Daniel Suplementos Griegos 14

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Capítulo 14

1 El rey Astiages fue a reunirse con sus padres y le sucedió Ciro el Persa.

2 Daniel vivía junto al rey, el cual lo estimaba más que a cualquier otro de sus amigos.

3 Había en Babilonia un ídolo llamado Bel, a quien se le ofrecía todos los días más de seiscientos kilos de harina, de la mejor calidad, cuarenta ovejas y más de doscientos litros de vino.

4 El rey veneraba al ídolo e iba todos los días a adorarlo; Daniel, en cambio, adoraba a su Dios.

5 El rey le dijo: «¿Por qué no adoras a Bel?» El le respondió: «Yo no venero ídolos hechos por la mano del hombre, sino sólo al Dios viviente que ha creado el cielo y la tierra y que tiene dominio sobre todo ser viviente».

6 Entonces dijo el rey: «¿Tú no crees que Bel es un dios vivo? ¿No ves lo que come y bebe diariamente?».

7 Daniel se puso a reír y le dijo: «No te engañes, rey, por dentro es de arcilla y por fuera de bronce, y no ha comido ni bebido jamás».

8 El rey se enfureció, mandó llamar a los sacerdotes de Bel y les dijo: «Si no me dicen quién consume este alimento ustedes morirán, pero si demuestran que es Bel el que lo come, morirá Daniel por haber blasfemado contra Bel».

9 Daniel dijo al rey: «Que se haga según tu palabra». Los sacerdotes eran setenta, sin contar las mujeres y los niños.

10 El rey fue con Daniel al templo de Bel,

11 y los sacerdotes de Bel le dijeron: «Nosotros vamos a salir de aquí y tú, rey, vas a servir la comida y a ofrecer el vino aromatizado; luego cierra la puerta y séllala con tu anillo. Cuando vengas mañana por la mañana, si no compruebas que Bel se lo ha comido todo, moriremos nosotros; si no, morirá Daniel, que ha mentido contra nosotros».

12 Ellos estaban seguros de sí mismos, porque habían hecho debajo de la mesa una entrada secreta, por donde penetraban todos los días para llevarse las ofrendas.

13 Cuando salieron, el rey hizo poner los alimentos delante de Bel.

14 Pero Daniel mandó a sus servidores que trajeran ceniza y la esparcieran por todo el suelo del templo, sin más testigos que el rey. Después salieron, cerraron la puerta, la sellaron con el anillo real y se fueron.

15 Los sacerdotes fueron de noche, como de costumbre, con sus mujeres y sus hijos, y comieron y bebieron todo.

16 Muy de madrugada, el rey fue junto con Daniel

17 y le preguntó: «Daniel, ¿los sellos están intactos?». «Están intactos, rey», le respondió.

18 Apenas abrió la puerta, el rey miró la mesa y exclamó: «Tú eres grande, Bel, y en ti no hay engaño».

19 Daniel se puso a reír, retuvo al rey para que no avanzara más adentro y dijo: «Fíjate en el suelo y reconoce de quién son esas huellas».

20 «Veo huellas de hombres, de mujeres y de niños», dijo el rey,

21 y lleno de furia mandó arrestar a los sacerdotes, con sus mujeres y sus hijos. Ellos le mostraron entonces la puerta secreta por donde entraban para consumir lo que estaba sobre la mesa.

22 El rey los mandó matar y entregó a Bel en manos de Daniel, que destruyó el ídolo y su templo.

23 También había un gran Dragón, que era venerado por los babilonios.

24 El rey dijo a Daniel: «¿Vas a decir que también este es de bronce? Míralo, él vive, come y bebe; no puedes negar que es un dios vivo: adóralo, entonces».

25 Daniel le respondió: «Yo adoro al Señor, mi Dios, porque él es el Dios viviente. Si tú me lo permites, rey, yo mataré a este Dragón sin espada ni palo».

26 El rey se lo permitió.

27 Entonces Daniel tomó resina, grasa y crines, las coció, hizo con todo esto unas bolitas, y las echó en las fauces del Dragón. Este se las tragó y reventó. Daniel dijo: «¡Miren lo que ustedes veneran!».

28 Cuando los babilonios se enteraron, se enfurecieron y se amotinaron contra el rey, diciendo: «El rey se hizo judío: destruyó la estatua de Bel, mató al Dragón y masacró a los sacerdotes».

29 Después fueron a decir al rey: «Entréganos a Daniel; si no, te mataremos a ti y a tu familia».

30 Ante esta amenaza, el rey se vio obligado a entregarles a Daniel.

31 Ellos lo arrojaron al foso de los leones, donde permaneció seis días.

32 En el foso había siete leones a los que se daba diariamente dos personas y dos ovejas, pero esta vez no les dieron nada, para que devoraran a Daniel.

33 En ese momento, el profeta Habacuc, que estaba en Judea, acababa de hacer preparar un guiso y de poner pequeños trozos de pan en una canasta, e iba hacia el campo a llevar su comida a los segadores.

34 El Angel del Señor dijo a Habacuc: «Lleva la comida que tienes a Daniel, que está en Babilonia, en el foso de los leones».

35 «Señor, respondió Habacuc, nunca he visto a Babilonia y no conozco ese foso».

36 El Angel del Señor lo tomó por la cabeza y lo llevó de los cabellos hasta Babilonia, al borde del foso, con la rapidez de su espíritu.

37 Habacuc exclamó: «Daniel, Daniel, toma la comida que el Señor te envía».

38 Y Daniel dijo: «Tú, Dios, te acordaste de mí, y no abandonaste a los que te aman».

39 Después se levantó y comió, mientras que el Angel de Dios volvió a llevar en seguida a Habacuc a su lugar.

40 El séptimo día, el rey fue a llorar a Daniel. Se acercó al foso, miró y vio que Daniel estaba tranquilamente sentado.

41 Entonces exclamó: «¡Tú eres grande, Señor, Dios de Daniel, y no hay otro Dios fuera de ti!».

42 Después hizo salir a Daniel del foso y mandó arrojar en él a los que habían querido destruirlo, y al instante ellos fueron devorados en su presencia.

Daniel Suplementos Griegos 13

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Capítulo 13

1 Había en Babilonia un hombre llamado Joaquín.

2 El se había casado con una mujer llamada Susana, hija de Jilquías, que era muy hermosa y temía a Dios,

3 porque sus padres eran justos y habían instruido a su hija según la Ley de Moisés.

4 Joaquín era muy rico y tenía un jardín contiguo a su casa. Muchos judíos iban a visitarlo, porque era el más estimado de todos.

5 Aquel año, se había elegido como jueces a dos ancianos del pueblo. A ellos se refiere la palabra del Señor: «La iniquidad salió en Babilonia de los ancianos y de los jueces que se tenían por guías del pueblo».

6 Esos ancianos frecuentaban la casa de Joaquín y todos los que tenían algún pleito acudían a ellos.

7 Hacia el mediodía, cuanto todos ya se habían retirado, Susana iba a pasearse por el jardín con su esposo.

8 Los dos ancianos, que la veían todos los días entrar para dar un paseo, comenzaron a desearla.

9 Ellos perdieron la cabeza y apartaron sus ojos para no mirar al Cielo y no acordarse de sus justos juicios.

10 Los dos ardían de pasión por ella, pero se ocultaban mutuamente su tormento,

11 porque sentían vergüenza de confesar el deseo que tenían de acostarse con ella,

12 y se las ingeniaban para verla todos los días.

13 Un día, después de decirse el uno al otro: «Volvamos a casa, es la hora de almorzar», se separaron y se fueron cada uno por su lado,

14 pero ambos volvieron sobre sus pasos y se encontraron frente a frente. Obligados a darse una explicación, ambos confesaron su pasión y se pusieron de acuerdo para buscar el momento en que pudieran sorprender a solas a Susana.

15 Una vez, mientras ellos aguardaban una ocasión favorable, Susana entró como en los días anteriores, acompañada solamente por dos jóvenes servidoras, y como hacía calor, quiso bañarse en el jardín.

16 Allí no había nadie, fuera de los ancianos, escondidos y al acecho.

17 Ella dijo a las servidoras: «Tráiganme la crema y los perfumes, y cierren la puerta del jardín para que pueda bañarme».

18 Las servidoras obedecieron, cerraron la puerta del jardín y salieron por la puerta lateral para ir a buscar lo que Susana les había ordenado, sin saber que los ancianos estaban escondidos.

19 En cuanto las servidoras salieron, ellos se levantaron y arrojándose sobre ella le dijeron:

20 «La puerta del jardín está cerrada y nadie nos ve. Nosotros ardemos de pasión por ti; consiente y acuéstate con nosotros.

21 Si te niegas, daremos testimonio contra ti, diciendo que un joven estaba contigo y que por eso habías hecho salir a tus servidoras».

22 Susana gimió profundamente y dijo: «No tengo salida: si consiento me espera la muerte, si me resisto no escaparé de las manos de ustedes.

23 Pero prefiero caer entre sus manos sin haber hecho nada, que pecar delante del Señor».

24 Susana gritó con todas sus fuerzas; los dos ancianos también se pusieron a gritar contra ella,

25 y uno de ellos corrió a abrir la puerta del jardín.

26 Al oír esos gritos en el jardín, la gente de la casa se precipitó por la puerta lateral para ver lo que ocurría,

27 y cuando los ancianos contaron su historia, los servidores quedaron desconcertados, porque jamás se había dicho nada semejante de Susana.

28 Al día siguiente, cuando el pueblo se reunió en casa de Joaquín, su marido, también llegaron los ancianos con la intención criminal de hacer morir a Susana.

29 Ellos dijeron en presencia del pueblo: «Manden a buscar a Susana, hija de Jilquías, la mujer de Joaquín». Fueron a buscarla,

30 y ella se presentó acompañada de sus padres, sus hijos y todos sus parientes.

31 Susana era una mujer muy delicada y de gran hermosura,

32 y como tenía puesto el velo, aquellos malvados se lo hicieron quitar para complacerse con su belleza.

33 Todos sus familiares lloraban, lo mismo que todos los que la veían.

34 Los dos ancianos se levantaron en medio de la asamblea y le pusieron las manos sobre la cabeza.

35 Ella, bañada en lágrimas, levantó sus ojos al cielo, porque su corazón estaba lleno de confianza en el Señor .

36 Los ancianos dijeron: «Mientras nos paseábamos solos por el jardín, esta mujer entró allí con dos servidoras; cerró la puerta y después hizo salir a las servidoras.

37 Entonces llegó un joven que estaba escondido y se acostó con ella.

38 Nosotros, que estábamos en un rincón del jardín, al ver la infamia, nos precipitamos hacia ellos.

39 Los vimos abrazados, pero no pudimos atrapar al joven, porque él era más fuerte que nosotros, y abriendo la puerta, se escapó.

40 En cuanto a ella, la apresamos y le preguntamos quién era ese joven,

41 pero ella no quiso decirlo. De todos esto somos testigos». La asamblea les creyó porque eran ancianos y jueces del pueblo, y Susana fue condenada a muerte.

42 Pero ella clamó en alta voz: «Dios eterno, tú que conoces los secretos, tú que conoces todas las cosas antes que sucedan,

43 tú sabes que ellos han levantado contra mí un falso testimonio. Yo voy a morir sin haber hecho nada de todo lo que su malicia ha tramado contra mí».

44 El Señor escuchó su voz:

45 cuando la llevaban a la muerte, suscitó el santo espíritu de un joven llamado Daniel,

46 que se puso a gritar: «¡Yo soy inocente de la sangre de esta mujer!».

47 Todos se volvieron hacia él y le preguntaron: «¿Qué has querido decir con esto?».

48 De pie, en medio de la asamblea, él respondió: «¿Son ustedes tan necios, israelitas? ¡Sin averiguar y sin tener evidencia ustedes han condenado a una hija de Israel!

49 Vuelvan al lugar del juicio, porque estos hombres han levantado un falso testimonio contra ella».

50 Todo el pueblo se apresuró a volver, y los ancianos dijeron a Daniel: «Ven a sentarte en medio de nosotros y dinos qué piensas, ya que Dios te ha dado la madurez de un anciano».

51 Daniel les dijo: «Sepárenlos bien a uno del otro y yo los interrogaré».

52 Cuando estuvieron separados, Daniel llamó a uno de ellos y le dijo: «¡Hombre envejecido en el mal! Ahora han llegado al colmo los pecados que cometías anteriormente

53 cuando dictabas sentencias injustas, condenabas a los inocentes y absolvías a los culpables, a pesar de que el Señor ha dicho: «No harás morir al inocente y al justo».

54 Si es verdad que tú la viste, dinos bajo qué árbol los has visto juntos». El respondió: «Bajo una acacia».

55 Daniel le dijo entonces: «Has mentido a costa de tu cabeza: el Angel de Dios ya ha recibido de él tu sentencia y viene a partirte por el medio».

56 Después que lo hizo salir, mandó venir al otro y le dijo: «¡Raza de Canaán y no de Judá, la belleza te ha descarriado, el deseo ha pervertido tu corazón!

57 Así obraban ustedes con las hijas de Israel, y el miedo hacía que ellas se les entregaran. ¡Pero una hija de Judá no ha podido soportar la iniquidad de ustedes!

58 Dime ahora, ¿bajo qué árbol los sorprendiste juntos?». El respondió: «Bajo un ciprés».

59 Daniel le dijo entonces: «Tú también has mentido a costa de tu cabeza: el Angel de Dios te espera con la espada en la mano, para partirte por el medio. Así acabará con ustedes».

60 Entonces toda la asamblea clamó en alta voz, bendiciendo a Dios que salva a los que esperan en él.

61 Luego, todos se levantaron contra los dos ancianos, a los que Daniel por su propia boca había convencido de falso testimonio, y se les aplicó la misma pena que ellos habían querido infligir a su prójimo:

62 Para cumplir la Ley de Moisés, se los condenó a muerte, y ese día se salvó la vida de una inocente.

63 Jilquías y su mujer dieron gracias a Dios por su hija Susana, lo mismo que Joaquín, su marido, y todos sus parientes, porque nada indigno se había hallado en ella.

64 Desde ese día, Daniel fue grande a los ojos del pueblo.

Daniel Suplementos Griegos 3

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Capítulo 3

24 Y ellos caminaban en medio de las llamas, alabando a Dios y bendiciendo al Señor.

25 Azarías, de pie en medio del fuego, tomó la palabra y oró así:

26 «Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, y digno de alabanza, que tu Nombre sea glorificado eternamente.

27 Porque tú eres justo en todo lo que has hecho por nosotros, todas tus obras son verdaderas, tus caminos son rectos y todos tus juicios son verdad.

28 Tú has ejecutado justas sentencias, en todo lo que has hecho recaer sobre nosotros y sobre Jerusalén, la Ciudad santa de nuestros padres. Con verdad y justicia nos has tratado así, a causa de nuestros pecados.

29 Sí, nosotros hemos pecado y cometido la iniquidad, apartándonos de ti. Sí, hemos pecado gravemente no hemos escuchado tus mandamientos,

30 no los hemos observado ni cumplido, según lo que tú nos habías mandado para nuestro bien.

31 Sí, todo lo que tú has hecho recaer sobre nosotros, todo lo que nos has hecho, lo has hecho con toda justicia.

32 Nos has entregado en las manos de nuestros enemigos, gente sin ley, los peores impíos, y a un rey injusto, el más perverso de la tierra.

33 Y ahora no podemos abrir la boca, la vergüenza y el oprobio cayeron sobre tus servidores y sobre aquellos que te adoran.

34 No nos abandones para siempre a causa de tu Nombre, no anules tu Alianza,

35 no apartes tu misericordia de nosotros, por amor a Abraham, tu amigo, a Isaac, tu servidor, y a Israel, tu santo,

36 a quienes prometiste una descendencia numerosa como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar.

37 Señor, hemos llegado a ser más pequeños que todas las naciones, y hoy somos humillados en toda la tierra a causa de nuestros pecados.

38 Ya no hay más en este tiempo, ni jefe, ni profeta, ni príncipe, ni holocausto, ni sacrificio, ni oblación, ni incienso, ni lugar donde ofrecer las primicias,

39 y así, alcanzar tu favor. Pero que nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humillado nos hagan aceptables

40 como los holocaustos de carneros y de toros, y los millares de corderos cebados; que así sea hoy nuestro sacrificio delante de ti, y que nosotros te sigamos plenamente, porque no quedan confundidos los que confían en ti.

41 Y ahora te seguimos de todo corazón, te tememos y buscamos tu rostro.

42 No nos cubras de vergüenza, sino trátanos según tu benignidad y la abundancia de tu misericordia.

43 Líbranos conforme a tus obras maravillosas, y da gloria a tu Nombre, Señor .

44 Que sean confundidos todos los que hacen daño a tus servidores: que sean cubiertos de vergüenza, privados de todo dominio, y que su fuerza sea quebrantada.

45 Que ellos sepan que tú eres el Señor, el único Dios, glorioso sobre la tierra».

46 Los servidores del rey, que los habían arrojado en el horno, no cesaban de alimentar el fuego con betún, resina, estopa y sarmientos.

47 La llama se elevaba hasta veinticinco metros por encima del horno,

48 y al extenderse, abrasó a los caldeos que se hallaban alrededor del horno.

49 Pero el Angel del Señor bajó al horno al mismo tiempo que Azarías y sus compañeros; alejó del horno la llama de fuego

50 y produjo en medio del horno como una brisa, una frescura de rocío, de manera que el fuego no los tocó para nada ni les causó daño ni tormento.

51 Entonces los tres, a una sola voz, se pusieron a celebrar, a glorificar y a bendecir a Dios dentro del horno, diciendo:

52 «Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres,

alabado y exaltado eternamente.

Bendito sea tu santo y glorioso Nombre,

alabado y exaltado eternamente.

53 Bendito seas en el Templo de tu santa gloria,

aclamado y glorificado eternamente por encima de todo.

54 Bendito seas en el trono de tu reino,

aclamado por encima de todo y exaltado eternamente.

55 Bendito seas tú, que sondeas los abismos y te sientas sobre los querubines,

alabado y exaltado eternamente por encima de todo.

56 Bendito seas en el firmamento del cielo,

aclamado y glorificado eternamente.

57 Todas las obras del Señor, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

58 Angeles del Señor, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

59 Cielos, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

60 Todas las aguas que están sobre los cielos, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

61 Todos los ejércitos celestiales, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

62 Sol y luna, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

63 Astros del cielo, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

64 Lluvias y rocíos, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

65 Todos los vientos, bendigan al Señor

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

66 Fuego y calor, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

67 Frío y heladas, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

68 Rocíos y escarchas, bendigan al Señor

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

69 Hielos y fríos, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

70 Heladas y nieves, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

71 Noches y días, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

72 Luz y tinieblas, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

73 Rayos y nubes, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

74 Que la tierra bendiga al Señor, que lo alabe y glorifique eternamente.

75 Montañas y colinas, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

76 Todo lo que brota sobre la tierra, bendiga al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

77 Manantiales, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

78 Mares y ríos, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

79 Cetáceos y todo lo que se mueve en las aguas, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

80 Todas las aves del cielo, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

81 Todas las fieras y animales, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

82 Todos los hombres, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

83 Israel, bendice al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

84 Sacerdotes del Señor, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

85 Servidores del Señor, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

86 Espíritus y almas de los justos, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

87 Santos y humildes de corazón, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

88 Ananías, Azarías y Misael, bendigan al Señor,

¡alábenlo y glorifíquenlo eternamente!

Porque él nos ha librado del Abismo,

nos ha salvado del poder de la muerte.

El nos ha arrancado del horno de llamas ardientes,

nos ha rescatado de en medio del fuego.

89 Den gracias al Señor, porque es bueno,

¡porque es eterno su amor!

90 Todos los que temen al Señor,

bendigan al Señor,

al Dios de los dioses,

alábenlo y denle gracias,

¡porque es eterno su amor!».

Carta de Jeremias

CARTA DE JEREMIAS

Copia de la carta enviada por Jeremías a los que iban a ser llevados cautivos a Babilonia por el rey de los babilonios, para anunciarles lo que Dios le había ordenado.

1 A causa de los pecados que ustedes han cometido contra Dios, serán llevados cautivos a Babilonia por Nabucodonosor, rey de los babilonios.

2 Cuando lleguen a Babilonia, permanecerán allí muchos años y por largo tiempo, hasta siete generaciones; pero después de esto los haré salir de allí en paz.

3 Ahora bien, ustedes verán en Babilonia dioses de plata, de oro y de madera, que son llevados a hombros, e infunden temor a las naciones.

4 Tengan cuidado, entonces, no sea que también ustedes se hagan semejantes a los extranjeros y se dejen invadir por el temor a esos dioses,

5 al ver delante y detrás de ellos una multitud que los adora. Digan más bien en su corazón: «A ti, Señor, hay que adorar».

6 Porque mi ángel está con ustedes y él cuida de sus vidas.

7 La lengua de esos dioses, en efecto, ha sido limada por un artífice, y aunque ellos están recubiertos de oro y plata, son falsos y no pueden hablar.

8 Como para una joven que le gusta adornarse, esta gente toma oro y fabrica coronas para las cabezas de sus dioses.

9 También, algunas veces, los sacerdotes sustraen a sus dioses el oro y la plata, que gastan para sí mismos y los dan, incluso, a las prostitutas sagradas.

10 Adornan con vestidos a estos dioses de plata, oro y madera, como si fueran hombres, pero ellos no pueden librarse del orín y de la polilla,

11 a pesar del manto de púrpura con que se los cubre. Les limpian la cara a causa del polvo del templo que se amontona sobre ellos.

12 Alguno de ellos tiene un cetro como un gobernador de provincia, pero no puede matar al que lo ofende.

13 Otro tiene en su derecha un puñal y un hacha, pero no puede defenderse de la guerra ni de los ladrones.

14 Por todo esto aparece claro que ellos no son dioses: no los teman, entonces.

15 Así como una vasija rota ya no sirve para nada, así sucede también con sus dioses, una vez instalados en sus templos:

16 sus ojos se llenan del polvo levantado por los pies de los que entran.

17 Y así como a un hombre que ha ofendido al rey, se lo encierra en una celda, porque está condenado a muerte, así también los sacerdotes refuerzan los templos de esos dioses con puertas, cerrojos y trancas, para que no sean despojados por los ladrones.

18 Encienden lámparas, en mayor número aún que para sí mismos, aunque los dioses no pueden ver ninguna de ellas.

19 Son como uno de los postes del templo, de los cuales se dice que están carcomidos por dentro, y mientras los gusanos de la tierra los devoran junto con sus vestidos, ellos no sienten nada.

20 Su cara está ennegrecida por el humo del templo.

21 Sobre su cuerpo y su cabeza revolotean murciélagos, golondrinas y otros pájaros; y también hay gatos.

22 Por todo esto, ustedes reconocerán que no son dioses: no los teman, entonces.

23 Ellos no harán brillar el oro con que se los recubre para embellecerlos, si nadie le quita el orín, porque ni aun cuando los fundían se daban cuenta de nada.

24 Han sido comprados a muy alto precio, y no hay en ellos ni un soplo de vida.

25 Como no tienen pies, son llevados en andas, mostrando así a los hombres que no valen nada. Y sus propios servidores también tienen que avergonzarse, porque si esos dioses caen por tierra, ellos tienen que levantarlos.

26 Si se los pone de pie, no se mueven por sí mismos; si se los inclina, no se pueden enderezar; como a muertos se les presentan las ofrendas.

27 Los sacerdotes venden sus víctimas y sacan provecho de ellas; de la misma manera, sus mujeres conservan en sal una parte de la víctima, en lugar de repartirla al pobre y al desvalido. Y hasta la menstruante y la parturienta tocan esas víctimas.

28 Sabiendo, entonces, por estas cosas que no son dioses, no los teman.

29 ¿Cómo se los puede llamar dioses? ¡Si son mujeres las que sirven a esos dioses de plata, de oro y de madera!

30 En sus templos, los sacerdotes permanecen sentados con sus túnicas desgarradas, con la cabeza y la barba raída y la cabeza descubierta;

31 gritan y vociferan delante de sus dioses, como lo hacen algunos en un banquete fúnebre.

32 Ellos quitan los vestidos a los dioses para vestir a sus mujeres y a sus hijos.

33 Y esos dioses no pueden devolver el bien o el mal que se les hace, ni pueden entronizar o derrocar a un rey.

34 Tampoco son capaces de dar riquezas o dinero. Si alguien les hace un voto y no lo cumple, ellos no le piden cuenta.

35 No libran a un hombre de la muerte, ni arrancan al débil de las manos del poderoso.

36 No devuelven la vista a un ciego ni salvan al que está necesitado.

37 No se compadecen de la viuda ni favorecen al huérfano.

38 Estos pedazos de madera, recubiertos de oro y plata, son como piedras extraídas de la montaña, y sus servidores quedarán avergonzados.

39 ¿Cómo se puede, entonces, pensar o decir que son realmente dioses?

40 Más aún, los mismos caldeos los desacreditan: cuando ven a un mudo que no puede hablar, lo presentan a Bel, pidiéndole que recupere el habla, como si el dios fuera capaz de entender;

41 y ellos no pueden recapacitar y abandonar a esos dioses, porque les falta el buen sentido.

42 También las mujeres, ceñidas de cordones, se instalan en los caminos quemando afrechillo;

43 y cuando alguna de ellas, solicitada por un transeúnte, se acuesta con él, se burla de su vecina, porque no fue distinguida como ella ni se rasgó su cordón.

44 Todo lo que concierne a estos dioses es mentira. ¿Cómo se puede, entonces, pensar o decir que son realmente dioses?

45 Ellos han sido fabricados por artesanos y orfebres; y no pueden ser otra cosa que lo que estos obreros quieren que sean.

46 Aquellos que los fabrican no vivirán mucho tiempo: ¿cómo pueden ser dioses las cosas fabricadas por ellos?

47 Porque no han dejado a sus descendientes más que mentira e ignominia.

48 Cuando les sobreviene una guerra u otras calamidades, los sacerdotes se consultan para saber dónde esconderse junto con sus dioses.

49 ¿Cómo no comprenden que no pueden ser dioses los que no pueden salvarse a sí mismos ni de la guerra ni de las calamidades?

50 Como son simples pedazos de madera recubiertos de oro y plata, más tarde se sabrá que son pura mentira. Se pondrá de manifiesto a todas las naciones y a todos los reyes que no son dioses, sino obras de manos de hombres, y que no hay nada en ellos que sea obra de Dios.

51 ¿Quién, entonces, puede dejar de admitir que no son dioses?

52 Ellos no pueden entronizar a un rey en un país, ni dar la lluvia a los hombres,

53 ni dirimir sus propias causas, ni librar al que sufre la injusticia, porque son impotentes: son como cuervos que vuelan entre el cielo y la tierra.

54 Si llega a caer fuego sobre el templo de estos dioses de madera recubiertos de oro y plata, sus sacerdotes huirán y se pondrán a salvo, mientras que ellos se quemarán como postes.

55 Ellos no pueden resistir a un rey ni a un ejército enemigo.

56 ¿Cómo se puede, entonces, admitir o pensar que son dioses?

57 Estos dioses de madera recubiertos de plata y oro no pueden salvarse de ladrones y salteadores; los más fuertes les arrancan el oro y la plata y se van con las vestiduras que los cubrían, sin que ellos se puedan socorrer a sí mismos.

58 De manera que vale más ser un rey que da prueba de su valentía, o un objeto útil en una casa, del que se sirve su dueño, que ser estos falsos dioses. O vale más ser la puerta de una casa, que asegura lo que hay en ella, o una columna de madera en un palacio real, que ser estos falsos dioses.

59 El sol, la luna y las estrellas, que están puestas para alumbrar y para ser útiles, se muestran dóciles;

60 lo mismo el relámpago, cuando aparece, es bien visible; igualmente el viento sopla en toda la región;

61 las nubes, cuando Dios les ordena recorrer toda la tierra, cumplen su cometido; y también el fuego, cuando es enviado de lo alto para consumir montes y bosques, lleva a cabo lo que se le ordena.

62 Pero esos dioses no se parecen a ninguna de estas cosas, ni en belleza ni en poder.

63 Por lo tanto, no se puede pensar ni decir que son realmente dioses, ya que no son capaces de hacer justicia ni de favorecer a los hombres.

64 Sabiendo, entonces, que no son dioses, no los teman.

65 Ellos, en efecto, no pueden maldecir ni bendecir a los reyes;

66 son incapaces de mostrar a las naciones señales en el cielo, de brillar como el sol, o de alumbrar como la luna.

67 Las fieras valen más que ellos, porque pueden refugiarse bajo cubierto y valerse por sí mismas.

68 Nos es bien manifiesto, entonces, que de ninguna manera ellos son dioses: por eso, no los teman.

69 Así como un espantapájaros en un melonar no protege nada, así sucede también con sus dioses de madera recubiertos de oro y plata.

70 O bien, son comparables a una zarza en un huerto, sobre la cual se posan todos los pájaros, o a un muerto arrojado en la oscuridad.

71 Por la púrpura y el lino, que se pudren sobre ellos, ustedes reconocerán que no son dioses; más aún, ellos mismos serán al fin devorados y se convertirán en un oprobio para el país.

72 Vale más, entonces, un hombre justo que no tiene ídolos, porque estará a salvo del oprobio.

Malaquias (Ml / Mal) 3

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Capítulo 3

1 Yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino delante de mí. Y en seguida entrará en su Templo el Señor que ustedes buscan; y el Angel de la alianza que ustedes desean ya viene, dice el Señor de los ejércitos.

2 ¿Quién podrá soportar el Día de su venida? ¿Quién permanecerá de pie cuando aparezca? Porque él es como el fuego del fundidor y como la lejía de los lavanderos.

3 El se sentará para fundir y purificar: purificará a los hijos de Leví y los depurará como al oro y la plata; y ellos serán para el Señor los que presentan la ofrenda conforme a la justicia.

4 La ofrenda de Judá y de Jerusalén será agradable al Señor, como en los tiempos pasados, como en los primeros años.

5 Yo me acercaré a ustedes para el juicio y atestiguaré decididamente contra los adivinos, los adúlteros y los perjuros, contra los que oprimen al asalariado, a la viuda y al huérfano, contra los que violan el derecho del extranjero, y no temen, dice el Señor de los ejércitos.

6 Porque yo, el Señor, no he cambiado, ¡pero ustedes no dejan de ser hijos de Jacob!

7 Desde la época de sus padres, ustedes se apartan de mis preceptos y nos observan. ¡Vuelvan a mí y yo me volveré a ustedes!, dice el Señor de los ejércitos. Ustedes dicen: «¿Cómo volveremos?».

8 ¿Puede un hombre defraudar a Dios? ¡Sin embargo, ustedes me defraudan a mí! Ustedes dicen: «¿En qué te hemos defraudado?». En el diezmo y en los tributos.

9 Sobre ustedes pesa una maldición, porque ustedes, la nación entera, me defraudan.

10 Lleven el diezmo íntegro a la casa del Tesoro, para que haya alimento en mi Casa. Sométanme a esta prueba, dice el Señor de los ejércitos, y verán si no les abro las compuertas del cielo y derramo para ustedes la bendición en abundancia.

11 Yo les espantaré la langosta, para que no destruya los frutos de la tierra y la viña no les quede estéril en el campo, dice el Señor de los ejércitos.

12 Todas las naciones los proclamarán felices, porque ustedes serán una tierra de delicias, dice el Señor de los ejércitos.

13 Ustedes hablan duramente contra mí, dice el Señor,

14 y todavía preguntan: «¿Qué hemos dicho contra ti?». Ustedes dicen: «Es inútil servir a Dios, ¿y qué ganamos con observar sus mandamientos o con andar enlutados delante del Señor de los ejércitos?

15 Por eso llamamos felices a los arrogantes: ¡prosperan los que hacen el mal; desafían a Dios, y no les pasa nada!».

16 Entonces se hablaron unos a otros los que temen al Señor. El Señor prestó atención y escuchó: ante él se escribió un memorial, en favor de los que temen al Señor y respetan su Nombre.

17 Ellos serán mi propiedad exclusiva, dice el Señor de los ejércitos, en el Día que yo preparo. Yo tendré compasión de ellos, como un hombre tiene compasión de su hijo que lo sirve.

18 Ustedes volverán a ver la diferencia entre el justo y el impío, entre el que sirve a Dios y el que no lo sirve.

19 Porque llega el Día, abrasador como un horno. Todos los arrogantes y los que hacen el mal serán como paja; el Día que llega los consumirá, dice el Señor de los ejércitos, hasta no dejarles raíz ni rama.

20 Pero para ustedes, los que temen mi Nombre, brillará el sol de justicia que trae la salud en sus rayos, y saldrán brincando como terneros bien alimentados.

21 Ustedes pisotearán a los impíos, que serán ceniza bajo la planta de sus pies, en el Día que yo preparo, dice el Señor de los ejércitos.

22 Acuérdense de la Ley de Moisés, mi servidor, a quien yo prescribí, en el Horeb, preceptos y leyes para todo Israel.

23 Yo les voy a enviar a Elías, el profeta, antes que llegue el Día del Señor, grande y terrible.

24 El hará volver el corazón de los padres hacia sus hijos y el corazón de los hijos hacia sus padres, para que yo no venga a castigar el país con el exterminio total.

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