El juicio de Dios

Un anciano vendía juguetes en el mercado.

Sus compradores, sabiendo que tenía la vista muy débil, le pagaban de vez en cuando con monedas falsas. El anciano se daba cuenta, pero no decía nada. En sus oraciones, pedía a Dios que perdonara a todos los que lo engañaban.

  • Tal vez tengan poco dinero, y quieren comprar regalos a sus hijos - se decía.

Pasó el tiempo y el hombre se murió. Delante de las puertas del paraíso, rezó una vez más:

  • ¡Señor! -dijo-. Soy un pecador. Cometí muchos errores, no soy mejor que las monedas falsas que recibí. ¡Perdóname!

En ese momento se abrieron las puertas y dijo una voz:

  • ¿Perdonar qué? ¿Cómo puedo juzgar a alguien que, en toda su vida, jamás juzgó a los demás?

El hijo del Rey

Había una vez un palacio cercado por cuatro murallas.
La exterior ceñía a la ciudad donde vivían los subditos. Dentro de la ciudad se formaba una segunda muralla, que rodeaba un magnífico jardín donde había todas las frutas y flores imaginables. Dentro del jardín había una tercera muralla protegida por el ejército de su majestad. La cuarta muralla rodeaba el palacio, con incontables torres que se elevaban hacia el cielo.

Cuando el pequeño príncipe, hijo del rey, tenía siete años, se había contratado una banda de gitanos para entretener a la corte. Usaban alegres ropas coloridas, y tenían como atracción un oso bailarín.

Por la noche, el rey fue hasta la habitación de su hijo para desearle, como todas las noches, un sueño feliz, pero no lo encontró. Por más que lo buscó por todas las dependencias del palacio no lo pudo encontrar, y esto le provocó una enorme angustia.

Finalmente entendió que su hijo había desaparecido con lo gitanos, e inmediatamente movilizó a todo su ejército para encontrarlo, pero lamentablemente, y para la mayor tristeza del rey, el pequeño príncipe no apareció.

Pasaron muchos años durante los cuales el hijo del rey se crió entre los gitanos. Al niño se le habían olvidado el resplandor del palacio, sus lujos y su familia; sus amigos, las fiestas y todo lo que había en su vida como hijo del rey.

Cierto día, la noticia de que el rey estaba agonizando llegó hasta el pueblo de estos gitanos. El rey pedía que el príncipe volviera para coronarse.

Prometía, además, que la persona que lo trajera ganaría una recompensa enorme. Como los gitanos pretendían ganar esa recompensa, lo llevaron al palacio enseguida.

Pasaron por la puerta de la primera muralla, y el joven miró la ciudad a su alrededor. No reconocía nada. Siguiendo su camino, pasaron por la segunda muralla, y entraron al jardín de las hermosas flores y frutas maduras.

El joven tuvo una agradable sensación, pero aún no reconocía su entorno.

Al pasar por la tercera muralla vio a un grupo de soldados que desfilaban. Entonces llegó a la puerta de la cuarta muralla. Allí,uno de los gitanos que lo acompañaba habló con el guardia que la protegía y, finalmente, los dejó pasar.

El joven observaba asombrado las paredes recubiertas de oro, y el gran lujo que se desplegaba ante su vista.

  • Hoy verás al rey -le dijo el gitano-, él te dará los regalos más hermosos, oro y joyas, todo lo que tú quieras.

Cuando el joven fue llevado ante el rey, éste lo reconoció como su hijo, y con mucha emoción, tomándolo en sus brazos, le dijo:

  • El reino es tuyo. Puedes tener lo que desees. ¿Cuál es tu voluntad?

El príncipe miró a su alrededor y se miró a sí mismo, sus pies descalzos y su ropa rasgada. Vio el trono esculpido en plata brillante, pero no recordaba nada.

Finalmente dirigiéndose al rey, le dijo lo siguiente:

  • Yo quisiera tener ropas abrigadas y un par de zapatos fuertes. Sería maravilloso.

Todos somos como el pequeño príncipe. Siempre pedimos cosas pequeñas y nos olvidamos que el mundo entero, y eso incluye la gloria de Dios, es nuestro. Nos la pasamos tratando de obtener apenas lo mínimo necesario para sobrevivir el momento, sin recordar que somos los hijos del Rey, nuestro Dios

La verdad es que somos hijos del Rey, pero también es verdad que vivimos sin la conciencia de que, como hijos del Rey, podemos elevar nuestras vidas, nuestros propósitos, nuestras metas e ideales. Y aun así nuestra vida transcurre como si fuéramos mendigos. Corremos tras las necesidades más inmediatas y simples, sin fijarnos en lo que realmente es importante.

Este relato es una invitación para que meditemos y recordemos cuál es el propósito de nuestra existencia y cuál debería ser nuestra forma de enfrentar el destino. No como los que apenas buscan el hoy que termina con la puesta del sol, sino como verdaderos hijos del Rey que somos.

Marcelo Rittner

El hielo roto

Cuentan que en la periferia de una ciudad Canadiense, en un soleado día de invierno, dos niños patinaban alegremente sobre una laguna congelada.

Los niños no se habían percatado que en el centro de la laguna yacía una bandera roja que anunciaba hielo delgado, porque se había caído sobre el hielo por una ráfaga de viento.

Los niños jugaban alegremente sin preocupación, al no percibir el peligro que corrían. Cuando de pronto, el hielo se reventó, y uno de los niños cayó al agua.

El otro niño, viendo que su amiguito era llevado por la ligera corriente unos metros más lejos y se ahogaba debajo del hielo, tomó una piedra y empezó a golpear con todas sus fuerzas, hasta que logró quebrarlo y así salvar a su amigo.

Un automovilista que pasaba dio la alarma, y corrió con una manta a socorrerlos, pero no se atrevía a ir más allá de la orilla, por temor al hielo quebradizo.

Cuando llegaron los bomberos y vieron lo que había sucedido, se preguntaron: ¿Cómo un niño tan pequeño fue capaz de romper un hielo de más de dos pulgadas de ancho?

  • ¡¡¡El hielo está muy grueso, es imposible que lo haya podido quebrar con esa piedra y sus manos tan pequeñas!!!

En ese instante apareció un anciano, quien les dijo:

  • Yo sé cómo lo hizo.
  • ¿Cómo? - le preguntaron al anciano quien contestó:
  • No había nadie a su alrededor, para decirle que era imposible que lo pudiera hacer.

Si QUIERES HACER ALBO EN LA VIDA, NO CREAS EN LA PALAPRA “IMPOSIBLE.”

El guardián perfecto

Un hombre se introdujo en la huerta de un vecino para robarle maíz. Llevó consigo a su hijito para que hiciera el papel de guardián y le avisara si se aproximaba alguien. Antes de comenzar, verificó que no hubiera nadie en los alrededores.

Miró a un lado y luego al otro. Al no ver a nadie, se disponía a llenar la bolsa que llevaba consigo, cuando de repente el niño exclamó:

  • ¡Papá, te olvidaste de mirar donde la busques, en otra dirección!
    Suponiendo que se acercaba alguien, guardó rápidamente la bolsa y le preguntó a su hijo en voz baja:
  • ¿Dónde? Este le respondió:
  • ¡Te olvidaste de mirar hacia arriba!

Al padre le remordió la conciencia, tomó a su hijo de la mano y emprendió el regreso a casa, sin el maíz que había planeado robar.

La conciencia es la luz de la inteligencia, es la que sabe distinguir el bien del mal.

El espejo que embellece

El horrible ogro que todos odiaban compró en la tienda un espejo de su propio tamaño.
Lo colocó en uno de los muros de su castillo. Podía verse en el espejo de cuerpo entero.

El vendedor le había asegurado algo que terminó por convencerlo.

  • Este espejo lo embellecerá, mi excelentísimo señor, se verá usted en él como siempre quiso verse.

Pasaba horas el ogro frente al espejo, comprobando sus bondades.

Era cierta la promesa del tendero; podía verse allí como siempre había soñado ser.

Cambió el ogro su mirada sobre sí mismo y consiguió que todos lo vieran distinto, a pesar de que su cuerpo no se había transformado. Ya no era tan horrible para los demás, porque había comenzado a embellecerse para él. Ya no era odiado por todos, porque había aprendido a quererse en el espejo.

Descúbrete a ti mismo con amor, para que los demás comiencen a quererte.

El equilibrista

En una muy importante ciudad se habían construido dos rascacielos impresionantemente altos, a treinta metros de distancia uno del otro. Un famoso equilibrista puso una cuerda en lo más alto de estos edificios, de extremo a extremo, con el fin de pasar caminando sobre ella. Antes dijo a la multitud expectante:

  • Me subiré y cruzaré sobre la cuerda, pero necesito que ustedes crean en mí y tengan confianza en que lo voy a lograr…
  • Claro que sí, respondieron todos al mismo tiempo.
    Subió por el elevador y, ayudándose de una vara de equilibrio, comenzó a atravesar de un edificio a otro sobre la cuerda floja.

Habiendo logrado la hazaña, bajó y dijo a la multitud, que le aplaudía emocionada.

  • Ahora voy a pasar por segunda ocasión, pero sin la ayuda de la vara. Por tanto, más que antes, necesito su confianza y su fe en mí.

El equilibrista subió por el elevador y luego comenzó a cruzar lentamente de un edificio hasta el otro. La gente estaba muda de asombro y aplaudía.

Entonces el equilibrista bajó y en medio de las ovaciones, por tercera vez dijo:

  • Ahora pasaré por última vez, pero será llevando una carretilla sobre la cuerda…

Necesito, más que nunca, que crean y confíen en mí. '

La multitud guardaba un tenso silencio. Nadie se atrevía a creer que esto fuera posible…

  • Basta que una sola persona confíe en mí y lo haré, afirmó el equilibrista.

Entonces uno de los que estaba atrás gritó:

  • Sí, sí, yo creo en ti; tú puedes. Yo confío en ti…

El equilibrista, para certificar su confianza, lo retó:

  • Si de verdad confías en mí, ven conmigo y súbete a la carretilla…

Cuando creas en ti mismo y contemples tu alma, viéndola divina y preciosa, te convertirás automáticamente en un ser que puede crear un milagro.

Categorías