Caridad

Cuántas y cuántas veces nos sentimos contentos con nosotros mismos cuando hacemos una obra de caridad, algún gesto de ayuda al prójimo.

Y todo tiene su valor, no hay duda, como dijo Jesucristo:
"Hasta un vaso de agua dado con amor tendrá su recompensa" (Mt 10,42)
Vea por ejemplo el testimonio de una mujer:
"Un niñito desarrapado, con carita de hambre, vino a recoger una camisa que le ofrecí cuando lo encontré en la calle.

Sobraba algo de comida del almuerzo. Y, entonces, le pregunté: - ¿Quieres almorzar?

El respondió: - Sí quiero, señora.
Y comió de prisa, con muchas ganas. En la mitad de plato, de repente, se paró y dijo:

  • Señora, ¿me regala un pedazo de papel?
    Al traerle el papel, él envolvió con cuidado el resto de su comida y explicó:
  • Es para mi amigo; hoy a esta hora él no ha comido nada todavía.
    Y yo pensaba que estaba siendo caritativa porque le di una camisa vieja y un poco de comida que sobró".

"A los ojos de la caridad no es nunca pequeño el bien que se hace ni el mal que se evita"

Ayudar a otros

Estaban los reporteros de un canal de televisión en un restaurante céntrico, cubriendo una noticia… en eso, a través de un cristal polarizado que no permitía ver desde el exterior, observaron y filmaron una escena que han venido repitiendo continuamente, tratando de "taladrarnos" el alma para sembrar el mensaje:

La temperatura era como de 5° grados, eran las 10:00 de la mañana, aproximadamente. En la acera, por una rejilla de ventilación, brotaba el aire caliente del sistema de calefacción de un hotel. De pie sobre la rejilla, una mujer indigente, afectada de sus facultades mentales, trataba de mitigar el frío con el aire caliente, cubriéndose con un mantel.

En eso, un joven se acerca a ella, se quita la chaqueta, quedando en mangas de camisa, le pone la chaqueta a la señora, le cierra el zipper (cremallera, como otros la conocen), le indica que recoja un bolso que tenía la señora a un lado y se aleja, envolviéndose con una larga bufanda clara. A su alrededor, la gente pasaba indiferente, sin notar lo que sucedía…

Este hecho, que debía ser cotidiano para todos como seres humanos y hermanos que somos, ha causado un revuelo como no tienen idea. Los reporteros trataron de hablar con el joven, pero éste se escabulló, después de dar un nombre falso…

La historia podría haber terminado ahí, en un benefactor anónimo… sin embargo, la gente empezó a llamar a la televisora, algunos dando datos del joven en cuestión, otros "denunciando" otros casos de benefactores, ángeles silenciosos que Dios guía para ayudar a quien lo necesita.

Dos días después aceptó ser entrevistado. Resultó ser un joven de 27 años, desempleado, soltero, que vive con su madre y cuyo padre falleció hace año y medio. La chaqueta era de su papá, pero se desprendió de ella porque pensó que el mejor uso que podía darle era ése, ayudar a quien no tenía cobijo. Su madre lo convenció de salir en la televisión, sugiriendo que tal vez ésa era la manera en que Dios quería ayudarlo para que consiguiera trabajo.

Cuando le preguntaron, ¿por qué lo hiciste?.., sólo respondió:

  • Toda mi vida he estado rodeado de amor, quizá demasiado, sólo compartí un poquito de lo mucho que he recibido.
  • Y, ¿qué sentías cuando te alejabas de ahí?.
  • Sólo felicidad; el aire frío que me calaba me hizo sentir alegre, pues yo lo sentía en vez de esa mujer…

Qué gran lección nos dio este muchacho, a muchos que como él estamos desempleados, con riesgo de tener dificultades económicas y que, al contrario que él, sólo pensamos en solucionar nuestros problemas sin pensar en los demás.

Está de más decir que ahora hay decenas de empresas que solicitaron hablar con él ofreciéndole un empleo basándose en el hecho irrefutable de que donde hay valores hay honestidad, y un empleado con la calidad moral de él sólo puede traer beneficios a la empresa.

A ayudar a los demás, amigos, eso es lo que Él nos enseñó, ¿cuándo fue que perdimos el Camino?…

Ayudando seremos ayudados

En una zona montañosa, a través de una región desierta, caminaban dos viejos amigos, ambos enfermos, cada uno defendiéndose lo mejor posible, contra los golpes del aire helado; y de pronto, se vieron sorprendidos por una criatura casi muerta en el camino, ante el viento del invierno.

Uno de ellos, miró a este ser singular, tirado, y exclamó irritado:

  • No perderemos el tiempo. Debo cuidarme a mí mismo. Sigamos nuestro camino.
  • Amigo, salvemos al pequeño. Es nuestro hermano…, ¡por humanidad!
  • No puedo -dijo el compañero endurecido-. Me siento cansado y enfermo. Este desconocido sería un peso insoportable. Tenemos frío y hay tempestad. Precisamos llegar a la aldea próxima, sin pérdida de tiempo.

Y avanzó hacia adelante, dando largos pasos.
El caminante de buenos sentimientos, con todo, se inclinó hacia el pequeño extendido sobre el suelo, se demoró algunos minutos para levantarlo colocándolo paternalmente en su propio pecho, y apretándolo aún más contra sí, comenzó a caminar lentamente.

La lluvia helada cayó por la noche, pero él, cargado con el valioso cuerpo del pequeño, después de mucho tiempo, logró llegar al albergue del poblado que buscaba.
Con enorme sorpresa, no encontró allí a su amigo, que lo precedía.

Solamente, al día siguiente, después de una minuciosa búsqueda, fue el infeliz caminante encontrado sin vida, en una desviación del camino principal.

Siguiendo de prisa y a solas, con la idea egoísta de preservarse, no resistió la onda de frío que se hizo violenta, y cayó casi congelado, sin recursos para calentarse; en cuanto a su compañero de viaje, recibió a cambio, el suave calor del pequeño que llevaba junto a su propio corazón, superando los obstáculos de la noche fría, guardándose a salvo de semejante desastre.

Este viajero descubrió lo sublime del auxilio mutuo…
Ayudando al pequeño abandonado, se ayudó a sí mismo.
Avanzando con sacrificio, para ser útil al otro, consiguió vencer los obstáculos del camino, alcanzando las bendiciones de la salvación recíproca.

Los más elocuentes y exactos testimonios de un hombre delante del Padre Supremo, son sus propias obras.

Aquéllos que amparamos, constituyen nuestro sustento.
El corazón que socorremos se jnvierte ahora, o más tarde, en scurso a nuestro favor.
Nadie lo dude.

Un hombre solo, es simplemente un adorno vivo de la soledad, pero aquél que coopera en beneficio del prójimo, es creador del auxilio común.
Ayudando, seremos ayudados. Dando… recibiremos: ésta es la Ley Divina.

Aprendiendo

Un joven, preso de la amargura, acudió a un monasterio en Japón y le expuso a un anciano maestro:

  • Quería alcanzar la iluminación, pero soy incapaz de soportar los años de retiro y meditación.

¿Existe un camino rápido para alguien como yo?

  • ¿Te has concentrado a fondo en algo durante tu vida? -preguntó el maestro.
  • Sólo en el ajedrez, pues mi familia es rica, y nunca trabajé de verdad.

El maestro llamó a un monje. Trajeron un tablero de ajedrez y una espada afilada.

  • Ahora vas a jugar una partida muy especial de ajedrez. Si pierdes, te cortaré la cabeza con esta espada; y si por el contrario ganas, se la cortaré a tu adversario.

Empezó la partida.
El joven sentía las gotas de sudor recorrer su espalda, pues estaba jugando la partida de su vida.

El tablero se convirtió en el mundo entero. Se identificó con él y formó parte de él.
Empezó perdiendo, pero su adversario cometió un desliz.

Aprovechó la ocasión para lanzar un fuerte ataque, que cambió su suerte. Entonces miró de reojo al monje.

Vio su rostro inteligente y sincero, marcado por años de esfuerzo.

Evocó su propia vida, ociosa y banal… y de repente se sintió tocado por la piedad.
Así que cometió un error voluntario y luego otro… Iba a perder.

Viéndolo, el maestro arrojó el tablero al suelo y las piezas se mezclaron.

  • No hay vencedor ni vencido -dijo-. No caerá ninguna cabeza.
    Se volvió hacia el joven y añadió:
  • Dos cosas son necesarias: la concentración y la piedad. Hoy has aprendido las dos.

Angelitos sordos

Había en el cielo un grupo de angelitos que no podían oír. Mientras que los otros ángeles, en sus clases de arpa y laúd, tocaban sus instrumentos preferidos y entonaban hermosas melodías, los angelitos sordos se habían sentado en una nubecita rosada, muy tristes.

  • ¿Qué podemos hacer? -pensaban-. Nuestros compañeros entonan bellísimas melodías para alabar al Creador, y tocan instrumentos que deleitan sus oídos ¿Cómo podemos hacer nosotros para demostrarle nuestro amor?

Debajo de la nubecita donde estaban sentados, había un jardín. Los angelitos sordos se sentían muy tristes, y las flores de aquel jardín comenzaron a marchitarse; uno de ellos se dio cuenta de lo que estaba pasando, y señaló con su dedito hacia abajo. Los otros se miraron y comenzaron a cambiar sus pensamientos, se concentraron todos en el amor de Dios hacia ese jardín, y al cabo de un rato vieron que en el jardín habían brotado hermosas flores de brillantes colores.

  • ¡Qué maravilla! -pensaron-. Juntemos algunas flores, y vayamos a visitar a Dios.
    Los angelitos, muy contentos, fueron hasta el trono del Señor.

El ángel guardián del trono los recibió, y les preguntó: - ¿Qué desean?
Los angelitos sordos mostraron las canastas con flores. El ángel guardián comprendió que eran ofrendas para el Creador, y los dejó pasar. Los angelitos se acercaron, y depositaron las canastas con flores a los pies del Señor. El los miró complacido, y les habló directo al corazón:

  • Veo que han comprendido, ¿De qué servirían todas las melodías que entonan los coros, celestiales, si no existieran las flores que embellecen al mundo?
    Los pensamientos de amor son capaces de crear las formas más bellas; si ustedes seguían tan tristes, se iban a marchitar todas las flores de la tierra. Continúen enviando sus pensamientos de Amor y verán las Maravillas de la Creación.

Nunca desprecies a tu hermano discapacitado por ser diferente a ti, pues todas las criaturas son hermosas y perfectas a los ojos del Creador; Ellos tienen dones que ni siquiera te imaginas.

Y cuando te detengas a contemplar la belleza de una flor, recuerda que un angelito sordo, está enviando sus pensamientos de Amor.

Ángeles a nuestro lado

Esta tarde, como a las cinco, estaba conduciendo a casa luego de una reunión. Atrapado en el tráfico de una avenida principal, el coche comenzó a ahogarse, toser y finalmente se paró.

Apenas pude manejar hasta la orilla, maldiciendo hasta una gasolinera, sin embargo, me sentía tranquilo porque de una u otra forma, no estaba bloqueando el tráfico a la hora pico, para esperar a la grúa. Antes de que pudiera hacer una llamada, observé a una mujer saliendo de la tienda de autoservicio, y vi como se calló sobre una bomba de gasolina.

Corrí entonces para ver si estaba bien. Cuando me acerqué, pude notar que la mujer que fue vencida más por los sollozos que por haberse caído; era una joven que se veía realmente ojerosa y , triste. Ella dejó caer algo mientras la ayudaba a levantarse, y lo recogí para entregárselo. Era una moneda de diez pesos.

En ese momento, todo se me aclaró: la mujer llorosa, el viejo auto con 3 niños adentro y la lectura en la bomba de gasolina marcando $100. Le pregunté si ella estaba bien y si necesitaba ayuda, y ella insistió diciendo:

  • No quiero que mis hijos me ven llorar, - entonces nos paramos al otro lado de la bomba, lejos de su carro. Dijo que conducía a otra ciudad, y que ahora las cosas estaban muy difíciles para ella.

Entonces le pregunté:

  • ¿Y usted estaba rezando?
    Esto la hizo alejarse un poco de mí, mientras que yo le aseguré que no era una persona loca, y dije:
  • El te escuchó, y me envió. Saqué mi tarjeta y la pasé a través del lector de tarjetas en la bomba para que pudiera llenar su coche completamente, y mientras que se provisionaba de combustible, caminé hacia la tienda de autoservicio y compré 2 bolsos grandes de alimentos, unos regalos, y una taza grande de café.

Ella dio los alimentos a los niños en el coche, quienes se avorazaron como lobos; hicimos una pausa en el estacionamiento, para comer papas fritas y charlar un poco. Me dijo su nombre, y parte de su historia. Su esposo la había abandonado hace 2 meses y ella no había podido llegar a un acuerdo con la separación.

Ella sabía que no tendría dinero para pagar la renta de enero, y finalmente por la desesperación había llamado por fin a sus padres, con quienes no había hablado desde hace 5 años. Ellos vivían a 4 horas y le habían dicho que podía ir a vivir con ellos e intentar conseguir reestructurar su vida allí. Entonces, empacó todas sus pertenencias en su carro. Les dijo a los niños que iban con sus abuelos a pasar Navidad, pero no que iban a vivir allí.

Le di mis guantes, un abrazo, nos juntamos de la mano e hicimos una oración rápida para que Dios guiara su camino. Mientras caminaba hacia mi coche, ella dijo:

  • Entonces, ¿eres como un ángel o algo así? Le respondí:
  • Querida, en esta época del año los ángeles están realmente ocupados, a veces Dios utiliza a gente común.

Era tan increíble ser parte del milagro de otros. Y por supuesto, cuando llegué a mi coche, enseguida comenzó a funcionar 5 me llevó a casa sin problemas. Lo pondré en el taller mañana para revisarlo, pero sospecho que el mecánico no encontrará nada mal.

Los ángeles a veces vuelan tan cerca, que puedes oír el alboroto de sus alas…

"Descarga en el Señor tu peso
y Él te sostendrá"
(Salmo 55:23)

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