El muchacho y su caña

Jerry, recibió una alarmante llamada un sábado en la tarde hace algunos meses. Su nietecito de 6 años, Mikey, había sido atropellado mientras pescaba con su papá.

Padre e hijo se hallaban en la orilla del río, cuando una mujer perdió el control de su auto, se salió del puente y atropello a Mikey a una velocidad de 80 Km/hora. Jerry había visto el resultado de accidentes como éste y temía lo peor.

Cuando llegó al hospital, corrió hasta el cuarto de urgencias y halló a Mikey consciente y con bastante buen ánimo.

  • Mikey, ¿qué pasó? - le preguntó Jerry. Mikey le contestó:
  • Abuelo, yo estaba pescando con mi papá y una señora me aventó con su auto, volé hasta un charco de lodo, se me partió la caña de pescar ¡y no pude atrapar ningún pescado!

Según el informe policiaco, el impacto lanzó a Mikey a unos 50 metros de distancia, por sobre unos cuantos árboles y piedras, a un charco de lodo.

Su única lesión fue su fémur que se había roto en dos lugares, lo que hubo que hacerle una cirugía para colocarle unos pernos en su pierna. En general, el muchacho estaba bien y de lo único que hablaba era de su caña rota.

Al día siguiente, Jerry llegó al hospital con una nueva caña de pescar para Mikey, y se sentó a su lado para hacerle compañía. Cuando estuvieron solos, Mikey con mucha seriedad le dijo:

  • Abuelo, ¿sabías que Jesús es real?
  • Bueno, -contestó el abuelo, un poco sorprendido-. Sí, Jesús es real para todos aquellos que creen en El y que le aman en sus corazones.
  • No, -dijo Mikey-. Quiero decir que Jesús es real. - ¿Qué quieres decir? -preguntó el abuelo. - Sé que es real porque yo lo vi, -dijo Mikey-, todavía jugando con su caña.
  • ¿Lo viste? - Sí abuelo, -dijo Mikey-. Cuando aquella señora me atropello con su auto y se partió mi caña, Jesús me cargó en sus brazos y me puso sobre el charco de lodo.

El mejor cumpleaños

Jamás olvidaré el día en que mamá me obligó a ir a una fiesta de cumpleaños, cuando estaba en tercer grado. Una tarde, llegué a casa con una invitación, algo manchada de jalea.

  • No pienso ir - dije -. Es una chica nueva que se llama Ruth. Vero y Paty no irán. Invitó a toda la clase. A los treinta y seis.

Mamá estudió con extraña tristeza esa invitación
hecha a mano. De pronto, anunció:

  • Bueno, tú irás. Mañana iré a comprar el regalo.

Yo no podía creerlo. ¡Mamá nunca me había obligado a ir a una fiesta! Eso me mataría, sin duda. Pero no hubo ataque de histeria que la hiciera cambiar de opinión.

Llegó el sábado, mamá me sacó de la cama para que envolviera el regalo: Un bonito juego de peine, espejo y cepillo, de color rosa perlado, que había comprado por menos de tres dólares. Luego, me llevó en su viejo automóvil amarillo.

Ruth abrió la puerta y me guió por la escalera más empinada y peligrosa que yo había visto jamás. Cruzar la puerta fue un verdadero alivio; los pisos de madera relumbraban en la sala llena de sol. Los muebles eran viejos, pero estaban recubiertos por fundas blancas e impecables.

En la mesa, vi el pastel más grande de mi vida. Estaba decorado con nueve velas rosadas, un "Feliz Cumpleaños Ruthy" bastante desmañado, y algo que parecían pimpollos de rosa. Rodeaban la torta treinta y seis tazas llenas de chocolate casero, cada una con su nombre.

"No será tan horrible una vez que lleguen los otros", me dije. Y pregunté a Ruth:

  • ¿Dónde está tu mamá? Ella bajó la vista al suelo. -
  • Bueno, está medio enferma.
  • Ah. ¿Y tu papá?
  • Se fue.

Luego se hizo silencio; sólo se oían algunas toses carrasposas detrás de una puerta cerrada. Pasaron quince minutos. Luego, diez más. De pronto comprendí la horrible verdad: No vendría nadie. ¿Cómo escapar de allí? En medio de mi autocompasión, oí unos sollozos apagados. Al levantar la vista, me encontré con la cara de Ruth, llena de lágrimas.

De inmediato, mi corazón de niña se llenó de simpatía hacia Ruth, y de ira contra mis treinta y cinco egoístas compañeras. Me levanté de un salto, plantando en el suelo los zapatos de charol blanco, y proclamé a todo pulmón.

  • ¿Para qué queremos a los otros?

La expresión sobresaltada de Ruth se convirtió en entusiasmado acuerdo. Allí estábamos: Dos niñas de ocho años con un pastel de tres pisos, treinta y seis tazas de chocolate, helado, litros y litros de refresco rojo, tres docenas de artículos de fiesta, juegos para jugar, premios a ganar.

Empezamos por el pastel. Como no encontrábamos ningún fósforo y Ruthy (había dejado de ser Ruth para mí) no quería molestar a su mamá, nos limitamos a fingir que las encendíamos. Le canté el "Feliz Cumpleaños", en tanto ella pedía un deseo, y apagaba de un soplido las velas imaginarias.

En un abrir y cerrar de ojos llegó la tarde, y mamá hizo sonar su bocina frente a la casa. Después de recoger todos mis recuerdos, y de dar mil gracias a Ruthy, volé al auto, burbujeando de alegría.

  • ¡Gané todos los juegos! Bueno, la verdad es que Ruthy ganó el de ponerle la cola al burro, pero dijo que la del cumpleaños no podía llevarse los premios, así que me lo cedió. Y repartimos las cosas de la fiesta, la mitad para cada una. Le encantó el juego de tocador, mamá. Yo era la única.

¡La única de todo el tercer grado! y no veo la hora de decirle a los otros qus se perdieron ana fiesta estupenda.

Mamá detuvo el coche junto a la banqueta, y me abrazó con fuerza.

  • ¡Estoy orgullosa de ti! - me dijo, con lágrimas en los ojos.

Ese día descubrí que una sola persona puede cambiar las cosas. Yo había cambiado por completo el noveno cumpleaños de Ruthy. Y mamá había cambiado mi vida por completo.

Y tú… ¿Habrías ido a la fiesta? Una palabra, un gesto, pueden cambiarle la vida a alguien, pero también puede cambiárnosla a nosotros mismos.

Obra de modo tal que, en tu paso por la vida de los demás, sólo siembres amor. Seguramente cosecharás más de lo que puedas imaginar…

El mayor de los regalos

En Persia se cuenta la historia del gran Manú, Shah Babas, un rey sabio y querido que se preocupaba mucho por su pueblo y sólo quería lo que era mejor para ellos.

En sus dominios no se ponía el sol, pero él siempre reinó con todo esplendor; tenía fama de justo y le encantaba mezclarse con el pueblo, pasando desapercibido para compartir y dar solución a sus problemas, tratando de ver la vida desde la perspectiva de su gente.

El pueblo sabía que el rey se interesaba personalmente en todos sus asuntos, e intentaba comprender hasta qué punto sus decisiones afectarían sus vidas.

En cierta ocasión, se vistió de pobre y fue a visitar los baños públicos. Había allí mucha gente gozando del descanso y el compañerismo natural en esos lugares.

El agua para los baños se calentaba en un horno en el sótano; en ese lugar había un hombre responsable de mantener el agua a la temperatura adecuada. El rey se dirigió al sótano para visitar a ese hombre que se ocupaba de mantener el fuego sin descanso.

Al pasar por la cocina observó en un rincón una angosta puerta para él hasta entonces desconocida.

Descendió el largo, lóbrego y húmedo trecho de escaleras que conducía a un sótano, de reducidas dimensiones y calor asfixiante, en el que un carbonero, sentado en un montón de cenizas, atendía la caldera del palacio.

El Manú se sentó a su lado y comenzó a hablar. Llegó la hora de comer y el fogonero sacó un sucio pan moreno y áspero, y una jarra de agua.

Se sentaron a comer y beber. El Sha se fue, pero continuó visitándolo con frecuencia, movido por la
compasión que sentía por aquel hombre solitario. Día tras día, semana tras semana, el rey siguió bajando a visitar a su amigo.

El hombre llegó a sentirse muy unido a ese extraño visitante, que bajaba al sótano para verlo. Nadie antes había demostrado tanto afecto y preocupación por él.

Amablemente le dio consejo, y el pobre le abrió todo su corazón y amó a aquel amigo tan bondadoso y sabio, pero tan pobre como él.

Finalmente, el Manú pensó: "Este hombre que vive permanentemente recluido en el sótano, cumpliendo de forma abnegada con su trabajo, con total aceptación de su destino y sin que una sola queja salqa de sus labios, merece una gran recompensa. Le diré quién soy , a ver qué presente me pide".

Le dijo, pues:

  • Crees que soy pobre, pero soy tu Manú, el Shah Babas, pídeme lo que quieras.

El gobernante esperaba que le pidiera algo grande, pero el hombre se quedó sentado, inmóvil, petrificado, mirándolo con amor y asombro. Entonces el Manú le dijo, posando una mano sobre su hombro:

  • ¿No entiendes? Te puedo hacer rico y noble, puedo poner una ciudad en tus manos, te puedo hacer un gran gobernador, ¿No tienes nada qué pedir?

El hombre respondió amablemente:

  • Sí, mi señor, he entendido. Mas no entiendo cómo tú, que gobiernas un gran reino y millones de personas te honran, eres el encargado de crear un nuevo mundo para afrontar mejores tiempos, puedes haber salido de tu palacio y tu gloria para sentarte conmigo en este lóbrego cuchitril, comer mi tosca comida y preocuparte por si estoy feliz o apenado.

Ni tú mismo me puedes dar nada más valioso. A otros les puedes otorgar ricos presentes, pero a mí me has dado a ti mismo; lo único que te puedo pedir es que nunca me quites este regalo de tu amistad y de tu amor.

La emoción que embargaba su espíritu enmudeció sus palabras, y desde el fondo del corazón brotó un "gracias", e inclinándose en señal de respeto, depositó a sus pies dos brillantes lágrimas.

El llanto del desierto

En cuanto llegó a Marrakech, África, el misionero decidió que todas las mañanas daría un paseo por el desierto que comenzaba tras los límites de la ciudad. En su primera caminata, vio a un hombre estirado sobre la arena, con la mano acariciando el suelo y el oído pegado a tierra.

"Es un loco", pensó. Pero la escena se repitió todos los días, por lo que, pasado un mes, intrigado por aquella conducta extraña, resolvió dirigirse a él. Con mucha dificultad, ya que aún no hablaba árabe con fluidez, se arrodilló a su lado y le preguntó:

  • ¿Qué es lo que usted está haciendo?
  • Hago compañía al desierto, y lo consuelo por su soledad y sus lágrimas.
  • No sabía que el desierto fuera capaz de llorar.
  • Llora todos los días, porque sueña con volverse útil para el hombre y transformarse en un inmenso jardín, donde se puedan cultivar las flores y toda clase de plantas y cereales.
  • Pues dígale al desierto que él cumple bien su misión -comentó el misionero-. Cada vez que camino por aquí, comprendo mejor la verdadera dimensión del ser humano, pues su espacio abierto me permite ver lo pequeños que somos ante Dios.

Cuando contemplo sus arenas, imagino a las millones de personas en el mundo que fueron criadas iguales, aunque no siempre el mundo sea justo con todas. Sus montañas me ayudan a meditar. Al ver el sol naciendo en el horizonte, mi alma se llena de alegría, y me aproxima al Creador.

El misionero dejó al hombre y volvió a sus quehaceres diarios. Cuál no fue su sorpresa al encontrarlo a la mañana siguiente en el mismo lugar y en la misma posición.

  • ¿Ya transmitió al desierto todo lo que le dije? - preguntó.
    El hombre asintió con un movimiento de cabeza.
  • ¿Y aún así continúa llorando?
  • Puedo escuchar cada uno de sus sollozos. Ahora él llora porque pasó miles de años pensando que era completamente inútil, y desperdició todo ese tiempo blasfemando contra Dios y su destino.
  • Pues explíquele que, a pesar de que el ser humano tiene una vida mucho más corta, también pasa muchos de sus días pensando que es inútil. Rara vez descubre la razón de su destino, y casi siempre considera que Dios

ha sido injusto con él. Cuando llega el momento en que, finalmente, algún acontecimiento le demuestra por qué y para qué
ha nacido, considera que es demasiado tarde para cambiar de vida, y continúa sufriendo. Y, al igual que el desierto, se culpa
por el tiempo que perdió.

  • No sé si el desierto me escuchará -dijo el hombre-. Él ya stá acostumbrado al dolor, y no consigue ver las cosas de otra manera.
  • Entonces vamos a hacer lo que yo siempre hago cuando siento que las personas han perdido la esperanza. Vamos a rezar.
    Ambos se arrodillaron y rezaron; uno se giró en dirección a la Meca, porque era musulmán, el otro juntó las manos en plegaria, porque era católico.

Cada uno rezó a su Dios, que siempre fue el mismo Dios, aunque las personas insistieran en llamarlo con nombres diferentes.

Al día siguiente, cuando el misionero retornó de su caminata matinal, el hombre ya no estaba allí. En el lugar donde acostumbraba abrazar la arena, el suelo parecía mojado, ya que había nacido una pequeña fuente. En los meses subsiguientes, esta fuente creció y los habitantes de la ciudad construyeron un pozo en torno a ella.

Los beduinos llaman al lugar "Pozo de las Lágrimas del Desierto".

Dicen que todo aquel que beba su agua conseguirá trasformar el motivo de su sufrimiento en la razón de su alegría, y terminará encontrando su verdadero destino.

El libro del tesoro

Hace muchísimos años, en una pequeña ciudad, vivía una viuda con su único hijo. Cuando creyó que estaba cerca de su final llamó a su hijo y le dijo:

  • Hemos vivido en dificultades porque somos pobres, pero te entrego esta riqueza. Este libro me lo regaló un poderoso mago, y dentro de sus páginas están todas las indicaciones necesarias para hallar un gran tesoro. Yo no he tenido ni fuerza ni tiempo para leerlo, pero ahora te lo doy a ti. Sigue las instrucciones y llegarás a ser rico.

El hijo, después de haber superado la tristeza por la pérdida de su madre, empezó a leer aquel grueso libro, antiguo y precioso que comenzaba así: Para llegar al tesoro debes leer página por página. Si te saltas alguna página por leer el final del libro, desaparecerá por arte de magia y no podrás encontrar el tesoro. Y prosiguió describiendo las riquezas.

Pero después de la primera página, el texto continuaba en lengua árabe. El joven, que ya se imaginaba rico, para no correr el riesgo de que otro se entere, se puso a estudiar árabe, hasta que pudo leer sin problema. Pero con sorpresa advirtió que mas adelante, el libro continuaba en chino y en otros idiomas. El joven, con paciencia, estudió cada idioma.

Mientras tanto, para poder sostenerse, aprovechó el conocimiento de varias lenguas y comenzó a ser conocido en la ciudad como el mejor intérprete, de tal modo que ya su situación económica no era tan difícil.

El libro continuaba con las instrucciones para administrar el tesoro. El joven estudió con
mucha voluntad comercio y economía. Se capacitó sobre los bienes muebles e inmuebles, para que no lo engañaran cuando tuviera el tesoro.

A su vez, aprovechó para adquirir nuevos conocimientos, a tal punto que su fama se extendía hasta la corte, donde lo nombraron administrador general.

El libro, por fin, se adentraba en lo único en cuestión, indicando la forma de cómo construir un puente, cómo usar los instrumentos para llegar al lugar, cómo abrir las puertas de piedra, apartando la tierra.

Enseñaba cómo aplanar una calle; siempre con la idea de que nadie lo ayudara, para no confiar su secreto.

El hijo de la viuda, quien había llegado a ser un hombre muy culto y respetado, estudió ingeniería y urbanismo. Al ver el rey su valor y cultura, lo nombró ministro y arquitecto de la corte.

Finalmente primer ministro. No existía en el reino un hombre tan culto e inteligente, el cual había llegado al final de la lectura. El día en que se casaba con la hija del rey llegó a la última frase de todo el libro y por fin pudo leer:

La más grande riqueza es el CONOCIMIENTO

DESEO: tener metas y luchar por alcanzarlas con dedicación y |ganas, sin miedo al fracaso. ¡Querer es poder!

DETERMINACIÓN: perseverar, no obstante. Insistir con paciencia, y si se falla, volver a empezar.

DISCIPLINA: dedicar a esa meta tiempo e interés, ser fiel a sus principios y a un proceso ordenado. Igual que el atleta a su entrenamiento, o el artista a su ensayo.

El leñador

Había un leñador llamado Manuel, quien cortaba con su hacha 10 árboles semanales; luego, a la siguiente semana cortó únicamente 4 árboles, la tercera semana cortó 3 árboles y así sucesivamente iba disminuyendo su producción y su fuerza.

Preocupado su vecino José que le observaba, se acerca y le pregunta a Manuel…

  • ¿Manuel, qué es lo que te está ocurriendo, por qué razón estás bajando tu producción? Veo que cada día te levantas más temprano, trabajas más duro y casi no te das tiempo para comer… y te veo cada vez más delgado, triste y desmotivado. ¿Cuál es el problema?

Desde luego que Manuel no supo responderle…
¿Saben ustedes entonces dónde estaba el problema? ¡EN EL HACHA (su herramienta)!, pues se desafilaba cada día más y no la volvía a afilar.

Debemos ser muy objetivos en esta vida. Muchas veces nos empieza a ir mal en algo pero no sabemos por qué. ¿Cuántas personas se enferman y no se les encuentra nada físico? Y el problema es una depresión o un sentimiento, ya sea de odio, rencor, dolor o malos recuerdos.

Analicemos bien nuestras vidas y donde veamos que tenemos problemas, detengámonos a pensar cómo están nuestras relaciones con las otras personas y con Dios mismo. Después de todo, ¿con quién sino con tu creador debes tener una excelente relación?

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