25. ¿El Papa de Hitler?

Autor: Eduardo Rivero G.  

Su Santidad Pío XII: un hombre santo que hizo todo para proteger a los perseguidos de la II Guerra Mundial.

En 1998 apareció en las librerías la obra El papa de Hitler, y más recientemente la traducción al castellano de la obra del escritor inglés John Cornwell, Hitler´s Pope donde, según el autor, comprueba el "antisemitismo y nazismo" de su Santidad Pío XII, Eugenio Pacelli.

Desde hace varios años he estudiado la vida de Eugenio Pacelli, su relación con Alemania, su actuación durante la II Guerra Mundial, Hitler y el Holocausto.

La conclusión es que Eugenio Pacelli, Su Santidad Pío XII, era un hombre santo que hizo todo lo que estuvo en su poder para proteger a los perseguidos de la II Guerra Mundial y muy especialmente a los judíos.

La obra de John Cornwell está plagada de mentiras y de falsedades históricas. Cuando aparece la primera edición en Inglaterra la contraportada dice ´Eugenio Pacelli saliendo de una recepción en marzo de 1939´, describiendo así la fotografía que aparece en la cubierta de dicho libro, y que haría pensar al lector que el futuro papa, quien fue electo el 2 de marzo de 1939, estaba en la Alemania de Adolfo Hitler.

La verdad es que la foto fue tomada en 1927 cuando el Nuncio Pacelli salía de una visita al presidente alemán Hindenburg. Hitler sólo llegará al poder 6 años más tarde cuando Eugenio Pacelli ya tenía años de haber abandonado Alemania y vivía en Roma.

La contraportada de la edición americana corrige el texto, pero para nuestra sorpresa el único que aparece enfocado en la fotografía es el Nuncio Pacelli, el soldado y la persona que abre la puerta del automóvil están fuera de foco.

El casco de guerra del soldado, utilizado por el ejército alemán desde hacía muchísimos años, pero con el cual hemos identificado a los nazis, sí se destaca en la fotografía.

Es obvia la mala intención de la empresa editora Viking, que con la aprobación de Cornwell utilizó esta fotografía con la sola intención de tratar de situar a Eugenio Pacelli en la Alemania nazi, lo cual nunca sucedió.

Cornwell en su libro afirma que estuvo trabajando ´durante meses y meses´ (el texto inglés dice ´for months on end´) en los archivos vaticanos. Esto es falso, tal como lo afirma el órgano oficial del Vaticano L´Osservatore Romano , en su edición del 13 de octubre de 1999 y citó:

´El Sr. Cornwell afirma ser la primera y única persona de tener acceso a este archivo. Esto es falso, pues muchas otras personas lo habían examinado previamente.

Debemos enfatizar que las investigaciones del Sr. Cornwell estaban limitadas a dos series de documentos: Baviera (1918-1921) y Austria (Serbia, Belgrado 1913-1915). El Sr. Cornwell en su obra afirma haber trabajado en el archivo durante meses y meses, lo cual no se corresponde con la verdad. De hecho en el archivo se lleva un control estricto del motivo de la visita, del día y el tiempo (horas y minutos) que cada persona emplea en su consulta.

De estos controles sabemos que el Sr. Cornwell fue admitido al archivo desde el 12 de mayo al 2 de junio de 1997, o sea, durante tres semanas y no los meses y meses que él afirma en su libro. Durante estas tres semanas el Sr. Cornwell no fue todos los días y en los días que iba, con frecuencia, era por períodos cortos´.

Este libro sale a la venta mostrando a Cornwell como un católico practicante, fiel a las enseñanzas de la Iglesia, lo cual no es cierto, pues, Cornwell había abandonado su fe católica desde hacía muchos años y ha atacado a la Iglesia en innumerables libros y publicaciones.

Sin embargo, como dice el historiador norteamericano Ronald Rychlak, su anticatolicismo no es argumento para invalidar sus investigaciones.

Revela el autor haber encontrado una carta fechada el 18 de abril de 1919, ´una bomba de tiempo´, la cual había sido mantenida en gran secreto por las autoridades vaticanas, en la cual se prueba, sin lugar a dudas, el antisemitismo de Pacelli.

Esto es también una mentira, pues esta carta fue publicada por Emma Fattorini, en una obra en 1992, 7 años antes de que apareciera el libro de Cornwell. A raíz de la aparición de la edición italiana de El papa de Hitler, Emma Fattorini, denunció a Cornwell por publicar falsedades.

Innumerables historiadores han criticado la obra de Cornwell, acusándolo de sólo utilizar bibliografía crítica de Pío XII, ignorando toda aquella que lo favorecía.

No pretendo con estos comentarios impedir que el lector interesado en estos hechos lea el libro de Cornwell, sólo deseo recomendarles que lean también las obras "Los judíos, Pío XII y La leyenda negra"de Antonio Gaspari, Editorial Planeta-Testimonio. "Pio XII y la II Guerra Mundial", de Pierre Blet S.J., Paulit Press, "Yours is a Precious Witness", de Margherita Marchione, Paulist Press, "Pope Pius XII architect for peace", de Margherita Marchione, Paulist Press y la obra "Hitler, the war and the Pope", de Ronald J. Rychlak, Genesis Press.

Si Pío XII era el villano que Cornwell describe en su libro, por qué al finalizar la guerra recibió tantos homenajes de los más importantes representantes de la comunidad judía internacional y por qué a la muerte de Pío XII, en octubre de 1958, esa gran mujer, Golda Meir, pilar fundamental de la creación del Estado de Israel, expresó en las Naciones Unidas.

"Compartimos el dolor de la humanidad por la muerte de Su Santidad Pío XII. En una generación afligida por guerra y discordias, él ha afirmado los altísimos ideales de la paz y de la piedad.

Durante el decenio del terror nazi, cuando nuestro pueblo sufría un terrible martirio, la voz del Papa se elevó para condenar a los perseguidores y apiadarse de sus víctimas.

La vida de nuestro tiempo se ha visto enriquecida por una voz que expresaba las grandes verdades morales más allá del tumulto de los conflictos cotidianos. Lloramos a un gran servidor de la paz".

24. La Noche de San Bartolomé

Autor: cristiandad.org 

Este hecho tuvo un carácter exclusivamente político y por lo mismo del todo ajeno a la Religión.

Varias guerras de religión habían sembrado de cadáveres el suelo de toda la nación francesa: sin embargo, una reconciliación, más aparente que real, ofrecía a los combatientes una tregua, que el almirante calvinista Coligny y otros cabecillas llamados a la corte aprovechaban para asegurarse el favor del rey Carlos IX, despertando al mismo tiempo en él aversión hacia la reina madre Catalina de Médicis.

Desde 1571 la influencia de Coligny en los consejos de la corona era manifiesta; y para asegurar la paz interior se convino el matrimonio del calvinista Enrique de Navarra con Margarita de Valois, hermana del rey.

Las bodas, que se celebraron el 18 de agosto de 1572, atrajeron a París gran número de hugonotes (fuertemente armados), cuyo jefe, Coligny, estaba ya a punto de ver cumplidos sus deseos de alejar por completo a Catalina de los negocios de Estado.

De los labios de Coligny se escaparon imprudentes amenazas y Catalina, que no era escrupulosa en la elección de los medios, trató de apelar al puñal para deshacerse del almirante.

El crimen debió cometerse el 12 de agosto, pero fracasó; y temerosa Catalina de las represalias de los hugonotes, instigó al pueblo francés a que para vengar los ultrajes recibidos tantas veces de los calvinistas, pasasen a degüello en una noche a todos los hugonotes reunidos en París.

Esta matanza general se llevó a cabo en la noche del 23 al 24 de agosto, fiesta de San Bartolomé, de donde tomó el nombre.

Semejantes asesinatos tuvieron lugar desde el 25 de agosto hasta el 30 de octubre en otras ciudades del reino, ya sea por instigación de Catalina, o bien por seguir el ejemplo de París.

Estos son los hechos, tal cual se desprenden de documentos irrefutables.

Número de víctimas

En cuanto al número de víctimas, es poco menos que imposible el precisarlo. Sin embargo, la cifra más exacta parece ser la del calvinista La Popelinière, quien la hace ascender a 2.000 y algo más para toda Francia, y a 1.000 solamente para París.

Por lo demás, los protestantes han fantaseado a su gusto sobre el número de sus correligionarios muertos en esa época.

Unos señalan 10.000, otros 15.000, otros 30.000, otros 40.000, otros 70.000 y no falta quien haga llegar esta cifra a 100.000.

El Martirologio de los Calvinistas, impreso por la secta en 1582, habla de 15.168 víctimas, pero no nombra sino a 768, y, sin embargo, el autor tenía sumo interés en aumentar este número.

La religión es ajena a este asesinato

Sea, pues, cual fuere la cifra, más o menos exacta de las miserables víctimas de tan execrable asesinato, es lo cierto que la Religión está completamente exenta de responsabilidad en este hecho.

El rey justificó el degüello de los hugonotes diciendo el día inmediato al Parlamento, que ese hecho de sangre obedecía al designio de ahogar una conjuración tramada contra la vida del rey y de su familia, que sólo pudo evitarse con la matanza de los conjurados.

Esto es lo que se hizo saber a los gobiernos extranjeros y en la misma corte de Inglaterra, aliada con la de Francia, se prestó entero crédito a estos rumores.

Como los mismos informes fueron suministrados a la corte de Roma por el embajador francés, Gregorio XIII ordenó la celebración en Roma de una fiesta de acción de gracias, por haber salido ilesa la real familia y por la conservación de la religión católica en Francia, pero mostróse profundamente disgustada no sólo por la sangre derramada, sino también por no haberse empleado los procedimientos jurídicos usuales con los rebeldes.

En los Consejos del Rey, intervinieron, según el duque de Anjou (después Enrique III), el rey, la reina, la señora de Nemours, el mariscal de Tavannes, el duque de Nevers, Birague, de Retz, etc., pero no figuran aquí ni un solo cardenal, ni un obispo, ni siquiera un sacerdote.

Por donde se ve patente la mala fe de Voltaire, que introdujo en el Consejo a los cardenales Birague y Retz.

El mariscal de Retz, Alberto de Gondy, consejero en 1572, vivió y murió seglar. Su hermano Pedro de Gondy, obispo de París, obtuvo la púrpura cardenalicia en 1587, pero éste no era del Consejo.

Birague, guardasellos y consejero en 1572, era seglar y casado; y no obtuvo la púrpura cardenalicia sino seis años después, en 1578, a petición de Enrique III.

Y ya que el cardenal de Lorena estaba en esa época en Roma, ¿cómo pudo bendecir en París los puñales destinados al degüello de los hugonotes, según la escena de Chenier en su Carlos IX y de Scribe en sus Hugonotes?

Lo que puede afirmarse con la historia verídica e imparcial es que el clero católico, durante las matanzas, cumplió el deber sagrado de su ministerio.

Ahí está si no la noble conducta de Hennuyer, obispo de Lisieux, que salvó por su firmeza a todos los hugonotes de su diócesis.

El martirologio de los protestantes, nada sospechoso de querer hacer el elogio de los católicos, cita varios hechos de este género:

"En Toulouse, dice, los conventos sirvieron de asilo a los calvinistas; en Bourges algunos católicos pacíficos ocultaron a varios; en Romans, de sesenta que fueron presos, libraron cuarenta y de los otros veinte no murieron más que siete; en Troyes, en Bourdeaux, muchos fueron igualmente salvados por los sacerdotes".

En París los hugonotes perseguidos hallaron igualmente protectores entre los católicos, y en Nimes, olvidando los vejámenes de San Miguel perpetrados por los protestantes, hubo corazones bastante generosos para defender a los calvinistas de una matanza autorizada por el ejemplo, pero de ninguna manera permitida por la Religión.

Finalmente, que este hecho, tan lamentable como se quiera, tuvo un carácter exclusivamente político, y por lo mismo del todo ajeno a la Religión, lo prueba un documento, descubierto en 1885 en los archivos del Vaticano, y que prueba de modo absoluto cuanto venimos diciendo sobre este enojoso asunto.

Es una relación manuscrita de una asamblea de justicia celebrada por el Parlamento, con asistencia del rey, el 26 de agosto de 1572, o sea dos días después de la matanza.

Esa relación contiene un pasaje que da una luz definitiva sobre el alcance del degüello de la noche de San Bartolomé. He aquí la traducción:

"En esta asamblea el rey Carlos declaró que, gracias a Dios, había descubierto las celadas que el almirante Gaspar de Coligny tendía al gobierno del rey, yendo hasta amenazar con una catástrofe y con la muerte a toda la familia real; y que habiendo tratado como se merecían tanto a él como a sus cómplices, quería que en lo porvenir no se imputase este hecho como un crimen a aquellos que habían sido los ministros fidelísimos de una venganza tan justa, puesto que no habían obrado sino por la pura voluntad, mandato y orden del rey".

Este mismo documento refiere que las ejecuciones realizadas el 24 de agosto no han sido sino justas represalias contra las maquinaciones de la facción hugonote que dos horas más tardes habían de hacer víctimas a los miembros de la familia real.

Establecía en segundo lugar que las ejecuciones ordenadas por Carlos IX no tomaron el carácter de degüello sino por el pueblo de París irritado contra las facciones. Menciona, en fin, la prohibición formal hecha por el rey a este mismo pueblo de París, "de homicidios, hechos de sangre, pillaje y saqueo de los bienes de los hugonotes" sin la intervención del Parlamento y de los magistrados públicos.

Tales fueron las notificaciones que se llevaron a Roma, de donde resulta que lo que Roma intentó celebrar no fue el asesinato de los herejes, sino el fin de la amenaza para la familia real, la liberación del reino y, sin duda, como consecuencia ulterior, el fin de una formidable guerra civil.

23. Jus primae noctis

Autor: cristiandad.org  

Cabe preguntarse si la Edad Media no habrá sido víctima de un complot de los historiadores.

"Jus primae noctis: delante de ciertas interpretaciones aberrantes basadas en juegos de palabras, de las que este presunto "derecho" es un ejemplo clamoroso, cabe preguntarse si la Edad Media no habrá sido víctima de un complot de los historiadores".

Así escribe Regine Pernoud en un pequeño diccionario sobre tópicos (casi siempre falsos) referidos a la Edad Media. (Un libro altamente recomendable)

En realidad, es indudable que ha habido un "complot", al menos en el sentido de presentar bajo la luz menos halagüeña posible un período abominado por los iluministas, que lo veían marcado por las "tinieblas de la superstición religiosa" y no por la Razón; y por los protestantes, que percibían en esa época el triunfo de una Iglesia católica a la que identificaban con el Anticristo mismo.

Vamos a detenernos esta vez en uno de los aspectos más peculiares de aquella difamación. ¿En qué consistió realmente el jus primae noctis, aquel "derecho de pernada" que todavía hoy muchísima gente está convencida de que se practicaba en la Europa "cristiana"?

Con ayuda tal vez de los manuales mal leídos en clase, se cree que consistía en el privilegio del feudatario de "iniciar" la misma noche de la boda a las jóvenes que contraían matrimonio en los territorios en los que señoreaba.

Se supone que los pobres villanos, los míseros siervos de la gleba (ver dossier sobre la Edad Media), habrían tenido que aguantar la suprema humillación de acompañar a su joven esposa al castillo para que probara hasta la mañana siguiente la cama del lúbrico patrón.

No faltan novelas populares – pero también, hélas, textos de los denominados "históricos" – en las que se hace creer quepretendían hacer uso de este derecho hasta los obispos propietarios de tierras. En cualquier caso, si la "consumación" del matrimonio ajeno la perpetraba un feudatario laico, la Iglesia, que tenía poder de impedir el suplicio, o no se habría opuesto o lo habría tolerado, haciéndose cómplice del mismo.

Todo esto es completamente falso, al menos en lo que concierne a la christianitas de la Europa occidental y católica. Subrayamos "occidental" porque en la oriental, de tradición greco-eslava (aunque, todo sea dicho, con la manifiesta oposición de la Iglesia ortodoxa), parece ser que hasta el siglo XVII los grandes latifundistas pretendieron realmente conseguir semejante "derecho" de sus siervos. Éste también estaría aceptado en las castas sacerdotales de algunas religiones no cristianas.

Entre otros, estaba vigente en algunas tribus africanas y, especialmente, en la América precolombina. Ese jus sexual se practicaba entre el clero budista de zonas asiáticas como Birmania. (¿Por qué nunca se recordará aquello?). No hay ninguna huella en lo que respecta a la Europa católica.

Pero, entonces, ¿cómo ha podido surgir una leyenda todavía hoy tan firmemente aceptada?

Para entenderlo hemos de recordar qué era lo que se denomina "siervo de la gleba". Esta expresión suele pronunciarse con horror, como si se tratase de una continuación de la antigua esclavitud. Pero no es así en modo alguno: los "siervos de la gleba" eran campesinos que obtenían en concesión de un señor, el feudatario, un lote de tierra suficiente para mantenerse a sí mismos y a sus familias.

El uso del suelo venía compensando por el campesino mediante una cuota sobre la cosecha, en ocasiones con un pago en moneda y con prestaciones varias sobre las otras tierras del señor (las famosas corvées, que – a pesar de la difamación que de ella hará la propaganda revolucionaria – solían revestir un carácter social, en beneficio de todos, como la construcción y mantenimiento de puentes y caminos y el saneamiento de terrenos pantanosos).

Como sigue diciendo Pernoud: "El término "siervo" se ha comprendido mal, ya que se ha confundido la servidumbre del Medievo con la esclavitud que fue la base de las sociedades antiguas, y de la que no se halla ningún rastro en la sociedad medieval.

La condición del siervo era completamente diferente a la del antiguo esclavo: el esclavo es un objeto, no una persona; está bajo la potestad absoluta del patrón, que posee sobre él derecho de vida y muerte; le está vedado el ejercicio de cualquier actividad personal; no tiene familia ni esposa ni bienes".

La investigadora francesa continúa: "El siervo medieval es una persona, no un objeto: posee familia, una casa, campos y, cuando le ha pagado lo que le debe, no tiene más obligaciones hacia el señor. No está sometido a un amo, está unido a una tierra, lo cual no es una servidumbre personal sino una servidumbre real.

La única restricción a su libertad reside en que no puede abandonar la tierra que cultiva. Pero, hay que señalar, esta limitación no está exenta de ventajas, ya que si no puede dejar el predio tampoco se le puede despojar de éste. El campesino de la Europa occidental de hoy día debe su prosperidad al hecho de que sus antepasados eran "siervos de la gleba".

Ninguna institución ha contribuido tanto a la suerte, por ejemplo de los agricultores franceses. El campesino francés, asentado durante siglos en la misma superficie, sin responsabilidades civiles, sin esas obligaciones militares que el campo tuvo ocasión de conocer por vez primera con los reclutamientos masivos impuestos por la Revolución, se convirtió así en el verdadero dueño de la tierra.

Sólo la servidumbre medieval podía crear un vínculo tan íntimo entre el hombre y el suelo. Si la situación del campesino de la Europa oriental ha permanecido tan miserable se debe a que no conoció el vínculo protector de la servidumbre. Así, el pequeño propietario, abandonado a sus recursos y a cargo de una tierra que no podía defender, padeció las peores vejaciones que permitieron la formación de inmensos latifundios".

Son detalles que,, por otro lado, deberían inducir a una mayor prudencia a quienes, partiendo de prejuicios ideológicos o de la sugestión de las palabras (servus glebae, feudo, feudatario…), no captan el lado positivo de instituciones tan poco abominadas por los interesados, al punto que sólo se produjeron revueltas entre los siervos de la gleba cuando, por instigación monárquica, se impuso su liberación…

A este arraigo, socialmente benéfico, a la propiedad se debe el nacimiento del presunto jus primae noctis. Al principio de la era feudal, el campesino tenía prohibido contraer matrimonio fuera del feudo porque ello causaba deterioro demográfico en áreas y zonas cuyo mayor problema era la falta de población.

Pernoud refiere: "Pero la Iglesia no cesó de protestar contra esa violación de los derechos familiares que, en efecto, desde el siglo X en adelante fue atenuándose. Se estableció en sustitución del mismo la costumbre de reclamar una indemnización monetaria al siervo que abandonase el feudo para contraer matrimonio en otro.

Así nació el jus primae noctis del que se han dicho tantas tonterías: sólo se trataba del derecho a autorizar el matrimonio de los campesinos fuera del feudo (equivale a hacer un contrato y luego romperlo, por lo que la parte que se va, indemniza a la otra parte, es lógico ¿no?).

Dado que en la Edad Media todo se traducía en una ceremonia, este derecho dio lugar a gestos simbólicos, por ejemplo poner una mano o una pierna en el lecho conyugal, utilizando unos términos jurídicos específicos que han provocado maliciosas o vengativas interpretaciones completamente erróneas".

Nada que ver, pues, con el presunto "derecho" a desvirgar a la aldeanita. Y nada que ver, con mayor razón, con la completa licencia sexual de la que disponía en la antigüedad pagana el amo sobre sus esclavos, considerados como puros y simples objetos de trabajo o placer.

Por lo que, según la humorada, verídica, de un historiador: "La servidumbre de la gleba medieval provocó vivas protestas: las de los propios siervos cuando se los quiso "liberar", exponiéndolos de ese modo a la pérdida de seguridad proporcionada por un terreno a cultivar en su beneficio y en el de sus descendientes; puestos a la merced, ya sin la defensa de los guerreros del señor, de las incursiones de los salteadores; haciéndoles caer en poder de los ricos latifundistas y de los usureros; exponiéndolos al servicio militar y a los agentes fiscales de la autoridad estatal".

22. Las Cruzadas

Autor: Corriere della Sera: Vittorino Messori

Agredidos y agresores: una historia para ser reescrita.

Siempre fue llamada "plaza de las Cruzadas". Hace poco más de un año es "plaza Paulo VI". El cambio de nombre del emplazamiento milanés, junto a la insigne basílica de San Simpliciano, no es ajeno a la Facultad Teológica de la Italia Septentrional que se abre hacia ella.

Dicen que hubo presiones clericales para que se cambiase el nombre de aquel espacio. Sentían que era embarazoso, mucho más para ciertos medios católicos que para las autoridades laicas.

Este acontecimiento milanés no es si no una confirmación, entre tantas, de un hecho desconcertante: después de dos siglos de propaganda incesante, la "leyenda negra" construida por los iluministas como arma de la guerra psicológica contra la Iglesia Romana, terminó por instalar un "problema de conciencia" en la ‘intelligentzia’ católica, aparte de hacerlo en imaginario popular.

Fue, en realidad, en el siglo dieciocho europeo que, completando la obra de la reforma, se afirmó el rosario, convertido en canónico, de las "infamias romanas".

En lo que dice respecto a las cruzadas, la propaganda anticatólica llegó hasta invadir el nombre, como el término "Edad Media", excogitado por la historiografía "iluminista".

Los que hace novecientos años tomaron por asalto Jerusalén considerarían estúpidos a lo que les hubiesen dicho que daban cumplimento a aquello que seria llamado como "primera Cruzada". Para ellos, era iter, peregrinatio, succursus, passagium.

Los "panfletarios", en suma, inventan un nombre y construyen al rededor una "leyenda negra": Y no es sólo eso: será esa misma propaganda europea la que "revelará" al mundo musulmán el haber sido "agredido".

En Occidente, la obscura invención "cruzada" terminó por impregnar con sentimiento de culpa a ciertos hombres de la misma Iglesia, ignorantes de como ocurrieron las cosas.

¿Quien fue agredido y quien es el agresor? Cuando en 638 el califa Omar conquista Jerusalén, ésta era, desde hacía más de tres siglos, cristiana.

Poco después, secuaces del Profeta invaden y destruyen las gloriosas iglesias, primero de Egipto y, después, de todo el norte de África, llevando la extinción del cristianismo en lugares que habían tenido obispos como Santo Agustín.

Después le tocó su turno a España, a Sicilia, a Grecia, a aquella que será llamada ‘Turquía’, donde las comunidades fundadas por el mismo San Pablo se convirtieron en montes de ruinas.

En 1453, después de siete siglos de asalto, capitula y es islamisada la misma Constantinopla, la segunda Roma. El tornado islámico alcanza los Balcanes, y, como por milagro, es detenido y obligado a retirarse de las puertas de Viena.

Entretanto, hasta el siglo XIX, todo el Mediterráneo y todas las costas de los países cristianos que le miran, son "reservas" de carne humana: navíos y países serán asaltados por incursiones islámicas, que retornan a las guaridas magrebíes llenos de botines, de mujeres y de jóvenes para los placeres sexuales de los ricos y de los esclavos obligados a morir de agotamiento o para ser rescatados a precios altísimos por los Mercedarios y Trinitarios.

Exécrese, con justicia, la masacre de Jerusalén en 1099, pero no se olviden de Muhamad II, en 1480, en Otranto, simple ejemplo de un cortejo sanguinario de sufrimientos. Aún hoy: ¿qué países musulmanes reconocen a los otros que no sean los suyos, los derechos civiles o la libertad de culto? ¿Quien se indigna con el genocidio de los armenios, antes y de los sudaneses cristianos, hoy?

El mundo, según los devotos del Corán, ¿no está aún hoy dividido en "territorio del Islam" y "territorios de guerra:, todos los lugares, aún no musulmanes, pero que deben convertirse en tales, de buenas o malas maneras? ¿No es esta la ideología sobreentendida por muchos en la inmigración masiva rumbo a Europa?

Una simple revisión de la historia, incluso en sus líneas generales, confirma una verdad evidente: una Cristiandad en continua posición de defensa en relación a una agresión musulmana, desde el comienzo hasta hoy (en África, por ejemplo, está en curso una ofensiva sanguinaria para islamizar las etnias que los sacrificios heroicos de generaciones de misioneros habían llevado al bautismo).

Admitido que alguien, en la historia, debiese pedir disculpas a otro, ¿deberían ser los católicos los que deberían pedir perdón por un acto de autodefensa, por la tentativa de haber por lo menos abierto el camino de la peregrinación a los lugares de Jesús, como fue el ciclo de las cruzadas?

Más temas interesantes para el católico: Cristiandad.org

21. La Cruz y la Espada, ¿rencores ideológicos?

Autor: Arbil

Tres lugares comunes de las leyendas negras en torno a la hispanidad.

La conmemoración del Quinto Centenario reavivó, como era previsible, el empecinado odio anticatólico y antihispanista de vieja y conocida data. Y tanto odio alimenta la injuria, ciega a la justicia y obnubila el orden de la razón, según bien lo explicara Santo Tomás en olvidada enseñanza.

De resultas, la verdad queda adulterada y oculta, y se expanden con fuerza el resentimiento y la mentira. No es sólo, pues, una insuficiencia histórica o científica la que explica la cantidad de imposturas lanzadas al ruedo. Es un odium fidei alimentado en el rencor ideológico. Un desamor fatal contra todo lo que lleve el signo de la Cruz y de la Espada.

Bastaría aceptar y comprender este oculto móvil para deshechar, sin más, las falacias que se propagan nuevamente aquí y allá. Pero un poder inmenso e interesado les ha dado difusión y cabida y hoy se presentan como argumentos serios de corte académico. No hay nada de eso. Y a poco que se analizan los lugares comunes más repetidos contra la acción de España en América, quedan a la vista su inconsistencia y su debilidad. Veámoslo brevemente en las tres imputaciones infaltables enrostradas por las izquierdas.

El despojo de la tierra

Se dice en primer lugar, que España se apropió de las tierras indígenas en un acto típico de rapacidad imperialista.

Llama la atención que, contraviniendo las tesis leninistas, se haga surgir al Imperialismo a fines del siglo XV. Y sorprende asimismo el celo manifestado en la defensa de la propiedad privada individual. Pero el marxismo nos tiene acostumbrados a estas contradicciones y sobre todo, a su apelación a la conciencia cristiana para obtener solidaridades.

Porque, en efecto, sin la apelación a la conciencia cristiana —que entiende la propiedad privada como un derecho inherente de las criaturas, y sólo ante el cual el presunto despojo sería reprobable— ¿a qué viene tanto afán privatista y posesionista? No hay respuesta.

La verdad es que antes de la llegada de los españoles, los indios concretos y singulares no eran dueños de ninguna tierra, sino empleados gratuitos y castigados de un Estado idolatrizado y de unos caciques despóticos tenidos por divinidades supremas. Carentes de cualquier legislación que regulase sus derechos laborales, el abuso y la explotación eran la norma, y el saqueo y el despojo las prácticas habituales.

Impuestos, cargas, retribuciones forzadas, exacciones virulentas y pesados tributos, fueron moneda corriente en las relaciones indígenas previas a la llegada de los españoles. El más fuerte sometía al más débil y lo atenazaba con escarmientos y represalias. Ni los más indigentes quedaban exceptuados y solían llevar como estigmas de su triste condición, mutilaciones evidentes y distintivos oprobiosos.

Una "justicia" claramente discriminatoria, distinguía entre pudientes y esclavos en desmedro de los últimos y no son éstos, datos entresacados de las crónicas hispanas, sino de las protestas del mismo Carlos Marx en sus estudios sobre "Formaciones Económicas Precapitalistas y Acumulación Originaria del Capital". Y de comentaristas insospechados de hispanofilia como Eric Hobsbawn, Roberto Oliveros Maqueo o Pierre Chaunu.

La verdad es también, que los principales dueños de la tierra que encontraron los españoles —mayas, incas y aztecas— lo eran a expensas de otros dueños a quienes habían invadido y desplazado. Y que fue ésta la razón por la que una parte considerable de tribus aborígenes —carios, tlaxaltecas, cempoaltecas, zapotecas, otomíes, cañarís, huancas, etcétera— se aliaron naturalmente con los conquistadores, procurando su protección y el consecuente resarcimiento.

Y la verdad, al fin, es que sólo a partir de la Conquista, los indios conocieron el sentido personal de la propiedad privada y la defensa jurídica de sus obligaciones y derechos. Es España la que se plantea la cuestión de los justos títulos, con autoexigencias tan sólidas que ponen en tela de juicio la misma autoridad del Monarca y del Pontífice. Es España -con ese maestro admirable del Derecho de Gentes que se llamó Francisco de Vitoria— la que funda la posesión territorial en las más altas razones de bien común y de concordia social, la que insiste una y otra vez en la protección que se le debe a los nativos en tanto súbditos, la que garantiza y promueve un reparto equitativo de precios, la que atiende sobre abusos y querellas, la que no dudó en sancionar duramente a sus mismos funcionarios descarriados, y la que distinguió entre posesión como hecho y propiedad como derecho, porque sabía que era cosa muy distinta fundar una ciudad en el desierto y hacerla propia, que entrar a saco a un granero particular.

Por eso, sólo hubo repartimientos en tierras despobladas y encomiendas "en las heredades de los indios". Porque pese a tantas fábulas indoctas, la encomienda fue la gran institución para la custodia de la propiedad y de los derechos de los nativos. Bien lo ha demostrado hace ya tiempo Silvio Zavala, en un estudio exhaustivo, que no encargó ninguna "internacional reaccionaria", sino la Fundación Judía Guggenheim, con sede en Nueva York. Y bien queda probado en infinidad de documentos que sólo son desconocidos para los artífices de las leyendas negras.

Por la encomienda, el indio poseía tierras particulares y colectivas sin que pudieran arrebatárselas impunemente. Por la encomienda organizaba su propio gobierno local y regional, bajo un régimen de tributos que distinguía ingresos y condiciones, y que no llegaban al Rey —que renunciaba a ellos— sino a los Conquistadores. A quienes no les significó ningún enriquecimiento descontrolado y si en cambio, bastantes dolores de cabeza, como surgen de los testimonios de Antonio de Mendoza o de Cristóbal Alvarez de Carvajal y de innumerables jueces de audiencias.

Como bien ha notado el mismo Ramón Carande en "Carlos V y sus banqueros", eran tan férrea la protección a los indios y tan grande la incertidumbre económica para los encomenderos, que América no fue una colonia de repoblación para que todos vinieran a enriquecerse fácilmente. Pues una empresa difícil y esforzada, con luces y sombras, con probos y pícaros, pero con un testimonio que hasta hoy no han podido tumbar las monsergas indigenistas: el de la gratitud de los naturales. Gratitud que quien tenga la honestidad de constatar y de seguir en sus expresiones artísticas, religiosas y culturales, no podrá dejar de reconocer objetivamente.

No es España la que despoja a los indios de sus tierras. Es España la que les inculca el derecho de propiedad, la que les restituye sus heredades asaltadas por los poderosos y sanguinarios estados tribales, la que los guarda bajo una justicia humana y divina, la que los pone en paridad de condiciones con sus propios hijos, e incluso en mejores condiciones que muchos campesinos y proletarios europeos Y esto también ha sido reconocido por historiógrafos no hispanistas.

Es España, en definitiva, la que rehabilita la potestad India a sus dominios, y si se estudia el cómo y el cuándo esta potestad se debilita y vulnera, no se encontrará detrás a la conquista ni a la evangelización ni al descubrimiento, sino a las administraciones liberales y masónicas que traicionaron el sentido misional de aquella gesta gloriosa. No se encontrará a los Reyes Católicos, ni a Carlos V, ni a Felipe II. Ni a los conquistadores, ni a los encomenderos, ni a los adelantados, ni a los frailes. Sino a los enmandilados Borbones iluministas y a sus epígonos, que vienen desarraigando a América y reduciéndola a la colonia que no fue nunca en tiempos del Imperio Hispánico.

La sed de Oro

Se dice, en segundo lugar, que la llegada y la presencia hispánica no tuvo otro fin superior al fin económico; concretamente, al propósito de quedarse con los metales preciosos americanos.

Y aquí el marxismo vuelve a brindarnos otra aporía. Porque sí nosotros plantamos la existencia de móviles superiores, somos acusados de angelistas, pero si ellos ven sólo ángeles caídos adoradores de Mammon se escandalizan con rubor de querubines. Si la economía determina a la historia y la lucha de clases y de intereses es su motor interno ; si los hombres no son más que elaboraciones químicas transmutadas, puestos para el disfrute terreno, sin premios ni castigos ulteriores, ¿a qué viene esta nueva apelación a la filantropía y a la caridad entre naciones. Unicamente la conciencia cristiana puede reprobar coherentemente —y reprueba semejantes tropelías.

Pero la queja no cabe en nombre del materialismo dialéctico. La admitimos con fuerza mirando el tiempo sub specie aeternitatis. Carece de sentido en el historicismo sub lumine oppresiones. Es reproche y protesta si sabemos al hombre "portador de valores eternos" u homo viator, como decían los Padres. Es fría e irreprochable lógica si no cesamos de concebirlo como homo acconomicus.

Pero aclaremos un poco mejor las cosas.

Digamos ante todo que no hay razón para ocultar los propósitos económicos de la conquista española. No solo porque existieron sino porque fueron lícitos. El fin de la ganancia en una empresa en la que se ha invertido y arriesgado y trabajado incansablemente, no está reñido con la moral cristiana ni con el orden natural de las operaciones. Lo malo es, justamente, cuando apartadas del sentido cristiano, las personas y las naciones anteponen las razones finaneleras a cualquier otra, las exacerban en desmedro de los bienes honestos y proceden con métodos viles para obtener riquezas materiales. Pero éstas son, nada menos, las enseñanzas y las prevenciones continuas de la Iglesia Católica en España.

Por eso se repudiaban y se amonestaban las prácticas agiotistas y usureras, el préstamo a interés, la "cría del dinero", las ganancias malhabidas. Por eso, se instaba a compensaciones y reparaciones postreras —que tuvieron lugar en infinidad de casos—; y por eso, sobre todo, se discriminaban las actividades bursátiles y financieras como sospechosas de anticatolicismo. No somos nosotros quienes lo notamos. Son los historiógrafos materialistas quienes han lanzado esta formidable y certera "acusación": ni España ni los países católicos fueron capaces de fomentar el capitalismo por sus prejuiclos antiprotestantes y antirabínicos.

La ética calvinista y judaica, en cambio, habría conducido como en tantas partes, a la prosperidad y al desarrollo, si Austrias y Ausburgos hubiesen dejado de lado sus hábitos medievales y ultramontanos.

De lo que viene a resultar una nueva contradicción. España sería muy mala porque llamándose católica buscaba el oro y la plata. Pero sería después más mala por causa de su catolicismo que la inhabilitó para volverse próspera y la condujo a una decadencia irremisible.

Tal es, en síntesis, lo que vino a decirnos Hamilton —pese a sí mismo hacia 1926, con su tesis sobre "el Tesoro Americano y el florecimiento del Capitalismo". Y después de él, corroborándolo o rectificándolo parcialmente, autores como Vilar, Simiand, Braudel, Nef, Hobsbawn, Mouesnier o el citado Carande. El oro y la plata salidos de América (nunca se dice que en pago a mercancías, productos y estructuras que llegaban de la Península) no sirvieron para enriquecer a España, sino para integrar el circuito capitalista europeo, usufructuado principalmente por Gran Bretaña.

Los fabricantes de leyendas negras, que vuelven y revuelven constantemente sobre la sed de oro como fin determinante de la Conquista, deberían explicar, también, por que España llega, permanece y se instala no solo en zonas de explotación minera, sino en territorios inhóspitos y agrestes. Porque no se abandonó rápidamente la empresa si recién en la segunda mitad del siglo XVI se descubren las minas más ricas, como las de Potosí, Zacatecas o Guanajuato.

Por qué la condición de los indígenas americanos era notablemente superior a la del proletariado europeo esclavizado por el capitalismo, como lo han reconocido observadores nada hispanistas como Humboldt o Dobb, o Chaunu, o el mercader inglés Nehry Hawks, condenado al destierro por la Inquisición en 1751 y reacio por cierto a las loas españolistas. Por qué pudo decir Bravo Duarte que toda América fue beneficiada por la Minería, y no así la Corona Española.

Por qué, en síntesis —y no vemos argumento de mayor sentido común y por ende de mayor robustez metafísica—, si sólo contaba el oro, no es únicamente un mercado negrero o una enorme plaza financiera lo que ha quedado como testimonio de la acción de España en América, sino un conglomerado de naciones ricas en Fe y en Espíritu. El efecto contiene y muestra la causa: éste es el argumento decisivo. Por eso, no escribimos estas líneas desde una Cartago sudamericana amparada en Moloch y Baal, sino desde la Ciudad nombrada de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires, por las voces egregias de sus héroes fundadores.

El genocidio indigena

Se dice, finalmente, en consonancia con lo anterior, que la Conquista —caracterizada por el saqueo y el robo— produjo un genocidio aborigen, condenable en nombre de las sempiternas leyes de la humanidad que rigen los destinos de las naciones civilizadas.

Pero tales leyes, al parecer, no cuentan en dos casos a la hora de evaluar los crímenes masivos cometidos por los indlos dominantes sobre los dominados, antes de la llegada de los españoles; ni a la hora de evaluar las purgas stalinistas o las iniciativas multhussianas de las potencias liberales. De ambos casos, el primero es realmente curloso. Porque es tan inocultable la evidencia, que los mismos autores indigenistas no pueden callarla.

Sólo en un día del año 1487 se sacrificaron 2.000 jóvenes inaugurando el gran templo azteca del que da cuenta el códice indio Telleriano-Remensis. 250.000 víctimas anuales es el número que trae para el siglo XV Jan Gehorsam en su articulo "Hambre divina de los aztecas". Veinte mil, en sólo dos años de construcción de la gran pirámide de Huitzilopochtli, apunta Von Hagen, incontables los tragados por las llamadas guerras floridas y el canibalismo, según cuenta Halcro Ferguson, y hasta el mismísimo Jacques Soustelle reconoce que la hecatombe demográfica era tal que si no hubiesen llegado los españoles el holocausto hubiese sido inevitable.

Pero, ¿qué dicen estos constatadores inevitables de estadísticas mortuorias prehispánicas? Algo muy sencillo: se trataba de espíritus trascendentes que cumplían así con sus liturgias y ritos arcaicos. Son sacrificios de "una belleza bárbara" nos consolará Vaillant. "No debemos tratar de explicar esta actitud en términos morales", nos tranquiliza Von Hagen y el teólogo Enrique Dussel hará su lectura liberacionista y cósmica para que todos nos aggiornemos. Está claro: si matan los españoles son verdugos insaciables cebados en las Cruzadas y en la lucha contra el moro, si matan los indios, son dulces y sencillas ovejas lascasianas que expresaban la belleza bárbara de sus ritos telúricos. Si mata España es genocidio; si matan los indios se llama "amenaza de desequilibrio demográfico".

La verdad es que España no planeó ni ejecutó ningún plan genocida; el derrumbe de la población indígena —y que nadie niega— no está ligado a los enfrentamientos bélicos con los conquistadores, sino a una variedad de causas, entre las que sobresale la del contagio microbiano. La verdad es que la acusación homicidica como causal de despoblación, no resiste las investigaciones serias de autores como Nicolás Sánchez Albornoz, José Luis Moreno, Angel Rosemblat o Rolando Mellafé, que no pertenecen precisamente a escuelas hispanófilas.

La verdad es que "los indios de América", dice Pierre Chaunu, "no sucumbieron bajo los golpes de las espadas de acero de Toledo, sino bajo el choque microbiano y viral",. la verdad —¡cuántas veces habrá que reiterarlo en estos tiempos!— es que se manejan cifras con una ligereza frívola, sin los análisis cualitativos básicos, ni los recaudos elementales de las disciplinas estadísticas ligadas a la historia. La verdad incluso —para decirlo todo— es que hasta las mitas, los repartimientos y las encomiendas, lejos de ser causa de despoblación, son antídotos que se aplican para evitarla. Porque aquí no estamos negando que la demografía indígena padeció circunstancialmente una baja. Estamos negando, sí, y enfáticamente, que tal merma haya sido producida por un plan genocida.

Es más si se compara con la América anglosajona, donde los pocos indios que quedan no proceden de las zonas por ellos colonizados -¿donde están los indios de Nueva Inglaterra?- sino los habitantes de los territorios comprados a España o usurpados a México.

Ni despojo de territorios, ni sed de oro, ni matanzas en masa. Un encuentro providencial de dos mundos. Encuentro en el que, al margen de todos los aspectos traumáticos que gusten recalcarse, uno de esos mundos, el Viejo, gloriosamente encarnado por la Hispanidad, tuvo el enorme mérito de traerle al otro nociones que no conocía sobre la dignidad de la criatura hecha a imagen y semejanza del Creador. Esas nociones, patrimonio de la Cristiandad difundidas por sabios eminentes, no fueron letra muerta ni objeto de violación constante.

Fueron el verdadero programa de vida, el genuino plan salvífico por el que la Hispanidad luchó en tres siglos largos de descubrimiento, evangelización y civilización abnegados.

Y si la espada, como quería Peguy, tuvo que ser muchas veces la que midió con sangre el espacio sobre el cual el arado pudiese después abrir el surco; y si la guerra justa tuvo que ser el preludio del canto de la paz, y el paso implacable de los guerreros de Cristo el doloroso medio necesario para esparcir el Agua del Bautismo, no se hacía otra cosa más que ratificar lo que anunciaba el apóstol: sin efusión de sangre no hay redención ninguna.

La Hispanidad de Isabel y de Fernando no llegó a estas tierras con el morbo del crimen y el sadismo del atropello. No se llegó para hacer víctimas, sino para ofrecernos, en medio de las peores idolatrías, a la Víctima Inmolada, que desde el trono de la Cruz reina sobre los pueblos de este lado y del otro del océano temible.

20. La lucha por las investiduras

Autor: Cristiandad.org 

La sorprendente epopeya papal de Matilde di Canossa, una mujer excepcional oculta en el tiempo.

Matilde di CanossaMatilde di Canossa nació en el seno de una poderosa familia católica.

Su padre, el marqués Bonifacio, era señor de un territorio de grandes dimensiones que se extendía en Italia desde la precordillera de los Alpes brescianos hasta el Lacio septentrional, por abajo.

Siendo ella una niña, en el año 1052, el marqués fue asesinado, cuando estaba cazando en una de sus tantas florestas próximas al Po.

Corrieron diferentes conjeturas sobre el motivo de su muerte, pero nunca se logró conocer la verdad.

El hecho es que dejó el gobierno de sus tierras en manos de las dos mujeres de su casa, Beatriz y Matilde.

Asesinado Bonifacio, las dos mujeres se sintieron muy solas, en apuros con su vasto dominio, que reunía gran diversidad de lenguas, costumbres, formas de gobierno y sociedades, que contribuían a formar un verdadero mosaico, que se había mantenido unido hasta entonces casi exclusivamente debido a la férrea voluntad del padre de Matilde.

La esposa del marqués era de sangre alemana, prima del rey emperador, y regresó con su hija a Lorena, su patria de origen, donde permanecieron un tiempo, mientras la pequeña crecía.

De vuelta en Italia, hubo muchos problemas que enfrentar.

En lo personal, Matilde deseaba convertirse en esposa de Cristo.

Muchos nobles y reyes medievales compartieron su mismo deseo de relación de la vida activa y la contemplativa, una anticipación del Paraíso en la tierra, un deseo de terminar la propia existencia en los claustros monacales iluminados desde lo alto, circundados de bellas columnas en su espacio cuadrangular, resonantes de cantos, atravesados por religiosos absortos en Dios.

Durante siglos este fue un gran deseo de los gobernantes piadosos. Muchos terminaron efectivamente así sus días.

Aunque el deseo de Matilde era este ante que ningún otro, las cosas se encaminaron de forma muy distinta: Gregorio VII la había disuadido de entrar en el convento, en los mismos años en los cuales reprochaba al abate de Cluny haber acogido como monje al rico duque Hugo de Borgoña.

"La caridad no va en busca de la satisfacción personal"; ésta fue la frase lapidaria que Gregorio opuso a quienes, entre los poderosos, daban la espalda al mundo en que tenían grandes deberes pendientes, para refugiarse en el sosiego monástico.

A cambio, pues, ella que se había convertido en una bella joven, debía contraer matrimonio con Godofredo el Jorobado, un hombre feo y deforme que la hizo sumamente infeliz.

Esta solución había sido inducida por razones políticas, como sucedió más tarde con el segundo marido, Güelfo de Baviera. También esta experiencia fue triste para Matilde, que se encontró desposada con un joven de 16 años cuando ella ya rondaba los 40. Ambos matrimonios fracasaron.

Tierras de Matilde di Canossa

Panorama general

Pero esta situación pareció ser nada en comparación de los problemas que surgían en sus territorios, fruto de la caída del sistema feudal, que generaría lo que hoy conocemos como el cambio de la baja hacia la alta edad media, y a la guerra de las investiduras que luego explicaremos.

Desde que Bonifacio se había convertido también en duque de Toscana, el territorio de los Canossa estaba apretado como en una gran prensa, entre el norte germánico y Roma, peligroso cojín que podía desempeñar funciones de intermediario, o bien ser empujado a pronunciarse por una de las partes, en caso de conflicto. Y este conflicto acababa de comenzar… Por lo que Matilde se puso de parte de Roma, convirtiéndose en la única noble de importancia que prestó apoyo al papado en la difícil situación que se iba a desarrollar.

Por otra parte, en el interior del estado, las ciudades eran focos permanentes de rebelión: en vías de obtener la autonomía de la organización comunal, no querían aceptar el orden feudal. Se estaban convirtiendo en comunas autónomas, como las comunidades rurales, también encaminadas al gobierno autónomo. La estructura feudal, apoyada sobre los dos pilares de fe y nobleza, estaba cayendo.

La querella de las investiduras

Para entender mejor el problema en que quedó inmiscuida, se hace importante explicar el motivo de la guerra que se desató entre el poder temporal y el espiritual.

Cuando accedió al trono de San Pedro el Papa Gregorio VII, quiso ordenar dos graves problemas que estaban decayendo cada vez más y arrastrando a la Iglesia consigo: la inmoralidad, y la simonía (pecado mortal en que incurre quien compra o vende favores religiosos como sacramentos o cargos eclesiásticos).

En los años 1074 y 1075 San Gregorio renovó los edictos contra la incontinencia de los clérigos y la simonía que ya los papas anteriores habían establecido, y condenó también la investidura laica, deponiendo al clérigo que la recibía, y excomulgando al príncipe que la impartía.

La investidura laica deriva del régimen de la Iglesia privada. Por influjo del derecho germánico en la Europa medieval se hizo frecuente el concebir a las iglesias como un beneficium, que a semejanza de cualquier otro "beneficio" podía ser instituido por un laico y concedido como feudo.

Así, pues, era frecuente que un señor feudal concediese a un clérigo una parroquia, una colegiata, etc. como feudo, participando luego de los frutos económicos de las mismas.

Los reyes, por su parte, eran quienes normalmente otorgaban los obispados y las abadías más importantes. El rito de investidura constaba del juramento de fidelidad del vasallo que luego recibía de su señor el báculo pastoral y frecuentemente el anillo. Este gesto se prestaba a confusión pues era un laico quien concedía una jurisdicción eclesiástica, y una dignidad que corresponde a la Iglesia el otorgarla. Incluso había otro punto que corregir:

El emperador ha de ser coronado por el Papa, ya que es de Dios que recibimos el poder temporal. Pero el monarca se consideraba el legítimo sucesor de Pedro. Es lo que se conoce como cesaropapismo, y que había ser modificado a partir de esta guerra.

Pero por lo pronto, el emperador Enrique IV, no estaba dispuesto a renunciar a lo que consideraba un derecho de la corona, y desafiando el Papa, en 1075 confirió el arzobispado de Milán al clérigo Tedaldo.

Ante la amenaza de excomunión pontificia por esta desobediencia, Enrique convocó un sínodo en el cual algunos obispos antigregorianos "depusieron" al Papa.

La respuesta de Gregorio no se hizo esperar: excomulgó al monarca, lo depuso y desligó a sus súbditos del juramento de fidelidad por el que le debían obediencia.

Esta es la sentencia de excomunión que entonces redactó el Santo Padre:

"Bienaventurado Pedro, príncipe de los apóstoles, préstame, te lo pido, oído favorable; escúchame que soy tu servidor, a quien tú has alimentado desde la infancia y preservado hasta este día de la mano de los malvados, que me han odiado y me odian porque soy fiel. Tú eres mi testigo, lo mismo que mi soberana, la Madre de Dios, así como el bienaventurado Pablo, tu hermano entre todos los santos, tú eres mi testigo de que la santa Iglesia Romana me ha llevado a pesar mío a su gobierno y que no he mirado como una conquista el hecho de subir a tu sede.

Hubiera preferido terminar mi vida como humilde peregrino más que tomar tu lugar por un sentimiento de gloria mundana y con la preocupación de un seglar. Si te ha agradado y si te agrada todavía que el pueblo cristiano, especialmente confiado a tu cuidado me obedezca, es, yo creo, un efecto de tu gracia y de ninguna manera el resultado de mis obras. Es porque soy tu representante que tu gracia ha descendido sobre mi, y esta gracia es el poder dado por Dios de atar y desatar en el cielo y en la tierra.

Fuerte por esta confianza, por el honor y la defensa de tu Iglesia, en nombre de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en virtud de tu poder y de tu autoridad, pongo en entredicho al hijo del emperador Enrique, que se ha levantado contra tu Iglesia con una insolencia inaudita en el gobierno de todo el reino de los teutones y de Italia; y desligo a todos los cristianos del juramento que le han prestado o que le prestan; prohíbo a toda persona que le obedezca como a rey.

Es justo, en efecto, que aquel que se esfuerza por aminorar el honor de tu Iglesia pierda él mismo el honor que parece tener.

Como él ha desdeñado de obedecer como cristiano y no se ha vuelto al Señor, a quien ha abandonado comunicándose con los excomulgados, volviéndose culpable de muchas iniquidades, despreciando los avisos que le he dado para su salvación, tú lo sabes, y separándose de tu Iglesia que ha querido desgarrar, yo lo ato, en tu nombre, con la atadura del anatema.

Yo lo ato sobre la fe de tu poder, para que las naciones sepan y constaten que tú eres Pedro y que sobre esta piedra el Hijo de Dios vivo ha levantado su Iglesia, contra la cual las puertas del infierno no prevalecerán jamás."

El efecto fue fulminante, todos los descontentos en Alemania e Italia, vieron la ocasión para sublevarse; los nobles alemanes, escogieron incluso nuevo rey.

Enrique IV se apresuró a retorcer los argumentos del Papa, que podía excomulgarlo, pero no rechazar a un penitente arrepentido, y como tal se presentó ante él en Canossa, castillo de Toscana, donde la buena Matilde lo había acogido, y fingiendo arrepentimiento, recibió el perdón en enero de 1077.

En los años siguientes, el rey derrotó a los rebeldes alemanes y preparó sus defensas de tal forma que cuando reanudó las hostilidades hacia el Pontífice, y éste hubo de excomulgarle y deponerle de nuevo, nadie se movió contra él y pudo reunir una asamblea eclesiástica en Alemania, donde se destituyó a Gregorio VII y se nombró un antipapa, Clemente III, a quien Enrique IV instaló por la fuerza de las armas en Roma el año 1084, siendo coronado emperador por él a continuación. Mientras tanto el Papa se recluía en Castel Sant’Angelo.

Con los simoníacos y el poder temporal en contra, el Santo Padre encontró muy pocos fieles poderosos que le apoyaran, y Matilde fue una de ellos.

Gran guerrera

Un sabio del círculo de Matilde, Bonizone di Sutri, la pone a ella como ejemplo para los otros guerreros nobles alineados en el bando del pontífice: "Ved a Matilde, excelsa condesa, verdadera hija de San Pedro. Ella, no menos que un hombre, y sin preocuparse por todo lo que la rodea, está dispuesta incluso a morir antes que traicionar su compromiso de observar la ley de Dios".

Pero no fue fácil para Matilde vivir como mujer poderosa en ese siglo que siguió al milenio, desgarrado por innumerables divisiones, desde la base de la sociedad hasta sus vértices. Existía la amenaza de que la Iglesia quedara definitivamente subordinada al poder laico.

En el centro y el norte de Italia, donde estaba ubicado su vasto dominio, las ciudades que crecían casi vertiginosamente en superficie, habitantes y poder le causaban grandes preocupaciones.

Las ciudades llegaron a ser autónomas, verdaderos y genuinos estados, si bien dentro del más amplio contexto político imperial; algunas de ellas estaban ubicadas dentro de su dominio, aunque sin formar parte de él; otras se hallaban sujetas a su autoridad pero se resistían, se rebelaban, se sustraían a cualquiera que fuese su jurisdicción, como hizo durante 24 años la propia Mantua, la capital.

El imperio, además de debilitar la alianza entre el Papa y Matilde, apoyaba a los centros urbanos; y no solo eso: incitaba a los otros señores de los grandes territorios en contra de la dinastía de los Canossa.

Esta actitud hostil, dictada por no pocas razones, desembocó en una de las batallas más cruentas que tuvieron lugar en la Italia del siglo XI. En Caviolo, Bonifacio, el padre de Matilde, y Conrado, su tío, vencieron después de combate atroz.

También Matilde, antes de que comenzara la guerra entre el Papa y el futuro emperador, en la cual se encontró comprometida personalmente, parecía continuar la tradición guerrera de la dinastía.

Participó en dos encuentros armados, junto a su padrastro, Godofredo de Lorena, contra los normandos, a la edad de 21 y 28 años.

Aunque se comprometió en tantas acciones militares, nada demuestra sin embargo que las haya afrontado con encarnizamiento. Los propios autores del bando opuesto no se refieren a ella como a una mujer feroz, dedicada a la guerra, y lo habrían hecho si hubieran tenido un pretexto para ello, porque no escatimaron insultos dirigidos a su persona.

Es, sin embargo, hermosa la dedicación y sacrificio que puso en esto: "Matilde misma organiza a sus tropas en la guerra y permanece al frente de ellas. No la amedrentan las noches ni el frío, no le hacen abandonar a sus hombres", escribía Rangerio, autor de la Vita de Sanselmo da Lucca.

Los castillos

Matilde sostuvo batallas campales, incluso personalmente. Sin embargo, si bien obtuvo victorias, a menudo decisivas en el campo de batalla, fueron sus castillo los que le aseguraron una invencibilidad indiscutible.

Eran muchísimos, situados en particular desde los Apeninos hasta el Po. Los emperadores quedaron pasmados ante su cantidad, conquistaron algunos pero no lograron apoderarse de otros: tantas fortalezas no se podían capturar. Matilde prefería algunas de ellas, que eran más sólidas que las demás.

En el momento culminante de la guerra contra el emperador Enrique IV, cuatro de estas fortalezas, dos en la llanura y dos sobre los montes, tuvieron en jaque a las tropas imperiales y decidieron la derrota definitiva.

Mirando desde la llanura hacia las colinas y los montes, de espaldas al Po, las fortalezas vigilaban las alturas, desde los relieves amenazadores sobre la llanura hasta aquellos más internos, donde los bosques las ocultaban haciéndolas más difíciles de identificar y de sitiar.

Había aun otras que, circundadas por aguas perezosas de los meandros y los afluentes paduanos, sólo podían ser asaltadas con barcas y balsas cargadas de soldados, un blanco fácil para quien tenía la función de la defensa.

En los momentos en los cuales crecía la tensión de la guerra, cuando se trataba de defender la integridad de las personas frente a las milicias imperiales que se habían vuelto más resueltas y numerosas, Matilde prefería retirarse a los montes y buscar refugio en las fortalezas allí enclavadas.

Pasó muchos años de su vida en las frías habitaciones de sus castillos. Pensar que vivir así era una comodidad, está lejos de la realidad: la iluminación era escasa; la calefacción, por medio de grandes chimeneas, era inadecuada para afrontar los gélidos vientos de la montaña, las frías nieblas de la llanura, las lluvias y la nieve que entonces caía en abundancia.

Además, las fortalezas a menudo no eran de piedra, o lo eran sólo en parte. Solamente eran de piedra y ladrillo las más importantes, las que se hallaban protegidas contra los vados fluviales y las situadas en los valles que siempre era necesario vigilar.

Todas las demás eran construcciones rudimentarias, muy diferentes de las fortalezas que hoy conocemos. En muchos casos, sobre todo en el siglo X y en el siguiente, la madera constituía la materia prima con la cual se edificaban: una empalizada levantada sobre un terraplén circundado por un foso lleno de agua, y adentro, una torre de dos plantas, también ella de madera, donde se alojaba su señor; y al lado, las pequeñas viviendas de los otros, los almacenes, los establos y la iglesia, que no pocas veces también estaba construida rudimentariamente en madera.

Otras fortalezas – llamémoslas también así – consistían sólo en el foso sobrepasado por un terraplén: únicas defensas para las viviendas situadas en el interior.

Muchas aldeas campesinas no tenían mejor defensa, y sus señores se aseguraban una más sólida transformando el recinto sólo cuando decidían hacer de él un punto de resistencia.

En general, eran pequeños asentamientos de pocas decenas de metros de largo y de ancho, en medio de una naturaleza todavía esencialmente salvaje, que en la llanura se extendía en grandes pantanos, estanques, sotos y selvas que llegaban hasta los muros o las empalizadas.

Los ríos, casi todos poco provistos de diques, rebasaban fácilmente sus lechos, y el agua entraba, inundando estos modestos asentamientos humanos. Cuando uno de estos "castillos" era conquistado, se solía prender fuego a todo o se hacían desarmar las casas de madera y la empalizada, transfiriéndolas a otro lugar.

Por esta razón muchas poblaciones se trasladaban o desaparecían, y donde poco tiempo antes el caminante podía entrar en un recinto de madera y encontrar refugio, sus ojos después sólo veían postes o tablas incendiadas, o nada.

Muchos "castillos" de Matilde eran pequeñas aldeas casi sumergidas en la vegetación, habitadas por un centenar de personas, o aun menos, escasas de víveres y de armas.

Resultaba difícil llegar hasta allí, el traslado de uno a otro resultaba fatigoso y era imposible servirse de ellos frente a un sitio de cierta importancia.

Sin embargo, muchos otros eran fortalezas temibles; para levantarlos, se necesitaban grandes cantidades de hombres y piedras. Como ocurrió en Brescello, sobre el Po, hacia fines del siglo X, donde el bisabuelo de Matilde construyó uno de sus castillos más fortificados. Cuando se apoderó del lugar, era una aldea fortificada de manera rudimentaria en los límites de un vasto erial zarzoso, donde afloraban los restos de lo que había sido una ciudad y fortaleza romana destruida algunos siglos antes.

Las ruinas – mármoles, piedras y ladrillos – abundaban. El señor hizo venir a gran cantidad de personas, ordenó recoger ese material precioso y con él hizo levantar una muralla; adentro hizo construir un monasterio dedicado a San Genesio, el primer obispo de la ciudad desaparecida. Llegó a ser un monasterio próspero, situado en un territorio sobre los límites del dominio de los Canossa.

Siguiendo la política de sus predecesores, Matilde llegó a ser cada vez más dueña y señora de esas tierra, en otra época desoladas, que se fueron poblando a partir del primer milenio; y a lo largo de su vida, aunque las tierras aún albergaban grandes selvas y pantanos, lentamente se fueron diseminando aldeas y castillos destinados a un progresivo y constante engrandecimiento.

Por otra parte, el Po era una gran arteria navegable, por la que transitaba gente de toda clase acechada por los piratas: por estos últimos debía preocuparse la condesa.

Cuando ya estaba próxima a la muerte, su biógrafo Donizone declara que mientras ella permaneció con vida nadie había debido temer a los bandoleros de las aguas paduanas: la dama tenía una mano de hierro para mantener el orden en sus dominios.

Matilde dedicó particular atención a sus castillos. La misma sociedad le parecía representada sobre todo por la nobleza fiel, aparte de los clérigos y los monjes, quienes por lo demás estaban generalmente vinculados a ella.

Los castillos, y no las ciudades, fueron las residencias preferidas de Matilde, que se mantuvo fuera de los muros urbanos no sólo por motivos de seguridad, sino también porque advertía que se estaba gestando cada vez más firmemente una nueva forma de civilización, adversa en gran medida al mundo feudal que ella representaba.

Los castillos, muchos de los cuales eran de vasallos poderosos y fieles, fueron embellecidos, reforzados y poblados más que en el pasado por esta mujer que transcurría gran parte de su tiempo en ellos. Quienes tuvieron en jaque al emperador fueron ciertos vasallos con sus fortalezas, no las ciudades; ya que por lo que hemos explicado, estas últimas mostraban hacia la condesa una actitud ambigua, cuando no directamente hostil.

El mundo en el cual se mueve Matilde y que está presente en sus pensamientos, en sus fantasías y en sus sueños es, pues, completamente rural.

Era un mundo en el cual los grandes escenarios podían colmar el espíritu, pero donde prevalecía aun un ambiente difícil, que imponía una vida dura y sacrificada, un ambiente cubierto de bosques a menudo impenetrables, poblado de animales salvajes, de lobos y manadas de cerdos que se peleaban.

Al carácter selvático del paisaje se sumaba la rudeza de los hombres, su impulsividad y a menudo una fiereza que traía sus resabios de la reciente barbarie de la que salía la humanidad.

Matilde hubo de vigilar, además de a sus enemigos, a sus propios administradores, que frecuentemente utilizaban y robaban cuanto pertenecía a las iglesias y a los monasterios. Ella se hizo cargo de la situación, y proveyó a las iglesias hasta el punto de que el obispo de Mantua llegara a escribir: "todas las iglesias se nutren de la leche de Matilde".

Tiempos de guerra

El comienzo del siglo XII es tiempo de grandes cambios, entre los cuales el conflicto entre reino y sacerdocio, entre imperio y papado, es quizás el más evidente y duradero, aun cuando constituya el resultado de una situación de precariedad general, debida al trastrocamiento de las instituciones tradicionales, a las transformaciones profundas dentro de la sociedad, de la economía, del mismo paisaje.

Lo que más afectó a las instituciones de Europa occidental fue el desenfreno de las clases nobiliarias, que ya no estaban controladas por un poder central eficiente.

En todas partes los nobles erosionaban el viejo sistema para crearse ámbitos de poder restringidos, entraban en conflicto entre ellos y con el rey, se apoderaban de las iglesias y de los monasterios. En este cuadro agitado y convulsivo, los burgueses trataban de consolidar su propia posición social y política, entrando en conflicto con los obispos y los señores de las ciudades, con los nobles y con los monjes.

En Italia, la presencia y la mayor fuerza política de los burgueses complicaba las cosas y obstaculizaba seriamente la formación de los estados territoriales que se estaban constituyendo – si bien a duras penas – más allá de los Alpes. Matilde di Canossa vio cómo se desmoronaba progresivamente su estado a causa de la rebelión de las ciudades, donde la burguesía y los nobles se aliaban en contra de ella y en contra del orden tradicional del poder.

Todo esto se sumó a los gravísimos problemas de la guerra entre el emperador y el Papa, y tornó más difícil no sólo la posición política sino la existencia misma de Matilde.

El mundo occidental estaba en rebelión, y nuestra condesa debía afrontar situaciones a menudo desagradables, no raras veces irresolubles, como la resistencia de Mantua, que duró casi 24 años. La ciudad – que, como sabemos, hacía tiempo que había llegado a ser la capital del estado – se pasó al bando del emperador, lo que infirió un duro golpe a la condesa.

La lucha entre el emperador y los obispos fieles al Papa, hacía mucho tiempo que generaba un grado de tensión del cual no parecía fácil volver atrás. En Italia, en Parma, los ciudadanos apresaron y maltrataron al piadoso obispo Uberto, a quien Matilde acude sin demora a liberar.

En realidad, se derramaba sangre por todas partes en Occidente: muchos altos clérigos ya no toleraban su total sujeción al emperador o al rey; en Italia las ciudades se oponían a los obispos vinculados a Matilde, e incluso a ella misma. Y la mano de la nobleza caía más pesadamente sobre los ciudadanos.

Todo esto sucedía en el territorio de Matilde, quien a duras penas podía intervenir para castigar a los vasallos prepotentes que hostigaban a los pobladores.

Al culminar la guerra en el año 1092, Matilde estaba en los montes, trasladándose de una fortaleza a otra, donde se encontraba más segura, reforzando sus defensas, mientras en la vasta llanura del norte el emperador la desarmaba con sus tropas y trataba de vencerla en batallas campales.

Todo comienza verdaderamente con el combate de Volta Mantuana, en octubre de 1080, cuando los soldados de Matilde son derrotados por Enrique. No mucho tiempo después Luca y Pisa se rebelaron contra Matilde.

En julio de 1081, en Luca, Enrique la declaró exonerada de sus funciones y le confiscó los bienes. Pero fue en 1090 cuando Enrique decidió asestar un golpe en el núcleo del dominio de los Canossa, poniendo sitio a Mantua, la capital; sitio que la ciudad soportó durante once meses.

Esta prolongada acción militar nos da una prueba de la determinación de Enrique por acabar de una vez con la condesa. Mantua efectivamente se rinde y el emperador consigna las fortalezas de Rivalta y Govèrnolo, al norte y al sur de la ciudad, y de esta manera logra un completo control de la capital.

Pero esto no bastó: al año siguiente, en 1091, los hombres de Matilde fueron derrotados una vez más en Trecontai, dentro del territorio paduano, a causa de una traición de uno de los suyos, Ugo del Maso, de una dinastía que siempre había sido fiel al Papa.

Entonces, el emperador inició el ascenso a los montes; allí la defensa era mayor, pero si los conquistaba podía asegurarse la victoria completa. Los castillos de la llanura, excepto Piadena en la región de Cremona y Nogara en el territorio veronés, se habían rendido.

Sobre las montañas de Módena comenzaron a caer otros castillos; se abría una brecha extremadamente peligrosa en el sistema defensivo de Matilde, hasta tal punto que Enrique decidió sitiar Monteveglio, un relieve fortificado, formidable instrumento de guerra que mantenía resguardado el amplio llano inferior.

Durante todo el verano de ese año el emperador puso sitio al famoso castillo, dejando en la consternación a los hombres de Matilde y a sus aliados. Fue en ese momento cuando ella reunió a los suyos en la fortaleza más alta, en Carpineti, y les planteó directamente el dilema de continuar la guerra o aceptar la paz impuesta por el emperador, reconociendo como legítimo a Guiberto, el antipapa deseado por él. Matilde no quería aceptarlo.

Guiberto, por su parte, se había trasladado al pie de Monteveglio e incitó a Enrique a no desistir del sitio. Mientras tanto, había llegado el mes de octubre de ese año, desastroso para Matilde, y en Carpiteni, dentro del territorio reggiano, los hombres estaban más divididos que nunca.

El propio obispo de Regio, hombre piadoso y amigo de la condesa, le aconsejaba deponer las armas. Se había quedado sola; muchos, demasiados personajes próximos a ella, consejeros y amigos, habían muerto, como el propio Papa Gregorio y Anselmo da Lucca; algunos le habían vuelto la espalda – su marido Güelfo de Baviera, intelectuales de su círculo -, mientras otros la habían traicionado abiertamente.

Matilde conducía sola una lucha encarnizada que podía llevarla a la destrucción de su estado. Continuó combatiendo; en el intervalo había comprometido, además de todo el aparato militar, toda su fuerza y todos sus bienes. No satisfecha con esto, había hecho fundir el oro y la plata del tesoro de los Canossa, que envió a Roma, y había pedido a sus iglesias y a sus monasterios que hicieran lo mismo. No conservó nada para sí.

En medio de tantas adversidades le quedaron pocos amigos, como Anselmo de Aosta y otros de su estatura, para sostenerla. Con las principales ciudades toscanas en rebeldía, Florencia, ferviente sostenedora de la necesaria reforma eclesiástica, le fue fiel. Y he aquí que todo, casi de repente e inesperadamente, se tornó a su favor.

Los clarines que tocaban la retirada resonaron en ese mes de octubre de 1092 en la vasta llanura bajo la fortaleza de Monteveglio. Enrique abandonó el campo de batalla.

Para apreciar la obstinación del emperador y comprender por qué no quería ceder, intuyendo que, si hubiera dejado pasar más tiempo habría perdido para siempre la ocasión de vencer, debemos recordar que apuntó al antiguo núcleo del dominio de Matilde, es decir, a Canossa.

El terror paralizó a los defensores, pero la condesa hizo venir a gran parte de las tropas, todas las que pudo reunir. Fue como una detención del tiempo, un momento de suspenso y de expectativa. Los monjes de San Apolonio de Canossa rezaban, los soldados combatían. El éxito era difícil de prever. Enrique lanzó a todos los suyos contra la fortaleza, una de las más protegidas, elevada sobre un peñasco, todavía hoy impresionante.

Repentinamente cayó una niebla muy densa, como ocurría a menudo en otoño sobre los relieves de los Apeninos; el castillo se desvanecía a la vista de los soldados. Entre ellos se produjo una gran confusión, incluso porque muchos no conocían el lugar. Esto ayudó a los hombres de Matilde, y Enrique, que estaba sobre un cerro vecino observando la batalla, dio la orden de abandonar el campo. La guerra, en su fase más crucial, terminaba así en la niebla.

Vida de sufrimientos

Pide Dios a sus hijos que se parezcan a Él en perfecciones, y en el camino que tuvo que transitar cuando fue su paso por esta tierra. Por ello, es tan frecuente encontrar en las vidas de aquellos que le han sido más fieles el signo del sufrimiento y la lucha constante contra el mal.

Matilde tuvo muchísimos dolores a lo largo de su existencia terrena: dos matrimonios desastrosos, que frustraron su ferviente deseo de hacerse monja, guerra durante toda su vida con grandes dificultades por falta de aliados y por las traiciones de sus amigos, la disolución de un sistema que comprendía mejor y al que no podía salvar, y finalmente, una vejez también tocada por la cruz…

En el año 1111, Matilde ya se aproximaba a la muerte y la guerra todavía no había terminado del todo. En Roma se derramó sangre nuevamente, y no se llegó a una solución.

El tratado de Worms, de 1122, en que se llegaría a un acuerdo entre las partes, todavía estaba lejano. Aun cuando, probablemente, ya no se esperaba un encuentro armado, parecido al de otro tiempo, Matilde ya veía transcurrir sus últimos años de vida sin que todo ese conjunto desgastante de disturbios, de guerras, de violencia de toda índole, prometiera un cambio.

Por lo tanto, la proximidad de la muerte y una turbadora sensación de no haber podido hacer lo suficiente debían de entristecerla, quizá más aún que las derrotas y las injurias sufridas en el pasado.

Al culminar la guerra contra el emperador, Matilde se encontró privada del apoyo de muchas personas autorizadas que antes habían estado junto a ella: esas personas ya no vivían. A esto debemos agregar los dos matrimonios que duraron unos pocos años, y su condición de mujer no casada.

Los simpatizantes del emperador le echaban en cara que, siendo mujer, se inmiscuyera en cosas más grandes que ella. No escatimaban insultos, reiterados e hirientes.

Incluso entre los sostenedores de su causa no faltaban quienes no aceptaban el gobierno y el alto protagonismo de una mujer sola, no unida a un hombre con el vínculo matrimonial.

Este mismo hecho la expuso a sospechas y acusaciones difamatorias sobre sus relaciones con el Papa Gregorio y con Anselmo, el obispo de Lucca, expulsado de su ciudad y refugiado junto a ella; hasta el punto de que Anselmo sintió la necesidad de defender su buena reputación. En el Libro contra Viberto (el antipapa), llega a expresarse de este modo: "no busco en ella (Matilde) nada terrenal ni carnal, sino que día y noche sirvo a mi Dios manteniéndola fiel a Él y a mi santa madre Iglesia, que me la ha confiado".

Deusdedit echaba en cara a Enrique IV el haber sido derrotado por una mujer. No estaba equivocado, porque los enemigos de Matilde, precisamente por le importancia de su acción política y militar, eran muchos y se vengaron de ella, como hemos visto, con acusaciones difamatorias.

Los más allegados a ella confirman el motivo profundo de las feroces maledicencias de los adversarios: en sus obras escritas la condesa aparece como única, verdadera protagonista de la guerra en defensa del pontífice, y sus residencias llegan a ser el puerto seguro para los desterrados, clérigos sobre todo, pero también laicos, culpables de no haberse alineado con el emperador.

Así escriben, inspirados con el recuero que la consideraba como única protagonista (o casi) de la lucha, el Pseudo-Bardone y Rangerio, autores de las biografías de Anselmo da Lucca:

"En toda Italia poco nos queda, sólo la casa de Matilde resiste", afirma el primero; y el segundo expresa: "Solamente una dinastía ha sostenido todo".

Por lo demás, el propio Gregorio VII, exiliado en Salerno en 1084, poco antes de morir escribía, en su desconsolada y trágica confesión al mundo cristiano: "Quien, movido por el imperativo de Cristo, lucha hasta morir contra los malvados, no es apoyado por los hermanos – lo que sería un deber de ellos – y además es juzgado temerario, perturbado".

La referencia a Matilde (a quien los adversarios reprochaban la pasionalidad "mujeril" que la había impulsado a derrochar sus bienes en una "causa equivocada") es evidente, además de haber hablado de sí mismo. Por otra parte, en esos años dolorosos no sólo tuvo como enemigos a los antiguos adversarios del centro de Italia, sino también a los viejos aliados del Este.

Matilde perdió casi todas las fortalezas y las aldeas de su propiedad, y con esta obra de autoexpoliación quedó aún más sola. "No se avergüenza de perder castillos, casas, ciudades y aldeas en nombre del Señor. Tampoco teme ofrendar la vida", escribe casi clamando Rangerio di Lucca.

Pero todavía le faltaba apurar el último trago de su cáliz…

"He combatido el buen combate"

Había ido a vivir sus últimos días a un pequeño y perdido pueblo del cual era su señora, lejos del poder y las cortes, pero próximo al monasterio más grande construido por su familia, San Benedetto di Polidore, donde una multitud de religiosos rezarían incesantemente por ella.

Le otorgó concesiones, beneficios y favores al célebre monasterio; en el que se abandonó y apoyó por completo, temiendo por la salvación de su alma. En este monasterio benedictino cincuenta monjes, incluido el abate, habían hecho la solemne promesa de celebrar hasta el fin de este mundo el aniversario de la muerte de Matilde. Era el año 1109.

Después de un breve período, en noviembre de 1114, Matilde se trasladó de Bondanazzo, la pequeña residencia final, al célebre monasterio, para iniciar la serie de concesiones de las cuales lo había hecho objeto.

Acompañada por algunos de sus más cercanos colaboradores, en una solemne ceremonia depositó el pergamino sobre el altar de la iglesia. El documento contenía la renuncia a todos los derechos que la familia de Matilde había ejercido desde hacía mucho tiempo, con una clara expresión, con un gesto sacralizado por la presencia alentadora del gran espíritu de San Benito:

"Delante de la comunidad venerable de los monjes, sobre el altar sagrado del beato Benito, hemos renunciado a la investidura de los derechos".

Poco tiempo después, la enfermedad (gota) la inmovilizaría definitivamente, aliviada sólo por las plegarias de los numerosos cofrades del vecino monasterio paduano y de aquellas iglesias a las cuales no cesó de hacer donaciones.

Encontró fuerzas sin embargo para resistir por siete meses, mientras se preparaba para comparecer ante el tribunal de Dios. Había dado órdenes de que se le construyese, justo frente a la habitación donde estaba su lecho, una pequeña capilla dedicada al apóstol Santiago.

Allí, tendida en su lecho de dolor, podía escuchar y ver al religioso que celebraba los oficios divinos. Esa pequeña iglesia era como una puerta abierta hacia el reino celestial del cual Matilde había imaginado durante mucho tiempo la luz y los cantos, y el premio por haber combatido en el curso de tantos años a favor de la Iglesia y del Papa; ella, que era prima del gran enemigo de ambos, el emperador.

En esos últimos meses, Matilde había honrado al Apóstol Santiago y a muchos otros santos, para serenarse en el último trecho que le quedaba por recorrer, con la mente fija en la muerte, en el recuerdo de los pecados, en la fragilidad del ser humano que la atroz enfermedad había puesto a prueba. Nunca como entonces benefició a las iglesias y los monasterios, honró a los santos famosos y rezó con una intensidad que no había podido tener hasta la fecha.

Al final de su vida Matilde encontró el ideal de paz y de plegaria por el cual siempre se había sentido atraída, y sobre el que le había escrito al Papa Gregorio VII en la lejana década de 1070. Es su propio biógrafo Donizone quien lo revela, cuando escribe que en el amor por Dios ella ya estaba muy por encima de los mismos sacerdotes.

Noche y día – continúa – se dedicaba a los salmos y a toda la liturgia, con un amor creciente; era una experta en eso, rebosante de espíritu religioso.

En esto la asistían los clérigos más sabios; no había obispo que se preocupara tanto por los hábitos y los vasos destinados al culto. Había combatido mucho por Dios; ahora, finalmente, después de la victoria, vivía la paz.

Hasta que, en julio de 1115, el obispo de Regio le hizo besar el crucifijo, y ella, tendida sobre su lecho de sufrimiento, entregó su alma al Señor. Junto a ella también veía su fin la poderosa dinastía Canossa…

La traslación de sus restos

En el año 1644, cuando el cuerpo de Matilde di Canossa fue transferido del Castel Sant’Angelo, en Roma, a la Basílica de San Pedro – en donde permanece aún -, se encontraba todavía incorrupto, a pesar de llevar cinco siglos de muerta.

Una fuerte emoción embargó a los presentes, frente a los restos mortales de quien fuera una de las mujeres más poderosas del Medioevo, mientras la Iglesia se disponía a darle sepultura en el más famoso templo de la cristiandad.

No era la primera vez que se exponía al público, ya que treinta años antes, había tenido un pequeño traslado, y en 1445, en la iglesia de San Benedetto, el cadáver había permanecido a la vista de muchos, antes de ser sepultado en el interior del edificio.

Los comentarios que se hicieron de este asombroso hecho de incorruptibilidad, que Dios reserva sólo para algunas almas muy especiales, fueron los siguientes: cuando en 1445 se llevó a cabo el primer reconocimiento del cadáver, se asentó en el informe oficial:

"El cuerpo permanece intacto, único, femenino"; mientras que en 1613 anotaron: "el cuerpo está intacto, en nada alterado; la boca abierta; los dientes, blanquísimos".

No pasa por alto un milagro que, si bien no se considera a la hora de una posible canonización, sí nos habla de la integridad y la pureza de una mujer que hizo todo, dio todo y enfrentó todo por la gloria de Cristo.

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