128- Los discursos en Agua Especiosa: No desearás la mujer del prójimo. El joven lujurioso

Jesús se abre paso entre un verdadero pequeño pueblo que lo llama desde todas partes. Uno le enseña sus heridas, otro le enumera sus desventuras, un tercero se limita a decir: «Ten piedad de mí». Hay también quien le presenta a su propio hijito para que lo bendiga. El día, sereno y sin viento, ha llevado allí a muchísima gente. Jesús ha llegado casi a su puesto, cuando, del sendero que lleva al río, sube un lamento conmovedor:

-¡Hijo de David, ten piedad de este pobre infeliz tuyo!
Jesús se vuelve en esa dirección, como también la gente y los discípulos; pero unos tupidos matorrales de bojes esconden a la persona que ha proferido esta súplica.
-¿Quién eres? Ven.

-No puedo. Estoy contaminado. Debo ir donde el sacerdote para que me cancelen del mundo. He pecado y me ha brotado la lepra en el cuerpo. ¡Espero en ti!

-¡Un leproso! ¡Un leproso! ¡Maldito! ¡Lapidémoslo! - la muchedumbre se solivianta.

Jesús hace un gesto que impone silencio e inmovilidad.

-No está más contaminado que quien está en pecado. A los ojos de Dios, es todavía más inmundo el pecador impenitente que el leproso arrepentido. Quien sea capaz de creer, que venga conmigo.

Algunos curiosos, además de los discípulos, siguen a Jesús. Los demás, aun deseando ir, se quedan donde están.

Jesús va hasta más allá de la casa y del sendero, hacia los matorrales de bojes, pero luego se detiene y le ordena al leproso que se deje ver.

Sale un muchacho todavía casi adolescente. Bigote y barba tenues cubren apenas su rostro: es un rostro aún fresco y lleno. Tiene los ojos enrojecidos por el llanto.

Un gran grito de entre un grupo de mujeres enteramente tapadas - ya lloraban en el patio de la casa al pasar Jesús, y su llanto había aumentado por las amenazas de la muchedumbre - le saluda:

-¡Hijo mío!… Y la mujer cae sin fuerzas en los brazos de otra, que no sé si es pariente o amiga.

Jesús, solo, sigue avanzando hacia el desdichado:
-Eres muy joven. ¿Cómo es que estás leproso?

El joven baja los ojos, se enciende de rubor su rostro, balbucea… y no se atreve a más. Jesús repite la pregunta. El muchacho dice algo en forma más nítida, pero sólo se cogen las palabras:

-…Mi padre… fui… y pecamos… no sólo yo…
-Allí está tu madre, esperando y llorando. En el Cielo está Dios, que sabe lo sucedido, aquí estoy Yo, que también lo sé, pero necesito tu humillación para tener piedad. Habla.

-Habla, hijo. Ten piedad de las entrañas que te llevaron - gime la madre, que se ha hecho gran violencia para llegar hasta donde Jesús, y que ahora, de rodillas, teniendo en una mano inconscientemente el limbo del indumento de Jesús, tiende la otra hacia su hijo mostrando su pobre rostro abrasado en lágrimas.

Jesús le pone la mano sobre la cabeza.
-Habla -vuelve a decir.
-Soy el primogénito y ayudo a mi padre en los negocios. Él me ha mandado a Jericó muchas veces para hablar con sus clientes, y… y uno… uno tenía una mujer joven y hermosa… Me… me gustó. Fui más allá de donde debía… Le gusté… Nos deseamos y… pecamos en ausencia del marido… No sé cómo sucedió, porque ella estaba sana. Sí.

No sólo yo estaba sano y la quise… ella también estaba sana y me quiso. No sé si… si además de a mí amó antes a otros y se había contagiado… Sí sé que ella se marchitó en poco tiempo y que ahora está en los sepulcros muriendo en vida… Y yo… y yo… ¡Mamá!, tú lo has visto, es poca cosa, pero dicen que es lepra… y… moriré de lepra. ¿Cuándo?… Se acabó la vida, la casa… y tú, mamá… ¡Oh, mamá, te veo y no te puedo besar!… Hoy vienen a descoserme los vestidos y a arrojarme de casa… del pueblo… Es peor que si hubiera muerto; ni siquiera tendré el llanto de mi madre sobre mi cadáver…

El joven llora. La madre está tan estremecida por los sollozos que parece un árbol zarandeado por el viento. La gente hace comentarios dictados por sentimientos opuestos.
Jesús está apenado. Habla:

-Y mientras pecabas ¿no pensabas en tu madre? ¿Estabas tan enajenado que no te acordabas de que tenías una madre en la Tierra y un Dios en el Cielo? Si no te hubiera aparecido la lepra, ¿te habrías acordado alguna vez de que habías ofendido a Dios y al prójimo? ¿Qué has hecho de tu alma? ¿Qué has hecho de tu juventud?

-Fui tentado…

-¿Eres acaso un niño, para no saber que era un fruto maldito? Merecerías morir sin piedad».

-¡Oh! ¡Piedad! Sólo Tú puedes…

-No Yo, Dios, y si aquí juras no pecar más.

-Lo juro. Lo juro. ¡Sálvame, Señor! Dispongo sólo de pocas horas antes de la condena. ¡Mamá!… ¡Mamá, ayúdame con tu llanto!… ¡Oh…, madre mía!

La mujer ya no tiene ni siquiera voz. Lo único que hace es agarrarse a las piernas de Jesús y levantar su cara con los ojos dilatados por el dolor: una cara de tragedia como de quien se está ahogando y sabe que ése es el último apoyo que lo sujeta y que puede salvarlo.

Jesús la mira. Le sonríe compasivo:
-Levántate, madre. Tu hijo está curado; pero por ti, no por él.

La mujer todavía no cree; le parece que, así, a distancia, no puede haber quedado curado, y hace signos de disentimiento entre continuos sollozos.

-Hombre, quítate la túnica del pecho, donde tenías la mancha; para consolar a tu madre.

El joven se baja el vestido, apareciendo desnudo ante los ojos de todos. No tiene sino una piel uniforme y lisa de joven bien robusto.

-Mira, madre - dice Jesús, y se inclina para levantar a la mujer. Este movimiento sirve también para contenerla cuando su amor de madre y el hecho de ver el milagro la hubiera lanzado contra su hijo sin esperar a su purificación. Sintiéndose impedida para ir a donde la impulsa su amor materno, se abandona en el pecho de Jesús, a quien besa en un verdadero delirio de alegría. Llora, ríe, besa, bendice… y Jesús la acaricia con piedad. Luego le dice al muchacho:

-Ve al sacerdote, y acuérdate de que Dios te ha curado por tu madre y para que seas justo en el futuro. Ve.

El muchacho bendice al Salvador y se marcha. A distancia, le siguen su madre y las otras mujeres que estaban con ella.

La muchedumbre grita jubilosa.
Jesús vuelve a su puesto.

-Este joven también había olvidado que hay un Dios que ordena honestidad de costumbres; había olvidado que está prohibido hacerse dioses al margen de Dios; había olvidado que debía santificar su sábado, como he enseñado; había olvidado que existe el respeto amoroso a la madre; había olvidado que no se debe fornicar, ni robar, ni ser falso, ni desear la mujer del prójimo, ni matarse uno a sí mismo o la propia alma, ni cometer adulterio: había olvidado todo; ya veis cuál había sido su castigo.

"No desearás la mujer del prójimo" se une a "no cometerás adulterio", porque el deseo precede siempre a la acción. El hombre es demasiado débil como para poder desear sin llegar después a consumar el deseo. Y lo que es verdaderamente triste es que el hombre no sepa hacer lo mismo respecto a los deseos justos. En el mal se desea y luego se cumple; en el bien, se desea, para luego detenerse, aunque no se retroceda.

Lo que le he dicho a él os lo digo a todos vosotros, porque el pecado de deseo está tan difundido como las malas hierbas, que por sí solas se propagan: ¿Sois unos niños como para no saber que esa tentación es venenosa y que hay que huir de ella? "Fui tentado.” ¡Frase remota! Mas, he aquí que tenemos también un remoto ejemplo, y, por tanto, debería el hombre acordarse de sus consecuencias, y debería saber decir: "No". En nuestra historia no faltan ejemplos de castos, que permanecieron tales a pesar de todas las seducciones del sexo y a pesar de las amenazas de los violentos.

¿Es un mal la tentación? No lo es; es la obra del Maligno, pero se transforma en gloria para quien la vence.
El marido que va a otros amores es un asesino de su esposa, de sus hijos, de sí mismo. Quien entra en morada ajena para cometer adulterio es un ladrón, y de los más viles: como el cuco, goza del nido ajeno sin aportar nada. Quien sustrae la buena fe al amigo es un falsario, porque finge una amistad que en realidad no tiene: quien así actúa se deshonra a sí mismo y deshonra a sus padres.

¿Puede, entonces, tener a Dios consigo?

He hecho el milagro por esa pobre madre. Pero me da tanto asco la lujuria, que me siento nauseado. Vosotros habéis gritado por miedo y repulsa de la lepra; Yo, con mi alma, he gritado a causa de la repugnancia por la lujuria. Todas las miserias me circundan y por todas ellas Yo soy el Salvador, pero prefiero tocar a un muerto, a un justo que esté ya descompuesto en la carne suya que fue honesta, mas en paz ya su espíritu, antes que acercarme a uno que tenga tufo de lujuria. Soy el Salvador, pero también soy el Inocente. Tengan presente esto todos los que vienen aquí o hablan de mí, proyectando en mi personalidad la levadura de la suya.

Comprendo que vosotros querríais de mí algo distinto, pero no puedo. La ruina de una juventud apenas formada y demolida por la libídine me ha turbado más que si hubiera tocado la Muerte. Vamos con los enfermos; no pudiendo, por la nausea que me ahoga, ser la Palabra, seré la Salud de quien espera en mí.

La paz esté con vosotros.

Efectivamente Jesús está muy pálido y su rostro denota dolor. No le vuelve la sonrisa sino cuando se agacha hacia unos niños enfermos u otras personas enfermas en sus camillas. Entonces vuelve a ser Él, especialmente cuando metiendo su dedo en la boca de un mudito de unos diez años le hace decir «Jesús», y luego «mamá».

La gente se marcha muy lentamente.
Jesús se queda paseando bajo el sol que inunda la era, hasta que viene el Iscariote:

-Maestro, yo no estoy tranquilo…
-¿Por qué, Judas?

-Por los de Jerusalén… Yo los conozco. Déjame ir allí unos días. No me refiero a que me mandes solo; es más, te ruego que no sea así. Mándame con Simón y Juan, que fueron muy buenos conmigo durante el primer viaje a Judea. Uno me frena, el otro me purifica hasta en el pensamiento. ¡No te puedes imaginar lo que significa Juan para mí!: es rocío que calma mis ardores, aceite sobre mis aguas agitadas… Créelo.

-Lo sé. Por eso, no te debes asombrar de que Yo lo quiera tanto. Es mi paz. Pero tú también, si eres siempre bueno, serás mi consuelo. Si usas los dones de Dios -y tienes muchos -para el bien, como estás haciendo desde hace algunos días, llegarás a ser un verdadero apóstol.

-¿Y me amarás como a Juan?

-Yo te amo igualmente, Judas; sólo que entonces lo haré sin esfuerzo y dolor.

-¿Qué bueno eres, Maestro mío!

-Ve a Jerusalén, aunque no va a servir para nada. No quiero contrariar tu deseo de ayudarme. Ahora se lo digo inmediatamente a Simón y a Juan. Vamos. ¿Has visto cómo sufre tu Jesús por ciertas culpas? Son como uno que ha levantado un peso demasiado fuerte. No me des nunca este dolor. Nunca más…

-No, Maestro, No. Te quiero. Tú lo sabes… pero soy débil…

-El amor fortalece.

Entran en casa y todo termina.

127- Los discursos en Agua Especiosa: No tentarás al Señor tu Dios. Testimonio de Juan el Bautista

Es un día serenísimo de invierno. Hace sol y viento; el cielo está sereno, uniforme, sin el más mínimo vestigio de nubes.

Son las primeras horas del día. Hay todavía una fina capa de escarcha, o mejor, de rocío semihelado, que esparce un polvo diamantífero sobre el suelo y sobre las hierbas.
Vienen hacia la casa tres hombres, que caminan con la seguridad de quien sabe a dónde se dirige. Llegando ya, ven a Juan, que en ese momento atraviesa el patio cargado de unos cántaros de agua sacados del pozo, y lo llaman.
Juan se vuelve, deja las cantarillas y dice:

-¿Vosotros aquí? ¡Bienvenidos! El Maestro se alegrará al veros. Venid, venid, antes de que llegue la gente. ¡Ahora viene mucha!…

Son los tres pastores discípulos de Juan Bautista. Simeón, Juan y Matías van contentos detrás del apóstol.
-Maestro, han venido tres amigos. Mira - dice Juan entrando en la cocina, donde arde alegre un gran fuego de leña menuda, que expande un agradable olor a bosque y a laurel quemado.

-Paz a vosotros, amigos míos. ¿Cómo es que venís a verme? ¿Le ha sucedido alguna desgracia al Bautista?

-No, Maestro. Hemos venido con permiso suyo. Te envía saludos y dice que encomiendes a Dios al león perseguido por los arqueros. No se hace ilusiones respecto a su suerte futura, aunque por ahora sigue libre. Está contento porque sabe que tienes muchos fieles, incluidos los que antes eran suyos. Maestro… nosotros también lo deseamos vivamente, pero… no queremos abandonarlo ahora que lo persiguen. Compréndenos… - dice Simeón.

-No sólo eso, sino que os bendigo por ello. El Bautista merece todo respeto y amor.

-Sí. Así es. El Bautista es grande, y cada vez descuella más su figura. Se parece al agave, que poco antes de morir produce el gran candelabro de la septiforme flor y lo ondea, y perfuma. Así es él. Y siempre dice: "Mi único deseo es volver a verlo…". Verte a ti. Nosotros hemos recogido este grito de su alma y te lo hemos venido a traer sin decírselo. Él es "el Penitente", "el Abstinente". Su santo deseo de verte y de oírte lo consume. Yo soy Tobías, ahora Matías. Creo que el arcángel dado a Tobiolo no sería distinto del Bautista; todo en él es sabiduría.

-¿Quién ha dicho que no lo vuelva a ver?… Pero, ¿habéis venido sólo para esto? Es penoso caminar durante esta estación. Hoy hace un tiempo sereno, pero, hasta hace sólo tres días, ¡cuánta lluvia por los caminos!

-No hemos venido sólo por esto. Hace unos días vino Doras, el fariseo, a purificarse, pero el Bautista le negó el rito diciendo: "No llega el agua a donde hay una costra tan grande de pecado. Uno sólo te puede perdonar: el Mesías". Entonces él dijo: "Iré a verlo. Quiero curarme.

Creo que este mal es su maleficio". Entonces el Bautista lo arrojó de su presencia como lo habría hecho con Satanás. Él, al irse, vio a Juan - lo conocía desde que Juan visitaba a Jonás, con quien estaba algo emparentado - y le dijo que venía, que todos iban, que había venido Manahén y hasta incluso venían las… (yo digo meretrices, pero él dijo un nombre más feo). “Agua Especiosa - decía - está llena de ilusos. Ahora, si me cura y me retira la maldición de mis tierras – que están como excavadas por máquinas de guerra por ejércitos de topos y gusanos y cortones que horadan los granos sembrados y roen las raíces de los árboles frutales y de las vides y, no hay nada que los venza -, me haré amigo suyo; si no… ¡ay de Él!".

Nosotros le respondimos: "¿Y vas con esta disposición de ánimo?". Y él respondió: "Pero quién cree en ese satanás.

Además, lo mismo que convive con las meretrices puede hacer alianza conmigo". Nosotros queríamos venir a decírtelo, para que pudieras saber a qué atenerte con Doras».

-Ya está todo resuelto.

-¿Ya? ¡Ah, es verdad!, que él tiene carros y caballos y nosotros sólo las piernas. -¿Cuándo ha venido?
-Ayer.
-¿Y qué ha ocurrido?
-Esto: que si queréis ocuparos de Doras podéis ir al duelo a su casa de Jerusalén. Lo están preparando para la sepultura.
-¿Muerto?
-Muerto. Aquí. Pero no hablemos de él.
-Sí, Maestro… Sólo… dinos una cosa. ¿Es verdad cuanto dijo de Manahén?
-Sí. ¿Os desagrada?
-No, no…, nos alegra. ¡Cuánto le hemos hablado de ti en Maqueronte! Y, ¿qué otra cosa puede querer el apóstol sino que sea amado el Maestro? Es lo que Juan quiere, y, con él, nosotros.
-Hablas bien, Matías; la sabiduría está contigo.
-Y… yo no lo creo, pero ahora la hemos visto… Vino también a nosotros buscándote a ti antes de los Tabernáculos; y le dijimos: "Quien tú buscas no está aquí, pero estará pronto en Jerusalén para los Tabernáculos".

Eso le dijimos, porque el Bautista nos había dicho: "¿Veis a esa pecadora?: es una costra de inmundicia; pero lleva dentro una llama a la que hay que alimentar; así, se avivará de tal modo que surgirá impetuosamente de debajo de la costra y todo arderá. Caerá la inmundicia y quedará sólo la llama". Eso dijo. Pero… ¿es verdad que duerme aquí, como han venido a decirnos dos influyentes escribas?
-No. Está en uno de los establos del capataz, a más de un estadio de aquí.

-¡Lenguas de infierno! ¿Has oído? ¡Y ellos!…
-Dejadlos que hablen. Los buenos no creen en sus palabras, sino en mis obras.

-Esto lo dice también Juan. Hace unos días, algunos discípulos suyos, nosotros presentes, le han dicho: "Rabí, Aquel que estaba contigo al otro lado del Jordán, del que tú diste testimonio, ahora bautiza, y todos van a Él; te vas a quedar sin fieles". A lo que Juan respondió:

-¡Dichoso mi oído, que oye esta noticia! ¡No sabéis qué alegría me dais! Sabed que el hombre no puede tomar nada si no le es dado del Cielo. Vosotros podéis testificar que he dicho: `Yo no soy el Cristo, si no el que ha sido enviado delante para prepararle el camino'. El hombre justo no se apropia de un nombre ajeno, y aunque otro hombre quisiera alabarle diciéndole:

“eres ése”, es decir: el Santo, él responde: “No, realmente no es así; yo soy su siervo”. Y de todas formas se alegra mucho de ello, porque dice: “Se ve que me asemejo a Él un poco, si el hombre me puede confundir con Él”. Y, ¿qué desea la persona que ama sino parecerse a su amado? Sólo la esposa goza del esposo. El paraninfo no podría gozar de ella, porque sería una inmoralidad y un hurto. Pero el amigo del novio, que está cerca de él y escucha su palabra llena de júbilo nupcial, siente una alegría tan viva que podría compararse a la que hace dichosa a la virgen casada con él, la cual en aquella palabra comienza ya a degustar la miel de las palabras nupciales. Esta es mi alegría, y es completa. ¿Y qué hace el amigo del novio, habiéndole servido durante meses, y habiéndolo conducido a la esposa a casa? Se retira y desaparece. ¡Así hago yo! ¡Así hago yo! Uno sólo queda, el esposo con la esposa: el Hombre con la Humanidad.¡Oh, qué palabra más profunda! Es necesario que Él crezca y que yo merme. Quien del Cielo viene está por encima de todos.

Patriarcas y Profetas desaparecen a su llegada, porque Él es como el Sol, que todo lo ilumina y su luz es tan viva que los astros y planetas sin luz se visten de ella, y los que aún no están apagados quedan anulados en el supremo esplendor del Sol. Esto sucede porque Él viene del Cielo, mientras que los Patriarcas y los Profetas irán al Cielo, pero no vienen del Cielo.

Quien viene del Cielo es superior a todos, y anuncia lo que ha visto y oído. Pero ninguno de entre los que no tienden al Cielo, renegando de Dios por ello, podrá aceptar su testimonio. Quien acepta el testimonio del que ha bajado del Cielo, con este acto suyo de creer, imprime un sello a su fe en que Dios es verdadero y no una fábula exenta de verdad, y escucha a la Verdad porque su ánimo está deseoso de ella. Porque Aquél a quien Dios ha enviado pronuncia palabras de Dios, pues Dios le da el Espíritu con plenitud, y el Espíritu dice:

“Aquí estoy. Tómame; que quiero estar contigo, delicia de nuestro amor”. Porque el Padre ama al Hijo sin medida y todas las cosas las ha puesto en su mano. Por eso quien cree en el Hijo tiene la vida eterna; mas quien se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, y la cólera de Dios permanecerá en él y sobre él".

-Esto dijo. Estas palabras me las he grabado en mi mente para transmitírtelas - dice Matías.
-Te lo agradezco y te alabo por ello. El Profeta último de Israel no es Aquel que del Cielo baja, pero, por haber recibido el beneficio de los dones divinos ya desde el vientre de su madre - vosotros no lo sabéis, pero Yo os lo digo ahora -, es el que más se acerca al Cielo.
-¿Cómo? ¿Cómo? ¡Háblanos! Él dice de sí mismo: "Yo soy el pecador".

Los tres pastores se muestran ansiosos de saber, así como también los discípulos.

-Cuando la Madre me llevaba, de mí-Dios estando encinta, fue a servir - porque es la Humilde y Amorosa - a la madre de Juan, prima suya por parte de madre, que había quedado embarazada en su vejez. Ya el Bautista tenía su alma, porque estaba en el séptimo (tenía su alma, porque estaba en el séptimo mes de su formación. Esta afirmación no excluye el que el alma sea infundida desde el primer instante de la concepción. Lo que parece, más bien, es que Jesús quiere rechazar la opinión de que el individuo reciba su alma en el momento del nacimiento o, incluso, después de haber nacido) mes de su formación. Y este brote
de hombre, dentro del seno materno, saltó de alegría al oír la voz de la Esposa de Dios. También en esto fue precursor; precedió a los redimidos, porque de seno a seno se efundió la Gracia, y penetró, y cayó la Culpa original del alma del niño. Por ello Yo digo que sobre la faz de la Tierra tres son los posesores de la Sabiduría, del mismo modo que en el Cielo Tres son los que son Sabiduría: el Verbo, la Madre, el Precursor, en la Tierra; el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, en el Cielo.

-Nuestro corazón está henchido de estupor… Casi como cuando se nos dijo: "Ha nacido el Mesías…". Porque Tú eras la profundidad abisal de la misericordia y nuestro Juan lo es de la humildad.

-Y mi Madre, de la pureza, de la gracia, de la caridad, de la obediencia, de la humildad, de toda virtud que sea de Dios y que Dios infunda a sus santos.

-Maestro - dice Santiago de Zebedeo - hay mucha gente.
-Vamos. Venid también vosotros.

Es muchísima la gente.

-La paz sea con vosotros - dice Jesús. Está sonriente como pocas veces. La gente cuchichea y lo señala con gestos. Hay mucha curiosidad en el ambiente.

"No tentarás al Señor tu Dios", está escrito.
Demasiadas veces se olvida este mandamiento. Se tienta a Dios cuando se le quiere imponer nuestra voluntad. Se tienta a Dios cuando imprudentemente se actúa contra las reglas de la Ley, que es santa y perfecta y en su lado espiritual – el principal - se ocupa y se preocupa, también, de la carne que Dios ha creado. Se tienta a Dios cuando, habiendo sido perdonados por Él, se vuelve a pecar. Uno tienta a Dios cuando, habiendo recibido de Él un beneficio que pretendía ser un bien para sí, algo que le moviera hacia Dios, lo transforma en un daño.

Dios no es objeto de risa ni de burla. Demasiadas veces sucede esto. Ayer habéis presenciado el castigo que espera a quienes pretenden mofarse de Dios. El eterno Dios, lleno de compasión con quien se arrepiente, se muestra, por el contrario, lleno de severidad con el impenitente que en manera alguna se modifica a sí mismo.

Vosotros venís a mí para oír la palabra de Dios. Venís para obtener un milagro. Venís para obtener el perdón. Y el Padre os da palabra, milagro y perdón. Y Yo no echo de menos el Cielo, porque puedo daros milagros y perdón, y puedo haceros conocer a Dios.

Ese hombre cayó ayer fulminado, como Nadab y Abiú, por el fuego de la divina indignación. De todas formas, absteneos de juzgarlo. Que lo que ha sucedido, que ha sido un nuevo milagro, solamente os haga meditar acerca de cómo hay que actuar para tener a Dios como amigo. Él quería el agua penitencial, pero sin espíritu sobrenatural; la quería por espíritu humano: como una práctica mágica que le curase la enfermedad y lo liberase de la desventura. El cuerpo y la cosecha: éstos eran sus fines, no su pobre alma, que no tenía valor para él; lo valioso para él era la vida y el dinero.

Yo digo: "El corazón está donde está el tesoro, y el tesoro donde el corazón. Por tanto, el tesoro está en el corazón".

Él en el corazón tenía la sed de vivir y de tener mucho dinero. ¿Cómo obtenerlo?: como fuera; incluso con el delito.

Pues bien, pedir así el bautismo ¿no era reírse de Dios y tentarlo? Habría bastado el arrepentimiento sincero por su larga vida de pecado para proporcionarle una santa muerte y lo justo en esta tierra. Pero él era el impenitente. No habiendo amado nunca a nadie aparte de sí mismo, llegó a no amarse ni siquiera a sí mismo. Porque el odio mata incluso el amor animal egoísta del hombre hacia sí mismo. El llanto del arrepentimiento sincero habría debido ser su agua lustral. De la misma forma, para todos vosotros que estáis escuchando; porque sin pecado no hay nadie, y todos, por tanto, tenéis necesidad de esta agua que, exprimida por el corazón mismo, desciende y lava, da de nuevo la virginidad a quien ha sido profanado, levanta al abatido, da nuevo vigor a quien la culpa ha dejado exangüe.

Ese hombre se preocupaba sólo de la miseria de la tierra, cuando en realidad sólo una miseria debe apesadumbrar al hombre: la eterna miseria de perder a Dios. Ese hombre no dejaba de hacer las ofrendas rituales, mas no sabía ofrecer a Dios un sacrificio de espíritu, es decir, alejarse del pecado, hacer penitencia, pedir con los hechos el perdón. Una hipócrita ofrenda de riquezas mal adquiridas es como invitarle a Dios a que se haga cómplice de las malas acciones del hombre. ¿Es posible que esto suceda? ¿No es reírse de Dios el pretenderlo? Dios arroja de su presencia a quien dice: "he aquí que sacrifico" y se consume internamente por continuar su pecado. ¿Ayuda, acaso, el ayuno corporal cuando el alma no ayuna del pecado?

Que la muerte de este hombre, que ha acontecido aquí, os haga meditar sobre las condiciones necesarias para gozar del aprecio de Dios. Ahora, en su rico palacio, los familiares y las plañideras hacen duelo ante los restos mortales que dentro de poco serán conducidos al sepulcro. ¡Oh, verdadero duelo y verdaderos restos mortales! ¡Nada más que unos restos mortales!

Nada más que un desconsolado duelo, porque el alma, precedente e irremisiblemente muerta, se verá para siempre separada de aquellos que amó por parentela y afinidad de ideas. Aunque una misma morada los una eternamente, el odio que allí reina los dividirá. Es así que entonces la muerte es verdadera separación. Mejor sería que, en vez de los demás, fuese el propio hombre quien, teniendo muerta el alma, llorase por sí mismo; de modo que, por ese llanto de contrito y humilde corazón, le devolviera al alma la vida con el perdón de Dios.

Idos, sin odio ni comentarios, nada más que con humildad; como Yo, que, no con odio sino por justicia, he hablado de él. La vida y la muerte son maestras para bien vivir y bien morir, y para conquistar la Vida sin muerte. La paz sea con vosotros.

-No hay ni enfermos ni milagros - y Pedro les dice a los tres discípulos del Bautista: «Lo siento por vosotros».
-No es necesario. Nosotros creemos sin ver. Hemos tenido el milagro de su natividad, que nos ha hecho creyentes, y ahora tenemos su palabra, que confirma nuestra fe. Sólo pedimos servirla hasta el Cielo, como Jonás, hermano nuestro.

Todo termina.

126- Los discursos en Agua Especiosa: No matarás. Muerte de Doras

"No matarás", está escrito. ¿A cuál de los dos grupos de mandamientos pertenece éste? ¿”A1 segundo", decís? ¿Estáis seguros? Otra pregunta: ¿Es un pecado que ofende a Dios o a la víctima? ¿Decís: "A la víctima'? ¿Estáis seguros de esto también?

Os hago una tercera pregunta: ¿Es sólo pecado de homicidio? A1 matar, ¿no cometéis más que este único pecado? ¿"Este sólo", decís? ¿Ninguno tiene duda de ello? Decid en voz alta vuestras respuestas. Que uno hable por todos vosotros, Yo espero.

Jesús se inclina a acariciar a una niña pequeña que se ha acercado a Él y que lo está mirando extática, olvidándose incluso de seguir mordisqueando la manzana que, para mantenerla quieta, le ha dado su madre.

Se pone en pie un anciano de aspecto grave y dice:

-Escucha, Maestro. Yo sirvo a la sinagoga desde hace mucho tiempo y me han dicho que hable en nombre de todos. Hablo pues. Me parece, nos parece, que hemos respondido según justicia y según cuanto nos han enseñado. Baso mi certidumbre en el capítulo de la Ley que habla del homicidio y de las agresiones físicas. Tú sabes, de todas formas, para qué hemos venido: para ser aleccionados, porque reconocemos en ti sabiduría y verdad. Por tanto, si me equivoco, ilumina mis tinieblas a fin de que el anciano siervo vaya a su Rey vestido de luz. Y, como conmigo, hazlo también con éstos, que son de mi rebaño y que han venido con su pastor a beber las fuentes de la Vida - y se inclina, antes de sentarse, con el máximo respeto.

-¿Quién eres, padre?
-Cleofás, de Emaús, tu siervo.
-No mío, sino de Aquel que me ha enviado, porque debe dársele al Padre toda prioridad y todo amor en el Cielo, en la Tierra y en los corazones. El primero que le tributa este honor es su Verbo, el cual toma y ofrece en la mesa sin defecto los corazones de los buenos como hace el sacerdote con los panes de la proposición. Mas escucha, Cleofás, para que vayas a Dios enteramente iluminado conforme a tu santo deseo.

Para medir una culpa es necesario pensar en las circunstancias que la preceden, la preparan, la justifican, o la explican. ¿A quién he matado?, ¿qué he matado?, ¿dónde?, ¿con qué medios?, ¿por qué he matado?, ¿cómo he matado?, ¿cuándo he matado?: éstas son las preguntas que debe hacerse quien ha matado, antes de presentarse a Dios para pedirle perdón.

¿A quién he matado? A un hombre.

Yo digo: a un hombre. No pienso ni considero si es rico o si es pobre, si es libre o si es esclavo. Para mí no existen esclavos u hombres de poder. Existen sólo hombres creados por un único; por tanto, todos iguales. En efecto, frente a la majestad de Dios es polvo hasta el más poderoso monarca de la tierra, y ante sus ojos y ante los míos no existe sino una esclavitud: la del pecado, por tanto, la de estar bajo Satanás. La Ley antigua distingue entre libres y esclavos, y entra en detalles acerca del hecho de matar en el acto o matar dejando sobrevivir un día o dos, o también acerca de si la mujer encinta muere por el golpe recibido, o si pierde la vida sólo su fruto.

Pero esto se dijo cuando estaba aún lejana la luz de la perfección. Ahora se halla entre vosotros, y dice:

Quienquiera que mate a un semejante suyo peca; y no peca sólo con el hombre, sino también contra Dios.

¿Qué es el hombre? El hombre es la criatura soberana que Dios ha creado para ser rey en la creación, creado a su imagen y semejanza, dándole la semejanza según el espíritu, y la imagen extrayendo de su pensamiento perfecto esta perfecta imagen.

Observad el aire, la tierra y las aguas. ¿Acaso veis animal alguno o planta alguna que, por muy hermosos que sean, igualen al hombre? El animal corre, come, bebe, duerme, genera, trabaja, canta, vuela, se arrastra, trepa… pero no tiene la capacidad de hablar. El hombre, como el animal, sabe correr y saltar, y en el salto es tan ágil que emula al ave; sabe nadar, y nadando es tan veloz que semeja al pez; sabe arrastrarse como lo hace un reptil; sabe trepar asemejándose al simio; sabe cantar, y en esto se parece a los pájaros. Sabe engendrar y reproducirse… Pero, además, sabe hablar.

No digáis como objeción: "Todo animal tiene su lenguaje". Sí. Uno muge, otro bala, el otro rebuzna, el otro pía, o gorjea… pero, desde el primer bovino al último, siempre tendrán al mismo y único mugido, y así igualmente el ovino balará hasta el fin del mundo, y el burro rebuznará como rebuznó el primero, y el pardal siempre emitirá su breve canto, mientras que la alondra y el ruiseñor cantarán el mismo himno (al Sol, la primera; a la noche estrellada, el segundo), aunque sea el último día de la Tierra,
de la misma manera que saluda-ron al primer Sol y a la primera noche terrestre. El hombre, por el contrario, debido a que no tiene sólo la campanilla y la lengua, sino que también tiene un conjunto de nervios centrados en el cerebro, sede del intelecto, sabe - debido a ello - captar las sensaciones nuevas y reflexionar en ellas y darles un nombre.

Adán puso por nombre "perro" a su amigo, y llamó "león" a aquel que, por su melena tupida y derecha en una cara ligeramente barbada, se le parecía más; llamó "oveja" a la cordera que lo saludaba mansamente, y llamó "pájaro" a esa flor de plumas que volaba como la mariposa y que además emitía, dulce, un canto que ésta no posee. Y andando el tiempo, a lo largo de los siglos, los hijos de Adán siguieron creando nuevos nombres, a medida que "fueron conociendo" las obras de Dios en las criaturas, o cuando - por la chispa divina que hay en el hombre - engendraron, además de otros hijos, cosas útiles, o nocivas, para esos mismos hijos (si estaban con Dios o contra Dios: están con Dios quienes crean y llevan a cabo cosas buenas; están contra Dios quienes crean cosas que resultan maléficas para el prójimo). Dios venga a los hijos suyos que han sido torturados por el mal ingenio humano.

El hombre es, pues, la criatura predilecta de Dios. Aunque en la presente situación sea culpable, continúa siendo el más querido por Él: lo testifica el hecho de que haya enviado a su mismo Verbo – no a un ángel, un arcángel, querubín o serafín, sino a su Verbo -, revistiéndolo de la humana carne, para salvar al hombre; y no consideró indigna esta veste para hacer capaz de sufrir y expiar a Aquel que, por ser como Él purísimo Espíritu, no habría podido sufrir y expiar la culpa del hombre.
El Padre me dijo: "Serás hombre: el Hombre. Yo hice ya un hombre, perfecto, como todo lo que hago. Había dispuesto para él una vida dulce, una dulcísima dormición, un beato despertar, una beatísima permanencia eterna en mi celeste Paraíso.

Pero, como Tú sabes, en ese Paraíso no puede entrar nada contaminado, porque en él Yo-Nosotros, Dios Uno y Trino, tenemos trono, y ante este trono no puede haber sino santidad. Yo soy el que soy. Mi divina naturaleza, nuestra misteriosa Esencia, no puede ser conocida sino por aquellos que no tienen mancha. A1 presente, el hombre, en Adán y por Adán, está sucio. Ve.

Límpialo. Es mi deseo. Serás Tú, de ahora en adelante, el Hombre, el Primogénito, porque serás el primero en entrar aquí con carne mortal sin pecado, con alma sin culpa original. Los que te han precedido sobre la faz de la tierra, así como los que te seguirán, tendrán vida por tu muerte de Redentor". Sólo podía morir quien previamente hubiera nacido; Yo he nacido, y moriré.

El hombre es la criatura predilecta de Dios. Decidme: si un padre tiene muchos hijos y uno de ellos es su predilecto – la pupila de sus ojos - y se lo matan, ¿no sufrirá más que si la víctima hubiera sido otro de sus hijos? No debería ser así, porque el padre debería ser justo con todos sus hijos, pero de hecho así sucede, y es porque el hombre es imperfecto. Sin embargo, Dios lo puede hacer con justicia, porque el hombre es la única de las criaturas que tiene en común con el Padre Creador el alma espiritual, signo innegable de la paternidad divina.

¿Si se le mata un hijo a un padre, se ofende sólo al hijo? No; también al padre. En la carne, al hijo; en el corazón, al padre: ambos son víctimas. ¿Matando a un hombre se ofende sólo al hombre? No; también a Dios. En la carne, al hombre; en su derecho, a Dios: sólo a Dios le corresponde el dar o quitar la vida y la muerte. Matar es usar violencia contra Dios y contra el hombre. Matar es penetrar en el dominio de Dios. Matar es faltar contra el precepto del amor. Quien mata no ama a Dios, porque destruye una obra de sus manos: un hombre. Quien mata no ama al prójimo, porque le priva al prójimo de aquello que el homicida quiere para sí: la vida.

Ved que así he dado respuesta a las dos primeras preguntas. ¿En dónde he agredido a mi víctima?
Se puede hacer en la calle, en casa de la víctima o atrayéndola a la propia casa. La agresión puede recaer en uno u otro órgano, causando mayor sufrimiento. Puedo cometer incluso dos homicidios en uno, si la víctima es una mujer que tiene el seno grávido de su fruto. Se puede matar en la calle sin tener intención de hacerlo.

Un animal que se escape a nuestro control puede matar a un transeúnte; pero entonces en nosotros no hay premeditación. Si, por el contrario, uno va, armado de puñal bajo las hipócritas vestiduras de lino a la casa de su enemigo - y sucede con frecuencia que es enemigo el que ha cometido la equivocación de ser mejor -, o lo invita a su casa, aparentemente por deferencia hacia él, y luego lo degüella y lo echa al pozo, entonces hay premeditación y la culpa es completa en malicia, en crueldad, en violencia.

Si, matando a la madre, mato también a su fruto, entonces Dios me pedirá cuentas de dos, porque el vientre que engendra a un nuevo hombre según el precepto de Dios es sagrado, como lo es la pequeña vida que en aquél madura, a la que Dios ha dado un alma.

¿Qué medios he utilizado?
En vano uno dirá: "No quería matar", cuando en realidad iba armado con un arma segura. En un momento de ira incluso las manos se transforman en arma, y la piedra cogida del suelo, o la rama arrancada del árbol. Mas aquel que observa fríamente el puñal o el hacha y, si cree que cortan poco, los afila, y luego se los ciñe al cuerpo de forma que no se vean pero pueda empuñarlos con facilidad, y preparado de tal suerte va adonde su rival, ciertamente no podrá decir: "No había en mí deseo de agredir". Y aquel que prepara un veneno cogiendo hierbas y frutos venenosos y haciendo con ellos polvo o bebida, y luego lo ofrece a la víctima, como especia o como sidra, ciertamente no podrá decir: "No quería matar".

Y ahora escuchadme vosotras, mujeres, tácitas e impunes asesinas de tantas vidas. Separar de vuestro seno un fruto que crece en él, por el hecho de que provenga de culpable simiente, o porque sea un vástago no deseado, una carga a vuestro lado, o una carga para vuestra economía, también es matar. Hay un solo modo de no tener esa carga: permanecer castas. No unáis homicidio con lujuria, violencia con desobediencia; no creáis que Dios no ve porque el hombre no vea. Dios ve todo y se acuerda de todo. Tenedlo presente también vosotras.

¿Por qué he matado?

¡Oh, por cuántos porqués! Desde el desequilibrio desencadenado en vosotros inesperadamente por una emoción violenta (veros profanado el tálamo, encontraros con un ladrón dentro de casa, un inmundo intento de violar a vuestra hija en la flor de la adolescencia), hasta el frío y meditado cálculo para liberarse de un testigo peligroso, de alguien que obstaculice el propio camino, de alguien a cuyo puesto se aspira o cuya riqueza se ambiciona: éstas, y otras muchas parecidas, son las razones.

Pues bien, Dios puede conceder el perdón a quien, febril por el dolor, asesina, mas no se lo concede a quien lo hace por ambición de poder o para ganarse la estima de los demás.

Obrad siempre bien para no temer ni el ojo ni la palabra de nadie. Contentaos con lo vuestro para no aspirar a lo ajeno hasta el punto de convertiros en asesinos por conseguir lo que es del prójimo.

¿Cómo he matado?

¿Ensañándome con la víctima aun después de la primera reacción impulsiva? En algunas ocasiones el hombre no se puede frenar, porque Satanás lo impele al mal del mismo modo que el hondero lanza la piedra. Pero, ¿qué diríais de una piedra que, habiendo dado en el blanco, volviera por sí misma a la honda para ser lanzada de nuevo y de nuevo golpear en su objetivo?

Diríais: "Está poseída por una fuerza mágica e infernal". Así es el hombre que da un segundo, un tercero, un décimo golpe, después del primero, con la misma saña; porque la ira desaparece para dar paso a la razón inmediatamente después del primer impulso, si éste obedece a un motivo en cierto modo justificable, mientras que, por el contrario, la saña aumenta cuantos más golpes recibe la víctima en el verdadero asesino, o sea, en el satanás que no tiene ni puede tener piedad del hermano porque, siendo un satanás, es odio.

¿Cuándo he matado?

¿Durante el primer impulso? ¿Una vez que éste ha cesado? ¿Fingiendo haber perdonado, mientras que en realidad ha ido fermentando cada vez más el rencor? ¿O he esperado incluso años para cometer el asesinato, produciendo así un doble dolor al matar al padre a través de los hijos?

Así podéis ver cómo al matar se viola el primero y el segundo grupo de mandamientos. En efecto, al hacerlo os arrogáis el derecho de Dios y pisoteáis al prójimo. Es pecado, por tanto, contra Dios y contra el prójimo.

Cometéis no sólo un pecado de homicidio, sino también de ira, de violencia, de soberbia, de desobediencia, de sacrilegio, y, en ocasiones - si matáis para haceros con un puesto o con una bolsa -, de codicia. Y no - aludo a ello, os lo explicaré mejor otro día - y no se peca de homicidio sólo con un arma o con veneno; también calumniando. Meditad en ello.

Y digo que el amo que da una paliza a un esclavo, pero con la astucia de que no se le muera entre sus manos, es doblemente culpable. El hombre esclavo no es dinero del amo, es alma de su Dios. ¡Maldito sea, eternamente, quien lo trata peor que a un buey!

El rostro de Jesús está fulgurante y su voz truena. Todos lo miran sorprendidos, porque antes hablaba con serenidad.

Maldito sea. La Ley nueva abroga la dureza contra el esclavo, todavía justa cuando en el pueblo de Israel no había hipócritas que se fingían santos y agudizaban el ingenio sólo para sacar el máximo provecho y eludir la Ley de Dios. Pero al presente - rebosando Israel de estos seres viperinos, que hacen lícito el placer sólo porque ellos son ellos, los miserables poderosos a quienes Dios mira con odio y asco -, al presente Yo digo: ya no es así.

Caen los esclavos en los surcos o ante las piedras de molino; caen, con los huesos quebrantados, visibles los nervios, a causa del látigo. Los acusan de falsos delitos para poderlos golpear, para justificar su propio sadismo satánico. Hasta el milagro se usa como acusación para tener derecho a golpearlos. Ni el poder de Dios, ni la santidad del esclavo convierte su alma retorcida. No puede ser convertida. El bien no entra donde hay saturación de mal. Pero Dios ve, y dice: "¡Basta!".

Demasiados son los Caínes que matan a los Abeles. Y ¿qué os pensáis, inmundos sepulcros blanqueados por fuera, por fuera cubiertos con las palabras de la Ley mientras que por dentro se pasea el rey Satanás y pulula el satanismo más astuto, qué os pensáis?, ¿que es sólo Abel hijo de Adán?, ¿que el Señor mira benigno sólo a quienes no son esclavos de hombre mientras que rechaza el único ofrecimiento que puede elevarle el esclavo, el de su honestidad sazonada de llanto? No. En verdad os digo que todo aquel que es justo es un Abel, aunque esté cargado de grilletes, aunque esté muriendo en la gleba, o sangrando por vuestras flagelaciones; en verdad os digo que son Caínes todos los injustos que le dan a Dios, por orgullo, no por verdadero culto, lo que está inquinado con su pecar, y manchado de sangre.

Profanadores del milagro. Profanadores del hombre, asesinos, sacrílegos. ¡Fuera! ¡Fuera de mi presencia! ¡Basta! Yo digo: basta. Y puedo decirlo, porque soy la divina Palabra que traduce el Pensamiento divino. ¡Fuera!

Jesús, en pie, erguido, sobre su tosca tarima, presenta un aspecto tan grave, que verdaderamente asusta. Su brazo derecho extendido señalando a la puerta de salida; sus ojos, dos fuegos azules: parece fulminar a los pecadores presentes. La niña pequeña que estaba a sus pies se echa a llorar y corre hacia donde su mamá. Los discípulos se miran sorprendidos y tratan de ver a quién va dirigida la invectiva. La multitud se vuelve también con mirada interrogativa.

Por fin se descubre el enigma. En el fondo, fuera de la puerta, semioculto tras un grupo de altos aldeanos, se deja ver Doras, aún más seco que antes, amarillo, lleno de arrugas, todo él nariz y mentón prominente. Lleva consigo un siervo que le ayuda a moverse porque parece medio paralítico. ¿Quién podía verle entre la gente que está en el patio? Osa hablar con su voz ronca:

-¿Me dices a mí? ¿Lo dices por mí?
-Por ti, sí. Sal de mi casa.
-Salgo. Pero pronto ajustaremos las cuentas, no lo dudes.
-¿Pronto? ¡Enseguida!. Te dije en su momento que el Dios del Sinaí te espera.

-También a ti, maléfico, que a mí me has acarreado las enfermedades y a mis tierras los animales dañinos.

Volveremos a vernos, para gozo mío.
-Sí. Y no te agradará el volver a verme, porque Yo te voy a juzgar.

-¡Ja! ¡Ja! mald… - Hace unos aspavientos, gorgotea… y cae.

-¡Ha muerto! - grita el siervo. -¡Ha muerto el patrón! ¡Bendito seas, Mesías, vengador nuestro!

-No Yo. Dios, Señor eterno. Que ninguno se contamine: que sólo el siervo se ocupe de su patrón. Y sé bueno con su cuerpo. Sed buenos, vosotros todos, sus siervos. No exultéis de alegría, con resentimiento, por el caído, para no merecer condena. Que Dios y el justo Jonás se os muestren siempre amigos, y Yo con ellos. Adiós.

-¿Ha muerto porque Tú así lo has querido? - pregunta Pedro.

-No. Pero el Padre ha entrado en mí… Es un misterio que no puedes entender. Sólo has de saber que no es lícito arremeter contra Dios. Él, sin concurso ajeno, se toma venganza.

-¿Y no podrías decirle al Padre tuyo que hiciera morir a todos los que te odian?

-¡Calla! ¡Tú no sabes de qué espíritu eres! Yo soy Misericordia, no Venganza.

Se acerca el anciano de la sinagoga:

-Maestro, has resuelto todos mis interrogantes, la luz está en mí. Bendito seas. Ven a mi sinagoga. No le niegues a un pobre viejo tu palabra.
-Iré. Vete en paz. El Señor está contigo.
Mientras la multitud se va yendo lentamente, todo termina.

125- Los discursos en Agua Especiosa: Santifica las fiestas. El niño de las piernas fracturadas

El día - aunque aún llueva - está menos insoportable y permite a la gente ir donde el Maestro.

Jesús escucha aparte a dos o tres que tienen grandes cosas que decirle y que luego se van a su sitio, más tranquilos.

Bendice también a un niñito que tiene las piernecitas fracturadas de forma calamitosa y que ningún médico ha querido tratar de curar, pues decían: «Es inútil. Están rotas arriba, junto a la columna». Esto lo dice la madre, bañada en lágrimas; explica: «Iba corriendo con su hermanita por la calle del pueblo. Vino al galope con su carro un herodiano y lo arrolló. Pensé que lo había matado, pero ha sido peor. Ya ves: lo tengo en esta tabla porque… no hay nada que hacer. Y sufre, sufre porque el hueso perfora; pero cuando el hueso deje de perforar, seguirá sufriendo porque sólo podrá estar echado sobre la espalda».

-¿Te duele mucho? - le pregunta, piadoso, Jesús al niñito, que está llorando.
-Sí.
-¿Dónde?
-Aquí… y aquí - y se toca con la manecita insegura los dos huesos ilíacos - Y también aquí y aquí - y se toca las zonas lumbares y los hombros - La tabla es dura y yo quiero moverme, yo… - y llora desesperado.

-¿Quieres que te tome en brazos? ¿Quieres? Te llevo allí arriba. Ves a todos mientras Yo hablo.
-¡Síii! - es un "sí" lleno de anhelo. El pobrecito niño tiende a Jesus sus brazos suplicantes.
-Pues entonces ven.
-¡Pero si no puede, Maestro! ¡Es imposible! Le duele demasiado… Ni siquiera lo puedo mover yo para lavarle.
-No le hago daño.
-El médico…
-El médico es el médico, Yo soy Yo. ¿Por qué has venido?
-Porque eres el Mesías - responde la mujer, que se pone pálida y roja, con un sentimiento de esperanza y de desesperación al mismo tiempo.

-¿Entonces…? Ven, pequeñuelo.
Jesús, pasando un brazo por debajo de las inertes piernecitas y el otro por debajo de los hombritos, toma al niño y le pregunta: «
-¿Te hago daño? ¿No? Pues entonces di adiós a tu mamá y vamos.

Y va caminando con su carga, entre la muchedumbre que se va abriendo a su paso. Va hasta el otro extremo, sube a una especie de tarima que le han hecho para que lo vean todos, incluso los que están en el patio, pide una banqueta y se sienta, se coloca bien al niño sobre sus rodillas y le pregunta:

-¿Te gusta? Ahora estate tranquilo y escucha tú también - y empieza a hablar, haciendo gestos con una mano sólo, la derecha, porque con la izquierda está sujetando al niño, que mira a la gente, feliz de ver algo, y sonríe a su mamá - a quien la esperanza tiene llena de impaciencia - que está en el otro extremo, y juguetea con el cordón de la vestidura de Jesús así como con la blanda barba rubia del Maestro y con un mechón de sus largos cabellos.

-Está escrito: "Cumple un trabajo honesto y el séptimo día dedícaselo al Señor y a tu espíritu". Esto fue dicho con el mandamiento del descanso sabático.

El hombre no es superior a Dios; y Dios hizo en seis días su creación y el séptimo descansó. ¿Cómo, pues, el hombre se toma la libertad de no imitar al Padre y de no prestar obediencia a su mandamiento? ¿Acaso es un precepto estúpido? No. Se trata, ciertamente, de un imperativo saludable, tanto en el orden de la carne, como en el moral, como en el del espíritu.

El cuerpo del hombre, cuando está cansado, tiene necesidad de descansar, de la misma forma que la tiene el cuerpo de todo ser creado. Descansa incluso - y se lo permitimos, para no perderlo - el buey que usamos en el campo, el asno que nos transporta, la oveja que pare al cordero y nos da leche. Descansa incluso - y la dejamos descansar - la tierra de los campos de labor, para que, en los meses en que no está sembrada, se nutra y se sature de las sales que le llueven del cielo o provienen del terreno.

Descansan adecuadamente, incluso sin pedirnos el beneplácito, los animales y las plantas, que obedecen a leyes eternas de una sabia regeneración. ¿Por qué, pues, el hombre se niega a imitar a su Creador, que el séptimo día descansó, y a los seres inferiores - sean vegetales o animales - que, no habiendo recibido sino un imperativo en su instinto, saben conformarse a él y obedecerlo?

Además de físico, es un imperativo moral. El hombre, durante seis días, ha sido de todos y de todo; lo han llevado arriba y abajo, como hace con un hilo el dispositivo del telar, sin poder decir en ninguna ocasión: “Ahora me dedico a mí mismo, a mis seres queridos; soy el padre, hoy soy de mis hijos; soy el marido, hoy me dedico a mi esposa; soy el hermano, disfrutaré estando con mis hermanos; soy el hijo, voy a cuidar la vejez de mis padres".

Es un imperativo espiritual. El trabajo es santo; más santo es el amor; santísimo, Dios. Pues entonces no nos olvidemos de darle al menos uno de entre los siete días a nuestro bueno y santo Padre, que nos ha dado la vida y nos la conserva. ¿Por qué vamos a tratarlo como si fuera menos que el padre o que los hijos, o que los hermanos, o la esposa, o que nuestro mismo cuerpo? El dies Domini sea del Señor. ¡Oh, dulce regresar, después del trabajo del día, por la noche, al ambiente acogedor del hogar lleno de entrañables sentimientos, dulce regresar a él tras un largo viaje! Y ¿por qué no ampararse, después de seis jornadas de trabajo, en la casa del Padre? ¿Por qué no ser como el hijo que, al volver de un viaje de seis días, dice: “Aquí estoy, vengo a pasar mi día de descanso contigo"?

Bien, ahora escuchadme; he dicho: "Cumple un honesto trabajo".

Sabéis que nuestra Ley prescribe el amor al prójimo. La honradez en el trabajo se inscribe en el amor al prójimo. Quien es honrado en su trabajo no roba en las transacciones, no le sustrae al trabajador su salario, no lo explota de manera culpable, tiene presente que quien está a su servicio y quien trabaja para él son una carne y un alma como las suyas, y no los trata como si fueran pedazos de piedra sin vida que es lícito romper o golpear con el pie o con el hierro. Quien no actúa así no ama al prójimo y peca por ello ante los ojos de Dios; su ganancia es maldita, aunque de ella separe el óbolo para el Templo.

¡Oh, qué falsa es esa dádiva! ¿Cómo puede atreverse a depositarla al pie del altar, cuando está rebosando lágrimas y sangre del inferior, explotado; cuando es un "hurto", es decir, una traición respecto al prójimo (porque el ladrón es un traidor respecto a su prójimo)? Creedlo: no se santifican las fiestas si no se usan para escudriñarse uno a sí mismo, si no se aprovechan
para mejorarse uno a sí mismo, para reparar los pecados cometidos durante los otros seis días. ¡En esto consiste la santificación de la fiesta! Ésta es, no otra, enteramente exterior, que no cambia ni en una jota vuestro modo de pensar.

Dios quiere obras vivas, no simulacros de obras. Simulacro es la falsa veneración a su Ley; simulacro es la falaz santificación del sábado, o sea, el cumplimiento del descanso para mostrar ante los ojos de los hombres que se obedece al mandamiento, usando luego esas horas de ocio para el vicio, la lujuria, la crápula, o para pensar en cómo explotar y perjudicar al prójimo en la siguiente semana; es simulacro la santificación del sábado, o sea, el descanso material, si éste no se ve acompañado del trabajo íntimo, espiritual, santificante, de un recto examen de uno mismo, de un humilde reconocimiento de la propia miseria, de un serio propósito de obrar mejor en la semana siguiente.

Diréis: "¿Y si luego se vuelve a pecar?". Pues bien, ¿qué diríais vosotros de un niño que por haberse caído se negara a dar ya un solo paso para, así, no volverse a caer?: que es un estúpido; que no tiene por qué avergonzarse de caminar aún con paso inseguro, porque a todos nos pasó cuando éramos pequeños, y no por ello nuestro padre no nos amó. ¿Quién no recuerda cómo nuestras caídas nos han atraído una lluvia de besos maternos y de caricias paternas? Lo mismo hace el Padre dulcísimo que está en los Cielos. Se inclina hacia su criatura, que llora en el suelo, y le dice: "No llores, Yo te levanto.

Estate más atento la próxima vez. Ven a mis brazos; en ellos se te pasarán todos tus males para seguir luego tu camino, fortalecido, curado, feliz". Esto dice nuestro Padre que está en los Cielos, esto os digo Yo.

Si lograrais tener fe en el Padre, todo os saldría bien; una fe que debe ser, eso sí, como la de un párvulo. El niño cree que todo es posible, no se pregunta si puede y cómo puede darse un hecho; no mide la profundidad del hecho; cree en quien le inspira confianza, y hace lo que éste le dice. Sed como los pequeños ante el Altísimo. ¿Qué amor tiene Él por estos desambientados ángeles que constituyen la belleza de la Tierra! Así ama a las almas que se hacen simples, buenas, puras, como es el niño.

¿Queréis ver la fe de un niño para aprender a tener fe? Observad. En todos vosotros se veía una compasión hacia el pequeñuelo que tengo en mi pecho y que, contrariamente a lo que los médicos y la madre decían, no ha llorado estando sentado en mi regazo. ¿Veis? Hacía mucho tiempo que lloraba día y noche sin poder hallar descanso, y aquí no ha llorado; se ha dormido, sereno, sobre mi corazón.

Le pregunté: "¿Quieres venir a mis brazos?", y él me contestó: "sí", sin razonar sobre su mísero estado, sobre el posible dolor que podría sentir, sobre las consecuencias de moverlo. Ha visto en mi rostro amor y ha dicho: "sí", y ha venido. Y no ha sentido dolor. Ha gozado estando aquí arriba viendo, él, que está clavado a su tabla lisa; ha gozado al colocarlo en una carne blanda y no en una madera dura; ha sonreído, ha jugado y se ha dormido teniendo entre sus manitas un mechón de mis cabellos. "Ahora lo voy a despertar con un beso…

Jesús besa al niño en sus delicados cabellos castaños, hasta que se despierta sonriente.
-¿Cómo te llamas?
-Juan.
-Escúchame, Juan. ¿Quieres andar?, ¿ir con tu mamá y decirle: "El Mesías te bendice por tu fe"?
-¡Sí! ¡Sí! - El pequeño da palmadas con sus manitas y pregunta: -¿Haces que pueda ir? ¿Por los prados? ¿Se acabó la tabla fea? ¿Se acabaron los médicos que hacen daño?
-Se acabó, se acabó para siempre.

-¡Ah…, cuánto te quiero!
Echa sus bracitos en torno al cuello de Jesús y lo besa y, para besarlo mejor, salta de rodillas encima de sus rodillas: una granizada de besos inocentes cae sobre la frente, sobre los ojos, sobre los carrillos de Jesús.

En su alegría, el niño ni siquiera se da cuenta de que se ha podido mover; él, que hasta ese momento había estado quebrantado. Pero el grito de su madre y de la multitud le hace volver en sí y girar la cabeza asombrado. Sus grandes ojos inocentes en el rostro enflaquecido miran como preguntando por qué. Todavía de rodillas, con el bracito derecho en torno al cuello de Jesús, le pregunta en tono confidencial (refiriéndose a la gente, que está revolucionada, a su madre, que en el otro extremo lo llama uniendo su nombre al de Jesús:

-¡Juan! ¡Jesús! ¡Juan! ¡Jesús!
-¿Por qué grita la gente y mi madre? ¿Qué les pasa? ¿Eres Tú Jesús?
-Soy Yo. La gente grita porque está contenta de que puedas andar. Adiós, pequeño Juan - Jesús lo besa y lo bendice -. Ve con tu mamá y sé bueno.
El niño baja, firme, de las rodillas de Jesús y de éstas al suelo, y corre hacia donde está su madre, le salta al cuello y dice:
-Jesús te bendice. ¿Por qué lloras entonces?

La gente está un poco más callada, Jesús dice con voz de trueno:

-¡Haced como el pequeño Juan, vosotros, que, cayendo en el pecado, os herís! ¡Tened fe en el amor de Dios! La paz sea con vosotros.

Y mientras el vocerío de la multitud, prorrumpiendo en gritos de hosanna, se mezcla con el llanto dichoso de la madre, Jesús, protegido por los suyos, sale de la estancia, y todo termina.

124- Se da alojamiento a la «velada» en la casita de Agua Especiosa

El día está tan horrible, que no hay ningún peregrino.

Llueve a cántaros y la era se ha transformado en un estanque poco profundo en que flotan hojas secas, venidas quién sabe de dónde, traídas por el viento que silba y zarandea puertas y ventanas. En la cocina, más tétrica que nunca - porque para impedir que entre la lluvia se debe tener apenas entornada la puerta -quien está se ahuma, lagrimea y tose, pues el viento rechaza hacia dentro el humo.

-Tenía razón Salomón - sentencia Pedro - Tres cosas echan al hombre: la mujer reñidora (que yo ya la he dejado riñendo en Cafarnaúm con los otros yernos), la chimenea que hace humo y el techo que deja colar el agua. Nosotros tenemos estas dos últimas cosas… Pero mañana me voy a ocupar yo de esta chimenea. Voy arriba al tejado, y tú y tú y tú (Santiago, Juan y Andrés) venís conmigo. Haremos con unas pizarras un realce y un techo a la chimenea.
-¿Y dónde encuentras las pizarras? - pregunta Tomás.

-En el cobertizo. Si llueve allí, no es una hecatombe; pero aquí… ¿Te duele el que tus alimentos dejen de decorarse con lágrimas tiznadas de hollín?
-¡Fíjate tú! ¡Ojalá lo lograras! Mira cómo estoy tiznado.

Me llueve encima de la cabeza cuando estoy aquí en el fuego.

-¡Pareces un monstruo egipcio! - dice Juan riéndose.
Efectivamente, Tomás presenta sobre su rostro lleno y afable unas caprichosas comas negras. El primero que se ríe es él mismo, que está siempre alegre, y Jesús también se ríe, porque justamente mientras está hablando, otra gota cargada de hollín le cae en la nariz y le pone negra la punta.

-Tú que eres experto de tiempo, ¿qué opinas? - le pregunta a Pedro Judas Iscariote, que está completamente cambiado desde hace unos días -. ¿Va a durar mucho así?
-Un momento y te lo digo; voy a hacer de astrólogo - contesta Pedro. Va hacia la puerta, la abre un poco más, saca la cabeza y una mano y dictamina: «Viento bajo y del meridión, calor y calina… ¡En fin! Pocas… - Pedro calla, se vuelve a meter despacio y entorna la puerta, y da un momento un vistazo hacia afuera.

-¿Qué pasa? - preguntan tres a cuatro.
Pedro, por toda respuesta, hace señal con la mano de que se callen. Mira. Luego dice en voz baja:
-Está esa mujer; ha bebido agua del pozo y ha cogido un haz de leña que había en el patio. Está empapada de agua; está claro que no arde… Se está yendo. Voy detrás de ella. Quiero ver…

Ha salido con cautela.

-Pero, ¿dónde estará, que está siempre aquí cerca? - pregunta Tomás.
-¡Y estar aquí con este tiempo! - dice Mateo.
-A1 pueblo seguro que va, porque anteayer estaba allí comprando pan - dice Bartolomé.
-¡Con qué constancia se mantiene velada! - observa Santiago de Alfeo.
-Tiene un gran constancia, o un fuerte motivo - concluye Tomás.

-¿Sería ésta a la que se refería ayer aquel judío? - pregunta Juan - ¡Son siempre tan falsos!…
Jesús sigue en silencio, como si fuera sordo. Todos lo miran con la certeza de que Él sabe; pero Él está trabajando un trozo de madera blanda con un cuchillo afilado; poco a poco, el trozo de madera se va transformando en un cómodo tenedor grande, para extraer las ver-duras del agua hirviendo. Una vez que ha terminado ofrece el fruto de su trabajo a Tomás, que está plenamente dedicado a la cocina.

-Eres genial, Maestro. '¿No nos dices quién es?

-Un alma. Para mí sois todos "almas". Nada más. Hombres, mujeres, ancianos, niños: almas, almas, almas: almas cándidas, los párvulos; almas azules, los niños; almas rosadas, los jóvenes; almas de oro, los justos; almas empecinadas, los pecadores. Pero, sólo almas, sólo almas.

Y Yo sonrío a las almas cándidas, porque me parece como si sonriera a los ángeles; descanso entre las flores rosadas y azules de los adolescentes buenos; me alegro de las almas tan valiosas de los justos; y me canso, sufriendo, para dar valor y esplendor a las almas de los pecadores. ¿Los rostros?… ¿Los cuerpos?… Nada. Yo os conozco y
os identifico por vuestras almas.

-Y ella, ¿qué alma es? - pregunta Tomás.
-Un alma menos curiosa que la de mis amigos, porque no indaga, no pregunta; va y viene, sin hablar y sin mirar.

-Yo creía que era una prostituta o una leprosa, pero he cambiado de opinión, porque… Maestro, ¿no me amonestas si te digo una cosa? - pregunta Judas Iscariote yendo a colocarse sentado en el suelo, apoyado en las rodillas de Jesús, completamente distinto a lo normal: humilde, bueno, hasta más guapo con este aire suyo modesto que no cuando es el pomposo y jactancioso Judas.

-No te amonestaré. Habla.

-Yo sé dónde vive. Una vez, de noche, la seguí… fingiendo que salía a coger agua, porque me he dado cuenta que de noche viene siempre al pozo… Una mañana encontré por el suelo una horquilla de plata… justo en el borde del pozo… y comprendí que la había perdido ella. Pues bien, está en un chamizo en el bosque; quizás lo utilizan los campesinos; de todas formas, está medio destartalado. Ella le ha puesto encima como techo unos ramajes; quizás ese haz lo quiere para eso. Es una hura. No sé cómo puede estar allí. Casi ni cabría un perro grande, o un minúsculo borriquito. Era una noche de luna y pude ver bien. Está medio sepultado entre las zarzas, pero dentro… está vacío y no tiene puerta. Por eso mismo he cambiado de opinión y he comprendido que no es una prostituta.

-No debías haberlo hecho. Sé sincero: ¿no hiciste nada más?

-No, Maestro. Habría deseado verla, porque ya en Jericó me percaté de su presencia, y creo reconocer su paso, muy leve, con el que va velozmente a donde quiere. También su figura debe ser flexuosa y… bonita. Sí, se adivina, a pesar de todos esos indumentos… Pero no osé espiarla cuando se acostó en el suelo. Quizás se quitó el velo. Pero la respeté…

Jesús lo mira muy fijamente y le dice:
-Y ello te hizo sufrir… Mas has dicho la verdad, y Yo te digo que estoy contento de ti. La próxima vez te costará menos el ser bueno. Todo consiste en dar el primer paso.

¡Muy bien, Judas! - y lo acaricia.

Vuelve Pedro de la calle:

-¡Maestro! ¡Esa mujer está loca! ¿Pero Tú sabes dónde está? Casi en la orilla del río, en una casetita de madera en un soto. Quizás antes la utilizaba algún pescador o algún leñador; ¡quién sabe! Nunca me habría imaginado que en ese lugar húmedo, hundido en un foso, bajo una maraña de zarzas, hubiera una pobre mujer. Le he dicho:

"Habla, sé sincera: ¿estás leprosa?". Ella me ha respondido en voz muy baja: "No". ¡Júralo", he dicho, y ella: "Lo juro". "Mira que si lo estás y no lo dices y te acercas a la casa y yo vengo a saber que eres inmunda, hago que te apedreen. Si lo que pasa es que te persiguen, o eres una ladrona o una asesina, y estás aquí por miedo a nosotros, no temas ningún mal. Ahora sal de ahí. ¿No ves que estás en el agua?

¿Tienes hambre? ¿Tienes frío? Estás temblando. Soy viejo, ¿no lo ves? No te estoy haciendo la corte. Viejo y honesto. Por tanto haz caso a lo que te digo". Así me he expresado, pero no ha querido venir. Nos la encontraremos muerta porque está realmente dentro del agua.

Jesús está pensativo; mira a los doce rostros que lo están mirando… y dice:

-¿Qué creéis que debe hacerse?

-¡Maestro, decide Tú!
-No. Quiero que juzguéis vosotros. Se trata de una cuestión en la que está implicada también vuestra fama, y Yo no debo violentar vuestro derecho a tutelarla.
-En nombre de la misericordia yo digo que no se la puede dejar allí -dice Simón.

Bartolomé, por su parte:
-Yo por hoy la metería en la estancia de los peregrinos ¿Van ellos, no?, pues entonces puede ir ella también.
-A1 fin y al cabo, es una criatura como todas las demás - comenta Andrés.

-Y, además, hoy no viene nadie, y por tanto… - observa Mateo.
-Yo propondría darle alojamiento por hoy, y mañana decírselo al encargado; es una buena persona - dice Judas Tadeo.
-¡Tienes razón! ¡Sí señor! Tiene muchos establos, y algunos de ellos vacíos. ¡Siempre un establo será un palacio comparado con esa barquichuela hundida! - exclama Pedro.
-Vete a decírselo entonces - incita Tomás.
-Los jóvenes no han hablado todavía - observa Jesús.
-Yo estoy de acuerdo con lo que Tú hagas - dice el primo Santiago.

El otro Santiago y su hermano, a una sola voz, dicen:
-Nosotros también.

-A mí me preocupa solamente la mala suerte de que vaya a venir por aquí algún fariseo - dice Felipe.

-¡Oh!, aunque subiéramos a las nubes, ¿tú crees que no harían llegar a nosotros sus acusaciones? No acusan a Dios porque lo tienen lejos; pero, si pudieran tenerlo cerca, como Abraham, Jacob y Moisés lo tuvieron, lo harían objeto de sus reproches…

-¿Quién hay, para ellos, sin culpa? - dice Judas de Keriot.

-Pues entonces id a decirle que venga a alojarse en esa estancia. Ve tú, Pedro, con Simón y Bartolomé: sois ancianos, con lo cual se sentirá menos violenta esa mujer. Decidle también que la proveeremos de comida caliente y de un vestido seco; el que dejó aquí Isaac. ¿Veis como todo tiene una utilidad?… incluso un vestido de mujer dado a un hombre…

Los jóvenes se ríen porque con el vestido en cuestión debe haber habido algún hecho gracioso.

Los tres ancianos se marchan… y vuelven al cabo de un rato.
-Ha costado lo suyo… pero, al final, ha venido. Le hemos jurado que no la molestaríamos en ningún momento; ahora le llevo paja y el vestido. Dame las verduras y un pan; hoy no tiene nada que llevarse a la boca. Claro… ¿quién se mueve de casa con este diluvio?

El buen Pedro se dirige a donde la mujer con sus tesoros.
-Y ahora una orden para todos: por ningún motivo se va a esa estancia. Mañana tomaremos las decisiones oportunas.
Acostumbramos a hacer el bien por el bien, sin curiosidades o deseos de recibir del bien realizado un motivo de diversión o cualquier otra cosa. ¿Lo veis? Os quejabais de que hoy no se haría nada útil. Hemos amado al prójimo. ¿Podíamos hacer algo
mayor que esto?

Si - y así es - ésta mujer es una infeliz, ¿no podrá, acaso, nuestra ayuda proporcionarle un alivio, un calor, una protección mucho más profunda que el poco alimento, el mísero vestido, el techo sólido, que le hemos dado? Si es una culpable, una pecadora, una criatura que busca a Dios, ¿nuestro amor no será, acaso, la más hermosa lección, la más poderosa palabra, el más claro indicador del camino de Dios?

Pedro entra despacito y se pone a escuchar a su Maestro.

-Mirad, amigos. Muchos maestros tiene Israel, que no hacen más que hablar y hablar… Bueno, pues las almas no cambian. ¿Por qué? Porque las almas no sólo oyen las palabras de sus maestros, sino que también ven sus acciones. Pues bien, éstas destruyen a aquéllas. Y las almas se quedan en la posición en que estaban, si es que no retroceden incluso. Mas cuando un maestro hace lo que dice y se comporta santamente en todas sus acciones, aunque sólo lleve a cabo acciones materiales – como dar un pan, un vestido, un lugar de alojamiento a la carne doliente del prójimo - obtiene el que las almas vayan adelante y lleguen a Dios, porque son sus mismas acciones las que dicen a los hermanos: "Dios existe; aquí está Dios". ¡Oh…, el amor! En verdad os digo que quien ama se salva a sí mismo y salva a los demás.

-Así es, como Tú dices, Maestro. Esa mujer me ha dicho: "Bendito sea el Salvador y Aquel que lo ha enviado, y todos vosotros con Él"; y a mí, mísero hombre, me ha querido besar los pies; y lloraba tras su tupido velo…

¡En fin!… Esperemos que no venga ningún fisgón de Jerusalén… Si no… ¡vamos aviados!

-Es suficiente que nuestra conciencia nos salve del juicio de nuestro Padre - dice Jesús; luego bendice y ofrece los alimentos y se sienta a la mesa.
Todo termina.

123- Los discursos en Agua Especiosa: No fornicarás. La afrenta de cinco hombres notables

Me dice Jesús (a María Valtorta):

-Ten paciencia, alma mía, por este doble esfuerzo. Es tiempo de sufrimiento. ¿Sabes lo cansado que estaba los últimos días? Ya ves. Al andar me apoyo en Juan, en Pedro, en Simón, y también en Judas… Sí. ¡Yo, que emanaba milagro con sólo rozar con mis vestiduras, no pude cambiar aquel corazón! Déjame que me apoye en ti, pequeño Juan, (llamaba así Jesús, como seudónimo, a María Valtorta) para volver a decir las palabras ya dichas en los últimos días a esos obstinados obtusos sobre quienes el anuncio de mi tormento resbalaba y no penetraba. Y deja también que el Maestro hable de sus horas de predicación en la triste llanura del Agua Especiosa. Y te bendeciré dos veces: por tu esfuerzo y por tu piedad. Llevo la cuenta de tus esfuerzos, recojo tus lágrimas. Los esfuerzos por amor a los hermanos recibirán la recompensa de aquellos que se consumen por dar a conocer a Dios a los hombres. Tus lágrimas por mi sufrimiento de la última semana recibirán como premio el beso de Jesús. Escribe y recibe mi bendición.

Jesús está en pie, encima de un cúmulo de tablas, alzadas a manera de tribuna en una de las piezas, la última, y allí habla con voz poderosa, para que lo oigan tanto los que están dentro de la estancia como los que se encuentran bajo el cobertizo, e incluso en la era, encharcada por la lluvia. Cubiertos con sus mantos oscuros y de lana en bruto, sobre la cual resbala el agua, parecen frailes todos ellos. En la estancia están los más débiles; bajo el cobertizo, las mujeres; en el patio, bajo la lluvia, los fuertes, la mayoría hombres.

Pedro va y viene, descalzo y sólo con la prenda corta, cubierto con un lienzo que se ha puesto sobre la cabeza; pero no pierde el buen humor, a pesar de que tenga que ir guachapeando en el agua y se esté duchando sin desearlo. Con él están Juan, Andrés y Santiago. Están trayendo de la otra estancia, con precaución, a unos enfermos, y guiando a unos ciegos y haciendo de apoyo a algunos tullidos.

Jesús aguarda con paciencia a que todos hayan terminado de acomodarse, y sólo le duele el que los cuatro discípulos estén empapados, como esponjas dentro de un cubo.

-¡Nada, nada! Somos madera empecinada. No te preocupes. Nos bautizamos otra vez, y el bautizador es Dios mismo - responde Pedro a las muestras de desazón de Jesús.

Por fin todos están en sus respectivos lugares y Pedro estima que puede ir a ponerse ropa seca. Así lo hace, como también los otros tres. Pero, vuelto donde el Maestro, ve sobresalir por la esquina del cobertizo el manto gris de la mujer velada, y se dirige hacia ella sin pensar que para hacerlo tiene que volver a cruzar el patio en diagonal bajo el chaparrón, que va a más, y sin pensar en los charcos que salpican hasta la rodilla al chocar tan fuerte en ellos las gotazas de agua. La agarra de uno de los codos, sin retirar el manto, y la arrastra bien hacia arriba, hasta la pared de la estancia, resguardada del agua, y luego se planta a su lado, duro e inmóvil como un centinela.

Jesús ha visto la escena y ha sonreído inclinando la cabeza para celar la luminosidad de su sonrisa. Ahora habla.

-No digáis, vosotros, los que habéis venido con regularidad, que no hablo con orden y que salto alguno de los diez mandamientos. Vosotros oís, Yo veo; vosotros escucháis, Yo aplico mi palabra a los dolores y a las llagas que veo en vosotros. Yo soy el Médico. Un médico va primero a los más enfermos, a los que están más cerca de la muerte. Luego se vuelve a los menos graves. Yo también.
Hoy digo: "No forniquéis".

No dirijáis a vuestro alrededor la mirada tratando de leer en el rostro de uno la palabra: "lujurioso". Tened recíproca caridad. ¿Os gustaría que uno la leyera en vosotros? No. Pues entonces no queráis leerla en el ojo turbado de quien está a vuestro lado; en su frente que se avergüenza y se inclina hacia el suelo. Además… ¡Oh!, decidme, especialmente vosotros, hombres. ¿Quién de entre vosotros no ha hincado nunca los dientes en el pan de ceniza y estiércol de la satisfacción sexual?

¿Acaso es lujuria sólo la que os lleva a estar durante una hora entre brazos meretricios? ¿No es, acaso, lujuria, también, la profanación del connubio con la esposa al eludir las consecuencias de éste, que queda reducido, por tanto, a una recíproca satisfacción del sentido, a un vicio legalizado?

Matrimonio quiere decir procreación, y el acto quiere decir y debe ser fecundación. Sin ello es inmoralidad. No se debe del tálamo hacer un lupanar; y en lupanar se transforma si se ensucia de libídine y no se consagra con maternidades. La tierra no rechaza la semilla, la acoge y de ella forma una planta. La semilla no huye de la gleba una vez depositada; por el contrario, en seguida echa raíz y se agarra para crecer y dar una espiga: la criatura vegetal nacida del connubio entre gleba y semilla. El hombre es la semilla, la mujer es la tierra, la espiga es el hijo. Negarse a producir la espiga y desaprovechar la fuerza para vicio es culpa.

Es meretricio cometido en el lecho nupcial, pero en nada distinto del otro; es más, agravado por la desobediencia al mandamiento que dice: "Sed una sola carne y multiplicaos en los hijos".

Por tanto, ved, mujeres voluntariamente estériles, esposas legales y honestas (no a los ojos de Dios, sino del mundo), cómo, a pesar de ello, vosotras podéis ser prostitutas y fornicar igual, aunque seáis sólo de vuestro marido, porque no vais hacia la maternidad, sino al placer, demasiado y demasiado frecuentemente. ¿Y no os paráis a pensar que el placer es un tóxico que, aspirado por una boca, cualquiera que fuere, contagia, produce quemazón, cual fuego que, creyendo consumirse, traspasa, devorador, cada vez más insaciable, los límites del hogar, dejando acre sabor de ceniza bajo la lengua y desagrado y náusea y desprecio de sí y del compañero de placer?

Porque cuando la conciencia se despierta - y lo hace entre dos momentos febriles - no puede dejar de nacer este desprecio de sí, rebajados como quedan uno y otro a un nivel incluso inferior al de los animales.

(Nota del que suscribe con respecto a este tema: La Iglesia admite la paternidad responsable, o sea, que cuando ya se es generoso en hijos, se pueden adoptar determinadas medidas para no concebir, pero que no sean medios artificiales como anticonceptivos, preservativos, etc. sino recursos naturales, como el de la regulación natura basada en los días infértiles de la mujer, etc,; asimismo, el placer sexual únicamente como simple demostración de amor y desahogo pasional, dentro del matrimonio, es lícito siempre y cuando se tengan en cuenta estas dos medidas antes mencionadas: ser generosos en hijos y no usar medios anticonceptivos artificiales.)

“No forniquéis", está escrito.

Es fornicación gran parte de las acciones carnales del hombre - ni siquiera toco la cuestión de esas uniones inconcebibles, que son como una pesadilla y que el Levítico condena con estas palabras:

"Hombre, no te acercarás al hombre como si fuera una mujer"; y también: "No te unirás a bestia alguna para no contaminarte con ella. Y así hará la mujer, y no se unirá a ninguna bestia, porque es infamia" -. Bien… he hecho alusión al deber de los esposos respecto al matrimonio - el cual deja de ser santo cuando, por malicia, viene a ser infecundo - y ahora voy a hablar de la fornicación en sentido propio entre hombre y mujer, por recíproco vicio o por obtener dinero o regalos.

El cuerpo humano es un magnífico templo que encierra en sí un altar. En ese altar debería estar Dios. Pero Dios no está donde hay corrupción. Por tanto, el cuerpo del impuro tiene su altar desconsagrado y sin Dios. Como quien se revuelca, ebrio, en el lodo y en el vómito de la propia ebriedad, el hombre, en la bestialidad de la fornicación, se rebaja a sí mismo, viniendo a ser menos que un gusano o que el animal más inmundo.

Decidme - si entre vosotros hay alguno que se haya depravado a sí mismo hasta el punto de comerciar con su cuerpo como se hace con cereales o animales - ¿qué beneficio os ha reportado? Poneos, poneos vuestro corazón en la mano, observadlo, preguntadle, escuchadlo, ved sus heridas, sus estremecimientos de dolor, y luego decidme, respondedme: ¿tan dulce era ese fruto, que compensara este dolor de un corazón nacido puro, forzado por vosotros a vivir en un cuerpo impuro, a latir para dar vida y calor a la lujuria, a irse consumiendo en el vicio?

Decidme: ¿Sois tan depravadas que no lloráis secretamente sintiendo una voz de niño que llama: "mamá", y pensando en vuestra madre - ¡oh mujeres de placer que habéis huido de casa, u os han echado de ella para que el fruto empodrecido no destruyera con el exudado de su putridez a los demás hermanos! -, pensando en vuestra madre, muerta quizás por el dolor de tener que decirse a sí misma: "He dado a luz a una persona que ha sido motivo de oprobio"?

¿Pero es que no sentís que se os parte el corazón cuando veis a un anciano cuyas canas le dan un porte solemne, al pensar que sobre las de vuestro padre habéis derramado el deshonor, como barro tomado a manos llenas, y junto con el deshonor el menosprecio de su tierra natal?

¿Pero es que no sentís que se os retuercen las entrañas de doliente añoranza al ver la felicidad de una esposa o la inocencia de una virgen, teniendo que decir: "Yo he renunciado a todo esto, y nunca más volveré a poseerlo"?
¿Pero es que no sentís como si la vergüenza os arrancara la piel de la cara, al ver la mirada, voraz o llena de desprecio, de los hombres?

¿Pero es que no sentís vuestra miseria cuando tenéis sed de un beso de niño y ya no os atrevéis a decir: "Dámelo", porque habéis matado vidas en su comienzo, vidas que habéis rechazado como peso fastidioso e inútil carga, vidas arrancadas del mismo árbol que las había concebido, arrojadas para estiércol, vidas que ahora os gritan: "^Asesinas!"?

¿Pero es que no teméis, sobre todo, al Juez que os ha creado y que os espera para preguntaros y deciros: "¿Qué has hecho de ti misma? ¿Para eso, acaso, te di la vida? Pululante nido de gusanos, ¿cómo te atreves a estar en mi presencia? Tuviste todo lo que para ti era dios: el placer. Ve al lugar de maldición sin término"?

¿Quién llora? ¿Ninguno? ¿Decís: "ninguno"? Pues mi alma va hacia otra alma que llora. ¿Para qué va hacia ella? ¿Para lanzarle el anatema por ser meretriz? No. Porque siento piedad por su alma. Todo en mí es repulsa hacia su sucio cuerpo, sudado por el esfuerzo lascivo. ¡Pero su alma…!

¡Oh! ¡Padre! Padre! También por esta alma Yo me he encarnado y he dejado el Cielo para ser su Redentor y el de muchas almas hermanas suyas! ¿Por qué debo no recoger a esta oveja que va descarriada, y llevarla al redil, limpiarla, unirla al rebaño, sacarla a pastar, y darle un amor que sea perfecto como sólo el mío lo puede ser, tan distinto de los que tuvieron hasta ahora para ella nombre de amor y no eran sino odio; tan piadoso, completo, delicado, que ella ya no llore por el tiempo pasado,
o lo haga sólo para decir: "Demasiados días he perdido lejos de ti, eterna Belleza. ¿Quién me restituirá el tiempo perdido?

¿Cómo gustar en lo poco que me queda cuanto habría gustado si hubiera sido siempre pura?"?

A pesar de ello, no llores, alma pisoteada por toda la libídine del mundo. Escucha: eres un trapo asquerosamente sucio, pero puedes volver a ser una flor; eres un estercolero, pero puedes ser un jardín; eres un animal inmundo, pero puedes volver a ser un ángel. Un día lo fuiste; danzabas en los prados floridos, rosa entre las rosas, fresca como ellas, y despedías fragancia de virginidad; cantabas, serena, tus canciones de niña, y luego corrías a donde tu madre, a donde tu padre, y les decías: "Vosotros sois mis amores". Y el invisible guardián que tienen todas las criaturas al lado sonreía ante tu alma blanca-azul… ¿Y luego? ¿Por qué? ¡Por qué te has arrancado esas alas de pequeño inocente? ¿Por qué has pisoteado un corazón de padre y de madre para correr hacia otros corazones inciertos? ¿Por qué has consignado tu voz pura a embusteras frases de pasión? ¿Por qué has quebrado el tallo de la rosa y te has profanado a ti misma?

Arrepiéntete, hija de Dios. El arrepentimiento renueva. El arrepentimiento purifica. El arrepentimiento sublima.

¿El hombre no te puede perdonar? ¿Ni siquiera tu padre podría ya hacerlo? Bueno, pues Dios puede, porque la bondad de Dios no es comparable a la bondad humana y su misericordia es infinitamente más grande que la humana miseria. Hónrate a ti misma haciendo, con una vida honesta, digna de honor a tu alma. Justifícate ante Dios no volviendo a pecar contra tu alma. Hazte un nombre nuevo ante Dios. Eso es lo que tiene valor. ¿Eres vicio? Sé honestidad, sé sacrificio, sé la mártir de tu arrepentimiento.

Bien supiste martirizar tu corazón para hacer gozar a la carne, sabe ahora martirizar la carne para darle a tu corazón una eterna paz.

Ve. Marchad todos, cada uno con su peso y con su pensamiento, y meditad. Dios espera a todos y no rechaza a ninguno que se arrepienta. ¿Que el Señor os dé su luz para conocer vuestra alma! ¡Adiós!

Muchos se marchan en dirección al pueblo. Otros entran en la habitación. Jesús va hacia los enfermos y les devuelve la salud.

Un grupo de hombres, en un ángulo, habla en voz baja; divididos como están en distintas tendencias, gesticulan y se acaloran. Algunos se muestran acusadores de Jesús; otros, defensores; y otros exhortan a éstos y a aquéllos a tener un juicio más maduro.

A1 final, los más obstinados, quizás porque son pocos respecto a los otros dos grupos, se deciden por una tercera vía: van a donde Pedro, que está transportando junto con Simón las camillas - que ya no hacen falta - de tres de los curados, y lo asaltan avasalladoramente dentro de la vasta habitación, que ha quedado transformada en hospedería de los peregrinos.

Dicen:

-Hombre de Galilea, escucha.

Pedro se vuelve y los mira como a unos bichos raros. No habla, pero su cara es todo un poema. Simón sólo lanza su mirada hacia los cinco energúmenos, y sale, dejándolos plantados a todos.

Uno de los cinco continúa diciendo:
-Yo soy Samuel, el escriba; éste es el otro escriba, Sadoq; y éste es el judío Eleazar, muy conocido e influyente; y éste, el ilustre anciano Calasebona; y éste, finalmente, Nahum. ¿Entendido? ; Nahum!» (y, por si fuera poco, el tono es enfático).

Pedro se inclina ligeramente según va oyendo estos nombres, pero, al oír el último, se queda a mitad de camino, y dice con la mayor indiferencia:

-No lo sé, nunca le he oído, y… no entiendo nada.
-¡Vulgar pescador! ¡Has de saber que es el fiduciario de Anás!

-No sé quién es; bueno, conozco a muchas mujeres de nombre Ana; incluso en Cafarnaúm hay un montón de Anas, pero no sé de qué Ana éste es fiduciario.

-¿Este? ¿A mi se me dice: "éste"?

-Y entonces, ¿cómo quieres que te llame?: ¿asno?, ¿pájaro? Cuando iba a la escuela, me enseñó el maestro a decir "éste" hablando de un hombre, y, si no veo visiones, tú eres un hombre.

El hombre se revuelve como torturado por esas palabras. El otro, el primero que ha hablado, aclara:

-Anás es el suegro de Caifás…
-¡Aaaah!… ¡Ahora entiendo! ¿Y bien…?
-¡Pues que has de saber que nosotros estamos indignados!
-¿Con qué? ¿Con el tiempo? Yo también. Es la tercera vez que me cambio y ya no tengo más ropa seca.
-¡No seas necio!

-¿Necio? Pero si es verdad; si no estáis indignados con el tiempo, entonces, ¿con qué? ¿Con los romanos?

-¡Con tu Maestro! Con el falso profeta.

-¡Oye, tú, Samuel, ojo, que entro en acción, y entonces soy como el lago: de la calma chicha a la tempestad paso en un momento! ¡Ten cuidado con lo que dices…
!
En esto, han llegado también los hijos de Zebedeo y de Alfeo, y con ellos Judas Iscariote y Simón, y se arriman a Pedro que, por su parte, levanta cada vez más la voz.

-¡No tocarás con tus manos plebeyas a los grandes de Sión!
-¡Oh, qué señoritos más majos! Y vosotros no me toquéis al Maestro, porque, si no, voláis al pozo, inmediatamente, a purificaros de verdad, por dentro y por fuera.

-Recuerdo a los doctos del Templo - dice serenamente Simón - que la casa es de dominio privado.

Y agrega Judas Iscariote:

-Y que el Maestro, y soy garante de ello, ha mostrado siempre hacia las casas de los demás, y en primer lugar hacia la casa del Señor, el máximo respeto. Hágase igual con su casa.

-Tú cállate, gusano falso.

-¿De qué, falso? Me habéis asqueado y me he venido donde no hay asquerosidades, ¡y Dios quiera que el haber estado con vosotros no me haya corrompido hasta lo más profundo!

-Brevemente: ¿qué queréis? - pregunta secamente Santiago de Alfeo.

-¿Y tú quién eres?

-Soy Santiago de Alfeo, y Alfeo de Jacob, y Jacob de Matán, y Matán de Eleazar; y si quieres te digo toda la ascendencia hasta el rey David, de quien procedo; y soy primo del Mesías. Por tanto, te ruego que hables conmigo, de estirpe real y de raza judía, si es que a tu arrogancia le da asco el hablar con un honesto israelita que conoce a Dios mejor que Gamaliel y que Caifás.

Vamos. Habla.

-Tu Maestro y pariente permite que le sigan las prostitutas. Esa mujer velada es una de ellas, yo la he visto estando ella vendiendo oro, y la he reconocido. Es la amante que se le ha escapado de las manos a Siammái, y eso lo deshonra.

-¿Qué Siammái? ¿A Siammái, el rabino? Pues debe ser entonces un carcamal. Por tanto, no hay peligro… – dice burlonamente Judas Iscariote.

-¡Cállate, desequilibrado! A Siammái de Elquí, el predilecto de Herodes.

-¡Caramba! Eso es señal de que ella ya no prefiere al predilecto. Ella es quien tiene que ir a la cama con él, no tú; ¿por qué te lo tomas entonces a mal? - Judas de Keriot se muestra sumamente irónico.

-Hombre, ¿no crees que te deshonras haciendo de espía? - pregunta Judas de Alfeo - Y, ¿no crees que se deshonra el que se rebaja a pecar y no, al contrario, quien trata de levantar al pecador? ¿Qué deshonra puede venirle a mi Maestro y hermano del hecho de que haga llegar su voz hasta las orejas profanadas por la baba de los lascivos de Sión?

-¿La voz? ¡Ja! ¡Ja! ¡Tu Maestro y primo tiene treinta años, y no es sino un hipócrita mayor que los demás! Y tú, y todos vosotros, dormís profundamente por la noche…

-¡Desvergonzado reptil! Fuera de aquí o te estrangulo - grita Pedro, haciéndole coro Santiago y Juan; Simón, por su parte, se limita a decir:

-¡Qué vergüenza! Tu hipocresía es tan grande, que regurgita y se desborda, y babeas como una gran babosa encima de la flor pura. Sal y sé hombre, porque ahora no eres sino baba. Te he reconocido, Samuel. Eres siempre el mismo corazón. Que Dios te perdone; pero, vete de mi presencia.

Y mientras el Keriot y Santiago de Alfeo contienen al fogoso Pedro, Judas Tadeo, que en este acto se asemeja más que nunca a su Primo (de quien ahora tiene el mismo centelleo azul en la mirada y la imponencia en la expresión, dice vehementemente:

-A sí mismo se deshonra quien deshonra al inocente. Dios ha hecho los ojos y la lengua para llevar a cabo obras santas.

El maldiciente los profana y rebaja, haciéndoles cumplir obras malvadas. Yo no me voy a manchar a mí mismo con un acto vil contra tu canicie, pero te recuerdo que los malvados odian al hombre íntegro y que el necio descarga su aversión sin reflexionar ya siquiera en que con ello se pone al descubierto. Quien vive en las tinieblas confunde una rama florida con un reptil, pero quien vive en la luz ve las cosas como son y, si alguien las desacredita, las defiende por amor a la justicia. Nosotros vivimos en la luz. Somos la generación casta y hermosa de los hijos de la luz, y nuestro Caudillo es el Santo que no conoce ni mujer ni pecado.

Nosotros lo seguimos y lo defendemos de sus enemigos, hacia los cuales, como Él nos ha enseñado, no sentimos odio; antes bien, oramos por ellos. Aprende, anciano, de un joven, que se ha hecho maduro porque la Sabiduría es su Maestro, aprende a no ser precipitado para hablar e inútil para obrar el bien. Vete, y refiere a quien te ha enviado que Dios en su gloria está en esta pobre morada, y no en la profanada casa del monte Moria. Adiós.

Los cinco no se atreven a replicar y se marchan.
Los discípulos conjuntamente examinan si decírselo o no a Jesús, que está todavía con los enfermos curados. Deciden que es mejor decírselo. Se acercan a Él, lo llaman y se lo dicen.

Jesús sonríe sereno y responde:

-Os agradezco vuestra defensa… pero ¿qué podéis hacer? Cada uno da lo que tiene.

-Pero tienen un poco de razón. Los ojos están en la cabeza para ver y muchos ven. Ella está siempre ahí fuera, como un perro. Te perjudica - dicen varios.

-Dejadla que esté. No será ella la piedra que golpeará mi cabeza. Y si ella se salva… ¡Oh…, bien merece la pena una crítica por una alegría así!

A1 dar esta dulce respuesta todo termina.

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