» 21.De la compunción del corazón

Autor: Tomás de Kempis  

  1. Si quieres aprovechar algo, consérvate en el temor de Dios, y no quieras ser demasiado libre; mas con severidad refrena todos tus sentidos y no te entregues a vanos contentos.

Date a la compunción del corazón, y te hallarás devoro.
La compunción causa muchos bienes, que la disolución suele perder en breve.

Maravilla es que el hombre pueda alegrarse alguna vez perfectamente en esta vida considerando su destierro, y pensando los muchos peligros de su alma.

  1. Por la liviandad del corazón y por el descuido de nuestros defectos no sentimos los males de nuestra alma, pero muchas veces reímos sin razón, cuando con razón deberíamos llorar.

No hay verdadera libertad ni plácida alegría, sino con el temor de Dios con buena conciencia.
Bienaventurado aquel que puede desviarse de todo estorbo de distracción, y recogerse a lo interior de la santa compunción.
Bienaventurado el que renunciare todas las cosas que pueden mancillar o agravar su conciencia.
Pelea como varón: una costumbre vence a otra costumbre.
Si tú sabes dejar los hombres, ellos bien te dejarán hacer tus buenas obras.

  1. No te ocupes en cosas ajenas ni te entremetas en las causas de los mayores.
    Mira siempre primero por ti, y amonéstate a ti mismo más especialmente que a todos cuantos quieres bien.
    Si no eres favorecido de los hombres, no te entristezcas por eso, sino aflígete de que no te portas con el cuidado y circunspección que convienen a un siervo de Dios y a un devoto religioso.
    Muy útil y seguro es que el hombre no tenga en esta vida muchas consolaciones, mayormente según la carne. Pero de no tener o gustar rara vez las cosas divinas, nosotros tenemos la culpa; porque no buscamos la compunción, ni desechamos del todo lo vano y exterior.
  2. Reconócete por indigno de la divina consolación; antes bien créete digno de ser atribulado. Cuando el hombre tiene perfecta contrición, entonces le es grave y amargo todo el mundo. El que es bueno halla bastante materia para dolerse y llorar; porque ora se mire a sí mismo, ora piense en su prójimo, sabe que ninguno vive aquí sin tribulaciones. Y cuando con más rectitud se mire, tanto más halla por qué dolerse. Materia de justo dolor y entrañable contrición son nuestros pecados y vicios, en que estamos tan caídos, que pocas veces podemos contemplar las cosas celestiales.
  3. Si continuamente pensases más en tu muerte que en vivir largo tiempo, no hay duda que te enmendarías con mayor fervor. Si pensases también de todo corazón en las penas futuras del infierno, o del purgatorio, creo que de buena gana sufrirías cualquier trabajo y dolor, y no temerías ninguna austeridad; pero como estas cosas o pasan al corazón y amamos siempre el regalo, permanecemos demasiadamente fríos y perezosos. Muchas veces por falta de espíritu se queja el recuerdo miserable. Ruega, pues, con humildad al Señor que te dé espíritu de contrición, y di con el profeta: Dame, Señor, a comer el pan de lágrimas, y a beber en abundancia el agua de mis lloros.

» 20. Del amor a la soledad y al silencio

Autor: Tomás de Kempis  

Busca tiempo a propósito para estar contigo y piensa a menudo en las beneficios de Dios.

Deja las cosas curiosas: lee tales materias, que te den más compunción que ocupación.

Si te apartares de conversaciones superfluas y de andar ocioso y de oír noticias y murmuraciones, hallarás tiempo suficiente y a propósito para entregarte a santas meditaciones.

Los mayores Santos evitaban cuanto podían la compañía de los hombres, y elegían el vivir para Dios en su retiro.

Dijo uno: "Cuantas veces estuve entre los hombres volví menos hombre". Lo cual experimentamos cada día cuando hablamos mucho.

Más fácil cosa es callar siempre que hablar sin errar.
Más fácil es encerrarse en su casa que guardarse del todo fuera de ella.

Por esto, al que quiere llegar a las cosas interiores y espirituales le conviene apartarse con Jesús de la gente.

Ninguno se muestra seguro en público, sino el que se esconde voluntariamente.

Ninguno habla con acierto, sino el que calla de buena gana.

Ninguno preside dignamente, sino el que se sujeta con gusto.

Ninguno manda con razón, sino el que aprendió a obedecer sin replicar.

Nadie se alegra seguramente, sino quien tiene el testimonio de la buena conciencia. Pues la seguridad de los Santos siempre estuvo llena de temor divino.
Ni por eso fueron menos solícitos y humildes en sí, aunque resplandecían en grandes virtudes y gracias.

Pero la seguridad de los malos nace de la soberbia y presunción, y al fin se convierte en su mismo engaño.

Nunca te tengas por seguro en esta vida, aunque parezcas buen religioso o devoto ermitaño

Los muy estimados por buenos, muchas veces han caído en graves peligros por su mucha confianza.

Por lo cual es utilísimo a muchos que no les falten del todo tentaciones y que sean muchas veces combatidos, para que no se aseguren demasiado de si mismos, y no se levanten con soberbia, ni tampoco se entreguen demasiadamente a los consuelos exteriores.

¡Oh, quién nunca buscase alegría transitoria! ¡Oh, quién nunca se ocupase en el mundo, y cuán buena conciencia guardaría!

¡Oh, quién quitara de sí todo vano cuidado, y pensase solamente las cosas saludables y divinas, y pusiese toda su esperanza en Dios, cuánta paz y sosiego poseería!

Ninguno es digno de la consolación celestial si no se ejercitare con diligencia en la santa contrición.

Si quieres arrepentirte de corazón, entra en tu retiro, y destierra de ti todo bullicio del Mundo, según está escrito: Contristaos en vuestros aposentos (Salmo 4, 5). En la celda hallarás lo que perderás muchas veces por de fuera.

El retiro usado se hace dulce, y el poco usado causa hastío. Si al principio de tu conversión le frecuentares y guardares bien, te será después dulce amigo y agradable consuelo.

En el silencio y sosiego aprovecha el alma devota y aprende los secretos de las Escrituras.

Allí halla arroyos de lágrimas con que lavarse y purificarse todas las noches, para hacerse tanto más familiar a su Hacedor cuanto más se desviare del tumulto del siglo.

Y así el que se aparta de sus amigos y conocidos, estará más cerca de Dios y de sus santos ángeles.

Mejor es esconderse y cuidar de sí, que con descuido propio hacer milagros.

Muy loable es al hombre religioso salir fuera pocas veces, huir de que le vean y no querer ver a los hombres.

¿Para qué quieres ver lo que no te conviene tener?

El mundo pasa y sus deleites (1 Jn., 2, 1"7). Los deseos sensuales nos llevan a pasatiempos; mas, pasada aquella hora, qué nos queda, sino pesadumbre de conciencia y derramamiento de corazón?

La salida alegre causa muchas veces triste vuelta, y la alegre trasnochada hace triste mañana. Así, todo gozo carnal entra blandamente; mas al cabo, muerde y mata.

¿Qué puedes ver en otro lugar, que aquí no lo veas? Aquí ves el cielo y la tierra y todos los elementos, y de éstos fueron hechas todas las cosas.

¿Qué puedes ver en algún lugar, que permanezca mucho tiempo debajo del sol?

¿Piensas, acaso, satisfacer tu apetito? Pues no lo alcanzarás. Si vieses todas las cosas delante de ti, ¿qué sería sino una vista vana?

Alza tus ojos a Dios en el cielo, y ruega por tus pecados y negligencias.

Deja lo vano a los vanos, y tú ten cuidado de lo que te manda Dios. Cierra tu puerta sobre ti, y llama a tu amado Jesús; permanece con El en tu aposento, que no hallarás en otro lugar tanta paz.

Si no salieras ni oyeras noticias, mejor perseverarías en santa paz. Pues te huelgas de oír algunas veces novedades, conviénete sufrir inquietudes de corazón.

» 19. De los ejercicios del buen religioso

Autor: Tomás de Kempis  

La vida del buen religioso debe resplandecer en toda virtud; que sea tal en lo interior cual parece de fuera.

Y con razón debe ser mucho más lo interior que lo que se mira exteriormente, porque nos mira nuestro Dios, a quien debemos suma reverencia donde quiera que estuviésemos, y debemos andar en su presencia tan puros como los ángeles.

Cada día debemos renovar nuestro propósito y excitarnos a mayor fervor, como si hoy fuese el primer día de nuestra conversión, y decir: Señor, Dios mío, ayúdame en mi buen intento y en tu santo servicio, y dame gracia para que comience hoy perfectamente, porque no es nada cuanto hice hasta aquí.

Según es nuestro propósito, así es nuestro aprovechamiento; y quien quiere aprovecharse bien, ha menester ser muy diligente.

Si el que propone firmemente falta muchas veces, ¿qué será el que tarde o nunca propone?

Acaece de diversos modos el dejar nuestro propósito; y faltar de ligero en los ejercicios acostumbrados no pasa sin algún daño.

El propósito de los justos más pende de la gracia de Dios que del saber propio; en el confían siempre y en cualquier cosa que comienzan. Porque el hombre propone, pero Dios dispone; y no está en mano del hombre su camino (Prov., I6, 9; Jer., 10, 23).

Si por caridad y por provecho del prójimo se deja alguna vez el ejercicio acostumbrado, después se puede reparar fácilmente.

Mas, si por fastidio del corazón o por negligencia ligeramente se deja; muy culpable es y resultará muy dañoso.

Esforcémonos cuanto pudiéremos, que aun así, en muchas faltas caeremos fácilmente.

Pero alguna cosa determinada debemos siempre proponernos, y principalmente contra las faltas que mas nos estorban.

Debemos examinar y ordenar todas nuestras cosas exteriores e interiores, porque todo conviene para el aprovechamiento espiritual.

Si no puedes recogerte de continuo, hazlo de cuando en cuando y, por lo menos, una vez al día, por la mañana o por la noche.

Por la mañana, propón; a la noche, examina tus obras; cuál has sido este día en palabras, obras y pensamientos; porque puede ser que hayas ofendido en esto a Dios y al prójimo muchas veces.

Ármate como varón contra las malicias del demonio; refrena la gula y fácilmente refrenarás toda inclinación de la carne.

Nunca estés del todo ocioso, sino lee, o escribe, o reza, o medita, o haz algo de provecho para la comunidad.

Pero los ejercicios corporales se deben tornar con discreción, porque no son igualmente convenientes para todos.

Los ejercicios particulares no se deben hacer públicamente, porque con más seguridad se ejercitan en secreto.

Guárdate, empero, no seas perezoso para lo común, y pronto para lo particular, sino cumplido muy bien lo que debes y te está encomendado; si tienes lugar, éntrate dentro de ti como desea tu devoción.

No todos podemos ejercitar una misma cosa; unas convienen más a unos y otras a otros. También, según el tiempo, te serán más a propósito diversos ejercicios; porque unos son mejores para las fiestas, otros par a los días de trabajo.

Necesitamos de unos para el tiempo de la tentación, y de otros para el de la paz y sosiego. En unas cosas es bien pensar cuando estamos tristes, y en otras, cuando alegres en el Señor.

En las fiestas principales debemos renovar nuestros buenos ejercicios, e invocar con mayor fervor la intercesión de los Santos.

De una fiesta para otra debemos proponer algo, como si entonces hubiésemos de salir de este mundo y llegar a la eterna festividad.

Por eso debemos prevenirnos con cuidado en los tiempos devotos y conversar con mayor devoción y guardar toda observancia más estrechamente, como quien ha de recibir en breve de Dios el premio de sus trabajos.

Y si se dilatare, creamos que no estamos preparados, y que aún somos indignos de tanta gloria como se declarara en nosotros (Rom, 8, 18) acabado el tiempo de la vida, y estudiemos en prepararnos mejor para morir:

Bienaventurado el siervo (dice el evangelista San Lucas) a quien, cuando viniere el Señor, le hallare velando; en verdad os digo que le constituirá sobre todos sus bienes (Lc, 12, 43).

» 18. De los ejemplos de los santos padres

Autor: Tomás de Kempis  

Considera bien los heroicos ejemplos de los Santos Padres, en los cuales resplandeció la verdadera perfección y religión, y verás cuán poco o casi nada es lo que hacemos.

¡Ay de nosotros? ¿Qué es nuestra vida comparada con la suya?

Los Santos y amigos de Cristo sirvieron al Señor en hambre y en sed, en frío y desnudez, en trabajos y fatigas, en vigilias y ayunos, en oraciones y santas meditaciones, en persecuciones y muchos oprobios.

¡Oh, cuán graves y cuántas tribulaciones padecieron los apóstoles, mártires, confesores, vírgenes y todos los demás que quisieron seguir las pisadas de Cristo!
Pues en este mundo aborrecieron sus vidas para poseer sus almas en la vida eterna.

¡Oh, cuán estrecha y retirada vida hicieron los Santos Padres en el yermo! ¡Cuán largas y graves tentaciones padecieron! ¡Cuán de ordinario fueron atormentados del enemigo! ¡Cuán continuas y fervientes oraciones ofrecieron a Dios! ¡Cuán rigurosas abstinencias cumplieron! ¡Cuán gran celo y fervor tuvieron en su aprovechamiento espiritual! ¡Cuán fuertes peleas pasaron para vencer los vicios! ¡Cuán pura y recta intención tuvieron con Dios!

De día trabajaban, y por la noche se ocupaban en larga oración; aunque trabajando, no cesaban de la oración mental.

Todo el tiempo gastaban bien; las horas les parecían cortas para darse a Dios, y por la gran dulzura de la contemplación, se olvidaban de la necesidad del mantenimiento corporal.

Renunciaban a todas las riquezas, honras, dignidades, parientes y amigos; ninguna cosa querían del mundo; apenas tomaban lo necesario para la vida, y les era pesado servir a su cuerpo aun en las cosas más necesarias. De modo que eran pobres de lo temporal, pero riquísimos en gracia y virtudes.

En lo de fuera eran necesitados; pero en lo interior estaban con la gracia y divinas consolaciones recreados.

Ajenos eran al mundo, mas muy allegados a Dios, del cual eran familiares amigos. Teníanse por nada en cuanto a sí mismos y para nada con el mundo eran despreciados; mas en los ojos de Dios eran muy preciosos y amados.

Estaban en verdadera humildad; vivían en sencilla obediencia; andaban en caridad y paciencia, y por esa cada día crecían en espíritu y alcanzaban mucha gracia delante de Dios.

Fueron puestos por dechados a todos los religiosos, y más nos deben mover para aprovechar en el bien, que no la muchedumbre de los tibios para aflojar y descaecer.

¡Oh, cuán grande fue el fervor de todos los religiosos al principio de sus sagrados institutos! ¡Cuánta la devoción de la oración! ¡Cuanto el celo de la virtud!

¡Cuánta disciplina floreció! ¡Cuánta reverencia y
obediencia al superior hubo en todas las cosas!

Aun hasta ahora dan testimonio de ello las señales que quedaron, de que fueron verdaderamente varones santos y perfectos los que, peleando tan esforzadamente, vencieron al mundo.

Ahora ya se estima en mucho aquel que no quebranta la Regla, y con paciencia puede sufrir lo que aceptó por su voluntad.

¡Oh tibieza y negligencia de nuestro estado, que tan presto declinamos del fervor primero, y nos es molesto el vivir por nuestra flojedad y tibieza!

¡Pluguiese a Dios que no durmiese en ti el aprovechamiento de las virtudes, pues viste muchas veces tantos ejemplos de devotos!

» 17. De la vida monástica

Autor: Tomás de Kempis  

Conviene que aprendas, a quebrantarte en muchas cosas, si quieres tener paz y concordia con otros.

No es poco morar en los monasterios y congregaciones, y allí conversar sin quejas, y perseverar fielmente hasta la muerte.

Bienaventurado es el que vive allí bien y acaba dichosamente.

Si quieres estar bien y aprovechar, mírate como desterrado y peregrino sobre la tierra. Conviene hacerte simple por Cristo, si quieres seguir la vida religiosa.

El hábito y la corona poco hacen; mas la mudanza de las costumbres y la entera mortificación de las pasiones hacen al hombre verdadero religioso.

El que busca algo fuera de Dios y la salvación de su alma, no hallará sino tribulación y dolor.

No puede estar mucho tiempo en paz el que no procura ser el menor y el más sujeto de todos.

Viniste a servir, no a mandar; persuádete que fuiste llamado para trabajar y padecer, no para holgar y parlar. Pues aquí se prueban los hombres, como el oro en el crisol (Sap 3, 6).

Aquí no puede estar alguno, si no quiere de todo corazón humillarse por Dios.

Categorías