104- Aava reconciliada con su marido. Noticias sobre la muerte de Alfeo y sobre el rescate de Jonás

Jesús se encuentra en esa bellísima ciudad marítima que en el mapa presenta un golfo natural amplio y bien protegido.

Este golfo tiene capacidad para muchos navíos, y lo hace aún más seguro un fuerte espigón portuario. Debe ser muy usado incluso militarmente porque veo trirremes romanas con soldados a bordo. Están desembarcando, no sé si por un cambio de turno de tropas o para reforzar la guarnición. El puerto, o sea, la ciudad portuaria, me recuerda vagamente a Nápoles, dominada por los montes vesubianos.

Jesús está sentado dentro de una modesta casa cercana al puerto. Está claro que se trata de una mansión de pescadores - quizás amigos de Pedro, o de Juan, porque veo que ambos se encuentran muy a gusto en la casa y con los que en ella habitan -. No veo al pastor José, y naturalmente, tampoco veo a Judas Iscariote, que está todavía ausente. Jesús habla con sencillez con los componentes de la familia y con otros que han venido a escucharlo. No es, sin embargo, una predicación como tal, son palabras llanas, de consejo, de consuelo; como sólo Él puede ofrecer.

Vuelve Andrés, que parece que había salido a algún encargo porque trae en sus manos unos panes. Se acerca todo colorado - concentrar la atención sobre él debe suponerle un verdadero suplicio, y, más que decir, bisbisea:
-Maestro, ¿podrías venir conmigo? Se… se trataría de hacer un poco de bien. Sólo Tú puedes.

Jesús se pone en pie sin preguntar ni siquiera qué bien es ése. Sin embargo, Pedro pregunta:

-¿A dónde lo llevas? Está muy cansado. Es la hora de la cena. Lo pueden esperar mañana.
-No… es una cosa que hay que hacer en seguida. Es…
-¡Habla, gacela espantada! ¿Pero vosotros creéis que un hombre hecho y derecho debe ser así?… ¡Parece un pez enmarañado en la red!
Andrés se pone todavía más colorado. Jesús, atrayéndolo hacia sí, lo defiende:

-A mí me gusta así. Déjalo. Tu hermano es como agua salubre. Trabaja en lo profundo y sin hacer ruido. Sale de la tierra como un hilo de agua, pero quien se acerca a él queda curado. Vamos, Andrés.

-Voy también yo. Quiero ver a dónde te lleva - contesta Pedro.

Andrés suplica:
-No, Maestro. Yo y Tú solos. Si hay gente, no se puede… Es cosa de corazones…
-¿Qué pasa? ¿Ahora te dedicas a hacer de paraninfo?
Andrés no le responde a su hermano. Dice a Jesús:
-Un hombre quiere repudiar a su esposa y… y yo he intervenido, pero no sé hacerlo. Si hablas Tú… te saldrá bien, porque el hombre no es malo; es… es… él te lo dirá.

Jesús sale con Andrés sin decir nada más.
Pedro permanece un poco en duda. Luego dice:
-Yo también voy; quiero al menos ver a dónde van.
Y sale, a pesar de que los otros le digan que no lo haga.
Andrés va a torcer por una callecita de aspecto popular. Pedro lo sigue detrás. Se mete por una placita llena de comadres. Y Pedro detrás. Entra en un portal que da a un amplio patio circundado de casitas bajas y pobres - digo portal porque hay un arco, pero la puerta no existe. Y Pedro detrás. Jesús entra en una de estas casitas con Andrés. Pedro se aposta fuera.

Una mujer lo ve y le pregunta:
-¿Eres familia de Aava? ¿Y esos dos también? ¿Habéis venido a llevárosla?

-¡Cállate, cotorra! No me deben ver.
¡Hacer callar a una mujer! Es una cosa difícil. Pedro le lanza una mirada que la fulmina, pero entonces ella va a hablar con otras comadres. El pobre Pedro, en un momento, se encuentra rodeado por un círculo de mujeres, chicos y hombres, que sólo por imponerse silencio unos a otros hacen un rumor que denuncia su presencia. Pedro se consume interiormente, se enfada… pero no sirve de nada.

Del interior de la casa se oye la voz llena, hermosa, serena de Jesús, junto a la voz rota de una mujer y junto a la de un hombre, cerrada, ronca.

-Si ha sido siempre buena esposa, ¿por qué repudiarla? ¿Alguna vez te ha faltado?
-No, Maestro, ¡te lo juro! Lo he querido como a la pupila de mis ojos - gime la mujer.
Y el hombre, breve y duro, dice:
-No, no me ha faltado nada más que en ser estéril; y yo quiero hijos. No quiero la maldición Dios sobre mi nombre.
-Tu mujer no tiene la culpa de serlo.
-Me echa la culpa, a mí y a los míos, como si hubiera sido una traición…

-Mujer, sé sincera. ¿Sabías que eras estéril?
-No. Era y soy en todo como todas. El médico lo ha dicho también. Pero no logro tener hijos.
-¿Ves como no te ha engañado? Ella también sufre por ello. Responde también tú sinceramente: si ella fuese madre, ¿la repudiarías?

-No. Lo juro. No tengo motivo para ello. Sucede que el rabino me lo ha dicho, como también me lo ha dicho el escriba:

"La estéril es la maldición de Dios en casa y tú tienes el derecho y el deber de darle libelo de divorcio y no contrariar tu virilidad privándola de hijos" Yo hago lo que la Ley dice.

-No. Escucha. La Ley dice: "No cometas adulterio" y tú estás para cometerlo. El mandamiento inicial es éste y ninguna otra cosa. Y, si, por la dureza de vuestros corazones, Moisés concedió el divorcio, fue para impedir uniones ilícitas y concubinatos odiosos a Dios. Luego, progresivamente, vuestro vicio trabajó sobre la cláusula de Moisés recabando las malvadas cadenas y las homicidas piedras que sor las condiciones actuales de la mujer, víctima siempre de vuestro despotismo, de vuestro capricho, de vuestra sordera y ceguera de afectos. Yo te lo digo: No te es lícito hacer lo que pretendes. Tu acto ofende a Dios.

¿Repudió acaso Abraham a Sara? ¿Y Jacob a Raquel? ¿Y Elicana a Ana? ¿Y Manué a su esposa? ¿Conoces al Bautista? ¿Sí? Es bien, ¿no fue estéril su madre hasta la vejez y después dio a luz al santo de Dios, así como también la esposa de Manué dio a luz a Sansón, y Ana de Elcana a Samuel, y Raquel a José, y Sara a Isaac? Dios premia la continencia del esposo, su piedad hacia la estéril, su fidelidad al desposorio, y es un premio celebrado por los siglos, así como también da sonrisa al llanto de las estériles que ya no lo son ni se encuentran humilladas, sino que se hallan gloriosas regocijándose de ser madres. No te es lícito ofender el amor de esta mujer. Sé justo y honesto. Dios te premiará más de lo que mereces.

-Maestro, sólo Tú hablas así… Yo no sabía. Había preguntado a loa doctores y me habían dicho: "Hazlo". Pero no me dijeron ni una palabra respecto a que Dios premie con dones un acto bueno. Estamos en sus manos… y nos cierran los ojos y el corazón con mano de hierro. No soy malo, Maestro. No te enojes conmigo.

-No te rechazo. Me produces más compasión que esta pobre mujer que está llorando, porque su dolor acabará cuando termine su vida; el tuyo comenzará entonces, y para toda la eternidad. Piénsalo.

-No, no comenzará. No lo quiero. ¿Me juras por el Dios de Abraham que cuanto dices es verdad?

-Yo soy Verdad y Ciencia. Quien cree en mí tendrá en Él justicia, sabiduría, amor y paz.
-Te quiero creer. Sí. Te quiero creer. No sé… siento en ti algo que no hay en los demás. Ahora voy al sacerdote y le digo:

"Ya no la repudio. Me quedo con ella, y sólo le pido a Dios que me ayude a sentir menos el dolor de no tener hijos". Aava, no llores. Le diremos al Maestro que vuelva para mantenerme calmado, y tú… sigue queriéndome.
La mujer llora con más fuerza, por el contraste entre el dolor de antes y la alegría actual.

Jesús, por el contrario, sonríe:
-No llores. Mírame. Mírame, mujer.
Ella levanta la cabeza. Mira su rostro luminoso con su rostro lagrimoso.

-Hombre, ven aquí. Ponte de rodillas junto a tu esposa. Ahora yo os bendigo y santifico vuestra unión. Escuchad: "Señor Dios de nuestros padres, que hiciste a Adán del barro y le diste a Eva como compañera para que poblasen de hombres la tierra educándolos en tu santo temor, desciende con tu bendición y tu misericordia, abre y fecunda las entrañas que el Enemigo tenía cerradas para portar a un doble pecado de adulterio y de desesperación. Ten piedad de estos dos hijos, Padre santo, Creador supremo. Hazlos felices y santos. Ella, fecunda como una vid; él, protector como el olmo que la sujeta. Desciende, Vida, a dar vida. Desciende, Fuego, a calentar. Desciende, Poderoso, a obrar. ¡Desciende! Haz que para la fiesta de alabanza por las fecundas mieses del próximo año te ofrezcan su vivo manipulo, su primogénito, hijo consagrado a ti, Eterno, que bendices a quienes esperan en ti.
Jesús ha orado con voz de trueno, con las manos tendidas sobre las dos cabezas inclinadas.

La gente no se contiene más y se arremolina en torno; Pedro en primera línea.
-Levantaos. Tened fe y sed santos.
-¡No te vayas, Maestro! - suplican los dos reconciliados.
-No puedo quedarme. Volveré. Bastantes veces.
-¡No te vayas, no te vayas! ¡Háblanos también a nosotros! - grita 1a multitud.
Pero Jesús bendice pero no se detiene. Promete sólo volver pronto. Y, seguido por una pequeña multitud, se dirige hacia su casa hospitalaria.
-Hombre curioso, ¿qué debería hacer contigo? - pregunta por el camino a Pedro.
-Lo que quieras, pero, ahora ya… yo he estado allí…
Entran en la casa, despiden a la gente, que comenta las palabras que han oído, y se ponen a cenar.
Pedro se siente todavía curioso.

-Maestro, ¿pero realmente tendrán un hijo?
-¿Me has visto alguna vez prometer cosas que no se cumplan? ¿Crees que Yo me permito usar la confianza en el Padre para mentir y provocar desilusiones?
-No… pero… ¿podrías hacer esto con todas las esposas?
-Podría. Pero lo hago sólo donde veo que un hijo puede significar un impulso hacia la santificación. Donde significaría obstáculo, no lo hago.
Pedro se alborota el pelo entrecano y calla.
Entra el pastor José. Está completamente lleno de polvo del camino, como quien hubiera andado mucho.
-¿Tú? ¿Por qué? - pregunta Jesús, después del beso de saludo.
-Tengo cartas para ti. Tu Madre me las ha dado, y una es suya Aquí están.
Y José entrega tres pequeños rollos de una especie de pergamino fino, atados con una cinta. La más voluminosa de las cartas está incluso cerrada con un sigilo, otra tiene sólo el nudo, la tercera muestra un sigilo roto.

-Ésta es de tu Madre - dice José, indicando la que tiene el nudo.

Jesús la desenrolla y la lee; primero en voz baja, luego alto: “A mi amado Hijo, paz y bendición. Ha llegado a mí a la hora prima de las calendas de la luna de Elul un enviado de Betania. Se trata de Isaac, pastor. Le he dado en tu nombre un ósculo de paz, y refrigerio como personal agradecimiento. Me ha traído estas dos cartas que ahora te envío, diciéndome de palabra que el amigo Lázaro de Betania te insta para que condesciendas con lo que te pide. Amado Jesús, mi bendito Hijo y Señor, yo también tendría dos cosas que pedirte. Una, recordarte que me prometiste llamar a tu pobre Mamá para instruirla en la Palabra; la segunda, que no vengas a Nazaret sin haber hablado conmigo antes".

Jesús se detiene bruscamente y se alza en pie, yendo a ponerse entre Santiago y Juan. Los abraza estrechamente y termina repitiendo, sin leer, las palabras:
-Alfeo ha vuelto al seno de Abraham la pasada luna llena, con gran duelo de la ciudad…

Los dos hijos lloran sobre el pecho de Jesús, que termina:
…En el último momento te hubiera deseado a su lado, pero Tú estabas lejos. Esto, no obstante, es un consuelo para María, que ve en ello perdón de Dios, y debe dar paz también a mis sobrinos". ¡Habéis oído? Ella lo dice, y Ella sabe lo que dice.

-Dame la carta - suplica Santiago.
-No. Te perjudicaría.
-¿Por qué? ¿Qué puede decir que sea más penoso que la muerte de un padre?…
-Que nos ha maldecido - suspira Judas.
-No. No es eso - dice Jesús.
-Lo dices… para no traspasar nuestro corazón. Pero es así.

-Lee, entonces.
Y Judas lee: «Jesús, te ruego, y conmigo María, que no vengas a Nazaret hasta que el duelo no haya terminado. El amor hacia Alfeo hace injustos a los nazarenos respecto a ti, y tu Madre llora por ello. El buen amigo Alfeo me consuela, y pone calma en el pueblo. Ha tenido mucha resonancia lo que han contado Aser e Ismael de la mujer de Cusa, pero Nazaret es ahora un mar agitado por vientos contrarios. Te bendigo, Hijo mío, y te pido paz y bendición para mi alma. Paz a mis sobrinos. Mamá".

Los apóstoles hacen comentarios y consuelan a los dos hermanos, que están llorando.
Pedro dice:
-¿Y esas, no las lees?

Jesús hace un gesto de asentimiento y abre la de Lázaro. Llama a Simón Zelote. Leen juntos en un ángulo. Luego abren el otro rollo y lo leen también. Debaten. Veo que Simón trata de persuadir de algo a Jesús, pero no lo consigue. Jesús, con los rollos en la mano, se coloca en medio de la estancia y dice:

-Oíd, amigos. Somos todos una familia y no hay secretos entre nosotros, y, si tener oculto el mal es piedad, dar a conocer el bien es justicia. Oíd lo que escribe Lázaro de Betania: "A1 Señor Jesús paz y bendición, y paz y salud a mi amigo Simón. He recibido tu carta y, como siervo que soy, he puesto mi corazón, mi palabra y todos mis medios a tu servicio para satisfacerte y tener el honor de serte siervo no inútil. He ido a ver a Doras a su castillo de Judea, a rogarle que me vendiera a su siervo Jonás como Tú deseas. Confieso que, si no hubiera sido petición de Simón, amigo fiel, para ti, no habría afrontado a ese chacal burlón, cruel y funesto. Pero por ti, mi Maestro y Amigo, me siento capaz de afrontar hasta incluso a Satanás. Ello porque pienso que quien trabaja para ti te tiene cercano y está, por tanto, protegido. Y ciertamente he recibido ayuda, porque he vencido, contra todas las previsiones. Dura fue la discusión y humillantes las primeras negativas. Tres veces tuve que agachar la
cabeza ante este esbirro con poder. Luego me impuso una espera de días. Finalmente, la carta; digna de un áspid.

Yo casi no oso decirte: “Cede para conseguir el objetivo”, porque él no es digno de tu presencia; pero no hay otra forma. He aceptado en tu nombre y he firmado. Si he hecho mal, repréndeme. No obstante - créeme - he tratado de servirte lo mejor que podía. Ayer ha venido un discípulo tuyo, judío, diciendo que venía en tu nombre a saber si había alguna noticia que llevarte. Ha dicho llamarse
Judas de Keriot. No obstante, he preferido esperar a Isaac para entregarle la carta. Y me ha extrañado mucho el que hubieras mandado a otros, sabiendo que todos los sábados viene aquí Isaac, para su reposo sabático. No tengo más que decirte. Sólo, besándote los pies santos, te ruego conducirlos adonde tu siervo y amigo Lázaro, como prometiste. A Simón, salud. A ti, Maestro y Amigo, un ósculo de paz solicitando tu bendición. Lázaro".

Y ahora la otra: "A Lázaro, salud. He decidido. Por una suma doble obtendrás a Jonás. No obstante, pongo estas condiciones, y no pienso cambiar respecto a ellas bajo ningún motivo. Quiero que primero Jonás termine la cosecha de este año, o sea, su entrega se efectuará para la luna de Tisri, al final de la luna. Quiero que venga personalmente a recogerlo Jesús de Nazaret, al cual le pido que entre bajo mi techo, para conocerlo. Quiero pago inmediato a la vista de contrato en regla. Adiós. Doras".

-¡Qué peste! - grita Pedro. Pero, ¿quién paga? Quién sabe lo que pide, y nosotros… ¿estamos siempre sin un centésimo!

-Simón paga. Para darme esta alegría a mí y al pobre Jonás. No adquiere más que una reliquia de hombre, que de ninguna manera le prestará servicio; pero adquiere un gran mérito en el Cielo.
-¿Tú? ¡Oh!
Todos muestran asombro. Hasta los hijos de Alfeo salen de su aflicción por el estupor.

-Él es. Es justo que ello sea conocido.
-Sería también justo saber por qué Judas de Keriot ha ido donde Lázaro. ¿Quién lo había enviado? ¿Tú?
Jesús no le responde a Pedro. Se muestra muy serio y pensativo. Sale de su meditación sólo para decir:
-Preocupaos de que José cene y repose, luego nos retiraremos a descansar. Yo prepararé la contestación para Lázaro…

¿Isaac está todavía en Nazaret?
-Me espera.
-Iremos todos.
-¡Noo! Tu Madre dice…
Todos se agitan.

-Callad. Quiero que sea así. Mi Madre habla con su corazón de amor. Yo juzgo con mi razón. Prefiero hacer esto mientras no esté Judas, y deseo tender la mano amiga a mis primos Simón y José, y llorar con ellos antes de que termine el duelo. Luego volveremos a Cafarnaúm, a Genesaret, al lago en definitiva, esperando al final de la luna de Tisri. Y tomaremos a las Marías con nosotros. Vuestra madre tiene necesidad de amor. Se lo daremos. Y la mía tiene necesidad de paz. Yo soy su paz.
-¿Crees que en Nazaret?.. - pregunta Pedro.
-No creo nada.
-¡Ah, bueno! Porque si le causasen algún daño o algún dolor… ¡se las tendrían que ver conmigo! - dice Pedro todo agitado.

Jesús lo acaricia, pero está absorto en otros pensamientos. Yo diría que está triste. Luego va hacia donde Judas y Santiago, se pone entre los dos y se sienta, teniéndolos abrazados para consolarlos.

103- En los altos del Líbano, donde los pastores Benjamín y Daniel

Jesús camina al lado de Jonatán siguiendo un terraplén verde y por tanto, umbroso. Detrás van los apóstoles hablando entre sí. Pedro separándose de ellos, se adelanta, y, franco como siempre, pregunta a Jonatán:
-¿Pero no era más rápido el camino que va a Cesárea de Filipo? Hemos cogido éste y… ¿cuándo vamos a llegar? ¡Tú con la patrona has ido por aquél!

-Con una enferma, me he atrevido a todo. Date cuenta de que yo soy de un cortesano de Antipas, y Filipo, después de aquel sucio incesto no ve muy bien a los cortesanos de Herodes… Mira, no es por mí por quien temo. Lo que no quiero es crearos dificultades ni enemigos, y menos aún al Maestro. La Tetrarquía de Filipo tiene necesidad de la Palabra, como la tiene la de Antipas; si os odian, ¿cómo podéis…? A1 regreso, si lo veis conveniente, vais por ese camino.

-Alabo tu prudencia, Jonatán. Pero al regreso tengo intención de pasar hacia las tierras fenicias - dice Jesús.
-Están envueltas en las tinieblas del error.
-Tocaré frontera, para recordarles que hay una Luz.
-¿Crees que Filipo se desquitaría en un siervo del perjuicio que le ha causado su hermano?
-Sí, Pedro. Son iguales. Dominados por todos los más bajos instintos, no hacen distinción. Parecen animales y no hombres, créelo.

-Y, sin embargo, teniendo en cuenta que Juan, hablando en nombre de Dios, ha hablado también en su nombre y favor, debería estimarnos, o sea, estimarlo a Él, que es pariente de Juan.

-No os preguntaría ni siquiera de donde venís, ni quiénes sois, viéndoos conmigo - si me reconociera, o si algún enemigo de la casa de Antipas me señalara como siervo de su Procurador - seríais encarcelados inmediatamente. ¡Si supierais cuánto fango hay tras las vestiduras de púrpura! Venganzas, atropellos, delaciones, lujurias y hurtos son la pasta de su alma. ¿Alma?… ¡bien!, llamémosla así. Yo creo que ya no tienen alma. Vosotros mismos podéis verlo: para bien, pero… ¿por qué ha recobrado Juan la libertad? Por una venganza entre dos oficiales de la Corte. Uno, para quitarse de en medio al otro tan favorecido por
Antipas, que tenía a Juan en custodia -, por una suma abrió de noche el calabozo… Yo creo que atontó a su rival con un vino drogado, y a la mañana siguiente… el desdichado pagó con su cabeza la evasión del Bautista. Te digo que es un asco.

-¿Y tu patrón está de acuerdo? Me parece bueno.
-Lo es. Pero no puede actuar de otro modo. Su padre y el padre de su padre fueron de la Corte de Herodes el Grande. El hijo lo ha tenido que ser por fuerza. No lo aprueba, pero no puede más que limitarse a mantener a su mujer lejos de esa corte de vicios.
-¿Y no podría decir "me das asco" y marcharse?

-Podría, pero, a pesar de que sea muy bueno, todavía no es capaz de tanto. Eso significaría casi ciertamente la muerte. Y ¿quién quiere morir por honestidad de espíritu llevada a su punto más alto? Un santo como el Bautista. Pero nosotros…
¡pobrecillos! Jesús, que los ha dejado hablar entre sí, interviene:
-Dentro de no mucho, en todo lugar de la tierra conocida, el número de los santos contentos de morir por esta honestidad hacia la Gracia y por amor a Dios será denso como flores en un prado abrileño.

-¿Sí? Me gustaría saludar a estos santos y decirles: "¡Rogad por el pobre Simón de Jonás!" - dice Pedro.
-Jesús lo mira fijo y sonriente.
-¿Por qué me miras así?
-Porque tú, prestándoles auxilio, los verás, y los verás cuando te lo presten a ti.

  • ¿En qué, Señor?
    -Para ser la Piedra consagrada por el Sacrificio, sobre la que se celebre y edifique mi Testimonio.
    -No te entiendo.
    -Entenderás.
    Los otros discípulos, que se habían acercado y que han escuchado, cuchichean entre sí.

Jesús se vuelve:
-En verdad os digo que todos seréis probados con uno u otro suplicio: por ahora, el de la renuncia a las comodidades, a los afectos, a las cosas útiles; luego irá siendo una cosa cada vez más vasta, hasta llegar a aquella, excelsa, que os ciña con una diadema inmortal. Sed fieles. Todos vosotros lo seréis. Y obtendréis esto.
-¿Nos matarán los judíos, el Sanedrín acaso, por nuestro amor a ti?

-Jerusalén lava los umbrales de su Templo con la sangre de sus Profetas y sus Santos. Y también el mundo espera ser lavado… Abundan los templos de dioses horrendos. En un futuro serán templos del Dios verdadero y la lepra del paganismo quedará purificada con el agua lustral de la sangre de los mártires.

-¡Oh! ¡Dios Altísimo! ¡Señor! ¡Maestro! ¡Yo no soy digno de tanto!
-¡Soy débil! ¡Le temo al dolor! ¡Oh! ¡Señor!… 0 despide a tu inútil siervo, o dame fuerza. No querría menoscabar tu imagen, Maestro, con mi ruindad». - Pedro se ha arrojado a los pies del Maestro y le está suplicando verdaderamente con el corazón en la voz.

-Álzate, mi Pedro. No temas. Todavía mucho has de caminar… y llegará la hora en que no quieras sino cumplir el último esfuerzo. Y entonces tendrás todo, del Cielo y de ti mismo. Yo te estaré mirando admirado.
-Tú lo dices… y yo lo creo. ¡Pero soy un tan pobre hombre!
Se ponen de nuevo a caminar…
… y después de una buena interrupción, cuando ya se ha dejado la llanura para encumbrarse hasta la parte alta de un monte boscoso y progresivamente elevado, continúo viendo. Ni siquiera debe ser el mismo día, porque, mientras antes de la interrupción la mañana era ya tórrida, ahora apenas empieza una hermosa aurora que enciende, en todos los tallitos, pequeños diamantes líquidos. Bosques y más bosques de coníferas han quedado abajo, pero sigue habiendo bosques arriba, dominadores desde lo alto, bosques que como verdes catedrales acogen entre sus intercolumnios a los peregrinos incansables.

Este Líbano es verdaderamente una cadena estupenda. No sé si es Líbano todo el complejo o este monte sólo. Sé que veo sierras boscosas erguirse en nudo alto y enredado de crestas y barrancos, de valles y mesetas a lo largo de las cuales discurren, para luego precipitarse abajo, torrentes que parecen cintas de plata ligeramente verde-azul. Aves de todo tipo llenan de cantos y vuelos los bosques de coníferas, que son todo un perfume de resinas en esta hora matutina. Volviendo la mirada hacia abajo - mejor, hacia occidente -, se ve lejos reír el mar, amplio, quieto, solemne, y toda la costa que se extiende hacia el Norte, hacia el Sur, con sus ciudades, sus puertos y los raros cursos de agua que desembocan en el mar y que dibujan, apenas, una coma luciente sobre la tierra árida (con la poca agua suya que el sol del verano seca) y un signo amarillento de dedo en el azul del mar.

-Son hermosos estos lugares -observa Pedro.
-Y no hace tampoco mucho calor - dice Simón.
-Con estos árboles, el sol molesta poco… - añade Mateo.
-¿Han cogido de aquí los cedros del Templo? - pregunta Juan.
-De aquí. Son éstos los bosques que dan las maderas más bellas. El patrón de Daniel y Benjamín tiene muchísimos, además de tener ricos rebaños. Sierran los árboles en el propio lugar y luego los transportan hacia abajo por aquellas acanaladuras o a fuerza de brazos. Trabajo difícil cuando los troncos deben ser usados enteros, como fue el caso del Templo. No obstante, paga bien y hay muchos a su servicio; además es bastante bueno. No es como el feroz Doras.

-¡Pobre Jonás! - responde Jonatán.
-¿Pero cómo es posible que los que están a su servicio sean casi esclavos? Cuando le dije: "Déjale plantado y ven con nosotros, que Simón de Jonás podrá ofrecerte en el peor de los casos un pan", me respondió: "No puedo si no pago mi rescate".

¿Qué historia es ésta?
-Doras - y no sólo él en Israel - habitualmente hace esto: cuando ve que uno que está a su servicio es bueno, lo conduce con aguda astucia a la esclavitud. Le carga en cuenta falsas sumas que el pobre hombre no puede pagar; cuando la suma es suficiente, dice: "Tú eres esclavo mío por deudas".

-¡Qué vergüenza! ¡Y además es fariseo!
-Sí. Jonás mientras tuvo ahorros pudo pagar… luego… Un año el granizo, otro la sequía, el trigo y la uva dieron poco, Doras multiplica el daño por diez… y otra vez por diez. Posteriormente Jonás cayó enfermo debido al excesivo trabajo. Doras le prestó la suma necesaria, pero quiso el doce por uno. Como Jonás no lo tenía, añadió esto al resto. En pocas palabras: pasados unos años, se había acumulado una deuda que le hizo esclavo; y jamás lo dejará marcharse… siempre encontrará otras disculpas y otras deudas… - Jonatán esta triste pensando en su amigo.
-¿Y tu patrón no podía…?

-¿Qué? ¿Hacer que lo trataran como a un ser humano? ¿Pero quién se enfrenta a los fariseos? Doras es uno de los más poderosos: creo que incluso es pariente del Sumo Sacerdote… A1 menos eso se dice. Una vez, cuando le dieron de palos a Jonás hasta dejarlo exánime, y yo lo supe, lloré tanto, que Cusa me dijo: "Pago yo su rescate por hacerte feliz". Pero Doras se le rió delante de su cara y no aceptó nada. ¡Ése!… tiene los campos más ricos de Israel… pero, te lo juro, han sido abonados con la sangre y las lágrimas de sus siervos.

Jesús mira a Simón Zelote y éste mira a Jesús. Ambos están apenados.
-¿Y este de Daniel es bueno?
-A1 menos, humano. Quiere, pero no oprime, y, dado que los pastores son honestos, los trata con amor; son los que mandan en los pastos. A mí me conoce y me respeta porque soy un doméstico de Cusa y… podría serle útil… Pero, Señor, ¿por qué el hombre es tan egoísta?

-Porque el amor fue estrangulado en el Paraíso Terrenal. Yo vengo, no obstante, a aflojar el lazo y a dar nueva vida al amor.
-Hemos llegado a la propiedad de Eliseo. Los pastos están aún lejanos, pero a esta hora las ovejas casi siempre están en los apriscos, por el sol. Voy a ver si están.

Y Jonatán se marcha casi corriendo. Vuelve después de un rato con dos pastores entrecanos y robustos, los cuales realmente se precipitan abajo por la pendiente para ir a donde Jesús.
-La paz a vosotros.
-¡Oh! ¡Nuestro Niño de Belén! -dice uno de ellos; el otro: «Bendita seas, Paz de Dios, que has venido a nosotros». Los dos hombres están pronos sobre la hierba. El saludo a un altar no es tan profundo como éste dedicado al Maestro.

-Levantaos. Os devuelvo la bendición, y me alegra hacerlo porque la bendición desciende con gozo sobre quien es digno de ella.
-¡Oh, dignos nosotros!…

-Sí, vosotros, que habéis sido siempre fieles.
-¿Quién no lo habría sido? ¿Quién puede borrar aquella hora? ¿Quién puede decir: "No es verdad lo que vimos"?
¿Quién puede olvidar que Tú nos sonreíste durante meses, cuando, volviendo entre las ovejas al atardecer, te llamábamos y Tú, al son de nuestros caramillos, batías las manitas?… ¿Lo recuerdas, Daniel? Casi siempre vestido de blanco en los brazos de su Madre; te nos mostrabas entre rayos de sol en el prado de Ana, o a la ventana; parecías una flor depositada sobre la nieve del vestido materno.

-Y aquella vez que viniste, dando los primeros pasos, a acariciar un corderito menos rizado que Tú… ¡Qué feliz se te veía! Y nosotros no sabíamos qué hacer de nuestras rudas personas. Habríamos deseado ser ángeles para aparecerte menos burdos…
-¡Amigos míos!, Yo veía vuestro corazón, y eso veo también ahora.

-¡Y nos sonríes como entonces!
-¡Y has venido hasta aquí, donde los pobres pastores!
-Donde mis amigos. Ahora estoy contento. Os he vuelto a encontrar a todos y ya no os perderé. ¿Podéis dar hospedaje al Hijo del hombre y a sus amigos?

-¡Señor! ¿Tú lo pides? No nos falta ni pan ni leche, pero si tuviéramos sólo un bocado te lo daríamos con tal de tenerte con nosotros. ¿Verdad, Benjamín?
-¡Hasta el corazón te daríamos por alimento, nuestro anhelado Señor!
-Vamos, entonces. Hablaremos de Dios…
-Y de tus parientes, Señor. ¡José, tan bueno! ¡María…, oh, la Madre! Fijaos, mirad este narciso bañado de rocío, hermoso y puro con su corola como una estrella adiamantada. Ella, sin embargo… ¡oh, esto no es sino fealdad en comparación con la Madre! Una sonrisa suya era purificación; encontrarla, una fiesta; oírla, santificarse. ¿Te acuerdas de aquellas palabras
también tú, Benjamín?

-Sí. Te las puedo repetir, Señor. Porque cuanto Ella nos dijo en los meses en que pudimos oírla está escrito aquí (y se señala el pecho). Es la página de nuestra sabiduría. Nosotros podemos comprenderla porque es palabra de amor y el amor lo entienden todos. Ven, Señor, entra y bendice esta morada feliz.

Entran en una estancia cercana al vasto redil y todo termina.

102- Encuentro con el ex pastor Jonatán y curación de Juana de Cusa

Los discípulos están detrás, cenando, en el espacioso taller de José. El banco hace de mesa. Todo lo que se requiere para la cena está encima del banco. Pero veo que el taller es también dormitorio. Sobre los otros dos tablones del carpintero hay esteras que los convierten en lechos. Unas yacijas bajas (esteras sobre cañizos) han sido colocadas al pie de las paredes. Los apóstoles hablan entre sí y con el Maestro.

-¿Entonces es verdad que vas a subir al Líbano? - pregunta Judas Iscariote.

-No prometo nunca si luego no voy a mantener, y en este caso lo he prometido dos veces: a los pastores y a la nodriza de Juana de Cusa. He esperado los cinco días que le había dicho y he añadido aún hoy por prudencia. Pero ahora parto. En cuanto salga la Luna nos pondremos en marcha. Será un largo camino, aunque usemos la barca hasta Betsaida. No obstante, será para mi corazón motivo de gozo saludar también a Benjamín y a Daniel. Ya ves qué almas tienen los pastores. ¡Oh!, merece la pena ir a honrarlos; efectivamente, ni siquiera Dios mengua honrando a un siervo suyo, antes bien acrecienta su justicia.

-¡Con este calor!… piensa lo que haces. Lo digo por ti.
-Las noches son ya menos sofocantes. El sol aún durante un poco está en León, y las tormentas hacen menos abrasador el calor. Y, además, os lo repito: no obligo a nadie a venir. Todo espontáneo en mí y en torno a mí. Si tenéis otras ocupaciones o si os sentís cansados, quedaos. Nos volveremos a ver después. -Eso, Tú lo has dicho. Yo tendría que ocuparme de asuntos de mi casa. Llega el tiempo de la vendimia y mi madre me había rogado que viera a algunos amigos… Ya sabes, yo soy, en el fondo, el cabeza de familia; quiero decir que soy el hombre de mi familia.

Pedro barbotea:

-Menos mal que se acuerda de que la madre es siempre la primera después del padre.

Judas, bien porque no oiga, bien porque no quiera oír, no muestra entender el barboteo, que, por lo demás, Jesús frena con una mirada, mientras Santiago de Zebedeo, sentado al lado de Pedro, le da un tirón de la túnica para que se calle.

-Ve, Judas, ¿cómo no? Es más, debes ir. No se debe desobedecer a la madre.
-Entonces me voy enseguida, con tu permiso. Estaré en Naím con tiempo para encontrar todavía alojamiento. Adiós,
Maestro; adiós, amigos.

-Sé amigo de la paz, y merece tener siempre a Dios contigo. Adiós - dice Jesús, mientras los demás se despiden de él al unísono.

No se ve mucha pena al verlo partir; más bien lo contrario… Pedro, quizás por temor a que Judas se arrepienta, le ayuda a apretar los cordones de su talego y a metérselo en bandolera, le acompaña hasta la puerta del taller (que ya estaba abierta, como la otra que da al huerto - sin duda para ventilar la habitación agobiante después de un día tórrido -), está en la puerta mirándolo marcharse y, cuando lo ve que realmente se aleja, hace un gesto de alegría y de irónico adiós, y vuelve frotándose las manos. No dice nada… ya ha dicho todo. Alguno que ha visto lo sucedido se ríe disimuladamente.

Pero Jesús no lo advierte, porque está escrutando a su primo Santiago, el cual se ha puesto colorado y se ha entristecido, dejando de comer sus aceitunas. Le pregunta:

-¿Qué te pasa?
-Has dicho: "No se debe desobedecer a la madre…". ¿Y nosotros, entonces?

-No sientas escrúpulo. En general se debe hacer así, cuando no se es más que hombre e hijo de una carne; pero, cuando se ha adquirido otra naturaleza y otra paternidad, no. Deben seguirse las prescripciones y deseos de ésta, que es más alta. Judas ha llegado antes de ti y antes que Mateo… pero aún está muy atrás; es necesario que se forme, y lo hará muy lentamente.

Tened caridad con él; ¡ten caridad, Pedro! Yo lo comprendo… pero te digo: ten caridad. Soportar a las personas molestas es una virtud nada común. Úsala.
-Sí, Maestro… pero, cuando lo veo tan… tan… Bien, cállate, Pedro, total… Él entiende… tengo la impresión de ser una vela que está demasiado tirante por el viento… Crujo, me hace crujir este esfuerzo, y se me rompe siempre algo… Ahora bien, Tú sabes, bueno… no sabes, porque como barquero no vales nada… Por tanto te lo digo yo: si a una vela, por demasiada tensión, se le rompen todas las amarras, te juro que le da un voleo tal al inexperto barquero, que lo atonta… Bueno, pues yo siento que… corro el riesgo de que se me rompan todos los lazos… y entonces… Es mejor, sí, que de vez en cuando se vaya él.

Así la vela, faltándole el viento, se calma, y a mí me da tiempo de reforzar las amarras.

Jesús calla y menea la cabeza, compadeciendo al justo y fogoso Pedro.

Un estrépito de cascos herrados y un vocerío de chicos llega de fuera.

-¡Aquí es! ¡Aquí es! ¡Para, hombre!
Y, antes de que Jesús y sus discípulos encuentren una explicación, ante el vano de la puerta se presenta el cuerpo oscuro de un caballo humoso de sudor, y baja un hombre; éste se apresura a entrar como un bólido y se postra a los pies de Jesús besándoselos con veneración.

Todos miran asombrados.
-¿Quién eres? ¿Qué quieres?
-Jonatán soy.
Responde un grito de José, que, por estar sentado detrás del alto banco, y por lo fulminante de la llegada, no ha podido reconocer al amigo. El pastor corre hasta el hombre postrado:

-¡Tú! ¡Si eres tú!…
-Sí. Adoro a mi adorado Señor. Treinta años de esperanza - ¡oh, larga espera! -, que florecen ahora como flor solitaria de agave; y florecen en un instante, en un éxtasis beato, más beato aún que aquél, lejano. ¡Oh, mi Salvador!

Mujeres, niños y algún hombre, entre los cuales el buen Alfeo de Sara, que tiene todavía un pedazo de pan y queso en la mano, se arremolinan en la entrada y hasta dentro de la espaciosa estancia.

-Álzate, Jonatán. Iba a ir a buscarte, como también a Benjamín y Daniel…

-Lo sé…
-Álzate, para darte el beso que ya he dado a tus compañeros - Le obliga a levantarse y lo besa.

-Lo sé -repite el fornido anciano, de buen porte y buena vestimenta - Lo sé. Ella tenía razón. No era delirio propio de uno que está muriendo. ¡Oh, Señor Dios! ¡Cómo ve el alma y cómo te oye, cuando Tú la llamas! - Jonatán está emocionado.

Pero se repone. No pierde su tiempo. Activo, a pesar de su actitud adorante, se centra en su objetivo:
-Jesús, Salvador y Mesías nuestro, he venido a rogarte que vengas conmigo. He hablado con Ester y me ha dicho… Pero antes, antes Juana había hablado contigo y me había dicho… ¡Oh, no os burléis de un hombre dichoso, vosotros que escucháis, dichoso y angustiado hasta obtener tu "Voy"! Ya sabes que estaba de viaje con la patrona moribunda. ¡Qué viaje! De Tiberíades a Betsaida fue bueno; pero luego, dejada la barca y tomado un carro, a pesar de haberlo acondicionado lo mejor que podía, fue una tortura.

Se viajaba despacio y de noche, pero ella sufría. En Cesárea de Filipo estuvo a punto de morir de los vómitos de sangre. Nos detuvimos… A la tercera mañana, hace siete días, me manda llamar. De lo blanca y agotada que estaba, parecía ya muerta. Pero cuando la llamé abrió sus dulces ojos de gacela agonizante y me sonrió. Me indicó con la manita helada que me curvase - porque tiene sólo un hilo de voz - y me dijo: “Jonatán, llévame a casa; pero inmediatamente". Era tan grande el esfuerzo de su orden - ella que es siempre más dulce que una buena niña - que se le colorearon las mejillas y, durante un momento, recobraron el fulgor sus ojos. Continuó diciéndome: "He soñado con mi casa de Tiberíades. Dentro estaba Uno con rostro de estrella, alto, rubio, con ojos de cielo y una voz más dulce que sonido de arpa. Me decía: “Yo soy la Vida. Ven. Vuelve.

Te espero para dártela”. “Quiero ir". Yo decía: "¡Pero, patrona!… ¡No puedes! ¡Estás mal! Ahora, cuando estés mejor, veremos".

Lo consideraba delirio de moribundo. Pero ella se echó a llorar y luego… - es la primera vez que lo ha dicho en estos seis años que la tengo como patrona; e incluso, de ira, se sentó (ella, que no tiene fuerzas para nada) – y luego me dijo: "Siervo, lo quiero.
Yo soy tu patrona. ¡Obedece!"; y cayó envuelta en sangre. Creí que moría… y me dije: "Démosle gusto. ¡Muerte por muerte!…
No sentiré el remordimiento de no haberla complacido al final, después de haber querido hacerlo siempre". ¡Qué viaje! No quería descansar ella, aparte de las horas entre tercia y sexta. He agotado a los caballos para abreviar.

Hemos llegado a Tiberíades esta mañana a la hora de nona. Ester me ha referido… Entonces he entendido que eras Tú quien la había llamado, porque coincidían la hora y el día en que Tú prometías un milagro a Ester y te aparecías al espíritu de mi patrona. Ha querido proseguir en cuanto fue la hora de nona, y a mí me ha mandado adelante… ¡oh, Salvador mío!

-Voy enseguida. La fe merece premio. Quien me desea me tiene. Vamos.
-Espera. He arrojado mientras venía una bolsa a un joven, diciendo: "Tres, cinco, los asnos que queráis, si no tenéis caballos; rápido a la casa de Jesús". Estarán para llegar. Así abreviaremos. Espero encontrarla cerca de Caná. Si al menos…
-¿Qué, Jonatán?
-Si al menos estuviera viva…
-Viva está. Pero, aunque estuviese muerta, Yo soy Vida.

Aquí está mi Madre.
La Virgen, avisada sin duda por alguien, efectivamente está acudiendo seguida de María de Alfeo.
-Hijo, ¿te vas?
-Sí, Madre. Voy con Jonatán. Ha venido. Sabía que podría dártelo a conocer. Por eso he esperado un día más.
Jonatán ha expresado primero un profundo saludo con los brazos cruzados sobre el pecho. Ahora se arrodilla y realza ligeramente la túnica de Maria y besa su borde diciendo:
-¡Saludo a la Madre de mi Señor!
Alfeo de Sara dice a los curiosos:

-¿Qué decís a esto? ¿No deberíamos avergonzarnos de ser sólo nosotros quienes no tenemos fe?
Un estrépito numeroso de cascos se oye en la calle. Son los borricos. Creo que son todos los de Nazaret; y son tantos, que bastarían para un escuadrón. Mientras Jonatán escoge los mejores y contrata, pagando sin escatimar, y toma consigo a dos nazarenos con otros borricos (por miedo a que algún animal, por el camino, pierda las herraduras, y para que puedan volver con toda esta rebuznadora caballería asnal), María y la otra María ayudan a cerrar sacos y talegos.

María de Alfeo dice a sus hijos:
-Dejaré aquí vuestras camas, y las acariciaré… Me parecerá estaros acariciando a vosotros. Sed buenos, dignos de Jesús, hijos… y yo… yo me sentiré feliz…» y mientras dice esto vierte gruesos lagrimones.

María ayuda por su parte a su Jesús, y lo acaricia con amor, haciendo mil recomendaciones y encargos para los otros dos pastores libaneses - porque Jesús declara que no volverá antes de encontrarlos.

-Se ponen en marcha. Ha caído la tarde y el cuarto creciente de la Luna se alza ahora. A la cabeza va Jesús con Jonatán; detrás, todos los demás. Mientras están en la ciudad van al paso, porque la gente se arremolina. Pero, en cuanto salen, van al trote, en una caravana sonora de cascos y cascabeles.

-Está en el carro con Ester - explica Jonatán. ¡Oh, patrona mía! ¡Qué alegría, hacerte feliz! ¡Llevarte a Jesús! ¡Oh, mi Señor! ¡Tenerte aquí, a mi lado! ¡Tenerte!… Tienes justamente el rostro de estrella que ella te ha visto, y eres rubio y con ojos de cielo, y tu voz es realmente un sonido de arpa… ¡Oh, pero tu Madre!… ¿La vas a llevar a la patrona un día?
-Irá la patrona a Ella. Serán amigas.

-¿Sí?… Sí, puede serlo. Juana está casada y ha sido madre, pero tiene un alma pura como una virgen. Puede estar junto a María bendita.
Jesús se vuelve por una fresca carcajada de Juan, seguida de la de todos los demás.

-Quien provoca la risa soy yo, Maestro. En la barca me siento más seguro que un gato… ¡pero, aquí encima!… ¡Parezco una cuba dejada a su aire sobre el puente de un navío en manos del ábrego! - dice Pedro.
Jesús sonríe y lo anima, prometiendo concluir pronto la trotada.

-No es nada. Si los muchachos se ríen, no es nada malo. Vamos, vamos a llevar la felicidad a esta buena mujer.
Jesús se vuelve una vez más por otra explosión de risas.
Pedro exclama:

-No, esto no te lo digo, Maestro. Y.. ¿por qué no? Sí que lo digo. Estaba diciendo: "nuestro supremo ministro se va a tirar de los pelos, al saber que ha faltado justo cuando se podía pavonear con una dama". Y ellos se ríen. De todas formas es así.

Estoy seguro de que, si se lo hubiera imaginado, no hubiera tenido viñas paternas que tutelar.
Jesús no rebate.

Se recorre rápido el camino sobre estos borriquillos bien nutridos. Con el claro de luna dejan atrás Caná.
-Si me permites, te precedo. Paro el carro. Los movimientos bruscos la hacen sufrir mucho.
-Ve, sí.
Jonatán pone el caballo al galope.
Siguen y siguen bajo la luz blanca de la Luna. Luego… la forma oscura de un voluminoso carro cubierto, parado en el borde del camino. El asno en que va Jesús, instigado por Él, alcanza un pequeño galope sesgado. Jesús llega al carro. Se apea.

-¡El Mesías! - anuncia Jonatán.
La anciana nodriza se arroja del carro al camino, del camino al polvo.
-¡Oh, sálvala! Se está muriendo.
-Aquí estoy.
Y Jesús sube al carro, donde hay, extendido, un considerable número de almohadones y sobre ellos un cuerpo exiguo.

Hay un farolito en un ángulo, y copas y ánforas. Y una joven criada llorando, que está secando el sudor helado de la moribunda.

Jonatán acude con uno de los faroles del carro.
Jesús se inclina hacia la mujer decaída, verdaderamente moribunda. No hay diferencia entre el candor del vestido de lino y la palidez, incluso ligeramente azulada, de las manos y del rostro esqueléticos. Sólo las pobladas cejas y las largas pestañas negrísimas proporcionan un color a ese rostro de nieve. Ni siquiera tiene ya ese rojo infausto de los tísicos en los pómulos descarnados. Los labios, semiabiertos por el respiro dificultoso, son apenas una sombra de un rosa violáceo.

Jesús se arrodilla a su lado y la observa. La nodriza le coge una mano y la llama, pero el alma, ya en los umbrales de la vida, no oye nada.
Habiendo llegado los discípulos y los dos jóvenes de Nazaret, se agolpan en torno al carro.
Jesús pone una mano sobre la frente de la moribunda, la cual un momento abre los ojos nublados y vagos para volver a cerrarlos luego.
-Ya no oye nada - gime la nodriza. Y llora con más fuerza.
Jesús hace un gesto:
-Madre, oirá. Ten fe.
Y luego llama:

-¡Juana! ¡Juana! ¡Soy Yo! Soy Yo quien te llama. Soy la Vida. Mírame. Juana.
La moribunda abre con una mirada más viva sus grandes ojos negros, y mira al rostro que hacia ella se ha inclinado.

Manifiesta un movimiento de alegría y una sonrisa. Mueve despacio los labios: una palabra que no llega a adquirir sonido.
-Sí, Yo soy. Has venido y Yo he venido, a salvarte. ¿Puedes creer en mí?

La moribunda asiente con la cabeza. Toda la vitalidad está concentrada en la mirada (como también toda la palabra, no pudiendo expresarla de otra manera).

-Pues bien (Jesús, aunque permanezca de rodillas y con la izquierda sobre la frente de ella, se endereza y toma el aspecto de milagro), pues bien, Yo lo quiero, queda curada, levántate.
Quita la mano y se alza en pie.

Una fracción de minuto y Juana de Cusa, sin ningún tipo de ayuda, se sienta, emite un grito, y se arroja a los pies de Jesús gritando con voz fuerte y dichosa:

-¡Oh, amarte, mi Vida! ¡Para siempre! ¡Tuya! ¡Para siempre tuya! ¡Nodriza! ¡Jonatán! ¡Estoy curada! ¡Rápido! ¡Corred a decírselo a Cusa! ¡Que venga a adorar al Señor! ¡Oh, bendíceme, sigue haciéndolo, sigue, sigue! ¡Oh, mi Salvador! - Llora y ríe besando los indumentos y las manos de Jesús.

-Te bendigo, sí. ¿Qué más quieres que te haga?
-Nada, Señor. Sólo quererme y dejar que yo te quiera.
-¿Y no querrías un niño?

-¡Oh, un niño!… En tus manos lo dejo, Señor. Yo te abandono todo: mi pasado, mi presente, mi futuro. Te debo todo, todo te doy. Da Tú a tu sierva lo que consideres mejor.

-Entonces, la vida eterna. Sé feliz. Dios te ama. Yo me marcho. Te bendigo y os bendigo.

-No, Señor. Quédate un tiempo en mi casa, que ahora es realmente rosal florido. Permíteme que vuelva a ella contigo…

¡Dichosa de mí!

-Voy. Pero tengo a mis discípulos.
-Mis hermanos, Señor. Juana tendrá, tanto para ellos como para ti, comida y bebida, y todo tipo de refrigerio.
¡Concédemelo.
-Vamos. Que se vuelvan los burros, seguidnos a pie. El camino ya es poco. Iremos lentamente para que podáis seguirnos. Adiós, Ismael y Aser. Despedidme una vez más de mi Madre y de mis amigos.

Los dos nazarenos, estupefactos, parten con sus rebuznadores asnos, mientras el carro emprende el retorno con su carga de alegría, ahora. Detrás van los discípulos en grupo comentando el hecho.

Y todo termina.

101- Jesús pregunta a su Madre acerca de los discípulos

Ahora veo - aproximadamente dos horas después de la anteriormente descrita - la casa de Nazaret. Reconozco la pequeña habitación del adiós, que da al huerto, donde ahora plantas y árboles están completamente cubiertos de frondas.

Jesús está con María. Sentados el uno junto al otro en el asiento de piedra que está adosado a la casa. Parece que la cena ya ha tenido lugar y que, mientras los otros - si hay otros (yo no veo a ninguno) - se han retirado, Madre e Hijo se deleitan mutuamente en una dulce conversación.

La voz interna me dice que ésa es una de las primeras veces que Jesús vuelve a Nazaret después del Bautismo, después del ayuno del desierto y, sobre todo, de la constitución del Colegio Apostólico.

Él narra a su Madre sus primeras jornadas de evangelización, las primeras conquistas de corazones.
María está pendiente de los labios de su Jesús. Está más delgada, más pálida, como si hubiera sufrido en este tiempo; bajo sus ojos se han excavado dos sombras, como las de quien mucho llora y piensa. Pero ahora está feliz y sonríe. Sonríe acariciando la mano de su Jesús. Se siente feliz de tenerlo ahí, de estar corazón a corazón con Él, en el silencio de la tarde que cae.

Debe de ser verano, porque ya la higuera tiene sus primeros frutos maduros, que llegan incluso hasta la casa, y Jesús, poniéndose en pie, coge algunos de ellos; los más hermosos se los da a su Madre, pelándolos con cuidado y ofreciéndolos en una corona de piel vuelta como si fueran capullos blancos estriados de rojo, en una corola de pétalos: cándidos, dentro; violáceos, fuera. Los ofrece sobre la palma de su mano y sonríe al ver que su Madre los saborea.

Luego, a quemarropa, le pregunta:

-Mamá, ¿has visto a los discípulos? ¿Qué piensas de ellos?
María, que iba a llevarse a la boca el tercer higo, levanta la cabeza, suspende el gesto, se estremece… mira a Jesús.

-¿Qué piensas de ellos, ahora que te los he dado a conocer a todos? - insta Jesús.

-Creo que te quieren y que podrás conseguir mucho de ellos. Juan… ama a Juan como sabes amar. Es un ángel. Yo estoy tranquila cuando pienso que está contigo. También Pedro… es bueno. Más duro, porque es más anciano, pero genuino y convencido. Y también su hermano.

Ellos te quieren tal y como son capaces de hacerlo, por ahora. Más adelante te querrán más.

También nuestros primos, ahora que se han convencido, te serán fieles. Pero, el hombre de Keriot… ése no me gusta, Hijo. Su mirada no es límpida y su corazón menos aún; me da miedo.

-Contigo es todo respeto.

-Demasiado respeto. También contigo es todo respeto. Pero no es por ti como Maestro; es por ti como futuro Rey, de quien espera provecho y lustre. En Keriot no era nada, apenas un poco más que los demás. Espera obtener a tu lado un papel de importancia y… ¡Jesús!, no quiero ofender a la caridad, pero pienso, aunque no quiero pensarlo, que, en el caso de que Tú lo defraudes, él no dudará en suplantarte, en tratar de hacerlo. Es ambicioso, ávido y vicioso. Más apto para ser cortesano de un rey terreno que no apóstol tuyo, Hijo mío. Me da miedo! - Y la Mamá mira a su Jesús con dos ojos asustados en su cara pálida.

Jesús suspira. Piensa. Mira a su Madre. Le sonríe para animarla;
-Esto también es necesario, Mamá. Si no fuera él, sería otro. Mi Colegio tiene que representar al mundo, y, en el mundo, no todos son ángeles, ni todos son del temple de Pedro y Andrés. Si eligiera todas las perfecciones, ¿cómo podrían las pobres almas enfermas atreverse a esperar hacerse mis discípulas? Yo he venido a salvar lo perdido, Mamá. Juan de por sí está salvado. Pero, ¿cuántos no lo están!

-No tengo miedo de Leví. Él se ha redimido, porque se ha querido redimir. Ha dejado su pecado junto con su banco de tasador y se ha transformado en un alma nueva para ir contigo. Pero Judas de Keriot, no; es más, el orgullo hace cada vez más suya su vieja alma fea. Pero Tú sabes estas cosas, Hijo. ¿Por qué me las preguntas? Yo no puedo hacer más que orar y llorar por ti. Tú eres el Maestro, maestro también de tu pobre Mamá.

La visión cesa aquí.

67- El milagro de los puñales partidos, en la Puerta de los Peces

Veo a Jesús que va solo por un camino sombreado; parece un fresco vallecito rico en aguas. Digo "vallecito" porque está ligeramente enclavado entre pequeñas elevaciones del terreno y porque además por su centro discurre un riachuelo.

El lugar está desierto en la hora matutina. Hay, sobre todo, olivos, especialmente en la colina de la izquierda, mientras que la otra, menos provista de vegetación, tiene arbustos bajos de lentisco, acacias espinosas, pitas, etc. etc.

Debe acabar de nacer el día, un bonito día sereno de principios de verano, y, si quitamos el canto de los pájaros entre los árboles y el arrullo lamentoso de tórtolas salvajes que hacen sus nidos en las quiebras del monte más árido, no se oye nada más. Incluso el pequeño torrente, de aguas muy escasas, reducidas sólo al centro del lecho, parece no hacer rumor alguno y se desliza reflejando en ellas el verde de los alrededores, por lo que parece de color esmeralda oscuro.

Jesús atraviesa un puentecito primitivo: un tronco semialisado, colocado por encima del torrente, sin protecciones laterales (un puente que no ofrece seguridad), y continúa por la otra orilla.

Ahora se ven muros y puertas y se ve también arremolinarse en las puertas todavía cerradas a mercaderes de hortalizas u otros alimentos, para entrar en la ciudad.

Hay un gran rebuznar de asnos, y coces entre ellos; tampoco bromean los propietarios de los mismos. Y hay insultos... y también vuela algún porrazo, no sólo sobre los costados asnales, sino incluso
sobre las cabezas humanas.

Dos se enzarzan seriamente por causa del burro de uno, que se ha servido de la magnífica cesta de lechugas del otro burro comiéndose una buena cantidad. Tal vez es sólo un pretexto para desfogarse de un viejo resentimiento. El hecho es que de debajo de los vestidos, que llegan sólo hasta las pantorrillas, aparecen dos feos cuchillos cortos, anchos como una mano: semejan dagas seccionadas pero bien afiladas, y brillan al sol. Gritos de mujeres, vocerío de hombres. Nadie interviene para separar a estos dos, que están ya preparados para el rústico duelo.

Jesús, que iba caminando meditabundo, levanta la cabeza, ve, y con paso velocísimo, acude a separarlos.

- ¡Quietos, en nombre de Dios! - ordena.
- ¡No! ¡Quiero terminar de una vez con este maldito perro!.
- ¡Yo también! ¿Te gustan las orlas? Te voy a hacer una con tus tripas.

Los dos giran alrededor de Jesús, dándole empujones, insultándolo para que se quite de en medio, tratando de clavarse los cuchillos; pero no lo consiguen, porque Jesús con movimientos inteligentes del manto desvía los cuchillos y dificulta la precisión de los golpes. Ya su manto presenta algunos jirones.

La gente chilla: -
- Salte, nazareno, pagarás Tú las consecuencias.
Pero Él no se mueve y trata de restablecer la calma, llamando la mente a Dios. ¡Inútil! La ira tiene enloquecidos a los dos contendientes.
Jesús emana milagro. Manda por última vez: -
- ¡Os ordeno estaros quietos!
- ¡No! ¡Quítate! ¡No te metas donde no te llaman, perro nazareno!

Entonces Jesús extiende las manos, con aspecto de potencia fulgurante. No dice ni una palabra, pero las hojas de los cuchillos caen desmenuzadas al suelo, como si fueran de cristal y hubieran pegado contra una peña.

Los dos miran los mangos cortos, inservibles, que han quedado entre sus dedos. El estupor apacigua la ira. La multitud grita de asombro.

- ¿Y ahora? - pregunta Jesús severo - ¿Dónde está vuestra fuerza?

Los soldados que estaban de guardia en la puerta, habiendo acudido a los últimos gritos, miran también estupefactos, y uno se agacha a recoger los fragmentos de las hojas y, no creyendo que sean de acero, los prueba en la uña.

- ¿Y ahora? - repite Jesús - ¿Dónde está vuestra fuerza?, ¿en qué basáis vuestro derecho?; ¿en esos trozos de metal que ahora son fragmentos entre el polvo?, ¿en esos trozos de metal que no tenían más fuerza que la del pecado de ira contra un hermano y que os despojaba de toda bendición divina y, por tanto, de toda fuerza? ¡Oh..., míseros quienes se fundan en medios  humanos para vencer, sin saber que no es la violencia, sino la santidad, lo que nos hace vencedores en la Tierra! ¡Y no sólo en ella, pues, efectivamente, Dios está con los justos!

Oíd, todos vosotros de Israel, y también vosotros, soldados de Roma: la Palabra de Dios habla para todos los hijos del hombre, y no será el Hijo del hombre quien se la niegue a los gentiles.

El segundo de los preceptos del Señor es precepto de amor hacia el prójimo. Dios es bueno y quiere benevolencia en sus hijos. Quien no es benévolo con su prójimo no puede llamarse hijo de Dios ni puede tener a Dios consigo. El hombre no es un animal sin razón que se lanza y muerde por derecho a la presa. El hombre tiene una razón y un alma: por la razón debe saberse guiar como hombre, por el alma debe saber hacer esto santamente. Quien no lo hace así, se pone por debajo de los animales, se rebaja al abrazo con los demonios, porque endemonia su alma con el pecado de ira.

Amad. No os digo más que eso. Amad a vuestro prójimo como desea el Señor Dios de Israel. No seáis siempre de la sangre de Caín. Y, ¿por qué lo sois?: vosotros, que podríais ser ya homicidas, por pocas monedas; otros, por unos pocos palmos de tierra, por un puesto mejor, por una mujer. ¿Qué son estas cosas? ¿Son cosas eternas? No. Duran mucho menos que la vida, la cual, a su vez, dura un instante de eternidad. ¿Y qué perdéis si las seguís?: la paz eterna prometida a los justos, la que el Mesías os traerá junto con su Reino. Venid por el camino de la Verdad, seguid la Voz de Dios. Amaos. Sed honestos. Sed continentes. Sed humildes y justos. Marchaos y meditad.

-¿Quién eres Tú que dices semejantes palabras y reduces a pedazos las espadas con tu voluntad? Sólo uno hace estas cosas: el Mesías. Ni siquiera Juan el Bautista es superior a Él.

¿Eres Tú el Mesías? - preguntan tres o cuatro.
- Lo soy.
- ¿Tú? ¿Eres Tú el que cura a los enfermos y predica a Dios en Galilea?
- Soy Yo.
- Mi anciana madre está muriéndose. ¡Sálvala!
- Y yo, ¿ves? Estoy perdiendo las fuerzas a causa de los dolores. Tengo hijos todavía pequeños. ¡Cúrame!
- Ve a tu casa. Tu madre esta noche te preparará la cena; y tú, queda curado. ¡Lo quiero!
La muchedumbre grita. Luego dicen:
- ¡Tu Nombre! ¡Tu Nombre!
- ¡Jesús de Nazaret!
- ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Hosanna! ¡Hosanna!.

La multitud está alborozada. Los asnos pueden hacer lo que quieran, que ya nadie se preocupa de ellos. Algunas madres acuden desde la ciudad — se ve que ha corrido la voz — y aúpan a sus pequeñuelos. Jesús bendice y sonríe, tratando de abrirse paso en el círculo de personas que aclaman, para entrar en la ciudad e ir a donde quiere. Pero la multitud no está dispuesta a ello.

- ¡Quédate con nosotros! ¡En Judea! ¡En Judea! ¡También nosotros somos hijos de Abraham! - gritan.
- ¡Maestro!» — Judas llega presuroso — Maestro, has llegado antes que yo... ¿Qué sucede?
- ¡El Rabí ha hecho milagros! No en Galilea; aquí, aquí lo queremos con nosotros.
- ¿Lo ves, Maestro? Todo Israel te ama. Es justo que también estés aquí. ¿Por qué lo rehuyes?
- No lo rehuyo, Judas. He venido adrede solo, para que la rudeza de los discípulos galileos no hiriese la finura judía.

Quiero reunir a todas las ovejas de Israel bajo el cetro de Dios.
- Por eso te dije: "Tómame contigo". Yo soy judío y sé cómo tratar a los judíos. ¿Te vas a quedar, entonces, en Jerusalén?

- Pocos días. Para esperar a un discípulo que también es judío. Después iré por la Judea...
- ¡Yo iré contigo! Te acompañaré. ¿Piensas ir a mi pueblo? Te llevaré a mi casa. ¿Vas a venir, Maestro?

- Iré... Del Bautista, tú que eres judío y vives en contacto con la gente de alta categoría, ¿sabes algo?

- Sé que todavía está prisionero, pero que lo quieren liberar porque la multitud, si no le devuelven a su profeta, amenaza una sedición. ¿Lo conoces?

- Lo conozco.
- ¿Lo amas? ¿Qué piensas de él?
- Pienso que no ha habido ninguno que asemeje a Elías más que él.
- ¿Le consideras verdaderamente el Precursor?
- Lo es. Es la estrella de la mañana que anuncia al Sol. Bienaventurados los que se han preparado para el Sol a través de su predicación.

- Es muy severo Juan.
- No más para los demás que para sí mismo.
- Es verdad. Pero es difícil seguirlo en su penitencia. Tú eres más bueno y es fácil amarte.
- Y sin embargo...
- ¿Y, sin embargo, Maestro?...
- Y, sin embargo, de la misma forma que a él se le odia por su austeridad, a mí me odiarán por mi bondad, porque la una y la otra predican a Dios, y Dios les resulta antipático a los malos. Está signado que así sea. De la misma forma que él me precede en la predicación, así me precederá en la muerte. Pero, ¡ay de los asesinos de la Penitencia y de la Bondad!

- ¿Por qué siempre estas tristes previsiones, Maestro? La multitud te ama, ¿no lo ves?...
- Porque es seguro. La multitud humilde, sí, me ama. Pero la multitud no es toda humilde, ni de humildes. Pero, la mía no es tristeza; es tranquila visión del futuro y adhesión a la voluntad del Padre, que me ha mandado para esto. Y para esto Yo he venido. Ya hemos llegado al Templo. Voy al Bel Nidrás a amaestrar a las multitudes. Si quieres, quédate.

- Voy contigo. Sólo tengo una finalidad: servirte y hacerte triunfar.
Entran en el Templo y todo termina.

100- En Nazaret en casa del anciano y enfermo Alfeo. No es fácil la vida del apóstol

Jesús va con los suyos por las hermosas colinas de Galilea. Para evitar el sol, que está todavía alto aunque se dirija ya hacia el ocaso, caminan bajo los árboles (la mayor parte olivos).

-Pasada esa prominencia del terreno está Nazaret - dice Jesús - Dentro de poco llegamos. A la entrada de la ciudad nos separaremos. Judas y Santiago irán inmediatamente adonde su padre, como desea su corazón. Pedro y Juan distribuirán a los pobres, que estarán ciertamente junto a la fuente, el óbolo. Yo y los demás iremos a casa para la cena, luego proveeremos para el descanso.

-Nosotros iremos a casa del buen Alfeo. Se lo prometimos la otra vez. Yo, de todas formas, voy a ir sólo para saludarlo.

Cedo la cama a Mateo que todavía no está acostumbrado a las incomodidades - dice Felipe.
-No. Tú no, que eres anciano. No lo permito. Hasta ahora he disfrutado de un cómodo lecho, y ¡qué sueños tenía en él!: infernales. Créeme: ahora estoy de tal manera en paz, que aunque me eche sobre piedras tengo la impresión de estar durmiendo entre plumas. Es la conciencia la que hace, o no, dormir - responde Mateo.

Surge una competición de caridad con Mateo entre los discípulos Tomás, Felipe y Bartolomé, que - se entiende - son los que la otra vez estuvieron en casa de este Alfeo (el cual, ciertamente, no es el padre de Santiago, porque éste está hablando con Andrés y dice: «De todas formas habrá un puesto para ti, como la otra vez, aunque mi padre esté más enfermo»).

Vence Tomás:
-Yo soy el más joven del grupo. Yo cedo el lecho. Déjame, Mateo. Poco a poco te acostumbrarás. ¿Crees que me pesa?
No. Soy como un enamorado, que piensa: "Estaré sobre el duro suelo, pero estoy cerca de mi amor"- Tomás, hombre de unos treinta y ocho años, ríe jovialmente, y Mateo cede.
Nazaret está ya a pocos metros con sus primeras casas.
-Jesús… nosotros ya nos vamos - dice Judas.
-Idos, idos.

Los dos hermanos se van casi corriendo.

-¡El padre es el padre! - susurra Pedro - Aunque nos ponga mala ira, no por eso deja de ser de nuestra misma sangre, y la sangre tira más que una soga. Además… me resultan simpáticos tus primos. Son muy buenos.
-Sí, son muy buenos. Y son humildes, hasta el punto de que ni siquiera se estudian para ver en qué medida lo son.
Siempre piensan que cometen deficiencias, porque su espíritu ve lo bueno en todos excepto en ellos mismos. Llegarán muy lejos…

Ya están en Nazaret. Algunas mujeres ven a Jesús y lo saludan, como también lo hacen algunos hombres y niños. Pero aquí no se producen las aclamaciones de los otros lugares al Mesías, aquí se trata de amigos que saludan al Amigo que regresa: unos, más expansivamente; otros, menos.

En muchos veo también una irónica curiosidad al observar al grupo heterogéneo que acompaña a Jesús, que no es ciertamente un grupo de dignatarios reales ni de pomposos sacerdotes. Sudados, llenos de polvo del camino, vestidos muy modestamente, menos Judas Iscariote, Mateo, Simón y Bartolomé -y los he puesto por orden
decreciente de elegancia -, parecen más un grupo de gente modesta de viaje hacia algún mercado que no seguidores de un rey.

Rey que, de por sí, manifiesta su regalidad solamente en la imponencia de la estatura y, sobre todo, en la imponencia del aspecto.

Caminan unos metros y luego Pedro y Juan se separan, yendo hacia la derecha, mientras que Jesús con los demás prosigue hasta llegar a una pequeña plaza llena de niños vocingleros que están alrededor de una pila llena de la que sacan agua las madres.

Un hombre ve a Jesús y hace un gesto de gozoso asombro. Acelera su paso hacia Él y lo saluda:

-¡Bienvenido de nuevo! ¡No te esperaba tan pronto! Ten: besa a mi último nieto. Es el pequeño José. Ha nacido en tu ausencia - y le pasa un niñito que tiene en los brazos.
-¿Le has puesto por nombre José?

-Sí. No me olvido de mi casi pariente y, más que pariente, gran amigo. Ya tengo puestos también a los nietos los nombres que más aprecio: Ana, mi amiga de cuando era niño, y Joaquín. Luego María… ¡Oh, qué fiesta cuando nació! Me acuerdo de cuando me la dieron para que la besase y me dijeron: "¿Ves? Aquel hermoso arco iris fue el puente por el cual Ella descendió del Cielo. Los ángeles utilizan ese camino". Verdaderamente era tan bonita, que parecía un angelito… Ahora aquí tienes a José. Si hubiera sabido que ibas a volver tan pronto, te hubiera esperado para la circuncisión.

-Te agradezco tu amor hacia mis abuelos y hacia mi padre y mi Madre. Es un niño muy hermoso. Que sea eternamente justo como el justo José - Jesús le da unos botecitos en sus brazos al pequeñuelo, que dibuja en sus labios risitas llenas de leche.

-Si me esperas voy contigo. Estoy esperando a que se llenen las ánforas. No quiero que mi hija María se fatigue. Es más, mira, voy a hacer esto: les doy los jarros a los tuyos, si los toman, y yo hablo un poco contigo a solas.

-¡Pues claro que los cogemos! ¡No somos reyes asirios! - exclama Tomás, y es el primero en agarrar un jarro.
-Entonces, mirad, María de José no está en su casa, está donde el cuñado, ¿sabes?, pero la llave está en la mía. Que os la den para entrar en casa, o sea… en el taller.

-Sí, sí, id; entrad incluso en casa. Luego voy Yo.
Los apóstoles se marchan y Jesús se queda con Alfeo.
-Quería decirte que… soy verdadero amigo tuyo… y, cuando uno es verdadero amigo y es más viejo y es del lugar, puede hablar. Creo que debo hablar… Yo… no es que quiera aconsejarte… Tú sabes más que yo. Sólo quiero advertirte de que… ¡oh!, no quiero hacer de espía, ni sacarte a la luz defectos de tus familiares, pero, yo creo en ti, Mesías, y… y me duele el ver que dicen que Tú no eres Tú, o sea, el Mesías; que eres un enfermo; que destruyes a la familia y a los familiares. La ciudad… ya sabes… a Alfeo lo consideran mucho y por tanto, la ciudad presta también atención a lo que ésos dicen; y ahora está enfermo, infunde compasión… Algunas veces la compasión incluso sirve para cometer injusticias. Mira, yo estaba presente la tarde en que Judas y Santiago te defendieron y defendieron la libertad suya de seguirte…

¡Qué escena! No sé cómo puede resistir tu Madre.
¿Y la pobre María de Alfeo?… Las mujeres en ciertas situaciones de familia son siempre víctimas.

-Ahora mis primos están donde su padre…
-¿Con su padre? ¡Los compadezco! Ese anciano está completamente fuera de sí y, será la edad y la enfermedad, claro, pero hace cosas de locos. Si no estuviera loco, me daría más pena aún, porque… en ese caso estaría llevando a la perdición a su propia alma.
-¿Crees que tratará mal a los hijos?
-Estoy seguro de ello. Lo siento por ellos y por las mujeres… ¿A dónde vas?
-A casa de Alfeo.
-No, Jesús. No te expongas a que te falten al respeto.
-Mis primos me quieren por encima de sí mismos y es justo que Yo les pague con un amor igual… En esa casa hay dos mujeres a las que quiero… Voy. No te opongas.

Jesús se dirige veloz hacia la casa de Alfeo, mientras el otro se queda pensativo en medio de la calle.
Jesús va veloz. Ya está a la altura del linde del huerto de Alfeo. Llega hasta Él un llanto de mujer y unos gritos desaforados de hombre. Jesús acelera el paso, por el huerto todo verde, en los pocos metros que separan la calle de la casa.

Está ya casi en la entrada cuando se asoma a la puerta su Madre y lo ve.
-¡Mamá.
-¡Jesús!- dos gritos de amor.
Jesús hace ademán de entrar, pero María dice:
-No, Hijo - Y se pone en el umbral con los brazos abiertos y apretando las manos contra las jambas: una barrera de carne y de amor, y repite: «No, Hijo, no lo hagas».
-Déjame, Mamá, no ocurrirá nada - Jesús está tranquilísimo, a pesar de que la acentuada palidez de María lo turbe, como es lógico. Coge su delicada muñeca, separa la mano de la jamba y pasa.

En la cocina, desparramados por el suelo, reducido a una especie de cieno viscoso, están los huevos, los racimos de uvas y el tarro de miel traídos de Caná.

De otra habitación proviene una voz quejumbrosa de anciano, imprecando, acusando, quejándose, en medio de uno de esos arrebatos de cólera seniles que son tan injustos, impotentes, penosos de ver y dolorosos de padecer:

… ¡Mi casa destruida, convertida en el hazmerreír de toda Nazaret, y yo aquí, solo, sin ayuda, herido en mi sentimiento, en el respeto, padeciendo necesidades!…

¡Eso es lo que te queda, Alfeo, por haber actuado como un verdadero fiel! ¿Y por qué? ¿Por qué? Por un loco. Un loco que vuelve locos a mis hijos necios. ¡Ay, ay, qué dolores!
Se oye también la voz de María de Alfeo, lacrimosa, suplicando:

-¡Cálmate, Alfeo, cálmate! ¿Ves como te perjudicas? Voy a ayudarte a meterte en la cama… Siempre bueno tú, siempre justo… ¿A qué viene esto, contigo, conmigo, con esos pobres hijos?…

-¡Nada! ¡Nada! ¡No me toques! ¡No quiero! ¿Que son buenos esos hijos? ¡Ya!, ¡ya! ¡Cierto, claro! ¡Son dos ingratos!

Primero me hinchan a ajenjo y luego me traen miel. Me traen huevos y fruta… ¡después de alimentarse con mi corazón! ¡Vete, te digo! ¡Fuera! ¡Que venga María, no tú! Ella tiene maña. ¿Dónde está ahora esa mujer débil que no sabe hacerse obedecer por el Hijo?

María de Alfeo, arrojada de la presencia de éste, entra en la cocina mientras Jesús estaba para entrar en la habitación de Alfeo. Lo ve, se derrumba en sus brazos sollozando desesperada, mientras María, la Virgen, va, humilde y paciente, donde el anciano iracundo.
-No llores, tía; ahora voy Yo.

-¡No! ¡No te dejes insultar! Está como loco. Tiene el bastón. No. Jesús, no. Ha agredido incluso a sus hijos.
-No me hará nada - Y Jesús, con firmeza, si bien dulcemente, aparta a su tía y entra.
-Paz a ti, Alfeo.

El anciano, que iba a meterse en la cama entre mil quejas y reprensiones a María, «porque no tiene maña» (antes decía que sólo Ella tenía maña), se vuelve como movido por un resorte.

-¿Aquí? ¿Aquí a burlarte de mí? ¿Hasta esto?
-No. A traerte paz. ¿Por qué estás tan inquieto? Te empeoras. Mamá, deja. Lo levanto Yo. No te haré daño ni tendrás que esforzarte. Mamá, levanta las cobijas - Y Jesús coge con cuidado ese montoncillo de huesos que ya está en los estertores, flácido, malo, que llora, mísero, y lo apoya con cuidado, como si fuera un recién nacido, sobre la cama.

-Eso es, así, como hacía con mi padre. Más alto este almohadón, así estarás más alto y respirarás mejor. Mamá, mete aquí, debajo de los riñones, ese de allí, el pequeño; estará más mullido. Ahora así la luz, que no le dé en los ojos pero que deje entrar el aire puro. Eso es, así.

Ahora… he visto una tisana al fuego. Tráela, Mamá, Y bien dulce. Estás todo sudado y te estás enfriando. Te sentará bien.

María sale, obediente.

-Yo… yo… ¿Por qué eres bueno conmigo?
-Porque te quiero, como ya sabes.
-Yo te quería… pero ahora…
-Ahora ya no me quieres. Lo sé. Pero Yo te quiero y me basta. Más adelante me querrás…

-Entonces… ¡ay, ay… qué dolores!… entonces, si es verdad que me quieres, ¿por qué ofendes mis canas?

-No te ofendo, Alfeo; de ninguna manera. Te honro.
-“¿Honro?" Soy el hazmerreír de Nazaret… eso es.
-¿Por qué dices eso, Alfeo? ¿En qué te hago hazmerreír?
-En mis hijos. ¿Por qué son rebeldes? Por ti. ¿Por qué se burla la gente de mí? Por ti.

-Dime: si Nazaret te alabara por la condición de tus hijos, ¿sentirías el mismo dolor?
-¡No! Pero Nazaret no me alaba. Me alabaría si verdaderamente tú fueras una persona llamada al éxito.

Pero, ¿quién no se echaría a reír de haberme dejado por uno poco menos que demente que va por el mundo atrayéndose hacia sí odios y burlas; un pobre, que convive con los pobres? ¡Pobre casa mía! ¡Pobre casa de David! ¡Cómo acabas! ¡Y yo tenía que vivir tanto, para presenciar esta desventura ¡Verte a ti, vástago último de la gloriosa estirpe, corromperte en una demencia por ser demasiado servil! ¡Ah!, la desventura ha caído sobre nosotros desde el día en que mi apocado hermano se dejó unir a esa mujer insípida pero mandona que lo tuvo dominado en todo. Ya lo dije entonces: "José no ha nacido para casarse. Vivirá infeliz". Y así fue. Él sabía cómo era y nunca había querido oír hablar de matrimonio. ¡Maldita la ley de las huérfanas herederas! ¡Maldito destino! ¡Maldita boda!
La "Virgen heredera" ha vuelto ya con la tisana, a tiempo de oír las jeremiadas de su cuñado. Se la ve todavía más pálida, pero su paciente benevolencia no ha sido perturbada. Se acerca a Alfeo y con una dulce sonrisa le ayuda a beber.

-Eres injusto, Alfeo; pero tienes tanto mal encima, que todo se te perdona - dice Jesús sujetándole la cabeza.
-¡Oh, sí, mucho mal! ¿Dices que eres el Mesías? ¿Haces prodigios? Eso dicen. Si al menos me curases para pagarme por los hijos que te has llevado… Cúrame… y te perdonaré.

-Perdona a tus hijos, comprende su alma y Yo te aliviaré. Si guardas rencor, no puedo hacer nada.
-¿Perdonar?

El anciano se mueve bruscamente; ello, naturalmente, agudiza todos los espasmos, lo cual, de nuevo, lo pone hecho una fiera.

-¿Perdonar? ¡Jamás! ¡Vete! ¡Fuera, si es para decirme esto! ¡Fuera! Quiero morir sin que me molesten más.

Se ve en Jesús un gesto resignado.

-Adiós, Alfeo. Me voy… ¿No me queda más remedio que irme? Tío… ¿no me queda más remedio que irme?
-Si no haces esto que te pido, sí, vete. Di a esas dos serpientes que su anciano padre muere guardándoles rencor.

-No, esto no, no pierdas tu alma. No me ames, si quieres, no me creas el Mesías… pero no odies, no odies, Alfeo.
Ridiculízame, llámame loco… pero no odies.

-Pero, ¿por qué me quieres, si yo te estoy insultando?

-Porque soy eso que tú no quieres reconocer. Soy el Amor.

Mamá voy a casa.

-Sí, Hijo mío. Dentro de poco iré yo.
-Te dejo mi paz, Alfeo. Si me necesitas avísame, a cualquier hora, que Yo vendré.

Jesús sale, tranquilo como si no hubiera sucedido nada. Sólo está más pálido.

-¡Oh! Jesús, Jesús. Perdónale - gime María de Alfeo.
-Claro, María. Ni siquiera hay necesidad de hacerlo. A uno que sufre, todo se le perdona. Ahora está ya más calmado.

La Gracia obra incluso sin que los corazones lo sepan.

Además, está tu llanto Y, por supuesto, el dolor de Judas y Santiago, y su fidelidad a la vocación. Paz a tu acongojado corazón, tía - La besa y sale al huerto para ir a casa.

Cuando está para poner pie en la calle, entran Pedro y, detrás de él, Juan, jadeantes, como quien ha corrido.
-¡Maestro! Pero, ¿qué ha sucedido? Santiago me ha dicho: "Ve corriendo a mi casa. ¿Quién sabe qué trato recibirá Jesús!". ¡No, no es así! Ha entrado Alfeo, el de la fuente, y le ha dicho a Judas: "Jesús está en tu casa", y entonces Santiago ha dicho eso… Tus primos están abatidos. Yo no comprendo nada, pero… te veo… y me siento confortado.

-Nada, Pedro. Un pobre enfermo al que los dolores le hacen ser impaciente. Ya ha terminado todo.
-¡Oh, me alegro! ¿Y tú, por qué estás aquí? - Pedro interpela en tono no muy suave a Judas Iscariote, que también ha venido.
-Me parece que también estás tú.
-Me han pedido que viniera y he venido.
-También yo he venido. Si el Maestro estaba en peligro, y en su patria, yo, que ya lo he defendido en Judea, podía defenderlo también en Galilea.

-Para eso bastamos nosotros. Pero no hay necesidad de ello en Galilea.
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Exacto! Su patria lo echa fuera como si se tratase de una comida indigesta. Bien. Me alegro por ti, que te escandalizaste por un pequeño incidente sucedido en Judea, donde no lo conocen. Aquí, sin embargo… - y Judas concluye con un modo de silbar que es un poema de sátira.

-Mira, muchacho. Me siento en pocas condiciones de soportarte. Corta, por tanto, si en algo tienes… algo. Maestro, ¿te han hecho algún daño?

-¡No, hombre, no, Pedro mío! Te lo aseguro. Vamos más deprisa a consolar a mis primos.

Van. Entran en el amplio taller. Judas y Santiago están junto al vasto banco de carpintero: Santiago, en pie; Judas, sentado en un taburete con el codo apoyado en el banco y la cabeza apoyada en la mano. Jesús va hacia ellos sonriente para darles inmediatamente la certeza de que su corazón los ama:
-A1feo está más sereno ahora. Los dolores se están calmando y todo vuelve a sosegarse. Estad tranquilos también vosotros.
-¿Lo has visto? ¿Y a nuestra madre?
-He visto a todos.
Judas pregunta:
-¿También a nuestros hermanos?
-No. No estaban.
-Estaban. No han querido que los vieras. ¡Pero…
nosotros! Ni aunque hubiéramos cometido un delito habríamos sido tratados de esa forma. ¡Y nosotros, que volábamos desde Caná por la alegría de volver a verlo y traerle lo que a él le gusta! Lo queremos y… y ya no nos entiende… ya no nos cree.

Judas dobla el brazo y llora con la cabeza sobre el banco. Santiago se muestra más fuerte, pero su rostro manifiesta un interno martirio.

-No llores, Judas. Y tú, no sufras.

-¡Oh! ¡Jesús! Somos hijos… y nos ha maldecido. Pero, aunque esto nos acongoje, no, no volvemos hacia atrás.

Somos tuyos, y tuyos seremos, aunque nos amenazaran de muerte para separarnos de ti - exclama Santiago.

-¿Y decías que no eras capaz de heroísmo? Yo lo sabía, pero tú, por ti mismo, ahora lo manifiestas. En verdad, serás fiel incluso contra la muerte. Y tú también.
Jesús los acaricia… pero ellos sufren. El llanto de Judas llena la bóveda de piedra.

Ello me proporciona la manera de ver mejor el alma de los discípu1os.

Pedro, cuyo honesto rostro se manifiesta apenado, exclama:

-¡Claro! Es una cosa dolorosa… Cosas tristes. Pero, muchachos - y les da unos pequeños zarandeos con afecto -, no todos pueden merecer esas palabras… Yo… yo me doy cuenta de que he sido una persona afortunada en mi llamada. Esa buena mujer que es mi esposa me dice siempre:

"Es como si hubiera sido repudiada, porque tú ya no eres mío. Pero digo: ¡Oh, dichoso repudio!". Decidlo igualmente vosotros. Perdéis un padre, pero ganáis a Dios.

El pastor José, desde su ignorante condición de huérfano, asombrado de que un padre pueda ser motivo de llanto, dice:

-Creía ser el más infeliz porque me falta el padre. Me doy cuenta de que es mejor llorarlo por muerto que por enemigo.

Juan se limita a besar y a acariciar a los compañeros.
Andrés suspira y calla. Se consume por el deseo de hablar, pero, como si de una mordaza se tratara, su timidez se lo impide.

Tomás, Felipe, Mateo, Natanael hablan bajo en un rincón, con el respeto propio de quien se encuentra ante un dolor verdadero. Santiago de Zebedeo ora, apenas perceptiblemente, para que Dios conceda paz.

Simón Zelote - ¡oh, cuánto me agrada su acto! - deja su rincón y viene junto a los dos afligidos, pone una mano sobre la cabeza de Judas, el otro brazo en torno a la cintura de Santiago, y dice:

-No llores, hijo. Él nos lo había dicho a mí y a ti: "Os uno: a ti, que por mí pierdes un padre; a ti, que tienes corazón de padre sin tener hijos". Y no entendimos cuánto había de profecía en esas palabras. Pero Él sabía. Pues os lo ruego: Soy viejo y siempre he soñado con ser llamado "padre"; aceptadme como tal y yo, mañana y tarde, os bendeciré. Os lo ruego: Aceptadme como tal.

Los dos hacen un gesto de aceptación entre sollozos aún más fuertes.

Entra María y corre hasta donde los dos afligidos. Acaricia la cabeza (de un moreno intenso) de Judas, y a Santiago lo acaricia en la mejilla. Está blanca como una azucena.

Judas le toma la mano y la besa, y pregunta: «Qué hace?». «Duerme, hijo. Vuestra madre os manda su beso» y los besa a ambos.
La voz áspera de Pedro se deja oír bruscamente:
-Mira, ven aquí un momento, que quiero decirte una cosa - y veo a Pedro que aferra con su robusta mano un brazo de Judas Iscariote y se lo lleva afuera, a la calle; y luego vuelve solo.
-¿A dónde lo has mandado? - pregunta Jesús.
-¿A dónde? A tomar el aire; si no, acababa dándole yo el aire de otra manera… cosa que no he hecho por atención a ti.
¡Ah!…, ¡ahora se está mejor! Quien se ríe ante un dolor es un áspid, y yo a las serpientes las aplasto… Aquí estás Tú… y por eso lo he mandado sólo a la luz de la luna. No digo que no… pero… yo llegaré incluso a ser un escriba, cosa que sólo Dios puede hacer en mí, que apenas sé que estoy en el mundo… pero él ni con la ayuda de Dios será bueno. Te lo asegura Simón de Jonás. Y no me equivoco. ¡No, no te lo tomes a mal! ¡Qué gran alivio para él el librarse de esta tristeza! Su corazón está más reseco que un adoquín bajo el sol de Agosto. ¡Venga, muchachos! Aquí hay una Madre que más dulce que Ella no la tiene ni siquiera el Cielo, aquí hay un Maestro que es más bueno que todo el Paraíso, aquí hay muchos corazones honestos que os aman sinceramente. Las borrascas benefician, hacen caer el polvo. Mañana estaréis más frescos que unas flores, os sentiréis más ligeros que los pájaros, para seguir a nuestro Jesús».

Y en estas simples y buenas palabras de Pedro todo finaliza.

Luego dice Jesús: «Después de esta visión pondrás la que te di en la primavera de 1944, aquella en que Yo pedía a mi Madre sus impresiones sobre los apóstoles. Llegados a este punto, sus figuras morales han dado ya suficientes destellos para poder poner aquí esa visión sin crear escándalo en nadie. Yo no necesitaba el consejo de nadie.

Pero, cuando estábamos solos, mientras los discípulos estaban acá o allá, en familias amigas o por los caseríos cercanos, durante mis estancias en Nazaret, ¡qué dulce me era el hablar y pedir consejo a mi dulce Amiga, mi Madre, y obtener confirmación, de su boca de gracia y sabiduría, en cuanto ya había visto Yo!

No he sido nunca sino "el Hijo" para con Ella. Y entre los nacidos de mujer no hubo una madre más "madre" que Ella, en todas las perfecciones de las maternas virtudes humanas y morales, ni hubo hijo más "hijo" que Yo, en el respeto, en la confianza, en el amor.

Y ahora, que también vosotros habéis tenido un mínimo de trato con los Doce, de conocimiento de sus virtudes y de sus defectos, de su carácter, de sus luchas, ¿hay todavía alguno que diga que me fue fácil unirlos, elevarlos, formarlos? ¿Hay todavía alguno que juzgue fácil la vida del apóstol, y, por ser un apóstol, o sea, frecuentemente, por creerse tal, juzgue tener derecho a una vida llana, sin dolores, obstáculos, derrotas? ¿Hay todavía alguno que, por el hecho de que me sirva, pretenda que Yo sea su siervo, y que haga milagros sin interrupción en favor suyo, haciendo de su vida una alfombra florida, fácil, humanamente gloriosa? Mi camino, mi trabajo, mi servicio es la cruz, el dolor, las renuncias, el sacrificio. Yo lo hice, háganlo quienes quieren decirse "míos". Esto no va para los Juanes, sino para los doctores insatisfechos y difíciles.

Y digo, para los doctores de la argucia, que he usado el término “tío" y "tía", inusitado en las lenguas palestinas, para aclarar y definir una irrespetuosa cuestión sobre mi condición de Unigénito de María y sobre la Virginidad "pre" y "post" parto de mi Madre, quien me tuvo por espiritual y divino connubio y, repítase una vez más, no conoció otras uniones, ni tuvo otros
partos: carne inviolada, la cual ni siquiera Yo laceré, cerrada sobre el misterio de un seno-tabernáculo, trono de la Trinidad y del Verbo Encarnado.

Categorías