por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Yo diría que, además del lago de Galilea y del Mar Muerto, Palestina tiene otro pequeño lago o rebalsa, una laguna en suma, cuyo nombre ignoro. Para calcular medidas yo no valgo nada, pero, a ojo, diría que esta pequeña depresión puede ser de unos tres kilómetros por dos.
Poca, bien poca cosa como se ve. Confiérenle gracia, no obstante, su entorno verde y su superficie, tan azul y sosegada, que parece una gran lámina de esmalte azul cielo veteada en el centro por una pincelada más clara, y ligeramente más movida, quizás por la corriente del río que se introduce en ella al Norte para salir al Sur y que, por lo pequeña que es la laguna - creo que sobre todo es poco profunda -, no pierde su corriente, sino que, como vena viva en un agua parada, denota esta vitalidad y presencia suyas con el color distinto y el ligero fruncimiento de las aguas.
No hay barcas de vela en la laguna; sólo alguna pequeña barquita de remos, desde donde un solitario pescador echa o extrae sus nasas de pesca, o que sirven para pasar al otro lado a un viandante que quiere abreviar el camino. Y rebaños, rebaños, rebaños… que descienden, sin duda, de los pastos montanos porque avanza el otoño, y pacen en estas márgenes de prados verdes y feraces. Por el vértice sur del lago - puesto que es de forma oval - pasa una via de comunicación de primer orden que se extiende de este a oeste - o, mejor, más o menos de nordeste a sudoeste -, bastante bien conservada y muy frecuentada por
transeúntes dirigidos hacia los pueblos esparcidos por esa zona. Por esta calzada camina Jesús con los suyos.
El día está más bien gris y Pedro observa:
-Hubiera sido mejor no ir a donde esa mujer. Los días se acortan cada vez más y el tiempo es cada vez más desapacible… y Jerusalén está todavía muy lejos.
-Llegaremos a tiempo. Y, créeme, Pedro, hacer el bien es más obediencia a Dios que hacer una ceremonia externa. Esa mujer ahora bendice a Dios con todos sus hijos en torno al cabeza de familia, que está tan curado, que podrá hallarse en Jerusalén para los Tabernáculos, mientras que habría debido estar durmiendo ya, para ese tiempo, entre vendas y bálsamos, en un sepulcro. No corrompas nunca la fe con la exterioridad de los actos. No se debe criticar nunca. ¿Cómo puedes asombrarte de los fariseos, si tú también caes en un error de piedad y cierras el corazón al prójimo diciendo: "Sirvo a Dios y basta”?
-Tienes razón, Maestro; soy más ignorante que un borrico.
-Y Yo te tengo conmigo para hacerte sabio. No tengas miedo. Cusa me ha ofrecido el carro casi hasta Yabboq. Desde allí al vado hay poco camino. Ha insistido tanto, y con razones tan justas, que he decidido, a pesar de que Yo juzgue que el Rey de los pobres debe servirse de los medios de los pobres; pero la muerte de Jonás ha impuesto un retardo y tengo que adaptar mi pensamiento a este imprevisto.
Los discípulos hablan de Jonás compadeciendo su mísera vida y envidiando su feliz muerte.
Simón Zelote susurra:
-No he podido hacerle feliz y dar al Maestro un verdadero discípulo, madurado en largo martirio e inquebrantable fe… y lo siento. ¡El mundo tiene mucha necesidad de criaturas fieles, convencidas de Jesús, para equilibrar a los muchos que niegan y negarán!
-No importa, Simón -responde Jesús - Él se siente más feliz ahora, y es más activo. Y tú has hecho más de lo que hubiera hecho cualquier otro por él y por mí, y por él también te doy las gracias, ahora él sabe quién fue el que lo liberó, y te bendice.
-Entonces maldice a Doras -exclama Pedro.
Y Jesús lo mira y le pregunta:
-¿Tú crees? Estás equivocado. Jonás era un justo, ahora es un santo. En vida ni odió ni maldijo; ni odia ni maldice ahora.
Pone su mirada en el Paraíso, desde su lugar de espera, y se regocija porque sabe que pronto el Limbo dejará salir a los que están esperando. No hace nada más.
-Y en Doras… ¿incidirá tu anatema?
-¿En qué sentido, Pedro?
-Pues… haciéndole meditar y cambiar… o… sometiéndolo a castigos.
-Lo he remitido a la Justicia de Dios; Yo, el Amor, lo he abandonado.
-¡Misericordia! ¡No quisiera estar en él!
-¡Ni yo tampoco!
-¡Y yo tampoco!
-Ninguno querría, porque ¿qué será la Justicia del Perfecto? -dicen los discípulos.
-Será éxtasis para los buenos; será rayo para los perversos, amigos. En verdad os digo: ser durante toda la vida esclavo, leproso, mendigo, es felicidad de rey al lado de una hora, una sola hora, de castigo divino.
-Llueve, Maestro, ¿qué hacemos? ¿A dónde vamos?
Efectivamente, sobre el lago, que se ha oscurecido reflejando el cielo completamente cubierto de nubes plúmbeas, caen y rebotan las primeras gruesas gotas de una lluvia que promete intensificarse.
-A alguna casa. Pediremos amparo en nombre de Dios.
-Esperemos encontrar uno bueno como aquel romano. No creía que fueran así… Siempre me había alejado de ellos considerándolos impuros, pero veo que… sí, si hago cuentas son mejores que muchos de nosotros - dice Pedro.
-¿Te agradan los romanos? - pregunta Jesús.
-¡Bueno!… no veo que sean peores que nosotros. Sólo son samaritanos…
Jesús sonríe y no dice nada.
Llega a su altura una pequeña mujer que va arreando a ocho ovejas.
-Mujer, ¿sabes decirnos dónde podemos encontrar un techo?…pregunta Pedro.
-Yo sirvo a un hombre pobre y solo. Pero si queréis venir… Creo que mi patrón os acogerá con bondad.
-Vamos.
Caminan bajo el aguacero, rápidos, entre las ovejas, que van trotando con sus cuerpos obesos para escaparse del chaparrón. Dejan la calzada principal para tomar un caminito que conduce a una pequeña casa baja. La reconozco como la casa del campesino Jacob, el de Matías y María, los dos huerfanitos de la visión.
-¡Ahí está! Corred mientras llevo las ovejas al aprisco. A1 otro lado de la tapia hay un patio por el que se va a la casa.
Estará en la cocina. No os fijéis en si es de pocas palabras… Está angustiado por muchas cosas.
La mujer va hacia un cuchitril que está a la derecha. Jesús, cor los suyos, gira a la izquierda.
Se ve la era con el pozo, y el horno en el fondo, y el manzano a un lado. La puerta de la cocina está abierta de par en
par. En ésta arde un fuego de pequeñas ramas y un hombre está reparando un apero agrícola roto.
-Paz a esta casa. Te pido refugio para la noche, para mí y mis compañeros - dice Jesús en el umbral de la puerta.
El hombre alza la cabeza.
-Entra - dice - y que Dios te restituya la paz que ofreces. Pero… ¿paz aquí?… La paz es enemiga de Jacob desde hace un tiempo. ¡Pasa, pasa!… Entrad todos. E1 fuego es lo único que puedo daros con abundancia… porque… ¡Oh, pero… pero si Tú, ahora que te has quitado la capucha (Jesús se había tapado la cabeza con el extremo del manto, teniéndolo agarrado con la mano por debajo de la garganta) y te veo bien… Tú eres, sí, eres el rabí galileo, al que llaman Mesías y hace milagros…! ¿Eres Tú? Dilo, en nombre de Dios.
-Soy Jesús de Nazaret, el Mesías. ¿Me conoces?
-Te oí hablar durante la pasada luna en casa de Judas y Ana. Estaba entre los vendimiadores porque… soy pobre… Una cadena de desgracias: pedrisco, orugas, enfermedades en las plantas y en 1as ovejas… Para mí, sólo con una mujer a mi servicio, me bastaba mi haber. Pero ahora me he entrampado porque me persigue la mala suerte… Para no vender todas las ovejas he trabajado en casa ajena… ¿Mis tierras?… ¡Estaban tan quemadas, y las vides y los olivos se habían quedado tan estériles, que parecía que hubiera pasado por ellas la guerra! Desde que se me murió la mujer, hace ya seis años, parece como si Satanás se estuviera divirtiendo. ¿Te das cuenta? Estoy trabajando en este arado, pero tiene la madera toda rota. ¿Qué puedo hacer? No soy carpintero, y ato, ato… pero no sirve. Y ahora tengo que tratar de evitar los más mínimos gastos… Voy a vender otra oveja para reparar los aperos. Tengo goteras… pero me acucia más el campo que la casa. ¡Mala suerte! Las ovejas están todas preñadas… Esperaba rehacer el rebaño… ¡En fin!
-Veo que vengo a ser una carga donde ya hay mucha.
-¿Tú una carga? No. Te oí hablar y… se me grabó en el corazón lo que decías. Es verdad que he trabajado honradamente, y, sin embargo…Pero pienso que quizás no era todavía lo bastante bueno. Pienso que quizás quien era buena era mi mujer, que tenía piedad de todos; pobre Lía, muerta demasiado pronto, demasiado para su marido… Pienso que el bienestar de entonces venía por ella del Cielo. Y quiero ser mejor, por lo que Tú dices y por imitar a mi esposa. No pido mucho…
sólo permanecer en esta casa donde ella murió, donde yo nací… y disponer de un pan para mí y la criada que me hace de mujer y de pastora y me ayuda como puede. No tengo más personas a mi servicio. Tenía dos y me eran suficientes, trabajando, como trabajaba, también yo en las tierras y en el olivar… Pero el pan que tengo, a duras penas alcanza para mí…
-No te prives de él por nosotros…
-No, Maestro. Aunque no tuviera más que un pedazo de pan, te lo daría. Es para mí un honor tenerte… Jamás lo hubiera esperado. Si te manifiesto mis miserias es porque eres bueno y comprendes.
-Sí, comprendo. Dame ese martillo. No se hace así. Así rompes la madera. Dame también ese punzón, pero primero ponlo al rojo; se taladrará mejor la madera, con lo cual podremos pasar la clavija de hierro sin esfuerzo. Déjame. Yo he sido carpintero…
-¿Trabajar Tú para mí? ¡No!
-Déjame. Tú me das hospedaje, Yo te ayudo; entre los hombres el amor mutuo debe ser dando cada uno lo que pueda.
-Tú das la paz, das la sabiduría, das el milagro… ¡das ya mucho, mucho!
-Doy también el trabajo. ¡Venga, obedece!
Y Jesús, sólo con la túnica, trabaja rápido y con práctica en el astillado timón; taladra, ata, emperna, hace pruebas hasta que siente que está fuerte.
-Podrá trabajar todavía mucho tiempo, hasta el año que viene, y entonces podrás hacerlo nuevo.
-Yo también lo creo. Esa reja ha estado en tus manos y me bendecirá la tierra.
-No te la bendecirá por esto, Jacob.
-¿Por qué entonces, mi Señor?
-Porque practicas la misericordia. No te cierras en el rencor del egoísmo y de la envidia, sino que aceptas mi doctrina y la pones en práctica. Bienaventurados los misericordiosos: obtendrán misericordia.
-¿En qué la practico contigo, Señor? Casi no tengo lugar ni alimento para tu necesidad; no tengo más que la buena voluntad, y nunca como ahora me ha pesado el ser indigente, por no tener con qué darte el debido honor a ti y a tus amigos.
-Me basta tu deseo. En verdad te digo que incluso un sólo cáliz de agua dado en mi nombre es cosa grande a los ojos de Dios. Yo era un cansado viandante bajo la tormenta, tú me has dado hospedaje. Llega la hora del alimento y me dices: "Te ofrezco cuanto tengo". Se hace de noche y tú me ofreces un techo amigo. ¿Qué más quieres hacer? Ten confianza, Jacob. El Hijo del hombre no mira la pompa del recibimiento y de la comida, mira el sentimiento del corazón. El Hijo de Dios le dice al Padre:
"Padre, bendice a mis benefactores y a todos aquellos que en mi nombre son misericordiosos con los hermanos". Esto digo para ti.
La criada, que mientras Jesús trabajaba con la grada ha hablado con el patrón, vuelve con algo de pan, con leche que acaba de ordeñar, pocas manzanas algo secas y una bandeja de aceitunas.
-No tengo más - se justifica el hombre.
-¡Oh, Yo veo en tu comida un alimento que tú no ves! Y de ése me nutro porque tiene sabor celeste.
-¿Será que te alimentas, Tú, Hijo de Dios, de algún alimento que te traen los ángeles? Quizás vives del pan del espíritu.
-Sí. Más que el cuerpo, tiene valor el espíritu, y no en mí sólo. Pero no me nutro de pan angélico, sino del amor del Padre y de los hombres. Esto lo encuentro en tu mesa y bendigo por ello al Padre que a ti me ha conducido con amor, y te bendigo a ti que con amor me acoges y amor me das: éste es mi alimento, y hacer la voluntad del Padre mío.
-Bendice, entonces, y ofrece Tú, por mí, el alimento a Dios. Hoy eres el Cabeza de familia y siempre serás mi Maestro y Amigo.
Jesús toma y ofrece el pan teniéndolo sobre las palmas levantadas en alto, y ora con un salmo, creo. Luego se sienta, parte y distribuye…
Todo así termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Vuelvo a ver, de día, el llano de Esdrelón; un día medio nublado de finales de otoño. Ha debido caer durante la noche una de las primeras lluvias de los tristes meses invernales, porque la tierra está húmeda, si bien no fangosa. Sopla todavía el viento, un viento húmedo que se lleva las hojas amarillentas y penetra hasta los huesos con su aliento cargado de humedad.
En los campos hay escasas yuntas de bueyes tirando del arado. Levantan fatigosamente la tierra densa y pesada de esta fértil llanura para prepararla a recibir la semilla. Lo que me da pena es ver que en ciertos lugares son los mismos hombres los que hacen el trabajo de los bueyes, empujando la reja del arado con toda la fuerza de sus brazos, e incluso del pecho, apretandofuertemente los pies contra el suelo removido, trabajando como esclavos en esta operación que cansa incluso a los robustos novillos.
También Jesús mira y ve, y se entristece su rostro, hasta llorar incluso.
Los discípulos - once porque Judas aún no ha vuelto y los pastores ya no están - hablan entre sí, y Pedro dice:
-Pequeña, pobre, fatigosa es también la barca… ¡Pero cien veces mejor que este servicio de animales de tiro! – y pregunta: «Maestro, ¿serán ya siervos de Doras?
Responde Simón Zelote:
-No lo creo. Sus campos están al otro lado de aquellos árboles frutales, me parece. Todavía no los vemos.
Pero Pedro, curioso siempre, deja el camino y va por un lindero entre dos parcelas. En los bordes se han sentado un momento cuatro fatigados y sudorosos agricultores. Están jadeantes por el esfuerzo realizado. Pedro les pregunta:
-¿Sois de Doras?
-No. Pero somos de su pariente, de Jocanán. ¿Y tú quién eres?
-Soy Simón de Jonás, pescador de Galilea hasta la luna de Ziv. Ahora, Pedro de Jesús de Nazaret, el Mesías de la Buena Nueva - Pedro dice esto con el respeto y la gloria con que uno diría: "Pertenezco al alto y divino César de Roma", y mucho más todavía; su honesto rostro resplandece de la alegría de profesarse de Jesús.
-¡Oh, el Mesías! ¿Dónde, dónde está? - dicen los cuatro infelices.
-Aquél es. Aquél, alto y rubio, vestido de rojo oscuro. Aquél, el que mira ahora hacia aquí esperándome sonriente.
-¿Si fuéramos nosotros… nos rechazaría?
-¿Rechazaros? ¿Por qué? Es el amigo de los desdichados, de los pobres, de los oprimidos, y me da la impresión de que vosotros… sí, realmente sois de ésos…
-¡Claro que lo somos! ¡Y cómo! De todas formas, de ninguna manera como los de Doras. A1 menos disponemos del pan que queramos y no nos azotan sino en el caso de que interrumpamos nuestro trabajo, pero…
-De modo que si ahora ese señoriíto de Jocanán os encuentra aquí hablando, os…
-Nos azotaría como no lo hace ni con sus perros…
Pedro silba en modo significativo. Luego dice:
-Entonces será mejor así…- y, abocinando las manos en torno a la boca, llama fuerte: “¡Maestro! ¡Ven aquí! ¡Que hay corazones que sufren y te necesitan!
-¿Pero qué estás diciendo? ¿Él? ¿Aquí, donde nosotros?! Pero si nosotros no somos más que unos despreciables siervos!
Los cuatro hombres están aterrorizados de tanta osadía.
-A nadie le gusta que lo azoten, y si pasa por aquí ese "distinguido" fariseo, no quisiera recibir yo también una ración… -dice Pedro riendo mientras zarandea con su manota al más aterrorizado de los cuatro Jesús, con su largo paso, ya está llegando. Los cuatro hombres no saben qué hacer. Quisieran correr a su encuentro, pero el respeto los paraliza (pobres a quienes la maldad humana ha transformado en seres atemorizados de todo). Caen rostro en tierra, adorando des-de ahí al Mesías, que se llega a ellos.
-La paz a todos los que me anhelan. El que me anhela, anhela el bien, y Yo lo quiero como a un amigo. Levantaos.
¿Quiénes sois?
Pero los cuatro apenas alzan el rostro del suelo, permaneciendo de rodillas y mudos.
Habla Pedro y dice:
-Son cuatro siervos del fariseo Jocanán, familiar de Doras. Querrían hablarte, pero… si llega él les dan de palos; por eso te he dicho: "Ven". ¡Venga, muchachos, que no os come! Tened confianza. Considerad que es un amigo vuestro.
-Nosotros… nosotros sabemos de ti… por Jonás…
-Por él vengo. Sé que me ha anunciado. ¿Qué sabéis de mí?
-Que eres el Mesías. Que te vio cuando eras niño. Que los ángeles, con tu venida, cantaron la paz a los buenos. Que fuiste perseguido… pero que te salvaste, y que ahora has buscado a tus pastores y… y los quieres. Esto lo decía ahora, esto último. Y nosotros pensábamos: si es bueno como para amar y buscar a unos pastores, sin duda también a nosotros nos querrá un poco…
Necesitamos verdaderamente a alguien que nos quiera…
-Yo os quiero. ¿Sufrís mucho?
-¡Oh!… Pero más todavía los de Doras. ¡Si Jocanán nos encontrase aquí hablando!… Pero hoy está en Gerguesa. Todavía no ha vuelto de los Tabernáculos. No obstante, su intendente esta noche vendrá a medir el trabajo y luego nos dará la ración de alimento. Pero no importa, recuperaremos el tiempo no descansando para la comida de la hora sexta.
-Dime, muchacho. ¿No sería yo capaz de empujar ese apero? ¿Es un trabajo difícil? - pregunta Pedro.
-Difícil no, pero sí fatigoso. Se requiere fuerza.
-La tengo. Déjame ver. Si soy capaz, tú hablas y yo hago de buey. Tú, Juan, Andrés y Santiago, ¡venga!, a la lección.
Pasamos de los peces a los gusanos del suelo. ¡Hala! Pedro pone su mano sobre el eje transversal del timón. Por cada arado hay dos hombres, uno a este lado, el otro al otro
lado de la larga barra del timón. Mira e imita todos los movimientos del campesino. Siendo fuerte y estando descansado, trabaja bien. El hombre lo alaba.
-Soy un maestro de la aradura - exclama contento el buen Pedro. ¡Venga, Juan, ven aquí! Un toro y un novillo por arado.
En el otro. Santiago y el mudo ternero de mi hermano. ¡Venga! ¡Ah… eup!»
Los dos pares de aradores van parejos removiendo la tierra y trazando los surcos por el largo campo. Llegados al linde, vuelven el arado y hacen el nuevo surco. Parece como si hubieran trabajado siempre en el campo.
-¡Qué buenos son tus amigos! - dice el más audaz de los siervos de Jocanán - ¿Los has hecho tú así?
-Yo he dado una regla a su bondad. Como tú haces con las tijeras de podar. Pero la bondad ya estaba en ellos. Ahora florece bien porque hay quien la cuida.
-También son humildes. ¡Amigos tuyos y servir así a unos pobres siervos…!
-Conmigo sólo puede estar quien ama la humildad, la mansedumbre, la honestidad y el amor; sobre todo el amor, porque quien ama a Dios y al prójimo posee como consecuencia todas las virtudes y consigue el Cielo.
-¿Nosotros también podremos conseguirlo, nosotros que no tenemos tiempo para rezar, para ir al Templo, para ni siquiera levantar la cabeza del surco?
-Responded: ¿guardáis odio a quien tan duramente os trata? ¿Hay en vosotros rebelión y acusación contra Dios por haberos colocado entre los ínfimos de la Tierra?
-¡No, no, Maestro! Es nuestro destino. Pero cuando, cansados, nos dejamos caer sobre la yacija, decimos: "Bien, pues el Dios de Abraham sabe que estamos tan agotados que no podemos decirle más que: ` ¡Bendito sea el Señor!"'; también decimos:
"Un día más hemos vivido sin pecar"… Ya sabes… podríamos robar un poquito, comer con el pan un fruto, o echar algo de aceite en las verduras cocidas. Pero el patrón ha dicho: “A los siervos les basta el pan y las verduras cocidas, y durante la recolección un poco de vinagre en el agua para calmar la sed y dar energía". Y nosotros lo hacemos. En fin… se podría estar peor.
-Os digo que en verdad el Dios de Abraham sonríe por vuestros corazones, mientras que muestra rostro acerbo a quienes lo insultan en el Templo con engañosas oraciones mientras no aman a sus semejantes.
-¡Pero entre iguales se aman! A1 menos… eso parece, porque se veneran recíprocamente con regalos y reverencias. Es con nosotros con quienes no tienen amor. Pero nosotros somos distintos de ellos, y es justo.
-No. En el Reino del Padre mío no es justo, y distinto será el modo de juzgar. No recibirán honores los ricos y poderosos por el hecho de serlo, sino sólo aquellos que hayan amado siempre a Dios, queriéndolo por encima de sí mismos y por encima de cualquier otra cosa, como el dinero, el poder, la mujer, la mesa; y amando a sus propios semejantes, que son todos los hombres, sean ricos o pobres, conocidos o desconocidos, doctos o sin cultura, buenos o malvados. Sí, también hay que amar a los malvados. No por su maldad, sino por piedad hacia su alma, herida de muerte por ellos mismos. Hay que amarlos con un
amor que suplique al Padre celeste curarlos y redimirlos.
En el Reino de los Cielos serán bienaventurados los que hayan honrado al Señor con verdad y justicia y hayan amado a los padres y a los familiares por respeto; los que no hayan robado en modo alguno ni nada, o sea, los que hayan dado y pretendido lo justo incluso en el trabajo de los servidores; los que no hayan matado ni reputaciones ni criaturas, y no hayan deseado matar, aunque los modos de actuar de los demás hayan sido crueles como para soliviantar el corazón en actitud desdeñosa y de sublevación; quienes no hayan jurado lo falso, dañando al prójimo y lesionando la verdad; quienes no hayan cometido adulterio o cualquier otro acto vicioso carnal; quienes mansa y resignadamente hayan aceptado su suerte sin envidias hacia los demás. De éstos es el Reino de los Cielos. El mendigo puede ser un rey bienaventurado
allí arriba, mientras que el Tetrarca con su poder no será nada; es más, más que nada: será pasto de Satanás si ha actuado contra la ley eterna del Decálogo.
Los hombres le están escuchando con la boca abierta de admiración.
Con Jesús están Bartolomé, Mateo, Simón, Felipe, Tomás, Santiago y Judas de Alfeo; los otros cuatro continúan su trabajo, colorados, sudorosos, pero alegres. Basta Pedro para tenerlos alegres a todos.
-¡Qué razón tenía Jonás llamándote Santo! En ti todo es santo: las palabras, la mirada, la sonrisa; ¡jamás hemos sentido el alma tanto!
-¿Hace mucho que no veis a Jonás?
-Desde que está enfermo.
-¿Enfermo?
-Sí, Maestro. No puede más. Antes a duras penas lograba moverse, después de las faenas estivas y de la vendimia ya realmente es que no se tiene en pie; y a pesar de todo… le hace trabajar ese… ¡Oh…, dices que hay que amar a todos, pero es muy difícil amar a las hienas, y Doras es peor que una hiena!
-Jonás lo ama…
-Sí, Maestro. Pienso que es tan santo como aquéllos a quienes, por fidelidad al Señor Dios nuestro, han matado con martirio.
-Dices bien. ¿Cómo te llamas?
-Miqueas, y éste Saulo y éste Joel y éste Isaías.
-Le recordaré vuestros nombres al Padre. ¿Y decís que Jonás se encuentra muy enfermo?
-Sí, nada más terminar el trabajo se deja caer sobre el forraje y nosotros no lo vemos. Nos lo dicen otros siervos de Doras.
-¿Está trabajando a esta hora?
-Si está en pie, sí. Debería estar al otro lado de aquel pomar.
-¿Ha sido buena la cosecha de Doras?
-Se ha hablado de ella en toda la región. Los árboles estaban apuntalados porque los frutos tenían un tamaño verdaderamente milagroso. Doras ha tenido que mandar hacer nuevos lagares, porque la uva, de tanta como había, no habrían podido meterla en los que se venían usando.
-¿Entonces Doras habrá premiado a su siervo?
-¿Premiado? ¡Señor, qué mal lo conoces!
-Pero si Jonás me dijo que hace años le dio una paliza mortal por haber desaparecido algunos racimos, y que pasó a ser esclavo por deudas habiéndole acusado el patrón de pérdidas por la escasa cosecha. Este año, que ha tenido una abundancia milagrosa, habría debido premiarlo.
-No. Lo azotó ferozmente, acusándole de no haber obtenido los años precedentes la misma abundancia por no haber cuidado la tierra como se debía.
-¡Este hombre es una fiera salvaje! -exclama Mateo.
-No. Es un hombre sin alma - dice Jesús - Os dejo, hijos, con una bendición. ¿Tenéis pan y comida para hoy?
-Tenemos este pan - y sacando un pan oscuro de un talego que estaba en el suelo, se lo enseñan.
-Tomad mi comida. No tengo más que esto. Pero Yo hoy estaré en casa de Doras y…
-¿Tú en casa de Doras?
-Sí. Para rescatar a Jonás. ¿No lo sabíais?
-Aquí ninguno sabe nada. Pero… no te fíes, Maestro; serás como una oveja en el antro del lobo.
-No podrá hacerme nada. Tomad mi comida. Santiago, da cuanto tenemos, incluso nuestro vino. Que haya un poco de gozo también para vosotros, pobres amigos, en el alma y en el cuerpo. ¡Pedro, vamos!
-Voy, Maestro. Sólo queda este surco por terminar - y corre hacia Jesús, congestionado por la fatiga; se seca con el manto que se había quitado, se lo vuelve a poner y ríe contento.
Los cuatro no cesan de dar las gracias.
-¿Pasarás por aquí, Maestro?
-Sí, esperadme. Saludaréis incluso a Jonás. ¿Podéis hacerlo?
-¡Claro! La tierra debía estar arada para la noche. Están hechos más de dos tercios de ella, ¡y qué bien y qué rápido!
¡Son fuertes tus amigos!… Que Dios os bendiga. Hoy para nosotros es más que la fiesta de los Ázimos. ¡Que Dios os bendiga a todos, a todos, a todos!
Jesús va derecho hacia el pomar, lo cruzan, llegan a los campos de Doras. Más campesinos al arado, o agachados para limpiar los surcos de las hierbas arrancadas; pero Jonás no está. Reconocen a Jesús y, sin dejar de trabajar, lo saludan.
-¿Dónde está Jonás?
Después de dos horas ha caído sobre el surco y lo han llevado a casa. ¡Pobre Jonás! Poco tiempo más deberá sufrir. Está realmente en las últimas. Jamás tendremos un amigo mejor.
-Me tenéis a mí en la Tierra y a él en el seno de Abraham. Los muertos quieren a los vivos con dúplice amor: el propio y el que asumen estando con Dios (por tanto, amor perfecto).
-¡Ve enseguida con él! ¡Que te vea ahora que sufre!
Jesús bendice y continúa su camino.
-¿Y ahora qué piensas hacer? ¿Qué le piensas decir a Doras? - preguntan los discípulos.
-Voy a ir como si no supiera nada. Si se siente descubierto, es capaz de cebarse en Jonás y en sus siervos.
-Tiene razón tu amigo: es como un chacal - dice Pedro a Simón.
-Lázaro no dice nunca sino la verdad y no es maldecidor; cuando lo conozcas, lo querrás - responde Simón.
-Se ve la casa del fariseo: ancha, baja, bien construida, entre árboles ya despojados de sus frutos; una casa de campo, pero rica y cómoda. Pedro y Simón se adelantan para avisar.
Sale Doras. Un viejo de semblante duro, propio de un anciano avaricioso: ojos irónicos, boca de sierpe que esboza bruscamente una sonrisa falsa detrás de una barba más blanca que negra.
-Salud, Jesús - dice en tono familiar y con clara ostentación de benevolencia.
Jesús no dice: «Paz»; responde:
-Que ella vuelva a ti.
-Entra. La casa te acoge. Has sido puntual como un rey.
-Como una persona honesta - replica Jesús.
Doras se ríe, como si se hubiera tratado de una gracia.
Jesús se vuelve y les dice a los discípulos, que no han sido invitados a entrar:
-Entrad - Y añade: «Son mis amigos».
-Que entren… pero… ¿ése no es el recaudador de tributos, hijo de Alfeo?
-Éste es Mateo, el discípulo del Cristo - dice Jesús, en un tono que… el otro entiende y… vuelve a reírse más forzadamente que antes Doras pretende aplastar al "pobre" maestro galileo bajo la opulencia de su casa, fastuosa por dentro, fastuosa y gélida; los servidores parecen esclavos. Caminan encorvados; si entran en escena, desaparecen furtivamente y con rapidez, como quien teme siempre un castigo. Se tiene la impresión de una casa en que reinan la frialdad y el odio.
Pero Jesús no se apabulla ante la exposición de riquezas, ni ante el recuerdo de censo y parentela… y Doras, que percibe la indiferencia del Maestro, lo lleva consigo por el pomar jardín, mostrando árboles raros y ofreciendo sus frutos – los servidores los acercan en bandejas y copas de oro -. Jesús degusta y alaba la exquisitez de la fruta, parte conservada en una especie de almíbar (melocotones primorosos), parte fruta natural (peras de singular tamaño).
-Soy el único que las tiene en toda Palestina, y creo que ni siquiera en toda la península las hay como éstas. Las he mandado traer de Persia, y de más lejos aún. La caravana me costó el precio de un talento. Ni siquiera los Tetrarcas disponen de estos frutos; quizás ni siquiera César los tiene. Cuento las piezas y exijo todos los huesos. Las peras sólo se consumen en mi mesa, porque no quiero que se lleven ni una semilla. A Anás le mando algunas peras, pero sólo de las cocidas porque así son estériles.
-Son plantas de Dios, y los hombres son todos iguales.
-¿Iguales? ¡No, hombre, no! ¿Yo igual que… que tus galileos?
-El alma viene de Dios, y Él las crea iguales.
-¡Pero yo soy Doras, el fiel fariseo!…- diciendo esto parece esponjarse como un pavo.
Jesús lo asaetea con sus ojos de zafiro, cada vez más encendidos (signo que en Él denuncia que rebosa de piedad o de severidad). Jesús es mucho más alto que Doras y lo domina; está majestuoso con su vestido purpúreo al lado del pequeño y un poco encorvado fariseo, apergaminado, que lleva un vestido de una holgura y una abundancia de franjas impresionante.
Doras, después de un rato de autoadmiración, exclama:
-Pero Jesús, ¿por qué has enviado a casa de Doras, el puro fariseo, a Lázaro, hermano de una meretriz? ¿Amigo tuyo, Lázaro? ¡No debes permitirlo! ¿No sabes que está anatematizado porque su hermana, María, es una meretriz?
-No conozco más que a Lázaro y sus acciones, que son honestas.
-Pero el mundo recuerda el pecado de esa casa y ve que su mancha se extiende entre los amigos… No vayas a esa casa.
¿Por qué no eres fariseo? Si lo deseas… yo soy poderoso… hago que te acojan como tal a pesar de que seas galileo. Yo lo puedo todo en el Sanedrín. Está en mi mano Anás como lo está esta orla de mi manto. Te temerían más.
-Deseo sólo ser amado.
-Yo te amaré. ¿Ves como ya te amo al condescender a tu deseo dándote a Jonás?
-He pagado por él.
-Es verdad, y estoy asombrado de que hayas podido abonar tal suma.
-No Yo, un amigo por mí.
-Bien, bien. No quiero indagar. Mira como es verdad que te amo y deseo satisfacerte: tendrás a Jonás después de la comida. Sólo por ti hago este sacrificio… - y se ríe con su cruel risa.
Jesús, con los brazos cruzados a la altura del pecho, cada vez más severo, lo traspasa con la mirada. Todavía están en el huerto jardín en espera de la comida.
-Pero tú tienes que concederme una cosa. Satisfacción por satisfacción. Yo te doy mi mejor siervo, por tanto me privo de una futura ganancia. Este año tu bendición - sé que viniste cuando comenzaba el calor fuerte - me ha proporcionado una recolección que ha hecho famosas mis propiedades. Bendice pues ahora mis rebaños y mis campos. El próximo año no echaré de menos a Jonás… y entre tanto, encontraré uno como él. Ven, da tu bendición. Dame la satisfacción de que me celebren en toda Palestina y de tener rediles y graneros saturados de bienes. Ven - Y lo aferra y trata de arrastrarlo, invadido por la fiebre del oro.
Pero Jesús se resiste:
-¿Dónde está Jonás? - pregunta severo.
-En la aradura. No ha querido marcharse sin hacer este trabajo para su buen patrón, pero antes de terminar de comer vendrá. Mientras, ven a bendecir rebaños, campos, árboles frutales, cepas y almazaras. Todo, todo… ¡Ah, qué fértiles serán el año próximo! ¡Ven!
-¿Dónde está Jonás? -truena Jesús más fuerte.
-¡Pero si ya te lo he dicho! Está dirigiendo la aradura. Es el primero entre mis servidores y no trabaja: preside.
-¡Embustero!
-¿Yo? ¡Lo juro por Yeohveh!
-¡Perjuro!
-¿Yo? ¿Yo perjuro? ¿Yo que soy el fiel más fiel? ¡Cuidado cómo hablas!
-¡Asesino! - Jesús ha ido levantando la voz, y la última palabra es un trueno.
Los discípulos hacen un círculo en torno a Él, los criados se asoman a las puertas, temerosos. El rostro de Jesús
transparenta una severidad insostenible. Los ojos parecen emanar rayos fosforescentes.
Doras siente un momento de miedo. Se hace más pequeño, madeja de estofa finísima junto a la alta persona de Jesús, vestida de pesada lana rojo oscuro. Pero luego la soberbia vuelve a hacerse con él. Doras se pone a gritar con su voz chillona
(exactamente como la de los zorros):
-¡En mi casa doy órdenes sólo yo! ¡Vete, vil galileo!
-Me iré después de maldecirte a ti, a tus campos, a tus rebaños y a tus cepas, para éste y para los futuros años.
-¡No, eso no! Sí. Es verdad. Jonás está enfermo, pero se le está cuidando, se le está cuidando bien. Retira tu maldición.
-¿Dónde está Jonás? Que un criado me conduzca a él, inmediatamente. Yo lo he pagado, y, dado que para ti es una mercancía, una máquina, tal lo considero; y puesto que lo he comprado, lo quiero. Doras saca del pecho un pequeño silbato de oro y silba tres veces. Una nube de servidores de la casa y de las tierras acude de todas partes; corren - encorvados hasta el punto de que casi rozan el suelo - hasta donde está el temido patrón.
-Traedle a Jonás a éste y entregadlo.
-¿A dónde vas?
Jesús ni siquiera responde. Sigue a los servidores que, presurosos han cruzado el jardín en dirección a las casas de los campesinos, los misérrimos cuchitriles de los míseros campesinos.
Entran en el tugurio de Jonás. Éste está completamente esquelético, jadeante a causa de la fiebre, semidesnudo, sobre un cañizo; como colchón, un vestido remendado; como manta, un manto aún más roto. La joven de la otra vez lo cuida como puede.
-¡Jonás! ¡Amigo mío! ¡He venido a llevarte conmigo!
-¿Tú? ¡Mi Señor! Me estoy muriendo… pero me siento feliz de tenerte aquí.
-Amigo fiel, ahora eres libre. No morirás aquí. Te llevo a mi casa.
-¿Libre? ¿Por qué? ¿A tu casa? ¡Ah, sí! Me prometiste que vería a tu Madre.
Jesús, combado hacia el miserable lecho del infeliz, es todo amor, mientras que Jonás, de alegría, parece reanimarse.
-Pedro, tú eres fuerte, levanta a Jonás. Vosotros, poned aquí vuestro manto; es demasiado duro este lecho para uno en su estado.
Los discípulos se despojan de sus mantos con prontitud, los pliegan en varios dobleces y los extienden; con algunos hacen la almohada. Pedro deposita su carga de huesos y Jesús tapa a Jonás con su propio manto.
-Pedro, ¿tienes dinero?
-Sí, Maestro, tengo cuarenta denarios.
-Bien. ¡Vamos! ¡Ánimo, Jonás! Todavía un poco de esfuerzo; luego mucha paz en mi casa, con María…
-María… sí… ¡tu casa!
El pobre Jonás está en el límite de sus fuerzas y llora; lo único que es capaz de hacer es llorar.
-Adiós, mujer; el Señor te bendecirá por tu misericordia.
-Adiós, Señor. Adiós, Jonás. Ora, orad por mí - La joven llora…
Llegados al umbral de la puerta, aparece Doras. Jonás tiene una reacción de temor y se cubre el rostro; mas Jesús le pone una mano sobre la cabeza y sale a su lado, más severo que un juez. La mísera comitiva sale al rústico patio y toma el sendero del huerto.
-¡Ese lecho es mío; te he vendido el siervo, no la cama!
Jesús le arroja a los pies la bolsa sin decir nada.
Doras la coge, la vacía:
-Cuarenta denarios y cinco didracmas. ¡Es poco!
Jesús mira fijamente, de arriba abajo, - es imposible describir su gesto - al codicioso y repugnante cómitre, y no responde.
-Al menos dime que retiras tu maldición.
Jesús lo fulmina con una nueva mirada y una breve frase:
-Te remito al Dios del Sinaí - y pasa erguido, al lado de la tosca camilla que, con cuidado, transportan Pedro y Andrés.
Doras, viendo que todo es inútil y que la condena es cierta, grita:
-¡Volveremos a vernos, Jesús! ¡No pienses que te has librado de mis zarpas! ¡Te haré la guerra a muerte! Llévate si quieres ese pingajo de hombre; ya no me sirve. Me ahorro la sepultura. ¡Vete, vete, maldito Satanás! Pero te pondré en contra a todo el Sanedrín. ¡Satanás! ¡Satanás!
Jesús no hace ni siquiera ademán de haber oído. Los discípulos están consternados.
Jesús se ocupa sólo de Jonás; busca los senderos más llanos, más protegidos, hasta que llega a un cruce de caminos en la propiedad de Jocanán. Los cuatro campesinos corren a saludar al amigo que parte y al Salvador, que los bendice.
Pero el camino de Esdrelón a Nazaret es largo y además no se puede ir deprisa con esa conmovedora carga humana.
A lo largo de la calzada principal no hay ningún carro, ninguna carreta, nada. Continúan caminando en silencio. Jonás parece dormir, pero no suelta la mano de Jesús.
A1 atardecer, un carro militar romano pasa a su lado.
-¡En nombre de Dios, parad! - dice Jesús levantando el brazo. Dos soldados detienen el carro; el comandante, un hombre todo pomposo, se asoma, descorriendo un poco el toldo con que acababa de cubrir el carro porque empezaba a llover.
-¿Qué quieres? - le pregunta a Jesús.
-Tengo un amigo que está agonizando. Lo que os pido es un lugar para él en el carro.
-No se podría hacer… pero… sube. Al fin y al cabo, no somos perros.
Se sube la camilla.
-¿Tu amigo? ¿Tú quién eres?
-El rabí Jesús de Nazaret.
-¿Tú? ¡Oh!… - el militar lo mira con curiosidad.
-Si eres Tú, entonces… montad cuantos más podáis. La única cosa es que tratéis de que no se os vea… Así está ordenado… pero, por encima de las órdenes está la humanidad, ¿no? Y Tú eres bueno, yo lo sé. Nosotros, los soldados, sabemos todo… ¿Que cómo es que lo sé? Hasta las piedras hablan, bien o mal; y nosotros tenemos oídos para oírlas, para servir al César.
Tú no eres un falso Cristo como los demás de antes, sediciosos y rebeldes. Tú eres bueno. Roma lo sabe. Este hombre… está muy mal.
-Por eso lo llevo donde mi Madre.
-¡Poco tiempo podrá cuidarlo! Dale un poco de vino. Está en esa cantimplora. Tú, Aquila, instiga a los caballos, y tú, Quinto, dame la ración de miel y de mantequilla; es mía, pero le sentará bien. Tiene mucha tos y la miel es medicinal.
-Eres bueno.
-No. Soy menos malo que muchos, y estoy contento de tenerte conmigo. Acuérdate de Publio Quintiliano, de la Itálica. Estoy en Cesárea, pero ahora voy a Tolemaida. Inspección de rigor.
-No estás en enemistad conmigo.
-¿Yo? Soy enemigo de los malos, jamás de los buenos. Y desearía ser yo también bueno. Dime: para nosotros, hombres de armas, ¿qué doctrina predicas?
-Una es la doctrina, para todos: justicia, honestidad, continencia, piedad. Ejercer el propio oficio sin abusos. Incluso en la dura necesidad de las armas, seguir la humanidad. Tratar de conocer la Verdad, o sea, a Dios Uno y Eterno; sin este conocimiento toda acción queda privada de gracia y, por tanto, de premio eterno.
-Pero, una vez muerto, ¿para qué me sirve el bien que haya hecho?
-Quien se llega al Dios verdadero encuentra ese bien en la otra vida.
-¿Renazco otra vez? ¿Llego a ser tribuno, o incluso emperador?
-No. Eres como Dios, desposándote con su eterna beatitud en el Cielo.
-¿Cómo? ¿En el Olimpo yo? ¿Entre los dioses?
-No hay dioses. Existe el Dios verdadero, el que Yo predico, el que te oye y signa tu bondad y tu deseo de conocer el Bien.
-¡Esto me gusta! No sabía que Dios se pudiera ocupar de un pobre soldado pagano.
-Él te ha creado, Publio; por eso te ama y querría tenerte consigo.
-Bueno, ¿y por qué no? Pero… nadie nos habla de Dios… nunca….
-Iré a Cesárea y me oirás.
-Sí, iré a oírte. Allí está Nazaret. Querría servirte más, pero si me ven…
-Bajo, y te bendigo por tu bondad.
-Adiós, Maestro.
-Que el Señor se muestre a vosotros, soldados. Adiós.
Bajan. Se ponen a caminar de nuevo.
-Dentro de poco descansarás, Jonás - dice Jesús para animarlo.
Jonás sonríe. Cada vez más tranquilo, a medida que la tarde va cayendo y que está seguro de estar lejos de Doras.
Juan con su hermano se adelanta corriendo para avisar a María.
Y, cuando la pequeña comitiva llega a Nazaret, casi desierta al caer de la tarde, María está ya en el umbral de la puerta esperando a su Hijo.
-Madre, éste es Jonás. Se acoge a tu dulzura para empezar a gustar su Paraíso. ¿Contento, Jonás?
-¡Contento! ¡Contento! - susurra como en éxtasis el exhausto.
Le llevan a la pequeña habitación en donde murió José.
-Estás en la cama de mi padre, y aquí está mi Madre, y aquí estoy Yo. ¿Ves? Nazaret se hace así Belén, y tú ahora eres el pequeño Jesús entre dos que te quieren, y éstos son los que veneran en ti al siervo fiel. No ves a los ángeles, pero sus alas de luz espiran sobre ti y cantan las palabras del salmo natalicio…
Jesús derrama su dulzura sobre el pobre Jonás, que se va apagando por momentos. Parece como si hubiera resistido hasta este momento para morir aquí… Pero su estado es beato. Sonríe, trata de besar la mano de Jesús, la de María, y de decir, decir… pero el jadeo quiebra la palabra. María, como una madre, lo conforta. Y él repite:
-Sí… sí - con su sonrisa beata en ese rostro suyo esquelético.
Los discípulos, que están a la puerta del huerto, guardan silencio y observan con conmoción.
-Dios ha escuchado tu prolongado deseo. La Estrella de tu larga noche viene a ser ahora la Estrella de tu eterna mañana. Tú sabes su Nombre -dice Jesús.
-¡Jesús, el tuyo! ¡Oh! ¡Jesús! Los ángeles… ¿Quién me está cantando el himno angélico? El alma lo está oyendo…
También el oído lo quiere escuchar… ¿Quién, para que yo duerma feliz?… ¡Tengo mucho sueño! ¡He trabajado mucho! Muchas lágrimas… Muchos insultos… Doras… yo lo perdono… pero no quiero oír su voz y la oigo… Es como la voz de Satanás en la hora de mi muerte. ¡Alguien que me cubra esa voz con las palabras provenientes del Paraíso!
Es María quien con la misma melodía de su canción de cuna entona dulcemente: «Gloria a Dios en los altos Cielos y paz a los hombres aquí abajo». Y lo repite dos o tres veces porque ve que Jonás oyéndola se calma.
-Ya no habla Doras - dice, pasado un rato - Sólo los ángeles… Era un Niño… en un pesebre… entre un buey y un asno… y era el Mesías… y yo lo adoré… y con Él estaban José y María…
La voz se pierde en un breve gorgoteo dando paso al silencio.
-¡Paz en el Cielo al hombre de buena voluntad! Ha muerto.
Le pondremos en nuestro pobre sepulcro. Merece esperar la resurrección de los muertos junto al padre mío justo - dice Jesús.
Y mientras, advertida no sé por quién, entra María de Alfeo, todo cesa.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Todos los campos de Galilea están en el festivo trabajo de la vendimia.
Los hombres, encaramados sobre altas escaleras, recogen uva de las pérgolas y de las parras; las mujeres, en cestos, sobre la cabeza, llevan racimos de oro y rubí a donde esperan los pisaúvas. Cantos, risas, bromas corren de loma a loma, de huerto a huerto, junto al olor de mostos y a un gran zumbar de abejas que parecen ebrias de tan veloces y danzarinas como van de los sarmientos aún restantes, aún ricos de racimos, a los cestos y a los tinos donde se pierden los granos, que ellas buscan, en el caldo turbio de los mostos. Los niños – cual faunos, pringados de zumo - trisan como golondrinas corriendo por la hierba, por los patios, por los caminos.
Jesús se dirige hacia un pueblo que está a poca distancia del lago y que, a pesar de ello, es de llanura. Parece un amplio álveo entre dos lejanos sistemas montañosos orientados hacia el Norte. La llanura está bien regada, porque la atraviesa un río -creo que es el Jordán -.
Jesús pasa por la calzada principal. Muchos lo saludan con el grito: « ¡Rabí! ¡Rabí!». Jesús pasa bendiciendo.
Antes de llegar al pueblo hay una rica propiedad, al principio de la cual un matrimonio anciano está esperando al Maestro.
-Entra. Cuando el trabajo cese, todos acudirán aquí para oírte. ¡Cuánta alegría llevas contigo! Emana de ti y se extiende como la savia por los sarmientos, y se transforma en vino de gozo para los corazones. ¿Aquélla es tu Madre? - dice el dueño de la casa.
-Es Ella. Os la he traído porque ahora también forma parte del grupo de mis discípulos; el último recibido, el primero en orden de fidelidad. Es el Apóstol. Me predicó aún antes de que Yo naciera… Madre, ven. Un día - eran los primeros tiempos en que evangelizaba - esta madre fue tan dulce con tu Hijo cansado, que hizo que no llorase tu recuerdo.
-Que el Señor te otorgue su don, mujer piadosa.
-Ya lo poseo porque tengo al Mesías y te tengo a ti.
-Ven. La casa es fresca y la luz que hay en ella es moderada. Podrás descansar. Estarás fatigada.
-Sólo me supone cansancio el odio del mundo. Seguirlo y oírlo…! Ha sido mi deseo desde la más lejana infancia.
-¿Sabías que eras la futura Madre del Mesías?
-¡Oh, no! Sí esperaba vivir tanto como para poder oírlo y servirle; última entre sus evangelizados, pero fiel, ¡fiel!
-Lo oyes y le sirves, y eres la primera. Yo también soy madre y tengo hijos sabios; cuando los oigo hablar, mi corazón salta de orgullo. ¿Qué sientes Tú oyéndolo a El?
-Un delicado éxtasis. Me sumerjo en mi nada, y la Bondad - que es Él mismo - me eleva consigo. Entonces veo con simple mirada la Verdad eterna y Ella se hace carne y sangre de mi espíritu.
-¡Bendito corazón tuyo! Es puro, por ello comprende así al Verbo. Nosotros somos más duros porque estamos llenos de culpas…
-Quisiera dar a todos mi corazón para esto, para que el amor fuera en ellos luz para comprender. Porque, créelo, es el amor - y yo soy su Madre y por tanto en mí es natural el amor - lo que hace fácil toda empresa.
Las dos mujeres siguen hablando, la anciana junto a la muy joven, siempre muy joven Madre de mi Señor; mientras,
Jesús habla con el dueño de la casa, junto a los tinos, donde grupos y más grupos de vendimiadores vuelcan racimos y más racimos. Los apóstoles, sentados a la sombra de una pérgola de jazmines, saborean con buen apetito uva y pan. Ya declina el día y el trabajo cesa lentamente. Todos los colonos están ya en el amplio patio rústico, donde hay un
fuerte olor de uvas pisadas. De casas cercanas vienen también otros campesinos.
Jesús sube por una pequeña escalera que da a un ala: una galería de arcos bajo la cual se conservan sacos de productos agrícolas y herramientas. ¡Cómo sonríe Jesús subiendo esos pocos peldaños! Lo veo sonreír entre el ondear de sus esponjosos cabellos agitados por una brisa vespertina. Y quisiera saber por qué sonríe de forma tan luminosa. La alegría de esta sonrisa entra en mi corazón, muy triste hoy, como ese vino de que hablaba el dueño de la casa, confortándolo. Se vuelve. Se sienta en el último peldaño, en el punto más alto de la escalera, que se transforma en una tribuna para los más afortunados oyentes, es decir, para los dueños de la casa, para los apóstoles y para María, la cual, siempre humilde, ni siquiera había tratado de subir a ese puesto de honor, sino que la había conducido a él la señora. Está sentada justamente un peldaño más abajo que Jesús, de manera que su cabeza está a la altura de las rodillas de su Hijo, y estando sentada de lado, Ella lo puede mirar a la cara, con su mirada de paloma enamorada. El delicado perfil de María destaca nítido como en un mármol contra el muro oscuro de la rústica galería.
Más abajo están los apóstoles y los dueños de la casa. En el patio, todos los aldeanos: unos en pie, otros sentados en el suelo, otros encaramados en los lagares o en las higueras que hay en los cuatro ángulos del patio.
Jesús habla lentamente, hundiendo la mano en un amplio saco de trigo colocado detrás de las espaldas de María; parece como si estuviera jugando con esos granos o los estuviera acariciando con gusto, mientras con la derecha gesticula sosegadamente.
-Me han dicho: "Ven, Jesús, a bendecir el trabajo del hombre". Heme aquí. En nombre de Dios lo bendigo. Efectivamente, todo trabajo, si es honesto, merece bendición por parte del Señor eterno. Pero he dicho esto: la primera condición para obtener de Dios bendición es ser honestos en todas las acciones.
Veamos juntos cuándo y cómo las acciones son honestas. Lo son cuando se cumplen teniendo presente en el espíritu al eterno Dios. ¿Puede acaso pecar uno que diga: "Dios me está mirando. Dios tiene sus ojos puestos en mí, y no pierde ni un detalle de mis acciones"? No. No puede. Porque pensar en Dios es un pensamiento saludable y le impide al hombre pecar más que cualquier amenaza humana.
¿Pero al eterno Dios se le debe sólo temer? No. Escuchad. Os fue dicho: "Teme al Señor tu Dios". Y los Patriarcas temblaron, y temblaron los Profetas cuando el Rostro de Dios, o un ángel del Señor, se apareció a sus espíritus justos. Y ciertamente es verdad que en tiempo de cólera divina la aparición de lo sobrenatural debe hacer temblar el corazón. ¿Quién, aun siendo puro como un párvulo, no tiembla ante el Poderoso, ante cuyo fulgor eterno están en actitud de adoración los ángeles, rostro en tierra en el aleluya paradisíaco? Dios atenúa con un piadoso velo el insostenible fulgor de unángel, para concederle al ojo humano poder mirarlo sin que se le queden abrasadas pupila y mente. ¿Qué será entonces ver a Dios?
Pero esto es así mientras dura la ira. Cuando ésta queda sustituida por la paz y el Dios de Israel dice: "He jurado y mantengo mi pacto. He ahí a quien envío, y soy Yo, aun no siendo Yo sino mi Palabra que se hace Carne para ser Redención", entonces el amor debe -suceder al temor, y sólo amor debe dársele al eterno Dios, con alegría, porque el tiempo de paz ha llegado para la Tierra; la paz ha llegado entre Dios y el hombre. Cuando los primeros vientos de la primavera esparcen el polen de la flor de la vid, el agricultor debe temer aún, dado que la intemperie y los insectos pueden tenderle al fruto muchas insidias, mas cuando llega la feliz hora de la vendimia, ¡ah!, entonces cesa todo temor y el corazón se regocija por la certeza de la cosecha.
E1 Vástago de la estirpe de Jesé, habiendo sido previamente anunciado por las palabras de los Profetas, ha venido; ahora está entre vosotros. Él es Racimo óptimo que os trae el zumo de la Sabiduría eterna y no pide sino ser cogido y exprimido y ser así Vino para los hombres. Él es Vino de alegría sin fin para aquellos que se nutran con Él. Pero, ¡ay de aquellos que habiendo tenido a su alcance este Vino lo hayan rechazado, y tres veces desdichados aquellos que después de haberse nutrido con Él lo hayan rechazado o mezclado en su interior con la comida de Satanás!
Y así vuelvo al primer concepto. La primera condición para obtener la bendición de Dios, tanto en las obras del espíritu como en las del hombre, es la honestidad de propósitos.
Honesto es el que dice: "Sigo la Ley, no para obtener de ella alabanza por parte de los hombres, sino por fidelidad a Dios". Honesto es aquel que dice: "Sigo a Cristo, no por los milagros que hace, sino por los consejos que me da de vida eterna".
Honesto es quien dice: "Trabajo, no por ávido lucro, sino porque también el trabajo ha sido puesto por Dios como medio de santificación por su valor formativo, mortificante, preservativo, elevante; trabajo para poder ayudar a mi prójimo; trabajo para poder hacer resplandecer los prodigios de Dios, que de un granito minúsculo hace una macolla de espigas, de una semilla de uva hace una gran cepa, de la semilla de un fruto hace un árbol, y de mí, hombre, pobre nada, sacado de la nada por voluntad suya, hace un ayudante suyo en la obra infatigable de perpetuar los cereales, vides y árboles frutales, como en la de poblar la Tierra de hombres".
Hay personas que trabajan como acémilas, pero sin otra religión aparte de la de aumentar sus riquezas. ¿Que muere de aprietos y cansancio delante de él el compañero que ha sido menos favorecido por la suerte? ¿Que se mueren de hambre los hijos de este miserable? ¿Y qué le importa al ávido acumulador de riquezas? Hay otros todavía más duros, que no trabajan pero obligan a trabajar, y atesoran con el sudor ajeno. Y hay otros que dilapidan lo que avaramente arrebatan al esfuerzo ajeno. En verdad, en éstos el trabajo no es honesto. Y no digáis: "Y a pesar de todo Dios los protege". No. No los protege. Hoy gozarán de una hora de triunfo, pero no pasará mucho tiempo sin que los alcance la severidad divina, que, en el tiempo o en la eternidad, les recordará este precepto: "Yo soy el Señor tu Dios, ámame sobre todas las cosas y ama a tu prójimo como a ti mismo'". ¡Oh, entonces, verdaderamente, si esas palabras resuenan eternamente, serán más tremendas que los rayos del Sinaí!
Muchas, demasiadas son las palabras que se os dicen. Yo os digo sólo éstas: “Amad a Dios. Amad al prójimo". Son como el trabajo que hace fecundo al sarmiento, realizado con la vid en primavera. El amor a Dios y al prójimo es como la grada que limpia el suelo de las hierbas nocivas del egoísmo y de las malas pasiones; es como la azada que excava un círculo en torno a la cepa para que quede aislada del contagio de hierbas parásitas y nutrida con frescas aguas de riego; es como cizalla que elimina lo superfluo para condensar la energía y dirigirla hacia donde dará fruto; es lazo que aprieta y sostiene junto al robusto palo; es, finalmente, sol que madura los frutos de la buena voluntad haciendo de ellos frutos de vida eterna.
Exultáis ahora porque el año ha sido bueno, ricas las mieses y óptima la vendimia. Pero en verdad os digo que este júbilo vuestro es menos que un diminuto granito de arena en relación con el júbilo sin medida que será vuestro cuando el eterno Padre os diga: "Venid, fecundos sarmientos míos injertados en la verdadera Vid. Vosotros os prestasteis a toda operación, aunque fuera penosa, con tal de dar abundante fruto, y ahora venís a mí cuajados de los zumos dulces del amor a mí y al prójimo. Floreced en mis jardines durante toda la eternidad". Tended a este eterno goce. Perseguid con fidelidad este bien.
Agradecidos, bendecid al Eterno, que os ayuda a alcanzarlo. Bendecidlo por la gracia de su Palabra, bendecidlo por la gracia de la buena cosecha. Amad con gratitud al Señor y no tengáis miedo. Dios da el ciento por uno a quien le ama.
Jesús habría terminado, pero todos gritan:
-¡Bendícenos, bendícenos! ¡Danos tu bendición!
Jesús se levanta, extiende los brazos y dice con voz de trueno:
-Que el Señor os bendiga y guarde, os muestre su faz y tenga piedad de vosotros. Que el Señor vuelva hacia vosotros su rostro y os dé su paz. Que el nombre del Señor esté en vuestros corazones, en vuestras casas y en vuestros campos.
La multitud, la pequeña multitud reunida, prorrumpe en un griterío de alegría y de aclamaciones al Mesías, mas luego calla y se abre para dejar pasar a una madre que lleva en brazos a un niño paralítico de unos diez años. Ella lo coloca echado a los pies de la escalera, como si se lo ofreciera a Jesús.
-Es una criada mía. Su hijo varón se cayó el año pasado desde la terraza y se partió la columna. Toda la vida tendrá que yacer sobre la espalda - explica el dueño de la casa.
.Ha esperado en ti todos estos meses… - añade la dueña.
-Dile que se acerque.
Pero la pobre mujer está tan emocionada, que parece como si tuviera ella la parálisis. Tiembla toda y se le enredan los pies en el largo vestido al subir los altos escalones con su hijo en brazos.
María, piadosa, se pone en pie y baja hacia ella.
-Ven. No temas. Mi Hijo te quiere. Dame a tu niño. Así podrás subir mejor. Ven, hija. Yo también soy madre - y le coge el niño, al cual sonríe dulcemente. Y sube con el peso de esta conmovedora carga sobre sus brazos. La madre del niño la sigue, llorando.
Ya está María ante Jesús. Se arrodilla y dice:
-¡Hijo! ¡Por esta madre!
No dice nada más.
Jesús ni siquiera solicita su consabido "¿qué deseas que te haga? ¿Crees que puedo hacerlo?". No. Hoy sonríe y dice:
-Mujer, ven aquí.
La mujer se coloca justo junto a María. Jesús le pone una mano sobre la cabeza y se limita a decir: «Alégrate». Aún no ha terminado de decir esta palabra y el niño, que hasta ahora había estado extendido como un cuerpo muerto, colgándole las piernas en brazos de María, se sienta como impulsado por un resorte y prorrumpe en un grito de alegría « ¡Mamá!», y corre a refugiarse en el pecho materno. Los gritos de hosanna parece como si quisieran penetrar en el cielo completamente rojo del atardecer.
La mujer, con su hijo apretado contra el corazón, no sabiendo qué decir, lo pregunta:
-¿Qué… qué tengo que hacer para decirte que soy feliz?
A lo que Jesús, que sigue acariciándola, contesta:
-Ser buena, amar a Dios y a tu prójimo, educar en este amor a tu hijo.
Pero la mujer no se muestra todavía satisfecha. Quisiera… quisiera… y, por fin, pide:
-Dadle un beso Tú y tu Madre a mi niño.
Jesús se inclina y lo besa, y María también. Y mientras la mujer se marcha feliz, entre las aclamaciones de un cortejo de amigos, Jesús le explica a la dueña de casa:
-No ha hecho falta más. Él estaba en los brazos de mi Madre. Incluso sin mediar palabra alguna lo habría curado, porque Ella se siente feliz cuando puede consolar una aflicción, y Yo deseo hacerla feliz.
Entonces Jesús y María se intercambian una de esas miradas cuyo significado es tan profundo, que sólo quien las ha visto las puede entender.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Veo a Jesús yendo hacia la casa de Juana de Cusa. Cuando el doméstico portero ve quién es el que llega, da tal grito de júbilo, que toda la casa se revoluciona. Jesús entra sonriente, bendiciendo.
Juana acude desde el jardín todo florido para arrojarse a besar los pies del Maestro. Viene también Cusa, el cual primero se postra y luego besa la orla de la túnica de Jesús.
Cusa es un hombre apuesto, de unos cuarenta años. No muy alto, pero bien proporcionado, cabellos negros que sólo a la altura de las sienes presentan algún que otro hilo de plata, ojos vivos y oscuros, colorido pálido y barba cuadrada, negra, bien cuidada.
Juana es más alta que su marido. De la pasada enfermedad sólo conserva una acentuada delgadez, que, no obstante, ya no es esquelética como entonces. Parece una palma delgada y flexible que termina en una linda y pequeña cabeza de profundos ojos negros, dulcísimos. Tiene una cabellera negra-corvina graciosamente peinada. La frente, lisa y alta, parece aún más blanca bajo ese negro puro, y la pequeña boca, bien dibujada, destaca, con su rojo sano, entre los carrillos de delicada palidez (como la de los pétalos de ciertas camelias). Es una mujer guapísima… Y es ella la que da la bolsa a Longinos en el Calvario. En aquel momento llora, deshecha y completamente velada; aquí sonríe y lleva la cabeza descubierta.
Pero es ella. -¿A qué debo el gozo de tenerte como huésped? - pregunta Cusa.
-A la necesidad que tengo de hacer un alto en el camino y esperar a mi Madre. Vengo de Nazaret… y debo llevar conmigo a mi Madre durante un tiempo. Iré con Ella a Cafarnaúm.
-¿Por qué no te quedas en mi casa? No soy digna de ello, pero… - dice Juana.
-Bien digna de ello eres. Solo que con mi Madre está su cuñada, que se ha quedado viuda hace pocos días.
-La casa es suficientemente grande como para hospedar a más de uno, y Tú me has proporcionado tanta alegría, que ningún punto de ella te está vedado. Ordena, Señor, Tú que has alejado la muerte de esta morada y le has devuelto mi rosa florecida y floreciente - dice Cusa apoyando el deseo de su mujer, a la que debe querer mucho (lo comprendo por el modo en que la mira).
-No ordeno, pero sí acepto. Mi Madre está cansada y ha sufrido mucho en estos últimos tiempos. Teme por mí y deseo mostrarle que hay quien me estima.
-¡Tráela aquí, entonces! Le daré mi amor de hija y sierva - exclama Juana.
Jesús da el beneplácito.
Cusa sale a dar enseguida las órdenes oportunas. Mientras tanto la visión se desdobla: dejando a Jesús en el espléndido jardín de Cusa, hablando con él y con su mujer, yo sigo y veo la llegada del carro, cómodo y veloz, con que Jonatán ha ido a recoger a María a Nazaret.
Naturalmente, la ciudad se revoluciona por este hecho, y, cuando María y su cuñada, obsequiadas por Jonatán como dos reinas, suben al carro, después de confiarle a Alfeo de Sara las llaves de casa, el alboroto crece. El carro se pone en marcha, mientras Alfeo se venga del acto vil cometido con Jesús en la sinagoga, diciendo:
-¡Los samaritanos son mejores que nosotros! ¿Veis cómo uno de Herodes venera a su Madre?… ¡Y nosotros…! ¡Me avergüenzo de ser nazareno!
Se produce un verdadero tumulto entre los dos partidos. Hay quien se separa del partido adverso para acercarse a Alfeo y preguntar mil cosas.
-¡Pues claro! - responde Alfeo - Huéspedes de la casa del Procurador. Habéis oído que ha dicho su intendente: "Mi señor te suplica que honres su casa". Honrar, ¿comprendéis? Y se trata del rico y poderoso Cusa, y su mujer es una princesa real. ¡Honrar! Y nosotros, o sea, vosotros, le habéis tirado piedras. ¡Qué vergüenza!
Los nazarenos no replican y Alfeo gana coraje.
-¡Ya de por sí teniéndolo a Él se tiene todo!, no hace falta apoyo de hombre. Pero, ¿os parece inútil tener como amigo a Cusa? ¿Os parece apropiado que nos desprecie? ¿Sabéis que es el Procurador del Tetrarca? ¡Nada!, ¿eh? ¡Sed, sed samaritanos con el Cristo! Os atraeréis el odio de los grandes. Y entonces… ¡ah…, entonces ahí os quiero ver, sin ayuda del Cielo y sin ayuda de la tierra! ¡Necios! ¡Malos! ¡Incrédulos!». La granizada de improperios y reproches continúa, mientras los nazarenos se marchan cabizbajos como perros apaleados. Alfeo se queda solo como un arcángel vengador a la entrada de la casa de María…
…Ya es francamente de noche cuando, por la espléndida calle que costea el lago, llega, tirado por fuertes caballos al trote, el carro de Jonatán. Los criados de Cusa, que estaban de centinelas a la puerta, dan la señal y acuden con lámparas, aumentando la tenue claridad que esparce la Luna.
Juana y Cusa vienen. También Jesús aparece sonriente, y, detrás de Él, el grupo apostólico. Cuando María baja, Juana se prosterna y saluda:
-Gloria a la Flor de la estirpe real. Gloria y bendición a la Madre del Verbo -Salvador.
Cusa se postra como no lo podría hacer ni siquiera ante Herodes, y dice:
-Bendita sea esta hora que a mí te conduce. Bendita Tú, Madre de Jesús.
María responde, delicada y humilde:
-Bendito nuestro Salvador, y benditos los buenos que aman a mi Hijo.
Entran todos en la casa, acogidos con los más vivos signos de deferencia.
Juana tiene cogida la mano de María y le sonríe diciendo:
-Me permitirás que te sirva, ¿no es verdad?
-No a mí. A Él, sírvele siempre a Él y ámalo y me habrás dado ya todo. El mundo no lo ama… Éste es mi dolor.
-Lo sé. ¿Por qué este desamor de una parte del mundo, mientras que otros darían la vida por Él.
-Porque Él es el signo de contradicción para muchos. Porque Él es el fuego que depura el metal. El oro se purifica, las escorias caen al fondo y se tiran. Se me dijo esto desde su más tierna edad… Y día a día la profecía se cumple…
-No llores, María. Nosotros lo amaremos y lo defenderemos -dice Juana con tono consolador.
Y, sin embargo, María sigue llorando silenciosamente, vista sólo por Juana, en el rincón semioscuro donde están sentadas.
Todo termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Veo una amplia sala cuadrada. Digo sala, a pesar de que comprendo que se trata de la sinagoga de Nazaret - como me dice el íntimo consejero -, porque no hay sino paredes desnudas pintadas de un amarillo pajizo y en una parte una especie de cátedra. Hay también un alto ambón que tiene encima unos rollos. Ambón, estante… Es, en definitiva, una especie de plano inclinado sujeto por un pie; sobre él están alineados unos rollos.
Hay gente orando. No como rezamos nosotros, sino vueltos todo hacia un lado con las manos separadas: más o menos como el sacerdote en el altar.
Hay lámparas dispuestas así sobre la cátedra y el ambón:
No veo la finalidad de estar contemplando esto, que no cambia y que me queda fijo así por un tiempo, pero Jesús me dice que escriba lo que veo, y yo lo hago. Me encuentro de nuevo en la sinagoga de Nazaret. Ahora el rabino está leyendo. Oigo la cantinela de voz nasal, pero no
entiendo las palabras, pues las pronuncian en una lengua que yo no sé.
Entre la gente está también Jesús con sus primos apóstoles y con otros (también parientes, sin duda, pero no sé quiénes son).
Después de la lectura el rabino dirige la mirada, en actitud de muda expectativa, hacia la multitud.
Jesús pasa adelante y solicita encargarse hoy de la reunión de la asamblea.
Oigo su hermosa voz, que lee el paso de Isaías citado por el Evangelio:
-El espíritu del Señor está sobre mí…
Y oigo el comentario que hace al respecto, diciendo de sí mismo que es «el portador de la Buena Nueva, de la ley del amor, que pone misericordia donde antes había rigor; por la cual todos aquellos que, por la culpa de Adán, padecen enfermedad en el espíritu, y, como reflejo, en la carne - porque el pecado siempre suscita el vicio y el vicio enfermedad incluso física - obtendrán la salud; por la cual todos los prisioneros del Espíritu del mal obtendrán la liberación. Yo he venido - dice - a romper estas cadenas, a abrir de nuevo el camino de los Cielos, a proporcionar luz a las almas que han sido cegadas, oído a las sordas.
Ha llegado el tiempo de la Gracia del Señor. Ella está entre vosotros. Ella es esta que os habla. Los Patriarcas desearon ver este día, cuya existencia ha sido proclamada por la voz del Altísimo y cuyo tiempo predijeron los Profetas, y ya, llevada a ellos por ministerio sobrenatural, saben que el alba de este día ha roto, y su entrada en el Paraíso está ya cercana, exultando por ello en sus espíritus; santos a quienes no falta sino mi bendición para ser ciudadanos del Cielo. Vosotros lo estáis viendo. Venid hacia la Luz que ha surgido.
Despojaos de vuestras pasiones para resultar ágiles en el seguir a Cristo. Tened la buena voluntad de creer, de mejorar, de desear la salud, y la salud os será dada; la tengo en mi mano, pero sólo se la doy a quien tiene buena voluntad de poseerla, porque sería una ofensa a la Gracia el darla a quien quiere continuar sirviendo a Satanás.
El murmullo se desata en la sinagoga.
Jesús mira en torno a sí. Lee los rostros y el interior de los corazones y prosigue:
-Comprendo lo que estáis pensando. Vosotros, dado que soy de Nazaret, querríais un favor de privilegio; mas esto por vuestro egoísmo, no por potencia de fe. Así que os digo que, en verdad, a ningún profeta se le recibe bien en su patria. Otros lugares me han acogido, y me acogerán, con mayor fe, incluso aquellos cuyo nombre es motivo de escándalo entre vosotros. Allí cosecharé mis seguidores, mientras que en esta tierra no podré hacer nada, porque se me presenta cerrada y hostil. Os recuerdo a Elías y Eliseo. El primero halló fe en una mujer fenicia; el segundo, en un sirio: en favor de aquélla y de éste pudieron realizar el milagro. Los de Israel que estaban muriéndose de hambre y los leprosos de Israel no obtuvieron pan o curación, porque su corazón no tenía la buena voluntad, perla fina que el profeta, de haber existido, hubiera visto. Lo mismo os sucederá a vosotros, hostiles e incrédulos ante la Palabra de Dios.
La multitud se alborota e impreca, e intenta ponerle la mano encima a Jesús, pero los apóstoles-primos (Judas, Santiago y Simón) lo defienden, y entonces los enfurecidos nazarenos lo echan fuera de la ciudad. Van detrás con amenazas - no solamente verbales - hasta el comienzo del monte. Pero Jesús se vuelve y los inmoviliza con su mirada magnética, y pasa incólume entre ellos. Desaparece luego, camino arriba, por un sendero.
Veo un pequeño, pequeñísimo, grupo de casas, un puñado de casas. Hoy lo llamaríamos anejo rural. Está más alta que Nazaret, la cual se ve más abajo. Dista de ésta pocos kilómetros. Es un caserío misérrimo.
Jesús, sentado encima de una pequeña tapia, junto a una casucha, habla con María. Quizás es una casa amiga, o por lo menos de gente hospitalaria, según las leyes de la hospitalidad oriental. Jesús se ha refugiado en ella después de haber sido echado de Nazaret, para esperar a los apóstoles que se habían dispersado por la zona mientras estaba con su Madre.
Con Él sólo se encuentran los tres apóstoles-primos, que están recogidos dentro de la cocina y hablan con una mujer anciana a la que Tadeo llama madre. Por ello comprendo que se trata de María de Cleofás. Es una mujer más bien anciana, y la reconozco como la que estaba con María en las bodas de Caná. Claro es que María de Cleofás y sus hijos se han retirado para que Jesús y su Madre puedan hablar libremente.
María está afligida. Ha venido a saber lo de la sinagoga y está triste. Jesús la consuela. María le suplica a su Hijo que se mantenga lejos de Nazaret, donde todos están mal predispuestos hacia Él, incluyendo a los otros familiares que lo consideran un loco que está deseando suscitar rencores y disputas. Pero Jesús hace un gesto sonriendo; parece como si dijera: "¿Por esta pequeñez? ¡Olvídate de ello!". Pero María insiste.
Entonces Él responde:
-Mamá, si el Hijo del Hombre hubiera de ir únicamente a donde lo aman, tendría que retirar su paso de esta tierra y volverse al Cielo. Tengo en todas partes enemigos, porque se odia la Verdad, y Yo soy la Verdad. Pero no he venido para encontrar un amor fácil. He venido para hacer la voluntad del Padre y redimir al hombre. El amor eres tú, Mamá, mi amor, el que me compensa todo. Tú y este pequeño rebaño que todos los días se va acrecentando con alguna oveja que arranco a los lobos de las pasiones y llevo al redil de Dios. Lo demás es el deber. He venido para cumplir este deber y debo cumplirlo, si es preciso estampándome contra las piedras de los corazones que oponen firme resistencia al bien. Es más, sólo cuando caiga, bañando de sangre esos corazones, los ablandaré estampando en ellos el Signo mío, que anula el del Enemigo. Mamá, he bajado del Cielo para esto. No puedo sino desear cumplir esto.
-¡Oh! ¡Hijo! ¡Hijo mío!- María habla con voz acongojada.
Jesús la acaricia. Noto que María lleva en la cabeza, además del velo, el manto; más velada que nunca, como una sacerdotisa.
-Me ausentaré durante un tiempo por darte gusto. Cuando esté cerca, mandaré a alguien a avisarte.
-Manda a Juan. Viñedo a Juan me parece verte un poco a Ti. Su madre se prodiga en atenciones hacia mí y hacia Ti. Es verdad que espera un lugar privilegiado para sus hijos. Es mujer y madre, Jesús. Hay que comprenderla. Te hablará también a ti de ellos. No obstante, te es sinceramente devota. Cuando quede liberada de la humanidad - que fermenta tanto en ella como en sus hijos, como en los demás, como en todos -, Hijo mío, será grande en la fe. Es doloroso que todos esperen de ti un bien humano, un bien que, aunque no sea humano, es egoísta. Pero es que el pecado está en ellos con su concupiscencia. Aún la hora
bendita, y tan temida a pesar de que el amor a Dios y al hombre me la hagan desear, no ha llegado. Hora en que Tú anularás el Pecado. ¡Oh! ¡Esa hora! ¿Cómo tiembla el corazón de tu Madre por esa hora! ¿Qué te harán, Hijo, Hijo Redentor, de quien los Profetas refieren tanto martirio?
-No pienses en ello, Mamá. Te lo digo una vez más. Dios te ayudará en esa hora. Dios nos ayudará a ti y a mí. Después, la paz. Ahora ve, que cae la tarde y el camino es largo. Yo te bendigo.
Dice Jesús:
-Pequeño Juan, mucho trabajo hoy. Pero es que llevamos un día de retraso y no se puede ir despacio. Te he dado la fuerza para esto, hoy.
Te he concedido las cuatro contemplaciones para poderte hablar acerca de los dolores de María y míos, preparatorios de la Pasión. Debería haberte hablado de ellos ayer, sábado, día dedicado a mi Madre, pero he sentido piedad. Hoy se recupera el tiempo perdido. Después de los dolores que te he dado a conocer, María ha tenido también éstos; y Yo con Ella.
Mi mirada había leído el interior del corazón de Judas Iscariote. Nadie debe pensar que la Sabiduría de Dios no haya sido capaz de comprender ese corazón. Mas, como le dije a mi Madre, él era necesario. ¡Ay de él por haber sido el traidor! Pero un traidor era necesario. Hombre con doblez, astuto, codicioso, lujurioso, ladrón, más inteligente y culto que la generalidad, había sabido imponerse a todos. Audaz, me allanaba el camino, aun siendo un camino difícil. Le gustaba, sobre todo, destacar y poner de relieve su puesto de confianza conmigo. No era servicial por instinto de caridad, sino solamente porque era uno de esos que vosotros diríais que está siempre en un "activismo". Ello le permitía también tener la bolsa y acercarse a la mujer; dos cosas que, junto con la tercera (los cargos humanos), deseaba desmedidamente. La Pura, la Humilde, la Desasida de las riquezas terrenas no podía no sentir repugnancia por esa serpiente. También Yo lo sentía. Y Yo sólo y el Padre y el Espíritu sabemos qué vencimientos de mí mismo debí poner para poder soportarlo cerca. Pero esto te lo explicaré en otro momento.
No ignoraba Yo tampoco la hostilidad de los sacerdotes, fariseos, escribas y saduceos. Eran zorros astutos que trataban de empujarme hacia su guarida para despedazarme. Tenían hambre de mi sangre, y trataban de colocarme trampas por todas partes para capturarme, para tener un motivo de acusación, para quitarme de enmedio. Durante tres años fue larga la insidia, y ésta no se aplacó sino cuando me supieron muerto. Esa noche durmieron felices. La voz de su acusador se había extinguido para siempre. Eso creían. No. Todavía no se ha apagado. Jamás se apagará; truena, truena y maldice a quienes ahora son como ellos.
¡Cuánto dolor sufrió mi Madre por su culpa! Y Yo no olvido ese dolor.
Que la multitud fuera voluble, no era una cosa nueva. Es la fiera que lame la mano del domador si está armada de azote o si ofrece un pedazo de carne para saciar su hambre. Pero es suficiente que el donador se caiga o que no pueda seguir usando el azote, o que no disponga de otras presas para saciarle el hambre, para que se le abalance y lo despedace. Basta con decir la verdad y ser buenos para ser odiados por la multitud después del primer momento de entusiasmo: a verdad es reproche y admonición, la bondad despoja del azote y hace que los no buenos dejen de sentir miedo; de aquí el "crucifícalo" después de
haber dicho "hosanna". Mi vida de Maestro estuvo colmada de estas dos voces. La última fue "crucifícalo". El "hosanna" fue como el aliento que toma el cantor para tener el respiro suficiente y así poder dar el agudo.
María, en la tarde del Viernes Santo, oyó de nuevo dentro de sí todos los hosannas mentirosos hechos gritos de muerte hacia su querido Hijo, y esto la traspasó. No lo olvido tampoco.
-La humanidad de los apóstoles… ¡cuánta! Llevaba sobre mis brazos verdaderos bloques de piedra que gravitaban hacia el suelo, para alzarlos hacia el Cielo. Incluso los que no se veían a sí mismos como ministros de un rey terreno, como Judas Iscariote, los que no pensaban, como él, en subir - si se prestaba la ocasión - al trono en vez de mí, ellos, sí, ansiaban siempre, a pesar de todo, la gloria. Llegó el día en que incluso mi Juan y su hermano tendieron a esta gloria que os deslumbra como un espejismo hasta en las cosas celestes. No me refiero a una santa aspiración al Paraíso - que deseo que tengáis -, me refiero a un deseo humano de que vuestra santidad sea conocida. No sólo esto; se trata de una avaricia de cambista, de usurero, que hace que, por un poco de amor ofrecido a quien Yo os he dicho que debéis daros con todo vuestro ser, pretendáis un puesto a su derecha en el Cielo.
No, hijos, no. Antes hay que saber beber todo el cáliz que Yo bebí. Todo: con su caridad como respuesta al odio, con su castidad contra las voces del sentido, con su heroicidad en las pruebas, con su holocausto por amor a Dios y a los hermanos. Luego, una vez cumplido todo el propio deber, decir además: "Somos siervos inútiles", y aguardar a que el Padre mío y vuestro os conceda, por su bondad, un puesto en su Reino. Hay que despojarse, como me has visto despojado en el Pretorio, de todo lo humano, quedándose sólo con lo indispensable: el respeto hacia el don de Dios que es la vida, y hacia los hermanos, a los cuales podemos ser más útiles desde el Cielo que en la tierra, y dejar que Dios os imponga la estola inmortal blanqueada en la sangre del Cordero.
Te he mostrado los dolores preparatorios de la Pasión.
Otros te mostraré. Aun no dejando de ser dolores, el contemplarlos ha supuesto un descanso para tu alma. Ya basta. Queda en paz.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Lenta conversión del primo Simón Atardece en medio de un gran arrebol de ocaso que, como un fuego que se va apagando, se vuelve cada vez más oscuro hasta asumir casi un color violeta rubificado. Una coloración espléndida, rara, que pincela, difuminándose lentamente, el occidente, hasta desaparecer en el cobalto oscuro del cielo donde el oriente avanza cada vez más con sus estrellas y con su arco de luna creciente, ya camino de la segunda fase. Los agricultores acuden raudos a sus casas - las bajas casitas de Nazaret -, que muestran ya los hogares encendidos, por los aros de humo que salen de ellas.
Jesús está para entrar en la ciudad y, contrariamente a cuanto desearían los otros, no quiere que ninguno vaya a avisar a su Madre.
-No va a suceder nada. ¿Por qué intranquilizarla antes? - dice.
Ya está entre las casas. Algún saludo, algún cuchicheo a sus espaldas, algún volverse de espaldas maleducado o dar portazos cuando pasa el grupo apostólico.
La gesticulación de Pedro es un verdadero poema, pero también los demás están un poco inquietos. Los hijos de Alfeo parecen dos condenados: caminan con la cabeza baja a ambos lados de Jesús, observando, no obstante, todo; de vez en cuando se miran asustados, o en su mirar manifiestan temor por Jesús. Él, como si no pasara nada, responde a los saludos con su habitual afabilidad, y se inclina para acariciar a los niños, los cuales, en su simplicidad, no toman parte por éste o por aquél y son siempre amigos de su Jesús, que siempre se muestra tan afectuoso con ellos.
Uno - un tonelito muy regordete que tendrá como mucho cuatro años -, separándose del vestido materno, acude corriendo a su encuentro y le tiende los bracitos diciendo: « ¡Súbeme!» y, dado que Jesús lo complace y lo sube en brazos, éste lo besa con su boquita toda embadurnada del higo que está chupando, y luego lleva su amor hasta el punto de… ofrecerle a Jesús un trocito de higo, diciendo: « ¡Toma! ¡Está bueno!». Jesús acepta el ofrecimiento y ríe de que ese hombrecito naciente le haya metido el trocito de higo en la boca.
Isaac, cargado de jarros, viene de la fuente. Ve a Jesús, deja los jarros y, corriendo a su encuentro, grita:
-¡Mi Señor! Tu Madre ha vuelto ahora a casa. Estaba donde su cuñada. Pero… - pregunta - ¿recibiste la carta?
-Estoy aquí por este motivo. No digas nada a mi Madre, por ahora. Primero voy a casa de Alfeo.
Isaac, prudente, no dice más que:
-Te obedeceré - y, tomando sus ánforas, va directamente a casa.
-Pongámonos en camino. Vosotros, amigos, nos esperaréis aquí. Estaré poco tiempo en casa de Alfeo.
-¡Nooo! Nosotros no entramos en la casa del luto. Estaremos fuera, eso sí. ¿Verdad? - dice Pedro.
-Pedro tiene razón. Nos tendrás cerca, aunque estemos en la calle.
Jesús cede a la voluntad de todos, pero sonríe y dice:
-No me harán nada. Creedlo. No son malos. Sólo están humanamente exaltados. Vamos.
Llegan a la calle donde está la casa. Llegan a la entrada del huerto. Jesús continúa; detrás, Judas y Santiago.
Jesús llega al umbral de la puerta de la cocina. Dentro, junto al fuego, está María de Alfeo, cocinando y… llorando. En un ángulo, Simón y José, con otros hombres, sentados en grupo. Entre ellos está Alfeo de Sara. Están allí, callados como estatuas. ¿Será costumbre? No lo sé.
-Paz a esta casa y paz al espíritu que la ha dejado.
La viuda emite un grito y hace un movimiento instintivo de cerrarle el paso a Jesús, de ponerse entre Él y los otros.
Simón y José se levantan, hoscos y confundidos; pero Jesús no muestra darse cuenta de su actitud hostil. Va hacia los dos hombres (Simón tiene ya sus cincuenta años, y quizás más, a juzgar por el aspecto) extendiendo hacia ellos sus manos en gesto de amorosa iniciativa. Los dos hombres se muestran más turbados que nunca, pero no osan comportarse maleducadamente.
Alfeo de Sara tiembla angustiado, sufre visiblemente. Los otros hombres se muestran reservados, en espera de una indicación.
-Simón, tú, ya cabeza de familia, ¿por qué no me recibes afablemente? Vengo a llorar contigo. ¡Cuánto habría deseado estar con vosotros en la hora del duelo! Pero me encontraba lejos, no por culpa mía. Eres justo, Simón. Y lo debes decir.
El hombre sigue con actitud reservada.
-Y tú, José, que tienes un nombre muy estimado por mí, ¿por qué no acoges mi beso? ¿No me permitís llorar con vosotros? La muerte es lazo para los verdaderos afectos. Y nosotros nos quisimos. ¿Por qué ahora debe haber desunión?
-Por ti nuestro padre ha muerto resentido - dice José con dureza.
Y Simón:
-Debías haberte quedado. Sabías que estaba agonizando. ¿Por qué te marchaste? Te quería a su lado…
-No habría podido hacer por él más de cuanto hice. Y vosotros lo sabéis…
Simón, más justo, dice:
-Es verdad. Sé que viniste y que te echó. Pero era un enfermo, un hombre afligido.
-Lo sé. De hecho dije a tu madre y a tus hermanos: "No le guardo rencor, porque comprendo su corazón". Pero por encima de todos está Dios. Y Dios quería este dolor para todos. Para mí que, creedlo, he sufrido como si me hubieran arrancado carne viva; para vuestro padre, que en esta pena ha comprendido una gran verdad, la cual durante toda la vida le había permanecido oscura; para vosotros, que con este dolor tenéis el modo de ofrecer un sacrificio más beneficioso que el becerro inmolado; y para Santiago y Judas, que ahora ya no están menos formados que tú, mi Simón, porque tanto dolor – para ellos es la mayor carga y los oprime como rueda de molino - los ha hecho adultos y de perfecta edad ante los ojos de Dios.
-¿Qué verdad ha visto nuestro padre? Una sola: que su sangre, en la última hora, le era enemiga - rebate José con dureza.
-No. Que el espíritu es más que la sangre. Ha comprendido el dolor de Abraham y por eso Abraham le ha ayudado - responde Jesús.
-¡Ojalá fuera verdad! Pero ¿quién lo asegura?
-Yo, Simón. Y, más que Yo, la muerte de tu padre. ¿No ha anhelado mi presencia? Tú lo has dicho.
-Lo he dicho. Es verdad. Quería que viniera Jesús. Y decía: "¡Al menos que no muera el espíritu! Él puede hacerlo. Lo he rechazado y no volverá. ¡Oh, muerte sin Jesús, qué horror eres! ¿Por qué le obligué a irse?". Sí, esto decía, como también: "Él me preguntó muchas veces:
¿Debo marcharme?' y yo lo eché. Ahora ya no vuelve". Te anhelaba, te anhelaba. Tu Madre te mandó recado, pero no te encontraron en Cafarnaúm y él lloró mucho, y con sus últimas fuerzas tomó la mano de tu Madre y quiso tenerla cercana. A duras penas podía hablar, pero decía: "La Madre es un poco el Hijo. Me agarro a su Madre para tener algo de Él, porque tengo miedo de la muerte". ¡Pobre padre mío!
Se produce una escena oriental de gritos y actos de dolor, en la que todos toman parte; también Santiago y Judas, que se han atrevido a entrar. Jesús, que solamente llora, es el más tranquilo.
-¿Lloras? ¡Entonces lo querías? - pregunta Simón.
-¡Simón! ¿Lo preguntas? Si hubiera podido, ¿crees que habría permitido este dolor suyo? Yo estoy con el Padre, pero no por encima del Padre.
-Curas a los moribundos, y a él no lo curaste - dice ásperamente José.
-No creía en mí.
-Esto es verdad, José - observa su hermano Simón.
-No creía y tampoco deponía el rencor. Yo no puedo hacer nada donde hay incredulidad y odio. Por eso, os digo: no sigáis odiando a vuestros hermanos. Vedlos. Que su congoja no resulte gravada por vuestro rencor. Vuestra madre está más acongojada por este odio vivo que por la muerte, que termina en sí misma, y en vuestro padre termina en la paz porque su deseo de mí le significó perdón de Dios Ni hablo de mí, ni abogo por mí. Yo estoy en el mundo, pero no soy del mundo. Aquel que dentro de mí vive me compensa lo que el mundo me niega; sufro con mi humanidad, pero elevo el espíritu por encima de la tierra y siento júbilo por las cosas celestes. ¡Pero ellos!… No faltéis a la ley del amor y de la sangre. Amaos. En Santiago y Judas no existe ofensa a la sangre. Pero, aun en el caso de que existiera, perdonad. Mirad con ojo justo las cosas y veréis que los más ofendidos han sido ellos, incomprendidos en las necesidades del alma raptada por Dios. Y a pesar de todo no guardan rencor, sino que sólo desean el amor. ¿No es verdad, primos?
Judas y Santiago, a los cuales la madre tiene estrechamente abrazados, asienten entre lágrimas.
-Simón, eres el mayor, da ejemplo…
-Yo… por mí… Pero el mundo… pero Tú…
-¡Oh, el mundo! Olvida y cambia a cada amanecer… Y Yo… Ven, dame tu beso fraterno. Yo te quiero. Esto lo sabes.
Despójate de estas escamas que te hacen duro y no son tuyas sino que te vienen de persona a ti ajena y menos justa que tú. Tú juzga siempre con tu recto corazón.
Simón, todavía un poco reticente, abre los brazos. Jesús lo besa y luego lo conduce adonde sus hermanos. Se besan entre llanto y lamentos.
-Ahora tú, José.
-No. No insistas. Tengo presente el dolor de nuestro padre.
-En verdad tú lo perpetúas con tu rencor.
-No importa. Soy fiel.
Jesús no insiste. Se vuelve hacia Simón:
-La tarde está avanzada. Pero, si quisieras… Nuestro corazón arde por el deseo de venerar sus restos mortales. ¿Dónde está Alfeo? ¿Dónde le habéis puesto?
-Detrás de la casa. Donde el olivar cesa contra el barranco. Un sepulcro digno.
-Te lo ruego. Llévame. María, sé fuerte. El esposo exulta porque ve a sus hijos en tu seno. Quedaos. Yo voy con Simón.
¡Estad en paz! ¡Estad en paz! José, te digo a ti cuanto dije a tu padre: "No hay rencor en mí. Te quiero. Cuando quieras que venga, llámame. Vendré a llorar contigo. Adiós".
Y Jesús sale con Simón…
Los apóstoles miran de reojo con curiosidad, pero se sienten contentos al ver a Jesús y Simón en armonía.
-Venid también vosotros - dice Jesús - Son mis discípulos, Simón. Ellos también desean honrar a tu padre. Vamos.
Van por el olivar y todo termina.
Dice Jesús a María Valtorta:
Como ves, Simón - menos obstinado - se rindió, si no completamente sí al menos en parte, a la justicia, con santa prontitud. Es cierto que no se hizo discípulo mío, y menos aún apóstol - como en tu ignorancia lo llamaste hace ahora un año -, enseguida, después de este encuentro por la muerte de Alfeo, pero sí, al menos, espectador no enemigo. Incluso fue tutor de su madre y de la mía en momentos en que había necesidad de que un hombre las protegiera y defendiera de las sátiras de la gente.
No fue fuerte hasta el punto de imponerse contra quien me llamaba "loco". Todavía era "demasiado hombre", y se avergonzaba un poco de mí y se preocupaba por los peligros que podía correr toda la familia a causa de mi apostolado contrario a las sectas. No obstante, ya estaba en el camino del Bien, por el cual, luego, después del Sacrificio, supo proseguir, cada vez más firme, hasta confesarme con la sangre. La Gracia obra en ocasiones fulminantemente, otras veces lentamente, mas siempre obra en donde existe la voluntad de ser justo.
Ve en paz. Queda en paz en medio de tus dolores. El tiempo preparatorio para la Pascua empieza. Lleva por mí la Cruz. Te bendigo. María de la Cruz de Jesús».