558- Con la comitiva que regresa a Siquem. Parábola de la gota que excava la roca

Jesús va andando por un camino solitario; delante de Él, los parientes de los niños; a su lado, los de Siquem.

Están en una zona desierta. No se ve ningún centro habitado. A los niños los han montado en unos burritos cuyos ramales lleva un pariente, cuidando del niño.

Los otros burritos, libres de caballeros porque los de Siquem han preferido ir a pie para estar cerca de Jesús, preceden al grupo de los hombres, en manada y rebuznando de vez en cuando de alegría por volver al establo sin peso alguno, en un espléndido día, entre lindazos orlados de hierba nueva en la que de vez en cuando hunden sus ollares para saborear un bocado y luego, con ambladura juguetona, caracolean y dan alcance a sus compañeros cabalgados, lo cual hace reír a los niños.

Jesús habla con los de Siquem o escucha sus conversaciones. Es patente que los samaritanos se sienten orgullosos de tener con ellos al Maestro, y sueñan más de lo que conviene; tanto, que dicen a Jesús, señalando los montes altos que están a la izquierda de quien camina hacia el Norte:

-¿Ves? Mala fama tienen el Ebal y el Garizim. Pero, para ti al menos, son mucho mejores que Sión. Y serían totalmente buenos si Tú quisieras, eligiéndolos como morada tuya. Sión es siempre guarida de los Jebuseos. Y los de ahora son para ti todavía más enemigos que los antiguos para David. Él, porque hizo uso de la violencia, tomó la ciudadela (toma de Jerusalén, narrada en 2 Samuel 5, 6-10; 1 Crónicas 11, 4-9); pero Tú, que no haces uso de la violencia, no reinarás allí. Nunca. Quédate aquí con nosotros, Señor, que nosotros te honraremos.

Jesús responde:
-Decidme: ¿me habríais amado si con violencia os hubiera querido conquistar?

-Verdaderamente… no. Te queremos precisamente porque eres todo amor.
-¿Por esto, entonces, por el amor, reino en vuestros corazones?
-Así es, Maestro. Pero es porque hemos acogido tu amor. Ellos, los de Jerusalén, no te aman.

-Es verdad. No me aman. Pero, vosotros que sois todos muy expertos en el comercio, decidme: cuando queréis vender, comprar y ganar, ¿acaso os desalentáis porque en ciertos lugares no os estimen?, ¿o, más bien, realizáis igualmente vuestros negocios preocupándoos sólo de hacer buenas compras y ventas, sin tener en cuenta si del dinero que ganáis está ausente la estima de quien con vosotros ha comprado o vendido?»

-Sólo nos preocupamos del negocio. Poco nos importa si al negocio le falta la estima de quien trata con nosotros. Terminado el negocio, terminado el contacto. La ganancia queda. El resto… no tiene valor.

-Bueno, pues, Yo también, Yo, que he venido a actuar los intereses del Padre mío, me debo preocupar sólo de esto.

Que luego, en donde actúo estos intereses, encuentre estima o burla o frialdad, eso a mí no me preocupa. En una ciudad comercial, no con todos se gana, no con todos se hacen compras y ventas; sino que, aunque se trate con uno sólo, si se saca una buena ganancia, se dice que ese viaje no ha sido inútil, y se vuelve una y otra vez. Porque lo que la primera vez no se obtiene sino con uno se obtiene con tres la segunda, con siete la cuarta, con muchos las otras.

¿No es así? Yo, respecto a las conquistas para el Cielo, hago como vosotros para vuestros negocios: insisto, persevero, encuentro que es suficiente la pequeña -en cuanto al número-pero grande -una sola alma salvada es ya una cosa grande, grande compensación conseguida con mi esfuerzo. Cada vez que voy allí y supero -por conquistar, como Rey del espíritu, aunque sólo sea a un súbdito-todo lo que puede ser una reacción del Hombre, no digo, no, que haya sido inútil el que haya ido, ni que hayan sido inútiles los dolores o las fatigas; al contrario, digo que las burlas, injurias y acusaciones han sido santas, dulces, deseables. No sería un buen conquistador si me detuviera ante los obstáculos representados por graníticas fortalezas.

-Pero necesitarías siglos para superar estos obstáculos. Tú… eres un hombre y no vivirás siglos. ¿Por qué perder tu tiempo donde no te aceptan?

-Viviré mucho menos. Es más, pronto ya no estaré con vosotros. Dejaré de ver albas y ocasos, en cuanto hitos de días que surgen y días que concluyen, y los contemplaré únicamente como bellezas de la Creación y alabaré por ellos al Creador que los hizo y que es Padre mío; dejaré de ver el florecimiento de las plantas y la maduración de los cereales, y no tendré necesidad de los frutos de la tierra para mantenerme en vida, porque, una vez que haya vuelto a mi Reino, me nutriré de amor.

Pero, a pesar de todo, derribaré esas muchas fortalezas fuertemente cerradas que son los corazones de los hombres.

Observad esa piedra de ahí, bajo aquel manantial, en la ladera del monte. El manantial es muy sutil. Yo diría que, más que fluir, gotea: una gota que lleva cayendo quizás siglos en aquella roca que sobresale de la ladera del monte. Y la piedra es bien dura. No es caliza friable ni blando alabastro. Es basalto durísimo.

Y, sin embargo, fijaos cómo en el centro de la piedra convexa, y a pesar de serlo, se ha formado una minúscula balsa, no mayor que el cáliz de un nenúfar, pero sí suficiente para reflejar el cielo azul y dar de beber a los pájaros. ¿Esa concavidad en la roca convexa, acaso la ha hecho el hombre para engastar una gema azul en la piedra obscura y poner en ella un cuenco refrescante para los pájaros? No. El hombre no se ha ocupado de ello.

Quizás, durante el transcurso de los muchos siglos en que los hombres vamos pasando por delante de esta roca excavada por una gota secular con su inexorable y rítmico trabajo, nosotros somos los primeros en observar este basalto negro con su turquesa líquida en el centro, y admiramos su belleza, y alabamos al Eterno por haber querido que existiera para delectación de nuestros ojos y refrigerio de los pájaros que anidan por aquí cerca.

Pero, decidme: ¿acaso la primera gota que brotó por debajo del saliente basáltico situado encima de la roca, y que cayó desde esa altura sobre esta piedra, fue la que excavó el cuenco que refleja el cielo, el Sol, las nubes y las estrellas?

No. Millones y millones de gotas, una tras otra, una tras otra, se han ido sucediendo, brotando como una lágrima allá arriba, bajando tornasoladas a golpear contra la piedra, y, con una nota de arpa al morir en ella, han ido rebajando, en medida inmensurable por su pequeñez, la materia dura. Y así siglos y siglos, con el movimiento de los granos en un reloj de arena, marcando el tiempo: tantas gotas por hora, tantas en el curso de una vigilia, tantas entre el alba y el ocaso, tantas de una a otra neomenia, y de Nisán a Nisán, y de siglo a siglo. Resistente la piedra, persistente la gota.

El hombre, que es soberbio y, por tanto, impaciente y ocioso, habría arrojado maceta y uñeta después de los primeros golpes, diciendo: "Esto no se puede excavar". La gota ha excavado. Era lo que debía hacer; aquello para lo que fue creada. Y ha rezumado, una gota tras otra, durante siglos, hasta excavar la piedra. Y no se ha detenido luego diciendo:

“Ahora se encargará el cielo de alimentar el cuenco que yo he excavado, con el rocío y las lluvias, la escarcha y las nieves". No, ha seguido cayendo; y ella sola llena el minúsculo cuenco en el tiempo del calor veraniego o del rigor invernal. Mientras que las lluvias, violentas o suaves, fruncen la pileta, pero no pueden embellecerla ni ensancharla ni ahondarla, pues ya está colmada y es ya útil y hermosa.

El manantial sabe que sus hijas, las gotas, van a morir en la pequeña cavidad, pero no las retiene; al contrario, las mueve a ir hacia su sacrificio, y para que no estén solas y se pongan tristes les envía nuevas hermanas, de manera que la que muera no esté sola, y se vea perpetuada en otras.

Yo también, siendo el primero en golpear, en golpear cien, mil veces contra las fortalezas duras de los duros corazones, y perpetuándome en mis sucesores -a los cuales enviaré hasta el final de los siglos-abriré en ellas hendeduras, y mi Ley entrará como un sol a dondequiera que haya criaturas.

Y si luego éstas no quieren la Luz y cierran las hendeduras que el inexhausto trabajo haya abierto, Yo y mis sucesores no tendremos culpa de ello ante los ojos del Padre nuestro. Si ese manantial se hubiera abierto otro canal al ver la dureza de la roca y hubiera goteado más allá, donde hay terreno herboso, decidme vosotros si tendríamos esa gema brillante, y los pájaros ese límpido refrigerio.

-Ni siquiera se le hubiera visto, Maestro; como mucho… un poco de hierba un poco más tupida incluso en verano habría indicado e1 sitio donde el hilo de agua goteaba; o incluso, habiéndose podrido las raíces por la continua humedad, menos hierba que en otras partes; y fanguillo; nada más; por tanto, un goteo inútil.

-Vosotros lo habéis dicho. Un inútil, al menos ocioso, goteo. Yo también, si se diera el caso de que prefiriera únicamente aquellos lugares donde los corazones están dispuestos a acogerme por justicia o simpatía, llevaría a cabo un trabajo imperfecto; porque trabajaría, sí, pero sin fatiga, es más, con mucha satisfacción del yo, con un complaciente compromiso entre el deber y el gusto.

Ya no pesa trabajar donde a uno lo rodea el amor y donde el amor hace dúctiles a las almas que uno debe labrar. Pero, si no hay fatiga, no hay mérito, y tampoco hay mucho beneficio porque pocas conquistas se hacen si uno se limita a aquellos que ya están en la justicia. No sería Yo, si no tratase de redimir -primero en orden a la Verdad, luego en orden a la Gracia-a todos los hombres.

-¿Y piensas lograrlo? ¿Qué vas a poder hacer, más de lo que has hecho ya, para convencer a tus adversarios de lo que dices? ¿Qué, si ni siquiera la resurrección del hombre de Betania ha valido para que los judíos digan que eres el Mesías de Dios?

-Me queda por hacer algo aún mayor, mucho mayor que lo hecho.
-¿Cuándo, Señor?

-Con la Luna llena de Nisán. Poned atención entonces.
-¿Habrá una señal en el cielo? Se dice que cuando naciste el cielo habló con luces, cantos y estrellas extraños.

-Es verdad. Para decir que la Luz había venido al mundo. En Nisán habrá señales en el cielo y en la tierra. Parecerá el fin del mundo a causa de las tinieblas, el temblor y el bramido de rayos y terremotos, en el firmamento y en las entrañas abiertas de la Tierra. Pero no será el final; antes al contrario, será el principio.

Cuando vine, el Cielo dio a luz para los hombres al Salvador, y, por ser acto de Dios, la paz fue compañera del acontecimiento. En Nisán será la Tierra la que, con voluntad propia, dará a luz para sí al Redentor, y, por ser acto de hombres, la paz no será su compañera, sino que lo que habrá será una horrenda convulsión. Y entre el horror del momento de este mundo y del infierno, la Tierra abrirá su seno bajo las saetas encendidas con el fuego de la ira divina, y expresará a gritos su voluntad, demasiado ebria como para conocer su alcance, demasiado endemoniada como para evitarla.

Cual desquiciada parturienta, creerá estar destruyendo el fruto considerado maldito, y no comprenderá que, al contrario, lo estará elevando a lugares en que jamás será alcanzado por dolor ni asechanza algunos. El árbol, el nuevo árbol, desde entonces extenderá sus ramas por toda la Tierra, durante todos los siglos, y el que ahora os habla será reconocido, con amor u odio, como verdadero Hijo de Dios y Mesías del Señor. Y ¡ay de aquellos que lo reconozcan sin querer confesarlo y sin convertirse a Él!

-¿Dónde sucederá esto, Señor?
-En Jerusalén. Ciertamente es la ciudad del Señor.
-Entonces nosotros no estaremos presentes porque en Nisán la Pascua nos retiene aquí. Somos fieles a nuestro Templo.
-Mejor sería que fuerais fieles al Templo vivo que no está ni en el Moria ni en el Garizim, sino que, siendo divino, es universal. Pero sé esperar vuestra hora, la hora en que amaréis a Dios y a su Mesías en espíritu y verdad.

-Nosotros creemos que Tú eres el Cristo. Por eso te amamos.
-Amar es dejar el pasado para entrar en mi presente. No me amáis todavía con perfección.
Los samaritanos se miran de refilón y callan. Luego uno dice:

-Por ti, por ir donde ti, lo haríamos. Pero no podemos, aunque quisiéramos, entrar donde están los judíos. Tú esto lo sabes. Los judíos no nos aceptan…

-Ni vosotros a ellos. Pero estad tranquilos, que dentro de poco ya no habrá dos regiones, ni dos Templos, ni dos modos de pensar opuestos. Habrá un único pueblo, un único Templo, una única fe para todos los que deseen la Verdad. Ahora os dejo. Los niños ya están consolados y distraídos, y para mí es largo el camino de regreso a Efraím para llegar antes de que desciendan las tinieblas.

No os intranquilicéis. Vuestros gestos podrían llamar la atención de los pequeños, y no conviene que se den cuenta de que me marcho. Seguid vuestro camino. Yo voy a estar aquí. Que el Señor os guíe por los senderos de la Tierra y por los senderos de su Camino. Idos.

Jesús se acerca al monte y deja que se alejen. Lo último que se percibe, de la caravana que vuelve a Siquem, es la alegre risa de un niño, una risa que se propaga por los silencios del camino montano.

557- Llegan de Siquem los parientes de los tres niños arrebatados a los bandoleros

Jesús se encuentra solo en la islita que está en medio del torrente. En la orilla, pasado el torrente, juegan los tres niños y bisbisean en voz baja como para no turbar la meditación de Jesús. De vez en cuando, el más pequeño da un gritito de alegría al descubrir una piedrecita de bonito color o una tierna flor; los otros le hacen callar diciendo:

-¡Calla! Jesús está rezando… -y prosigue el bisbiseo mientras las manitas moruchas construyen con la arena pequeños cubos y conos que, en la imaginación infantil, serían casas y montañas.

Arriba el Sol resplandece, hinchando cada vez más las yemas en los árboles y abriendo capullos en los prados. El chopo tiembla con sus hojas verdegrises, y los pájaros, engarbados, regatean, con quiebros de amor o de rivalidad que terminan unas veces en canto, otras en chillido de dolor.

Jesús ora. Sentado en la hierba, amparado por una mata de juncos que hay entre Él y el sendero de la orilla, está absorto en su oración mental. En algunas ocasiones alza los ojos para observar a los pequeños que juegan en la hierba, luego los baja de nuevo y se recoge otra vez en sus pensamientos.

Veloces pasos entre las plantas de la orilla y la irrupción de Juan en la islita ponen en fuga a los pájaros, que alzan velocísimos el vuelo desde la cima del chopo, poniendo fin así a su carrusel con un chirrido producido por el miedo.

Juan no ve inmediatamente a Jesús, tapado por los juncos; un poco desorientado, grita:
-¿Dónde estás, Maestro?

Jesús se pone en pie mientras los tres niños gritan desde la orilla opuesta:

-¡Allí está! ¡Detrás de las hierbas altas!
Pero Juan ha visto ya a Jesús y va donde Él. Dice:

-Maestro, han venido los parientes, los parientes de los niños. Y con muchos de Siquem. Han ido donde Malaquías, y Malaquías los ha llevado a la casa. Yo he venido a buscarte.

-¿Judas dónde está?

-No lo sé, Maestro. Ha salido nada más llegar Tú aquí, y no ha vuelto. Estará por la ciudad. ¿Quieres que lo busque?

-No, no hace falta. Quédate aquí con los niños. Quiero hablar antes con los parientes.

-Como quieras, Maestro.
Jesús se marcha. Juan va donde los niños y se pone a ayudarlos en la gran empresa de hacer un puente sobre un imaginario río hecho con largas hojas de caña puestas en el suelo simulando el agua…

Jesús entra en la casa de María de Jacob, que está en la puerta esperándolo y que le dice:

-Han subido a la terraza. Los he llevado allí para ofrecerles descanso. Pero, ahí viene Judas deprisa, viene del pueblo. Voy a esperarlo y luego preparo un refrigerio a los peregrinos, que están muy cansados.

También Jesús espera a Judas en la entrada, un poco oscura respecto a la luz exterior. Judas no ve inmediatamente a Jesús y, al entrar, dice altaneramente a la mujer: -¿Dónde están los de Siquem? ¿Es que ya se han marchado? ¿Y el Maestro? ¿Nadie lo llama? Juan…

Ve a Jesús y cambia de tono diciendo:
-¡Maestro! Cuando lo he sabido de pura casualidad, he venido corriendo… ¿Estabas ya en casa?
-Estaba Juan, y me ha buscado.

-Yo… yo también habría estado, pero en la fuente me invitaron algunos a explicarles algunas cosas…
Jesús no responde nada. No abre la boca, si no es para saludar a los que lo están esperando, sentados parte en los muretes de la terraza y parte en la habitación que da a ella, los cuales, en cuanto lo han visto, se han levantado respetuosos.

Jesús, después del saludo colectivo, saluda a algunos por el nombre, con el estupor contento de éstos, que dicen:
-¿Te acuerdas todavía de nuestros nombres?
Deben de ser los habitantes de Siquem.
Y Jesús responde:

-De vuestros nombres, de vuestras caras y de vuestras almas. ¿Habéis acompañado a los parientes de los niños?
-¿Son ésos?

-Son ésos. Han venido a recogerlos y nos hemos unido a ellos para agradecerte tu piedad para con esos hijitos de mujer samaritana.

-¡Sólo Tú sabes hacer estas cosas!… Tú eres siempre el Santo que hace solamente obras santas. Nosotros también te hemos recordado siempre. Y ahora, sabiendo que estabas aquí, hemos venido. Para verte y decirte que te agradecemos el que nos hayas elegido como refugio tuyo y el que nos hayas amado en los hijos de nuestra sangre.
Pero escucha a los parientes.

Jesús, seguido por Judas, se dirige a ellos y los saluda nuevamente, invitándolos a hablar.

-Nosotros -no sé si lo sabes-somos los hermanos de la madre de los niños. Y estábamos muy enojados con ella porque, estúpidamente y contra nuestro consejo, quiso esa boda infeliz. Nuestro padre fue débil respecto a la única hija de entre su numerosa prole; tanto que también nos enojamos con él, y, durante años, entre nosotros hubo silencio y separación.

Luego, sabiendo que la mano de Dios pesaba sobre la mujer y que en su casa había miseria -porque una unión impura no tiene la defensa de la bendición divina-tomamos con nosotros de nuevo, en nuestra casa, a nuestro anciano padre, para que no tuviera otro dolor aparte de la miseria en que se consumía la mujer.

Luego ella murió. Lo supimos. Tú habías pasado hacía poco tiempo y se hablaba de ti entre nosotros… Y nosotros, venciendo el enojo, ofrecimos al hombre, a través de éste y éste (dos de Siquem), tomar con nosotros a los niños. Eran mitad sangre nuestra. Dijo que prefería muertos a todos de mala muerte, antes que vivieran por nuestro pan.

¡No tuvimos ni a los niños ni, ni siquiera, el cuerpo de nuestra hermana, para que recibiera sepultura según nuestros ritos! Y entonces le juramos odio, a él y a su sangre. Y el odio cayó sobre él como una maldición, tanto que de libre lo hizo siervo, y de siervo… un muerto que acabó sus días como un chacal en un maloliente cuchitril.

Nunca lo habríamos sabido, porque hacía mucho que todo había muerto entre nosotros. Y cuando hace ocho noches vimos aparecer en nuestro patio a esos bandoleros, mucho temimos; sólo eso. Y luego, al saber por qué habían aparecido, el enojo -no el dolor-nos mordió como un veneno, y nos apresuramos a despedir a los bandidos ofreciéndoles una buena recompensa para tenerlos como amigos, y nos quedamos asombrados al oírles que ya se habían cobrado y que no querían más.

Judas rompe al improviso el silencio atento de todos con una irónica carcajada, y grita:

-¡Su conversión! ¡Verdaderamente total!

Jesús lo mira con severidad; los demás, con asombro. El que estaba hablando prosigue:

-¡Y qué más podías pretender de ellos? ¿No es ya mucho haber ido guiando al zagal y desafiando peligros, sin pretender la merced? Desgraciada vida requiere desgraciada costumbre.

Seguro que no fue abundante el botín que sacaron de ese necio muerto como un vagabundo. No fue abundante. Y apenas suficiente para quienes deben suspender sus rapiñas durante diez días al menos. Tanto nos asombró su honestidad, tanto, que les preguntamos que qué voz les había hablado inculcando esta piedad.

Y así supimos que un rabí les había hablado… ¡Un rabí!

Sólo Tú. Porque ningún otro rabí de Israel podría hacer lo que Tú has hecho. Una vez que se marcharon, preguntamos mejor al amedrentado zagal y supimos con más exactitud las cosas. En un principio sabíamos sólo que el marido de nuestra hermana se había muerto y que los niños estaban en Efraím con un justo; y luego, que este justo, que era rabí, había hablado con ellos.

Inmediatamente pensamos que eras Tú. Llegados a Siquem al rayar el alba, nos asesoramos con éstos, porque todavía no estábamos decididos respecto a hacernos cargo de los niños o no. Pero éstos nos dijeron: "¡Cómo! ¿Y vais a hacer que el amor del Rabí de Nazaret por esos niños haya sido inútil?

Porque seguro que es Él, no lo dudéis. Es más, vamos todos donde Él porque su benignidad para con los hijos de Samaria es grande". Y, dejando arregladas nuestras cosas, hemos venido. ¿Dónde están los niños? -Junto al torrente. Judas, ve a decirles que vengan.
Judas va.

-Maestro, es un duro encuentro para nosotros. Esos niños nos recuerdan todas nuestras angustias. Todavía dudamos si hacernos cargo de ellos. Son hijos del más fiero enemigo que jamás tuvimos en el mundo…

-Son hijos de Dios. Son inocentes. La muerte anula el pasado y la expiación obtiene perdón, por parte de Dios también. ¿Queréis ser más severos que Dios?, ¿más crueles que los bandidos?, ¿más obstinados que ellos? Los bandidos querían matar al zagal y quedarse con los niños: matar al zagal, por precavida defensa; quedarse con los niños, por compasión humana hacia los indefensos. El Rabí habló y ellos no mataron, y condescendieron incluso en guiar hasta vosotros al zagal. ¿Voy a tener que conocer la derrota con corazones rectos, habiendo derrotado al delito?…

-Es que… somos cuatro hermanos y ya hay treinta y siete niños en nuestra casa…

-¿Y donde encuentran alimento treinta y siete gorrioncillos, porque el Padre de los Cielos les procura el grano, no van a encontrarlo cuarenta? ¿0 es que el poder del Padre no va a procurar el alimento a otros tres, es más: a cuatro, hijos suyos? ¿Tiene un límite esta divina Providencia? ¿Va a zozobrar el Infinito por hacer más fecundos vuestras semillas, árboles y ovejas, para que sean siempre suficientes el pan, el aceite, el vino, la lana y la carne para vuestros hijos y otros cuatro pobres niños que se han quedado solos?

-¡Son tres, Maestro!

Son cuatro. También es huérfano el zagal. ¿Podríais, si se os apareciera Dios aquí, sostener que vuestro pan está tan justo, que no se podría dar de comer a un huérfano? La piedad hacia el huérfano está prescrita en el Pentateuco…

-No podríamos sostenerlo, Señor. Es verdad. No vamos a ser inferiores a los bandidos. Daremos pan, ropa y alojamiento también al zagal. Por amor a ti.

-Por amor. Por todo el amor. A Dios, a su Mesías, a vuestra hermana, a vuestro prójimo. ¡Estos son el obsequio y perdón que habéis de dar a vuestra sangre! No un frío sepulcro para sus cenizas. Perdón y paz.

Paz para el espíritu del hombre que pecó. Pero no seria sino un falso perdón, sólo externo; y no significaría en absoluto paz para el espíritu de la difunta que es hermana vuestra y madre de los niños, si a la justa expiación de Dios se uniera, dando penoso tormento, el conocimiento de que sus hijos siendo inocentes, expían su pecado. La misericordia de Dios es infinita. Pero unida a ella la vuestra para dar paz a la difunta.

-¡Lo haremos! ¡Lo haremos! Ante nadie se habría doblegado nuestro corazón, pero ante ti sí, Rabí, que has pasado un día entre nosotros sembrando una semilla que no ha muerto ni morirá.

-¡Amén! ¡Ahí están los niños …» Jesús los señala -se dirigen hacia la casa-indicando el ribazo del torrente. Los llama.

Y ellos sueltan las manos de los apóstoles y van corriendo y gritando:
-¡Jesús! ¡Jesús!

Entran, suben la escalera, están ya en la terraza… se detienen, atemorizados, ante tantos extraños que los miran.

-Ven, Rubén, y tú, Eliseo, y tú, Isaac. Éstos son los hermanos de vuestra mamá, y han venido por vosotros para uniros a sus hijos. ¿Veis qué bueno es el Señor? Igual que la paloma aquella de María de Jacob que vimos que anteayer daba de comer a una cría no suya sino de su hermano muerto. Él os recoge y os da a éstos para que os cuiden y ya no seáis huérfanos. ¡Ánimo, saludad a vuestros parientes!

-El Señor esté con vosotros, señores -dice tímidamente el mayor, mirando al suelo. Y los dos más pequeños hacen coro.

-Éste es muy parecido a su madre, y también éste; éste, sin embargo (el mayor), es igual que su padre -observa uno de los parientes.

-Amigo mío, no creo que seas tan injusto, que hagas diferencias de amor por una semejanza de cara -dice Jesús.
-¿No! Eso no. Observaba… y pensaba… No quisiera que tuviera del padre también el corazón.

-Es un niño tierno todavía. En sus palabras sencillas se transparenta un amor por su madre bastante más vivo que cualquier otro amor.

-Pero los mantenía mejor de lo que creíamos. Están vestidos y calzados con decoro. Quizás había hecho fortuna…

-Yo y mis hermanos tenemos la ropa nueva porque Jesús nos ha vestido. No teníamos ni sandalias ni manto. En todo estábamos como el pastor -dice el segundo, que es menos tímido que el primero.

-Te compensaremos todo, Maestro-responde uno de los parientes, y añade: -Joaquín de Siquem tenía las dádivas de la ciudad. Pero añadiremos más dinero todavía…
-No. No quiero dinero. Quiero una promesa. Vuestra promesa de amor a estos que he arrebatado a los bandoleros. Las ofrendas… Malaquías, tómalas para los pobres que tú conoces, y cuenta entre ellos a María de Jacob, porque bien pobre es su casa.

-Como quieras. Si son buenos, los querremos.
-Lo seremos, señor. Sabemos que hay que serlo para volvernos a encontrar con nuestra mamá y remontar el río hasta el seno de Abraham, y no soltar el hilo de nuestra barca de las manos de Dios para que no nos arrastre la corriente del demonio ­dice Rubén todo de corrido.
-Pero, ¿qué dice el niño?

-Una parábola que me han oído a mí. La dije para consolar su corazón y darles a sus espíritus una guía. Y los niños la han guardado en su memoria y la aplican en todas sus acciones. Familiarizaos con ellos mientras hablo a estos de Siquem…

-Maestro, una cosa todavía. Lo que nos asombró en los bandidos fue el ruego de que dijéramos al Rabí que tenía consigo a los niños que los perdonara si se habían tomado mucho tiempo para ir; que se considerara que a ellos no les estaban abiertos todos los caminos y que la presencia de un niño en su grupo había impedido largas marchas por las angosturas escabrosas».

-¿Has oído, Judas? -dice Jesús a Judas Iscariote, que no replica.

Luego Jesús se aísla con los de Siquem, que le arrebatan la promesa de una visita, aunque sea breve, antes del ardor del verano. Y, entretanto, le cuentan a Jesús cosas de la ciudad, y cómo se acuerdan de Él los que fueron curados en el alma o en el cuerpo.

Mientras, Judas y Juan se dedican a estrechar los vínculos entre los niños y sus familiares…

556- Otro sábado en Efraím. Intolerancias de Judas Iscariote. Palabras a los samaritanossobre el tiempo nuevo

Debe ser otro sábado porque los apóstoles están de nuevo reunidos en la casa de María de Jacob.

Los niños siguen con ellos, al lado de Jesús, junto al hogar. Y es esto precisamente lo que hace decir a Judas Iscariote:

-Ya de momento ha pasado una semana, y los parientes no han venido -y se ríe, meneando la cabeza.
Jesús no le responde. Acaricia al segundogénito.

Judas pregunta a Pedro y a Santiago de Alfeo:

-¿Y decís que habéis recorrido los dos caminos que llevan a Siquem?
-Sí, pero ha sido una cosa inútil, si se considera bien. Está claro que los bandidos no pasan por los caminos asiduamente transitados, especialmente ahora que las patrullas romanas los recorren continuamente -responde Santiago de Alfeo.

-¿Y entonces por qué habéis ido por esos caminos? -acucia Judas Iscariote.
-¡Pues ya ves!… Para nosotros ir acá o allá es igual. Así que, hemos ido por ésos.
-¿Y nadie ha sabido daros razón?
-No hemos preguntado nada.

-¿Y cómo querías saber, entonces, si habían pasado o no? ¿Acaso llevan enseñas, o dejan rastros las personas cuando van por un camino? No creo. Si así fuera, al menos los amigos ya nos habrían encontrado. Sin embargo, desde que estamos aquí, nadie ha venido -y se ríe con sarcasmo.

-Nosotros no sabemos el motivo por el que nadie haya venido. El Maestro sabe, nosotros no sabemos. Las personas -no dejando rastro de su paso los que, como nosotros, se retiran a un lugar ignorado por la gente-no pueden venir, si no se les revela el lugar del refugio. Ahora bien, nosotros no sabemos si nuestro hermano ha dicho esto a los amigos -dice pacientemente Judas de Alfeo.

-¿Y pretendes creer, y hacer creer, que no se lo ha dicho al menos a Lázaro y a Nique?

Jesús no habla. Toma a un niño de la mano y sale…
-No pretendo creer nada. Pero, aunque fuera como dices, todavía no puedes juzgar, y ninguno de nosotros puede, los motivos de la ausencia de los amigos…

-¡Son fáciles de entender estos motivos! Ninguno quiere problemas con el Sanedrín, y mucho menos los que tienen riquezas y poder. ¡Nada más que eso! Nosotros somos los únicos que sabemos meternos en los peligros.

-¡Sé justo, Judas! El Maestro no nos ha forzado a ninguno a estar con Él. ¿Por qué te has quedado si te asusta el Sanedrín?

Es Santiago de Alfeo el que le hace esta observación.

-Y, si quieres, en cualquier momento te puedes marchar. No estás encadenado… -interrumpe el otro Santiago, hijo de Zebedeo.
-¡Eso sí que no! ¡De ninguna manera! Aquí estamos y aquí nos quedamos. Todos. El que hubiera querido se hubiera debido marchar antes. Ahora no. Me opongo yo, si no se opone el Maestro -dice, lenta pero tajantemente, Pedro, dando un puñetazo en la mesa.

-¿Y por qué? ¿Quién eres tú para mandar en lugar del Maestro? -le pregunta con violencia Judas Iscariote.

-Un hombre que razona no como Dios, como hace Él, sino como hombre.

-¿Tienes sospechas de mí? ¿Me crees un traidor? -dice Judas intranquilo.

-Tú lo has dicho. No es que piense que lo seas voluntariamente. Pero, ¡eres tan… irreflexivo, Judas, y tan voluble! Y tienes demasiados amigos. Y te gusta demasiado sobresalir, en todo. Tú, no, no sabrías guardar silencio. O para rebatir a algún malintencionado, o por mostrar que eres el Apóstol, hablarías. Por tanto, aquí estás y aquí te quedas; así, ni perjudicas a nadie ni te creas remordimientos.

-Dios no constriñe la libertad del hombre ¿y pretendes hacerlo tú?
-Pretendo hacerlo. Pero, oye, dime: ¿acaso te llueve en la cabeza?, ¿te falta el pan?, ¿te sienta mal este aire?, ¿te ofende la gente? Ninguna de estas cosas. La casa es sólida, aunque no sea rica; el aire es bueno; comida no te ha faltado nunca; la gente te tributa cortesía. Y entonces ¿por qué estás tan inquieto, como si estuvieras en una galera?

-"Dos pueblos no puede soportar mi alma, y el tercero, al que aborrezco, no es ni siquiera un pueblo: los del monte Seír, los filisteos y el pueblo necio que habita en Siquem". Te respondo con las palabras del Sabio (Eclesiástico 50, 25-26). Y con razón pienso así. ¡Tú observa si estos pueblos nos estiman!

-¡Mmm! La verdad es que no me parece que los otros, el tuyo y el mío, sean mucho mejores. Nos hemos llevado pedradas en Judea y en Galilea, en Judea todavía más que en Galilea, y en el Templo de Judea más que en ningún otro lugar. A mí no me parece que hayamos sido maltratados ni en tierras de filisteos ni aquí ni en otros lugares…

-¿Dónde, en otros lugares? No hemos ido a otros lugares, por suerte. Pero, aunque hubiera habido que ir a otros lugares, no habría ido, y en el futuro no iré. No quiero contaminarme más.

-¿Contaminarte? No es eso lo que te afecta, Judas de Simón. No quieres enemistarte con los del Templo. Eso te duele ­dice con serenidad Simón Zelote, que se ha quedado en la cocina con Pedro, Santiago de Alfeo y Felipe. Los otros se han marchado uno tras otro con los dos niños, y han ido donde el Maestro: una fuga meritoria porque ha sido por no faltar a la caridad.

-No. No es por eso. Es porque no me gusta perder mi tiempo y ofrecer la sabiduría a los necios. ¡Fíjate! ¿De qué ha servido tomar con nosotros a Hermasteo? Se marchó y no ha vuelto. José dice que se separó de él diciendo que volvería para la Fiesta de las Tiendas. ¿Tú lo has visto? Es un renegado…

-No sé por qué no ha vuelto, ni juzgo. Pero te pregunto: ¿acaso es el único que ha abandonado al Maestro; es más, que se ha hecho enemigo suyo? ¿No hay renegados entre nosotros, judíos, y entre los galileos? ¿Puedes sostenerlo?

-No. Es verdad. Pero… bueno, yo me siento incómodo aquí. ¡Si se supiera que estamos aquí! ¡Si se supiera que tratamos con los samaritanos hasta el punto de entrar en sus sinagogas en sábado! Él quiere hacerlo… ¡Ay si se supiera! La acusación estaría justificada…

-Y el Maestro, condenado. Quieres decir esto. Pero si ya lo está. Lo está antes de que se sepa. Es más, ha sido condenado tras haber resucitado a un judío en Judea. Se le odia y se le tacha de samaritano y amigo de publicanos y meretrices. Desde siempre condenado. ¡Y tú esto lo sabes mejor que ningún otro!

-¿Qué quieres decir, Natanael? ¿Qué quieres decir? ¿Qué tengo que ver yo con esto? ¿Qué puedo saber más que vosotros?

Está agitadísimo.

-¡Pero muchacho, si tienes el aspecto de una rata rodeada de enemigos! Y tú no eres una rata, ni nosotros estamos aquí armados con bastones para capturarte y matarte. ¿Por qué te turbas tanto? Si tu conciencia está en paz, ¿por qué te inquietas por palabras inocentes? ¿Qué ha dicho Bartolmái como para agitarte de ese modo? ¿No es, acaso, verdad que nadie mejor que nosotros, sus apóstoles, que dormimos próximos a Él y con Él vivimos, puede saber y testificar que no estima al hombre samaritano, al hombre publicano, al hombre pecador, a la mujer meretriz, sino a sus almas, y que solamente de estas se preocupa, y que solamente por sus almas y sólo el Altísimo sabrá cuán grande será el esfuerzo del Purísimo para acercarse a que nosotros, hombres y pecadores, llamamos "inmundicia"-va con samaritanos, publicanos y meretrices? ¡Muchacho, no entiendes ni conoces todavía a Jesús! Tú menos que los mismos samaritanos, filisteos, fenicios y todos los que tú quieras -dice Pedro con tristeza en las últimas palabras.

Judas se calla, y también los otros.

Vuelve la anciana y dice:

-Están en el camino los de la ciudad. Dicen que es la hora de la oración del sábado y que el Maestro había prometido hablar…
-Voy a decirlo, mujer. Tú di a los de Efraím que ahora vamos -le responde Pedro, y sale al huerto para avisar a Jesús.

-¿Tú qué haces? ¿Vienes? Si no quieres venir, vete, márchate antes de que tu postura de rechazo lo aflija -dice el Zelote a Judas.

-Voy con vosotros. ¡Aquí no se puede hablar! Parece como si yo fuera el mayor de los pecadores. Todas mis palabras se malentienden.

Jesús, volviendo a la cocina, impide cualquier otra palabra.

Salen al camino y se unen a los de Efraím. Entran con ellos en la ciudad. No se detienen hasta llegar frente a la sinagoga, ante cuya puerta está Malaquías, que saluda e invita a entrar.

No aprecio diferencia alguna entre el lugar de oración samaritano y los que he visto en otras regiones: las mismas lámparas; los mismos ambones o estantes, y encima de ellos los volúmenes enrollados; el sitio del arquisinagogo o de quien enseñe en vez de él. Si acaso, aquí hay muchos menos rollos que en otras sinagogas.

-Hemos hecho ya nuestras oraciones mientras te esperábamos. Sí quieres hablar… ¿Qué volumen pides, Maestro?

-No necesito ninguno. Además, no tendrías lo que quiero explicar (Esdras 3. Los samaritanos no admitían otros libros de la Sagrada Escritura aparte de los cinco de Moisés, llamados Pentateuco: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio) ­responde Jesús, y luego se vuelve hacia la gente y empieza su discurso:

-Cuando Ciro, rey de los persas, repatrió a los hebreos para que reedificaran el Templo de Salomón, destruido hacía cinco decenios, fue reconstruido el altar sobre sus bases, y en éste ardió el holocausto diario mañana y noche, y el extraordinario del primer día de cada mes y de las solemnidades consagradas al Señor o los holocaustos de las ofrendas individuales.

Después, tras la primicia indispensable e inderogable del culto, pusieron manos a la obra, en el segundo año del regreso, en lo que se podría llamar el marco del culto, la exterioridad de él, cosa no culpable porque, en todo caso, estaba hecha para honrar al Eterno, pero no indispensable.

Porque el culto a Dios es amor a Dios, y el amor se siente y consuma con el corazón, no, ciertamente, con las piedras escuadradas y las maderas preciosas, el oro y los perfumes. Todo esto es exterioridad, orientada más a satisfacer el propio orgullo nacional o ciudadano que no a honrar al Señor.

Dios quiere un Templo de espíritu. No se contenta con un Templo de muros y mármoles vacío de espíritus llenos de amor. En verdad os digo que el templo del corazón limpio y amoroso es el único que Dios estima, el único en que establece su morada con sus luces; y que las disputas que mantienen divididas las regiones y las ciudades acerca de las bellezas de éste o aquel lugar de oración son estúpidas.

¿Para qué, rivalizar en riqueza y adornos de las casas donde se invoca a Dios?

¿Puede, acaso, lo finito satisfacer cumplidamente al Infinito, aunque fuera algo finito diez veces más hermoso que el Templo de Salomón y que todos los palacios juntos? Dios, el Infinito que no puede ser contenido por ningún espacio, que no puede ser honorado por suntuosidad material alguna, halla en el corazón del hombre el único lugar digno de honrarlo como corresponde, y puede -es más, quiere-ser contenido por el corazón del hombre; porque el espíritu del justo es un templo sobre el cual aletea, entre los perfumes de amor, el Espíritu de Dios, y pronto será un templo en el que el Espíritu haga auténtica morada, Uno y Trino como es en el Cielo.

Y está escrito que, en cuanto los obreros hubieron echado los cimientos del Templo, fueron los sacerdotes con sus ornamentos y las trompetas, y los levitas con los címbalos, según las ordenanzas de David, y cantaron que "a Dios ha de alabársele porque es bueno y eterna es su misericordia". Y el pueblo exultaba. Pero muchos sacerdotes, jefes, levitas y ancianos lloraban con grandes gemidos pensando en el Templo que fue.

Pero no se podían distinguir las voces de llanto de las de júbilo, pues eran muy confusas. Y también se lee que hubo pueblos vecinos que molestaron a los que edificaban el Templo, para vengarse de que los constructores los hubieran rechazado cuando se habían ofrecido a edificar con ellos, porque ellos también buscaban al Dios de Israel, al Dios único y verdadero. Y estas perturbaciones interrumpieron la marcha de las obras hasta que no plugo a Dios hacerlas proseguir.
Esto se lee en el libro de Esdras.

¿Cuántas y cuáles lecciones aporta el fragmento que he referido? Estas, además de la ya citada, acerca de la necesidad de que el culto sea sentido por el corazón, y no hacerlo profesar a piedras, maderas, vestiduras, címbalos y cantos de donde el espíritu está ausente. Que la falta de amor recíproco es siempre causa de retraso y perturbación, aunque se trate de una finalidad buena de por sí.

Dios no está donde no hay caridad. Es inútil buscar a Dios si antes uno no se coloca en la condición de poder encontrarlo. Dios se halla en la caridad. Aquel o aquellos que se establecen en la caridad encuentran a Dios, sin tener ni siquiera que llevar a cabo una penosa búsqueda. Y quien tiene consigo a Dios, tiene ya consigo el éxito en todas sus empresas.

En el salmo que brotó del corazón de un sabio (Salmo 127,1-2), después de la meditación en los penosos hechos que acompañaron a la reconstrucción del Templo y las murallas, está escrito: "Si el Señor no edifica la casa, en vano se fatigan en ella los constructores; si el Señor no custodia la ciudad y la protege, en vano la custodian los defensores".

Ahora bien, ¿cómo podrá edificar Dios la casa, si sabe que sus moradores no lo tienen en su corazón porque no aman a sus vecinos? ¿Y cómo protegerá a las ciudades y dará fuerza a los defensores, si no puede estar en ellas, pues que con el odio que profesan a sus vecinos están privadas de Él?

¡Oh, pueblos, ¿ha producido algo el estar divididos por barreras de odio?! ¿Os ha hecho más grandes, más ricos, más felices? Jamás es productivo el odio, ni el rencor; jamás es fuerte quien está solo; jamás es amado quien no ama.

Y no vale, como dice el salmo, levantarse antes del alba para ser grandes, ricos y felices. Tome cada uno el descanso como alivio del dolor de la vida, porque el sueño es don de Dios de la misma forma que lo es la luz y todas las cosas de que el hombre goza; tome cada uno su descanso, pero tenga en el sueño y en la vigilia como compañera la caridad, y sus obras prosperarán, y prosperarán su familia y sus intereses y sobre todo, prosperará su espíritu y conquistará la regia corona de los hijos del Altísimo y herederos de su Reino.

Se ha dicho que, mientras el pueblo elevaba gritos de júbilo, algunos lloraban con fuertes gemidos porque recordaban y añoraban el pasado; pero no se podían distinguir las diferentes voces en medio del tumulto de los gritos.

¡Hijos de Samaria! ¡Y vosotros, apóstoles míos, hijos de Judea y Galilea! Hoy también hay quien exulta y quien llora mientras el nuevo Templo de Dios se eleva sobre cimientos eternos. También ahora hay quien obstaculiza las obras y quien busca a Dios donde Dios no está. También ahora hay quien quiere edificar según el orden de Ciro y no según el de Dios, es decir, según el orden del mundo y no según las voces del espíritu.

Y también ahora hay quien llora con necia y humana añoranza un pasado inferior, un pasado que no fue bueno ni sabio, hasta el punto de provocar la indignación de Dios.

También ahora tenemos todas estas cosas, como si siempre estuviéramos en la nebulosidad de los tiempos remotos y no en la luz del tiempo de la Luz.

Abrid vuestro corazón a la Luz, llenaos de Luz para ver al menos vosotros, a quienes Yo-Luz hablo. Es el tiempo nuevo. Todo se reedifica en él.

Mas ¡ay de aquellos que no quieran entrar y obstaculicen a los que edifican el Templo de la nueva fe, del que Yo soy Piedra angular y al cual entregaré la totalidad de mí mismo para hacer de argamasa para las piedras, y así el edificio se alce santo y fuerte, admirable en los siglos, vasto como la Tierra, a la que cubrirá entera con su luz! Digo luz, no sombra, porque mi Templo será de espíritus y no de materias opacas.

Piedra para él, Yo con mi Espíritu eterno; piedras, todos aquellos que sigan mi palabra y la nueva fe, piedras incorpóreas, encendidas, santas. Y la luz se extenderá sobre la Tierra, la luz del nuevo Templo, y cubrirá a ésta de sabiduría y santidad. Afuera quedarán sólo aquellos que con impuro llanto lloren y añoren el pasado porque les era fuente de ganancias y honores sólo humanos.

¡Abríos al tiempo y al Templo nuevos, oh hombres de Samaria! En ellos todo es nuevo, y las antiguas separaciones y fronteras en lo material, en el pensamiento y en el espíritu, ya no existen. Cantad, porque está para terminar vuestro exilio de la ciudad de Dios. ¿O acaso gozáis sintiéndoos como desterrados, como leprosos para los otros de Israel? ¿Es que, acaso, gozáis sintiéndoos como personas expulsadas del seno de Dios? Porque vosotros sentís esto, vuestras almas lo sienten, vuestras pobres almas oprimidas en estos cuerpos vuestros, y sobre las cuales permitís que domine vuestro pensamiento arrogante, que no quiere decir a otros hombres:

"Nos hemos equivocado, pero, como ovejas descarriadas, volvemos al Redil". Ya está mal el que no queráis manifestárselo a otros hombres, pero, al menos, acceded a decírselo a Dios. Aunque ahoguéis el grito de vuestra alma, Dios oye el gemido de ella, que se siente infeliz de estar exiliada de la casa del Padre universal y santísimo.
Escuchad las palabras del salmo gradual (Salmo 122; más abajo se alude al Salmo 126. Los salmos graduales (120-134), o cantos de las ascensiones, eran cantados por los peregrinos que iban a Jerusalén para subir al Templo).

Ciertamente sois vosotros peregrinos que desde hace siglos vais hacia la alta ciudad, hacia la verdadera Jerusalén, la celeste. De allí, del Cielo, vuestras almas descendieron para animar una carne, y es al Cielo adonde anhelan regresar. ¿Por qué queréis sacrificar vuestras almas, exheredarlas Reino? ¿Qué culpa tienen ellas de haber descendido a cuerpos concebidos en Samaria? Vienen de un único Padre y tienen el mismo Creador que tienen las almas de Judea y Galilea, de Fenicia y la Decápolis.

Dios es el fin de todo espíritu. Todo espíritu tiende a este Dios, aun cuando idolatrías de todo tipo, o herejías funestas, cismas, o falta de fe lo mantengan en una ignorancia del Dios verdadero, ignorancia que sería absoluta si el alma no tuviera, incancelable en ella, un embrional recuerdo de la Verdad y una anhelo de ella. ¡Oh, haced crecer este recuerdo y anhelo! Abrid las puertas a vuestra alma ¡Que la Luz entre, que entre la Vida, y la Verdad!

¡Que quede abierto el Camino! Que todo entre a chorros luminosos y vitales, como los rayos del Sol y las olas y los vientos de los equinoccios, para hacer desarrollarse del embrión el árbol que se yergue y se acerca cada vez más a su Señor.

¡Salid del exilio! Cantad conmigo: "Cuando el Señor hace volver de la cautividad, el alma parece soñar por la alegría. Se llena de sonrisas nuestra boca; nuestra lengua, de júbilo. Ahora se dirá: “El Señor ha hecho cosas grandes para nosotros"'. Sí, el Señor os ha hecho cosas grandes y seréis inundados de alegría.

¡Oh, Padre mío, por ellos te ruego como por todos! ¡Haz volver, oh Señor, a estos nuestros prisioneros, a estos que, para ti y para mí, están atados con las cadenas del obstinado error! ¡Condúcelos de nuevo, oh Padre, como torrente que desemboca en el gran río, al gran mar de tu misericordia y de tu paz! Yo y los que me sirven, con lágrimas, sembramos en ellos tu verdad.

Padre, haz que en el tiempo de la gran mies podamos, todos nosotros tus siervos en la enseñanza de tu Verdad, cosechar con alegría en estos surcos que ahora parecen sólo sembrados de tríbulos y plantas venenosas, el trigo selecto de tus graneros. ¡Padre! ¡Padre! Por nuestras fatigas, lágrimas, dolores, sudores, muertes, que fueron y serán compañeros de nuestra siembra, haz que podamos ir a ti llevando, como manojos de mieses, las primicias de este pueblo, las almas renacidas a la Justicia y Verdad para tu gloria. ¡Amén!

El silencio, que impresionaba incluso (tan absoluto como era con una muchedumbre tan numerosa que llenaba la sinagoga y la plaza de delante de ésta), se ve hendido por un bisbiseo que va aumentando hasta transformarse primero en susurro, luego en ruido, luego en aclamaciones de júbilo. La gente gesticula, comenta y aclama…

¡Qué distinto es esto, respecto al epílogo de los discursos en el Templo! Malaquías dice por todos: -Sólo Tú puedes decir así la verdad, sin ofender y humillar. ¡Tú eres verdaderamente el Santo de Dios! Ora por nuestra paz. Estamos endurecidos por siglos de… creencias y por siglos de afrentas. Y debemos romper esta dura corteza nuestra. Sé indulgente.

Más que eso: amo. Tened buena voluntad y la corteza se romperá por sí sola. Venga a vosotros la Luz. Se abre paso y sale, seguido de los apóstoles.

555- Lección nocturna a Simón Pedro sobre el perdón de los pecados y sobre el dolorde los santos y de los inocentes

Jesús está solo en una pequeña habitación. Sentado en el lecho, piensa u ora. Palpita la llamita amarillenta de una lamparita de aceite colocada encima de un estante.

Debe ser de noche porque no hay ningún ruido ni en la casa ni en la calle. Lo único es el torrente, cuyo susurro parece más fuerte afuera, en medio del silencio de la noche.

Jesús levanta la cabeza y mira a la puerta. Escucha. Se levanta y va a abrir. Ve a Pedro al otro lado de la puerta.

-¿Tú? Ven. ¿Qué quieres, Simón? ¿Todavía levantado, con tanto camino como debes recorrer?

Lo ha cogido de la mano y lo ha introducido en la habitación, cerrando luego la puerta sin hacer ruido. Le indica que se siente a su lado en la orilla del lecho.

-Quería decirte, Maestro… Sí, quería decirte que… ya has visto también hoy para lo que valgo: soy capaz sólo de hacerse divertir a unos pobres niños, de consolar a una viejecita, de pacificar a dos pastores que discuten por una cordera que ha resultado tener el pecho ciego.

Soy un pobre hombre. Tan pobre, que no comprendo siquiera lo que me explicas. Pero, éste es otro asunto. Lo que quería decirte ahora era que, precisamente por esto, me dejaras aquí. No me entusiasma el ir por ahí predicando, cuando Tú no estás con nosotros; y además no sé hacerlo… Concédeme esto, Señor.

Pedro habla con calor, pero teniendo los ojos fijos sobre las toscas baldosas descantilladas del suelo.
-Mírame, Simón -ordena Jesús. Y, dado que Pedro obedece, Jesús lo mira fija y agudamente y pregunta:

-¿Y esto es todo? ¿Todo el motivo de estar en vela? ¿Todo el motivo de pedir que te deje aquí? Sé sincero, Simón. No es murmurar el decir a tu Maestro la otra parte de tu pensamiento. Hay que saber distinguir entre palabra ociosa y palabra útil. Es ociosa -y generalmente en el ocio florece el pecado-cuando se habla de los defectos ajenos con quien nada puede sobre ellos. En ese caso, es simplemente falta de caridad, aunque las cosas dichas fueran verdaderas; como es falta de caridad hacer reproches más o menos acerbos sin unir al reproche el consejo.

Y me refiero a reproches justos; los otros, son injustos y son pecado contra el prójimo. Pero cuando uno ve que su prójimo peca, y sufre por ello porque, pecando, ese prójimo suyo ofende a Dios y perjudica su alma; y siente que por sí solo no es capaz de medir la entidad del pecado ajeno, y no se siente lo suficientemente sabio como para decir palabras de conversión, y entonces se dirige a un justo, a un sabio, y le confía su preocupación, entonces no comete pecado, porque sus confidencias están dirigidas a poner fin a un escándalo y a salvar un alma. Es como uno que tuviera un pariente con una enfermedad de carácter vergonzoso. Está claro que tratará de que no lo sepa la gente, pero, en secreto, irá a decir al médico:

"Mi pariente, según yo, tiene esto y esto, pero no sé ni aconsejarlo ni curarlo. Ven tú o dime qué tengo que hacer". ¿Falta éste, acaso, contra el amor respecto a su pariente? No. Sí que faltaría si, por un mal entendido sentimiento de prudencia y amor, fingiera no darse cuenta de la enfermedad y dejara que ésta progresara y llevara a la muerte.

Un día -y no pasarán años-tú, y contigo tus compañeros, deberéis escuchar las confidencias de los corazones. No en la forma en que ahora las escucháis, como hombres; las escucharéis como sacerdotes, o sea, médicos, maestros y pastores de las almas, como Yo soy Médico, Maestro y Pastor. Deberéis escuchar y decidir y aconsejar. Vuestro juicio tendrá un valor como si Dios mismo lo hubiera pronunciado…

Pedro se suelta de Jesús, que le tenía ceñido a su lado, y, levantándose, dice: -Eso no es posible, Señor. No nos impongas nunca eso. ¿Cómo quieres que juzguemos como Dios, si no sabemos ni siquiera juzgar como hombres?

-Entonces sabréis, porque el Espíritu de Dios estará sobre
vosotros e infundirá sus luces. Sabréis juzgar, considerando las siete condiciones de los hechos que os serán planteados para recibir consejo o perdón. Escucha bien y trata de recordar. En su día, el Espíritu de Dios te recordará mis palabras. Pero tú, de todas formas, trata de recordar con tu inteligencia, porque Dios te la ha dado para que la uses sin holgazanería ni presunción espirituales, que conducen o a esperar todo de Dios o a pretender todo de Él. Cuando seas Maestro, Médico y Pastor en mi lugar y haciendo mis veces, y cuando un fiel venga a llorar sus inquietudes a tus pies, sus desazones debidas a acciones propias o ajenas, tú deberás tener siempre presente este grupo de siete preguntas.

Quién: ¿Quién ha pecado? Qué: ¿Cuál es la materia del pecado? Dónde: ¿En qué lugar? Cómo: ¿En qué circunstancias? Con qué o con quién: El instrumento o la persona que ha sido materia para el pecado. Por qué:

¿Cuáles han sido los incentivos que han creado el ambiente favorable para el pecado?
Cuándo: ¿En qué condiciones y reacciones, y si esporádicamente o por malsana costumbre?

Porque, mira, Simón, el mismo pecado puede tener infinitos matices y grados, según todas las circunstancias que lo han creado y las personas que lo han llevado a cabo. Por ejemplo… tomemos en consideración los dos pecados más extendidos: el de la concupiscencia carnal y el de la concupiscencia de las riquezas.

Una persona ha cometido pecado de lujuria, o cree haberlo cometido; porque a veces el hombre confunde el pecado con la tentación, o considera iguales el estímulo creado activamente, debido a una malsana tendencia, y los pensamientos que surgen como reflejo del sufrimiento de una enfermedad, o también porque la carne y la sangre, a veces, forman imprevistas voces que resuenan en la mente antes de que ésta tenga tiempo de ponerse en guardia para sofocarlas. Viene a ti y te dice:

"He cometido pecado de lujuria". Un sacerdote imperfecto diría: "Recaiga sobre ti la maldición". Pero tú, mi Pedro, no debes decir eso.

Porque tú eres Pedro de Jesús, eres el sucesor de la Misericordia. Entonces, antes de condenar, debes considerar y tocar dulce y prudentemente ese corazón que llora ante ti, para conocer todos los lados del pecado, o del supuesto pecado, del escrúpulo.

He dicho: dulce y prudentemente. Recordar que, además de maestro y pastor, eres médico. El médico no exacerba las heridas. Pronto para cortar si hay gangrena, sabe, de todas formas, descubrir y medicar con mano suave, si hay sólo laceraciones de partes vivas que deban ser unidas y no arrancadas.

Y recordar que, además de médico y pastor, eres maestro. Un maestro adapta sus palabras según la edad de sus discípulos. Sería un escándalo un pedagogo que a niñitos revelara leyes animales que ellos, inocentes, ignoraban, produciendo así conocimientos y malicias precoces. Igualmente en el trato de las almas hay que tener prudencia en las preguntas. Respetarse y respetar.

Te será fácil, si en toda alma ves un hijo. Un padre es por naturaleza maestro, médico y guía de sus hijos. Por tanto, quienquiera que fuere la persona que tengas delante, desasosegada por el pecado, o por el temor del pecado, ámala con paterno amor, y sabrás juzgar sin herir ni escandalizar. ¿Me estás comprendiendo?

-Sí, Maestro. Comprendo muy bien. Deberé ser cauto y paciente, convencer a destapar las heridas, pero mirar yo por mí, sin atraer miradas ajenas a esas heridas; y, sólo cuando viera que realmente hay herida, decir: "¿Ves? Aquí te has hecho daño por este motivo o por aquel otro". Pero, si veo que la persona sólo tiene miedo de estar herida por haber visto fantasmas, entonces… soplar sobre esa calígine y alejarla, sin proyectar luces, por un celo inútil, que pudieran hacer ver reales raíces de pecado.

¿Digo bien?
-Muy bien. Así pues, si uno te dice: "He cometido pecado de lujuria", tú considera a quién tienes delante. Verdad es que el pecado puede surgir a todas las edades. Pero será más fácil verlo en un adulto que no en un niño, y, por tanto, distintas serán las preguntas que habrá que hacer y las respuestas que habrá que dar si se trata de un hombre o de un niño. Consecuentemente viene, del primer sondeo, el segundo, acerca de la materia del pecado, y luego el tercero, sobre el lugar, el cuarto, sobre las circunstancias, el quinto, sobre el cómplice, el sexto, sobre el porqué, y el séptimo, sobre el tiempo y número del pecado.

Verás que, generalmente, mientras que para un adulto, que además viva en el mundo, a cada pregunta tuya te aparecerá una correspondiente circunstancia de verdadera culpa, para criaturas niñas de edad o de espíritu, a muchas preguntas deberás responderte: “Aquí hay calina, no sustancia de culpa". Es más, algunas veces verás, en vez de fango, que lo que hay es una azucena que teme haber sido salpicada de barro, y que confunde la gota de rocío que ha bajado a su cáliz con la salpicadura del lodo.

Almas tan deseosas de Cielo, que temen como mancha incluso la sombra de una nube que las adumbra un instante interponiéndose entre ellas y el Sol, pero que luego pasa sin dejar huella de sí en la cándida corola. Almas tan inocentes y deseosas de seguir siéndolo, que Satanás las asusta con tentaciones mentales o azuzando los incentivos de la carne o la carne misma, aprovechándose de verdaderas enfermedades de la carne. A estas almas hay que consolarlas y sujetarlas, porque no son, ciertamente, almas pecadoras, sino almas mártires. Recuerda esto siempre.

Y recuerda siempre juzgar también con el mismo método a quien cometió pecado de avidez de riquezas o bienes ajenos. Porque, si es culpa maldita la avidez sin necesidad ni piedad, robando al pobre y vejando contra la justicia a ciudadanos y criados o a los pueblos, menos grave, mucho menos grave, es la culpa de quien, habiéndole sido negado un pan por parte de su prójimo, lo roba para matar su hambre y la de sus hijos.

Recuerda que si, tanto para el lujurioso como para el ladrón son elementos de valoración, en el acto de juzgar, el número, las circunstancias y la gravedad de la culpa, también lo es el conocimiento que había, por parte del pecador, del pecado que ha cometido y en el momento en que lo cometía.

Porque, si uno obra con pleno conocimiento, peca más que quien obra por ignorancia. Y quien obra con libre consentimiento de la voluntad peca más que quien es forzado al pecado. En verdad te digo que a veces habrá hechos que tendrán apariencia de pecado y que serán martirio, y recibirán el premio que se da a un martirio padecido.

Y recuerda, sobre todo, que, en todos los casos, antes de condenar, deberás acordarte de que tú también fuiste hombre y de que tu Maestro, a quien ninguno pudo hallar en pecado, nunca condenó a nadie que se hubiera arrepentido de haber pecado. Perdona setenta veces siete, e incluso setenta veces setenta, los pecados de tus hermanos y de tus hijos. Porque cerrar las puertas de la Salud a un enfermo, sólo porque haya recaído en la enfermedad, es querer su muerte. ¿Has comprendido?

-He comprendido. Esto verdaderamente lo he comprendido…
-Pues entonces dime ahora todo lo que pensabas.

-¡Claro que te lo digo, porque veo que sabes realmente todas las cosas y comprendo que no es murmurar el pedirte que envíes a Judas en vez de a mí, porque él sufre por no ir. Te digo esto, no para decir que es envidioso y escandalizarme de él, sino buscando su tranquilidad y… la tuya. Porque debe ser muy fatigoso para ti tener siempre ese viento de tempestad al lado…
-¿Se ha quejado otra vez Judas?

-¡Así es! Ha dicho que todas tus palabras son una herida para él. Incluso lo que has dicho para los niños. Dice que verdaderamente ha sido por él por quien has dicho que Eva fue al árbol porque le gustaba esa cosa que relucía como una corona de rey. Yo la verdad es que no había encontrado en absoluto en ello ningún parangón. Pero soy un ignorante.

Bartolmái y el Zelote, sin embargo, han dicho que Judas verdaderamente ha sido "tocado en lo vivo más vivo", porque a Judas le cautiva todo lo que brilla y encandila la vanagloria. Y tendrán razón porque son
sabios. ¡Sé bueno con tus pobres apóstoles, Maestro!

Contenta a Judas y, al mismo tiempo, a mí. Total… ya lo ves… sólo sé hacer divertir a los niños… y ser niño entre tus brazos -y abraza a su Jesús, al que ama verdaderamente con todas sus fuerzas.

-No. No te puedo contentar. No insistas. Tú, precisamente por ser como eres, vas a la misión. Él, precisamente porque es como es, se queda aquí. También mi hermano me ha hablado de esto, y, aun queriéndolo tanto, le he respondido "no". Ni aunque me lo rogara mi Madre cedería. No es un castigo, es una medicina. Y Judas debe tomarla. Si no es un beneficio para su espíritu, lo será para el mío, porque no podré echarme en cara el haber omitido cosa alguna para santificarlo.

Jesús dice esto con aspecto severo e imperioso. Pedro, suspirando, deja caer los brazos y baja la cabeza.

-No te aflijas por esto, Simón. Tendremos toda una eternidad para estar juntos y querernos. Pero… tenías otras cosas que decirme…

-Es tarde, Maestro. Debes dormir.
-Tú más que Yo, Simón, que al despuntar el alba tienes que ponerte en camino.

-¡Si es por mí! Estar aquí contigo es más descanso que estar en la cama.

-Habla, entonces. Tú sabes que Yo duermo poco…

-Mira. Yo soy cerrado de mollera, lo sé y no me avergüenzo de decirlo. Y, si fuera por mí, no me preocuparía mucho de saber, porque creo que la sabiduría mayor está en amarte, seguirte y servirte con todo el corazón. Pero Tú me mandas acá y allá. La gente me pregunta y tengo que responder.

Pienso que lo que te pregunto a ti otros pueden preguntármelo a mí, porque los hombres tienen los mismos pensamientos. Tú decías ayer que siempre los inocentes y santos sufrirán; es más, que son los que sufren por todos.

Esto es duro para mi inteligencia, aunque digas que ellos mismos lo desearán. Y creo que, de la misma forma que es duro para mí, lo puede ser para otros. Si me preguntan, ¿qué tengo que responder? En este primer recorrido, una madre me dijo:

"No era justo que mi niña muriera con tanto dolor, porque era buena e inocente". Y yo, no sabiendo qué decir, le dije las palabras de Job: "El Señor dio, el Señor quitó. Bendito sea el Nombre del Señor". Pero no me quedé convencido ni siquiera yo, ni la convencí a ella. Quisiera saber qué decir otra vez…

-Esto es justo. Escucha. Parece una injusticia que los mejores sufran por todos, y, sin embargo, es justicia grande. Vamos a ver, Simón, dime: ¿qué es la Tierra, toda la Tierra?

-¿La Tierra? Un espacio grande, grandísimo, hecha de tierra y agua y rocas, con plantas, animales y criaturas humanas.
-¿Y algo más?

-Nada más… a menos que quieras que diga que es el lugar de castigo y exilio del hombre.

-La Tierra es un altar, Simón, un enorme altar. Hubiera debido ser altar de alabanza perpetua a su Creador. Pero la Tierra está llena de pecado. Por eso, debe ser altar de perpetua expiación, de sacrificio, sobre el cual se consumen las víctimas. La Tierra debería -como los otros mundos esparcidos en la Creación-cantar salmos a Dios que la creó. ¡Mira!

Jesús abre las hojas de madera de la ventana, y, por ésta, abierta de par en par, entra el fresco de la noche, el susurro del torrente, el rayo de luna, y se ve el cielo tachonado de estrellas.

-¡Mira esos astros! Cantan con su voz, hecha de luz y movimiento, en los espacios infinitos del firmamento, las alabanzas de Dios. Lleva milenios existiendo este canto suyo que sube, desde los azules campos del cielo, al Cielo de Dios. Podemos pensar en astros, planetas, estrellas, cometas, cuales criaturas siderales que, como siderales sacerdotes, levitas, vírgenes y fieles, deben cantar en un templo inmenso las alabanzas del Creador. Escucha, Simón.

Oye el frufrú de las brisas entre las frondas y el susurro de las aguas en la noche. También la Tierra canta, como el cielo, con sus vientos y aguas, con la voz de los pájaros y animales. Pero, si para el firmamento basta la luminosa alabanza de los astros que lo pueblan, para el templo que es la Tierra no basta el canto de los vientos, aguas y animales, porque en ella no sólo hay vientos, aguas y animales, que cantan sin conciencia de ello las alabanzas de Dios, sino que en ella está también el hombre, la criatura que supera en perfección a todo lo que vive en el tiempo y en el mundo, dotada de materia como los animales, minerales y plantas, y de espíritu como los ángeles del Cielo, y, como éstos, destinada, si es fiel en la prueba, a conocer y poseer a Dios, con la gracia primero, con el Paraíso después.

El hombre, síntesis que abraza todas las naturalezas (en el hombre está presente la naturaleza mineral, porque su materia está compuesta de sustancias minerales, y la animal, y el estado espiritual) tiene una misión que las otras criaturas no tienen, y que para él debería ser, además de deber, júbilo: amar a Dios; dar, inteligente y voluntariamente, culto de amor a Dios; corresponder al amor con que Dios, dándole la vida y el Cielo después de la vida, lo ha amado; dar culto inteligente.

Piensa, Simón. ¿Qué bien obtiene Dios de la Creación? ¿Qué beneficio? Ninguno. La Creación no aumenta a Dios, no lo santifica, no lo enriquece. Dios es infinito. Infinito hubiera sido aunque no hubiera existido la Creación. Pero Dios-Amor quería tener amor, y creó para tener amor. Sólo amor puede obtener de la Creación Dios; y este amor, que es inteligente y libre únicamente en los ángeles y hombres, es la gloria de Dios, la alegría de los ángeles, la religión para los hombres.

El día en que el gran altar que es la Tierra silenciara las alabanzas y súplicas de amor, la Tierra dejaría de existir, porque, apagado el amor, quedaría apagada la expiación, y la ira de Dios anularía ese infierno terrestre en que se habría convertido la Tierra. La Tierra, pues, para existir debe amar. Y también esto: la Tierra debe ser el Templo que ama y ora con la inteligencia de los hombres. Pero, en el Templo, en todo templo, ¿qué víctimas se ofrecen? Las puras, las víctimas sin mancha ni tara. Sólo éstas son gratas al Señor. Ellas y las primicias.

Porque al padre de familia han de dársele las cosas mejores, y a Dios, Padre de la humana Familia, ha de dársele la primicia de todas las cosas, y las cosas selectas.

Pero he dicho que la Tierra tiene un doble deber de sacrificio: el de alabanza y el de expiación. Porque la Humanidad que la puebla pecó en los primeros hombres y peca continuamente, añadiendo al pecado de falta de amor a Dios esos otros mil pecados de adherirse a las voces del mundo, de la carne y de Satanás.

Culpable, culpable Humanidad que, teniendo la semejanza con Dios, teniendo inteligencia propia y ayudas divinas, es pecadora siempre, y cada vez más. Los astros obedecen, las plantas obedecen, los elementos obedecen, los animales obedecen y, de la forma en que saben hacerlo, alaban al Señor. Los hombres no obedecen ni alaban suficientemente al Señor. He ahí, pues, la necesidad de almas holocausto, que amen y expíen por todos: son los niños que pagan, inocentes y sin percatarse, el amargo castigo del dolor por aquellos que lo único que saben hacer es pecar; son los santos que, solícitos, se sacrifican por todos.

Dentro de poco -un año o un siglo es siempre "poco" respecto a la eternidad-ya no se celebrarán otros holocaustos en el altar del gran Templo de la Tierra, sino los de las víctimas-hombre, consumadas con el perpetuo sacrificio: hostias con la Hostia perfecta. No te estremezcas, Simón. No estoy diciendo, ciertamente, que Yo vaya a introducir un culto semejante al de Moloch, Baal y Astarté. Los propios hombres nos inmolarán. ¿Entiendes?

Nos inmolarán. Y nosotros iremos alegres a la muerte para expiar y amar por todos. Y luego vendrán los tiempos en que los hombres ya no inmolarán a los hombres. Pero siempre habrá víctimas puras, que el amor consuma junto con la gran Víctima en el Sacrificio perpetuo. Digo el amor de Dios y el amor por Dios.

En verdad, ellas serán las hostias del tiempo y Templo futuros. Lo grato a Dios es el sacrificio del corazón, y no los corderos y cabritos, terneros y palomas. David lo intuyó (Salmo 51, 18-19). Y en el tiempo nuevo, tiempo del espíritu y del amor, sólo este sacrificio será grato.

Considera, Simón, que si un Dios ha debido encarnarse para aplacar la Justicia divina por el gran Pecado, por los muchos pecados de los hombres, en el tiempo de la verdad sólo los sacrificios de los espíritus de los hombres pueden aplacar al Señor. Tú piensas:

"¿Pero por qué, entonces, Él, el Altísimo, dio orden de que le fueran inmolados (como en Éxodo 22, 28-29; 34, 19) las crías de los animales y los frutos de las plantas?". Te respondo: porque antes de mi venida el hombre era un holocausto manchado y porque no se conocía el Amor.

Ahora será conocido. Y el hombre, que conocerá el amor, porque Yo restituiré la Gracia por la cual el hombre conoce el Amor, saldrá del letargo, recordará, comprenderá, vivirá, se pondrá él en vez de los cabritillos y corderos, hostia de amor y expiación, imitando al Cordero de Dios, su Maestro y Redentor. El dolor, hasta ahora castigo, se transformará en amor perfecto. Y dichosos aquellos que lo abracen por amor perfecto.

-Pero los niños…

-Quieres decir aquellos que todavía no saben ofrecerse… ¿Y tú sabes cuándo habla Dios en ellos? El lenguaje de Dios es lenguaje espiritual. El alma lo entiende y el alma no tiene edad. Es más, te digo que el alma niña, por no tener malicia, es, en cuanto a capacidad de entender a Dios, más adulta que la de un pecador anciano. Te digo, Simón, que vivirás hasta llegar a ver a muchos niños enseñar a los adultos, e incluso a ti mismo, la sabiduría del amor heroico.

Pero en esos pequeños que mueren por razones naturales está Dios obrando directamente, por razones de un tan alto amor que no puedo explicarte, pues que se encuadran en la sabiduría que está escrita en los libros de la Vida, que sólo en el Cielo serán leídos por los bienaventurados. Leídos, he dicho; pero, en verdad, bastará con mirar a Dios para conocer no sólo a Dios, sino también su infinita sabiduría… Ya hemos hecho venir el ocaso de la Luna, Simón… Pronto despuntará el alba, y tú no has dormido…

-No importa, Maestro. He perdido unas pocas horas de sueño y he ganado mucha sabiduría. Y he estado contigo. Pero, si me lo permites, me marcho. No a dormir, sino a meditar tus palabras.

Ya está en la puerta y está para salir, cuando se para pensativo y dice:

-Una cosa más, Maestro. ¿Es correcto que diga a alguien que sufre que el dolor no es un castigo sino una… gracia; algo como… como nuestra llamada, hermosa aunque fatigosa, hermosa aunque a quien ignora puede parecerle una cosa fea y triste?

-Puedes decirlo, Simón. Es la verdad. El dolor no es un castigo, cuando se sabe acoger y usar con justicia. El dolor es como un sacerdocio, Simón. Un sacerdocio abierto a todos. Un sacerdocio que confiere un gran poder sobre el corazón de Dios; y un gran mérito. Nacido con el pecado, sabe aplacar la Justicia.

Porque Dios sabe usar para el Bien incluso aquello que el Odio ha creado para causar dolor. Yo no he deseado otro medio para anular la Culpa, porque no hay un medio mayor que éste.

554- El sábado en Efraím. Con los apóstoles y los tres niños en una pequeña isla del torrente

-Alzaos. Vamos por la orilla del torrente. Como los hebreos que están fuera de su patria y en lugares donde no hay sinagogas, celebraremos el sábado entre nosotros.

Venid, niños… -dice Jesús a los apóstoles, ociosos en el huerto de la casa, y tiende la mano a los tres pobres niños que están en grupo en un ángulo.

Éstos acuden con una tímida alegría en la carita precozmente pensativa, de niños que han visto cosas demasiado mayores que ellos. Los dos más grandecitos meten su manita en la de Jesús, pero el más pequeño quiere que lo coja en brazos, y Jesús lo contenta. Al más mayor le dice:

-Tú estáte de todas formas a mi lado. Me agarras la túnica como ayer. Pero Isaac está demasiado cansado y es demasiado pequeño como para arreglárselas solo…
El más grandecito bebe la sonrisa de Jesús y acepta, contentándose con caminar al lado de Jesús como un hombrecito.

-Déjame a mí el niño, Maestro. Supongo que estarás cansado todavía de ayer, y Rubén sufre si no te agarra la mano… ­dice Bartolomé, y hace ademán de tomar de sus brazos al más pequeño, que se abraza al cuello de Jesús.

-¡Obcecado como toda la raza! -exclama Judas Iscariote.
-No. Está asustado. No entiendes nada de hijos. Los pequeñuelos son así. Cuando están afligidos o asustados buscan refugio en el primero que les ha sonreído y consolado -rebate Bartolomé, quien, no pudiendo tomar en brazos al más pequeño, da la mano al mayor después de haberle acariciado en el pelo y haberle sonreído paternamente.

Salen de la casa, donde se queda sola la mujer. Van siguiendo el torrente ya fuera del pueblo. Son bonitas sus márgenes cubiertas de hierba nueva, tachonadas de flores pradeñas.

Es agua cristalina, cantarina entre las piedras; aunque sea poca, canta con notas de arpa, susurra rompiéndose contra las piedras más grandes diseminadas en el guijarral, o introduciéndose entre los recovecos de alguna minúscula isla poblada de cañas.

En los árboles que hay en las orillas, los pájaros alzan velocísimos el vuelo con trinos de alegría, o se posan en alguna rama expuesta al sol y cantan las primeras canciones de primavera, o bajan al suelo, graciosos y vivarachos, a buscar insectos y gusanos o a beber en las orillas.

Dos tortolitas silvestres se bañan en una curva de la orilla y zureando, se picotean, para alzar el vuelo luego, llevando en el pico una vedija de lana dejada por alguna oveja contra un arbusto de espino albar que empieza ya a florecer en su cima.

-Hacen eso para hacer el nido -dice el mayor de los niños -Está claro que tienen pichoncítos…
Agacha mucho la cabeza, y, después de un atisbo de sonrisa mientras decía las primeras palabras, llora quedo secándose los ojos con la mano.

Bartolomé lo coge en brazos, comprendiendo en qué herida han hurgado las dos tortolitas con sus cuidados; y suspira, él que tiene el buen corazón de un buen padre de familia. El niño llora sobre el hombro de Bartolomé, y el otro, el segundo, viendo ese llanto, se echa a llorar a su vez, imitado por el tercero, que llama a su padre con su vocecita de pequeñuelo que desde hace poco sabe hablar.

-Hoy será ésta nuestra oración del sábado. ¡Hubieras podido dejarlos en casa! La mujer es más idónea que nosotros en estos casos y… -observa Judas Iscariote.

-¡Pero si ella no hace más que llorar, también! Como incluso yo, que tengo también grandes ganas de llorar… Porque son cosas… que hacen llorar… -le responde Pedro tomando en brazos al segundo niño.

-Sí. Son cosas que hacen llorar. Es verdad. Y María de Jacob, una pobre anciana afligida, no es muy capaz de consolar… ­confirma el Zelote.

-Y nosotros tampoco parece que lo consigamos mucho. E1 único que podía consolar era el Maestro, y no lo ha hecho.
-¿No lo ha hecho? ¿Y qué más debía hacer? Ha convencido a los bandidos, ha recorrido millas con los niños en brazos, ha dispuesto las cosas para que sean advertidos los parientes de los niños…

-Esas son cosas secundarias. Él, que tiene autoridad incluso sobre la muerte, podía, es más, debía, haber bajado al aprisco y haber resucitado al pastor. ¡Lo ha hecho incluso por Lázaro, que no era ya útil para nadie! Aquí, un padre, y además viudo; unos niños que se quedan solos… Esta resurrección había que haberla hecho. No te comprendo, Maestro…

-Y nosotros no te comprendemos a ti, tan irrespetuoso como te muestras…

-¡Calma! ¡Calma! Judas no comprende. No es el único que no comprende las razones de Dios y las consecuencias del pecado. Tú tampoco comprendes, Simón de Jonás, por qué los inocentes deben sufrir. No queráis juzgar, pues, a Judas de Simón, que no comprende por qué ese hombre no ha resucitado. Si Judas reflexiona, él, que siempre me echa en cara el que vaya sólo y lejos, comprenderá que no podía ir tan lejos… Porque el aprisco estaba en la llanura de Jericó, pero pasada la ciudad, hacia el vado. ¿Qué habríais dicho si hubiera estado fuera al menos tres días?
-Hubieras podido, con tu espíritu, ordenar al muerto resucitar.

-¿Eres más que los fariseos y escribas, que quisieron la prueba de un muerto ya descompuesto para poder decir que Yo resucito realmente a los muertos?
-Pero ellos la querían porque te odian. Yo la quisiera porque te amo y quisiera verte aplastar a todos tus enemigos.

-Tu viejo sentimiento y tu desordenado amor. No has sabido desarraigar de tu corazón las viejas plantas para sustituirlas por las nuevas; y las viejas, fertilizadas por la Luz a que te has acercado, se han hecho aún más fuertes. Este error tuyo es el de muchos, presentes y futuros; el de los que, a pesar de las ayudas de Dios, no se transforman porque no responden con heroica voluntad al auxilio de Dios.

-¿Y es que éstos, que son discípulos tuyos como yo, han destruido las viejas plantas?

-Al menos, las han podado mucho y han hecho muchos injertos. Tú esto no lo has hecho. Ni siquiera has observado con atención si era conveniente hacerles injertos o podarlas o arrancarlas. Eres un jardinero incauto, Judas.

-Bueno, sólo para mi alma ¿eh?, porque para los jardines soy hábil.
-Eres hábil. Para todas las cosas terrenas eres hábil. Quisiera verte igualmente hábil para las cosas del Cielo.
-¡Pero tu Luz debería obrar por sí sola todo prodigio en nosotros! ¿Es que no es buena? Si fertiliza el mal y lo hace más fuerte, no es buena; y, si no nos hacemos buenos, es culpa suya.

-Habla por ti, amigo. Yo no veo que el Maestro haya hecho en mí más fuertes las malas tendencias -dice Tomás.
-Yo tampoco.

-Ni yo -dicen Andrés y Santiago de Zebedeo.
-¡Pues a mí!… Su potencia me ha liberado del mal y me ha renovado. ¿Por qué hablas así? ¿No reflexionas en lo que dices? -pregunta Mateo.

Pedro está para intervenir, pero prefiere marcharse; se echa a andar, raudo, con el niñito sobre los hombros, imitando el ondeo de una barca para hacerle reír; al pasar, toma de un brazo a Judas Tadeo y grita:

-¡Venga, vamos allá, a aquella isla! Está llena de flores, como una canasta. Venid, Natanael, Felipe, Simón, Juan… Un buen salto y estamos allí. El torrente, dividido así, es sólo dos arroyos, a este lado y al otro de la isla…

Y él es el primero que salta y pone el pie en una porción arenosa emergente, de unos pocos metros de extensión, herbosa como un prado, florida como una alfombra con las primeras flores; en el centro de ella hay un solo chopo, alto y fino, que ondea sus ramas con un viento ligero. Se unen a Pedro, poco a poco, los apóstoles que han sido nombrados; y a éstos los siguen los que estaban más cerca de Jesús, que se queda retrasado hablando con Judas Iscariote.

-¿Pero no ha terminado todavía ése? -pregunta Pedro a su hermano.
-El Maestro está trabajando su corazón -responde Andrés.
-¡En fin! Es más fácil que yo consiga que broten higos en este árbol, que no que la justicia entre en el corazón de Judas.

-Y en su intelecto -añade Mateo.

-Es necio porque quiere serlo, y en lo que quiere -dice Judas Tadeo.

-Sufre porque no ha sido elegido para evangelizar. Yo lo sé -explica Juan.

-Pues por mí… Si quiere ir él en mi lugar… ¡No tengo ningún interés especial en andar por esos caminos! -exclama Pedro.

-Ninguno de nosotros lo tiene. Pero él sí. Y, sin embargo, mi hermano no quiere enviarlo. Esta mañana le he hablado de esto, porque había comprendido el estado de ánimo de Judas y las causas de él. Y Jesús me ha dicho:

"Precisamente por ser un corazón tan enfermo, lo tengo a mi lado. Son los enfermos y los débiles los que tienen necesidad del médico y de alguien que los sujete".

-¡Ya!… ¡Bien!… Venid, niños. Ahora agarramos estas hermosas cañas y hacemos barquitas con ellas. ¡Mirad qué bonitas! Y dentro de ellas metemos estas flores, que son los pescadores. Mirad si no parecen cabezas con un gorro blanco y rojo… Aquí hacemos el puerto y aquí… pues las casitas de los pescadores… Ahora atamos las barcas a estas bonitas hierbas finas y vosotros las metéis en el agua… así… y luego las sacáis a la orilla después de la pesca…

Podéis dar la vuelta a la isla… ¡pero cuidado con los escollos, eh!… Pedro tiene una paciencia admirable. Ha trabajado con el cuchillo trozos de caña, cortando de nudo a nudo y destapando un lado para transformar las cañas en barquitas; ha puesto a hacer de pescadores unas mayas todavía en capullo; ha excavado en la arena un puerto liliputiense; ha construido casitas con la arena húmeda: ha conseguido la finalidad de recrear a los niños, y se sienta satisfecho susurrando:

-¡Pobres criaturas!…

Jesús pone pie en la isla precisamente cuando los dos niñitos empiezan su juego y, dejando en el suelo al más pequeño, que se une al juego de sus hermanitos, los acaricia.
-Aquí estoy, con vosotros. Ahora vamos a hablar de Dios. Porque hablar de Dios y hablar a Dios es prepararse para la misión. Después de hacer oración, o sea, después de hablar a Dios, hablaremos de Dios, que está presente en todas las cosas para instruir en orden a las cosas buenas.

Vamos, alzaos y vamos a orar -y entona unos salmos en hebreo a los cuales los apóstoles hacen coro.

Los niños, que se habían alejado con sus barquitas, suspenden el gorjeo de sus vocecitas y sus juegos y se acercan al oír cantar a estos hombres. Escuchan atentos con los ojos fijos en Jesús, que para ellos es todo, y luego, con ese espíritu de imitación que tienen los niños, toman la misma postura de los que están orando y tratan de seguir su canto, sólo con la voz, pues no saben las palabras de los salmos. Jesús baja los ojos y los mira con una sonrisa que aumenta el canto de las vocecitas inocentes. Se sienten aprobados y cobran ánimos…

El canto de los salmos termina. Jesús se sienta en la hierba y empieza a hablar:

-Cuando los reyes de Israel (2 Reyes 3,1-20), el de Edom y el de Judá, se unieron para combatir contra el rey de Moab y se dirigieron a Eliseo profeta para solicitar consejo, éste respondió al enviado de los reyes: "Si no sintiera respeto por Josafat, rey de Judá, ni siquiera te habría mirado. Pero ahora traedme a un arpista".

Y, mientras el arpista tocaba, Dios habló a su profeta y ordenó que hiciera excavar muchos fosos en el torrente árido, para que se llenara de agua para hombres y animales. Y a la hora del sacrificio de la mañana el torrente, sin que hubiera ni viento ni lluvia, se llenó como el Señor había dicho. ¿Cuáles, según vosotros, son las lecciones de este episodio? ¡Hablad!

Los apóstoles se consultan entre sí. Quién dice: «En la turbación del corazón Dios no habla. Eliseo quiere aplacar su irritación, surgida al verse enfrente al rey de Israel, para poder oír a Dios». Quién: «Es una lección sobre la justicia. Eliseo, para no castigar al inocente rey de Judá, salva también al culpable». Quién: «Es una lección de obediencia y fe. Excavaron los fosos obedeciendo a una indicación aparentemente absurda, y esperaron con fe el agua, aunque el cielo estuviera sereno y no hubiera viento».

-Habéis respondido bien, pero no ampliamente bien. En la turbación del corazón Dios no habla. Es verdad. Pero no se necesitan las arpas para calmar el corazón. Basta con tener la caridad, que es el arpa espiritual que emite notas de paraíso. Cuando un alma vive en la caridad, tiene el corazón sereno y oye la voz de Dios y la comprende.
-Entonces Eliseo no tenía caridad, porque estaba turbado.

-Eliseo es del tiempo de la Justicia. Hay que saber transportar al tiempo de la Caridad los episodios antiguos, y verlos no a la luz de los rayos, sino a la de los astros. Vosotros sois del tiempo nuevo. ¿Y por qué, entonces, tan frecuentemente sois más iracundos y estáis más turbados que los del tiempo antiguo? Despojaos del pasado.

Lo repito, aunque a Judas no le guste oírlo repetir.

Extirpad, podad, injertad, plantad plantas nuevas.

Renovaos, excavad los fosos de la humildad, obediencia y fe. Aquellos reyes supieron hacerlo, y eran en la proporción de dos a uno no de Judá, y no oyeron a Dios, sino al profeta de Dios referir la voluntad del Altísimo.

Habrían muerto de sed en medio de la aridez, si no hubieran sabido obedecer. Obedecieron y el agua llenó los fosos excavados, y no sólo fueron salvados de la sed; vencieron también a los enemigos. Yo soy el Agua de la Vida. Excavad fosos en vuestros corazones para poder recibirme. Y ahora escuchad. No pronuncio largos discursos.

Os doy sentencias para que las meditéis. Seréis siempre como estos niños -e incluso menos que ellos, porque ellos son inocentes y vosotros no lo sois, y por eso es más sombría en vosotros la luz espiritual-, si no os acostumbráis a meditar. Siempre escucháis, pero de ninguna manera retenéis, porque vuestra inteligencia duerme en vez de estar activa.

Por tanto, oíd. Cuando a la Sunamita (2 Reyes 4, 18­37) se le murió el hijo, quiso presentarse al profeta, a pesar de que el marido le dijera que no era el uno del mes ni sábado. Pero ella sabía que debía ir porque para ciertas cosas no se admiten dilaciones. Y por haber sabido comprender el espíritu de las cosas recobró a su hijo resucitado. ¿Qué decís de este hecho?

-Que es un reproche a mí, por el sábado -dice Judas Iscariote.

-¿Ves, Judas, que cuando quieres sabes entender? Abre, pues, tu espíritu a la justicia.

-Sí… pero Tú no has violado el sábado por resucitar al hombre.

-He hecho más. He impedido la ruina, la muerte de éstos, la verdadera muerte, y he recordado a los bandidos que…

-¡Espera a contentarte de haber hecho algo! No creo que te hayan obedecido…

-Si el Maestro lo dice…

-También Eliseo en la narración de la Sunamita dice: "El Señor me lo ha mantenido oculto". Así que los profetas no saben todo -rebate Judas Iscariote.

-Nuestro hermano es más que un profeta -observa Judas Tadeo.

-Lo sé. Es el Hijo de Dios. Pero también es el Hombre.

Como tal, puede estar sujeto a no saber cosas secundarias, como esta de una conversión y de un regreso… Maestro, ¿sabes realmente siempre, siempre, todo?

Yo me pregunto esto a menudo… -insta con corazón tenaz Judas Iscariote.

-¿Con qué espíritu? ¿Buscando paz, consejo, turbación?
-pregunta Jesús.
-Hombre, pues… no sabría decirte. Me lo pregunto y…
-Y pareces turbado incluso en el acto de preguntártelo -dice Tomás.

-¿Yo? Hombre, claro, la perplejidad siempre turba…

-¡Cuántas sutilezas! Yo no me planteo tantas sutilezas.

Creo sin indagar, y no me siento ni perplejo ni turbado por nada. Pero, dejemos hablar al Maestro. A mí no me gusta esta lección. Dinos palabras hermosas, Maestro. Les gustarán también a los niños -dice Pedro.

-Todavía tengo una cosa que preguntar. Ésta: ¿Qué significado tiene para vosotros la harina que anula lo amargo en el potaje de los hijos de los profetas?

Un profundo silencio es la respuesta a la pregunta.
-¿Entonces? ¿No sabéis responder?

-Quizás la harina absorbió la sustancia amarga… -dice inseguro Mateo.

-Todo se habría puesto amargo, incluso la harina.
-Por un milagro del profeta, que no quería que se sintiera avergonzado el criado -sugiere Felipe.
-También. Pero no por eso sólo.

-El Señor quiso que resplandeciera el poder del profeta incluso sobre las cosas comunes -dice el Zelote.

-Sí. Pero no es todavía el significado exacto. Las vidas de los profetas anticipan lo que luego se actuará en el tiempo pleno: el mío; reflejan mi día terrenal en símbolos y figuras. ¿Entonces?…

Silencio. Se miran. Luego Juan agacha la cabeza, se ruboriza, sonríe.
-¿Por qué no manifiestas tu pensamiento, Juan? -le pregunta Jesús -No es falta de amor hablar, porque no lo haces para zaherir a nadie.

-Creo que quiere decir esto. Que en el tiempo del hambre de la Verdad y la carestía de Sabiduría -este en que has venido-todo árbol se ha vuelto silvestre y ha dado frutos amargos, imposibles de comerse, como el veneno, para los hijos de los hombres, que, de tal forma, en vano los recogen y se los preparan para alimentarse.

Pero la bondad del Eterno te envía a ti, harina de trigo elegido; y Tú, con tu perfección, anulas el tóxico de todo alimento, devolviendo la bondad, tanto a los árboles de las Escrituras, que los siglos han desnaturalizado, como a los paladares de los hombres, que la concupiscencia ha corrompido. En este caso, el que ordena llevar la harina y la echa en la olla amarga es el Padre tuyo, y Tú eres la harina que se sacrifica para hacerse alimento para los hombres. Y, después de tu consumación, ya no quedará nada tóxico en el mundo, porque habrás restablecido la amistad con Dios. Quizás me he equivocado. -No te has equivocado. Ése es el símbolo.

-¿Y cómo lo has pensado? -pregunta asombrado Pedro.
Le responde Jesús:

-Te lo digo con tus propias palabras de hace un rato. Un buen salto y se está en la isla pacífica y florecida de la espiritualidad. Pero hay que tener el valor de dar ese salto, abandonando la orilla, el mundo. Saltar sin pensar si alguien puede reírse a causa de nuestro salto desmañado, o burlarse de nuestro simplismo de preferir antes que el mundo una islita solitaria. Saltar sin miedo a herirse o mojarse, o a quedar defraudados. Dejar todo para refugiarse en Dios.

Establecerse en la isla separada del mundo y salir de ella únicamente para distribuir, a los que se han quedado en las orillas, las flores y las aguas puras recogidas en la isla del espíritu, donde hay un único árbol: el de la Sabiduría. Estando a su pie, lejos del fragor del mundo, se aferran todas sus palabras y uno se hace maestro sabiendo ser discípulo. También esto es un símbolo. Pero ahora contaremos una bonita parábola a los niños. Venid aquí bien cerca.

Los tres niños se acercan tanto, que incluso se sientan en sus piernas. Jesús los rodea con los brazos y empieza a narrar:

-Un día el Señor Dios dijo: "Haré al hombre, y el hombre vivirá en el Paraíso Terrenal, donde está el gran río, que luego se reparte en cuatro brazos, que son el Pisón, el Guijón, el Eufrates y el Tigris, que riegan la Tierra. Y el hombre será feliz, teniendo todas las bellezas y bondades de la Creación y mi amor para gozo de su espíritu".

Y así hizo. Era como si el hombre estuviera en una isla grande, pero más florida todavía que ésta y con árboles de todos los tipos y con todos los animales; y como si, sobre él, estuviera el amor de Dios haciendo de Sol para el alma. Y la voz de Dios estaba en los vientos, más melodiosa que canto de pájaro.

Pero en esta bonita isla florida, entre todos los animales y las plantas, entró reptando una serpiente distinta de las que habían sido creadas por Dios y que eran buenas, sin veneno en los dientes, sin saña en las vueltas de su cuerpo flexuoso.

Esta serpiente se había vestido con la piel de colores de gemas que tenían las otras; es más, se había engalanado más que las otras, tanto que parecía una gran joya de rey que fuera zigzagueando por entre los espléndidos árboles del Jardín. Fue a enroscarse en torno a un árbol que se alzaba en medio del jardín, un árbol bello, solitario, mucho más alto que éste, cubierto de hojas y frutos maravillosos.

La serpiente parecía una joya alrededor del bonito árbol, y con el sol despedía destellos. Todos los animales la miraban porque ninguno se acordaba de haberla visto crear ni de haberla visto antes de entonces. Pero ninguno se acercaba a ella; al contrario, todos se alejaban del árbol, ahora que tenía enroscada en su tronco a la serpiente.

Sólo el hombre y la mujer se acercaron allí; la mujer antes que el hombre, porque le gustaba esa cosa resplandeciente que brillaba al sol y movía la cabeza como una flor semicerrada, y escuchó lo que decía la serpiente, y desobedeció al Señor e hizo desobedecer a Adán.

Sólo después de la desobediencia vieron a la serpiente en su realidad y comprendieron el pecado, porque habían perdido la inocencia del corazón. Y se escondieron de Dios, que los buscaba, y luego mintieron a Dios, que les hacía preguntas.

Entonces Dios puso ángeles en la entrada del Paraíso y expulsó de él a los hombres. Fue como si los hombres fueran arrojados, de la orilla segura del Edén, a los ríos terrestres llenos de agua como cuando vienen las riadas de primavera.

Pero Dios dejó en el corazón de los expulsados el recuerdo de su destino eterno, o sea, del pasaje del hermoso Jardín, donde percibían la voz y el amor de Dios, al Paraíso en que habrían gozado de Dios completamente: y con este recuerdo dejó el estímulo santo de remontarse, con una vida de justicia, hasta el lugar perdido.

Pero, niños míos, vosotros habéis experimentado hace poco que mientras la barca baja siguiendo la corriente es fácil su camino, mientras que, cuando remonta la corriente, le cuesta mantenerse a flote, no ser arrollada por la ola, no naufragar entre las hierbas y arenas o piedras del río. Si Simón Pedro no hubiera atado vuestras barquichuelas con los juncos finos de la orilla, habríais perdido todas, como le ha sucedido a Isaac por haber soltado el junco.

Lo mismo les sucede a los hombres arrojados a las corrientes de la Tierra. Deben estar siempre en las manos de Dios, poniendo confiadamente su voluntad, que es como el junco, en las manos del buen Padre que está en los Cielos y que es Padre de todos, especialmente de los inocentes; y deben tener mirada vigilante para evitar hierbas y espadañas, piedras, remolinos y barro, que podrían retener, romper, tragarse la barca de su alma, arrancando el hilo de la voluntad que los mantiene unidos a Dios.

Porque la Serpiente, que ya no está en el Jardín, está ahora en la Tierra tratando de hacer naufragar a las almas, de no dejarlas remontarse por el Éufrates, el Tigris, el Guijón y el Pisón, hasta el Gran Río que fluye en el Paraíso eterno y alimenta los árboles de la Vida y la Salud, que dan perpetuos frutos de que gozarán todos los que hayan sabido remontar la corriente para unirse de nuevo a Dios y a los ángeles suyos sin tener que sufrir ya jamás por nada.

-Esto lo decía también nuestra mamá -dice el más grandecito de los niños.
-Sí, lo decía-gorjea el más pequeño.

-Tú no lo puedes saber. Yo sí, porque soy mayor. Pero si dices cosas que no son verdad no vas a entrar en el Paraíso.

-Pero nuestro padre decía que no era verdad nada -objeta el del medio.
-Porque no creía en el Señor de mamá.

-¿No era samaritano tu padre? -pregunta Santiago de Alfeo.
-No. Era de otros lugares. Pero nuestra mamá sí que lo era. Y nosotros lo somos, porque quería que fuéramos como ella. Y nos hablaba del Paraíso y del Jardín, pero no bien como lo has dicho Tú. Yo tenía miedo de la serpiente y de la muerte, porque decía que una era el diablo y porque nuestro padre decía que con la muerte acaba todo.

Por eso me sentía tan infeliz de estar solo, y decía que ya era inútil ser bueno, porque, mientras estaban mamá y papá, uno daba alegría siendo bueno, pero ya no había nadie al que alegrar siendo bueno. Pero ahora sé… Y voy a serlo. No voy a quitar nunca mi hilo de las manos de Dios, para que no me lleven las aguas de la Tierra.

-¿Pero nuestra mamá ha ido arriba o abajo? -pregunta con perplejidad el segundo de los niños.
-¿Qué quieres decir, niño? -pregunta Mateo.

-Digo que dónde está. ¿Ha ido al río del Paraíso eterno?
-Esperemos que sí, niño. Si era buena…
-Era samaritana… -dice con desprecio Judas Iscariote.

-¿Y entonces no hay Paraíso para nosotros, por ser samaritanos? ¿Entonces no vamos a tener a Dios nosotros?

Él lo ha llamado "Padre de todos". Yo, huérfano, quería pensar que tenía un Padre todavía… Pero si para nosotros no existe… -agacha la cabeza afligido.

-Dios es el Padre de todos, niño mío. ¿Acaso Yo te he querido menos, porque seas samaritano? He luchado por ti ante los bandidos, y lucharé por ti contra el demonio, de la misma manera con que lucharía por el hijito del Sumo Sacerdote del Templo de Jerusalén, si él no considerara un oprobio el que el Salvador salvara a su criatura.

Es más, lucho todavía más por ti, porque estás solo y vives infeliz. No hay diferencia para mí entre el espíritu de un judío y el de un samaritano. Y dentro de poco no habrá división entre Samaria y Judea porque el Mesías tendrá un solo pueblo, que llevará su Nombre y estará formado por todos los que lo quieran.

-Yo te quiero, Señor. Pero ¿me llevas donde mi mamá? -dice el mayor de los tres niños.
-No sabes dónde está. Ese hombre ha dicho que hay que tener esperanza… -dice el segundogénito.
-Yo no lo sé. Pero el Señor sí que lo sabe. Ha sabido hasta dónde estábamos nosotros, y nosotros ni siquiera lo sabíamos.

-Con los bandidos… Nos querían matar…
El terror vuelve a la carita del segundogénito.

.Los bandidos eran como demonios. Pero Él nos ha salvado porque nuestros ángeles lo han llamado.
-También a mamá la han salvado los ángeles. Yo lo sé porque sueño con ella siempre.

-Eres un mentiroso, Isaac. No puedes soñar con ella porque no la recuerdas.
El pequeñuelo llora diciendo:

-¡No! ¡No! ¡Sueño con ella, sí que sueño con ella!…
-No llames mentiroso a tu hermano, Rubén. Su alma claro que puede ver a su mamá, porque el buen Padre de los Cielos puede conceder que este huerfanito sueñe con ella y la conozca parcialmente, de la misma forma que concede conocerlo a Él mismo. Para que de este conocimiento limitado nazca una buena voluntad de conocerlo perfectamente, cosa que se obtiene siendo siempre muy buenos. Y ahora vámonos. Hemos hablado de Dios y el sábado ha sido santificado.

Se levanta y entona otros salmos.
Gente de Efraím, al oír el coro, viene en esa dirección y espera con respeto a que el salmo termine, para saludar; y dicen a Jesús:

-¿Has preferido venir aquí antes que ir donde nosotros? ¿Es que no nos estimas?
-Ninguno de vosotros me había invitado. Por tanto, he venido aquí con mis apóstoles y los niños.

-Es verdad. Pero creíamos que tu discípulo te habría manifestado nuestro deseo -Jesús mira a Juan y a Judas.
Y Judas responde:

-Ayer me olvidé de decírtelo; y hoy, con estos niños… pues me he distraído.

Jesús, mientras tanto, pasa el minúsculo brazo de agua y deja la isla. Va hacia los de Efraím. Los apóstoles lo siguen, mientras los niños se detienen un poco para desatar las dos barquichuelas de caña que quedan, y a Pedro, que los apremia, le explican:

-Queremos conservarlas para recordar la lección.
-¿Y yo? ¡Yo la he perdido! No recordaré la lección y no iré al Paraíso -dice llorando el más pequeño.
-¡Espera! No llores. Te hago la barquita inmediatamente. Por supuesto. Tú también tienes que recordar la lección.

¡Todos tendríamos que hacernos una barquita con su junco atado a la proa para recordar! ¡Y más nosotros, los adultos, que vosotros, los niños! ¡En fin! -y Pedro corta y forma la barquita, con su junco. Y toma en brazos ­abarcándolos sólo con uno-a los tres niños, luego salta el río y va donde Jesús, a su lado.

-¿Son éstos? -pregunta Malaquías de Efraím.
-Estos.
-¿Y son de Siquem?
-Eso decía el zagal. Decía que los parientes eran de la campiña.
-¡Pobres niños! Pero, si los parientes no vinieran, ¿qué harías?
-Los tendría conmigo. Pero vendrán.

-Esos bandidos… ¿No vendrán ellos también?
-No vendrán. Pero no tengáis miedo de ellos. Aunque vinieran… Yo sería su ladrón y no ellos vuestros ladrones. Ya les he arrebatado cuatro presas y espero haber arrebatado al pecado un poco de su alma, al menos en alguno.

-Te ayudaremos con estos niños. Esto nos lo concederás, ¿no?
-Sí. No porque sean de vuestra región, sino porque son inocentes, y el amor a los inocentes es un camino que conduce rápidamente a Dios.

-Tú eres el único que no hace distinciones entre unos inocentes y otros. Un judío no habría recogido a estos pequeños samaritanos; y tampoco un galileo. No somos amados. Y el desamor hacia nosotros lo extienden también a los que ni siquiera saben lo que es ser samaritano o judío. Y eso es cruel.

-Sí. Pero cuando se siga mi Ley no será así. ¿Ves, Malaquías? Los niños están en los brazos de Simón Pedro, mi hermano y Simón Zelote, y ninguno de los tres es ni samaritano ni padre. Pues bien, ni siquiera tú aprietas contra tu corazón con tanto amor a tus hijos, como estos discípulos míos hacen con los huérfanos de Samaria. La idea mesiánica es ésta: reunir a todos en el amor. Ésta es la verdad de la idea mesiánica. Un solo pueblo en la Tierra bajo el cetro del Mesías, un solo pueblo en el Cielo bajo la mirada de un solo Dios.

Se alejan, hablando, en dirección a la casa de María de Jacob.

553- Comienzo del sábado en Efraím. Los ladrones del Adomín y la ayuda prestada a tres niños

Los diez, cansados y polvorientos, vuelven a la casa. A la mujer que los saluda al abrirles la puerta, le preguntan inmediatamente:

-¿Dónde está el Maestro?
-En el bosque, creo. Orando, como siempre. Ha salido muy pronto esta mañana y todavía no ha vuelto.

-¿Y nadie ha ido a buscarlo? ¿Pero qué hacen esos dos? -alza la voz Pedro, inquieto.

-No te alteres. Entre nosotros está tan seguro como en la casa de su Madre.
-¿Seguro? ¿Seguro? ¿Os acordáis del Bautista? ¿Estuvo seguro?

-No lo estuvo porque no supo leer el corazón de quien le hablaba. Pero si el Altísimo lo permitió para el Bautista, ciertamente no lo permitirá para su Mesías. Esto debes creerlo más que yo, que soy mujer y samaritana.

-María tiene razón. Pero ¿concretamente a dónde ha ido?
-No lo sé. Unas veces va por un lado, otras por otro. A veces, solo; a veces, con los niños, que lo quieren mucho.

Les enseña a orar viendo a Dios en todas las cosas. Pero hoy quizás esté solo porque no ha vuelto a la hora sexta.

Cuando tiene consigo a los niños, vuelve, porque los niños son pajarillos que quieren la comida a las horas precisas… -sonríe la ancianita, recordando quizás a sus diez hijos, y luego suspira… y es que las alegrías y dolores están presentes en todos los recuerdos de la vida.

-¿Y dónde están Judas y Juan?
-Judas, en la fuente; Juan, haciendo leña. Se me había terminado porque he lavado la ropa de todos para dárosla limpia cuando os marchéis.

-Dios te lo pague, madre. Mucho trabajo por nosotros… -dice Tomás, poniéndole una mano en su espalda delgada y corva, como para acariciarla.

-¡No es ningún trabajo! Es como si volviera a tener a mis hijos conmigo… -y sonríe de nuevo, no sin un brillo en sus ojos hundidos de anciana.

Regresa Juan cargando un haz grande de leña, y el pasillo, más bien tétrico, parece iluminarse con su llegada. He advertido siempre la luminosidad que parece encenderse donde está Juan. Su sonrisa franca, tan dulce, de niño, su mirada límpida y sonriente como un hermoso cielo abrileño, su voz jubilosa al saludar afectuosamente a sus compañeros son como un rayo de sol o un arco iris de paz. Todos lo quieren, excepto Judas de Keriot, que no sé si lo ama o si lo odia; eso sí, ciertamente lo envidia, y a menudo se chancea con él, ofendiéndolo a veces. Pero por ahora Judas no está.

Le ayudan a dejar la carga y le preguntan dónde puede estar Jesús. También Juan se alarma un poco por el retardo. Pero, más confiado en Dios que los otros, dice:
-El Padre suyo lo preservará del mal. Debemos creer en el Señor.
Y añade:

-Venid. Estáis cansados y cubiertos de polvo del camino. Hemos tenido preparados para vosotros comida y agua caliente. Venid, venid…

Regresa también Judas de Keriot, con sus ánforas goteando agua.

-Paz a vosotros. ¿Os ha resultado fácil el viaje? -pregunta. Pero en su voz no hay bondad. Es una voz llena de ironía y disgusto.

-Sí. Comenzamos por la Decápolis.
-¿Por miedo a que os apedrearan o a contaminaros? -pregunta con ironía Judas Iscariote.

-Ni una ni otra cosa. Por prudencia de principiantes. Lo propuse yo. Y a mí -no quiero refregarte nada-me ha salido el pelo blanco delante de los pergaminos -dice Bartolomé.
Judas no replica. Se marcha de la cocina, donde los que han vuelto reponen fuerzas con lo que estaba preparado.
Pedro mira a Judas Iscariote, que se marcha, y menea la cabeza; pero no dice nada. Judas Tadeo, sin embargo, tira de una manga a Juan y pregunta:

-¿Cómo ha estado estos días? ¿Siempre tan inquieto? Sé sincero…
-Sincero siempre, Judas. Pero, te aseguro que no ha causado dolor. El Maestro está casi siempre aislado. Yo estoy con la madre anciana, que es muy buena. Escucho a los que vienen para hablar con el Maestro y luego le refiero a Él las palabras. Judas, sin embargo, va por el pueblo. Se ha hecho amistades… ¿Qué, si no? El es así… No sabe estarse quieto, como sabríamos estar nosotros…
-Por mí, que haga lo que quiera. Me basta con que no cause dolor.

-No. Eso no. Se aburre, eso sí. Pero… ¡ahí está el Maestro! Oigo su voz. Está hablando con alguien…
Salen presurosos y ven a Jesús, que se acerca a ellos con dos niños en brazos y uno agarrado a su túnica, a los cuales da ánimos porque lloran. Se va desvaneciendo el crepúsculo.

-¡Dios te bendiga, Maestro! ¿Pero de dónde vienes tan tarde?
Jesús, entrando en casa, responde:

-He estado con bandoleros. Yo también traigo mi botín. He andado más allá del ocaso, pero el Padre no me lo tendrá en cuenta porque he hecho una obra de misericordia… Toma, Juan, y tú, Simón… Tengo los brazos rotos… y estoy realmente cansado.

Se sienta en un taburete al lado de la chimenea. Sonríe, cansado pero contento.

-¿Con bandoleros? ¿Pero dónde has estado? ¿Quiénes son estos niños? ¿Has comido? ¿Dónde estabas? ¡No es prudente estar fuera con esta poca luz y tan lejos!… Estábamos preocupados. ¿No estabas en el bosque? -hablan todos al mismo tiempo.

-No estaba en el bosque. He ido hacia Jericó…
-¡Imprudente! ¡Por esos caminos puedes encontrar a los que te odian! -dice Judas Tadeo en tono reprobatorio.
-He ido por el sendero que nos han indicado. Hacía días que quería ir allí… donde hay desdichados a quienes redimir. A mí no podían hacerme nada malo, y he llegado a tiempo para estos niños. Dadles de comer. Creo que están casi en ayunas, porque sentían miedo de los bandoleros. Y Yo no llevaba comida conmigo. ¡Si, al menos, hubiera encontrado a un pastor!… Pero el sábado cercano ya había dejado desiertos los pastos…

-¡Ya! Nosotros somos los únicos que, de un tiempo a esta parte, no respetamos el sábado… -observa Judas de Keriot, siempre cortante.
-¿Cómo hablas? ¿Qué insinúas? -le preguntan.
-Digo que ya llevamos dos sábados que trabajamos después de la puesta del Sol.

-Judas, tú sabes por qué tuvimos que andar el sábado pasado. El pecado no siempre es del que lo hace. También es del que fuerza a hacerlo. Y hoy… ya sé, quieres decirme que también hoy he violado el sábado. Te respondo que si es grande la ley del reposo sabático, grandísimo es el precepto del amor. No tengo obligación de justificarme ante ti, pero lo hago para enseñarte la mansedumbre, la humildad, y la gran verdad de que ante una necesidad santa se debe saber aplicar la ley con flexibilidad de espíritu.

Nuestra historia tiene episodios de estas necesidades. Al despuntar el día he ido hacia los montes Adomín porque sé que allí hay desdichados que tienen el delito como lepra del alma. Esperaba encontrarlos, hablarles, volver antes de la puesta del sol. Los he encontrado. Pero no he podido hablarles en los términos que había pensado, porque había que decir otras cosas…

Los bandidos se habían encontrado con estos tres niñitos llorando en la puerta de un aprisco pobre de la llanura. Los bandidos habían bajado de noche para robar los corderos y, si el pastor hubiera opuesto resistencia, matar. Mala cosa es el hambre en los montes en invierno… y, cuando los que la sufren son corazones
crueles, hace a los hombres más feroces que los lobos.

Estos niños estaban, pues, allí, junto con un zagal poco mayor que ellos y amedrentado como ellos. El padre de los niños, no sé por qué motivo, había muerto durante la noche. Quizás le había mordido algún animal, o le había fallado el corazón… Estaba frío sobre la paja junto a las ovejas. Se dio cuenta de ello el hijo mayor, que dormía a su lado. De forma que los bandidos, en vez de cometer una matanza, se encontraron con un muerto y cuatro niños llorando.

Dejaron al muerto, mandaron hacia delante ovejas y zagal y, dado que hasta en los más siniestros puede haber una piedad que se resista a morir, recogieron a los niños…

Yo me encontré con los bandidos cuando estaban decidiendo qué hacer. Los más crueles querían matar al zagal de diez años, peligroso testigo del robo y del refugio; los menos duros querían soltarlo bajo amenazas, quedándose con el rebaño. Y todos querían que los niñitos se quedaran con ellos.

-¿Y qué querían hacer con ellos? ¿Es que no tienen familia? La madre ha muerto. Por eso el padre los había llevado consigo a los pastos invernales; ahora estaba subiendo de nuevo a su casa desierta, atravesando estos montes.

¿Podía Yo dejar los pequeños a los bandidos, para que los hicieran bandidos como ellos? He hablado… En verdad os digo que me han comprendido más que muchos otros; tanto me han comprendido, que me han dejado a los niños y mañana van a acompañar al zagal al camino de Siquem. Porque en aquellos campos están los hermanos de la madre de éstos.

De momento, he recogido a los niños; los tendré, los tendremos, hasta que lleguen parientes suyos.
-Y Tú te haces ilusiones de que los bandidos… dice Judas Iscariote, y se ríe…

-Estoy seguro de que no le tocarán un pelo al pastorcillo. Son unos desdichados. No debemos juzgar por qué lo son.

Pero sí debemos tratar de salvarlos. Una obra buena puede ser el comienzo de su salvación… -Jesús agacha la cabeza, absorto en quién sabe qué pensamiento.

Los apóstoles y la anciana hablan e intercambian sentimientos de compasión, e intentan consolar a los niños, que están asustados… Jesús alza la cabeza al oír el llanto del más pequeño, un niñito moreno que apenas tendrá tres años, y dice a Santiago, que inútilmente trata de darle leche:

-Déjame a mí el niño y ve por mi fardel… -y sonríe porque el niño se tranquiliza encima de sus rodillas y bebe la leche ávidamente, aunque antes la rechazara. Los otros, más grandecitos, comen la sopa que les ponen delante; pero descienden lágrimas de sus ojos.

-¡En fin! ¡Cuántas miserias! ¡Hombre, que suframos nosotros es justo; pero los inocentes!… -dice Pedro, que no puede ver sufrir a los niños.

-Eres un pecador, Simón. Alzas censuras contra Dios -observa Judas Iscariote.

-Seré un pecador. Pero no censuro a Dios. Lo único que digo es… Maestro, ¿por qué tienen que sufrir los niños? No tienen pecados.

-Todos tienen pecados, al menos el original -dice Judas Iscariote. Pedro no le contesta. Espera la respuesta de Jesús.

Y Jesús, que está acunando al niño -el cual ha satisfecho ya su hambre y tiene sueño-, responde:

-Simón, el dolor es la consecuencia de la culpa.
-De acuerdo. Entonces… una vez que hagas desaparecer la culpa, los niños ya no sufrirán.

-Seguirán sufriendo. No te sientas escandalizado, Simón, por esto que te digo. El dolor y la muerte estarán siempre presentes en la Tierra. Hasta los más puros sufren y sufrirán; es más, ellos sufrirán por todos. Serán las hostias que harán propicio al Señor.

-Pero ¿por qué? No lo comprendo…

-Son muchas las cosas que no se entienden en la Tierra. Sabed creer, al menos, que son cosas que el Amor perfecto quiere. Y cuando la Gracia, devuelta a los hombres, haga de los más santos de ellos los conocedores de las verdades ocultas, entonces se verá que precisamente los más santos querrán ser víctimas, porque habrán comprendido el poder del dolor… El niño duerme. María ¿lo llevas contigo?

-Claro, Maestro. Nosotros decimos: niño asustado, sueño breve y mucho llanto; y: el pájaro sin nido necesita el ala materna. Mi cama es grande, ahora que la ocupo yo sola. Llevo allí a los niños, de forma que pueda estar atenta a ellos. También éstos están a punto de olvidar su dolor en el sueño. Venid y los llevamos a descansar.

Recoge al pequeñuelo de las rodillas de Jesús y, seguida por Pedro y Felipe, se marcha. Entretanto, vuelve Santiago de Zebedeo con el morral de Jesús.

Jesús lo abre y busca dentro. Extrae una túnica gruesa, la extiende, observa su medida. No está todavía satisfecho. Busca el manto del mismo color oscuro que la túnica. Pone ambos aparte. Cierra el morral y se lo devuelve a Santiago.

Vuelven Pedro y Felipe. La viejecita se ha quedado con los tres niños. Pedro ve inmediatamente los indumentos extendidos y puestos aparte. Dice:

-¿Quieres cambiarte la ropa, Maestro? Estando cansado, un baño caliente te descansaría. Hay agua. Te calentamos la ropa. Luego cenamos y nos vamos a descansar. Este hecho de estos pobres niños me ha conmovido profundamente…
Jesús sonríe, pero no responde adecuadamente; se limita a decir:

-¡Alabemos al Señor, que me ha guiado a tiempo de salvar a los inocentes. Luego se calla, cansado…
Vuelve a entrar la viejecita, con las tuniquitas de los niños.

-Deberían cambiárselas… Están rotas y llenas de barro… Pero ya no tengo las túnicas de mis hijos para sustituirlas. Las lavaré mañana…

-No, madre. Cuando termine el sábado, coses tres prendas pequeñas con estas mías…

-Pero Señor, ¿sabes que ya sólo tienes tres túnicas? Si das una, ¿con qué te quedas? ¡No está aquí Lázaro, como aquella vez del manto a la leprosa! -dice Pedro.

-Deja. Quedan dos. Demasiadas ya, para el Hijo del hombre. Toma, María. Mañana a la puesta del Sol empiezas tu trabajo, y el Perseguido tendrá la dicha de socorrer al pobre, cuyas penalidades comprende.

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