» 13. Cómo el alma devota debe desear con todo su corazón unirse a cristo en el sacramento

Autor: Tomás de Kempis  

El Alma:

  1. ¿Quien me dará, Señor, que te halle solo para abrirte todo mi corazón, y gozarte como mi alma desea, y que ya ninguno me desprecie, ni criatura alguna me mueva u ocupe mi atención; sino que Tú solo me hables, y yo a Ti, como se hablan dos que mutuamente se aman, o como se regocijan dos amigos entre sí? Lo que pido, lo que deseo, es unirme a Ti enteramente, desviar mi corazón de todas las cosas criadas, y aprender a gustar las celestiales y eternas por medio de la sagrada Comunión y frecuente celebración. ¡Ay Dios mío,! ¿Cuando estaré absorto y enteramente unido a Ti, del todo olvidado de mí? ¿Cuándo me concederás estar Tú en mí, y yo en Ti; y permanecer así unidos eternamente?
  2. En verdad Tú eres mi amado escogido entre millares, con quien mi alma desea estar todos los días de su vida. Tú eres verdaderamente el autor de mi paz; en Ti esta la suma tranquilidad y el verdadero descanso; fuera de Ti todo es trabajo, dolor y miseria infinita. Verdaderamente eres Tú el Dios escondido que no comunicas a los malos, sino que tu conversación es con los humildes y sencillos. ¡Oh Señor, cuán suave es tu espíritu, pues para manifestar tu dulzura para con tus hijos, te dignaste mantenerlos con el pan suavísimo bajando del cielo! Verdaderamente no hay otra nación tan grande, que tenga dioses que tanto se le acerquen, como Tú, Dios nuestro, te acercas a todos tus fieles, a quienes te das para que te coman y disfruten, y así perciban un continuo consuelo, y levanten su corazón a los cielos.
  3. Porque ¿ dónde hay gente alguna tan ilustre como el pueblo cristiano? O ¿que criatura hay debajo del cielo tan amada, como el alma devota, a quien se comunica Dios para apacentarla con su gloriosa carne ? ¡Oh inefable gracia ! ¡Oh maravillosa dignación ! ¡Oh amor sin medida, singularmente reservado para el hombre! Pues ¿qué daré yo al Señor por esta gracia, por esta caridad tan grande ? No hay cosa más agradable que yo le pueda dar, que mi corazón todo entero, para que este unido con el íntimamente.
    Entonces se alegrarán todas mis entrañas, cuando mi alma estuviere perfectamente unida a Dios. Entonces me dirá. SI Tú quieres estar conmigo, yo quiero estar contigo. Y yo le responderé: Dígnate, Señor, quedarte conmigo, pues yo quiero de buena gana estar contigo. Este es todo mi deseo: que mi corazón este contigo unido.

» 12. Debe disponerse con gran diligencia el que ha de recibir a Cristo

Autor: Tomás de Kempis  

Jesucristo:

  1. Yo soy amante de la pureza, y dador de toda santidad. Yo busco un corazón puro, y allí es el lugar, de mi descanso. Prepárame una sala grande y adornada, y celebraré contigo la pascua con mis discípulos. Si quieres que venga a ti y me quede contigo, arroja de ti la levadura vieja, y limpia la morada de tu corazón. Desecha de ti todo el mundo, y todo el ruido de los vicios; siéntate como pájaro solitario en el tejado, y piensa en tus excesos con amargura de tu alma. Pues cualquier persona que ama, dispone a su amado el mejor y más aliñado lugar: porque en esto se conoce el amor del que hospedaal amado.
  2. Pero sábete que no puedes alcanzar esta preparación con el mérito de tus obras, aunque te preparases un año entero y no pensases en otra cosa. Mas por sola mi piedad y gracia se te permite llegar a mi mesa; como si un rico convidase e hiciese comer con el a un pobre mendigo que no tuviese otra cosa para pagar este beneficio sino humildad y agradecimiento. Haz lo que este de tu parte, y hazlo con mucha diligencia, no por costumbre, sino por necesidad; sino con temor, no por costumbre, ni por necesidad; sino con temor, reverencia y amor recibe el cuerpo de Jesucristo, tu amado Dios y Señor que se digna venir a ti. Yo soy el que te llame y mande que vinieses, yo supliré lo que te falta; ven y recíbeme.
  3. Cuando yo te concedo afectos de devoción, da gracias a tu Dios, no porque eres digno, sino porque tuve misericordia de ti. Si no sientes devoción, y te hayas muy seco, persevera en la oración,gime, llama y no ceses hasta que merezcas recibir una migaja, o una gota de gracia saludable; Tú me necesitas a Mí; yo no necesito de ti. Ni tú vienes a santificarme a Mí; sino que yo vengo a santificarte y mejorarte. Tú vienes para que seas por Mí santificado y unido conmigo, para que recibas nueva gracia, y te enfervorices denuevo para la enmienda. No desprecies esta gracia, mas bien prepara con toda diligencia tu corazón, y recibe dentro de ti a tu amado.
  4. Pero conviene que no solo procures la devoción antes de comulgar, sino que también la conserves con cuidado después de recibido el Sacramento. Ni es menos necesario después el recogimiento y vigilancia, que lo es antes la devota preparación; porque el cuidado que después se tiene, es la mejor disposición para recibir nuevamente mayor gracia. Y al contrario, se indispone para ella el que luego se entrega con exceso a las complacencias exteriores. Guárdate de hablar mucho, recógete a algún lugar secreto, y goza de tu Dios; pues tienes al que no te puede quitar todo el mundo. Yo soy a quien te debes entregar sin reserva, de manera que ya no vivas en ti, sino en Mí sin cuidado alguno.

» 11. El cuerpo de cristo y la sagrada escritura son muy necesarios al alma fie

Autor: Tomás de Kempis  

El Alma:

  1. ¡Oh dulcísimo Señor Jesús! ¡Cuanta es la dulzura del alma devota, que se regala contigo en el banquete, donde se le presenta otro manjar que a su único amado, apetecible sobre todos deseos de su corazón! Seria ciertamente muy dulce para mí derramar en tu presencia copia de lágrimas afectuosas, y regar con ellas tus pies como la piadosa Magdalena. Mas ¿dónde está ahora esta devoción? ¿ dónde el copioso derramamiento de lágrimas devotas? Por cierto en tu presencia, y en la de tus santos ángeles, todo mi corazón debiera encenderse y llorar de gozo. Porque en el Sacramento te tengo verdaderamente presente, aunque encubierto bajo otra especie.
  2. Porqué el mirarte en tu propia y divina claridad no podrían mis ojos resistirlo, ni el mundo entero subsistiría ante el resplandor de la gloria de tu majestad. Tienes, pues, consideración a mi imbecilidad cuando te ocultas bajo de este Sacramento. Yo tengo verdaderamente y adoro al mismo a quien adoran los ángeles en el cielo: más yo solo con la fe por ahora, ellos claramente y sin velo. Debo yo contentarme con la luz de una fe verdadera, y andar con ella hasta que amanezca el día de la claridad eterna, y desaparezcan las sombras de las figuras. Mas cuando llegue este perfecto estado, cesará el uso de los Sacramentos; porque los bienaventurados en la gloria no necesitan de medicina sacramental. Sino que están siempre absortos de gozo en presencia de Dios, contemplando cara a cara su gloria; y trasladados de esta claridad al abismo de la claridad de Dios, gustan el Verbo encarnado, como fue en el principio, y permanecerá eternamente.
  3. Acordándome de estas maravillas, cualquier contento, aunque sea espiritual, se me convierte en grave tedio, porque mientras no veo claramente a mi Señor en su gloria, en nada estimo cuanto en el mundo veo y oigo. Tú, Dios mío, me eres testigo de que ninguna cosa me puede consolar, ni criatura alguna dar descanso sino Tú, Dios mío, a quien deseo contemplar eternamente. Mas esto no es posible mientras vivo en carne mortal. Por eso debo tener mucha paciencia, y sujetarme a Ti en todos mis deseos.
    Porque también, Señor, tus Santos, que ahora se regocijan contigo en el reino de los cielos, cuando vivían en este mundo esperaban con gran fe y paciencia l a venida de tu gloria. Lo que ellos creyeron, creo yo; lo que esperaron, espero; adonde llegaron ellos finalmente por tu gracia, tengo yo confianza de llegar. Entretanto caminaré con la fe, confortado con los ejemplos de los Santos. También tendré los libros santos, para consolación y espejo de la vida; y sobre todo esto, el Cuerpo santísimo tuyo por singular remedio y refugio.
  4. Pues conozco que tengo grandísima necesidad de dos cosas, sin las cuales no podría soportar esta vida miserable. Detenido en la cárcel de este cuerpo, confieso serme necesarias dos cosas que son, mantenimiento y luz. Dísteme, pues, como a enfermo tu sagrado Cuerpo para alimento del cuerpo, y además me comunicaste tu divina palabra para que sirviese de luz a mis pasos. Sin estas dos cosas yo no podría vivir bien; porque la palabra de Dios es la luz de mi alma, y tu Sacramento el pan que le da la vida. Estas se pueden llamar dos mesas colocadas a uno y a otro lado en el tesoro de la Santa Iglesia. Una es la mesa del sagrado altar, donde está el pan santificado, esto es, el precioso cuerpo de Cristo. Otra es la de la ley divina, que contiene la doctrina sagrada, enseña la verdadera fe, y nos conduce con seguridad hasta lo mas interior del velo donde esta el Santo de los Santos. Gracias te doy, Jesús mío, esplendor de la luz eterna, por la mesa de la santa doctrina que nos diste por tus siervos los profetas, los apóstoles y los otros doctores.
  5. Gracias te doy, Criador y Redentor de los hombres, de que, para manifestar a todo el mundo tu caridad, dispusiste una gran cena, en la cual diste a comer, no el cordero figurativo, sino tu santísimo Cuerpo y Sangre, alegrando a todos los fieles, y embriagándolos con el cáliz saludable en esta sagrado banquete, donde están todas las delicias del paraíso, y donde los santos ángeles comen con nosotros, aunque gustan una suavidad más feliz.
  6. ¡Oh, cuán grande y honorífico es el oficio de los sacerdotes, a los cuales es concedido consagrar al Señor de la majestad con las palabras sagradas, bendecirlo con sus labios, tenerlo en sus manos, recibirlo en su propia boca, y distribuirle a los demás! ¡Oh, cuán limpias deben estar aquellas manos, cuán pura la boca, cuán santo el cuerpo, cuán inmaculado el corazón del sacerdote, donde tantas veces entra el Autor de la pureza! De la boca del sacerdote no debe salir palabra que no sea santa, que no sea honesta y útil, pues tan continuamente recibe el santísimo Sacramento.
  7. Deben ser simples y castos los ojos acostumbrados a mirar el cuerpo de Cristo, puras y levantadas al cielo las manos que tocan al Criador del cielo y de la tierra. A los sacerdotes especialmente se dice en la ley: SED SANTOS, PORQUE YO, VUESTRO DIOS Y SEÑOR, SOY SANTO.
  8. ¡Oh Dios todopoderoso! Ayúdenos tu gracia a los que hemos recibido el oficio sacerdotal, para que podamos servirte digna y devotamente con toda pureza y Buena conciencia. Y si no podemos proceder con tanta inocencia de vida como debemos, otórganos llorar dignamente los pecados que hemos cometido, y de aquí adelante servirte con mayor fervor, con espíritu de humildad; y con buena y constante voluntad.

» 10. No se debe dejar fácilmente la sagrada comunión

Autor: Tomás de Kempis  

Jesucristo:

  1. Muy a menudo debes acudir a la fuente de la gracia y de la misericordia divina; a lafuente de la bondad y de toda pureza, para que puedas sanar de tus pasiones y vicios, y merezcas hacerte más fuerte y más despierto contra todas las tentaciones y engaños del demonio. El enemigo, sabiendo el grandísimo fruto y remedio que hay en la sagrada Comunión, trabaja cuanto puede sin perder medio y ocasión por retraer y estorbar a los fieles y devotos.
  2. Así sucede con algunos que, cuando piensan en prepararse para la sagrada Comunión, entonces padecen peores tentaciones de Satanás que antes. Este espíritu maligno se mete entre los hijos de Dios, como se dice en el libro de Job, para turbarlos con su acostumbrada malicia, o para hacerlos excesivamente tímidos y perplejos; y de este modo entibiar su devoción, o quitarles la fe con las impugnaciones que les sugiere, por si acaso consigue así que dejen del todo la comunión, o se lleguen a ella con tibieza.
    Mas no debemos cuidar de sus astucias y tentaciones por más torpes y espantosas que sean, sino rechazar contra el mismo los fantasmas abominables que nos representa.
    Despreciarse debe este desdichado y burlarse de él; y no dejar la sagrada Comunión por todos sus acometimientos, y por las turbaciones que levantaré.
  3. Muchas veces estorba también la demasiada ansia de tener devoción, y cierta inquietud por confesarse bien. Haz en esto lo que te aconsejen los sabios, y deja el ansia y el escrúpulo, porque impide la gracia de Dios y destruye la devoción del alma. No dejes la sagrada Comunión por alguna pequeña tribulación o pesadumbre; sino vete luego a confesar, y perdona de buena gana todas las ofensas que te han hecho. Y si tú has ofendido a alguno, pide perdón con humildad, y Dios te perdonará también de buena voluntad.
  4. ¿De que sirve retardar mucho la confesión, o diferir la sagrada Comunión? Límpiate cuanto antes, vomita luego el veneno, como presto el remedio, y te hallarás mejor que si lo dilatares mucho tiempo. Si hoy la dejas por alguna causa, mañana te puede acaecer otra mayor; y así te apartarás mucho tiempo de la Comunión, y después estarás menos dispuesto. Lo más presto que pudieres, sacude tu pereza e inacción; porque nada se gana con angustiarse e inquietarse largo tiempo y apartarse del divino sacramento por obstáculos diarios. Al contrario, daña mucho el dilatar demasiado la Comunión; porque esto suele causar un grave entorpecimiento. Pero ¡Oh dolor! Algunos tibios y disipados dilatan con gusto la confesión, y desean retardar la sagrada Comunión por no verse obligados a guardar su alma con mayor cuidado.
  5. ¡Oh, cuán poca caridad y flaca devoción tienen los que tan fácilmente dejan la sagrada Comunión! ¡Cuán bienaventurado es, y cuán agradable a Dios el que vive tan bien y guarda su conciencia con tanta pureza, que este dispuesto a comulgar cada día, y muy deseoso de hacerlo así, si le conviene y no fuese notado! El que se abstiene algunas veces por humildad o por alguna legítima,es de alabar por su respeto. Más si poco a poco le entraré la tibieza, debe despertarse a sí mismo, y hacer lo que este de su parte, y el Señor ayudara su deseo, por la buena voluntad, que es a la que especialmente atiende.
  6. Más cuando estuviere legítimamente impedido, tenga siempre buena voluntad y devota intención de comulgar, y así no carecerá del fruto del Sacramento. Porque cualquier devoto puede cada día y cada hora comulgar espiritualmente con fruto. Más en ciertos días y en el tiempo mandado, debe recibir sacramentalmente el cuerpo de su Redentor con afectuosa reverencia, y buscar más bien la gloria y honra de Dios, que su propia consolación. Porque tantas veces comulga místicamente y se alimenta invisiblemente su espíritu, cuantas se acuerda con devoción el misterio de la Encarnación y Pasión de Cristo, y se enciende en su amor.
  7. El que no se prepara sino al acercarse la fiesta, o cuando le fuerza la costumbre, muchas veces se hallara mal preparado. Bienaventurado el que se ofrece a Dios en entero sacrificio cuantas veces celebra o comulga. No seis muy prolijo ni acelerado en celebrar; sino guarda el medio justo y ordinario de los demás con quienes vives. No debes causar a los otros molestia ni enfado, sino ir por el camino ordinario de los mayores, y mirar más al aprovechamiento de los otros, que a tu propia devoción y afecto.

» 9. Que debemos ofrecernos a Dios con todas nuestras cosas y rogarle por todos

Autor: Tomás de Kempis  

EL ALMA:

  1. Señor, tuyo es todo lo que está en el cielo y en la tierra. Yo deseo ofrecérteme de mi voluntad y quedar tuyo para siempre. Señor, con sencillez de corazón me ofrezco hoy a Ti por siervo perpetuo, en obsequio y sacrificio de eterna alabanza. Recíbeme con este santo sacrificio de tu precioso Cuerpo que te ofrezco hoy en presencia de los ángeles que están asistiendo invisiblemente, para que los recibas por mi salud y la de todo el pueblo.
  2. Señor, yo te presento en el altar de tu misericordia todos mis pecados y delitos, cuantos he cometidos en tu presencia y de tus Santos ángeles desde el día que commence a pecar hasta hoy, para que tu los abrases todos juntos y los quemes con el fuego de tu caridad, quites todas las manchas de ellos, limpies mi conciencia de todo delito, y me vuelvas a tu gracia que perdí por el pecado, perdonándomelos todos enteramente, y admitiéndome misericordiosamente al ósculo de tu paz y amistad.
  3. ¿Que puedo yo hacer por mis pecados, sino confesarlos humildemente, llorando e implorando tu misericordia sin cesar? Yo imploro, pues, en tu divino acatamiento; óyeme propicio, Dios mío. Aborrezco mucho todos mis pecados, y no quiero yo cometerlos jamás; antes, arrepentido y pesaroso de ellos mientras viviré, estoy dispuesto para hacer penitencia, y satisfacer según mis fuerzas. ¡Perdona, oh Dios, perdona mis pecados por tu santo nombre! Salva mi alma que redimiste con tu preciosa sangre.
    Vesme aquí que me encomiendo a tu misericordia, me entrego en tus manos. Haz conmigo según tu bondad, y no según mi malicia e iniquidad.
  4. También te ofrezco, Señor todos mis bienes, aunque muy pocos e imperfectos, para que tú los enmiendes y santifiques, para que los hagas agradables y aceptos a Ti, y siempre los mejores; y a mí, hombrezuelo inútil y perezoso, me lleves a un santo y bienaventurado fin.
  5. También te ofrezco todos los santos deseos de los devotos, y las necesidades de mis parientes, amigos, hermanos y de todos los conocidos, y de cuantos me han hecho bien a mí y a otros por tu amor; Y de todos los que desearon y pidieron que yo orase, o dijese Misa por ellos, y por todos los suyos vivos y difuntos; Para que todos sientan el fervor de tu gracia, el auxilio de tu consolación, la protección en los peligros y en el alivio en los trabajos; para que, libres de todos los males, te den muy alegres y cordialísimas gracias.
  6. También te ofrezco mis oraciones y el sacrificio de propiciación, especialmente por los que en algo me han enojado o vituperado, o me han hecho algún daño o agravio; Y por todos los que yo enojé, turbé, agravié y escandalicé, por palabra, por obra, por ignorancia o advertidamente; para que Tú nos perdones a todos nuestros pecados y ofensas recíprocas. Aparta, Señor, de nuestros corazones toda mala sospecha, toda ira, indignación y contienda, y cuanto pueda estorbar la caridad, y disminuir el amor del prójimo. Misericordia, Señor, da tu misericordia a los que la piden, tu gracia a los que la necesitan, y haz que vivamos de tal modo, que seamos dignos de gozar de tu gracia, y que aprovechemos para la vida eterna. Amén.

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