por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Jesús pasea lentamente arriba y abajo a lo largo de la orilla del río. Debe haber amanecido hace poco, porque la niebla de un triste día invernal se estanca aún entre los cañizares de las márgenes. No hay nadie hasta donde alcanza la vista en las dos orillas del Jordán. Sólo nieblecilla baja, frufrú de agua entre las cañas, rumor de aguas, que, por las lluvias de los días precedentes, están turbias, y algunos reclamos de pájaros, cortos, tristes, como lo son cuando, terminada la estación de los amores, las aves están entristecidas por el invierno y la escasez del alimento.
Jesús los escucha y parece interesarse mucho en el reclamo de un pajarito que, con regularidad de reloj, vuelve su cabecita hacia el Norte y emite un "^chiruit?" quejumbroso, y luego vuelve la cabecita hacia el Sur y repite su interrogativo "¿chiruit?" sin respuesta. Al fin el pajarito parece haber recibido una respuesta en el "chip" que vine de la otra orilla y emprende
el vuelo y se aleja a través del río con pequeño grito de alegría. Jesús hace un gesto como diciendo: “¡Menos mal!”, y continúa el paseo.
-¿Te importuno, Maestro? - pregunta Juan, que viene de los prados.
-No. ¿Qué quieres?
-Quería decirte… creo que es una noticia que te puede confortar y he venido enseguida; no sólo por ello, sino también para pedirte consejo. Estaba barriendo nuestras habitaciones y ha venido Judas de Keriot. Me ha dicho: "Te ayudo". Yo me he quedado asombrado porque siempre muestra poca disposición para hacer las cosas de este tipo que se le mandan… No obstante, me he limitado a decir: "¡Oh, gracias! Así lo haré antes y mejor". Él se ha puesto a barrer y hemos terminado pronto.
Entonces ha dicho: "Vamos al bosque. Siempre traen leña los mayores. No es correcto. Vamos nosotros. No soy un experto, pero si me enseñas…". Y hemos ido. Mientras estaba atando con él los haces, me ha dicho: `Juan, quiero decirte una cosa". "Habla", he respondido, pensando que se tratase de alguna crítica. Pero no; me ha dicho: "Yo y tú somos los más jóvenes. Tendríamos que estar más unidos. Tú tienes casi miedo de mí, y tienes razón, porque no soy bueno. Pero, créeme… no lo hago adrede. Hay
veces que siento la necesidad de ser malo; quizás porque, habiendo sido único, me han enviciado. Y quisiera hacerme bueno.
Los mayores - lo sé - no me ven muy bien. Los primos de Jesús están enfadados porque… sí, les he faltado mucho, como también a su primo. Pero tú eres bueno y paciente. Tú quiéreme. Hazte idea de que soy un hermano, un hermano malo, sí, pero un hermano al que hay que querer aunque sea malo. El mismo Maestro dice que hay que actuar así. Cuando veas que no actúo correctamente, dímelo. Y otra cosa: no me dejes siempre solo. Cuando vaya al pueblo, ven también tú; así me ayudarás a no hacer el mal. Ayer sufrí mucho. Jesús me habló y yo lo miré. En mi estúpido rencor no me miraba ni a mí mismo ni a los demás.
Ayer miré y vi… Tienen razón al decir que Jesús está sufriendo… y siento que parte de la culpa es mía. No quiero seguir teniendo culpa. Ven conmigo. ¿Vas a venir? ¿Me vas a ayudar a ser menos malo?". Esto ha dicho, y te confieso que me latía el corazón como le late a un gorrión en manos de un muchacho. Latía de alegría porque me agrada que él se haga bueno - por ti me agrada - y latía un poco de miedo porque… no quisiera volverme como Judas. Pero luego me he acordado de cuanto me habías dicho el día que tomaste a Judas, y he respondido: "Sí, ciertamente te ayudaré; pero yo tengo que obedecer, y si recibo otras órdenes…".
Pensaba: ahora se lo digo al Maestro y si Él quiere lo hago; si no quiere, que me dé la orden de no alejarme de la casa.
-Escucha, Juan. Yo te dejo ir. Me tienes que prometer, no obstante, que si sientes que algo te turba, me lo vienes a decir. Me has dado mucha alegría, Juan. Aquí llega Pedro con su pescado. Ve, Juan.
Jesús se vuelve hacia Pedro:
-¿Buena pesca?
-¡Bueno…! No mucho. Pececillos… Pero todo contribuye. Santiago está rezongando porque algún animal ha roído la soga y se ha perdido una red. He dicho: "¿Y él no debía comer? Compadécete del pobre animal". Pero Santiago no es de esa idea… - dice Pedro riendo.
-Eso es lo que Yo digo respecto a un hermano, y es lo que vosotros no sabéis hacer.
-¿Hablas de Judas?
-Hablo de Judas. Él sufre por ello. Tiene buenos deseos y tendencias perversas. Pero, vamos a ver, dime tú, experto pescador: ¿Si Yo quisiera ir en barca por el Jordán y llegar al lago de Genesaret, qué debería hacer? ¿Lo lograría?
-¡En fin! ¡Sería muy trabajoso! Pero sí lo lograrías con barcas pequeñas y planas… Supondría mucho esfuerzo, ¿sabes?
¡Y largo! Habría que medir continuamente el fondo, estar atento a las orillas y a los bajos, a la maleza flotante, a la corriente. La vela no hace falta en estos casos; es más, perjudica… Pero, ¿quieres volver al lago siguiendo el río? Ten en cuenta que contra corriente se va mal. Hay que ser muchos, si no…
-Tú lo has dicho. Cuando uno es un vicioso, para ir hacia el Bien debe ir contra corriente, y uno por sí solo no puede lograrlo. Judas es justamente uno de éstos. Y vosotros no le ayudáis. El indigente sube solo y pega contra el fondo, roza en los bajos, se enreda entre la maleza flotante, queda atrapado por los remolinos. Por otra parte, si mide el fondo, no puede al mismo tiempo mantener el timón o el remo. ¿Por qué, entonces, se le reprende si no avanza? Tenéis piedad de los extraños, y de él, compañero vuestro, ¿no? No es justo. '¿Ves allí a Juan y a él yendo hacia el pueblo por pan y verduras? Él ha pedido como gracia no ir solo, y se lo ha pedido a Juan, porque no es un tonto y sabe qué idea tenéis vosotros, los mayores, acerca de él.
-¿Y Tú lo has mandado? ¿Y si se corrompe también Juan?
-¿Quién? ¿Mi hermano? ¿Por qué se va a corromper? – pregunta Santiago, que llega con la red recuperada entre un cañizar.
-Porque Judas va con él.
-¿Desde cuándo?
-Desde hoy, y Yo lo he permitido.
-Entonces, si lo permites Tú…
-Sí; es más, se lo aconsejo a todos. Lo dejáis demasiado solo. No seáis jueces sólo para él. No es peor que muchos otros.
Eso sí, está más consentido, ya desde la infancia.
-Sí, debe ser eso. Si hubiera tenido por padre y madre a Zebedeo y a Salomé, no sería así. Mis padres son buenos, pero se acuerdan de que tienen un derecho y un deber hacia los hijos.
-Bien dices. Hoy hablaré precisamente de esto. Pongámonos en marcha. Ya veo gente en movimiento en los prados.
-Yo ya no sé cómo nos las vamos a arreglar para vivir. Ya no hay ni hora de comer, ni de rezar, ni de descansar… y la gente sigue aumentando - dice Pedro entre admirado y enfadado.
-¿Te lamentas por ello? Es signo de que existe aún búsqueda de Dios.
-Sí, Maestro. Pero Tú sufres como consecuencia. Ayer te quedaste incluso sin comer, y esta noche sin más cobijas que tu manto. Si lo supiera tu Madre!…
-Bendeciría a Dios, que me acerca tantos fieles.
-Y me regañaría a mí, en quien puso su confianza - termina Pedro. Bajan hacia ellos, gesticulando, Felipe y Bartolomé.
Ven a Jesús y apresuran el paso diciendo:
-¡Oh, Maestro! ¡Cómo vamos a arreglárnoslas? Es un verdadero peregrinaje; y enfermos, y gente que llora, y pobres sin ningún medio que vienen de lejos.
-Compraremos pan. Los ricos dan limosnas… usémoslas, pues.
-Los días son breves. El techado está ya lleno de gente al raso. Las noches son húmedas y frías.
-Tienes razón, Felipe. Nos apretaremos todos en una de las piezas. Podemos hacerlo. Y prepararemos lo necesario en las otras dos para los que no puedan llegar a las casas hoy por la tarde.
-¡Comprendo! Dentro de poco tendremos que pedir a los que hospedamos el permiso para cambiarnos de ropa. Nos van a invadir de tal modo, que nos van a obligar a huir a nosotros - refunfuña Pedro.
-¡Otras fugas verás, Pedro mío! '¿Qué le pasa a aquella mujer?
Han llegado ya a la era, y Jesús nota la presencia de una mujer que está llorando.
-¡Bah! Estaba también ayer, y también ayer lloraba. Cuando Tú estabas hablando con Manahén se movió para ir hacia ti, luego se marchó. Debe de estar en el pueblo, o aquí cerca, porque ha vuelto. Enferma no parece…
-La paz sea contigo, mujer - dice Jesús pasando a su lado. Y ella responde en voz baja: «Y contigo». Nada más.
Habrá al menos unas trescientas personas. Bajo el techado hay cojos, ciegos, mudos; uno, del todo agitado por una convulsión; un jovencito, claramente hidrocéfalo, de la mano de un hombre (no hace sino gemir, echar baba, menear su gruesa cabeza de expresión idiota).
-¿Es hijo de esa mujer? - pregunta Jesús.
-No lo sé. Simón, que se ocupa de los peregrinos, lo sabe.
Llaman al Zelote y le preguntan. Pero el hombre no ha venido con la mujer. Ella está sola.
-No hace sino llorar y rezar. Y hace poco me ha preguntado: "¿El Maestro cura también los corazones?" - explica Simón el Zelote.
-Será una esposa traicionada - comenta Pedro.
Mientras Jesús se dirige hacia los enfermos, Bartolomé y Mateo van a la purificación con muchos peregrinos.
La mujer, en su ángulo, llora inmóvil.
Jesús no niega a ninguno el milagro. Hermoso es el del niño idiota, al cual infunde el intelecto con el hálito, sosteniendo luego la voluminosa cabeza entre sus largas manos. Todos se arremolinan. Incluso la mujer velada osa acercarse bastante, tal vez porque hay mucha gente, y se pone junto a la mujer que llora.
Jesús dice al cretino:
-Yo quiero en ti la luz del intelecto para abrir camino a la luz de Dios. Escucha, di conmigo: `Jesús". Dilo. Lo quiero.
El niño idiota, que antes se quejaba como un animal emitiendo sólo un tenue gañido, farfulla con dificultad:
-Jeyú.
-Otra vez - ordena Jesús, teniendo todavía entre sus manos la cabeza deforme y dominándolo con su mirada.
-Jee-sús.
-Otra vez.
-¡Jesús! - dice por fin el niño cretino. Los ojos ya no están tan vacíos de expresión, la boca tiene una sonrisa distinta.
-Hombre - dice Jesús al padre -, has tenido fe; tu hijo está curado. Hazle alguna pregunta. El nombre de Jesús supone milagro contra las enfermedades y las pasiones».
El hombre le dice a su hijo:
-Quién soy yo?
Y el muchacho responde:
-Mi padre.
El hombre aprieta contra su corazón a su hijo, y explica:
-Me nació así. Mi esposa murió en el parto y él estaba impedido de mente y de habla. Ahora ya veis. He tenido fe, sí.
Vengo de Joppe. ¿Qué debo hacer por ti, Maestro?
-Ser bueno, y tu hijo contigo; nada más.
-Y amarte. ¡Vamos en seguida a decírselo a la madre de tu madre, que es la que me convenció a esto. Bendita sea!
Los dos se van felices. De la pasada desventura no queda sino la voluminosa cabeza del muchacho. La expresión y la palabra son normales.
-Pero, ¿ha quedado curado por voluntad tuya o por poder de tu nombre? - preguntan muchos.
-Por voluntad del Padre, siempre benigno para con el Hijo. Pero también mi Nombre es salvación. Vosotros lo sabéis:
Jesús quiere decir Salvador. La salvación se refiere al alma y a los cuerpos. Quien pronuncia el Nombre de Jesús con verdadera fe queda curado de enfermedades y pecado, porque en toda enfermedad espiritual o física está la uña de Satanás, el cual crea las enfermedades físicas para conducir hacia la rebelión y hacia la desesperación a través del sufrimiento de la carne, y las morales o espirituales para conducir hacia la condenación».
-Entonces Tú piensas que Belcebú no es ajeno a ninguna aflicción del género humano.
-No es ajeno. Por él enfermedad y muerte entraron en le mundo, como, igualmente, el delito y la corrupción entraron en el mundo por él. Cuando veáis a alguien atormentado por alguna desventura, pensad, sí, que sufre por Satanás. Cuando veáis que alguien es causa de desventura, pensad también que él es instrumento de Satanás.
-Pero, las enfermedades vienen de Dios.
-Las enfermedades son un desorden en el orden, porque Dios creó al hombre sano y perfecto. El desorden que ha introducido Satanás en el orden dado por Dios, ha traído consigo las enfermedades de la carne y las consecuencias de las mismas, o sea, la muerte, o las funestas transmisiones por herencia. El hombre ha heredado de Adán y Eva la mancha de origen; pero no sólo ésta. Y la mancha se extiende cada vez más, incluyendo las tres ramas del hombre: la carne, cada vez más viciosa y, por tanto, débil y enferma; lo moral, cada vez más soberbio y, por tanto, corrompido; el espíritu, cada vez más incrédulo, o sea,
cada vez más idólatra. Por consiguiente es necesario - como he hecho Yo con aquel débil mental - enseñar el Nombre del que huye Satanás, esculpirlo en la mente y en el corazón, ponerlo en el yo como un sigilo de propiedad.
-Pero, ¿Tú nos posees? ¿Quién eres, que tanto te crees?
-¡Ojalá fuese así! Pero no lo es. Si os poseyera, estaríais ya salvados. Y sería derecho mío, porque Yo soy el Salvador y debería tener a mis salvados. Mas, salvaré a quienes tengan fe en mí.
-Juan… yo vengo de donde Juan. Me ha dicho: "Ve a Aquel que habla y bautiza cerca de Efraím y Jericó. Él tiene el poder de desatar y atar, mientras que yo no puedo más que decirte: haz penitencia para hacer ágil a tu alma para ir en pos de la salud"» dice uno de los que ha obtenido un milagro, uno que primero se sujetaba con muletas y ahora se mueve expedito.
-¿No le duele al Bautista perder la multitud? - pregunta uno.
Y el que ha hablado antes responde:
-¿Dolerle? Dice a todos: "¡Id! ¡Id! Yo soy el astro que se oculta; Él, el astro que se alza y se fija eterno en su esplendor.
Para no permanecer en las tinieblas, id a Él antes de que mi pabilo se apague".
-¡No hablan así los fariseos! Ellos están llenos de odio porque Tú atraes a las muchedumbres. ¿Lo sabes?
-Lo sé -responde brevemente Jesús.
Se abre una disputa sobre la razón o no del modo de actuar de los fariseos. Mas Jesús corta con un: «No critiquéis» que no admite réplica.
Vuelven Bartolomé y Mateo con los bautizados. Jesús comienza a hablar.
La paz sea con vosotros todos.
He pensado hablaros de Dios por la mañana, puesto que ahora venís aquí ya desde por la mañana y os es más cómodo partir al mediodía. He pensado también hospedar a los peregrinos que no puedan volver a sus casas antes de que anochezca--Yo también soy peregrino y no poseo sino lo mínimo indispensable que la piedad de un amigo me ha dado.
Juan posee aún menos que Yo. Pero a Juan van personas sanas o simplemente poco enfermas, tullidos, ciegos, mudos; no moribundos o personas febriles, como vienen a mí. Van a él para bautismo de penitencia; a mí venís también para curación de cuerpos. La Ley dice:
“Ama a tu prójimo como a ti mismo". Yo pienso y digo: ¿Cómo mostraría mi amor hacia los hermanos, si cerrara mi corazón a sus necesidades, incluso físicas? Y concluyo: les daré a ellos lo que me ha sido dado. Extendiendo la mano hacia los ricos, pediré para el pan de los pobres; desprendiéndome de mi propio lecho, acogeré en él a quien esté cansado o se sienta mal.
Somos todos hermanos y el amor no se demuestra con palabras sino con hechos. Aquel que cierra su corazón a su semejante tiene corazón de Caín. Aquel que no tiene amor es un rebelde respecto al precepto de Dios. Somos todos hermanos.
Y, no obstante, Yo veo, y vosotros veis, que incluso dentro de las familias - donde la sangre común remarca, incluso consigo misma y con la carne, la hermandad que nos viene de Adán - hay odios o roces. Los hermanos están contra los hermanos, los hijos contra los padres; los consortes, enemigos el uno del otro.
Pero, para no ser malvados hermanos siempre, y adúlteros esposos un día, hay que aprender ya desde la primera edad
el respeto hacia la familia, que es el más pequeño y a la vez el más grande organismo del mundo: el más pequeño respecto al organismo de una ciudad, de una región, de una nación, de un continente; pero el mayor porque es el más antiguo, pues lo puso Dios cuando aún el concepto de patria, de país, no existía, viviendo sin embargo ya y siendo activo el núcleo familiar, manantial de la raza humana y de las distintas razas, pequeño reino en que el hombre es rey, la mujer reina, súbditos los hijos. ¿Puede acaso un reino dividido, en que sus habitantes entre sí son enemigos, subsistir? No puede. Pues así, en verdad, una familia no subsiste si no hay obediencia, respeto, economía, buena voluntad, laboriosidad, amor.
"Honra al padre y a la madre" dice el decálogo. ¿Cómo se honran? ¿Por qué se deben honrar?
Se honran con verdadera obediencia, con exacto amor, con confidente respeto, con un temor reverencial que no cierra las puertas a la confidencia, como tampoco nos hace tratar a nuestros mayores como si fuéramos siervos e inferiores. Se les debe honrar porque, después de Dios, quienes dan la vida y proveen a todas las necesidades materiales de la vida, los primeros maestros, los primeros amigos del joven ser nacido a este mundo, son el padre y la madre.
Se dice: "Que Dios te bendiga"; se dice: "Gracias" a aquel que nos recoge un objeto que se nos ha caído, o nos da un mendrugo de pan. Pues entonces, ¿no vamos a decir, con amor, "que Dios te bendiga", y "gracias", a quienes se matan trabajando por darnos de comer, o tejiendo nuestros vestidos y manteniéndolos limpios, a quienes se levantan para escrutar nuestro sueño, se niegan el descanso por cuidarnos, o nos hacen de su seno lecho en nuestros momentos más dolorosos de cansancio?
Son nuestros maestros. A1 maestro se le teme y se le respeta. Mas éste nos toma cuando ya sabemos lo indispensable para sostenernos y nutrirnos y decir lo esencial, y nos deja cuando la más ardua enseñanza de la vida, o sea, "el vivir", aún se nos debe enseñar: y son el padre y la madre quienes nos preparan: para la escuela primero, para la vida después.
Son nuestros amigos. Mas, ¿qué amigo puede ser más amigo que un padre, o más amiga que una madre? ¿Podéis tener miedo de ellos? ¿Podéis decir que él o ella os van a traicionar? Bueno, pues ved cómo ese joven necio y esa muchacha aún más necia se buscan amigos entre los extraños, y cierran su corazón al padre y a la madre, y corrompen su mente y su corazón con contactos al menos imprudentes, si es que no son incluso culpables, motivo de lágrimas paternas y maternas, que hienden, como gotas de plomo fundido, el corazón de los padres. Pero Yo os digo que esas lágrimas no caen en el polvo y en el olvido; Dios las recoge y las cuenta. El martirio de un padre o de una madre pisoteados recibirá premio del Señor. Así como tampoco será olvidado el acto de un hijo que somete a suplicio a su padre o a su madre, aunque éstos, en su doliente amor, supliquen piedad de Dios para su hijo culpable.
"Honra a tu padre y a tu madre si quieres vivir largamente sobre la Tierra" está escrito; "y eternamente en el Cielo", añado.
¡Demasiado poco castigo sería el vivir poco aquí por haber ofendido a los padres! El más allá no es un cuento, y en el más allá se recibirá premio o castigo, según hayamos vivido. Quien ofende a un padre o a una madre ofende a Dios, porque Dios ha mandado amarlos, y quien no ama peca; pierde, por tanto, así, más que la vida material, la verdadera vida: le espera la muerte (es más, ya está en él, habiendo caído su alma en desgracia de su Señor); tiene ya en sí el delito porque hiere el amor más santo después de Dios; tiene ya en sí los gérmenes de los futuros adulterios, porque de un mal hijo viene un pérfido esposo; tiene ya en sí los estímulos de la corrupción social, porque de un hijo malo nace el futuro ladrón, el torvo y violento asesino, el frío usurero, el libertino seductor, el vividor cínico, el repugnante traidor de la patria, de los amigos, de los hijos, de la esposa, de todos. ¿Podéis, acaso, nutrir estima y confianza hacia quien ha sido capaz de traicionar el amor de una madre y burlarse de las canas de un padre?
Escuchad, no obstante, también esto: el deber de los hijos se corresponde con un parejo deber de los padres.
¡Maldición al hijo culpable… pero también para el culpable progenitor! Haced que los hijos no puedan criticaros y copiaros en el mal. Haceos amar por haber dado amor con justicia y misericordia. Dios es Misericordia. Los padres, que van sólo después de Dios, sean misericordia. Sed ejemplo y consuelo de los hijos.
Sed paz y guía. Sed el primer amor de vuestros hijos. Una madre es siempre la primera imagen de la esposa que querríamos. Un padre, para las hijas jovencitas, tiene el rostro que sueñan para el esposo. Haced que, sobretodo, vuestros hijos e hijas elijan con sabia mano a sus recíprocos consortes pensando en la madre, en el padre, y deseando en el consorte lo que hay en el padre, en la madre: una virtud veraz.
Si tuviera que hablar hasta agotar el tema, no serían suficientes el día y la noche. Por ello, en atención a vosotros, concluyo. El resto, que os lo manifieste el Espíritu eterno. Yo echo la simiente y sigo caminando. En los buenos, la semilla echará raíz y dará espiga. Marchad. La paz sea con vosotros.
Quien se marcha se va raudo, quien se queda entra en la tercera pieza y come su pan o el que ofrecen los discípulos en nombre de Dios. Sobre rústicos apoyos han sido colocados unos tablones y paja donde pueden dormir los peregrinos.
La mujer velada se marcha con paso ágil; la otra, la que ya estaba llorando desde el principio, y ha seguido llorando sin interrupción mientras Jesús hablaba, se mueve incierta y luego se decide a marcharse.
Jesús entra en la cocina para tomar alimento; pero apenas acaba de empezar a comer y ya le tocan a la puerta.
Se levanta Andrés, que está más cerca, y sale al patio. Habla y luego vuelve:
-Maestro, una mujer, la que lloraba, pregunta por ti. Dice que tiene que marcharse y que debe hablarte.
-Pero en este plan ¿cómo y cuándo come el Maestro? - exclama Pedro.
-Debías haberle dicho que viniera más tarde - dice Felipe.
-Silencio. Luego como. Seguid vosotros.
Jesús sale. La mujer está afuera.
-Maestro… una palabra… Tú has dicho… ¡Oh…, ven detrás de la casa! ¡Es penoso manifestar mi dolor.
Jesús condesciende, sin decir palabra; se limita, una vez detrás de la casa, a preguntar:
-¿Qué quieres de mí?
-Maestro… te he oído antes, cuando hablabas entre nosotros… y luego te he oído mientras predicabas. Parece como si hubieras hablado para mí. Has dicho que en toda enfermedad física o moral está Satanás… Yo tengo un hijo enfermo en su corazón. ¡Ojalá te hubiera oído cuando hablabas de los padres! Es mi tormento. Se ha desviado con malos compañeros y es… es exactamente como Tú dices… ladrón (por ahora, en casa, pero…). Es un pendenciero… un avasallador… Siendo, como es, joven, se destruye con la lujuria y la crápula. Mi marido quiere echarlo de casa. Yo… yo soy su madre… y muero de dolor. ¿Ves cómo jadea mi pecho? Es el corazón que se me parte de tanto dolor. Desde ayer deseaba hablarte, porque… espero en ti, Dios mío; pero, no me atrevía a decir nada. ¡Es tan doloroso para una madre decir: "Tengo un hijo cruel"!…
La mujer llora, curvada y doliente, ante Jesús.
-No llores más. Quedará curado de su mal.
-Si pudiera oírte, sí; pero no quiere oírte. ¡Oh…, nunca sanará!
- ¡Tienes fe tú por él? ¿Tienes voluntad tú por él?
-¿Y me lo preguntas? Vengo de la Alta Perea para rogarte por él…
-Pues entonces ve. Cuando llegues a tu casa, tu hijo te saldrá al encuentro arrepentido.
-Pero, ¿cómo?
-¿Cómo? ¿Crees que Dios no puede hacer lo que Yo pido? Tu hijo está allí, Yo estoy aquí, pero Dios está en todas partes… y Yo le digo a Dios: "Padre, piedad por esta madre". Y Dios hará tronar su llamada en el corazón de tu hijo. Ve, mujer.
Un día pasaré por las calles de tu ciudad, y tú, orgullosa de tu hijo, saldrás a recibirme con él. Y cuando él llore sobre tus rodillas, pidiéndote perdón y contándote su misteriosa lucha, de la que salió con alma nueva, y te pregunte cómo sucedió, dile: "Por Jesús has nacido de nuevo al bien". Háblale de mí. Si has venido a mí, es señal de que conoces; haz que él conozca y me lleve en su pensamiento para tener consigo la fuerza salvadora. Adiós.
La paz a la madre que ha tenido fe, al hijo que vuelve, al padre contento, a la familia restaurada. Ve.
La mujer se va en dirección al pueblo y todo termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Hay un gran desconcierto entre los discípulos. Su agitación es tanta, que parecen un enjambre cuando se le hurga.
Hablan, miran fuera, nerviosamente, hacia todas partes… Jesús no está. Finalmente toman una decisión respecto a lo que los tiene agitados. Pedro ordena a Juan:
-Ve a buscar al Maestro. Está en el bosque, junto al río. Dile que venga enseguida, o que diga lo que debe hacerse.
Juan se marcha a todo correr.
Judas Iscariote dice:
-No entiendo por qué tanta convulsión y malos modos. Yo habría ido y le habría acogido con todos los honores… Es un honor, el suyo, para nosotros. Por tanto…
-Yo no sé nada. Será distinto de su hermano de leche… Pero… a quien convive con las hienas se le pega el olor y el instinto. Por lo demás, tú querrías que se marchara esa mujer… ¡Cuidado con lo que haces! El Maestro no quiere, y yo debo tutelarla. Si la tocas… yo no soy el Maestro… Te lo digo para tu conocimiento.
-¡Venga hombre! ¿Pero quién es? ¿Es acaso la bella Herodías?
-¡No te hagas el gracioso!
-Si me hago el gracioso es por ti. Has creado en torno a ella una guardia real, como si se tratara de una reina…
-El Maestro me ha dicho: "Mira porque no se la disturbe, y respétala". Yo lo hago.
-Pero, ¿quién es? ¿Lo sabes? - pregunta Tomás.
-Yo no.
-Venga, dilo… Tú lo sabes… - insisten varios.
-Os juro que no sé nada. El Maestro sí que lo sabe, claro. Pero yo no.
-Deberá ser Juan quien se lo pregunte. A él le dice todo.
-¿Por qué? ¿Qué tiene de especial Juan? ¿Es un dios, tu hermano?
-No, Judas; es el mejor de nosotros.
-Podéis ahorraros el trabajo - dice Santiago de Alfeo - Ayer la vio mi hermano, mientras volvía del río con los peces que le había dado Andrés, y se lo preguntó a Jesús. Él respondió: "No tiene rostro. Es un espíritu que busca a Dios. Para mí no es más que esto y así quiero que sea para todos". Y dijo ese "quiero" de tal manera… que os aconsejo que no insistáis.
-Voy yo a donde ella - dice Judas de Keriot.
-Vamos a ver si eres capaz - dice Pedro, rojo como un gallito.
-¿Me espías para luego chivarte ante Jesús?
-Dejo ese oficio a los del Templo. Nosotros, del lago, nos ganamos el pan trabajando, no delatando. No temas nunca un chivatazo de Simón de Jonás. Pero no me provoques ni te permitas desobedecer al Maestro, porque estoy yo…
-¿Y tú quién eres? Un pobre hombre como yo.
-Sí señor. Es más, más pobre, más ignorante, menos cultivado que tú. Lo sé, y no me amargo por ello. Me amargaría si fuera como tú en el corazón. Pero el Maestro me ha dado este encargo y yo lo hago.
-¿Como yo en el corazón? ¿Y qué es lo que hay en mi corazón que te dé asco? Habla, acusa, ofende…
-¡Pero bueno! - reacciona Simón Zelote, y con él Bartolomé. -Pero bueno, ya está bien, Judas. Respeta las canas de Pedro.
-Respeto a todos, pero quiero saber qué es lo que hay en mí…
-Pues te voy a dar gusto inmediatamente… Dejadme hablar… Hay soberbia, tanta como para llenar esta cocina, hay falsedad y hay lujuria.
-¿A mí me llamas falso?
Todos se interponen, y Judas se ve obligado a callarse.
Simón, pacíficamente, le dice a Pedro:
-Perdona, amigo, si te digo una cosa. Él tiene defectos.
Pero tú también tienes algunos, y uno de ellos es el no compadecer a los jóvenes. ¿Por qué no tienes en cuenta la edad, el origen… y tantas otras cosas? Mira, tú obras por amor a Jesús. Pero, ¿no te das cuenta de que estas disputas lo cansan? A él no se lo digo (y, señala a Judas), pero a ti, maduro y muy honesto, sí te pido esto. Él sufre muchas penas a causa de los enemigos. ¡Y añadirle nosotros otras!… Tiene mucha guerra a su alrededor. ¿Por qué creársela también en su propio nido?
-Es verdad. Jesús está muy triste… y ha adelgazado - dice Judas Tadeo - Por la noche lo oigo dar vueltas y vueltas en su lecho, y suspirar. Hace algunas noches me levanté y lo vi en oración llorando. Le dije: "¿Qué te sucede?". Y Él me abrazó y me dijo: "Ámame. ¡Qué duro es ser el 'Redentor'!"
-Yo también lo encontré con signos de haber llorado, en el bosque del río - dice Felipe - Y, ante mi mirada interrogativa, me respondió: "¿Sabes lo que hace que el Cielo y la Tierra sean distintos, después de la diversidad de la no presencia visible de Dios? Es la falta de amor entre los hombres. Me estrangula como un dogal. He venido aquí a esparcir unos granos para los pájaros y así ser amado por seres que se aman".
Judas Iscariote (debe estar un poco desequilibrado) se arroja al suelo y llora como un chiquillo.
Justo en ese momento entra Jesús con Juan:
-¿Pero qué está sucediendo? ¿Este llanto?…
-Culpa mía, Maestro. He cometido un error. He reprendido a Judas demasiado duramente - dice Pedro con franqueza.
-No… yo… yo… el culpable soy yo. Yo soy… Yo te doy dolor… yo no soy bueno… yo molesto, creo malhumor, desobedezco, soy… Tiene razón Pedro. ¡Ayudadme, pues, a ser bueno! Porque aquí yo tengo una cosa, aquí en el corazón, que me hace hacer cosas que no querría. No puedo evitarlo… y te doy dolor a ti, a ti, Maestro, a quien querría dar sólo alegría…
¡Créelo! No es falsedad…
-Pues claro, Judas. No lo dudo. Tú has venido a mí con plena sinceridad de corazón, con ímpetu genuino. Pero eres joven… Nadie, ni siquiera tú mismo, te conoces como Yo te conozco. ¡Animo! Levántate y ven aquí. Luego hablaremos nosotros dos solos. Hablemos entretanto del asunto por el que me habéis llamado. Ha venido Manahén… Bien, ¿dónde está el mal?
¿Acaso no puede un colateral de Herodes tener sed del Dios verdadero? ¿Teméis por mí? No, hombre, no. Tened fe en Mi palabra. Ese hombre no viene sino con un fin honesto.
-¿Y, entonces, por qué no se ha dado a conocer? - preguntan los discípulos.
-Precisamente porque viene como "alma", y no como hermano de leche de Herodes. Se ha recubierto de silencio porque piensa que ante la palabra de Dios nada significa la parentela con un rey… Y nosotros vamos a respetar su silencio.
-¿Y si lo enviara él?…
-¿Quién? ¿Herodes? No. No temáis.
-¿Entonces quién lo envía? ¿Cómo ha sabido de ti?
-Pues, por el mismo Juan, mi primo. ¿Creéis que no me habrá predicado en la cárcel? O por Cusa… o por la voz de la gente… o por el mismo odio de los fariseos… Hasta las frondas y el aire hablan ya de mí. La piedra ha sido lanzada a la inmóvil agua, el mazo ha percutido el bronce: las ondas se difunden, cada vez mayores, portando a la lejana agua la revelación, y el sonido lo entrega confiado a los espacios… La Tierra ha aprendido a decir: “Jesús" y nunca más se callará. Marchad… y sed amables con él, como con cualquiera. Marchad. Yo me quedo con Judas.
Los discípulos se marchan.
Jesús mira a Judas, aún lacrimoso, y pregunta:
-¿Entonces? ¿No tienes nada que decirme? Yo sé de ti todo, pero quiero saberlo de ti. ¿Por qué este llanto? Y, sobre todo, ¿por qué este desequilibrio que te tiene siempre tan descontento?
-¡Oh!, sí, Maestro. Tú lo has dicho. Soy celoso por naturaleza. Ciertamente lo sabes. Sufro viendo que… viendo muchas cosas. Esto me hace estar inquieto y… me hace injusto, y me vuelvo malo, aunque no querría, no…
-¡No llores otra vez, hombre! ¿De qué estás celoso? Habitúate a hablar con tu verdadera alma. Tú hablas mucho, hasta demasiado: pero, ¿con qué?: con el instinto y con la mente. Sigues todo un fatigoso y continuo laborío para decir lo que quieres decir: hablo de ti, de tu yo, porque para lo que debes decir de los demás y a los demás no te pones rienda ni límite; como tampoco pones ni rienda ni límite a tu carne, que es tu caballo enloquecido. Pareces un auriga al que el intendente de las carreras hubiera dado dos caballos locos. Uno es el sentido, el otro… ¿quieres oír cuál es el otro? ¿Sí? Es el error que no quieres domar. Tú, auriga capaz pero imprudente, te fías de tu capacidad, y crees que es suficiente. Quieres llegar el primero… no pierdes tiempo en cambiar al menos un caballo. Antes bien, los instigas y golpeas con el látigo. Quieres ser "el vencedor".
Quieres el aplauso… ¿No sabes que toda victoria resulta segura cuando se conquista con constante, paciente, prudente esfuerzo? Habla con tu alma. De ahí es de donde deseo que provenga tu confesión. ¿O es que tengo que ser Yo quien te diga lo que tienes dentro?
-Veo que tampoco Tú eres justo, ni firme, y sufro por ello.
-¿Por qué me acusas? ¿En qué ves que he faltado?
-Cuando yo quería llevarte donde mis amigos, Tú no quisiste, diciendo: "Prefiero estar entre los humildes".
Posteriormente, Simón y Lázaro te dijeron que convenía ponerse bajo la protección de una persona poderosa y Tú aceptaste. Tú das preferencia a Pedro, a Simón, a Juan… Tú…
-¿Qué más?
- Nada más, Jesús.
-¡Nubes!… Vacuidades en la espuma de la ola. Me das pena, porque eres un pobre miserable que, pudiendo estar alegre, te torturas. ¿Acaso puedes decir que es lujoso este lugar?, ¿que no hubo una poderosa razón que me movió a aceptarlo?
Si Sión fuera menos madrastra para con sus profetas, ¿estaría aquí, escondido como quien teme a la justicia humana, y se refugia en un lugar que goza de inmunidad?
-No.
-¿Entonces? ¿Puedes acaso decir que no te haya encomendado misiones como a los demás?, ¿o que haya sido cortante contigo incluso cuando has cometido una falta? Tú no has sido sincero… ¡Las cepas!… ¡Oh, las cepas! ¿Qué nombre tenían esas cepas? Tú no has mostrado complacencia hacia quien sufría, hacia quien se estaba redimiendo. Ni siquiera has sido respetuoso conmigo. Y los demás lo han visto… Y, con todo, una sola voz se ha alzado defensora siempre: la mía. Los otros tendrían derecho a sentirse celosos, porque si ha habido uno que ha gozado de protección, ése has sido tú.
Judas, humillado y conmovido, se echa a llorar.
-Me voy. Es la hora, ahora soy de todos. Tú quédate, y medita.
-Perdóname, Maestro. No puedo sentirme en paz sin tu perdón. No estés triste por causa mía. Soy un joven malo…
Amo y hago padecer… Con mi madre… contigo… con mi mujer, si mañana tuviera una esposa… ¡Mejor sería que yo muriera!…
-Mejor sería que te convirtieras. No obstante, quedas perdonado. Adiós.
Jesús sale y entorna la puerta.
Fuera está Pedro:
-Ven, Maestro. Ya es tarde y hay mucha gente. Empezará a atardecer dentro de poco y ni siquiera has comido… Ese muchacho es la causa de todo.
-Ese "muchacho" tiene necesidad de todos vosotros para dejar de ser la causa de estas cosas. No lo olvides, Pedro. Si fuera tu hijo, ¿serias indulgente con él?…
-¡Bueno!… Sí y no. Sería indulgente… pero… también le enseñaría alguna cosa, aun siendo ya hombre, como lo haría con un gamberro. La verdad es que si fuera mi hijo no sería así…
-Basta.
-Sí, basta, Señor mío. Allí está Manahén. Es aquel del manto de un rojo tan oscuro que es casi negro. Me ha dado esto para los pobres y me ha dicho que si podía quedarse a dormir.
-¿Qué has respondido?
-La verdad: "Tenemos camas sólo para nosotros. Ve al pueblo" - Jesús no dice nada, pero deja plantado a Pedro y se dirige hacia donde Juan para decirle algo.
Luego, ya en su puesto, comienza a hablar:
-La paz esté con todos vosotros, y con ella descienda sobre vosotros luz y santidad. Está escrito: "No profieras en vano mi Nombre". ¿Cuándo se le toma en vano? ¿Sólo cuando se le blasfema? No. También cuando uno lo profiere sin ser digno de Dios. ¿Puede un hijo decir: `Amo y honro a mi padre", si luego, a todo lo que el padre desea de él opone una acción contraria?
No es diciendo: "padre, padre" como se le ama. No es diciendo: "Dios, Dios", como se ama al Señor. 'En Israel, que - como he explicado anteayer - tiene tantos ídolos en el secreto de los corazones, existe también un hipócrita alabar a Dios, un alabar que no queda corroborado por las obras de quienes lo hacen.
Hay en Israel también una tendencia: la de descubrir muchos pecados en las cosas externas, y no querer encontrarlos donde realmente existen, en las cosas internas. Tiene también Israel una necia soberbia, un antihumano y antiespiritual hábito: el de estimar blasfemia el Nombre de nuestro Dios pronunciado por labios paganos, llegando a prohibirles a los gentiles el acercarse al Dios verdadero porque se considera sacrilegio.
Así ha sido hasta ahora; cese ya.
El Dios de Israel es el mismo Dios que ha creado a todos los hombres. ¿Por qué impedir que los seres creados sientan la atracción de su Creador? ¿Creéis que los paganos no sienten algo en el fondo dei corazón, una insatisfacción que grita, que se agita, que busca?; ¿a quién?, ¿qué?: al Dios desconocido. ¿Y pensáis que si un pagano orienta su propio ser hacia el altar del Dios desconocido, hacia ese altar incorpóreo que es el alma en que siempre hay un recuerdo de su Creador, el alma que espera ser poseída por la gloria de Dios (como lo fue el Tabernáculo erigido por Moisés según la orden recibida y que llora hasta no quedar poseída, pensáis que Dios rechaza su ofrecimiento como si de una profanación se tratase? ¿Y creéis que es pecado ese acto, suscitado por un honesto deseo del alma que, despertada por celestes llamadas, dice "voy" al Dios que le está diciendo "ven", mientras que por el contrario sería santidad el corrompido culto de un Israel que ofrece al Templo lo que tras haber gozado le sobra, y entra a la presencia de Dios y lo nombra - al Purísimo - con alma y cuerpo que no son sino toda una gusanera de culpas?
No. En verdad os digo que es en ese israelita, que con alma impura pronuncia en vano el Nombre de Dios, donde se da la perfección del sacrilegio. Es pronunciarlo en vano cuando - y estúpidos no sois - cuando, por el estado de vuestra alma sabéis que lo pronunciáis inútilmente. ¡Oh, verdaderamente veo el rostro indignado de Dios, volviéndose hacia otra parte con disgusto, cuando un hipócrita lo llama, cuando lo nombra un impenitente! Y siento terror de ello, Yo que no merezco ese enojo divino.
Leo en más de un corazón este pensamiento: "Pero entonces, aparte de los niños, ninguno podrá invocar a Dios, dado que en todas partes en el hombre hay impureza y pecado". No. No digáis eso. Son los pecadores quienes deben invocar ese Nombre. Deben invocarlo quienes se sienten estrangulados por Satanás y quieren liberarse del pecado y del Seductor. Quieren.
He aquí lo que transforma el sacrilegio en rito. Querer curarse. Llamar al Poderoso para ser perdonados y para ser curados.
Invocarlo para poner en fuga al Seductor.
Está escrito en el Génesis que la Serpiente tentó a Eva en el momento en que el Señor no paseaba por el Edén. Si Dios hubiera estado en el Edén, Satanás no habría podido estar.
Si Eva hubiera invocado a Dios, Satanás habría huido. Tened siempre en el corazón este pensamiento. Y llamad con sinceridad al Señor. Ese Nombre es salvación.
Muchos de vosotros quieren bajar a purificarse. Purificaos primero el corazón, incesantemente, escribiendo en él, con el amor, la palabra "Dios". No con engañosas oraciones o con prácticas consuetudinarias, sino con el corazón, con el pensamiento, con los actos, con todo vosotros mismos, pronunciad ese Nombre: Dios. Pronunciadlo para no estar solos, pronunciadlo para ser sostenidos, pronunciadlo para ser perdonados.
Comprended el significado de la palabra del Dios del Sinaí: "En vano" es cuando decir "Dios" no supone una transformación en bien; y entonces, es pecado. "En vano" no es cuando, como el latido de sangre en el corazón, cada minuto de vuestro día, y toda acción vuestra honesta, toda necesidad, tentación, todo dolor os trae a los labios la filial palabra de amor:
"¡Ven, Dios mío!". Entonces, en verdad, no pecáis nombrando el Nombre santo de Dios.
Marchad. La paz sea con vosotros.
No hay ningún enfermo. Jesús permanece con los brazos cruzados apoyado contra la pared, bajo el techado en que ya descienden las sombras. Jesús mira a quienes se marchan en los asnos, a quien se apresura a ir al río movido por un impulso de purificación, a quien, a través de los campos, se dirige hacia el pueblo.
El hombre vestido de rojo oscurísimo parece inseguro respecto a qué se debe hacer. Jesús no le quita ojo. Al final se pone en movimiento y va hacia su caballo (porque tiene un caballo blanco bellísimo, adornado con una gualdrapa roja que pende bajo la silla bollonada).
-¡Hombre, espérame! - dice Jesús llegándose a él - Cae la tarde. ¿Tienes dónde dormir? ¿Vienes de lejos? ¿Estás solo?
El hombre responde:
-Desde muy lejos… e iré… no lo sé… al pueblo, si encuentro… si no… a Jericó… Allí he dejado la escolta; no me fiaba de ella.
-No. Te ofrezco mi cama. Ya está preparada. ¿Tienes qué comer?
-No tengo nada. Creía encontrar un pueblo más hospitalario…
-Nada falta allí.
-Nada. Ni siquiera el odio hacia Herodes. ¿Sabes quién soy?
-El nombre de quienes me buscan es uno sólo: hermanos en el nombre de Dios. Ven. Partiremos juntos el pan. Puedes resguardar el caballo en ese recinto; lo vigilo Yo, que dormiré allí.
-No. Jamás. Yo duermo allí. Acepto el pan, pero nada más. No meteré mi cuerpo sucio donde Tú recuestas tu cuerpo santo.
-¿Me estimas santo?
-Sé que eres santo. Juan, Cusa… tus obras… tus palabras… Todo ello resuena en palacio como el rumor de una ola tempestuosa en la concha que lo conserva. Yo bajaba a donde Juan… luego lo perdí. Pero me había dicho: "Uno que es más que yo te recogerá y te elevará". Sólo podías ser Tú. He venido en cuanto he sabido dónde estabas.
Están ahora solos bajo el techado. Los discípulos, en la cocina, cuchichean y miran de reojo.
Vuelve del río Simón el Zelote (que hoy era el que bautizaba) con los últimos que habían recibido el bautismo. Jesús, después de bendecirlos, dice a Simón:
-Este hombre es el peregrino que busca alojamiento en nombre de Dios, y en el nombre de Dios lo saludamos como amigo.
Simón se inclina. También lo hace el hombre. Entran en la vasta pieza y Manahén ata el caballo al pesebre. Acude Juan, advertido por un gesto de Jesús, llevando hierba y un cubo de agua. Acude igualmente Pedro, con una lamparita de aceite porque ya es de noche.
-Aquí estaré extraordinariamente. Dios os lo pague - dice el caballero, y luego entra entre Jesús y Simón en la cocina, iluminada por un haz de ramas secas encendido en ese momento.
Todo termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
-Está escrito: "No te harás dioses en mi presencia. No te harás ninguna escultura, ni representación de lo que hay arriba en el cielo aquí, abajo, en la tierra o en las aguas que están bajo ella. No adorarás tales cosas, ni les prestarás culto. Yo soy el Señor tu Dios, fuerte y celoso, que visita la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de aquellos que me odian, y concede misericordia hasta la milésima de aquellos que lo aman y observan sus mandamientos".
La voz de Jesús retumba en la amplia estancia, que está llena de gente, dado que está lloviendo y todos se han resguardado en ella. En primera fila hay cuatro personas enfermas: un ciego, guiado por una mujer; un niño enteramente lleno de costras; una mujer amarilla debido a la ictericia o a la malaria; y uno al que han llevado en una pequeña camilla.
Jesús habla apoyado sobre el pesebre vacío. Juan y los dos primos, junto con Mateo y Felipe, están a su lado, mientras que Judas, Pedro, Bartolomé, Santiago y Andrés están en la puerta, para que la entrada de los que siguen llegando se efectúe con orden; Tomás y Simón, por su parte, se mueven entre la gente, haciendo callarse a los niños, recogiendo los óbolos,
escuchando peticiones.
"No te harás dioses en mi presencia.”
Habéis oído cómo Dios está en todas partes con su mirada y con su voz. Verdaderamente siempre estamos en su presencia. Cerrados dentro de una estancia, o entre el público del Templo, estamos igualmente en su presencia. Ya seamos ocultos benefactores que hasta a quien recibe el favor le celamos nuestro rostro, ya seamos asesinos que asaltan y asesinan
bárbaramente al viandante en un desfiladero solitario, estamos igualmente en su presencia.
En su presencia está el rey rodeado de su corte, el soldado en el campo de batalla, el levita en el Templo, el sabio encorvado sobre los libros, el campesino en el surco, el mercader en su banco, la madre inclinada hacia la cuna, la esposa en la cámara nupcial, la virgen en el secreto de la paterna morada, el niño pequeño estudiando en la escuela, el anciano cuando se echa para morir. Todos en su presencia, todas las acciones, igualmente, en su presencia.
¡Todas las acciones del hombre! ¡Tremenda palabra, pero, al mismo tiempo, consoladora!: tremenda si las acciones son pecaminosas; consoladora, si son santas. Saber que Dios ve: impedimento para obrar mal; estímulo para obrar bien. Dios ve que me comporto bien. Yo sé que Él no olvida lo que ve. Yo creo que Él premia las buenas acciones. Por tanto, estoy seguro de obtener este premio, y en esta seguridad descanso. Ella me dará una vida serena y una plácida muerte, porque, ya en vida, ya en muerte, mi alma se verá consolada por el rayo estelar de la amistad de Dios. Así razona quien obra bien.
Pero, quien obra mal ¿por qué no piensa que entre las acciones prohibidas se encuentran los cultos idolátricos? ¡Por qué no dice: "Dios ve que mientras finjo un culto santo adoro a un dios o dioses engañadores a quienes he erigido un altar, secreto ante los ojos de los hombres, pero que Dios conoce"? ¿Qué dioses, diréis, si ni siquiera en el Templo hay figuras de Dios? ¿Qué rostro tienen estos dioses, si nos ha resultado imposible atribuirle un rostro al verdadero Dios?
Sí, imposible atribuirle un rostro, porque el Perfecto y el Purísimo no puede ser dignamente representado por el hombre.
Sólo el espíritu vislumbra su incorpórea y sublime belleza, y oye su voz, y saborea su caricia cuanto Él se efunde sobre un santo merecedor de estos contactos divinos. Mas el ojo, el oído, la mano del hombre no pueden ni ver ni oír, ni representar con el sonido en la cítara, o con el martillo y el cincel en el mármol, lo que es el Señor. ¡Oh, felicidad sin fin cuando, oh espíritus de los justos, veáis a Dios! La primera mirada será la aurora de la beatitud que por los siglos de los siglos será compañera vuestra.
Y, no obstante, lo que no pudimos hacer respecto al verdadero Dios, el hombre lo hace respecto a los dioses engañadores. Y así uno erige el altar a la mujer; el otro, al oro; el otro, al poder; el otro, a la ciencia; el otro, a los triunfos militares; uno adora al hombre que tiene poder, semejante a él por naturaleza, superior sólo en ímpetu avasallador o en dinero; otro se adora a sí mismo diciendo: "No hay quien se me iguale". Éstos son los dioses de quienes pertenecen al pueblo de Dios.
No os asombréis de los paganos que adoran animales, reptiles y astros. ¡Cuántos reptiles! ¡Cuántos animales! ¡Cuántos astros apagados adoráis en vuestros corazones! Los labios pronuncian palabras mentirosas, para adular, para poseer, para corromper. ¿No son, acaso, éstas las oraciones de los secretos idólatras? Los corazones nutren pensamientos de venganza, de tráficos ilícitos, de prostitución. ¿Y no son, acaso, éstos los cultos a los dioses inmundos del placer, de la codicia, del mal?
Está escrito: "No adorarás nada que no sea tu Dios verdadero, único, eterno". Está escrito: "Yo soy el Dios fuerte y celoso".
Fuerte: Ninguna otra fuerza es más fuerte que la suya. El hombre es libre de actuar, Satanás es libre de tentar. Pero cuando Dios dice: “¡Basta!", el hombre no puede ya actuar mal, y Satanás ya no puede tentar - repelido y arrojado éste a su infierno, abatido aquél por el uso en su mala conducta, porque ésta tiene un límite más allá del cual Dios no permite que se
vaya.
Celoso. ¿De qué? ¿Con qué celos? ¿Los celos mezquinos de los pequeños hombres? No. Los santos celos de Dios respecto a sus hijos. Los justos celos. Los amorosos celos. Os ha creado. Os ama. Os desea para sí. Sabe lo que os perjudica. Conoce lo que puede separaros de Él. Se siente celoso de este "que" que se mete entre el Padre y los hijos y los desvía del único amor que es salvación y paz: Dios.
Entendemos estos sublimes celos; no mezquinos, ni crueles ni carceleros, sino amor infinito, infinita bondad, libertad sin límites, celos que se ofrecen a la criatura finita para aspirarla perdurablemente hacia Dios, hacia dentro de Dios, y hacerla copartícipe de su infinitud. Un padre bueno no quiere gozar solo sus riquezas, sino que quiere que sus hijos las disfruten con él - en el fondo las ha acumulado más para sus hijos que para sí -. Pues así Dios; pero llevando en este amor y deseo la perfección que reside en toda acción suya.
No defraudéis al Señor. Hay promesa suya de castigo sobre los culpables y sobre los hijos de los hijos culpables; y Dios no miente nunca en sus promesas. ¡Pero no se deprima vuestro ánimo, hijos del hombre y de Dios! Oíd la otra promesa y exultad:
"Y concede misericordia hasta la milésima de aquellos que lo aman y observan sus mandamientos". Hasta la milésima generación de los buenos, y hasta la milésima debilidad de los pobres hijos del hombre, que caen no por malicia sino por irreflexividad y por las celadas tendidas por Satanás. Más aún: os digo que Él os abre los brazos, si, con el corazón contrito y el rostro lavado por el llanto, decís: "Padre, he pecado, lo sé, me humillo por ello y a ti me confieso; perdóname. Tu perdón será mi fuerza para volver a `vivir' la verdadera vida".
No temáis. Antes de que vosotros pecarais por debilidad, Él sabía que pecaríais. Mas su corazón se cierra sólo cuando persistís en el pecado queriendo pecar, haciendo de un pecado en concreto, o de muchos pecados, vuestros dioses de horror.
Abatid todo ídolo, haced sitio al Dios verdadero; Él descenderá con su gloria a consagrar vuestro corazón, cuando se vea Él solo en vosotros.
Devolvedle a Dios su morada, que está en los corazones de los hombres, y no en los templos de piedra. Lavad el umbral de su puerta, liberad su interior de todo inútil o culpable dispositivo. Dios sólo. Sólo Él. ¡Todo es Él! Y en nada es inferior al Paraíso el corazón de un hombre en que esté Dios, el corazón de un hombre que cante su amor al Huésped divino.
Haced un Cielo de cada corazón. Empezad a vivir con el Excelso. En vuestro eterno mañana ese vivir con El se perfeccionará en potencia y alegría, mas aquí tendrá ya tal entidad, que dejará atrás la temblorosa turbación de Abraham, Jacob y Moisés. No será ya, en efecto, el encuentro incisivo como rayo, y aterrador, con el Poderoso, sino la permanencia con el Padre
y el Amigo que descienden para decir: "Mi alegría es estar entre los hombres. Tú me haces feliz. Gracias, hijo".
Los presentes, que superan el centenar, tardan algo en salir de su estado de encantamiento. Hay quien se da cuenta de que está llorando o sonriendo por la misma esperanza de gozo.
Finalmente parece que se despiertan, emiten un murmullo, un fuerte suspiro y terminan gritando como sintiéndose liberados:
-¡Bendito seas! ¡Tú nos abres la vía de la paz!
Jesús sonríe y responde:
-La paz está en vosotros, si seguís desde hoy el Bien.
Luego va a donde los enfermos y pasa la mano sobre el niño enfermo, sobre el ciego y sobre la mujer toda amarilla, se inclina hacia el paralítico y dice:
-Quiero.
El hombre lo mira, y grita:
-¡Ha vuelto el calor al cuerpo apagado! - y se pone en pie, tal y como está, hasta que le echan encima la manta de la yacija. La madre, por su parte, levanta al niño, que ya no tiene costras, y el ciego parpadea a causa de su primer contacto con la luz; y unas mujeres gritan: « ¡Dina ya no está amarilla como los ranúnculos silvestres!».
El alboroto llega a su colmo. Hay quien grita, quien bendice, quien empuja para ver, quien trata de salir para ir al pueblo a decirlo. Jesús se ve asaltado por todas partes.
Pedro, viendo que casi lo aplastan, grita:
-¡Muchachos! ¡Que lo asfixian al Maestro! ¡Venga, a abrir paso!
Y con una verdadera gimnasia de codos, e incluso alguna patada en las espinillas, los doce logran abrirse paso y liberar a Jesús, y llevarlo afuera.
-Mañana me ocupo yo de esto - dice. -Tú en la puerta y los demás en el fondo. ¿Te han hecho daño?
-No.
-¡Parecían locos! ¡Qué formas!
-Déjalos. Se sentían felices… y Yo también con ellos. Id a quien pida el bautismo. Yo entro en casa. Tú, Judas, con Simón, darás el óbolo a los pobres. Todo. Nosotros tenemos mucho más de lo justo para apóstoles del Señor. Ve, Pedro, ve. No temas hacer demasiado. Yo te justifico ante el Padre porque te mando Yo. Adiós, amigos.
Y Jesús, cansado y sudoroso, se cierra en la casa, mientras los discípulos hacen cada uno su encargo con los peregrinos.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Yo soy el Señor tu Dios. Jesús bautiza como Juan
Desde ayer la gente se ha duplicado al menos. Hay también personas de clases menos comunes. Algunos han venido en burros y ahora están ingiriendo su comida bajo el cobertizo, en cuyos palos han atado sus asnos, en espera del Maestro.
El día está frío pero sereno. La gente cuchichea; los más doctos dan explicaciones de quién es y por qué el Maestro habla en ese lugar. Uno dice: «-Pero, ¿supera a Juan?
-No. Es distinto. Aquél - yo era de Juan - es el Precursor, y es la voz de la justicia; éste es el Mesías, y es la voz de la sabiduría y la misericordia.
-.¿Cómo lo sabes? - preguntan muchos.
-Me lo han dicho tres discípulos del Bautista de los que están siempre con él. ¡Si supieras qué cosas! Ellos lo vieron nacer.
Fijaos: nació de la luz. La luz era tan fuerte, que ellos, que eran pastores, abandonaron corriendo el redil, entre el ganado enloquecido de terror, y vieron que toda Belén estaba en llamas, y luego descendieron del cielo unos ángeles y apagaron el fuego con sus alas, y sobre el suelo estaba Él, el Niño nacido de la luz. Todo el fuego se transformó en una estrella…
-¡No, hombre, no, no es así!
-Sí, es así. Me lo ha dicho uno que era mozo de cuadra en Belén cuando yo era niño, y que ahora que el Mesías es hombre se gloría de ello.
-No es así. La estrella vino después, vino con aquellos magos de Oriente, aquellos de los que uno era descendiente de Salomón, y, por tanto, pariente del Mesías, porque Él es de David y David es padre de Salomón, y Salomón amó a la reina de Saba porque era hermosa y por los regalos que le había traído, y tuvo de ella un hijo, que es de Judá a pesar de ser de allende el
Nilo.
-¿Pero qué estás diciendo? ¿Estás loco?
-No. ¿Pretendes decir que no es cierto que su pariente le trajo los aromas como es costumbre entre reyes, y más aún de esa estirpe?
-Yo sé cómo sucedió verdaderamente - dice otro. «Así fue - lo sé porque Isaac es uno de los pastores y es amigo mío -, así fue: el Niño nació en un establo de la casa de David. Estaba profetizado…
-¿Pero no es de Nazaret?
-Dejadme hablar. Nació en Belén porque es de David, y era tiempo de edicto. Los pastores vieron una luz de insuperable belleza, y el más pequeño, porque era inocente, vio el primero al ángel del Señor, el cual habló con música de arpa diciendo: "Ha nacido el Salvador. Id y adorad", y, a continuación, una muchedumbre de ángeles cantó "Gloria a Dios y paz a los hombres buenos". Entonces los pastores fueron y vieron a un niñito en un pesebre entre un buey y un asno, y a la Madre y al padre. Y lo adoraron y luego lo condujeron a casa de una buena mujer. Y el Niño crecía como todos, hermoso, bueno, todo amor. Luego
vinieron los magos de allende el Eufrates y allende el Nilo, porque habían visto una estrella y reconocido en ella la estrella de Balaam. Pero el Niño ya podía andar. El rey Herodes ordenó el exterminio por celos de poder. Pero el ángel del Señor había advertido del peligro y los pequeñuelos de Belén murieron, pero no Él, que había huido más allá de Matarea. Después volvió a Nazaret, a trabajar como carpintero, y, habiendo llegado a su tiempo, después de haber sido anunciado por el Bautista, primo suyo, ha comenzado la misión y primero ha buscado a sus pastores. A Isaac lo liberó de una parálisis, después de treinta años de
enfermedad, e Isaac le predica incansablemente. Esto es. -¡Pues, no obstante, los tres discípulos del Bautista me han dicho verdaderamente esas palabras!» dice, disgustado, el
primero.
-Y son verdaderas. Lo que no es verdadero es la descripción del mozo de cuadra. ¿Se gloría? Haría bien en decir a los betlemitas que fueran buenos. Ni en Belén ni en Jerusalén puede predicar.
-Pero hombre, ¿cómo piensas que los escribas y fariseos deseen sus palabras? Esos son víboras y hienas, como los llama el Bautista.
-Yo querría que me curase. ¿Ves? Tengo una pierna con gangrena. He sufrido lo indecible para venir aquí en burro. Pero lo he buscado en Sión y ya no estaba… - dice uno.
-Lo han amenazado de muerte… - responde otro.
-¡Perros!
-Sí. ¿De dónde vienes?
-De Lida.
-¡Un largo camino!
-Yo… yo quisiera expresarle un pecado mío… Se lo he manifestado al Bautista… pero me ha recriminado de tal modo, que he huido. Creo que ya no podré ser perdonado… - dice un tercero.
-¿Pues qué es lo que has hecho?
-Mucho mal. A Él se lo manifestaré. ¿Qué decís? ¿Me maldecirá?
-No. Lo he oído hablar en Betsaida. Casualmente me encontraba allí. ¡Qué palabras! Hablaba de una pecadora. ¡Ah…, casi habría deseado ser ella para merecerlas!… -dice un anciano de aspecto grave.
-¡Ahí viene! - grita un buen número de personas.
-¡Misericordia! ¡Me da vergüenza! - dice el hombre que se siente culpable, y trata de huir.
-¿A dónde huyes, hijo mío? ¿Tanta negrura tienes en el corazón, que odias la Luz hasta el punto de tener que huir de ella? ¿Has pecado tanto como para tener miedo de mí: Perdón? ¿Pero qué pecado puedes haber cometido? Ni aun en el caso de que hubieras matado a Dios deberías tener miedo, si en ti hubiera verdadero arrepentimiento. ¡No llores! O ven, lloremos
juntos. Jesús que, alzando una mano, había hecho que se detuviera el fugitivo, ahora lo tiene estrechado contra sí, y se vuelve a quienes están esperando y dice:
-Un momento sólo, para aliviar a este corazón. Después estoy con vosotros.
Y se aleja hasta más allá de la casa, chocándose, al volver la esquina, contra la mujer velada, que está en su lugar de escucha. Jesús la mira fijamente un instante, luego continúa unos diez pasos y se detiene:
-¿Qué has hecho, hijo?
E1 hombre cae de rodillas. Es un hombre que tiene unos cincuenta años; un rostro quemado por muchas pasiones y devastado por un tormento secreto. Tiende los brazos y grita:
-Para gozarme con las mujeres dilapidé toda la herencia paterna, he matado a mi madre y a mi hermano… Desde entonces no he vuelto a tener paz… Mi alimento… ¡sangre! Mi sueño… ¡pesadilla!… Mi placer… ¡Ah! en el seno de las mujeres, en su grito de lujuria, sentía el hielo de mi madre muerta y el jadeo agonizante de mi hermano envenenado. ¡Malditas las
mujeres de placer, áspides, medusas, murenas insaciables, perdición, perdición, mi perdición!
-No maldigas. Yo no te maldigo…
-¿No me maldices?
-No. ¡Lloro y cargo sobre mí tu pecado!… ¡Cuánto pesa! Me quiebra los miembros, pero aun así lo abrazo estrechamente para anularlo por ti… y a ti te concedo el perdón. Sí. Yo te perdono tu gran pecado. Extiende Jesús las manos sobre la cabeza del hombre, que está sollozando, y ora:
-Padre, mi Sangre será derramada también por él. Por ahora, llanto y oración. Padre, perdona, porque está arrepentido.
¡Tu Hijo, a cuyo juicio todo ha sido remitido, así lo quiere!…
Permanece así durante unos minutos, luego se agacha para levantar al hombre y le dice:
-La culpa queda perdonada. Está en ti ahora el expiar, con una vida de penitencia, cuanto queda de tu delito».
-¿Dios me ha perdonado? ¿Y mi madre? ¿Y mi hermano?
-Lo que Dios perdona queda perdonado por todos, quienesquiera e sean. Ve y no vuelvas a pecar nunca.
El hombre llora aún con más intensidad y le besa la mano. Jesús lo deja con su llanto y vuelve hacia la casa. La mujer velada hace ademán como de ir a su encuentro, mas luego baja la cabeza y no se mueve. Jesús pasa delante de ella sin mirarla.
Ya está en su puesto. Empieza a hablar:
-Un alma ha vuelto al Señor. Bendita sea su omnipotencia, que arranca de las circunvoluciones de la serpiente demoníaca a sus almas creadas, y las conduce de nuevo por el camino de los Cielos.
-¿Por qué esa alma se había perdido? Porque había perdido de vista la Ley.
Dice el Libro que el Señor se manifestó en la cima del Sinaí con toda su terrible potencia, para, valiéndose también de ella, decir: "Yo soy Dios. Ésta es mi voluntad. Éstos son los rayos que tengo preparados para aquellos que se muestren rebeldes a la voluntad de Dios". Y antes de hablar impuso que nadie del pueblo subiera para contemplar a Aquel que es, y que incluso los sacerdotes se purificasen antes de acercarse al limen de Dios, para no recibir castigo. Esto fue así porque era tiempo de justicia y de prueba. Los Cielos estaban cerrados como por una losa que cubría el misterio del Cielo y el desdén de Dios, y sólo las saetas de la justicia alcanzaban, provenientes de los Cielos, a los hijos culpables. Mas ahora no es así. Ahora el Justo ha venido a consumar toda justicia y ha llegado el tiempo en que sin rayos y sin límites, la Palabra divina habla al hombre para darle Gracia y Vida.
La primera palabra del Padre y Señor es ésta: "Yo soy el Señor Dios tuyo".
En todo instante del día la voz de Dios pronuncia esta palabra y su dedo la escribe. ¿Dónde? Por todas partes. Todo lo dice continuamente: desde la hierba a la estrella, desde el agua al fuego, desde la lana al alimento, desde la luz a las tinieblas, desde el estar sano hasta la enfermedad, desde la riqueza a la pobreza. Todo dice: "Yo soy el Señor. Por mí tienes esto. Un pensamiento mío te lo da, otro te lo quita, y no hay fuerza de ejércitos ni de defensas que te pueda preservar de mi voluntad".
Grita en la voz del viento, canta en la risa del agua, perfuma en la fragancia de la flor, se incide sobre las cúspides de las montañas, y susurra, habla, llama, grita en las conciencias: "Yo soy el Señor Dios tuyo".
¡No os olvidéis nunca de ello! No cerréis los ojos, los oídos; no estranguléis la conciencia para no oír esta palabra. Es inútil, ella es; y llegará el momento en que en la pared de la sala del banquete, o en la agitada ola del mar, o en el labio del niño que ríe, o en la palidez del anciano que se muere, en la fragante rosa o en la fétida tumba, será escrita por el dedo de fuego de Dios.
Es inútil, llega el momento en que en medio de las embriagueces del vino y del placer, en medio del torbellino de los negocios, durante el descanso de la noche, en un solitario paseo… ella alza su voz y dice: "Yo soy el Señor Dios tuyo", y no esta carne que besas ávido, y no este alimento que, glotón, engulles, y no este oro que, avaro, acumulas, y no este lecho sobre el que te huelgas; y de nada sirve el silencio, o el estar solo, o durmiendo, para hacerla callar.
"Yo soy el Señor Dios tuyo", el Compañero que no te abandona, el Huésped que no puedes echar. ¿Eres bueno? Pues el huésped y compañero es el Amigo bueno. ¿Eres perverso y culpable? Pues el huésped y compañero pasa a ser el Rey airado, y no concede tregua. Mas no deja, no deja, no deja. Sólo a los réprobos les es concedido el separarse de Dios. Pero la separación es el tormento insaciable y eterno.
"Yo soy el Señor Dios tuyo", y añade: "que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud". ¡Oh, con qué verdad, ahora, realmente lo dice! ¿De qué Egipto, de qué Egipto te saca, hacia la tierra prometida, que no es este lugar, sino el Cielo, el eterno Reino del Señor en que no habrá ya hambre o sed, frío ni muerte, sino que todo rezumará alegría y paz, y de paz y de alegría se verá saciado todo espíritu!
De la esclavitud verdadera ahora os saca. He aquí el Libertador. Yo soy. Vengo a romper vuestras cadenas. Cualquier dominador humano puede conocer la muerte, y por su muerte quedar libres los pueblos esclavos. Pero Satanás no muere. Es eterno. Y es él el dominador que os ha puesto grilletes para arrastraros hacia donde desea. El Pecado está en vosotros, y el Pecado es la cadena con que Satanás os tiene cogidos. Yo vengo a romper la cadena. En nombre del Padre vengo, y por deseo mío. He aquí que, por tanto, se cumple la no comprendida promesa: "te saqué de Egipto y de la esclavitud".
Ahora esto tiene espiritualmente cumplimiento. El Señor Dios vuestro os saca de la tierra del ídolo que sedujo a vuestros progenitores, os arranca de la esclavitud de la Culpa, os reviste de Gracia, os admite en su Reino. En verdad os digo que quienes vengan a mí podrán, con dulzura de paterna voz, oír al Altísimo decir en su corazón bienaventurado: "Yo soy el Señor Dios tuyo y te traigo hacia mí, libre y feliz".
Venid. Volved al Señor corazón y rostro, oración y voluntad. La hora de la Gracia ha llegado.
Jesús ha terminado. Pasa bendiciendo y acariciando a una viejecita y a una niñita morenilla y toda risueña.
-Cúrame, Maestro. ¡Me aflige un mal grave! - dice el enfermo de gangrena.
-Primero el alma, primero el alma. Haz penitencia…
-Dame el bautismo como Juan. No puedo ir a él. Estoy enfermo.
-Ven.
Jesús baja hacia el río que se encuentra pasados dos grandísimos prados y el bosque que lo oculta. Se descalza, como también lo hace el hombre que hasta allí se ha arrastrado con las muletas. Descienden a la orilla, y Jesús, haciendo copa con las dos manos unidas, esparce el agua sobre la cabeza del hombre, que está dentro del agua hasta la mitad de las espinillas.
-Ahora quítate las vendas - ordena Jesús mientras vuelve a subir al sendero.
El hombre obedece. La pierna está curada. La multitud grita su estupor.
-¡Yo también!
-¡Yo también!
-¡Yo también el bautismo dado por ti! - gritan muchos.
Jesús, que ya está a medio camino, se vuelve:
-Mañana. Ahora marchaos y sed buenos. La paz sea con vosotros.
Todo termina y Jesús vuelve a casa, a la cocina que está oscura a pesar de que sean todavía las primeras horas de la tarde.
Los discípulos se le arremolinan en torno. Y Pedro pregunta
-¿Ese hombre al que has llevado detrás de la casa, qué tenía?
-Necesidad de purificación.
-No ha vuelto, de todas formas, y no estaba entre los que pedían el bautismo.
-Ha ido a donde lo he mandado.
-¿A dónde?
-A expiar, Pedro.
-¿A la cárcel?
-No. A hacer penitencia por todo el resto.
-¿No se purifica entonces con el agua?
-Es agua también el llanto.
-Sí, cierto. Ahora que has hecho el milagro, ¿quién sabe cuántos vendrán!… Eran ya el doble hoy…
-Sí. Si tuviera Yo que hacer todo, no podría. Vais a bautizar vosotros. Primero uno cada vez, luego seréis dos, tres, muchos.
Y Yo predicaré y curaré a los enfermos y a los pecadores.
-¿Nosotros, bautizar? ¡Oh, yo no soy digno de ello! ¡Quítame, Señor, esta misión! ¡Tengo yo necesidad de ser bautizado!
Pedro se ha puesto de rodillas y está en actitud suplicante.
Pero Jesús se inclina hacia él y dice:
-Pues tú vas a ser el primero en bautizar. Desde mañana.
-¡No, Señor! ¿Cómo puedo hacerlo, si estoy más negro que esa chimenea?
Jesús sonríe ante la sinceridad humilde del apóstol, de rodillas contra sus rodillas, sobre las cuales tiene unidas sus gruesas manos de pescador. Y lo besa en la frente, en el límite de su cabello entrecano que, áspero, se riza:
-Eso es. Te bautizo con un beso. ¿Estás contento?
-¡Cometería inmediatamente otro pecado para recibir otro beso!
-No, eso no. Nadie se burla de Dios, abusando de sus dones».
-¿Y a mí no me das un beso? Yo también tengo algún pecado – dice Judas Iscariote.
Jesús lo mira fijamente. Su mirada, muy mutable, pasa de la luz de la alegría, que la hacía clara mientras hablaba con Pedro, a una oscuridad severa, y yo diría que cansada, y dice:
-Sí… a ti también. Ven. Yo no actúo injustamente con nadie. Sé bueno, Judas. ¡Si tú quisieras!… Eres joven. Toda una vida para subir y subir, hasta la perfección de la santidad…» y lo besa.
-Ahora tú, Simón, amigo mío. Y tú, Mateo, victoria mía. Y tú, sabio Bartolmái. Y tú, Felipe, fiel. Y tú, Tomás, con tu jovial voluntad. Ven, Andrés, hombre de silencio activo. Y tú, Santiago del primer encuentro. Y ahora tú, alegría de tu Maestro. Y tú, Judas (Tadeo), compañero de niñez y de juventud. Y tú, Santiago, quien me recuerda al Justo, en el aspecto y en el corazón.
Todos, todos… Pero, acordaos de que mi amor es mucho, pero es necesaria también vuestra buena voluntad. Desde mañana daréis un paso más, hacia adelante, en vuestra vida de discípulos míos. Pensad, no obstante, que cada paso hacia adelante es un honor y una obligación.
-Maestro… un día me dijiste a mí, a Juan, a Santiago y a Andrés, que nos enseñarías a orar. Yo creo que si nosotros orásemos como lo haces tú, seríamos capaces de ser dignos del trabajo que quieres de nosotros - dice Pedro.
-En aquella ocasión te respondí: "Cuando estéis suficientemente formados, os enseñaré la oración sublime; para dejaros mi oración. Pero incluso ésta resultará inútil si la pronuncia sólo la boca. Por ahora, ascended con el alma y la voluntad a Dios".
La oración es un don que Dios concede al hombre y que el hombre dona a Dios.
-¿Cómo es esto? ¿Todavía no somos dignos de orar? Todo Israel ora… - dice Judas Iscariote.
-Sí, Judas. Pero tú mismo puedes ver por sus obras cómo ora Israel. Yo no quiero hacer de vosotros unos traidores.
Quien ora con lo externo, y por dentro está contra el bien, es un traidor.
-¿Y cuándo nos vas a habilitar para hacer milagros? - sigue preguntando Judas.
-¿Nosotros, hacer milagros?, ¿nosotros? ¡Misericordia eterna! ¡Y eso que bebemos agua pura! ¿Nosotros, milagros?
Pero muchacho, ¿estás delirando? - Pedro está escandalizado, asustado, fuera de sí.
-Él nos lo dijo, en Judea. ¿0 acaso no es verdad?
-Sí, es verdad, lo dije. Y lo haréis. Pero, mientras en vosotros haya demasiada carne, no tendréis milagros.
-Haremos ayunos - dice Judas Iscariote.
-No se requieren ayunos. Cuando digo carne quiero decir las pasiones corrompidas, la triple hambre, y tras esta pérfida trinidad, el séquito de sus vicios… Como hijos de una inmunda, bígama unión, la soberbia de la mente engendra, con la avidez de la carne y del poder, todo lo malo que hay en el hombre y en el mundo.
-Nosotros lo hemos dejado todo por ti - replica Judas.
-Pero no a vosotros mismos.
-¿Entonces tenemos que morir? Con tal de estar contigo lo haríamos; yo al menos…
-No. No pido vuestra muerte material. Pido que muera la animalidad y el satanismo en vosotros, y éste no muere mientras se siga satisfaciendo el hambre de la carne y mientras haya en vosotros mentira, orgullo, ira, soberbia, gula, avaricia, acidia.
-¡Somos muy humanos, junto a ti, muy santo!» dice sumisamente Bartolomé.
-Y siempre fue tan santo. Nosotros lo podemos decir - afirma el primo Santiago.
-Él sabe cómo somos… Y no debemos desanimarnos, sino decirle sólo: Danos día a día la fuerza de servirte. Si nosotros dijéramos: "No tenemos pecado", resultaríamos engañados y engañadores. ¿Y de quién al final? ¿De nosotros mismos que sabemos lo que somos, aunque no queramos decirlo? ¿De Dios, al cual no se le puede engañar' Pero si decimos: "Somos débiles y pecadores. Ayúdanos con tu fuerza y tu perdón", entonces Dios no nos defraudará, y en su bondad y justicia nos perdonará y nos purificará de las iniquidades de nuestros pobres corazones.
-Dichoso tú, Juan, porque la Verdad habla en tus labios, que tienen perfume de inocencia y sólo besan al adorable Amor - dice Jesús levantándose, y atrae hacia su corazón al predilecto, que ha hablado desde su rincón oscuro.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Si se compara esta baja y rústica casita con la casa de Betania, ciertamente es un aprisco, como dice Lázaro. Pero, si se la compara con las casas de los campesinos de Doras, es una vivienda incluso linda.
Muy baja y muy ancha, construida con solidez, tiene una cocina, o sea, una amplia chimenea en una estancia toda ahumada en la que hay una mesa, asientos, ánforas y un rústico bazar con unos platos y algunas copas. Una ancha puerta de madera tosca le da luz además de acceso. Luego, en la misma pared en que se abre ésta, hay otras tres puertas que introducen en tres piezas grandes, largas y estrechas, con las paredes blanqueadas con cal y el suelo de tierra batida como la cocina; en dos de éstas hay ahora unas yacijas. Parecen pequeñas salas-dormitorio. Los muchos ganchos fijados en las paredes son testimonio de que ahí se colgaban herramientas y quizás productos agrícolas. Ahora sirven para colgar capas y alforjas.
La tercera, más que una estancia, es un pasillo ancho, porque la largura está desproporcionada con respecto a la anchura, y está vacía. Debe haber servido como refugio para ganado, porque tiene un pesebre y argollas en la pared, y se ven en el suelo las hendiduras propias de terrenos pisados por cascos herrados. Ahora no hay nada.
Fuera, junto a este último recinto, un ancho pórtico rústico, hecho de un techo cubierto de haces de ramas y pizarra, apoyado sobre troncos de árbol apenas descortezados. No es ni siquiera un pórtico, es un cobertizo, porque está abierto por tres lados: dos de al menos diez metros de largo; el lado estrecho tiene unos cinco metros, no más. Durante el verano una parra debe extender de tronco a tronco sus ramas en el lado sur.
Ahora está desnuda, mostrando sus esqueléticas ramas; como también está desnuda una gigantesca higuera que en verano da sombra al pilón que está en el centro de la era, puesto sin duda para abrevar el ganado. Está al lado de un pozo rudimentario, o sea, de un agujero al ras del suelo apenas señalado por un círculo de piedras planas y blancas.
Ésta es la casa que acoge a Jesús y a los suyos en el lugar llamado “Agua Especiosa". Campos - o, mejor, prados y viñedo - la rodean, y, a la distancia de unos trescientos metros aproximadamente, se ve otra casa, entre los campos - más bonita, debido a que, al contrario de ésta, está provista de terraza en el tejado -. Más allá de esta otra casa, celan la vista bosques de olivos y de otros tipos de árboles, parte despojados de hojas, parte frondosos.
Pedro, su hermano y Juan trabajan con gusto barriendo la era y las estancias, haciendo las necesarias reparaciones en las camas, sacando agua. Es más, Pedro hace todo un montaje en torno al pozo para poner en funcionamiento y reforzar las sogas y hacer así más práctico y cómodo el sacar el agua. Por su parte los dos primos de Jesús trabajan con martillo y lima en cerraduras y contraventanas, y Santiago de Zebedeo los ayuda serrando y trabajando con el hacha como un obrero de astilleros.
Tomás está atareado en la cocina; sabe en manera tal dosificar lumbre y llama y limpiar expeditivo las verduras que el guapo de Judas se ha dignado traer del pueblo cercano, que parece un cocinero experto. Comprendo que hay un pueblo, más o menos grande, por la explicación de Judas de que el pan lo hacen sólo dos veces a la semana y de que, por tanto, ese día no hay pan.
Habiéndolo oído Pedro, dice:
-Pues haremos tortas en las brasas. Allí está la harina. Rápido, quítate el vestido y haz la masa, luego me ocupo yo de cocerlas; que sé hacerlo.
Y no puedo menos que echarme a reír viendo que Judas Iscariote se humilla, sólo con la prenda corta, amasando la harina, llenándose bien de polvo.
Jesús no está, y también faltan Simón, Bartolomé, Mateo y Felipe.
-Lo peor es hoy - responde Pedro a un refunfuño de Judas de Keriot -, pero ya mañana irá mejor, y para la primavera irá bien del todo…
-¿Para la primavera? ¿Pero vamos a estar siempre aquí? - dice Judas asustado.
-¿Por qué? ¿No es una casa? Llover, aquí no llueve. Hay agua para beber. No falta el hogar. Pues, ¿qué más quieres? Yo me encuentro aquí muy bien, y es que, además, aquí no siento mal olor de fariseos y compañía…
-Pedro, vamos a sacar las redes - dice Andrés, y se lleva consigo afuera a su hermano antes de que empiece un altercado entre él y Judas.
-Ese hombre no me puede ver - exclama éste.
-No. No puedes decir eso. Muestra esa franqueza con todos. Pero es bueno. Eres tú el que está siempre malhumorado -
responde Tomás (el cual, por el contrario, tiene siempre un óptimo humor).
-Es que yo pensaba que fuera otra cosa…
-Mi primo no te prohíbe ir a ocuparte de las otras cosas - dice serenamente Santiago de Alfeo - Yo creo que todos, debido a nuestra necedad, pensábamos que seguirlo fuera otra cosa; pero esto sucede porque somos de dura cerviz y tenemos una gran soberbia. Él no ha ocultado nunca el peligro ni el esfuerzo que supone el seguirlo.
Judas refunfuña entre dientes.
El otro Judas, Tadeo, que está trabajando con un estante de la cocina para transformarlo en pequeño armario, le responde:
-Estás equivocado. Estás equivocado incluso desde el punto de vista de las costumbres: todo israelita debe trabajar; y nosotros trabajamos. ¿Te pesa tanto el trabajo? Yo no lo siento, porque desde que estoy con Él todas las dificultades se hacen livianas.
-Yo tampoco echo de menos nada, y me siento contento de estar ahora verdaderamente como en familia - dice Santiago de Zebedeo.
-¡Pues sí vamos a hacer mucho aquí!… - observa irónicamente Judas de Keriot.
-Pero bueno, vamos a ver, ¿qué quieres?, ¿qué pretendes? ¿Una corte como la de un sátrapa? No te permito criticar lo que hace mi primo. ¿Entendido? - replica bruscamente Judas Tadeo.
-Calla, hermano. Jesús no quiere estas disputas. Hablemos lo menos posible y hagamos lo más posible. Será mejor para todos. Por otro lado… si Él no logra cambiar los corazones… ¿puedes esperar conseguirlo tú con tus palabras? - dice Santiago de Alfeo.
-¿El corazón que no cambia es el mío, verdad? - pregunta agresivamente Judas Iscariote.
Pero Santiago no le responde; es más, coge una punta con los labios y se pone a clavar vigorosamente unos tablones, haciendo un estruendo tal, que el rezongueo de Judas se pierde.
Transcurre un tiempo y entran contemporáneamente Isaac con unos huevos y una cesta de fragantes panes y Andrés con una nasa con peces.
-Mirad - dice Isaac - los manda el encargado y dice que si necesitamos algo. Éstas son las órdenes que ha recibido.
-¿Ves como no nos vamos a morir de hambre? - dice Tomás a Judas Iscariote. Y dice: «Dame esos peces, Andrés. ¡Qué hermosos! Lo que pasa es que aquí no sé cómo prepararlos.
-Déjame a mí - dice Andrés - Soy pescador - y se pone en un ángulo a abrir sus peces, aún vivos.
-Está viniendo el Maestro. Ha ido a dar una vuelta por el pueblo por los campos. Vais a ver como pronto vendrán algunos. Ha curado ya a uno que estaba enfermo de los ojos. Además yo ya había recorrido estos campos y sabían…
-¡Ya, claro! ¡Yo, yo!… Todos los pastores… Nosotros hemos dejado - yo al menos - una vida segura y hemos hecho esto y hemos hecho otro, pero no se ha hecho nada…
Isaac mira sorprendido a Judas Iscariote… pero, filosóficamente, no replica. Los demás lo imitan… aunque hierven por dentro.
-Paz a todos vosotros.
Es Jesús. Está en el umbral de la puerta, sonriente, bueno. Parece como si el sol aumentara de esplendor por su llegada.
-¡Pero qué animosos! ¡Todos trabajando! ¿Puedo ayudar primo?
-No, descansa. Ya he terminado.
-Venimos cargados de comida. Todos han querido dar algo. ¡Si todos tuvieran el corazón de los humildes…! - dice Jesús un poco triste.
-¡Oh, mi Maestro! ¡Que Dios te bendiga!
Es Pedro, que entra en ese momento con un haz de leña en los hombros, y que saluda así, bajo su peso, a su Jesús.
-¡También a ti, Pedro; que te bendiga el Señor. ¿Habéis trabajado mucho?
-Y más que trabajaremos en las horas libres. ¡Tenemos una casa en e1 campo… y tenemos que hacer de ella un Edén!
Para empezar he arreglado el pozo, al menos para poder ver de noche dónde está, y para estar seguros de no perder los cántaros al introducirlos en él. Luego… ¿ves qué hábiles son tus primos? Todas estas cosas son necesarias para quien debe vivir largo tiempo en un lugar, y yo, que soy pescador, no habría sabido hacerlas. Verdaderamente hábiles. Y también Tomás: podría estar en la cocina de Herodes. También Judas lo hace bien, ha hecho unas tortas espléndidas…
-E inútiles. Hay pan - responde de mal humor Judas.
Pedro lo mira y yo me espero una respuesta punzante, pero se limita mover la cabeza; luego prepara bien la ceniza y extiende encima sus tortas.
-Dentro de poco todo está listo - dice Tomás, y ríe.
-¿Vas a hablar hoy? - pregunta Santiago de Zebedeo.
-Sí. Entre sexta y nona. Vuestros compañeros lo han dicho. Por tanto comamos rápidamente.
Pasa un poco de tiempo todavía. Juan coloca el pan en la mesa, prepara los asientos, lleva las copas y las ánforas, y Tomás lleva las verduras cocidas y el pescado asado.
Jesús está en el centro, ofrece, bendice, distribuye. Todos comen con gusto.
Están todavía comiendo, cuando algunas personas se presentan en la era.
Pedro se levanta y va hasta la puerta:
-¿Qué queréis?
-Ver al Rabí. ¿No habla aquí?
-Habla. Pero ahora está comiendo, porque también Él es hombre. Sentaos allí, debajo del cobertizo.
El pequeño grupo se marcha y se pone debajo del rústico cobertizo.
-La verdad es que viene el frío y frecuentemente vamos a tener lluvia. Pienso que sería buena cosa usar ese establo vacío. Lo he limpiado como se debe. El pesebre será el sitial…
-No hagas ironías necias. El Rabí es rabí - dice Judas.
-Pero, ¿qué ironías? Si nació en un establo, ¡podrá hablar desde un pesebre!
-Pedro tiene razón. Pero, os lo ruego: ¡quereos!
Jesús parece incluso cansado al decir estas palabras.
Terminan de comer y Jesús sale enseguida para dirigirse hacia la pequeña muchedumbre.
-¡Espera, Maestro! - le grita desde detrás Pedro - Tu primo te ha hecho un asiento porque allí está húmedo el suelo.
-No es necesario. Ya sabes. Hablo en pie. La gente quiere verme y Yo la quiero ver. Mas bien… haced asientos y lechos portátiles. Quizás vengan algunos enfermos… y harán falta.
-¡Piensas siempre en los demás, Maestro bueno! - dice Juan… y le besa la mano.
Jesús se dirige, con su sonrisa ligeramente triste, hacia el grupo de personas. Con Él van todos los discípulos.
Pedro, que está justo al lado de Jesús, le hace inclinarse hacia el grupo y le susurra en voz baja:
-Detrás de la tapia está aquella mujer velada. La he visto. Está allí desde esta mañana. Ha venido detrás de nosotros desde Betania. ¿La echo o la dejo?
-Déjala. Ya lo he dicho.
-Pero, ¿si es una espía, como dice Judas?…
-No lo es. Fíate de todo lo que te digo. Déjala y no digas nada a los demás. Y respeta su secreto.
-He mantenido silencio porque pensaba que era correcto…
-Paz a vosotros que buscáis la Palabra -comienza Jesús. Y va hasta el fondo del porche, dejando a sus espaldas la tapia de la casa. Habla lentamente al grupo de unas veinte personas que están, con el calorcito de un solecillo de Noviembre, sentadas en el suelo o apoyadas en los soportes.
-El hombre cae en un error al considerar la vida y la muerte, y al aplicar estos dos nombres. Llama "vida" al tiempo en que, dado a luz por la madre, comienza a respirar, a nutrirse, a moverse, a pensar, a obrar; y llama "muerte" al momento en que cesa de respirar, comer, moverse, pensar, obrar, viniendo a ser un despojo frío e insensible, preparado para entrar en un seno, el de un sepulcro. Pero no es así. Yo quiero haceros entender la "vida", indicaros las obras aptas para la vida. Vida no es existencia. Existencia no es vida. Existe esta parra que se entrelaza con estos soportes, pero no tiene la vida de que Yo hablo. Existe también aquella oveja que bala atada a aquel árbol lejano, pero no tiene la vida de que Yo hablo. La vida de que Yo hablo no empieza con la existencia ni termina cuando la carne llega a su fin. ¡La vida de la cual Yo hablo tiene su principio no en un seno materno; tiene su principio cuando el Pensamiento de Dios crea un alma para habitar en una carne; termina cuando el Pecado la mata!
Sin ella, el hombre no sería sino una semilla que crece, semilla de carne en vez de ser de gluten o de pulpa como la de los cereales o la de la fruta. Sin ella, no sería sino un animal en estado de formación, un embrión de animal no distinto del que ahora está creciendo en el seno de aquella oveja. Pero, dado que en esta concepción humana se infunde esta parte incorpórea (y que no obstante es la más potente con su incorporeidad sublimadora), entonces el embrión animal no sólo existe como corazón que palpita, sino que "vive" según el Pensamiento creador, y es el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, el hijo
de Dios, el ciudadano futuro del Cielo.
Pero esto se produce si la vida dura. El hombre puede existir teniendo imagen de hombre, pero habiendo dejado de ser hombre, siendo un sepulcro en que se pudre la vida. Se comprende entonces que Yo diga: "La vida no empieza con la existencia y no termina cuando la carne llega a su fin". La vida comienza antes del nacimiento. La vida luego no tiene fin, porque el alma no muere, o sea, no se anula. Muere a su destino, que es el destino celeste, pero sobrevive en su castigo si así lo ha merecido.
Muere a este destino bienaventurado cuando muere a la Gracia. Esta vida, alcanzada por una gangrena cual es la muerte a su destino, dura por los siglos de los siglos en la condena y en el tormento. Si, por el contrario, esta vida se conserva como tal, llega a la perfección del vivir y se hace eterna, perfecta, santa como su Creador.
¿Tenemos deberes respecto a la vida? Sí. La vida es un don de Dios. Todo don de Dios ha de usarse y conservarse con cuidado, porque es algo tan santo como el Dador. ¿Maltrataríais vosotros el don de un rey? No. Pasa a los herederos, y a los herederos de los herederos, como gloria de la familia. Y entonces, ¿por qué hacerlo con el don de Dios? Pero, ¿cómo se usa y conserva este don divino? ¿Cómo mantener en vida la paradisíaca flor del alma, conservándola así para los Cielos? ¿Cómo obtener el "vivir" por encima y más allá de la existencia?
Israel dispone de leyes claras al respecto y no tiene más que observarlas. Israel dispone de profetas y justos, los cuales dan el ejemplo y la palabra para practicar las leyes. Y ahora Israel dispone de santos. No puede, no debería, errar, por tanto, Israel. Pero Yo veo manchas en los corazones, y espíritus muertos pulular por todas partes. Entonces os digo: Haced penitencia;
abrid el corazón a la Palabra; poned en práctica la Ley inmutable; infundid nueva savia a la exhausta "vida" que está languideciendo en vosotros; si ya está muerta, acercaos a la Vida verdadera, a Dios. Llorad vuestras culpas, gritad: "¡Piedad!"…
Y, en cualquier caso, renaced. No seáis muertos en vida, para no ser mañana eternos penantes. Yo no os voy-a hablar más que del modo de alcanzar la vida o de conservarla. Otro os ha dicho: "Haced penitencia. Purificaos del fuego impuro de las lujurias, del fango de las culpas". Yo os digo: Pobres amigos, examinemos juntos la Ley. Oigamos en ella de nuevo la voz paterna del Dios verdadero. Y luego, juntos, oremos al Eterno, diciendo: "Descienda tu misericordia sobre nuestros corazones".
Es el tiempo del sombrío invierno. Pero dentro de poco vendrá la primavera. Un espíritu muerto es más triste que un bosque pelado por el hielo. Pero si la humildad, la voluntad, la penitencia y la fe penetran en vosotros, la vida volverá a vosotros como la de un bosque en primavera, y le floreceréis a Dios para, mañana (el mañana de los siglos y siglos) dar perenne fruto de vida eterna.
¡Acercaos a la Vida! Dejad de existir solamente y empezad a "vivir". La muerte no será entonces "fin", sino que será principio. E1 principio de un día sin ocaso, de una alegría sin cansancio y sin medida. La muerte será el triunfo de aquello que vivió antes de la carne, y triunfo de la misma carne, que será llamada, a la resurrección eterna, a coparticipar en esta Vida que Yo prometo en el nombre del Dios verdadero a todos aquellos que hayan "querido" la "vida" para su alma, pisando el sentido y las pasiones para gozar de la libertad de los hijos de Dios.
Idos, pues. Todos los días a esta hora os hablaré de la eterna verdad. El Señor esté con vosotros.
La gente despeja el lugar, lentamente, haciendo muchos comentarios. Jesús vuelve a la solitaria casita y todo termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Jesús está subiendo por el empinado sendero que lleva al rellano sobre el que está edificada Betania. Esta vez no sigue la calzada principal. Ha tomado este camino más empinado y más rápido, que en dirección noroeste este y que está mucho menos transitado quizás por estar tan en pendiente. Sólo los que viajan con prisa hacen uso de él; o los que, teniendo manadas de ganado, prefieren no meterlas en el trajín de la calzada principal, o quienes, como Jesús hoy, prefieren pasar desapercibidos.
Él sube delante, en vivaz conversación con el Zelote. Detrás, en grupo, van los primos de Jesús con Juan y Andrés; luego, otro grupo, formado por Santiago de Zebedeo, Mateo, Tomás y Felipe; los últimos, Bartolomé con Pedro y Judas Iscariote.
Ganada la planicie, sobre la cual Betania le sonríe al sol de un día sereno de Noviembre, y desde la que, mirando hacia oriente, se ve el valle del Jordán y la via que viene de Jericó, Jesús da orden a Juan de ir a avisar a Lázaro de su llegada. Mientras Juan se marcha con paso rápido, Jesús prosigue con los suyos lentamente, siendo saludado a cada paso por personas del lugar.
La primera que viene de la casa de Lázaro es una mujer que se prosterna diciendo:
-Dichoso este día para la casa de mi señora. Ven. Maestro. Allí están Maximino y Lázaro ya en la puerta.
También Maximino se acerca a Jesús. No sé con exactitud quién es Maximino. Tengo la impresión de que es o un pariente menos rico alojado en casa de los hijos de Teófilo, o un administrador de los importantes haberes de éstos; tratado como amigo, no obstante, por su mérito y por el largo tiempo de servicio en la casa. Quizás es hijo de algún administrador del padre que después ha permanecido en el puesto con los hijos de Teófilo. Es un poco más mayor que Lázaro, o sea, tendrá unos treinta y cinco años o poco más.
-No esperábamos tenerte tan pronto - dice.
-Pido alojamiento para una noche.
-Si fuera para siempre nos harías felices.
Están ya en el umbral de la puerta. Lázaro besa y abraza a Jesús y saluda a los discípulos. Luego, teniendo un brazo en torno a la cintura de Jesús, entra con Él en el jardín y se aísla de los demás. Lo primero que hace es preguntar:
-¿A qué debo la alegría de tenerte conmigo?
-Al odio de los miembros del Sanedrín.
-¿Te han procurado algún mal? ¿Algún otro mal?
-No. Pero me lo quieren hacer, y no es la hora. Hasta que no haya arado toda Palestina y esparcido la semilla, no debo ser abatido.
-También tienes que recoger tu cosecha, Maestro bueno; es justo que sea así.
-Mi cosecha la recogerán mis amigos. Ellos pasarán la hoz donde he sembrado. Lázaro, he decidido alejarme de Jerusalén. Sé que no es solución, lo sé ya desde ahora; pero servirá al menos para poder evangelizar. En Sión se me niega incluso esto.
-Te había enviado con Nicodemo el mensaje de que fueras a una de mis propiedades. Nadie osa violarlas. Podrías llevar a cabo tu ministerio sin molestias. ¡Oh, mi casa, la más dichosa de todas mis casas por santificarla Tú con tu enseñanza, con tu respiración! Dame alegría de serte útil, Maestro mío.
-Ya ves que estoy dándotela ya; pero en Jerusalén no me puedo quedar. Mira, aunque a mí no me molestaran, sí lo harían con quienes fueran a verme. Voy hacia Efraím, entre este lugar y el Jordán. Evangelizaré y bautizaré allí como el Bautista.
-En los campos de esa zona tengo una pequeña casa, pero se utiliza para guardar las herramientas de los trabajadores; algunas veces duermen en ella durante la corta del heno o la vendimia. Es mísera: simple techo apoyado en cuatro paredes; pero está en mis tierras, y se sabe… Pues bien, el hecho de saberlo hará de espantajo contra los chacales. Acepta, Señor.
Mandaré a los siervos a prepararla…
-No hace falta. Si en ella duermen tus campesinos, será suficiente también para nosotros.
-No pondré riquezas. Sólo completaré el número de las camas, pobres como Tú deseas, y mandaré mantas, asientos, ánforas y copas. Lógicamente, tendréis que comer y que taparos, especialmente en estos meses de invierno. Déjame a mí. Ni siquiera lo haré yo. Aquí viene Marta. Posee la habilidad, práctica y solícita, de todos los cuidados familiares. Su lugar es la casa; su función, ser consuelo de los cuerpos y de los espíritus que están en la casa. ¡Ven, mi dulce y pura hospedera! ¿Ves? Incluso yo me he refugiado bajo su cuidado materno, en su parte de herencia. Así, no lloro demasiado ásperamente a mi madre. Marta, Jesús se retira al llano del Agua Especiosa. Lo único especioso que hay es el suelo fértil; la casa es un aprisco. Pero Él quiere una casa de pobres. Hay que proveerla de lo indispensable. ¡Dispónlo tú, que eres tan mañosa! - Lázaro besa la mano bellísima de su hermana, esa mano que se levanta acto seguido para acariciarlo con verdadero amor de madre.
Luego Marta dice:
-Parto en seguida. Me llevo conmigo a Maximino y a Marcela. Los hombres del carro ayudarán a aparejar. Bendíceme, Maestro; así, llevaré conmigo algo tuyo.
-Sí, mi dulce hospedera. Te llamaré como te llama Lázaro. Te doy mi corazón para que lo lleves contigo, en el tuyo.
-¿Sabes, Maestro, que hoy está por estos campos Isaac con Elías y los demás? Me han pedido pasto, abajo en la llanura, para estar un poco juntos, y lo he permitido. Hoy están de cambio de pastos. Los espero para la comida.
-Me alegra. Les daré instrucciones…
-Sí. Para podernos mantener en contacto. No obstante, alguna vez vendrás…
-Vendré. He hablado ya de ello con Simón. Y, dado que no es justo que Yo invada tu casa con los discípulos, iré a casa de Simón…
-No, Maestro. ¿Por qué este dolor?
-No indagues, Lázaro; Yo sé que está bien así.
-Pero entonces…
-Entonces seguiré estando en tus propiedades. Lo que el mismo Simón ignora Yo lo sé. Aquel que quiso comprar, sin revelar su identidad y sin detenerse a estudiar las condiciones, con tal de estar cerca de Lázaro de Betania, era el hijo de Teófilo, el fiel amigo de Simón el Zelote y el gran amigo de Jesús de Nazaret. Aquel que duplicó la suma por Jonás y no gravó el patrimonio de Simón para proporcionarle a éste la alegría de poder hacer muchas cosas por el Maestro pobre y por los pobres del Maestro, aquél, es uno que tiene por nombre Lázaro. El que, discreto y atento, mueve, dirige, presta ayuda a todas las fuerzas buenas para ayudarme, aliviarme y protegerme, ése, es Lázaro de Betania. Yo lo sé.
-¡Oh, no lo digas! ¡Creí actuar bien de ese modo, y en secreto!
-Secreto, sí, para los hombres, pero no para mí; Yo leo en el corazón. ¿Quieres que te diga por qué tu ya de por sí natural bondad se impregna de perfección sobrenatural? Es porque pides don sobrenatural, pides la salvación de un alma y la santidad tuya y de Marta. Tú sientes que no basta con ser buenos según el mundo, sino que se requiere ser buenos según las leyes del espíritu, para obtener de Dios la gracia. Tú no has oído mis palabras, pero Yo he dicho: "Cuando hagáis el bien, hacedlo en secreto, y el Padre os dará una gran recompensa". Tú lo has hecho por un natural impulso a la humildad, y verdad te digo que el Padre te reserva una recompensa que ni siquiera puedes imaginar.
-¿La redención de María? …
-Eso, y más, más aún.
-¿Qué es, Maestro, más imposible que esto?
-Jesús lo mira y sonríe. Luego dice, con el tono de un salmo. «El Señor reina, y con Él sus santos.
Con sus rayos de luz trenza una corona y sobre la cabeza de los santos la deposita. Para que eternamente resplandezca ante los ojos de Dios y del universo.
¿De qué metal está entretejida? ¿Con qué piedras preciosas decorada? Oro, oro purísimo es el círculo obtenido con el dúplice fuego del amor divino y del amor del hombre, cincelado por la voluntad, martillando, limando, cortando, afinando.
Gran profusión de perlas, y esmeraldas más verdes que la hierba nacida en Abril, turquesas de color de cielo, ópalos de color luna, amatistas como violetas pudorosas, y, engarzados para toda la vida, diaspros y zafiros y jacintos y topacios. Y como broche de la obra un círculo de rubíes, un gran círculo sobre la frente gloriosa.
Porque este hombre bendito ha tenido fe y esperanza, ha tenido mansedumbre y castidad, templanza y fortaleza, justicia y prudencia, misericordia sin medida, y en el fondo ha escrito con la sangre tu Nombre y la fe en mí, su amor en él por mí, y su nombre en el Cielo.
¡Exultad, oh justos del Señor! El hombre ignora, Dios ve. Él escribe en los libros eternos mis promesas y vuestras obras, y con ellas vuestros nombres, príncipes del siglo futuro, triunfadores eternos con el Cristo del Señor.
Lázaro lo mira asombrado. Luego susurra:
-¡Oh!… yo… no seré capaz…
-¿Tú crees? - y Jesús coge una rama flexible de un sauce cuyas frondas penden sobre el sendero y dice: «Mira: como mi mano pliega fácilmente esta rama, el amor plegará tu alma y de ella hará una corona eterna. Es el amor el redentor individual.
Quien ama empieza su redención. Su acabado lo cumplirá el Hijo del hombre.
Todo concluye.