13.3» Milagros de san José Parte 3

Autor: P. Angel Peña O.A.R

  Quizás el caso más espectacular, en cuanto a milagros obrados por intercesión de san José, lo encontramos en Montreal, donde vivía el ahora beato André (1845-1937).

El hermano Andrés, de la Congregación de la Santa Cruz, no era sacerdote, durante 40 años fue portero del convento y, por más de 60 años, realizó milagros extraordinarios por intercesión de san José. Su devoción a san José le vino de su madre, muerta cuando era todavía un niño.

A todos los que le pedían oraciones, les decía que no separaran su amor a José del de María y de Jesús, presente en la Eucaristía. Él era un hombre de profunda oración ante Jesús sacramentado y amaba entrañablemente a María, pues andaba rezando el rosario a todas horas; pero, cuando le pedían favores, se los pedía a san José. Él se llamaba a sí mismo el perrito de san José, pero fue el gran apóstol de san José del siglo XX.

Los milagros realizados los hacía con toda sencillez. A veces, les decía a los enfermos que debían hacer una novena a san José y confesar y comulgar; y, después de la novena, quedaban curados. En ocasiones, les decía que no se preocuparan, que él rezaría a san José personalmente por su caso.

Pero lo normal era darles medallas de san José y pedirles que se frotasen en la parte enferma de su cuerpo; o les daba aceite de la lámpara que ardía frente a la imagen de san José, para que se ungieran con él. De este modo se producían milagros espectaculares por cientos. Y esto ocurrió durante 60 años de su vida, pues murió a los 91.

A los que quedaban curados, les decía que fueran a agradecérselo a san José. Algunos se sentían defraudados y decían que eso de frotarse con una medalla o con aceite de san José era pura superstición, y no se curaban. Por eso, decía: Muchos enfermos no se sanan debido a su falta de fe. Es preciso tener fe para frotarse con la medalla o el aceite de san José63.

En el año 1926, fueron reportados por la prensa 1,611 personas que decían haber sido curadas de graves enfermedades, y otras 7,334 decían haber obtenido favores extraordinarios de orden material o espiritual. ¡Algo realmente maravilloso! El hermano André fue beatificado por el Papa Juan Pablo II el 23 de mayo de 1982.

La venerable María Angélica Álvarez Icaza (1887-1986) cuenta en sus Memorias: En la capilla había un altar con una imagen del señor san José, que llamábamos “San José del Paso” por encontrarse precisamente en un lugar de mucho paso. Como yo lo estaba viendo casi continuamente por la vecindad con la capilla, le empecé a cobrar mucha devoción a san José y más que él me empezó a mimar mucho, porque todo cuanto deseaba (y eran muchas cosas) las dibujaba en un papel y se las ponía en las manos del santo bendito y, con una eficacia asombrosa, en seguida me concedía mis súplicas:

Ya fuera un santo Cristo para el cuarto de la Madre (y a los pocos días nos lo regalaron), ya fuera candeleros para el altar de Nuestra Señora (y a no tardar allí estaban los candeleros), en fin, un libro que deseara, una lámpara, floreros, cuanto hay, lo mismo era pedírselo que obtenerlo. Esto cundió, no sólo entre las Hermanas que con frecuencia le hacían de esta manera sus peticiones, sino también entre las niñas del Pensionado, y el bondadoso santo siempre nos escuchaba64.
63 Bergeron Henri-Paul, O irmao André, Ed. Loyola, Sao Paulo, 1984, p. 71.
64 Álvarez Icaza María Angélica, Memorias, libreta Nº 8.

13.2» Milagros de san José Parte 2

Autor: P. Angel Peña O.A.R

  En la noche del 2 de enero de 1885, un anciano se presentó en casa de un sacerdote para pedirle que fuera a ver a una mujer agonizante. El sacerdote siguió al desconocido. La noche era muy fría, pero el anciano parecía no darse cuenta de ello. Iba adelante y decía al sacerdote para tranquilizarlo, pues la zona era de mala fama:

Yo lo esperaré a la puerta.

La puerta donde se detuvo era una de las más miserables del barrio… Al llegar junto a la moribunda, la moribunda estaba diciendo entre gemidos:

  • ¡Un sacerdote! ¡Un sacerdote! ¡Me voy a morir sin sacerdote!
  • Hija mía, yo soy sacerdote. Un anciano me llamó para que viniera.

La enferma le confesó los pecados de su larga vida de pecadora y el sacerdote le preguntó si había observado alguna práctica de devoción en su vida.

  • Ninguna, respondió, salvo una oración que recitaba todos los días a san José para obtener la buena muerte.

El sacerdote, después de confesarla, le dio la comunión y la unción de los enfermos, y ella quedó muy reconfortada. Cuando el sacerdote llegó a la puerta, no encontró a nadie.

Pero, reflexionando sobre el acontecimiento de esa noche y sobre el misterio consolador que había ejercido, sintió nacer en su corazón la convicción de que el caritativo anciano no era otro que el glorioso y misericordioso san José, patrono de la buena muerte59.

  • El 2 de noviembre de 1853, una joven, inspirada por Dios, concibió la idea de fundar una Congregación para auxiliar a las almas del purgatorio. Consultó con el santo cura de Ars, quien le dio consejos y le ayudó en esta Obra. La fundadora, muy devota de san José, le prometió, que si la Obra se llevaba a cabo, la primera casa fundada sería en su honor. Y la Obra se realizó con el nombre de Auxiliadoras de las almas del purgatorio.

Al día siguiente de adquirir una casa en París para comenzar la Obra, un desconocido, que no sabía nada, les hizo regalo de una estatua de san José, como si el mismo san José hubiera querido hacerse presente y declararse protector de la Obra60.

  • María Repetto había nacido en 1807 en Voltaggio, al norte de Génova. A los 22 años entra en el convento de las Hijas de Nuestra Señora del Refugio en Bisagno. Siendo de salud precaria, la emplean en la costura; luego pasa a la enfermería, y, finalmente, a la portería. Como portera, manifiesta una gran devoción a san José.

A los visitantes les aconseja acudir al esposo de María. Si alguien viene a pedir consejo o ayuda, le dice que espere un momento y va a rezar delante de la imagen de san José en el corredor inmediato. Después de un momento, regresa y da la respuesta adecuada.

En una ocasión, una esposa le pide oraciones porque su marido se había quedado ciego. La religiosa le aconseja rezar a san José y luego va a rezar ante la imagen del santo. Al día siguiente, vuelve la mujer y le dice que su esposo había recobrado la vista. La hermana María, gran devota de san José, fue beatificada por el Papa Juan Pablo II en 1998.

En la ciudad de San Luis en Estados Unidos, el año 1866, hubo una epidemia de cólera que mató durante dos meses a unas 280 personas cada día. En la parroquia de San José, el párroco y superior de la Comunidad de jesuitas, el padre Joseph Weber, les invitó a hacer un compromiso con Dios para construir un monumento a san José, el patrono de la parroquia, si cesaban las muertes. A partir del día en que hicieron la solemne promesa a Dios por medio de san José, se acabaron las muertes en la parroquia, que anteriormente eran alrededor de 25 diarias, sólo en la parroquia.

Ninguna persona de las familias que hicieron el compromiso murió. Esto fue considerado como un milagro. Y cumplieron su promesa. Construyeron un magnífico altar en el presbiterio de la iglesia, el altar principal, que todavía puede verse y que, desde entonces, se llama el altar de las respuestas (a las oraciones). Este milagro fue registrado como un hecho auténtico en los documentos de la parroquia del año 1866, para gloria de san José61.

  • En la Costa oriental de África florecía, en el siglo XIX, una misión en Mandera. El padre Hacquard refiere la fundación de la misión:

Corría el año 1880 y necesitábamos una misión intermedia entre Bagamoyo y Mhomda. Acompañado del padre Machón, emprendí el viaje para buscar un sitio conveniente para establecer un pueblo cristiano, encomendándonos a san José.

El día 19 de marzo, fiesta de san José, emprendimos la marcha y nos dirigimos a Udoé, un lugar jamás visitado por ningún europeo. Los indígenas de aquella comarca eran antropófagos y por ninguna parte nos concedían la autorización de establecernos.

Yo me dirigí a san José, encomendándole el éxito de nuestro viaje. De Udoé pasamos a Uriguá, caminando sin guía ni norte, a la aventura, pero en ningún sitio nos permitían establecer la misión hasta que llegamos a la casa del cacique Kingarú, llamado cara de serpiente.

Al instante que nos vio, se detuvo admirado y, mirándonos fijamente, prorrumpió en expresiones:

  • Sí, ellos son. ¡Los mismos! Escuchadme. Esta noche, no sé si despierto o dormido, he visto ante mí a un venerable anciano que, tocándome como para despertarme, me ha dicho: “Kingarú, sepas que vienen a tu casa con una pequeña caravana dos blancos, recíbelos bien y dales cuanto te pidan”. Y esos sois vosotros, los mismos que yo vi.

Entonces, llamó a las gentes del pueblo y les dijo:

  • Mirad a estos dos blancos, a quienes vi esta noche juntos con un anciano y de quienes os he hablado esta mañana. Ellos son.

Permanecimos allí ocho días y todos se esforzaron en atendernos bien. Una vez elegido el lugar de nuestra vivienda, dispusimos de nuevo la partida; para la cual, el mismo Kingarú quiso acompañarnos y servirnos de guía y de escolta.

Al cabo de quince días, vino a visitarnos a Bagamoyo y, llegado el momento de comenzar la obra proyectada, volvió de nuevo con gran tropa de hombres para conducir a los misioneros y llevar todo el equipaje y enseres necesarios.

Él es uno de los más asiduos y constantes asistentes a los ejercicios de la Misión. Esto y mucho más ha obrado san José por el pueblo de Mandera, por lo cual le debemos honor y gloria y reconocimiento eternos62.
59 ib. p. 24.
60 ib. p. 141.
61 www.shrineofstjoseph.org.
62 Tomado de Las misiones católicas, tomo IV p. 54 de 1883.

13.1» Milagros de san José Parte 1

Autor: P. Angel Peña O.A.R

  Si fuéramos a escribir todos los favores y milagros, hechos por Dios por intercesión de san José a sus devotos, no tendríamos suficiente espacio en todos los libros del mundo. Por eso, sólo pondremos unos poquitos, como una muestra del gran poder de intercesión de san José, pues, después de María, es el santo más grande y con mayor poder de intercesión.

  • Sucedió en Shangai (China) en 1934. El abogado Lo Pa Hong, cristiano fervoroso y padre de nueve hijos, vuelve a su casa al anochecer y ve a un hombre echado en el suelo. Llama a un coolí para trasladarlo al hospital más próximo, pero no lo quieren recibir. Entonces, el buen samaritano lo carga sobre sus hombros y lo lleva a su casa para cuidarlo. Pero, a partir de ese día, piensa en construir un hospital para enfermos pobres. Conoce un cementerio abandonado, que sirve para depurar aguas residuales.

Allí, a la caída de la noche, van algunas mujeres para dejar abandonados a sus bebés que, después, serán despedazados y devorados por los perros. Compra el terreno y comienza la construcción; pero, pronto, debe detener la construcción por falta de fondos.

Se encomienda a san José y coloca su imagen en medio del terreno, pidiéndole que le ayude. Después se pone a pedir ayuda por todas partes y recibe tanto dinero que, no sólo puede terminar la construcción del hospital, sino que sigue construyendo más hospitales, un orfelinato para niños abandonados, un hogar para mujeres perdidas, un centro para ciegos, otro para inválidos, una escuela profesional para jovencitas, una escuela de artes y oficios, y treinta y tres capillas por toda aquella región. Además, como catequista, prepara y bautiza a 200 personas, entre ellos algunos condenados a muerte, bautizados, antes de la ejecución.

Lo Pa Hong parecía incansable y siguió trabajando hasta el
30 de diciembre de 1937. A los 64 años de edad murió mártir de la caridad, pues dos hombres a sueldo lo asesinaron. ¡Un santo de nuestro tiempo! San José le permitió realizar una obra de caridad sin igual en poco tiempo56.

  • Un obispo misionero irlandés, Monseñor O..Hair, estuvo ejerciendo el apostolado durante muchos años en Sudáfrica… En una de sus caminatas se pierde. No sabiendo qué hacer, invoca a su ángel de la guarda, a san José y a Nuestra Señora del Buen Consejo, y sigue su camino completamente desorientado. Al fin, llega a un grupo de casas. Precisamente, un campesino está en ese momento trabajando cerca de su casa, y le dice:
  • Llega usted en buen momento, pues en la casa vecina hay un hombre que se está muriendo.

El obispo se presenta en casa del moribundo y, a su vista, éste se pone a llorar de alegría, exclamando:

  • Yo soy irlandés. Cuando era niño, mi madre me enseñó a rezar a san José, pidiéndole la gracia de una santa muerte. He rezado esta plegaria todos los días de mi vida. A los 21 años, después de haber participado en la guerra, me quedé en África. Cuando caí enfermo, le recé a san José con más fervor aún, y ahora me manda un sacerdote de forma inesperada.

Al día siguiente, el enfermo murió en la paz del Señor, habiendo tenido una buena muerte57.

  • A finales del siglo XIX, el padre Juan abad de la abadía de Fontfroide (Francia) fue testigo de un favor especial de san José. Él mismo cuenta:

Durante mi estancia en la abadía de Senanque, una tarde el portero me dijo:

  • Un señor pregunta por usted.

Voy a su encuentro. Era un hombre apuesto, bien vestido, de modales distinguidos, pero parecía turbado. A pocos pasos de él, pastaba un soberbio caballo negro. Y me dice:

  • Yo no lo conozco a usted. Lo he visto de lejos y lo he hecho llamar. Mi caballo me llevó por las rocas y se ha detenido delante de su puerta. ¿Qué casa es ésta?
  • Es un monasterio.
  • Yo soy el director del circo imperial de Lyon. Mis negocios van de maravilla. Tengo a mis órdenes un personal numeroso, pero estoy atormentado por la idea de suicidarme. Yo nunca conocí a mi padre. A los 7 años perdí a mi madre. Después de la muerte de mi madre, cogí el poco dinero que encontré y me fui al circo vecino. Estaba completamente solo, no tenía parientes ni amigos. El director del circo me trató como a un hijo suyo y, al morir, me dejó su circo. He estado por todas partes, he ganado mucho dinero. Pero, desde hace un tiempo, no sé qué me pasa, me siento desgraciado y me quiero ahogar.

Mi madre me enseñó una oración que me hacía recitar todos los días: “Dios te Salve José, lleno de gracia divina, bendito seas entre todos los hombres y bendito es Jesús, el fruto de tu virginal esposa. San José, destinado a ser padre del Hijo de Dios, ruega por nosotros en nuestras necesidades familiares, de salud y trabajo, y dígnate socorrernos en la hora de nuestra muerte. Amén”.

Recito esta oración todos los días antes de dormir. Hoy llevé mi caballo a orillas del Ródano; pero saltó hacia atrás y escapó. Por primera vez en mi vida, no he sido dueño de mi animal.

Yo lo abracé y él se sintió conmovido. Le dije:

  • Usted cenará con nosotros esta noche, dormirá en el duro suelo y mañana pasará el día aquí.

Se quedó tres días con nosotros. Lo instruí en las
verdades fundamentales de la fe. Se confesó y comulgó. Después regresó a Avignon totalmente transformado, ordenó sus negocios, vendió su circo, distribuyó el dinero a los pobres y se hizo religioso. Algunos años más tarde, se sintió aquejado de fiebres altas y murió como un santo, joven aún y desconocido. Vean lo que vale la protección de san José. Él fue fiel a la oración, aun sin comprender lo que decía y sin saber a quién se dirigía, y recibió su recompensa58.
56 Agustín María, Id a José, o.c., pp. 95-96.
57 ib. p. 13.
58 ib. p. 19.

12.4» Apariciones de san José Parte 4

Autor: P. Angel Peña O.A.R

  La venerable Consolata Betrone (1903-1946) escribió en su Diario: El 20 de marzo de 1935 Franca me escribió una carta en la que me anunciaba la enfermedad de mi padre y su angustia. La Madre Priora me repetía, a veces, que debía rezar por mi papá.

En la mañana del 17 de abril, en la comunión, yo le ofrecí mi papá a Jesús para que, si era su voluntad, lo llevara con Él antes de que terminara el año. Ese mismo día moría mi padre. Yo estaba haciendo turno para confesarme y rezaba el rosario, ignorante de su muerte. La Priora no quiso darme la noticia hasta la tarde. ¿Por qué Jesús no me había dicho nada de la muerte de mi padre? Yo le pregunté:

  • Jesús, ¿dónde está mi papá?
  • Está en el purgatorio, Consolata.
  • Líbralo, te lo suplico.
  • Lo libraré el sábado por la mañana.
  • ¿Hasta el sábado?

En la tarde del Jueves Santo, oí la voz angustiada de mi padre que me decía en dialecto: ¡Sufro tanto! Y Jesús estaba inexorable: No, No, hasta el sábado no lo puedo liberar.

Entonces, me confié a san José, eligiéndolo como mi padre. Y se me apareció con la Virgen María. San José me dijo:

  • Consolata, ¿qué tienes? ¿Estás triste?
  • San José, mi padre está en el purgatorio y Jesús no quiere liberarlo hasta el sábado por la mañana.
  • No te preocupes, lo liberará mañana, Viernes Santo.
  • Pero Jesús no quiere, se lo he pedido tanto…
  • Oh, a Jesús le mando yo y mañana liberará a tu padre.

El Viernes Santo, cuando estábamos en la función litúrgica, se me aparece mi papá, apenas salido del purgatorio. La vista de mi papá no se borrará jamás de mi mente. Su rostro tenía señales de haber sufrido, pero tenía una paz profunda. Me habló en dialecto y me dijo que iba al paraíso y que allí rogaría por mí y por toda la familia53.

El 9 de noviembre de ese mismo año 1935, san José, a quien había nombrado padre, en lugar de su papá muerto, le dice: Te ayudaré en tu misión y te asistiré en el último momento. Soy el protector de los moribundos y el terror de los demonios. En los últimos momentos de tu vida, yo estaré a tu lado espiritualmente, sensiblemente. ¿Estás contenta? El 26 de noviembre de 1938, Jesús le dijo: Te doy a san José por protector hasta el último respiro, para que te ayude y te prepare una santa muerte.

Y ella decía: ¡Es tan bello vivir con mis tres: Jesús, la Virgen y san José!54. Con Jesús, María y san José, se disfruta de un cielo anticipado55.

El padre Herminio Higuera, párroco de La Felguera (Asturias-España), en una charla que dio el 18 de marzo de 1982 a los Cruzados de Santa María en Valladolid, les contó un hecho personal. Dijo así:

Estaba empeñado en la reconstrucción de la iglesia parroquial y un domingo, a las nueve de la noche, estaba en el despacho parroquial, cuando entró un señor venerable de unos 65 años, con una barba de unos ocho días, barba blanca. Al verle, me dio una corazonada desde el primer momento. Le dije:

  • Siéntese.
  • No, no, es un momento. Vengo a entregarle lo que usted necesita.

Yo tenía un Diario donde iba apuntando las colaboraciones de los feligreses para que todos pudieran ver cómo habían colaborado, y tomé el libro para enseñárselo, pero me dijo:

  • No, no hace falta.

Me dejó el dinero y salió. Yo salí detrás de él para despedirlo en la puerta. Salí del despacho, crucé el portal, luego la puerta, salí a la plaza y aquel hombre había desaparecido. Y era una plaza con una explanada enorme sin rincones. Yo me quedé mirando a un lado y a otro y no vi nada. Regresé al despacho y guardé el sobre en el cajón bajo llave, sin abrirlo, y me fui a cenar.

Aquella noche no pude dormir, yo creía que había sido san José, que se me había aparecido, con una vestimenta sencilla como la blusa de los comerciantes.

Al día siguiente, me senté al confesionario temprano, como todos los días, haciendo oración. Después celebré la misa. Fui a desayunar, pero yo estaba intranquilo de toda la noche y me dirijo al despacho parroquial para abrir el sobre, pensando que aquello era un milagro de san José.

Abro el sobre y era matemático, exactamente el dinero que necesitaba. Para mí fue un milagro. Eran unos cuantos miles los que debía y ni un céntimo más ni un céntimo menos. Exactito. Eso fue a mi juicio uno de los milagros que san José ha hecho conmigo, aparte de que yo siempre le he tenido mucha devoción desde que me la dio mi madre.

Una religiosa, a quien conozco personalmente y que tiene dones místicos extraordinarios, me contaba confidencialmente algo que le sucedió, cuando tenía unos 10 años de edad y vivía en casa de sus padres. Un día, por la mañana, tocaron a la puerta y ella salió a ver quién era. Vio a una familia muy pobre; el papá tenía un aspecto muy distinguido e iba con barba; sus ojos irradiaban paz y amor.

La señora llevaba un niño dormido entre sus brazos e, igualmente, irradiaba amor y ternura. Al verlos, pensó que querían algo de comer, pues eran muchos los que en aquellos tiempos, año 1947, en España, iban pidiendo limosna por los pueblos. Su madre le había dicho siempre que nunca dejara irse a ningún pobre sin darle algo; pero que, al entrar a buscar la comida, cerrara la puerta, pues a un vecino le habían robado.

Ella se sintió tan confiada en presencia de aquella familia pobre que quiso entrar a buscar la comida, dejando la puerta abierta. Entonces, la señora la llamó por su nombre y le dijo que cerrara la puerta. ¿Cómo sabía ella su nombre, si nunca se habían visto? ¿Cómo sabía que debía cerrar la puerta para obedecer a su mamá? La niña le dijo:

Si mi mamá estuviera aquí, no les cerraría la puerta. Y se volvió a buscar algo de comida para darles. Pero la señora cerró la puerta. Al regresar, ya no estaban. Preguntó a las vecinas y nadie supo decir dónde estaban, no los pudieron localizar, a pesar de que no podían haber ido muy lejos sin tener medios de transporte.

Esta niña, hoy religiosa, siempre pensó que fue la Sagrada Familia y nunca se olvida de aquella mirada dulce y transparente de san José y de la Virgen, que le inspiraron tanta confianza, amor y ternura hasta el día de hoy.
53 Anónimo, Suor Maria Consolata Betrone, Ed. Monastero Clarisse Capuccine, Testona (Turín), 1998, p. 53.
54 Diario, 3 de mayo de 1943.
55 Diario, 5 de mayo de 1943

12.3» Apariciones de san José Parte 3

Autor: P. Angel Peña O.A.R

  El año 1847, unas hermanas de la Congregación de san José de la Aparición, fundadas por santa Emilia de Vialar, estaban viajando desde Francia a Birmania. Como en aquella época no existía todavía el canal de Suez, tuvieron que desembarcar en Alejandría e ir a Suez por el camino del desierto. Dice una de las protagonistas, la hermana Cipriana: La ruta se hacía en pésimos carruajes conducidos por los árabes.

Nuestras seis hermanas eran todas jóvenes y sin experiencia de los viajes; es más, llevaban veinte mil francos en sus bolsas para los gastos de la ruta, la que no era muy segura… Durante el viaje de Alejandría a Suez, un buen anciano se presentaba a nuestras hermanas cada vez que el carruaje se detenía, y les decía: “Soy yo, hijas mías, no teman nada, yo estoy aquí”. El anciano tenía una larga barba y un bastón en la mano. Tomaba sus pequeños paquetes y les ayudaba a descender del carruaje.

Esto duró hasta que nuestras queridas hermanas fueron embarcadas en Suez. Luego de haberlas acompañado hasta el barco, el buen anciano dijo aún: “Adiós, hijas mías, buen viaje, no teman nada, yo estoy allí”. Y desapareció. Nuestras hermanas se miraban unas a otras en el momento en el cual el navío comenzaba a moverse y, como los discípulos de Emaús, sus ojos se abrieron en ese instante48. Y reconocieron que el anciano había sido san José y que había desaparecido sin dejar rastro.

Precisamente, el nombre de la Congregación: San José de la Aparición, se debió probablemente a una aparición que tuvo la fundadora, según lo contaba su propia sobrina, señora Camille Brusley. En carta al abad Brunet le dice: Yo no sé si usted tiene conocimiento de la aparición de san José a mi tía en 1880. Ella no habló jamás de esto, pero mi madre (Rosina de Bermond), a quien ella le había hecho la confidencia, me contó que, al comienzo de su vocación, estando absolutamente desesperada por la oposición que encontraba por parte de su padre, se postró de rodillas y rezó con todo su corazón. San José se le apareció y le dijo: “No te desanimes, hija mía, encontrarás obstáculos, tendrás mucho que sufrir y amarguras que soportar, pero tu obra prosperará”49.

Dice el famoso apóstol y místico francés padre Lamy (1853-1941): Comencé a sentir deseos de ser sacerdote el día de la primera comunión a los 11 años. Yo estudiaba, cuando podía, pero sólo podía por la noche y tenía instrucción primaria. Yo no podía entender cómo podría llegar a ser sacerdote. No tenía los medios y me creía incapaz. Estaba desesperado. Y, entonces, se me apareció san José y me confirmó en mi vocación. Me dijo: Serás sacerdote y un buen sacerdote. Desde entonces, hice todos los esfuerzos posibles para llegar a serlo. San José me lo dijo con tono imperativo y extendiendo su mano hacia adelante como para jurar50.

La segunda vez que se me apareció fue en la Courneuve. Me habló de cosas personales. Él es muy bueno, pero tiene la voz tan dulce como la Virgen. Tiene el acento de su país y la voz un poco ronca como la de un oriental. La tercera vez, fue también en la Courneuve, en la sala del jardín, no en la iglesia. Había colocado allí la imagen de san José. Era el 3 de julio de 1917. Las damas de la parroquia la habían limpiado y yo la vi tres o cuatro días después. Cuando entré en la sala, él estaba allí sonriente. Yo le pregunté: ¿Eres san José? El me hablo de cosas personales51.

Dice san Luis Orión: Estábamos en marzo de 1900. Eran tiempos en que no teníamos nada, no teníamos pan, y san José vino en nuestra ayuda… Estábamos con mucha necesidad de dinero y nos encomendamos a san José, que es invocado como administrador, o mejor, como proveedor de las casas religiosas como él lo fue de la Sagrada Familia… Un día, estábamos sin nada y, exactamente, durante la novena de san José, la antevíspera de su fiesta, parecía que san José no nos quería ayudar. Pero he aquí que se presenta a nuestra puerta un señor que pregunta:

  • ¿Dónde está el Superior?

El portero va a decirme:

  • Un señor quiere hablarle.
  • ¿Es un acreedor?
  • No lo conozco.
  • ¿No es el lechero o el carnicero?
  • No sé.

Eran tiempos en que detrás de un acreedor venía otro y no me dejaban descansar. Bajé las escaleras aprisa y me encuentro a un señor modestamente vestido, con barba. Y me dice:

  • ¿Usted es el Superior? Aquí hay un dinero.

Y dejó un sobre grueso con dinero. Esto lo recuerdo como si hubiera sido esta mañana. Yo le pregunté, si debíamos celebrar algunas misas a su intención. Él me dijo que no, que debíamos seguir rezando. Yo no lo había visto nunca. Me miró un momento, se inclinó y se fue deprisa. Hubiera querido detenerlo, pero no tuve el coraje. Sin embargo, su presencia y sus palabras me dejaron encantado. Y, mientras salía, los que habían estado presentes me dijeron que el rostro de aquel señor tenía un no sé qué de celestial. Y, entonces, fuimos todos sobre sus pasos a ver dónde iba. Pero aquel hombre salió por la puerta, dio unos pasos, bajando las escaleras exteriores, y no se le vio más ni a derecha ni a izquierda ni en el patio ni en la iglesia. Mandé a dos que fueran a buscarlo, pero no lo encontraron. Apenas había salido y ya había desaparecido.

Vino Monseñor Novelli, le contamos lo sucedido, y dijo:

  • Era san José, era verdaderamente san José.

Yo le hice observar:

  • Pero era joven, demasiado joven y con barba rojiza…
    Él me respondió:
  • San José no debía ser viejo.

Lo cierto es que en el sobre había tanto dinero como para pagar a todos los deudores más urgentes y más importantes. Y siempre se lo agradecimos a san José52.
48 Del libro Emilia de Vialar, Ed. Congrégation des Soeurs de St. Joseph de l´Aparition, 1987, p. 172.
49 ib. p. 53.
50 Biver Paul, Le Père Lamy, Ed. Serviteurs de Jesus et de Marie, 1966, pp. 25-26.
51 Ib. pp. 123-124.
52 Discurso de Don Orión del 18 de marzo de 1938, citado por Gemma Andrea, I fioretti di Don Orione, Ed. EDB, Bologna, 2002, pp. 68-71.

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