas.

Ah, gimes al sentir que de tu cabeza te arrancan las espinas; y arrancándote tus ropas, te arrancan también tus pocas carnes laceradas que aún te quedan y que están adheridas a ellas.

Las llagas se abren de nuevo, la sangre corre a ríos hasta el suelo, y es tan grande el dolor que caes casi muerto.

Y nadie se mueve a compasión por ti, bien mío… al contrario, con bestial furor te ponen de nuevo la corona de espinas, te la clavan a golpes y son tan insoportables los dolores por las laceraciones y al arrancarte los cabellos amasados en la sangre ya coagulada, que sólo los ángeles podrían decir lo que sufres, mientras horrorizados retiran sus angélicas miradas y lloran…

Desnudado Jesús mío, déjame que te estreche a mi corazón para calentarte, porque veo que tiemblas y que un gélido sudor de muerte invade tu santísima Humanidad.

¡Cuánto quisiera darte mi vida y mi sangre para sustituir a la tuya, la que has perdido para darme Vida!

Y Jesús, mientras, mirándome con sus lánguidos y agonizantes ojos parece decirme:

“¡Hija mía, cuánto me cuestan las almas! Aquí es el lugar donde las espero a todas para salvarlas, donde quiero reparar los pecados de aquellos que llegan a degradarse por debajo de las bestias y que se obstinan tanto en ofenderme que llegan a no saber vivir sin cometer pecados.

Su razón queda ciega y pecan frenéticamente, y por eso me coronan de espinas por tercera vez. Y siendo desnudado reparo por quienes llevan vestidos de lujo e indecentes, por los pecados contra la modestia y el pudor y están atados a las riquezas, a los honores y a los placeres, que de todo eso hacen un dios para sus corazones…

Ah sí, cada una de estas ofensas es una muerte que siento, y si no muero es sólo porque el Querer de mi Padre Eterno no ha decretado aún el momento de mi muerte.”

Desnudado bien mío, mientras reparo contigo, te suplico me despojes de todo con tus santísimas manos y no permitas que ningún afecto malo entre en mi corazón; vigílamelo, rodéamelo con tus penas y llénamelo con tu Amor.

Haz que mi vida no sea sino la repetición de tu Vida, y confianza mi despojamiento con tu bendición.

Bendíceme de corazón y dame la fuerza de asistir a tu dolorosa crucifixión para quedar crucificada yo también contigo.

» Preparación antes de la Meditación

Autora: Luisa Piccarretta

Oh Señor mío Jesucristo, postrada ante tu divina presencia suplico a tu amorosísimo Corazón que quieras admitirme a la dolorosa meditación de las Veinticuatro Horas en las que por nuestro amor quisiste padecer, tanto en tu cuerpo adorable como en tu alma santísima, hasta la muerte de Cruz.

Ah, dame tu ayuda, gracia, amor profunda compasión y entendimiento de tus padecimientos mientras medito ahora la Hora...

Y por las que no puedo meditar te ofrezco la voluntad que tengo de meditarlas, y quiero en mi intención meditarlas durante las horas en que estoy obligada dedicarme a mis deberes o a dormir.

Acepta, oh misericordioso Señor, mi amorosa intención y haz que sea de provecho para mí y para muchos, como si en efecto hiciera santamente todo lo que deseo practicar.

Gracias te doy, oh mi Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración. Y para agradecerte mejor, tomo tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y con éstos quiero orar, fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, y extendiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza en tu corazón empiezo...

» Ofrecimiento Después de Cada Hora

Autora: Luisa Piccarretta

Amable Jesús mío, Tú me has llamado en esta Hora de tu Pasión a hacerte compañía y yo he venido.

Me parecía sentirte angustiado y doliente que orabas, que reparabas y sufrías y que con las palabras más elocuentes y conmovedoras suplicabas la salvación de las almas.

He tratado de seguirte en todo, y ahora, teniendo que dejarte por mis habituales obligaciones, siento el deber de decirte: “Gracias” y “Te Bendigo”.

Sí, oh Jesús!, gracias te repito mil y mil veces y Te bendigo por todo lo que has hecho y padecido por mí y por todos...

Gracias y Te bendigo por cada gota de sangre que has derramado, por cada respiro, por cada latido, por cada paso, palabra y mirada, por cada amargura y ofensa que has soportado.

En todo, oh Jesús mío, quiero besarte con un “Gracias” y un “Te bendigo”.

Ah Jesús, haz que todo mi ser te envíe un flujo continuo de gratitud y de bendiciones, de manera que atraiga sobre mí y sobre todos el flujo continuo de tus bendiciones y de tus gracias...

Ah Jesús, estréchame a tu Corazón y con tus manos santísimas séllame todas las partículas de mi ser con un “Te Bendigo” tuyo, para hacer que no pueda salir de mí otra cosa sino un himno de amor continuo hacia Ti.

Dulce Amor mío, debiendo atender a mis ocupaciones, me quedo en tu Corazón. Temo salir de Él, pero Tú me mantendrás en Él, ¿no es cierto? Nuestros latidos se tocarán sin cesar, de manera que me darás vida, amor y estrecha e inseparable unión Contigo.

Ah, te ruego, dulce Jesús mío, si ves que alguna vez estoy por dejarte, que tus latidos se sientan más fuertemente en los míos, que tus manos me estrechen más fuertemente a tu Corazón, que tus ojos me miren y me lancen saetas de fuego, para que sintiéndote, me deje atraer a la mayor unión Contigo.

Oh Jesús mío!, mantente en guardia para que no me aleje de Ti. Ah bésame, abrázame, bendíceme y haz junto conmigo lo que debo ahora hacer...

Décimo Séptima Hora – De las 9 a las 10 de la Mañana 17 » Jesús es coronado de espinas “Ecce Homo” Jesús es condenado a muerte

Autora: Luisa Piccarretta

Jesús mío, amor infinito, más te miro y más comprendo cuánto sufres… Ya estás todo lacerado y no hay parte
sana en ti.

Los verdugos, haciéndose aun más feroces al ver que Tú, en medio de tantas penas, los miras con tanto
amor, y que tus miradas amorosas forman un dulce encanto, como si fueran tantas voces que ruegan y que
suplican más penas y nuevas penas, aunque ellos son inhumanos, pero también forzados por tu amor, te ponen
de pie, y Tú, no pudiéndote sostener, de nuevo caes en tu sangre…

Y ellos, irritados, con puntapiés y a empujones te hacen llegar al lugar en que te coronarán de espinas.
Amor mío, si Tú no me sostienes con tu mirada de amor, yo no puedo continuar viéndote sufrir…

Siento ya un escalofrío hasta en mis huesos, el corazón me late fuertemente, me siento morir…

¡ Jesús, Jesús, ayúdame! Y mi amable Jesús me dice:

“Ánimo, hija mía, no pierdas nada de lo que sufro. Sé atenta a mis enseñanzas. Yo quiero rehacer al hombre en todo…

El pecado le ha quitado la corona y lo ha coronado de oprobio y de confusión, de modo que no puede comparecer ante mi majestad.

El pecado lo ha deshonrado, haciéndole perder todo derecho a los honores y a la gloria; por eso quiero ser coronado de espinas, para poner la corona sobre la frente del hombre y para devolverle todos los derechos a todo honor y gloria…

Y mis espinas serán ante mi Padre reparaciones y voces de disculpa por tantos pecados de pensamiento, en especial de soberbia, y voces de luz para cada mente creada, suplicando que no me ofenda; por eso, tú únete conmigo y ora y repara conmigo.”

Coronado Jesús mío, tus crueles enemigos te hacen sentar, te ponen encima un trapo viejo de púrpura, toman la corona de espinas y con furor infernal te la ponen sobre tu adorable cabeza; a golpes y con palos te hacen penetrar las espinas en la cabeza, en la frente, y algunas de ellas se te clavan hasta en los ojos, en las orejas, en el cráneo y hasta en la nuca…

¡Amor mío, qué penas tan desgarradoras! ¡Qué penas inenarrables! ¡Cuántas muertes crueles sufres!

La sangre te corre sobre la cara, de manera que no se ve más que sangre, pero bajo esas espinas y esa sangre se descubre tu rostro santísimo radiante de dulzura, de paz y de amor.

Y los verdugos, queriendo completar el tormento, te vendan los ojos,, te ponen como cetro una caña en la mano y empiezan sus burlas…

Te saludan como al Rey de los Judíos, te golpean la corona, te dan bofetadas, y entre gritos te dicen: “¡Adivina quién te ha golpeado…!”

Y Tú callas y respondes con reparar las ambiciones de quienes aspiran a gobernar, de quienes aspiran a las dignidades, a los honores, y por aquellos que, encontrándose en tales puestos y no comportándose bien, forman la ruina de los pueblos y de las almas confiadas a ellos, y cuyos malos ejemplos son causa de empujar al mal y de que se pierdan almas…

Con esa caña que tienes en las manos reparas por tantas obras buenas pero vacías de espíritu interior, e incluso hechas con malas intenciones.

En los insultos y con esa venda reparas por aquellos que ridiculizan las cosas más santas, desacreditándolas y profanándolas, y reparas por aquellos que se vendan la vista de la inteligencia para no ver la luz de la verdad.

Con esta venda impetras para nosotros el que nos quitemos las vendas de las pasiones, del apego a las riquezas y a los placeres…

Jesús, Rey mío, tus enemigos continúan sus insultos; la sangre que chorrea de tu santísima cabeza es tanta que llegando hasta, tu boca te impide hacerme oír claramente tu dulcísima voz, y por tanto me veo impedida a hacer lo que haces Tú…

Por eso vengo a tus brazos, quiero sostener tu cabeza traspasada y dolorida, quiero poner mi cabeza bajo esas mismas espinas para sentir sus punzadas…

Pero mientras digo esto, mi Jesús me llama con su mirada de amor y yo corro, me abrazo a su Corazón y trato de sostener su cabeza.

¡Oh, qué alegría es estar con Jesús, aún en medio de mil tormentos! Y entonces El me dice:

“Hija mía, estas espinas dicen que quiero ser constituido Rey de cada corazón. A Mí me corresponde todo dominio.

Tú toma estas espinas y punza tu corazón y haz que salga de él todo lo que a Mí no pertenece… y deja una espina clavada en tu corazón en señal de que soy tu Rey y para impedir que ninguna otra cosa entre en ti.

Después corre por todos los corazones y, punzándolos, haz que salgan de ellos todos los humos de soberbia y la podredumbre que contienen… y constitúyeme Rey en todos.”

Amor mío, el corazón se me oprime al dejarte… Por eso te ruego que cierres mis oídos con tus espinas para que sólo pueda oír tu voz, que me cubras con tus espinas mis ojos para poder mirarte sólo a ti, que me llenes con tus espinas la boca para que mi lengua permanezca muda a todo lo que pudiera ofenderte y está libre para alabarte y bendecirte en todo…

Oh Rey mío Jesús, rodéame de espinas, y estas espinas me custodien, me defiendan y me tengan inabismada por entero en ti… Y ahora quiero limpiarte la sangre y besarte, pues veo que tus enemigos te llevan de nuevo ante Pilatos, y él te condenará a muerte.

Amor mío, ayúdame a continuar tu doloroso camino y bendíceme… Coronado Jesús mío, mi pobre corazón, herido por tu amor y traspasado por tus penas, no puede vivir sin ti, y por eso te busco…

Y te encuentro nuevamente ante Pilatos. ¡Pero qué tremendo espectáculo!

¡Los Cielos se horrorizan y hasta el infierno tiembla de espanto y de rabia! Vida de mi corazón, mi vista no puede aguantar mirarte sin sentirme morir; pero la fuerza de tu amor me obliga a mirarte para hacerme comprender bien tus penas… y yo te contemplo entre lágrimas y suspiros…

¡Jesús mío, estás casi desnudo, y en vez de con ropas te veo vestido con sangre, las carnes abiertas y destrozadas, los huesos al descubierto, tu santísimo rostro, irreconocible…

Las espinas clavadas en tu adorable cabeza te llegan a los ojos al rostro… y yo no veo más que sangre que corriendo hasta el suelo forma un charco bajo tus pies.

¡Jesús mío, ya no te reconozco! ¡Cómo has quedado! ¡Tu estado ha llegado a los excesos más profundos de las humillaciones y de los dolores!

¡Ah, no puedo soportar tu visión tan dolorosa! Me siento morir y quisiera arrebatarte de la presencia de Pilatos para encerrarte en mi corazón y darte descanso; quisiera sanar tus llagas con mi amor, y con tu sangre quisiera inundar todo el mundo para encerrar en ella a todas las almas y llevarlas a ti como conquista de tus penas…

Y Tú, oh paciente Jesús mío, a duras penas parece que me miras por entre las espinas y me dices:

“Hija mía, ven entre mis atados brazos, apoya tu cabeza sobre mi Corazón, y sentirás dolores más intensos y acerbos, porque todo lo que ves por fuera de mi Humanidad no es sino lo que rebosa de mis penas interiores…

Pon atención a los latidos de mi Corazón y sentirás que reparo las injusticias de los que mandan, la opresión de los pobres, los inocentes pospuestos a los culpables, la soberbia de quienes, con tal de conservar dignidades, cargos o riquezas, no dudan en transgredir toda ley y en hacer mal al prójimo, cerrando los ojos a la luz de la verdad…

Con estas espinas quiero hacer pedazos el espíritu de soberbia de “sus señorías”, y con las heridas que forman en mi cabeza quiero abrirme camino en sus mentes para reordenar todas las cosas según la luz de la verdad…

Con estar así humillado ante este injusto juez, quiero hacer comprender a todos que solamente la virtud es la que constituye al hombre como rey de sí mismo, y enseño a los que mandan que solamente la virtud, unida al recto saber, es la única que es digna y capaz de gobernar y regir a los demás, mientras que todas las demás dignidades, sin la virtud, son cosas peligrosas y que más bien hay que lamentar…

Hija mía, haz eco a mis reparaciones y sigue poniendo atención a mis penas.”

Amor mío, veo que Pilatos, viéndote tan malamente reducido, se siente estremecer, y todo conmovido exclama:

“¿Pero es posible tanta crueldad en los corazones humanos? ¡Ah, no era esta mi voluntad al condenarlo a los azotes!”

Y queriendo liberarte de las manos de tus enemigos, para poder encontrar razones más convenientes, todo hastiado y apartando la mirada, porque no puede sostener tu visión excesivamente dolorosa, vuelve a interrogarte:

“Pero dime, ¿qué has hecho? Tu gente te ha entregado en mis manos …Dime, ¿Tú eres Rey? ¿Cuál es tu reino?”.

A estas preguntas de Pilatos, Tú oh Jesús mío, no respondes, y abstraído piensas en salvar mi pobre alma, a costa de tantas penas… Y Pilatos, no viéndose respondido, añade:

“¿No sabes que en mi poder está el liberarte o el condenarte?”.

Pero Tú, oh amor mío, queriendo hacer resplandecer en la mente de Pilatos la luz de la verdad, le respondes:

“No tendrías ningún poder sobre Mí si no te viniera de lo Alto; pero aquellos que me han entregado en tus manos han cometido un pecado más grande aún que el tuyo.”

Entonces Pilatos, como movido por la dulzura de tu voz, indeciso como está y con el corazón en turbulencia, creyendo que los corazones de los judíos fuesen más piadosos, se decide a mostrarte desde la terraza, esperando que se muevan a compasión al verte tan destrozado, y poderte así liberar.

Dolorido Jesús mío, mi corazón desfallece viéndote seguir a Pilatos…

Fatigosamente caminas, encorvado y bajo esa horrible corona de espinas; la sangre marca tus pasos, y saliendo fuera oyes el gentío tumultuoso que aguarda con ansiedad tu condena.

Y Pilatos, imponiendo silencio para captar la atención de todos y hacerse escuchar por todos, con visible repugnancia toma los dos extremos de la púrpura que te cubre el pecho y los hombros, los levanta para hacer que todos vean a qué estado has quedado reducido, y dice en voz alta:

“¡Ecce Homo! ¿He aquí al Hombre! ¡Miradlo, no tiene ya aspecto de hombre! ¡Observad sus llagas; ya no se le reconoce! Si ha hecho mal, ya ha sufrido bastante, demasiado. Y yo estoy arrepentido de haberle hecho tanto sufrir; dejémoslo libre…”

Jesús, amor mío, déjame que te sostenga, pues veo que vacilas bajo el peso de tantas penas …

Ah, en este momento solemne se va a decidir tu suerte. A las palabras de Pilatos se hace un profundo silencio en el Cielo, en la tierra y en el infierno…

Y en seguida, como una sola voz, oigo el grito de todos: “¡Crucificalo, crucificalo! ¡A toda costa lo queremos muerto!”.

Vida mía Jesús, veo que te estremeces… El grito de “Muerte” desciende a tu Corazón, y en esas voces oyes la

voz de tu amado Padre que te dice: “¡Hijo mío, te quiero muerto, y muerto crucificado!” Y ah, oyes también a tu querida Mamá que, aunque traspasada, desolada, hace eco a tu amado Padre:

“¡Hijo… te quiero muerto!” Los Angeles y los Santos, así como el infierno, gritan todos con voz unánime: “¡Crucifícalo, crucificalo!”

De manera que no hay nadie que te quiera vivo. Y, ay, ay, con mi mayor confusión, dolor y asombro, también yo me veo forzada por una fuerza suprema a gritar: “¡Crucificalo!”.

¡Jesús mío, perdóname si también yo, miserable alma pecadora, te quiero muerto! Sin embargo, ah Jesús, te ruego que me hagas morir contigo…

Y mientras Tú, oh destrozado Jesús mío, pareces decirme, movido por mi dolor:

“Hija mía, estréchate a mi Corazón y toma parte en mis penas y en mis reparaciones… El momento es solemne: Se debe decidir entre mi muerte o la muerte de todas las criaturas.

En este momento dos corrientes chocan en mi Corazón. En una están todas las almas que, si me quieren muerto, es porque quieren hallar en Mí la Vida, y así, al aceptar Yo la muerte por ellas, son absueltas de la condenación eterna y las puertas del Cielo se abren para admitirlas.

En la otra corriente están aquellas que me quieren muerto por odio y como confirmación de su condenación… y mi Corazón está lacerado y siente la muerte de cada una de éstas y sus mismas penas del infierno…

Mi Corazón no soporta estos acerbos dolores; siento la muerte en cada latido, en cada respiro, y voy repitiendo:

“¿Por qué tanta sangre será derramada en vano? ¿Por qué mis penas serán inútiles para tantos?

¡Ah hija, sosténme, que ya no puedo más… Toma parte en mis penas y tu vida sea un continuo ofrecimiento para salvar las almas y para mitigarme penas tan desgarradoras.

“Corazón mío, Jesús, tus penas son las mías, y hago eco a tu reparación…

Pero veo que Pilatos queda atónito, y se apresura a decir: “¿Cómo? ¿Debo crucificar a vuestro Rey?

¡Yo no encuentro culpa para condenarlo!” Y los judíos, llenando el aire, gritan:

“¡No tenemos otro rey que el César, y si tú no lo condenas, no eres amigo del César! ¡Quita, quita, crucificalo, crucifícalo!”.

Pilatos, no sabiendo ya que más hacer, por temor a ser destituido, hace traer un recipiente con agua y lavándose las manos dice:

“Soy inocente de la Sangre de este Justo”. Y te condena a muerte. Y los judíos gritan: “¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!

Y viéndote condenado, estallan en una fiesta, aplauden, silban, gritan…

Y mientras, Tú, oh Jesús, reparas por aquellos que, hallándose en el poder, por temor vano y por no perder su puesto, pisotean hasta las leyes más sagradas, no importándoles la ruina de pueblos enteros, favoreciendo a los impíos y condenando a los inocentes.

Yreparas también por aquellos que después de la culpa, instigan a la Cólera Divina a castigarlos.

Pero mientras reparas por todo esto, el Corazón te sangra por el dolor de ver al pueblo escogido por ti, fulminado por la maldición del Cielo… que ellos mismos con plena voluntad han querido, sellándola con tu Sangre, que han imprecado…

Ah, el Corazón se te parte, déjame que lo sostenga entre mis manos, haciendo mías tus reparaciones y tus penas…

Pero el amor te empuja aun más alto… y ya con impaciencia buscas la Cruz…

» Preparación antes de la Meditación

Autora: Luisa Piccarretta

Oh Señor mío Jesucristo, postrada ante tu divina presencia suplico a tu amorosísimo Corazón que quieras admitirme a la dolorosa meditación de las Veinticuatro Horas en las que por nuestro amor quisiste padecer, tanto en tu cuerpo adorable como en tu alma santísima, hasta la muerte de Cruz.

Ah, dame tu ayuda, gracia, amor profunda compasión y entendimiento de tus padecimientos mientras medito ahora la Hora...

Y por las que no puedo meditar te ofrezco la voluntad que tengo de meditarlas, y quiero en mi intención meditarlas durante las horas en que estoy obligada dedicarme a mis deberes o a dormir.

Acepta, oh misericordioso Señor, mi amorosa intención y haz que sea de provecho para mí y para muchos, como si en efecto hiciera santamente todo lo que deseo practicar.

Gracias te doy, oh mi Jesús, por llamarme a la unión contigo por medio de la oración. Y para agradecerte mejor, tomo tus pensamientos, tu lengua, tu corazón y con éstos quiero orar, fundiéndome toda en tu Voluntad y en tu amor, y extendiendo mis brazos para abrazarte y apoyando mi cabeza en tu corazón empiezo...

Categorías