por makf | 24 Ago, 2025 | Libro 6
Recuerdo una lluviosa tarde muy congestionada en la ciudad, hace como 4 años Me dirigía hacia la universidad, luego de visitar a un cliente. Ya había subido al autobús, y estaba en la parte trasera.
Entonces subió una persona discapacitada, quien a duras penas y ayudado por otro dobló la silla de ruedas, y fue subido en los brazos de otro hombre.
Al bajar, la gente a veces lo golpeaba y era bastante incómodo. Cuando me hiba a bajar, vi entonces que aquel hombre también intentaba bajar, por lo que lo tomé en mis brazos, lo levanté y ayudé a bajar mientras otro desplegaba la silla, todo esto en medio de la lluvia. Muy agradecido, el hombre se despidió.
Continué ya algo mojado mi camino a la universidad y me sentía realmente bien, debido a que sentí haber ayudado a mi prójimo.
Luego de las primeras lecciones en la universidad, fui al baño, donde me acomodé mi corbata y me di cuenta, al mirarme al espejo, que tenía en mi espalda las marcas de las manos de aquel hombre.
¿Saben? Siempre que hacemos el bien a otros, quedan marcas en nuestras vidas y nuestras almas, que nos "diferencian". No dudo que muchos pensaran cosas de mí al ver mi espalda, pero yo sabía por qué las tenía y me enorgullecí por haber ayudado a aquel hombre.
Todos estamos llamados a ayudar a quienes menos tienen, en especial en épocas como éstas, cuando algunos tienen mucho y otros tienen muy poco. Siempre ayudemos a otros sin alardear de ello y aunque no tengamos marcas visibles, nuestra alma quedará marcada con señas del bien que hicimos por nuestro prójimo, las cuales, aunque no nos demos cuenta, relucirán como joyas cuando lleguemos delante de Jesús.
"Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber". (Mateo 25,35)
por makf | 24 Ago, 2025 | Libro 6
El día de mi muerte era tan común como cualquier otro; mi novio no podía ir a la fiesta y te pedí mamá que me prestaras tu carro. Entre los muchos ruegos y súplicas, accediste; me dirigí a la fiesta, pero siempre me acordé de lo que me dijiste, me pediste que no bebiera alcohol. Por eso, sólo me tomé un refresco. Sentí orgullo de mí misma, tal y como me dijiste que sentiría.
Me dijiste que no debería beber y conducir, al contrario de lo que algunos amigos me dijeron.
Hice una elección saludable y tu consejo fue correcto, como todos los que me das siempre.
Cuando la fiesta finalmente se acabó, la gente empezó conducir, sin estar en condiciones de hacerlo.
Fui hasta mi auto, con la certeza de que volvería a casa en paz. Nunca me imaginé lo que me esperaba.
¿Cómo sucedió el accidente?, eso no importa, ahora estoy tirada en la calle, y oigo a un policía decir: "El chico que provocó este accidente iba borracho".
Mamá, su voz parece tan distante. Mi sangre está derramada por todos lados, tengo vidrios encajados en todo mi cuerpo y estoy intentando con todas mis fuerzas no llorar.
Puedo oír a los médicos decir: , "Esta chica va a morir". Tengo la certeza de que el joven, que manejaba a toda velocidad, decidió beber y conducir; y ahora yo tengo que morir. ¿Por qué las personas hacen eso mamá, sabiendo que esto va a arruinar muchas vidas?
El dolor me está cortando como un centenar de cuchillos afilados. Dile a mi hermana que no llore; dile a mi novio que me hubiera encantado formar una familia con él, y que lo amó; dile a papá que sea fuerte y, cuando vaya al cielo, estaré velando por todos ustedes.
Alguien debería haberle enseñado a aquel chico, que está mal beber y conducir.
Tal vez si sus padres se lo hubieran dicho, yo ahora no estaría muriendo.
Mi respiración se está debilitando cada vez más. Mamá, éstos son mis últimos momentos y me siento tan desesperada. Me gustaría que me pudieras abrazar mamá, mientras estoy tirada aquí, muriendo.
Me gustaría poder decirte lo mucho que te quiero, mamá. Por eso… "Te quiero… y… adiós".
Estas palabras fueron dictadas a un reportero que presenció el accidente.
El joven, mientras moría, iba diciendo estas palabras y el periodista anotaba… muy abrumado.
Este periodista empezó esta campaña: "SI BEBE, NO MANEJE"
por makf | 24 Ago, 2025 | Libro 6
En una pequeña escuelita rural había una vieja estufa de carbón muy anticuada.
Un chiquito tenía asignada la tarea de llegar al colegio temprano todos los días, para encender el fuego y calentar el aula antes del que llegaran su maestra y sus compañeros.
Una mañana, llegaron y encontraron la escuela envuelta en llamas. Sacaron al niño inconsciente, más muerto que vivo del edificio. Tenía quemaduras graves en la mitad inferior de su cuerpo y lo llevaron de urgencia al hospital del condado.
En su cama, el niño, horriblemente quemado y semi-inconsciente, oía al médico que hablaba con su madre.
Le decía que seguramente su hijo moriría, pues el fuego había destruido la parte inferior de su cuerpo.
Pero el valiente niño no quería morir. Decidió que sobreviviría. De alguna manera, para gran sorpresa del médico, sobrevivió.
Una vez superado el peligro de muerte, volvió a oír a su madre y al médico hablando despacito. Dado que el fuego había dañado en gran manera las extremidades inferiores de su cuerpo, le decía el médico a la madre, habría sido mucho mejor que muriera, ya que estaba condenado a ser un inválido toda la vida, sin la posibilidad de usar sus piernas.
Una vez más, el valiente niño tomó una decisión. No sería un inválido; caminaría. Pero desgraciadamente, de la cintura para abajo, no tenía capacidad motriz. Sus delgadas piernas colgaban sin vida.
Finalmente, le dieron de alta. Todos los días, su madre le masajeaba las piernas, pero no había sensación, ni control; nada. No obstante, su determinación de caminar era más fuerte que nunca.
Cuando no estaba en la cama, estaba confinado a una silla de ruedas. Una mañana soleada, la madre lo llevó al patio para que tomara aire fresco.
Ese día, en lugar de quedarse sentado, se tiró de la silla. Se impulsó sobre el césped arrastrando las piernas.
Llegó hasta el cerco de postes blancos que rodeaba el jardín de su casa. Con gran esfuerzo, se subió al cerco. Allí, poste por poste, empezó a avanzar por el cerco, decidido a caminar.
Empezó a hacer lo mismo todos los días hasta, que hizo una pequeña huella junto al cerco. Nada quería más que darle vida a esas dos piernas.
Por fin, gracias a las oraciones fervientes de su madre y sus masajes diarios, su persistencia férrea y su resuelta determinación, desarrolló la capacidad, primero de pararse, luego de caminar tambaleándose, por fin, logró caminar solo y finalmente correr.
Empezó a ir caminando al colegio, después corriendo, por el simple placer de correr. Más adelante, en la universidad, formó parte del equipo de cañera sobre pista.
Y aún después, en el Madison Square Carden, este joven que no tenía esperanzas de que sobreviviera, que nunca caminaría, que nunca tendría la posibilidad de correr, este joven determinado, Glenn Cunningham, llegó a ser el atleta estadounidense que ¡corrió el kilómetro más veloz el mundo!nr
por makf | 24 Ago, 2025 | Libro 6
Dos abuelos. Cuarenta años de convivencia fecunda y fiel. Se conocían lo suficiente como para darse todavía la sorpresa de un malentendido. Era justo lo que había sucedido esa mañana.
El abuelo era un hombre jovial y bastante espontáneo. Impetuoso en sus reacciones, solía irse de boca cuando decía sus verdades. La abuela era más paciente, pero también de reacciones más lentas. Por eso, aquel cruce de palabras que la habían ofendido, la llevó a su respuesta habitual: el mutismo.
El recurso del silencio suele ser frecuente en personas que están obligadas a una convivencia muy cercana. Y estos dos abuelos pasaban gran parte de la semana solos, porque sus tres hijos casados no vivían en el mismo pueblo, y los encuentros solían darse sólo los fines de semana.
La discusión se había dado en horas de la mañana. Para la hora del almuerzo, se comió en silencio. El televisor llenó un poco el vacío, sin solucionar el problema. El té de la tarde los vio reunirse dentro del mismo clima. Y llegada la cena, continuaba aún el mutismo por parte de la abuela. Al abuelo ya se le había pasado totalmente el mal rato, y quería que le sucediera lo mismo a su compañera.
Pero, evidentemente, ésta era de reacciones más lentas. Por tanto había que encontrar una manera de hacerla hablar, sin que ello significara capitulación por ninguna de las des partes. Porque el asunto que los había distanciado era una intrascendencia, y no valía la pena volver sobre ello.
Cuando ya se iban a acostar, al abuelo se le ocurrió una idea:
Se levantó con cara de preocupado, y abriendo uno de los cajones de la cómoda, se puso a buscar afanosamente en él. Sacaba la ropa y la tiraba sobre la cama.
Luego de haber vaciado ese cajón, lo cerró con fuerza y se puso a hacer lo mismo con el siguiente. Cuando ya se decidía a hacer lo mismo con el tercero, la abuela rompió el silencio y preguntó entre enojada y preocupada:
- ¿Se puede saber qué estás buscando?
A lo que contestó su marido con una sonrisa:
- ¡Sí! Y ya lo encontré: ¡Tu maravillosa voz, querida!
por makf | 24 Ago, 2025 | Libro 6
Una niña sufría por las riñas y conflictos diarios de sus padre»
Un día, acompañó a su madre al cementerio y quedó sorprendida.
- Mamá -le dijo- todas las tumbas están llenas de flores, y en a! todas se lee lo mismo: "A mi querido esposo", "A mis queridos padres"… ¿Significa que tenemos que morirnos para empezar a amarnos?
Otra historia.
Un niño, preguntó a su papá cómo comenzaban las guerras. El papá, pacientemente, se sentó y empezó a explicarle:
- Imaginemos que México se enoja con Guatemala…
La mamá, que oía la plática, le interrumpió bruscamente:
- Pero México y Guatemala no están enojados.
El papá: - Lo sé, pero es un caso hipotético.
La mamá: - Pero así confundes al niño.
El papá: ¡No, mujer, no!
La mamá: ¡Sí hombre, sí, no me contradigas!
El niño; «Papá. ¡Ya entendí cómo comienza una guerra!
por makf | 24 Ago, 2025 | Libro 6
Te quiero contar algo que me enseñó una paloma cuando yo era pequeña. Siempre me han gustado todos los seres vivos. Haciendo memoria, quizá se deba a que tuve una nana indígena. Yo tengo la imagen de mí misma de bebé metida en una caja de madera azul sentada junto a ella, que estaba lavando mis pañales.
El aroma de jabón de pastilla, la espuma que se hacía en sus manos, el olor del viento mezclado con el de la ruda, ajenjo, albahaca y rosas, entre otras plantas del jardincillo y la sensación de las hojitas en mis manos. Ella me daba hojitas para jugar y me vigilaba. En ocasiones detenía su lavado y me señalaba de entre la tierra animalitos. Tengo muy presentes a los caracoles y a las lombrices.
Bueno… resulta que un día, ya de adolescente, llegó una paloma a la puerta de la casa. En una de mis salidas la encontré en un rincón. Blanca intensa y de pico rosado. Llegó herida y asustada. Un vecinito vio que la recogía, y me dijo que me conseguiría un macho para ella, si decidía conservarla. A regañadientes de mi madre, y aprovechando un "desván" que usaban para guardar cosas viejas, acomodé ahí a la paloma junto con el macho.
Tuvieron bastante descendencia, y entre ellos, un día en la mañana, encontré en el nido, que había sido atacado por una rata, un pichón, apenas emplumando; que estaba seriamente lastimado. Corrí al veterinario, que al verlo me dijo que lo mejor era apresurar su muerte y acabar con su sufrimiento.
Yo lloré mucho, y me regresé con mi pichón y mi corazón partido a la casa. No me hacía a la idea de matarlo, a pesar de su sufrimiento. Yo pensaba que el pobre había sobrevivido al ataque, al dolor, al sufrimiento, al espanto y seguía luchando por su vida. Así que corrí por lo que tenía en un botiquín, y lo curé como me enseñó a curar mi padre adoptivo.
Cuando terminé el trabajo de limpiado, observé que se veía parte de su masa encefálica, me las arreglé para hacerle un "casco" de gasas y cinta de curación. Se lo coloqué después de haberle puesto agua oxigenada y tintura de genciana.
Le revisaba cada vez que podía, lo acariciaba, le hablaba con ternura y le daba alimento con gotero.
Sus padres también cooperaron dándole calor y no rechazándolo del nido. Así las cosas, el condenado a muerte que resultó otra paloma blanca, sobrevivió.
Era la primera en llegar corriendo cuando les llamaba y tiraba el alimento al suelo.
Un día que tenía prisa, solamente llegué y dejé su alimento en una vasija. Lo lamenté mucho, porque me encantaba verlas comer y hablarles mientras comían.
Ya me iba, cuando me di cuenta que la palomilla quedaba al último y chocaba con las otras para abrirse camino. Me acerqué y entonces me di cuenta de una cosa: ¡Mi paloma se había quedado ciega! Era el ruido del alimento al caer y mi voz lo que la conducía directo a los granitos que les daba. En ese momento la amé más que nunca.
Creció muy feliz, se levantaba en grandes vuelos y tuvo otras crías que. junto con las demás, hicieron que mi madre deseara correrme con todos mis "avechuchos".
Esto me enseñó que nunca, a pesar de que todo esté en contra, debes darte por vencido. Si pudo un "avechucho", con más razón puede un ser humano.
Claro que la vida me ha enseñado que a veces el ser humano es el que menos puede. Como decía el poeta "En el hombre existe mala levadura, mas el alma simple de la bestia es pura".