por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Veo esto: Jesús, con las primeras luces de una raquítica mañana de invierno, entra en la pequeña ciudad de Doco, y le pregunta a un viandante madrugador:
-¿Dónde vive Mariamne, la anciana madre que tiene a su nuera muriéndose?
-¿Mariamne? ¿La viuda de Leví? ¿La suegra de Jerusa, mujer de Josías?
-Sí, es ella.
-Mira, hombre, al final de esta calle hay una plaza. En la esquina, hay una fuente. De allí salen tres calles. Coge la que tiene enmedio una palma y camina cien pasos. Encontrarás un foso; lo sigues hasta el puente de tablas.
Lo atraviesas y verás una callecita cubierta. Recórrela.
Terminada la calle y lo que la cubre - porque desemboca en una plaza -, ya has llegado. La casa de Mariamne es de color oro debido a la antigüedad. Con los gastos que tienen, no la pueden limpiar. No te puedes equivocar.
Adiós. ¿Vienes de lejos?
-No mucho.
-Pero, ¿eres galileo?
-Sí.
-¿Y éstos? ¿Vienes para la fiesta?
-Son amigos. Adiós, hombre. La paz sea contigo.
Jesús deja plantado a este hombre locuaz que ya no tiene prisa, y va por su camino, y los apóstoles detrás.
Llegan a la… placita: un pedazo de terreno muy fangoso que tiene en el centro una encina joven, alta, que ha crecido señoreadora y que tal vez en verano produzca bienestar, pero que por ahora sólo produce melancolía, pues, tupida y oscura, se yergue sobre las pobres casas quitándoles luz y sol. La casa de Mariamne es la más modestilla. Es ancha y baja y está muy descuidada. La puerta de fuera está llena de parches para tapar las ranuras que hay debido a lo muy vieja que es la madera.
Una ventanita sin bastidor muestra su negro agujero como una órbita sin ojo.
Jesús llama a la puerta. Viene una jovencita de unos diez años, pálida, despeinada, con los ojos rojos.
-¿Eres la nieta de Mariamne? Dile a la anciana madre que Jesús está aquí.
La niña da un grito y se echa a correr llamando a voces.
Acude rápidamente la anciana, seguida por seis niños además de la muchachita de antes. El mayor parece gemelo de ésta; los últimos, dos chisgarabises descalzos y demacrados, vienen agarrados al vestido de la anciana; apenas si saben caminar.
-¡Has venido! ¡Hijos, venerad al Mesías! En buena hora llegas a mi pobre casa. Mi hija se me está muriendo… No lloréis, niños; que no oiga. ¡Pobres criaturas! Las niñas están agotadas de las velas, porque, yo hago todo, pero ya no puedo velar; me caigo al suelo de sueño. Hace meses que no toco la cama. Ahora duermo en una silla, para estar junto a ella y junto a las niñas.
Pero son pequeñas y sufren. Los niños, estos, van a hacer leña para mantener el fuego, y también la venden, para conseguir pan.
Se agotan… ¡pobres nietos! Pero lo que nos mata no es el cansancio, es el verla morir… No lloréis. Tenemos a Jesús.
-Sí, no lloréis. Vuestra mamá se curará, vuestro padre volverá, dejaréis de tener tantos gastos y dejaréis de pasar hambre. ¿Éstos son los dos últimos?
-Sí, Señor. Esa débil criatura ha dado a luz tres veces gemelos… y el pecho ha enfermado.
-A unos demasiado y a otros nada - susurra Pedro entre dientes, y toma luego consigo a uno de los pequeñuelos y le da una manzana para que se calle; y, mientras también el otro pequeño le pide otra y Pedro lo complace, Jesús con la anciana atraviesa el atrio y va al patio, y sube la escalera para entrar en una habitación donde gime una mujer joven, pero esquelética.
-El Mesías, Jerusa. Ahora ya no sufrirás más. ¿Ves cómo ha venido realmente? Isaac no miente nunca. Lo dijo. Así que cree que de la misma forma que ha venido te puede sanar.
-Sí, madre buena; sí, mi Señor. Pero, si no me puedes curar, hazme morir al menos. Siento perros en este pecho mío.
Las bocas de mis hijos, a las que he dado dulce leche, me han dado a cambio fuego y amargura. ¡Sufro mucho, Señor! ¡Salgo muy cara! Mi marido lejos por el pan, la anciana madre que se está consumiendo, yo que me muero… ¿a quien irán los hijos, cuando haya muerto por la enfermedad, y ella por el cansancio y los sufrimientos?
-Para los pájaros está Dios, como también para los pequeñuelos del hombre. Pero no morirás. ¿Te hace mucho daño aquí? - Jesús hace ademán de depositar la mano sobre el pecho vendado.
-¡No me toques! ¡No me aumentes el dolor! - grita la enferma.
Pero Jesús deposita delicadamente su larga mano sobre el seno enfermo.
-Tienes realmente fuego dentro, pobre Jerusa. El amor materno se te ha transformado en fuego en el pecho. Tú no odias a tu esposo o a los niños, ¿no es cierto?
-¡Oh! ¿Por qué iba a odiarlos? Mi marido es bueno y me ha querido siempre. Con sabio amor nos amamos, y el amor floreció en hijos… ¡Y ellos…! Me acongoja el dejarlos… Pero… Señor, ¡si mi fuego cesa! ¡Madre! ¡Madre! ¿Es como si un ángel espirara el aire del Cielo sobre mi tormento! ¡Oh…, qué paz! No quites, no quites tu mano, mi Señor; aprieta, más bien. ¡Oh…,
qué fuerza! ¡Qué alegría! ¡Mis hijos! ¡Aquí, mis hijos! ¡Quiero que vengan! ¡Dina! ¡Osías! ¡Ana! ¡Seba! ¡Melquí! ¡David! ¡Judas!
¡Aquí! ¡Aquí! ¡Mamá ya no se muere! ¡Oh!…
La joven se vuelve sobre las almohadas llorando de alegría mientras acuden los hijos, y la anciana, de rodillas, no encontrando otra cosa, en su alegría, entona el cántico de Azarías en el horno de fuego, completo, con su voz temblorosa de anciana y de persona conmovida.
-¡Señor! - dice por fin - ¿Qué puedo hacer por ti? ¿No tengo nada con que honrarte?
Jesús la levanta y dice:
-Déjame sólo detenerme aquí un poco para descansar - Y calla - El mundo no me ama. Debo alejarme un tiempo. Te pido fidelidad a Dios y silencio. A ti, a ella, a los pequeños.
-¡No temas! ¡Nadie se acerca a los míseros! Puedes estar aquí sin temor a ser visto. Los fariseos, ¿no? Pero… ¿Y para comer? Yo no tengo más que un poco de pan…
Jesús llama a Judas Iscariote:
-Coge dinero y ve a comprar lo que haga falta. Comeremos y descansaremos aquí, con estas buenas mujeres. Hasta el anochecer. Ve y calla.
Luego se vuelve hacia la mujer que ha sido curada:
-Quítate las vendas, levántate, ayuda a tu madre, exulta. Dios te ha concedido gracia por piedad hacia tu virtud de esposa. Compartiremos el pan, porque hoy el Señor altísimo está en tu casa y hay que celebrarlo con una gran fiesta.
Jesús va afuera y alcanza a Judas que iba a marcharse en ese momento:
-Compra con abundancia. Que tengan también para los próximos días. A nosotros en casa de Lázaro no nos faltará nada.
-Sí, Maestro. Y, si me lo permites… Tengo dinero mío, he hecho voto de ofrecerlo porque quedes salvo de los enemigos; lo puedo emplear en pan. Mejor que vaya a estos hermanos en Dios que no a las tragaderas del Templo. ¿Me das permiso? El oro siempre ha sido una serpiente para mí.
No quiero seguir sintiendo su hechizo, porque, ahora que soy bueno, estoy muy bien.
Me siento libre, y soy feliz.
-Haz como quieras, Judas, y que el Señor te dé paz.
Jesús va hasta donde los discípulos mientras Judas sale.
Todo termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Agua Especiosa sin peregrinos… Produce una extraña sensación verla así, sin signos de que alguien haya vivaqueado o, al menos, consumido su comida en la era o bajo el cobertizo. Sólo limpieza y orden, hoy, sin ninguna de esas señales que de sí deja una fuerte confluencia de gente.
Los discípulos ocupan su tiempo en trabajos manuales: unos, trenzando mimbres para hacer nuevas trampas para los peces; otros, ocupados en pequeños trabajos de desmonte del terreno y de canalización del agua de los tejados para que no se estanque en la era. Jesús está en pie, en un prado, echando migas de pan a los gorriones. Hasta donde alcanza la vista, no hay ni un ser viviente, a pesar de que el día esté sereno.
Andrés se dirige hacia Jesús, de vuelta de algo que le han encomendado:
-Paz a ti, Maestro.
-Y a ti, Andrés. Ven aquí un poco conmigo. Tú puedes estar con los pajarillos. Eres como ellos. ¿Te das cuenta?: cuando ellos saben que quien se les acerca los quiere, pierden el miedo. Mira lo confiados que son, y seguros y alegres. Primero estaban casi junto a mis pies, ahora estás tú y están alerta… Mira, mira… mira ese gorrión, es más audaz y se está acercando, ha comprendido que no hay ningún peligro. Y detrás de él vienen los otros. ¿Ves cómo comen? ¿No es igual que para nosotros, que somos hijos del Padre? Él nos sacia de su amor. Y, cuando estamos seguros de ser amados y de que nos ha invitado a su amistad,¿por qué tener miedo de Él y de nosotros? Su amistad debe hacernos audaces incluso entre los hombres.
Cree esto: sólo el malhechor debe tener miedo de sus semejantes; no el justo, como tú eres.
Andrés se ha puesto colorado, y no habla.
Jesús lo arrima hacia sí y dice sonriendo:
-Habría que uniros a ti y a Simón en un mismo néctar, diluiros y luego daros de nuevo forma. Seríais perfectos. Con todo… si te dijera que, a pesar de ser tan distinto al principio, serás perfectamente igual a Pedro al final de tu misión, ¿lo creerías?
-Si Tú lo dices, es cierto. Ni siquiera me pregunto cómo podrá ser, porque todo lo que Tú dices es verdad. Me alegraré de ser como Simón, mi hermano, porque es un hombre justo y te hace feliz. ¡Simón vale! Me siento muy contento de que sea una persona que vale. Valiente, fuerte. ¡Bueno, también los demás!…
-¿Y tú, no?
-¿Yo?… Tú eres el único que puede estar contento de mí…
-Y darme cuenta de que trabajas silenciosamente y con más profundidad que los otros. Porque en los doce hay quien llama la atención en forma proporcionada a su trabajo, hay quien la llama mucho más de cuanto trabaja, y hay quien sólo trabaja, sin llamar la atención; un trabajo humilde, activo, ignorado… los otros pueden creer que éste no hace nada, mas Aquel que ve sabe las cosas.
Existen estas diferencias porque aún no sois perfectos, y existirán siempre entre los futuros discípulos, entre aquellos que vengan después de vosotros, hasta el momento en que el ángel proclame con voz de trueno: "El tiempo ha terminado". Siempre habrá ministros del Cristo en que estarán nivelados lo que hacen y la atracción hacia ellos de las miradas del mundo: los maestros. Y existirán, por desgracia, aquellos que serán sólo rumor y gesto externos, sólo externos, los falsos pastores de poses histriónicas… ¿Sacerdotes?; no: mimos. Nada más. No es el gesto el que hace al sacerdote, y tampoco el
hábito. No hacen al sacerdote ni su cultura terrena ni las relaciones influyentes de este mundo; es su alma, un alma tan grande que anule la carne. Todo espíritu mi sacerdote… así le sueño, así serán mis santos sacerdotes. El espíritu no tiene voz, ni pose de trágico; es inconsistente porque es espiritual y, por tanto, no puede llevar peplos o máscaras; es lo que es: espíritu, llama, luz, amor; habla a los espíritus, habla con la castidad de las miradas, de los hechos, de las palabras, de las obras. El hombre mira, y ve a un semejante suyo.
Pero, más allá de la carne, y por encima de ella, ¿qué ve?: algo que le hace detenerse en su caminar apresurado, meditar y concluir: "Este hombre, semejante a mí, tiene de hombre sólo el aspecto; el alma es de ángel". Y, si se trata de un incrédulo, concluirá: "Por él creo que hay un Dios y un Cielo"; y, si es lujurioso, dice: "Éste, igual a mí, tiene ojos de Cielo; freno mi sentido para no profanarlos"; si se trata de un avaro, decidirá: "Por el ejemplo de éste, que no tiene apego a las riquezas, yo ceso de ser avaro"; si es un iracundo, una persona violenta, en presencia del manso se vuelve un ser más sereno.
Todo esto puede hacer un sacerdote santo. Y, créelo, siempre existirán, entre los sacerdotes santos, los que sepan incluso morir por amor a Dios y al prójimo, y hacerlo tan silenciosamente (después de haber ejercitado la perfección durante toda la vida también silenciosamente), que el mundo ni siquiera se dé cuenta de ellos. Pero, si el mundo no acaba siendo enteramente un lupanar y un lugar de idolatría, será por éstos, los héroes del silencio y de la laboriosidad fiel. Y tendrán tu sonrisa, pura y tímida.
Porque siempre habrá Andreses; ¡por gracia de Dios por suerte para el mundo, los habrá!
-Yo no creía merecer estas palabras… No había hecho nada para suscitarlas…
-Me has ayudado a llevar hacia Dios a un corazón; y es el segundo que conduces hacia la Luz».
-¿Por qué ha hablado! Me había prometido…
-Nadie ha hablado. Pero Yo sé las cosas. Cuando los compañeros duermen, cansados, tres son los que están en vela en Agua Especiosa: el apóstol de silencioso y activo amor hacia los hermanos pecadores; la criatura a la que su alma aguijonea hacia la salvación; y el Salvador que ora y vela, que espera y tiene esperanza… Mi esperanza es ésta: que un alma encuentre su salud…
Gracias, Andrés. Sigue así. Bendito seas por ello.
-¡Maestro!… Pero no digas nada a los otros… A solas, hablándole a una leprosa en una playa desierta, hablándole aquí a una mujer cuyo rostro no veo, algo sé hacer. Pero, si los otros lo saben, especialmente Simón (y quiere venir)… yo ya no sé hacer nada… No vengas ni siquiera Tú… porque me avergüenzo de hablar delante de ti.
-No iré contigo. Jesús no irá, pero el Espíritu de Dios ha ido siempre contigo. Vamos a casa. Nos están llamando para la comida.
Y todo cesa entre Jesús y el manso discípulo.
Están aún comiendo y ya han encendido las lámparas, porque la tarde desciende muy presurosa. El cierzo incita a tener cerrada la puerta. Llaman. Se oye la voz alegre de Juan.
-¡Nos alegramos de que hayáis regresado!
-¡Habéis tardado poco!
-¿Qué novedades hay, entonces?
-¡Qué cargados venís!
Todos hablan al mismo tiempo, mientras se ayuda a los tres a liberarse de las pesadísimas sacas que traen sobre los hombros.
-¡Despacio!
-¡Dejadnos saludar al Maestro!
-¡Un momento!
(Un alboroto alegre, familiar, por la alegría de estar juntos).
-¡Hola, amigos! Dios os ha dado días tranquilos.
-Sí, Maestro, pero no tranquilas noticias. Lo preveía - dice Judas Iscariote.
-¿Qué pasa? ¿Qué pasa?…
Se ha creado un ambiente de curiosidad.
-Dejadlos primero que tomen algo y repongan fuerzas - dice Jesús.
-No, Maestro. Primero te damos lo que tenemos para ti y para los demás. Y, primero… Juan, da la carta.
-La tiene Simón. Yo temía estropearla entre la carga.
El Zelote, que ha estado luchando hasta ese momento con Tomás, que quería traerle agua para sus pies cansados, acude diciendo:
-Aquí la tengo, en la bolsa del cinturón - y abre el bolsillo interno de su ancho cinturón de cuero rojo y extrae de él un rollo ya aplastado.
-Es de tu Madre. Estando cerca de Betania, encontramos a Jonatán que estaba yendo a casa de Lázaro con la carta y otras muchas cosas. Jonatán va a Jerusalén porque Cusa está poniendo en orden su palacio… Quizás Herodes va a Tiberíades… y Cusa no quiere que su mujer esté cerca de Herodías - explica el Iscariote mientras Jesús desata los nudos del rollo y desenrolla.
Los apóstoles cuchichean mientras Jesús lee con beata sonrisa las palabras de su Madre.
-Escuchad - dice luego -, también hay algo para los galileos.
Mi Madre escribe:
“A Jesús, mi dulce Hijo y Señor, paz y bendición. Jonatán, siervo de su Señor, me ha traído, de parte de Juana, unos obsequiosos regalos; ella pide a su Salvador, para sí,
para su esposo y para toda su casa, la bendición. Jonatán me dice que él, por orden de Cusa, va a Jerusalén, habiendo recibido la indicación de abrir de nuevo el palacio de Sión. Yo bendigo a Dios por esto, porque así puedo hacerte llegar mis palabras y mi bendición.
Igualmente, María de Alfeo y Salomé envían a sus hijos besos y bendiciones. Y, dado que Jonatán ha sido extremadamente bueno, también hay saludos de la mujer de Pedro para su marido lejano, y, para Felipe y Natanael, de sus familiares. Todas vuestras mujeres, queridos hombres que os encontráis lejos, bien con la aguja, bien con el telar, y con el trabajo de la huerta, os envían ropa para estos meses de invierno, y dulce miel, aconsejándoos que la toméis con agua bien caliente en las húmedas noches.
Cuidad de vosotros mismos. Esto es lo que las madres y esposas me dicen que os diga, y yo lo transmito; también a mi Hijo. No por nada nos hemos sacrificado, creedlo.
Disfrutad de los humildes presentes que nosotras,
discípulas de los discípulos de Cristo, damos a los siervos del Señor; dadnos sólo la alegría de saber que estáis sanos.
Ahora, amado Hijo mío, pienso que, desde hace casi un año, ya no eres todo mío. Y me parece haber vuelto al tiempo en que sabía, sí, que Tú ya habías venido, porque sentía tu pequeño corazón latir en mi seno, pero también podía decir que no habías venido todavía, porque estabas separado de mí por una barrera que me impedía acariciar tu amado cuerpo, y sólo podía adorar tu espíritu. ¡Oh, mi querido Hijo y adorable Dios!, también ahora sé que vives y que tu corazón late con el mío, jamás separado de mí aunque esté separado; pero, no te puedo acariciar, oír, servir, venerar, Mesías del Señor y de su pobre sierva.
Juana quería que fuese donde ella para que yo no estuviera sola en la fiesta de las Luminarias. Pero he preferido quedarme aquí con María a encender las lámparas; por mí y por ti. Pero aunque fuera la mayor de las reinas de la Tierra y pudiera encender mil, diez mil lámparas, estaría en la oscuridad, porque Tú no estás aquí. Mientras que, por el contrario, estaba en la perfecta luz en aquella oscura gruta cuando te tuve en mi corazón, Luz mía y Luz del mundo. Será la primera vez que me diré: “Mi Niño hoy tiene un año más” sin tener a mi Niño. Y será más triste que tu primer cumpleaños en Matarea. Mas Tú llevas a cabo tu misión y yo la mía, y ambos hacemos la voluntad del Padre y trabajamos para la gloria de Dios: esto enjuga toda lágrima.
Querido Hijo, comprendo lo que haces por lo que me dicen. Como las olas desde mar abierto llevan la voz de alta mar hasta un solitario y cerrado entrante, así el eco de tu santo trabajo por la gloria del Señor llega a la tranquila casita nuestra, a oídos de tu Madre, siendo para Ella causa de júbilo, mas también de temblor; porque, si todos hablan de ti, no todos lo hacen con igual corazón. Vienen amigos, y personas que han recibido algún bien, a decirme:
“¡Bendito sea el Hijo de tu vientre!”, y vienen enemigos tuyos a herir mi corazón diciendo: “¡Sea anatema!'. Mas por éstos yo ruego, porque son unos infelices; más que los paganos, que vienen a preguntarme: “¿Dónde está el mago, el divino?”, y no saben que dicen una gran verdad, dentro de su error, porque verdaderamente Tú eres sacerdote y grande, que es el sentido de esa palabra para la antigua lengua, y divino eres, mi Jesús. Y yo te los mando, diciendo: `Está en Betania'. Porque es lo que sé que tengo que decir, hasta que Tú no lo ordenes de otra manera. Y ruego por estos que vienen a buscar salud para lo que muere, a fin de que encuentren salud para el espíritu eterno. Y, te lo suplico, no te aflijas por mi dolor: queda compensado por la gran alegría que me producen las palabras de los sanados de alma y de carne.
Pero María sufrió y sufre todavía un dolor más fuerte que el mío. No me hablan sólo a mí. José de Alfeo quiere que sepas que, durante un reciente viaje suyo de negocios a Jerusalén, lo pararon y lo amenazaron por causa tuya. Eran hombres del Gran Consejo. Yo creo que algún grande de aquí les dio la referencia, porque, si no, ¿quién podía conocer a José como cabeza de familia y hermano tuyo? Yo te digo esto por obediencia de mujer. Pero por mí te digo: quisiera estar a tu lado, para confortarte.
De todas formas, actúa Tú, Sabiduría del Padre, sin tener en cuenta mi llanto. Simón, tu hermano, quería casi ir a ti, después de este hecho; y quería ir conmigo, pero, la estación en que estamos lo ha retenido, y más aún el temor de no encontrarte, porque nos dijeron, en tono de amenaza, que Tú donde estás no puedes permanecer.
¡Hijo, Hijo mío, adorado y santo Hijo mío!, estoy con los brazos alzados como Moisés en el monte, para rogar por ti, que estás batallando contra los enemigos de Dios y tuyos, mi Jesús al que el mundo no ama.
Aquí ha muerto Lía de Isaac. Lo he sentido mucho porque fue siempre buena amiga mía. Pero el padecimiento mayor eres Tú, lejano y no amado.
Yo te bendigo, Hijo mío, y, como yo te doy paz y bendición, te ruego dársela Tú a Mamá".
-¡Llegan hasta esa casa esos desvergonzados! - grita Pedro.
Y Judas Tadeo exclama:
-José… podía haberse guardado para sí lo sucedido. Pero… ¡lo ha llenado de satisfacción el poder comunicarlo!
-Grito de hiena no asusta a los vivos - sentencia Felipe.
-Lo malo es que no son hienas, son tigres; buscan presa viva - dice el Iscariote. Y, volviéndose al Zelote: «Refiere tú lo que hemos sabido.
-Sí, Maestro. El temor de Judas está justificado. Hemos estado donde José de Arimatea y donde Lázaro; allí abiertamente, como amigos tuyos. Después, yo y Judas - como si yo fuera un amigo suyo de la infancia - hemos estado donde algunos amigos suyos de Sión… Bueno, pues José y Lázaro te dicen que dejes este lugar enseguida y vayas adonde ellos durante estas fiestas. Cede, Maestro; es por tu bien. Además, los amigos de Judas dijeron: "Mira que ya se ha decidido ir a sorprenderlo para inculparlo. Precisamente en estos días de fiestas en que no hay gente. Que se retire durante un tiempo, para que queden deludidas estas víboras. La muerte de Doras ha estimulado su veneno y su miedo, porque además de sentir odio tienen miedo.
El miedo les hace ver lo que no existe y el odio les hace incluso mentir".
-¡Todo, pero es que saben todo de nosotros! ¡Es odioso! ¡Y todo lo alteran, todo lo exageran! Y, cuando les parece que no hay todavía suficiente para maldecir, se lo inventan. Yo me siento asqueado y abatido. Me viene el deseo de expatriarme, de marcharme…; no sé… lejos… fuera de este Israel que no es sino pecado… - Se le ve deprimido al Iscariote.
-¡Judas, Judas!, una mujer para dar a un hombre al mundo trabaja nueve lunas; tú, para dar al mundo el conocimiento de Dios, ¿querrías emplear menos tiempo? Se necesitarán no nueve lunas, sino milenios de lunas; del mismo modo que la luna nace y muere en cada lunación, manifestándose a nosotros como acabada de nacer, luego llena, luego menguada… sucederá así siempre en el mundo, mientras exista: habrá fases crecientes, llenas y decrecientes, de religión. Pero, aun cuando parezca muerta, tendrá vida, como la luna, que está aun cuando parece que haya llegado a su fin. Y quien haya trabajado en esta religión, recibirá el consiguiente pleno mérito, a pesar de que sólo una exigua minoría de almas fieles quede sobre la Tierra.
¡Venga, venga! Nada de fáciles entusiasmos en los triunfos ni de fáciles depresiones en las derrotas.
-No obstante… deja este lugar. No somos nosotros fuertes todavía y sentimos que frente al Sanedrín tendríamos miedo; yo al menos… los otros, no lo sé… pero, hacer la prueba lo considero una imprudencia. Nosotros no tenemos el corazón de los tres jóvenes de la corte de Nabucodonosor.
-Sí, Maestro, es mejor.
-Es prudente.
-Judas tiene razón.
-Mira cómo también tu Madre y tus familiares…
-Y Lázaro y José.
-Hagámosles venir en vano.
Jesús extiende los brazos y dice:
-Hágase como queréis; pero luego se vuelve aquí. Veréis cuántos vienen. Yo ni fuerzo ni tiento vuestra alma; efectivamente, no la siento preparada… Bueno… veamos los trabajos que han hecho las mujeres.
Pero mientras todos, con ojos risueños y voces de alegría, extraen de las sacas los paquetes con la ropa, las sandalias o los alimentos de las madres y de las esposas, y tratan de interesar a Jesús para que admire tanta gracia de Dios, Él permanece triste y absorto. Lee una y otra vez la carta materna. Se ha retirado con una lamparita al rincón más alejado de la mesa en que están la ropa, las manzanas, recipientes de metal, pequeños quesos… y, haciendo con una mano de visera para los ojos, parece meditar, pero en realidad está sufriendo.
-Mira, Maestro, mi esposa, ¡pobrecilla!, ¡qué prenda tan linda, y qué manto con capucha me ha hecho! Quién sabe lo que le habrá costado hacerlo, porque no es tan experta como tu Madre - dice Pedro, que está rebosante de alegría, con los brazos cargados de sus tesoros.
-Bonitos, sí, bonitos. Es una esposa excelente - dice cortésmente Jesús… pero con la vista lejos de lo que le ha mostrado.
-A nosotros nuestra madre nos ha hecho dos túnicas dobles. ¡Pobre mamá! ¿Te gustan, Jesús? Es un color bonito, ¿no es verdad? - dice Santiago de Zebedeo.
-Muy bonito, Santiago; te estará bien.
-Mira, estoy seguro de que estos cinturones los ha hecho tu Madre; es Ella la que borda así. Y este velo doble para cubrir del sol yo también digo que lo ha hecho María; es igual que el tuyo. La túnica no; ciertamente ha sido nuestra madre la que la ha confeccionado. ¡Pobre mamá! Después de tanto como ha llorado este verano, ve menos y frecuentemente se le rompe el hilo. ¡Qué buena es! - Judas de Alfeo besa la gruesa túnica de color rojo-marrón.
-No estás alegre, Maestro - observa por fin Bartolomé - Ni siquiera miras lo que te han mandado.
-No puede estarlo - arguye Simón Zelote.
-Estoy pensando… Pero… Volved a hacer los paquetes. Ponedlo todo en orden. No es este el momento de que nos prendan, y no nos prenderán. Bien entrada la noche, con el claro de la luna, iremos hacia Doco y luego a Betania.
-¿Por qué a Doco?
-Porque allí hay una mujer que se está muriendo y espera de mí la curación.
-¿No pasamos por casa del encargado?
-No, Andrés, por ningún sitio. Así nadie tendrá necesidad de mentir diciendo que no sabe dónde estamos. Si vuestra preocupación es que no nos persigan, la mía es no crear complicaciones a Lázaro.
-Pero Lázaro te espera.
-Y vamos donde él. O, mejor,… Simón, ¿me hospedas en la casa de tu viejo siervo?
-Con mucho gusto, Maestro. Tú ya sabes todo. Por tanto, puedo decirte en nombre de Lázaro, de mí mismo y de quien vive en ella, que esa casa es tuya.
-Vamos. Rápido. Para estar en Betania antes del sábado.
Y, mientras todos se dispersan, con lámparas, para hacer lo que la improvisa partida requiere, Jesús se queda solo.
Vuelve Andrés, se acerca a su Jesús y dice:
-¿Y esa mujer? Me duele abandonarla ahora que parecía que iba a venir… Es prudente… ya lo has visto…
-Vete a decirle que dentro de un tiempo volveremos y que mientras tanto recuerde tus palabras…
-Las tuyas, Señor. Yo he dicho sólo las tuyas.
-Ve. Date prisa. Y mira que ninguno te vea. Verdaderamente en este mundo de malos deben tomar aspecto de pérfidos los inocentes…
Todo me cesa aquí, en esta gran verdad.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
-Hijos míos en el Señor – habla Jesús - la fiesta de la Purificación está ya a las puertas, y a ella Yo, Luz del mundo, os envío preparados con lo mínimo necesario para celebrarla bien, la primera lámpara de la fiesta, que podrá daros llama para todas las otras; porque verdaderamente estúpido sería quien pretendiera encender muchas lámparas no teniendo cómo encender la primera; y aún más estúpido sería quien pretendiese empezar su santificación partiendo de las cosas más arduas, relegando lo que constituye la base del edificio inmutable de la perfección: el Decálogo.
Se lee en los Macabeos que Judas, con los suyos, habiendo recuperado, con la protección del Señor, el Templo y la Ciudad, destruyó los altares levantados a los dioses extranjeros, así como los edificios de culto, y purificó el Templo. Luego erigió otro altar, y con el pedernal produjo fuego, y ofreció los sacrificios, quemó incienso, puso las lámparas y los panes de la proposición, y luego, postrados todos en tierra, le suplicaron al Señor que no permitiera que volvieran a pecar, o que, si por propia debilidad, cayeran de nuevo en el pecado, los tratara con divina misericordia. Esto sucedía el veinticinco del mes de Kisléu.
Consideremos esta narración y apliquémosla a nosotros mismos; en efecto, toda palabra de la historia de Israel, siendo palabra de pueblo elegido, tiene un significado espiritual. La vida es siempre enseñanza. La vida de Israel es enseñanza, no sólo para el tiempo terreno, sino también para la conquista de la eternidad.
“Destruyeron los altares y los templos paganos".
Ésta es la primera operación, la que os he indicado que hagáis al nombraros a los dioses individuales que substituyen al Dios verdadero: las idolatrías del sentido, del oro, del orgullo; los vicios capitales que conducen a la profanación y muerte del alma y del cuerpo y al castigo de Dios.
Yo no os he aplastado con esas innumerables fórmulas que al presente agobian a los fieles, y que se muestran como baluarte ante la verdadera Ley, oprimida, tapada bajo cúmulos y cúmulos de prohibiciones que son completamente externas.
Tales prohibiciones, con su atosigamiento., le llevan al fiel a perder de vista la coherente, clara, santa voz del Señor que dice:
"No blasfemes, no seas idólatra, no profanes las fiestas, no deshonres a los padres, no mates, no cometas fornicación, no robes, no mientas, no envidies las cosas ajenas, no desees la mujer que a otro pertenece". Diez noes; ni uno más. Y son las diez columnas del templo del alma. En lo alto resplandece el oro del precepto santo entre los santos: “Ama a tu Dios, ama a tu prójimo": es el remate del templo, es la protección de los cimientos, es la gloria del constructor. Sin el amor, uno no podría prestar obediencia a las diez reglas, y caerían las columnas - todas o alguna -, y el templo se derrumbaría o total o parcialmente; en todo caso, estaría destruido, inadecuado ya para acoger al Santísimo.
Haced lo que os he dicho, derribando las tres concupiscencias, dándole un nombre claro a vuestro vicio, como claro es Dios al deciros: "No hagas esto o aquello".
Es inútil entrar en sutilezas acerca de las formas. Quien tiene un amor más fuerte que el que da a Dios, cualquiera que fuera este amor, es un idólatra. Quien nombra a Dios, profesándose su siervo, y luego lo desobedece, es un rebelde. Quien por avaricia trabaja en sábado es un profanador y un desconfiado y presuntuoso. Quien niega una ayuda a sus padres aduciendo pretextos, aunque diga que se trata de obras dadas a Dios, está contra Dios, que ha puesto a los padres y a las madres como figura suya sobre la Tierra. Quien mata es siempre asesino. Quien fornica es siempre lujurioso.
Quien roba es siempre un ladrón. Quien miente es siempre una persona vil. Quien desea para sí lo que no es suyo es siempre un glotón que padece la más abominable de las hambres. Quien profana un tálamo es siempre un inmundo.
Es así. Y os recuerdo que después de la erección del becerro de oro vino la ira del Señor; después de la idolatría de Salomón, el cisma que dividió y debilitó a Israel; después del helenismo, aceptado (es más, bien acogido, e introducido, porjudíos indignos bajo Antíoco Epifanes), vinieron nuestras actuales desventuras de espíritu, de fortuna y de nacionalidad. Os recuerdo que Nabal y Abiú, falsos siervos de Dios, fueron castigados por Yeohveh. Os recuerdo que no era santo el maná del sábado. Os recuerdo a Cam y a Absalón. Os recuerdo el pecado de David contra Urías y el de Absalón contra Amnón. Os recuerdo como acabaron Absalón y Amnón. Os recuerdo la suerte de Heliodoro, ladrón, y de Simón y Menelao. Os recuerdo el innoble final de los dos regidores embusteros que habían testificado falsamente de Susana. Y podría seguir sin hallar límite a los ejemplos. 'Mas, volvamos a los Macabeos.
"Y purificaron el Templo.”
No basta decir: "Destruyo". Hay que decir: "Purifico". Os he dicho cómo se purifica el hombre: con el arrepentimiento humilde y sincero. No hay pecado que Dios no perdone si el pecador está realmente arrepentido. Tened fe en la Bondad divina.
Si pudierais llegar a comprender lo que es esta Bondad, aunque tuvierais todos los pecados del mundo, no huiríais de Dios; todo lo contrario, correríais a echaros a sus pies, porque sólo el Bonísimo puede perdonar lo que el hombre no perdona.
"Y erigieron otro altar.”
No pretendáis engaño con el Señor. No seáis falsos en vuestro actuar. No mezcléis a Dios con Satanás; tendríais un altar vacío: el de Dios. Porque es inútil erigir un altar nuevo si quedan aunque sólo sea restos del otro. O Dios o el ídolo; elegid.
"E hicieron brotar el fuego con la piedra y la yesca".
Piedra es la firme voluntad de ser de Dios; yesca es el
deseo de cancelar del corazón de Dios, durante el resto de la vida, hasta el recuerdo de vuestro pecado. He aquí que entonces se hace surgir el fuego: el amor. Porque el hijo que trata, con toda una vida honesta, de reconfortar al padre ofendido, ¿qué hace sino amar al padre, deseando que esté contento de su hijo, antes lágrima y ahora alegría? En este estado podéis ofrecer los sacrificios, quemar los inciensos, poner las lámparas y los panes: no le desagradarán a Dios los sacrificios; gratas le serán las oraciones; el altar estará verdaderamente iluminado, rico del alimento de vuestra ofrenda diaria. Podréis orar diciendo: "Sé protector nuestro", porque Él será con vosotros amigo.
Pero su misericordia no ha esperado a que pidierais piedad. Se ha adelantado a vuestro deseo, os ha enviado la Misericordia para deciros: "Tened esperanza, Yo os lo digo: Dios os perdona. Venid al Señor". Ya hay un altar en medio de vosotros: el nuevo altar. De él manan ríos de luz y de perdón; como aceite se expanden, medican, refuerzan.
Creed en la Palabra que de aquél proviene. Llorad conmigo vuestros pecados. Como el levita que dirige el coro, Yo oriento vuestras voces a Dios, y no será rechazado vuestro gemido si está unido a mi voz.
Con vosotros me aniquilo (Hermano para los hombres en la carne; para el Padre, Hijo en el espíritu) y digo por vosotros, con vosotros: "Desde este profundo abismo donde Yo-Humanidad he caído, grito a ti, Señor. Escucha la voz de quien se mira y suspira, no cierres tu oído a mis palabras. Verme me supone horror. ¡Soy un horror incluso para mis ojos! ¡Qué será para los tuyos! No prestes atención a mis culpas, Señor, porque si lo haces no podré
resistir en tu presencia; usa, por el contrario, conmigo tu misericordia. Tú lo has dicho: `Yo soy Misericordia'.
Yo creo en tu palabra. Mi alma, herida y abatida, confía en ti, en tu promesa, y, desde el alba hasta la noche, desde la juventud hasta la ancianidad, esperaré en ti".
Culpable de homicidio y adulterio, reprobado por Dios, bien obtiene David perdón, tras haber gritado al Señor: "Ten piedad, no por consideración a mí, sino por el honor de tu misericordia, que es infinita; cancela por ella mi pecado. No hay agua que pueda lavar mi co-razón sino la que se toma en las aguas profundas de tu santa bondad.
Lávame con ella de la iniquidad mía y purifícame de mi inmundicia. No niego que he pecado. Antes bien, confieso mi delito; cual testigo acusador la culpa está siempre ante mí. He ofendido al hombre en el prójimo y en mí mismo; mas duélome, sobre todo, de haber pecado contra ti.
Dígate esto que reconozco que eres justo en tus palabras y temo tu juicio, que triunfa sobre toda potencia humana.
Considera, no obstante, ¡oh Eterno!, que en culpa nací y pecadora fue la que me concibió, y que, aun así, Tú me has amado hasta el punto de llegar a develarme tu sabiduría y a dármela como maestra para que fuera comprendiendo los misterios de tus sublimes verdades. Y, si tanto has hecho, ¡debo tener miedo de ti? No. No temo. Aspérjame con la amargura del dolor y quedaré purificado; lávame con el llanto y seré como nieve alpina; hazme oír tu voz y exultará tu siervo humillado, porque tu voz es alegría y gozo aun cuando reprende. Vuelve tu rostro hacia mis pecados. Tu mirada borrará mis iniquidades. Satanás y mi débil humanidad me han profanado el corazón que me diste.
Créame un nuevo corazón que sea puro y destruye lo que de corrupción hay en las entrañas de tu siervo, para que en él reine sólo un espíritu recto. No me arrojes de tu presencia, no me prives de tu amistad, porque sólo la salud que de ti viene es alegría para mi alma, y tu espíritu soberano es consuelo del humillado. Haz que yo venga a ser aquel que mezclado entre los hombres vaya diciendo: “Observad lo bueno que es el Señor. Id por sus caminos y os sentiréis benditos como yo me siento, yo, aborto del hombre, pero que vuelvo a ser ahora hijo de Dios por la gracia que renace en mí”. Y a ti se convertirán los impíos. La sangre y la carne hierven y gritan en mí. Libérame de ellas, ¡oh Señor!,salvación de mi alma, y yo cantaré tus alabanzas. Estaba en la ignorancia, mas ahora he comprendido. Tú no deseas un sacrificio de carneros, sino el holocausto de un corazón contrito. Un corazón contrito y humillado te es más grato que los borregos y carneros, porque Tú para ti nos has creado, y quieres que esto lo tengamos presente y te restituyamos lo que es tuyo. Séme benigno por tu gran bondad y edifica de nuevo mí y tu Jerusalén: la de un espíritu purificado y perdonado sobre el que se pueda
ofrecer el sacrificio, la oblación y el holocausto por el pecado, como acción de gracias y como alabanza. Todo nuevo día mío sea una hostia de santidad consumada en tu altar para que ascienda junto al olor de mi amor hasta ti".
'Venid. Vayamos al Señor. Yo, delante; vosotros, detrás. Vayamos a las aguas de salud, vayamos a los pastos santos, vayamos a las tierras de Dios. Olvidad el pasado. Sonreídle al futuro. No penséis en el fango, mirad más bien a las estrellas. No digáis: "Soy tiniebla"; decid:
"Dios es Luz". Yo he venido a anunciaros la paz, a manifestar a los mansos la Buena Nueva, a asistir a aquellos cuyo corazón se siente aplastado bajo el peso de demasiadas cosas, a predicar la libertad a todos los esclavos (los primeros de todos, los de Satanás), a liberar de las concupiscencias a los prisioneros.
Yo os digo: ha llegado el año de gracia. No lloréis, vosotros, los que padecéis la tristeza de quien se siente pecador, no vertáis lágrimas, lejanos del Reino de Dios. Yo sustituyo la ceniza por el oro, las lágrimas por el óleo. Os visto de fiesta para presentaros al Señor y decir: "Éstas son las ovejas que Tú me enviaste a buscar.
He acudido a ellas, las he reunido, las he contado, he buscado a las dispersas, y te las he traído librándolas de nubarrones y densas brumas. Las he tomado de entre todos los pueblos, las he reunido de todas las regiones para conducirlas a la Tierra que no es ya tierra y que Tú has preparado para ellas, ¡oh Padre Santo!, para llevarlas hasta las cimas paradisíacas de tus montes óptimos, donde todo es luz y belleza, a lo largo de los arroyos de las celestes bienaventuranzas, donde se sacian de ti los espíritus que Tú amas. He ido a buscar también a las heridas, he curado a las que tenían alguna fractura, he confortado a las débiles, no he descuidado ni una sola. He cargado sobre mis hombros, como un yugo de amor, a la más descuartizada por causa de los ávidos lobos de los sentidos, y te la deposito a tus pies, Padre benigno y santo, porque ella no puede ya seguir caminando; ignora tus palabras, es una pobre alma perseguida por los remordimientos y los hombres, es un espíritu doliente, un espíritu que tiembla, es como una ola empujada y rechazada por el flujo del mar contra el litoral; viene con el deseo, la rechaza la cognición de sí misma… Ábrele tu seno, Padre todo amor, para que en él encuentre paz esta criatura descarriada. Dile: “¡Ven!'. Dile: `Eres mía'.
Tuvo un sinnúmero de dueños, pero está nauseada y asustada de ello. Dice: “Todo patrón es un sucio esbirro”. Haz que pueda decir: “¡Este Rey mío me ha proporcionado la alegría de ser prendida!'. No sabe qué es el amor. Mas si Tú la acoges sabrá qué es este amor celeste que es el amor nupcial entre Dios y el espíritu humano, y, como un pájaro liberado de las jaulas de los hombres crueles, subirá, subirá, cada vez más alto, hasta ti, hasta el Cielo, hasta la alegría, hasta la gloria, cantando: “He encontrado a Aquel que yo buscaba. Mi corazón no tiene ningún otro deseo. En ti me poso y me regocijo, Señor eterno, por los siglos de los siglos bendito"'.
Podéis iros. Con espíritu nuevo celebrad la fiesta de la Purificación. Y que la luz de Dios se encienda en vosotros.
Jesús ha estado arrollador en el cierre de su discurso. Un rostro luminoso de ojos radiantes, una sonrisa y unas notas que son de una dulzura no conocida, han… casi extasiado a la gente, que no se mueve hasta que Él repite: «Podéis iros. La paz sea con vosotros». Entonces empiezan a marcharse los peregrinos hablando con gran viveza entre sí.
La velada se marcha rauda como siempre, con su paso ágil y levemente ondulante. Parece como si tuviera alas, debido al viento, que le infla por detrás el manto.
-Ahora lograré saber si es de Israel - dice Pedro.
-¿Por qué?
-Porque si está aquí es señal de que…
- Es una pobre mujer sin casa propia. Nada más, no lo olvides, Pedro.
Jesús camina hacia el pueblo.
-Sí, Maestro. Lo recordaré…
-¿Y nosotros qué vamos a hacer ahora que todos estarán en sus casas para la fiesta?
-Nuestras mujeres encenderán por nosotros los cirios.
-Lo siento… Será el primer año que no voy a verlos encender en la mía, o que no los encenderé yo…
-A pesar de tu edad, sigues siendo un niño. Encenderemos también nosotros los cirios. Así se te quitará esa cara de malhumor. Y vas a ser tú quien los va a encender.
-¿Yo? Yo no, Señor. Tú eres la Cabeza de nuestra familia. Te corresponde a ti.
-Yo soy siempre un cirio encendido… y desearía que tales fuerais también vosotros. Soy la Encenia sempiterna, Pedro.
¿Sabes que nací exactamente el veinticinco de Kisléu?
-¿Cuántas lámparas encendidas, ¿no?- pregunta admirado Pedro.
-No se podían ni contar… Eran todas las estrellas del cielo…
-¡No me digas! ¿No celebraron tu nacimiento en Nazaret?
-No he nacido en Nazaret, sino entre unos muros derruidos, en Belén. Veo que Juan ha sabido callar. Juan es muy obediente.
-Y no es curioso. Yo, sin embargo, sí lo soy, y mucho. ¿Me lo cuentas?… A tu pobre Simón. Si no, ¿cómo me las voy a arreglar para hablar de ti? A veces la gente pregunta y yo no sé nunca qué decir… Los otros saben cómo hacer, me refiero a tus hermanos y a Simón, Bartolomé y Judas de Simón. Y… sí, también Tomás sabe hablar… parece un voceador del mercado que estuviera vendiendo una mercancía, pero logra hablar… Mateo…, bueno él va bien, usa la vieja sabiduría que tenía para pelar a la gente en su banco de cobro de impuestos para forzarlos a decir: "Es como tú dices". ¡Pero yo…! ¡Pobre Simón de Jonás! ¿Qué te han enseñado los peces; qué el lago? Dos cosas… pero no son útiles: los peces, a callar y a tener constancia (ellos, constantes en evitar caer en la red; yo, constante para meterlos en ella); el lago, a tener coraje y a estar atento a todo. Y ¿qué me ha enseñado la barca?: a trabajar duramente sin excusa para ningún músculo y cómo mantenerse erguido en medio de olas agitadas y con el riesgo de caerse. Estar atento a la Polar, tener mano firme en el timón, fuerza, coraje, constancia, atención: esto me ha enseñado mi pobre vida…
Jesús le pone una mano sobre el hombro y lo agita suavemente, mirándolo con afecto y admiración, verdadera admiración por tanta simplicidad, y dice:
-¿Y te parece poco, Simón Pedro? Tienes todo lo que se necesita para ser mi "piedra". Nada hay que poner, nada hay que quitar. Serás el nauta eterno, Simón. Y, a quien venga después de ti, le dirás: "Atención a la Polar:
Jesús; mano firme al timón; fuerza, coraje, constancia, atención, trabajar duramente sin reservas, estar atento a todo, y saber mantenerse erguido en medio de olas agitadas…". Respecto al silencio… ¡venga, hombre, que los peces eso no te lo han enseñado!
-Pero para lo que debería saber decir soy más mudo que los peces. ¿Las otras palabras?… También las gallinas saben ser charlatanas como yo… Pero, dime, Maestro mío, ¿me vas a dar un hijo también a mí? Somos ancianos… pero Tú dijiste que el Bautista nació de una anciana… Y ahora has dicho: "Y a quien venga después de ti le dirás…". Y ¿quién viene después de un hombre sino el que por él ha sido engendrado? - Pedro tiene un rostro de súplica y de esperanza.
-No, Pedro, y no te apenes por ello. Recuerdas exactamente a tu lago cuando una nube oculta el sol: de ameno, pasa a estar triste. No, Pedro mío; no uno, sino mil, diez mil hijos tendrás, y en todas las naciones… ¿No te acuerdas cuando te dije:
"Serás pescador de hombres'?
-¡Oh… sí… pero… la idea de un hijo que me llamara "padre" era algo tan agradable! …
-Tendrás tantos, que no los podrás ni contar; y les darás la vida eterna, y los encontrarás en el Cielo y me los traerás diciendo: "Son los hijos de tu Pedro y quiero que estén donde yo estoy"; y Yo te diré: "Sí, Pedro; sea como tu quieres, porque tú todo has hecho por mí y Yo todo hago por ti" - Jesús se muestra dulcísimo al manifestar estas promesas.
Pedro traga saliva entre el llanto por la esperanza que muere de una paternidad terrena y el llanto de un éxtasis que ya se anuncia.
-¡Oh, Señor! - dice -, pero para dar la vida eterna es necesario persuadir a las almas en orden al bien, y… volvemos al mismo punto: yo no sé hablar.
-Sabrás hablar, cuando sea la hora, mejor que Gamaliel.
-Quiero creer… Pero haz Tú el milagro, porque como tenga que llegar a ello por mí mismo…
Jesús ríe con su sonrisa serena y dice:
-Hoy soy todo tuyo. Vamos al pueblo, a ver a esa viuda; tengo un donativo secreto, un anillo que vender. ¿Sabes cómo ha llegado a mi poder? Una piedra que cayó a mis pies mientras oraba junto a este sauce. A la piedra venía unido un pequeño envoltorio con una tira de pergamino. Dentro del envoltorio, el anillo; en la tira, la palabra "caridad".
-¿Me dejas ver? ¡Oh…, bonito! De mujer. ¿Qué dedo más pequeño! ¡Y cuánto metal!…
-Ahora tú lo vendes. Yo no entiendo de esto. El dueño de la posada compra oro. Lo sé. Yo te espero junto a donde hacen el pan. Ve, Pedro.
-Pero… ¿y si no lo hago bien? Yo el oro… No entiendo de oro yo.
-Piensa que es pan para quien tiene hambre y haz como mejor puedas. Adiós.
Y Pedro se dirige hacia la derecha mientras Jesús, más lentamente, se dirige hacia la izquierda, hacia el pueblo, que aparece relativamente lejano detrás de un bosquecito que está más allá de la casa del capataz.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
«Dios da a cada uno lo necesario. Esto es verdad. ¿Qué le es necesario al hombre?: ¿la fastuosidad?, ¿un gran número de criados?, ¡tierras de incontables parcelas?, ¿banquetes que de un ocaso vean surgir una aurora?… No. Al hombre le es necesario un techo, un pan, un vestido; lo indispensable para vivir.
Mirad a vuestro alrededor: ¿quiénes son los más alegres y los más sanos?, ¿quién goza de una sana ancianidad serena?… ¿los que se gozan la vida?… No. Quienes honradamente viven y trabajan, y tienen deseos rectos. En ellos no hay veneno de lujuria y permanecen fuertes, ni veneno de gula y se conservan ágiles, ni de envidias y están alegres. Sin embargo, quien ambiciona tener más cada vez mata su paz y no goza; antes bien, envejece precozmente, consumida en la llama del odio o del abuso.
Podría unir el mandamiento de no robar al de no desear lo que a otros pertenece, porque, efectivamente, el excesivo deseo mueve al hurto: entre uno y otro no media sino un pequeño paso. ¿Que todo deseo es ilícito? No digo esto. El padre de familia, que, trabajando en el campo o en un taller, desea asegurar con ello el pan de la prole, ciertamente no peca; es más, obedece a su deber de padre.
Mas aquel que, por el contrario, no desea sino gozar más, y se apropia de lo ajeno para conseguir gozar más, peca.
¡La envidia!… - porque ¿qué es realmente el desear lo ajeno, sino avaricia y envidia? - la envidia separa de Dios, hijos míos, y une a Satanás.
¿No creéis que el primero que deseó lo ajeno fue Lucifer? Era el más hermoso de los arcángeles. Gozaba de Dios.
Debería haberse sentido contento de ello. Envidió a Dios y quiso ser él Dios y vino a ser el demonio, el primer demonio.
Segundo ejemplo: Adán y Eva habían recibido todo, gozaban del paraíso terrestre, gozaban de la amistad de Dios, vivían dichosos con los dones de gracia que Dios les había dado. Deberían haberse conformado con eso; mas, envidiaron de Dios su conocimiento del bien y del mal, y fueron expulsados del Edén, resultando proscritos no gratos a Dios, los primeros pecadores.
Tercer ejemplo: Caín tuvo envidia de Abel por su amistad con el Señor, y fue el primer asesino.
María, la hermana de Aarón y de Moisés, tuvo envidia de su hermano y fue la primera leprosa de la historia de Israel.
Podría iros conduciendo a través de toda la vida del pueblo de Dios, y veríais que el deseo inmoderado hizo de quien lo tuvo un pecador y fue causa de castigo para el pueblo; porque los pecados de los particulares se acumulan y provocan los castigos de las naciones, de la misma forma que unos granos y otros y otros, de arena, acumulados durante siglos y siglos, provocan desprendimientos de tierra que sepultan centros habitados y a quienes en ellos viven.
Frecuentemente os he puesto a los niños como ejemplo, porque son sencillos y confiados. Hoy os digo: imitad a los pájaros en su libertad respecto a los deseos.
Mirad: es invierno, poca comida hay en los pomares, ¿se preocupan, acaso, de acumularla durante el verano?; no, sino que confían en el Señor; saben que siempre podrán hacerse con un pequeño gusanito, un grano, una miguita, o una araña o una mosquita posada sobre el agua, para su buche; saben que no les faltará una chimenea caliente, o una vedija de lana, para refugiarse durante el invierno; como saben que, llegado el tiempo en que les sea necesario disponer de heno para sus nidos y de mayor cantidad de alimento para la prole, habrá heno fragante en los prados, y jugoso alimento en los árboles frutales y en los
surcos, y habrá riqueza de insectos en el aire y en la tierra; y cantan levemente: "Gracias, Creador, por cuanto nos das y por cuanto nos darás", preparados ya a entonar, a pleno pulmón, cantos de alabanza, cuando, llegada la época del celo, gocen de la esposa y se vean multiplicados en la prole.
¿Existe criatura más alegre que el pájaro? Y, sin embargo, ¿qué es su inteligencia comparada con la del hombre?: como un trozo de sílice respecto a un monte. Y, a pesar de ello, os enseña. En verdad os digo que posee la alegría del pájaro el que vive sin deseo impuro. Éste se fía de Dios y lo siente como Padre; sonríe al día naciente y a la noche que desciende, porque sabe que el Sol es su amigo y que la noche lo provee de alimento; mira sin rencor a los hombres y no teme sus venganzas, porque no les perjudica en modo alguno; no se inquieta ni por su salud ni por su sueño, porque sabe que una vida honesta mantiene lejos las enfermedades y proporciona dulce descanso; no teme, en fin, la muerte, porque sabe que, habiendo actuado bien, no puede recibir sino la sonrisa de Dios.
Mueren también los reyes, y los ricos. No es el cetro lo que aleja la muerte, no es el dinero el que compra la inmortalidad. Ante el Rey de los reyes y Señor de los señores, ¡qué ridículas son las coronas y las monedas!; ante Él sólo tiene valor una vida vivida en la Ley.
¿Qué dicen aquellos hombres que están allí en el fondo? No tengáis miedo de hablar.
-Decíamos: Antipa ¿de qué pecado es culpable, de hurto o de adulterio?
-No quisiera que mirarais a los demás, sino a vuestros corazones. Os digo, no obstante, que Antipa es culpable de idolatría por adorar a la carne más que a Dios; es culpable de adulterio, de hurto, de deseos ilícitos, y, pronto, de homicidio.
-¿Lo salvarás, Tú, el Salvador?
-Yo salvaré a los que se arrepientan y vuelvan a Dios. Los impenitentes no tendrán redención.
-Has dicho que es ladrón. ¿Qué ha robado?
-La mujer a su hermano. El hurto no es sólo de dinero.
Hurto es, también, quitar el honor a un hombre, la virginidad a una joven, la mujer a su marido, de la misma forma que lo es el quitarle un buey o frutos de los árboles al vecino. Y el hurto, agravado por la libídine o por el falso testimonio, se agrava con el adulterio, o con la fornicación, o con la mentira.
-Y una mujer que se prostituye ¿qué pecado comete?
-Si está casada, de adulterio y de hurto respecto al marido. Si es núbil, de impureza y de hurto respecto a sí misma.
-¿Hurto a sí misma? ¡Pero si da algo que es suyo!
-No. Nuestro cuerpo lo ha creado Dios para ser templo del alma, que es templo de Dios. Por tanto, debe ser conservado honesto; si no, el alma se ve despojada de la amistad con Dios y de la vida eterna».
-¿Entonces una meretriz ya no puede pertenecer sino a Satanás?
-Todo pecado es prostitución con Satanás. El pecador, como la prostituta, se da a Satanás por amores ilícitos, esperando sucias ganancias de ello. Grande, grandísimo es el pecado de prostitución, que hace a quien lo comete semejante a un animal inmundo. Pero, creedlo, no es menor cualquier otro pecado capital. ¿Qué diré de la idolatría?, ¿qué, del homicidio? Y, no obstante, Dios perdonó a los israelitas después del becerro de oro; perdonó a David después de su pecado, que era doble.
Dios concede el perdón a quien se arrepiente. Sea el arrepentimiento proporcional al número y a la magnitud de las culpas, y Yo os digo que a quien más se arrepiente más le será perdonado; porque el arrepentimiento es forma de amor, de operante amor.
Quien se arrepiente le dice a Dios con su arrepentimiento: "No puedo tolerar tu enojo, porque te amo y quiero ser amado". Y Dios ama a quien lo ama. Por tanto, Yo digo: cuanto más ama uno, más es amado. Quien ama totalmente tiene todo perdonado.
Y ésta es una verdad.
Podéis iros. Pero antes quiero que sepáis que a la entrada del pueblo hay una viuda, cargada de hijos, en la más absoluta de las hambres. La han echado de casa por deudas, y podría decirle "gracias" al patrón por haberla echado solamente.
He hecho uso de vuestros donativos para proveerlos de pan, pero necesitan un lugar donde ampararse. La misericordia es el sacrificio más grato al Señor. Sed buenos. En su nombre os garantizo el premio.
La gente cuchichea, pide consejo, coteja opiniones…
Entretanto, Jesús cura a uno que estaba casi ciego y escucha a una ancianita que ha venido desde Doco para rogarle que vaya a ver a su nuera que está enferma. Una larga historia de lágrimas.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
-¡Cuánta gente! - exclama Mateo.
Pedro responde:
-¡Eh, mira, hay también galileos! Ay, ay, ay!… Vamos a decírselo al Maestro. Son tres probos bandidos.
-Vienen por causa mía, quizás. También aquí me persiguen…
-No, Mateo. El tiburón no se come los pececitos. Quiere comerse al hombre, captura noble. Sólo en el caso de no encontrarlo de ninguna manera, se come un pez grande. Y… yo, tú, los otros, somos pececillos… poca cosa.
-¿Crees que por el Maestro? - pregunta Mateo.
-Y si no, ¿por quién va a ser? ¿No ves cómo miran por todas partes! Parecen fieras olisqueando las huellas de la gacela.
-Voy a decírselo…
-¡Espera! Se lo decimos a los hijos de Alfeo. Él es demasiado bueno; bondad maltratada, cuando cae en esas bocas.
-Tienes razón.
Van los dos al río y llaman a Santiago y a Judas.
-Venid, hay ahí unos… que estarían bien en el suplicio. Está claro que vienen para importunar al Maestro.
-Vamos. ¿Él dónde está?
-Todavía en la cocina. ¡Vamos deprisa!, que si se da cuenta no quiere.
-Sí, pues hace mal.
-Eso digo yo también.
Vuelven a la era. El grupo, designado "galileo", habla con pomposa gravedad a otras personas. Judas de Alfeo se acerca como si nada sucediera, y oye:
-«… Palabras tienen que estar apoyadas en los hechos.
-¡Y Él los hace! ¡Ayer también ha curado a un romano endemoniado! - replica un corpulento lugareño.
-¡Qué horror! ¡Curar a un pagano! ¡Qué escándalo! ¿Has oído, Elí?
-Se dan todas las culpas en Él: amistades con publicanos y meretrices, trato con los paganos y…».
-Y soportar a los maldicientes. Ésta es también una culpa. A mi modo de ver, la más grave. Pero, dado que Él no sabe -no quiere- defenderse a sí mismo, hablad conmigo; soy su hermano, y mayor que Él, y éste es el otro hermano, mayor aún.
Hablad.
-Pero, ¿por qué te pones así? ¿Crees que hablamos mal del Mesías? ¡No, hombre, no! Nosotros hemos venido desde
tan lejos a causa de su fama. Se lo estábamos diciendo también a éstos…
-¡Embustero! Me das tanto asco, que te vuelvo la espalda.
Y Judas de Alfeo, sintiendo quizás en peligro la caridad para con los enemigos, se marcha.
-¿No es, acaso, verdad? Decidlo todos vosotros…
Pero esos "todos", o sea, los otros con quienes estos galileos estaban hablando, se callan. No quieren mentir y no se atreven a desmentir; por eso se quedan callados.
-Ni siquiera sabemos cómo es… - dice el galileo Elí.
-No lo has insultado en mi casa, ¿verdad? - pregunta Mateo con ironía - ¿0 te falta la memoria por enfermedad?
El "galileo" se cubre con su manto y se va con los otros sin responder.
-¡Miserable! - le grita Pedro detrás.
-¡Querían decirnos de Él cosas infernales… - explica un hombre - Pero nosotros hemos visto los hechos. Y sabemos, eso sí, cómo son ellos, los fariseos. ¿A quién creer entonces, al Bueno que es realmente bueno, o a los malvados que de sí mismos dicen ser buenos, pero luego son dañosos? Yo sé que desde que vengo aquí no me reconozco, de lo mucho que he cambiado. Yo era un hombre violento, duro con mi mujer y con mis hijos; no tenía respeto hacia el convecino, y ahora… lo dicen todos en el pueblo:
"Azarías ya no es el mismo de antes". Bueno, ¿entonces? ¿Se ha oído alguna vez que un demonio haga bueno a alguien?
¿Para quién trabaja entonces? ¿Por nuestra santidad? ¡Oh, pues sí que es verdaderamente un demonio original si trabaja para el Señor!
-Es así como dices, hombre. Y que Dios te proteja, porque sabes comprender bien, ver bien y obrar bien. Prosigue así y serás un verdadero discípulo del Mesías bendito. Serás motivo de alegría para Él, que quiere vuestro bien y que todo lo soporta con tal de atraeros a sí. No os escandalicéis sino del verdadero mal. Cuando veáis que Él obra en nombre de Dios, no os escandalicéis, y no creáis a quienes querrían induciros a escándalo, aunque lo veáis hacer cosas nuevas. Éste es el tiempo nuevo, que ha llegado como una flor nacida después de siglos de trabajo de la raíz. Si esto no lo hubiera precedido, no habríamos podido comprender su Palabra. Mas siglos de obediencia a la Ley del Sinaí nos han proporcionado esa mínima preparación necesaria para poder aspirar del tiempo nuevo - que es como una flor divina que la Bondad nos ha concedido ver - todos los inciensos y jugos para purificarnos, fortificarnos, quedar perfumados de santidad, como un altar. Siendo el tiempo nuevo, tiene sistemas nuevos; no contrarios a la Ley; todos, eso sí, penetrados de misericordia y caridad, porque Él es la Misericordia y el Amor bajado del Cielo-Santiago de Alfeo hace un gesto de saludo y se va hacia la casa.
-¡Qué bien hablas tú! - dice Pedro admirado - Yo nunca sé qué decir. Sólo digo: "Sed buenos, amadlo, escuchadlo, creed en Él". ¡Verdaderamente no sé cómo podrá estar contento de mí!
-Pues lo está, y mucho - responde Santiago de Alfeo.
-¿Lo dices de verdad o por bondad?
-En verdad es así. Ayer mismo me lo decía.
-¿Sí? Hoy me siento más contento que el día en que me trajeron a mi esposa. Pero tú… ¿dónde has aprendido a hablar tan bien?
-Sobre las rodillas de su Madre y a su lado. ¡Qué lecciones! ¡Qué palabras! Sólo Él puede hablar mejor que Ella; pero, lo que le falta en potencia, Ella te lo añade en dulzura… y entra… ¡Sus lecciones…! ¿Has visto alguna vez un paño cuando toca con una esquinita un aceite oloroso? Va lentamente bebiendo no el aceite sino el perfume, y, aunque quitemos el aceite, queda el perfume diciendo: "Yo estuve ahí". Igual Ella. También en nosotros - paños rasposos luego lavados por la vida - Ella penetró con su sabiduría y gracia y su perfume permanece en nosotros.
-¿Por qué no la trae? ¡Dijo que lo haría! Nos haríamos mejores, menos cebollinos… yo por lo menos. Y esta gente… Con la presencia suya serían mejores incluso esos áspides que vienen de vez en cuando…
-¿Tú crees? Yo no lo creo. Nosotros nos haríamos mejores, como también los humildes; pero, ¡los poderosos y los malos!… ¡Simón de Jonás, no prestes nunca a los demás tus sentimientos honestos! De hacerlo así, sufrirás desilusiones… Ahí viene Él; mejor no decirle nada…
Jesús sale de la cocina llevando de la mano a un niño pequeño, que camina corriendo a su lado y mordisqueando una corteza de pan untada con aceite. Jesús regula su largo paso conforme a las piernecitas de su amigo.
-¡Una conquista! - dice alegre - Me ha dicho este hombre de cuatro años, que se llama Asrael, que él quiere ser un discípulo y aprender todo: a predicar, a curar a los niños enfermos, a hacer que salgan uvas en los sarmientos incluso en Diciembre, y luego quiere subir a un monte y convocar a todo el mundo gritándoles que ha venido el Mesías. ¿No es así, Asrael?
Y el niño risueño dice que sí, que sí; y, mientras tanto, sigue comiendo.
-¿No sabes más que comer? - le dice Tomás para provocarlo - No sabes ni siquiera decir quién es el Mesías.
-Es Jesús de Nazaret.
-¿Y qué quiere decir "Mesías"?
-Quiere decir… quiere decir: el Hombre que ha sido enviado para ser bueno y hacernos buenos a todos.
Y ¿qué hace para hacernos buenos? En tu caso, tú, que eres un gamberrete, ¿qué harás para serlo?
-Quererlo. Y haré todo, y Él hará todo porque lo querré. Hazlo tú también así y serás bueno.
-Ya tienes la lección, Tomás, tienes el precepto: "Quiéreme y harás todo, porque, si me quieres, Yo te amaré, y el amor
hará todo en ti". El Espíritu Santo ha hablado. Ven, Asrael, vamos a predicar.
¡Está tan contento Jesús cuando tiene a su lado a un niño, que yo querría llevarle todos los niños y darle a conocer a todos los niños! ¡Muchos de ellos no lo conocen ni siquiera de nombre!
Pasa delante de la velada y antes de llegar le dice al niño:
-Dile a esa mujer: "La paz sea contigo".
-¿Por qué?
-Porque tiene "pupa", como tú cuando te caes, y por eso llora; pero, si le dices eso, se le pasa.
-La paz sea contigo, mujer. No llores. Me lo ha dicho el Mesías. Si lo quieres, Él también, y te curas - grita el niño, mientras Jesús lo arrastra consigo sin detenerse. Asrael tiene verdaderamente madera de misionero, aunque por el momento se muestre un poco… inoportuno en sus predicaciones diciendo más de lo que se le haya encargado decir.
-Paz a todos vosotros.
“No dirás falsos testimonios", está escrito.
¿Qué más nauseabundo que un mentiroso? ¿Sería mucho decir que el mentiroso sintetiza crueldad e impureza? No, ciertamente no. El mentiroso - me refiero al que lo es en cosas graves - es cruel; mata el aprecio con su lengua, y, por tanto, no se diferencia del asesino; más aún, digo que es más que un asesino. Éste mata sólo un cuerpo; aquél mata también el buen nombre, el recuerdo de un hombre; por tanto, es dos veces asesino, asesino impune, porque no esparce sangre… pero…, eso sí, daña la reputación de la persona calumniada y, con ella, de toda su familia. El caso de aquel que, jurando lo falso, mande a otro a la muerte, ni siquiera lo considero; sobre ése están acumulados los carbones de la Gehena. Me refiero sólo a aquel que con palabra mentirosa induce a otros y los persuade en perjuicio de un inocente. ¿Por qué lo hace? O por odio sin motivo, o ambicionando tener lo que el otro tiene, o también por miedo.
Odio. Tiene odio sólo quien es amigo de Satanás. El bueno no odia nunca, por ninguna razón; aunque lo hayan vilipendiado o perjudicado, perdona. No odia nunca. El odio es el testimonio que de sí misma da un alma perdida, y el testimonio más hermoso en favor del inocente. Porque el odio es la sublevación del mal contra el bien. No se perdona a quien es bueno.
Avidez. “Aquél tiene eso que yo no tengo. Yo quiero eso que él tiene, mas sólo sembrando desestimación hacia él puedo llegar a ocupar su lugar. Y yo lo hago. ¿Miento?, ¿qué importa?; ¿robo?, ¿qué importa?; ¿puedo llegar a destruir toda una familia?, ¿qué
importa?". El astuto embustero, entre tantas preguntas como se hace, olvida, quiere olvidar, una pregunta, ésta: "¿Y si me desenmascarasen?" Ésta no se la hace, porque, bajo el orgullo y la avidez, es como quien tiene los ojos tapados: no ve el peligro; es como uno ebrio, ebrio por el vino satánico, y no piensa que Dios es más fuerte que Satanás y se encarga de vengar al calumniado. El mentiroso se ha entregado a la Mentira y se fía neciamente de su protección.
Miedo. Muchas veces uno calumnia para disculparse a sí mismo. Es la forma más común de mentira. Se ha hecho el mal…, se teme que venga a descubrirse y lo reconozcan como obra nuestra. Entonces, usando y abusando de la estima en que aún nos tienen los otros, he aquí que invertimos el hecho y, lo que hemos hecho nosotros, se lo endosamos al otro, del cual sólo tememos su honestidad. Y también se hace esto porque el otro, algunas veces, ha sido, sin querer, testigo de una mala acción nuestra, y pretendemos así preservarnos de un testimonio suyo: se le acusa para desacreditarlo; así, si habla, nadie lo creerá.
¡Actuad bien, actuad bien, y no tendréis necesidad de esta mentira! ¿No pensáis, cuando mentís, cómo os colocáis un yugo pesado, hecho de sujeción al demonio, de perpetuo miedo a quedar desmentidos y de la necesidad de recordar la mentira, con los hechos y detalles con que fue dicha, incluso años después, sin caer en contradicción?: ¡Un trabajo de galeote! ¡Si al menos sirviera para el Cielo!… pero sirve sólo para prepararse un puesto en el Infierno.
Sed francos. ¡Es tan hermosa la boca del hombre que no sabe de mentira alguna!… ¿Que es pobre?, ¿que es inculto?,¿que no lo conocen?; ¿que es así? Sí. Pero es siempre un rey, porque es una persona sincera, y la sinceridad es más regia que oro o diadema, y eleva por encima de las multitudes más que un trono, y proporciona una corte de personas buenas mayor que la de un monarca. La presencia del hombre sincero alivia y da seguridad, mientras que la amistad con el insincero produce desazón; el simple hecho de tenerlo cerca da un sentido de desazón. Quien miente - dado que la mentira, por mil motivos, pronto aflora - ¿no piensa que luego lo tendrán siempre como sospechoso? ¿Cómo se podrá en un futuro aceptar lo que él dice?
Aunque diga la verdad y quien lo oiga lo quiera creer, en el fondo quedará siempre una duda: "¿Estará mintiendo también esta vez?"
Diréis vosotros: "Pero, ¿dónde está el falso testimonio?".
Toda mentira es falso testimonio, no sólo la legal.
Sed sencillos como lo es Dios y como lo es el niño. Sed veraces en todos vuestros momentos de la vida. ¿Queréis ser considerados buenos? Sedlo de verdad. Aunque un maldiciente quisiese hablar mal de vosotros, cien buenos dirían: "No. No es verdad. Es bueno. Sus obras hablan por él".
En un libro sapiencial está escrito: "El hombre apóstata se mueve con la perversidad en los labios… en su corazón perverso prepara el mal y en todo tiempo siembra discordias… Seis cosas odia el Señor y la séptima le es execrable: los ojos soberbios, la lengua mentirosa, las manos que derraman sangre inocente, el corazón que piensa en inicuos proyectos, los pies que corren apresuradamente hacia el mal, el falso testigo que profiere mentiras, y el hombre que siembra discordia entre los hermanos… Por los pecados de la lengua la ruina se avecina al malvado… Quien miente es un testigo fraudulento. El labio veraz permanece inmutable por toda la eternidad, mas el urdidor de lenguaje fraudulento es testigo momentáneo. Las palabras del murmurador parecen sencillas, pero traspasan las entrañas. Por cómo habla se le reconoce al enemigo, cuando en su interior está dando vida a una traición. Si habla en voz baja, no te fíes de él, porque lleva en su corazón siete malicias. Él, con simulación,
esconde su odio, mas su malicia quedará de manifiesto… Quien excava la fosa en ella caerá; la piedra le caerá encima a quien la rueda".
Viejo como el mundo es el pecado de mentira, e inmutable es el pensamiento de quien en esto es sabio, como inmutable es el juicio de Dios sobre el mentiroso.
Yo digo: "Tened siempre un solo lenguaje. El sí sea siempre sí y el no sea siempre no, siempre, aun frente a poderosos y tiranos; y vuestro mérito será grande en el Cielo".
Os digo: "Tened la espontaneidad del niño, que por instinto se acerca a quien siente bueno, no buscando sino bondad, y que dice aquello que su propia bondad le hace pensar, sin calcular si es demasiado lo que dice y le pudiera acarrear una reprensión".
Podéis ir en paz. Y que seáis amigos de la Verdad.
El pequeño Asrael (que se ha pasado todo el tiempo sentado a los pies de Jesús con su cabecita levantada como un pajarito cuando escucha el canto de quien lo ha engendrado) hace un movimiento que es todo dulzura: restriega su carita en las rodillas de Jesús y dice: «yo y Tú somos amigos, porque Tú eres bueno y yo te quiero. Ahora lo digo yo también» y, forzando su vocecita para que lo puedan oír en la vasta estancia, dice, con gestos como los que ha visto hacer a Jesús:
-Todos, escuchad: Yo sé a dónde van las personas que no dicen mentiras y aman a Jesús de Nazaret. Suben por la escalera de Jacob. Arriba, arriba, arriba… con los ángeles, y luego se detienen cuando encuentran al Señor» y se ríe contento, mostrando todos sus dientecitos.
Jesús lo acaricia, y baja y se mezcla entre la gente. Devuelve al pequeño a su madre:
-Gracias, mujer, por haberme dejado a tu niño.
-¿Te ha dado guerra?
-No. Me ha dado amor. Es un pequeño del Señor. Que el Señor lo acompañe siempre. También a ti. Adiós.
Todo termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Jesús está hoy con los nueve que se han quedado; los otros tres han salido para Jerusalén. Tomás, siempre alegre, tiene que multiplicarse para atender a sus verduras - y también a las otras incumbencias más espirituales -, mientras que Pedro, Felipe, Bartolomé y Mateo se encargan de los peregrinos; los demás van al río para el bautismo (¡verdaderamente de penitencia, con el frío que hace!).
Jesús está todavía en su rincón, en la cocina. Tomás trajina, pero guarda silencio para dejar tranquilo al Maestro. En ese momento entra Andrés y dice:
-Maestro, hay un enfermo que a mí me parece que convendría curarlo enseguida porque… dicen que está loco, porque no son israelitas; nosotros diríamos que está poseído. Chilla, vocea, se retuerce… Ven a ver.
-Ahora mismo. ¿Dónde está?
-Todavía en el campo. ¿Oyes esos aullidos? Es él. Parece un animal, pero es él. Debe ser un hombre rico porque el que lo acompaña va bien vestido, y al enfermo lo han bajado de un carro de mucho lujo muchos siervos. Debe ser pagano porque blasfema contra los dioses del Olimpo».
-Vamos.
-Voy también yo a ver - dice Tomás (su curiosidad por ver es mayor que su preocupación por las verduras).
Salen y, en vez de torcer hacia el río, tuercen hacia los campos que separan esta granja (nosotros la llamaríamos así) de la casa del capataz.
En medio de un prado, donde antes pastaban unas ovejas (que ahora, espantadas, se han diseminado en todas las direcciones, y que los pastores y un perro - el segundo que veo desde que veo - en vano las vuelven a agrupar), hay un hombre al que tienen atado fuertemente y que, a pesar de todo, pega unos botes de loco, gritando terriblemente, y cada vez más fuerte a medida que Jesús se acerca.
Pedro, Felipe, Mateo y Natanael están allí cerca, perplejos. Hay también más gente, sólo hombres, porque las mujeres tienen miedo.
-¿Has venido, Maestro? ¿Ves qué furia? - dice Pedro.
-Ahora se le pasará.
-Pero… es pagano, ¿sabes?
-¿Y qué valor tiene eso?
-¡Hombre!… ¡por el alma!…
Jesús sonríe ligeramente y sigue; llega al grupo del loco, que cada vez se agita más.
Se separa del grupo uno que por el indumento y por llevar el rostro rasurado se ve que es romano, y saluda diciendo:
-¡Salve, Maestro! He oído hablar de ti. Eres más grande que Hipócrates en el arte de curar y que el simulacro de Esculapio en obrar milagros con las enfermedades. Porque sé esto, he venido. Mi hermano, ya lo ves, está loco a causa de un misterioso mal. Ningún médico sabe lo que le pasa. He ido con él al templo de Esculapio y ha salido aún más loco. En Tolemaida tengo un familiar, me envió un mensaje con una galera, decía que aquí había Uno que curaba a todos, y he venido. ¡Qué viaje más horroroso!
-Merece premio.
-Pero, mira, no somos ni siquiera prosélitos. Somos romanos, fieles a los dioses. Vosotros decís "paganos". Somos de Síbaris, pero ahora estamos en Chipre.
-Es verdad. Paganos sois.
-Entonces… ¿para nosotros nada? O tu Olimpo rechaza al nuestro o el nuestro al tuyo».
-Mi Dios, único y Trino reina, único y solo.
-He venido en vano -dice desilusionado el romano.
-¿Por qué?
-Porque yo soy de otro dios.
-El alma es creada por Uno Solo.
-¿El alma?…
-El alma. Esa cosa divina que Dios crea para cada uno de los hombres: compañera en la existencia, superviviente más allá de la existencia.
-¿Y dónde está?
-En lo profundo del yo. Pero, a pesar de que esté, como cosa divina, en el interior del más sagrado templo, de ella se puede decir –y digo "ella", no ésta, porque no es una cosa, sino un ente verdadero y digno de todo respeto - que no está contenida, sino que contiene.
-¡Por Júpiter! ¿Eres filósofo?
-Soy la Razón unida a Dios.
-Creía que lo eras, por lo que decías…
-¿Y qué es la filosofía, cuando es verdadera y honesta, sino la elevación de la humana razón hacia la Sabiduría y la Potencia infinitas, o sea, hacia Dios?
-¡Dios! ¡Dios!… Ahí tengo a ese desdichado que me perturba, pero casi me olvido de su estado por escucharte a ti, divino.
-No lo soy como tú lo dices. Tú llamas divino a quien supera lo humano; Yo digo que tal nombre debe darse sólo a quien procede de Dios.
-¿Qué es Dios? ¿Acaso alguien lo ha visto?
-Está escrito: "¡A ti, que nos formaste, salve! Cuando describo la perfección humana, la armonía de nuestro cuerpo, celebro tu gloria". Alguien dijo: "Tu bondad refulge en que has distribuido tus dones a todos los que viven para que todo hombre tuviera aquello que necesita; y tu sabiduría queda testificada por tus dones, como tu poder al cumplirse tus deseos".
¿Reconoces estas palabras?
-Si Minerva me ayuda… son de Galeno. ¿Cómo es que las sabes? ¡Me maravillo!…
Jesús sonríe y responde:
-Ven al Dios verdadero y su divino espíritu te hará docto en la "verdadera sabiduría y piedad, que es conocerte a ti mismo y dar culto de adoración a la Verdad"
-¡Pero si sigue siendo Galeno! Ahora estoy seguro. No sólo eres médico y mago, sino también filósofo. ¿Por qué no vienes a Roma?
(El nombre de Galeno citado aquí, si no es un error de escritura o de lectura, tiene que referirse a un Galeno distinto del que conocemos, médico y filósofo que vivió en el siglo segundo después de Cristo)
-No soy ni médico ni mago ni filósofo, como tú dices, sino testimonio de Dios en la Tierra. 'Traedme aquí al enfermo.
Entre gritos y forcejeos lo arrastran hasta allí.
-¿Ves? Dices que está loco; dices que ningún médico ha podido curarlo. Es cierto: ningún médico, porque no está loco; lo que sucede es que un ser infernal - así te hablo porque eres pagano - ha entrado en él.
-Pero no tiene espíritu pitón. Es más, dice sólo cosas erróneas.
-Nosotros lo llamamos "demonio", no pitón; está el que habla y el mudo, el que engaña con razones con color de verdad y el que sólo crea desorden mental. El primero de estos dos es el más completo y peligroso. Tu hermano tiene el segundo, pero ahora saldrá de él.
-¿Cómo?
-El mismo te lo dirá.
Jesús ordena:
-¡Deja a este hombre! Vuelve a tu abismo.
-Me marcho. Contra ti, demasiado débil es mi poder. Me echas y me amordazas. ¿Por qué siempre nos vences?…
El espíritu ha hablado por la boca del hombre, el cual, después de ello, se desploma como derrengado.
-Está curado. Soltadlo sin miedo.
-¿Curado? ¿Estás seguro? ¡Yo… yo te adoro!
El romano hace ademán de postrarse.
Jesús no quiere:
-Alza el espíritu. En el Cielo está Dios. Adóralo a Él y ve hacia Él. Adiós.
-No. Así no. A1 menos toma. Permíteme que haga como haría con los sacerdotes de Esculapio. Permíteme oírte hablar… Permíteme hablar de ti en mi patria…
-Hazlo, y ven con tu hermano.
El tal hermano mira a su alrededor asombrado y pregunta:
-Pero, ¿dónde estoy? ¡Esto no es Cintium! ¿Dónde está el mar.
-Sufrías… - Jesús hace un gesto para imponer silencio - sufrías a causa de una fuerte fiebre y te han traído a otro clima.
Ahora estás mejor. Ven.
Todos van a la estancia grande (pero no todos conmovidos de la misma forma: como hay quien admira, también hay quien critica la curación del pagano).
Jesús va a su puesto. Tiene en la primera fila de la asamblea a los romanos.
-No os moleste el que cite un pequeño párrafo de los Reyes. En él se lee que, estando el rey de Siria preparado para la guerra contra Israel, tenía en su corte un hombre que era grande y honrado, de nombre Naamán, leproso. Se lee igualmente que a este hombre una jovencita de Israel venida a ser esclava suya - de ella se habían apoderado los sirios - le dijo: "Si mi señor hubiera ido al profeta que está en Samaria, sin duda le habría curado de la lepra". Oído esto, Naamán, pedida licencia al rey, siguió el consejo de la joven. El rey de Israel, sin embargo, muy desasosegado, dijo: "¿Acaso soy Dios para que el rey de Siria me envíe a los enfermos? Esto es una trampa para provocar la guerra". Pero el profeta Eliseo, conocido el hecho, dijo:
"Que venga a mí el leproso y yo lo curaré y sabrá que hay un profeta en Israel". Naamán fue entonces a donde Eliseo, pero Eliseo no lo recibió; simplemente le envió este mensaje: "Lávate siete veces en el Jordán y quedarás limpio". Esto enojó a Naamán, pareciéndole que en balde había hecho tanto camino, e, indignado, se preparó para volverse. Pero los siervos le dijeron: "No te ha pedido más que lavarte siete veces, y, aunque te hubiera ordenado mucho más, deberías hacerlo, porque él es el profeta".
Entonces Naamán cedió. Fue, se lavó y recuperó la salud. Jubiloso, retornó a donde el siervo de Dios y le dijo:
"Ahora sé la verdad: no hay otro Dios sobre toda la Tierra, sino solamente el Dios de Israel". Y, dado que Eliseo no quería dones, le pidió poder tomar al menos tanta tierra como para poder sacrificar, sobre tierra de Israel, al Dios verdadero.
Sé que no todos vosotros aprobáis lo que he hecho. Sé también que no estoy obligado a justificarme ante vosotros.
Pero, puesto que os amo con amor verdadero, quiero que comprendáis mi gesto y de él aprendáis, y que desaparezca de vuestro ánimo todo sentido de crítica o de escándalo.
Aquí tenemos a dos súbditos de un estado pagano. Uno estaba enfermo. Se les dijo - ciertamente por medio de Israel - a través de un pariente: "Si fuerais al Mesías de Israel, Él sanaría al enfermo". Y ellos han venido a mí de muy lejos. Mayor aún su confianza que la de Naamán, porque nada sabían de Israel y del Mesías, mientras el sirio, por la cercanía de las naciones y por el continuo contacto con esclavos de Israel, ya sabía que en Israel estaba Dios, el verdadero Dios. ¿No conviene que ahora un hombre pagano pueda volver a su patria diciendo: "Verdaderamente en Israel hay un hombre de Dios, y en Israel adoran al
verdadero Dios"?
Yo no he dicho: "Lávate siete veces". He hablado de Dios y del alma, dos cosas que ellos ignoran, y que conllevan, como bocas de inexhausto manantial, los siete dones; porque donde existe el concepto de Dios y el de espíritu, y el deseo de llegar a ellos, nacen los árboles de la fe, esperanza, caridad, justicia, templanza, fortaleza, prudencia: virtudes que ignoran quienes de sus dioses no pueden copiar sino las comunes pasiones humanas, humanas pero más licenciosas, dado que las cumplen seres supuestamente excelsos. Ahora ellos vuelven a su patria. Y más que la alegría de haberles sido concedido lo que pedían está la de decir: "Sabemos que no somos bestias; que más allá de la vida hay todavía un futuro. Sabemos que el verdadero Dios es Bondad y que, por tanto, nos ama también a nosotros y nos socorre para persuadirnos a que vayamos a El".
-¿Qué creéis, que son los únicos que ignoran la verdad? Hace un rato, un discípulo mío pensaba que yo no podía curar al enfermo por tener alma pagana. Pero, ¿el alma qué es?, ¿de quién viene? El alma es la esencia espiritual del hombre, es la que, creada de edad perfecta, reviste, acompaña, vivifica toda la vida de la carne y continúa viviendo una vez desaparecida la carne, siendo, como es, inmortal como Aquel que la crea: Dios. Habiendo un solo Dios, no existen almas de paganos o almas de no paganos creadas por distintos dioses. Hay una sola Fuerza que crea las almas: la del Creador, la del Dios nuestro, único,
poderoso, santo, bueno que no tiene pasión alguna aparte del amor, caridad perfecta enteramente espiritual. Para que estos romanos me entiendan, del mismo modo que he dicho "caridad", digo también "caridad enteramente moral"; porque son párvulos y desconocen por completo las palabras santas, no comprenden el concepto "espíritu".
¿Que creéis?, ¿que he venido sólo para Israel? Yo soy quien reunirá a las estirpes bajo un solo báculo: el del Cielo. En verdad os digo que está cercano el tiempo en que muchos paganos dirán: "Dejadnos tomar lo necesario para poder celebrar en nuestro suelo pagano sacrificios al Dios verdadero, al Dios Uno y Trino", cuya Palabra soy Yo. Ahora ellos se marchan, y van más convencidos que si Yo, por el contrario, los hubiera humillado con mi desdén. Ellos, tanto en el milagro como en mis palabras, sienten a Dios, y esto es lo que dirán en su tierra.
Además os digo: ¿No era justo premiar tanta fe? Desorientados por los dictámenes de los médicos, desilusionados por los viajes inútiles a los templos, han sabido, no obstante, seguir teniendo fe para venir al desconocido, al gran Desconocido del mundo, al escarnecido, al gran Escarnecido y Calumniado de Israel, y decirle: "Creo que podrás". El primer crisma de su nueva mentalidad les viene de este haber sabido creer. Yo los he sanado no tanto de la enfermedad cuanto de su errada fe, porque he acercado sus labios a un cáliz que, cuanto más se bebe de él, hace sentir más sed: la sed de conocer al Dios verdadero.
He terminado. A vosotros de Israel os digo: sabed tener fe como han sabido éstos.
El romano se acerca con el hombre que ha sido curado:
-Ya no oso decir "por Júpiter". Digo, esto sí, que, por mi honor de ciudadano romano, te juro que tendré esta sed. Ahora debo irme. Pero en adelante ¿quién me dará de beber?
-Tu espíritu, el alma que ahora sabes que tienes, hasta cuando un enviado mío vaya a visitarte.
-¿Y Tú no?
-Yo… Yo no. Pero no estaré ausente, aun no estando presente. Y dentro de poco más de dos años, te haré un regalo mayor que la curación de este que tú amabas. Adiós a los dos. Sabed perseverar en este sentimiento de fe.
-Salve, Maestro; que el Dios verdadero te salve.
Los dos romanos se van y se oye que llaman a los siervos que están con el carro.
-¡Y ni siquiera sabían que tenían un alma! - dice en voz baja un anciano.
-Sí, padre, y han sabido aceptar mi palabra mejor que muchos en Israel. Ahora, dado que han ofrecido tanta limosna, favorezcamos a los pobres de Dios con doble y triple medida. Y que los pobres rueguen por estos benefactores, más pobres que ellos mismos, para que lleguen a la verdadera, única riqueza: conocer a Dios.
La velada llora bajo su velo, que impide ver sus lágrimas, pero no oír sus sollozos.
-Esa mujer está llorando - dice Pedro - Quizás es que no tiene ya dinero - ¿Se lo damos?
-No llora por eso. Pero, ve y dile esto:
-Las patrias pasan, pero el Cielo permanece y es de quien sabe tener fe. Dios es Bondad y, por eso, ama también a los pecadores, y te otorga favores para persuadirte de que vayas a Él". Ve, dile esto, y luego déjala llorar: es veneno que sale.
Pedro se acerca a la mujer, que ya se había encaminado hacia los campos. Le habla y vuelve.
-Se ha echado a llorar más fuerte – dice - Yo creía que la iba a consolar…- y mira a Jesús.
-Y efectivamente está consolada. También la alegría provoca llanto.
-¡Mmm!… ¡Bueno!… Mira, yo me quedaré contento cuando le vea el rostro. ¿La veré?».
-El día del Juicio.
-¡Oh, divina Misericordia! ¡Pero para entonces habré muerto!, y ¿qué voy a hacer con saberlo? ¡Para entonces estaré ocupado miran-do al Eterno!
-Hazlo desde este momento; es la única cosa útil.
-Sí… pero… Maestro, ¿quién es?
Se echan todos a reír.
-Si lo vuelves a preguntar, nos vamos de aquí inmediatamente; así te olvidas de ella.
-No. Maestro. Pero… basta con que Tú te quedes…
Jesús sonríe.
-Esa mujer - dice - es una sobra y una primicia.
-¿Qué quieres decir? No entiendo.
Pero Jesús lo deja plantado y se marcha hacia el pueblo.
-Va a ver a Zacarías. Tiene a su mujer agonizando - explica Andrés - Me ha encargado a mí que se lo diga al Maestro.
-¡Tú me sacas de quicio! Sabes todo, haces todo, y no me dices nunca nada. Peor que un pez, eres.
Pedro descarga sobre su hermano el chasco que se ha llevado.
-Hermano, no te lo tomes a mal. Tú hablas también por mí. Vamos a recoger nuestras redes. Ven.
Unos van hacia la derecha, otros hacia la izquierda, y todo termina.