116- En Getsemaní con Jesús, los discípulos hablan de los paganos y de la «velada».

El coloquio con Nicodemo
Jesús está en la cocina de la pequeña casa del Olivar, cenando con sus discípulos. Hablan de los hechos sucedidos durante ese día (no el precedentemente descrito: efectivamente, oigo que hablan de otros acontecimientos, entre los cuales la curación de un leproso, que ha tenido lugar cerca de los sepulcros que están en el camino de Betfagé).

-Estaba presente también, observando, un centurión romano - dice Bartolomé. Y añade: -Me ha preguntado, desde su caballo: "¿El hombre al que sigues hace frecuentemente estas cosas?" y ante mi respuesta afirmativa, ha exclamado: "Entonces es más grande que Esculapio y llegará a ser más rico que Creso". Yo he respondido: "Será siempre pobre según el mundo, porque no recibe, sino que entrega, y sólo quiere almas a las que llevar al Dios verdadero".

El centurión me ha mirado lleno de asombro y acto seguido ha espoleado a su caballo, yéndose al galope.

-Y una dama romana en su litera. No podía ser sino una mujer. Tenía corridas las cortinas, pero se asomaba furtivamente a mirar-Lo he visto -dice Tomás.

-Sí. Estaba cerca de la curva alta del camino. Había dado orden de detenerse cuando el leproso había gritado: "¡Hijo de David, ten piedad de mí!". En ese momento tenía una cortina un poco corrida y he visto que te ha mirado con una valiosa lente, y luego se ha reído con ironía. Pero, cuando ha visto que Tú, sólo con un acto imperativo, lo has curado, ¡ah!, entonces me ha llamado y me ha preguntado "¿Pero es ese al que llaman el verdadero Mesías?". He respondido que sí y ella me ha dicho: "¿Y tú estás con Él?" y luego ha preguntado: "¿Es verdaderamente bueno?" - dice Juan.

-¡Entonces la has visto! ¿Cómo era? - preguntan Pedro y Judas - ¡Hombre, pues… una mujer!

-¡Qué descubrimiento! - dice Pedro riendo.
Y Judas Iscariote acucia:

-Pero, ¿era guapa, joven, rica?
-Sí. Creo que era joven y también guapa. Pero, yo estaba mirando más hacia Jesús que hacia ella. Quería ver si el Maestro reanudaba el camino…

-¡Estúpido! - murmura entre dientes Judas.
-¿Por qué? - lo defiende Santiago de Zebedeo - Mi hermano no es un galanteador que va en busca de aventuras. Ha respondido por educación. Pero no ha faltado a su primera cualidad.

-¿Cuál? - pregunta Judas Iscariote.
-La de discípulo cuyo único amor es el Maestro.
Judas baja la cabeza irritado.

-Y, además… no es muy aconsejable que nos vean hablar con los romanos - dice Felipe - Ya de por sí nos acusan de ser galileos y, por tanto, menos "puros" que los judíos; de nacimiento, además. Y nos acusan de detenernos frecuentemente en Tiberíades, lugar de encuentro de gentiles, romanos, fenicios, sirios… Y luego… ¡oh, de cuántas cosas nos acusan!…

-Eres bueno, Felipe, y por eso corres un velo sobre la dureza de la verdad que manifiestas. Pero esa verdad es, sin el velo, ésta: ¡de cuántas cosas me acusan!- dice Jesús, que hasta ahora ha guardado silencio.

-En el fondo no están errados del todo: demasiados contactos con los paganos - dice Judas Iscariote.
-¿Consideras paganos sólo a aquellos que no tienen la ley mosaica? pregunta Jesús.

-Y si no, ¿qué otros?
-¡Judas!… ¿Puedes jurar por nuestro Dios que no tienes paganismo en tu corazón? ¿Y puedes jurar que no lo tienen los israelitas más nombrados?

-En fin, Maestro… respecto a los demás, no lo sé…, pero yo… yo respecto a mí puedo jurar.
Jesús vuelve a hacer otra pregunta:
-¿Qué es para ti, según tu idea, el paganismo?
-Pues seguir una religión no verdadera, adorar a los dioses - replica vehementemente Judas.

-¿Y cuáles son?
-Los dioses de Grecia y Roma, los de Egipto…, en definitiva, esos dioses de mil nombres, inexistentes como personas, que, según los paganos, llenan sus Olimpos.
-¿No existe ningún otro dios? ¿Sólo éstos del Olimpo?
-¿Qué otros? ¿No son ya demasiados?

-Demasiados. Sí, demasiados. Pero hay otros. Y en sus altares todo hombre quema inciensos, incluso los sacerdotes, los escribas, rabíes, fariseos, saduceos, herodianos: todos de Israel, ¿no es cierto? Y no sólo esto… También lo hacen mis discípulos.

-¡Ah, esto sí que no! - dicen todos.
-¿No? Amigos… ¿Quién entre vosotros no tiene un culto, o varios cultos, secretos? Uno, la belleza y la elegancia; el otro, el orgullo de su saber; otro inciensa la esperanza de llegar a ser grande, humanamente; otro todavía adora a la mujer; otro, al dinero…; otro se postra ante su saber… y así podríamos seguir diciendo.

En verdad os digo no hay hombre que no esté impregnado de idolatría. ¿Cómo se le puede entonces despreciar a los que por mala ventura son paganos, cuando, a pesar de estar con el Dios verdadero, se sigue siendo voluntariamente pagano?
-Pero somos hombres, Maestro - exclaman muchos.

-Cierto. Entonces… tened caridad para con todos, porque Yo he venido para todos y vosotros no sois más que Yo.
-Pero, mientras, nos acusan y se ponen trabas a tu misión.
-Irá adelante igualmente.

-A propósito de mujeres - dice Pedro, que, quizás por estar sentado al lado de Jesús, está tan embelesado que se muestra tranquilísimo - hace unos pocos días - para mayor exactitud, desde que hablaste en Betania la primera vez después del regreso a Judea - que mujer, enteramente velada, nos sigue continuamente. No sé cómo logra saber nuestros programas. Sé que, o al final de las filas de gente que escucha cuando hablas, o detrás de la gente que te sigue cuando caminas, o también detrás de nosotros cuando vamos a anunciarte por los campos… el hecho es que está casi siempre. En Betania, la primera vez, me susurró tras el velo: "¿Ese hombre que dices que va a hablar es Jesús de Nazaret?". Le respondí que sí; bueno, pues por la tarde estaba oyéndote detrás de un tronco de un árbol. Luego la había perdido de vista, pero ahora aquí en Jerusalén la he visto ya dos o tres veces. Hoy le he preguntado: "¿Tienes necesidad de Él? ¿Estás enferma? ¿Quieres el óbolo?". Su respuesta ha sido siempre "no"; con la cabeza, porque nunca habla con nadie».

-A mí me dijo un día: "¿Dónde vive Jesús?" y le dije: "En Get Samní" - dice Juan.

-¿Pero serás estúpido? ¡No debías haberlo hecho! ¡Tenías que haberle dicho: "¡Quítate el velo. Date a conocer y entonces te lo digo!” - dice Judas Iscariote iracundo.

-Pero, ¿desde cuándo solicitamos estas cosas? - exclama Juan con simplicidad e inocencia.

-Los otros se ven. Ésta está enteramente velada. O es una espía o es una leprosa. No debe seguirnos y saber lo que hacemos. Si es una espía es para hacer algún mal. Quizás la paga el Sanedrín para esto…

-¡Ah!, ¿utiliza estos métodos el Sanedrín? - pregunta Pedro - ¿Estás seguro?
-Segurísimo. He pertenecido al Templo y lo sé.
-¡Pues vaya! A esto se adapta como una caperuza la razón explicada por el Maestro hace un momento… - comenta
Pedro.

-¿Qué razón? - Judas está ya rojo de ira.
-Esa de que también hay paganos entre los sacerdotes.
-¿Qué tiene que ver esto con lo de pagar a un espía?
-¡Tiene que ver, tiene que ver! ¡Es más, ya está visto! ¿Por qué pagano? Para echar por tierra al Mesías y triunfar ellos.

Por tanto, suben al altar con sus sucias almas bajo las
vestiduras limpias - responde Pedro con su buen juicio propio de la gente llana.

-Bien, en suma - abrevia Judas - esa mujer es un peligro para nosotros o para la gente: para la gente, si está leprosa; para nosotros si es una espía.

-Quieres decir: Para Él, en todo caso - replica Pedro.
-Pero, cayendo Él, caemos también nosotros…
-¡Ja! ¡Ja! - se ríe Pedro y termina: -y entonces el ídolo se hace pedazos y se pierde tiempo, estima y, quizás, la vida, y entonces, ¡Ja! ¡Ja!…, y entonces es mejor tratar de que no caiga, o… apartarse a tiempo, ¿verdad? Yo, por el contrario, mira, lo abrazo más estrechamente. Si cae, abatido por los traidores de Dios, quiero caer con Él - y Pedro abraza estrechamente, con sus cortos brazos, a Jesús.

-No creía haber hecho tanto mal, Maestro - dice todo triste Juan, que está frente a Jesús - Pégame, maltrátame, pero sálvate. ¡Ay, si fuera yo la causa de tu muerte!… ¡Oh!, no me lo perdonaría. Siento que el continuo llanto me excavaría el rostro y me quemaría la vista. Pero ¿qué he hecho? Tiene razón Judas: ¡soy un estúpido!

-No, Juan. No lo eres, y has hecho bien. Dejadla venir.

Siempre. Y respetad su velo. Puede ser que esté colocado como defensa, en una lucha entre el pecado y la sed de redimirse. ¿Sabéis vosotros qué heridas se inciden sobre un ser cuando esta lucha adviene? ¿Sabéis qué llanto y qué rubor? Tú has dicho, Juan, querido hijo de corazón de niño bueno, que tu rostro quedaría excavado por el continuo llanto si fueras para mí causa de mal. Pues debes saber que cuando una conciencia, despertada de nuevo, comienza a roer una carne que fue pecado, para destruirla y triunfar con el espíritu, debe por fuerza consumir todo aquello que fue atracción de la carne, y la criatura en envejece, languidece bajo la llamarada de este fuego taladrador.

Sólo después, completada la redención, se compone de nuevo una segunda, santa y más perfecta belleza, porque es entonces lo hermoso del alma lo que aflora por la mirada, a través de la sonrisa, de la voz, de la honesta dignidad de la frente sobre la cual se ha depositado y resplandece como diadema el perdón de Dios.

-¿Entonces no he hecho mal?…
-No. Y tampoco Pedro. Dejadla. Y ahora, que todos se vayan a descansar. Yo me quedo con Juan y Simón. Tengo que hablarles. Marchaos.

Los discípulos se retiran. Quizás duermen en la almazara. No lo Se marchan. Ciertamente no vuelven a Jerusalén, porque las puertas están cerradas desde hace horas.
-¿Has dicho, Simón, que Lázaro te ha enviado a Isaac con Maximino, hoy, mientras Yo estaba al lado de la torre de David. ¿Qué quería?

-Quería decirte que Nicodemo está en su casa y que quería hablarte en secreto. Me he tomado la libertad de decir:

"Que venga. El Maestro lo esperará durante la noche". Sólo tienes la noche para estar solo. Por este motivo te he dicho: "Despide a todos, menos a Juan y a mí". Juan es necesario para ir al puente del Cedrón, a esperar a Nicodemo, que está en una de las casas de Lázaro, extramuros. Yo hacía falta para explicar. ¿He hecho mal? -Has hecho bien. Ve, Juan, a tu puesto.

Se quedan solos Simón y Jesús. Jesús está pensativo. Simón respeta su silencio. Pero Jesús lo rompe improvisamente, y,como si terminara en voz alta una interna elocución, dice:

Sí. Está bien así. Isaac, Elías, los otros, son suficientes para mantener viva la idea que se está consolidando entre los buenos y en los humildes. Para los poderosos… hay otras levas. Está Lázaro, Cusa, José, y otros… Pero los poderosos… no me aceptan. Temen y tiemblan por su poder. Me iré lejos de este corazón judío que cada vez se muestra más hostil al Cristo.
-¿Vamos a volver a Galilea?

-No. Pero nos vamos lejos de Jerusalén. Judea debe ser evangelizada; también ella es Israel. Pero, aquí, ya ves… Todo sirve para acusarme. Me retiro. Y esta es la segunda vez…

-Maestro, aquí está Nicodemo - dice Juan, entrando primero.
Se saludan, y luego Simón toma a Juan y sale de la cocina, dejando solos a los dos.

-Maestro, perdona si te he querido hablar en secreto. Desconfío, por ti y por mí, de muchos. No es sólo cobardía esto mío. También es prudencia y deseo de beneficiarte, más que si te perteneciera abiertamente. Tú tienes muchos enemigos. Yo soy uno de los pocos que aquí te admiran. He pedido consejo a Lázaro. Lázaro es poderoso por herencia, temido porque goza de favor ante Roma, justo ante los ojos de Dios, sabio por maduración de ingenio y cultura, verdadero amigo tuyo y verdadero amigo mío. Por todo esto he querido hablar con él Y me siento feliz de que él haya juzgado del mismo modo. Le he dicho las últimas… discusiones del Sanedrín sobre ti.

-Las últimas acusaciones. No tengas reparo en decir las verdades desnudas, como son.
-Las últimas acusaciones. Sí, Maestro. Yo estaba ya para decir "Pues bien, yo también soy de los suyos". Aunque sólo fuera porque en esa asamblea hubiera al menos uno que estuviera a tu favor. Pero José, que se había acercado a mí, me susurró: "Calla. Mantengamos oculto nuestro pensamiento. Luego te explico". Y, una vez fuera, dijo… exactamente, dijo: "Así es de mayor provecho. Si saben que somos discípulos, nos mantendrán al margen de cuanto piensan y deciden, y pueden perjudicarle y también perjudicarnos; como simples observadores de Él, no utilizarán subterfugios con nosotros". Comprendí que tenía razón. ¡Son muy… malos! Yo también tengo mis intereses y mis deberes… y así José… ¿Comprendes, no, Maestro?
-No voy a reprenderos. Antes de que vinieras, estaba diciéndole esto a Simón, y he decidido incluso alejarme de Jerusalén.

-¡Nos odias porque no te amamos!
-No. No odio ni siquiera a los enemigos.
-Tú lo dices. Pero es así. Tienes razón. Sólo que, ¡qué dolor para mí y para José! ¿Y Lázaro? ¿Qué dirá Lázaro, que justamente hoy ha decidido proponerte que dejaras este lugar para ir a una de sus propiedades de Sión? Bueno, ¿ya sabes que Lázaro tiene poder económico, no? Buena parte de la ciudad es suya, de la misma forma que muchas tierras de Palestina. Su padre, a su patrimonio y al de Euqueria, de tu tribu y familia, había unido aquello que los romanos dan como recompensa al servidor fiel, y a los hijos les ha dejado una herencia muy grande, y, lo que más cuenta, una velada pero potente amistad con Roma. Sin ésta, ¿quién habría salvado de la ignominia a toda la casa después de la infamante conducta de María, su divorcio (conseguido sólo porque se trataba de "ella"), su vida licenciosa en esa ciudad, que es su feudo, y en Tiberíades, que es el elegante lupanar donde Roma y Atenas han hecho lecho de prostitución para tantos del pueblo elegido?

¡Verdaderamente, si Teófilo sirio hubiera sido un prosélito más convencido, no habría dado a los hijos educación helenizante que tanta virtud mata y siembra tanta voluptuosidad, y que - bebida y expulsada sin consecuencias por Lázaro, y especialmente por Marta – ha contagiado a la desenfrenada María y ha proliferado en ella, convirtiéndola en el fango de la familia y de Palestina! No, sin la poderosa sombra del favor de Roma, se les habría mandado el anatema más que a los leprosos. Pero, considerando que las cosas están así, aprovéchate de ello.

-No. Me retiro. Quien quiera verme vendrá a mí.
-¿He hecho mal en hablar! - Nicodemo se siente abatido.
-No. Espera y convéncete - y Jesús abre una puerta y llama:

-¡Simón! ¡Juan! Venid.
Acuden los dos.
-Simón, dile a Nicodemo lo que te estaba diciendo cuando ha entrado él.

-Que para los humildes es suficiente con los pastores; para los poderosos, Lázaro, Nicodemo, José y Cusa, y que Tú te ibas a ir lejos de Jerusalén, aunque sin dejar Judea. Esto estabas diciendo. ¿Por me lo haces decir? ¿Qué ha ocurrido?

-Nada. Nicodemo temía que yo me fuera a causa de sus palabras.

-He dicho al Maestro que el Sanedrín se muestra cada vez más enemigo, y que sería buena cosa que se pusiera bajo la protección de Lázaro: ha protegido tus bienes porque tiene a Roma de su parte; protegería también a Jesús.

-Es verdad. Es un buen consejo. A pesar de que mi casta esté mal vista incluso por Roma, una palabra de Teófilo me ha conservado el patrimonio durante la proscripción y la lepra. Y Lázaro es muy amigo tuyo, Maestro.

-Lo sé. Pero ya me he pronunciado. Y lo que he dicho Yo lo hago.
-¡Entonces, te perdemos!
-No, Nicodemo. Hombres de todas las sectas se acercan al Bautista; a mí podrán venir hombres de todas las sectas y de todos los niveles.

-Nosotros venimos a ti sabiendo que eres superior a Juan.
-Podéis seguir viniendo. Seré un rabí solitario Yo también, como Juan, y hablaré a las turbas deseosas de oír la voz de Dios y capaces de creer que Yo soy esa Voz. Y los demás me olvidarán… si son, al menos, capaces de tanto.

-Maestro, estás triste y desilusionado. Tienes razón en estarlo. Todos te escuchan, y creen en ti hasta el punto de que obtienen milagros; hasta incluso uno de Herodes, uno que, por fuerza, debe tener corrompida la bondad natural en esa corte incestuosa; hasta soldados romanos. Sólo nosotros, los de Sión, somos tan duros… No todos, no obstante. Ya ves… Maestro, nosotros sabemos que has venido de parte de Dios y que eres su más alto doctor.

También Gamaliel lo dice. Nadie puede hacer los milagros que Tú haces si no tiene a Dios consigo. Esto piensan también los doctos como Gamaliel. ¿Cómo es que entonces no podemos nosotros tener la fe que tienen los pequeños de Israel? ¡Oh! ¡Dímelo! ¡Dímelo! No te traicionaré, aunque me dijeras:

"He mentido para conferir valor a mis palabras de sabiduría con la impresión de un sigilo que nadie puede despreciar". ¿Eres Tú el Mesías del Señor, el Esperado, la Palabra del Padre encarnada para instruir y redimir a Israel según el Pacto?

-¿Lo preguntas por ti mismo, o te mandan otros a preguntarlo?

-Por mí mismo, por mí mismo, Señor. Tengo un tormento aquí. Tengo una gran confusión. Vientos contrarios y contrarias voces. ¿Por qué no tengo yo, hombre maduro, esa pacífica certeza que tiene éste, casi analfabeto y niño, la cual le da esa sonrisa plácida a su rostro, esa luz a sus ojos, ese sol a su corazón? ¿Cómo crees tú, Juan, para estar tan seguro? ¡Enséñame, oh hijo, tu secreto, el secreto en virtud del cual has sabido ver y comprender al Mesías en Jesús Nazareno!

Juan se pone colorado como una fresa y baja la cabeza como disculpándose de decir una cosa tan grande, y responde con sencillez:
-Amando.

-¡Amando! ¿Y tú, Simón, hombre probo y ya en el umbral de la ancianidad, docto y probado hasta el punto de sentirte inducido a temer el engaño en todas partes?
-Meditando.

-¡Amando! ¡Meditando! También yo amo y medito, ¡y no estoy seguro todavía!
Interviene Jesús diciendo:

-Voy a manifestarte el verdadero secreto. Éstos han sabido nacer nuevamente, con un espíritu nuevo, libre de cualesquiera cadenas, virgen de toda idea; por ello han comprendido a Dios. Si uno no nace de nuevo, no puede ver el Reino de Dios ni creer en su Rey.

-¿Cómo puede un hombre volver a nacer siendo ya adulto? Una vez fuera del seno materno, el hombre no puede jamás volver a entrar en él. ¿Acaso aludes a la reencarnación en el sentido de tantos paganos? No, en ti no es posible esto; además, no se trataría de un volver a entrar en el seno materno, sino de un reencarnarse más allá del tiempo y, por tanto, no ahora. ¿Cómo es esto? ¿Cómo?

-No hay más que una existencia de la carne sobre la Tierra y una eterna vida del espíritu más allá de la Tierra. No estoy hablando de la carne y de la sangre, sino del espíritu inmortal, el cual por dos cosas renace a verdadera vida: por el agua y por el Espíritu, pero éste es mayor; sin Él, el agua no es más que símbolo. Quien ya ha quedado limpio con el agua debe purificarse luego con el Espíritu, y con Él encenderse y resplandecer, si quiere vivir dentro de Dios aquí y en el eterno Reino. Porque lo que ha sido engendrado por la carne es y seguirá siendo carne, y con ella muere tras haberla servido en sus apetitos y pecados. Pero lo que ha sido engendrado por el Espíritu es espíritu, y vive volviendo al Espíritu Generador después de haber cultivado el propio espíritu hasta la edad perfecta. El Reino de los Cielos no será habitado sino por seres llegados a la edad espiritual perfecta. No te maravilles, por tanto, si digo: "Es necesario que vosotros nazcáis de nuevo". Éstos han sabido renacer. El joven ha matado la carne y ha hecho renacer el espíritu poniendo su yo en la hoguera del amor.

Enteramente ha sido consumido de toda materia. Y he aquí que de las cenizas surge su nueva flor espiritual, maravilloso helianto que sabe volverse hacia el Sol eterno. El anciano ha puesto la segur de la meditación honesta en la base de su viejo pensamiento, y ha arrancado la vieja planta dejando sólo una yema, la de la buena voluntad, de la cual ha hecho nacer su nuevo pensamiento. Ahora ama a Dios con espíritu nuevo, y lo ve.

Cada uno tiene su mérito para llegar al puerto. Cualquier viento es bueno con tal de saber usar la vela; sentís que el viento sopla y por su corriente podéis regularos para dirigir la maniobra, mas no podéis decir de dónde viene ni atraer el que necesitáis.

También el Espíritu llama, y viene llamando, y pasa. Pero sólo quien está atento puede seguirlo. El hijo conoce la voz del padre; conoce la voz del Espíritu, el espíritu que ha sido engendrado por Él.

-¿Cómo puede suceder esto?
-Tú, maestro en Israel, ¿me lo preguntas? ¿Ignoras estas cosas? Se habla y se da testimonio de lo que sabemos y hemos visto. Pues bien, Yo hablo y doy testimonio de lo que sé. ¿Cómo vas a poder aceptar las cosas no vistas, si no aceptas el testimonio que Yo te traigo? ¿Cómo podrás creer en el Espíritu, si no crees en la Palabra encarnada? Yo he bajado para volver a subir llevándome conmigo a los que están aquí abajo. Uno sólo ha bajado del Cielo: el Hijo del hombre. Uno sólo al Cielo subirá con el poder de abrir el Cielo: Yo, Hijo del hombre. Recuerda a Moisés. Él levantó una serpiente en el desierto para curar las enfermedades de Israel. Cuando Yo sea levantado en alto, aquellos a quienes la fiebre de la culpa hace ciegos, sordos o mudos, o que por ella han perdido el juicio o están leprosos o enfermos, serán curados, y quienquiera que crea en mí tendrá vida eterna.

También quienes en mí hayan creído tendrán esta vida beata. No bajes la cabeza, Nicodemo. Yo he venido a salvar, no a destruir. Dios no ha mandado a su Hijo Unigénito al mundo para que quien está en el mundo sea condenado, sino para que el mundo se salve por medio de Él. En el mundo he visto todas las culpas, todas las herejías, todas las idolatrías. Pero, ¿puede acaso la golondrina que vuela veloz por encima del polvo ensuciarse el plumaje? No. Lleva por las tristes vías de la Tierra una coma de azul, un olor de cielo, emite un reclamo para conmover a los hombres y hacerles levantar del fango la mirada y seguir su vuelo que al cielo retorna. Igualmente Yo. Vengo para llevaros conmigo. ¡Venid!… Quien cree en el Hijo Unigénito no es juzgado, está ya salvado, porque este Hijo intercede ante el Padre diciéndole: "Éste me amó". Mas quien no cree es inútil que haga obras santas; ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. ¿Cuál es mi nombre, Nicodemo?

-Jesús.
-No. Salvador. Yo soy Salvación. Quien no me cree, rechaza su salvación y es juzgado por la Justicia eterna, y el juicio es éste: "La Luz te había sido enviada, a ti y al mundo, para salvación vuestra, y tú y los hombres habéis preferido las tinieblas a la Luz, porque preferíais las obras malvadas - que se habían hecho costumbre en vosotros - a las obras buenas, las que Él os señalaba como obras que seguir para ser santos". Vosotros habéis odiado la Luz, porque los malhechores aprecian las tinieblas para sus delitos; habéis evitado la Luz para que no proyectara luz sobre vuestros ocultos resentimientos. No por ti, Nicodemo, pero la verdad es ésta; y el castigo guardará relación con la condena, por lo que respecta al individuo y por lo que respecta a la colectividad.

Si me refiero a los que me aman y ponen en práctica las verdades que enseño, naciendo, por tanto, en el espíritu por segunda vez (la más verdadera), digo que no temen la Luz; antes bien, a ella se arriman, porque su luz aumenta aquella con que fueron iluminados: recíproca gloria, que hace dichoso a Dios en sus hijos y a los hijos en el Padre. No, ciertamente los hijos de la Luz no temen ser iluminados; antes bien, con el corazón y con las obras, dicen: "No he sido yo sino Él, el Padre, Él, el Hijo,Él, el Espíritu, quienes han cumplido en mí el Bien. A ellos la gloria eternamente. Y desde el Cielo responde el eterno canto de loscTres que se aman en su perfecta Unidad: “A ti eternamente la bendición, hijo verdadero de nuestra voluntad". Juan, acuérdatecde estas palabras para cuando llegue la hora de escribirlas. Nicodemo, ¿estás convencido?

-Maestro… sí. ¿Cuándo voy a poder hablar de nuevo contigo?
-Lázaro sabrá a dónde llevarte. Iré donde él antes de alejarme de aquí.
-Me voy, Maestro. Bendice a tu siervo.
-Mi paz sea contigo.
Nicodemo sale con Juan.
Jesús se vuelve a Simón:

-¿Ves la obra del poder de las Tinieblas? Como araña, tiende su trampa y hace que quede enviscado y aprisionado quiencno sabe morir para renacer como mariposa, con una fortaleza capaz de romper la tela tenebrosa y traspasarla, llevándose, comocrecuerdo de su victoria, jirones de reluciente red en las alas de oro, como oriflamas y lábaros conquistados al enemigo. Morircpara vivir. Morir para daros la fuerza de morir. Ven, Simón, a descansar. Y que Dios esté contigo.

Todo termina.

115- Curación del niño arrollado por el caballo de Alejandro. Jesús expulsado del Templo

El interior del Templo. Jesús está con los suyos muy cerca del templo propiamente dicho, o sea, del Lugar Santo, en donde sólo entraban los sacerdotes. Es un bellísimo y espacioso claustro al cual se cede por un atrio y del cual, por otro aún más rico, se pasa a la terraza en la que está el hexaedro del Santo.

¡Es inútil! Aunque viera mil veces el Templo y lo describiera dos mil, sea por la complejidad del lugar, sea por mi ignorancia de los nombres o por la incapacidad de hacer un gráfico, resultaría siempre incompleta al retratar este pomposo y laberíntico lugar…
Parecen estar en oración. Otros muchos israelitas, todos hombres, están también allí y oran, cada uno por su cuenta. Cae la tarde precoz de un plomizo día de Noviembre.

Un vocerío: una estentórea e inquieta voz de hombre que blasfema en latín, mezclada con estridentes y agudas voces hebreas. Se produce como el revoltijo de una lucha, y una aguda voz femenina grita:

-¡Dejadlo que vaya! ¡Dice que Él lo va a salvar!
El recogimiento del suntuoso claustro queda roto. Muchas cabezas se vuelven hacia el punto del que provienen las voces; y se vuelve también Judas Iscariote, que está con los discípulos. Siendo, como es, alto, ve y dice:
-¡Un soldado romano que está luchando por entrar! ¡Está violando, ha violado ya, el Lugar Sagrado! ¡Qué horror!- Y muchos hacen coro de sus palabras.

-¡Dejadme pasar, perros judíos! Aquí está Jesús. ¡Lo sé! ¡Es Él quien me interesa! Vuestras absurdas piedras no me sirven para nada. ¡El niño se está muriendo y Él puede salvarlo! ¡Fuera! ¡Hienas hipócritas!…
Jesús, que, cuando ha comprendido que Él era el requerido, se ha dirigido inmediatamente hacia el atrio en el que se estaba produciendo este barullo, se acerca y grita:
-Paz y respeto al lugar y a la hora del ofrecimiento.
-¡Oh! ¡Jesús! ¡Hola! Soy Alejandro. ¡Dejad paso, perros!
Y Jesús, con serenidad:

-Sí, dejad paso. Llevaré a otra parte al pagano que no sabe lo que es para nosotros este lugar.
El círculo se abre y Jesús se llega hasta el soldado, que lleva la coraza ensangrentada.

-¿Estás herido? Ven. Aquí no se puede estar – y lo conduce hacia el otro claustro, y más allá incluso.
-No estoy herido yo. Un niño… Mi caballo, junto a la Antonia, se me ha desmandado y lo ha arrollado. Los cascos le han abierto la cabeza. Prócolo ha dicho: "¡Nada que hacer!". Yo no tengo la culpa… pero, ha sucedido por mí y la madre está allí desesperada. Te había visto pasar… venir aquí… He dicho: "Prócolo no, pero Él sí". He dicho: "Mujer, ven, Jesús lo sanará". Me han retenido esos dementes… Y quizás el niño está ya muerto.

-¿Dónde está? - pregunta Jesús.
-Debajo de aquel pórtico, en el regazo de su madre - responde el soldado (ya visto en la Puerta de los Peces).
-Vamos.
Y Jesús acelera más el paso, seguido por los suyos y por un grupo de personas en tropel.
En los escalones que limitan el pórtico, recostada sobre una columna, hay una mujer, destrozada por el dolor, llorando ante su hijito moribundo. El niño presenta un aspecto térreo; tiene los labios violáceos, semiabiertos con el estertor característico de quien ha sufrido un trauma cerebral. En la cabeza una venda apretada, roja de sangre en la nuca y en la frente.

-Tiene abierta la cabeza por delante y por detrás. Se ve el cerebro. A esa edad la cabeza es blanda, y el caballo era grande y lo habían herrado hacía poco - explica Alejandro.

Jesús ha llegado junto a la mujer, la cual ya ni siquiera habla, agonizando como está ante su hijo moribundo. Le pone la mano sobre la cabeza.

-No llores, mujer - dice con toda la delicadeza de que es capaz, o sea, infinita.
-Ten fe. Déjame a tu niño.

La mujer lo mira entontecida. La multitud impreca contra los romanos y se solidariza con el dolor del moribundo y de la madre. Alejandro se encuentra en el contraste de la ira - por las injustas acusaciones - y de la piedad y la esperanza.

Jesús se sienta junto a la mujer, porque ve que ella ya no sabe hacer ningún movimiento. Se inclina. Toma entre sus largas manos la pequeña cabeza herida, se inclina más aún, se comba hacia la cérea carita, sopla suavemente en la boquita estertorosa… Unos instantes. Luego sonríe, de forma casi imperceptible a causa de los mechones de cabellos que le caen hacia adelante. Se endereza. El niño abre los ojitos y hace ademán de sentarse. La madre teme que sea el extremo conato y grita teniéndolo contra el corazón.

-¡Suéltalo, mujer! Niño, ven a mí - dice Jesús (que sigue sentado al lado de la mujer), tendiendo los brazos mientras sonríe. Y el niño se arroja, seguro, a esos brazos, y se echa a llorar (con llanto no de dolor, sino de miedo, del miedo que vuelve con el recuerdo).
-No está el caballo, no está - dice Jesús infundiéndole seguridad - Todo ha pasado. ¿Te sigue doliendo aquí?
-No. Pero tengo miedo, ¡tengo miedo!

-Ya ves, mujer. Es sólo miedo. Ahora se pasa. Traedme agua. La sangre y la venda le impresionan. Dame una de las manzanas que tienes, Juan… Toma, pequeño. Come, está buena…

Traen agua, mejor dicho, es el soldado Alejandro quien la trae en su yelmo. Jesús se dispone a quitar la venda.
Alejandro y la madre dicen:

-¡No! Se está restableciendo… ¡pero la cabeza está abierta!…
Jesús, sonriendo, quita la venda. Una, dos, tres, ocho vueltas. Quita los retazos ensangrentados. La parte derecha de la cabeza, desde la mitad de la frente hasta la nuca, es un coágulo de sangre, todavía blando, entre los delicados cabellos del niño.

Jesús moja una venda y empieza a lavar.

-Pero debajo está la herida… Si quitas el coágulo, volverá a sangrar - insiste Alejandro.

La madre se tapa los ojos para no ver.
Jesús lava, lava, lava… el coágulo se disuelve… los cabellos quedan limpios: están húmedos, pero debajo no hay herida. La frente está también sana. Sólo tiene una pequeña señal roja donde había empezado a cicatrizar.

La gente grita de estupor. La mujer tiene el valor de mirar, y una vez que ha visto ya no se contiene: se derrumba enteramente encima de Jesús y lo abraza junto con el niño, y llora. Jesús soporta esa efusión y esa lluvia de lágrimas.

-Yo te doy las gracias, Jesús -dice Alejandro - Me adoloraba el haber matado a este inocente.

-Has tenido bondad y confianza. Adiós, Alejandro. Ve a continuar tu servicio.

Alejandro está para marcharse ya cuando llegan, como ciclones, sacerdotes y oficiales del Templo.

-¡El Sumo Sacerdote te intima, por medio de nosotros, que salgas del Templo; Tú y el pagano profanador; enseguida!

¡Habéis turbado el ofrecimiento del incienso! ¡Este ha penetrado en un lugar que es de Israel! ¡No es la primera vez que, por causa tuya, el Templo se revoluciona! ¡El Sumo Sacerdote y con él los Ancianos de turno te ordenan que no vuelvas a poner pie aquí dentro! ¡Vete y quédate con tus paganos!

-No somos perros tampoco nosotros. Él lo dice: "Hay sólo un Dios, -Creador de los judíos y de los romanos". Si ésta es su Casa y Él me ha creado a mí, podré entrar en ella también yo» responde Alejandro, ofendido por el desprecio con que los sacerdotes dicen "paganos".

-Calla, Alejandro. Yo hablo - interviene Jesús, que después de haber besado al pequeño se lo ha devuelto a su madre, y se ha puesto en pie -. Dice al grupo que ha venido a echarlo:

-Nadie puede prohibir a un fiel, a un verdadero israelita del que ninguno puede probar que sea culpable de pecado, orar en el Santo.

-Pero explicar en el Templo la Ley, sí. Te has tomado este derecho sin tenerlo y sin pedirlo. ¡Pero bueno! ¿Quién eres Tú?

¿Cómo usurpas un nombre y un puesto que no te pertenecen?
Jesús los mira con unos ojos que… Luego dice:
-Judas de Keriot, pasa aquí.

A Judas no parece entusiasmarle la propuesta. Había tratado de eclipsarse apenas llegados los sacerdotes y los oficiales del Templo (que no llevan uniforme militar: debe ser un cargo civil), pero tiene que obedecer porque Pedro y Judas de Alfeo lo empujan hacia delante.
-Judas, responde. Y vosotros miradlo. Lo conocéis. Es del Templo. ¿Lo conocéis?

Deben responder: «Sí».

-Judas, ¿qué te mandé hacer la primera vez que hablé aquí? Y ¿de qué te asombraste tú? Y Yo, ¿qué te dije como
respuesta a tu asombro? Habla. Sé franco.

-Me dijo: "Llama al oficial de turno para que pueda pedirle permiso para instruir". Y dio su nombre y acreditó su condición y su tribu… y yo me asombré como quien presencia una inútil formalidad dado que Él se dice el Mesías. Y me explicó:

"Es necesario, y cuando llegue el momento acuérdate de que no falté de respeto ni al Templo ni a sus oficiales". Sí. Así dijo.
Verdaderamente debo decirlo.

Judas al principio hablaba un poco inseguro, como si se sintiera molesto Pero luego, con uno de esos cambios bruscos típicos suyos, ha superado la inseguridad hasta mostrarse incluso casi arrogante.
-Me sorprende que lo defiendas. Has traicionado nuestra confianza en ti - dice un sacerdote a Judas en tono de reprensión.

-No he traicionado a nadie. ¿Cuántos entre vosotros son del Bautista! Y, ¿son traidores por eso? Pues yo soy de Cristo.

-Bien, de acuerdo; pues Éste no debe hablar aquí. Que venga como un fiel, que ya es incluso demasiado para uno que es amigo de paganos, meretrices, publicanos…
-Respondedme a mí ahora - dice Jesús, severo pero tranquilo: ¿Quiénes son los Ancianos de turno?
-Doras y Félix, judíos. Joaquín de Cafarnaúm y José, itureo.

-Ya. Vamos. Como respuesta, decid a los tres acusadores - puesto que el itureo no ha podido acusar - que el Templo no es todo Israel e Israel no es todo el mundo, y que la baba de los reptiles, a pesar de ser mucha y venenosísima, no sumergerá la Voz de Dios, ni su, veneno paralizará mi caminar entre los hombres mientras no llegue la hora. Y después… ¡oh!, decidles que después los hombres harán justicia de los verdugos y exaltarán a la Víctima haciendo de Ella su único amor. Id. Y nosotros, vámonos.
Y Jesús se cubre con su amplio manto oscuro y sale en medio de los suyos.

Detrás de todos viene Alejandro, que se había quedado durante la disputa. Una vez fuera del recinto, al pie de la Torre Antonia, dice:

-Me despido de ti, Maestro. Y te pido perdón por haberte sido causa de censura.

-¡Oh, no te aflijas por ello! Buscaban el pretexto y lo han encontrado. Si no hubieras sido tú, hubiera sido otro…

Vosotros, en Roma, celebráis juegos en el Circo, con fieras y serpientes, ¿no es cierto? Pues bien, te digo que ninguna fiera es más feroz y más falsa que un hombre que quiere matar a otro hombre.

-Y yo te digo que al servicio de César he recorrido todas las regiones de Roma, pero no he encontrado nunca, entre los miles de personas con que me he topado, una más divina que Tú. ¡No, ni siquiera nuestros dioses son divinos como Tú lo eres!

Son vindicativos, crueles, pendencieros, mentirosos… Tú eres bueno. Tú eres verdaderamente un Hombre no hombre. Salud, Maestro.

-Adiós, Alejandro. Prosigue en la Luz.

Todo termina

114- En el convite de José de Arimatea. Encuentro con Gamaliel y Nicodemo

Arimatea es todavía montañosa.
No sé por qué me la imaginaba llana. En realidad está entre montes que van decreciendo hacia el llano fértil que en ciertas vueltas del camino aparece a occidente, para difuminarse en el horizonte, en esta mañana de Noviembre, en medio de una niebla baja que parece una extensión de agua sin límite.

Jesús está con Simón y Tomás. No tiene otros apóstoles consigo. Tengo la impresión de que valora sabiamente los efectos de los tipos de personas con que debe tratar, llevando consigo, según los distintos ambientes, a aquellos que pueden ser aceptados sin crear demasiado contraste en el huésped de que se trate. Estos judíos deben ser más… susceptibles que mujercitas románticas…

Oigo que están hablando de José de Arimatea. Tomás, que quizás lo conoce muy bien, señala las posesiones de éste - vastas y valiosas- que se extienden por la montaña, especialmente por la parte de Jerusalén, siguiendo el camino que desde la capital viene hacia Arimatea y une después este lugar con Joppe. Oigo que hablan de esto, y que Tomás hace un canto también a las tierras que José posee a lo largo de los caminos de la llanura.

-¡Al menos aquí no se trata como animales a los hombres! ¡Oh…. ese Doras! - dice Simón.

Efectivamente, aquí los trabajadores están bien nutridos y bien vestidos, y reflejan ese algo que expresa satisfacción, propio de quien se encuentra a gusto. Los trabajadores saludan respetuosamente: naturalmente ya saben quién es el que va por los campos de Arimatea hacia la casa de su patrón; saben quién es ese Hombre alto y apuesto, y, observándolo, hacen comentarios en voz baja.

En el punto en que ya se ve la casa, hay un servidor de José, que se postra y pregunta:

-¿Eres Tú el Rabí esperado?

-Soy Yo - responde Jesús.
El hombre se despide con profundo respeto y se marcha corriendo para avisar a su patrón.

Efectivamente, no ha llegado aún Jesús al límite de la casa - circundada completamente por un alto seto de plantas de hoja perenne, que sustituye, en ésta, a la alta pared que tiene la casa de Lázaro, y que la aísla de la calle, pero que no es más que una continuación del jardín que rodea la casa, muy poblado de árboles, y ahora también muy desnudo de hojas -, no ha llegado aún, cuando José de Arimatea, vistiendo amplios indumentos de franjas, le sale al encuentro y se inclina reverentemente con las manos cruzadas sobre el pecho. No es el saludo humilde de quien reconoce en Jesús el Dios hecho Carne y que hace acto de
sumisión postrándose, besando sus pies y la orla de la túnica; no es esto, pero, de todas formas, es un saludo de profundo respeto. Jesús, igualmente, se inclina y da su saludo de paz.

-Entra, Maestro. Me haces feliz aceptando la invitación. No esperaba en ti tanta condescendencia.

-¿Por qué? Voy también a casa de Lázaro y…
-Lázaro es amigo tuyo… yo soy un desconocido.
-Eres un alma que busca la Verdad. La Verdad, por tanto, no te rechaza.

-¿Tú eres la Verdad?
-Yo soy Camino, Vida y Verdad. Quien me ame y me siga tendrá en sí el Camino cierto, la Vida beata, y conocerá a Dios, porque Dios además de ser Amor y Justicia, es Verdad.

-Eres un gran Doctor. Toda palabra tuya espira sabiduría.
Luego se vuelve a Simón:

-Me alegro de que tú también tornes, después de tanta ausencia, a mi casa.
-No he estado ausente por propia voluntad. Tú sabes cuál fue mi suerte y cuántas lágrimas hubo en la vida del pequeño Simón, al que tu padre amaba.

-Lo sé. Y creo que no desconoces que jamás hubo en mi boca pa labra alguna que te pudiera perjudicar.
-Sé todo. Mi fiel servidor me ha dicho que también a ti te debo el que me fueran respetados los bienes. Que Dios te lo pague.

-Yo era algo en el Sanedrín, y lo usé esto para beneficiar, con justicia, a un amigo de casa.
-Muchos eran los amigos de la mía, y muchos eran algo en el Sanedrín; pero, no tenían tu justicia.
-¿Y éste, quién es? Me resulta conocido… pero no sé dónde…

-Soy Tomás, llamado Dídimo…
-¡Ah, eso es! ¿Vive aún tu anciano padre?
-Vive. En sus negocios, con mis hermanos. Yo lo he dejado por el Maestro. Pero él se ha alegrado de ello.
-Es un verdadero israelita, y, puesto que ha creído que Jesús de Nazaret es el Mesías, no puede sino sentirse feliz de que su hijo esté entre sus predilectos.
Están ya en el jardín, junto a la casa.

-No le he dejado a Lázaro que se marchara. Está en la biblioteca leyendo un extracto de las últimas sesiones del Sanedrín. No quería detenerse porque… Sé que ya sabes… Por eso no quería detenerse. Pero he dicho: "No. No es justo que te avergüences de esa manera. En mi casa nadie te afrentará. Quédate. Quien se aísla está solo contra todo un mundo. Y, dado que el mundo es más malo que bueno, al solo se le derriba y pisotea". ¿Es correcto lo que he dicho?

-Es correcto lo que has dicho y has actuado bien - responde Jesús.
-Maestro… hoy va a estar aquí Nicodemo y… Gamaliel. ¿Te molesta?
-¿Por qué iba a sentirme molesto? Reconozco que es un hombre sabio.
-Sí. Deseaba verte y… y quería resistir firme en su posición. Ya sabes… ideas. Dice que él ya ha visto al Mesías y que está esperando el signo que le prometió, llegada la hora de su manifestación. Pero dice también que Tú eres "un hombre de Dios".

No dice "el Hombre". Dice "un hombre de Dios". Sutilezas rabínicas, ¿verdad? ¿No te sientes ofendido por ello, verdad?

Jesús responde:
-Sutilezas. Bien has dicho. Hay que dejarlos… Los mejores podarán por sí mismos todos los inútiles ramojos que los hacen todo fronda y nada fruto; y vendrán a mí.

-He querido referirte sus palabras porque, sin duda, te las repetirá a ti. Es auténtico - hace notar José.
-Virtud rara y que aprecio mucho - responde Jesús.
-Sí. Le he dicho también: "Pero, con el Maestro está Lázaro de Betania". Se lo he dicho porque…, sí, en suma, por causa de su hermana. Pero Gamaliel ha respondido:

"¿Ella está presente? ¿No? ¿Y entonces? Del vestido que no sigue en el fango el barro se desprende. Lázaro se lo ha sacudido de sí, y no me contamina la túnica. Además, juzgo que si a su casa va un hombre de Dios, puedo también tratarlo yo, doctor de la Ley".

-Gamaliel juzga bien. Fariseo y doctor hasta la médula, pero todavía honesto y justo.

-Me alegra oírtelo decir. Maestro, mira, Lázaro.
Lázaro se inclina para besar la túnica de Jesús. Se siente dichoso de estar con Él, pero también se ve claramente que, esperando a los convidados, está muy agitado. Me es cierto que el pobre Lázaro, a sus conocidas torturas, conocidas por los hombres por haber sido transmitidas por la historia, ha de añadir ésta - desconocida y no meditada por la mayoría – del sufrimiento moral de ese tremendo aguijón que supone el pensamiento: «¿Qué me dirá éste? ¿Qué piensa de mí? ¿Cómo me considera? ¿Me herirá con palabras o mirada de desprecio?». Aguijón éste que atormenta a todos aquellos que tienen alguna mancha en su familia.

Dentro ya de la riquísima sala donde están dispuestas las mesas no esperan más que a Gamaliel y Nicodemo, porque otros cuatro invitados han llegado ya. Oigo que los presentan con los respectivos nombres de Félix, Juan, Simón y Cornelio.

Se produce un gran alboroto de servidores que acuden a la sala cuando llegan Nicodemo y Gamaliel (el siempre imponente Gamaliel, con su espléndido indumento de nieve hilada, que endosa con majestuosidad de rey). José, con toda premura, se dirige a su encuentro. El saludo entre ambos es de una deferencia pomposa. También Jesús recibe un reverente saludo y se inclina ante el gran rabino, que lo saluda así: «El Señor esté contigo»; a lo que Jesús responde: «Y su paz sea siempre compañera tuya». Lázaro también se inclina reverente, y así los demás.

Gamaliel toma asiento en el centro de la mesa, entre Jesús y José. Al lado de Jesús está Lázaro; al lado de José, Nicodemo. Comienza la comida tras las preces rituales, dirigidas por Gamaliel después de un intercambio de cortesías enteramente oriental entre los tres principales personajes, o sea, Jesús, Gamaliel y José.

Gamaliel es hombre de porte muy digno, pero no es soberbio. Más que hablar, escucha. Se ve que medita cada una de las palabras de Jesús, y frecuentemente lo mira con sus profundos ojos oscuros y severos. Cuando Jesús calla por haberse agotado el tema, es Gamaliel quien, con una oportuna pregunta, reanima las conversaciones. Lázaro en un primer momento se encuentra un poco confuso, pero luego toma ánimos y también habla.

Alusiones directas a la personalidad de Jesús no hay hasta casi terminada la comida. En ese momento se enciende, entre el que se llamaba Félix y Lázaro - al cual luego se une, apoyándole, Nicodemo y, en fin, el que se llamaba Juan -, una discusión acerca de los milagros como prueba a favor o en contra de un individuo. Jesús calla. De vez en cuando sonríe con misteriosa sonrisa, pero calla.

También Gamaliel calla. Tiene un codo apoyado
sobre el recostadero y la mirada intensamente fija en Jesús. Parece como si quisiera descifrar alguna palabra sobrenatural incidida en la piel pálida y lisa del rostro delgado de Jesús, rostro del que parece estar analizando cada una de las fibras. Félix sostiene que la santidad de Juan es innegable, y de esta cierta e indiscutible santidad deduce una consecuencia no favorable a Jesús Nazareno, autor de muchos y conocidos milagros. Dice:

-No es el milagro prueba de santidad, porque no se ve en la vida del profeta Juan, y ninguno en Israel lleva una vida como la suya: ni banquetes, ni amistades, ni comodidades; sí sufrimientos y encarcelaciones por el honor de la Ley; soledad, porque - sí - tiene discípulos, pero ni siquiera con ellos convive, y encuentra culpas incluso en los más honestos, y a todos alcanzan sus invectivas. Mientras que… la verdad es que el Maestro de Nazaret, aquí presente, ha hecho milagros, es cierto, pero veo que aprecia como los demás lo que la vida ofrece, y no rechaza amistades y - perdona si esto te lo dice uno de los Ancianos del Sanedrín - se muestra demasiado dispuesto a dar, en nombre de Dios, perdón y amor a pecadores públicos y anatematizados. No deberías hacerlo, Jesús.

Jesús sonríe y guarda silencio. Lázaro responde por Él:

-Nuestro potente Señor es dueño de dirigir a sus siervos como quiere y a donde quiere. A Moisés le concedió el milagro; a Aarón, su primer pontífice no se lo concedió. ¿Qué decir entonces? ¿Qué conclusión sacas? ¿Más santo el uno que el otro?

-Ciertamente» responde Félix.
-Entonces el más santo es Jesús, que obra milagros.
Félix se encuentra desorientado, pero encuentra un punto donde agarrarse:

-Aarón había recibido ya el pontificado. Era suficiente.
-No, amigo - responde Nicodemo - El pontificado era una misión santa, pero no más que una misión. No siempre y no todos los pontífices de Israel han sido santos; lo cual no quita el que fueran pontífices aunque no fueran santos.
-¡No querrás decir que el Sumo Sacerdote es un hombre privado de gracia!..- exclama Félix.
-Félix… no toquemos el fuego encendido. Yo, tú, Gamaliel, José, Nicodemo, todos, sabemos muchas cosas… - dice el que lleva por nombre Juan.

-¿Pero qué dices?, ¿qué dices? ¡Gamaliel, interven!…». Félix está escandalizado.

-Si es justo, dirá la verdad que no quieres oír - dicen los tres que discuten acaloradamente contra Félix.
José trata de poner paz. Jesús está callado, como también lo están Tomás, el Zelote, y el otro Simón, amigo de José.
Gamaliel parece jugar con las franjas de su vestido, pero está mirando de abajo arriba a Jesús.

-¿No hablas, Gamaliel? - grita Félix.
-Sí. Habla. Habla - dicen los tres.
-Yo digo que las debilidades de la familia se deben mantener celadas» responde Gamaliel.

-¡Eso no es una respuesta! - grita Félix. ¡Parece como si confesaras que existen culpas en casa del Pontífice!

-Es boca que dice verdad - replican los tres.
Gamaliel se pone derecho y se vuelve hacia Jesús:

-Aquí está el Maestro que eclipsa a los más doctos. Que dé su opinión.

-Tú lo deseas. Obedezco. Digo: el hombre es hombre; la misión va más allá del hombre; pero el hombre, investido de una misión, es capaz de cumplirla como superhombre cuando, por vivir una vida santa, tiene a Dios como amigo.

Es Él quien ha dicho: "Tú eres sacerdote según el orden que Yo he dado". ¿Qué está escrito en el Racional:

"Doctrina y Verdad". Esto deberían poseer los pontífices.

A la Doctrina se llega con constante meditación, orientada a conocer al Sapientísimo; a la Verdad, con la fidelidad absoluta al Bien. Quien se amanceba con el Mal entra en la Mentira y pierde Verdad.

-¡Bien! Has respondido como un gran rabino. Yo, Gamaliel, te lo digo. Me superas.

-Que explique entonces éste por qué Aarón no hizo milagros y Moisés sí - dice Félix chillando.

Jesús, interpelado, responde solícito:

-Porque Moisés tenía que imponerse a la masa gris y pesada, e incluso contraria, de los israelitas, y llegar a tener una autoridad moral sobre ellos que fuera capaz de doblegarlos a la voluntad de Dios. El hombre es el eterno salvaje y el eterno niño. Le impresiona lo que escapa a las reglas. Tal es el milagro. Es una luz agitada ante las pupilas oscurecidas, es un sonido producido junto a los oídos tapados: despierta, atrae la atención, hace decir: “Aquí está Dios".

-Lo dices en favor tuyo - replica Félix.

-¿En favor mío? ¿Y qué me añado obrando milagros? ¿Puedo parecer más alto si me meto un filamento de hierba bajo los pies? Así es el milagro, en relación con la santidad.

Hay santos que jamás han obrado milagros. Hay magos y nigromantes que con fuerzas oscuras los realizan, o sea, llevan a cabo cosas sobrehumanas pero que no son santas, siendo ellos demonios. Yo seré Yo, aunque deje de obrar milagros.

-¡Muy bien! ¡Eres grande, Jesús! - aprueba Gamaliel.
-¿Y quién es, según tu parecer, este "grande"? - insta Félix dirigiéndose a Gamaliel.

-El mayor entre los profetas que yo conozco, tanto en sus obras como en sus palabras - responde éste.
-Yo te digo que es el Mesías, Gamaliel. Créelo, tú, que eres sabio y justo - dice José.
-¿Cómo? ¿Tú también, rector de judíos, tú, el Anciano, gloria nuestra, caes en esta idolatría hacia un hombre? Dime quién te prueba que es el Cristo. Yo no lo creeré ni siquiera viéndolo hacer milagros. ¿Y por qué ante nosotros no hace uno?

Díselo tú, tú que lo alabas; díselo tú, que lo defiendes - dice Félix a Gamaliel y a José.

-No lo he invitado para ser juguete de mis amigos, y te ruego que recuerdes que es mi huésped - responde serio José.

Félix se levanta y se marcha, enfadado y grosero.
Se produce un silencio. Jesús se vuelve hacia Gamaliel:
-¿Y tú pides milagros para creer?
-No serán los milagros de un hombre de Dios los que me extraerán el aguijón que llevo en el corazón, de tres preguntas que siempre quedan sin respuesta.

-¿Qué preguntas?
-¿Está vivo el Mesías? ¿Era aquél? ¿Es éste?
-¡Te digo que es Él, Gamaliel! - exclama José - ¿No lo sientes santo, distinto, potente? ¿Sí? ¿Entonces? ¿A qué esperas para creer?

Gamaliel no responde a José. Se dirige a Jesús:
-Una vez - no te sientas molesto, Jesús, si soy tenaz en mis ideas -…una vez, en vida aún del grande y sabio Hil-lel, yo creí, y él conmigo, que el Mesías estaba en Israel. ¡Gran refulgir de sol divino en aquel frío día de un insistente invierno! Era Pascua… Los hombres temían por las congeladas mieses… Yo dije, después de oír aquellas palabras: "¡Israel está salvado! ¡Desde hoy, copiosidad en los campos y bendiciones en los corazones! El Esperado se ha manifestado con su primer fulgor". Y no me equivoqué. Todos podéis recordar qué recolección hubo ese año embolismal, de trece meses, que en éste se repite…

-¿Qué palabras oíste? ¿Quién las pronunció?
-Uno… poco más que un niño… pero Dios resplandecía en su rostro inocente y delicado… Hace diecinueve años que lo pienso y lo recuerdo… y busco volver a oír esa voz… que pronunciaba palabras de sabiduría… ¿Dónde estará? Yo pienso:… "Era Dios. Bajo forma de niño para no aterrorizar al hombre. Y como relámpago que atravesando los firmamentos velozmente aparece a oriente y a poniente, a septentrión y a meridión, Él, el Divino, va de uno a otro lado de la Tierra, vestido de misericordiosa belleza, con voz y rostro de niño y pensamiento divino, para decirles a los hombres: `Yo soy"'. Pienso de esta forma… "¿Cuándo volverá a Israel?… ¿Cuándo?". Y pienso: "Cuando Israel sea altar para su pie de Dios"; y gime el corazón, viendo la abyección de Israel: "Nunca". ¡Oh…, dura respuesta… y verdadera! ¿Puede acaso la Santidad descender en su Mesías estando la abominación entre nosotros?

-Puede hacerlo y lo hace, porque es Misericordia - responde Jesús.
Gamaliel lo mira pensativo y pregunta:
-¿Cuál es tu verdadero Nombre?
Y Jesús se alza, majestuoso, y dice:
-Yo soy quien es. Soy el Pensamiento y la Palabra del Padre. Soy el Mesías del Señor.

-¿Tú?… No lo puedo creer. Grande es tu santidad. Pero aquel Niño en el cual yo creo dijo entonces: "Daré un signo… Estas piedras se estremecerán cuando sea mi hora". Yo espero ese signo para creer ¿Me lo puedes dar Tú para persuadirme de que eres el Esperado?

Los dos - ahora en pie ambos - altos, solemnes - el uno con su amplio vestido de lino cándido, el otro con su vestido sencillo de lana roja oscura; el uno anciano, el otro joven; de ojos dominadores y profundos ambos- se miran fijamente.

Jesús baja el brazo derecho, que había plegado sobre el pecho, y, como si estuviera haciendo un juramento, exclama:
-¿Ese signo quieres? ¡Pues lo tendrás! Repito aquellas lejanas palabras: "Las piedras del Templo del Señor se estremecerán con mis últimas palabras". Espera ese signo, doctor de Israel, hombre justo, y luego cree si quieres ser perdonado y recibir la salvación. ¡Bienaventurado anticipadamente si pudieras creer antes! Pero, no puedes.

Siglos de creencias erradas acerca de una promesa acertada, y cúmulos de orgullo, te hacen baluarte ante la Verdad y ante la Fe.

-Dices bien. Esperaré ese signo. Adiós. El Señor esté contigo.

-Adiós, Gamaliel. Que el Espíritu te ilumine y te guíe.
Todos despiden a Gamaliel, que se va con Nicodemo y con Juan y Simón (miembro del Sanedrín). Se quedan Jesús, José, Lázaro, Tomás, Simón Zelote y Cornelio.
-¡No cede!… Quisiera tenerlo entre tus discípulos. Sería un peso decisivo a tu favor… pero no lo logro - dice José.
-No te aflijas por ello. No hay influencia capaz de salvarme de la tempestad que se está preparando. Pero Gamaliel, si no se pliega a favor, tampoco lo hará contra Cristo. Es de los que esperan…

Todo termina.

113- Regreso a Betania después de la fiesta de los Tabernáculos

Jesús, de nuevo, está donde Lázaro.

Por lo que oigo, comprendo que los Tabernáculos se han celebrado ya y que ha vuelto a Betania debido a la insistencia de su amigo, el cual no querría nunca estar separado de Jesús. También comprendo que está en casa de Lázaro sólo con Simón y Juan, mientras los demás están esparcidos por los alrededores. Y, en fin, comprendo que ha habido un encuentro de amigos, todavía fieles a Lázaro, invitados por él para que conocieran a Jesús.

Comprendo todo esto porque Lázaro continúa - con más detalle - ilustrando las características morales de cada uno. Así, habla de José de Arimatea, definiéndolo "hombre justo y verdadero israelita”.Dice:

-No se atreve a decirlo - porque teme al Sanedrín, que ya te odia, y del cual forma parte -, pero espera que Tú seas el Anunciado por los Profetas. Él mismo me ha pedido venir para conocerte y juzgar acerca de ti en primera persona, puesto que no le parecía justo lo que de ti decían tus enemigos… Hasta de Galilea han ido fariseos para acusarte de pecado. Pero José ha juzgado así: "Quien obra milagros tiene consigo a Dios. Quien tiene a Dios no puede estar en pecado; es más, debe ser alguien amado por Dios".

Y querría que fueseis a Arimatea, a su casa. Me ha dicho que te lo proponga. Y yo te pido que escuches su petición, que también es mía.

-He venido para los pobres y para los que sufren en alma y cuerpo, más que para los poderosos que ven en mí sólo un objeto de interés. Pero iré a casa de José. No hay en mí toma de posición contra los poderosos. Un discípulo mío, ese que por curiosidad y por importancia autodeclarada vino a tu casa sin orden mía - pero es joven y se ha de ser indulgente con él -, puede dar testimonio de mi respeto a las castas poderosas que se autoproclaman "las tutoras de la Ley" y… - dan a entender - "las sustentadoras del Altísimo" - ¡está claro que el Eterno se sostiene Él solo! -. Ninguno entre los doctores ha tenido nunca el respeto que Yo he tenido hacia los oficiales del Templo.

-Lo sé. Y son muchos los que lo saben, realmente muchos… Pero sólo los mejores dan a este acto el nombre justo. Los demás… lo llaman "hipocresía".

-Cada uno da lo que dentro de sí tiene, Lázaro.
-Es verdad. Ve, no obstante, a casa de José. Él desearía que fueras para el próximo sábado.

-Iré. Puedes hacérselo saber.

-También Nicodemo es bueno. Es más… me ha dicho… Bueno, ¿puedo manifestarte una crítica acerca de uno de tus discípulos?
-Dila. Si es justo, lo que dice será cierto; si injusto, criticará una conversión, porque el Espíritu da luz al espíritu del hombre si es hombre recto; y el espíritu del hombre guiado por el Espíritu de Dios tiene sabiduría sobrehumana y lee la verdad de los corazones.

-Me ha dicho: "No critico la presencia de los ignorantes ni de los publicanos entre los discípulos del Cristo. Pero no juzgo digno de estar entre los suyos a aquel que no sé si está con Él o contra Él, como un camaleón que toma color y aspecto de lo que le rodea".

-Es Judas Iscariote. Lo sé. Pero, creedlo todos, la juventud es vino que fermenta y luego se depura. Al fermentar aumenta de volumen y hace espuma y rebasa por todas partes debido a una exuberancia de fuerza. El viento de primavera lo comba todo en todas las direcciones, y parece un enloquecido desordenador de frondas; y, no obstante, debemos estarle agradecidos por ser fecundador de flores. Judas es vino y viento, pero malvado no es. Su modo de actuar crea trastornos, turba, incluso irrita, y hace sufrir; pero no todo en él es malvado… es un potro de sangre ardiente.

-Tú lo dices… Yo no soy competente para juzgarlo. De él me quedado la amargura de haberme dicho que Tú la habías
visto…

-Pero esa amargura se mitiga ahora con miel, por mi promesa…

-Sí. Pero yo me acuerdo de aquel momento… El sufrimiento no se olvida aunque haya cesado.

-¡Lázaro, Lázaro! Te turbas por demasiadas cosas… ¡muy mezquinas, por cierto! Deja que pasen los días: pompas de aire que se desvanecen y no vuelven con sus colores alegres o tristes; y mira al Cielo, que no desaparece y que es para los justos.

-Sí, Maestro y Amigo. No quiero juzgar el hecho de que Judas esté contigo, ni el que Tú lo tengas contigo. Pediré que no te perjudique.

Jesús sonríe y todo termina.

112- De Jericó a Betania. El encuentro con Marta, que habla de María

La plaza del mercado de Jericó, con sus árboles, con sus vendedores gritando… En un ángulo, Zaqueo, el recaudador, centrado en sus… extorsiones legales o ilegales; creo que se dedica también algo a la compraventa de joyas, pues veo que pesa y valora collares y objetos de metal noble en general; no sé si se los dan en vez de monedas por no poder pagar de otra forma los impuestos, o si se los venden por otras necesidades.

Le toca el turno a una grácil mujer, toda cubierta por un manto de color pardo. Lleva el rostro también tapado con un paño de finísimo lino muy tupido, amarillento, que impide ver su cara. Sólo se nota la gracilidad del cuerpo, que se manifiesta tal a pesar de todo ese indumento pardo que lo cubre. Debe ser joven, al menos a juzgar por esa mínima parte que de ella se ve, o sea, una mano que aparece un momento bajo el manto para entregar una pulsera de oro, y los pies, que calzan sandalias no demasiado sencillas, provistas de pala y de un entramado de tiras de cuero que dejan ver sólo los dedos, de piel lisa y juveniles, y un poco del tobillo, sutil y blanquísimo. Da su brazalete sin pronunciar palabra, recibe el dinero sin poner objeciones y se da media vuelta para marcharse.

Me doy cuenta ahora de que detrás de ella estaba el Iscariote observándola atentamente; me doy cuenta también de que, cuando ella hace ademán de marcharse, Judas le dice una palabra que no logro coger. Mas ella, como si fuera muda, no responde y se va ligera envuelta en su fardo de indumentos.

Judas pregunta a Zaqueo:
-¿Quién es?
-No pregunto el nombre a mis clientes, especialmente cuando son dóciles como ésa.
-Joven, ¿verdad?
-Parece.
-¿Pero es judía?
-¿Yo qué sé? El oro es amarillo en todos los países.
-Déjame ver esa pulsera.
-¿Quieres comprarla?
-No.
-Pues entonces nada. ¿Qué piensas, que se va a poner a hablar por ella?
-Quería comprobar si veía quién era…

-¿Tanto te interesa? ¿Eres nigromante que adivina, o perro policía que sigue el olor? Déjalo, olvídate de ello. Si es así, o es honesta o infeliz o está leprosa. Por tanto… nada que hacer.

-No es hambre de mujer -responde despreciativo Judas.
-Será así… pero, con esa cara, me cuesta creerlo. Bueno, si no querías más que eso, apártate; tengo otras personas a las que servir.
Judas se marcha enojado y pregunta a un vendedor de pan y uno de fruta si conocen a la mujer que antes había comprado pan y manzanas donde ellos, y si saben dónde vive.

No lo saben y responden:
-Hace un tiempo que viene, cada dos o tres días, pero no sabemos dónde está.
-¿Pero cómo habla? - insta Judas.
Los dos se echan a reír y uno responde:
-Con la lengua.

Judas reacciona insolentemente y se marcha… y va a caer justo en medio del grupo de Jesús y los suyos, que vienen a comprar pan y companaje para su comida diaria. La sorpresa es recíproca y… no muy entusiasta.
Jesús se limita a decir:
-¿Estás aquí?

Y, mientras Judas farfulla algo, Pedro da en una fragorosa carcajada y dice:
-Eso es: estoy ciego y soy un incrédulo; no veo las cepas, no creo en el milagro.
-¿Pero qué dices? -preguntan dos o tres discípulos.
-Digo la verdad. Aquí no hay cepas. Y no puedo creer que Judas aquí, entre este polvo, vendimie, sólo porque es discípulo del Rabí.

-Hace bastante tiempo que ha terminado la vendimia –responde duro Judas.
-Y Keriot está a muchas millas de distancia - termina Pedro.
-Tú enseguida me atacas. Eres enemigo mío.
-No. Soy menos pazguato de lo que quisieras.
-¡Basta! - impone Jesús, no sin severidad. Se dirige a Judas:
-No pensaba verte aquí. Te creía cuando menos en Jerusalén para los Tabernáculos.
-Voy mañana. Estaba aquí esperando a un amigo de familia que…

-Por favor: basta.
-¿No me crees, Maestro? Te juro que yo…
-No te he preguntado nada y te ruego que no digas nada. Estás aquí y ya está. ¿Tienes pensado venir con nosotros o todavía tienes asuntos que resolver? Contesta abiertamente.

-No… he terminado. Total, ese al que me refería no viene y yo voy para la fiesta a Jerusalén. Y tú, ¿a dónde vas?
-A Jerusalén.
-¿Hoy mismo?
-Esta tarde estoy en Betania.
-¿Donde Lázaro?
-Donde Lázaro.
-Entonces voy yo también.

-Pues ven hasta Betania. Luego, Andrés, con Santiago de Zebedeo y Tomás, irán al Get-Samní para preparar las cosas y esperarnos a todos, y tú irás con ellos - Jesús marca de tal forma las palabras que Judas no reacciona.

-¿Y nosotros? - pregunta Pedro.
-Tú, mis primos y Mateo iréis a donde os voy a mandar, para volver por la tarde. Juan, Bartolomé, Simón y Felipe se quedarán conmigo, o sea, irán por Betania comunicando que el Rabí ha llegado y que les va a hablar a la hora nona.

Caminan veloces por los campos desnudos. Hay aire de borrasca, no en el cielo sereno sino en los corazones, y todos lo perciben y marchan en silencio.
Cuando llegan a Betania - viniendo de Jericó por ese camino, la casa de Lázaro se encuentra entre las primeras -, Jesús despide al grupo que tiene que ir a Jerusalén; luego al otro, al que manda hacia Belén diciendo:
-Id seguros. Encontraréis a mitad de camino a Isaac, Elías y los demás. Decid que estaré en Jerusalén muchos días y que los espero para bendecirlos.

Entre tanto, Simón ha llamado a la puerta y le han abierto. Los servidores avisan y acude Lázaro.
Judas Iscariote, que se había adelantado algunos metros, vuelve atrás con la disculpa de decirle a Jesús:
-Te he disgustado, Maestro. Lo comprendo. Perdóname - y aprovecha para mirar de refilón hacia la casa por la puerta abierta en el jardín.

-Sí, de acuerdo. Ve. Ve. No hagas esperar a los compañeros.
Judas se ve obligado a marcharse.
Pedro susurra:
-Esperaba que hubiera un cambio de orden.
-Eso nunca, Pedro. Sé lo que hago. Compadécete de ese hombre…

-Trataré de hacerlo, pero no prometo… Adiós, Maestro. Ven, Mateo, y vosotros dos. Vamos rápido.
-Mi paz con vosotros, siempre.

Jesús entra con los cuatro discípulos restantes y después del beso con Lázaro presenta a Juan, a Felipe y a Bartolomé; luego los despide, quedándose sólo con Lázaro.
Van hacia la casa. Esta vez, bajo el bonito pórtico, hay una mujer, es Marta: alta, aunque no tanto como su hermana, morena (la otra es rubia y de tez sonrosada); es una hermosa joven de cuerpo más bien llenito - armónicamente - y bien modelado, de cabeza menuda y cabellera muy oscura, bajo la cual presenta una frente morenita y lisa, y dos dulces y dóciles ojos negros, largos, aterciopelados entre las pestañas oscuras; tiene la nariz ligeramente curvada hacia abajo y una boca pequeña, muy roja entre el color morenito de los carrillos; sonríe mostrando sus fuertes y candidísimos dientes.

Viste de lana color azul marino, con galones en rojo y verde oscuro en torno al cuello y a los extremos de las amplias mangas, cortas, hasta el codo, de las que salen otras mangas de lino finísimo y blanco estrechadas a la muñeca por un cordoncito que las frunce; esta camisita finísima y blanca, ceñida con un cordón, sobresale también por la parte alta del pecho, en la raíz del cuello; lleva por cinturón una banda azul, roja y verde, de paño muy fino, que le ciñe el límite de las caderas y le cuelga del lado izquierdo con una borla de flecos: un vestido rico y casto.

-Tengo una hermana, Maestro: ésta es. Es Marta; buena y pía, el consuelo y el honor de la familia, y la alegría del pobre Lázaro. Antes era la primera y única alegría mía; ahora es la segunda, porque la primera eres Tú.
Marta se postra y besa la orla del vestido de Jesús.

-Paz a la hermana buena y a la mujer casta. Levántate.
Marta se alza y entra en la casa con Jesús y Lázaro. Luego solicita ausentarse para las labores domésticas.

-Es mi paz… - susurra Lázaro, y mira a Jesús (una mirada escrutadora, que Jesús, no obstante, muestra no haber visto).

Lázaro pregunta:
-¿Y Jonás?
-Ha muerto.
-¿Muerto? Entonces…
-Cuando lo he conseguido estaba ya muriéndose. Pero ha muerto libre y feliz en mi casa, en Nazaret, entre mi Madre y Yo.

-¡Doras te lo ha acabado antes de dártelo!
-De fatiga, sí, y también de golpes…
-Es un demonio y te odia. Odia a todo el mundo esa hiena… ¿A ti no te ha dicho que te odia?…

-Me lo ha dicho.

-Desconfía, Jesús, de él. Es capaz de todo. Señor… ¿qué te ha dicho Doras? ¿No te ha dicho que evites mi compañía?

¿No te ha dado una imagen ignominiosa del pobre Lázaro?
-Creo que tú me conoces suficientemente como para entender que juzgo por mí, y con justicia, y que cuando amo lo hago sin pensar en si este amor puede acarrearme un bien o un mal según las luces del mundo.

-Pero ese hombre es feroz, cuando hiere o provoca un daño es atroz… Me ha torturado hace unos días con su visita y con sus palabras… ¡Oh… es mucho ya mi tormento!, ¿por qué querer privarme también de ti?

-Yo soy el consuelo de los afligidos y el compañero de los abandonados. He venido también por esto.
-¡Ah! ¿Entonces sabes que…? ¡Oh, vergüenza mía!
-No. ¿Por qué tuya? Lo sé. ¿Y qué? ¿Voy acaso a anatematizarte a ti, que sufres? Yo soy Misericordia, Paz, Perdón, Amor hacia todos. ¿Qué seré entonces para con los inocentes? Tú no tienes el pecado por el que sufres. Si siento incluso piedad por ella, ¿cómo puedo ensañarme contigo?

-¿La has visto?
-La he visto. No llores.
Pero Lázaro - la cabeza relajada encima de los brazos cruzados y apoyados sobre una mesa - llora con penosos sollozos.

Marta se asoma y mira. Jesús le hace una seña de que se esté callada. Y ella se marcha, cayéndosele unos lagrimones silenciosamente.

Lázaro se va calmando poco a poco. Se siente humillado a causa de su debilidad. Jesús lo consuela. Luego, viendo que su amigo desea estar solo un momento, sale al jardín y pasea entre los cuadros donde resiste todavía alguna rosa purpúrea.

Pasado un poco, Marta se acerca a Él.
-Maestro… ¿Lázaro ha hablado?
-Sí, Marta.
-Lázaro no es capaz de hallar consuelo desde que sabe que Tú lo sabes y que la has visto…

-¿Cómo lo sabe?
-Primero aquel hombre que estaba contigo y que se dice discípulo tuyo, ese que es joven, alto, moreno y sin barba… luego Doras. Éste nos ha fustigado con su desprecio; el otro dijo sólo que la habíais visto en el lago… con sus amantes…

-¡No lloréis por esto! ¿Creéis que Yo ignoraba vuestra herida? La conocía desde cuando Yo estaba en el Padre… No te abatas, Marta. Levanta corazón y frente.

-Ruega por ella, Maestro. Yo oro… pero no sé perdonar del todo, y quizás el Eterno rechaza la oración.

-Has dicho bien: hay que perdonar para ser perdonados y escuchados. Yo ruego ya por ella, pero dame tu perdón y el de Lázaro. Tú, hermana buena, puedes hablar y obtener aún más que Yo. Su herida está demasiado abierta y le escuece demasiado como para que algo la roce, aunque sea mi mano. Tú puedes hacerlo. Dadme vuestro perdón pleno, santo, y Yo
haré…

-Perdonar… No podremos. Nuestra madre murió de dolor por sus infames acciones, y… eran todavía leves respecto a las de ahora. Veo las torturas de nuestra madre… las tengo siempre presentes. Y veo lo que sufre Lázaro.

-Es una enferma, Marta, una desquiciada. Perdonad.
-Es una endemoniada, Maestro.

-¿Y qué es la posesión diabólica, sino una enfermedad del espíritu, contagiado por Satanás hasta el punto de degenerarse transformándose en una entidad espiritual diabólica? ¿Cómo explicar, si no, ciertas perversiones en los humanos; perversiones que le hacen al hombre mucho peor que las fieras cuando están furiosas, más libidinoso que los simios en su lujuria, etc., y hacen de él un híbrido, en el cual se encuentran fundidos el hombre, el animal y el demonio? Ésta es la explicación de lo que nos asombra como una monstruosidad inexplicable en tantas criaturas. No llores. Perdona. Yo veo. Yo tengo una vista más alta que la del ojo y del corazón. Tengo vista de Dios. Veo. Y te digo: perdona porque está enferma.

-¡Pues entonces cúrala!

-La curaré. Ten fe. Te daré este motivo de dicha. Pero tú perdona y dile a Lázaro que lo haga. Perdona. Sigue amándola.

Acércate a ella. Háblale como si fuera una como tú. Háblale de mí…

-¿Cómo quieres que te comprenda a ti, que eres Santo?
-Parecerá que no comprende. Pero mi Nombre de por sí es ya salvación. Haz que piense en mí y que me nombre. ¡Oh, Satanás huye cuando mi Nombre es pensado por un corazón! Sonríe, Marta, ante esta esperanza. Mira esta rosa: la lluvia de estos días la había puesto mustia, pero el sol de hoy, mira, la ha abierto; y así es aún más hermosa, porque la lluvia que ha quedado entre pétalo y pétalo la enjoya de diamantes. Así será vuestra casa… Llanto y dolor ahora; luego… alegría y gloria. Ve.

Díselo a Lázaro mientras Yo, en la paz de tu jardín, ruego al Padre por María y por vosotros…

Todo termina así.

111- Encuentro con Salomón en el vado del Jordán. Parábola sobre la conversión de los corazones

-¡Qué extraño que el Bautista no esté aquí! -dice Juan al Maestro.

-Están todos en la margen oriental del Jordán, a la altura del famoso vado donde un tiempo bautizaba el Bautista.

-Y tampoco está en la otra ribera - observa Santiago.
-Le habrán echado el guante de nuevo esperando otra bolsa - comenta Pedro - ¡Son gentuza esos tipos de Herodes!
-Vamos a pasar allí y preguntamos» dice Jesús.

Así lo hacen, y preguntan a un barquero de la otra ribera:
-¿Ya no bautiza aquí el Bautista?

-No. Está en los confines de Samaria. ¡Tan bajo hemos caído! Un santo tiene que pasar a campo samaritano para salvarse de los ciudadanos de Israel. ¿Y por qué os asombráis si Dios nos abandona? Yo sólo me asombro de una cosa: ¡que no haga de toda Palestina una Sodoma y Gomorra!…

-No lo hace por los justos que hay en ella, por los que, sin ser todavía del todo justos, sienten sed de justicia y siguen las doctrinas de quienes predican santidad - responde Jesús.

-Dos, entonces: el Bautista y el Mesías. A1 primero lo conozco porque yo también le he servido aquí en el Jordán, pasándolo en la barca a algún fiel sin pedir nada, porque él dice que debemos contentarnos con lo justo. Me parecía justo conformarme con la ganancia por otros servicios, y me parecía que era injusto el pedir paga por llevar a un alma hacia la purificación. Me han tomado por loco los amigos, pero en fin… Si yo estoy contento de lo poco que tengo, ¿quién puede quejarse? Por lo demás, veo que aún no me he muerto de hambre, y espero que cuando muera me sonría Abraham.

-Así es, hombre. ¿Quién eres? - pregunta Jesús.
-¡Oh!, tengo un nombre muy grande y me río de ello, porque sólo tengo sabiduría para el remo. Me llamo Salomón.
-Tienes la sabiduría de juzgar que quien coopera con una purificación no debe corromperla con el dinero. Yo te digo: No sólo Abraham, sino el Dios de Abraham te sonreirá cuando mueras, como a hijo fiel.

-¡Oh, Dios! ¿Lo dices de verdad? ¿Quién eres?
-Soy un justo.
-Te he dicho que hay dos justos en Israel: uno es el Bautista; el otro, el Mesías. ¿Eres Tú el Mesías?
-Soy Yo.
-¡Oh, eterna misericordia! Pero… un día oí a unos fariseos que decían… Bueno, dejémoslo… No quiero ensuciarme la boca. Tú no eres eso que decían de ti. ¡Lenguas más bífidas que las de las víboras!…
-Soy Yo y te digo: No estás muy lejos de la Luz. Adiós, Salomón, la paz sea contigo.

-¿A dónde vas, Señor? - el hombre está asombrado por la revelación y ha asumido un tono completamente distinto.
Antes era un bonachón que hablaba, ahora es un fiel que adora.

-A Jerusalén, por Jericó. Voy a los Tabernáculos.
-¿A Jerusalén? Pero… ¿también Tú?
-Soy hijo de la Ley Yo también. No anulo la Ley. Os doy luz y fuerza para seguirla con perfección.
-¡Pero Jerusalén ya te odia! Quiero decir, los grandes, los fariseos de Jerusalén. Te he dicho que he oído…
-Déjalos. Ellos hacen su deber, lo que creen que es su deber; Yo hago el mío. En verdad te digo que hasta que no sea la hora no podrán nada.
-¿Qué hora, Señor? - preguntan los discípulos y el barquero.

-La del triunfo de las Tinieblas.
-¿Vas a vivir hasta el fin del mundo?
-No. Habrá una tiniebla más atroz que la de los astros apagados y que la de nuestro planeta, muerto con todos sus hombres. Será cuando los hombres sofoquen la Luz que Yo soy. En muchos el delito ya se ha producido. Adiós, Salomón.

-Te sigo, Maestro.
-No. Ven dentro de tres días al Bel Nidrás. La paz a ti.
Jesús se pone en camino entre sus discípulos, que van pensativos.

-¿Qué pensáis? No temáis ni por mí ni por vosotros.
Hemos pasado por la Decápolis y la Perea, y por todas partes hemos visto agricultores trabajando en los campos. En unos lugares, la tierra estaba todavía cubierta por rastrojos y malas hierbas; árida, dura, ocupada por plantas parásitas que los vientos estivos habían llevado y sembrado arrebatando sus semillas a las desolaciones desérticas: eran las tierras de los perezosos y vividores.

En otros lugares la tierra había sido ya abierta por la reja del arado, y limpiada, con el fuego y la mano, de piedras, espinos y malas hierbas. Lo que antes era un mal, o sea, las plantas inútiles, he aquí que con la purificación del fuego y del tajo, se había transformado en bien: en abono, en sales útiles para la fecundación. La tierra habrá llorado bajo el dolor de la hoja que la abría y hurgaba, y bajo el mordisco del fuego que corría por sus heridas. Mas reirá más hermosa en primavera diciendo: "El hombre me torturó para proporcionarme esta opulenta mies que me embellece".

Y éstas eran las tierras de los voluntariosos. En otros lugares, la tierra estaba ya esponjosa, limpia incluso de cenizas, un verdadero lecho nupcial para el desposorio de la gleba con la semilla y para el fecundo connubio que proporciona tanta gloria de espigas: éstos eran los campos de aquellos cuya generosidad llegaba hasta la perfección de la operatividad.

Pues bien, igual sucede con los corazones. Yo soy la Reja de Arado y mi palabra es Fuego, para predisponer al triunfo eterno.

Hay quien, perezoso o vividor, aún no me busca, no me requiere, se satisface con su vicio, con las pasiones malvadas, que parecen frondas de hojas y de flores y en realidad son zarzas y espinas que laceran a muerte el espíritu, lo atan y hacen de él haz para los fuegos de la Gehena. Por ahora la Decápolis y Perea son así… y no sólo ellas. No se me piden milagros porque no se quiere el tajo de la palabra ni la quemazón del fuego. Pero llegará su hora. En distinto lugar, hay quien acepta este tajo y esta quemazón, y piensa: "Es penoso, pero me purifica y me hará fecundo para el Bien". Éstos son los que, si bien no tienen el heroísmo de hacer, dejan que Yo haga. Es el primer paso en mi camino. Hay, en fin, quienes ayudan con su diligente, diario, constante trabajo a mi trabajo; éstos no es que caminen, sino que vuelan por el camino de Dios; éstos son los discípulos fieles: vosotros y los otros que están diseminados por Israel.

-Pero somos pocos… contra muchos; somos humildes… contra los poderosos. ¿Cómo defenderte si quisieran hacerte algún daño?

-Amigos. Recordad el sueño de Jacob. Él vio una multitud incalculable de ángeles que subían y bajaban por la escalera que le unía con el Cielo. Una multitud; y no era más que una parte de las legiones angélicas… Pues bien, ni todas las legiones que cantan "aleluya" a Dios en el Cielo, aunque bajaran y se pusieran en torno a mí para defenderme, cuando llegue la hora podrían algo. La justicia ha de cumplirse…

-¡Querrás decir la injusticia! Porque Tú eres santo y si te hacen algún daño, si te odian, son unos injustos.
-Por eso digo que en algunos el delito se ha cumplido ya. Quien da vida en su corazón a pensamientos de homicidio es ya un homicida; si de hurto, es ya un ladrón; si de adulterio, es ya un adúltero; si traición, es ya un traidor. El Padre sabe las cosas, y Yo también, pero Él me deja ir, y Yo voy; para esto he venido. Mas el grano madurará y será sembrado dos veces antes de que el Pan y el Vino sean dados en alimento a los hombres.

-¿Se hará un banquete de júbilo y de paz, entonces?
-¿De paz? Sí. ¿De júbilo? También. Pero… ¡Oh…, Pedro, oh…, amigos, cuántas lágrimas habrá entre el primero y el segundo cáliz! Sólo después de beber la última gota del tercer cáliz, el júbilo será grande entre los justos, y segura la paz para los hombres de recta voluntad.

-Tú estarás presente… ¿no es verdad?
-¿Yo?… ¿Acaso falta alguna vez al rito el cabeza de familia? ¿Y no soy Yo la Cabeza de la gran familia del Cristo?
Simón Zelote, que ha estado siempre callado, dice, como hablando consigo mismo:

-¿Quién es Este que viene con las vestiduras teñidas de rojo? Está hermoso con su vestido y camina en la grandeza de su fuerza". "Soy Yo quien habla con justicia y protege salvíficamente.” "¿Por qué, entonces, tus vestidos están teñidos de rojo y tus vestiduras están como las de quien prensa la uva?” "Yo solo, por mí mismo, he prensado la uva. Ha llegado el año de mi redención".

-Tú has comprendido, Simón - observa Jesús.
-He comprendido, mi Señor.
Los dos se miran; los demás los miran asombrados y entre sí se preguntan:
-¿Pero habla de las vestiduras rojas que lleva Jesús ahora, o de la púrpura de rey con que se adornará cuando llegue la hora?
Jesús se abstrae. Parece como si no oyese nada más.
Pedro toma aparte a Simón y le pide:
-Tú que eres sabio y humilde, explica a mi ignorancia tus palabras.

-Sí, hermano. Su nombre es Redentor. Los cálices del banquete de paz y júbilo entre el hombre y Dios, y Tierra y Cielo, los llenará Él, por sí mismo, de su Vino, prensándose a sí mismo en el sufrimiento por amor de todos nosotros. Por eso estará presente, a pesar de que las potestades de las Tinieblas, entonces, hayan sofocado aparentemente la Luz, que es Él. ¡Oh, hay que amar mucho a este Cristo nuestro porque mucho será desamado! Hagamos que en la hora del abandono no nos pueda llegar y reprender el lamento davídico: "Una jauría de perros (y entre ellos también nosotros) se ha puesto alrededor de mí".

-¿Tú crees?… Pero si nosotros lo defenderemos aun a costa de morir con Él.

-Nosotros lo defenderemos… Pero somos hombres, Pedro, y nuestra audacia se fundirá aun antes de que le descoyunten a Él los huesos… Sí, nosotros haremos como el agua helada del cielo: un rayo la licúa en lluvia; luego el viento, en el suelo, vuelve a convertirla en hielo. ¡Así nosotros, así nosotros! Nuestra presente audacia de ser discípulos suyos - porque su amor y su cercanía nos condensan en viril intrepidez - se disolverá bajo la acción del rayo agresor de Satanás y de los satanases.

Y de nosotros ¿qué quedará entonces? Pero luego, tras la infame y necesaria prueba, la fe y el amor nos harán de nuevo compactos y seremos como un cristal que no teme incisión alguna. Eso sí, sabremos y podremos esto si lo amamos mucho mientras lo tenemos con nosotros. Entonces… sí, creo que entonces no seremos, por su palabra, ni enemigos ni traidores.

-Tú eres sabio, Simón. Yo… soy un iletrado. Me avergüenzo de preguntarle a Él tantas cosas, y me duele cuando siento que son cosas de lágrimas… Mira su rostro: parece como si lo estuviera lavando un llanto secreto. Observa sus ojos: no miran ni al cielo ni al suelo; están abiertos a un mundo para nosotros desconocido. Y ¡qué cansado y combado es su caminar! Su actitud pensativa le hace parecer más viejo. ¡Oh, no puedo verlo así! ¡Maestro, Maestro, sonríe; no puedo verte tan lleno de amargura!
¡Te quiero como a un hijo! ¡Te daría pecho mi como almohada, para que durmieras y soñaras otros mundos!…

¡Oh, perdona si te he dicho "hijo"! Es que te quiero, Jesús.

-Soy el Hijo… ese nombre es mi Nombre. Pero ya no estoy triste. ¿Lo ves? Sonrío porque vosotros sois amigos míos. Ved allí, al fondo, Jericó, toda roja con el ocaso. Que dos de vosotros vayan a buscar alojamiento. Yo y los demás iremos a esperaros al lado de la sinagoga. Id.

Y todo termina mientras Juan y Judas Tadeo se ponen en camino en busca de una casa hospitalaria.

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